Ir al inicio de BibliotecasVirtuales.com

Capítulo XI

CAPÍTULO XI

La ballena de Stubb se mató a cierta distancia del buque. Había calma, así que formando un tren con las tres lanchas, comenzamos la lenta faena de remolcar el trofeo hasta el Pequod.

Anochecía. Las tres luces de situación del barco nos indicaban constantemente el camino, hasta que al llegar más cerca vimos a Acab con un farol en la mano. Mirando sin casi verla a la enorme ballena, dio las órdenes del caso para amarrarla por la noche y se metió en su cámara, de la que no volvió a salir hasta la mañana.

Aunque había dirigido la caza, al verlo muerto, parecía sentir un cierto descontento, como si la contemplación de aquel cadáver le recordase a Moby Dick, el cual seguía aún vivo y coleando. Parecía que ni un millar de ballenas pescadas le consolaran de no poder cazar a su enemigo personal.

En cambio, Stubb exultaba de gozo, estaba ebrio de victoria, aunque siempre conservaba su talento benévolo. No tardaría yo en saber que parte de aquella alegría procedía de que el segundo oficial adoraba la carne de ballena.

-¡Un buen trago, un buen trago antes de acostarme! ¡Tú, Daggoo, ya estás saltando por la borda para traerme un buen trozo de ahí abajo!

En efecto, aunque no sean muchos, algunos balleneros sienten gran predilección por cierta parte del cuerpo de ballena: la punta. Para la medianoche ya se habían cortado, a la luz de un farol, unos buenos filetes, que Stubb devoró, bien asados, junto al cabrestante mismo. Y no fue el único que esa noche se diera un banquete de cetáceo. Mezclando sus gruñidos con sus bocados, millares de tiburones pululaban en torno al leviatán y se hartaban de carne. Sus colas golpeaban el casco del barco con tal insistencia que apenas nos dejaban dormir. Asomándose por la borda, se les podía ver revolcándose en las oscuras aguas y arrancando a la ballena bocados del tamaño de una cabeza humana.

Porque al fin y a la postre, son los tiburones los que más se aprovechan en la caza de las ballenas, los que siguen siempre a los balleneros, como avisados por su instinto de que más tarde o más temprano podrán hartarse de carne.

Y son muchedumbre, ya que se reúnen de pronto, aunque sólo poco antes se haya visto uno o dos, al olor de la sangre hasta que forman bandadas de docenas de individuos.

El mismo Stubb no había acabado, al parecer.

-¡Cocinero! ¡Cocinero! -llamó a voces-. ¡Proa para acá, cocinero!

El viejo negro, no muy satisfecho de que le sacaran de su litera a aquella hora, salió de su cubil como una oca y, arrastrando los pies, se aproximó al segundo oficial.

-Cocinero -le dijo Stubb, llevándose a la boca un pedazo de carne-. ¿No te parece que esta carne está demasiado asada? La has machacado demasiado. ¡Está excesivamente blanda! ¿No te he dicho que para que esté buena, la carne de ballena ha de estar dura? Ahí tienes a esos tiburones al costado, ¿no ves que la prefieren cruda y poco hecha? Pues bien, en adelante, cuando me guises algún bisté, te diré lo que tienes que hacer para no estropearlo: coges el bisté con una mano y con la otra le acercas un carbón ardiendo, y en seguida, al plato, ¿has entendido? Y mañana, cuando descuarticemos al bicho, a ver si no se te olvida andar cerca para coger las puntas de las aletas, que pondrás en adobo. Y en cuanto a las de la cola, ésas irán al escabeche. Conque ya puedes retirarte.

Pero apenas había dado Fleece dos pasos, cuando le volvió a llamar:

-Cocinero: mañana, para la guardia de medianoche me pondrás chuletas. ¿Me oyes? Pues, navegando. ¡Eh, alto! Una reverencia antes de irte. Para desayuno, albondiguillas de ballena. Que no se te olvide.

-Que me condene -dijo el negro mientras se marchaba-, si él mismo no es más tiburón que uno de esos que andan ahí debajo.

