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4ª Parte - Libro Duodécimo

LIBRO XII

UN ERROR JUDICIAL
CAPÍTULO PRIMERO
EL DÍA FATAL

A las diez de la mañana del día siguiente empezó la vista de la causa contra Dmitri Fiodorovitch.

Ante todo, advertiré que me es imposible relatar los hechos con todo detalle. Semejante exposición requeriría un grueso volumen. Ruego, pues, que no se me reproche que me limite a referir lo que me ha parecido más interesante. Tal vez haya tomado detalles secundarios por importantes y acaso haya suprimido algunos de éstos... Pero no tengo por qué excusarme: mi intención es hacer las cosas lo mejor posible, y estoy seguro de que los lectores lo advertirán.

Antes de entrar en la sala mencionaremos ciertos hechos que llamaron la atención de todos. Se sabía el interés que había despertado este juicio, la impaciencia con que se le esperaba, las discusiones y conjeturas que venía provocando desde hacia dos meses. No se ignoraba tampoco que el asunto era conocido en toda Rusia. Pero nadie esperaba que hubiera despertado un interés tan extraordinario fuera de nuestra localidad. Llegó gente no sólo de la capital del distrito, sino de otras ciudades, a incluso de Moscú y Petersburgo: juristas, personalidades de todas clases, damas... Las tarjetas de entrada se agotaron rápidamente. Para los visitantes de categoría se reservaron asientos, sillones detrás de la mesa del tribunal, cosa nunca vista. El elemento femenino era muy numeroso: lo menos la mitad del público estaba formado por damas. Los juristas abundaban también de tal modo, que no se sabía dónde colocarlos. Había sido necesario construir a toda prisa para ellos una especie de tribuna en el fondo de la sala, detrás del estrado. Algunos no tenían asiento, pero se felicitaban de haber podido entrar. Y lo mismo podía decirse del público que, en masa compacta, permanecía de pie en la sala, de la que se habían retirado todas las sillas, con objeto de que hubiera más espacio. Algunas damas aparecían en las tribunas ataviadas como para una ceremonia. Este caso se daba especialmente entre los forasteros. Pero la mayoría de ellas no se habían preocupado en absoluto por su atavío. En sus semblantes se leía una ávida curiosidad. Una de las particularidades más notables de este público femenino, particularidad que se evidenció en el curso de los debates, era la simpatía que la mayoría de las damas sentían por Dmitri, simpatía fundada, sin duda, por el éxito que el acusado había tenido siempre con las mujeres. El deseo general de las damas era que le declarasen inocente.

Se daba por segura la presencia de las dos rivales. Especialmente Catalina Ivanovna había despertado un interés general. Se decían cosas extraordinarias de ella, de su pasión avasalladora por Mitia aun después del crimen. Se hablaba de su orgullo (no visitaba a nadie) y de sus relaciones con el gran mundo. Se rumoreaba que Katia tenía el propósito de pedir al gobierno autorización para acompañar al criminal a presidio y casarse con él bajo tierra, en las minas. La aparición de Gruchegnka se esperaba con no menos interés. El encuentro de las dos rivales ‑la joven distinguida y la ramera‑ en la audiencia había despertado verdadera curiosidad. Las mujeres conocían mejor a Gruchegnka, que «había perdido a Fiodor Pavlovitch y a su hijo», y casi todos se extrañaban de que «una mujer tan ordinaria a incluso nada bonita» hubiera podido subyugar al padre y al hijo. Sé positivamente que en nuestra localidad se produjeron graves querellas familiares a causa de Mitia. Más de una mujer había disputado con su marido sobre el lamentable suceso, y es natural que estos esposos acudieran a la audiencia como enemigos del acusado. Hablando en términos generales, puede decirse que los hombres miraban al inculpado con hostilidad. Se veían rostros varoniles severos, ceñudos a incluso irritados. Y estos semblantes eran mayoría. Mitia había insultado a muchos hombres durante su estancia entre nosotros. No cabía duda de que algunos espectadores no sólo eran indiferentes a la suerte de Mitia, sino que se alegraban de verlo comprometido, aun estando interesados en el desenlace del asunto. La mayoría de ellos deseaban que se castigase al acusado, exceptuando a los juristas, que miraban el proceso desde el punto de vista jurídico, sin interesarse por el aspecto moral. La llegada del famoso Fetiukovitch causó sensación. No era la primera vez que iba a provincias para tomar parte en un proceso criminal resonante, de esos que no se olvidan fácilmente. Circulaban anécdotas sobre el procurador y el presidente del tribunal. Se decía que el procurador temía encontrarse con Fetiukovitch, con el que había tenido ciertas diferencias en Petersburgo al principio de su carrera. El susceptible Hipólito Kirillovitch, que se sentía mortificado porque no apreciaban debidamente su mérito, había cobrado nuevos ánimos al enfrentarse con el caso Karamazov y soñaba con fortalecer su debilitada reputación. Pero temía a Fetiukovitch. Estos rumores no eran del todo exactos. El procurador no era uno de esos hombres que se desalientan ante el peligro, sino todo lo contrario: ante el peligro, su amor propio aumentaba y le daba nuevos bríos. Era demasiado vehemente, demasiado impresionable. A veces ponía toda su alma en un asunto, como si de él dependieran su suerte y su fortuna. Este defecto hacía sonreír a sus compañeros del mundillo judicial, pero, gracias a él, nuestro procurador había adquirido una notoriedad superior a la que correspondía a su modesta posición en la magistratura. Lo que más hilaridad causaba era su pasión por la psicología. A mi entender, todos se equivocaban; su carácter era mucho más firme y serio de lo que se suponía. Lo que ocurría era que aquel hombre enfermizo no había sabido ponerse en su lugar ni al principio de su carrera ni después.

El presidente del tribunal era un hombre culto, humano, de espíritu abierto a las ideas más modernas. Toda su ambición se cifraba en que se le considerase como progresista. Estaba bien relacionado y era hombre rico. Pronto se advirtió que el caso Karamazov le interesaba vivamente, pero en líneas generales. Lo miraba como un fenómeno de nuestro régimen social, como una característica de la mentalidad rusa... El carácter particular del asunto, la personalidad de sus protagonistas, empezando por la del acusado, tenían para él un interés vago, abstracto..., cosa que, bien, mirado, tal vez convenía.

Desde mucho antes de comenzar la vista, la sala estaba repleta de público. Esta sala es la mejor de la localidad: la más espaciosa y bella, la de techo más alto y mejores condiciones acústicas. A la derecha de la plataforma del tribunal se habían colocado una mesa y dos hileras de sillas para el jurado. A la izquierda estaban los asientos del acusado y del defensor. En el centro, ante los jueces, había una mesa, en la que se exhibían los cuerpos del delito: la bata Blanca de seda, manchada de sangre, de Fiodor Pavlovitch; la mano de mortero de cobre, presunto instrumento del crimen; la camisa y la levita de Mitia, también manchadas de sangre, sobre todo la levita, en las proximidades del bolsillo en que Dmitri había guardado el pañuelo; este pañuelo, empapado de sangre que se había secado formando una costra; la pistola cargada por Mitia en casa de Perkhotine para suicidarse y que Trifón Borisytch le había quitado, sin que él se diera cuenta, en Mokroie; el sobre que había contenido los tres mil rublos destinados a Gruchegnka; la cinta rosa con que el sobre estuvo atado, y otros objetos que no puedo recordar. Más lejos, en el fondo de la sala, se habían colocado sillones para los testigos que debían quedarse después de declarar.

A las diez entró en la sala el tribunal, compuesto del presidente, un asesor y un juez de paz honorario. El fiscal, que no era sino nuestro procurador, llegó inmediatamente. El presidente era un hombre robusto, aunque de baja estatura. Tenía unos cincuenta años, congestionado el rostro y gris el cabello. Lucía varias condecoraciones. A todos les sorprendió la palidez del fiscal. Su cara era verdosa. A mí me pareció que había adelgazado súbitamente, pues lo había visto el día anterior.

El presidente preguntó al ujier si estaban presentes todos los jurados... Pero me es imposible continuar esta exposición minuciosa de los hechos, no sólo porque no recuerdo todos los detalles, sino también y principalmente porque no tengo tiempo ni espacio para hacer un relato detallado a integro. Diré solamente que la defensa y la acusación admitieron a casi todos los jurados. Éstos eran cuatro funcionarios, dos comerciantes y seis hombres más, entre campesinos y pequeños burgueses de nuestra localidad. Recuerdo que mucho tiempo antes de que se celebrase la vista, la formación del jurado se comentaba en las reuniones de sociedad y que, sobre todo las damas, decían: «Es inexplicable que un asunto de tanta complicación psicológica se someta a la resolución de simples funcionarios y personas de baja condición. ¿Qué criterio pueden tener?» Ciertamente, los cuatro funcionarios eran personas sin categoría y de edad madura ‑excepto uno‑, poco conocidas en nuestra sociedad y que habían vegetado con un sueldo mezquino. Sin duda, tenían esposas viejas que no gustaban de exhibir y un enjambre de hijos que tal vez fueran descalzos. Su pasatiempo preferido eran los naipes, y jamás habían leído nada. Los dos comerciantes tenían aspecto de hombres sosegados, pero siempre estaban inmóviles y pensativos. Uno iba rasurado y vestido a la europea; el otro ostentaba una barba gris, y de su cuello pendía una medalla. Y no hablemos de los pequeños burgueses y campesinos de Skotoprigonievsk. Los primeros se parecían a los segundos y trabajaban tan rudamente como ellos. Dos de estos seis jurados iban vestidos a la europea, con lo que parecían más sucios y descuidados que los otros. De aquí que, al verlos, uno no pudiera menos de preguntarse: «¿Cómo pueden comprender esos hombres un asunto como éste?» Sin embargo, sus rígidos y huraños rostros tenían una expresión imponente.

Al fin, el presidente anunció el comienzo de la vista y ordenó que se introdujera en la sala al acusado. Se hizo un silencio tan profundo, que se habría podido oír el vuelo de una mosca. Mitia me produjo una impresión sumamente desfavorable. Se presentó como un dandy. Llevaba un traje nuevo, una camisa finísima y unos guantes flamantes. Después supe que, expresamente para esta ocasión, había encargado una levita nueva a un sastre de Moscú, a su sastre de siempre, que tenía sus medidas. Avanzó a largos pasos, el cuerpo rígido, mirando hacia enfrente, se sentó y permaneció inmóvil. Acto seguido apareció el defensor, el famoso Fetiukovitch. Un discreto murmullo recorrió la sala. Era un hombre alto y seco, de piernas delgadas, dedos largos y finos, cabello corto, cara lampiña, cuyos labios se torcían a veces en una sonrisa sarcástica. Aparentaba unos cuarenta años. Su rostro habría sido agradable si no lo hubieran afeado sus ojos, inexpresivos y demasiado juntos sobre la nariz, larga y delgada. En una palabra, una cara de pájaro. Iba de levita y corbata blanca. Recuerdo perfectamente el interrogatorio de identificación. Mitia contestó en voz tan alta, que sorprendió al presidente. Después se dio lectura a la lista de testigos y peritos. Faltaban cuatro: Miusov, que había regresado a Paris, pero cuya declaración figuraba en el expediente; la señora de KhokhIakov y el terrateniente Maximov, que estaban enfermos, y Smerdiakov, fallecido repentinamente, según informe de la policía. La noticia de la muerte de Smerdiakov produjo sensación, pues muchos ignoraban aún que se había suicidado. Lo que más sorprendió a todos fue la exclamación de Mitia cuando se reveló el fallecimiento del sirviente:

‑¡Los perros mueren como perros!

