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CAPÍTULO
XVII El
día del sepelio fue el único bueno que hubo en aquel mes.
Al anochecer comenzó el mal tiempo. El viento
cambió de dirección y empezó a llover y luego a nevar. Al
otro día resultaba increíble que hubiéramos
disfrutado ya tres semanas de buena temperatura. Las flores
quedaron ocultas bajo la nieve, las alondras
enmudecieron, y las hojas tempranas de los árboles se
ennegrecieron, como si hubieran sido heridas
de muerte. ¡Aquella mañana pasó muy triste y muy lúgubre!
El señor no salió de su habitación. Yo me
instalé en la solitaria sala, con la niña en brazos, y
mientras la mecía miraba caer la nieve a través de la ventana.
De pronto, la puerta se abrió y entró una mujer jadeando y
riéndose. Me enfurecí y me asombré. Pensando
al principio que era una de las criadas, grité: -¡Silencio!
¿Qué diría el señor Linton si te oyese reír? -Perdona
-contestó una voz que me era conocida-, pero sé que
Eduardo está acostado y no he podido contenerme. Mientras
hablaba, se acercó a calentarse junto a la lumbre, oprimiéndose
los costados con las manos. -He
volado más que corrido desde las «Cumbres» aquí -continuó-
y me he caído no sé cuántas veces. Ya te
lo explicaré todo. únicamente quiero que ordenes que
enganchen el coche para irme a Gimmerton y qué me
busquen algunos vestidos en el armario. La
recién llegada era la esposa de Heathcliff. El cabello le
caía sobre los hombros y estaba empapada en agua
y en nieve. Llevaba el vestido que solía usar de soltera:
un vestido descotado, de manga corta, y no tenía
cubierta la cabeza ni llevaba nada al cuello. En los pies
calzaba unas leves chinelas. Para colmo, tenía una
herida junto a una oreja, aunque no sangraba porque el frío
congelaba la sangre, y su rostro estaba blanco
como el papel, y lleno de arañazos y magulladuras. -¡Oh,
señorita! -exclamé-. No ordenaré nada ni la escucharé
hasta que no se haya cambiado esa ropa mojada.
Además, esta noche no irá usted a Gimmerton. De modo que
no hace falta enganchar el coche. -Me
iré aunque sea a pie -repuso-. Respecto a mudarme, está
bien. Mira como sangro ahora por el cuello. Hasta
que no mandé disponer el carruaje y encargué a una criada
que preparase ropas, se negó a que la atendiese
y le curase la herida. Cuando todo estuvo hecho, se sentó
al fuego ante una taza de té, y dijo: -Siéntate,
Elena. Quítame de delante a la niña de Catalina. No quiero
verla. No creas que no me ha afectado
la muerte de mi cuñada. He llorado por ella como el que más.
Nos separamos enfadadas, y no me lo
perdono. Esto bastaría para que no pudiese querer a ese ser
odioso. Mira lo que hago con lo único que llevo
de él. Se
quitó de los dedos un anillo de oro y lo tiró. -Quiero
pisotearla y quemarla luego -dijo con rabia pueril. Y
arrojó la sortija a la lumbre. -¡Así!
Ya me comprará otro si logra encontrarme. Es capaz de venir
con tal de perturbar a Eduardo. No me
atrevo a quedarme por temor a que acuda esa idea a su
malvada cabeza. Además, Eduardo no se ha portado
bien, ¿no es cierto? Sólo por absoluta necesidad me he
refugiado aquí. Si me hubieran dicho que estaba
levantado, me habría quedado en la cocina, para calentarme
y pedirte que me llevases lo más necesario
a fin de huir de mi... ¡de ese maldito demonio hecho
hombre! ¡Estaba, furioso! ¡Si llega a cogerme!
