![]() |
![]() |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
CAPÍTULO
XII Mientras
la señorita Isabel vagaba por el parque y por el jardín y
su hermano permanecía encerrado en la biblioteca,
probablemente aguardando que Catalina se arrepintiese y
pidiese perdón, ella continuaba obstinada
en prolongar su ayuno. Sin duda creía que Eduardo estaba
medio muerto de nostalgia y que sólo el
orgullo le impedía arrojarse a sus pies. Por mi parte, me
limitaba a cumplir con mis obligaciones, convencida
de que el único espíritu razonable que había entre los
muros de la «Granja» se albergaba en mi cuerpo.
No empleé, pues, palabras de compasión con la señora, ni
intenté consolar al señor que se sentía ansioso
de oír nombrar a su esposa, ya que no podía oír su voz.
Decidí dejar que se las compusieran como pudiesen,
y mi decisión dio resultado, como yo había creído desde
un principio. Transcurridos
tres días, la señora se asomó a la puerta de su habitación
y pidió que le renovase el agua, que
se le había terminado, y que le llevase un tazón de sopa
de leche, porque se sentía desfallecer. Supuse que esta
exclamación iba dirigida a los oídos de su esposo. Mas
como no creía en ella, me guardé bien de transmitirla,
y me limité a llevar a Catalina un té y una torta seca.
Comió y bebió ávidamente, y luego se recostó
sobre la almohada, apretó los puños y empezó a llorar. -Quisiera
morirme -decía-. No le importo nada a nadie. No debía
haber comido eso. -Y continuó-: No, no quiero
morir. Él no me quiere y me olvidaría. -¿Necesita
algo, señora? -pregunté, haciendo caso omiso de sus
exageraciones. -¿Qué
hace mi flemático marido? -respondió ella, apartándose
del rostro, que se le había demacrado mucho
en aquellos días, sus enmarañados cabellos-. ¿Se ha
muerto o está aletargado? -Ni
una cosa ni otra, señora. Está bien, aunque según parece,
algo ocupado, ya que se pasa el día entre sus
libros desde que no tiene otra compañía. Si
yo hubiera sabido el estado en que Catalina se encontraba
realmente, no le hubiese hablado en aquella forma,
pero creí que ella-fingía su estado anormal. -¡De
modo que entre sus libros --exclamó -mientras yo me hallo
al borde del sepulcro! Pero, ¡Dios mío!, ¿no
sabe lo enferma que estoy? -Y, mirándose a un espejo,
continuó-: ¿Es ésta Catalina Linton? Quizá él crea
que se trata de algún contratiempo sin importancia. Debes
decirle que es algo muy grave. Mira, Elena: si
no es tarde para todo, una vez que yo conozca cuáles son
sus sentimientos hacia mí, he de adoptar una de estas
dos soluciones: o dejarme morir, o procurar restablecerme y
marcharme. ¿No has mentido? ¿Es cierto que
se preocupa tan poco de mí? -El
señor no se figura que esté usted tan loca que vaya a
dejarse morir de inanición. -¿Crees
que no? ¡Persuádele, convéncele, de que estoy decidida a
hacerlo! -No
recuerda usted, señora, que hoy mismo ha tomado ya algún
alimento... -Me
mataría ahora mismo -respondió- si estuviese segura de que
con ello conseguiría matarlo a él también. Llevo
tres noches sin poder cerrar los párpados. ¡Cuánto he
padecido! Empiezo a imaginarme que tú tampoco
me quieres. ¡Y yo que me imaginaba que, aunque todos se
odiasen unos a otros, no podían dejar de
quererme a mí! Ahora, en poco tiempo, todos se han
convertido en enemigos míos. ¡Es terrible morir rodeada
de esos rostros impasibles! Isabel no se atreve a entrar en
mi habitación por miedo a contemplar el espectáculo
de Catalina muerta. ¡Ya me parece oír a Eduardo, de pie a
su lado, dando gracias a Dios porque la
paz se ha restablecido en su casa, y volviendo a sus
librotes! ¡Parece mentira que se ocupe de sus libros mientras
yo estoy aquí muriéndome! La
idea de que su marido permanecía filosóficamente
resignado, como yo le había dicho, le resultaba inaguantable.
