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CAPÍTULO
III Cuando
la sirvienta me precedía por las escaleras, me aconsejó
que tapase la bujía y procurase no hacer ruido,
porque su amo tenía ideas extrañas acerca del cuarto donde
ella iba a instalarme, y no le agradaba que
nadie durmiese en él. Le pregunté los motivos, pero me
contestó que sólo llevaba en la casa dos años, y que
había visto tantas cosas raras, que ya no le quedaban ganas
de curiosidades. En
lo que me concernía, la estupefacción no me dejaba lugar a
la curiosidad. Cerré, pues, la puerta y busqué
el lecho. Los muebles se reducían a una percha, una silla y
una enorme caja de roble, con aberturas laterales
a manera de ventanillas. Me aproximé a tan extraño mueble,
y me cercioré de que se trataba de una
especie de lecho antiguo, sin duda destinado a suplir la
falta de una habitación separada para cada miembro
de la familia. Formaba de por sí una pequeña habitación,
y el alféizar de la ventana, contra cuya pared
estaba arrimado el lecho, hacía las veces de mesilla. Hice
correr una de las tablas laterales, entré llevando la luz,
cerré y sentí la impresión de que me hallaba a
cubierto de la vigilancia de Heathcliff o de otro cualquiera
de los habitantes de la casa. Deposité
la bujía en el alféizar de la ventana. Había allí, en un
ángulo, varios libros polvorientos, y la pared
estaba cubierta de escritos que habían sido trazados
raspando la pintura. Aquellos escritos se reducían a
un nombre: «Catalina Earnshaw», repetido una vez y otra en
letras de toda clase de tamaños. Pero el apellido
variaba a veces, y en vez de «Catalina Earnshaw», se leía
en algunos sitios «Catalina Heathcliff » o
«Catalina Linton». Sintiéndome
muy cansado, apoyé la cabeza contra la ventana y empecé a
murmurar: «Catalina Earnshaw, Heathcliff,
Linton ... » Los ojos se me cerraron, y antes de cinco
minutos creí ver alzarse en la oscuridad una
multitud de letras blancas, como lívidos espectros. El aire
parecía lleno de «Catalinas». Me incorporé, esperando
alejar así aquel nombre que acudía a mi cerebro como un
intruso, y entonces vi que el pabilo de la
bujía había caído sobre uno de los viejos libros, cuya
cubierta empezaba a chamuscarse saturando el ambiente
de un fuerte olor a piel de becerro quemada. Me apresuré a
apagarlo, y me senté. Sentía frío y un ligero
mareo. Cogí el tomo chamuscado por la vela y lo hojeé. Era
una vieja Biblia, que olía a apolillado, y «¡Qué
domingo tan malo! -decía uno de los párrafos--. ¡Cuánto
daría porque papá estuviera aquí ... ! Hindley
le sustituye muy mal y se porta atrozmente con Heathcliff.
H. y yo vamos a tener que rebelarnos: esta
tarde comenzamos a hacerlo... »En
todo el día no dejó de llover. No pudimos ir a la iglesia,
y José nos reunió en el desván. Mientras Hindley
y su mujer permanecían abajo sentados junto a la lumbre
-estoy segura de que, aunque hiciesen algo
más, no por ello dejarían de leer sus Biblias- a
Heathcliff, a mí y al desdichado mozo de mulas nos ordenaron
que cogiésemos los devocionarios y subiésemos. Nos
hicieron sentar en un saco de trigo, y José inició
su sermón, que yo esperaba que abreviase a causa del frío
que se sentía allí. Pero mi esperanza resultó
fallida. El sermón duró tres horas justas, y, sin embargo,
mi hermano, al vernos bajar, aún tuvo la desfachatez
de decir: “¿Cómo habéis terminado tan pronto?”
Durante las tardes de los domingos nos dejan jugar
pero cualquier pequeñez, una simple risa, es motivo para
que nos pongan castigados en un rincón oscuro. »
“Os olvidáis de que aquí hay un jefe -suele decir el
tirano-. Al que me saque de mis casillas, le aplasto. Quiero
seriedad y silencio absoluto. ¡Chico! ¿Has sido tú?
