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LIBRO SÉPTIMO POLIMNIA Muere Darío haciendo contra la Grecia aprestos militares, que continúa su
hijo Jerges: con este objeto hace abrir un canal en el Athos y echar un I Cuando llegó al rey Darío, hijo de Histaspes, la nueva de la batalla dada en Maratón, hallándole ya altamente prevenido de antemano contra los Atenienses a causa de la sorpresa con que habían entrado en Sardes, acabó entonces de irritarle contra aquellos pueblos, obstinándose más y más en invadir de nuevo la Grecia. Desde luego, despachando correos a las ciudades de sus dominios a fin de que le aprontasen tropas, exigió a cada una un número mayor del que antes le habían dado de galeras, caballos, provisiones y barcas de trasporte. En la prevención de estos preparativos se vio agitada por tres años el Asia; y como de todas partes se hiciesen levas de la mejor tropa en atención a que la guerra había de ser contra los Griegos, sucedió que al cuarto año de aquellos, los Egipcios antes conquistados por Cambises se levantaron contra los Persas, motivo que empeñó mucho más a Darío en hacer la guerra a entrambas naciones. II. Estando ya Darío para partir a las expediciones
de Egipto y Atenas, originóse entre sus hijos
una gran contienda sobre quién había de ser nombrado
sucesor o príncipe jurado del Imperio, fundándose
en una ley de los Persas que ordena que
antes de salir el rey a campaña nombre al príncipe
que ha de sucederle. Había tenido ya Darío antes de
subir al trono tres hijos en la hija de Gobrias, su
primera esposa, y después de coronado tuvo cuatro
más en la princesa Atosa, hija de Ciro. El mayor de III. Antes que Darío declarase su voluntad, hallándose en la corte por aquel tiempo Demarato, hijo de Ariston, quien depuesto del trono de Esparta y fugitivo de Lacedemonia se había refugiado a Susa para su seguridad, luego que entendió las desavenencias acerca de la sucesión entre los príncipes hijos de Darío, como hombre político fue a verse con Jerges, y, según es fama, le dio el consejo de que a las razones de su pretensión añadiese la otra de haber nacido de Darío siendo ya éste soberano y teniendo el mando sobre los Persas, mientras que al nacer Artobazanes Darío no era rey todavía, sino un mero particular; que por tanto, a ningún otro mejor que a él tocaba de derecho y razón el heredar la soberanía. Añadíale Demarato al aviso que alegase usarse así en Esparta, donde si un padre antes de subir al trono tenía algunos hijos y después de subido al trono le nacía otro príncipe, recaía la sucesión a la corona en el que después naciese. En efecto, valióse Jerges de las razones que Demarato le suministró; y persuadido Darío de la justicia de lo que decía, declaróle por sucesor al imperio; bien es verdad, en mí concepto, que sin la insinuación de Demarato hubiera recaído la corona en las sienes de Jerges, siendo Atosa la que todo lo podía en el Estado. IV. Nombrado ya Jerges sucesor del imperio
persiano, sólo pensaba Darío en la guerra; pero quiso
la fortuna que un año después de la sublevación V. Por la muerte de Darío pasó el cetro a las manos de su hijo Jerges, quien no mostraba al principio de su reinado mucha propensión a llevar las armas contra la Grecia, preparando la expedición solamente contra el Egipto. Hallábase cerca de su persona, y era el que más cabida tenía con él entre todos los Persas, Mardonio, el hijo de Gobrias, primo del mismo Jerges por hijo de una hermana de Darío, quien le habló en estos términos: -«Señor, no parece bien que dejéis sin la correspondiente venganza a los Atenienses, que tanto mal han hecho hasta aquí a los Persas. Muy bien haréis ahora en llevar a cabo la expedición que tenéis entre manos; pero después de abatir el orgullo de Egipto que se nos levantó audazmente, sería yo de parecer que movieseis las armas contra Atenas, así para conservar en el mundo la reputación debida a vuestra corona, como para que en adelante se guarden todos de invadir vuestros dominios.» Este discurso de Mardonio se ordenaba a la venganza, si bien no dejó de concluirlo con la insinuante cláusula de que la Europa era una bellísima región, poblada de todo género de árboles frutales, sumamente buena para todo, digna, en una palabra, de no tener otro conquistador ni dueño que el rey. VI. Así hablaba Mardonio, ya por ser amigo de
nuevas empresas, ya por la ambición que tenía de
llegar a ser virrey de la Grecia. Y en efecto, con el
tiempo logró su intento, persuadiendo a Jerges a
entrar en la empresa; si bien concurrieron otros accidentes
que sirvieron mucha para aquella resolución
del persa. Uno de ellos fue el que algunos
embajadores de Tesalia, venidos de parte de los
Alévadas, convidaban al rey a que viniera contra la
Grecia, ofreciéndose de su parte a ayudarle y servirle
con todo celo y prontitud, lo que podrían ellos hacer siendo reyes de Tesalia. El otro era que los
Pisistrátidas venidos a Susa no sólo confirmaban
con mucho empeño las razones de los Alévadas,
sino que aún añadían algo más de suyo, por tener
consigo al célebre Ateniense Onomácrito, que era
adivino y al mismo tiempo intérprete de los oráculos
de Museo, con quien antes de refugiarse a Susa
habían ellos hecho las paces. Había sido antes
Onomácrito echado de Atenas por Hiparco, el hijo
de Pisistrato, a causa de que Laso Hermionense le
había sorprendido en el acto de ingerir entre los
oráculos de Museo uno de cuño propio, acerca de
que con el tiempo desaparecerían sumidas en el mar
las islas circunvecinas a Lemnos; delito por el cual
Hiparco desterró a Onomácrito, habiendo sido antes
gran privado suyo. Entonces, pues, habiendo
subido con los Pisistrátidas a la corte, siempre que
se presentaba a la vista del monarca, delante de
quien lo elevaban ellos al cielo con sus elogios, recitaba
varios oráculos, y si en alguno veía algo que
pronosticase al bárbaro algún tropiezo, pasaba éste
en silencio, mientras que, por el contrario, al oráculo
que profetizaba felicidades lo escogía y entresacaba, VII. Así, pues, él adivinando y los hijos de Pisistrato aconsejando, se ganaban al monarca. Persuadido ya Jerges a la guerra contra Grecia, al segundo año de la muerte de Darío dio principio a la jornada contra los sublevados, a quienes, después que hubo rendido y puesto en mucha mayor sujeción el Egipto entero de la que tenía en tiempo de Darío, les dio por virrey a Aquemenes, hijo de aquél y hermano suyo; y éste es aquel Aquemenes que, hallándose con el mando del Egipto, fue muerto algún tiempo después por Inario, hijo de Psamético, natural de la Libia. VIII. Después de la rendición del Egipto, cuando
Jerges estaba ya para mover el ejército contra Atenas,
juntó una asamblea extraordinaria de los grandes
de la Persia, a fin de oír sus pareceres y de
hablar él mismo lo que tenía resuelto. Reunidos ya
todos ellos, díjoles así Jerges: IX. Después del rey tomó Mardonio la palabra:
-«Señor, dice, vos sois el mejor Persa, no digo de
cuantos hubo hasta aquí, sino de cuantos habrá jamás
en lo porvenir. Buena prueba nos da de ello ese
vuestro discurso en que campean por una parte la
elocuencia y la verdad, y por otra triunfan el honor
y la gloria del imperio, no pudiendo mirar vos con
indiferencia que esos Jonios europeos, gente vil y
baja, se burlen de nosotros. Insufrible cosa fuera en
verdad que los que hicimos con las armas vasallos
nuestros a los Sacas, a los Indios, a los Etíopes, a los
Asirios, a tantas otras y tan grandes naciones, no
porque nos hubiesen ofendido en cosa alguna, sino
por querer nosotros extender el imperio, dejásemos
sin venganza a los Griegos que han sido los primeros
en injuriarnos. ¿Por qué motivo temerles? ¿Qué
número de tropas pueden juntar? ¿Qué abundancia
de dinero recoger? Bien sabemos su modo de combatir;
bien sabemos cuán poco ninguno es su valor.
Hijos suyos son esos que llevamos vencidos; esos
que viven en nuestros dominios; esos, digo, que se
llaman Jonios, Eolios y Dorios. Yo mismo hice ya la
prueba de ellos cuando por orden de vuestro padre
conduje contra esos hombres un ejército; lo cierto
es que internándome hasta la Macedonia y faltándome
ya poco para llegar a la misma Atenas, nadie
se me presentó en campo de batalla. Oigo decir de
los Griegos, que son en la guerra la gente del mundo
más falta de consejo, así por la impericia, como
por su cortedad. Decláranse la guerra unos a otros,
salen a campaña, y para darse la batalla escogen la
llanura más hermosa y despejada que pueden encontrar,
de donde no salen sin gran pérdida los
mismos vencedores, pues de los vencidos no es
menester que hable yo palabra, siendo sabido que
quedan aniquilados. X. Callaban después los demás Persas, sin que
nadie osase proferir un sentimiento contrario al parecer
propuesto, cuando Artabano, hijo de Histaspes
y tío paterno de Jerges, fiado en este vínculo tan
estrecho, habló en los siguientes términos: -«Señor,
en una consulta en que no se propongan dictámenes
varios y aun entre sí opuestos, no queda al arbitrio
medio de elegir el mejor, sino que es preciso seguir
el único que se dio; sólo queda lugar a la elección
cuando son diversos los pareceres. Sucede en esto
lo que en el oro: si una pieza se mira de por sí, no
acertamos a decir si es oro puro; pero si la miramos
al lado de otra del mismo metal, decidimos luego
cuál es el más fino. Bien presente tengo lo que dije a
Darío, vuestro padre y hermano mío, que no convenía XI. Irritado allí Jerges y lleno de cólera: XII. Vino después la noche y halló a Jerges inquieto
y desazonado por el parecer de Artabano, y
consultando con ella sobre el asunto, absolutamente
se persuadía de que en buena política no debía dirigirse XIII. Luego que amaneció otro día, sin hacer caso
ninguno de su sueño, llamó a junta a los mismos
Persas que antes había convocado, y les habló en
estos términos: -«Os pido, Persas míos, que disimuléis
conmigo si tan presto me veis mudar de parecer.
Confieso que no he llegado aún a lo sumo de
la prudencia, y os hago saber que no me dejan un
punto los que me aconsejan lo que ayer propuse. Lo
mismo fue oír el parecer de Artabano que sentir en
mis venas un ardor juvenil que me hizo prorrumpir XIV. Otra vez en la noche próxima aconteció a Jerges en cama aquel mismo sueño, hablándole en estos términos: -«Vos, hijo de Darío, parece que habéis retirado ya la orden dada para la jornada de los Persas, no contando más con mis palabras que si nadie os las hubiera dicho. Pues ahora os aseguro, y de ello no dudéis, que si luego no emprendéis la expedición, os va a suceder en castigo que tan en breve como habéis llegado a ser un grande y poderoso soberano, vendréis a parar en hombre humilde y despreciable.» XV. Confuso y aturdido Jerges con la visión, salta el punto de la cama y envía un recado a Artabano llamándole a toda prisa, a quien luego de llegado habló en esta forma: -«Visto has, Artabano, cómo yo, aunque llevado de un ímpetu repentino hubiese correspondido a un buen consejo con un ultraje temerario y necio, no dejé pasar con todo mucho tiempo sin que arrepentido te diera la debida satisfacción, resuelto a seguir tu aviso y parecer. ¿Creerás ahora lo que voy a decirte? Quiero y no puedo darte gusto en ello. ¡Cosa singular! después de mudar de opinión, estando ya resuelto a todo lo contrario, vínome un sueño que de ningún modo aprobaba mi última resolución; y lo peor es que entre iras y amenazas acaba de desaparecer ahora mismo. Atiende a lo que he pensado: si Dios es realmente el que tal sueño envía poniendo todo su gusto y conato en que se haga la jornada contra la Grecia, te acometerá sin falta el mismo sueño ordenándote lo que a mí. Esto lo podremos probar del modo que he discurrido: toma tú todo mi aparato real, vístete de soberano, sube así y siéntate en mi trono, y después vete a dormir en mi lecho.» XVI. A estas palabras que acababa Jerges de decir,
no se mostraba al principio obediente Artabano,
teniéndose por indigno de ocupar el real solio; pero
viéndose al fin obligado, hizo lo que se le mandaba,
después de haber hablado así: -«El mismo aprecio,
señor, se merece para mí el que por sí sabe pensar
bien, y el que quiere gobernarse por un buen pensamiento
ajeno, cuyas dos prendas de prudencia y
docilidad las veo en vuestra persona; pero siento
que la cabida y el valimiento de ciertos sujetos depravados
os desvíen del acierto. Sucédeos lo que al
mar, uno de los elementos más útiles al hombre, al
cual suele agitar de modo la furia de los vientos, a lo
que dicen, que no le dan lugar a que use de su bondad
natural para con todos. Por lo que a mí toca, no
tuve tanta pena de ver que me trataseis mal de palabra,
como de entender vuestro modo de pensar,
pues siendo dos los pareceres propuestos en la junta
de los Persas, uno que inflamaba la soberbia y violencia
del imperio persiano, el otro que la reprimía
con decir que era cosa perjudicial acostumbrar el
ánimo a la codicia y ambición perpetua de nuevas
conquistas, os declarabais a favor de aquel parecer
que de los dos era el más expuesto y peligroso,
tanto para vos, como para el Estado de los Persas.
