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CAPÍTULO
X El
comienzo de mi vida de ermitaño ha sido poco venturoso. ¡Cuatro
semanas enfermo, tosiendo constantemente!
¡Oh, estos implacables vientos y estos sombríos cielos del
Norte! ¡Oh, los intransitables senderos
y los calmosos médicos rurales! Pero peor que todo, incluso
que la privación de todo semblante humano
en torno mío, es la conminación de Kenneth de que debo
permanecer en casa, sin salir, hasta que empiece
el buen tiempo... Heathcliff
me ha hecho el honor de visitarme. Hace siete días me envió
un par de guacos, que, al parecer, son
los últimos de la estación. El muy villano no está exento
de responsabilidades en mi enfermedad, y no me
faltaban deseos de decírselo, pero, ¿cómo ofender a un
hombre que tuvo la bondad de pasarse una hora Todavía
estoy demasiado débil para leer. ¿Por qué, pues, no pedir
a la señora Dean que continúe La
señora Dean acudió. -De
aquí a veinte minutos le corresponde tomar la medicina, señor
-dijo. -Dice el doctor que debe usted suspender los polvos... -¡Encantado!
Siéntese. No acerque los dedos a esa odiosa hilera de
frascos. Saque la costura y continúe -Quizá
hiciera un poco de todo, señor Lockwood, pero no puedo
garantizárselo. Como antes le dije, no sé -Mucho
mejor. -Cuánto
me alegro. Catalina
y yo nos trasladamos a la «Granja de los Tordos», y ella
comenzó portándose mejor de lo que yo ¿Quién
va a demostrar mal genio cuando no encuentra oposición en
nadie? Porque bien se veía que Procuraba
disimularlo ante ella, pero si me oía contestarle
destempladamente, o notaba ofenderse a algún Pero
aquello se acabó. La verdad es que cada uno debe mirar por
sí mismo. Precisamente los buenos son La
tarde oscurecía ya y la luna brillaba por encima de la
tapia del corral pintando vagas sombras en los -Elena,
¿eres tú? El
acento profundo de aquella voz no me era desconocido del
todo. Me volví para ver quien hablaba, «¿Quién
será? -pensé-. No es la voz del señor Earnshaw.» -He
pasado una hora esperando -me dijo-, quieto como un muerto.
No me atrevía a entrar. ¿Es que no me La
luz de la luna iluminó sus facciones. Tenía las mejillas lívidas
y negras patillas las adornaban. Sus -¡Oh!
-exclamé, levantando las manos con sorpresa, y aún dudando
de si debía considerarle como a un -Sí,
soy Heathcliff -respondió dirigiendo la vista a las
ventanas, en las que se reflejaba la luna, pero de las -No
sé lo que le parecerá -dije-. Estoy asombrada. Esto le va
a hacer perder la cabeza. Sí; usted es -¡Anda,
anda! -me interrumpió impacientemente-. ¡Estoy que no
vivo! Entré,
pero al llegar al salón donde estaban los señores me quedé
parada sin saber qué decir. Al fin les pregunté,
como pretexto, si querían que encendiese la luz, y, sin
esperar su respuesta, abrí la puerta. Se
hallaban junto a una ventana abierta desde la que se veían
los árboles del jardín, las incultas frondas -Hay
ahí una persona de Gimmerton que desea verla, señora. -¿Qué
desea? -No
se lo he preguntado -respondí. -Bueno.
