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CAPÍTULO
XXI Durante
el día estuvimos muy ocupados en consolar a Cati. Se levantó
muy temprano, impaciente por ver a
su primo, y tanto lloró y se lamentó al saber que se había
marchado, que Eduardo tuvo que consolarla prometiéndole
que el niño volvería en breve, si bien añadió: «si lo
consigo». Algo la tranquilizó esta promesa,
y, sin embargo, tanto puede el tiempo que cuando volvió a
ver a Linton le había olvidado hasta el punto
de no reconocerle. Siempre
que yo encontraba a la criada de «Cumbres Borrascosas», le
preguntaba por el niño y ella me solía
contestar que vivía casi tan encerrado como Cati, y que
rara vez se le veía. Su salud seguía siendo delicada
y resultaba un huésped bastante molesto. El señor
Heathcliff le quería cada vez menos, a pesar de que
trataba de ocultarlo. Le molestaba su voz y no podía
aguantar largo tiempo su presencia. Hablaba poco con
él. Linton estudiaba y pasaba las tardes en una salita,
cuando no se quedaba en cama, ya que era muy frecuente
que sufriese catarros, accesos de tos y todo género de
enfermedades. -No
he visto otro ser más melindroso ni más tímido -decía la
criada-. Si dejo la ventana un poco abierta por
la tarde, se pone fuera de sí, como si fuese a entrar la
muerte por ella. En pleno verano necesita estar junto
al fuego, y le incomoda el humo de la pipa de José, y hay
que tenerle siempre preparados bombones y golosinas,
y leche y siempre leche... Se pasa el tiempo al lado de la
lumbre, envuelto en un abrigo de pieles, teniendo
al alcance de su mano tostadas y algo que beber. Y si alguna
vez Hareton, que no es malo a pesar de
su tosquedad, va a distraerle, siempre salen, uno renegando
y el otro llorando. Se me figura que al amo le
agradaría que Earnshaw moliese al niño a palos, si no se
tratara de su hijo, y creo que sería capaz de echarle
de casa si supiera la serie de cuidados que el chico tiene
para consigo mismo. Pero el señor no entra nunca
en la salita, y si Linton empieza a hacer tonterías de esas
en el salón, le manda enseguida irse a su alcoba. Tales
explicaciones me hicieron comprender que el joven, en medio
de un ambiente donde no encontraba simpatía
alguna, se había hecho egoísta e ingrato, si es que no lo
era ya de nacimiento, y cesé de interesarme
por él, por más que no dejara de lamentar que no le
hubieran permitido estar con nosotros. Pero el
señor Linton me estimulaba a que me informase de él, y
creo que le hubiera agradado verle, porque una vez
incluso me mandó preguntar a la criada si el muchacho no
solía ir al pueblo. Ella me contestó que había ido
con su padre a caballo dos o tres veces, y que siempre había
vuelto rendido para varios días. La criada a que
me refiero se marchó dos años después de llegar el
chiquillo. En
la «Granja» el tiempo transcurría plácidamente. Llegó
el momento en que la señorita Cati cumplió los dieciséis
años. No celebrábamos nunca el día de su cumpleaños
porque era también el aniversario de la -¡Anda,
Elena! -me dijo-. Quiero ir allí, ¿ves? Por donde suelen
ir las cercetas. Quiero ver si han hecho ya
sus nidos. -Esto
debe estar lejos -respondí- porque no suelen anidar junto a
los pantanos. -No,
no está lejos -me aseguró-. He ido con papá hasta las
cercanías. Cogí
el sombrero y salimos. Cati corría ante mí, yendo y
viniendo como un perrillo juguetón. Al
principio lo pasé bien. Cantaban las alondras, y mi niña
mimada estaba encantadora, con sus dorados bucles
colgando hacia atrás, y sus mejillas, tan puras y
encendidas como una rosa silvestre. Era un ángel entonces.
Verdaderamente, era imposible no desear proporcionarle todas
las alegrías que fuera posible. -Pero,
señorita -dije, después de un buen rato-, ¿dónde están
las cercetas? Estamos lejos ya de casa. -Es
un poco más allá, sólo un poco -repetía
invariablemente-. Ahora sube esa colina, bordea esa orilla,
y verás
qué pronto hago que los pájaros echen a volar. Mas
tantas colinas había que subir y tantas orillas que
bordear, que al fin me cansé y le grité que era necesario
volverse ya. Pero no me oyó, porque se había adelantado
mucho, y la tuve que seguir contra mi Habían
descubierto a Cati en el acto de coger unos nidos de aves.