Sobre lo que añadís que después de haber mejorado
de resolución no queriendo ya enviar las tropas
contra la Grecia, os ha venido un sueño de parte de
algún dios que no os permite desarmar a los Persas
enviándoles a sus casas, dadme licencia, hijo mío,
para deciros la verdad, que esto de soñar no es cosa
del otro mundo. ¿Queréis que yo, que en tantos
años os aventajo, os diga en qué consisten esos sueños
que van y vienen para la gente dormida? Sabed
que las especies de lo que uno piensa entre día esas
son las que de noche comúnmente nos van rodando
por la cabeza. Y nosotros cabalmente el día antes
no hicimos más que hablar y tratar de dicha expedición.
Pero si no es ese sueño como digo, sino que
anda en él la mano de alguno de los dioses, habéis
dado vos en el blanco, y no hay más que decir; del
mismo modo se me presentará a mí que a vos con
esa su pretensión. Verdad es que no veo por qué
deba venir a visitarme si me visto yo vuestro vestido,
y no sí me estoy con el mío; que venga si me XVII. Pensando Artabano hacer ver a Jerges que nada había en aquello de realidad, después de este discurso, hizo lo que se le decía. Vistióse, en efecto, con el aparato de Jerges, sentóse en el trono real, de allí se fue a la cama, y he aquí que el mismo sueño que había acometido a Jerges carga sobre Artabano, y plantado allí, le dice: -«¿Conque tú eres el que con capa de tutor detienes a Jerges para que no mueva las armas contra la Grecia? ¡Infeliz de ti! que ni ahora ni después te alabarás de haber querido estorbar lo que es preciso que se haga. Bien sabe Jerges lo que le espera si no quisiere obedecer.» XVIII. Así le pareció a Artabano que le amenazaba el sueño y que en seguida con unos hierros encendidos iba a herirle en los ojos. Da luego un fuerte grito, salta de la cama, y váse corriendo a sentar al lado de Jerges, le cuenta el sueño que acaba de ver, y añádele después: -«Yo, señor, como hombre experimentado, teniendo bien presente que muchas veces el que menos puede triunfa de un enemigo superior, no era de parecer que os dejaseis llevar del ardor impetuoso de la juventud, sabiendo cuán perniciosos son en un príncipe el espíritu y los pujos de conquistador, acordándome, por una parte, del infeliz éxito de la expedición de Ciro contra los Masagetas; y también, por otra la que hizo Cambises contra los Etíopes, y habiendo sido yo mismo testigo y compañero de la de Darío contra los Escitas. Gobernado por estas máximas, estaba persuadido de que vos en un gobierno Pacífico ibais a ser de todos celebrado por el príncipe más feliz. Pero, viendo ahora que anda en ello la mano de Dios, que quiere hacer algún ejemplar castigo ya decretado contra los Griegos, varío yo mismo de opinión y sigo vuestro modo de pensar. Bien haréis, pues, en dar cuenta a los Persas de estos avisos que Dios os da, mandándoles que estén a las primeras órdenes tocantes al aparato de la guerra: procurad que nada falte por vuestra parte con el apoyo del cielo.» Pasados estos discursos y atónitos y suspensos los ánimos de entrambos con la visión, apenas amaneció dio Jerges cuenta de todo a los Persas, y Artabano que había sido antes el único que retardaba la empresa, entonces en presencia de todos la apresuraba. XIX. Empeñado ya Jerges en aquella jornada, tuvo entre sueños una tercera visión, de la cual informados los magos resolvieron que comprendía aquella a la tierra entera, de suerte que todas las naciones deberían caer bajo el dominio de Jerges. Era esta la visión: soñábase Jerges coronado con un tallo de olivo, del cual salían unas ramas que se extendían por toda la tierra, si bien después se le desaparecía la corona que le ceñía la cabeza. Después que los magos y los Persas congregados aprobaron la interpretación del sueño, partió cada uno de los gobernadores a su respectiva provincia, donde se esmeró cada cual con todo conato en la ejecución de los preparativos, procurando alcanzar los dones y premios propuestos. XX. Jerges por su parte hizo tales levas y reclutas
para dicha jornada, que no dejó rincón en todo su
continente que no escudriñase; pues por espacio de
cuatro años enteros, contando desde la toma del
Egipto, se estuvo ocupando en prevenir la armada y
todo lo necesario para las tropas. En el discurso del
año quinto, emprendió sus marchas llevando un XXII. Es el Atos un gran monte y famoso promontorio que se avanza dentro del mar, todo bien poblado y formando una especie de península, cuyo istmo donde termina el monte unido con el continente viene a ser de 12 estadios. Este istmo es una llanura con algunos no muy altos cerros, que se extiende desde el mar de los Acantios hasta el mar opuesto de Torona, y allí mismo donde termina el monte Atos se halla Sana, ciudad griega. Las ciudades mas acá de Sana que están situadas en lo interior del Atos, y que los Persas pretendían hacer isleñas en vez de ciudades de tierra firme, son Dio, Olofizo, Acrotoon, Tiso, Cleonas, ciudades todas contenidas en el recinto del Atos. XXIII. El orden y modo de la excavación era en
esta forma: repartieron los bárbaros el terreno por
naciones, habiéndole medido con un cordel tirado
por cerca de la ciudad de Sana. Cuando la fosa
abierta era ya profunda, unos en la parte inferior
continuaban cavando, otros colocados en escaleras
recibían la tierra que se iba sacando, pasándola de
mano en mano hasta llegar a los que estaban más
arriba de entrambos, quienes la iban derramando y
extendiendo. Así que todas las naciones que turnaban XXIV. Cuando me paro a pensar en este canal, hallo que Jerges lo mandó abrir para hacer alarde y ostentación de su grandeza, queriendo manifestar su poder y dejar de él un monumento; pues pudiendo sus gentes a costa de poco trabajo trasportar sus naves por encima del istmo, mandó con todo abrir aquella fosa que comunicase con el mar, de anchura tal que por ella al par navegaban a remo dos galeras. A estos mismos que tenían a su cuenta el abrir el canal, se les mandó hacer un puente sobre el río Estrimon. XXV. Al tiempo que se ejecutaban estas obras como mandaba, íbanse aprontando los materiales y cordajes de biblo y de lino blanco para la construcción de los puentes. De ello estaban encargados los Fenicios y Egipcios, como también de conducir bastimentos y víveres al ejército, para que las tropas y también los bagajes que iban a la Grecia no pereciesen de hambre. Informado, pues, Jerges de aquellos países, mandó que se llevasen los víveres a los lugares más oportunos, haciendo que de toda el Asia saliesen urcas y naves de carga, cuáles en una, cuáles en otra dirección. Y si bien es verdad que el almacén principal se hacía en la Tracia en la que llaman Leuca Acta (blanca playa), con todo tenían otros orden de conducir los bastimentos a Tirodiza de los Perintios, otros a Dorisco, otros a Eyona sobre el Estrimon, otros a Macedonia. XXVI. En tanto que estos se aplicaban a sus respectivas tareas, Jerges, al frente de todo su ejército de tierra, habiendo salido de Crítalos, lugar de la Capadocia, donde se había dado la orden de que se juntasen todas las tropas del continente que habían de ir en compañía del rey, marchaba hacia Sardes. Allí en la reseña del ejército no puedo decir cuál de los generales mereció los dones del rey en premio de haber presentado la mejor y más bien arreglada milicia, ni aun sé si entraron en esta competencia los generales. Después de pasar el río Halis continuaba el ejército sus marchas por la Frigia, hasta llegar a Celenas, de donde brotan las fuentes del río Meandro y de otro río no inferior que lleva el nombre de Catarractas, el cual, nacido en la plaza misma de Celenas, va a unirse con el Meandro. En aquella plaza y ciudad se ve colgada en forma de odre, la piel de Marsias, quien, según cuentan los Frigios, fue desollado por Apolo, que colgó después allí su pellejo. XXVII. Hubo en esta ciudad un vecino llamado Pitio hijo de Atis, de nación Lydio, quien dio un convite espléndido a toda la armada del rey y al mismo Jerges en persona, ofreciéndose a más de esto a darle dinero para los gastos de la guerra. Oída esta oferta de Pitio, informóse Jerges de los Persas que estaban allí presentes sobre quién era Pitio, y cuántos eran sus haberes, que se atreviese a hacerle tal promesa. -«Señor, le respondieron, este es el que regaló a vuestro padre Darío un plátano y una vid de oro, hombre en efecto que sólo a vos cede en bienes y riqueza, ni conocemos otro que lo iguale.» XXVIII. Admirado de esto último que acababa
Jerges de oír, preguntó él mismo a Pitio cuánto
vendría a ser su caudal. -«Señor, le responde Pitio, XXIV. Así se explicó Pitio, y muy gustoso y
complacido Jerges con aquella respuesta, -«Amigo
Lydio, le dice, después que partí de la Persia, no he
hallado hasta aquí ni quien diera el refrigerio que tú
a todo mi ejército, ni quien se me presentara con esa
bizarría, ofreciéndose a contribuir con sus donativos
a los gastos de la guerra. Tú sólo has sido el vasallo
generoso que después de ese magnífico obsequio
que has hecho a mis tropas te me has ofrecido con
tus copiosos haberes. Ahora, pues, en atención a
esos tus beneficios, te hago la gracia de tenerte por
amigo y huésped, y después quiero suplirte de mi
erario lo que te falta para los 4 millones cabales de
stateres, pues no quiero la mengua de 7.000 stateres
en esa suma que por mi parte ha de quedar entera y
completa. Mi gusto mayor es que goces de lo que
has allegado, y procura portarte siempre como ahora,
que esa tu conducta no te estará sino muy bien, XXX. Habiendo así hablado y cumplido su promesa, continuó su viaje. Pasado que hubo por una ciudad de los Frigios llamada Anaya, y por cierta laguna de donde se extrae sal, llegó a Colosas, ciudad populosa de la Frigia, donde desaparece el río Lico metido por unos conductos subterráneos, y salido de allí a cosa de cinco estadios, corre también a confundirse con el Meandro. Moviendo el ejército desde Colosas hacia los confines de la Frigia y de la Lydia, llegó a la ciudad de Cidrara, en donde se ve clavada una columna mandada levantar por Creso, en que hay una inscripción que declara dichos confines. XXXI. Luego que dejando la Frigia entró el ejército
por la Lydia, dio con una encrucijada donde el
camino se divide en dos, el uno a mano izquierda
lleva hacia la Caria, el otro a mano derecha tira hacia
Sardes, siguiendo el cual es forzoso pasar el río
Meandro y tocar en la ciudad de Calatebo, donde
hay unos hombres que tienen por oficio hacer miel
artificial sacada del tamariz y del trigo. Llevando
Jerges este camino, halló un plátano tan lindo, que
prendado de su belleza, le regaló un collar de oro, y
lo señaló para cuidar de él a uno de los guardias que XXXII. Lo primero que hizo Jerges llegado a
Sardes fue destinar embajadores a la Grecia, encargados
de pedir que le reconociesen por soberano
con la fórmula de pedirles la tierra y el agua y con la
orden de que preparasen la cena al rey, cuyos embajadores
envió Jerges a todas las ciudades de la
Grecia menos a Atenas y Lacedemonia. El motivo XXXIII. Después de estas previas diligencias,
disponíase Jerges a mover sus tropas hacia Abidos,
mientras que los encargados del puente sobre el XXXIV. Empezando, pues, desde Abidos los ingenieros encargados del puente, íbanle formando con sus barcas, las que por una parte aseguraban los Fenicios con cordaje de lino blanco, y por otra los Egipcios con cordaje de biblo. La distancia de Abidos a la ribera contraria es de siete estadios. Lo que sucedió fue que unidas ya las barcas se levantó una tempestad, que rompiendo todas las maromas deshizo el puente. XXIXV. Llenó de enojo esta noticia el ánimo de
Jerges, quien irritado mandó dar al Helesponto trescientos
azotes de buena mano, y arrojar al fondo de
él, al mismo tiempo, un par de grillos. Aun tengo
oído más sobre ello, que envió allá unos verdugos
para que marcasen al Helesponto. Lo cierto es que
ordenó que al tiempo de azotarle le cargasen de baldones
y oprobios bárbaros e impíos, diciéndole: XXXVI. Y esta fue la paga que se dio a aquellos
ingenieros a quienes se había confiado la negra honra
de construir el puente: otros arquitectos fueron
señalados, los que lo dispusieron en esta forma: iban
ordenando sus penteconteros y también sus galeras
vecinas entre sí, haciendo de ellas dos líneas: la que
estaba del lado del Ponto Euxino se componía de
360 naves, la otra opuesta del lado Helesponto, de
314; aquella las tenía puestas de travesía, ésta las
tenía según la corriente, para que las cuerdas que las
ataban se apretasen con la agitación y fluctuación.