Corre las cortinas y trae el té. Enseguida vengo. Salió
de la habitación y el señor me preguntó que quién había
venido. -Una
persona que la señora no esperaba -dije-. Heathcliff, ¿no
se acuerda? Aquél que vivía en casa del -¡Ah,
el gitano, el mozo de labranza! ¿Cómo, pues, no le has
dicho a Catalina quién era? -No
le llame por esos nombres, señor -le rogué-, porque ella
se enfadaría si le oyera. Cuando se fue, El
señor Linton se asomó a una ventana que daba al patio y
gritó a su mujer. -Haz
entrar a ese visitante. Oí
rechinar el picaporte, y Catalina subió velozmente,
sofocada, y con una excitación tal, que hasta -¡Eduardo,
Eduardo! -exclamó, jadeante-. ¡Eduardo, querido mío,
Heathcliff ha vuelto! -Y le abrazaba -Bien,
bien -repuso su esposo, un poco mohíno-. No creo que por
eso hayas de estrangularme. No me parece -Recuerdo
que no te simpatizaba mucho -contestó Catalina-. Pero habéis
de ser amigos ahora, aunque -¿Al
salón? Pues
adónde va a ser? -contestó ella. Él
algo molesto, indicó que el sitio oportuno hubiera sido la
cocina. Catalina le miró, contrariada. -No
-dijo-. No voy a estar yo en la cocina. Elena: trae dos
mesas... Una para el señor y la señorita Isabel, Iba
a volver a salir, pero Eduardo la detuvo. -Hazle
subir -me ordenó-, y tú, Catalina, alégrate, si quieres,
pero no hagas absurdidades. No hay por qué Bajé
y encontré a Heathcliff esperando en el portal a que le
mandaran subir. Me siguió en silencio, y le Se
había convertido en un hombre, alto, atlético y bien
constituido. Mi amo parecía un mozalbete a su lado. Viendo
su erguido continente, se pensaba que debía haber servido
en el ejército. Su semblante mostraba -Siéntese
-dijo, al fin-. Mi mujer, recordando los viejos tiempos, me
ha pedido que le reciba con cordialidad. No
hay que decir que cuanto a ella le satisface, me complace a
mí. -Lo
mismo digo -repuso Heathcliff-. Estaré con mucho gusto aquí
una o dos horas. Catalina
no le quitaba la vista de encima, como si temiese que se
desvaneciera- cuando dejara de El
señor Linton, al contrario, palidecía cada vez mas, y su
enojo llegó al extremo cuando su mujer se puso -Mañana
pensaré haber soñado -exclamó-. Me parecerá imposible
haberte visto, tocado y oído otra vez. Ni
te merecías esta acogida, Heathcliff. ¡En tres años de
ausencia, nunca te has acordado de mí! -Más
de lo que tú hayas pensado en mí, Catalina. Hace poco supe
de tu matrimonio, y entonces, Mientras -Haz
el favor de sentarte, Catalina, porque de lo contrario vamos
a tomar el té frío -dijo el señor Linton, Catalina
se sentó, vino Isabel, y yo me retiré. La colación no duró
más de diez minutos. La señora no -Voy
a «Cumbres Borrascosas» -repuso-. El señor Earnshaw me
invitó cuando estuve esta tarde a visitarle. ¡De
manera que había visitado al señor Earnshaw y éste le había
invitado! Acaso Heathcliff había A
medianoche la señora Linton vino a mi alcoba, se sentó
junto a mi lecho y me tiró del cabello. -No
puedo dormirme, Elena -me dijo como explicación-. Siento la
necesidad de que alguien comparta mi -No
debía usted elogiar a Heathcliff en presencia suya -contesté-.
Ya sabe que de muchachos se odiaban. Tampoco
a Heathcliff le hubiera agradado oír elogios de su esposo.
Los hombres son así. No hable usted a -Eso
es signo de inferioridad -dijo Catalina-. Yo no envidio el
rubio cabello de Isabel, ni su piel blanca, -Está
usted en un error, señora Linton -dije-: son ellos los que
procuran complacerla a usted. Me consta -Si
es así lucharemos hasta la muerte, ¿no? -repuso Catalina,
echándose a reír-. Tengo tanta confianza en Yo
entonces le aconsejé que estimara aquel cariño en cuanto
valía. -Ya
lo estimo -dijo-, pero él no debería romper en lágrimas
por pequeñeces. Eso es una niñería. Cuando -¿Qué
opina de su visita a «Cumbres Borrascosas»? -pregunté-.
Al parecer, se ha corregido en todo y perdona -Estoy
tan admirada como tú -respondió ella-. Según él ha
explicado, fue allí para preguntar por mí, -Mal
sitio es para vivir un joven -dije-. ¿No teme usted las
consecuencias, señora Linton? -Para
mi amigo, no. Es lo bastante precavido para librarse de todo
riesgo. Si algo temo es por Hindley, Se
marchó, pues, muy contenta de sí misma, y a la mañana
siguiente quedó evidente el resultado de su Heathcliff
-en realidad debo decir ya el señor Heathcliff- era
discreto al principio en las visitas que hacía El
nuevo manantial de sus pesadumbres fue el amor que de
repente sintió Isabel Linton hacia Heathcliff. Isabel
era una hermosa muchacha de dieciocho años, de traza muy
infantil, muy inteligente y también de Hacía
tiempo que todos veníamos notando que un secreto disgusto
consumía a la señorita Isabel. Se hizo -¿Qué
soy dura contigo, niña mimada? -dijo la señora-. ¿Cuándo
he sido dura contigo? -Ayer. -¿Ayer?
