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LIBRO SÉPTIMO POLIMNIA Muere Darío haciendo contra la Grecia aprestos militares, que continúa su
hijo Jerges: con este objeto hace abrir un canal en el Athos y echar un I Cuando llegó al rey Darío, hijo de Histaspes, la nueva de la batalla dada en Maratón, hallándole ya altamente prevenido de antemano contra los Atenienses a causa de la sorpresa con que habían entrado en Sardes, acabó entonces de irritarle contra aquellos pueblos, obstinándose más y más en invadir de nuevo la Grecia. Desde luego, despachando correos a las ciudades de sus dominios a fin de que le aprontasen tropas, exigió a cada una un número mayor del que antes le habían dado de galeras, caballos, provisiones y barcas de trasporte. En la prevención de estos preparativos se vio agitada por tres años el Asia; y como de todas partes se hiciesen levas de la mejor tropa en atención a que la guerra había de ser contra los Griegos, sucedió que al cuarto año de aquellos, los Egipcios antes conquistados por Cambises se levantaron contra los Persas, motivo que empeñó mucho más a Darío en hacer la guerra a entrambas naciones. II. Estando ya Darío para partir a las expediciones
de Egipto y Atenas, originóse entre sus hijos
una gran contienda sobre quién había de ser nombrado
sucesor o príncipe jurado del Imperio, fundándose
en una ley de los Persas que ordena que
antes de salir el rey a campaña nombre al príncipe
que ha de sucederle. Había tenido ya Darío antes de
subir al trono tres hijos en la hija de Gobrias, su
primera esposa, y después de coronado tuvo cuatro
más en la princesa Atosa, hija de Ciro. El mayor de III. Antes que Darío declarase su voluntad, hallándose en la corte por aquel tiempo Demarato, hijo de Ariston, quien depuesto del trono de Esparta y fugitivo de Lacedemonia se había refugiado a Susa para su seguridad, luego que entendió las desavenencias acerca de la sucesión entre los príncipes hijos de Darío, como hombre político fue a verse con Jerges, y, según es fama, le dio el consejo de que a las razones de su pretensión añadiese la otra de haber nacido de Darío siendo ya éste soberano y teniendo el mando sobre los Persas, mientras que al nacer Artobazanes Darío no era rey todavía, sino un mero particular; que por tanto, a ningún otro mejor que a él tocaba de derecho y razón el heredar la soberanía. Añadíale Demarato al aviso que alegase usarse así en Esparta, donde si un padre antes de subir al trono tenía algunos hijos y después de subido al trono le nacía otro príncipe, recaía la sucesión a la corona en el que después naciese. En efecto, valióse Jerges de las razones que Demarato le suministró; y persuadido Darío de la justicia de lo que decía, declaróle por sucesor al imperio; bien es verdad, en mí concepto, que sin la insinuación de Demarato hubiera recaído la corona en las sienes de Jerges, siendo Atosa la que todo lo podía en el Estado. IV. Nombrado ya Jerges sucesor del imperio
persiano, sólo pensaba Darío en la guerra; pero quiso
la fortuna que un año después de la sublevación V. Por la muerte de Darío pasó el cetro a las manos de su hijo Jerges, quien no mostraba al principio de su reinado mucha propensión a llevar las armas contra la Grecia, preparando la expedición solamente contra el Egipto. Hallábase cerca de su persona, y era el que más cabida tenía con él entre todos los Persas, Mardonio, el hijo de Gobrias, primo del mismo Jerges por hijo de una hermana de Darío, quien le habló en estos términos: -«Señor, no parece bien que dejéis sin la correspondiente venganza a los Atenienses, que tanto mal han hecho hasta aquí a los Persas. Muy bien haréis ahora en llevar a cabo la expedición que tenéis entre manos; pero después de abatir el orgullo de Egipto que se nos levantó audazmente, sería yo de parecer que movieseis las armas contra Atenas, así para conservar en el mundo la reputación debida a vuestra corona, como para que en adelante se guarden todos de invadir vuestros dominios.» Este discurso de Mardonio se ordenaba a la venganza, si bien no dejó de concluirlo con la insinuante cláusula de que la Europa era una bellísima región, poblada de todo género de árboles frutales, sumamente buena para todo, digna, en una palabra, de no tener otro conquistador ni dueño que el rey. VI. Así hablaba Mardonio, ya por ser amigo de
nuevas empresas, ya por la ambición que tenía de
llegar a ser virrey de la Grecia. Y en efecto, con el
tiempo logró su intento, persuadiendo a Jerges a
entrar en la empresa; si bien concurrieron otros accidentes
que sirvieron mucha para aquella resolución
del persa. Uno de ellos fue el que algunos
embajadores de Tesalia, venidos de parte de los
Alévadas, convidaban al rey a que viniera contra la
Grecia, ofreciéndose de su parte a ayudarle y servirle
con todo celo y prontitud, lo que podrían ellos hacer siendo reyes de Tesalia. El otro era que los
Pisistrátidas venidos a Susa no sólo confirmaban
con mucho empeño las razones de los Alévadas,
sino que aún añadían algo más de suyo, por tener
consigo al célebre Ateniense Onomácrito, que era
adivino y al mismo tiempo intérprete de los oráculos
de Museo, con quien antes de refugiarse a Susa
habían ellos hecho las paces. Había sido antes
Onomácrito echado de Atenas por Hiparco, el hijo
de Pisistrato, a causa de que Laso Hermionense le
había sorprendido en el acto de ingerir entre los
oráculos de Museo uno de cuño propio, acerca de
que con el tiempo desaparecerían sumidas en el mar
las islas circunvecinas a Lemnos; delito por el cual
Hiparco desterró a Onomácrito, habiendo sido antes
gran privado suyo. Entonces, pues, habiendo
subido con los Pisistrátidas a la corte, siempre que
se presentaba a la vista del monarca, delante de
quien lo elevaban ellos al cielo con sus elogios, recitaba
varios oráculos, y si en alguno veía algo que
pronosticase al bárbaro algún tropiezo, pasaba éste
en silencio, mientras que, por el contrario, al oráculo
que profetizaba felicidades lo escogía y entresacaba, VII. Así, pues, él adivinando y los hijos de Pisistrato aconsejando, se ganaban al monarca. Persuadido ya Jerges a la guerra contra Grecia, al segundo año de la muerte de Darío dio principio a la jornada contra los sublevados, a quienes, después que hubo rendido y puesto en mucha mayor sujeción el Egipto entero de la que tenía en tiempo de Darío, les dio por virrey a Aquemenes, hijo de aquél y hermano suyo; y éste es aquel Aquemenes que, hallándose con el mando del Egipto, fue muerto algún tiempo después por Inario, hijo de Psamético, natural de la Libia. VIII. Después de la rendición del Egipto, cuando
Jerges estaba ya para mover el ejército contra Atenas,
juntó una asamblea extraordinaria de los grandes
de la Persia, a fin de oír sus pareceres y de
hablar él mismo lo que tenía resuelto. Reunidos ya
todos ellos, díjoles así Jerges: IX. Después del rey tomó Mardonio la palabra:
-«Señor, dice, vos sois el mejor Persa, no digo de
cuantos hubo hasta aquí, sino de cuantos habrá jamás
en lo porvenir. Buena prueba nos da de ello ese
vuestro discurso en que campean por una parte la
elocuencia y la verdad, y por otra triunfan el honor
y la gloria del imperio, no pudiendo mirar vos con
indiferencia que esos Jonios europeos, gente vil y
baja, se burlen de nosotros. Insufrible cosa fuera en
verdad que los que hicimos con las armas vasallos
nuestros a los Sacas, a los Indios, a los Etíopes, a los
Asirios, a tantas otras y tan grandes naciones, no
porque nos hubiesen ofendido en cosa alguna, sino
por querer nosotros extender el imperio, dejásemos
sin venganza a los Griegos que han sido los primeros
en injuriarnos. ¿Por qué motivo temerles? ¿Qué
número de tropas pueden juntar? ¿Qué abundancia
de dinero recoger? Bien sabemos su modo de combatir;
bien sabemos cuán poco ninguno es su valor.