Aquellas extensiones pertenecían a Heathcliff
y él estaba amonestando a la cazadora furtiva. -No
he cogido pájaro alguno -dijo ella enseñando sus manos
para demostrarlo-. Papá me dijo que anidaban aquí
y quería ver cómo son sus huevos. Yo
llegaba en aquel momento. Heathcliff me miró
maliciosamente, y le preguntó: -¿Quién
es su padre? -El
señor Linton, de la «Granja de los Tordos» -repuso ella-.
Ya he supuesto que usted no me conocía, pues
de lo contrario no me hubiera hablado en esa forma. -¿Así
que usted supone que su papá es digno de mucha estimación
y respeto? -le preguntó él irónicamente. -¿Quién
es usted? -repuso ella mirando a Heathcliff con curiosidad-.
A ese hombre ya le he visto otra vez.
¿Es hijo suyo? Y
señalaba a Hareton, a quien los dos años transcurridos le
habían hecho ganar en fuerza y en estatura, pero
que continuaba zafio como antes. -Señorita
Cati -intervine-, tenemos que volver. Hace tres horas que
salimos de casa. -No,
no es mi hijo -contestó Heathcliff-. Pero tengo uno, y
también le conoce usted. Aunque su aya tenga prisa,
creo que sería mejor que vinieran a descansar un poco a
casa. Sólo con dar la vuelta a esta colina, ya estamos
allí. Será usted bien recibida, descansará un poco y
volverá a la «Granja» en cuanto quiera. Yo
insistí a Cati para que no aceptáramos la invitación,
pero ella respondió: -¿Por
qué no? Estoy cansada, y no vamos a sentarnos aquí. El
suelo está húmedo. ¡Anda, Elena! Dice, además,
que conozco a su hijo. Yo creo que se equivoca. Vive en
aquella casa donde estuve cuando volví de
la peña de Penninston, ¿no? -Justo-dijo
Heathcliff-. Cállate, Elena. Le gustará ver nuestra casa.
Hareton, vete delante con la muchacha. Tú
ven conmigo, Elena. -No
irá a semejante sitio -grité. Y traté de soltarme de
Heathcliff, que me había cogido por un brazo. Pero Cati
había echado a correr y estaba ya casi en las «Cumbres».
Hareton había desaparecido por un lado del camino. -Esto
es un atropello, señor -Heathcliff -le censuré-. Ella verá
a Linton, cuando volvamos lo contará a su padre,
y todas las culpas me las cargaré yo. -Quiero
que vea a Linton -repuso él-. Está estos días de mejor
aspecto. No será difícil conseguir que la muchacha
no hable nada de la visita... ¿Qué mal hay? -Hay
el mal de que su padre me odiaría si supiese que la he
dejado entrar en casa de usted. Además, estoy segura
de que usted lleva algún mal fin -repliqué. -Mi
fin es honradísimo -dijo- y te lo voy a declarar. Quiero
que los dos primos se enamoren y se casen. Ya
ves que soy generoso con tu amo. La chica no tiene otras
perspectivas. Si ella se casara con Linton, la designaría
como coheredera. -Lo
sería de todos modos si Linton muriese -repuse-, y ya sabe
usted que la salud del chico es muy precaria. -No
lo sería -replicó- porque ninguna cláusula del testamento
lo menciona, y yo sería el heredero. Pero para
evitar pleitos, quiero que se casen. -Y
yo no quiero que ella entre en esa casa conmigo- respondí. Catalina
había alcanzado ya la verja. Heathcliff me aconsejó que me
tranquilizase y nos precedió por el sendero.
La señorita le miraba como pretendiendo darse cuenta de qué
clase de hombre era, pero él la -¿Le
conoce? -preguntó Heathcliff a Cati. -¿Es
su hijo? --dijo ella, mirando, dudosa, a los dos. -Sí,
pero, ¿cree que es la primera vez que le ve? Haga memoria.
Linton, ¿no te acuerdas de tu prima? -¿Linton?