El defensor lo hizo callar. El presidente le amenazó con tomar las más severas medidas si persistía en su actitud irrespetuosa. Mitia dijo varias veces a su abogado, aunque sin mostrar el menor arrepentimiento:

‑No lo volveré a hacer. No he podido contenerme. Le aseguro que no lo volveré a hacer.

Este incidente no le favoreció a los ojos del público ni de los jurados. Era una muestra de su carácter. En este ambiente, el secretario empezó a leer el acta de acusación. Era muy concisa y se limitaba a exponer los principales cargos que pesaban sobre Dmitri. Sin embargo, a mí me impresionó profundamente. El secretario leyó con voz clara y sonora. A través del acta, la tragedia aparecía con todo su relieve, como si se proyectara sobre ella una luz implacable. Después el presidente preguntó a Mitia:

‑¿Reconoce el acusado que es culpable?

Mitia se puso en pie.

‑Reconozco que soy culpable de embriaguez, de disipación, de holgazanería ‑repuso, exaltado‑. En el momento en que la adversidad se ensañó en mí estaba decidido a corregirme para siempre. Pero soy inocente de la muerte de ese viejo que era mi padre y mi enemigo. Tampoco le robé: soy incapaz de un acto semejante. Dmitri Fiodorovitch puede ser un libertino, pero no un ladrón.

Se sentó temblando. El presidente le dijo que debía limitarse a responder a las preguntas. Acto seguido se llamó a los testigos para que prestaran juramento, formalidad de la que se dispensó a los hermanos del acusado. Tras las exhortaciones del sacerdote y el presidente se hizo salir a los testigos. Ya se les iría llamando por turno.

CAPÍTULO II

DECLARACIONES ADVERSAS

Ignoro si los testigos de cargo y descargo habían sido agrupados por el presidente y si se había decidido hacerlos comparecer por un orden determinado. Probablemente, así fue. El caso es que los primeros en declarar fueron los testigos de la acusación.

He de repetir que no tengo el propósito de reproducir in extenso los debates. Por otra parte, no hay necesidad de ello, ya que los discursos del fiscal y de la defensa y las declaraciones de los testigos resumieron claramente los hechos. Anoté íntegramente algunos pasajes de estos dos notables discursos, que ofreceré al lector oportunamente, y también referiré un hecho inesperado que indudablemente influyó en la fatídica sentencia.

Todos advirtieron desde el principio la solidez de la acusación y la debilidad de la defensa. Se vio como los hechos se agrupaban, se acumulaban, y como el crimen, con todo su horror, iba surgiendo a la luz. Era evidente que la causa estaba ya fallada, que no había la menor duda acerca del resultado, que la culpa del acusado estaba archidemostrada y que la vista se celebraba por pura fórmula. Yo creo que incluso aquellas damas que esperaban con tanta impaciencia la absolución del interesante reo estaban convencidas de su culpabilidad. Es más, me parece que habrían lamentado que esta culpa fuera menos evidente, ya que ello habría aminorado el efecto del desenlace. Aunque parezca extraño, todas las mujeres creyeron hasta el último instante que se declararía inocente a Mitia. «Es culpable ‑se decían‑, pero se le absolverá por humanidad, por respeto a las nuevas ideas. » Ésta era la razón de que hubieran acudido con el interés reflejado en el rostro.

A los hombres les interesaba especialmente la lucha entre el fiscal y el famoso Fetiukovitch. Todos se preguntaban qué podría hacer este letrado, a pesar de su fama, en una causa perdida de antemano. De aquí que fuera el centro de la atención general. Pero Fetiukovitch fue hasta el final un enigma. Los expertos presentían que se había trazado un plan, que perseguía un fin, pero no era posible deducir en qué consistía su estrategia. Su seguridad en sí mismo era evidente. Además, se observó con satisfacción que durante su breve estancia en nuestra ciudad se había puesto al corriente del asunto y lo había estudiado en todos sus detalles. Pronto pudo admirarse la habilidad con que desacreditó a los testigos de la acusación. Los desconcertó hasta el máximo y causó graves daños en su reputación moral y, por lo tanto, en sus declaraciones. Además, se suponía que esta táctica tenía algo de pasatiempo, de coquetería jurídica, por decirlo así, del deseo de exhibir todos sus recursos de abogado, pues nadie ignoraba, y él debía ser el primero en comprenderlo, que estos ataques no le proporcionaban ninguna ventaja positiva. Debía de tener alguna idea oculta, algún arma secreta que se proponía utilizar en el momento oportuno. En espera de este momento, se divertía, consciente de su fuerza.

Cuando se interrogó a Grigori Vasilievitch, el viejo sirviente de Fiodor Pavlovitch, que afirmaba haber visto abierta la puerta de la casa, el defensor aprovechó bien su turno, dirigiéndole una serie de preguntas extraordinariamente hábiles. Grigori Vasilievitch estaba perfectamente sereno; ni la majestad del tribunal ni la abundancia de público lo turbaban. Prestó su declaración con la misma naturalidad que si estuviera charlando con su mujer, sólo que más respetuosamente. No parecía posible confundirlo. El fiscal le hizo numerosas preguntas sobre la familia Karamazov. Las respuestas de Grigori interesaron a todos. Se veía claramente que el testigo era sincero a imparcial. A pesar del respeto que le inspiraba su difunto dueño, declaró que éste había sido injusto con Mitia. «No educaba a sus hijos como buen padre. Sin mis cuidados ‑añadió recordando la infancia del reo‑, Dmitri Fiodorovitch habría sido una criatura harapienta y piojosa. Además, lo perjudicó en el reparto de los bienes legados por la madre.» El fiscal le preguntó en qué se fundaba para afirmar que Fiodor Pavlovitch había perjudicado a su hijo en la transmisión de la herencia materna, y el testigo, ante el asombro general, no aportó ningún argumento convincente. Pero insistió en su afirmación de que el padre había sido injusto, ya que Mitia debía haber recibido «algunos miles de rublos más». El fiscal interrogó sobre este punto, con especial insistencia, a todos los testigos que podían estar enterados de la cuestión, sin excluir a los hermanos de Mitia, y ninguno de ellos pudo dar informes precisos: afirmaban que era verdad lo dicho por Grigori, pero no podían apoyar sus palabras con la más leve prueba.

El relato de la escena en que Dmitri apareció de pronto y golpeó a su padre, amenazándolo luego con volver para matarlo, produjo sensación. En ello influyó sin duda la calma y concisión con que el viejo criado relató el suceso y también su pintoresco lenguaje, que produjo gran efecto. Después manifestó que había perdonado hacía tiempo la agresión de Mitia, que entonces lo abofeteó y derribó. De Smerdiakov ‑nombre que pronunció santiguándose‑ dijo que tenía excelentes cualidades, pero que estaba deprimido por su enfermedad y que su mayor defecto era ser un impío, lo que se debía a la influencia de Fiodor Pavlovitch y de su hijo mayor. Defendió calurosamente su honradez, y refirió el episodio del dinero hallado y devuelto por Smerdiakov a su dueño, lo que le valió una moneda de oro y la confianza de éste. Mantuvo obstinadamente su declaración de que estaba abierta la puerta que daba al jardín. Se le hicieron muchas preguntas más, pero fueron tantas, que no puedo acordarme de todas. Al fin le tocó el turno a la defensa, que empezó por hablar del sobre en que, «según se decía», Fiodor PavIovitch había guardado tres mil rublos « para cierta persona». Y preguntó:

‑¿Vio usted ese sobre? Usted lo pudo ver, ya que gozaba de la confianza de su dueño y estaba en continuo contacto con él.

Grigori repuso que no se enteró de la existencia de aquellos tres mil rublos «hasta que todo el mundo empezó a hablar de ellos».

Fetiukovitch preguntó a todos los testigos por este sobre con el mismo interés que el fiscal había demostrado en la aclaración del reparto de la herencia materna. Todos respondieron que no habían visto el sobre, aunque la mayoría habían oído hablar de él.

Fetiukovitch siguió preguntando a Grigori:

‑¿Puede usted decirme de qué se componía aquel bálsamo, mejor dicho, aquella infusión con que se frotó los riñones al acostarse la noche del crimen, según se lee en el sumario?

Grigori miró al abogado como si no comprendiera y, tras unos instantes de silencio, murmuró:

‑En la mezcla había una planta llamada salvia.

‑¿Nada más?

‑Y otra planta: llantén.

‑Y pimienta, seguramente.

‑Sí, también había pimienta.

‑¿Y todo disuelto en vodka?

‑No, en alcohol.

Se oyeron risas en la sala.

‑¿De modo que no le faltaba alcohol? Y, después de frotarse la espalda, se bebió lo que quedaba en la botella, mientras su esposa murmuraba una oración que sólo ella conoce, ¿no es así?

‑Así es.

‑¿Bebió usted mucho? ¿Una copita, dos copitas?

‑Un vaso, aproximadamente.

‑¡Un vaso! Y a lo mejor fue vaso y medio.

Grigori no contestó. Empezaba a darse cuenta del significado de aquellas preguntas.

‑¡Vaso y medio de alcohol puro no es cualquier cosa! ¿No cree usted? Con esa cantidad de alcohol en el cuerpo, uno puede ver abiertas todas las puertas, incluso las del paraíso.

Grigori siguió guardando silencio. En la sala se oyeron nuevas risas. El presidente se agitó en su sillón.

‑‑¿Podría decirme ‑siguió preguntando Fetiukovitch‑ si estaba usted dormido cuando vio abierta la puerta del jardín?

‑Estaba levantado.

‑Eso no demuestra que no estuviera usted como dormido.

Nuevas risas.

‑Si le hubieran preguntado en aquel momento en qué año estábamos, ¿habría usted podido contestar?

‑No lo sé.

‑Bien. Diga ahora en qué año estamos, a partir del nacimiento de Cristo. ¿Lo sabe?

Grigori estaba aturdido y miraba fijamente a su verdugo. Que ignorase el año en que vivía causó general sorpresa.

‑Por lo menos, sabrá usted cuántos dedos tiene en las manos, ¿no?

‑Estoy acostumbrado a obedecer ‑dijo Grigori súbitamente‑. Si las autoridades quieren burlarse de mí, sé soportarlo.

Esta inesperada contestación desconcertó un poco a Fetiukovitch. El presidente le recordó que sus preguntas debían limitarse al asunto que se debatía. El abogado respondió respetuosamente que no tenía nada más que preguntar. Sin duda, la declaración de un hombre «que habría podido ver abiertas las puertas del paraíso» y que no sabía en qué año estaba despertó general desconfianza; por lo tanto, la defensa había logrado su objetivo.

