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CAPÍTULO
IX En
el momento en que yo ocultaba a Hareton en la alacena,
Hindley entró mascullando juramentos. A Hareton
le espantaban tanto el afecto como la ira de su padre,
porque en el primer caso corría el riesgo de que
le ahogara con sus brutales abrazos, y en el segundo se
exponía a que le estrellara contra un muro o le arrojara
a la lumbre. Así que el niño permanecía siempre quieto en
los sitios donde yo le ocultaba. -¡Al
fin la hallo! -clamó Hindley, sujetándome por la piel de
la nuca como si fuese un perro-. ¡Por el cielo,
que os habéis conjurado para matar al niño! Ahora
comprendo por qué le mantenéis siempre apartado de
mí. Pero con la ayuda de Satanás, Elena, te voy ahora a
hacer tragar el trinchante. No lo tomes a risa: acabo
de echar a Kenneth, cabeza abajo, en el pantano del Caballo
Negro, y ya tanto se me dan dos como uno.
Tengo ganas de mataros a uno de vosotros, y he de
conseguirlo. -Vaya,
señor Hindley -contesté-, déjeme en paz. No me gusta el
sabor del trinchante: está de cortar aren-ques. Más
vale que me pegue un tiro, si quiere. -¡Quiero
que te vayas al diablo! -contestó-. Ninguna ley inglesa
impide que un hombre tenga una casa decorosa,
y la mía es detestable. ¡Abre esa boca! Intentó
deslizarme el cuchillo entre los labios, pero yo, que nunca
tuve miedo de sus locuras, insistí en que
sabía muy mal y no lo tragaría. -¡Diablo!
-exclamó, soltándome de pronto-. Ahora me doy cuenta de
que aquel granuja no es Hareton. Perdona,
Elena. Si lo fuera, merecería que le desollaran vivo por no
venir a saludarme y estarse ahí chillando
como si yo fuera un espectro. Ven aquí, desnaturalizado
engendro. Yo te enseñaré a engañar a un padre
crédulo y bondadoso. Oye, Elena: ¿no es cierto que este
chico estaría mejor sin orejas? El cortárselas hace
más feroces a los perros, y a mí me gusta la ferocidad.
Dame las tijeras. Apreciar tanto las orejas, constituye
una afectación diabólica. No por dejar de tenerlas dejaríamos
de ser unos asnos. Cállate, niño... ¡Anda,
pero si es mi nene! Sécate los ojos, y bésame, pequeño mío.
¿Cómo? ¿No quieres? ¡Bésame, Hareton;
bésame, condenado! Señor, ¿cómo habré podido engendrar
monstruo semejante? Le voy a romper el
cráneo... Hareton
se debatía entre los brazos de su padre, llorando y
pataleando, y redobló sus gritos cuando Hindley
se lo llevó a lo alto de la escalera y le suspendió en el
aire. Le grité que iba a asustar al niño, y me apresuré
a correr para salvarle. Al llegar arriba, Hindley se había
asomado a la barandilla escuchando un rumor
que sentía abajo, y casi había olvidado a Hareton. -¿Quién
va? -preguntó, sintiendo que alguien se acercaba al pie de
la escalera. Reconocí
las pisadas de Heathcllff, y me asomé para hacerle señas
de que se detuviese. Pero en el momento
en que dejé de mirar al niño, éste hizo un brusco
movimiento y cayó al vacío. No
bien me había estremecido de horror, ya había reparado en
que el pequeño estaba a salvo. Heathcliff llegaba
en aquel momento preciso, y, por un impulso instintivo, cogió
al niño, lo puso en el suelo y miró al causante
de lo ocurrido. Cuando vio que se trataba del señor
Earnshaw, el rostro de Heathcliff manifestó una
impresión semejante a la de un avaro que vendiese un
billete de lotería de cinco chelines, y supiera al día
siguiente con que había perdido así un premio de cinco mil
libras. En el semblante de Heathcliff se leía claramente
cuánto le pesaba haberse convertido en instrumento del
fracaso de su venganza. Yo juraría que, de
no haber habido luz, hubiera remediado su error estrellando
al niño contra el pavimento... Pero, en fin, gracias
a Dios, Hareton se salvó, y a los pocos instantes yo me
hallaba abajo, apretando contra mi corazón mi
preciosa carga. Hindley, vuelto en sí de su borrachera,
descendió las escaleras muy turbado. -Tú
tienes la culpa -me dijo-. Has debido poner al niño fuera
de mi alcance. ¿Se ha hecho daño? -¿Daño?