Siento que Earnshaw no sea más fuerte que él, porque, en
ese caso, no me hubiera marchado hasta ver
cómo le aniquilaba. -Hable
más despacio, señorita -interrumpí-. De lo contrario, se
le va a caer el pañuelo que le he puesto y va
a volver a sangrarle ese corte. Beba el te, respire y no se
ría tanto. No va bien, ni con su estado ni con lo ocurrido
en esta casa. -Tienes
razón -repuso-. Pero oye cómo llora esa niña. Haz que se
la lleven siquiera por una hora. No estaré aquí
mucho más tiempo. Llamé
a una criada, le entregué a la niña y pregunté a Isabel
qué era lo que la había decidido a abandonar «Cumbres
Borrascosas» en una noche como aquélla, y por qué no quería
quedarse. -Debiera
y quisiera hacerlo para atender y consolar a Eduardo y
cuidar de la niña, ya que ésta es mi verdadera
casa. Pero Heathcliff no me dejaría. ¿Crees que soportaría
el saber que yo estaba tranquila, y que aquí
reinaba la paz? ¡Se apresuraría a venir a perturbarnos!
Estoy segura de que me odia tanto que no puede soportar
mi presencia. Cada vez que me ve, los músculos de su cara
se contraen en una expresión de odio. Ahora
bien: como no puede soportarme, estoy segura de que no va a
perseguirme a través de toda Inglaterra.
Así pues, debo irme muy lejos. Ya no deseo que me mate:
prefiero que se mate él. Ha conseguido
extinguir mi amor. Ahora me siento libre. Sólo puedo
recordar cómo le amaba, pero de un modo
vago, y aun imaginar como le amaría si... Pero no: aunque
me hubiese adorado, no habría dejado de mostrar
su infernal carácter. Sólo un gusto tan pervertido como el
de Catalina podía llegar a tener afecto hacia
este hombre. ¡Qué monstruo! Quisiera verle, completamente
borrado del mundo y de mi memoria. -Vamos,
calle -le dije-. Sea más compasiva. Es un ser humano, al
fin. Hay otros peores que él. -No
es un ser humano -repuso- y no tiene derecho a mi piedad. Le
entregué mi corazón y después de desgarrármelo
me lo ha tirado a la cara. Los humanos sentimos con el corazón,
Elena, y desde que desgarró el
mío, no me es posible sentir nada hacia él, ni sentiría
nada, mientras él no muera, aunque llorase lágrimas de
sangre. ¡No, no soy capaz de sentir nada! Isabel
rompió a llorar. Pero se secó las lágrimas
inmediatamente, y continuó: -Te
diré por qué tuve que huir. Llegué a excitar su ira hasta
un extremo que sobrepasó Su infernal prudencia
y se entregó a violencias contra mí. Al ver que había
logrado exasperarle, sentí cierta satisfacción,
luego despertó en mí el instinto de conservación, y huí.
¡Ojalá no vuelva a caer en sus manos de
nuevo! »Como
supondrás -prosiguió-, Earnshaw se proponía ir al
entierro. No bebió -quiero decir que sólo se emborrachó
a medias- y así estuvo hasta las seis, en que se acostó. A
las doce se levantó con lo que se llama
la resaca de la embriaguez: de un humor de perros, por
tanto, y con tantas ganas de ir a la iglesia como
al baile. De modo que se sentó al fuego y empezó a beber.
Heathcliff -¡me escalofría pronunciar su nombre!-
casi no apareció por casa desde el domingo. No sé si le
daban de comer los duendes o quién. Pero con
nosotros no come hace una semana. Al apuntar el alba se
encerraba en su habitación -¡como si temiese que
alguien buscara su agradable compañía!- y allí se
entregaba a fervientes plegarias. Pero te advierto que el
dios que invocaba es sólo polvo y ceniza, y al invocarle lo
confundía de extraña manera con el propio demonio
que le engendró a él. Terminadas estas magníficas
oraciones -que duraban hasta enronquecer y ahogársele
la voz en la garganta- se iba inmediatamente camino de la «Granja».
