![]() |
![]() |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
CAPÍTULO XIII Si para que rueden bien los carros se suelen engrasar los ejes, para que las balleneras se deslicen rápidamente por el mar, hay que engrasarles las quillas, y a esa faena se atareaba Queequeg, como si algún presentimiento le previniese de que pronto sería necesaria. Hacia mediodía se señalaron ballenas, más en cuanto pusimos proa a ellas, huyeron. Stubb las persiguió y al cabo de grandes esfuerzos logró clavar un arpón, pero la ballena atacada, sin zambullirse siquiera, siguió nadando en la superficie. O se le balanceaba o se le dejaba perder, a no ser que se emplease el método de la azagaya. Es necesario ser muy hábil para lanzar desde lejos esta lanza, sobre todo cuando la barca se bambolea como un borracho. Este método se emplea mucho cuando la ballena lleva ya un arpón clavado en el lomo. Ved, pues, a Stubb, el hombre más adecuado para esta labor debido a su sangre fría, a su impávida serenidad. La ballena se encontraba a unos cuarenta pies delante de la lancha. Stubb contempló su azagaya, la calibró en la mano, para que no sobrase ni por delante ni por detrás y calculó la distancia. Un instante después lanzó el arma, que recorrió el gran espacio que la separaba de la pieza formando un arco, y fue a clavarse en el centro vital de la ballena, que en lugar de lanzar agua por su surtidor comenzó a manar sangre roja y caliente. -¡Eso le abrió la espita! -dijo Stubb-. Hoy es el cuatro de julio, día inmortal. ¡Ojalá fuera ponche esa sangre, porque podríamos brindar con él! De todas formas, bueno es lo que nos queda.
La larga península de Malaca constituye la parte más meridional de todo el Asia. En una línea continua desde ella se extiende un rosario de islas, las de Sumatra, Java, Bali y Timor, que forman el gran malecón que separa el océano índico del denso grupo de archipiélagos orientales. Y estas islas están siempre llenas de piratas amarillos, pese al castigo que han recibido ya a manos de los europeos. No es extraño saber de algún buque que ha sido asaltado, sus tripulantes asesinados y la carga saqueada. El Pequod se acercaba con buen viento al estrecho, que Acab se proponía atravesar para entrar en el mar de Java y desde allí navegar hacia el Norte por aguas frecuentadas por el cachalote, costear las Filipinas y alcanzar las remotas costas del Japón. Los cálculos del capitán le habían cerciorado de que quizá por allí podría encontrar a la esquiva Moby Dick Como se sabía que había cachalotes en la costa occidental de Java y en el estrecho de Sonda, se instaba a los vigías para que tuvieran los ojos bien abiertos. Cuando se empezaba a perder toda esperanza de encontrar caza, y el barco se adentraba por el estrecho, no tardó en aparecer a nuestros ojos un espectáculo singular. A una distancia de dos o tres millas y por ambas bandas, se veía un bosque de surtidores, que a diferencia de los de la ballena franca, que son dos y se abren como las ramas de un sauce llorón, éstos eran únicos y se dirigían hacia delante. Se sabía que últimamente, los cachalotes, muy perseguidos por los balleneros, se juntaban a veces en manadas gigantescas para así defenderse mejor de los ataques. Vistos desde el Pequod, los surtidores parecían un bosque de chimeneas de una gran ciudad. Emprendió el navío la persecución a toda vela, blandiendo los arponeros sus armas y dando alegres gritos desde las proas de sus balleneras, pendientes aún en sus pescantes. Si se mantenía el viento, no cabía duda de que la falange de cetáceos, que ahora corría por el estrecho de Malaca, se desplegaría al llegar a aguas orientales, y además, ¿quién sabe si entre aquellas innumerables ballenas no se hallaría Moby Dick? Navegábamos, pues, con perico y sobreperico, cuando la voz de Tashtego nos llamó la atención sobre algo. Haciendo juego con la media luna que llevábamos delante, por detrás del Pequod acababa de aparecer otra, sólo que esta vez eran velas. Acab dio una rápida vuelta sobre su pierna de marfil. -¡Ah, de la arboladura! ¡Hay malayos detrás de nosotros! En efecto, debían haber estado escondidos en los cabos, y ahora los piratas malayos se precipitaban hacia nosotros en sus juncos. Pero una vez que el Pequod navegaba con buen viento de popa, por entre el desfiladero verde de las orillas del estrecho, pocas esperanzas podían tener de alcanzarnos. Los íbamos dejando atrás rápidamente y nuestros arponeros apenas les hacían caso, más atentos a la marcha de las ballenas que a la de los piratas. El buque se acercaba a los cetáceos rápidamente, los cuales, como si se hubieran percatado del peligro comenzaron a agruparse para la defensa. Ya estábamos en el fresno de nuestros remos, y después de varias horas de bogar habíamos perdido la esperanza de poder cazar a alguna, cuando de pronto las ballenas