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LIBRO XI
IVÁN FIODOROVITCH
CAPITULO PRIMERO
EN CASA DE GRUCHEGNKA
Aliocha se dirigió a la plaza de la Iglesia, donde vivía
Gruchegnka, que aquella mañana le había enviado a Fenia para rogarle que fuera
a verla lo antes posible. Aliocha supo por la sirvienta que Gruchegnka estaba
agitadísima desde el día amterior.
Durante los dos meses que llevaba Mitia detenido, Aliocha había
visitado con frecuencia la casa de Morozov, unas veces por impulso propio y
otras atendiendo a los deseos de su hermano. Tres días después del drama,
Gruchegnka cayó enferma de gravedad y hubo de guardar cama durante cinco
semanas, la primera sin conocimiento.
Gruchegnka había cambiado mucho. Estaba más delgada y había
perdido el color. Hasta quince días después de haberse puesto enferma no pudo
salir a la calle. Para Aliocha, Gruchegnka estaba entonces más seductora.
Durante sus conversaciones con ella, le encantaba que las miradas de los dos se
cruzasen. Los ojos de la enferma habían cobrado un matiz de resolución, una
expresión serena pero inflexible, que se manifestaba en todo su ser. Entre sus
cejas había aparecido un ligero pliegue vertical que daba a su hermoso rostro
una expresión reconcentrada y algo severa a primera vista. De su reciente
frivolidad no quedaba el menor rastro.
Para asombro de Aliocha, Gruchegnka conservaba la alegría de
siempre, a pesar de su infortunio ‑su compromiso matrimonial con un hombre al
que momentos después detendrían como presunto culpable de un crimen horrendo‑ y
pese también a su enfermedad y a que la condena del acusado parecía segura. De
su mirada había desaparecido la altivez, para ceder su puesto a una especie de
brillante dulzura a la que a veces se mezclaban maléficos resplandores. Esto
ocurría cuando la asaltaba cierta inquietud, que, lejos de calmarse, se avivaba
en su corazón. La causante del mal era Catalina Ivanovna, a la que Gruchegnka
nombraba durante su enfermedad, en los momentos de delirio. Aliocha comprendió
que la enferma estaba celosa, aunque Catalina no había visitado ni una sola vez
a Mitia en la cárcel, cosa que podía haber hecho perfectamente. Todo esto ponía
a Aliocha en un verdadero compromiso. Gruchegnka le confiaba todos sus
problemas, cosa que no hacía con nadie, y le pedía consejo tras consejo. A
veces, él no sabía qué decirle.
Aliocha llegó a casa de Gruchegnka visiblemente preocupado.
Hacía media hora que la joven había vuelto de la prisión, y a él le bastó ver la
prisa con que ella se levantaba a iba a su encuentro para deducir que lo estaba
esperando con impaciencia.
En la mesa había una baraja y en el diván de cuero arreglado
para servir de cama estaba recostado Maximov, enfermo, desfallecido, pero
sonriente. Este viejo sin hogar había llegado hacía dos meses de Mokroie con
Gruchegnka y no se había separado de ella desde entonces. Después del viaje
sobre el barro y bajo la lluvia, se había sentado en el diván, petrificado por
el frío y el miedo. Luego había dirigido a Gruchegnka una mirada silenciosa,
acompañada de una sonrisa de imploración. La joven, abrumada por el pesar y por
la fiebre que ya se había apoderado de ella y dominada por otras preocupaciones,
no le hizo caso al principio; pero después, de pronto, le miró fijamente, y él
le correspondió con un gesto de turbación y una sonrisa lastimosa. Gruchegnka
llamó a Fenia y le dijo que le diera de comer. Durante todo el día, Maximov
guardó una inmovilidad casi completa. Al anochecer, Fenia cerró las ventanas y
preguntó a su ama:
‑¿Ha de quedarse a dormir este señor?
‑Sí ‑respondió Gruchegnka‑; hazle la cama en el diván.
Por las respuestas que recibió a sus preguntas, Gruchegnka
comprendió que Maximov no tenía adónde ir.
‑El señor Kalganov, mi protector, me ha dicho francamente que no
volverá a recibirme. Y me ha dado cinco rublos.
‑¡Qué le vamos a hacer! ‑exclamó Gruchegnka con una sonrisa de
compasión.
Esta sonrisa conmovió al viejo, cuyos labios temblaron de
emoción. Así fue como Maximov se quedó en casa de Gruchegnka en calidad de
parásito. Ni siquiera durante la enfermedad de la joven dejó la casa. Fenia y su
abuela ‑la cocinera‑ no lo echaron, sino que siguieron dándole de comer y
haciéndole la cama en el diván. Gruchegnka se acostumbró a él, y cuando volvía
de visitar a Mitia, al que había empezado a ir a ver apenas se repuso de su
enfermedad, se entretenía comentando nimiedades con «Maximuchka» para olvidar
sus penas. Resultó que el viejo tenía cierto talento narrativo; así que incluso
llegó a no poder pasar sin él. Aparte Aliocha, cuyas visitas eran siempre
breves, Gruchegnka apenas recibía a nadie. El viejo comerciante Samsonov estaba
gravemente enfermo, «se iba», según la expresión que circulaba por la ciudad.
Efectivamente, falleció tres días después de verse la causa contra Mitia.
Tres semanas antes de su muerte, presintiendo su próximo fin,
Samsonov llamó a sus hijos, que acudieron con sus familias, y les pidió a todos
que no se separasen de su lado. Seguidamente ordenó a los domésticos que no
permitiesen la entrada a Gruchegnka, en caso de que se presentara con la
intención de verle, y que le dijeran de su parte que le deseaba muchos años de
vida feliz y que no lo olvidara por completo.
Pero Gruchegnka se limitaba a enviar casi todos los días a
preguntar por él.
‑¡Al fin has llegado! ‑exclamó la joven alegremente al ver
aparecer a Aliocha‑. Maximuchka me ha asustado diciéndome que no vendrías más.
No te puedes figurar la falta que me haces. Siéntate. ¿Quieres café?
‑Desde luego ‑repuso Aliocha sentándose‑. Estoy hambriento.
‑¡Fenia, Fenia; café! Hace rato que está hecho... ¡Trae también
empanadillas calientes...! Tengo que contarte algo sobre estas empanadillas, Aliocha. Se las he llevado a Mitia a la cárcel, y las ha rechazado. Incluso ha
pisoteado una. Yo le he dicho: « Se las dejo a tu guardián. Si no las aceptas,
habrás de alimentarte de tu maldad.» Luego me he marchado. Una vez más hemos
reñido: cada visita una riña.
Gruchegnka hablaba con agitación. Maximov bajó los ojos,
sonriendo tímidamente.
‑¿Pero cuál ha sido la causa de la riña de hoy? ‑preguntó
Aliocha.
‑Algo completamente inesperado para mí. ¡Está celoso de mi
primer amor! Me ha dicho que no sabe por qué he de alimentarlo, de gastar dinero
con él. ¡Siempre está celoso! La semana pasada lo estuvo hasta de Kuzma.
‑Pero mi hermano conoce al polaco.
‑Claro que lo conoce. Está enterado de nuestras relaciones desde
el principio. Hoy me ha insultado. Me da vergüenza repetir sus palabras. ¡El muy
imbécil! Rakitka se marchaba cuando yo he llegado. Él debe de haber sido el
causante de su excitación. ¿No lo crees también tú?
‑Te ama y ha perdido el dominio de sus nervios.
‑¿Cómo podía conservarlo sabiendo que lo van a juzgar mañana?
Precisamente he ido a darle ánimos. Pues lo confieso, Aliocha, que me aterra
pensar lo que mañana puede ocurrir. Dices que está nervioso. ¡También lo estoy
yo! ¡Pensar en el polaco! ¡Qué imbecilidad! ¡Menos mal que Maximuchka no tiene
celos!
‑También mi mujer estaba celosa ‑observó Maximov.
Gruchegnka se echó a reír sin poder contenerse.
‑¿Celosa de ti? ¿Y de quién tenía celos?
‑De las sirvientas.
‑¡Calla, Maximuchka! No tengo humor para bromas. Y no mires las
empanadillas: te podrían sentar mal. Mi casa se ha convertido en un hospital.
Gruchegnka dijo esto sonriendo. Maximov lloriqueó:
‑No merezco sus cuidados; soy un ser insignificante. Dedique sus
atenciones a quien pueda serle más necesario que yo.
‑¡Calla, Maximuchka! ¡Todos somos necesarios! Pero es muy
dificil saber quién lo es más y quién lo es menos. ¡Si no existiera ese
polaco...! También él dice que hoy está enfermo. He ido a visitarlo. Le mandaré
empanadillas. Nunca lo había hecho, pero ya que Mitia me ha acusado de hacerlo,
lo haré. Aquí viene Fenia con una carta. Será de los polacos; volverán a pedirme
dinero.
Era el pan Musalowizc, en efecto, el que le escribía. En
una larga y ampulosa carta le rogaba que le prestase tres rublos. Con la carta
le enviaba un recibo en el que se comprometía a devolver en el plazo de tres
meses la cantidad solicitada. El pan Wrublewski firmaba también. Gruchegnka había recibido ya de Musalowizc muchas cartas con reconocimientos de
deuda semejante. Las peticiones habían empezado hacía dos semanas, al iniciarse
la convalecencia de Gruchegnka. Ésta sabía que los dos panowie se habían
presentado en la casa para preguntar por ella durante su enfermedad. La primera
carta fue escrita en una hoja de gran tamaño y en ella figuraba un sello
familiar. Era larga y prolija. Gruchegnka sólo leyó la mitad y la tiró sin
haberla comprendido. Acabó por reirse de estas cartas. A la primera siguió otra
un día después, en la que el pan Musalowizc pedía un préstamo de dos mil
rublos. Gruchegnka la dejó, como la anterior, sin respuesta. A continuación
recibió una serie de misivas en las que la suma solicitada iba disminuyendo
gradualmente. De cien rublos bajó a veinticinco, y de veinticinco a diez.
Finalmente, Gruchegnka recibió una carta en la que los panowie
mendigaban un rublo y le enviaban un recibo firmado por los dos. La joven se
compadeció de pronto y, al atardecer, fue a casa de los polacos. Los encontró en
la más negra miseria: hambrientos, sin fuego, sin tabaco y en deuda con la
patrona. Los doscientos rublos ganados a Mitia se habían esfumado rápidamente.
Sin embargo, Gruchegnka fue recibida por los panowie ‑cosa que le
sorprendió, como es natural‑ con gentil arrogancia. Esto le hizo gracia. Dio
diez rublos a su «ex amor» y, entre risas, se lo contó todo a Mitia, que no
demostró ni sombra de celos. Desde entonces, los panowie no dieron tregua
a Gruchegnka: la bombardearon a diario con sus demandas de dinero, y ella
siempre les enviaba algo. Y he aquí que, inesperadamente, Mitia se había
mostrado ferozmente celoso.
Gruchegnka continuó, trivial y voluble:
‑Como una tonta, he pasado por casa
de Musalowizc al saber que estaba enfermo, y luego se lo he contado entre risas
a Mitia. «Mi polaco ‑le he dicho‑ me ha cantado, acompañándose con la guitarra,
las mismas canciones que me cantaba en otro tiempo. Por lo visto, quería
enternecerme.» Y entonces Mitia ha empezado a insultarme... Por eso voy a
mandar ahora mismo empanadillas a los polacos... Fenia, da tres rublos a la
muchacha que han enviado y entrégale también una docena de empanadillas
envueltas en un papel. Y tú, Aliocha, ya le contarás esto a Mitia.
‑¡Eso nunca! ‑dijo Aliocha sonriendo.