¡Cómo que me extraña que Eduardo
no le haya hecho vigilar por un condestable! Por mi parte,
aunque lo de Catalina me entristecía mucho,
me sentía como si tuviese una fiesta al disfrutar de tal
libertad. Así que recuperé mis energías hasta el
punto de poder escuchar los sermones de José sin echarme a
llorar y de poder andar por la casa con más seguridad
de la acostumbrada. José y Hareton son detestables hasta el
punto de que la horrible charla de Hindley
me resultaba mejor que estar con ellos. »Cuando
Heathcliff está en casa -continuó diciendo Isabel- muchas
veces tengo que reunirme con los dos en
la cocina, para no morirme de hambre y para no tener que
vagar a solas por las lóbregas y solitarias habitaciones.
En cambio, ahora que no estaba, pude permanecer
tranquilamente sentada ante una mesa al lado
del hogar, sin ocuparme del señor Earnshaw, que a su vez no
se preocupa de mí. Ahora está más tranquilo
que antes, aunque más huraño aun, y no se enfurece si no
se le provoca. José asegura que Dios le ha
tocado en el corazón y que se ha salvado como por la prueba
del fuego. Pero, en fin, eso no me importa. Anoche
estuve en mi rincón leyendo hasta cerca de las doce. Me
asustaba subir, y fuera se sentía caer la nieve
a torbellinos. Yo pensaba en el cementerio y en la fosa recién
abierta. Tan pronto como separaba los ojos
del libro, la escena acudía a mi imaginación. En cuanto a
Hindley, estaba sentado delante de mi, y acaso
pensara en lo mismo. Cuando estuvo suficientemente
embriagado, dejó de beber, y permaneció dos o tres
horas sin despegar los labios. En la casa no se oía otro
rumor que el del viento batiendo en las ventanas, el
chirrido de la lumbre y el chasquido que yo hacía a veces
al despabilar la vela. Hareton y José debían estar
durmiendo. Yo me sentía muy triste, y de cuando en cuando
suspiraba profundamente. De pronto, en medio
del silencio, se sintió el ruido del picaporte de la
cocina. Sin duda la tempestad había hecho regresar a
Heathcliff más pronto de lo habitual. Pero como aquella
puerta estaba cerrada con llave, hubo de desistir, y
le oímos dar la vuelta para entrar por la otra. Me levanté,
casi sin poder sofocar la exclamación que acudía
a mis labios, lo que hizo que, mi compañero se volviera y
me mirara. »-Si
no tiene usted nada que objetar -me dijo- haré esperar a
Heathcliff cinco minutos. -Por
mí puede usted hacerle esperar toda la noche repuse-. ¡Ea,
eche la llave y corra el cerrojo! »Earnshaw
lo hizo así antes de que el otro llegase a la puerta
principal. Luego acercó su silla a la mesa, y me
miró como si quisiera hallar en mis ojos un reflejo del
ardiente odio que llameaba en los suyos. Claro está
que como él en aquel momento tenía la expresión y los
sentimientos de un asesino, no pudo hallar completa
correspondencia en mi mirada, pero aun así encontró en
ella lo suficiente para animarle. »-Usted
y yo -expuso- tenemos cuentas que arreglar con el hombre que
está ahí fuera. Si no fuésemos cobardes, podríamos
ponernos de acuerdo para la venganza. ¿Es usted tan mansa
como su hermano y está dispuesta
a sufrir eternamente sin intentar desquitarse? »-Estoy
harta de soportarle -repliqué-, pero emplear la traición y
la violencia es exponerse a emplear un arma
de dos filos con la que puede herirse el mismo que las
maneja. »-¡La
traición y la violencia son los medios que ha de utilizarse
con quien emplea violencia y traición! -gritó
Hindley-. Señora Heathcliff: no necesito de usted sino de
que no intervenga ni grite. ¿Se siente capaz de
hacerlo? Creo que debiera usted experimentar tanto placer
como yo en asistir a la muerte de ese demonio.
Él acarreará, de lo contrario, la muerte de usted y la
ruina mía. ¡Maldito sea! ¡Está llamando a la puerta
como si fuera el amo! Prométame estar callada, y antes de
que dé la una aquel reloj -y sólo faltan tres
minutos- habrá quedado usted libre de ese hombre. »Hablando
de este modo, sacó el instrumento que te he descrito otra
vez, Elena, y se dispuso a apagar la vela,
pero yo se lo impedí. »-No
callaré -le dije-. No le toque. ¡Deje la puerta cerrada,
pero no le haga nada! »-¡Estoy
resuelto y cumpliré lo que me propongo!-exclamó Hindley-.