Hijos suyos son esos que llevamos vencidos; esos
que viven en nuestros dominios; esos, digo, que se
llaman Jonios, Eolios y Dorios. Yo mismo hice ya la
prueba de ellos cuando por orden de vuestro padre
conduje contra esos hombres un ejército; lo cierto
es que internándome hasta la Macedonia y faltándome
ya poco para llegar a la misma Atenas, nadie
se me presentó en campo de batalla. Oigo decir de
los Griegos, que son en la guerra la gente del mundo
más falta de consejo, así por la impericia, como
por su cortedad. Decláranse la guerra unos a otros,
salen a campaña, y para darse la batalla escogen la
llanura más hermosa y despejada que pueden encontrar,
de donde no salen sin gran pérdida los
mismos vencedores, pues de los vencidos no es
menester que hable yo palabra, siendo sabido que
quedan aniquilados. X. Callaban después los demás Persas, sin que
nadie osase proferir un sentimiento contrario al parecer
propuesto, cuando Artabano, hijo de Histaspes
y tío paterno de Jerges, fiado en este vínculo tan
estrecho, habló en los siguientes términos: -«Señor,
en una consulta en que no se propongan dictámenes
varios y aun entre sí opuestos, no queda al arbitrio
medio de elegir el mejor, sino que es preciso seguir
el único que se dio; sólo queda lugar a la elección
cuando son diversos los pareceres. Sucede en esto
lo que en el oro: si una pieza se mira de por sí, no
acertamos a decir si es oro puro; pero si la miramos
al lado de otra del mismo metal, decidimos luego
cuál es el más fino. Bien presente tengo lo que dije a
Darío, vuestro padre y hermano mío, que no convenía XI. Irritado allí Jerges y lleno de cólera: XII. Vino después la noche y halló a Jerges inquieto
y desazonado por el parecer de Artabano, y
consultando con ella sobre el asunto, absolutamente
se persuadía de que en buena política no debía dirigirse XIII. Luego que amaneció otro día, sin hacer caso
ninguno de su sueño, llamó a junta a los mismos
Persas que antes había convocado, y les habló en
estos términos: -«Os pido, Persas míos, que disimuléis
conmigo si tan presto me veis mudar de parecer.
Confieso que no he llegado aún a lo sumo de
la prudencia, y os hago saber que no me dejan un
punto los que me aconsejan lo que ayer propuse. Lo
mismo fue oír el parecer de Artabano que sentir en
mis venas un ardor juvenil que me hizo prorrumpir XIV. Otra vez en la noche próxima aconteció a Jerges en cama aquel mismo sueño, hablándole en estos términos: -«Vos, hijo de Darío, parece que habéis retirado ya la orden dada para la jornada de los Persas, no contando más con mis palabras que si nadie os las hubiera dicho. Pues ahora os aseguro, y de ello no dudéis, que si luego no emprendéis la expedición, os va a suceder en castigo que tan en breve como habéis llegado a ser un grande y poderoso soberano, vendréis a parar en hombre humilde y despreciable.» XV. Confuso y aturdido Jerges con la visión, salta el punto de la cama y envía un recado a Artabano llamándole a toda prisa, a quien luego de llegado habló en esta forma: -«Visto has, Artabano, cómo yo, aunque llevado de un ímpetu repentino hubiese correspondido a un buen consejo con un ultraje temerario y necio, no dejé pasar con todo mucho tiempo sin que arrepentido te diera la debida satisfacción, resuelto a seguir tu aviso y parecer. ¿Creerás ahora lo que voy a decirte? Quiero y no puedo darte gusto en ello. ¡Cosa singular! después de mudar de opinión, estando ya resuelto a todo lo contrario, vínome un sueño que de ningún modo aprobaba mi última resolución; y lo peor es que entre iras y amenazas acaba de desaparecer ahora mismo. Atiende a lo que he pensado: si Dios es realmente el que tal sueño envía poniendo todo su gusto y conato en que se haga la jornada contra la Grecia, te acometerá sin falta el mismo sueño ordenándote lo que a mí. Esto lo podremos probar del modo que he discurrido: toma tú todo mi aparato real, vístete de soberano, sube así y siéntate en mi trono, y después vete a dormir en mi lecho.» XVI. A estas palabras que acababa Jerges de decir,
no se mostraba al principio obediente Artabano,
teniéndose por indigno de ocupar el real solio; pero
viéndose al fin obligado, hizo lo que se le mandaba,
después de haber hablado así: -«El mismo aprecio,
señor, se merece para mí el que por sí sabe pensar
bien, y el que quiere gobernarse por un buen pensamiento
ajeno, cuyas dos prendas de prudencia y
docilidad las veo en vuestra persona; pero siento
que la cabida y el valimiento de ciertos sujetos depravados
os desvíen del acierto. Sucédeos lo que al
mar, uno de los elementos más útiles al hombre, al
cual suele agitar de modo la furia de los vientos, a lo
que dicen, que no le dan lugar a que use de su bondad
natural para con todos. Por lo que a mí toca, no
tuve tanta pena de ver que me trataseis mal de palabra,
como de entender vuestro modo de pensar,
pues siendo dos los pareceres propuestos en la junta
de los Persas, uno que inflamaba la soberbia y violencia
del imperio persiano, el otro que la reprimía
con decir que era cosa perjudicial acostumbrar el
ánimo a la codicia y ambición perpetua de nuevas
conquistas, os declarabais a favor de aquel parecer
que de los dos era el más expuesto y peligroso,
tanto para vos, como para el Estado de los Persas.
Sobre lo que añadís que después de haber mejorado
de resolución no queriendo ya enviar las tropas
contra la Grecia, os ha venido un sueño de parte de
algún dios que no os permite desarmar a los Persas
enviándoles a sus casas, dadme licencia, hijo mío,
para deciros la verdad, que esto de soñar no es cosa
del otro mundo. ¿Queréis que yo, que en tantos
años os aventajo, os diga en qué consisten esos sueños
que van y vienen para la gente dormida? Sabed
que las especies de lo que uno piensa entre día esas
son las que de noche comúnmente nos van rodando
por la cabeza. Y nosotros cabalmente el día antes
no hicimos más que hablar y tratar de dicha expedición.
Pero si no es ese sueño como digo, sino que
anda en él la mano de alguno de los dioses, habéis
dado vos en el blanco, y no hay más que decir; del
mismo modo se me presentará a mí que a vos con
esa su pretensión. Verdad es que no veo por qué
deba venir a visitarme si me visto yo vuestro vestido,
y no sí me estoy con el mío; que venga si me XVII. Pensando Artabano hacer ver a Jerges que nada había en aquello de realidad, después de este discurso, hizo lo que se le decía. Vistióse, en efecto, con el aparato de Jerges, sentóse en el trono real, de allí se fue a la cama, y he aquí que el mismo sueño que había acometido a Jerges carga sobre Artabano, y plantado allí, le dice: -«¿Conque tú eres el que con capa de tutor detienes a Jerges para que no mueva las armas contra la Grecia? ¡Infeliz de ti! que ni ahora ni después te alabarás de haber querido estorbar lo que es preciso que se haga. Bien sabe Jerges lo que le espera si no quisiere obedecer.» XVIII. Así le pareció a Artabano que le amenazaba el sueño y que en seguida con unos hierros encendidos iba a herirle en los ojos. Da luego un fuerte grito, salta de la cama, y váse corriendo a sentar al lado de Jerges, le cuenta el sueño que acaba de ver, y añádele después: -«Yo, señor, como hombre experimentado, teniendo bien presente que muchas veces el que menos puede triunfa de un enemigo superior, no era de parecer que os dejaseis llevar del ardor impetuoso de la juventud, sabiendo cuán perniciosos son en un príncipe el espíritu y los pujos de conquistador, acordándome, por una parte, del infeliz éxito de la expedición de Ciro contra los Masagetas; y también, por otra la que hizo Cambises contra los Etíopes, y habiendo sido yo mismo testigo y compañero de la de Darío contra los Escitas. Gobernado por estas máximas, estaba persuadido de que vos en un gobierno Pacífico ibais a ser de todos celebrado por el príncipe más feliz. Pero, viendo ahora que anda en ello la mano de Dios, que quiere hacer algún ejemplar castigo ya decretado contra los Griegos, varío yo mismo de opinión y sigo vuestro modo de pensar. Bien haréis, pues, en dar cuenta a los Persas de estos avisos que Dios os da, mandándoles que estén a las primeras órdenes tocantes al aparato de la guerra: procurad que nada falte por vuestra parte con el apoyo del cielo.» Pasados estos discursos y atónitos y suspensos los ánimos de entrambos con la visión, apenas amaneció dio Jerges cuenta de todo a los Persas, y Artabano que había sido antes el único que retardaba la empresa, entonces en presencia de todos la apresuraba. XIX. Empeñado ya Jerges en aquella jornada, tuvo entre sueños una tercera visión, de la cual informados los magos resolvieron que comprendía aquella a la tierra entera, de suerte que todas las naciones deberían caer bajo el dominio de Jerges. Era esta la visión: soñábase Jerges coronado con un tallo de olivo, del cual salían unas ramas que se extendían por toda la tierra, si bien después se le desaparecía la corona que le ceñía la cabeza. Después que los magos y los Persas congregados aprobaron la interpretación del sueño, partió cada uno de los gobernadores a su respectiva provincia, donde se esmeró cada cual con todo conato en la ejecución de los preparativos, procurando alcanzar los dones y premios propuestos. XX. Jerges por su parte hizo tales levas y reclutas