‑¿Crees que le importa? ‑exclamó Gruchegnka, amargada‑. Se
finge celoso, pero en el fondo se burla de mí.
‑¿De modo que sus celos te parecen una ficción?
‑¡Pues claro! ¡Qué ingenuo eres, Aliocha! Con todo tu talento,
no comprendes nada. Sus celos no me ofenderían; lo que me ofende es que no los
tenga. Yo soy así. Admito los celos, porque yo misma soy celosa. Lo que me
molesta es que no me ame y, sin embargo, quiera darme celos. ¿Crees que soy
ciega? No hace más que alabar a Katia en mi presencia: que si ha hecho venir de
Moscú a un especialista famoso, que si ha llamado al mejor abogado de
Petersburgo para que lo defienda... Estos elogios en mi presencia demuestran
que la ama. Se siente culpable ante mí y se anticipa a acusarme para ocultar su
culpa. «Has tenido relaciones con el polaco antes que conmigo. Por lo tanto,
bien puedo tenerlas yo ahora con Katia.» No es más que esto. Quiere echar toda
la culpa sobre mí. Por eso me insulta. Y yo...
No pudo continuar. Se llevó el pañuelo a los ojos y se echó a
llorar.
‑Mitia no quiere a Catalina Ivanovna ‑dijo Aliocha firmemente.
‑Pronto sabré si la quiere o no ‑replicó Gruchegnka con voz
amenazadora.
Su rostro se transfiguró. Ante su gesto de sombría indignación,
Aliocha se sintió profundamente apenado.
‑¡No más tonterías! ‑exclamó Gruchegnka de pronto‑. No te he
hecho venir para que soportes mis lágrimas. ¿Qué pasará mañana, mi querido Aliocha? Esto es lo que me inquieta. Estoy sola. Los demás no piensan en el
juicio de Mitia: no les interesa. Pero a ti si que debe interesarte. ¿Cuál será
el resultado, Señor? El asesino es ese lacayo. ¿Es posible que se permita
condenar a Mitia, que nadie salga en su defensa? ¿Se ha pensado en Smerdiakov?
‑Lo han interrogado largamente, y todos han llegado a la
conclusión de que no es el culpable. Desde que tuvo los últimos ataques está
gravemente enfermo.
‑¡Dios mío! Debes ir a ver al abogado a informarlo de todo. Creo
que ha costado tres mil rublos hacerlo venir de Petersburgo.
‑Sí, eso se le ha pagado. Entre Iván, Catalina Ivanovna y yo
hemos reunido los tres mil rublos. Al especialista lo ha hecho venir Katia por
su exclusiva cuenta, lo que le ha supuesto un gasto de dos mil rublos. El
abogado, Fetiukovitch, habría pedido más si este asunto no se hubiera divulgado
por toda Rusia; ha aceptado más por la gloria que por el dinero. Ayer fui a
visitarlo.
‑¡Ah!, ¿sí? ¿Y qué te dijo?
‑Me escuchó en silencio. Luego me hizo saber que ya tiene
formada su propia opinión, pero me prometió que tendría en cuenta cuanto le
había dicho.
‑¡Que tendría en cuenta! ¡Qué cretinos! Perderán a tu hermano.
¿Para qué ha traído Katia al especialista?
‑Para que intervenga como perito. Pretenden demostrar ‑Aliocha
sonrió tristemente‑ que Mitia está loco y que cometió el crimen en un ataque de
demencia. Pero mi hermano no aceptará esta solución.
‑Eso podría admitirse si fuera él el asesino. Tu hermano estaba
loco entonces, completamente loco... ¡Y todo por culpa mía! ¡Soy una infame!...
Pero Mitia no es el asesino aunque todo el mundo lo crea. Incluso Fenia ha hecho
una declaración que parece presentar a tu hermano como culpable. Y también le
acusan los de la tienda, y ese funcionario, y los clientes de la taberna, que
fueron los primeros en oír sus bravatas.
‑Sí ‑dijo Aliocha, amargado‑. Las declaraciones adversas son
numerosas.
‑Y Grigori Vasilitch insiste en que la puerta estaba abierta y
afirma que la vio. No hay medio de sacarlo de su ofuscación. He ido a hablar con
él, a incluso me ha insultado.
‑Ciertamente, esa declaración es la que más perjudica a mi
hermano ‑dijo Aliocha.
‑Yo creo que Mitia está verdaderamente trastornado ‑declaró
Gruchegnka, preocupada y en un tono misterioso‑. Hace tiempo que quería
decirtelo, Aliocha. Voy a verlo todos los días y esto desconcertada. Dime qué te
parece a ti, qué significan esas cosa raras que ahora dice y repite. Al
principio creí que se trataba d algo profundo y que estaba fuera de mis
alcances, pero hoy ha sido distinto: me ha hablado de un «pequeñuelo». «¿Por qué
es pobre esa criaturita? Por ella voy a ir a Siberia. Yo no he matado a nadie
pero es preciso que vaya a Siberia.» ¿A qué criaturita se refiere. ¿Qué habrá
querido decir? No he comprendido absolutament nada. Me he echado a llorar, y él
ha llorado conmigo. Hemos llora do los dos, y él me ha besado y hecho sobre mí
la señal de la cruz ¿Qué significa esto, Aliocha? ¿Quién es esa «criaturita»?
‑Rakitine lo visita casi a diario ‑dijo Aliocha sonriendo. Pero
esto no es cosa de Rakitine. Ayer no fui a ver a Mitia. Iré hoy.
‑El que lo trastorna no es Rakitka, sino Iván Fiodorovitch Ha
ido a visitarlo y...
Gruchegnka enmudeció repentinamente. Aliocha la miró,
sorprendido.
‑¿Cómo? ¿Iván va a verlo? Mitia me ha dicho que no lo ha visto
ni una sola vez.
‑¡Qué tonta soy! ‑exclamó Gruchegnka, enrojeciendo‑. Se me ha
ido la lengua... En fin, Aliocha, ya que he empezado, te lo voy a contar todo.
Iván ha ido dos veces a verle; la primera, apenas volvió de Moscú, y la segunda,
hace ocho días. Lo ha visitado a escondidas y ha prohibido a Mitia que te lo
dijera.
Aliocha estuvo un momento pensativo. La noticia lo había
impresionado profundamente.
‑Iván no me ha dicho nada de Mitia. Bien es verdad que hablo
poco con él. Cuando iba a verlo, tenía la impresión de que no me recibía a
gusto; por eso no he ido a visitarlo desde hace tres semanas... ¿Dices que lo ha
visto hace ocho días?... Pues hace precisamente una semana que Mitia ha
cambiado.
‑Sí ‑dijo con vehemencia Gruchegnka‑. Tienen un secreto Mitia me
lo ha dicho. Es un secreto que lo atormenta. Antes estaba siempre contento.
Ahora sigue estándolo, pero cuando empieza mover la cabeza, a ir de un lado a
otro, a retorcerse el pelo de la sienes, puedo decir con toda seguridad que está
agitado. Por otra parte, incluso hoy estaba a ratos contento.
‑¿Has dicho que a veces está agitado?
‑Sí; unas veces agitado y otras
contento. Francamente, Aliocha, tu hermano me sorprende. Sabiendo lo que le
espera, se echa reír a veces por cualquier minucia. Se diría que es un niño.
‑¿De modo que te ha prohibido hablar con Iván?
‑Sí, pero a quien teme Mitia es a ti. Tienen un secreto: él
mismo me lo ha dicho... Aliocha, mi querido Aliocha: procura saber qué secreto
es ése y ven a decírmelo, para que yo conozca mi maldita suerte. Para eso lo he
llamado.
‑¿Crees que ese secreto te afecta? Si fuera así, no te habría
hablado de él.
‑Acaso no se atreve a decírmelo, y tampoco quiere dejar de
advertirme. Lo cierto es que tiene un secreto.
‑En resumen, ¿tú qué opinas?
‑Yo creo que todo ha terminado para mi. Tres personas se han
aliado en contra de mí. Katia forma parte del complot; es el elemento
principal. Mitia me previene con alusiones. Piensa abandonarme: éste es el
secreto. Mis tres enemigos son Mitia, Katia a Iván Fiodorovitch. Hace ocho días,
Mitia me dijo que Iván está enamorado de Katia y que por eso va con tanta
frecuencia a su casa. ¿Es esto verdad, Aliocha? Contéstame con franqueza.
‑Iván no ama a Catalina Ivanovna. Créeme; nunca te engañaré.
‑Eso mismo pensé yo en seguida. Mitia miente descaradamente. Y
se muestra celoso para poder acusarme cuando llegue el momento. Pero es
demasiado imbécil, y también demasiado franco, para saber disimular... ¡Me las
pagará!.. «¡Crees que yo soy el asesino!» Hasta esto se atreve a reprocharme.
¡Que Dios lo perdone! Esa Katia se las verá conmigo ante los jueces. ¡Lo
contaré todo! ¡No me callaré nada!
Se echó a llorar.
‑Lo que te puedo asegurar, Gruchegnka ‑dijo Aliocha
levantándose‑, es que Mitia te ama más que a nada en el mundo. Y te ama sólo a
ti. Puedes creerme; estoy completamente seguro. Y ahora te advierto que no
trataré de arrancarle su secreto, y, si él me lo revela, le diré que te he
prometido ponerte al corriente a ti. En este caso, volveré hoy mismo para
informarte. Me parece que Catalina Ivanovna no tiene ninguna relación con este
asunto; el secreto debe de referirse a otra cosa. Ya veremos. Adiós.
Aliocha le estrechó la mano. Gruchegnka seguía llorando. Aliocha
advirtió que su amiga no creía en sus palabras de consuelo, pero lo cierto era
que había conseguido aliviarla con su efusiva sinceridad. Le daba pena dejarla
en aquel estado, pero se le hacía tarde: tenía aún muchas cosas que hacer.
CAPITULO II
EL PIE
HINCHADO
Aliocha quería ir primero a casa de la señora de Khokhlakov y
terminar cuanto antes para no retrasar demasiado su visita a Mitia. La señora de
Khokhlakov estaba indispuesta desde hacía una semana. Tenía un pie hinchado y,
si bien no guardaba cama, pasaba el día en su gabinete, echada en una meridiana,
envuelta en una elegante pero decorosa bata casera. Aliocha había observado,
con una sonrisa inocente, que la señora de Khokhlakov coqueteaba, a pesar de su
enfermedad: lucía lazos, cintas y otros vistosos adornos. Desde hacía dos
meses, el joven Perkhotine la visitaba con frecuencia. Aliocha no había ido a
verla desde hacía cuatro días. Al llegar se dirigió a las habitaciones de Lise,
que el día anterior había enviado a decirle que fuera a verla sin pérdida de
tiempo para tratar de un «asunto de gran importancia». Esta visita interesaba a Aliocha por ciertas razones. Pero mientras la doncella iba a anunciarlo, la
señora de Khokhlakov, enterada de su llegada, lo requirió «sólo para un minuto».
Aliocha consideró que lo mejor era atender en seguida a la madre, ya que, de lo
contrario, estaría mandándole recados a cada momento. Tendida en la meridiana,
vestida como para una fiesta, daba muestras de viva agitación. Acogió a Aliocha
con gritos de entusiasmo.
‑¡Hace un siglo que no lo veo! ¡Una semana entera! ¡Ah! Sé que
vino usted hace cuatro días, el miércoles pasado. Ahora va usted a ver a Lise.
Estoy segura de que habrá entrado de puntillas para que yo no le oyese. ¡Si
supiera usted lo inquieta que estoy por ella, mi querido Alexei Fiodorovitch!