A fuerza de dar vueltas a esta idea en su cerebro, se puso
frenética, y en su desvarío rasgó el almohadón
con los dientes. Luego se irguió toda encendida y me mandó
que abriese la ventana. Le opuse objeciones,
porque estábamos en pleno invierno y el viento nordeste
soplaba con fuerza. Pero la expresión de
su cara y sus bruscos cambios de tono me alarmaron mucho.
Recordé las indicaciones del doctor respecto
a que no debíamos contrariarla. El minuto antes estaba
furiosa, y, en cambio, ahora, sin darse cuenta
de que no le había hecho caso, se había apoyado sobre mi
brazo y se entretenía en sacar las plumas de
la almohada por los desgarrones que había hecho con los
dientes. Colocaba las plumas sobre la sábana y las
reunía con arreglo a sus diferentes clases. -Ésta
es de pavo -murmuraba para sí- y ésta de pato silvestre y
ésta de pichón. ¡Claro: cómo voy a morirme si
me ponen plumas de pichón en las almohadas! Pero cuando me
acueste, las tiraré. Ésta es de cerceta, y
ésta de avefría. La reconocería entre mil: este pájaro
solía revolotear sobre nuestras cabezas cuando íbamos
por en medio de los pantanos. Buscaba su nido porque las
nubes bajas le hacían presentir la lluvia. Esta
pluma ha sido cogida en los matorrales. En invierno
encontramos una vez su nido lleno de pequeños esqueletos.
Heathcliff había puesto junto a él una trampa y los pájaros
padres no se atrevieron a entrar. Desde
entonces le hice prometer que no volvería a matar ninguna
avefría, y me obedeció. ¡Hay más! ¿Habrá
disparado sobre mis avefrías, Elena? ¿No están sucias de
sangre algunas de estas plumas? Déjame -Vamos,
no se dedique a esa tarea pueril -le dije, mientras volvía
el almohadón del otro lado, ya que por encima
estaba lleno de agujeros-. Acuéstese y cierre los ojos. Está
usted delirando. ¡Qué torbellino ha armado
usted! Las plumas vuelan como copos de nieve. Comencé
a recogerlas. -Me
pareces una vieja, Elena -dijo ella, delirando-. Tienes el
cabello gris y estás encorvada. Esta cama es la
cueva encantada que hay al pie de la colina de Penninston y
tú andas cogiendo guijarros para arrojárselos a
los novillos. Me aseguras que son copos de nieve. Dentro de
cincuenta años serás así, aunque ahora no lo seas.
Te engañas, no estoy delirando. Si delirara, me hubiera
figurado que eras en efecto una bruja y hubiera
creído encontrarme realmente en la cueva de la colina de
Penninston. Percibo muy bien que ahora es
de noche y que en la mesa hay dos velas que hacen brillar
ese armario tan negro como el ébano. -¿Qué
armario negro? -pregunté-. ¿Está usted soñando? -El
armario está apoyado en la pared, como siempre -replicó-
¡Qué raro es! Distingo en él una cara. -En
este cuarto no ha habido un armario nunca -respondí. Y
levanté las cortinas del lecho para poder vigilarla mejor. -¿Pero
no ves aquella cara? -me dijo, señalando a la suya propia,
que se reflejaba en el espejo. En
vista de que no me era posible hacerle comprender que el
rostro que veía era el suyo, me levanté y tapé
el espejo con un chal. -La
cara sigue estando detrás -dijo, anhelante- y se ha movido.
¿Quién será? Temo que aparezca cuando te
vayas. ¡Elena: este cuarto está embrujado! Me asusta
quedarme sola. Le
así las manos y traté de calmarla. Se estremecía
convulsivamente y miraba hacia el espejo con fijeza. -No
hay nadie en el cuarto, señora -repetí-. Era su propio
rostro, como sabe usted muy bien. -¡Yo
misma! -exclamó suspirando-. Y el reloj da las doce... ¡Es
horrible! Y
se cubrió los ojos con las sábanas. Pretendí dirigirme a
la puerta para avisar a su marido, pero me detuvo
un penetrante grito de Catalina. El chal acababa de caer al
suelo. -¡Vamos!