Ordenados así los barcos, afirmábanlos con áncoras
de un tamaño mayor, las unas del lado del Ponto
Euxino para resistir a los vientos que soplaran de la
parte interior del mismo, las otras del lado de Poniente
y del mar Egeo para resistir al Euro y al Noto.
Dejaron entre los penteconteros y galeras paso
abierto en tres lugares para que por él pudiera navegar
el que quisiera con barcas pequeñas hacia el
Ponto, y del Ponto hacia fuera. Hecho esto, con
unos cabrestantes desde la orilla iban tirando los
cables que unían las naves, pero no como antes, cada XXXVII. Después de haber dado fin a la maniobra
de los puentes, y de llegar al rey el aviso de que
estaban hechas todas las obras en el monte Atos,
acabada ya la fosa y levantados unos diques a una y
otra extremidad de ella, para que cerrado el paso a la
avenida del mar, impidieran que se llenasen las bocas
del canal, entonces, al empezar la primavera,
bien provisto todo el ejército partió de Sardes, en
donde había invernado, marchando para Abidos. Al
partir la hueste, el sol mismo, dejando en el cielo su
asiento, desapareció de la vista de los mortales, sin
que se viera nube alguna en la región del aire, por
entonces serenísima, de suerte que el día se convirtió
en noche. Jerges que lo vio y reparó en ello, entró
en gran cuidado y suspensión, y preguntó a sus XXXVIII. En el momento de marchar las tropas, asombrado Pitio el Lydio con aquel prodigio del cielo, y confiado en los dones recibidos del soberano, no dudó en presentarse a Jerges y hablarle en esta forma: -«¡Si tuvierais, señor, la bondad de concederme una gracia que mucho deseara yo lograr!... El hacérmela os es de poca consideración y a mí de mucha cuenta el obtenerla.» Jerges, que nada menos pensaba que hubiese de pedirle lo que Pitio pretendía, díjole estar ya concedida la gracia y que dijera su petición. Con tal respuesta animóse Pitio a decirle: -«Señor, cinco hijos tengo, y a los cinco les ha cabido la suerte de acompañaros en esa expedición contra la Grecia. Quisiera que, compadecido de la avanzada edad en que me veis, dieseis licencia al primogénito para que, exento de la milicia, se quedase en casa a fin de cuidar de mí y de mi hacienda. Vayan en buen hora los otros cuatro; llevadlos en vuestro ejército; así Dios, cumplidos vuestros deseos, os dé una vuelta gloriosa.» XXXIX. Mucho fue lo que se irritó Jerges con la
súplica, y le respondió en estos términos: -«¿Cómo
tú, hombre ruin, viendo que yo en persona hago
esta jornada contra la Grecia, que conduzco a mis
hermanos, a mis familiares y amigos, te has atrevido
a hacer mención de ese tu hijo que, siendo mi esclavo,
debería en ella acompañarme con toda su familia
y aun su misma esposa? Quiero que sepas, si lo
ignorabas todavía, que es menester mirar cómo se
habla, pues en los oídos mismos reside el alma, la
cual, cuando se habla bien, da parte de su gusto a
todo el cuerpo, y cuando mal, se entumece e irrita.
Al mostrarme tú liberal, hablando como debías, no
te pudiste alabar de haber sido más bizarro de palabra
de lo que tu soberano fue magnífico por obra.
Mas ahora que te me presentas con una súplica desvergonzada,
si bien no llevarás todo tu merecido, no XL. Ejecutada así la sentencia, iba desfilando por
allí la armada. Marchaban delante los bagajeros con
todas las recuas y bestias de carga; detrás de estos
venían sin separación alguna las brigadas de todas XLI. De este modo salió Jerges de Sardes, pero en el camino, cuando le venía en voluntad, dejando su carro pasaba a su carroza o harmamaxa: a sus espaldas venían mil alabarderos, los más valientes y nobles de todos los Persas, que traían sus lanzas, según suelen, levantadas. Seguíase luego otro escuadrón de caballería escogida compuesto de mil Persas, y detrás de él marchaba un cuerpo de la mejor infantería, que constaba de diez mil. Mil de ellos iban cerrando alrededor todo aquel cuerpo, los cuales en vez de puntas de hierro llevaban en su lanza unas granadas de oro, los restantes nueve mil, que iban dentro de aquel cuadro llevaban en las lanzas granadas de plata. Granadas de oro traían asimismo los que dijimos que iban con las lanzas vueltas hacia tierra y los más inmediatos a Jerges. Seguíase a este cuerpo de diez mil, otro cuerpo también de diez mil de caballería persiana; quedaba después un intervalo de dos estadios. XLII. En esta forma marchó el ejército desde la Lidia hacia el río Caico, en la provincia de la Misia, desde el cual, llevando a mano derecha el monte Canes, se encaminó pasando por Atarnes a la ciudad Carina, y de allí haciendo su camino por la llanura de Teba, por la ciudad de Tramitio y por Antandro, ciudad de los Pelasgos, y dejando a su mano izquierda al Ida, llegó a la región Ilíada. Lo primero que allí le sucedió fue que, haciendo noche a las raíces del monte Ida, sobrevinieron al ejército tantos truenos y rayos que dejaron allí mismo mucha gente muerta. Moviendo después el ejército hacia el Escamandro, que fue el primer río con quien dieron en el camino después de salidos de Sardes, secaron sus corrientes, no bastando el agua para la gente y bagaje. XLIII. Habiendo llegado Jerges a dicho río, movido
de curiosidad quiso subir a ver a Pérgamo, la
capital de Príamo. Registróla y se informó particularmente
de todo, y después mandó sacrificar mil
bueyes a Minerva Ilíada. No dejaron sus magos de hacer libaciones en honor de
los héroes del lugar. XLIV. Estando ya Jerges en Abidos, quiso ver
reunido a todo su ejército. Habían levantado los
Abidenos encima de un cerro, conforme a la orden
que les había dado, un trono primorosamente hecho
de mármol blanco, allí cerca de la ciudad. Sentado
en él Jerges, estaba contemplando todo su ejército
de mar y tierra esparcido por aquella playa. Este espectáculo XLV. Sucedió, pues, que viendo Jerges todo el Helesponto cubierto de naves, y llenas asimismo de hombres todas las playas y todas las campiñas de los Abidenos, aunque primero se tuvo por el mortal más feliz y de tal se alabó, poco después prorrumpió él mismo en un gran llanto. XLVI. Viendo aquello Artabano, su tío paterno,
el mismo que antes con un parecer franco e ingenuo
había desaconsejado al rey la expedición contra la
Grecia; viendo, pues, aquel gran varón que lloraba
Jerges, XLVII. A todo esto replicóle Jerges: -«Lo mejor será, Artabano, que pues nos vemos ahora en el mayor auge de la fortuna, nos dejemos de filosofar acerca de la condición y vida humana tal como la pintas, sin que hagamos otra mención de sus miserias. Lo que de ti quiero saber es, si a no haber tenido antes entre sueños aquella visión tan clara, te afirmarías aun en tu primer sentimiento, disuadiéndome la guerra contra la Grecia, o si mudaras de opinión: dímelo, te ruego, francamente. -Señor, le responde Artabano, ¡quiera Dios que la visión entre sueños tenga el éxito que ambos deseamos! De mí puedo deciros que me siento hasta aquí tan lleno de miedo, que me hallo fuera de mí mismo, no sólo por mil motivos que callo, sino principalmente porque veo que dos cosas de la mayor importancia nos son contrarias en esta guerra.» XLVIII. «¡Hombre singular! interrumpióle Jerges,
¿qué significas con esa salida? ¿No me dirías
qué cosas son esas dos que tan contrarias me son? XLIX. A esto repuso Artabano: -«¿Quién, señor,
sino un hombre insensato podrá tener en poco ni
ese número sinnúmero de tropas, ni esa multitud L. Respondió Jerges por su parte: -«No puede negarse, Artabano, que hablas en todo con juicio, si bien no debe temerse todo lo que puede suceder, ni contar igualmente con ello, pues el que en la deliberación de todos los casos que se van ofreciendo quisiese siempre atenerse a cualquier razón en contrario, ese tal jamás haría cosa da provecho. Vale más que, lleno siempre de ánimo, se exponga uno a que no lo salgan bien la mitad de sus empresas, que no el que lleno siempre de miedo y sin emprender cosa jamás, no tenga mal éxito en nada. Aun hay más: que si uno porfía contra lo que otro dice y no da por su parte una razón convincente que asegure su parecer, éste no se expone menos a errar que su contrario, pues corren los dos parejos en aquello. Soy de opinión que ningún hombre mortal es capaz de dar un expediente que nos asegure de lo que ha de suceder. En suma, la fortuna por lo común se declara a favor de quien se expone a la empresa, y no de quien en todo pone reparos y a nada se atreve. ¿Ves a qué punto de poder ha llegado felizmente el imperio de los Persas? Pues dígote que si los reyes mis predecesores hubieran pensado como tú, o al menos se hubieran dejado regir por unos consejeros de tu mismo, humor, jamás vieran el Estado tan floreciente y poderoso. Pero ellos se arrojaron a los peligros, y su osadía engrandeció el imperio; que con grandes peligros se acaban las grandes empresas. Emulo yo, pues, de sus proezas, emprendo la expedición en la mejor estación del año; yo, conquistada toda la Europa, daré la vuelta sin haber experimentado en parte alguna los rigores del hambre, sin haber sentido desgracia ni disgusto alguno. Nosotros, por una parte, llevamos mucha provisión de bastimentos, y por otra tendremos a nuestra disposición el trigo de las provincias y naciones adonde entraremos; que por cierto no vamos a guerrear contra unos pueblos nómadas, sino contra pueblos labradores.» LI. Después de este debate movió otro Artabano.