para dicha jornada, que no dejó rincón en todo su
continente que no escudriñase; pues por espacio de
cuatro años enteros, contando desde la toma del
Egipto, se estuvo ocupando en prevenir la armada y
todo lo necesario para las tropas. En el discurso del
año quinto, emprendió sus marchas llevando un XXII. Es el Atos un gran monte y famoso promontorio que se avanza dentro del mar, todo bien poblado y formando una especie de península, cuyo istmo donde termina el monte unido con el continente viene a ser de 12 estadios. Este istmo es una llanura con algunos no muy altos cerros, que se extiende desde el mar de los Acantios hasta el mar opuesto de Torona, y allí mismo donde termina el monte Atos se halla Sana, ciudad griega. Las ciudades mas acá de Sana que están situadas en lo interior del Atos, y que los Persas pretendían hacer isleñas en vez de ciudades de tierra firme, son Dio, Olofizo, Acrotoon, Tiso, Cleonas, ciudades todas contenidas en el recinto del Atos. XXIII. El orden y modo de la excavación era en
esta forma: repartieron los bárbaros el terreno por
naciones, habiéndole medido con un cordel tirado
por cerca de la ciudad de Sana. Cuando la fosa
abierta era ya profunda, unos en la parte inferior
continuaban cavando, otros colocados en escaleras
recibían la tierra que se iba sacando, pasándola de
mano en mano hasta llegar a los que estaban más
arriba de entrambos, quienes la iban derramando y
extendiendo. Así que todas las naciones que turnaban XXIV. Cuando me paro a pensar en este canal, hallo que Jerges lo mandó abrir para hacer alarde y ostentación de su grandeza, queriendo manifestar su poder y dejar de él un monumento; pues pudiendo sus gentes a costa de poco trabajo trasportar sus naves por encima del istmo, mandó con todo abrir aquella fosa que comunicase con el mar, de anchura tal que por ella al par navegaban a remo dos galeras. A estos mismos que tenían a su cuenta el abrir el canal, se les mandó hacer un puente sobre el río Estrimon. XXV. Al tiempo que se ejecutaban estas obras como mandaba, íbanse aprontando los materiales y cordajes de biblo y de lino blanco para la construcción de los puentes. De ello estaban encargados los Fenicios y Egipcios, como también de conducir bastimentos y víveres al ejército, para que las tropas y también los bagajes que iban a la Grecia no pereciesen de hambre. Informado, pues, Jerges de aquellos países, mandó que se llevasen los víveres a los lugares más oportunos, haciendo que de toda el Asia saliesen urcas y naves de carga, cuáles en una, cuáles en otra dirección. Y si bien es verdad que el almacén principal se hacía en la Tracia en la que llaman Leuca Acta (blanca playa), con todo tenían otros orden de conducir los bastimentos a Tirodiza de los Perintios, otros a Dorisco, otros a Eyona sobre el Estrimon, otros a Macedonia. XXVI. En tanto que estos se aplicaban a sus respectivas tareas, Jerges, al frente de todo su ejército de tierra, habiendo salido de Crítalos, lugar de la Capadocia, donde se había dado la orden de que se juntasen todas las tropas del continente que habían de ir en compañía del rey, marchaba hacia Sardes. Allí en la reseña del ejército no puedo decir cuál de los generales mereció los dones del rey en premio de haber presentado la mejor y más bien arreglada milicia, ni aun sé si entraron en esta competencia los generales. Después de pasar el río Halis continuaba el ejército sus marchas por la Frigia, hasta llegar a Celenas, de donde brotan las fuentes del río Meandro y de otro río no inferior que lleva el nombre de Catarractas, el cual, nacido en la plaza misma de Celenas, va a unirse con el Meandro. En aquella plaza y ciudad se ve colgada en forma de odre, la piel de Marsias, quien, según cuentan los Frigios, fue desollado por Apolo, que colgó después allí su pellejo. XXVII. Hubo en esta ciudad un vecino llamado Pitio hijo de Atis, de nación Lydio, quien dio un convite espléndido a toda la armada del rey y al mismo Jerges en persona, ofreciéndose a más de esto a darle dinero para los gastos de la guerra. Oída esta oferta de Pitio, informóse Jerges de los Persas que estaban allí presentes sobre quién era Pitio, y cuántos eran sus haberes, que se atreviese a hacerle tal promesa. -«Señor, le respondieron, este es el que regaló a vuestro padre Darío un plátano y una vid de oro, hombre en efecto que sólo a vos cede en bienes y riqueza, ni conocemos otro que lo iguale.» XXVIII. Admirado de esto último que acababa
Jerges de oír, preguntó él mismo a Pitio cuánto
vendría a ser su caudal. -«Señor, le responde Pitio, XXIV. Así se explicó Pitio, y muy gustoso y
complacido Jerges con aquella respuesta, -«Amigo
Lydio, le dice, después que partí de la Persia, no he
hallado hasta aquí ni quien diera el refrigerio que tú
a todo mi ejército, ni quien se me presentara con esa
bizarría, ofreciéndose a contribuir con sus donativos
a los gastos de la guerra. Tú sólo has sido el vasallo
generoso que después de ese magnífico obsequio
que has hecho a mis tropas te me has ofrecido con
tus copiosos haberes. Ahora, pues, en atención a
esos tus beneficios, te hago la gracia de tenerte por
amigo y huésped, y después quiero suplirte de mi
erario lo que te falta para los 4 millones cabales de
stateres, pues no quiero la mengua de 7.000 stateres
en esa suma que por mi parte ha de quedar entera y
completa. Mi gusto mayor es que goces de lo que
has allegado, y procura portarte siempre como ahora,
que esa tu conducta no te estará sino muy bien, XXX. Habiendo así hablado y cumplido su promesa, continuó su viaje. Pasado que hubo por una ciudad de los Frigios llamada Anaya, y por cierta laguna de donde se extrae sal, llegó a Colosas, ciudad populosa de la Frigia, donde desaparece el río Lico metido por unos conductos subterráneos, y salido de allí a cosa de cinco estadios, corre también a confundirse con el Meandro. Moviendo el ejército desde Colosas hacia los confines de la Frigia y de la Lydia, llegó a la ciudad de Cidrara, en donde se ve clavada una columna mandada levantar por Creso, en que hay una inscripción que declara dichos confines. XXXI. Luego que dejando la Frigia entró el ejército
por la Lydia, dio con una encrucijada donde el
camino se divide en dos, el uno a mano izquierda
lleva hacia la Caria, el otro a mano derecha tira hacia
Sardes, siguiendo el cual es forzoso pasar el río
Meandro y tocar en la ciudad de Calatebo, donde
hay unos hombres que tienen por oficio hacer miel
artificial sacada del tamariz y del trigo. Llevando
Jerges este camino, halló un plátano tan lindo, que
prendado de su belleza, le regaló un collar de oro, y
lo señaló para cuidar de él a uno de los guardias que XXXII. Lo primero que hizo Jerges llegado a
Sardes fue destinar embajadores a la Grecia, encargados
de pedir que le reconociesen por soberano
con la fórmula de pedirles la tierra y el agua y con la
orden de que preparasen la cena al rey, cuyos embajadores
envió Jerges a todas las ciudades de la
Grecia menos a Atenas y Lacedemonia. El motivo XXXIII. Después de estas previas diligencias,
disponíase Jerges a mover sus tropas hacia Abidos,
mientras que los encargados del puente sobre el XXXIV. Empezando, pues, desde Abidos los ingenieros encargados del puente, íbanle formando con sus barcas, las que por una parte aseguraban los Fenicios con cordaje de lino blanco, y por otra los Egipcios con cordaje de biblo. La distancia de Abidos a la ribera contraria es de siete estadios. Lo que sucedió fue que unidas ya las barcas se levantó una tempestad, que rompiendo todas las maromas deshizo el puente. XXIXV. Llenó de enojo esta noticia el ánimo de
Jerges, quien irritado mandó dar al Helesponto trescientos
azotes de buena mano, y arrojar al fondo de
él, al mismo tiempo, un par de grillos. Aun tengo
oído más sobre ello, que envió allá unos verdugos
para que marcasen al Helesponto. Lo cierto es que
ordenó que al tiempo de azotarle le cargasen de baldones
y oprobios bárbaros e impíos, diciéndole: XXXVI. Y esta fue la paga que se dio a aquellos
ingenieros a quienes se había confiado la negra honra
de construir el puente: otros arquitectos fueron
señalados, los que lo dispusieron en esta forma: iban
ordenando sus penteconteros y también sus galeras
vecinas entre sí, haciendo de ellas dos líneas: la que
estaba del lado del Ponto Euxino se componía de
360 naves, la otra opuesta del lado Helesponto, de
314; aquella las tenía puestas de travesía, ésta las
tenía según la corriente, para que las cuerdas que las
ataban se apretasen con la agitación y fluctuación.
Ordenados así los barcos, afirmábanlos con áncoras
de un tamaño mayor, las unas del lado del Ponto
Euxino para resistir a los vientos que soplaran de la
parte interior del mismo, las otras del lado de Poniente
y del mar Egeo para resistir al Euro y al Noto.