-grité, indignada-. Tonto será si no se muere. Me asombra
que su madre no se alce del sepulcro al
ver cómo le trata usted. Es usted peor que un enemigo de
Dios. ¡Tratar así a su propio hijo! El
quiso tocar al niño, que al sentirse conmigo se había
repuesto de su susto, pero Hareton, entonces, comenzó de
nuevo a gritar y a agitarse. -¡Déjele
en paz! -exclamé-. Le odia, como le odian todos, por
supuesto... ¡Qué familia tan feliz tiene usted
y a qué bonita situación ha venido a parar! -¡Más
bonita será en adelante, Elena! -replicó aquel
desgraciado, volviendo a recuperar su habitual aspecto
de dureza-. Márchate y llévate al niño de aquí. Tú,
Heathcliff, haz lo mismo. Por esta noche creo que
no os mataré, a no ser que se me ocurra pegar fuego a la
casa... Ya veremos. Y
se escanció una copa de aguardiente. -No
beba más -le rogué-. Apiádese de este pobre niño, ya que
no se apiada de sí mismo. -Con
cualquiera le irá mejor que conmigo -me contestó. -¡Tenga
compasión de su propia alma! -dije, intentando quitarle la
copa de la mano. -¡No
quiero! Tengo ganas de mandarla al infierno para castigar a
su Creador -repuso-. ¡Brindo por su perdición
eterna! Bebió
y nos mandó alejarnos, no sin soltar una serie de
juramentos que más vale no repetir. -¡Cuánto
deploro que no se mate bebiendo! -comentó Heathcliff,
repitiendo, a su vez, otra sarta de imprecaciones
cuando se cerró la puerta-. Él hace todo lo posible para
ello, pero es de una naturaleza muy robusta,
y no lo conseguirá. El señor Kenneth asegura que va a
vivir más que todos los de Gimmerton, y que
encanecerá bebiendo, a no ser que le pase algo inesperado. Me
senté en la cocina, y empecé a mecer a mi corderito para
dormirle. Heathcliff cruzó la cocina, y yo pense
que se encaminaba al granero. Pero luego resultó que se había
tumbado en un banco junto a la pared, y
allí permaneció callado. Yo
mecía a Hareton sobre mis rodillas y había comenzado una
canción que dice: «Era
de noche y los niños lloraban; en sus cuevas
los gnomos lo oyeron ... » De
pronto, la señorita Catalina asomó la cabeza por la puerta
de su habitación, y preguntó: -¿Estás
sola, Elena? -Sí,
señorita -contesté. Pasó
y se acercó a la lumbre. Comprendí que quería decirme
algo. En su rostro se leía la ansiedad. Abrió los
labios como si fuera a hablar, pero se limitó a exhalar un
suspiro. Continué cantando, sin hablarle, ya -¿Dónde
está Heathcliff? --preguntó. -Trabajando
en la cuadra -dije. El
muchacho no denegó. Tal vez se hubiera dormido. Hubo un
silencio. Por las mejillas de Catalina se deslizaba
una lágrima. Me pregunté si estaría disgustada por su
conducta, lo cual hubiera constituido un hecho
insólito en ella. Pero
no había tal cosa. No se inquietaba por nada, no siendo por
lo que le atañía a ella. -¡Ay,
querida! -dijo por fin-. ¡Qué desgraciada soy! -Es
una pena -repuse- que sea usted tan difícil de contentar.
