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CAPÍTULO XII Transcurridos algunos minutos, se vio claramente a las balleneras que venían directamente hacia al buque, remolcadas por el cetáceo. El monstruo se acercó tanto al casco que al principio supusimos que iba a atacarnos, pero de pronto se sumergió en un gran torbellino, desapareciendo de nuestra vista. -¡Cortad, cortad! -les gritaban desde el buque a las lanchas, que podían estrellarse contra el casco, pero ellos no obedecieron porque aún les quedaba mucho cabo. La lucha fue muy encarnizada durante unos instantes. En aquel momento se sintió un temblor recorrer la quilla, cuando el cabo tenso, rozándola por debajo, fue a salir a proa. Pero el animal, agotado, disminuyó su velocidad y virando ciegamente dio la vuelta a la popa del buque, remolcando a las balleneras que trazaron así un círculo completo en torno al buque. Por último las dos lanchas aproaron a los costados del leviatán y continuó la batalla en torno al Pequod, mientras los tiburones, al olor de la sangre, se incorporaban a la lucha. Por último la ballena quedó muerta panza arriba. -No sé para qué querrá el capitán este montón de grasa podrido -dijo Stubb asqueado ante su presa. -¿Quererla? -respondió Flask-. Pero, ¿es que no ha oído usted, señor Stubb, que el buque que lleva colgada a babor la cabeza de una ballena franca no puede ya zozobrar nunca? -¿Por qué? -No lo sé, pero así lo oí decir a Fedallah, que parece muy entendido en hechizos. -¿Qué querrá el viejo de él, siempre charlando privadamente los dos? -¿No lo entiende? El viejo está loco por cazar a la Ballena Blanca, y el demonio, que otra cosa no debe ser Fedallah, seguramente que le está proponiendo un pacto. -En ese caso, si crees que es un diablo, ¿cómo se atrevería usted a tratar de tirarlo al mar? -Al menos le daría un buen chapuzón. -Eso si no se lo daba él a usted, porque si es un demonio... -De todas formas no pienso perderlo de vista y en cuanto vea algo sospechoso, ya verá usted si no le arranco el rabo de cuajo. Ya habían subido a bordo, y la marinería procedía a descuartizar la ballena franca, pieza que los balleneros consideran como inútil y cuya grasa y carne desprecian. Se le separó la cabeza, mientras Fedallah contemplaba la operación atentamente, y de cuando en cuando se miraba las rayas de la mano. Acab estaba situado tras de él, de tal manera que la sombra del parsi se confundía con la suya, lo cual no resultaba tranquilizador para la tripulación. Pero si la ballena franca no ofrecía interés alguno, excepto si era verdad lo del hechizo, la del cachalote sí lo tenía, ya que en el interior de su cráneo contiene una de las más preciadas presas de los balleneros: la esperma, tan apreciada, y que es casi siempre el motivo de que se cace a estos animales. Es una grasa que en cuanto muere el animal comienza a solidificarse en forma de agujas. Cada cabeza contiene unos quinientos galones de aceite, aunque no todo se puede recoger, ya que mucha parte de él se pierde, escurriéndose durante la operación de «vaciar el tonel», como se llama dicha operación. Se va recogiendo en cubos para pasar a los toneles, operación delicada y que requiere gran fuerza y presencia de ánimo, y que Tashtego, el indio loco, llevaba a cabo con gran pericia, trepando y bajando como un simio entre los cordajes a los que estaba sujeta la cabeza del cachalote. Y era tanto el interés que ponía en su trabajo, que de pronto perdió pie y cayó en el gran tonel que era la cabeza del animal. Al instante, se hundió en aquella masa espesa. -¡Hombre al agua! -gritó Daggoo, que fue el primero en recobrar la serenidad-. ¡Alargadme aquella cubeta! Y metiendo un pie en ella, para mejor sostenerse, los marineros le izaron hasta el borde superior de la cabeza del cetáceo, antes de que Tashtego hubiera tenido tiempo de llegar hasta el fondo. Entre tanto la marinería se afanaba, sobre todo viendo cómo el «tonel», con Tashtego dentro, se movía de un lado a otro. Era un espectáculo horrible, porque la destrozada cabeza parecía cobrar vida propia. Mientras Daggoo, en lo alto, trataba de alcanzar con un bichero a Tashtego, un grito se elevó de entre la marinería: Se había soltado uno de los enormes garfios que sujetaban la cabeza, y la enorme mole se ladeó y pareció que colgaba ahora sólo de un asiento; se iba a venir abajo de un momento a otro. -¡Bájate! -gritaban los marineros a Daggoo, quien cogido a los cuadernales con una mano, metía la cubeta en el «tonel» para que Tashtego pudiera agarrarse a ella. -¡Ojo a la gran polea! -gritó alguien. Y casi en el mismo instante, con un bramido de trueno, se hundía en el mar la inmensa masa, con el pobre Tashtego dentro, que se fue a pique sin