Dejaron entre los penteconteros y galeras paso
abierto en tres lugares para que por él pudiera navegar
el que quisiera con barcas pequeñas hacia el
Ponto, y del Ponto hacia fuera. Hecho esto, con
unos cabrestantes desde la orilla iban tirando los
cables que unían las naves, pero no como antes, cada XXXVII. Después de haber dado fin a la maniobra
de los puentes, y de llegar al rey el aviso de que
estaban hechas todas las obras en el monte Atos,
acabada ya la fosa y levantados unos diques a una y
otra extremidad de ella, para que cerrado el paso a la
avenida del mar, impidieran que se llenasen las bocas
del canal, entonces, al empezar la primavera,
bien provisto todo el ejército partió de Sardes, en
donde había invernado, marchando para Abidos. Al
partir la hueste, el sol mismo, dejando en el cielo su
asiento, desapareció de la vista de los mortales, sin
que se viera nube alguna en la región del aire, por
entonces serenísima, de suerte que el día se convirtió
en noche. Jerges que lo vio y reparó en ello, entró
en gran cuidado y suspensión, y preguntó a sus XXXVIII. En el momento de marchar las tropas, asombrado Pitio el Lydio con aquel prodigio del cielo, y confiado en los dones recibidos del soberano, no dudó en presentarse a Jerges y hablarle en esta forma: -«¡Si tuvierais, señor, la bondad de concederme una gracia que mucho deseara yo lograr!... El hacérmela os es de poca consideración y a mí de mucha cuenta el obtenerla.» Jerges, que nada menos pensaba que hubiese de pedirle lo que Pitio pretendía, díjole estar ya concedida la gracia y que dijera su petición. Con tal respuesta animóse Pitio a decirle: -«Señor, cinco hijos tengo, y a los cinco les ha cabido la suerte de acompañaros en esa expedición contra la Grecia. Quisiera que, compadecido de la avanzada edad en que me veis, dieseis licencia al primogénito para que, exento de la milicia, se quedase en casa a fin de cuidar de mí y de mi hacienda. Vayan en buen hora los otros cuatro; llevadlos en vuestro ejército; así Dios, cumplidos vuestros deseos, os dé una vuelta gloriosa.» XXXIX. Mucho fue lo que se irritó Jerges con la
súplica, y le respondió en estos términos: -«¿Cómo
tú, hombre ruin, viendo que yo en persona hago
esta jornada contra la Grecia, que conduzco a mis
hermanos, a mis familiares y amigos, te has atrevido
a hacer mención de ese tu hijo que, siendo mi esclavo,
debería en ella acompañarme con toda su familia
y aun su misma esposa? Quiero que sepas, si lo
ignorabas todavía, que es menester mirar cómo se
habla, pues en los oídos mismos reside el alma, la
cual, cuando se habla bien, da parte de su gusto a
todo el cuerpo, y cuando mal, se entumece e irrita.
Al mostrarme tú liberal, hablando como debías, no
te pudiste alabar de haber sido más bizarro de palabra
de lo que tu soberano fue magnífico por obra.
Mas ahora que te me presentas con una súplica desvergonzada,
si bien no llevarás todo tu merecido, no XL. Ejecutada así la sentencia, iba desfilando por
allí la armada. Marchaban delante los bagajeros con
todas las recuas y bestias de carga; detrás de estos
venían sin separación alguna las brigadas de todas XLI. De este modo salió Jerges de Sardes, pero en el camino, cuando le venía en voluntad, dejando su carro pasaba a su carroza o harmamaxa: a sus espaldas venían mil alabarderos, los más valientes y nobles de todos los Persas, que traían sus lanzas, según suelen, levantadas. Seguíase luego otro escuadrón de caballería escogida compuesto de mil Persas, y detrás de él marchaba un cuerpo de la mejor infantería, que constaba de diez mil. Mil de ellos iban cerrando alrededor todo aquel cuerpo, los cuales en vez de puntas de hierro llevaban en su lanza unas granadas de oro, los restantes nueve mil, que iban dentro de aquel cuadro llevaban en las lanzas granadas de plata. Granadas de oro traían asimismo los que dijimos que iban con las lanzas vueltas hacia tierra y los más inmediatos a Jerges. Seguíase a este cuerpo de diez mil, otro cuerpo también de diez mil de caballería persiana; quedaba después un intervalo de dos estadios. XLII. En esta forma marchó el ejército desde la Lidia hacia el río Caico, en la provincia de la Misia, desde el cual, llevando a mano derecha el monte Canes, se encaminó pasando por Atarnes a la ciudad Carina, y de allí haciendo su camino por la llanura de Teba, por la ciudad de Tramitio y por Antandro, ciudad de los Pelasgos, y dejando a su mano izquierda al Ida, llegó a la región Ilíada. Lo primero que allí le sucedió fue que, haciendo noche a las raíces del monte Ida, sobrevinieron al ejército tantos truenos y rayos que dejaron allí mismo mucha gente muerta. Moviendo después el ejército hacia el Escamandro, que fue el primer río con quien dieron en el camino después de salidos de Sardes, secaron sus corrientes, no bastando el agua para la gente y bagaje. XLIII. Habiendo llegado Jerges a dicho río, movido
de curiosidad quiso subir a ver a Pérgamo, la
capital de Príamo. Registróla y se informó particularmente
de todo, y después mandó sacrificar mil
bueyes a Minerva Ilíada. No dejaron sus magos de hacer libaciones en honor de
los héroes del lugar. XLIV. Estando ya Jerges en Abidos, quiso ver
reunido a todo su ejército. Habían levantado los
Abidenos encima de un cerro, conforme a la orden
que les había dado, un trono primorosamente hecho
de mármol blanco, allí cerca de la ciudad. Sentado
en él Jerges, estaba contemplando todo su ejército
de mar y tierra esparcido por aquella playa. Este espectáculo XLV. Sucedió, pues, que viendo Jerges todo el Helesponto cubierto de naves, y llenas asimismo de hombres todas las playas y todas las campiñas de los Abidenos, aunque primero se tuvo por el mortal más feliz y de tal se alabó, poco después prorrumpió él mismo en un gran llanto. XLVI. Viendo aquello Artabano, su tío paterno,
el mismo que antes con un parecer franco e ingenuo
había desaconsejado al rey la expedición contra la
Grecia; viendo, pues, aquel gran varón que lloraba
Jerges, XLVII. A todo esto replicóle Jerges: -«Lo mejor será, Artabano, que pues nos vemos ahora en el mayor auge de la fortuna, nos dejemos de filosofar acerca de la condición y vida humana tal como la pintas, sin que hagamos otra mención de sus miserias. Lo que de ti quiero saber es, si a no haber tenido antes entre sueños aquella visión tan clara, te afirmarías aun en tu primer sentimiento, disuadiéndome la guerra contra la Grecia, o si mudaras de opinión: dímelo, te ruego, francamente. -Señor, le responde Artabano, ¡quiera Dios que la visión entre sueños tenga el éxito que ambos deseamos! De mí puedo deciros que me siento hasta aquí tan lleno de miedo, que me hallo fuera de mí mismo, no sólo por mil motivos que callo, sino principalmente porque veo que dos cosas de la mayor importancia nos son contrarias en esta guerra.» XLVIII. «¡Hombre singular! interrumpióle Jerges,
¿qué significas con esa salida? ¿No me dirías
qué cosas son esas dos que tan contrarias me son? XLIX. A esto repuso Artabano: -«¿Quién, señor,
sino un hombre insensato podrá tener en poco ni
ese número sinnúmero de tropas, ni esa multitud L. Respondió Jerges por su parte: -«No puede negarse, Artabano, que hablas en todo con juicio, si bien no debe temerse todo lo que puede suceder, ni contar igualmente con ello, pues el que en la deliberación de todos los casos que se van ofreciendo quisiese siempre atenerse a cualquier razón en contrario, ese tal jamás haría cosa da provecho. Vale más que, lleno siempre de ánimo, se exponga uno a que no lo salgan bien la mitad de sus empresas, que no el que lleno siempre de miedo y sin emprender cosa jamás, no tenga mal éxito en nada. Aun hay más: que si uno porfía contra lo que otro dice y no da por su parte una razón convincente que asegure su parecer, éste no se expone menos a errar que su contrario, pues corren los dos parejos en aquello. Soy de opinión que ningún hombre mortal es capaz de dar un expediente que nos asegure de lo que ha de suceder. En suma, la fortuna por lo común se declara a favor de quien se expone a la empresa, y no de quien en todo pone reparos y a nada se atreve. ¿Ves a qué punto de poder ha llegado felizmente el imperio de los Persas? Pues dígote que si los reyes mis predecesores hubieran pensado como tú, o al menos se hubieran dejado regir por unos consejeros de tu mismo, humor, jamás vieran el Estado tan floreciente y poderoso. Pero ellos se arrojaron a los peligros, y su osadía engrandeció el imperio; que con grandes peligros se acaban las grandes empresas. Emulo yo, pues, de sus proezas, emprendo la expedición en la mejor estación del año; yo, conquistada toda la Europa, daré la vuelta sin haber experimentado en parte alguna los rigores del hambre, sin haber sentido desgracia ni disgusto alguno. Nosotros, por una parte, llevamos mucha provisión de bastimentos, y por otra tendremos a nuestra disposición el trigo de las provincias y naciones adonde entraremos; que por cierto no vamos a guerrear contra unos pueblos nómadas, sino contra pueblos labradores.» LI. Después de este debate movió otro Artabano.