Con tantos amigos y tan pocas preocupaciones, tiene
motivos de sobra para estar satisfecha. -¿Me
guardarás un secreto, Elena? -me preguntó, mirándome con
aquella expresión suya que desarmaba al
más enfadado, por muchos resentimientos que con ella
tuviese. -¿Merece
la pena? -pregunté con menos aspereza. -Sí.
Y debo contártelo. Necesito saber lo que he de hacer.
Eduardo Linton me ha pedido que me case con él
y ya le he contestado. Pero antes de decirte lo que he
respondido, dime tú qué hubiera debido contestarle. -Verdaderamente,
señorita, no sé qué responderle. Teniendo en cuenta la
escena que le ha hecho usted contemplar
esta tarde, lo mejor hubiera sido rechazarle, porque si
después de ella todavía le pide relaciones, es
que es que si un tonto completo o que está loco. -Si
sigues hablando así, ya no te diré más -exclamó ella,
levantándose malhumorada-. Le he aceptado. Dime
si he hecho mal, y pronto. -Si
le ha aceptado, no veo que haya nada que hablar. ¡No va
usted a retirar su palabra! -¡Pero
quiero que me digas si he obrado con acierto! -insistió con
irritado tono, retorciéndose las manos y frunciendo
las cejas. -Para
contestar, habría que tener muchas cosas en cuenta -dije
sentenciosamente-. Ante todo, ¿quiere al señorito
Eduardo? -¡Naturalmente! Yo
le formulé una serie de preguntas. No era del todo
indiscreto el hacerlo, ya que se trataba de una muchacha
muy joven. -¿Por
qué le quiere, señorita Catalina? -¡Vaya
una pregunta! Le quiero, y nada más. -No
basta. Dígame por qué. -Porque
es guapo y me gusta estar con él. -Malo...
-comenté. -Y
porque es joven y alegre. -Más
malo aún. -Y
porque él me ama. -Eso
no tiene nada que ver. -Y
porque llegará a ser rico, y me agradará ser la señora más
acomodada de la comarca, y porque estaré orgullosa
de tener un marido como él. -Eso
es lo peor de todo. Y dígame: ¿cómo le ama usted? -Como
todo el mundo, Elena. ¡Pareces boba! -No
lo crea... Contésteme. -Pues
amo el suelo en que pone los pies, y el aire que le rodea, y
todo lo que toca, y todas las palabras que
pronuncia, y todo lo que mira y todo lo que hace... ¡Le amo
enteramente! -¿Y
qué más? -Está
bien, lo tomas a juego. ¡Es demasiada maldad! ¡Pero para mí
no se trata de una broma! -dijo la joven,
enojada, mirando al fuego. -No
lo tomo a juego, señorita Catalina. Usted dice que quiere
al señorito Eduardo porque es guapo, y joven,
y alegre, y rico, y porque el la ama a usted. Lo último no
significaría nada. Usted le amaría igual aunque
ello no fuera así, y únicamente por eso no le querría si
no reuniese las demás cualidades. -¡Naturalmente!
Me daría lástima, y puede que hasta le aborreciera si
fuera feo o fuera un hombre ordinario. -Pues
en el mundo hay otros muchachos guapos y ricos, y más que
el señorito Eduardo. -Quizá,
pero yo sólo he visto uno y es Eduardo. -Más
tarde puede usted conocer algún otro, y él, además, no
será siempre joven y guapo. También podría dejar
de ser rico. -Yo
no tengo por qué pensar en el futuro. Ya podrías hablar
con más sentido común. -Pues
entonces, nada... Si no piensa usted más que en el
presente, cásese con el señorito Eduardo. -Para
eso no necesito tu permiso. Claro que me casaré con él.
Pero no me has dicho aún si hago bien o no. -Me
parece bien si usted se casa pensando sólo en el momento.
Ahora contésteme usted: ¿de qué se preocupa?
