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Capítulo XIV

CAPÍTULO XIV

Fue un par de semanas después de la última escena de caza referida, y mientras navegábamos por un sereno y soñoliento mar de mediodía, cuando las numerosas narices de la cubierta del Pequod percibieron en el mar un olor nada agradable, por cierto.

-Apostaría cualquier cosa -dijo Starbuck-, a que anda por aquí alguna ballena de las que colgamos los jaropes el otro día. Ya me parecía que no habían de dejar de mostrarse en la arboladura.

La bruma se disipó y pudimos ver a lo lejos un barco cuyas velas aferradas indicaba que debía llevar alguna ballena al costado, colgando. Al acercarnos más vimos que enarbolaba pabellón francés, y por la nube de buitres marinos que revoloteaba y planeaba alrededor, pudimos colegir que dicha ballena debía ser de las que los pescadores llaman roñosas, es decir, una ballena muerta. Ya se puede imaginar el hedor que despide una mole semejante peor que el de una ciudad aquejada por una epidemia de peste.

Tan intolerable resulta para algunos, que ni la mayor avaricia podría persuadirles para atracar a su lado. Hay quienes lo hacen pese a todo, a pesar de que el aceite que se saca de semejantes clientes es de calidad muy inferior y nada parecido al agua de rosas.

Al acercarnos vimos que el francés no llevaba una sola, sino dos, una a cada costado, y aún resultaba más «perfumada» la segunda que la primera.

El Pequod estaba ya tan próximo al barco francés que Stubb hubiera jurado poder identificar el mango de su azadón enredado en las cuerdas que rodeaban la cola de una de las ballenas.

-¡Vaya frescura! -gritaba-. ¡Vaya un chacal! Ya sabía yo que esas ranas de franceses son muy pobres diablos como balleneros, pero me asombra ver que se contente con nuestros desperdicios. Vamos, haced una colecta para los pobres, caballeros. Pero, ¿y la otra? Sacaría yo más sebo del palo mayor que de ese pobre saco de huesos.

La calma había caído, y quieras que no, el Pequod se hallaba envuelto en aquel hedor, y sin más esperanzas de salir de él que la de que el viento soplase de nuevo. Saliendo de la cámara, Stubb llamó a la tripulación de su ballenera y salió bogando hacia el desconocido navío. Al acercarse a su proa, observó que según el gusto francés, la parte superior de la roda estaba tallada simulando un gran tallo pendiente, pintado de verde y llevando a modo de espinas tachones de cobre clavados. El conjunto terminaba en un capullo cerrado y de color rojo vivo.

En la amura, en grandes letras, se leía la palabra «Bouton de Rose» (capullo de rosa) que era el romántico nombre del perfumado buque.

Aunque Stubb sólo entendió la palabra Rosa, se llevó las manos a la nariz, burlonamente.

Para lograr ponerse en contacto con la gente de a bordo, hubo de dar la vuelta a la proa y pasar a la banda de estribor, junto a la ballena roñosa y hablar por encima de ella.

-¡Ah del Bouton de Rose! ¿Tenéis algún capullito que hable inglés?

-Sí -respondió un tipo, que resultó ser el piloto y que procedía de Guernesey.

-¿Habéis visto a la Ballena Blanca?

-¿La qué?

-¡La Ballena Blanca! Un cachalote, al que llaman Moby Dick.

-Nunca la oí nombrar. ¡Cachalot Blanc! Nunca. Jamás.

-Muy bien, pues hasta luego. No tardaremos en volver.

Bogando rápidamente volvió al Pequod y viendo a Acab en la regala del alcázar, le dijo que no había nada nuevo.

Acab se metió en la cámara y Stubb volvió al barco francés.

Observó que el oficial que manejaba su azadón ballenero tenía una bolsa en las narices:

-¿Qué le ocurre? ¿Se la partió?

-¡Así la tuviera rota o no tuviera ninguna! Por otra parte, ¿qué diablos busca usted aquí?

-No se acalore, pero, ¿no sabe usted que es inútil tratar de sacar aceite de esas ballenas? En cuanto a la otra, no tiene ni un cuartillo.

-Lo sé, pero mi capitán no quiere creerlo. Esta es su primera travesía, y él era antes un fabricante de agua de colonia. Pero suba a bordo.

-Lo que guste.