-exclamó Catalina agradablemente sorprendida-. ¿Es éste
el pequeño Linton? ¡Pero si está más alto
que yo! Él
se dirigió a ella, se besaron y ambos se miraron asombrados
del cambio que habían experimentado los dos.
Cati estaba ya completamente desarrollada. Era a la vez
llena y esbelta, flexible como el junco y rebosaba
de animación y salud. En cuanto a Linton, tenía lánguidos
los ademanes y las miradas y era muy endeble
de complexión, pero la gracia de sus maneras compensaba
aquellos defectos. Luego de haber cambiado
muchas caricias con él, su prima se dirigió al señor
Heathcliff que estaba junto a la puerta fingiendo
mirar afuera, pero en realidad observando exclusivamente lo
que pasaba dentro. -¿Así
que es usted tío mío? -dijo la joven abrazándole-. ¿Y
por qué no va a vernos a la «Granja de los Tordos»?
Es raro vivir tan próximos y no visitarse nunca. ¿Por qué
sucede así? -Antes
de que tú nacieras, yo iba alguna vez. Anda, déjate de
besos... Dáselos a Linton. Dármelos a mí es perder
el tiempo. -¡Qué
mala eres, Elena! -exclamó Cati viniendo hacia mí para
prodigarme también sus zalamerías-. ¡Mira que
no dejarme entrar! En adelante vendré todas las mañanas.
¿Puedo hacerlo, tío? ¿Y puede venir conmigo
papá? ¿No le gustará vernos? -Claro
que sí -repuso él disimulando la mueca de aversión que le
inspiraban los dos presuntos visitantes-. Pero
es mejor que te diga que tu padre y yo reñimos
terriblemente una vez, y si le cuentas que me visitas, es muy
fácil que te lo prohíba. Así que si quieres seguir viendo
a tu primo, vale más que no se lo digas a tu padre. -¿Por
qué riñeron? -preguntó Catalina disgustada. -Porque
él creyó que yo era demasiado pobre para casarme con su
hermana -explicó Heathcliff-. Se disgustó conmigo
cuando lo hicimos y no me perdonó jamás. -Eso
no está bien --dijo la joven-. Pero Linton y yo no tenemos
la culpa. En vez de venir yo, es mejor que él
venga a la «Granja». -Está
demasiado lejos para mí, Cati -respondió su primo-. Andar
cuatro millas me mataría. Ven tú cuando puedas,
por lo menos una vez a la semana. Heathcliff
miró con desdén a su hijo. -Me
temo que voy a perder el tiempo, Elena -rezongó-. Catalina
verá que su primo es tonto, y le mandará al
diablo. ¡Si hubiera sido Hareton! Te aseguro que me lamento
continuamente de que no sea como él, a pesar de
lo degradado que Hareton está. Si el chico fuera otro, yo
le querría. No, no hay miedo de que ella se enamore.
No creo que pase de los dieciocho años. ¡Maldito imbécil!
No se ocupa mas que de secarse los pies,
y ni mira a su prima. ¡Linton! -¿Qué,
papá? -¿No
hay nada que puedas enseñar a tu prima? ¿Ni un mal conejo
o un nido de comadrejas? Anda, hombre,
deja de cambiarte el calzado, llévala al jardín y enséñale
tu caballo. -¿No
prefieres sentarte aquí? -preguntó él a Cati indicando en
su tono la poca gana que tenía de moverse. -No
sé... -contestó ella, dirigiendo a la puerta una mirada
que indicaba claramente que prefería hacer algo a
sentarse. Pero
él se repantigó en su silla y se aproximó más al fuego.