El interrogatorio de Grigori Vasilievitch terminó con un incidente. El presidente preguntó al acusado si tenía que hacer alguna observación, y Mitia repuso:

‑Salvo en lo concerniente a la puerta del jardín, el testigo ha dicho la verdad. Le agradezco que me cuidara y que haya olvidado mis golpes. Este viejo fue siempre honrado con mi padre y le sirvió como un perro fiel.

‑¡Emplee el acusado un lenguaje más correcto! ‑le ordenó el presidente.

‑Yo no soy un perro ‑gruñó Grigori.

‑Entonces, el perro soy yo ‑exclamó Mitia‑. Si esto es una ofensa, la vuelvo contra mí. He sido brutal con él. Y también con Esopo.

‑¿Quién es Esopo? ‑preguntó con acento severo el presidente.

‑¿Quién ha de ser? Pierrot, mi padre, Fiodor Pavlovitch...

El presidente volvió a invitar a Mitia a expresarse en términos más correctos.

‑Hablar de ese modo no le favorecerá en el ánimo de los jueces.

El abogado defensor interrogó también con gran habilidad a Rakitine, uno de los testigos más importantes, especialmente para el fiscal. Rakitine sabía muchas cosas, lo había visto todo, hablado con mucha gente interesada en el asunto, y conocía a fondo la vida de Fiodor Pavlovitch y de todos los Karamazov. Declaró que solamente a Mitia había oído hablar de los tres mil rublos, pero, en compensación, describió detalladamente los actos y violencias de Dmitri en la taberna «La Capital». Repitió las palabras comprometedoras que Mitia había pronunciado allí y refirió el incidente de que fue víctima el capitán Snieguiriov. De lo que Fiodor Pavlovitch podía adeudar a su hijo, Rakitine no sabía nada; al hablar de ello, salió del paso con unas cuantas frases despreciativas como ésta: «No es fácil saber quién tenía razón. En el lodazal de los Karamazov es imposible orientarse.» Dijo que el crimen era una consecuencia del atraso y el desorden en que vivía Rusia, al carecer de las instituciones necesarias. Se le permitió discursear. Después del proceso empezó a adquirir renombre y a atraerse la atención del público. El fiscal sabía que el testigo preparaba un articulo sobre el crimen para cierta revista, y, como veremos más adelante, citó de él varios párrafos en su informe. La declaración del testigo fue francamente despiadada y trató de favorecer a la acusación. En general, la exposición de Rakitine fue del agrado del público por la independencia y la nobleza de sus ideas. Incluso se oyeron algunos aplausos cuando habló de la servidumbre y del desorden que reinaba en Rusia. Pero Rakitine, joven e impetuoso, cometió un error del que la defensa supo aprovecharse. Al preguntársele por Gruchegnka, el testigo, embriagado por su éxito y por el tono elevado de su oratoria, habló de Agrafena Alejandrovna con cierto desdén, diciendo que era «la amante del comerciante Samsonov». Pronto habría dado cualquier cosa por retirar esta acusación, ya que de ella se valió Fetiukovitch para atacarlo. Nunca habría creído Rakitine que el abogado pudiera enterarse en tan poco tiempo de detalles tan íntimos.

‑Permitame una pregunta ‑dijo el defensor, sonriendo amablemente‑. ¿Verdad que es usted el autor de ese folleto, editado por las autoridades eclesiásticas, que se titula Vida del bienaventurado padre Zósimo? Lo he leído hace poco con verdadero interés. Es una obrita edificante y rica en profundas ideas religiosas.

Rakitine murmuró, un poco desconcertado:

‑No la escribí para que se publicara. Apareció sin que me lo advirtieran.

‑Está muy bien. Un pensador como usted debe interesarse por los fenómenos sociales. Su folleto, gracias a la alta protección de que gozaba, se ha difundido ampliamente y ha prestado un excelente servicio... Pero lo que me interesa saber es si usted, como ha dejado entrever en su declaración, conocía íntimamente a la señorita Svietlov.

(Nota bene: Éste era el apellido de Gruchegnka, cosa que ignoré hasta entonces.)

Rakitine enrojeció.

‑No puedo responder de todas las personas a las que conozco. Soy demasiado joven. Por otra parte, creo que nadie, cualesquiera que sea su edad, puede responder de todas sus amistades.

‑Lo comprendo, lo comprendo perfectamente ‑dijo Fetiukovitch fingiéndose confuso y en el tono del que presenta excusas‑. Podía darse el caso de que usted, como cualquier hombre, estuviera interesado por una mujer joven y bonita que recibía en su casa a la flor de la juventud local. Mi propósito era puramente informativo. Sabemos que, hace dos meses, la señorita Svietlov mostró deseos de conocer al menor de los hermanos Karamazov: Alexei Fiodorovitch. Esa joven ofreció a usted veinticinco rublos si le llevaba a Alexei vestido con su hábito conventual. La visita se efectuó la noche misma del crimen que en este momento se está juzgando. ¿Puede usted decirme si ha recibido los veinticinco rublos de recompensa que le prometió la señorita Svietlov?

‑Fue una broma... No sé qué interés puede tener esto... Tomé los veinticinco rublos para devolverlos después.

‑O sea que usted los tomó. Tengo entendido que todavía no los ha devuelto. ¿Me equivoco?

‑Eso no tiene importancia ‑murmuró Rakitine‑. Desde luego, los devolveré.

El presidente intervino una vez más, pero el defensor dijo que ya no tenía que hacer más preguntas al señor Rakitine. Éste se retiró cabizbajo. Su prestigio había sufrido un rudo golpe. Fetiukovitch le siguió con la mirada, como diciendo al público: «Ya vea ustedes el valor que tienen las palabras de los acusadores.»

Mitia, indignado por el desprecio con que Rakitine había hablado de Gruchegnka, le gritó desde el asiento:

‑¡Bernard !

Y cuando el presidente le preguntó si tenía algo que decir, exclamó:

‑¡Ese hombre venía a visitarme a la cárcel para sacarme dinero! ¡Es un miserable, un ateo! ¡Engañó al padre Zósimo!

Naturalmente, Mitia fue llamado al orden. Pero Rakitine se había hundido ya. Aunque por causas distintas, la declaración del capitán Snieguiriov no tuvo más éxito. Se presentó andrajoso y sucio, y embriagado, a pesar del reconocimiento previo y de las medidas que se habían tomado para evitar que bebiera. Cuando se le habló de la ofensa que le había inferido Mitia, no quiso contestar,

‑Iliucha me lo ha prohibido ‑declaró‑. ¡Que Dios perdone a ese hombre! Ya hallaré la recompensa en el cielo.

‑¿Quién dice usted que le ha prohibido hablar?

‑Iliucha, mi hijito. «¡Oh papá! ¡Cómo te ha humillado!» Esto lo dijo ya al borde de la tumba. Se ha muerto.

Dicho esto, el capitán prorrumpió en sollozos y cayó de rodillas a los pies del presidente. En seguida se lo llevaron, entre las risas del público. Así, tampoco este testigo produjo el efecto que esperaba el fiscal.

El abogado defensor siguió utilizando todos sus recursos y asombrando al auditorio con su conocimiento del asunto hasta en sus menores detalles. La declaración de Trifón Borisytch produjo profunda emoción, naturalmente desfavorable al acusado. Dijo que Mitia, en su primera visita a Mokroie, despilfarró lo menos tres mil rublos.

‑Sólo entre los cingaros repartió qué sé yo cuánto dinero. Y a los mendigos no les dio unos copecs, sino lo menos veinticinco rublos. Además, sabe Dios lo que le robarían. Imposible identificar a los ladrones, que, naturalmente, no pregonaron sus hazañas. Estaba rodeado de bribones, de personas sin conciencia. Y muchachas que en su vida habían tenido un céntimo tienen ahora el bolsillo lleno.

En una palabra, que se acordaba de todo a hizo una exposición detallada de los gastos de Mitia en su primera estancia en Mokroie. Esto destruyó la hipótesis de que sólo había gastado mil quinientos rublos y se había guardado en una bolsita los mil quinientos restantes.

‑Vi los tres mil rublos en sus manos, los vi con mis propios ojos. Dmitri Fiodorovitch y yo nos conocíamos bien.

Sin intentar refutar al fondista en su declaración, Fetiukovitch le recordó que el cochero Timoteo y el campesino Akim se habían encontrado en el vestíbulo de su fonda un billete de cien rublos perdido por Mitia en su primer viaje a Mokroie. Dmitri estaba ebrio, y Akim y Timoteo le habían entregado el billete a él, a Trifón Borisytch, que les dio un rublo a cada uno.

‑¿Devolvió usted esos cien rublos a Dmitri Karamazov? ‑preguntó el abogado.

Trifón Borisytch empezó por insinuar que no sabía nada de tal pérdida, pero una vez se hubo interrogado al cochero y al campesino, afirmó que había devuelto los cien rublos a Dmitri Fiodorovitch, como es propio de un hombre honrado, pero «que era muy probable que el señor Karamazov no lo recordara, ya que en aquellos momentos estaba embriagado». No obstante, como antes había negado el hallazgo de los cien rublos. su declaración de que los había devuelto fue acogida con desconfianza. Así, pues, uno de los testigos de cargo más temidos quedó eliminado.

Lo mismo sucedió a los polacos. Se presentaron con gran desenvoltura, afirmando que «habían servido a la Corona» y que «el pan Mitia les había ofrecido tres mil rublos a cambio de su honor». El pan Musalowicz intercalaba en sus frases términos polacos y, al advertir que con ello se atraía la consideración del presidente y del fiscal, se enardeció y empezó a hablar en polaco. Pero Fetiukovitch lo cogió en sus propias redes. Trifón Borisytch fue llamado de nuevo a declarar y, tras una serie de vacilaciones y rodeos, reconoció que el pan Wrublewski había cambiado la baraja de la casa por otra de su propiedad y que el pan Musalowicz, que era el banquero, hacía trampas. Esto fue confirmado por Kalganov, al que se interrogó seguidamente, y los panowie se retiraron avergonzados, entre las risas del público.

La misma suerte corrieron los demás testigos importantes de la acusación: Fetiukovitch consiguió desacreditarlos a todos sacando a relucir sus faltas. Despertó la admiración tanto en los profesionales de la ciencia jurídica como en los simples aficionados, aunque unos y otros se preguntaban qué provecho podría obtener de semejante táctica, ya que la culpa del acusado aparecía con creciente evidencia. Pero el tono en que hablaba el «mago del foro» denotaba una calma y una seguridad en sí mismo que hacían esperar algo. No se concebía que hubiera hecho el viaje desde Petersburgo por nada y que se resignara a regresar sin ningún resultado positivo.

CAPÍTULO III

EL PERITAJE MÉDICO Y UNA LIBRA DE AVELLANAS

El informe de los peritos médicos no fue favorable al acusado. Pero se veía claramente que Fetiukovitch no había depositado en él la menor esperanza. Este peritaje se verificó únicamente por haberlo solicitado Catalina Ivanovna, que había traído de Moscú a un médico eminente. La defensa, si bien no esperaba nada de este informe, también sabía que nada podía perder.