Pronto estuvo en cubierta, donde descubrió un extraño espectáculo. Los marineros, con gorros de punto encarnado, aprestaban los grandes aparejos de cuadernales para las ballenas, pero trabajaban despacio y hablaban deprisa, y todos con las narices hacia arriba. De vez en vez alguno dejaba el trabajo y se iba hacia el palo mayor para respirar un aire algo más puro.

Sorprendió a Stubb una serie de maldiciones y gritos que procedían de popa, y al mirar vio una cara furibunda que asomaba a la puerta del camarote del capitán.

Stubb, astutamente, se fue a charlar con el primer oficial, que le dijo que detestaba a su capitán, porque era un ignorante vanidoso que les había metido en aquel repugnante asunto. Haciéndole algunas preguntas capciosas, comprendió que aquel tipo no sabía nada del ámbar gris. Se calló, por tanto, pero en todo lo demás se mostró amable y confiado. Luego le preguntó si quería que su capitán abandonase tan repugnante faena. El otro asintió y Stubb le dijo algunas palabras en voz baja.

En ese momento salió el capitán del camarote y el primer oficial le presentó a Stubb, adoptando el papel de intérprete.

-¿Qué le digo primero? -preguntó el primer oficial.

-Dile que es una especie de tonto, un niño tonto y grande -lo que el primer oficial tradujo como que el americano le contaba que poco antes habían tocado con un barco en el cual había habido seis casos de peste por llevar una ballena roñosa al costado.

El capitán pidió más detalles.

-Dile -agregó Stubb-, que me parece un mico y que no tiene ni idea de lo que hay que hacer en un buque.

-Afirma, monsieur, que la otra ballena, la seca, es aún más peligrosa que la roñosa, y que si tenemos en algo nuestras vidas, debemos soltarlas inmediatamente o pereceremos de peste.

El capitán salió corriendo y ordenando que desenganchasen los cadáveres de las ballenas.

La conversación continuó en términos parecidos. A las barbaridades de Stubb, el piloto de Guernesy agregaba algunos detalles que convencieran al capitán de que debía cuanto antes librarse de sus huéspedes. Ambos rieron mucho al ver la cara del capitán cuando éste volvió a su camarote. Stubb le dijo al primer oficial que enviarían un cable desde el Pequod para remolcar la ballena y separarla del buque francés.

Así lo hicieron y como el viento se acababa de levantar, pudieron remolcar la ballena, después de avisar a la tripulación del Pequod de la jugarreta que acababa de hacerles a los franceses, los cuales nada sabían sobre el ámbar gris.

Tan pronto como perdieron de vista al barco francés, Stubb bajó rápidamente hacia el cadáver flotante y empezó a hacer una excavación en él, protegiéndose antes la nariz con un pañuelo humedecido.

Cuando el azadón dio por fin con las descarnadas costillas, toda su tripulación lo contemplaba con ojos ávidos. Stubb no dejaba de hurgar en el interior del cuerpo podrido.

Y de pronto, una nube de tenue perfume surgió por entre la peste que derramaba la ballena muerta.

-¡Ya lo tengo, ya lo tengo! -gritó Stubb alborozado-. ¡Aquí está la bolsa!

Y soltando el azadón, metió ambas manos por el agujero, sacando puñados de algo que parecía jabón antiguo y un queso muy maduro, perfumado y untuoso.

Tenía un color amarillento ceniciento. Se trataba del ámbar gris, sustancia que vale una libra esterlina la onza en cualquier farmacia. Se sacaron como unos seis puñados, pero algo se perdió cayendo al mar. Y tal vez se hubiera podido sacar más a no ser por la impaciencia con la que Acab ordenaba que acabase aquella operación. Stubb se vio obligado en efecto a dejar el cadáver de la ballena y volver a bordo.

El ámbar gris, debemos aclarar, es una sustancia de gran valor en la fabricación de perfumes, velas de lujo, jabones y pomadas. Los turcos lo empleaban para su cocina. ¿Quién podría decirles a las personas que usan esa sustancia que su origen está en las tripas de una ballena enferma? Pues así es.

Los balleneros suelen saberlo -aquellos franceses del Bouton de Rose eran unos ignorantes que no sabían lo que tenían entre manos-, y la estratagema de Stubb proporcionó al Pequod una ganancia extra.

El procedimiento de sacarle toda la grasa a la ballena que habíamos capturado primeramente había acabado. Los hornos habían estado encendidos durante mucho tiempo para refinar el aceite, y éste embarrilado convenientemente en sus toneles y éstos guardados en la cala. La cubierta, poco antes llena de manchas de sangre y de sebo, relucía ahora, porque nada hay que limpie mejor que el aceite de ballena. Aparte de ello, todos los depósitos de los faroles estaban llenos, no nos faltaría iluminación en muchísimo tiempo.