Esto es lo principal, pero ya hablaremos de ello después. Le confío enteramente
a mi Lise. Desaparecido el starets Zósimo, que descanse en paz ‑y se
santiguó‑, usted es para mí un asceta, aunque le sienta muy bien su nueva ropa.
¿Cómo ha podido encontrar un sastre tan bueno en nuestra localidad? Ya
hablaremos de esto después; es un asunto sin importancia. Perdóneme que me
permita llámarlo de vez en cuando, Aliocha. A una vieja como yo, todo se le
puede consentir.
Sonrió, coqueta, y continuó:
‑Pero dejemos también esto para después. Lo que más me interesa
es no olvidarme de lo principal. Le ruego que me avise si divago. Desde el
momento en que Lise ha retirado su promesa..., una promesa infantil, Alexei
Fiodorovitch..., de casarse con usted, habrá comprendido que su palabra fue un
capricho de muchacha enferma, de jovencita que ha permanecido largo tiempo en un
sillón. Gracias a Dios, ahora ya puede andar. El nuevo médico que Katia ha hecho
venir de Moscú para el asunto de su infortunado hermano, al que mañana... ¿Qué
pasará mañana? Sólo de pensarlo, me siento morir. Sobre todo, de curiosidad...
El caso es que ese doctor vino ayer a ver a Lise... Le pagué cincuenta rublos
por la visita. Pero esto no importa ahora. Como ve, me he armado un lío. No sé
por qué he de apresurarme. Ya no me acuerdo de dónde estaba. Lo veo todo como
una enredada madeja. Temo enojarlo y que usted se vaya. No hablo con nadie más
que con usted... ¿Dónde tengo la cabeza, Dios santo? Ante todo, hemos de tomar
café. ¡Trae café, Julia!
Aliocha se apresuró a darle las gracias y a decirle que acababa
de tomarlo.
‑¿Dónde?
‑En casa de Agrafena Alejandrovna.
‑¿Ha tomado café con esa mujer? Ella es la causante de todo.
Bien es verdad que he oído decir que su conducta actual es irreprochable; pero
ya es un poco tarde. Esa conducta debió seguirla antes, cuando pudo serle de
provecho. Ahora ya no le sirve para nada. Cállese, Alexei Fiodorovitch, pues
tengo tantas cosas que decirle, que acabaré no diciendo ninguna... ¡Ese horrible
proceso!... Yo iré sin falta; estoy dispuesta. Me llevarán en un sillón; puedo
estar sentada. Ya sabe que estoy citada como testigo. ¿Qué diré? Lo ignoro. Hay
que prestar juramento, ¿verdad?
‑Sí, pero me parece que no podrá usted ir.
‑Ya le he dicho que puedo estar sentada. ¡Oh, usted me aturde!
Ese proceso, ese acto salvaje, esas personas que se van a Siberia, esas otras
que se casan... ¡Y todo de prisa, de prisa! Y al fin todo el mundo envejece y
mira hacia la tumba... ¡Ay, qué fatigada me siento! Esa Katia, cette
charmante personne, me ha decepcionado. Se marchará con uno de sus hermanos
a Siberia; el otro la seguirá y se instalará en la ciudad más próxima. Y todos
ellos se amargarán la vida mutuamente. Todo esto me tiene trastornada. Pero lo
que más me preocupa es la publicidad que se le ha dado. Se ha hablado del asunto
miles de veces en los periódicos de Petersburgo y Moscú. E incluso se ha
mezclado mi nombre con el de los protagonistas del suceso. Se ha dicho que yo
era... una «buena amiga» de su hermano..., y digo «buena amiga» para no repetir
el vil calificativo que se me ha aplicado.
‑¡Es increíble! ¿Dónde se ha publicado eso?
‑Lo va usted a ver. Ha aparecido en un periódico de Petersburgo
que recibí ayer. Se titula Sloukhi, Rumores... Estos Rumores empezaron a
publicarse hace meses. Como a mi me encanta la murmuración, me suscribí. Y ya lo
ve: he quedado bien servida de rumores... Mire; aquí lo tiene; lea...
Entregó a Aliocha un periódico que sacó de debajo de la
almohada.
La señora de Khokhlakov no estaba indignada, sino abatida. Como
ella misma había dicho, en su cerebro reinaba la más completa confusión. El
suelto era un buen ejemplo de murmuración periodística, y se comprendía que la
hubiera impresionado. Pero, afortunadamente, en aquel momento era incapaz de
concentrarse en nada; podía incluso olvidarse del periódico y pasar a otra
cosa.
Aliocha estaba al corriente desde hacía tiempo de la resonancia
que había adquirido el asunto en toda Rusia, y sólo Dios sabe las noticias
imaginarias que, entre otras verídicas, había tenido ocasión de leer en los dos
meses últimos sobre su hermano, sobre todos los Karamazov y acerca de él mismo.
Un periódico incluso llegó a decir que Aliocha, aterrado por el crimen de su
hermano, se había recluido en un convento. Otro desmentía este rumor y afirmaba
que, en alianza con el starets Zósimo, había fracturado la caja del
monasterio, tras lo cual se había dado a la fuga.
El suelto publicado en Sloukhi se titulaba: «Noticias de
Skotoprigonievsk (éste es el nombre, que hemos ocultado hasta ahora, de la
localidad en cuestión) sobre el proceso Karamazov.» La noticia era breve y el
nombre de la señora de Khokhlakov no figuraba en ella. Se decía simplemente que
el criminal al que se estaba a punto de juzgar con tanta ceremonia era un
capitán retirado, insolente, holgazán y partidario de la esclavitud; que tenía
enredos amorosos y contaba con la influencia de « ciertas damas a las que pesaba
su soledad». Una de ellas, «viuda abrumada por el tedio» y que pretendía ser
joven aunque tenía una hija mayor se había encaprichado de él hasta el extremo
de ofrecerle, dos horas antes del crimen, tres mil rublos para partir en su
compañía hacia las minas de oro. Pero el desalmado había preferido procurarse
los tres mil rublos matando a su padre ‑contaba con la impunidad‑ que pasear
por Siberia los encantos cuadragenarios de la dama. El alegre suelto terminaba,
¿cómo no?, con palabras de noble indignación contra la inmoralidad del parricida
y de la servidumbre. Después de haber leído la noticia atentamente, Aliocha
dobló el periódico y se lo devolvió a la señora de Khokhlakov.
‑Como usted ve ‑dijo la dama‑, el corresponsal se refiere a mí.
En efecto, poco antes del crimen le aconsejé que se fuera a las minas de oro.
¿Pero quiere esto decir que le ofreciera mis «encantos cuadragenarios», como
afirma ese informador? ¡Que el Juez Soberano le perdone esta calumnia como se la
perdono yo! ¿Pero sabe usted de dónde ha salido todo esto? De su amigo Rakitine.
‑Es posible ‑convino Aliocha‑. Pero yo no he oído decir nada
sobre ello.
‑No me cabe duda de que todo ha sido cosa suya. Por algo le eché
de mi casa. ¿Está usted enterado de esto?
‑Sé que usted rogó que dejara de visitarla, pero los motivos
exactos los ignoro. Por lo menos, no los sé por usted.
‑Entonces, lo sabe por él. Por lo visto, va hablando mal de mí.
‑En efecto; pero hay que tener en cuenta que él habla mal de
todo el mundo. Rakitine no me ha dicho por qué lo echó usted de casa. Hablo con
él raras veces. No somos amigos.
‑Bien. Se lo voy a contar todo. Hay un punto sobre el que estoy
arrepentida, porque me siento culpable. ¡Claro que es un detalle
insignificante!
La señora de Khokhlakov adoptó un aire juvenil y dejó escapar
una sonrisa enigmática.
‑Yo sospecho que... Le advierto que le hablo como una madre...
No, no; todo lo contrario: le hablo como una hija, pues una madre no pinta nada
aquí... Mejor dicho, le hablo como le hablaría al starets Zósimo en
confesión. La comparación es exacta, ya que acabo de llamarle asceta... Pues
bien, he aquí que ese pobre muchacho... ¡Ah, no puedo enojarme con él!... En
fin, en una palabra, ese atolondrado creyó..., por lo menos así me parece...,
enamorarse de mí. Yo no me di cuenta de ello hasta algún tiempo después, hasta
hace un mes aproximadamente. Entonces fue cuando empezó a visitarme con
frecuencia. Antes ya nos conocíamos. Total, que yo no sospechaba nada, y de
pronto tuve como un relámpago de clarividencia... Ya sabe usted que hace unos
dos meses empecé a recibir en mi casa a Piotr Ilitch Perkhotine, ese hombre
joven, cortés y modesto que es funcionario y desempeña su cargo en nuestra
localidad. Usted se ha encontrado con él más de una vez. ¿Verdad que es un
hombre inteligente y que va siempre bien vestido? A mí me encanta la juventud, Aliocha, cuando en ella se reúnen las dos cualidades de talento y modestia, como
en usted... Perkhotine es poco menos que un hombre de Estado; hay que ver cómo
habla. Lo recomendaría a cualquiera sin vacilar. Es un futuro diplomático.
Aquel fatídico día casi me salvó la vida al venir a verme por la noche. En
cambio, Rakitine va siempre arrastrando sus pesados zapatos por las alfombras...
Bueno, el caso es que un día empezó a hacer ciertas alusiones. Una vez, mientras
charlábamos, me apretó la mano con fuerza. Desde entonces tengo el pie malo. Ya
se había encontrado con Piotr Ilitch én mi casa, y siempre, no sé por qué, sin
motivo alguno, hablaba mal de él, lo censuraba implacablemente. Yo me limitaba a
observarlos a los dos, riendo para mis adentros y preguntándome cómo terminaría
la cosa. Un día en que me hallaba sola, más que sentada, echada, Mikhail
Ivanovitch vino a verme, ¿y sabe usted lo que me trajo? Unos versos. Eran muy
cortos y se referían a la enfermedad de mi pie. Escuche... ¿Cómo eran?... Me
parece que...
»Ese piececito encantador
está un poco hinchado...
»o algo parecido. No me acuerdo bien. Los tengo allí; ya se los
enseñaré. Son muy bonitos. No hablan de mi pie solamente. Son muy decentes y
tienen un algo delicioso que en este momento no recuerdo. En fin, que son
dignos de figurar en un álbum. Naturalmente, le di las gracias, y él se sintió
halagado. Aún no había terminado de dárselas, cuando entró Piotr Ilitch. Mikhail
Ivanovitch se puso tan sombrío como la noche. Adverti que Piotr Ilitch le
molestaba. Mikhail Ivanovitch quería decirme algo, no cabía duda, después de
leerme los versos..., sí, lo presentí, y he aquí que en ese momento entra Piotr
Ilitch. Yo mostré a éste los versos sin decir de quién eran, pero él lo supuso
en el acto, estoy segura, aunque lo ha negado siempre. Piotr Ilitch se echó a
reír y empezó a criticar. Los versos eran malos; parecían escritos por un
seminarista audaz. Entonces su amigo, en vez de echarse a reír, se encolerizó.
¡Dios mío, creí que iban a llegar a las manos!
»‑Son míos ‑dijo el autor‑. Los he escrito por puro
entretenimiento, pues a mí me parece ridículo escribir versos... Pero éstos son
buenos. Se quiere levantar una estatua a Pushkin por haber cantado los pies de
las mujeres.
Mis versos tienen un matiz moral. Usted, en cambio, no es más que un
reaccionario, un ser refractario al progreso de la humanidad, ajeno a la
evolución de las ideas, un burócrata que toma propinas.
»Entonces yo empecé a gritar, a suplicarles que se reportaran.
Piotr Ilitch, bien lo sabe usted, no es un hombre asustadizo. Adoptó una
actitud digna, lo miró irónicamente y le presentó excusas.