Cuando en las pesquerías del Pacífico se remolca hasta el costado un cachalote, si es de noche se espera a la mañana para el descuartizamiento, ya que ésta es labor sumamente complicada, y requiere la presencia de todos los marineros.

Pero, sobre todo, en el Pacífico y cerca del ecuador, resulta imposible el dejar la matanza para mucho tiempo, porque son innumerables los animales que pululan dispuestos a aprovecharse de la caza.

En cuanto Stubb terminó su cena, Queequeg y un marinero subieron desde el sollado. Colgaron las planchas de descuartizar y arriando tres faroles, se dieron a una continua matanza de tiburones, con sus azadones balleneros, clavándoles la acerada hoja en el cráneo, su único punto vulnerable al parecer. No siempre acertaban a darles en el lugar exacto, pero eso no importaba mucho, ya que al estar heridos, despertaban la voracidad de los congéneres, los cuales los mordían las entrañas, y hasta se mordían las propias, para vomitarlas después por los agujeros de sus vientres. El espectáculo era horrible.

A la mañana siguiente comenzó la obra de descuartizamiento. Se ataron al palo mayor los mentones pintados de verde, y encaramados en las planchas, al costado del buque, armados con sus azadones, Stubb y Starbuck, los oficiales, comenzaron a abrir agujeros en el cadáver para insertar los garfios, y la marinería cantando su melopea, empezaron a izar, con lo que el barco se iba escorando al peso del enorme cetáceo.

Hecho esto se comienza a arrancarle la grasa a tiras, que se desprende uniformemente a lo largo de la línea llamada la «bufanda», que iban trazando simultáneamente los azadones.

Mientras tanto se sigue izando el monstruoso cuerpo hasta que su extremo superior toca el calcés del palo mayor, en cuyo momento ya toda la ballena se balancea en el aire.

Uno de los arponeros, entonces, con un instrumento largo y afilado, abre un agujero en la masa, y en este agujero se inserta el cabo de otra telera con el fin de retener la mole para lo que viene después. Con largos mandobles, la divide en dos, de modo que mientras la parte inferior permanece sujeta, la larga porción superior cuelga suelta y se la puede arriar.

Entonces se van cortando trozos largos. Todo esto no se hace naturalmente sin una gran confusión a bordo, ya que todos toman parte en la faena, que requiere muchos brazos.

La ballena no tiene nada que parezca un cuello, por el contrario su parte más gruesa es precisamente la que une la cabeza al cuerpo. Por tanto, cuesta trabajo separar la cabeza, pero, ¿qué no conseguirá el hombre cuando desea una cosa? La cabeza se ata a proa con un cable. Era ya mediodía y los marineros bajaron a comer, mientras Acab daba unas vueltas sobre la cubierta, resbaladiza de grasa y sangre.

-¡Barco a la vista! -gritó una voz desde el tope del palo mayor.

-¡Tanto mejor! -respondió Acab, el cual acababa de clavar un azadón en la cabeza del leviatán-. ¿Por dónde?

-Tres cuartas por estribor a proa, señor, y viento en popa hacia nosotros.

-Mejor que mejor, chico.

Pronto llegó el barco, al mismo tiempo que la brisa, y el Pequod comenzó a balancearse. Ya se pudo ver que el recién llegado era otro ballenero, pero como estaba

demasiado a barlovento y parecía en ruta hacia otros mares, el Pequod no podía confiar en alcanzarlo. De modo que se izó el banderín y se esperó su respuesta.

El otro respondió izando su banderín también, y demostró con él que se trataba del Jeroboam, matrícula de Nantucket. Amainó marcha y se puso al pairo, a sotavento del Pequod y arrió su lancha, pero cuando Starbuck iba a echar la escala para que el capitán subiera a bordo, aquél hizo señas de que no lo haría, ya que al parecer había una enfermedad infecciosa en su barco y Mayhew, su capitán, temía contagiarla al Pequod.

Pero ambos oficiales pudieron comunicarse a gritos. En la lancha bogaba un individuo singular, un sujeto bajito y joven de largos cabellos rubios y rostro pecoso. Iba envuelto en un levitón de grandes faldones y su mirada brillaba fanáticamente.

Apenas le vio, Stubb gritó:

-¡Ése es el tipo que nos hablara de la tripulación del Town-Ho!