Querida Francisca: tírale de los pelos; le he oído castañetear
los dedos”. Francisca le tiró del pelo con todas sus
fuerzas. Luego se sentó en las rodillas de su esposo,
y los dos empezaron a hacer niñerías, besándose y diciéndose
estupideces. Entonces nosotros nos acomodamos,
como Dios nos dio a entender, en el hueco que forma el
aparador. Colgué nuestros delantales ante
nosotros como si fueran una cortina, pero apenas lo había
hecho, cuando llegó José, deshizo mi obra, y pegándome
una bofetada, sermoneó: »
“El amo recién enterrado, domingo como es, y las palabras
del Evangelio resonando todavía en vuestros
oídos, ¡y ya os ponéis a jugar! ¿No os da vergüenza?
Sentaos, niños malos, y leed libros piadosos, »Mientras
nos hablaba, nos tiró sobre las rodillas unos viejos libros
y nos obligó a sentarnos de manera que
un rayo de la claridad del hogar nos alumbrase en nuestra
lectura. Yo no pude soportar tal ocupación que
querían darnos. Cogí el libro y lo arrojé donde estaban
los perros, diciendo que tenía odio a los libros piadosos.
Heathcliff hizo lo mismo con el suyo, y entonces empezó el
jaleo. »
“¡Señor Hindley, mire! -gritó José-. La señorita
Catalina ha roto las tapas de La
armadura de salvación y
Heathcliff ha golpeado con el pie la primera parte de El
camino de perdición. No es posible dejarles seguir
siendo así. ¡Oh! El difunto señor les hubiera dado lo que
se merecen. ¡Pero cómo nos falta!” »Hindley
se lanzó sobre nosotros, nos cogió a uno por el cuello y a
otro por el brazo, y nos echó a la cocina.
Allí José nos aseguró que el diablo vendría a buscarnos
con toda certeza y nos obligó a sentarnos en distintos
lugares, donde hubimos de permanecer, separados, esperando
el advenimiento del prometido personaje.
Yo cogí este libro y un tintero que había en un estante, y
abrí un poco la puerta para tener luz y poder
escribir, pero mi compañero, al cabo de veinte minutos,
sintió tanta impaciencia, que me propuso apoderarnos
del mantón de la criada y, tapándonos con él, ir a dar
una vuelta por los pantanos. ¡Qué buena idea!
Así, si viene ese malvado viejo, creerá que su amenaza del
diablo se ha realizado, y entretanto nosotros
estaremos fuera, y creo que no peor que aquí, a pesar del
viento y de la lluvia.» El
plan de Catalina debió realizarse, porque el siguiente
comentario variaba de tema, y adquiría tono de lamentación. «¡Qué
poco podía yo suponer que Hindley me hiciera llorar tanto!
Me duele la cabeza hasta el punto de que
no puedo ni ponerla sobre la almohada. ¡Pobre Heathcliff!
Hindley le llama vagabundo, y ya no le deja comer
con nosotros ni siquiera sentarse a nuestro lado. Dice que
no volveremos a jugar juntos, y le amenaza
con echarle de casa si le desobedece. Hasta ha censurado a
papá por haber tratado a Heathcliff demasiado
bien, y jura que volverá a ponerle en el lugar que le
corresponde.» Yo
me sentía ya medio dormido, y mis ojos iban del manuscrito
de Catalina al texto impreso. Percibí un título
grabado en rojo con florituras, que decía: «Setenta veces
siete y el primero de los Setenta y uno. Sermón
predicado por el reverendo padre Jabes Branderham en la
iglesia de Gimmerden Sough.» Y me dormí
meditando maquínalmente en lo que diría el reverendo
pastor sobre el tema. Pero
la mala calidad del té y la destemplanza que tenía me
hicieron pasar una noche horrible. Soñé que era
ya por la mañana y que regresaba a mi casa guiado por José.