-exclamó su cuñada-. ¿Cuándo? -Cuando
salimos a pasear con el señor Heathcliff me dijiste que podía
irme adonde quisiera, para -¿Y
a eso le llamas dureza? Era una indirecta para que nos
dejaras solos, porque nuestra conversación no -No
-repuso la joven-. Querías que me fuera porque sabías que
me agradaba estar allí. -¿Se
habrá vuelto loca? -me dijo la señora Linton-. Voy a
repetir nuestra conversación palabra por -No
me interesaba la conversación -repuso Isabel-. Me
interesaba estar con... -¿Con
... ? -interrogó Catalina. -Con
él, y por eso me obligaste a marchar -repuso Isabel-. Tú
obras como el perro del hortelano, -Eres
una impertinente -dijo la señora Linton-. No puedo creer en
tanta idiotez. ¿Es posible que desees -Le
amo más de lo que tú puedas amar a Eduardo -contestó la
muchacha- y estoy segura de que él me -¡Ni
por un reino quisiera estar en tu caso! -dijo Catalina-.
Elena, ayúdame a hacerle comprender que está Pero
la señorita Linton miró con indignación a su cuñada. -¡Qué
vergüenzal --exclamó-. ¡Eres muchísimo peor que veinte
enemigos, pérfida amiga! -¿No
me crees? ¿Te figuras que hablo así por egoísmo? -Estoy
segura -repuso Isabel-, y me horroriza verte. -Está
bien -contestó Catalina-. Yo te he dicho lo que debía.
Ahora haz lo que quieras. -¡Cuánto
egoísmo tengo que aguantar! -exclamó Isabel llorando,
cuando su cuñada salió de la habitación-. -No
se acuerde más de él, señorita -le aconsejé-. El señor
Heathcliff es un pajaro de mal agüero: no le Pues
se levantan al atardecer, cierran las ventanas, juegan y
beben brandy hasta el mediodía del día -No
te quiero oír, Elena -me contestó Isabel-. Te has puesto
de acuerdo con los demás... ¡Con qué No
sé si hubiera llegado a dominar su capricho o no, porque
tuvo poco tiempo para reflexionar sobre él. Al
día siguiente se celebró un juicio en la villa cercana, y
mi amo tuvo que asistir. Heathcliff, enterado de -Llegas
en momento oportuno -exclamó jovialmente la señora, acercándole
una silla-. Aquí tienes a dos No,
no es Elena, no la mires... Se trata de mi pobre cuñadita,
a la que se le parte el corazón sólo con verte. ¡En
tus manos está llegar a ser hermano de Eduardo! ¡No te
vayas, Isabel! -exclamó, sujetando a la joven -¡Catalina!
-replicó Isabel, procurando apelar a toda su dignidad-. Te
agradeceré que te atengas a la verdad, Pero
el visitante no contestó. Tomó asiento, indiferente a la
admiración que había despertado. Isabel se -¡Quizá!
-contestó la señora Linton-. No quiero que me llames otra
vez el perro del hortelano. Tienes que -Creo
-dijo Heathcliff, volviéndose hacia ella- que no está de
acuerdo contigo y que, al menos por ahora, Y
miró fijamente a Isabel con la expresión con que pudiera
mirar a uno de esos extraños y repulsivos -¡Caramba,
qué tigresa! -exclamó la señora Linton soltándola al
sentir el dolor-. ¡Por amor de Dios, vete -Le
cortaría los dedos como osara amenazarme -respondió él
brutalmente una vez que la joven hubo salido-. -Digo
la verdad -repuso ella-. Está sufriendo por ti hace varias
semanas. Esta mañana se puso irritada Sólo
me he propuesto castigarla por su insolencia. La quiero
demasiado, Heathcliff, para dejarte que la -Y
yo la quiero lo suficientemente poco para no proponérmelo
-contestó él-, a no ser que lo hiciera para Lo
habitual sería pintarle en la cara todos los colores del
arco iris, ponerle negros cada dos días esos ojos -¡Pero
si son encantadores! -le interrumpió Catalina-. Son ojos de
paloma, ojos de ángel... -Es
la heredera de su hermano, ¿no? -preguntó él tras un
corto silencio. -Sentiría
que lo fuese --contestó Catalina-. ¡Quiera el cielo que
antes de que eso suceda, media docena de -No
serían menos tuyos si los tuviera yo -observó Heathcliff-.
Pero aunque Isabel sea boba, no creo que No
hablaron más de ello, y Catalina debió incluso olvidarlo.
Pero el otro debió recordar aquello varias Decidí
vigilarle. Yo me sentía más inclinada al amo que a
Catalina, ya que él era bueno y honrado. Es
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