»‑Ignoraba que fuera usted el autor ‑le dijo‑. De lo contrario,
me habría expresado de otro modo: habría alabado sus versos. Sé que los poetas
son personas irascibles.
»En resumen, ironías expresadas con toda seriedad. Él mismo me
confesó más tarde que ironizaba, pero yo me dejé engañar. Entonces yo estaba
echada como estoy ahora y pensaba: “¿Debo poner en la calle a Mikhail
Ivanovitch por las palabras groseras que , ha dirigido a un amigo mío en mi
casa?” Puede creerme: estaba echada, con los ojos cerrados y sin conseguir tomar
una decisión. Estaba desesperada, mi corazón latía con violencia. ¿Debía gritar
o no debía gritar? Una voz me decía: “Grita.” Y otra me aconsejaba: “No grites.”
Apenas oí esta segunda voz, empecé a gritar. Después perdí el conocimiento.
Naturalmente, fue una escena espantosa. De pronto me levanté y dije a Mikhail
Ivanovitch:
»‑Lo lamento mucho, pero no quiero volver a verlo en mi casa.
ȃstas fueron las palabras con que lo puse en la calle.
¡Oh, Alexei Fiodorovitch! Sé muy bien
que obré mal. Mentí: yo no estaba enojada contra él. Le despedí porque me
pareció que la escena era muy apropiada a la situación... Desde luego, fue una
escena muy natural, pues yo lloraba de veras, a incluso estuve varios días
llorando. Al fin, un día después del desayuno me olvidé de todo. Hacía dos
semanas que su amigo había dejado de visitarme. Yo me preguntaba: “¿Será posible
que no vuelve más?” Esto fue ayer. Y he aquí que ayer mismo, por la tarde,
recibí este ejemplar de Rumores. Lo leí y me quedé boquiabierta. ¿De dónde
habría salido la noticia?... ¡De él! Apenas volvió a su casa, escribió esto y lo
mandó al periódico. Reconozco que hablo atolondradamente, Aliocha; pero no lo
puedo remediar...
‑Se me va a hacer tarde para ir a ver a mi hermano ‑balbució
Aliocha.
‑Eso me recuerda una pregunta que quería hacerle. Dígame: ¿qué
es la obsesión?
‑¿A qué obsesión se refiere? ‑preguntó Aliocha, sorprendido.
‑A la obsesión judicial, esa obsesión que da lugar a que todo se
perdone. Cualquiera que sea el delito que uno comete, se le perdona.
‑¿Por qué me hace esa pregunta?
‑Se lo explicaré. Esa Katia es una criatura encantadora, pero
ignoro de quién está enamorada. Estuvo aquí el otro día y no lo pude averiguar.
Se limita a hablar en términos generales y especialmente de mi salud. Incluso
adopta cierto tonillo afectado. Y yo me he dicho: «¡Alabado sea Dios!»... Bueno,
volvamos a la obsesión. Ya sabe que ha venido de Moscú un doctor. Tiene que
saberlo, puesto que lo ha traído usted... No, no: lo ha traído Katia. ¡Ah,
siempre esa Katia! Bueno, a lo que íbamos. Un hombre es normal, pero de pronto
sufre una obsesión; su lucidez era completa, se daba perfecta cuenta de sus
actos, pero sufre una obsesión. Pues bien, esto es seguramente lo que le ha
ocurrido a Dmitri Fiodorovitch. Es un descubrimiento y una ventaja de la nueva
justicia. Ese doctor vino a visitarme y me hizo una serie de preguntas
relacionadas con la noche fatídica, o sea sobre las minas de oro. «¿Cómo
estaba entonces el acusado?» Yo le dije que no cabía duda de que estaba bajo
los efectos de una obsesión. Esto era seguro, pues gritaba: « ¡Quiero dinero,
quiero dinero! ¡Déme tres mil rublos!» Y después se marchó y cometió el
asesinato. « ¡No quiero matar! ¡No quiero matar!», decía. Y, sin embargo, mató.
Pero, aunque tratara, se le perdonará por su deseo de no matar.
‑Es que él no mató ‑replicó en el acto Aliocha, cuya agitación
a impaciencia iban en aumento.
‑Ya lo sé. El asesino fue el viejo Grigori.
‑¿Grigori?
‑Sí, fue Grigori. Estuvo un rato sin conocimiento a causa del
golpe que le propinó Dmitri Fiodorovitch.
‑¿Pero por qué?
‑Obró bajo el imperativo de una obsesión. Al volver en sí
después de haber recibido el golpe en la cabeza, la obsesión le impulsó a
cometer el crimen. Él dice que no lo cometió, pero puede ser que lo cometiera y
no se acuerde... Pero, bien mirado, sería preferible que lo hubiera cometido Dmitri Fiodorovitch... Sí, aunque estoy acusando a Grigori, seguramente fue
Dmitri el autor del delito, y esto es mejor, mucho mejor. Esto no quiere decir
que yo apruebe que los hijos maten a sus padres. Por el contrario, creo que los
hijos deben respetar a los autores de sus días. Pero es preferible que el
culpable sea Dmitri, ya que en este caso no tendrá usted que preocuparse,
puesto que habrá cometido el crimen inconscientemente, o tal vez
conscientemente, pero sin saber por qué razón... Se le debe absolver, sería un
acto humanitario, un ejemplo de los beneficios que se desprenden de la nueva
justicia. Yo no sabía nada de esto. Me han dicho que es cosa antigua, pero yo no
me enteré hasta ayer. Y me sentí tan impresionada, que de buena gana habría
enviado en su busca en seguida. Si se le absuelve, lo invitaré a comer sin
pérdida de tiempo, invitaré también a todas mis amistades y beberemos a la
salud de los nuevos jueces. No creo que Dmitri sea peligroso; además, seremos
tantos, que se le podría meter en cintura fácilmente si intentara cometer alguna
locura. Andando el tiempo, podrá ser juez de paz o algo parecido, ya que los
mejores magistrados son aquellos que han sufrido adversidades. El caso es que
hoy en día no hay nadie que no tenga obsesiones. Las tiene usted, las tengo yo,
y tantos y tantos otros... Un individuo se dispone a cantar una canción. De
pronto, ve algo que lo enoja, empuña una pistola y mata al primero que llega. A
este individuo se le absuelve. Lo he leído hace poco, y todos los doctores lo
han confirmado. Ahora lo confirman todo. También Lise tiene obsesiones. Me hizo
llorar ayer y anteayer. Hoy he comprendido que todo se debía a una simple
obsesión... ¡Oh! Lise me preocupa mucho. A veces creo que ha perdido la razón.
¿Para qué le ha hecho venir? ¿O acaso ha venido por propia iniciativa?
‑Lise me ha llamado y voy a ver qué quiere ‑dijo Aliocha
resueltamente y poniéndose en pie.
La señora de Khokhlakov se echó a llorar.
‑Hemos llegado al punto principal, mi querido Alexei
Fiodorovitch. Bien sabe Dios que le confío sinceramente a Lise, y no me importa
que le haya llamado a usted sin decírmelo. En cambio, a su hermano Iván...,
usted me perdonará, pero no puedo confiarle así a mi hija, aunque lo considero
como un ejemplo de caballerosidad entre los jóvenes de hoy. ¿Sabe usted que vino
a ver a Lise sin que yo me enterase?
‑¿Es posible? ¿Cuándo? ‑exclamó Aliocha, estupefacto.
‑Se lo voy a contar todo. Aunque no me acuerdo bien, creo que
por esto le he hecho venir. Iván Fiodorovitch me había visitado dos veces desde
que llegó de Moscú. Primero vino simplemente para saludarme. La segunda visita
ha sido reciente. Katia estaba aqui y él lo supo. Le advierto que yo no deseaba
ver en mi casa con frecuencia a un hombre que tiene tan graves problemas con su
hermano, vous comprenez, cette affaire et la mort terrible de votre papa.
Pero, de pronto, supe que había venido nuevamente. Vino hace seis días, y no a
verme a mi, sino a ver a Lise, con la que estuvo cinco minutos. Me enteré tres
días después por una de mis sirvientas. La noticia me impresionó. Llamé en
seguida a Lise, que se echó a reír.
»‑Creyó que estabas durmiendo ‑me explicó‑. Vino a preguntar
por ti.
»Seguro que dijo la verdad. ¡Pero qué pena me da Lise, Dios mío!
Hace cuatro días, por la noche, después de verlo a usted, tuvo un ataque de
nervios. Gritaba, gemía... ¿Por qué no tendré yo nunca ataques de nervios? Al
día siguiente y al otro se repitieron los ataques. Y ayer, la obsesión de que le
he hablado. De pronto, empezó a gritar:
»‑¡Detesto a Iván Fiodorovitch! ¡Te exijo que no lo vuelvas a
recibir, que le prohíbas la entrada en esta casa!
»Yo le contesté, estupefacta:
»‑¿Por qué tratar así a un joven que reúne tantos méritos, tan
culto y además, tan desgraciado?
»Pues todas estas complicaciones son una desgracia más que otra
cosa, ¿no le parece? Ella se echó a reír al oír mis palabras, se echó a reír con
risa hiriente. Yo me alegré: creí que la había divertido y que los ataques
cesarían. Por otra parte, yo había pensado poner, por mi propia iniciativa,
punto final a las extrañas visitas que Iván Fiodorovitch había iniciado sin mi
permiso. También me había propuesto pedirle explicaciones. Esta mañana, al
despertar, Lise se ha enojado con Julia hasta el extremo de abofetearla.
Comprenderá usted que esto es monstruoso. Yo trato de “usted” a mis sirvientas.
Media hora después, mi hija abrazaba a Julia y le besaba los pies. Me envió a
decir que no la esperase, que nunca más vendría a verme, y cuando fui, poco
menos que arrastrándome, a sus habitaciones, se echó a llorar y me cubrió de
besos. Después me empujó hacia la puerta sin decir palabra, de modo que no pude
enterarme de nada. Ahora, querido Alexei Fiodorovitch, pongo todas mis
esperanzas en usted. Mi destino está en sus manos. Le ruego que vaya a ver a Lise y aclare todo esto, como sólo usted sabe hacerlo, y luego haga el favor de
venir a contármelo a mi, a la madre. Pues le aseguro a usted que si esto
continúa me moriré o dejaré esta casa. No puedo más. Tengo mucha paciencia, pero
podría perderla, y si la perdiese..., si la perdiese..., ¡ah, sería terrible!
De pronto, al ver entrar a Piotr Ilitch Perkhotine, exclamó
radiante de alegría:
‑¡Gracias a Dios que llega usted, Piotr Ilitch! Se ha retrasado
bastante... Bueno, siéntese y hable.. ¿Qué dice nuestro abogado?... ¿Adónde va,
Alexei Fiodorovitch?
‑A ver a Lise.
‑¡Ah, si! Le suplico que no se olvide de mi encargo. Está en
juego mi destino.
‑No lo olvidaré... Es decir, si es posible, pues voy a ver a su
hija con gran retraso ‑murmuró Aliocha mientras se alejaba.
‑No admito ese «si es posible» ; ha de venir sin falta ‑gritó a
su espaldas la señora de Khokhlakov‑. ¡Si no viene, me moriré!
Pero Aliocha había desaparecido ya.
CAPITULO III
UN DIABLILLO
Encontró a Lise recostada en el
sillón en que la transportaban cuando no podía andar. Lise no se levantó al
verlo aparecer, pero lo taladró con una mirada penetrante y ardiente. Aliocha se
asombró del cambio que se había operado en ella desde que la había visto por
última vez tres días atrás. Había adelgazado. Lise no le tendió la mano. Aliocha rozó con la suya los frágiles dedos, inmóviles sobre el vestido, y se
sentó frente a ella sin decir palabra.