El camino estaba cubierto de nieve, y cada vez
que yo daba un tropezón, mi acompañante me amonestaba por
no haber tomado un báculo de peregrino,
afirmándome que sin tal adminículo nunca conseguirla
regresar a mi casa, y enseñándome a la vez
jactanciosamente un grueso garrote que él consideraba, al
parecer, como báculo. Al principio, me parecía
absurdo suponer que me fuera necesaria para entrar en casa
semejante cosa. De improviso una idea me
iluminó el cerebro. No íbamos a casa, sino que nos dirigíamos
a escuchar el sermón del padre Branderham
sobre los «Setenta veces siete», en cuyo curso no sé si
José, el predicador o yo, debíamos ser sacados
a pública vergüenza y privados de la comunión de los
fieles. Llegamos
a la iglesia, ante la que yo, en realidad, he pasado dos o
tres veces. Está situada en una hondonada
entre dos colinas, junto a un pantano, cuyo fango, según
voz popular, tiene la propiedad de momificar
los cadáveres. El tejado de la iglesia se ha conservado
intacto hasta ahora, mas hay pocos clérigos
que quieran encargarse de aquel curato, ya que el sueldo es
sólo de veinte libras anuales, y la rectoral
consiste únicamente en dos habitaciones, sin vislumbre
alguno, por ende, de que los fieles contribuyan
a las necesidades de su pastor con la adición de un solo
penique. Mas en mi sueño una abundante
concurrencia escuchaba a Jabes, quien predicaba un sermón
dividido en cuatrocientas noventa partes,
dedicada cada una a un pecado distinto. Lo que no puedo
decir es de dónde había sacado tantos pecados
el reverendo. Eran, por supuesto, de los géneros más
extravagantes, y tales como yo no hubiera podido
figurármelos jamás. ¡Oh,
qué pesadilla! Yo me caía de sueño, bostezaba, daba
cabezadas, y volvía a despejarme. Me pellizcaba,
me frotaba los párpados, me levantaba y me volvía a
sentar, y a veces tocaba a José para preguntarle
cuándo iba a acabar aquel sermón. Pero tuve que escucharlo
hasta el fin. Cuando llegó al «primero
de los setenta y uno», acudió a mi cerebro una súbita
idea: levantarme y acusar a Jabes Branderham
como el cometedor del pecado imperdonable. «Padre -exclamé-:
sentado entre estas cuatro paredes
he aguantado y perdonado las cuatrocientas novena divisiones
de su sermón. Setenta veces siete cogí
el sombrero para marcharme, y setenta veces siete me ha
obligado usted a volverme a sentar. Una vez más
es excesiva. Hermanos de martirio: ¡duro con él!
Arrastradle y despedazadle en partículas tan pequeñas,
que no vuelvan a encontrarse ni indicios de su existencia!» «Tú
eres el réprobo -gritó Jabes, después de un silencio
solemne-: Setenta veces siete te he visto hacer gestos
y bostezar. Setenta veces siete consulté mi conciencia y
encontré que todo ello merecía perdón. Pero el
primer pecado de los setenta y uno ha sido cometido ahora, y
esto es imperdonable. Hermanos: ejecutad en
él lo que está escrito. ¡Honor a todos los santos!» Emitida
esta orden, los concurrentes enarbolaron sus báculas de
peregrino y se arrojaron sobre mí. Al verme
desarmado, entablé una lucha con José, que fue el primero
en acometerme, para quitarle su garrote. Se
cruzaron muchos palos, y algunos golpes destinados a mí
cayeron sobre otras cabezas. Todos se apaleaban
unos a otros y el templo retumbaba al son de los golpes.
Branderham asestaba fuertes puñetazos en
el borde del púlpito, y tan vehementes fueron, que acabaron
por despertarme. Comprobé
que lo que me había sugerido tal tumulto era la rama de un
abeto que batía contra los cristales de
la ventana cada vez que la agitaba el viento. Volví
a dormirme, y soñé cosas todavía más odiosas. Recordé
que descansaba en una caja de madera y que el viento y las
ramas de un árbol golpeaban la ventana.
Tanto me molestaba el ruido, que, en sueños, me levanté y
traté de abrir el postigo. No lo -¡Déjame
entrar, déjame entrar! -¿Quién
eres? -pregunté pugnando por soltarme. -Catalina
Linton -contestó, temblorosa-. Me había perdido en los
pantanos y vuelvo ahora a casa. Sin
saber por qué, me acordaba del apellido Linton, a pesar de
que había leído veinte veces más el apellido
Earnshaw. Miré, y divisé el rostro de una niña a través
de la ventana. El horror me hizo obrar Mi
espanto llegaba al colmo. -¿Cómo
voy a dejarte entrar -dije, por fin- si no me sueltas la
mano? El
fantasma aflojó su presión. Metí precipitadamente la mano
por el hueco del vidrio roto, amontoné contra
él una pila de libros, y me tapé los oídos para no
escuchar la dolorosa súplica. Pasé así unos quince minutos,
pero en cuanto volvía a atender, percibía idéntica súplica. -¡Vete!