El desacuerdo entre los médicos motivó un incidente cómico. Los peritos eran el famoso especialista de que hemos hablado; el doctor Herzenstube, que ejercía en nuestra localidad, y el joven Varvinski. Los dos últimos estaban, además, citados como testigos por el fiscal. Primero se llamó al doctor Herzenstube, septuagenario canoso y casi calvo, de mediana estatura y robusta constitución. Era un hombre de conciencia, que gozaba de la estimación general, un corazón excelente, una especie de hermano moravo. Hacia mucho tiempo que vivía en nuestra ciudad. Era persona austera e inclinada a la filantropía. Visitaba a los pobres y a los campesinos en sus chozas, y no sólo no les cobraba nada, sino que les daba dinero para medicinas. En cambio, era testarudo como una mula: cuando se aferraba a una idea, no había medio humano de hacerle renunciar a ella. En la ciudad se sabía que el famoso especialista llegado de Moscú hacía poco se había permitido hacer observaciones francamente molestas sobre la capacidad del doctor Herzenstube. Aunque el doctor de Moscú no cobraba menos de veinticinco rublos por visita, no pocos aprovecharon su estancia en nuestra localidad para consultarlo. Los consultantes eran clientes del doctor Herzenstube, y el renombrado especialista criticó ante ellos los métodos curativos del doctor local. Llegó al extremo de preguntar a los pacientes apenas aparecía: «¿Quién lo ha engañado? ¿Herzenstube? ¡Ja, ja!» Como es natural, Herzenstube se enteró de esto.

Los tres médicos citados comparecieron como peritos. El doctor Herzenstube dijo que saltaba a la vista que el acusado «era un anormal». Después de exponer sus argumentos, añadió que esta anormalidad se evidenciaba no sólo en la conducta anterior del acusado, sino también en su actitud presente, y cuando se le rogó que se explicara, el viejo doctor declaró ingenuamente que Dmitri Fiodorovitch, al entrar en la sala, no tenía un aspecto adecuado a las circunstancias. «Avanzaba como un soldado, mirando hacia e frente, sin volver la vista a la izquierda, donde estaban las damas, cuya opinión debía preocuparle, ya que era un gran amante de bello sexo». Herzenstube se expresaba en ruso, pero con acento alemán, cosa que no le preocupaba. Siempre había creído que hablaba un ruso excelente, mejor que el de los mismos rusos. Le encantaba citar proverbios, y cada vez que mencionaba uno afirmaba que los proverbios rusos eran singularmente expresivos. Cuando conversaba con alguien, olvidaba a veces las palabras más vulgares. Las conocía perfectamente, pero huían de su memoria de pronto. Esto le sucedía tanto si hablaba en ruso como en alemán. Entonces agitaba la mano ante su rostro, como para atrapar la palabra perdida, y nadie en el mundo habría logrado que continuar si no daba con ella. El viejo contaba con la estimación de nuestra damas: sabían que aquel hombre que había permanecido soltero era piadoso y honesto en sus costumbres y consideraba a las mujeres como seres ideales y superiores. Sus inesperadas observaciones parecieron extravagantes y divirtieron a la concurrencia.

El especialista de Moscú declaró categóricamente que el acusado padecía una aguda perturbación mental. Se extendió en sabía consideraciones sobre la obsesión y la manía, y concluyó que, según todos los datos recogidos, en los días que precedieron a su detención, Dmitri Fiodorovitch sufría, sin duda alguna, una de la obsesiones que había descrito. Si había cometido el crimen, habría obrado involuntariamente, como arrastrado por una fuerza desconocida. Pero el doctor no había observado en el acusado únicamente el mal de la obsesión, sino también el de la manía, lo que constituía, a su entender, el primer paso hacia la demencia.

(N. B.: Refiero todo esto en lenguaje corriente. El doctor se expresaba con los tecnicismos propios de los sabios.)

‑Todos sus actos son contrarios a la lógica y al buen sentido ‑prosiguió‑. Sin hablar de lo que no he visto, es decir, del crimen y todo el drama que lo rodea, anteayer estuve hablando con el acusado y vi que tenía la mirada fija y extraña. Se echaba a reír repentinamente y sin motivo y era presa de una irritación continua inexplicable. Decía cosas extrañas, como «Bernard, la ética y otra cosas innecesarias».

El doctor vio un indicio de manía sobre todo en el hecho de que el acusado no pudiera hablar sin indignación de los tres mil rublos que a su juicio le habían robado, mientras conservaba la calma a recordar otras ofensas y otros fracasos.

‑Al parecer, siempre se ha enfurecido ante la menor alusión esos tres mil rublos. Sin embargo, se sabe que no es interesado ni codicioso. En cuanto a la opinión de mi eminente colega ‑terminó irónicamente el as de la medicina‑, según la cual el acusado debió mirar a las damas al entrar, es una nota graciosa, pero también un error. Estoy de acuerdo en que el acusado, al entrar en la sala donde se va a decidir su suerte, no debió mirar hacia delante fijamente y que esto puede revelar un trastorno mental, pero también afirmo que debió dirigir la vista no a la izquierda, donde están las damas, sino a la derecha, buscando la mirada de su defensor, del que depende su suerte.

El especialista se había expresado en tono firme y enérgico. El desacuerdo entre este perito y el doctor Herzenstube adquirió un matiz cómico al exponer el doctor Varvinski una tesis inesperada. Según él, el acusado había sido y seguía siendo un hombre perfectamente normal. El hecho de que antes de su detención hubiera dado pruebas de una excitación extraordinaria no quería decir nada, ya que tal estado podía proceder de causas tan evidentes como los celos, la cólera, la embriaguez continua... Desde luego, esta excitación nerviosa no tenía nada que ver con la obsesión de que acababa de hablar el doctor forastero.

‑En cuanto a la dirección en que debía mirar el acusado, mi humilde opinión es que debía hacerlo como lo ha hecho, es decir, hacia el frente, donde están los jueces de los que depende su futuro. Por lo tanto, Dmitri Fiódorovitch ha dado una prueba de que su estado es perfectamente normal.

‑¡Muy bien dicho, matasanos! ‑exclamó Mitia.

Se le hizo callar inmediatamente. Pero la opinión de Varvinski tuvo una influencia decisiva en el público y en el tribunal, como se verá muy pronto.

El doctor Herzenstube, al declarar como testigo, prestó un inesperado apoyo a Mitia. Al ser antiguo habitante de la localidad conocía a fondo a la familia Karamazov. Empezó por dar de ella informes de los que se aprovechó el fiscal; pero añadió:

‑Sin embargo, este desdichado merecía mejor suerte, pues tenía buen corazón, tanto cuando era niño como en su adolescencia: lo puedo asegurar. Un proverbio ruso dice: «Si tienes inteligencia, puedes estar satisfecho, y si un hombre inteligente se une a ti, tu satisfacción debe ser mayor, pues entonces sois dos inteligencias en vez de una...»

‑¡Claro! Dos pensamientos valen más que uno solo ‑exclamó el fiscal, perdiendo la paciencia, pues sabía que el viejo Herzenstube, enamorado de su abrumadora facundia germánica, hablaba con lenta prolijidad, sin importarle hacer esperar a sus oyentes.

‑Eso mismo digo yo ‑continuó Herzenstube obstinadamente‑. Dos inteligencias valen más que una. Pero él permaneció solo y perdió la suya... ¿Dónde la perdió? Pues... Se me ha olvidado la palabra ‑dijo agitando la mano ante sus ojos‑. ¡Ah, sí! Spazieren...

‑¿Paseando?

‑Eso quería decir. Su inteligencia empezó a vagabundear y se perdió. Sin embargo, era un joven agradecido y de fina sensibilidad. Me acuerdo perfectamente de cuando era un niño pequeño y correteaba por las cercanías de la casa de su padre, en el mayor abandono, descalzo y con un solo botón en los pantalones.

La voz del viejo se empañó de emoción. Fetiukovitch se estremeció como presintiendo que iba a ocurrir algo.

‑Entonces yo era todavía joven; tenía treinta y cinco años y acababa de llegar aquí. Me compadecí del niño y me dije: «Le voy a comprar una libra de...» Ahora no me acuerdo del nombre. Es ese fruto que gusta tanto a los niños y que se coge de cierto árbol...

El doctor volvía a agitar la mano ante sus ojos.

‑¿Manzanas? ‑le preguntaron.

‑No, las manzanas se venden por docenas, y lo que yo quiero decir se vende por libras. Es una cosa pequeña que se mete en la boca, y ¡crac!...

‑¿Avellanas?

‑Exacto, avellanas; no me ha dado usted tiempo a decirlo ‑aprobó el doctor imperturbable, como si no hubiera hecho ningún esfuerzo por buscar la palabra‑. Le llevé al niño una libra de avellanas. Nunca le había regalado ni una sola. Levanté el dedo y le dije:

»‑Hijo mío, Gott der Vater.

»Él se echó a reír y repitió:

»‑Gott der Vater.

»‑Gott der Sohn.

»De nuevo se echó a reír y murmuró:

»‑Gott der Sohn.

»‑Gott der heilige Geist.

»Al día siguiente, al verme pasar, me gritó:

»‑¡Señor, Gott der Vater, Gott der Sohn!

»Se había olvidado de Gott der heilige Geist. Pero yo se lo recordé, y otra vez lo compadecí. Se lo llevaron y ya no lo volví a ver. Veintitrés años después, cuando mi cabeza está ya cubierta de canas, apareció de pronto ante mi, en mi sala de consulta, un joven en la flor de la vida, al que no pude reconocer. El visitante levantó el dedo y dijo, echándose a reír:

»‑Gott der Vater, Gott der Sohn and Gott der hellige Geist!

Acabo de llegar y quiero darle las gracias por la libra de avellanas. Fueron las primeras que me regalaron.

»Entonces me acordé de mi feliz juventud y del pobre niño de pies descalzos. Y le dije:

»‑Eres una persona agradecida, ya que no has olvidado la libra de avellanas que te regalé cuando eras niño.

»Lo estreché en mis brazos y lo bendije, llorando. Él se reía, pues los rusos se rien a veces cuando tienen ganas de llorar. Pero acabó llorando también: yo lo vi. Y ahora, ya ven ustedes...

‑¡Y ahora ‑exclamó Mitia‑ estoy llorando, alemán! ¡Si, santo varón: ahora estoy llorando!

Este relato produjo una impresión favorable; pero lo que más favoreció al acusado fue la declaración de Catalina Ivanovna, de la que hablaré oportunamente. En general, la suerte sonrió a Dmitri cuando comparecieron los testigos à décharge, cosa que sorprendió a la misma defensa. Pero antes que a Catalina Ivanovna, se interrogó a Aliocha, el cual, por cierto, se acordó de pronto de un hecho que, al parecer, refutaba uno de los puntos clave de la acusación.

CAPITULO IV

LA SUERTE SONRÍE A MITIA

El hecho acudió a su memoria de improviso. Aliocha no prestó juramento y, desde el principio de su declaración, los dos bandos le demostraron una viva simpatía. Era evidente que la fama de sus excelentes cualidades le había precedido. Se mostró reservado y modesto, pero su afecto por su desgraciado hermano se percibió a través de sus palabras. Dijo que Mitia era sin duda una persona de carácter violento, que se dejaba arrastrar por las pasiones, pero también un hombre noble y generoso, capaz de cualquier sacrificio que se le pidiera. Además, reconoció que, últimamente, la pasión de Mitia por Gruchegnka y su rivalidad con su padre le habían llevado a una tensión de ánimo intolerable. Admitió que aquellos tres mil rublos habían acabado por constituir una obsesión para Dmitri, que no podía hablar de ellos sin enfurecerse, por considerar que su padre se los había apropiado fraudulentamente, ya que pertenecían a su herencia materna; pero rechazó indignado la hipótesis de que Dmitri hubiera podido cometer un parricidio para robar. Respecto a aquella rivalidad que había reconocido, respondió al fiscal con vaguedades, a incluso se negó a responder a algunas preguntas.