remisión. Pero apenas se habían disipado las salpicaduras, cuando se vio saltar por la borda, con el sable de abordaje en la mano, una silueta oscura. El valiente Queequeg se había lanzado al salvamento. Todo el mundo se precipitó a la banda, sin casi atreverse siquiera a hablar. -¡Allí! -gritó de pronto Daggoo al ver elevarse un brazo entre las ondas aceitosas. Pero no era sólo un brazo, sino dos, y pronto se pudo ver a Queequeg nadando con una mano mientras con la otra sujetaba la larga cabellera del indio. Se los subió a bordo de la lancha y poco después estaban ya en el navío. Tashtego tardó bastante en volver en sí, y Queequeg tampoco parecía estar mucho mejor. Queequeg le había dado varios cortes con el sable, hasta abrir un ancho boquete, y soltando el arma, había metido la mano dentro del hueco, hasta conseguir agarrar al náufrago. Afortunadamente, la cabeza se había hundido en el agua debido a que ya estaba casi por completo aligerada del precioso aceite, el cual la hubiera hecho flotar. No todo se había perdido. Se podía decir que la aventura había terminado mucho mejor de lo que hubiera podido ocurrir. Unos días después, el cachalote había sido despiezado convenientemente y la grasa metida en sus barriles. Los marineros habían limpiado la cubierta y ya estábamos dispuestos para enfrentarnos a otro enemigo. No tardamos en encontrar un buque, la Jungfrau, matrícula de Bremen, al mando del capitán Derick de Deer. En otros tiempos, los mejores balleneros fueron precisamente los holandeses y alemanes, aunque ahora figuren entre los últimos. Pero de vez en vez aún se encuentra alguno con su pabellón en el Pacífico. Arriaron una lancha y el mismo capitán entró en ella. Lo curioso es que en la mano llevaba una aceitera y en la barca un barrilete. -Ese tipo viene a mendigarnos algo de aceite. Debe estar seco -opinó Flask En efecto, no es nada extraño que un ballenero agote el aceite para las lámparas si es que no ha logrado capturar presa alguna. Cuando el alemán subió a bordo del Pequod, Acab, secamente, le interrogó sobre Moby Dick, pero Deer no parecía saber nada sobre ella, con lo cual Acab se desentendió del asunto, pese a que en su media lengua, el alemán le señalaba la aceitera vacía, afirmando que se había tenido que acostar a oscuras varias noches. Se le dio lo que pedía, y Deer se marchó, pero apenas había llegado al costado de su Jungfrau, cuando se señaló la presencia de ballenas desde el calcés de ambos buques. Tan impaciente estaba Deer, que sin subir siquiera a bordo, dio la orden de arriar las balleneras. Las del Pequod fueron echadas al mar, igualmente, y comenzaron a bogar con rapidez. Había un total de ocho ballenas en el mar, un banco no muy numeroso, pero corriente. Las balleneras del Jungfrau, que estaban más cerca de la presa, llevaban bastante ventaja, y nuestros cazadores pronto distinguieron un cetáceo viejo, un macho jorobado que nadaba mucho más lentamente que los demás. Y lo hacía de una manera rara, torcido, y expeliendo por su parte trasera una nube de burbujas. -Me temo que le duela la barriga -decía Stubb-. ¡Nunca vi tantas ventosidades salir de la popa de una ballena! Pero lo que en realidad le ocurría al macho es que le faltaba la aleta de estribor, de la cual sólo se veía un muñón, por lo cual navegaba escorado y haciendo esfuerzos para no ser atrapado. Todas las lanchas rivales se precipitaron sobre la presa, no sólo por ser el mayor, sino por ser el que se encontraba más cerca y bogaba peor. Para entonces, las tres lanchas del Pequod habían rebasado a las que el alemán arriara últimamente, aunque la del mismo capitán alemán iba siempre delante. -¡Perro maldito! -rugía Starbuck-. Y eso que hace un momento venía a nosotros con el cepillo de las limosnas en la mano. Stubb, por su parte, gritaba: -¿Es que vais a dejar que os venza ese bribón? ¿Por qué no os saltáis una vena? Vamos, ¡vamos! Parece como si hubiérais echado el ancla, ¡no nos movemos! -¡Duro con ese buey jorobado! -bramaba Flask-. ¡Vamos, que ése es de los de cien barriles! ¡Una damajuana de brandy para el primero que se acerque! El alemán les lanzó su aceitera y el bidón a las lanchas, con el consiguiente furor de nuestros hombres, que le llamaron perro alemán, e incitados por las voces de sus patrones, consiguieron por fin rebasar al capitán de la Jungfrau, pero la ventaja de éste era tan grande, que hubiera llegado antes, a no ser porque se le enganchó una jaiba en uno de los remos. Flask, Stubb y Starbuck aprovecharon la ocasión. La ballena navegaba con la cabeza fuera del agua, lanzando por delante su surtidor atormentado y por detrás las burbujas. Derick, al ver que le pasaban las lanchas del Pequod, intentó una suprema suerte