Haré justicia a Hareton y un favor a
usted misma, aunque no quiera. Y ni siquiera tiene usted que
preocuparse de salvarme. Catalina ya no vive,
y nadie tiene por qué avergonzarse de mí. Ha llegado el
momento de acabar. »Tan
fácil como con él me hubiera sido luchar con un oso o
razonar con un perturbado. Sólo me quedaba una
solución. Correr a la ventana y avisar a la presunta víctima. »-Mejor
será que no insistas en entrar -le avisé desde la
ventana-. Si lo haces, el señor Earnshaw está dispuesto a
dispararte un tiro. »-Más
te valdría abrirme la puerta -replicó Heathcliff, añadiendo
algunas “galantes” expresiones que más vale
no repetir. »-Bien:
pues allá tú -repliqué-. Yo he hecho lo que debía.
Ahora, entra y que te mate si quiere. »Cerré
la ventana y me volví junto a la lumbre sin afectar por su
suerte una hipócrita ansiedad que estaba muy
lejos de sentir. Earnshaw, furioso, me increpó con
violencia, acusándome de cobarde y diciéndome que
aún amaba al villano. Pero en lo que yo pensaba en el
fondo, sin sentir remordimiento alguno de conciencia,
era en lo muy conveniente que sería para Earnshaw que
Heathcliff le librara del peso de la vida y
en lo muy conveniente que sería para mí que Hindley me
librase de Heathcliff. Mientras yo reflexionaba sobre
estos temas, el cristal de la ventana saltó en pedazos, y a
través del agujero apareció el negro rostro de
aquel hombre. Pero como el batiente era demasiado estrecho
para que pasase, sonreí, pensando que me hallaba
a salvo de él. Heathcliff tenía el cabello, y la ropa
cubiertos de nieve, y sus dientes agudos como los de
un antropófago brillaban en la oscuridad. »-Ábreme,
Isabel, o te arrepentirás -rugió. »-No
quiero cometer un crimen -repuse-. El señor Hindley te
espera con un cuchillo y una pistola. »
-Ábreme la puerta de la cocina -respondió. »-Hindley
llegará antes que yo -alegué-. ¡Poco vale ese cariño que
tienes hacia Catalina, cuando no arrostras
por él un poco de nieve! En tu lugar, Heathcliff, yo iría
a tenderme sobre su tumba como un perro »-¡Ah!
-exclamó Hindley dirigiéndose hacia mi-. ¿Está ahí
Heathcliff? Si logro sacar el brazo podré... »Temo
que me consideres como una malvada, Elena. El caso es que yo
no hubiera contribuido a que atentaran
contra la vida de aquel hombre por nada del mundo. Pero
confieso que experimenté una desilusión
cuando alargó el brazo hacia Earnshaw a través de la
ventana y le arrancó el arma. »Al
hacerlo, la pistola se disparó y el cuchillo fue a cerrarse
clavándose en la mano de su propio dueño. Heathcliff
se lo quitó a viva fuerza, sin cuidarse de que, al hacerlo,
el filo desgarraba la carne de Hindley. Después,
con una piedra rompió las maderas de la ventana y pudo
pasar. Su adversario, agotado por el dolor
y por la pérdida de sangre, había caído desvanecido. El
miserable le pateó y pisoteó y le golpeó fuertemente
la cabeza contra el suelo, mientras me sujetaba con la otra
mano para impedirme que llamara a José.
Le costó un verdadero esfuerzo no rematar a su enemigo. Al
fin, ya sin aliento, lo arrastró y comenzó a
vendarle la herida con brutales movimientos, maldiciéndole
y escupiéndole a la vez con tanta violencia como
antes le había pateado. Entonces, al soltarme, corrí a
buscar al viejo, quien me comprendió enseguida y
bajó las escaleras a saltos. »-¿Qué
pasa? -preguntó. »-Pasa
que tu amo está loco -respondió Heathcliff-, y que como
siga así le haré encerrar en un manicomio. Y
tú, perro, ¿cómo es que me has cerrado la puerta? ¿Qué
rezongas ahí? Ea, no voy a ser yo quien le cure.