parecieron entrar en la fase que se suele llamar de pánico. Dispersábanse en todas direcciones, en amplios círculos, y nadaban al azar de un lado a otro. Sus propios surtidores daban buena señal de que estaban aterradas. De haber sido un rebaño de corderos atacados por tres lobos, no hubieran demostrado mayor pavor. No obstante, la mayoría del rebaño se mantenía agrupado y no avanzaba ni retrocedía. Al cabo de pocos minutos ya había saltado el arpón de Queequeg, y el animal nos arrastró velozmente hacia el centro del rebaño. Esta actitud de una ballena herida no suele ser desacostumbrada y constituye una de las más peligrosas vicisitudes de las pesquerías, pues ya se puede imaginar el riesgo que representa el internarse entre un rebaño entero de colas y cuerpos gigantescos. Así pues, a medida que avanzábamos, nos íbamos encontrando sitiados, sin saber cuando, en cualquier momento, podíamos quedar aplastados por la muralla de carne que nos rodeaba. Sin amedrentarse, Queequeg gobernaba el bote, apartándose tan pronto de un monstruo como de otro, en tanto que Starbuck se mantenía plantado a proa, lanza en mano, pinchando y apartando las ballenas que podía alcanzar con lanzadas cortas. Para cazar cachalotes asustados, las balleneras llevan un artilugio, consistente en pesados bloques de madera, los jaropes, que se pueden sujetar a los arpones al ser éstos lanzados. El cachalote, pues, ha de arrastrar ese peso adicional si huye, lo que le dificulta la marcha. De esta manera llegamos al centro del rebaño, mientras que el cachalote herido iba frenando su marcha. Ya no podíamos escapar. Por suerte para nosotros, los bichos nadaban en círculos, en lugar de atacarnos de frente, debido a que estaban asustados. Creo que en realidad lo que estaban haciendo era tratar de proteger a sus hembras y crías en el centro de los machos, aunque no esté seguro de ello. En efecto, podíamos ver a las hembras seguidas de sus crías, navegando un poco bajo el agua, lo cual resultaba un espectáculo extraño y en cierto modo conmovedor. Tal es el instinto de las madres. Uno de los bebés, que podíamos ver gracias a la transparencia de las aguas en aquella especie de lago azul, apenas tendría un par de días, pero ya medía no menos de catorce pies de largo. -¡Larga, larga! -gritaba Queequeg-. La dimos, ¡la dimos! ¿Quién le soltó el cabo? Son dos, una grande y otra pequeña. -¿Qué te ocurre? -gritó Starbuck. -¡Mirar allí! -replicó Queequeg. Lo que nos indicaba era el cordón umbilical que unía a la hembra con su cachorro. No es raro que en una caza, este cordón se enrede con el cáñamo de la cuerda del arpón, quedando así atrapada la cría, que siempre viaja por debajo de la madre, para poder mamar a su antojo. Mientras, las ballenas a las que se había arrojado arpones con jarope, es decir, los troncos de madera de que antes hablaba, trataban de salir del círculo de sus compañeras para huir. Como cuando se logra acercarse a una ballena se trata de desjarretarla, cortándole con un azadón el gigantesco tendón de la cosa, una de las ballenas heridas se precipitó como un diablo sobre sus compañeras, golpeándolas, y provocando entre ellas el pánico. Inmediatamente se deshizo aquella especie de paz que reinaba en el criadero, y cada ballena trató de alejarse de las demás, con lo cual muchas de ellas vinieron hacia el centro, lugar que ocupábamos nosotros. -¡A los remos! -gritaba Starbuck-. ¡Por Dios bendito, muchachos, a los remos! ¡Apartad a esa ballena! ¡Queequeg, pincha a esa otra, pero mantenerlas alejadas! ¡Venga, pinchad, remad...! La lancha estaba casi aplastada ya entre dos enormes masas negras, que parecían murallones, y que como se juntaran nos laminarían irremisiblemente. Con esfuerzos desesperados conseguimos salir a un espacio abierto, en busca de alguna otra salida. Y así, de milagro en milagro, logramos deslizarnos de lo que había sido el centro hasta la periferia del rebaño. Nuestra feliz salvación no nos costó más que el sombrero de Queequeg, que le arrancó de la cabeza una cola que pasó rozándolo. Las ballenas volvieron a reunirse y prosiguieron su marcha en perfecta formación. Era inútil continuar la persecución, aunque los botes se quedaron para tratar de cazar alguna de las que, sujetas a los jaropes, pudiera quedarse rezagada, y para recoger a una mostrenca que Flask había matado. Se llama mostrencas a aquellas ballenas muertas de un arponazo y a las que por no poder remolcar de momento, se dejan flotar clavándoles una pértiga con un gallardete que permite reconocerlas como caza propia después, por si acaso algún otro ballenero se acerca a ellas para cobrarlas.
|
|
|
||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
|
|
| Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato. | ||
| Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (c) 1996 - 2006 | ||