«Señor, le dice, ya que no dais lugar al miedo, ni
queréis que yo se lo dé, seguid siquiera mi consejo
en lo que voy a añadir, pues como son tantos los
negocios, es preciso que sea mucho lo que haya que
decir. Ya sabéis que Ciro, hijo de Cambises, fue
quien con las armas hizo tributario de los Persas a
toda la Jonia, menos a los Atenienses. Soy de parecer
que en ninguna manera conviene, que llevéis en
vuestra armada a los Jonios contra su madre patria,
pues sin ellos bien podremos ser superiores a nuestros
enemigos. Una de dos, soñar; o han de ser ellos
una gente la más perversa si hacen esclavo a su madre
patria, o la más justa si procuran su libertad. Poco LII. «Artabano, le responde Jerges, de cuanto hasta aquí has filosofado en nada te alucinaste más que en ese tu temor de que los Jonios puedan volverse contra nosotros. A favor de su fidelidad tenemos una prueba la mayor, de la cual eres tú mismo buen testigo, y pueden serlo juntamente los que siguieron a Darío contra los Escitas; pues sabemos que en mano de ellos estuvo el perder o salvar todo aquel ejército, y que dieron entonces muestra de su hombría de bien y de su mucha lealtad no dándonos nada que sentir. Además, ¿qué novedades han de maquinar ellos dejando ahora en nuestro poder y dominio a sus hijos, a sus mujeres y a sus bienes? Déjate ya de temer tal cosa, guarda en todo buen ánimo; vé y procura cuidar bien de mi palacio y de mi reino, que a ti sólo fío yo la regencia de mis dominios.» LIII. Así dijo, y enviando a Susa a Artabano, convoca segunda vez a los grandes de la Persia, a quienes reunidos habló de esta conformidad: -«El motivo que para juntaros aquí he tenido, nobles y magnates, ha sido el exhortaros a que continuéis en dar pruebas de vuestro valor, no degenerando de hijos de aquellos Persas que tantas y tan heroicas proezas hicieron, sino mostrando cada uno de por sí y todos en común vuestros ánimos y bríos varoniles. La gloria y provecho de la victoria que vamos a lograr será común a todos: esto me mueve a encargaros que toméis con todo empeño esta guerra, pues vamos a hacerla contra unos enemigos, a lo que oigo decir, valientes, a quienes si venciéremos, no nos restará ya nación en el mundo que se atreva, a salir en campaña contra nosotros. Ahora, pues, con el favor de los dioses tutelares de la Persia e implorada su protección, pasemos hacia la Europa.» LIV. Aquel día lo emplearon en disponerse para
el tránsito: al día siguiente esperaban que saliera el
sol, al cual querían ver salido antes de emprender el
paso, ocupados entretanto en ofrecerle encima del
puente toda especie de perfumes, cubriendo y adornando
con arrayanes todo aquel camino. Empieza a
dejarse ver el sol, y luego Jerges, haciendo al mar
con una copa de oro sus libaciones, pide y ruega al
mismo tiempo a aquel su dios que no le acontezca
ningún encuentro tal, que lo obligue a detener el
curso de sus victorias antes de haber llegado a los
últimos términos de la Europa. Acabada la súplica,
arrojó dentro del Helesponto, juntamente con la
copa, una pila de oro y un alfange persiano llamado LV. Acabada esta ceremonia religiosa, empezó a desfilar el ejército: la infantería y toda la caballería por el puente que miraba hacia el Ponto, y por el que estaba a la parte del Egeo los bagajes y gente de la comitiva. Iban en la vanguardia diez mil Persas, todos ellos con sus coronas, y después les seguían los cuerpos de todas aquellas tan varias naciones sin separación alguna. Estos fueron los que pasaron aquel primer día: al siguiente fueron los primeros en verificarlo los caballeros y los que llevaban sus lanzas inclinadas hacia abajo, coronados también todos ellos: pasaban después los caballos sagrados y el carro sacro, al que seguía el mismo Jerges y los alabarderos y los mil soldados de a caballo, después de los cuales venía lo restante del ejército. Al mismo tiempo fueron pasando las galeras de una a otra orilla; si bien a ninguno he oído que el rey pasó el último de todos. LVI. Pasado Jerges a la Europa, estuvo mirando
desfilar a su ejército compelido de los oficiales con
el azote en la mano, paso en que se emplearon siete
días enteros con sus siete noches, sin parar un instante
sólo. Dícese que después que acabó Jerges de
pasar el Helesponto, exclamó uno de los del país: - LVII. Pasado ya todo el ejército, al ir a emprender la marcha, sucedióles un portento considerable, si bien en nada lo estimó Jerges, y eso siendo de suyo de muy interpretación. El caso fue que de una yegua le nació una liebre, se ve cuán natural era la conjetura de que en efecto conduciría Jerges su armada contra la Grecia con gran magnificencia y jactancia, pero que volvería pavoroso al mismo sitio y huyendo más que de paso de su ruina. Y no fue sólo este prodigio, pues otro le había ya acontecido hallándose en Sardes, donde una mula parió otra, y ésta monstruo hermafrodita, con las naturas de ambos sexos, estando la de macho sobre la de hembra. LVIII. Jerges, sin atender a ninguno de los dos
prodigios, continuaba su camino conduciendo consigo
el ejército. La armada naval, fuera ya del Helesponto,
navegaba costeando la tierra con dirección
contraria a las marchas del ejército, dirigiendo el
rumbo a Poniente hacia el promontorio Sarpedonio,
donde tenía orden de hacer alto. El ejército marchaba LIX. Es Dorisco una gran playa de la Tracia,
término de una vasta llanura por donde corre el
gran río Hebro, sobre el cual está fabricada una LX. No puedo en verdad decir detalladamente el número de gente que cada nación presentó, no hallando hombre alguno que de él me informe. El grueso de todo el ejército en la reseña ascendió a un millón y setecientos mil hombres; el modo de contarlos fue singular: juntaron en un sitio determinado diez mil hombres apiñados entre sí lo más que fue posible y tiraron después una línea alrededor de dicho sitio, sobre la cual levantaron una pared alrededor, alta hasta el ombligo de un hombre. Salidos los primeros diez mil, fueron después metiendo otros dentro del cerco, hasta que así acabaron de contar los a todos, y contados ya, fuéronlos separando y ordenando por naciones. LXI. Los pueblos que militaban eran los siguientes:
Venían los Persas propios llevando en sus
cabezas unas tiaras, como se llaman, hechas de lana
no condensada a manera de fieltro; traían apegadas
al cuerpo unas túnicas con mangas de varios colores,
las que formaban un coselete con unas escamas
de hierro parecidas a las de los pescados; cubrían LXII. Venían también los bledos armados del mismo modo, pues aquella armadura es propia en su origen de los bledos y no de los Persas. El general que los conducía era Tigranes, príncipe de la familia de los Aqueménidas. Eran estos pueblos en lo antiguo llamados generalmente Arios, pero después que Medea desde Atenas pasó a los Arios, también éstos mudaron el nombre, según refieren los mismos Medos. Los Cisios, excepto en las mitras que llevaban en lugar de tiara a manera de sombrero, en todo lo demás de la armadura imitaban a los Persas: su general era Anafes, hijo de Otanes. Los Hircanios, armados del mismo modo que los Persas, eran conducidos por Megapano, el mismo que fue después virrey de Babilonia. LXIII. Los Asirios armados de guerra llevaban cubiertas las cabezas con unos capacetes de bronce, entretejidos a lo bárbaro de una manera que no es fácil declarar, si bien traían los escudos, las astas y las dagas parecidas a las de los Egipcios, y a más de esto unas porras cubiertas con una plancha de hierro y unos petos hechos de lino. A estos llaman Sirios los Griegos, siendo por los bárbaros llamados Asirios, en medio de los cuales habitan los Caldeos. Era el que venía a su frente por general Otanes, hijo de Artaqueo. LXIV. Militaban los Batrianos armando sus cabezas
de en modo muy semejante a los Medos, con
sus lanzas cortas y con unos arcos de caña según el
uso de su tierra. Los Sacas o Escitas cubrían la cabeza
con unos sombreros a manera de gorro recto y
puntiagudo, iban con largos zaragüelles, y llevaban
unas ballestas nacionales, unas dagas y unas segures
o sagares. Siendo estos Escitas Amirgios, llamábanlos
Sacas porque los Persas dan este nombre a todos
los Escitas. El general de estas dos naciones de
Bactrianos y Sacas era Histaspes, hijo de Darío y LXV. Los Indios iban vestidos de una tela hecha del hilo de cierto árbol, llevando sus arcos y también las saetas de caña, pero con una punta de hierro: así armados venían a las órdenes de Farnazatres, hijo de Artabates. Llevaban ballestas los Arios al uso de la Media, y los demás aparatos al uso de los Bactrianos, y tenían por comandante a Sisamnes, hijo de Hidarnes. LXVI. Las mismas armas que las Bactrianos llevan los Partos, los Corasmios, los Sogdianos, los Gandarios y los Dadicas. Eran sus respectivos generales: de los Partos y de los Corasmios, Artabanes, hijo de Farnaces; de los Sogdianos, Azanes, hijo de Artes; de los Gandarios y de los Dadicas, Artifio, de Artabano. LXVII. Los Caspianos, vestidos con sus pellicos, venían armados de alfanges y de unos arcos de caña propios de su país, y apercibidos así para la guerra, llevaban a su frente al jefe Arlomarlo, hermano de Artifio. Los Sarangas, vistosos con sus vestidos de varios colores, traían unos borceguíes que les llegaban a la rodilla, y unos arcos y lanzas al uso de los Medos, y su general era Ferentes, hijo de Megabazo. Venían los Pactías con sus zamarras, armados de unos puñales y de unos arcos al uso de su tierra, conducidos por el jefe Arintas, hijo de Itamames. LXVIII. Del misino modo que los Pactías, se dejaban ver armados los Utios, los Micos y los Paricanios. Tenían éstos dos generales, porque de los Utios y Micos lo era Arsamenes, hijo de Darío, y de los Paricanias lo era Siromitras, hijo de Eobazo. LXIX. Los Arabel, que traían ceñidas sus ziras o
marlotas, llevaban unas arcos largos que de una y
otra parte se doblaban, colgados del hombro derecho.
Venían los Etíopes, cubiertos con pieles de
pardos y de leones con unos arcos largos por lo
menos de cuatro codos, hechos del ramo de la palma.
Llevaban unas pequeñas saetas de caña, las
cuales en vez de hierro tenían unas piedras aguzadas
con las que suelen abrir sus sellos: traían ciertas lanzas
cuyas puntas en vez de hierro eran unos cuernos LXX. De los Etíopes que caen sobre el Egipto, como también de los Árabes, era, repito, el jefe Arsames; pero los Etíopes o negros del Oriente, pues dos eran las naciones de Etíopes que en el ejército había, estaban agregados al cuerpo de los Indios, en el color nada diferentes de los otros, pero mucho en la lengua y en el pelo, porque los Etíopes del Oriente tienen el cabello lacio y tendido, y los de la Libia lo tienen más crespo y ensortijado que los demás hombres. Los Etíopes Asiáticos de que hablaba iban por lo demás armados como los Indios, sólo que en lugar de visera traían el cuero de las cabezas de los caballos con sus orejas y crines, de suerte que la crin les servía de penacho, y llevaban las orejas levantadas. En vez de escudos con que cubrirse, usaban de las pieles de las grullas. LXXI. Venían los Libios defendidos con una armadura de cuero, y usaban de unos dardos tostados al fuego: era su general Masages, hijo de Oarizo. LXXII. Concurrían los Paflagonios a la guerra, armada la cabeza con unos morriones encajados, con unos pequeños escudos, con unas no muy largas astas, con sus dardos y puñales. Llevaban unos botines hasta media pierna al uso del país. Con las mismas armas que los de Paflagonia concurrían los Ligies, los Matienos, los Mariandinos, y los Siros, que son por los Persas llamados Capadoces. Conducía a los Paflagones y Matienos el general Doto, hijo de Megasirdo, y a los Mariandinos, Ligies y Siros el general Brias, hijo de Darío y de Aristone. LXXIII. Su armadura, muy parecida a la paflagónica,
tenían con cortísima diferencia los Frigios,
quienes, según cuentan los Macedonios, mientras
que fueron Europeos y vecinos de aquellos se llamaban
Briges, pero pasados al Asia, juntamente con
la región, mudaron de nombre. Los Armenios, colonos
de los Frigios, venían armados como ellos y el LXXIV. Los Lidios tenían unas armas muy parecidas
a las griegas: estos pueblos, llamados antiguamente
Meones, mudaron de nombre, tomando LXXV. Armábanse los Tracios con unas pieles
de zorra en la cabeza y con túnicas alrededor del
cuerpo, que cubrían con ziras o marlotas de varios LXXVI. Era general de los Tracios situados en el Asia, Basaces, hijo de Artabano. Tenían aquellos unos pequeños escudos de cuero crudo de buey, y venía cada uno con dos dardos, con que suelen cazar los lobos: llevaban en la cabeza un casco de bronce, al cual estaban pegadas unas orejas y cuernos de buey también de bronce, y sobre el casco su penacho: adornaban las piernas con listones de púrpura. Entre estos pueblos se halla un oráculo de Marte. LXXVII. Los Cabelees Meones que llaman Lasonios
imitaban a los Cilicios en la armadura, que
describiré cuando llegue a hablar de los últimos en LXXVIII. Armados como los Moscos venían los
Tibarenos, los Macrones y los Mosinecos, y eran
conducidos por los siguientes caudillos: los Moscos LXXIX. Cubrían los Mares la cabeza con unas celadas propias del país que se podían plegar, y llevaban además unos escudos pequeños de cuero también con sus dardos. Traían los Coleos puestas en la cabeza unas celadas hechas de madera, y en la mano unos escudos de cuero de buey no adobado; usaban astas cortas y también espadas. General de los Mares y de los Coleos era un hijo de Teaspes, por nombre Farandates; pero el de los Alarodios y de los Saspires, armados a semejanza de los Colcos, era Masistio, hijo de Siromitres. LXXX. Vestidas y armadas casi como los Medos seguían al ejército las naciones de las islas del mar Eritreo, en donde confina el rey a los que llaman deportados. De estos isleños era comandante Mardontes, hijo de Bageo, quien siendo general dos años después quedó muerto en la batalla de Micale. LXXXI. Todas estas naciones que por tierra servían,
eran las que venían alistadas en el ejército del
continente. Nombrados llevo los generales mayores
de ellas, a cuyo cargo estaba el ordenar y distribuir
en cuerpos menores aquella tropa, nombrando a los
oficiales subalternos, así los que mandaban a mil,
como los que a diez mil hombres, si bien estos últimos LXXXII. Sobre estos y sobre todo el ejército de tierra, seis eran los generalísimos que tenían el mando universal: el uno era Mardonio, hijo de Gobrias; el otro Tritantecmes, hijo de aquel Artabano que fue de parecer no se hiciera la expedición contra la Grecia; el tercero Smerdomenes, hijo de Otanes, el cual siendo como el anterior hijo de un hermano de Darío, eran ambos primos del mismo Jerges; el cuarto era Masistes, hijo de Darío y de Atosa; el quinto Gergis, hijo de Arizo; el sexto Megabizo, hijo de Zopiro. LXXXIII. Estos eran los generalísimos de todo
el ejército de tierra, exceptuados empero los diez
mil Persas escogidos a quienes mandaba Hidarnes,
hijo de Hidarnes. Llamábanse estos Persas los Inmortales,
porque si faltaba alguno de dicho cuerpo
por muerte o por enfermedad, otro hombre entraba
luego a suplir el lugar vacante, de suerte que nunca
eran ni más ni menos de diez mil Persas. Su uniforme era de todos el más vistoso, y ellos los mejores
y más valientes. Su armadura era la que dejo antes
descrita, y a más de ella se distinguían por la gran
cantidad de oro de que iban adornados. Seguíales la
comitiva de muchas carrozas y en ellas sus concubinas,
y una gran compañía de criados con vistosas LXXXIV. Todas las naciones dichas suelen servir en la caballería, pero no todas iban montadas, sino sólo las que voy a decir. Los Persas militaban a caballo con las mismas armas que usaba su infantería; sólo que algunos llevaban unos yelmos hechos de bronce y de hierro. LXXXV. Hay a más de estos, ciertos pastores llamados Sagartios que, hablando la lengua de los Persas, usan un traje medio entre el de éstos y el de los Pactiyes. Componían, pues, aquellos un cuerpo de 8.000 caballeros, si bien, según su uso, no llevaban armas ni de bronce ni de hierro, salvo su puñal. Sus armas eran unos ramales hechos de correas, con los cuales entraban animosos en batalla, en la cual suelen pelear en esta forma: métense entre los enemigos y les echan sus ramales que en la extremidad tienen ciertos lazos; al infeliz que enlazan, sea hombre, sea caballo, le arrastran hacia ellos, y enredado de cerca le matan. Tal es el modo que tienen de pelear, y son contados entre la milicia de los Persas. LXXXVI. Iguales armas que la infantería usaban
los Medos y también los Cisios de a caballo. Los
Indios, armados asimismo como sus infantes, peleaban
cada uno, o desde su montura, o desde sus
carros tirados por caballos o por asnos silvestres.