Lávale eso, y ten cuidado con las chispas de la bujía. Ten
en cuenta que la mitad de la sangre de este hombre
está convertida en aguardiente. »-¿Con
qué le ha asesinado usted? --exclamó José-. ¡Y que yo
tenga que asistir a semejante cosal ¡Dios quiera
que ... ! »Heathcliff
le dio un empellón hacia el herido, y le arrojó una
toalla, pero José, en vez de ocuparse de la cura,
comenzó a recitar una oración tan extravagante, que no
pude contener la risa. Yo me encontraba en tal estado
de insensibilidad, que nada me conmovía. Me pasaba lo que a
algunos condenados al pie del patíbulo. ,¡Me
había olvidado de ti! -dijo el tirano-. Vaya, encárgate de
eso. ¡Al suelo! ¿Con qué también tú conspiras
con él contra mí, víbora? ¡Cúrale! »Me
zarandeó hasta hacerme rechinar los dientes y me arrojó
junto a José. Éste, sin perder la serenidad, terminó
de rezar y después se levantó anunciando su decisión de
dirigirse a la «Granja». Decía que el señor Linton,
como magistrado que era, no dejaría de intervenir en el
asunto aunque se le hubiesen muerto cincuenta
mujeres. Tan empeñado se manifestó en su resolución, que
a Heathcliff le pareció que era oportuno
que yo relatase lo sucedido, y a fuerza de insidiosas
preguntas me hizo explicar cómo se habían desarrollado
las cosas. Sin embargo, costó mucho convencer al viejo de
que el agresor no había sido »Cuando
bajé por la mañana, a eso de las once, el señor Earnshaw
estaba sentado junto al fuego, muy Comí
con apetito a pesar de todo, y no dejaba de experimentar
cierta sensación de superioridad, que me daba
al sentir la conciencia tranquila, cada vez que miraba a uno
de los dos. Al acabar, me aproximé al fuego
-libertad inusitada en mí- dando la vuelta por detrás del
señor Earnshaw, y me agazapé en un rincón detrás
de su silla. »Heathcliff
no me miraba, y yo pude entonces examinarle a mi gusto. Tenía
contraída la frente, esa frente que
antes me pareciera tan varonil y ahora me parece tan diabólica.
Sus ojos habían perdido su brillo como consecuencia
del insomnio y acaso del llanto. Sus labios cerrados,
carentes de su habitual expresión sarcástica,
delataban una profunda tristeza. Aquel dolor, en otro, me
hubiera impresionado. Pero se trataba de
él, y no pude resistir el deseo de arrojar una saeta al
enemigo caído. Sólo en aquel momento de debilidad podía
permitirme la satisfacción de devolverle parte del mal que
me había hecho. -¡Oh,
qué vergüenza, señorita! -interrumpí-. Cualquiera pensaría
que no ha abierto usted una Biblia en su vida.
Le debía bastar con ver cómo Dios humilla a sus enemigos.
No está bien añadir el castigo propio al enviado
por Dios. -En
principio estoy de acuerdo, Elena -me contestó-, pero en
aquel caso, el mal de Heathcliff no me satisfacía si
yo no me mezclaba en él. Hubiera preferido que sufriera
menos, pero que sus sufrimientos se debieran
a mí. Sólo llegaría a perdonarle si lograra devolverle
todos los sufrimientos que me ha producido, uno
a uno. Ya que fue él el primero en afrentarme, que fuera él
el primero en pedirme perdón. Y entonces puede
que me fuera agradable mostrarme generosa. Pero como no me
puedo vengar por mí misma, tampoco
me será posible concederle el perdón. »Hindley
pidió agua, y al dársela le pregunté cómo se encontraba. »-No
tan mal como yo quisiera -repuso-. Pero, aparte del brazo,
me duele todo el cuerpo como si hubiese luchado
con una hueste de diablos. »-No
me asombra -contesté-. Catalina solía decir que ella
mediaba entre usted y Heathcliff para impedir cualquier
daño físico. Afortunadamente, los muertos no se levantan
de sus tumbas, pues, si no, ella hubiese asistido
ayer a una escena que la hubiese repugnado bastante. ¿No se
siente usted molido como si le hubieran
magullado las carnes? »-¿Qué
quiere usted decir? -intervino Hindley-. ¿Es posible que
ese hombre me golpeara cuando yo yacía sin
sentido? »-Le
pateó, le pisoteó y le golpeó contra el suelo -respondí-.