‑Ya sé que tiene usted prisa ‑dijo de súbito Lise‑. Ha de ir a
la cárcel y mi madre lo ha retenido durante dos horas. Le ha hablado de Julia y
de mí.
‑¿Cómo lo sabe?
‑Lo he escuchado. ¿Por qué me mira usted así? Cuando quiero,
escucho, pues no hay ningún mal en ello. No voy a pedir perdón por tan poca
cosa.
‑¿Está molesta por algo?
‑Nada de eso: me siento perfectamente bien. Hace un momento
estaba pensando por enésima vez lo acertada que estuve al retirar la palabra de
matrimonio que le di. Usted no me conviene como marido. Si me casara con usted y
le pidiera que llevara una misiva a un pretendiente mío, usted lo haría, e
incluso me traería la respuesta. Y, cuando tuviera cuarenta años, seguiría
sirviéndome de cartero para cartas de esta índole.
Y se echó a reír.
‑Hay en usted algo maligno a la vez que ingenuo ‑dijo Aliocha
sonriendo.
‑Precisamente porque soy ingenua no siento vergüenza ante usted.
No sólo no siento vergüenza, sino que no quiero sentirla. Oiga, Aliocha: ¿por
qué no lo respetaré a usted? Lo aprecio mucho, pero no lo respeto. Si lo
respetara, no le podría hablar sin avergonzarme, ¿no le parece?
‑Sí.
‑Entonces, ¿cree usted que su persona no me inspira vergüenza?
‑No, no lo creo.
Lise se volvió a echar a reír nerviosamente. Hablaba muy de
prisa.
‑He enviado unos bombones a su hermano Dmitri, a la cárcel. ¡Oh,
Aliocha! ¡Qué amable es usted! Siempre le querré por haberme permitido con
tanta facilidad dejar de quererlo.
‑¿Para qué me ha hecho venir?
‑Para hablarle de un deseo que se ha adueñado de mí. Ansío que
alguien me haga sufrir; que se case conmigo, me torture, me engañe y, al fin, me
abandone. No quiero ser feliz.
‑¿Está enamorada del desorden?
‑Sí, me gusta el desorden. Quisiera prender fuego a la casa. Me
parece estar viendo la escena. Le prendo fuego disimuladamente, sin que nadie
lo advierta. Se lucha por apagar el incendio. La casa arde. Yo sé por qué arde,
pero me callo. ¡Ah, qué estupidez! ¡Y qué horror!
Hizo un gesto de repugnancia.
‑Usted vive como una persona rica ‑dijo Aliocha en voz baja.
‑¿Acaso es mejor vivir como pobre?
‑Si.
‑Eso se lo dijo su difunto starets, ¿verdad? Aunque sólo
yo fuera rica y todos los demás pobres, comería golosinas, bebería licores y no
invitaría a nadie. ¡No, no hable; no diga nada! ‑exclamó levantando la mano,
aunque Aliocha no había abierto la boca‑. Eso ya me lo ha dicho muchas veces; lo
sé de memoria... ¡Qué fastidio! Si yo fuera pobre, mataría a alguien..., y acaso
mate siendo rica... ¡No se mortifique!... Quiero segar, segar campos de trigo...
Seré su esposa y usted se convertirá en un campesino, en un verdadero
campesino... Y tendremos un caballo, ¿no le parece? ¿Conoce usted a Kalganov?
‑Sí.
‑Sueña despierto. Dice: «¿Para qué vivir? Es preferible soñar.»
Se pueden soñar las cosas más alegres; la vida, en cambio, es un fastidio...
Pronto se casará. A mí también se me ha declarado. ¿Usted sabe hacer bailar una
peonza?
‑Sí.
‑Pues él es como una peonza. Hay que ponerlo en movimiento,
lanzarlo y no dejarlo parar. Si me caso con él, lo estaré haciendo bailar toda
la vida. ¿Le da vergüenza estar conmigo?
‑No.
‑Usted está disgustado conmigo porque no hablo de cosas santas.
Yo no quiero ser santa. ¿Cómo se castiga en el otro mundo el pecado más grave?
Usted ha de estar bien enterado.
‑Dios condena ‑dijo Aliocha, mirándola fijamente.
‑Eso es lo que quiero. Llegaré, me condenarán y me echaré a reír
en la cara de todos. Quiero, deseo vivamente prender fuego a la casa, Aliocha,
¡a mi casa! ¿No me cree usted?
‑¿Por qué no he de creerla? Hay niños que a los doce años
sienten la necesidad de prender fuego a algo y lo prenden.
Es una especie de enfermedad.
‑No es cierto, no es cierto. Hay muchos niños así, pero el
motivo es otro.
‑Usted confunde el mal con el bien. Es un estado anormal
pasajero, que procede sin duda de su reciente enfermedad.
‑Usted me menosprecia. Yo no quiero hacer ningún bien,
sencillamente; quiero obrar mal. No hay ninguna enfermedad en esto.
‑¿Qué adelantará usted obrando mal?
‑Destruirlo todo. ¡Cómo me gustaría destruirlo todo! Huya,
Aliocha. A veces me acomete el deseo de hacer grandes males, las cosas más
viles, durante largo tiempo, a escondidas... De pronto, todos se enterarán, me
rodearán y me señalarán con el dedo. Y yo los miraré a la cara. Será muy
agradable. ¿Por qué me será tan agradable, Aliocha?
‑A veces se siente la necesidad de destruir algo bueno, de
prender fuego a algo, como usted acaba de decir. Sí, eso suele suceder.
‑No me contentaré con decirlo: lo haré.
‑Lo creo.
‑¡Ah, cuánto le agradezco esas palabras! Lo creo»... Y estoy
segura de que lo cree, porque usted no miente nunca. Pero acaso suponga que digo
todo esto con el único fin de mortificarlo.
‑No, no he pensado en ello..., aunque reconozco que es usted
capaz de sentir esa necesidad.
‑Hasta cierto punto, la siento ‑y añadió con un vivo resplandor
en la mirada‑: A usted no le miento nunca.
Lo que más impresionaba a Aliocha era la seriedad con que
hablaba Lise. No había la menor sombra de malicia ni de burla en su rostro,
siendo así que otras veces, incluso en los momentos más graves, conservaba la
alegría.
‑Hay momentos en que el hombre se siente atraído hacia el crimen
‑dijo Aliocha, pensativo.
‑Cierto; yo pienso como usted. Todo el mundo se siente
inclinado al crimen, pero no sólo en algunos momentos, sino siempre. A mí me
parece que debió de celebrarse alguna vez una asamblea general para tratar de
este asunto, y se llegó al acuerdo de mentir. Desde entonces todos mienten:
dicen que odian el mal, y lo quieren en sí mismos.
‑Usted sigue leyendo malos libros.
‑Si. Mi madre se los esconde debajo de la almohada, pero yo se
los quito.
‑¿No se da usted cuenta de que se está destruyendo a si misma?
‑Quiero destruirme. En nuestra ciudad hay un chico que se echó
entre los raíles y esperó a que le pasara un tren por encima. Lo envidio.
Escuche: se va a juzgar a su hermano por haber matado a su padre. Pues bien,
todo el mundo está contento de que lo haya matado.
‑¿Contento de que haya matado a su padre?
‑Sí, todos están contentos. Dicen que es espantoso, pero en el
fondo están contentísimos. Y yo la primera.
‑En sus palabras hay algo de verdad ‑dijo lentamente Aliocha.
‑¡Oh, qué ideas tan magníficas tiene usted! ‑exclamó Lise,
entusiasmada‑. ¡Y el que habla así es un monje! ¡No sabe usted cuánto lo
respeto, Aliocha! ¡Usted no miente jamás! Oiga, quiero contarle algo ridículo: a
veces, en sueños, veo a los demonios. Es de noche. Estoy sola en mi habitación,
donde arde una vela. De pronto, salen los diablos de todos los rincones y de
debajo de la mesa. Abren la puerta. Allí hay muchos más, que desean entrar para
apresarme. Ya avanzan, ya se arrojan sobre mí. Pero me santiguo, y todos
retroceden aterrados. No se van, se quedan en los rincones y en la puerta. De
pronto, siento un irresistible deseo de blasfemar; empiezo a hacerlo y ellos
avanzan en masa, alegremente. De nuevo ponen sus manos sobre mi; pero yo vuelvo
a santiguarme y todos vuelven a retroceder. Es tan divertido, tan emocionante,
que pierdo la respiración.
‑Yo también he tenido ese sueño ‑dijo Aliocha.
‑¿Es posible? ‑exclamó Lise, asombrada‑. Oiga, Aliocha; no
bromee; esto es muy importante. ¿Puede ser que dos personas tengan un mismo
sueño?
‑Sí, puede ser.
‑Le repito que esto es muy serio, Aliocha ‑dijo Lise en el
colmo de la sorpresa‑. No es el sueño lo que importa, sino el hecho de que
usted haya tenido el mismo sueño que yo. Usted que no miente nunca, no miente
ahora. ¿Habla en serio? ¿No bromea?
‑Hablo completamente en serio.
Lise estaba atónita. Guardó silencio un instante.
‑Aliocha ‑dijo en tono suplicante‑, venga a verme con más
frecuencia.
‑Vendré siempre, toda la vida ‑respondió firmemente Aliocha.
‑No puedo confiar en nadie más que en usted; usted es la única
persona del mundo en quien puedo confiar. Le hablo con más sinceridad que a mí
misma. No siento ninguna vergüenza ante usted, Aliocha, ninguna. ¿Por qué será?
Aliocha, ¿es verdad que los judíos roban y estrangulan niños en las Pascuas?
‑No lo sé.
‑Yo tengo un libro donde se explica un proceso contra un judío
que, después de cortar los dedos a un niño de cuatro años, lo clavó, lo
crucificó en una pared. El culpable declaró ante el tribunal que el niño murió
rápidamente, al cabo de cuatro horas. En verdad, es una muerte rápida. El niño
no cesaba de gemir, mientras el asesino permanecía ante él, contemplándolo.
¡Esto está bien!
‑¿Bien?
‑Sí. A veces me imagino que soy yo quien lo ha crucificado. El
niño gime. Yo me siento ante él y me pongo a comer compota de piña. Es un dulce
que me gusta mucho. ¿A usted no?
Aliocha la miraba en silencio. De pronto, el rostro, de un
amarillo pálido, de Lise se transfiguró y sus ojos llamearon.
‑Después de haber leído esa historia, me pasé llorando toda la
noche. Creía oír los gritos y los lamentos del niño. ¿Cómo no había de gritar si
sólo tenía cuatro años? Y la idea de la compota no se apartaba de mi
pensamiento. A la mañana siguiente envié una carta a cierta persona, rogándole
que viniera a verme sin falta. Vino y le conté todo lo referente al niño y a la
compota, absolutamente todo. Luego le dije: « Esto está bien.» Él se echó a
reír. Le pareció que, en efecto, estaba bien. Luego, al cabo de cinco minutos,
se marchó. ¿Obró así porque me despreciaba? Diga, Aliocha: ¿cree usted que me
despreciaba?
Se irguió en su sillón. Sus ojos centelleaban. Perdiendo la
calma, Aliocha preguntó:
‑¿De modo que usted llamó a esa «cierta persona»?
‑Sí.
‑¿Le envió la carta?
‑Sí.
‑¿Lo hizo venir para contarle lo del niño?
‑No precisamente para eso pero cuando lo vi entrar se lo conté.
Él se echó a reír y luego se fue.
‑Obró sinceramente ‑dijo Aliocha con calma.
‑¿Pero cree usted que me despreció? Ya le he dicho que se echó a
reír.