«Señor, le dice, ya que no dais lugar al miedo, ni
queréis que yo se lo dé, seguid siquiera mi consejo
en lo que voy a añadir, pues como son tantos los
negocios, es preciso que sea mucho lo que haya que
decir. Ya sabéis que Ciro, hijo de Cambises, fue
quien con las armas hizo tributario de los Persas a
toda la Jonia, menos a los Atenienses. Soy de parecer
que en ninguna manera conviene, que llevéis en
vuestra armada a los Jonios contra su madre patria,
pues sin ellos bien podremos ser superiores a nuestros
enemigos. Una de dos, soñar; o han de ser ellos
una gente la más perversa si hacen esclavo a su madre
patria, o la más justa si procuran su libertad. Poco LII. «Artabano, le responde Jerges, de cuanto hasta aquí has filosofado en nada te alucinaste más que en ese tu temor de que los Jonios puedan volverse contra nosotros. A favor de su fidelidad tenemos una prueba la mayor, de la cual eres tú mismo buen testigo, y pueden serlo juntamente los que siguieron a Darío contra los Escitas; pues sabemos que en mano de ellos estuvo el perder o salvar todo aquel ejército, y que dieron entonces muestra de su hombría de bien y de su mucha lealtad no dándonos nada que sentir. Además, ¿qué novedades han de maquinar ellos dejando ahora en nuestro poder y dominio a sus hijos, a sus mujeres y a sus bienes? Déjate ya de temer tal cosa, guarda en todo buen ánimo; vé y procura cuidar bien de mi palacio y de mi reino, que a ti sólo fío yo la regencia de mis dominios.» LIII. Así dijo, y enviando a Susa a Artabano, convoca segunda vez a los grandes de la Persia, a quienes reunidos habló de esta conformidad: -«El motivo que para juntaros aquí he tenido, nobles y magnates, ha sido el exhortaros a que continuéis en dar pruebas de vuestro valor, no degenerando de hijos de aquellos Persas que tantas y tan heroicas proezas hicieron, sino mostrando cada uno de por sí y todos en común vuestros ánimos y bríos varoniles. La gloria y provecho de la victoria que vamos a lograr será común a todos: esto me mueve a encargaros que toméis con todo empeño esta guerra, pues vamos a hacerla contra unos enemigos, a lo que oigo decir, valientes, a quienes si venciéremos, no nos restará ya nación en el mundo que se atreva, a salir en campaña contra nosotros. Ahora, pues, con el favor de los dioses tutelares de la Persia e implorada su protección, pasemos hacia la Europa.» LIV. Aquel día lo emplearon en disponerse para
el tránsito: al día siguiente esperaban que saliera el
sol, al cual querían ver salido antes de emprender el
paso, ocupados entretanto en ofrecerle encima del
puente toda especie de perfumes, cubriendo y adornando
con arrayanes todo aquel camino. Empieza a
dejarse ver el sol, y luego Jerges, haciendo al mar
con una copa de oro sus libaciones, pide y ruega al
mismo tiempo a aquel su dios que no le acontezca
ningún encuentro tal, que lo obligue a detener el
curso de sus victorias antes de haber llegado a los
últimos términos de la Europa. Acabada la súplica,
arrojó dentro del Helesponto, juntamente con la
copa, una pila de oro y un alfange persiano llamado LV. Acabada esta ceremonia religiosa, empezó a desfilar el ejército: la infantería y toda la caballería por el puente que miraba hacia el Ponto, y por el que estaba a la parte del Egeo los bagajes y gente de la comitiva. Iban en la vanguardia diez mil Persas, todos ellos con sus coronas, y después les seguían los cuerpos de todas aquellas tan varias naciones sin separación alguna. Estos fueron los que pasaron aquel primer día: al siguiente fueron los primeros en verificarlo los caballeros y los que llevaban sus lanzas inclinadas hacia abajo, coronados también todos ellos: pasaban después los caballos sagrados y el carro sacro, al que seguía el mismo Jerges y los alabarderos y los mil soldados de a caballo, después de los cuales venía lo restante del ejército. Al mismo tiempo fueron pasando las galeras de una a otra orilla; si bien a ninguno he oído que el rey pasó el último de todos. LVI. Pasado Jerges a la Europa, estuvo mirando
desfilar a su ejército compelido de los oficiales con
el azote en la mano, paso en que se emplearon siete
días enteros con sus siete noches, sin parar un instante
sólo. Dícese que después que acabó Jerges de
pasar el Helesponto, exclamó uno de los del país: - LVII. Pasado ya todo el ejército, al ir a emprender la marcha, sucedióles un portento considerable, si bien en nada lo estimó Jerges, y eso siendo de suyo de muy interpretación. El caso fue que de una yegua le nació una liebre, se ve cuán natural era la conjetura de que en efecto conduciría Jerges su armada contra la Grecia con gran magnificencia y jactancia, pero que volvería pavoroso al mismo sitio y huyendo más que de paso de su ruina. Y no fue sólo este prodigio, pues otro le había ya acontecido hallándose en Sardes, donde una mula parió otra, y ésta monstruo hermafrodita, con las naturas de ambos sexos, estando la de macho sobre la de hembra. LVIII. Jerges, sin atender a ninguno de los dos
prodigios, continuaba su camino conduciendo consigo
el ejército. La armada naval, fuera ya del Helesponto,
navegaba costeando la tierra con dirección
contraria a las marchas del ejército, dirigiendo el
rumbo a Poniente hacia el promontorio Sarpedonio,
donde tenía orden de hacer alto. El ejército marchaba LIX. Es Dorisco una gran playa de la Tracia,
término de una vasta llanura por donde corre el
gran río Hebro, sobre el cual está fabricada una LX. No puedo en verdad decir detalladamente el número de gente que cada nación presentó, no hallando hombre alguno que de él me informe. El grueso de todo el ejército en la reseña ascendió a un millón y setecientos mil hombres; el modo de contarlos fue singular: juntaron en un sitio determinado diez mil hombres apiñados entre sí lo más que fue posible y tiraron después una línea alrededor de dicho sitio, sobre la cual levantaron una pared alrededor, alta hasta el ombligo de un hombre. Salidos los primeros diez mil, fueron después metiendo otros dentro del cerco, hasta que así acabaron de contar los a todos, y contados ya, fuéronlos separando y ordenando por naciones. LXI. Los pueblos que militaban eran los siguientes:
Venían los Persas propios llevando en sus
cabezas unas tiaras, como se llaman, hechas de lana
no condensada a manera de fieltro; traían apegadas
al cuerpo unas túnicas con mangas de varios colores,
las que formaban un coselete con unas escamas
de hierro parecidas a las de los pescados; cubrían LXII. Venían también los bledos armados del mismo modo, pues aquella armadura es propia en su origen de los bledos y no de los Persas. El general que los conducía era Tigranes, príncipe de la familia de los Aqueménidas. Eran estos pueblos en lo antiguo llamados generalmente Arios, pero después que Medea desde Atenas pasó a los Arios, también éstos mudaron el nombre, según refieren los mismos Medos. Los Cisios, excepto en las mitras que llevaban en lugar de tiara a manera de sombrero, en todo lo demás de la armadura imitaban a los Persas: su general era Anafes, hijo de Otanes. Los Hircanios, armados del mismo modo que los Persas, eran conducidos por Megapano, el mismo que fue después virrey de Babilonia. LXIII. Los Asirios armados de guerra llevaban cubiertas las cabezas con unos capacetes de bronce, entretejidos a lo bárbaro de una manera que no es fácil declarar, si bien traían los escudos, las astas y las dagas parecidas a las de los Egipcios, y a más de esto unas porras cubiertas con una plancha de hierro y unos petos hechos de lino. A estos llaman Sirios los Griegos, siendo por los bárbaros llamados Asirios, en medio de los cuales habitan los Caldeos. Era el que venía a su frente por general Otanes, hijo de Artaqueo. LXIV. Militaban los Batrianos armando sus cabezas
de en modo muy semejante a los Medos, con
sus lanzas cortas y con unos arcos de caña según el
uso de su tierra. Los Sacas o Escitas cubrían la cabeza
con unos sombreros a manera de gorro recto y
puntiagudo, iban con largos zaragüelles, y llevaban
unas ballestas nacionales, unas dagas y unas segures
o sagares. Siendo estos Escitas Amirgios, llamábanlos
Sacas porque los Persas dan este nombre a todos
los Escitas. El general de estas dos naciones de
Bactrianos y Sacas era Histaspes, hijo de Darío y LXV. Los Indios iban vestidos de una tela hecha del hilo de cierto árbol, llevando sus arcos y también las saetas de caña, pero con una punta de hierro: así armados venían a las órdenes de Farnazatres, hijo de Artabates. Llevaban ballestas los Arios al uso de la Media, y los demás aparatos al uso de los Bactrianos, y tenían por comandante a Sisamnes, hijo de Hidarnes. LXVI. Las mismas armas que las Bactrianos llevan los Partos, los Corasmios, los Sogdianos, los Gandarios y los Dadicas. Eran sus respectivos generales: de los Partos y de los Corasmios, Artabanes, hijo de Farnaces; de los Sogdianos, Azanes, hijo de Artes; de los Gandarios y de los Dadicas, Artifio, de Artabano. LXVII. Los Caspianos, vestidos con sus pellicos, venían armados de alfanges y de unos arcos de caña propios de su país, y apercibidos así para la guerra, llevaban a su frente al jefe Arlomarlo, hermano de Artifio. Los Sarangas, vistosos con sus vestidos de varios colores, traían unos borceguíes que les llegaban a la rodilla, y unos arcos y lanzas al uso de los Medos, y su general era Ferentes, hijo de Megabazo. Venían los Pactías con sus zamarras, armados de unos puñales y de unos arcos al uso de su tierra, conducidos por el jefe Arintas, hijo de Itamames. LXVIII. Del misino modo que los Pactías, se dejaban ver armados los Utios, los Micos y los Paricanios. Tenían éstos dos generales, porque de los Utios y Micos lo era Arsamenes, hijo de Darío, y de los Paricanias lo era Siromitras, hijo de Eobazo. LXIX. Los Arabel, que traían ceñidas sus ziras o
marlotas, llevaban unas arcos largos que de una y
otra parte se doblaban, colgados del hombro derecho.