y se preparó para lanzar un arpón muy largo, pero al instante, Tashtego, Queequeg y Daggoo se pusieron en pie y soltaron simultáneamente sus hierros, que fueron a clavarse en el animal. En la violencia de la primera arrancada, las lanchas tropezaron con la del alemán y la volcaron, yendo a parar sus tripulantes al agua. -¡Ya os recogeremos luego, barriles de mantequilla! -exclamó Stubb-. ¡Cuidado con los tiburones! La carrera del monstruo fue breve. Se hundió ruidosamente, y los tres cabos se dispararon con tal violencia que las balleneras casi se sumergieron, con las amuras al ras del agua. Pero lograron aguantar, ya que sabían que el cachalote tendría que salir más tarde o más temprano. Durante algún tiempo, las tres barcas flotaron en círculo, con el animal debajo de la superficie, y sin soltar presa. -¡Atención, se mueve! -gritó Starbuck, cuando los tres cabos vibraron en el aire. -¡Halad, halad, que está subiendo! La ballena no tardó en subir, a dos largos de sus cazadores, y sus movimientos denotaban extremo desfallecimiento. Se le clavaron más lanzas, tratando de encontrar sus puntos vitales. Las ballenas carecen de válvulas en las venas, esas válvulas que en otros animales les permiten no desangrarse ante una herida, porque se cierran. En cambio, una ballena herida pierde sangre a ríos, a fuentes, a torrentes. Como las lanchas la rodeaban por sus tres lados y de muy cerca, se podía ver claramente toda su parte superior. Se distinguían los ojos, o al menos el lugar en que debían estar, ya que lo ocupaban una especie de protuberancias ciegas, terriblemente lastimosas. Con su aleta amputada y sus ojos ciegos hubiera infundido piedad, pero no hay piedad cuando se trata de la lucha entre un ballenero y su presa. Revolcándose, acabó por dejar ver en la parte baja de su costado un tumor descolorido, del tamaño de un azumbre. -¡Dejadme que le pinche ahí! -pidió Flask. -¡Fuera, no serviría de nada! -respondió Starbuck. Pero ya Flask había pinchado con su lanza, y del tumor surgió un chorro purulento, y la ballena, que ya lanzaba sangre por su surtidor, se lanzó ciegamente sobre las embarcaciones, anegándolas con su fluido rojo y vital. Fue éste su postrer estertor. Pero aún pudo alcanzar la lancha de Flask de un coletazo y hundirla. Se detuvo jadeante, dando inútiles aletazos con su muñón, y al cabo, mostrando la blancura de su vientre, quedó a la deriva como un leño y murió. Mientras el buque se aproximaba, esperando por las balleneras, el animal comenzó a dar muestras de ir a hundirse. Se le echaron cabos desde diversos puntos, y con hábiles maniobras, cuando llegó el Pequod, se le transportó al costado del buque, pues si no se le sostenía artificialmente, se iría en el acto al fondo. Y ocurrió que al primer golpe que se le dio con el azadón, por debajo del tumor, se vio que tenía insertado en la carne un arpón herrumbroso, lo cual no es extraño encontrar en las piezas cazadas, pero sin que les provoquen aquellos tumores. También se encontró en su carne una flecha de piedra. ¿Cuántos años llevaría aquella punta clavada en sus tejidos? El buque escoraba, debido al peso. Atravesar el puente equivalía a hacerlo sobre la superficie del tejado de una casa. Crujían y jadeaban las cuadernas, y se comprendía que no había más remedio que soltar las cadenas que las sujetaban. -¡Espera, espera! -gritaba Stubb viendo que se perdía el fruto de tantos trabajos-. ¡No tengas tanta prisa por hundirte, maldita! Queequeg se precipitó con su cazuela en la mano y golpeó las cadenas, que estaban soportando tanto peso, que incluso con aquel débil arma se rompieron. En general, el cachalote muerto flota perfectamente, con la panza a un costado fuera del agua, pero éste no obró de tal manera, sino que se hundió inmediatamente. Es algo que ocurre de cuando en cuando sin que se sepa bien por qué, ya que no solamente sucede con animales viejos, que ya tienen poca grasa y sus huesos son pesados, sino con ejemplares jóvenes, bien envueltos en grasa, que como se sabe, flota siempre. Sin embargo, por un cachalote que se hunda, hay veinte ballenas francas que lo hacen, por lo cual los balleneros no las quieren, ya que eso demuestra la poca grasa que tienen, y además pesan menos aunque tengan igual cantidad de huesos. A poco de hundirse el cachalote, se oyó desde el calcés del Pequod que la Jungfrau estaba arriando otra vez sus balleneras, aunque no se veía más surtidor que el de una ballena de aleta dorsal, especie inalcanzable a causa de su gran velocidad de movimientos. A velas desplegadas, la Jungfrau seguía a sus balleneras, con lo que poco después desaparecerían de nuestra vista los malditos tontos.
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