Heathcliff se fue a buscar a Hareton. Se notaba
que el joven acababa de lavarse, en sus mejillas brillantes
y su cabello mojado. -Quiero
hacerle una pregunta, tío -dijo Catalina-. Este no es primo
mío, ¿verdad? -Sí
-contestó él-. Es sobrino de tu madre. ¿No te agrada? Catalina
le miró con extrañeza. -¿No
es un buen mozo ? -siguió Heathcliff. La
joven se levantó sobre las puntas de los pies y habló a
Heathcliff al oído. Él se echó a reír. Hareton se puso
sombrío, y yo reparé en que era muy suspicaz para algunas
cosas. Pero Heathcliff le tranquilizó al decirle: -¡Ea,
Hareton, te preferiremos a ti! Me ha dicho que eres un... ¿un
qué? Bueno, no me acuerdo... Una cosa
muy agradable. Acompáñala a dar una vuelta y pórtate como
un caballero. No digas palabrotas, no la mires
cuando ella no te mire a ti, ruborízate cuando se ruborice
ella, háblale con dulzura y no lleves las manos
en los bolsillos. Anda, trátala todo lo mejor que puedas. Y
miró a la pareja cuando pasó ante la ventana. Hareton no
miraba a su compañera y parecía tan atento al paisaje
como un pintor o un turista. Cati le miró a su vez de un
modo muy lisonjero. Después se dedicó a encontrar
objetos que atrajesen su interés y, a falta de conversación,
tarareaba. -Con
lo que le he dicho -indicó Heathcliff- verás cómo no
pronuncia ni una palabra. Elena, cuando yo tenía su
edad o poco menos, ¿era tan estúpido como él? -Era
usted peor -precisé-, porque era usted aún más huraño. -¡Cuánto
me satisface verle así! -siguió Heathcliff, expresando sus
pensamientos en voz alta-. Ha colmado
mis esperanzas. Si hubiese sido un tonto de nacimiento, ello
no me satisfaría tanto. Pero no es tonto,
no, y yo comprendo todos sus sentimientos, ya que yo mismo
antes que él los he experimentado. Ahora
mismo me hago cargo de cuánto padece, aunque no es, por
supuesto, más que un principio de lo que padecerá
después. Y no logrará desprenderse jamás de su tosquedad
y su ignorancia. Le he hecho todavía más
vil de lo que su miserable padre quiso hacerme a mí. Le he
acostumbrado a despreciar cuanto no es brutal,
y llega al extremo de vanagloriarse de su rudeza. ¿Qué
pensaría Hindley de su hijo si pudiera verle? ¡Estaría
tan orgulloso de él como yo del mío! Con la diferencia de
que Hareton es oro en bruto que hace el papel
de loza, y éste otro es latón que hace menesteres de
vajilla de plata. El mío no vale nada, y sin embargo
le haré que prospere todo cuanto se lo permitan sus
cualidades. El otro tiene excelentes cualidades,
que le he hecho desperdiciar. ¡Y lo grande es que Hareton
me quiere como un condenado! En Esta
idea hizo soltar a Heathcliff una carcajada acre. No le
repliqué, ni él lo esperaba. Mientras tanto Linton,
que estaba sentado harto lejos de nosotros, para poder oír
nuestra conversación, empezó a agitarse y a
dar muestras de que lamentaba no haber salido con Cati. Su
padre distinguió las miradas que dirigía a la ventana.
La mano del muchacho se dirigía, irresoluta, hacia su
gorra. -¡Vamos,
holgazán, levántate! -dijo con fingida bonachonería-.
Vete con ellos. Están junto a las colmenas. Linton
reunió sus energías y abandonó el hogar. Cuando salía, oí
por la ventana, que estaba abierta, cómo Cati
preguntaba a Hareton el significado de la inscripción que
había sobre la puerta. Pero Hareton levantó los
ojos y se rascó la cabeza como hubiera hecho un verdadero
patán. -No
sé leer ese condenado escrito --contestó. -¿Que
no puedes leerlo? -respondió Cati-- Yo sí que lo leo, pero
lo que quiero es saber por qué está ahí. Linton
soltó una risotada, primera manifestación de alegría que
daba. -No
sabe leer -comunicó a su prima-. Supongo que te asombrará
saber que es un burro tan grande. -¿Está
bien de la cabeza? -preguntó Catalina seriamente-. Sólo le
he hecho dos preguntas, pero creo que no
me entiende, y además me habla de un modo tal que tampoco
le entiendo yo. Linton
rió de nuevo y miró despreciativamente a Hareton, que no
pareció ofenderse por ello. -¿Verdad
que todo es cuestión de pereza, Hareton? -dijo-. Mi prima
se imagina que eres un idiota. Entérate
de a lo que conduce despreciar los libracos, como tú dices.
