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Capítulo XVI

CAPÍTULO XVI

Poco después de forjar su arpón el capitán Acab, nos tropezamos con el Bachelor, matrícula de Nantucket, que acababa de estibar su último barril y cerrado las escotillas atestadas. Los vigías de sus calcés llevaban en los sombreros tiras de lanilla roja, y de la popa pendía una ballena cabeza abajo. Por todas partes ondeaban gallardetes, pabellones y banderines de señales.

El Bachelor había tenido mucha suerte, al tiempo que muchos buques habían pescado en las mismas aguas sin apenas conseguir resultados. Incluso habían tenido que desprenderse de barricas de carne y pan para hacer sitio a la valiosa esperma, y llevaban barriles hasta en cubierta.

Al acercarse al Pequod, salió el capitán Acab de la cámara. Desde el otro barco llegaban hasta el nuestro el salvaje redoblar de tambores, y un grupo de tripulantes bailaba una jiga infernal, en la que intervenían oficiales y marineros, e incluso algunas muchachas recogidas en las islas de la Polinesia. Otra parte de la tripulación se afanaba en la obra de fábrica de las calderas.

Como supremo señor de aquel aquelarre, reinaba el capitán, muy tieso en el alcázar, contemplando aquella comedia que parecía preparada para él. También Acab contemplaba la escena, pero él con el ceño fruncido y la cara oscurecida. Al cruzarse ambos navíos, el comandante del Bachelor gritó:

-¡Sube a bordo! -y agitaba en el aire una botella.

-¿Has visto la Ballena Blanca? -preguntó Acab.

-No, me han hablado de ella, pero no creo ni una palabra de lo que han contado. Vamos, sube a bordo.

-No quiero privaros de vuestra diversión -dijo Acab-. ¿Perdiste algún tripulante?

-Bah, nada que valga la pena: un par de isleños. Pero, sube a bordo, viejo, y te haré desarrugar el ceño. Tengo el barco abarrotado y vuelvo a casa. ¡Hay que celebrarlo!

-Maravilla lo campechano que puede ser un necio -murmuró Acab. Y en voz alta, agregó: Tú vas cargado y a casa. Yo, vacío y en ruta. Conque sigue tu camino y yo seguiré el mío. ¡Izad todo el trapo y avante!

Y cuando el barco se alejaba, sacó del bolsillo un frasquito y lo contempló pensativamente: estaba lleno de tierra de Nantucket.

Al parecer, el encuentro con el Bachelor nos dio suerte, porque al día siguiente encontramos ballenas y matamos cuatro, una de ellas por Acab. Un poco aplacado en su mal humor, Acab, en la proa de su ballenera, contemplaba los últimos espasmos de la ballena que acababa de matar y parecía hasta apacible.

Las cuatro sacrificadas aquella tarde habían muerto a mucha distancia del Pequod y también a mucha distancia entre sí. A tres de ellas se las remolcó hasta el costado del buque, y a la cuarta se le clavó la pértiga de mostrenca en el orificio del surtidor, con un farol que brillaba tenuemente en la oscuridad de la noche.

Acab y su tripulación parecían dormir. Todos, excepto el parsi Fedallah, que sentado en cuclillas a proa, contemplaba los tiburones que pululaban en el mar. Un momento después, Acab se reunía con él.

-Lo he vuelto a soñar -dijo el capitán.

-¿Lo de los coches de muerto? ¿No te he dicho, viejo, que no tendrás ni coche ni siquiera ataúd?

-Ninguno que muera en el mar los tiene.

-Pero te digo, viejo, que antes de que mueras en esta travesía, tendrás que ver personalmente dos coches de muertos sobre el mar. El primero no será obra del hombre y las maderas visibles del segundo tienen que haber crecido en Norteamérica.

-Extraño espectáculo ése, parsi. Una carroza fúnebre flotando sobre el océano. No veremos pronto semejante cosa.

-Lo creas o no, viejo, no puedes morir hasta que las veas.

-Y la predicción, ¿qué dice respecto a ti?

-Que ocurra lo que ocurra, yo iré siempre delante de ti, como piloto.