Venían los Etíopes, cubiertos con pieles de
pardos y de leones con unos arcos largos por lo
menos de cuatro codos, hechos del ramo de la palma.
Llevaban unas pequeñas saetas de caña, las
cuales en vez de hierro tenían unas piedras aguzadas
con las que suelen abrir sus sellos: traían ciertas lanzas
cuyas puntas en vez de hierro eran unos cuernos LXX. De los Etíopes que caen sobre el Egipto, como también de los Árabes, era, repito, el jefe Arsames; pero los Etíopes o negros del Oriente, pues dos eran las naciones de Etíopes que en el ejército había, estaban agregados al cuerpo de los Indios, en el color nada diferentes de los otros, pero mucho en la lengua y en el pelo, porque los Etíopes del Oriente tienen el cabello lacio y tendido, y los de la Libia lo tienen más crespo y ensortijado que los demás hombres. Los Etíopes Asiáticos de que hablaba iban por lo demás armados como los Indios, sólo que en lugar de visera traían el cuero de las cabezas de los caballos con sus orejas y crines, de suerte que la crin les servía de penacho, y llevaban las orejas levantadas. En vez de escudos con que cubrirse, usaban de las pieles de las grullas. LXXI. Venían los Libios defendidos con una armadura de cuero, y usaban de unos dardos tostados al fuego: era su general Masages, hijo de Oarizo. LXXII. Concurrían los Paflagonios a la guerra, armada la cabeza con unos morriones encajados, con unos pequeños escudos, con unas no muy largas astas, con sus dardos y puñales. Llevaban unos botines hasta media pierna al uso del país. Con las mismas armas que los de Paflagonia concurrían los Ligies, los Matienos, los Mariandinos, y los Siros, que son por los Persas llamados Capadoces. Conducía a los Paflagones y Matienos el general Doto, hijo de Megasirdo, y a los Mariandinos, Ligies y Siros el general Brias, hijo de Darío y de Aristone. LXXIII. Su armadura, muy parecida a la paflagónica,
tenían con cortísima diferencia los Frigios,
quienes, según cuentan los Macedonios, mientras
que fueron Europeos y vecinos de aquellos se llamaban
Briges, pero pasados al Asia, juntamente con
la región, mudaron de nombre. Los Armenios, colonos
de los Frigios, venían armados como ellos y el LXXIV. Los Lidios tenían unas armas muy parecidas
a las griegas: estos pueblos, llamados antiguamente
Meones, mudaron de nombre, tomando LXXV. Armábanse los Tracios con unas pieles
de zorra en la cabeza y con túnicas alrededor del
cuerpo, que cubrían con ziras o marlotas de varios LXXVI. Era general de los Tracios situados en el Asia, Basaces, hijo de Artabano. Tenían aquellos unos pequeños escudos de cuero crudo de buey, y venía cada uno con dos dardos, con que suelen cazar los lobos: llevaban en la cabeza un casco de bronce, al cual estaban pegadas unas orejas y cuernos de buey también de bronce, y sobre el casco su penacho: adornaban las piernas con listones de púrpura. Entre estos pueblos se halla un oráculo de Marte. LXXVII. Los Cabelees Meones que llaman Lasonios
imitaban a los Cilicios en la armadura, que
describiré cuando llegue a hablar de los últimos en LXXVIII. Armados como los Moscos venían los
Tibarenos, los Macrones y los Mosinecos, y eran
conducidos por los siguientes caudillos: los Moscos LXXIX. Cubrían los Mares la cabeza con unas celadas propias del país que se podían plegar, y llevaban además unos escudos pequeños de cuero también con sus dardos. Traían los Coleos puestas en la cabeza unas celadas hechas de madera, y en la mano unos escudos de cuero de buey no adobado; usaban astas cortas y también espadas. General de los Mares y de los Coleos era un hijo de Teaspes, por nombre Farandates; pero el de los Alarodios y de los Saspires, armados a semejanza de los Colcos, era Masistio, hijo de Siromitres. LXXX. Vestidas y armadas casi como los Medos seguían al ejército las naciones de las islas del mar Eritreo, en donde confina el rey a los que llaman deportados. De estos isleños era comandante Mardontes, hijo de Bageo, quien siendo general dos años después quedó muerto en la batalla de Micale. LXXXI. Todas estas naciones que por tierra servían,
eran las que venían alistadas en el ejército del
continente. Nombrados llevo los generales mayores
de ellas, a cuyo cargo estaba el ordenar y distribuir
en cuerpos menores aquella tropa, nombrando a los
oficiales subalternos, así los que mandaban a mil,
como los que a diez mil hombres, si bien estos últimos LXXXII. Sobre estos y sobre todo el ejército de tierra, seis eran los generalísimos que tenían el mando universal: el uno era Mardonio, hijo de Gobrias; el otro Tritantecmes, hijo de aquel Artabano que fue de parecer no se hiciera la expedición contra la Grecia; el tercero Smerdomenes, hijo de Otanes, el cual siendo como el anterior hijo de un hermano de Darío, eran ambos primos del mismo Jerges; el cuarto era Masistes, hijo de Darío y de Atosa; el quinto Gergis, hijo de Arizo; el sexto Megabizo, hijo de Zopiro. LXXXIII. Estos eran los generalísimos de todo
el ejército de tierra, exceptuados empero los diez
mil Persas escogidos a quienes mandaba Hidarnes,
hijo de Hidarnes. Llamábanse estos Persas los Inmortales,
porque si faltaba alguno de dicho cuerpo
por muerte o por enfermedad, otro hombre entraba
luego a suplir el lugar vacante, de suerte que nunca
eran ni más ni menos de diez mil Persas. Su uniforme era de todos el más vistoso, y ellos los mejores
y más valientes. Su armadura era la que dejo antes
descrita, y a más de ella se distinguían por la gran
cantidad de oro de que iban adornados. Seguíales la
comitiva de muchas carrozas y en ellas sus concubinas,
y una gran compañía de criados con vistosas LXXXIV. Todas las naciones dichas suelen servir en la caballería, pero no todas iban montadas, sino sólo las que voy a decir. Los Persas militaban a caballo con las mismas armas que usaba su infantería; sólo que algunos llevaban unos yelmos hechos de bronce y de hierro. LXXXV. Hay a más de estos, ciertos pastores llamados Sagartios que, hablando la lengua de los Persas, usan un traje medio entre el de éstos y el de los Pactiyes. Componían, pues, aquellos un cuerpo de 8.000 caballeros, si bien, según su uso, no llevaban armas ni de bronce ni de hierro, salvo su puñal. Sus armas eran unos ramales hechos de correas, con los cuales entraban animosos en batalla, en la cual suelen pelear en esta forma: métense entre los enemigos y les echan sus ramales que en la extremidad tienen ciertos lazos; al infeliz que enlazan, sea hombre, sea caballo, le arrastran hacia ellos, y enredado de cerca le matan. Tal es el modo que tienen de pelear, y son contados entre la milicia de los Persas. LXXXVI. Iguales armas que la infantería usaban
los Medos y también los Cisios de a caballo. Los
Indios, armados asimismo como sus infantes, peleaban
cada uno, o desde su montura, o desde sus
carros tirados por caballos o por asnos silvestres.