¿Has oído cómo pronuncia, Cati? -¿«Pa»
qué diablos necesito tener buena «pronuncia»? -respondió
Hareton. Y siguió hablando a su manera, con
gran regocijo de mi señorita. -¿Y
«pa» qué diablos necesitas mencionar al diablo en esa
frase? -dijo Linton haciéndole burla-. Papá te ha
ordenado hablar correctamente, y no dices dos palabras sin
cometer una incorrección. Procura portarte como
un caballero. -Si
no tuvieras más de chica que de chico, te largaba un puñetazo
-contestó el otro, marchándose con el rostro
encendido, ya que comprendía que le habían afrentado y no
acertaba a reaccionar de otra manera. Heathcliff,
que lo había oído todo tan bien como yo, sonrió, mas
enseguida miró con animosidad a la pareja,
que se había quedado hablando en el portal. El muchacho se
animaba al referir anécdotas relativas a Hareton.
En cuanto a ella, celebraba sus comentarios, sin reparar en
que denotaban un espíritu perverso. Con
todo ello, yo empecé a aborrecer a Linton y me sentí
inclinada a justificar el desprecio que sentía su padre
hacia él. Estuvimos
hasta la tarde. El señor no salió de su habitación, y
esta feliz circunstancia impidió que notara nuestra
larga ausencia. Mientras volvíamos intenté explicar a la
joven quiénes eran aquellos con los que habíamos
estado, pero a ella se le antojaba que mi prevención era
injusta. -Ya
veo que le das la razón a papá -me dijo-. No eres justa.
La prueba es que me has tenido engañada todos estos
años asegurándome que Linton vivía lejos de aquí. Estoy
muy incomodada, mas como por otro lado
me siento muy satisfecha, no te digo nada. Pero no hables
mal de mi tío. Ten en cuenta que es mi pariente.
Voy a reñir a papá por no tratarse con él. Hube
de renunciar a mi intento de disuadirla de su equivocación.
No habló de la visita aquella noche, porque
no vio al señor Linton. Pero al día siguiente lo soltó
todo, y aunque por un lado esto me disgustaba, -Papá
-dijo Cati después de saludarle-, ¿a quién cree usted que
vi ayer cuando salí de paseo? Ya noto que usted
se estremece. Claro, como no obró bien... Escúcheme, y
sabrá cómo he descubierto que usted y Elena me
estaban engañando diciéndome que Linton vivía muy lejos,
a la vez que afectaban complacerme cuando yo
seguía hablando de él. Narró
lo sucedido. El señor no dijo nada hasta que ella terminó,
y sólo de vez en cuando me miraba con expresión
de reproche. Al final le preguntó si conocía las razones
por las que le había ocultado la proximidad
de Linton. -Porque
usted no quiere al señor Heathcliff -contestó ella. -¿De
modo que piensas, Cati, que me preocupan más mis
sentimientos que los tuyos? No es que yo no quiera
al señor Heathcliff, sino que él no me quiere a mí. Además,
es el hombre más diabólico que ha existido,
y se goza en dañar y arruinar a los que odia aunque no le
den motivos para ello. Yo sabía que no podías
tratar a tu primo sin tratarle a él, y me constaba que él
te odiaría por ser hija mía. Por eso y por tu propio
bien procuré impedir que le vieses. Me proponía explicártelo
cuando fueras mayor, y lamento no habértelo
dicho antes. -El
señor Heathcliff se portó muy atentamente conmigo -insistió
Cati- Me dijo que puedo ver a mi primo cuando
quiera, y que es usted quien no le ha perdonado que él se
casara con la tía Isabel. El tío está dispuesto
a permitir que me trate con Linton, y usted no. Entonces
el amo le explicó, en breves frases, lo sucedido con Isabel
y el procedimiento por el que las «Cumbres»
habían pasado a manos de Heathcliff. No se extendió en
muchos detalles, pero, por pocos que fueran,
bastaban para ilustrar a Cati, dada la animosidad con que
los expresó su padre, que seguía odiando a su
enemigo, a quien consideraba como el causante de la muerte
de la señora, sentimiento que no le abandonaba
jamás. La señorita Cati, que era incapaz de hacer mal a
nadie salvo pequeñas faltas de desobediencia,
quedó asombrada al oír explicar el carácter de aquel
hombre capaz de prolongar durante años
enteros sus planes de venganza sin sentir remordimiento
alguno. Tan afectada nos pareció, que el señor
creyó superfluo seguir hablando más. Y sólo agregó: -Ya
te diré más adelante, hija mía, por qué deseo que no
vayas a su casa. Ahora ocúpate de tus cosas, y no
pienses más en eso. Cati
dio un beso a su padre, y luego dedicó, como siempre, dos
horas a sus lecciones. Dimos una vuelta por
el parque y no hubo otra novedad. Pero a la noche, mientras
yo la ayudaba a desnudarse, empezó a llorar. -¿No
le da vergüenza, niña? -la recriminé-. Si tuviera usted
aflicciones de veras no lloraría por una contrariedad
tan insignificante. Figúrese que su padre y yo faltáramos
y que usted se quedara sola en el mundo.