‑No la despreció. A lo mejor, también él admite lo de la
compota de piña. Está muy enfermo, Lise.
‑Sí, admite lo de la compota ‑afirmó Lise con ojos fulgurantes.
‑No desprecia a nadie ‑dijo Aliocha‑. Pero tampoco confía en
nadie. Y yo me digo que si no confía, desprecia.
‑¿También a mí?
‑También a usted.
‑En eso hay un bien ‑exclamó Lise, furiosa‑. Cuando se marchó
riéndose, advertí que en el desprecio había algo bueno. Tener los dedos
cortados como ese niño es un bien; ser despreciado es igualmente un bien.
Miró a Aliocha con una sonrisita aviesa.
‑Oiga, Aliocha, yo querría... ¡Oh, sálveme!
Se irguió, se inclinó hacia él, lo estrechó en sus brazos.
‑¡Sálveme! ‑gimió‑. ¡A nadie le he dicho lo que acabo de decirle
a usted! ¡He dicho la verdad, la pura verdad! Todo me es ingrato. ¡Me mataré, no
quiero vivir! ¡Todo me inspira aversión, todo! ¡Oh Aliocha! ¿Por qué no me
quiere usted? ¿Por qué no me quiere ni siquiera un poco?
‑¡Pero si yo la quiero! ‑dijo Aliocha con vehemencia.
‑¿Me llorará usted?
‑Sí.
‑¿Pero no sólo porque no he querido casarme con usted, sino por
todo?
‑Sí.
‑Gracias. Me basta con sus lágrimas. Y que todos, absolutamente
todos los demás, me torturen y me pisoteen. No quiero a nadie. ¿Lo oye? ¡A
nadie! Por el contrario, los odio a todos... Y ahora váyase a ver a su hermano.
Ya es hora de que se vaya.
Se retiró; ya no lo aprisionaba con sus brazos.
‑No puedo dejarla en ese estado ‑dijo Aliocha, inquieto.
‑Vaya a ver a su hermano. Se le hace tarde; no lo van a dejar
entrar. Aquí tiene su sombrero. ¡Váyase, váyase! Dé un beso a Mitia de mi
parte.
Empujó a Aliocha hacia la puerta. Él la miraba, apenado y
perplejo. En esto notó que Lise ponía en su mano un papel doblado. Vio que era
un sobre cerrado y leyó este nombre en él: «Iván Fiodorovitch Karamazov.» Luego
dirigió una rápida mirada a Lise. Y vio que en su semblante había una sombra de
amenaza.
‑¡No deje de entregárselo! ‑exclamó con una exaltación que la
hacía temblar‑. ¡Lo ha de recibir hoy mismo, en seguida! ¡Si no lo recibe, me
envenenaré! Por eso lo he hecho venir.
Y le echó la puerta a la cara. Aliocha se guardó la carta en el
bolsillo y se dirigió a la salida, sin despedirse de la señora de Khokhlákov, de
la que ni siquiera se acordaba.
Cuando Aliocha hubo desaparecido, Lise entreabrió la puerta,
puso un dedo en la abertura y volvió a cerrar con todas sus fuerzas. Luego
retiró la mano, y, lentamente, fue a sentarse en su sillón. Se miró el dedo
ennegrecido y manchado de la sangre que salía de debajo de la uña. Los labios
le temblaban. Se dijo a sí misma una y otra vez:
‑Vil, vil, vil...
CAPÍTULO IV
EL HIMNO Y EL SECRETO
Era ya tarde (y los días son cortos en noviembre) cuando
Aliocha llamó a la puerta de la cárcel. Anochecía, pero él estaba seguro de que
le permitirían entrar. En nuestra pequeña ciudad ocurría lo que ocurre en todas.
Al principio, una vez instruido el sumario, las entrevistas de Mitia, tanto con
sus familiares como con los demás visitantes, se celebraban con arreglo a las
normas establecidas. Pero pronto se exceptuaron de estas formalidades a algunos
de los que iban a verlo asiduamente. Éstos llegaron a poder conversar con el
preso sin trabas de ninguna índole. Bien es verdad que eran sólo tres los que
gozaban de estas licencias: Gruchegnka, Aliocha y Rakitine.
El ispravnik Mikhail Makarovitch miraba con buenos ojos a
Gruchegnka. Estaba arrepentido de la dureza con que le había hablado en Mokroie.
Después, cuando estuvo bien informado de todo, su juicio sobre la joven había
cambiado por completo. Por otra parte, aunque parezca extraño, aun estando
seguro de que Mitia era culpable, lo trataba con cierta indulgencia desde que
estaba encarcelado. Se decía: «Tal vez no tenga mal fondo; puede ser que el
alcohol y la disipación lo hayan perdido.» En su alma había sucedido la piedad
al horror. El ispravnik tenía gran afecto a Aliocha, al que conocía
desde hacia mucho tiempo. Rakitine, otro de los que visitaban con frecuencia al
preso, tenía gran amistad con las «señoritas del ispravnik», como él las
llamaba. Además, daba lecciones en casa del inspector de la cárcel, viejo
bonachón, aunque militar riguroso. Aliocha conocía desde hacía tiempo a este
inspector, para el que no había nada mejor que él acerca de la «suprema
sabiduría». El viejo respetaba, a incluso temía, a Iván Fiodorovitch, y
especialmente a sus razonamientos, aunque también él era un gran filósofo... a
su manera. Por Aliocha sentía una simpatía profunda. Llevaba un año estudiando
los Evangelios apócrifos y daba cuenta de sus impresiones a su joven amigo.
Cuando Aliocha estaba en el monasterio, iba a verle y estaba horas enteras
conversando con él y con los religiosos. O sea, que si Aliocha llegaba
demasiado tarde a la cárcel, pasaba antes por casa del inspector, y todo
arreglado. Por otra parte, todo el personal, hasta el último guardián, estaba
acostumbrado a verlo. El centinela, por supuesto, no le ponía ninguna
dificultad: sabía que tenía el pase reglamentario, y esto le bastaba. Cuando
alguien preguntaba por Mitia, éste bajaba al locutorio.
Al entrar en esta pieza, Aliocha vio que Rakitine se estaba
despidiendo de su hermano. Los dos hablaban en voz alta. Mitia se reía y el
otro parecía malhumorado. Sobre todo últimamente a Rakitine le desagradaba
encontrarse con Aliocha. Hablaba poco con él a incluso lo saludaba con cierta
frialdad. Al verlo entrar, frunció el entrecejo, desvió la vista y fingió
absorberse en la tarea de abrocharse el abrigo de cuello de piel. Después
empezó a buscar su paraguas.
‑No sé si se me olvida algo ‑dijo, no sabiendo qué decir.
‑No debes olvidar nada, con tal que sea tuyo ‑dijo Mitia,
echándose a reír.
Rakitine se enfureció.
‑¡Eso recomiéndaselo a los Karamazov, familia de explotadores!
‑exclamó, temblando de cólera.
‑No te pongas así. Ha sido una broma.
Y añadió, dirigiéndose a Aliocha y señalando a Rakitine, que se
dirigía a la puerta a toda prisa:
‑Todos son iguales. Se reía, estaba contento, y, de pronto, ya
ves cómo se pone... Ni siquiera te ha saludado. ¿Estáis reñidos?... ¿Por qué
has tardado tanto? Te he estado esperando todo el día con impaciencia. Pero no
importa: ahora nos desquitaremos.
‑¿Por qué viene a verte con tanta frecuencia Rakitine? ¿Os
habéis asociado?
‑No. Es un bribón. Y me cree un miserable. No comprende las
bromas. No hay nada en su alma; me recuerda las paredes de esta cárcel cuando
las vi por primera vez. Pero no es tonto... Oye, Alexei: ¡estoy perdido!
Se sentó en un banco a invitó a Aliocha a que se sentara a su
lado.
‑Te comprendo, Mitia. Mañana se celebrará el juicio. ¿De veras
no tienes ninguna esperanza?
‑¿El juicio? ‑preguntó Dmitri como si no comprendiera‑.
¡Ah, sí; el juicio! ¡Bah, eso no tiene importancia! Hablemos de
lo que importa. Aunque me juzguen mañana, no pensaba en eso cuando he dicho que
estoy perdido. No temo por mi cabeza, sino por lo que hay dentro. ¿Por qué me
miras con ese gesto de desaprobación?
‑No sé lo que has querido decir, Mitia.
‑Me he referido a las ideas, si, a las ideas... ¡La ética! ¿Qué
es la ética, Aliocha?
Alexei miró a Dmitri, desconcertado.
‑¿La ética?
‑Sí; sé que es una ciencia, ¿pero qué ciencia?
‑Desde luego, hay una ciencia que lleva ese nombre. Pero te
confieso que no puedo decirte de ella nada más.
‑Rakitine sí que la conoce. Ese granuja es un sabio. No
profesará. Piensa irse a Petersburgo y dedicarse a la crítica, una crítica de
tendencia moral... Puede hacerse valer, llegar a ser alguien. ¡Con lo ambicioso
que es!... Bueno, ¡al diablo la ética!... ¡Estoy perdido, Alexei, varón de Dios!
Te quiero como no te quiere nadie; cuando pienso en ti, mi corazón se acelera...
Oye, ¿quién es Carlos Bernard?
‑¿Carlos Bernard?
‑No; Carlos, no: Claudio, Claudio Bernard. Es químico, ¿no?
‑He oído decir que es un sabio, pero esto es todo lo que sé de
él.
‑Yo tampoco sé nada. ¡Que se vaya al diablo! Seguramente está en
la miseria. Todos los sabios están en la miseria. Pero Rakitine irá muy lejos.
Se mete en todas partes. Es un Bernard en su género. Estos Bernard abundan.
‑¿Pero qué tienes que ver con Rakitine?
‑Pretende hacer su presentación como escritor con un articulo
sobre mí. Por eso viene a verme: él mismo me lo ha dicho. Un artículo de tesis.
«Tenía que matar: es una víctima del medio...», etcétera. Según me ha dicho,
escribirá con cierta tendencia socialista. Me tiene sin cuidado. Detesta a
Iván. Y tú no le eres simpático. Yo lo soporto porque tiene ingenio. ¡Pero qué
orgulloso es! Hace un momento le he dicho: «Los Karamazov no somos cualquier
cosa; somos filósofos, como todos los verdaderos rusos. Sin embargo, tú, con
todo tu saber, no eres un filósofo, sino un patán.» Él ha sonreído, sarcástico.
Y yo he añadido: De opinionibus non est disputandum. También yo conozco a
los clásicos ‑terminó, echándose a reír.
‑¿Pero por qué dices que estás perdido?
‑Pues..., en el fondo...,
observando el hecho en su conjunto, porque siento la falta de Dios.
‑No sé lo que quieres decir.
‑¿No? Verás. En la cabeza, mejor dicho, en el cerebro, hay
nervios... Estos nervios tienen fibras, y cuando estas fibras vibran... Oye,
cuando miro una cosa, las fibras empiezan a vibrar, y, apenas vibran, se forma
una imagen. Bueno, no se forma en seguida, sino al cabo de un momento, de un
segundo... Entonces aparece en la imaginación un momento..., no un momento, ¡qué
disparates digo!..., aparece un objeto, una escena. Así se realiza la
percepción. Y no podemos menos de decirnos que esto ocurre porque tenemos
fibras, y no porque tenemos alma y estamos hechos a imagen y semejanza de
Dios... Ayer mismo me habló de esto Mikhail. Y desde entonces me tortura esta
idea. ¡La ciencia es magnífica, Alexei! El hombre progresa; esto es natural...
Sin embargo, echo de menos a Dios.
‑Eso es bueno ‑dijo Aliocha.