-exclamé-. ¿Qué sucede? ¿Quién es el cobarde ahora? ¿No
ve usted, señora, que es su cara la que
se refleja en el espejo? Se
asió a mi, y unos momentos después su semblante se había
tranquilizado y a su lividez sucedía el rubor. -¡Oh,
querida! -dijo-. Pensaba estar en mi casa, en mi cuarto de
«Cumbres Borrascosas». Como estoy tan floja,
se me turbó el cerebro y he gritado sin darme cuenta. No lo
digas a nadie y siéntate a mi lado. Tengo miedo
de volver a sufrir estas horribles pesadillas. -Le convendría dormir, señora -le aconsejé-. Estos padecimientos le enseñaran a no probar otra vez a morirse de hambre. -¡Quién
estuviera en mi lecho, en mi vieja casa! -lamentó
amargamente, retorciéndose las manos-. ¡Oh, aquel
viento que sopla entre los abetos, bajo las ventanas! Abre
para que pueda aspirarlo: viene de los pantanos
directamente. Para
tranquilizarla, abrí la ventana por unos minutos y una
helada ráfaga de aire penetró en la habitación. Cerré
la ventana y me volví a mi lugar. La joven permanecía inmóvil,
con el rostro cubierto de lágrimas, con
el espíritu abatido por la debilidad que se apoderaba de su
cuerpo. Nuestra orgullosa Catalina estaba a la
altura de un niño miedoso. -¿Cuánto
tiempo hace que me encerré aquí? -me preguntó, de pronto. -Se
encerró el lunes por la tarde -respondí- y ahora estamos
en la noche del jueves, o más exactamente, en
la madrugada del viernes. -¿De
la misma semana? -comentó con extrañeza-. ¿Es posible que
sólo haya pasado tan poco tiempo? -Demasiado,
sin embargo, para alimentarse durante él sólo de agua y de
mal humor. -Han
sido horas interminables ella, dubitativa-. Debe de haber
transcurrido más tiempo. Recuerdo que después
de que ellos riñeron yo me fui al salón, que Eduardo
estuvo muy cruel y muy provocativo y que Tropecé
con la mesa, pasé la mano por la alfombra y entonces
recuperé la memoria. Y aquella angustia se anuló
ante un frenesí de mayor desesperación... No comprendo por
qué me sentía tan desdichada... Pero imagínate
que a los doce años de edad me hubieran sacado de «Cumbres
Borrascosas» y me hubieras traído a
la «Granja de los Tordos» para ser mujer de Eduardo Linton,
y tendrás una idea del hondo abismo en que me
sentí lanzada... Menea cuanto quieras la cabeza, que no por
ello dejarás de tener parte de culpa. Si hubieras
hablado a Eduardo como debías habrías conseguido que me
dejara tranquila. ¡Me estoy abrasando! Quisiera
estar al aire libre, ser una niña fuerte y salvaje, reírme
de las injurias en lugar de enloquecer cuando se
me dirigen. En cuanto digo unas cuantas palabras, me bulle
tumultuosamente toda la sangre. ¡Y yo volvería
a ser la de siempre si me hallase de nuevo entre los
matorrales y los pantanos! Abre otra vez la ventana
de par en par y déjala abierta. ¿Qué haces? ¿Por qué no
me atiendes? -Porque
no quiero matarla de frío -contesté. -Querrás
decir que porque no quieres darme una probabilidad de
revivir -respondió ella, con rencor-. Pero
aún no estoy impedida, yo misma la abriré. Saltó
del lecho y, antes de que yo pudiera oponerme, cruzó la
habitación y abrió la ventana, sin cuidarse del
aire glacial que soplaba alrededor de sus hombros y que
cortaba como un cuchillo. Le pedí que se retirara,
se negó y quise obligarla a la fuerza. Pero el delirio le
daba más fuerza que la que yo pudiera desarrollar.
No había luna y una oscura bruma lo invadía todo. No
brillaba una sola luz. En «Cumbres Borrascosas»
no se veía resplandor alguno, mas ella aseguraba que
distinguía las luces del edificio. -¡Mira!
-gritó-. Aquella luz es la de mi cuarto, y aquella otra la
del desván donde duerme José. Sin duda está
esperando que yo vuelva a casa para cerrar la verja. Aún
tendrá que esperar un buen rato. Es un mal camino,
muy desagradable de recorrer. Hay que pasar por la iglesia
de Gimmerton. Con frecuencia nos hemos
desafiado a permanecer entre las tumbas llamando a los
muertos. Heathcliff: si te desafío ahora, ¿te atreverás?