Por su gusto le hubiera desgarrado con sus propios
dientes. Sólo es hombre en apariencia. En los demás, es un
demonio. »Los
dos miramos el rostro de nuestro enemigo. Pero él, absorto
en su dolor, no reparaba en nada. En su cara
se pintaba el siniestro sesgo de sus pensamientos. »-¡Iría
con gusto al infierno con tal de que Dios me diese fuerzas
para estrangularle antes de morir! -gimió
Earnshaw, intentando levantarse y volviendo a desplomarse
enseguida, desesperado al comprender su
impotencia para atacarle. »-Basta
con que haya matado a uno de ustedes -comenté yo en voz
alta-. Todos en la «Granja» saben que su
hermana viviría aún a no ser por Heathcliff. En fin de
cuentas, su odio vale más que su amor. Cuando me
acuerdo de lo felices que éramos Catalina y todos antes de
que él apareciera, siento deseos de maldecir aquel
día. »Probablemente
Heathcliff reconoció cuán verdadero era lo que yo decía,
sin reparar en el hecho de que fuera
yo quien lo aseverara. Un raudal de lágrimas cayó de sus
ojos, y después suspiró ruidosamente. Yo le miré
y me eché a reír desdeñosamente. Sus ojos, esos ojos que
parecen ventanas del infierno, se dirigieron un
momento hacia mí, pero estaba tan decaído que temí volver
a reírme. »-Quítate
de delante -me dijo, o más bien creí entenderle, puesto
que sólo hablaba de modo inarticulado. »-Perdona
-repliqué-, pero yo quería a Catalina, y ahora que ya no
vive, debo ocuparme de su hermano... Hindley
tiene sus mismos ojos, que tú has amoratado a golpes, y... »-¡Levántate,
imbécil, si no quieres que te mate de un puntapié! -gritó
él, iniciando un movimiento. »Yo
esbocé otro movimiento, preparándome a retirarme. »-Si
la pobre Catalina -seguí diciendo, sin dejar de mantenerme
alerta- se hubiera casado contigo y adoptado el
grotesco y degradante nombre de señora de Heathcliff,
pronto la hubieras puesto como a su hermano. Sólo
que ella no lo hubiera soportado, y te habría dado de ello
pruebas palpables... »Como
Earnshaw estaba entre él y yo, no pretendió cogerme. Pero
empuñó un cuchillo que había en la mesa
y me lo tiró a la cara. Me dio junto a la oreja. Le contesté
con una injuria que debió llegarle más Isabel,
en silencio, tomó el té, se levantó, se puso un chal y un
sombrero que le trajimos, se subió a una silla,
besó los retratos de Catalina y de Eduardo, y sin atender
mis súplicas de que se quedase siquiera una hora
más, se fue en el coche, acompañada de Fanny, gozosa de
haberse vuelto a reunir con su dueña. No volvió
más, pero desde entonces se escribió periódicamente con
el señor. Creo que se instaló en el Sur, cerca
de Londres. A los pocos meses dio a luz un niño, al que
puso el nombre de Linton y que, según nos comunicó,
era una criatura caprichosa y enfermiza. Heathcliff
me encontró un día en el pueblo, y quiso saber dónde vivía
Isabel. Yo me negué a decírselo y él
no se preocupó mucho de insistir, aunque me advirtió que
se guardase bien de volver con su hermano, porque
no la dejaría vivir con él. No obstante, probablemente por
algún otro criado, logró descubrir el domicilio
de su esposa, si bien no la molestó, lo que ella achacaría
probablemente al odio que le inspiraba. Solía