Su hermano se alegrará, los ancianos Linton no creo que
pongan reparo alguno, va usted a salir de
una casa desordenada para ir a otra muy agradable, ama usted
a su novio y él la ama a usted. Todo está claro
y sencillo. ¿Dónde ve usted el obstáculo? -¡Aquí
y aquí, o donde pueda estar el alma! -repuso Catalina golpeándose
la frente y el pecho-. Tengo la impresión
de que no obro bien. -¡Qué
cosa tan rara! No me la explico. -Pues
te la explicaré lo mejor que pueda, si me prometes que no
te vas a burlar de mí. Catalina
se sentó a mi lado. Estaba triste y noté que sus manos,
que mantenía enlazadas, temblaban. -Elena:
¿no sueñas nunca cosas extrañas? -me dijo, después de
reflexionar un instante. -A
veces -respondí. -También
yo. En ocasiones he soñado cosas que no he olvidado nunca y
que han cambiado mi modo de pensar.
Han pasado por mi alma y le han dado un color nuevo, como
cuando al agua se le agrega vino. Y -No
me lo cuente, señorita -le interrumpí-. Ya tenemos aquí
bastantes congojas para andar con pesadillas que
nos angustien más. Ea, alégrese. Mire al pequeño Hareton.
¡Ese sí que no sueña nada triste! ¿Ve con cuánta
dulzura sonríe? -¡También
sé con cuanta dulzura reniega su padre! Supongo que te
acordarás de cuando era tan pequeño como
este niño. De todos modos, tienes que escucharme, Elena. No
es muy largo. Además, no me siento jovial
hoy. -¡No
quiero oírlo! -me apresure a contestar. Porque
yo era, y soy aún, muy supersticiosa en cuestión de sueños,
y el semblante de Catalina se había puesto
tan sombrío, que temí escuchar el presagio de alguna
horrorosa desgracia. Ella se enfadó, al parecer, y
no continuó. Pasando a otra cosa, expuso: -Yo
sería muy desgraciada si estuviera en el cielo. -Porque
no es usted digna de ir a él -contesté-. Todos los
pecadores serían muy desgraciados en el cielo. -No
es por eso. Una vez soñé que estaba en el cielo. -Ya
le he dicho, señorita, que no quiero enterarme de sus sueños.
Voy a acostarme. Se
echó a reír y me obligó a permanecer sentada. -Pues
soñé -dijo- que estaba en el cielo, que comprendía y
notaba que aquello no era mi casa, que se me partía
el corazón de tanto llorar por volver a la tierra, y que,
al fin, los ángeles se enfadaron tanto, que me echaron
fuera. Fui a caer en medio de la maleza, en lo más alto de
«Cumbres Borrascosas», y me desperté llorando
de alegría. Ahora, con esa explicación, podrás comprender
mi secreto. Tanto interés tengo en casarme
con Eduardo Linton como en ir al cielo, y si mi malvado
hermano no hubiera tratado tan mal al pobre
Heathcliff, yo no habría pensado en ello nunca. Casarme con
Heathcliff sería rebajarnos, pero él nunca
llegará a saber cuánto le quiero, y no porque sea guapo,
sino porque hay más de mí en él que en mí misma.
No sé qué composición tendrán nuestras almas, pero sea
de lo que sea, la suya es igual a la mía, y en
cambio la de Eduardo es tan diferente como el rayo lo es de
la luz de la luna, o la nieve de la llama. No
había concluido de hablar, cuando noté la presencia de
Heathcliff, que en aquel momento se incorporaba
y salía. Sólo había escuchado hasta que oyó decir a
Catalina que le rebajaría casarse con él. Inmediatamente
se levantó y se fue. Pero ella, que estaba de espaldas, no
reparó en sus movimientos ni en su
marcha. Yo me había estremecido y le hice una señal para
que enmudeciera. -¿Por
qué? -preguntó, mirando, inquieta en torno suyo. -Porque
viene José -respondí, refiriéndome al ruido del carro,
que con toda oportunidad oí avanzar por el camino-
y Heathcliff vendrá con- él. ¡A lo mejor estaba ahora
mismo detrás de la puerta! -Desde
la puerta no ha podido oírme -contestó-. Dame a Hareton
para que le tenga mientras preparas la cena,
y después déjame cenar contigo. ¿Verdad que Heathcliff no
se da cuenta de estas cosas, y que no sabe lo
que es el cariño? -No
veo por qué ha de conocer todos estos sentimientos -repuse-
y si es de usted de quien está enamorado, seguramente
será muy infeliz, pues en cuanto usted se case, él se
quedará sin amor, sin amistad y sin todo...