Podrán sepultarme, si quieren, a doce pies de profundidad y
hasta ponerme la iglesia encima, pero
yo no me quedaré allí hasta que tú no estés conmigo. Hizo
una pausa, y dijo luego, con una singular sonrisa: -Estás
pensando en que sería mejor que fuese yo a buscarte...
Bueno, pues encuéntrame un camino que no
pase por el cementerio. ¡Qué despacio vas! Cálmate: me
seguirás siempre. Pensando
que era inútil razonar con ella, ya que evidentemente tenía
la razón alterada, me ocupaba en buscar
algo con que cubrirla, cuando sentí rechinar el picaporte,
y entró el señor Linton, con gran consternación
por mi parte. Pasaba
por el corredor, y al oírnos hablar, la curiosidad o el
temor de que sucediera algo le impulsaron a penetrar
en la alcoba. -¡Oh,
señor! -exclamé, ahogando así la exclamación que le
asomaba a los labios ante el espectáculo que distinguía
en la habitación-. La señora está enferma y no puedo con
ella. Haga el favor de venir y -¿Está
enferma Catalina? -dijo él, corriendo hacia nosotras-.
Cierra la ventana, Elena. ¿Qué te sucede, Catalina? Se
detuvo. El aspecto de la señora le dejó horrorosamente
sorprendido, y volvió hacia mí sus ojos asombrados. -Lleva
consumiéndose aquí varios días -dije-, negándose a tomar
alimentos y sin quejarse de nada. Hasta hoy
no ha permitido pasar a nadie, y no hemos hablado a usted
del estado en que se encuentra, porque nosotros
mismos lo ignorábamos. No creo que sea nada de gravedad... Yo
misma comprendí que mi explicación era pobre. Mi amo
frunció las cejas. -¿Que
no es nada de gravedad, Elena Dean? Ya me explicarás mejor
tu silencio sobre esto -dijo con severidad. Tomó
en brazos a su mujer y la miró angustiado. Al principio
ella no daba señales de reconocerle. Pero el delirio
que la embargaba no era permanente todavía. Sus ojos, un
momento velados por la contemplación de
la oscuridad del exterior, acabaron reparando en el hombre
que la tenía entre sus brazos. -¿A
qué vienes, Eduardo Linton? -dijo con colérica vivacidad-.
Eres de esos que siempre llegan cuando no
hacen falta, y nunca cuando interesa que lleguen. Ya veo que
vas a empezar ahora con lamentaciones, pero
no por ello conseguirás que deje de irme a mi morada
definitiva antes de que concluya la primavera. Y no
reposaré en el panteón de los Linton, sino en una fosa al
aire libre, con una simple losa encima. Tú, por tu
parte, haz lo que quieras: vete con los Linton o ven
conmigo. -¿Qué
estás diciendo, Catalina? -comenzó el amo-. ¿Es que ya no
soy nada para ti? ¿Acaso estás enamorada de
ese miserable Heath ... ? -¡Silencio!
-gritó la señora-. ¡Cállate, o me arrojo ahora mismo por
la ventana! Y tú podrás entonces tener mi
cuerpo, pero mi alma estará allí, en las «Cumbres»,
antes de que puedas volver a tocarme. No te necesito,
Eduardo. Vuelve a ocuparte de tus libros. Te vendría bien
para consolarte, porque yo no he de volver
a servirte de consuelo. -Señor
-interrumpí-: la señora está delirando. Ha estado
desvariando toda la tarde. Cuidémosla bien, procuremos que
esté tranquila, y pronto se restablecerá. En lo sucesivo
debemos tener cuidado de no disgustarla. -No
sigas dándome consejos -interrumpió el señor-. Conocías
el modo de ser de la señora, y sin embargo me
has incitado a contrariarla. ¡Parece mentira que no me
hayas dicho nada de su estado durante estos tres días!