Durante ese tiempo habían ocurrido algunas cosas. El negrito Pip, una persona alegre y que animaba a bordo a los marineros con su tamboril, había sido ascendido a remero en la ballenera de Stubb, pero su poca pericia había hecho que se perdieran dos presas, ya que en ambos casos cayó al mar, enredado en las cuerdas de los arpones, con lo cual fue enviado de nuevo al barco, y desde entonces vagaba por él como un alma en pena. Pero el viaje continuaba.

 

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-¡Ah del barco! ¿Habéis visto a la Ballena Blanca? Así gritaba Acab al barco con bandera inglesa que se acercaba por la popa. El capitán de este último navío era un hombre corpulento al que le faltaba un brazo.

-¿Y ves tú esto? -respondió el inglés enseñando un brazo artificial fabricado también con marfil de cachalote.

-¡Arriad mi ballenera! -ordenó Acab.

Poco después abordaba al otro barco. Por cierto, que Acab hasta entonces no había pasado a ningún otro barco, ya que su pata de marfil le impedía trepar por las escalas. El obstáculo se salvó gracias al aparejo de descuartizamiento del barco inglés. El capitán de éste se adelantó hacia Acab, cuando éste se encontró ya en cubierta.

-Bien, amigo, démonos los huesos, choquemos -dijo Acab-. ¿Dónde viste la Ballena Blanca?

-En la línea del Ecuador, la temporada pasada.

-Y se te llevó ese brazo, ¿no?

-Por lo menos tuvo la culpa de ello -respondió el inglés-. Era la primera vez que yo cazaba en la línea, y nada sabía entonces de la Ballena Blanca. Un día logramos aferrar a un cachalote, que resultó un verdadero caballo de circo, muy difícil de sujetar. En ese momento apareció una ballena enorme, de cabeza y joroba blancas como la leche, y toda ella llena de arrugas...

-¡Ella, la misma! jadeó Acab.

-Y con arpones clavados cerca de la aleta de estribor.

-¡Los míos! Pero sigue...

-Bueno, pues la maldita ballena comenzó a morder furiosamente el cabo de mi arpón, y al halar fuimos a dar directamente con su joroba. Decidí hacerme con ella fuera como fuese. Para ello le lancé mi arpón, pero en ese momento una cola como una torre se abatió sobre mi lancha, partiéndola en dos. Salimos nadando y yo me cogí al astil del arpón clavado, pero la ballena se sumergió de pronto y el arpón se desprendió y me cogió por aquí con el hierro. Las púas me desgarraron todo el brazo. Afortunadamente llevaba a bordo un físico, un médico, pero aquí está él, que te lo puede contar mejor.

-Era una mala herida -dijo el médico-. Y a pesar de mis cuidados iba de mal en peor. Se ponía negra, y yo bien sabía lo que eso significa: la gangrena, por lo cual no había más remedio que amputar. El carpintero de a bordo se encargó de fabricar ese brazo artificial, con una maza al extremo capaz de partir cualquier cabeza si le da con ella.

-Pero, ¿qué fue de la Ballena Blanca? -preguntó Acab, que estaba poco interesado en aquellos detalles.

-No la volvimos a ver en algún tiempo. Bueno, yo no sabía lo que era, pero al volver a pasar por la línea, oí hablar de ella. Y no sólo hablar.

-¿La volviste a ver?

-Dos veces. Pero ni siquiera intenté atacarla. Con la pérdida de un miembro tenía bastante.

-Pues alguien la cazará, no lo dudes -respondió Acab acaloradamente. El médico inglés le contempló durante unos instantes.

-Lleve cuidado, capitán -dijo-. Tiene usted el aspecto de estar enfermo. Estoy seguro de que tiene fiebre, me basta con mirarlo.

-¡Déjeme en paz! -gritó Acab-. ¿Hacia dónde se dirigía Moby Dick? ¡Eso es lo que quiero saber!

-Creo que hacia el Este -dijo el capitán inglés-. Pero, ¿qué te pasa, hombre? ¿Es que está loco su capitán? -le preguntó a Fedallah.

Éste se puso un dedo en los labios y bajó a la ballenera, al tiempo que Acab se hacía arriar. Los tagalos empuñaron los remos, y Acab, sin volver la vista atrás, se dirigió a su propio barco.

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Moby Dick


 


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