‑¿Le dijo su hermano que tenía el propósito de matar a su padre? ‑inquirió el fiscal. Y añadió‑: Puede usted dejar de contestar a esta pregunta si lo cree conveniente.

‑Directamente, nunca me lo dijo.

‑Entonces, ¿se lo dijo indirectamente?

‑Me habló una vez de su odio por nuestro padre, y de que temía llegar a matarlo en un momento de desesperación.

‑¿Y usted lo creyó?

‑No me atrevo a afirmarlo. Siempre creí que un alto sentimiento lo salvaría en el momento decisivo. Y así ocurrió, ya que no fue él quien mató a mi padre.

Aliocha dijo esto con seguridad y energía. El fiscal se estremeció como un caballo de batalla cuando la trompeta da la señal de ataque.

‑Le aseguro ‑dijo el acusador‑ que no pongo en duda su sinceridad ni que su declaración sea un acto independiente de su afecto fraternal por ese desdichado. El sumario nos ha informado ya de su opinión sobre el trágico episodio ocurrido en su familia. Pero no puedo menos de hacer constar que esta opinión de usted es única y está en contradicción con las declaraciones de los demás testigos. Por lo tanto, considero necesario rogarle que me diga en qué se funda para estar tan convencido de la inocencia de su hermano y de la culpabilidad de otra persona a la que mencionó usted en la instrucción del sumario.

‑Entonces me limité a responder a las preguntas que se me hacían ‑dijo Aliocha con calma‑. No acusé a Smerdiakov.

‑Sin embargo, lo nombró usted.

‑Repitiendo las palabras de mi hermano. Yo sabía que Dmitri, cuando lo detuvieron, acusó a Smerdiakov. Estoy convencido de la inocencia de mi hermano. Y si mi hermano es inocente...

‑El culpable es Smerdiakov. ¿Verdad que es eso lo que quiere decir? ¿Por qué acusa usted a Smerdiakov? ¿Y por qué está tan convencido de la inocencia de su hermano?

‑No puedo dudar de él. Sé que no miente. Leí en su rostro que me decía la verdad.

‑¿De modo que solo se funda en lo que leyó en su rostro? ¿No tiene más prueba que ésa?

‑No tengo ninguna más.

‑¿Tampoco de la culpabilidad de Smerdiakov tiene más pruebas que las palabras y la expresión del rostro de su hermano?

‑Tampoco.

El fiscal no insistió. Las respuestas de Aliocha defraudaron profundamente al público. Habían corrido rumores de que Aliocha podía demostrar la inocencia de su hermano y la culpabilidad de Smerdiakov... Sin embargo, no presentaba prueba alguna, sino una convicción de tipo moral que no podía ser más lógica en un hermano del acusado. Cuando le tocó el turno a la defensa, Fetiukovitch preguntó a Aliocha en qué momento le había hablado Dmitri Fiodorovitch de su odio a su padre y de sus absurdas tentaciones de matarlo.

‑¿Fue acaso en la última entrevista que tuvieron ustedes?

Aliocha se estremeció como si de pronto se acordara de algo.

‑Ahora recuerdo un detalle que había olvidado por completo. Entonces no lo vi claro, pero ahora...

Y Aliocha refirió con palabra vehemente que cuando vio a su hermano por última vez, ya de noche y debajo de un árbol, al regresar al monasterio, Mitia le había dicho, golpeándose el pecho, que disponía de un medio para salvar su honor, y que este medio estaba allí, en su pecho.

‑Entonces creí que se refería a su corazón, a la energía que podría desarrollar para librarse de una espantosa vergüenza que le amenazaba y que no se atrevía a confesarme. A decir verdad, al principio creí que aludía a nuestro padre, que se estremecía de horror al pensar que podía cometer algún acto de violencia contra él. Pero después advertí que se daba los golpes no en el corazón, sino más arriba, cerca del cuello, y entonces pensé que se refería a algo que llevaba sobre el pecho y que este algo podía ser la bolsita de cuero donde guardaba los mil quinientos rublos.

‑¡Exacto, Aliocha! ‑exclamó Mitia‑. Era la bolsita de cuero lo que yo señalaba.

Fetiukovitch le rogó que se calmase y volvió a dirigirse a Aliocha, que, enardecido por el inesperado recuerdo, expuso con vehemencia la hipótesis de que la vergüenza de su hermano procedía de que, pudiendo restituir aquellos mil quinientos rublos a Catalina Ivanovna para saldar la mitad de su deuda, había decidido compartirlos con Gruchegnka si ésta lo aceptaba.

‑¡Eso fue, eso fue! ‑exclamó Aliocha con creciente ardor‑. Mi hermano me dijo que podría borrar la mitad de su vergüenza..., así lo dijo: «la mitad». Lo repitió varias veces..., y añadió que la debilidad de su carácter se lo impedía... ¡Sabía de antemano que era incapaz de semejante acción!

Fetiukovitch le preguntó:

‑¿Está usted seguro de que se golpeaba la parte superior del pecho?

‑Segurísimo, pues me pregunté por qué se daría los golpes cerca del cuello, siendo así que el corazón estaba más abajo... Lo recuerdo perfectamente. No comprendo cómo he podido olvidarlo. Mi hermano señalaba su bolsita de cuero, los mil quinientos rublos que no se decidía a devolver. Por eso, cuando lo detuvieron en Mokroie, exclamó, según me han dicho, que el acto más bochornoso de su vida había sido quedarse aquellos mil quinientos rublos, prefiriendo aparecer como un ladrón a los ojos de Catalina Ivanovna que pagarle la mitad..., precisamente la mitad..., de lo que le debe.

‑¡Cómo le atormentaba esta deuda!

Naturalmente, el fiscal intervino. Rogó a Aliocha que describiera de nuevo la escena y le preguntó si verdaderamente Mitia parecía señalar algún objeto al golpearse el pecho.

‑Tal vez lo hiciera al azar, sin dirigir el puño hacia ningún punto determinado.

‑No se daba los golpes con el puño ‑replicó Aliocha‑, sino con los dedos, señalando aquí, muy arriba... ¡No comprendo cómo me he podido olvidar de este detalle!

El presidente preguntó al acusado si tenía algo que decir sobre esta declaración, y Mitia confirmó que señalaba la bolsita de cuero que contenía los mil quinientos rublos, y que la posesión de este dinero constituía para él una vergüenza.

‑¡Sí, una vergüenza, el acto más vil de mi vida! Pude devolver aquellos mil quinientos rublos, y no lo hice. Preferí que ella viese en mi un ladrón. Y lo peor es que yo sabía de antemano que procedería de este modo. ¡Has dicho la pura verdad, Aliocha! ¡Gracias!

Así terminó la declaración de Aliocha, que aportó un indicio de prueba de la existencia de la bolsita que contenía los mil quinientos rublos, y de que el acusado decía la verdad al declarar en Mokroie que hacía tiempo que poseía este dinero.

Aliocha estaba radiante de satisfacción. Sus mejillas se habían coloreado. Mientras ocupaba el asiento que se le indicó, se preguntaba: «¿Cómo se explica que me olvidara de este detalle? Es incomprensible que no me haya acordado hasta ahora.»

Seguidamente se llamó a Catalina Ivanovna. Su entrada en la sala produjo sensación. Algunas damas levantaron sus gemelos; los hombres se agitaron, y algunos incluso se pusieron en pie para ver mejor a la joven. Mitia palideció. Iba vestida de negro. Avanzó hasta la barandilla en actitud modesta, casi tímida. Su cara no revelaba ninguna emoción, pero la resolución brillaba en sus ojos oscuros. En aquellos momentos estaba muy hermosa. Habló sin levantar la voz, pero con gran claridad y serenamente, aunque tal vez se esforzara por aparecer serena. El presidente la interrogó con suma prudencia, como si temiese tocar alguna fibra sensible. Catalina Ivanovna empezó por manifestar que había sido la prometida del acusado hasta el momento en que éste la abandonó. Cuando se le preguntó por los tres mil rublos entregados a Mitia para que los enviara por correo a los padres de Catalina Ivanovna, ésta respondió con firmeza:

‑No le entregué esa cantidad para que la enviase inmediatamente. Sabía que Dmitri estaba entonces algo apurado. Le entregué los tres mil rublos para que los mandara a Moscú, si le parecía, en el espacio de un mes. No ha debido atormentarse por esta deuda.

Debo advertir que no reproduzco las preguntas y las respuestas textualmente, sino que me limito a exponer lo esencial.

‑Estaba segura ‑continuó‑ de que haría llegar esa suma a su destino tan pronto como la recibiera de su padre. He tenido siempre absoluta confianza en su honradez, para los asuntos de dinero. Dmitri Fiodorovitch contaba con que su padre le entregara esos tres mil rublos, según me dijo más de una vez. Yo sabía que estaban desavenidos y siempre creí que Fiodor Pavlovitch lo había perjudicado. No recuerdo que profiriese amenazas contra su padre, por lo menos en mi presencia. Si Dmitri Fiodorovitch hubiera venido a verme, lo habría tranquilizado respecto a esos malditos tres mil rublos. Pero no volvió, y yo... yo no podía llamarlo. Mi situación no me lo permitía... Por otra parte, no tenía ningún derecho a mostrarme exigente respecto a esta deuda, puesto que recibí de él un día una cantidad superior, y la tomé sin saber cuándo podría devolverla.

En su acento había algo de desafío. Entonces llegó para Fetiukovitch el momento de interrogarla.

‑Pero eso debió de ser al principio de sus relaciones, ¿no? ‑preguntó el abogado defensor, presintiendo que iba a ocurrir algo favorable a su cliente.

(Entre paréntesis, el abogado de Petersburgo, aunque llamado por Catalina Ivanovna, ignoraba el episodio de los cinco mil rublos entregados por Mitia y el detalle de la «profunda reverencia». Catalina se lo había ocultado, inexplicablemente. Parece lógico suponer que la joven esperaba alguna inspiración y que por eso no se atrevió a hablar hasta el último instante.)

Jamás olvidaré aquel momento. Catalina Ivanovna lo contó todo, relató enteramente los hechos referidos por Mitia a Aliocha, el detalle de la profunda reverencia y sus causas, el papel que en esto había desempeñado su padre... No hizo la menor alusión al detalle de que Dmitri pidió que fuera ella misma a recoger el dinero. Guardó sobre este punto un silencio magnánimo y dijo que había ido por su propio impulso a casa del oficial, aunque esperaba que no le entregaría el dinero sin ninguna compensación, sin bien no sabía en qué podía consistir ésta. Fue algo emocionante. Yo me estremecí al oírla; el público era todo oídos. En la conducta de Catalina Ivanovna había algo inaudito. Nunca se podía esperar, ni siquiera de una muchacha tan enérgica y altiva como ella, tanta franqueza y un sacrificio tan extraordinario.