‑¿Que eche de menos a Dios? ¡La química, hermano, la química!
Perdóneme su reverencia, pero tendrá que apartarse un poco para dejar el paso
libre a la química... Rakitine no ama a Dios; no, no lo ama. A todos los que son
como él les ocurre lo mismo; pero lo disimulan, mienten. «¿Expondrás esas ideas
en tus artículos?», le he preguntado. Y él me ha respondido, riendo: «No, no me
lo permitirían.» Entonces yo le he dicho: « ¿Qué será del hombre sin Dios y sin
inmortalidad? Se dirá que, como todo se tolera, todo es licito.» Y él me ha
contestado: «Al hombre inteligente, todo se le permite. ¿No lo sabías? Con su
inteligencia, sale siempre del paso. En cambio, a ti, por haber matado, lo
prendieron y ahora estás pudriéndote en una cárcel.» Esto me ha dicho ese
villano. Antes, a semejantes cerdos los mandaba al diablo; ahora los escucho.
Además, Rakitine dice cosas acertadas y escribe bien. Hace ocho días me leyó un
artículo suyo y anoté tres líneas. Las tengo aquí. Voy a leértelas.
Mitia sacó del bolsillo un papel y leyó:
‑«Para resolver esta cuestión hay que poner la propia persona
frente a la propia actividad.»
»¿Comprendes esto? ‑preguntó Mitia.
‑No, no lo comprendo.
Aliocha escuchaba atentamente a su hermano y lo miraba con
curiosidad.
‑Yo tampoco lo entiendo ‑dijo Dmitri‑. No está claro. Pero es
ingenioso. Él dice que todos escriben así ahora, que este modo de escribir es un
producto del medio. También compone versos. Ha cantado los pies de la señora de
Khokhlakov. ¡Ja, ja!
‑Lo había oído decir.
‑¿Conoces los versos?
‑No.
‑Te los leeré; los tengo aquí. Alrededor de esto hay una
historia interesante. ¡El muy canalla! Hace tres semanas me dijo para
mortificarme: «Te has hecho encarcelar como un imbécil por tres mil rublos, y yo
voy a tener ciento cincuenta mil. Estoy dando pasos para casarme con una viuda.
Compraré una casa en Petersburgo. » Me explicó que hacía la corte a la señora
de Khokhlakov, de la que dijo que en su juventud tenía poca cabeza y que a los
cuarenta años la había perdido por completo. «Es muy sensible; de esto me valdré
para conquistarla. Me casaré con ella, nos iremos a Petersburgo y allí fundaré
un periódico.» Se relamía de gusto, claro que no porque iba a ser dueño de la
señora de Khokhlakov, sino porque iba a disponer de sus ciento cincuenta mil
rublos. Estaba muy seguro de si mismo. Venía a verme todos los días. «Su
resistencia se va debilitando», me decía radiante. Y de pronto le echan de la
casa. Perkhotine le puso una zancadilla. ¡Bien hecho! De buena gana daría un
abrazo a esa viuda tonta por haberle puesto en la puerta. Entonces escribió la
poesía. Me dijo: «Por primera vez me rebajo a componer versos para cautivar a
una mujer, pero lo hago con una finalidad útil. Una vez en posesión de la
fortuna de esa cabeza vacía, podré ser útil a la sociedad.» La utilidad pública
es un buen pretexto para esos tipos. También me dijo que escribía mejor que Pushkin, ya que sabía expresar «en versos alegres su tristéza civica». Comprendo
que censure a Pushkin, pues, si verdaderamente tenía talento, no debió
limitarse a describir los pies. ¡Qué orgulloso estaba de sus versos ese
perfecto truhán! ¡El amor propio de los poetas! «Por la curación del pie del
objeto amado.» Éste es el título que puso a sus versos ese loco de Rakitine.
Escúchalos:
»Le produce gran dolor
su encantador piececito.
Aumentan el sufrimiento
los doctores que pretenden
curarlo.
No me dan lástima los pies,
aunque los cante Pushkin;
son las cabezas las que compadezco,
las cabezas rebeldes a las ideas.
Ella empezaba a comprender
cuando el pie la distrajo.
¡Que sane pronto ese pie,
ya que entonces la cabeza comprenderá!
Rakitine es un villano, pero estos versos tienen gracia. Y, en
verdad, ha mezclado con el humor una tristeza «cívica». Estaba furioso; sus
dientes rechinaban.
‑Ya se ha vengado ‑dijo Aliocha‑. Ha publicado un articulo
contra la señora de Khokhlakov.
Y puso a Mitia al corriente de la noticia aparecida en el
periódico Rumores.
‑Ha sido él ‑dijo Mitia, ceñudo‑. ¡Seguro que ha sido él! Esas
informaciones... ¡Cuántas infamias ha escrito!
Contra Gruchegnka..., contra Katia...
Iba y venía por la habitación con semblante sombrío.
‑Dmitri ‑dijo Aliocha tras una pausa‑, no puedo estar más tiempo
contigo. Mañana es un día de gran importancia para ti. Se cumplirá el juicio de
Dios. Por eso me asombra que, en vez de hablar de cosas serias, hables de
nimiedades.
‑Pues no te debía sorprender. ¿Para qué hablar del asesino, de
ese perro sarnoso? Ya he hablado bastante de él. No quiero oír nombrar a
Smerdiakov, ese hijo hediondo de una mujer hedionda. ¡Dios lo castigará! Ya
verás como lo castiga.
Se acercó a Aliocha y lo abrazó. Su emoción era sincera; sus
ojos llameaban.
‑Rakitine no comprendía esto, pero tú sí que lo comprenderás.
Por eso lo esperaba con tanta impaciencia. Hace tiempo que quería decirte muchos
cosas entre estas inhóspitas paredes; pero cada vez que he hablado contigo me he
callado lo principal, por parecerme que no había llegado aún el momento de
sincerarme. He esperado hasta el último día para abrirte mi corazón. En este
encierro, hermano mío, he sentido nacer en mí un nuevo ser. En mí existía un
hombre nuevo que sólo podía manifestarse bajo el azote del infortunio. ¿Qué
puede importarme trabajar hasta la extenuación en las minas durante veinte años?
Esto no me asusta; lo que temo es otra cosa: que el hombre que acaba de nacer en
mí me abandone... En las minas, en un forzado, en un asesino, podemos
encontrar un hombre de corazón con el que entendernos; sí, también allá lejos
podemos amar, vivir y sufrir; despertar el corazón dormido de un forzado y
cuidarlo con solicitud; sacar de su oscura guarida y llevar a la luz a un alma
grande regenerada por el sufrimiento; resucitar a un héroe. Hay centenares de
seres así y todos somos culpables ante ellos. No soñé en vano con el
«pequeñuelo»: fue una profecía. Por él iré a presidio. Todos somos culpables
ante todos. Son muchos los niños desgraciados como aquél, aunque unos sean
realmente niños y otros personas mayores. Iré a presidio por ellos; es necesario
que se sacrifique uno por todos. No he matado a mi padre, pero acepto la
expiación. Hasta que no he estado aquí, entre estas degradantes paredes, no me
he dado cuenta de lo que te acabo de revelar. En el mundo hay centenares de
hombres que empuñan el martillo. Nosotros viviremos encadenados, privados de
libertad, pero, por obra de nuestro dolor, resucitaremos a la alegría, esa
alegría sin la que el hombre no puede vivir ni Dios existir, ya que es Él quien
nos la da, porque éste es su sublime privilegio. Señor, que el hombre se dedique
a la oración en alma y vida. ¿Cómo podría yo vivir sin Dios en las profundas
galerías de las minas? Rakitine miente. Si echan a Dios de la tierra, nosotros
lo encontraremos bajo tierra. El hombre libre no puede pasar sin Dios; el
forzado, menos aún. Los hombres subterráneos elevaremos un himno trágico a Dios
y a su alegría. ¡Viva Dios y la alegría divina! ¡Amo a Dios!
Después de este extraño discurso, Mitia jadeaba. Estaba pálido,
los labios le temblaban, las lágrimas fluían de sus ojos.
‑Todo está lleno de vida; la vida es desbordante incluso bajo
tierra... No puedes figurarte, Alexei, cómo anhelo la vida ahora, hasta qué
extremo se ha apoderado de mí la sed de vivir, precisamente desde que estoy
encerrado entre estas siniestras paredes. Rakitine no comprende esto; sólo
piensa en construir una casa y llenarla de inquilinos. Pero yo te esperaba a
ti. ¿El sufrimiento? No le temo, por cruel que sea. Antes le temía, pero ahora
no le temo. Tal vez mañana no diga nada ante el tribunal. Siento en mí una
energía que me permitirá hacer frente a todos los sufrimientos, con tal que
pueda decirme a cada momento: «¡Existo!» Incluso en el tormento, aun en las
convulsiones de la tortura, existo. Y atado a la picota, sigo existiendo; veo
el sol, y si no lo veo, sé que brilla. Y saber esto es vivir plenamente. ¡Oh
Aliocha, mi buen Aliocha; la filosofía es mi perdición! ¡Al diablo la filosofía!
Nuestro hermano Iván...
Aliocha trató de cortar su discurso, pero Mitia no pareció oírlo
y prosiguió:
‑Antes no me asaltaban estas dudas. Las tenía bien encerradas
en mi interior. Y tal vez precisamente por eso, porque dentro de mí hervían
ideas ignoradas, me embriagaba, reñía con todos, me encolerizaba: era un modo de
acallar esas ideas, de aplastarlas... Iván no es como Rakitine; Iván oculta sus
pensamientos, no despega los labios, es una esfinge... Dios llena mi
pensamiento, y esta idea me atormenta. ¿Qué ocurriría si Dios no existiera, si,
como afirma Rakitine, fuera sólo un concepto creado por la humanidad? En este
caso el hombre sería el rey de la tierra, del universo. Perfectamente. ¿Pero
puede ser el hombre virtuoso sin Dios? ¿A quién amará? ¿A quién cantará himnos
de agradecimiento? Rakitine se ríe de esto; dice que se puede amar a la
humanidad sin Dios. Pero esto es algo que yo no puedo comprender. La vida es
fácil para Rakitine. Hoy me ha dicho: «Lucha por la extensión de los derechos
cívicos o por impedir que se eleve el precio de la carne. De este modo
demostrarás más amor a la humanidad y le prestarás mejores servicios que con
toda la filosofía.» A lo que yo he replicado: «Tú, al no creer en Dios, elevarás
el precio de la carne y, si se te presenta la ocasión, ganarás un rublo por un copec.» Él se ha enojado. Pero dime, Alexei: ¿qué es la virtud? Yo no la concibo
como los chinos. ¿Es una cosa relativa? Contesta: ¿lo es o no lo es? Es una
pregunta inquietante. Te puedo asegurar que me ha quitado el sueño las dos
noches últimas. No creo que se pueda vivir sin pensar en ello... Para Iván no
hay Dios. Esta negación se funda en una idea que está fuera de mi alcance. Pero
él no me dice qué idea es. Debe de ser masón. Se lo he preguntado y no me ha
respondido. Me habría gustado poder beber en la fuente de su pensamiento, pero
él lo oculta, se calla. Sólo una vez habló.
‑¿Qué dijo?
‑Yo le pregunté: «Entonces, ¿todo está permitido?» Y él me
contestó: «Nuestro padre, Fiodor Pavlovitch, era un inmoral, pero también un
hombre justo en sus razonamientos.» Éstas fueron sus palabras. Sin duda, es más
franco que Rakitine.
‑Cierto ‑dijo Aliocha amargamente‑.
¿Cuándo vino?