-exclamé-. ¡No te abriré aunque me lo estés pidiendo
veinte años seguidos! -Veinte
años han pasado -murmuró-. Veinte años han pasado desde
que me perdí. Y
empujó levemente desde fuera. El montón de libros
vacilaba. Intenté moverme, pero mis músculos estaban
como paralizados, y, en el colmo del horror, lancé un
grito. Aquel
grito no había sido soñado. Con gran turbación, sentí
que unos pasos se acercaban a la puerta de la alcoba.
Alguien la abrió, y por las aberturas del lecho percibí
luz. Me senté en la cama, sudoroso, estremecido
aún de miedo. El
que había entrado murmuró algunas palabras como si hablase
solo, y luego dijo en el tono de quien no espera
recibir contestación: -¿Hay
alguien ahí ? Reconocí
la voz de Heathcliff, y comprendiendo que era necesario
revelarle mi presencia, ya que, si no, buscaría
y acabaría encontrándome, descorrí las tablas del lecho.
Tardaré mucho en poder olvidar el efecto que
mi acción produjo en él. Heathcliff
se paró en la puerta. Llevaba la ropa de dormir, sostenía
una vela en la mano y su cara estaba blanca
como la pared. El ruido de las tablas al descorrerse le causó
el efecto de una corriente eléctrica. La vela
se deslizó de entre sus dedos, y su excitación era tal,
que le costó mucho trabajo recogerla. -Soy
Lockwood -dije, para evitar que continuase demostrándome su
miedo-. He gritado sin darme cuenta mientras
soñaba. Lamento haberle molestado. -¡Dios
le confunda, señor Lockwood! ¡Váyase al... -empezó él-.
¿Quién le ha traído a esta habitación? -continuó, hundiendo
las uñas en las palmas de las manos y rechinando los
dientes en su esfuerzo para dominar
la excitación que le poseía-. ¿Quién le trajo aquí? Dígamelo
para echarle de casa inmediatamente. -Su
criada Zillah -contesté abandonando la cama y recogiendo
mis ropas-. Haga con ella lo que le parezca,
porque lo tiene merecido. Se me figura que quiso probar a
expensas mías si este sitio en efecto está embrujado.
Y le aseguro que, en realidad, está bien poblado de trasgos
y duendes. Hace usted bien en tenerlo
cerrado. Nadie le agradecerá a usted el dormir en esta
habitación. -¿Qué
quiere usted decir y qué está usted haciendo? -replicó
Heathcliff-. Acuéstese y pase la noche; pero, en
nombre de Dios, no repita el escándalo de antes. No tiene
justificación posible, a no ser que le estuvieran desollando
vivo. -Si
aquella endemoniada brujita llega a entrar, a buen seguro
que me hubiese estrangulado -le respondí-. No
me siento con ganas de soportar más persecuciones de sus
hospitalarios antepasados. El reverendo Jabes
Branderham, ¿no sería tal vez pariente suyo por parte de
madre? Y en cuanto a la Catalina Earnshaw, o
Linton, o como se llamara, ¡buena pieza debía estar hecha!
Según me dijo, ha andado errando durante veinte
años, lo que sin duda es justo castigo de sus maldades... En
aquel momento recordé que el apellido de Heathcliff estaba
unido en el libro al de Catalina, lo que había
olvidado hasta entonces. Me avergoncé de mi descortesía,
pero, como si no me diese cuenta de haberla
cometido, continué: -El
caso es que a primera hora de la noche estuve... -iba a
decir «hojeando esos librotes», pero me corregí, y
continué-: repitiendo el nombre que hay escrito en esa
ventana, para ver si me dormía. ¿Cómo
se atreve a hablarme de este modo estando en mi casa?
-barbotó Heathcliff-. ¿Se habrá vuelto loco
cuando me habla así? Se
golpeaba la frente con violencia. Yo no sabía si ofenderme
o seguir explicándome, pero me pareció tan
conmovido, que sentí compasión de él, y proseguí contándole
mi sueño, y le aseguré que jamás había oído
pronunciar hasta entonces el nombre de Catalina Linton,
pero, que, a fuerza de verlo escrito allí, llegó a
corporeizarse al dormirme. Entretanto
que me explicaba así, Heathcliff, poco a poco, había ido
retirándose de mi lado, hasta que acabó
escondiéndose detrás del lecho. A juzgar por lo sofocado
de su respiración, luchaba para reprimir sus emociones.