¿Qué sentiría usted entonces? Compare lo que sufriría en
un caso así con esta pequeña contrariedad,
y dará usted gracias a Dios, que le concede suficientes
amigos lo bastante buenos para no tener
que suspirar por otros. -No
lloro por mí, Elena -respondió-. Lloro por Linton, que me
espera, y que tendrá mañana el desengaño de
no verme ir. -No
se figure -repuse- que él piensa en usted tanto como usted
en él. Ya tiene a Hareton para hacerle -Podía
escribirle una nota explicándole por qué no voy y mandarle
unos libros que le he prometido prestarle.
¿Por qué no hacerlo, Elena? -No
-respondí-, porque él entonces le contestarla a usted y
sería el cuento de nunca acabar. Hay que cortar
las cosas de raíz, como lo ha mandado su papá. -Pero
una notita... -dijo suplicante. -Nada
de notitas-. Acuéstese. Me
dirigió una mirada tal, que me abstuve de besarla después
de desearle buenas noches. La tapé y salí muy
disgustada. Pero, arrepintiéndome de mi dureza, volví para
rectificar, y la encontré sentada a la mesa escribiendo
con un lápiz una nota que escondió al verme entrar. -Voy
a apagar la bujía -dije-. Y si le escribe usted, no
encontrará quién le lleve la carta. Y
apagué, recibiendo, al hacerlo, un golpe en la mano y
varias violentas recriminaciones después de las cuales
Cati se encerró con cerrojo en su cuarto. La carta, con
todo, fue terminada y enviada por un lechero que
iba al pueblo. Pero yo no me enteré hasta más adelante.
Transcurrieron varias semanas, y Catalina abandonó
su actitud violenta. Tomó entonces la costumbre de
ocultarse por los rincones. Si, cuando estaba leyendo,
me acercaba a ella, se sobresaltaba y procuraba esconder el
libro, pero no lo suficiente para que yo dejase
de ver que tenía papeles sueltos entre las hojas. Solía
bajar temprano de mañana a la cocina y andaba por
allí como en espera de algo. Adquirió la costumbre de
echar la llave a un cajoncito que tenía en la biblioteca
para su uso. Un
día noté que en el cajoncito, que en aquel momento estaba
ella ordenando, en lugar de las chucherías y
los juguetes que eran su contenido habitual, había
numerosos pliegos de papel. La curiosidad y la sospecha
me decidieron a echar una ojeada a sus misteriosos tesoros.
Aprovechando una noche en que ella y
el señor se habían acostado pronto, busqué entre mis
llaves hasta hallar una que valía para abrir aquel cajón,
saqué cuanto había en él y me lo llevé a mi cuarto. Como
había supuesto, era una correspondencia procedente
de Linton Heathcliff. Las cartas de fecha más antigua eran
tímidas y breves, pero las sucesivas contenían
encendidas frases de amor, que por su exaltada insensatez
-parecían propias de un colegial, pero que
mostraban ciertos rasgos que me parecieron de mano mas
experta. Algunas principiaban expresando enérgicos
sentimientos, y luego concluían de un modo afectado, tal
como el que emplearía un estudiante para
dirigirse a una figura amorosa inexistente. No sé lo que
aquello le parecería a Cati, pero a mí me dio la impresión
de una cosa ridícula. Finalmente, las até juntas y volví
a cerrar el cajón. Según
tenía por costumbre, la señorita bajó a la cocina muy
temprano. Al llegar el muchacho que traía la leche,
mientras la criada la vertía en el jarrón, la señorita
salió y deslizó un papel en el bolsillo del jubón del rapaz,
a la vez que recogía algo de él. Dando un rodeo, atajé al
chico, quien defendió esforzadamente la integridad
de su misiva. Pero al fin logré arrebatársela, y le hice
irse amenazándole con fieros males en caso
contrario. Leí la carta de amor de Cati. Era
mucho más sencilla y más expresiva que las de su primo.