¿Ha pensado en las consecuencias que tendrá para él la
separación, cuando se dé cuenta de que queda
enteramente solo en el mundo, señorita Catalina? -¿Qué
hablas de separarnos ni de quedarse solo en el mundo?
-replicó, indignada-. ¿Quién había de separamos?
¡Ay del que lo intentara! Antes que abandonar a Heathcliff
prescindiría de todos los Linton del mundo.
No me propongo tal cosa. No me casaría si hubiera de
suceder así. Heathcliff será para mí, cuando me
case, lo que ha sido siempre. Mi marido habrá de mirarle
bien o tendrá por lo menos que soportarle. Y lo
hará cuando conozca mis verdaderos sentimientos. Ya veo,
Elena, que me consideras una egoísta, pero debes
comprender que si Heathcliff y yo nos casáramos viviríamos
como unos pordioseros. En cambio, si me
caso con Linton, puedo ayudar a Heathcliff a que se libre de
la opresión de mi hermano. -¿Y
eso con los bienes de su marido? No será eso tan fácil
como le parece. No tengo autoridad para opinar,
pero me parece que ése es el peor motivo que ha dado para
explicar su matrimonio con el señorito -Es
el mejor -dijo ella-. Los otros se referían a satisfacer
mis caprichos y a complacer a Eduardo... Yo no puedo
explicarme pero creo que tú y todos tenéis la idea de qué
después de esta vida hay otra. ¿Para qué había
yo de ser creada, si antes de serlo ya estaba enteramente
contenida aquí? Todos mis dolores en este mundo
han consistido en los dolores que ha sufrido Heathcliff, y
los he seguido paso a paso desde que empezaron.
El pensar en él llena toda mi vida. Si el mundo
desapareciera y él se salvara, yo seguiría viviendo,
pero si desapareciera él y lo demás continuara igual, yo
no podría vivir. Mi afecto por Linton es como
las hojas de los árboles, y bien sé que cambiará con el
tiempo, pero mi cariño a Heathcliff es como son
las rocas del fondo de la tierra, que permanecen eternamente
iguales sin cambiar jamás. Es un afecto del
que no puedo prescindir. ¡Elena, yo soy Heathcliff! Le
tengo constantemente en mi pensamiento, aunque
no siempre como una cosa agradable. Tampoco yo me agrado
siempre a mí misma. No hables más de
separarnos, porque eso es irrealizable. Calló
y escondió la cabeza en mi regazo. Pero yo la aparté de mí,
porque me había hecho perder la paciencia
con sus numerosas insensateces. -Lo
único que veo, señorita -le dije-, es, o que ignora usted
los deberes de una casada o que no tiene conciencia. Y
no me cuente más cosas, porque las diré. -Pero
de ésta no hablarás... Ella
iba a insistir, pero entró José y suspendimos la
conversación. Catalina, con Hareton, se fue a un extremo
de la cocina, y allí esperó mientras yo preparaba la cena.
Una vez que estuvo a punto, José y yo empezamos
a discutir acerca de quién debía llevársela al señor
Hindley, y sólo nos pusimos de acuerdo cuando
casi se había enfriado. El acuerdo consistió en esperar a
que el amo la pidiese, ya que ambos temíamos
mucho tratar con él cuando se encerraba en su cuarto. -Y
aquel idiota, ¿no ha vuelto del campo aún? ¿Qué estará
haciendo? ¡Hay que ver qué holgazán! -dijo el
viejo, al notar que Heathcliff no estaba presente. -Voy
a buscarle -contesté-. Debe de estar en el granero. Aunque
le llamé, no me contestó. Cuando volví, cuchicheé al oído
de Catalina que seguramente el muchacho
había escuchado parte de nuestro diálogo, y le expliqué
que le había visto salir de la cocina en el momento
en que ella se refería al comportamiento de su hermano con
él. Dio
un salto, dejó a Hareton en un asiento, y se lanzó en
busca de su compañero sin reflexionar siquiera en
la causa de la turbación que le embargaba. Tanto tiempo
estuvo ausente, que José propuso que no les esperásemos
mas, suponiendo, con su habitual tendencia a pensar mal, que
se quedaban fuera para no tener que
asistir a sus largas oraciones de bendición de la mesa.