Los jinetes bactrianos iban armados como los peones,
no menos que los Caspios e igualmente que los LXXXVII. Servían únicamente en la caballería estas naciones, cuyo número subía a 8.000, exceptuados los carros y los camellos. Todos los que a caballo servían, estaban distribuidos en sus respectivos escuadrones; pero los Árabes ocupaban aparte el último lugar, por cuanto los caballos no pueden sufrir la compañía de los camellos, y así para que éstos no les espantasen venían los postreros. LXXXVIII. Eran generales de la caballería los dos hijos de Datis, el uno Armamitres y el otro Titeo, habiendo quedado enfermo en Sardes el tercer general, Farnuques, quien al partir de aquella ciudad tuvo una sensible desgracia. Sucedió que al montar a caballo pasó un perro por debajo del vientre de éste; el caballo, que no lo había visto venir, se espantó, y empinándose de repente, arrojó a Farnuques. De la caída se le originó un vómito de sangre que al cabo vino a parar en una tisis. Sus criados en el acto hicieron con el caballo lo que su amo les mandó, llevándolo al mismo lugar en donde arrojó al señor y cortándole las piernas hasta las rodillas. Por este accidente perdió Farnuques su mando de general. LXXXIX. El total de las galeras subía a 1.207, las
que venían suministradas por las naciones siguientes:
Con 300 concurrían los Fenicios, juntamente
con los Sirios de la Palestina, quienes armaban sus XC. Venían armados a su modo los Chipriotas con 130 naves: sus reyes llevaban atados a la cabeza unos turbantes o mitras; los otros traían túnicas, y en lo demás imitaban la armadura griega. Sus pueblos, parte son oriundos de Salamina y de Atenas, parte de la Arcadia, parte de Cidno, parte de la Fenicia y parte de la Etiopía, según los mismos Chipriotas nos refieren. XCI. Los Cilicios daban por su parte 100 naves,
y traían armadas las cabezas con celadas de su país;
en vez de escudos usaban adargas hechas de cuero
crudo de los bueyes; vestían túnicas de lana; llevaba XCII. Con 50 naves venían los Licios, armados de petos y botines; tenían arcos de cuerno, saetas de caña sin alas, dardos, y además hoces y puñales; llevaban pendientes de los hombros, unas pieles de cabra, y en sus cabezas unos sombreros coronados con plumajes. Los Licios, originarios de Creta, se llamaban antes Termiles, y tomaron su nuevo nombre de Lico, hijo de Pandion, natural de Atenas. XCIII. Los Dorios del Asia, que iban armados a
lo griego, siendo colonos del Peloponeso, venían
con 30 galeras. Con 70 se presentaron los Carios, XCIV. Contribuían con 100 galeras a la amada los Jonios, apercibidos y armados como los Griegos. Estos pueblos, todo el tiempo que habitaron el Peloponeso en la región que al presente se llama Acaya, lo que sucedió antes que Danao y Xuto viniesen a dicho Peloponeso, se llamaban Pelasgos Eqialees (de la plaga), si estamos a lo que dicen los Griegos; pero después, del nombre de Jon, hijo de Xuto, se llamaron Jonios. XCV. Los isleños, armados al modo griego, presentaron 47 galeras; eran estos asimismo de nación pelásgisca, y se llamaron Jonios por la misma razón que las doce ciudades, pero Jonios venidos de Atenas. Concurrían los Eolios con 60 galeras y con las armas a la griega; los cuales, según es tradición de los Griegos, llevaban también en lo antiguo el nombre de Pelasgos. Los Helesponcios, excepto los de Abidos, a quienes había el rey mandado que sin dejar su país tomasen a su cargo la guardia del puente; los restantes pueblos, digo, de las costas del Helesponto, armados al par de los Griegos como colonos de los Dorios y Jonios, se presentaron con 100 naves. XCVI. En todas las galeras dichas iba tropa de
Persas, de Medos y de Sacas para los combates. Las
naves más listas y ligeras eran las de los Fenicios, y
entre estas con especialidad la de los Sidonios. Así
para estas naves, como, para las tropas de tierra,
cada nación había enviado sus respectivos jefes, de
los cuales no haré particular mención, por no pedirlo
necesariamente el designio de mi historia. XCVII. Los caudillos de la armada naval eran
Ariabignes, hijo de Darío; Prejaspes, hijo de Aspitines;
Megabazo, hijo de Megabates; y Aquemedes,
hijo de Darío. De la armada jónica y cariana era jefe
Artabignes, a quien tuvo Darío en una hija de Gobrias;
de la egipcia lo era Aquemenes, por parte de
padre y madre hermano de Jerges; del resto de la
armada lo eran los otros dos. El número de los trieconteros
(naves de 30 remos), de penteconteros (de
50 remos), de cercuros (naves de carga) y de barcas
largas para el trasporte de la caballería, parece que XCVIII. Los sujetos de mayor nombre después
de los generales que venían embarcados eran el Sidonio
Tetramnesto, hijo de Amiso; el Tirio Mapen,
hijo de Siromo; el Aradio Mérbalo, hijo de Agabalo;
el Cilicio Siennesis, hijo de Oromedonte; el Licio
Cibernisco, hijo de Sica; los dos Chipriotas Gorgo,
hijo de Quersis, y Timonax, hijo de Timágoras, y XCIX. Y si bien no me miro obligado a hacer
mención de los otros jefes, la haré con todo de Artemisa,
mujer que siguió la expedición contra la C. Hecho el cómputo de las tropas y distribuidas
éstas en escuadrones, tuvo Jerges la curiosidad de
contemplarlas pasando revista a todas ellas, lo cual
así ejecutó. En su carro iba recorriendo cada nación,
y plantado delante de ella hacía sus preguntas, las
cuales iban notando sus escribanos: hízolo de este
modo empezando por un cabo, y acabando por el
otro, tanto de la caballería como, de la infantería.
Después de verificada esta diligencia, como las galeras
de nuevo hubiesen sido echadas al agua, dejando
Jerges su carro, se embarcó en una nave sidonia, y
sentado en ella bajo un pabellón de oro, iba corriendo
por delante de las proas de las galeras informándose
de cada una y tomando las respuestas
por escrito, del mismo modo que en el ejército de
tierra. A este fin habían apartado sus galeras los capitanes
cosa de cuatro pletros (400 pasos) de la orilla,
y vueltas las proas a tierra habían formado una CI. Acabada ya la reseña de las galeras, saltó Jerges,
de su nave e hizo comparecer a Demarato, hijo
de Ariston, que le acompañaba en la expedición
contra la Grecia, y puesto en su presencia, hablóle
en estos términos: -«Mucho gusto tendría ahora,
Demarato, en que me respondieras a una pregunta
que hacerte quiero. A lo que tú mismo dices y a lo
que me aseguran los Griegos que se han presentado
en mi corte, tú eres Griego y natural de una ciudad
que ni es la menor, ni la menos poderosa de la Grecia.
Quiero, pues, que me digas si tendrán valor los
Griegos para venir a las manos conmigo. Dígolo
porque estoy persuadido de que ni todos los Griegos,
ni todos los demás hombres del Occidente, por
más que se juntaran en un ejército, serían capaces de
hacerme frente en campo de batalla, no yendo
acordes entre ellos mismos. Mucha complacencia
tendré, pues, en oír sobre esto tu parecer.» Esta fue
la pregunta de Jerges, y tal la respuesta de Demarato: CII. Con esta seguridad en la fe de Jerges, continuó Demarato: Pues que mandáis, señor, que hable francamente y os diga la verdad, yo os la diré de manera que no daré lugar a que después de esto me cojáis en mentira. La Grecia, señor, es una nación criada siempre sin lujo y con pobreza, pero hecha a la virtud, fruto de la sabiduría, y de la severa disciplina. Con la misma virtud que practica remedia su pobreza y se defiende de la servidumbre. Tal elogio debo darlo a todos los Griegos que moran cerca de la región y países dóricos; pero no hablaré ahora de todos ellos, sino solamente de los Lacedemonios. Y en primer lugar digo que de ningún modo cabe que den oídos a nuestras pretensiones, encaminadas a quitar la libertad a la Grecia, de suerte que aunque todos los demás Griegos os presten vasallaje, ellos solos saldrán a recibiros con las armas en la mano. Ni os toméis el trabajo de preguntarme acerca del número de ellos para saliros al encuentro, porque, tened por sabido que si constare su ejército de mil hombres, con mil os darán la batalla; si menos fueren, con menos os la darán, y si fueren más, serán más los que la presenten.» CIII. Al oírle púsose Jerges a reír: -«Demarato, le replica, ¿qué absurdo es eso que dices? Vamos al caso: ¿no aseguras haber sido rey de esos valientes? Pregúntote ahora: ¿quisieras tú solo apostártelas aquí mano a mano contra diez hombres juntos? Y en verdad que si la disciplina civil y el buen orden entre vosotros es en todo como me lo pintas, pide el honor y decoro de la corona, que tú, rey de esos héroes, puedas habértelas con doblado número de enemigos. De suerte que si cada uno de ellos es capaz de hacer frente a diez hombres de los míos, debo a ti solo suponerte bastante para resistir a veinte, pues así y no de otro modo puedes salvar la verdad de tu respuesta. Pero si esos hombres son tales en el valor y en el talle de su cuerpo cual eres tú y cuales son los Griegos que vienen a mi presencia, mira no sean esos elogios que les das una mera baladronada y vana exageración. Porque, por Dios, ¿qué camino lleva que 1.000 hombres, o sean 10.000, o sean 50.000, iguales todos ellos e igualmente libres, y no sujetos al imperio de un soberano, puedan hacer frente a un ejército tan grande como el mío, especialmente siendo nosotros más de 1.000 por uno de ellos, si es que subieren a 50.000? Bien pudiera ser que sujetos a las órdenes de un soberano, como entre nosotros se usa, por miedo de él sacasen esfuerzo de necesidad, y obligados con el látigo, embistiesen pocos contra muchos más; pero sueltos como están y dejada su elección a su arbitrio, no es posible que hagan uno ni otro: antes bien soy de sentir; que cuando fuese igual el número de entrambos, no se atreverían los Griegos a entrar con los Persas solos en batalla. Lo que dices de tanta bravura y valentía se hallará entre los nuestros, no a cada paso ciertamente, sino en tal cual soldado, pues alguno habrá de mis alabarderos persas, que se atreverá a desafiar a tres de los Griegos a un tiempo mismo. Tú empero no lo sabes ni lo conoces; por eso exageras y encomias a tu salvo.» CIV. A este discurso respondió Demarato: -«Bien veía señor, desde el principio que hablando verdad iba a perder vuestra gracia; pero como me obligabais a que os hablase con toda franqueza y sin lisonja, manifesté lo que según su deber harían los Espartanos. Nadie sabe mejor que vos cuán apasionado podré estar a favor de unos hombres que me degradaron del honor y de los derechos a la corona heredados de mis abuelos; que me desnaturalizaron y me obligaron al destierro: y nadie sabe mejor que yo cuán obligado estoy a vuestro padre que me amparó, me dio alimentos con que vivir y casa en que morar. Me haréis la justicia de no pensar que un hombre de bien como yo, quiera olvidarse de tantos beneficios, sino que más bien quiere corresponder a ellos. Por lo que mira empero al valor, ni blasonaré de poder salir solo contra diez, ni solo contra dos, ni aun por mi gusto quisiera entrar en singular desafío con uno solo, si bien en caso de necesidad, o si algún empeño mayor a ello me estimulase, vendría gustosísimo en medir mi espada con la de alguno de esos Persas que le dicen capaces de habérselas cada uno con tres Griegos. Porque los Lacedemonios cuerpo a cuerpo no son por cierto los más flojos del mundo, y en las filas son los más bravos de los hombres. Libres sí lo son, pero no libres sin freno, pues soberano tienen en la ley de la patria, a la cual temen mucho más que no a vos vuestros vasallos. Hacen sin falta lo que ella les manda, y ella les manda siempre lo mismo: no volver las espaldas estando en acción a ninguna muchedumbre de armados, sino vencer o morir sin dejar su puesto. Pero ya que os parecen absurdas mis razones, hago ánimo en adelante de no hablaros más sobre ello; lo que ahora dije lo dije precisado. Deseo, señor, que todo os salga a medida de vuestros deseos.» CV. De la respuesta de Demarato hizo burla Jerges, y tomándola a risa no dio muestra ninguna de enojo, sino que le envió enhorabuena y con mucha paz. Después de este coloquio, habiendo nombrado gobernador de Dorisco a Mascames, hijo de Megadostes, y depuesto el antecesor que Darío habla allí dejado, marchando por la Tracia, movió las armas hacia Grecia. CVI. Era Mascames el nuevo gobernador un sujeto mérito, que a él sólo, como al Persa más sobresaliente entre todos los gobernadores nombrados por Jerges o por Darío, solía el rey hacer todos los años sus presentes, y aun Artajerges, su hijo, continuó en hacer la misma demostración con los descendientes del mismo Mascames: porque habiendo, antes de la presente expedición, sido nombrados en todas partes gobernadores persas, así en la Tracia como en el Helesponto, por más que todos ellos, pasado el tiempo de la expedición, fueron echados por los Griegos del Helesponto y de la Tracia, no lo fue él de Dorisco, no habiendo podido nadie arrojar a Mascames de aquella plaza, a pesar de las tentativas que muchos hicieron con este intento. Por tal motivo, pues, enviaba siempre regalos a aquel gobernador el rey actual de la Persia. CVII. De todos los gobernadores que fueron