-Y una vez que hayas partido primero, tendrás que aparecérteme para seguir guiándome. Si sucediera lo que tú crees, serían dos garantías de que aún he de matar a Moby Dick y sobreviviría.

-Pues escucha esta otra, viejo -respondió el parsi con los ojos relampagueantes-. Sólo te puede matar la cuerda.

-¿La horca, quieres decir? Entonces soy inmortal en la tierra y en el mar -respondió Acab riendo burlonamente.

Quedaron ambos en silencio. Llegaba ya el amanecer. Antes de mediodía, la última ballena estaba ya acostada al buque.

Se acercaba por fin la temporada de caza en la línea del Ecuador. Acab tomaba todos los días la altura del sol. En aquel mar del Japón, los días de verano son maravillosos. El cielo parece de laca, no hay nubes y el sol brilla de tal manera que el sextante de Acab tenía vidrios de colores para poder mirarlo. Pero Acab parecía no necesitar siquiera su instrumento. Incluso en cierta ocasión lo rompió contra el suelo. A veces se dejaba guiar solamente por la brújula. El parsi lo contemplaba con aire un poco burlón. Plantado junto al bauprés, Starbuck contemplaba la marcha del buque.

Pero esos cielos plácidos encierran en su seno el germen de terribles tormentas. Hacia el anochecer de un día, el Pequod perdió su velamen, y con las vergas desnudas hubo de afrontar un tifón que cogió de proa. Al llegar la noche, el cielo y el mar bramaban, desgarrados por el rayo. Estaba Starbuck en el alcázar, mirando hacia arriba a cada relámpago para ver qué nueva catástrofe sobrevendría en el aparejo, en tanto que Stubb y Flask dirigían a los marineros, que amarraban sólidamente las balleneras. Izada en lo más alto de sus pescantes, la ballenera de Acab no pudo escapar. Una ola enorme que se lanzó sobre el costado, la desfondó por la popa y la dejó goteando como una criba.

-Mala faena, señor Starbuck -dijo Stubb mirando la avería-. Pero no importa, cuando uno no puede hacer otra cosa, se pone a cantar.

Y lo hizo: una canción de pescador. Starbuck le hizo callar.

-¡Basta! Si es usted valiente se quedará callado, señor Stubb.

-Pues no soy valiente. Soy un cobarde y canto para animarme.

-¡Loco! Mire por mis ojos si no le sirven los suyos.

-¿Es que puede usted ver mejor que yo?

-¡Venga! -y cogiendo a Stubb por un brazo, lo llevó a barlovento-. ¿No ve que la tormenta viene del Este, la misma derrota que lleva Acab detrás de Moby Dick? La ruta misma que tomó a mediodía. Y ahora, fíjese en la ballenera. ¿Por dónde se desfondó? ¡Por la popa, muchacho, por el propio lugar en que suele colocarse! Y ahora, cante si es que puede.

-Pero, ¿qué es lo que piensa usted?

-El camino más corto para Nantucket es doblando el Cabo de Buena Esperanza. La borrasca que amenaza hacernos zozobrar la podríamos transformar en viento fresco que nos llevase a casa. En cambio, a barlovento, sólo hay vientos de perdición.

En ese momento oyeron a su lado una voz que hablaba al tiempo que retumbaba el trueno.

-¿Quién va? -preguntó Starbuck.

-¡El Viejo Trueno! -replicó Acab, avanzando a tientas para encontrar el agujero en que meter el pie.

-¡Mire arriba! -dijo Starbuck de pronto-. ¡El fuego de San Telmo en lo alto del palo mayor!

En efecto, los brazos de las vergas estaban rodeados de un fuego lívido, y las triples agujas de los pararrayos lucían con tres lenguas de fuego. Los mástiles enteros parecían arder.

-¡Fuego de San Telmo, ten piedad de nosotros! -gritó Stubb.

La tripulación estaba petrificada y se apretujaba en montón en el castillo de proa, con los ojos fijos en aquella pálida fosforescencia. Destacándose en la luz espectral, el gigantesco Daggoo parecía tres veces más alto y semejante a la misma nube negra en que se fraguaba el rayo. La boca abierta de Tashtego enseñaba sus blancos dientes de tiburón, en tanto que los tatuajes de la piel de Queequeg parecían arder como llamas infernales.