Los jinetes bactrianos iban armados como los peones,
no menos que los Caspios e igualmente que los LXXXVII. Servían únicamente en la caballería estas naciones, cuyo número subía a 8.000, exceptuados los carros y los camellos. Todos los que a caballo servían, estaban distribuidos en sus respectivos escuadrones; pero los Árabes ocupaban aparte el último lugar, por cuanto los caballos no pueden sufrir la compañía de los camellos, y así para que éstos no les espantasen venían los postreros. LXXXVIII. Eran generales de la caballería los dos hijos de Datis, el uno Armamitres y el otro Titeo, habiendo quedado enfermo en Sardes el tercer general, Farnuques, quien al partir de aquella ciudad tuvo una sensible desgracia. Sucedió que al montar a caballo pasó un perro por debajo del vientre de éste; el caballo, que no lo había visto venir, se espantó, y empinándose de repente, arrojó a Farnuques. De la caída se le originó un vómito de sangre que al cabo vino a parar en una tisis. Sus criados en el acto hicieron con el caballo lo que su amo les mandó, llevándolo al mismo lugar en donde arrojó al señor y cortándole las piernas hasta las rodillas. Por este accidente perdió Farnuques su mando de general. LXXXIX. El total de las galeras subía a 1.207, las
que venían suministradas por las naciones siguientes:
Con 300 concurrían los Fenicios, juntamente
con los Sirios de la Palestina, quienes armaban sus XC. Venían armados a su modo los Chipriotas con 130 naves: sus reyes llevaban atados a la cabeza unos turbantes o mitras; los otros traían túnicas, y en lo demás imitaban la armadura griega. Sus pueblos, parte son oriundos de Salamina y de Atenas, parte de la Arcadia, parte de Cidno, parte de la Fenicia y parte de la Etiopía, según los mismos Chipriotas nos refieren. XCI. Los Cilicios daban por su parte 100 naves,
y traían armadas las cabezas con celadas de su país;
en vez de escudos usaban adargas hechas de cuero
crudo de los bueyes; vestían túnicas de lana; llevaba XCII. Con 50 naves venían los Licios, armados de petos y botines; tenían arcos de cuerno, saetas de caña sin alas, dardos, y además hoces y puñales; llevaban pendientes de los hombros, unas pieles de cabra, y en sus cabezas unos sombreros coronados con plumajes. Los Licios, originarios de Creta, se llamaban antes Termiles, y tomaron su nuevo nombre de Lico, hijo de Pandion, natural de Atenas. XCIII. Los Dorios del Asia, que iban armados a
lo griego, siendo colonos del Peloponeso, venían
con 30 galeras. Con 70 se presentaron los Carios, XCIV. Contribuían con 100 galeras a la amada los Jonios, apercibidos y armados como los Griegos. Estos pueblos, todo el tiempo que habitaron el Peloponeso en la región que al presente se llama Acaya, lo que sucedió antes que Danao y Xuto viniesen a dicho Peloponeso, se llamaban Pelasgos Eqialees (de la plaga), si estamos a lo que dicen los Griegos; pero después, del nombre de Jon, hijo de Xuto, se llamaron Jonios. XCV. Los isleños, armados al modo griego, presentaron 47 galeras; eran estos asimismo de nación pelásgisca, y se llamaron Jonios por la misma razón que las doce ciudades, pero Jonios venidos de Atenas. Concurrían los Eolios con 60 galeras y con las armas a la griega; los cuales, según es tradición de los Griegos, llevaban también en lo antiguo el nombre de Pelasgos. Los Helesponcios, excepto los de Abidos, a quienes había el rey mandado que sin dejar su país tomasen a su cargo la guardia del puente; los restantes pueblos, digo, de las costas del Helesponto, armados al par de los Griegos como colonos de los Dorios y Jonios, se presentaron con 100 naves. XCVI. En todas las galeras dichas iba tropa de
Persas, de Medos y de Sacas para los combates. Las
naves más listas y ligeras eran las de los Fenicios, y
entre estas con especialidad la de los Sidonios. Así
para estas naves, como, para las tropas de tierra,
cada nación había enviado sus respectivos jefes, de
los cuales no haré particular mención, por no pedirlo
necesariamente el designio de mi historia. XCVII. Los caudillos de la armada naval eran
Ariabignes, hijo de Darío; Prejaspes, hijo de Aspitines;
Megabazo, hijo de Megabates; y Aquemedes,
hijo de Darío. De la armada jónica y cariana era jefe
Artabignes, a quien tuvo Darío en una hija de Gobrias;
de la egipcia lo era Aquemenes, por parte de
padre y madre hermano de Jerges; del resto de la
armada lo eran los otros dos. El número de los trieconteros
(naves de 30 remos), de penteconteros (de
50 remos), de cercuros (naves de carga) y de barcas
largas para el trasporte de la caballería, parece que XCVIII. Los sujetos de mayor nombre después
de los generales que venían embarcados eran el Sidonio
Tetramnesto, hijo de Amiso; el Tirio Mapen,
hijo de Siromo; el Aradio Mérbalo, hijo de Agabalo;
el Cilicio Siennesis, hijo de Oromedonte; el Licio
Cibernisco, hijo de Sica; los dos Chipriotas Gorgo,
hijo de Quersis, y Timonax, hijo de Timágoras, y XCIX. Y si bien no me miro obligado a hacer
mención de los otros jefes, la haré con todo de Artemisa,
mujer que siguió la expedición contra la C. Hecho el cómputo de las tropas y distribuidas
éstas en escuadrones, tuvo Jerges la curiosidad de
contemplarlas pasando revista a todas ellas, lo cual
así ejecutó. En su carro iba recorriendo cada nación,
y plantado delante de ella hacía sus preguntas, las
cuales iban notando sus escribanos: hízolo de este
modo empezando por un cabo, y acabando por el
otro, tanto de la caballería como, de la infantería.
Después de verificada esta diligencia, como las galeras
de nuevo hubiesen sido echadas al agua, dejando
Jerges su carro, se embarcó en una nave sidonia, y
sentado en ella bajo un pabellón de oro, iba corriendo
por delante de las proas de las galeras informándose
de cada una y tomando las respuestas
por escrito, del mismo modo que en el ejército de
tierra. A este fin habían apartado sus galeras los capitanes
cosa de cuatro pletros (400 pasos) de la orilla,
y vueltas las proas a tierra habían formado una CI. Acabada ya la reseña de las galeras, saltó Jerges,
de su nave e hizo comparecer a Demarato, hijo
de Ariston, que le acompañaba en la expedición
contra la Grecia, y puesto en su presencia, hablóle
en estos términos: -«Mucho gusto tendría ahora,
Demarato, en que me respondieras a una pregunta
que hacerte quiero. A lo que tú mismo dices y a lo
que me aseguran los Griegos que se han presentado
en mi corte, tú eres Griego y natural de una ciudad
que ni es la menor, ni la menos poderosa de la Grecia.