echados, de aquellas plazas por los Griegos, a ninguno tuvo Jerges por oficial de mérito sino solamente
a Boges el de Eona. A éste jamás acababa de
celebrarle, y en atención a sus méritos honró muy
particularmente a los hijos que de él quedaron entre
los Persas. Y en efecto, bien mereció Boges tan CVIII. Desde Dorisco continuaba Jerges sus
marchas camino de la Grecia, obligando a todos los
pueblos que en el viaje hallaba a que le siguiesen CIX. Habiendo atravesado a pie enjuto la madre del Liso, fue siguiendo Jerges las ciudades griegas de Maronea, Dicea y Abdera, y al transitar por ellas pasó igualmente por cerca de unas célebres lagunas vecinas a dichas ciudades, cual es la laguna Ismarida que cae entre Maronea y Strima, y cual es la Bistonida, vecina a Diceas, en la que van a desaguar dos ríos, el Trayo y el Compsato. Cerca de Abdera no pasó Jerges por ningún lago notable, pero sí por el río Néstor, que por allí corre al mar. Continuando las marchas más allá de estos parajes, recorrió las ciudades mediterráneas, en una de las cuales hay una gran laguna que tendrá unos 30 estadios de circunferencia, abundante en pesca y de agua muy salobre, y con todo quedó seca sólo con haber abrevado allí las bestias de carga del ejército: la ciudad dicha se llama Pistiro. Dejando las ciudades marítimas y griegas a mano izquierda, pasó Jerges adelante. CX. Los pueblos de los Tracios por donde llevó el rey sus marchas son los Petos, los Cicones, los Bistones, los Sapeos, los Derseos, los Edonos y los Satras. De estos, los que están situados en la costa del mar seguían la armada en sus naves, y los que viven tierra adentro de quienes acabo de hacer mención, todos, excepto los Satras, eran precisados a acompañar el ejército de tierra. CXI. No ha llegado a nuestra noticia que hayan sido hasta aquí los Satras vasallos de ningún señor, habiendo sido los únicos Tracios que hasta mis días han conservado siempre su libertad. El motivo ha sido, parte por habitar unos altos montes llenos de todo género de arboleda y maleza y coronados de nieve, parte por ser sumamente guerreros. Tienen un oráculo de Baco situado en altísimas montañas; los Besos son entre los Satras los encargados del santuario, y la Promantida o sacerdotisa es la que responde, como en Delfos, a las consultas y no con más ambigüedad. CXII. Adelantándose Jerges más allá de la región, pasó por otras fortalezas que son de los Pieres, llamada la una Fagra, y la otra Pérgamo. Llevando sus marchas por cerca de dichas plazas, dejaba a mano derecha el Pangeo, monte grande y elevado, en el cual hay minas de oro y plata que disfrutan los Pieres y Odomantos, y más que todos los Satras. CXIII. Habiendo ya dejado a los que habitan, por la parte de Bóreas a las faldas del Pangeo, que son los Peones, los Deberas y los Peoplas, torció hacia Poniente hasta llegar al Strimon y a la ciudad de Eiona, en donde estaba todavía de gobernador aquel Boges de quien poco antes hice mención. Llámase la Filis esta comarca de las cercanías del Pangeo, la cual hacia Poniente se extiende hasta el río Angiteo que entra en el Strimon, y hacia mediodía hasta el mismo Strimon. A este río hicieron los magos un próspero sacrificio, degollando en honra suya unos caballos blancos. CXIV. Después de estos sacrificios y otros muchos hechizos con que pretendían encantar al río, pasando por el lugar llamado Ennea Odi (los Nueve Caminos) de los Edonos, marcharon hacia los puentes que hallaron ya construidos sobre el Strimon. Oyendo qué aquél lugar se llamaba los Nueve Caminos, enterraron vivos allí mismo nueve mancebos y nueve doncellas del país. Costumbre de los Persas es enterrar a los vivos, pues oigo decir que Amestris, esposa de Jerges, siendo ya de edad, sepultó vivos catorce hijos de los Persas más ilustres, víctimas que sustituía en su lugar para aplacar a la divinidad que dicen existir debajo de tierra. CXV. Después que vadeado el Strimon se puso
el ejército en camino, marchó por una playa qué cae
hacia Poniente y pasó cerca de una ciudad griega allí
situada, que se llama Argilo. Aquella región y la que
sobre ella está se llama la Bisaltia. Desde allí, dejando
a la izquierda el golfo que está vecino al templo
de Neptuno y marchando por la llanura llamada
Sileo, pasó más allá de Stagiro, ciudad griega, y llegó
a Acanto, habiendo incorporado en el ejército estas
naciones y las que antes dije, y todas las que moran
alrededor del monte Pangeo, obligando a las
marítimas a seguir con sus naves la armada, y a las
internadas a seguir el ejército. El camino por donde
Jerges condujo sus tropas tiénenlo los Tracios hasta CXVI. Llegado el ejército a Acanto, declaró el Persa por amigos y huéspedes a los Acantios y les concedió el uniforme o vestido de los Medos, honrándolos mucho de palabra, así por verlos prontos a la guerra, como por oír que estaba ya el foso terminado. CXVII. Estaba Jerges en Acanto cuando de resultas de una enfermedad acabó allí sus días Artaqueo, oficial prefecto del canal, muy valido en la corte de Jerges y en la casa de los Aqueménidas. Era en su estatura el mayor de los Persas, teniendo cinco codos regios de alto menos cuatro dedos: nadie le ganaba en lo sonoro y robusto de la voz. Mostró Jerges gran sentimiento de su muerte, y le honró con suntuosas exequias, haciendo que todo el ejército le ofreciese dones sobre el sepulcro. Hácenle los Acantios los sacrificios debidos a un héroe conforme cierto oráculo, y en ellos le invocan por su mismo nombre. En una palabra, reputaba Jerges por gran pérdida aquella muerte. CXVIII. Los Griegos que daban acogida en sus ciudades al ejército y recibían con cena a Jerges, quedaban oprimidos con el excesivo gasto, y se veían precisados a desamparar sus propias casas. Lo cierto es que obligados los Tasios, a causa de las poblaciones que poseían en tierra firme, a dar los utensilios al ejército y la mesa a Jerges, encargado de la comisión Antipatro, hijo de Orges, hombre de tanto crédito como el que más entre sus paisanos, dio al público la cuenta de haber gastado 400 talentos de plata en aquella cena. CXIX. Y cuentas muy parecidas a esta dieron los comisarios de las otras ciudades a este fin escogidos. Hacíase el convite con tanto aparato, que muy de antemano se daba la orden y señalábase la suntuosidad con que debía celebrarse. Luego que llegaban los pregoneros a las ciudades de aquel distrito, intimándoles el hospedaje, los moradores de ellas, contribuyendo a proporción con el trigo que tenían, molíanlo ante todo y hacían pan para algunos meses. Buscando a más de esto las más preciosas reses, íbanlas cebando para regalo del ejército, como también las aves, así de tierra como de las lagunas, cerradas en sus caponeras y vivares. En segundo lugar, labraban vasos de oro y plata, y copas y demás vajilla para la mesa. Esta singularidad se hacía para el rey y los cortesanos sus comensales; para lo restante del ejército sólo se prevenían los bastimentos ordenados. Cuando acababa de llegar el ejército de su marcha, estaba ya preparado en su campo el pabellón real donde iba a descansar el mismo Jerges, mientras se quedaba la tropa al cielo descubierto. Llegada la hora de la cena, entonces era cuando los huéspedes se hacían todo manos para el servicio; pero bien comidos y bebidos los hospedados, descansaban allí aquella noche, y venida la mañana, quitaban a sus huéspedes la fatiga cargando con la tienda y con todos los muebles y alhajas con que se iban, sin dejar cosa que no llevasen consigo. CXX. De aquí nació aquel dicho que a este propósito dijo agudamente Megacreonte, natural de Abdera, quien aconsejó a sus Abderitas que todos, hombres y mujeres, se fueran a los templos en procesión, y allí postrados a los pies de sus dioses les suplicasen por una parte con mucho ardor tuviesen a bien librarles de la otra mitad de sus males que con la vuelta de Jerges les amenazaban, y por otra les dieran gracias muy de veras por lo pasado de que el rey Jerges no acostumbrase comer dos veces al día, porque preciso les fuera a los Abderitas, si se les ordenase darle una comida semejante a la cena, o en caso de esperarlo, caer en una quiebra la mayor del mundo. CXXI. Así que las ciudades, por más gravadas que quedasen, ejecutaban del mismo modo lo que se les ordenaba. Allí Jerges, después de dar orden a los almirantes que le esperasen con su armada en Terma, ciudad situada en el seno Termeo, que de ella toma su nombre, licenciólos a fin de que partieran solos con sus galeras. El Motivo que lo movió a que allí le esperasen, fue por ser el más corto el camino que iba a tomar lejos de las costas. Desde Dorisco hasta Acanto había marchado el ejército en el orden siguiente. Habiendo Jerges dividido sus tropas en tres cuerpos, ordenó que marchase uno por la playa, siguiendo la armada naval y llevando a su frente a los generales Mardonio y Masistes; que el otro cuerpo, ordenado también y conducido por los jefes Tritantecmes y Gergis, hiciese su camino marchando tierra adentro; y que el tercero, en el cual iba el mismo Jerges, pasase por el camino de en medio, guiado por los caudillos Smerdomenes y Megabizo. CXXII. La armada naval, separada ya de Jerges, navegó por el canal abierto en Atos, canal que llega hasta el golfo en que se hallan las ciudades de Asa, Piloro, Singo y Santa. Habiendo tomado a bordo la gente de armas, continuó desde allí su derrota hacia el seno Termeo. Dobló, pues, el Ampelo, promontorio de Torona, y fue recogiendo las galeras y tropas de las ciudades griegas por donde pasaba, que eran Torona, Galepso, Sermila, Meciberna y Olinto, las que caen en la provincia llamada ahora Sitonia. CXXIII. Torciendo la misma armada desde Ampelo hasta el Cannastreo, que es el cabo que más se entra en el mar en la región Palena, iba en todas partes recibiendo naves y milicia, a saber; de Potidea, de Afitir, de Nápoli, de Egea, de Terambo, de Scione, de Menda y de Sano, ciudades de la región