Toda la escena duró poco tiempo y se borró al desaparecer la luz de arriba. El Pequod y todos sus tripulantes quedaron envueltos en una especie de patio mortuorio.

-¿Y qué dices ahora? -preguntó Starbuck a su compañero-. He oído tu invocación: no era la canción que cantabas antes.

-No, dije que el Fuego de San Telmo tuviera piedad de nosotros, y sigo esperando que la tenga...

En ese momento, Starbuck vio que el semblante de Stubb volvía a aparecer en la sombra, comenzando a destacarse lentamente en la oscuridad.

-¡Mira, mira!

Y nuevamente vieron las lenguas de fuego, con una claridad que parecía redoblada.

-¡Que el fuego de San Telmo tenga piedad de nosotros! -replicó Stubb.

Al pie del palo mayor, exactamente debajo del doblón de oro y de las llamitas de San Telmo, estaba el parsi Fedallah arrodillado delante de Acab, pero con la cabeza vuelta hacia un lado. Muy próximo a ellos, pendía del aparejo un grupo de marineros que aferraban una vela y se habían detenido en su labor ante el resplandor.

Todas las miradas se dirigían hacia arriba.

-¡Eso, eso, muchachos! -clamaba Acab-. ¡Mirad para arriba y que no se os olvide: la llama blanca alumbra el camino hacia la Ballena Blanca! Dadme esos eslabones de los pararrayos del mayor, me gustaría sentir su pulso y dejar que el mío latiera sobre ellos: ¡Sangre contra fuego! -y volviéndose con el último eslabón en la mano izquierda, le puso encima al parsi el pie y se quedó plantado y erguido ante las llamitas trífidas, con la mirada hacia arriba y el brazo extendido alto.

-¡Oh, tú, pálido espíritu del fuego, a quien adorara en estos mares un tiempo, cuando yo era persa, hasta que en la ceremonia ritual me quemaste de tal modo que aún conservo la cicatriz! Ahora ya te conozco, y sé que el mejor modo de adorarte es desafiarte. No es un temerario necio quien te enfrenta ahora, reconozco tu poderío, pero negaré hasta el último aliento de mi vida tu dominio absoluto sobre mí. Si llegas a mí humildemente, doblaré la rodilla y te besaré, pero si vienes orgulloso, me encontrarás indiferente. ¡Tú, pálido espíritu, me hiciste de tu fuego, y como verdadero hijo del fuego, te lo devuelvo con mi aliento!

Acab cerró los ojos, mientras las llamas parecían crecer.

-Reconozco tu poderío. Me puedes cegar, pero andaré a tientas. Me puedes abrasar, pero seré cenizas. Acepta el homenaje de estos pobres ojos cerrados y la mano que los tapa. Me enorgullezco de mi ascendencia. Tú eres mi furioso padre, pero a mi madre no la conozco. ¿Qué hiciste con ella?

-¡La ballenera, la ballenera! -gritó Stubb-. ¡Mire la ballenera, capitán!

El arpón que Perth forjara para el capitán seguía plantado en la roda, el mar se había llevado la funda de cuero y de la aguda punta de acero salía una llama bífida. Starbuck cogió del brazo al capitán.

-¡Dios está contra usted! Déjeme bracear las vergas mientras hay aún tiempo y aprovechemos el viento fresco para virar hacia casa.

Al oír a Starbuck, toda la tripulación corrió a las brazas, aunque arriba no quedaba vela alguna. Pero Acab, soltando en cubierta los eslabones del pararrayos, y empuñando el arpón flamígero, lo blandió como una tea ante ellos, jurando que atravesaría con él al primero que tocase un cabo. La gente se echó atrás, espantada, y Acab habló de nuevo:

-¡Todos vuestros juramentos de cazar a la Ballena Blanca os atan a mí! Y el viejo Acab está atado en cuerpo, alma, entrañas y vida. Y para que veáis, observad cómo apago el último temblor ígneo.

Y de un soplo apagó la llama.

Al oír las últimas palabras y ver lo que acababa de hacer, la mayor parte de los marineros huyó de su capitán, presa de un desolado terror.

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Moby Dick


 


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