Agregó, pues, en bien de las almas de los jóvenes,
una oración más a las acostumbradas, y aún hubiera
aumentado otra en acción de gracias de no haber
reaparecido la señorita ordenádole que saliese enseguida
para buscar a Heathcliff donde quiera que estuviese
y hacerle volver. -Quiero
hablarle antes de subir -dijo-. La puerta está abierta, y
él debe encontrarse lejos, pues le llamé desde
el corral, y no responde. Aunque
José hizo algunas objeciones, acabó por ponerse el
sombrero y salir refunfuñando, al verla tan excitada
que no admitía contradicción. Catalina
empezó a pasearse de un extremo a otro de la habitación,
exclamando: -¿Qué
será de él? ¿Dónde habrá ido? ¿Qué fue lo que dije,
Elena? Ya no me acuerdo. ¿Estará ofendido por
lo de la tarde? ¡Dios mío! ¿Qué habré dicho que le
ofendiera? Quiero que venga. Quiero verle. -¡Cuánto
barullo para nada! -repuse, aunque me sentía también
bastante inquieta-. Se apura usted por poco.
No creo que sea motivo de alarma el que Heathcliff pasee por
los pantanos a la luz de la luna, o que esté
tendido en el granero sin ganas de hablar. A lo mejor está
escuchándonos. Voy a buscarle. Y
salí de nuevo en su busca, pero sin resultado. A José le
ocurrió lo mismo. Volvió diciendo: -¡Qué
imposible es ese muchacho! Ha dejado abierta la verja, y la
jaca de la señorita se ha escapado a la pradera,
después de estropear dos haces de grano. Ya le castigará
el amo mañana por esos juegos endemoniados,
y hará bien. Demasiada paciencia tiene al tolerar tantos
descuidos. Pero no sucederá siempre
igual. Todos lo hemos de ver. ¡Heathcliff está haciendo
todo lo posible para poner al amo fuera de juicio! -Bueno,
¿lo has encontrado o no, animal? -le interrumpió
Catalina-. ¿Le has buscado como te mandé? -Mejor
hubiera buscado al caballo, y hubiera sido más razonable
-respondió él-. Pero no puedo encontrar ni
a uno ni a otro en una noche tan negra como la de hoy. Y si
silbo para llamarle, bien seguro es que no vendrá.
Puede que no se haga el sordo si le silba usted. Corría
el verano, pero la noche, en efecto, era oscurísima.
Amenazaba tormenta, y yo les aconsejé que nos
sentáramos, porque seguramente la lluvia haría volver a
Heathcliff sin necesidad de que nos ocupásemos
de encontrarle. Pero Catalina no se calmó. Iba y venía, en
continua agitación, de un sitio a otro.
Al fin, se apoyó en el muro, junto al camino, y allí
permaneció a pesar de mis observaciones, unas veces
llamando a Heathcliff, otras escuchando en espera de
sentirle volver, y otras llorando desconsoladamente
como un niño. A
medianoche, la tormenta se abatió sobre «Cumbres
Borrascosas». Fuera efecto de un rayo o del vendaval,
un árbol próximo a la casa se tronchó, y una de sus
grandes ramas cayó sobre la techumbre, derrumbando
el tubo de la chimenea, lo que hizo que se desplomara sobre
el fogon un alud de piedras y hollín.