‑Ya hablaremos de eso. Hasta ahora apenas había mencionado a
Iván ante ti. Ya te lo contaré todo cuando haya terminado el juicio y se haya
pronunciado el fallo. Hay en esto algo terrible que tendrás que juzgar tú. Pero
ahora, ni una palabra sobre esto. Me has hablado del juicio de mañana. Aunque te
parezca mentira, no sé nada de él.
‑Pero habrás hablado con tu abogado defensor.
‑Sí, y no he adelantado nada. Es un fino bribón de capital, un
Bernard. Supone que soy culpable; esto se ve a la legua. «Entonces, ¿por qué se
ha encargado usted de mi defensa?», le he preguntado. Me gusta zaherir a estos
tipos. Los médicos quieren hacerme pasar por loco, pero yo no lo permitiré.
Catalina Ivanovna se propone cumplir con su deber hasta el fin. Es inflexible.
‑Mitia sonrió amargamente‑. Es cruel como una gata. Sabe que dije en Mokroie
que es propensa a los arrebatos de cólera. Alguien se lo ha contado. Las
declaraciones se han multiplicado hasta el infinito. Grigori mantiene la suya.
Es honrado, pero tonto. Hay muchas personas que son honradas por necedad. Así lo
ha dicho Rakitine. Grigori va en contra de mí. En cambio, esa mujer quiere
demostrarme su amistad y yo preferiría tenerla por enemiga. Me refiero a
Catalina Ivanovna. Temo que explique en el juicio que se inclinó ante mí hasta
casi besar el suelo cuando le presté los cuatro mil quinientos rublos. Querrá
pagarme hasta el último céntimo. No quiero ver sus sacrificios. Me avergonzará
en la sala de la audiencia. Ve a verla, Aliocha, y suplícale que no diga nada
sobre esto. Tal vez no lo consigamos, pero entonces pasaré el bochorno y allá
ella... El ladrón recibirá su merecido. Haré un discurso digno de escucharse, Alexei... ‑De nuevo sonrió amargamente‑. ¡Pero en todo esto, Señor, está
mezclada Gruchegnka! ¡No merece sufrir como está sufriendo! ¡No puedo pensar en
ella sin sentirme morir!
Dmitri tenía los ojos llenos de lágrimas.
‑Estaba aquí hace un momento.
‑Ya lo sé ‑dijo Aliocha‑. Ella misma me lo ha contado. Estaba
muy apenada.
‑Sí, y la culpa ha sido mía, de mi maldito carácter. Le he hecho
una escena de celos. Cuando se ha marchado, me he arrepentido. Le he dado un
beso, pero no le he pedido perdón.
‑¿Por qué?
Mitia se echó a reír alegremente.
‑Que Dios te guarde, querido Alexei, de pedir perdón a la mujer
amada. Por muy mal que te hayas portado con ella, no le pidas perdón. Tú no
sabes cómo son las mujeres. Yo sí que lo sé. Si reconoces tus errores y les
dices: «Pérdóname; me he equivocado», en el acto recibirás una granizada de
reproches. Nunca obtendrás el perdón sencilla y francamente. Primero, la mujer
te humillará, te reprochará faltas que no has cometido, y sólo entonces te dará
el perdón. La mejor de ellas no pasará por alto tus más insignificantes
errores. Hasta ese extremo llega la ferocidad de las mujeres, de todas de todos
esos ángeles sin los cuales no podemos vivir. Oye, querido; no olvides esto:
todo hombre decente ha de vivir bajo la zapatilla de una mujer. Estoy convencido
de ello, mejor dicho, siento que es así. El hombre ha de ser generoso. Esto no
es humillante ni siquiera para un héroe de la altura de César. Pero no pidas
nunca perdón a una mujer; ¡nunca, por ningún pretexto! Recuerda siempre este
consejo de tu hermano Mitia, al que han perdido las mujeres. Repararé los
errores que he cometido con Gruchegnka, pero no le pediré perdón. La venero,
Alexei, aunque ella no sabe verlo. A su juicio, nunca la quiero lo suficiente.
Su amor es para mí un sufrimiento. Antes me atormentaban sus pérfidos desvíos.
Ahora tenemos una sola alma para los dos y, gracias a ella, soy un hombre de
verdad. ¿Permaneceremos unidos? Si nos separamos, me moriré de celos... ¿Qué te
ha dicho de mí?
Aliocha le repitió las palabras de Gruchegnka. Mitia lo escuchó
atentamente y quedó satisfecho.
‑¿O sea, que no se ha enfadado por mis celos? Así son las
mujeres. Gruchegnka te ha querido demostrar que también ella sabe ser dura. Me
gustan estos caracteres, aunque los celos me amargan la vida. Tal vez lleguemos
a las manos, pero siempre la querré... ¿Se permite casarse a los presidiarios,
Aliocha? Hermano mío, no puedo vivir sin ella.
Mitia iba y venía por el locutorio, con un pliegue entre las
cejas. De pronto, se mostró inquieto.
‑¿De modo que Grucha te ha dicho que en todo esto hay un
secreto, una conspiración contra ella, de «Katka» y otras dos personas? Pues no
es así. Gruchegnka se ha equivocado como una tonta... Aliocha, mi querido
Aliocha, voy a revelarte nuestro secreto.
Mitia miró en todas direcciones, se acercó a su hermano y
empezó a hablar, a susurrar, aunque nadie podía oírlos. El viejo guardián
dormitaba en un banco y los soldados de servicio estaban demasiado lejos.
‑Sí, voy a revelarte nuestro secreto ‑dijo, hablando
precipitadamente‑. Estaba deseando hacerlo, pues no puedo tomar una resolución
sin que tú me aconsejes. Tú lo eres todo para mí. Iván es superior a nosotros,
pero tú eres mejor que él. E incluso es posible que seas superior a Iván. Quiero
que la decisión sea sólo tuya. Es un caso de conciencia, un problema tan
importante, que no puedo resolverlo sin tu ayuda. Sin embargo, no es todavía el
momento de que dictamines. Mañana, inmediatamente después del juicio, decidiré
mi suerte. Te voy a exponer únicamente la idea; prescindiré de los detalles.
Pero ni preguntas ni gestos, ¿entendido? ¡Ah!, me olvidaba de tus ojos: aunque
no hables, leeré en ellos tu decisión... ¡Oh Aliocha; estoy asustado! Escucha:
Iván me ha propuesto huir. Como te he dicho, prescindo de los detalles. El caso
es que todo está previsto y el proyecto se puede realizar. Calla. Se trata de
huir a América, con Grucha, ya que no puedo vivir sin ella... Hay que pensar en
que tal vez no le permitan que me siga al penal. ¿Pueden casarse los forzados?
Iván dice que no. ¿Qué haría yo sin Grucha bajo tierra y con el pico en la mano?
El pico sólo me serviría para abrirme la cabeza... Pero frente a todo esto está
la conciencia. Eludiría el sufrimiento, me alejaría del camino purificador que
se me ofrece. Iván dice que un hombre de buena voluntad puede ser más útil en
América que trabajando en las minas. ¿Pero qué será entonces de nuestro himno
subterráneo? América es también vanidad, la huida a América es un acto innoble,
porque significa renunciar a la expiación. He aquí, Aliocha, por qué lo he
dicho que sólo tú me podías comprender. Cualquier otro me hubiera mirado como a
un loco o a un necio cuando le hubiera hablado del himno subterráneo. Y no soy
un loco ni un imbécil. Estoy seguro de que Iván si que comprende lo del himno,
pero no cree en él y se calla. No, no digas nada. Ya veo en tus ojos que has
tomado una decisión. Perdóname, pero no puedo vivir sin Gruchegnka. Espera
hasta después del juicio.
Cuando terminó, Mitia tenía una expresión de extravío en la
mirada. Había apoyado las manos en los hombros de Aliocha y lo miraba
ávidamente.
‑¿Pueden casarse los forzados? ‑le preguntó una vez más, con
acento suplicante.
Aliocha estaba sorprendido a impresionado.
‑Dime, Dmitri: ¿insiste Iván en que huyas? ¿De quién ha sido
esta idea?
‑Suya, y no cesa de repetirme que debo huir. Llevaba mucho
tiempo sin verlo. Hace ocho días, se presentó aquí y empezó por hablarme de la
fuga. No propone, ordena. Está seguro de que lo obedeceré, aunque le he abierto
mi corazón y le he hablado del himno. Me ha expuesto su plan. Volveremos a
hablar de esto. Desea ardientemente que huya. Incluso me ofrece una suma
considerable: diez mil rublos para huir y veinte mil cuando esté en América.
Dice que con diez mil rublos se puede organizar una huida perfecta.
‑¿Te ha pedido que no me hables de esto?
‑Sí, me ha dicho que no le hable a nadie, y menos a ti. Teme que
puedas ser algo así como la encarnación de mi conciencia. Te ruego que no le
digas que te lo he contado todo.
‑Has dicho bien: no se puede tomar ninguna decisión antes de qué
se pronuncie la sentencia. Cuando conozcas el fallo, habrá en ti un hombre nuevo
capaz de tomar por sí mismo la determinación más conveniente.
‑Un hombre nuevo o tal vez Bernard que tomará la decisión propia
de un Bernard.
Y añadió con una amarga sonrisa:
‑Me parece que también yo soy un vil Bernard.
Aliocha preguntó:
‑¿Cómo es posible que no esperes justificarte mañana?
Mitia movió la cabeza negativamente. De pronto, dijo:
‑Aliocha, es hora de que te vayas. Oigo los pasos del inspector
en el patio. Pronto estará aquí y verá que hemos faltado al reglamento, ya que
a estas horas están prohibidas las visitas. Despídete de mi ahora mismo. Dame un
beso y haz ante mí la señal de la cruz para que me sea posible hacer frente al
calvario de mañana.
Se abrazaron y se besaron.
‑Incluso Iván, que me propone huir, cree que he cometido el
crimen.
Mitia sonreía tristemente.
‑¿Se lo has preguntado? ‑dijo Aliocha.
‑No; me propuse hacerlo, pero no me atreví. Lo sé porque lo he
leido en sus ojos. Bueno, adiós.
Se besaron de nuevo. Cuando Aliocha se dirigía a la puerta,
Mitia lo llamó.
‑Ponte ante mí; así.
Volvió a apoyar las manos en los hombros de Aliocha. Su cara se
cubrió de una palidez mortal, sus labios se contrajeron, su mirada sondeó la de
su hermano.
‑Dime la verdad, Aliocha; habla como si estuvieras ante Dios.
¿Crees que he cometido el crimen? No mientas; quiero saber la verdad.
Aliocha vacilaba. Sentía como si le estrujasen el corazón. Tan
impresionado estaba, que apenas pudo murmurar:
‑Pero..., ¿qué dices?
‑¡Dime toda la verdad; no mientas!
‑Jamás, en ningún momento he creído que seas un asesino
‑respondió Aliocha, levantando la mano como si tomara a Dios por testigo.
El semblante de Mitia reflejó una infinita felicidad.
‑Gracias ‑dijo, suspirando profundamente. Y añadió‑: Me has
vuelto a la vida. Incluso a ti, ¡a ti!, temía hacerte esta pregunta. ¡Vete, vete
ya! Me has dado fuerzas para mañana. Que Dios te bendiga. ¡Vete!... ¡Y quiere a
Iván!
Aliocha se marchó con los ojos llenos de lágrimas. La
desconfianza de Mitia, incluso hacia él, revelaba que su desgraciado hermano
era presa de una desesperación sin límites. Una infinita compasión se apoderó
de él... «¡Quiere a Iván!» De pronto, acudieron a su memoria estas palabras de Mitia. Precisamente iba a casa de Iván, al que todo el día había estado deseando
ver. Iván le inquietaba tanto como Mitia, y más ahora, des |