Fingí no darme cuenta, continué vistiéndome, y dije: -No
son todavía las tres. Yo creía que serían las seis lo
menos. El tiempo aquí se hace interminable. Verdad
es que sólo debían ser las ocho cuando nos acostamos. -En
invierno nos retiramos siempre a las nueve y nos levantamos
a las cuatro -replico mi casero, reprimiendo
un gemido y limpiándose una lágrima, según conjeturé por
un ademán de su brazo-. Acuéstese -añadió-,
ya que si baja tan temprano no hará más que estorbar. Por
mi parte, sus gritos han enviado al diablo
mi sueño. -A
mí me pasa lo mismo -contesté-. Bajaré al patio y estaré
paseando por él hasta que amanezca, y después
me iré. No tema una nueva intrusión de mi parte. La
muestra de hoy me ha quitado las ganas de buscar
amigos, ni en el campo ni en la ciudad. Un hombre sensato
debe tener bastante compañía consigo mismo. -¡Magnífica
compañía! -murmuró Heathcliff-. Coja la vela y váyase
adonde quiera. Me reuniré con usted enseguida.
No salga al patio, porque los perros están sueltos. Ni al
salón porque Juno está allí de vigilancia. De
modo que tiene que limitarse a andar por los pasillos y las
escaleras. No obstante, váyase. Yo me reuniré
con usted dentro de dos minutos. Obedecí,
y me alejé de la habitación todo lo que pude, pero como no
sabía adonde iban a parar los estrechos
pasillos, me detuve, y entonces asistí a unas
demostraciones supersticiosas que me extrañaron, tratándose
de un hombre tan práctico al parecer como aquel personaje. Había
entrado en el lecho, y de un tirón abrió la ventana,
mientras rompía a llorar. -¡Oh,
Catalina! -decía-, ¡ven! Te lo imploro una vez más. ¡Oh,
amada de mi corazón, ven, ven al fin! Pero
el fantasma, con uno de los caprichos comunes a todos los
espectros, no se dignó aparecer. En cambio,
el viento y la nieve entraron por la ventana y extinguieron
la luz. Tan
dolorosa congoja se traslucía en la crisis sufrida por
aquel hombre, que me retiré, reprochándome el haberle
escuchado, y el haberle relatado mi pesadilla, que le había
afectado de tal manera, por razones a que
no alcanzaba mi comprensión. Descendí al piso bajo y arribé
a la cocina donde encendí la bujía en el rescoldo
de la lumbre. No se veía allí ser viviente, excepto un
gato que salió de entre las cenizas y me saludó
con un quejumbroso maullido. Dos
bancos semicirculares estaban arrimados al fogón. Me tendí
en uno de ellos y el gato se instaló en el otro.
Ya empezábamos ambos a dormirnos cuando un intruso invadió
nuestro retiro. Era José, que bajaba por
una escalera de madera que debía conducir a su desván.