preguntarme por el niño cuando me veía y al saber el
nombre que le habían dado, exclamó: -Por
lo visto se proponen que yo odie al chico también... -Creo
que lo único que desean es que usted no se ocupe de él
para nada -respondí. -Pues
que no se olviden de que, cuando yo quiera, le traeré
conmigo. Por
suerte, Isabel murió cuando el muchacho contaba unos doce años
de edad. El
día que siguió a la inesperada visita de Isabel, no tuve
ocasión de hablar con el amo. Él eludía toda conversación
y yo no me sentía con humor de hablar. Cuando al fin le
conté la fuga de su hermana, Conservaba
celosamente el recuerdo de Catalina y esperaba reunirse con
ella en el mundo mejor al que no dudaba
de que había ido. Pudo
encontrar consuelo en su hija. Aunque los primeros días
pareció indiferente a ella, esa frialdad acabó
fundiéndose como la nieve en abril, y aun antes de que la
niña supiese andar ni hablar, reinaba en su corazón
despóticamente. Se la bautizó con el nombre de Catalina,
pero él nunca la llamó así, sino Cati. En cambio,
a su esposa nunca le había dado tal nombre, tal vez porque
Heathcliff lo hacía. Creo que quería más
a su hija porque le recordaba a su esposa, que por el hecho
de ser hija suya. Al
comparar su caso con el de Hindley, yo no lograba comprender
bien cómo ambos en un mismo caso habían
seguido tan opuestos caminos. Hindley,
que parecía más fuerte, había manifestado ser más débil.
Al hundirse el barco que capitaneaba, abandonó
su puesto, dejándolo entregado a la confusión, mientras
Linton, al contrario, había confiado en Dios
y demostrado el valor de un corazón leal y fiel. Éste
esperó, y el otro había desesperado. Cada cual Eligió su
propia suerte y recibió la justa recompensa de sus
respectivas actitudes. En fin, señor Lockwood: no
creo que usted necesite para nada mis deducciones morales,
que usted sabrá sacar por cuenta propia. Earnshaw
concluyó como era de suponer. A los seis meses de morir su
hermana, falleció él. En la «Granja»
supimos muy poco de su estado. Fue el señor Kenneth quien
nos lo advirtió. -Elena
-dijo una mañana temprano, entrando en el patio a caballo-:
¿quién crees que ha muerto? -¿Quién?
-exclamé, temblando. -Adivina
-contestó-, y coge la punta de tu delantal: te va a ser
necesario. -De
cierto no se trata del señor Heathcliff -repuse. -¿Ibas
a llorar por él? No, Heathcliff está robusto y fuerte, en
apariencia al menos. Le he visto ahora mismo.
Por cierto que ha engordado mucho desde que perdió a su
amiga. -¿Pues
quién, señor Kenneth? -dije, impaciente. -¡Hindley
Earnshaw! Tu viejo amigo y malvado compañero mío, Hindley.
No se ha portado bien conmigo últimamente,
pero... Ya te dije que llorarías. ¡Pobre muchacho! Murió,
según era de esperar, borracho como
una cuba. Lo he sentido. Siempre se lamenta la falta de un
camarada... ¡Aunque me haya hecho muchas
más perrerías de las que puedas imaginarte! Y el caso es
que sólo tenía tu edad: veintisiete años. ¡Cualquiera
lo diría! Tal
golpe me impresionó más que la muerte de Catalína. Viejos
recuerdos se agolpaban a mi corazón. Me senté
en el dintel de la puerta, dije al señor Kenneth que
buscase otro criado que le anunciase, y rompí a llorar.