Creíamos que había caído un rayo entre nosotros, y José
se hincó de rodillas, para pedir a Dios que se
acordara de Noé y Lot y, al castigar al malo, perdonara al
justo. Yo intuí que entonces también nosotros íbamos
a ser alcanzados por la ira divina. En mi mente, el señor
Earnshaw se me aparecía como Jonás, y temiendo
que hubiese muerto llamé a su puerta. Respondió de tal
modo y con tales frases, que José hubo de impetrar
a Dios, con redoblada vehemencia, que en la hora de su ira
hiciera la oportuna separación entre justos
como él y pecadores como su amo. En fin: la tempestad cesó
a los pocos minutos, sin habernos causado
ni a José ni a mí mal alguno, aunque sí a Catalina que,
por haberse obstinado en continuar bajo la lluvia
sin siquiera ponerse un abrigo ni nada a la cabeza, volvió
empapada. Se sentó, apoyó la cabeza en el -Ea,
señorita -le dije, tocándole en un hombro-: usted se ha
empeñado en matarse... ¿Sabe qué hora es? -No
debe estar en Gimmerton -repuso José- y no me maravillaría
que yaciese en el fondo de una ciénaga. Esto
ha sido un aviso divino, y tenga en cuenta, señorita, que
la próxima vez le tocará a usted. Demos Empezó
a repetir pasajes de la Biblia, mencionando los capítulos y
versículos correspondientes. Harta
de insistir a la terca joven para que se secara y se
cambiara de ropa, les dejé, a ella con su tiritona y Al
día siguiente me levanté algo más tarde que de costumbre,
y al bajar vi a la señorita Catalina, que -¿Qué
te pasa, Catalina? ¡Estás más triste que un cachorro
chapuzado! ¿Por qué estás tan mojada y tan -No
me pasa otra cosa -contestó, malhumorada Catalina- sino que
he cogido una mojadura y siento frío. Vi
que el señor estaba ya sereno, y exclame: -¡Es
muy traviesa! Se caló hasta los huesos cuando la lluvia de
ayer, y se ha obstinado en quedarse toda -¿Toda
la noche? ---:-exclamó, sorprendido, el señor Earnshaw-.
¿Y por qué? No habrá sido por miedo a Ni
Catalina ni yo deseábamos mencionar a Heathcliff mientras
pudiéramos impedirlo, de modo que La
mañana era fresca. Abrí las ventanas y los perfumes del
jardín penetraron en la estancia. Pero Catalina Y
sus dientes rechinaban, mientras se acercaba a la lumbre
casi fría. -Está
enferma -aseguró Hindley, tomándole el pulso. Por eso no
se acostó. ¡Maldita sea! Está visto que -Por
andar detrás de los mozos, como de costumbre -se apresuró
a decir José, dando suelta a su -¡Silencio,
insolente! -gritó Catalina-. Linton vino ayer por
casualidad, Hindley, y le dije que se fuera -Mientes,
Catalina, estoy seguro... Y eres una condenada idiota
-repuso su hermano-. No me hables de -No
he visto a Heathcliff esta noche -contestó Catalina, entre
lágrimas-. Si le echas de casa, me iré con él. Pero
quizá no puedas hacerlo ya. Tal vez se haya marchado... Presa
de congoja, empezó a proferir sonidos inarticulados.
Hindley le dirigió un diluvio de groserías, y la Reconozco
que no me porté como una excelente enfermera, y José y el
amo tampoco lo hicieron mejor Ella
y su marido contrajeron la fiebre y fallecieron en pocos días. La
joven volvió a casa más violenta y más intratable que
nunca. No habíamos vuelto a saber nada de Incluso
se portaba con demasiada indulgencia, aunque, más que por
afecto, lo hacía porque deseaba que Eduardo
se sintió tan entontecido como tantos otros lo han estado
antes que él y lo seguirán estando en lo Hube
de abandonar «Cumbres Borrascosas» para acompañar a
Catalina. El pequeño Hareton tenía entonces En
esto mi ama de llaves miró el reloj y se asombró de ver
que las manillas marcaban la una y media. Se
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