Lanzó una tétrica mirada a la llama, que yo había
encendido, expulsó al gato de su lugar, se apoderó de él
y se dedico a cargar de tabaco una pipa que medía
tres pulgadas de longitud. Debía considerar mi presencia en
su santuario como una desvergüenza tal que
no merecía ni comentarios siquiera. En
absoluto mutismo, se acercó la pipa a la boca, se cruzó de
brazos y empezó a fumar. Yo no interrumpí su
placer, y él, después de aspirar la última bocanada, se
levanto, suspiro, y se fue tan gravemente como había
llegado. Sonaron
cerca de mí otras pisadas más elásticas, y apenas yo abría
la boca para saludar, la cerré de nuevo,
al oír que Hareton Earnshaw se dedicaba a recitar en voz
contenida una salmodia compuesta de tantas
maldiciones como objetos iba tocando, mientras se afanaba en
un rincón en busca de una azada para quitar
la nieve. Me miró, dilató las aletas de la nariz, y tanto
se le ocurrió saludarme a mí, como al gato que me
hacía compañía. Comprendiendo por sus preparativos que
estaba disponiéndose a salir, abandoné mi duro
lecho y me apresté a seguirle. Él lo notó y con el mango
de la azada me señaló una puerta que comunicaba
con el salón. Las mujeres estaban en él ya. Zillah atizaba
el fuego con un fuelle colosal, y la señora
Heathcliff, arrodillada ante la lumbre, leía un libro al
resplandor de las llamas. Tenía puesta la mano entre
el fuego y sus ojos, y permanecía embebida en la lectura,
que sólo interrumpía de vez en cuando para reprender
a la cocinera si hacía salir chispas sobre ella, o para
separar a alguno de los perros que a veces la rozaba
con el hocico. Me sorprendió ver también allí a
Heathcliff, en pie junto al fuego y, al parecer, concluyendo
entonces de soltar una rociada sobre la pobre Zillah, la
cual, de cuando en cuando, suspendía su
tarea y suspiraba. -En
cuanto a ti, miserable... -y Heathcliff pronunció una
palabra intranscribible dirigiéndose a su nuera- ya veo
que continúas con tus odiosas mañas de siempre. Los demás
trabajan para ganarse el pan que comen,
y únicamente tú vives de mi caridad. ¡Fuera ese
mamotreto, y haz algo útil! ¡Debías pagarme. por la
desgracia de estar viéndote siempre ... ! ¿Me oyes,
maldita bruta? -Dejaré mi mamotreto, porque me lo podría usted quitar, si no -respondió la joven cerrando el libro y tirándolo sobre una silla-. Pero aunque se le encienda a usted la boca injuriándome no haré nada, no siendo lo que me parezca bien. Heathcliff
alzó la mano, pero su interlocutora, probando que tenía
costumbre de aquellas escenas, se puso de
un salto fuera de su alcance. Contrariado por tal episodio,
me aproximé a la lumbre fingiendo no haber reparado
en la disputa, y ellos tuvieron el decoro de disimular.
Heathcliff, para no caer en la tentación de golpear
a su nuera, se metió las manos en los bolsillos. La mujer
se retiró a un rincón, y mientras estuve allí permaneció
callada como una estatua. Pero yo no me quedé mucho tiempo.
Renuncié a la invitación que me
hicieron de que les acompañase a desayunar, y en cuanto
apuntó la primera claridad de, la aurora, salí al aire
libre, que estaba frío y despejado como el hielo. Heathcliff
me llamó mientras yo cruzaba el jardín, y se brindó para
acompañarme a través de los pantanos.
Hizo bien, ya que la colina estaba convertida en un
ondulante mar de nieve, que ocultaba todas las
desigualdades del terreno. La impresion que yo guardaba de
la contextura del suelo no respondía en nada
a lo que ahora veíamos, porque los hoyos estaban llenos de
nieve, y los montones de piedras -reliquias del
trabajo de las canteras- que bordeaban el camino habían
desaparecido bajo la bóveda. Yo había distinguido
el día anterior una sucesión de piedras erguidas a lo
largo del camino y blanqueadas con cal, para
que sirviesen de referencia en la oscuridad, y también
cuando las nevadas podían hacer confundir la tierra
segura del camino con las movedizas charcas de sus márgenes.
Pero a la sazón ni siquiera se percibían
aquellos jalones. Mi acompañante tuvo que advertirme varias
veces para impedir que yo saliese del
camino sin notarlo. Hablamos
muy poco. A la entrada del parque de la «Granja»,
Heathcliff se detuvo, me dijo que suponía que
ya no me extraviaría, y con una simple inclinación de
cabeza nos despedimos. En la portería no había nadie,
y recorrer las dos millas que me quedaba por andar hasta la
granja me costó dos horas, dadas las muchas
veces que erré el camino, extraviándome en la arboleda, y
hundiéndome en nieve hasta la cintura. Era
mediodía cuando llegué a mi casa. El
ama de llaves y sus satélites acudieron con alborozo a
recibirme, y me aseguraron que me daban por muerto
y que pensaban en ir a buscar mi cadáver entre la nieve.
Les aconseje que se calmaran, puesto que al
fin había regresado. Subí dificultosamente la escalera y
entré en mi habitación. Estaba entumecido hasta los
huesos. Me cambié de ropas y paseé por la estancia treinta
o cuarenta minutos para entrar en calor, y luego
me instalé en el despacho, tal vez apartado en exceso del
buen fuego y el confortante café que el ama de
llaves me preparó.
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