-No le temo a la epidemia, amigo -le decía Acab al capitán del Jeroboam-. Sube a bordo.

Pero el capitán se negó a hacerlo.

-¿Has visto a la Ballena Blanca? -preguntó Acab.

El capitán Mayhew le contó que a poco de hacerse a la mar, el hombre rubio y del capote largo, llamado Gabriel, le había advertido solemnemente que no se atreviera a atacar a la Ballena Blanca, afirmando como un loco, ya que como tal se comportaba, que Moby Dick era la propia encarnación del propio dios «Temblón», de quien ellos habían recibido los evangelios.

Dos años después se avistó a Moby Dick, y el primer oficial Macey, que ardía en deseos de capturarla, logró convencer a cinco marineros de que se embarcaran en una ballenera con él. Para resumirlo: comenzó la persecución, pero cuando iba a lanzar el arpón, una enorme sombra blanca pareció surgir del mar, y el oficial fue arrancado de la lancha, cayendo al mar. No se volvió a saber de él.

Acab escuchó la historia sin inmutarse. Luego Mayhew le preguntó si se proponía dar caza a Moby Dick.

Acab le volvió la espalda y respondió:

-Capitán, creo que en mi correo hay una carta para uno de tus oficiales. Señor Starbuck, tráigala.

Starbuck apareció con un sobre sucio.

-Lea el nombre del destinatario -dijo Acab. Y Starbuck deletreó con dificultad. ¡Se trataba del mismo Macey, el hombre que había sido muerto por Moby Dick!

-Pobre muchacho -dijo Mayhew-. Dámela de todos modos.

-¡No! -aulló el loco Gabriel-. ¡Guárdela usted, capitán Acab, porque no tardará en seguir el mismo camino!

-¡Satanás te confunda, loco! -aulló Acab-. Capitán Mayhew, cógela.

Y ensartándola en la punta de un arpón, se la alargó. Pero en ese momento la lancha hizo un extraño y fue el loco Gabriel quien la cogió. Al instante volvió a lanzarla y la carta cayó a los pies de Acab, de nuevo.

Gabriel gritó a los remeros que bogasen y los marineros, sumidos en una especie de terror, le obedecieron, apartándose del Pequod.

Poco más tarde los dos barcos se separaban de nuevo.

El descuartizamiento de una ballena es una faena larga y sería muy farragoso relatar los pormenores. También resultaba bastante peligrosa, porque el suelo de la cubierta se halla muy resbaladizo y los instrumentos que se emplean son muy afilados.

Por ejemplo, muchas veces, yo, que estaba atado con una cuerda a Queequeg, tenía que hacer uso de todas mis fuerzas para sacarle de entre las planchas de despiezar y la borda del barco, o el palo mayor. Y como los tiburones pululaban continuamente en torno al barco, imagínense los cuidados que había que tener para que mi compañero no fuera lanzado entre ellos. ¡Hubiera durado muy poco tiempo vivo!

Por el momento, henos aquí con una ballena casi entera aún del flanco del Pequod, pero hemos de advertir que el navío, mientras tanto, iba derivando lentamente hacia otras aguas que, por lo amarillento del brit, pronto se adivinaba que debían abundar en ellas ballenas francas.

No hubo que esperar mucho. Pronto a sotavento, se columbraron varios surtidores altos y se despachó en su persecución a dos balleneras, la de Stubb y la de Flask. Bogaron tan rápidamente que pronto apenas se las podía distinguir desde el barco.

Pero, en seguida, un gran remolino de espuma nos advirtió de que una de las balleneras debía haber hecho presa, porque parecía ir remolcada por el cetáceo.

Capítulo I | Capítulo II | Capítulo III | Capítulo IV | Capítulo V | Capítulo VI | Capítulo VII | Capítulo VIII | Capítulo IX | Capítulo X | Capítulo XI | Capítulo XII | Capítulo XIII | Capítulo XIV | Capítulo XV | Capítulo XVI | Capítulo XVII | Capítulo XVIII | Capítulo XIX | Epílogo

Moby Dick


 


 Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato.  
Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (c) 1996 - 2006