Moví la cabeza y me volví pensativa a casa.
Como llovía, Catalina no bajó aquel día al parque. Al
terminar de estudiar, acudió a su cajón. Su padre
estaba sentado a la mesa, leyendo. Yo estaba arreglando unos
flecos descosidos de la cortina de la ventana. Un
pájaro que hubiese hallado su nido vacío no hubiera, con
sus trinos y su agitación, manifestado más angustia
que la de Cati al exclamar: -¡Oh! Y
su cara, que un momento antes expresaba una perfecta
felicidad, se alteró completamente. El señor Linton
levantó los ojos. -¿Qué
te pasa, hijita? ¿Te has lastimado? Ella
comprendió que su padre no era el descubridor del tesoro
escondido. -No
-repuso-. Elena, ven arriba conmigo. Me encuentro
indispuesta. La
acompañé. -Tú
las has cogido, Elena -me dijo, cayendo arrodillada delante
de mí-. Devuélvemelas y no lo digas a papá,
y no volveré a hacerlo. ¿Se lo has dicho a papá, Elena? -Ha
ido usted muy lejos, señorita Cati -dije severamente-. ¡Debía
darle vergüenza! ¡Y vaya una hojarasca que
lee usted en sus ratos de ocio! ¡Si parecen cuartillas
destinadas a los periódicos! ¡Qué dirá el señor cuando
se lo enseñe! No lo he hecho aún, pero no se figure que
guardaré el secreto. Y el colmo es que ha debido
usted ser la que empezó, porque a él creo que no se le
hubiera ocurrido nunca. -No
es verdad -respondió Cati sollozando con desconsuelo-. No
había pensado en amarle hasta que... -¡Amarle!
-exclamé, subrayando la palabra con tanto desdén como me
fue posible-. Es como si yo amase al
molinero que una vez al año viene a comprar el trigo. ¡Si
no ha visto usted cuatro horas a Linton, sumando
las dos veces! Ea, voy a llevar a su padre estas bobadas, y
ya veremos lo que él opina de ese amor. Ella
dio un salto para coger su correspondencia, pero yo la
mantuve levantada sobre mi cabeza. Me suplicó
frenéticamente que la quemase o hiciera con ella lo que
quisiera menos enseñarla a su padre. Como -Si
las quemo, ¿me promete usted no volver a mandar ni a
recibir cartas, ni libros, ni rizos de cabello, ni anillos,
ni juguetes? -No
nos enviamos juguetes -exclamó. -Ni
nada, señorita. Si no me lo promete, hablaré a su papá. -Te
lo prometo, Elena -me dijo-. Échalas al fuego... Mas,
al hacerlo, ello le resultó tan doloroso, que me rogó que
guardase una o dos siquiera. Yo comencé a echarlas
a la lumbre. -¡Oh,
cruel! Quiero siquiera una -dijo, metiendo la mano entre las
llamas, y sacando un pliego medio chamuscado,
no sin menoscabo de sus dedos. -Entonces,
también yo quiero algunas para enseñárselas a su papá
-repliqué, envolviendo las demás en el pañuelo,
y dirigiéndome a la puerta. Arrojó
al fuego los trozos medio quemados y me incitó a consumar
el holocausto. Cuando estuvo terminado,
removí las cenizas y las sepulté bajo una paletada de carbón.
Se fue ofendidísima a su cuarto sin decir
palabra. Bajé y dije al amo que la señorita estaba mejor,
pero que era preferible que reposase un poco. Cati
no bajó a comer, ni reapareció hasta la hora del té.
Estaba pálida y tenía los ojos hinchados, pero se mantenía
serena. Cuando a la mañana siguiente llegó la carta
acostumbrada la contesté con un trozo de papel
en el que escribí: «Se suplica al señor Linton que no envíe
más cartas a la señorita Cati, porque ella no
las recibirá.» Y desde aquel momento el muchachito venía
siempre con los bolsillos vacíos.
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