Quiero, pues, que me digas si tendrán valor los
Griegos para venir a las manos conmigo. Dígolo
porque estoy persuadido de que ni todos los Griegos,
ni todos los demás hombres del Occidente, por
más que se juntaran en un ejército, serían capaces de
hacerme frente en campo de batalla, no yendo
acordes entre ellos mismos. Mucha complacencia
tendré, pues, en oír sobre esto tu parecer.» Esta fue
la pregunta de Jerges, y tal la respuesta de Demarato: CII. Con esta seguridad en la fe de Jerges, continuó Demarato: Pues que mandáis, señor, que hable francamente y os diga la verdad, yo os la diré de manera que no daré lugar a que después de esto me cojáis en mentira. La Grecia, señor, es una nación criada siempre sin lujo y con pobreza, pero hecha a la virtud, fruto de la sabiduría, y de la severa disciplina. Con la misma virtud que practica remedia su pobreza y se defiende de la servidumbre. Tal elogio debo darlo a todos los Griegos que moran cerca de la región y países dóricos; pero no hablaré ahora de todos ellos, sino solamente de los Lacedemonios. Y en primer lugar digo que de ningún modo cabe que den oídos a nuestras pretensiones, encaminadas a quitar la libertad a la Grecia, de suerte que aunque todos los demás Griegos os presten vasallaje, ellos solos saldrán a recibiros con las armas en la mano. Ni os toméis el trabajo de preguntarme acerca del número de ellos para saliros al encuentro, porque, tened por sabido que si constare su ejército de mil hombres, con mil os darán la batalla; si menos fueren, con menos os la darán, y si fueren más, serán más los que la presenten.» CIII. Al oírle púsose Jerges a reír: -«Demarato, le replica, ¿qué absurdo es eso que dices? Vamos al caso: ¿no aseguras haber sido rey de esos valientes? Pregúntote ahora: ¿quisieras tú solo apostártelas aquí mano a mano contra diez hombres juntos? Y en verdad que si la disciplina civil y el buen orden entre vosotros es en todo como me lo pintas, pide el honor y decoro de la corona, que tú, rey de esos héroes, puedas habértelas con doblado número de enemigos. De suerte que si cada uno de ellos es capaz de hacer frente a diez hombres de los míos, debo a ti solo suponerte bastante para resistir a veinte, pues así y no de otro modo puedes salvar la verdad de tu respuesta. Pero si esos hombres son tales en el valor y en el talle de su cuerpo cual eres tú y cuales son los Griegos que vienen a mi presencia, mira no sean esos elogios que les das una mera baladronada y vana exageración. Porque, por Dios, ¿qué camino lleva que 1.000 hombres, o sean 10.000, o sean 50.000, iguales todos ellos e igualmente libres, y no sujetos al imperio de un soberano, puedan hacer frente a un ejército tan grande como el mío, especialmente siendo nosotros más de 1.000 por uno de ellos, si es que subieren a 50.000? Bien pudiera ser que sujetos a las órdenes de un soberano, como entre nosotros se usa, por miedo de él sacasen esfuerzo de necesidad, y obligados con el látigo, embistiesen pocos contra muchos más; pero sueltos como están y dejada su elección a su arbitrio, no es posible que hagan uno ni otro: antes bien soy de sentir; que cuando fuese igual el número de entrambos, no se atreverían los Griegos a entrar con los Persas solos en batalla. Lo que dices de tanta bravura y valentía se hallará entre los nuestros, no a cada paso ciertamente, sino en tal cual soldado, pues alguno habrá de mis alabarderos persas, que se atreverá a desafiar a tres de los Griegos a un tiempo mismo. Tú empero no lo sabes ni lo conoces; por eso exageras y encomias a tu salvo.» CIV. A este discurso respondió Demarato: -«Bien veía señor, desde el principio que hablando verdad iba a perder vuestra gracia; pero como me obligabais a que os hablase con toda franqueza y sin lisonja, manifesté lo que según su deber harían los Espartanos. Nadie sabe mejor que vos cuán apasionado podré estar a favor de unos hombres que me degradaron del honor y de los derechos a la corona heredados de mis abuelos; que me desnaturalizaron y me obligaron al destierro: y nadie sabe mejor que yo cuán obligado estoy a vuestro padre que me amparó, me dio alimentos con que vivir y casa en que morar. Me haréis la justicia de no pensar que un hombre de bien como yo, quiera olvidarse de tantos beneficios, sino que más bien quiere corresponder a ellos. Por lo que mira empero al valor, ni blasonaré de poder salir solo contra diez, ni solo contra dos, ni aun por mi gusto quisiera entrar en singular desafío con uno solo, si bien en caso de necesidad, o si algún empeño mayor a ello me estimulase, vendría gustosísimo en medir mi espada con la de alguno de esos Persas que le dicen capaces de habérselas cada uno con tres Griegos. Porque los Lacedemonios cuerpo a cuerpo no son por cierto los más flojos del mundo, y en las filas son los más bravos de los hombres. Libres sí lo son, pero no libres sin freno, pues soberano tienen en la ley de la patria, a la cual temen mucho más que no a vos vuestros vasallos. Hacen sin falta lo que ella les manda, y ella les manda siempre lo mismo: no volver las espaldas estando en acción a ninguna muchedumbre de armados, sino vencer o morir sin dejar su puesto. Pero ya que os parecen absurdas mis razones, hago ánimo en adelante de no hablaros más sobre ello; lo que ahora dije lo dije precisado. Deseo, señor, que todo os salga a medida de vuestros deseos.» CV. De la respuesta de Demarato hizo burla Jerges, y tomándola a risa no dio muestra ninguna de enojo, sino que le envió enhorabuena y con mucha paz. Después de este coloquio, habiendo nombrado gobernador de Dorisco a Mascames, hijo de Megadostes, y depuesto el antecesor que Darío habla allí dejado, marchando por la Tracia, movió las armas hacia Grecia. CVI. Era Mascames el nuevo gobernador un sujeto mérito, que a él sólo, como al Persa más sobresaliente entre todos los gobernadores nombrados por Jerges o por Darío, solía el rey hacer todos los años sus presentes, y aun Artajerges, su hijo, continuó en hacer la misma demostración con los descendientes del mismo Mascames: porque habiendo, antes de la presente expedición, sido nombrados en todas partes gobernadores persas, así en la Tracia como en el Helesponto, por más que todos ellos, pasado el tiempo de la expedición, fueron echados por los Griegos del Helesponto y de la Tracia, no lo fue él de Dorisco, no habiendo podido nadie arrojar a Mascames de aquella plaza, a pesar de las tentativas que muchos hicieron con este intento. Por tal motivo, pues, enviaba siempre regalos a aquel gobernador el rey actual de la Persia. CVII. De todos los gobernadores que fueron
echados, de aquellas plazas por los Griegos, a ninguno tuvo Jerges por oficial de mérito sino solamente
a Boges el de Eona. A éste jamás acababa de
celebrarle, y en atención a sus méritos honró muy
particularmente a los hijos que de él quedaron entre
los Persas. Y en efecto, bien mereció Boges tan CVIII. Desde Dorisco continuaba Jerges sus
marchas camino de la Grecia, obligando a todos los
pueblos que en el viaje hallaba a que le siguiesen CIX. Habiendo atravesado a pie enjuto la madre del Liso, fue siguiendo Jerges las ciudades griegas de Maronea, Dicea y Abdera, y al transitar por ellas pasó igualmente por cerca de unas célebres lagunas vecinas a dichas ciudades, cual es la laguna Ismarida que cae entre Maronea y Strima, y cual es la Bistonida, vecina a Diceas, en la que van a desaguar dos ríos, el Trayo y el Compsato. Cerca de Abdera no pasó Jerges por ningún lago notable, pero sí por el río Néstor, que por allí corre al mar. Continuando las marchas más allá de estos parajes, recorrió las ciudades mediterráneas, en una de las cuales hay una gran laguna que tendrá unos 30 estadios de circunferencia, abundante en pesca y de agua muy salobre, y con todo quedó seca sólo con haber abrevado allí las bestias de carga del ejército: la ciudad dicha se llama Pistiro. Dejando las ciudades marítimas y griegas a mano izquierda, pasó Jerges adelante. CX. Los pueblos de los Tracios por donde llevó el rey sus marchas son los Petos, los Cicones, los Bistones, los Sapeos, los Derseos, los Edonos y los Satras. De estos, los que están situados en la costa del mar seguían la armada en sus naves, y los que viven tierra adentro de quienes acabo de hacer mención, todos, excepto los Satras, eran precisados a acompañar el ejército de tierra. CXI. No ha llegado a nuestra noticia que hayan sido hasta aquí los Satras vasallos de ningún señor, habiendo sido los únicos Tracios que hasta mis días han conservado siempre su libertad. El motivo ha sido, parte por habitar unos altos montes llenos de todo género de arboleda y maleza y coronados de nieve, parte por ser sumamente guerreros. Tienen un oráculo de Baco situado en altísimas montañas; los Besos son entre los Satras los encargados del santuario, y la Promantida o sacerdotisa es la que responde, como en Delfos, a las consultas y no con más ambigüedad. CXII. Adelantándose Jerges más allá de la región, pasó por otras fortalezas que son de los Pieres, llamada la una Fagra, y la otra Pérgamo. Llevando sus marchas por cerca de dichas plazas, dejaba a mano derecha el Pangeo, monte grande y elevado, en el cual hay minas de oro y plata que disfrutan los Pieres y Odomantos, y más que todos los Satras. CXIII. Habiendo ya dejado a los que habitan, por la parte de Bóreas a las faldas del Pangeo, que son los Peones, los Deberas y los Peoplas, torció hacia Poniente hasta llegar al Strimon y a la ciudad de Eiona, en donde estaba todavía de gobernador aquel Boges de quien poco antes hice mención. Llámase la Filis esta comarca de las cercanías del Pangeo, la cual hacia Poniente se extiende hasta el río Angiteo que entra en el Strimon, y hacia mediodía hasta el mismo Strimon. A este río hicieron los magos un próspero sacrificio, degollando en honra suya unos caballos blancos. CXIV. Después de estos sacrificios y otros muchos hechizos con que pretendían encantar al río, pasando por el lugar llamado Ennea Odi (los Nueve Caminos) de los Edonos, marcharon hacia los puentes que hallaron ya construidos sobre el Strimon. Oyendo qué aquél lugar se llamaba los Nueve Caminos, enterraron vivos allí mismo nueve mancebos y nueve doncellas del país. Costumbre de los Persas es enterrar a los vivos, pues oigo decir que Amestris, esposa de Jerges, siendo ya de edad, sepultó vivos catorce hijos de los Persas más ilustres, víctimas que sustituía en su lugar para aplacar a la divinidad que dicen existir debajo de tierra. CXV. Después que vadeado el Strimon se puso
el ejército en camino, marchó por una playa qué cae
hacia Poniente y pasó cerca de una ciudad griega allí
situada, que se llama Argilo. Aquella región y la que
sobre ella está se llama la Bisaltia. Desde allí, dejando
a la izquierda el golfo que está vecino al templo
de Neptuno y marchando por la llanura llamada
Sileo, pasó más allá de Stagiro, ciudad griega, y llegó
a Acanto, habiendo incorporado en el ejército estas
naciones y las que antes dije, y todas las que moran
alrededor del monte Pangeo, obligando a las
marítimas a seguir con sus naves la armada, y a las
internadas a seguir el ejército. El camino por donde
Jerges condujo sus tropas tiénenlo los Tracios hasta |