¿Y por qué todo esto? Por salvar al hombre que la había traicionado y ofendido, por contribuir a sacarlo del atolladero, presentando una imagen favorable de él. En efecto, la figura de aquel oficial que entregaba cinco mil rublos, todo lo que poseía, a la inocente muchacha y se inclinaba respetuosamente ante ella, resultaba simpática en extremo.

Pero no pude menos de experimentar una profunda inquietud. Temi que este sacrificio fuera terreno abonado para la calumnia, y mis temores se cumplieron. Con perversa ironía, se hizo correr por la ciudad la opinión de que el relato de Catalina Ivanovna no podía ser exacto en cierto punto: el de que el oficial le permitiera marcharse con sólo un respetuoso saludo. Se afirmaba que aquí había una laguna. «Aunque todo hubiera ocurrido así ‑decían las más respetables de nuestras damas‑, no podría considerarse prudente la conducta de esa joven. Ni siquiera el propósito de salvar a un padre puede justificar semejante proceder.»

¿Es posible que Catalina Ivanovna, pese a su enfermiza perspicacia, no hubiera presentido estas habladurías? No, Catalina Ivanovna sabía lo que iba a suceder y, sin embargo, lo contó todo. Naturalmente, estas insultantes dudas sobre la veracidad del relato de Catalina Ivanovna no surgieron hasta más tarde: en el primer momento, la emoción fue general. Los magistrados escucharon la declaración con un silencio respetuoso. El fiscal no se permitió dirigir ni una sola pregunta sobre esta cuestión. Fetiukovitch se inclinó con reverencia ante Catalina. El defensor se sentía triunfante. Pretender que un hombre que, en un arranque de generosidad, se había desprendido de sus últimos cinco mil rublos, hubiera matado después a su padre para robarle tres mil, no tenía pies ni cabeza. Ahora Fetiukovitch podría, por lo menos, eliminar la acusación de robo. Las cosas tomaban un nuevo rumbo. Las simpatías se concentraban en Dmitri. Durante la declaración de Catalina Ivanovna, Mitia había intentado levantarse, pero, apenas iniciado el movimiento, había vuelto a dejarse caer en el banquillo, cubriéndose el rostro con las manos. Cuando la testigo terminó, Mitia exclamó tendiendo los brazos hacia ella:

‑¿Por qué me has perdido, Katia?

Prorrumpió en sollozos, pero se recobró en seguida y añadió: ‑¡Ahora estoy irremisiblemente condenado!

Y desde este instante permaneció rígido en su asiento, con las mandíbulas apretadas y los brazos cruzados.

Catalina Ivanovna se quedó en la sala de la audiencia. Estaba pálida y su mirada se fijaba en el suelo. Los que se hallaban a su alrededor contaron más tarde que temblaba como si tuviera fiebre. Le tocó el turno a Gruchegnka.

Ya explicaré por qué tenía razón Mitia al decir que estaba perdido. No me cabe duda ‑y todos los juristas acabaron por estar de acuerdo conmigo‑ que, de no haberse producido los incidentes que acabamos de referir, el culpable habría obtenido el beneficio de ciertas circunstancias atenuantes. Pero dejemos esto para más adelante; ahora hemos de hablar de Gruchegnka.

Se presentó también vestida de negro y con los hombros cubiertos por su magnífico chal. Avanzó hacia la barandilla con su paso silencioso y con un leve contoneo. Su mirada estaba fija en el presidente. A mi juicio, su aspecto era excelente y no estaba pálida, como dijeron las damas después. Se dijo también que tenía una expresión reconcentrada y maligna. A mi entender, sólo estaba molesta al sentir concentradas sobre ella las miradas despectivas y curiosas de un público ávido de escándalo. Era uno de esos caracteres altivos que no pueden sufrir el desdén ajeno y se dejan llevar de la cólera y el espíritu de resistencia apenas se ven despreciados. También había en ella, seguramente, algo de timidez y de la vergüenza de ser tímida, lo que explica la irregularidad de su voz, que oscilaba entre la irritación y el grosero desdén, y en la que a veces, cuando Gruchegnka se acusaba a sí misma, había una nota de sinceridad. En algunos momentos hablaba sin preocuparse por las consecuencias. «No me importa lo que venga después ‑pensaba‑. Diré lo que tengo que decir.» Al referirse a sus relaciones con Fiodor Pavlovitch, observó con acento tajante:

‑Eso son tonterías. Si se enamoró de mí, yo no tengo la culpa.

Y un momento después añadió:

‑La culpa fue mía. Me burlaba del viejo y de su hijo; les hice perder la cabeza a los dos. Yo he sido la causante de todo.

Cuando se le habló de Samsonov, replicó violentamente:

‑¡Eso no le importa a nadie! Ese hombre fue mi bienhechor. Él me recogió cuando los míos me echaron de casa y me encontré en la miseria.

El presidente le recordó que debía limitarse a responder a las preguntas que se le hicieran, sin entrar en detalles superfluos. Gruchegnka enrojeció y sus ojos relampaguearon. Luego declaró que no había visto el sobre de los tres mil rublos y que sólo sabía de él lo que le había dicho aquel «malvado».

‑¡Pero eso es una estupidez! ¡Ni por todo el oro del mundo habría ido a casa de Fiodor Pavlovitch!

‑¿A quién se refiere usted al decir «aquel malvado»? ‑preguntó el fiscal.

‑A Smerdiakov, ese lacayo que mató a su dueño y se ahorcó ayer.

Naturalmente, se apresuraron a preguntarle en qué se fundaba para formular una acusación tan categórica, pero resultó que tampoco ella sabía nada en concreto.

‑Me lo dijo Dmitri Fiodorovitch ‑repuso‑, y pueden ustedes creerle. Esa mujer lo perdió ‑añadió temblando de odio‑. Ella es la culpable de todo.

Se le preguntó a quién se refería y Gruchegnka contestó:

‑A Catalina Ivanovna. Me hizo ir a su casa y me obsequió con golosinas para seducirme. Es una sinvergüenza.

El presidente le rogó que se expresara con más moderación. Pero Gruchegnka no tenía freno: los celos la cegaban.

‑Cuando se detuvo a Dmitri Fiodorovitch en Mokroie ‑dijo el fiscal‑, usted llegó de la habitación inmediata gritando: «¡Yo soy la culpable de todo! ¡Iremos juntos a presidio!» Por lo tanto, en aquel momento usted creía que el acusado era culpable.

‑No recuerdo lo que pensaba entonces. Lo único que sé es que, al ver que todos lo acusaban, me sentí culpable, creyendo que Dmitri había cometido el crimen por mí. Pero cuando él me aseguró que era inocente, lo creí. Y siempre lo creeré. Dmitri Fiodorovitch no miente nunca.

Seguidamente, se concedió la palabra a Fetiukovitch, que interrogó a Gruchegnka sobre Rakitine y los veinticinco rublos de recompensa que le había ofrecido si llevaba a Alexei Fiodorovitch Karamazov.

Gruchegnka sonrió despectivamente.

‑Eso no tiene nada de particular ‑repuso‑. Venía a pedirme dinero con frecuencia. Algunos meses me sacó hasta treinta rublos. Y no por necesidad, pues no le faltaba para comer ni beber.

‑¿Por qué era usted tan generosa con el señor Rakitine? ‑preguntó Fetiukovitch, sin importarle la mirada de reprobación que le dirigió el presidente.

‑Porque somos primos. Nuestras madres eran hermanas. No lo dije nunca a nadie porque él me lo suplicó. Se avergonzaba de mí.

Esta revelación sorprendió a todo el mundo. Nadie, ni en la ciudad ni en el monasterio, tenía la menor idea de este parentesco. Rakitine enrojeció. Gruchegnka lo detestaba por haber declarado contra Mitia. La elocuencia de Rakitine, su fraseología sobre la servidumbre y el desorden cívico de Rusia perdieron todo su crédito en la opinión. Fetiukovitch estaba satisfechísimo: el cielo acudía en su ayuda. No se retuvo mucho tiempo a Gruchegnka, ya que pronto se vio que no podía hacer más revelaciones importantes. La testigo dejó en el público una impresión sumamente desfavorable. Multitud de miradas despectivas se fijaron en ella cuando, después de su declaración, fue a sentarse lejos de Catalina Ivanovna. Durante el interrogatorio de Gruchegnka, Mitia había permanecido en silencio, inmóvil, con la cabeza baja.

Compareció un nuevo testigo... Iván Fiodorovitch.

CAPITULO V

DESASTRE REPENTINO

Se le había llamado antes que a Aliocha, pero el ujier dijo al presidente que una súbita indisposición impedía comparecer al testigo, y que tan pronto como se hubiera repuesto acudiría a declarar. Su llegada pasó casi inadvertida; se le prestó muy poca atención. Los principales testigos, y especialmente las dos rivales, habían declarado ya, y la curiosidad había desaparecido casi por completo: no se esperaba nada nuevo de los demás testigos.

Iván avanzó con lentitud extraña, sin mirar a nadie, absorto y con la cabeza baja. Iba bien vestido. En su rostro se percibían las huellas de su enfermedad; su tez, de un matiz terroso, hacía pensar en las de los moribundos. Levantó la cabeza y paseó por la sala una mirada llena de turbación. Aliocha se levantó y lanzó una exclamación de la que nadie hizo caso.

El presidente recordó al testigo que no tenía que prestar juramento y que podía dejar sin respuesta aquellas preguntas que considerase conveniente no contestar, pero que debía prestar declaración de acuerdo con su conciencia. Iván lo miraba distraídamente. De pronto, una sonrisa iluminó su semblante y cuando el presidente, visiblemente sorprendido por este cambio, terminó de hablar, Iván se echó a reír.

‑¿Y qué más? ‑preguntó levantando la voz.

Silencio en la sala. El presidente tuvo un gesto de inquietud.

‑¿Se siente indispuesto todavía? ‑le preguntó, mientras buscaba con la suya la mirada del ujier.

‑Tranquilícese, señor ‑repuso Iván con calma‑. Estoy perfectamente y puedo referirle algo curioso.

‑¿O sea que tiene usted que decir algo importante? ‑preguntó el presidente, incrédulo.

Iván Fiodorovitch bajó la cabeza, guardó silencio durante unos segundos y respondió:

‑No, no tengo nada importante que decir.

Lo interrogaron. Contestó lacónicamente y con creciente resistencia, aunque sus respuestas fueron perfectamente sensatas. Ignoraba, según dijo, muchas de las cosas que le preguntaron, entre ellas las referentes a las cuentas de su padre con Dmitri.

‑Era un asunto que no me importaba lo más mínimo ‑dijo.

Declaró que había oído las amenazas del acusado contra su padre y que estaba enterado de la existencia del sobre por Smerdiakov.

De pronto, exclamó con un gesto de fatiga:

‑¡Siempre lo mismo! ¡No puedo decir nada más al tribunal!

‑Veo que está usted todavía trastornado y lo comprendo ‑dijo el presidente.