¡Qué crueldad! ¡Oh, Catalina está desfigurada como si
hubiese padecido una enfermedad de muchos meses! Me
defendí de aquellas acusaciones. ¿Qué culpa tenía yo de
la aviesa inclinación de Catalina? -Sabía
-dije- que la señora era terca y dominante, pero ignoraba
que usted desease fomentar su mal carácter. No
sabía que debiese tolerar los abusos del señor Heathcliff
por no contrariar a la señora. ¡Así me paga usted
el haber cumplido mis deberes de sirvienta leal! Aprenderé
mejor para otra vez. En lo sucesivo, se informará
de las cosas por sus propios ojos. -Si
vuelves a venirme con chismes, prescindiré de tus servicios
-repuso él. -Ya
entiendo -repuse-. Por lo visto el señor Heathcliff está
autorizado para hacer el amor a la señorita y para
predisponer a la señora contra el señor cuando usted está
ausente. Catalina,
no por tener la mente algo perturbada, dejaba de prestar oído
atento a nuestra conversación. -¡Oh,
traidora Elena! -exclamó-. Ella es mi solapada enemiga. ¡Bruja!
¡Déjame, Eduardo, y verás como la
hago arrepentirse! Bajo
sus párpados fulguró un relámpago de demencia y trató de
soltarse de los brazos de Linton. Yo resolví
ir a buscar al médico por propia iniciativa, y salí de la
estancia. Al atravesar por el jardín, distinguí, colgado
de un garfio de la pared, un objeto blanco que se movía
extrañamente. No quise que me quedase en la
mente la duda de que pudiese ser un alma del otro mundo, y,
a pesar de mi prisa, me paré a averiguar de qué
se trataba. Quedé estupefacta al reconocer al galguito de
la señorita Isabel, colgado con un pañuelo al cuello
y medio ahogado. Solté al animal y lo liberté. Cuando
Isabel se había ido a acostar, yo vi subir al galgo
detrás de ella, y no me podía explicar quién fuera el
malvado que le había hecho objeto de tal barbarie.
Mientras lo desataba, creí sentir el lejano galope de un
caballo, ruido asaz inusitado para ser oído a
las dos de la madrugada, pero yo tenía tanta prisa que casi
no lo advertí. Encontré
al señor Kermeth saliendo de su casa para visitar a un
enfermo, y lo que relaté de la dolencia de Catalina
le indujo a acompañarme inmediatamente. Como Kenneth es un
hombre sencillo y franco, me confesó
que dudaba mucho de que Catalina sobreviviera a aquel
segundo ataque. -Esto
debe tener alguna causa especial, Elena -me dijo-. ¿Qué ha
pasado? Una mujer tan fuerte como Catalina no
enferma por pequeñeces. Personas como ella enferman rara
vez, pero cuando ello sucede es ardua empresa
librarles de sus males. ¿Cómo comenzó esto? -El
amo le informará --contesté-. Usted conoce el violento carácter
de los Earnshaw, y no ignora que la señorita
Catalina les deja a todos en mantillas. Lo único que puedo
decirle es que todo comenzó por una disputa,
y que, después de una explosión de furor, sufrió un
ataque. Ella lo ha explicado así; nosotros no lo vimos,
porque se encerró en su alcoba. Luego se negó a tomar
alimento y ahora delira unas veces y otras se entrega
a sueños fantásticos. Aún nos reconoce, pero su cabeza
está llena de ideas muy raras. -¿El
señor Linton estará muy, disgustado? -¡Tanto,
que se rompería la cabeza si pasase algo! Procure no
alarmarle en exceso. -Ya
advertí que se anduviera con cuidado, y ahora hay que
atenerse a las consecuencias de no haberme atendido
-repuso el médico-. ¿Ha intimado el señor Linton con
Heathcliff últimamente? -Heathcliff
iba a la «Granja» -reconocí-, pero no porque ello le
agradara al amo, sino aprovechando su amistad
de la infancia con la señora. Ahora se le ha invitado a no
molestar con visitas, como consecuencia de
ciertas intolerables aspiraciones que manifestó respecto a
la señorita Isabel. No creo que vuelva otra vez por
casa. -¿Le
ha rechazado la señorita Linton? -preguntó el médico. -Ella
no me hace confidencias -respondí. -Sí,
Isabel hace lo que se le antoja -dijo él-, pero obra como
una locuela. Me consta que anoche -¡qué hermosa
noche hacía, por cierto!- estuvo paseando con Heathcliff
por el jardín, y que él la quiso convencer de
que huyeran juntos. Ella se negó, pero accedió a hacerlo
el próximo día que se vieran. Lo sé de buena tinta.