que al presente se dice Palena y antes se llamaba Flegra. Costeada esta tierra, continuaba su rumbo al lugar destinado, incorporando consigo las tropas de las ciudades que confinan con Palena y están vecinas al golfo Termeo, cuyos nombres son: Lipax, Combria, Lisas, Gigono, Campsa, Smila y Enea: la región en que están, aun ahora se llama Crosea. Desde Enea, que es la última de las referidas, tomó el rumbo la armada hacia el golfo mismo Termeo y al país Migdonio, y navegando por él, llegó a la misma ciudad de Terma y a las de Sindo y de Calestra, situada sobre el río Axio, que separa la Migdonia de la tierra Bateida. En ésta ocupan las ciudades de Yenas y de Pella aquel pequeño distrito que corre hacia la playa. CXXIV. Aquí, cerca del río Axio, no lejos de la ciudad de Terma y de las otras ciudades intermedias, plantó sus reales la armada naval, esperando la llegada del rey. Entretanto, Jerges, con el objeto de llegar a Terma, habiendo salido de Acanto con el ejército, venía marchando por lo interior del continente. Llevaba su camino por la región Peónica y por la Crestónica, siguiendo el río Equidoro, el cual nacido en tierra de los Crestoneos, corre por la Migdonia, y pasando cerca de una laguna que está sobre el río Axio, desagua en el mar. CXXV. Caminando el ejército por aquellos parajes, sucedía que los leones acometían a los camellos del bagaje, con la particularidad que, dejando de noche sus moradas y escondrijos, solamente en ellos hacían presa, sin tocar a ninguna otra bestia de carga, ni embestir a hombre alguno. Confieso que de esto me maravillo, por no saber cuál pudo ser entonces la fuerza que obligase a los leones a embestir solamente contra los camellos, animales que nunca antes habían visto, ni sentido, ni experimentado. CXXVI. Hállanse por aquellas partes muchos leones y también muchos búfalos, cuyas astas, de extraordinaria magnitud, suelen llevarse a la Grecia. Los términos hasta donde llegan dichos leones son, uno el río Nesto, que pasa por Abdera, y el otro el río Aquelóo, que corre por Acarnania; pues ni más allá del Nesto, por la parte de Levante, ni por la de Poniente más allá del Aquelóo, nadie verá león alguno en lo demás de la Europa ni en lo que resta de tierra firme, de suerte que sólo se crían en el distrito que cae entre dichos ríos. CXXVII. Llegado Jerges a la ciudad de Terma,
hizo alto allí con todo su ejército, el cual, acampado
por las orillas del mar, ocupaba toda la tierra que,
empezando de la dicha ciudad de Terma y de la de
Migdonia, se extiende hasta los ríos Lidias y Hahacmon,
que sirviendo de límite a la región Botieida
y Macedónica, van a juntarse en una misma
madre. Acampados, pues, los bárbaros en estas llanuras, se vio que el Equidoro, uno de los ríos mencionados
que baja de la tierra de Crestona, no bastó CXXVIII. Como viese Jerges desde Terma aquellos dos montes altísimos de la Tesalia, el Olimpo y el Osa, informado de que por un estrecho valle que media entre ellos corría el río Peneo, y oyendo al mismo tiempo que por allí había camino para Tesalia, vínole deseo de ir en una nave a contemplar la desembocadura del Penco. Movióse a ello por haberse ya resuelto a seguir el otro camino de arriba, que por medio de la alta Macedonia guía a los Perrebos pasando por la ciudad de Gonno, asegurado de que este viaje sería el más seguro. Lo mismo fue presentársele tal idea que ponerla por obra. Embárcase en una nave sidonia, de la que hacía su capitana siempre que le venía en voluntad alguna de estas excursiones, y levanta bandera para que lo sigan las otras, dejando allí sus tropas. Llegado a su destino y contemplada la boca del río, quedó muy maravillado con aquella perspectiva. Llamó después a los que de guía le servían para el camino, y les preguntó si podría el río ir por otra parte a desaguar en el mar. CXXIX. Corre en efecto una tradición que en lo antiguo era la Tesalia toda una gran laguna cerrada por todas partes con unos muy elevados montes, porque por la parte que mira a Levante la ciñen dos montes, el Pelion y el Osa, cuyas raíces están entre sí pegadas; por la parte del Bóreas la rodea el Olimpo; por la de Poniente el Pindo, y por la de Mediodía y del Noto el Otris: lo que en medio resta circuido por dichos montes, era la Tesalia, comarca, de tierra baja. Concurren, pues, hacia ella, dejando aparte otros ríos, estos cinco muy célebres: el Penco, el Apidaño, el Onocono, el Enipeo y el Pamiso, los cuales bajando de los mencionados montes que rodean de todas partes la Tesalia, y juntándose en aquella llanura, dirigen todos al cabo su curso hacia el mismo valle, y éste bien angosto confundiendo sus aguas en una corriente. Desde el lugar en que se juntan álzase el Penco con el nombre de los demás, haciendo anónimos a los otros. Es fama, pues, que ya en los tiempos antiguos, no existiendo todavía aquel barranco, ni teniendo el agua salida por él, concurrían allá con sus aguas los mismos ríos que ahora, y a más de ellos la laguna Bebeida; de suerte que no teniendo dichos ríos los mismos nombres que al presente tienen, llevaban la misma agua y hacían con ella de la Tesalia toda una gran llanura de mar. Los Tésalos mismos dicen que Neptuno fue quien abrió el canal por donde corre el Penco; y razón tienen en lo que dicen, pues cualquiera que crea a Neptuno el dios de los terremotos, cuyas obras sean las aberturas que estos producen, no ha menester más que ver aquella quebrada, para decir que es cosa hecha por Neptuno, siendo a mi parecer efecto de algún terremoto, la separación de aquellos montes. CXXX. Volviendo ya a los conductores de Jerges,
preguntados estos por él si tenía el Peneo alguna
otra salida para el mar, bien seguros de lo que le
decían le respondieron: -«No, señor, no tiene este
río ninguna otra salida que llegue al mar, ésta es la
única, estando toda la Tesalia coronada alrededor de
montañas.» A lo cual se dice que replicó Jerges: CXXXI. Cerca de Pieria detúvose Jerges algunos
días: el motivo fue el aguardar que la tercera
parte de sus tropas desmontase la maleza en las CXXXII. Los pueblos que le prestaron vasallaje fueros los Tésalos, los Dólopes, los Enienes, los Perrebos, los Maquesianos, los Melienses, los Aqueos de Pitia, los Tebanos con los demás Beocios, exceptuando los Tespienses y los Plateenses. Los otros Griegos, empeñados en hacer la guerra al bárbaro, hicieron un tratado, solemnemente juramentados contra los que se entregaron, que la décima parte de los bienes de todo pueblo griego que, sin verse a ello precisado de su voluntad se hubiese entregado al Persa, sería confiscada después de verse la Grecia fuera ya de aquel apremio, y sería consagrada en Delfos al dios Apolo. En estos términos estaba concebido el juramento de los Griegos. CXXXIII. No había Jerges hecho partir heraldos
ni para Atenas ni para Esparta, escarmentado en los
que antes envió allá Darío. Sucedió, pues, entonces,
que habiendo Darío pedido la obediencia de aquellas
ciudades, parte de los enviados a pedirla fueron
arrojados en el báratro, abertura profunda destinada
en Atenas a los malhechores, parte en un pozo, con CXXXIV. Dejóse sentir entre los Lacedemonios
la ira de Taltibio, que habla sido el pregonero de
Agamenón. Hay en Esparta un templo de Taltibio, y
los descendientes de éste, llamados los Taltibiadas,
tienen el privilegio de ejecutar todas las embajadas
que por medio de heraldos suele hacer Esparta. Sucedió,
pues, a los Espartanos, que después del insulto
contra los heraldos de Darío no podían en sus
sacrificios lograr una víctima de buen agüero: Llevando
los Lacedemonios muy de mala gana aquella
desventura, juntáronse muchas veces públicamente CXXXV. Ni fue más digno de admiración el
ánimo de estos héroes que el denuedo con que
acompañaron su discurso; porque emprendido el
viaje para Susa, presentáronse a Hidarnes, señor
Persa, que se hallaba de general en las costas y
fuertes del Asia menor, el cual, convidándoles con CXXXVI. Llegados ya a Susa y puestos en presencia
del rey, lo primero en que mostraron su libertad
fue en responder a los alabarderos, que
pretendían obligarles a que postrados adorasen al
rey, que nunca harían tal, por más que diesen con
ellos de cabeza en el suelo, pues ni ellos tenían la
costumbre de adorar a hombre ninguno, ni a tal cosa
habían venido; lo segundo, después de haber porfiado
en no quererse postrar, encarándose con el rey
lo hablaron en esta sustancia: -«Monarca de los Medos,
venimos acá enviados de parte de los Lacedemonios
para pagarte la pena que te deben por haber
hecho morir en Esparta a tus heraldos.» A esta declaración
y oferta respondió Jerges, con gran bizarría
de ánimo, que no imitaría en aquello a los
Lacedemonios; que ellos en haber puesto las manos
en sus heraldos habían violado el derecho de gentes,
pero él, muy ajeno de practicar lo que en ellos reprendiera,
no declararía a los Lacedemonios, dándoles
la muerte, por libres y absueltos de su culpa y CXXXVII. Lo que con esto lograron los Espartanos
fue que se aplacó por entonces la ira vengativa
de Taltibio, no obstante de haberse restituido a CXXXVIII. Mas para volver a tomar el hilo de la
historia, el pretexto de aquella armada del rey era
hacer la guerra contra Atenas, y el fin y motivo verdadero
el embestir a toda la Grecia. Informados los
Griegos mucho tiempo antes de lo que les aguardaba,
no todos miraban con unos mismos ojos aquel
nublado. Los que habían prometido al Persa el homenaje,
entregándole la tierra y el agua, vivían muy
satisfechos de que nada tendrían que sufrir de parte
del bárbaro; pero los que no le habían prestado vasallaje,
hallábanse llenos de miedo, nacido de ver CXXXIX. Véome aquí obligado a decir lo que
siento, pues aunque bien veo que en ello he de
ofender o disgustar a muchísima gente, con todo, el
amor de la verdad no me da lugar a que la calle y
disimule. Afirmo, pues, que si asombrados los Atenienses
de ver sobre si el peligro hubieran desamparado
su región, o si quedándose en casa se hubieran CXL. Enviando, pues, a Delfos sus diputados religiosos, querían saber lo que el oráculo les prevendría. Practicadas allí todas las ceremonias legítimas cerca del templo, lo mismo fue entrar con la súplica en el santuario que vaticinarles lo siguiente la Pythia, por nombre Aristónica: -«¡Infeliz! ¿qué es lo que pides con tus súplicas? Deja tu paterna casa, deja la cumbre suma de tu redondo alcázar. No quedará segura tu cabeza, no tu cuerpo, no la mano, no la ultima planta, nada resta del medio del pecho: todo caído lo abrasa voraz la Asiria llama, todo lo tala ligero el sirio carro de Marte; mucha almena cae, y no sola la tuya propia; devora ya la furia de la llama mucho templo, que miro bañado al presente de sudor líquido y trémulo de miedo; corre de la cúpula la negra sangre de forzosos azares vaticinadora. Ea, fuera, digo, de mi cámara; salid en mal hora». CXLI. Al oír tales cosas, los enviados de Atenas
a la consulta quedaron sorprendidos de tristeza y
congoja. Viéndoles en aquella consternación y abatimiento
de ánimo por lo terrible del oráculo, Timón,
hijo de Aristóbulo, uno de los sujetos de
primera reputación en Delfos, dióles el consejo de
que en traje de suplicantes, y con un ramo de olivo
en las manos, entrasen de nuevo a consultar el oráculo.
Vinieron en ello los Atenienses, y se explicaron
en estos términos: -«No nos negareis, señor y
dueño un oráculo mejor a favor de la patria, en
atención siquiera a nuestro dolor, que declara este
olivo que llevamos, insignia de unos infelices refugiados.