Y ya iba a preguntar al fiscal y al defensor si querían interrogar al testigo, cuando Iván dijo, extenuado:

‑Permítame su señoría que me retire: no me siento bien.

Dicho esto, y sin esperar la autorización del presidente, se dirigió a la salida. Pero, después de dar algunos pasos, se detuvo, quedó un momento pensativo, sonrió y volvió atrás.

‑Me parezco a esa joven campesina que decía: «Iré si quiero, pero si no quiero, no iré.» La vistieron para llevarla al altar y ella repitió lo que acababa de decir... Es una anécdota popular...

‑¿Qué significa eso? ‑preguntó con severidad el presidente.

En vez de responder a esta pregunta, Iván sacó un fajo de billetes y lo exhibió ante el tribunal.

‑¡Miren, miren! Son los billetes que estaban en ese sobre ‑dijo, señalando la mesa donde se hallaban los cuerpos del delito‑, los billetes por los que mataron a mi padre. ¿Dónde hay que depositarlos? Señor ujier, ¿quiere usted entregar este dinero a quien corresponda?

El ujier cogió el fajo y lo entregó al presidente. Éste preguntó, sorprendido:

‑¿Cómo se explica que haya traído usted este dinero..., si verdaderamente es el que estaba en el sobre?

‑Me lo entregó ayer Smerdiakov, el asesino. Estuve en su casa antes de que se ahorcase. Fue él quien mató a mi padre, no mi hermano. Él lo mató y yo lo instigué a matarlo... ¿Quién no desea la muerte de su padre?

‑¿Está usted en su juicio? ‑exclamó el presidente.

‑Sí, estoy en mi juicio, un juicio vil como el de ustedes, y como el de todos esos... papanatas.

Se había vuelto hacia el público al decir esto. Irritado y despectivo, añadió:

‑A lo mejor, han matado a sus padres, y ahora se fingen aterrados y se miran unos a otros haciendo aspavientos. ¡Farsantes! Todos desean la muerte de sus padres. Los reptiles se devoran unos a otros... Si de pronto supieran que aquí no ha habido parricidio, se marcharían, defraudados y furiosos. Panem et circenses!.. Pero yo no me quedo corto... ¿Tienen agua? ¡Por Dios, denme un vaso!

Hundió la cabeza entre las manos. El ujier se acercó a él, presuroso. Aliocha se puso en pie y gritó:

‑¡No lo crean! ¡Está enfermo! ¡Desvaría!

Catalina Ivanovna se había levantado también precipitadamente y miraba a Iván Fiodorovitch, aterrada a inmóvil. Mitia, con una sonrisa que más parecía una mueca, escuchaba ansiosamente a su hermano.

‑Tranquilícese ‑dijo Iván‑. No estoy loco. He cometido un crimen, y no se puede pedir elocuencia a un asesino ‑añadió, sonriendo.

El fiscal, visiblemente nervioso, habló en voz baja al presidente. Los magistrados cambiaban comentarios también en susurros. Fetiukovitch aguzó el oído. El público esperaba con ansiedad. El presidente se tranquilizó.

‑Debo advertirle ‑dijo‑ que se expresa usted en términos incomprensibles y que aquí no se pueden tolerar. Cálmese y hable..., si verdaderamente tiene algo que decir. ¿Podría usted demostrar todo lo que ha dicho, y así convencernos de que no está delirando?

‑El caso es que no tengo testigos. Ese miserable de Smerdiakov no les enviará a ustedes una declaración desde el otro mundo... dentro de un sobre. Ustedes desearían recibir más sobres: no les basta con uno... No, no tengo testigos... Aunque, bien mirado, tal vez tenga uno.

Quedó ensimismado, sonriendo.

‑¿Quién es ese testigo? ‑le preguntó el presidente.

‑Tiene rabo. Es algo que está al margen de toda la regla. Le diable n’existe point.

De pronto, dejó de reír y dijo en tono confidencial:

‑No le hagan caso: es un diablejo sin importancia. Debe de estar aquí, en la sala. Seguramente en la mesa de los cuerpos del delito. ¿En qué otra parte puede estar?... Yo le he dicho que no me callaría  y él me ha hablado de un cataclismo geológico y de otras tonterías semejantes... Dejen al monstruo en libertad. Ha cantado un himno alegremente; es un ser optimista..., una especie de bribón borracho. «Para Piter ha partido Vanka», vocifera. Y yo, por sólo dos segundos de alegría, daría un cuatrillón de cuatrillones. Ustedes no me conocen. ¡Todo es necio entre ustedes!... En fin, deténganme. Para algo he venido... ¡Ah, cuánta estupidez hay en el mundo!

De nuevo paseó su mirada por la sala, como soñando. La emoción era general. Aliocha corrió hacia él. Pero el ujier había cogido ya a Iván del brazo.

‑¡Suélteme! ‑gritó éste, mirando fijamente al ujier.

De pronto, lo cogió por los hombros y lo derribó. Los guardias acudieron rápidamente. Lo sujetaron. Iván empezó a vociferar como un energúmeno. Mientras se lo llevaban, no cesó de proferir palabras incoherentes.

El tumulto fue extraordinario. No recuerdo bien los detalles, pues la emoción me impedía ser un observador atento, pero puedo afirmar que, una vez restablecida la calma, el ujier recibió una reprimenda, a pesar de que explicó a las autoridades que el testigo parecía hallarse perfectamente después de haberlo reconocido el médico hacía una hora, cuando se sintió indispuesto. Hasta el momento de comparecer, se había expresado con la más completa cordura, de modo que no podía preverse lo ocurrido. Pero antes de que los ánimos se hubieran apaciguado se produjo un nuevo incidente: Catalina Ivanovna sufrió un ataque de nervios. Gemía y sollozaba, y no quería marcharse; se debatía y suplicaba que la dejaran permanecer en la sala. De pronto, exclamó, dirigiéndose al presidente:

‑¡Tengo algo más que decir! ¡Y quiero decirlo ahora mismo!... ¡Lean esta carta, léanla! ¡La escribió ese monstruo! ‑señalaba a Mitia‑. ¡Es el asesino de su padre! ¡En esta carta confiesa su propósito de matarlo! Iván Fiodorovitch está enfermo; hace tres días que no cesa de desvariar.

El ujier cogió la carta y se la entregó al presidente. Catalina Ivanovna se dejó caer en el asiento, se cubrió el rostro con las manos y empezó a llorar en silencio, ahogando los sollozos por terror a que la expulsaran. La carta era la escrita por Dmitri en la taberna «La Capital», aquella carta que Iván consideraba como una prueba categórica. Y así, ¡ay!, se consideró. De no haberse presentado esta carta ante el tribunal, seguramente Mitia no habría sido condenado, o, por lo menos, la sentencia hubiera sido más benigna.

He de decir una vez más que no puedo describir esta situación detalladamente. Incluso ahora estas escenas acuden a mi memoria sin orden ni concierto. El presidente debió de poner en conocimiento de ambas partes y del juez el contenido de esta carta. Luego preguntó a Catalina Ivanovna si se había repuesto y ella contestó resueltamente:

‑Sí, ya estoy serena: puedo responder a sus preguntas.

Temía que no se la escuchara con la debida atención. Le rogaron que explicara detalladamente cuándo y cómo había recibido la carta de Dmitri Fiodorovitch.

‑La recibi el día anterior al del crimen. Como ven, está escrita en la taberna, en el reverso de una factura. Dmitri me odiaba entonces porque me debía tres mil rublos y porque había cometido la vileza de seguir a esa mujer. Su deuda y su villanía lo abochornaban. Les diré exactamente lo que ocurrió. Les ruego que me escuchen atentamente. Tres semanas antes de dar muerte a su padre, se presentó en mi casa. Yo sabía que necesitaba dinero y que lo quería para atraerse a esa mujer y retenerla a su lado. Yo sabía que me traicionaba, que tenía el propósito de abandonarme, y, sin embargo, le di ese dinero con el pretexto de que lo enviase a mi familia. Cuando se lo entregué, le dije, mirándole a los ojos, que podría mandarlo cuando quisiera, «aunque tardara un mes». Es extraño que él no comprendiera que esto equivalía a decirle: «¿Necesitas dinero para traicionarme? Aquí lo tienes; yo misma te lo doy. Tómalo si no te da vergüenza.» Mi intención era confundirlo, pero él se llevó el dinero y lo dilapidó en una sola noche con esa mujer. Sin embargo, Dmitri Fiodorovitch se había dado cuenta de que yo lo había comprendido todo y le ofrecía el dinero sólo para probarlo, para ver si cometía la infamia de admitirlo. Nuestras miradas se cruzaron, él me comprendió, y, no obstante, tomó el dinero y se fue.

‑¡Todo eso es verdad, Katia! ‑exclamó Mitia‑. Comprendí por qué me ofrecías ese dinero y, sin embargo, lo tomé. ¡Despreciadme todos! ¡Lo merezco porque soy un miserable!

El presidente lo amenazó con expulsarlo de la sala si decía una palabra más.

‑Ese dinero fue un tormento para él ‑continuó Katia precipitadamente‑. Quería devolvérmelo, pero lo retenía porque lo necesitaba para esa mujer. Aunque mató a su padre para pagarme, no me dio ni un céntimo: se fue con su amiga a Mokroie para gastárselo alegremente. Un día antes de cometerse el crimen me escribió esta carta, estando ebrio, cosa que deduje en seguida, y ciego de cólera. Era evidente que estaba seguro de que yo no se la enseñaría a nadie, aunque cometiera el crimen, pues, de lo contrario, no la habría escrito. Léanla, léanla con atención. Verán ustedes cómo se explica por anticipado todo lo que ha de suceder: cómo matará a su padre, dónde está escondido el dinero... Observen sobre todo que dice que cometerá el crimen apenas parta Iván. Por lo tanto, fue un crimen premeditado.

Catalina Ivanovna dijo esto pérfidamente. Se veía que había estudiado detalle por detalle la fatídica carta.

‑Estando despejado, no me la habría escrito, pero es evidente que la carta revela un plan.

En su exaltación, despreciaba las consecuencias posibles de sus palabras, actitud muy diferente de la de un mes atrás, cuando se preguntaba, temblando de ira, si debía entregar al tribunal la carta reveladora. Al fin, había quemado las naves.

El secretario leyó la carta, que produjo una impresión tremenda. Se preguntó a Mitia si la reconocía.

‑Sí, yo la escribí, aunque no la habría escrito si no hubiera bebido más de la cuenta... ¡Tú y yo, Katia, nos odiábamos por muchas razones; pero yo te amaba a pesar de mi odio, y tú a mí no!

Se había levantado y volvió a dejarse caer en el banquillo, retorciéndose las manos.

Tanto el fiscal como el defensor preguntaron a Catalina Ivanovna por qué no había hablado de aquella carta en su reciente declaración y a qué obedecía su cambio de actitud respecto al acusado.

‑Tienen ustedes razón: he mentido, faltando a mi honor y a mi conciencia. He obrado así porque quería salvarlo, y quería salvarlo porque me odiaba y me despreciaba. Sí, me despreciaba; me despreció siempre, desde que me incliné ante él para darle las gracias por el dinero que me entregó. Me di cuenta de ese desprecio en seguida, pero tardé mucho tiempo en convencerme. ¡Cuántas veces he leído en sus ojos estas frase: «Viniste en persona a mi casa»! No me comprendió, no fue capaz de deducir por qué fui a verlo. En su mente sólo cabe la vileza. Juzga a los demás a través de sí mismo...