Me preocupaba mucho pensar si Hindley habría fallecido de
muerte natural o no, y a tanto llegó mi inquietud
sobre ello, que pedí permiso al amo para ir a «Cumbres
Borrascosas». El señor Linton no quería, pero
yo le hice comprender que mi hermano de leche tenía tanto
derecho como el propio señor a mis atenciones
póstumas, y que Hareton era sobrino de su esposa, por lo
cual él debía instituirse en tutor suyo a falta
de más cercanos parientes, examinar la herencia y ver como
andaban los asuntos de su difunto cuñado. Al
cabo me encargo que viese a su abogado y me dio permiso para
ir a «Cumbres Borrascosas». El abogado
lo había sido también de Earnshaw. Cuando le hablé de aquéllo
y le pedí que me acompañase me contestó
que valdría más dejar en paz a Heathcliff, y que la
situación de Hareton era poco mas o menos la de
un pordiosero. -El
padre ha muerto cargado de deudas -me explicó-. Toda la
herencia está hipotecada, y lo mejor para Hareton
será que procure ganarse- el cariño del acreedor de su
padre. Al
llegar a las «Cumbres» encontré a José muy afectado, y
me expresó su satisfacción por mi llegada. El señor
Heathcliff dijo que mi presencia no era precisa, pero que
podía ordenar lo necesario para el sepelio. -En
realidad, ese perturbado debía ser enterrado sin ceremonia
alguna al borde de un camino -dijo- Ayer le dejé sólo diez
minutos por casualidad, y en el intervalo me cerró la
puerta y se pasó la noche bebiendo
hasta que se mató. Esta mañana, al oír que resoplaba como
un caballo, tuvimos que saltar la cerradura.
Estaba tendido sobre el banco, y no hubiera despertado
aunque le desollásemos. Mandé a buscar a
Kenneth, pero antes de que viniera la bestia ya se había
convertido en carroña. Estaba muerto, rígido y helado,
y no se podía hacer nada por él. El
viejo criado confirmó el relato y agregó: -Habría
valido más que hubiera ido él a buscar el médico. Yo habría
atendido al amo mejor. Cuando me fui
no había muerto aún. Insistí
en que el entierro debía ser solemne. Heathcliff me autorizó
a organizarlo como quisiera, aunque recordándome
que tuviera en cuenta que el dinero que se gastara había de
salir de su bolsillo. Se mostraba indiferente
y rígido. Podía apreciarse en él algo como la satisfacción
de quien ha terminado un trabajo con éxito.
Hasta, en un momento dado, creí notar en él un principio
de exaltación. Fue cuando sacaban el féretro
de la casa. Acompañó al duelo. ¡Hasta ese punto extremó
su hipocresía! Le vi sentar a Hareton a la mesa,
y le oí murmurar como complacido: -¡Vaya,
chiquito: ya eres mío! Si la rama crece tan torcida como el
tronco, con el mismo viento la derribaremos. El
niño pareció alegrarse de aquellas palabras, agarró las
patillas de Heathcliff y le dio palmaditas en la cara.
Pero yo comprendí bien lo que Heathcliff quería decir, y
advertí: -Este
niño debe venir conmigo a la «Granja de los Tordos». No
hay cosa en el mundo sobre la que tenga usted
menos derechos que sobre este pequeño. -¿Lo
ha dicho Linton? -me interrogó. -Sí;
me ha ordenado que me lo lleve -repuse. -Bueno
-respondió el villano-. No quiero discusiones sobre el
asunto. Pero me siento inclinado a ver qué maña
me doy para educar a un niño -Así que si os lleváis a ése,
haré venir conmigo al mío. Díselo a tu amo. Así
nos dejó imposibilitados de obrar. Repetí sus palabras a
Eduardo Linton, y éste, que por su parte no sentía
gran interés en ello, no volvió a hablar del tema para
nada. Ahora, el antiguo huésped de «Cumbres Borrascosas».
se, había convertido en el dueño de ella. Tomó posesión
definitiva, probando legalmente que la
finca estaba hipotecada, ya que Hindley había ido
estableciendo hipotecas sucesivas sobre toda la propiedad.
El acreedor era el propio Heathcliff. Y por eso Hareton, que
debía ser el hombre más acomodado
de la región, está sometido ahora al enemigo de su padre,
y vive como un criado en su propia casa,
y para colmo no recibe salario alguno, e incapaz de volver
por sus fueros, ya que desconoce el atropello de
que ha sido víctima.
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