Lo que no sé es a qué día se referían. Asaltada
por nuevos temores al saber aquella noticia, me adelanté a
Kenneth y eché a correr. En el jardín encontré
al perrito ladrando. Cuando abrí la verja, empezó a correr
de un lado a otro, olfateando la hierba, y hasta
se hubiera marchado al camino de no impedírselo yo. Subí
al cuarto de Isabel: estaba vacío. Acaso de haber
sabido a tiempo la enfermedad de la señora, ello hubiera
evitado que realizara su loca determinación. Pero
ya no había nada que hacer. No era posible alcanzar a los
fugitivos. Yo no proponía perseguirles, ni era
cosa de aumentar con una angustia más la zozobra que ya
padecía mi amo. No me quedaba más remedio que
callar y dejar correr las cosas. Me apresuré a anunciar al
señor la llegada del médico. Catalina se había
dormido con un sueño agitado. Su marido había logrado
tranquilizarla un poco y permanecía inclinado
sobre ella examinando las más leves contracciones de su
rostro. El
médico, después de reconocer a la enferma, nos dio
esperanzas sobre su estado, siempre que le procuráramos
una tranquilidad absoluta. Yo creí entender que, más que
un peligro mortal, temía la locura incurable. Ni
el señor Linton ni yo pudimos dormir en toda la noche. No
nos acostamos. Los criados se levantaron más
pronto que de costumbre y se les veía entregados a
comentarios en voz baja. Al notar que la señorita Isabel
no estaba levantada aún, comentaron también el caso. Su
hermano, a su vez, pareció ofenderse del poco
interés que Isabel demostraba a su cuñada. Yo quería no
ser la primera en avisar la fuga. Ello corrió a cargo
de una doncella que había ido a Gimmerton a hacer un
recado, y que al regresar se precipitó hacia nosotros
llena de excitación y diciendo a gritos: -¡Ay,
señor! ¡Amo, la señorita ... ! -¡No
alborotes tanto! -exclamé. -Habla
bajo, María -dijo el señor-. ¿Qué pasa? -¡La
señorita ha huido con Heathcliff! -exclamó la muchacha. -No
es verdad -profirió Linton, agitadísimo-. ¡No puede ser
verdad! ¿Cómo se te ha ocurrido tal cosa? ¡Vete
a buscarla, Elena! ¡Es increible! Mientras
hablaba, se llevó a la criada hasta la puerta y allí le
preguntó que qué motivos tenía para hacer aquella
afirmación. -Vi
en el camino a un mozo que trae leche a la granja, y me
preguntó si estábamos disgustados. Creyendo que
se refería a la enfermedad de la señora, le dije que sí.
Entonces me contestó: «¿Habrán enviado a alguien
en su persecución?» Me quedé asombrada. Él, notando que
yo no sabía nada, me dijo que una señora
y un caballero se habían detenido a la puerta de un herrero
para clavar la herradura de un caballo, cerca
de Gimmerton. La hija del herrero se asomó a la puerta y
vio que el hombre era Heathcliff. Este entregó
una moneda de oro para pagar. La señora tenía el rostro
cubierto con un manto, pero, al ir a beber un
vaso de agua que había pedido, se descubrió, y entonces
pudieron verla. Luego Heathcliff y la señorita huyeron.
La moza lo había contado ya a todo el pueblo. Yo,
por cubrir el expediente, me asomé al cuarto de Isabel, y
al volver confirmé el relato de la sirvienta. El
señor se hallaba otra vez a la cabecera de la cama, y
cuando me vio entrar comprendió por mi aspecto lo sucedido. -¿Qué
hacemos? -pregunté. -Isabel
se ha ido voluntariamente -me respondió el señor-. Era
libre de hacerlo. No me menciones más su nombre.
Ha renegado de mí. No
habló más sobre el asunto. No realizó busca alguna, limitándose
a ordenarme que, cuando se supiese su
nueva morada, mandase a Isabel cuanto le pertenecía.
|
|
|
|||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
|
|
| Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato. | ||
| Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (c) 1996 - 2006 | ||