Katia había llegado al colmo de la exaltación. La ira la cegaba.

‑Quería casarse conmigo ‑siguió diciendo‑ por el dinero, sólo por el dinero. Es un desalmado. Estaba seguro de que siempre, durante toda mi vida, me sentiría avergonzada ante él, y él podría manejarme a su antojo. Por eso quería casarse conmigo. Les estoy diciendo la pura verdad. Intenté vencerlo a fuerza de cariño, incluso estaba dispuesta a olvidar su traición; pero él no me comprendió, no comprendía nada. Es un monstruo. Recibí su carta al día siguiente por la tarde; hasta entonces no me la trajeron de la taberna. Pues bien, aquella misma mañana estaba dispuesta a perdonárselo todo, ¡incluso su traición!

El fiscal y el presidente procuraron calmarla. Estoy seguro de que les daba vergüenza aprovecharse de la exaltación de Katia para obtener las importantes declaraciones que estaban oyendo. Decían: «Comprendemos su pesar y lo compartimos.» Pero ello no les impedía escuchar las revelaciones de una mujer que había perdido el dominio de sus nervios. Finalmente, con una lucidez extraordinaria, como es frecuente en estos casos, explicó cómo se había trastornado en los dos meses últimos la razón de Iván Fiodorovitch, obsesionado por la idea de salvar a su hermano, el monstruo, el parricida.

‑Estaba atormentado. Pretendía atenuar la falta de su hermano diciéndome que él tampoco quería a su padre y que incluso deseaba su muerte. Tiene un exceso de conciencia, y ésta es la causa de sus sufrimientos. No tenía secretos para mí. Venía a verme a diario, porque soy su única amiga. Sí, tengo el honor de ser su única amiga ‑repitió en un tono de reto, con los ojos brillantes‑. Fue dos veces a visitar a Smerdiakov. Un día me dijo: «Si no fue mi hermano quien mató a mi padre si fue Smerdiakov, acaso sea también yo el culpable, pues Smerdiakov sabía que yo no quería a mi padre y acaso supusiera que deseaba su muerte.» Entonces le mostré esta carta y él quedó completamente convencido de la culpa de su hermano. Estaba aterrado; no podía soportar la idea de que su propio hermano fuera un parricida. Desde hace una semana está trastornado por estas inquietudes. Desvaría, le han oído hablar solo por la calle. El doctor que traje de Moscú lo reconoció anteayer y me dijo que estaba al borde de una grave perturbación mental. ¡Y todo por culpa de ese monstruo! El suicidio de Smerdiakov ha sido para él el golpe de gracia. ¡Todo a causa de ese mal hombre al que pretende salvar!

Generalmente, sólo se habla así una vez en la vida, cuando se está al borde de la muerte, al subir al cadalso, por ejemplo. Pero esta conducta estaba de acuerdo con el carácter de Katia. La Katia de aquel momento era la misma muchacha impulsiva que había corrido a casa de un joven libertino para salvar a su padre; la misma muchacha casta y altiva que hacía unos instantes había sacrificado su pudor virginal, refiriendo públicamente el «noble acto de Mitia», con el único fin de atenuar la suerte que le esperaba. Y ahora hacía el mismo sacrificio por otro al que tal vez hasta aquel momento no se había dado cuenta de que profesaba un profundo afecto. Se sacrificaba por él porque, de pronto, se había imaginado, aterrada, que lo había perdido con su declaración, al revelar que él, Iván, creía ser responsable de la muerte de su padre, en vez de serlo su hermano; se sacrificaba por Iván y por su reputación.

Una pregunta la atormentaba. ¿Había calumniado a Mitia al hablar del principio de sus relaciones con él? No, ella estaba convencida de que no mentía al decir que Dmitri la despreciaba por su profunda reverencia; creía sinceramente que Mitia la había adorado hasta aquel momento y que después su adoración se había convertido en burla y desprecio. Entonces se había sentido ligada a él por un amor que tenía algo de vanidad herida y que se parecía mucho a la venganza. Tal vez este falso amor se habría transformado en amor verdadero; tal vez Katia lo deseara; pero Mitia la había herido profundamente con su traición, y el alma de Katia no era de las que perdonan. De súbito, había llegado el momento de la venganza, y todo el rencor dolorosamente acumulado en el corazón de la mujer ofendida había hecho explosión en un instante. Acusando a Mitia, se acusaba a sí misma. Cuando hubo terminado, perdió el dominio de sus nervios, y una profunda vergüenza la invadió. Hubo que sacarla de la sala, presa de un nuevo ataque de nervios. Mientras se la llevaban, Gruchegnka corrió hacia Mitia gritando. Fue tan rápida su carrera, que no la pudieron contener.

‑¡Esa víbora lo ha perdido, Mitia! ¡Ya lo han visto ustedes! ‑exclamó, dirigiéndose al tribunal.

A una señal del presidente, la sujetaron y la condujeron hacia la puerta. Gruchegnka se debatía, tendiendo los brazos hacia Dmitri. Éste lanzó un grito a intentó correr hacia ella. Fue fácil detenerlo.

Estoy seguro de que las espectadoras quedaron satisfechas. El espectáculo fue realmente apasionante. El médico de Moscú, al que el presidente había mandado llamar para que asistiera a Iván Fiodorovitch, presentó su informe. Dijo que el enfermo atravesaba una grave crisis y que convenía llevarlo a su domicilio sin pérdida de tiempo. Dos días atrás, el paciente había ido a consultarlo, pero no había seguido el tratamiento, a pesar de la gravedad de su estado.

‑Me dijo que tenía alucinaciones, que se encontraba en la calle con personas fallecidas y que Satanás lo visitaba todas las noches.

La carta recibida por Catalina Ivanovna se añadió a la pieza de autos. Después de deliberar, el tribunal decidió proseguir los debates y hacer constar en las actas las inesperadas declaraciones de Catalina Ivanovna y de Iván Fiodorovitch.

Las declaraciones de los últimos testigos confirmaron las anteriores, añadiéndoles, además, ciertos detalles significativos. En el informe del fiscal, que vamos a oír a continuación, se habla de todo lo dicho.

Los incidentes que se acababan de producir habían puesto los ánimos en tensión. Se esperaban con impaciencia los discursos de la acusación y la defensa, y el veredicto. La declaración de Catalina Ivanovna había sobrecogido a Fetiukovitch. El fiscal, en cambio, se sentía triunfante.

La vista se suspendió para reanudarse una hora después. Eran las ocho de la noche cuando empezó a informar el fiscal.

CAPITULO VI

EL INFORME DE LA ACUSACIÓN

Cuando empezó su discurso, Hipólito Kirillovitch era presa de un temblor nervioso, tenía la frente y la sienes bañadas en frío sudor y lo sacudían frecuentes escalofríos, como él mismo confesó después. Consideraba este discurso como su chef‑d'oeuvre, su chant du cygne, cosa que justificó muriendo tuberculoso nueve meses después. Puso en este informe toda su alma y toda su inteligencia, revelando un sentido cívico inesperado y un vivo interés por las cuestiones sensacionales. Lo que más cautivó a su auditorio fue su sinceridad. Creía realmente que Mitia era culpable, y no obraba solamente por cumplir su deber, sino también llevado del deseo de salvar a la sociedad. Incluso las damas, generalmente hostiles a Hipólito Kirillovitch, admitieron que había causado excelente impresión. Empezó con cierta inseguridad, pero su voz se afirmó muy pronto y se hizo tan potente que llegó incluso al rincón más apartado de la sala. Pero apenas terminó, estuvo a punto de desvanecerse. Éste fue su discurso:

‑Señores del jurado: este asunto ha tenido resonancia en toda Rusia. Pero, bien mirado, no hay razón para que nos sorprendamos ni nos asustemos. ¿Acaso no estamos habituados a estos hechos? Ya casi no nos conmueven. Lo que nos debe inquietar es esta indiferencia y no la perversidad de tal o cual individuo. ¿A qué se debe que permanezcamos poco menos que insensibles ante estos hechos que nos presagian un sombrío porvenir? ¿Hay que atribuir esta indiferencia a la osadía, al agotamiento prematuro de la inteligencia y la imaginación de nuestra sociedad, joven todavía, pero ya débil; al relajamiento de nuestros principios morales o la ausencia total de tales principios? Dejo sin contestar estas preguntas que requieren la atención de todos los ciudadanos. Nuestra prensa, pese a su timidez, ha prestado buenos servicios a la sociedad, ya que, gracias a ella, todo el mundo está enterado de la inmoralidad y el desenfreno que reinan en nuestro país; todo el mundo y no sólo los que acuden a presenciar las audiencias, que han abierto sus puertas al público en el presente reinado. ¿Qué es lo que nos cuentan los periódicos? Atrocidades ante las cuales el asunto que nos ocupa palidece y resulta poco menos que una nimiedad. La mayoría de nuestras causas criminales demuestran una especie de perversidad general, un azote que se ha introducido en nuestras costumbres y que es sumamente difícil combatir. Aquí vemos a un joven y admirado oficial de la mejor sociedad, que asesina sin remordimiento alguno a un modesto funcionario, con el que está en deuda, y a su muchacha de servicio, para recobrar un pagaré. Y, además, roba el dinero que encuentra, para gastárselo alegremente. Después de cometer este doble crimen, pone una almohada debajo de la cabeza de cada una de sus víctimas y se marcha. En otro lugar, un héroe, joven también y de cuya bravura dan cuenta sus condecoraciones, estrangula, en una carretera, ni más ni menos que como un bandido, a la madre de su jefe, después de haber dicho a sus cómplices, para tranquilizarlos, que la buena señora no tomará ninguna precaución, ya que lo quiere como a un hijo y confía en él ciegamente. Estos asesinos, verdaderos monstruos, no son casos aislados. Otros no llegan a cometer crímenes, pero piensan como los criminales y, en su fuero interno, no son menos infames que ellos. Cuando se enfrentan con su conciencia, se preguntan: «¿Acaso no es un prejuicio el honor?» Tal vez se me objete que calumnio a nuestra sociedad, que desvarío, que exagero. Ojalá sea así; quiera Dios que me equivoque. No me creáis, miradme como se mira a un enfermo; pero no olvidéis mis palabras. Aunque no diga ni la vigésima parte de la verdad, esta pequeña parte es suficiente para que nos echemos a temblar. Observad cómo abundan los suicidas entre la gente joven. Y se matan sin preguntarse, como Hamlet, qué vendrá después. La inmortalidad del alma, la vida futura, no existe para ellos. Observad también nuestra corrupción. Fiodor Pavlovitch, la desdichada víctima de nuestro caso, es un niño inocente comparado con ellos. Todos lo conocíamos, porque vivía en esta población... Sin duda, la psicología del crimen en Rusia será estudiada algún día por hombres eminentes, tanto de nuestro país como de Europa, pues el tema es de gran importancia. Pero este estudio se realizará cuando todo haya pasado y se pueda proceder con calma, cuando la trágica incohe