El caso negativo, no pensamos en partirnos
de este mismo asilo en donde inmobles nos cogerá
antes la muerte.» Habiendo así hablado, respóndeles
segunda vez la Promántida: -«Ni con halago ni con
estudio sabe Palas aplacar al Olimpo Júpiter en tal
enojo: firme como un diamante es otro oráculo que
pronunció. Cuanto cierra dentro el muro de Cécrope,
cuanto cubre el sacro retiro del divino Citeron,
todo será cogido: ni cede próvido Júpiter a Tritónida
más que un muro de madera nunca tomado, que
sirva de asilo para ti y para la descendencia. No
quiero que sufras el ímpetu del caballo, ni de tanto
infante que pasa desde el Asia: cede vuelta la cara,
aunque delante le tengas. ¡Oh Salamina la fausta! ¡oh
cuánto hijo de madre perderás tú, o bien Céres se CXLII. Habiendo los enviados tomado por escrito esta segunda respuesta, que parecía ser y era realmente más blanda y suave que la primera, dieron la vuelta para Atenas. Luego que regresaron, como en un congreso del pueblo diesen razón del un oráculo, entre otras varias interpretaciones de los que lo examinaban, dos había que se miraban por más fundadas y graves. Era una la de algunos ancianos, diciendo que lo que aquel dios les significaba a su parecer en el oráculo, era que el alcázar les quedaría salvo y libre; dando por razón que la fortaleza de Atenas estaba en lo antiguo defendida con una estacada, y conjeturando que esta valla debería ser la muralla de que hablaba el oráculo. Otros decían, por otra parte, que aludía el dios a las naves, y eran de sentir que dejando lo demás se alistase la armada, si bien estos que entendían las naves por aquel muro de madera no veían claro el sentido de los dos últimos versos que decía la Pythia: «¡Oh Salamina la fausta! ¡oh cuánto hijo de madre perderás tú, o bien Céres se una o se separe!» Estos versos, repito, ponían en confusión a los que tomaban las naves por aquel muro de leño, por cuarto los intérpretes de esta opinión los entendían de modo como si fuera necesario que los Atenienses dispuestos a una batalla naval quedasen vencidos cerca de Salamina. CXLIII. Había entre los Atenienses un sujeto que poco Antes había empezado a ser tenida por uno de los políticos de más alta reputación, por nombre Temístocles, hijo de Neocles. Decía este insigne varón, que los intérpretes no daban de lleno en el blanco del oráculo, y alegaba que si aquel verso recayera de algún modo contra los Atenienses, no se explicara el oráculo con tanta blandura, antes bien dijera, ¡oh fatal Salamina! en vez de decir ¡oh Salamina la fausta! puesto que los moradores debiesen perecer cerca de ella, y que tomando el vaticinio por el verso que les convenía, la verdad era que aquel oráculo lo había dado Dios contra los enemigos y no contra los de Atenas. Con estas razones aconsejaba Temístocles a sus conciudadanos que se dispusiesen para una batalla naval, creyendo que esto significaba el muro de madera. Este parecer de Temístocles hizo que los Atenienses tuvieran por mejor lo que él les decía, que no lo que juzgaban los demás consultores, quienes no convenían en que se preparasen para dar la batalla de mar, antes pretendían que dependiese toda su salud de no levantar ni un dedo contra el Persa, sino de abandonar el Ática o irse a vivir a otra región. CXLIV. Antes de este parecer, había dado ya Temístocles otro que en las circunstancias actuales fue un arbitrio muy oportuno. Había sucedido que teniendo los Atenienses mucho dinero público, producto sacado de las minas de Laurío, y estando ya para repartirlo a razón de diez minas por cada uno, supo persuadirles Temístocles que, dejado aquel reparto, prefiriesen hacer con aquel dinero 200 naves para la guerra que traían con los de Egina. Y en efecto, emprendida ya dicha guerra, fue la salud de la Grecia, por haberse visto obligados en ella los Atenienses a hacerse una potencia marítima, habiendo sucedido la cosa de manera que aquellas naves, sin servir al fin para que se habían fabricado, pudieron ser muy del caso a la Grecia en la ocasión presente. Ni se contentaban los Atenienses con las naves ya hechas, sino que al mismo tiempo iban fabricando otras en sus astilleros, puesto que habían determinado, después de recibido aquel oráculo, salir al encuentro al bárbaro que contra ellos venía, embarcados todos juntos con los demás Griegos que quisiesen seguirles, persuadidos de que en aquello obedecían al dios Apolo. He aquí lo tocante a los oráculos dados a los de Atenas. CXLV. En un congreso general de los Griegos en que se juntaron los diputados de los pueblos que seguían el partido más sano, después de haber conferenciado entre sí y asegurándose mutuamente con la fe pública, en las sesiones que luego tuvieron, parecióles que lo que más convenía ante todas cosas era reconciliar los ánimos de todos aquellos que entonces estaban haciéndose entre sí la guerra; porque a más de la que se hacían los Atenienses y los de Eginia, no faltaban algunos otros pueblos que ya habían empezado sus hostilidades, si bien eran las de los Atenienses las que más sobresalían. Después de este acuerdo, oyendo decir que Jerges con su ejército se hallaba ya en Sardes, resolvieron enviar al Asia menor exploradores que revelasen de cerca las cosas de aquel soberano; despachar embajadores a Argos para ajustar una alianza contra el Persa; otros a Sicilia para negociar con Gelon, hijo de Dinomenes; otros a Corcira para animar aquellos isleños al socorro de la Grecia, y otros finalmente a Creta; todo con la mira de ver si sería posible hacer una liga de la nación griega en que todos los pueblos quisiesen ir a una contra aquel enemigo común, que a todos venía a embestirles. Y por lo que mira a Gelon, la fama hacía tan grandes sus fuerzas, que de mucho las anteponía a todas las demás de los Griegos. CXLVI. Tomadas dichas resoluciones y ajustadas entre ellos las desavenencias, lo primero que por obra pusieron fue enviar al Asia tres exploradores, quienes llegados a Sardes y bien enterados de lo que al ejército del rey concernía, como hubiesen sido sentidos y descubiertos, fueron puestos a cuestión de tormento y encarcelados por los generales de la infantería, que les condenaron a muerte. Llegado el asunto a oídos de Jerges, mereció tal sentencia la indignación del soberano, quien al punto, enviando allá algunos de sus alabarderos, dio la orden que si hallaban vivos aquellos espías, los condujeran a su presencia. Quiso la suerte que no se hubiera aun ejecutado la sentencia, y fueron con esto conducidos delante del rey; y como él les preguntase a qué fin habían venido, oída la respuesta, mandó a sus alabarderos que los guiasen y mostrasen todas sus tropas así de a pie como de a caballo, y que habiéndolas contemplado a todo su placer y gusto, les dejasen ir libres y salvos a donde quiera que intentasen partir. CXLVII. Y la razón que dio Jerges de ordenarlo así fue, que si perecían aquellos exploradores, sucedería que ni supieran los Griegos de antemano que él viniese con un ejército mayor de lo que creerse podía, ni sería grande el perjuicio que recibieran sus enemigos con la muerte de tres hombres solos; pero que si volvían éstos a la Grecia, añadía, tenía por cierto que los Griegos, sabedores antes de su llegada de cuán grandes eran sus fuerzas, cederían a las pretensiones de su misma libertad y lograría con esto sujetarles sin la fatiga de pasar allá con sus tropas. Este modo de pensar es conforme a lo que en otra ocasión resolvió Jerges, cuando hallándose en Abidos vio que bajaban por el Helesponto unos bastimentos cargados de trigo que desde el Ponto llevaban a Egina y al Peloponeso. Apéenas oyeron los oficiales de su comitiva que aquellas eran naves enemigas, disponíanse para salir a la presa clavando en el rey los ojos a ver si luego se lo mandaba. Preguntóles entonces Jerges a dónde iban aquellos bastimentos; y los oficiales: -«Van, señor, le respondieron, a nuestros enemigos con esa provisión de trigo. -Pues ¿no vamos nosotros, replicó Jerges, al mismo lugar que ellos, abastecidos de víveres y mayormente de trigo? ¿Qué injuria nos hacen con trasportar esos bastimentos?» Volviendo, pues, a los exploradores, después que todo lo registraron, puestos en libertad, regresaron a Europa. CXLVIII. Los Griegos confederados contra el
Persa, después de vueltos ya los exploradores, enviaron
segunda vez embajadores a Argos. Cuentan CXLIX. Esta respuesta, dicen los de Argos, dio
su Senado, no obstante que el oráculo les prohibiera
entrar en liga contra los Griegos; de suerte que en
medio del temor que les causaba el oráculo, querían
hacer seriamente un tratado de paz por treinta años,
con la mira de que creciera entretanto hasta la edad
varonil su juventud. Dan por razón de estas pretensiones
que no querían exponerse a quedar en lo
porvenir por vasallos de los Lacedemonios, como
era de temer que sucediese, si antes de concertar
aquella suspensión de armas con ellos, se les añadiera
a las desgracias anteriores algún nuevo tropiezo
en la guerra contra el Persa. Añaden que los embajadores
de Esparta respondieron en su Senado, que CL. He aquí cuanto refieren los Argivos sobre
este caso; pero corre por la Grecia otra historia, a
saber, que Jerges, antes de emprender la expedición
contra ellos, envió un heraldo a la ciudad de Argos,
quien llegado allá les habló en estos términos: CLI. No faltan Griegos que en confirmación de lo referido cuentan otra historia, que pasó muchos años después, de esta manera: Dicen que sucedió hallarse en Susa la Memnonia los embajadores de Atenas, Calias, el hijo de Hipomonico, y los que en su compañía habían subido a aquella corte encargados de un negocio diferente del que traían otros embajadores enviados allí por los de Argos; que éstos preguntaron a Artajerges, hijo y sucesor de Jerges, si subsistía aun en su vigor la paz y amistad que tenían ellos concertada con Jerges, o si les miraba ya como enemigos, y que les respondió el rey Artajerges que en verdad quedaba el tratado en su vigor, y tanto que a ninguna ciudad miraba él por más amiga de la corona que a la de Argos. CLII. Pero no me atrevo a asegurar si Jerges envió o no a Argos al tal heraldo con aquella embajada, ni si hicieron dicha pregunta a Artajerges los embajadores de los Argivos subidos a Susa, ni diré sobre ello otra cosa diferente de la que refieren los mismos Argivos. Sé decir únicamente que si salieran a plaza todos los hombres cargados con sus males acuestas, con la mira de trocar su hatillo con el de otro, echando cada cual los ojos y mirando los males de su vecino, tornarían a toda prisa a cargar con sus mismas alforjas, y se volverían con ellas de mil amores a su propia casa. De donde digo que no hay por qué notar con particular infamia a los Argivos. Por lo que a mí toca, miro como un deber de referir lo que se dice, pero no de creerlo todo; y quiero que esta mi prevención valga en toda mi historia, ya que corre también otra voz que los Argivos fueron los que llamaron al Persa contra la Grecia, por haberles salido muy mal la guerra contra los Lacedemonios, queriendo vengarse por cualquier vía de sus enemigos, antes que sufrir la pena de verse sujetados y vencidos. CLIII. Y con esto llevo ya dicho lo que a los Argivos,
pertenece. Por lo que mira a Sicilia, a más de
los embajadores enviados a negociar con Gelon de
parte de los confederados, fue destinado al mismo
fin Siagro en nombre de los Lacedemonios. Para
decir algo de Gelon, es de saber que uno de sus
abuelos, colono y morador en Gela, fue natural de
la isla de Telo, situada cerca de Triopio; a éste quisieron
tener consigo los Lindios oriundos de Rodas,
cuando fundaron a Gela juntamente con Antifemo.
Andando después el tiempo, sucedió que sus descendientes
vinieron a perpetuar en aquella familia el
sacerdocio de las diosas infernales, cuyos hierofantes
eran, desde que uno de ellos, por nombre Telines,
se posesionó de aquel ministerio del modo
siguiente: Avino que unos ciudadanos de Gela vencidos
en cierta discordia y sedición, huyendo de su
patria, pasaron a Mactorio, ciudad situada sobre
Gela. Telines, sin el socorro de tropas, armado solamente
con el aparato y monumentos sagrados de
aquellas diosas, logró restituir a Gela aquellos fugitivos. CLIV. Muerto ya Cleandro, hijo de Pantareo, al cual, después de siete años de dominio o tiranía en Gela, quitó la vida Sabilo, de patria Geloo, se apoderó del mando de la ciudad Hipócrates, hermano del difunto Cleandro. En el reinado de Hipócrates, como Gelon, descendiente del hierofante Telines, hubiese sido uno de los que mucho se distinguieron en valor y prendas, en las que otros particularmente lucían, y en especial Enesidano, hijo de Patacio y alabardero de Hipócrates, no pasó mucho tiempo sin que por su virtud y mérito fuera aquél nombrado general de caballería. Bien merecido tenía Gelon el empleo, porque sitiando Hipócrates a los Calipolitas, a los Naxios, a los Zancleos, a los Leontinos, a los Siracusanos, y además de estos a muchos de los bárbaros, en todas éstas guerras había hecho brillar muy particularmente su valor y habilidad. Y en efecto, ninguna de las ciudades que acabo de citar pudo librarse de caer en manos de Hipócrates, sino es la de los Siracusanos, y aun éstos, derrotados y vencidos por él cerca del río Eloro, necesitaron de los ciudadanos de Corinto y de Corcira para librarse de su dominio, y se libraron por medio de un ajustamiento, en fuerza del cual obligáronse los Siracusanos a entregar a Hipócrates la ciudad Camarina, plaza ya que de tiempos antiguos les pertenecía. CLV. Después de la muerte de Hipócrates, cuyo
reinado duró los mismos años que el de su hermano
Cleandro, habiéndole sobrevenido el fin de sus días
cerca de la ciudad de Hibla en la expedición que
hacía contra los Sicelos o antiguos Sicilianos, Gelon,
so color de volver por Euclides y Cleandro, hijos
del difunto Hipócrates, a quienes sus ciudadanos no
querían reconocer por señores, dio una batalla y
venció en ella a los Geloos. Esta victoria le dio lugar
a salir con sus verdaderos intentos, apoderándose
del señorío y despojando de él a los hijos de Hipócrates.
Después de logrado este lance, sucedióle
otro igual: los Geomoros siracusanos, que eran los
poseedores de los campos, habiendo sido arrojados
de la ciudad por la violencia de la plebe y de sus
mismos esclavos nombrados los Cilirios, llamaron
en su ayuda a Gelon, quien queriéndolos restituir
desde la ciudad de Casmena a la de Siracusa, logró CLVI. Viéndose ya Gelon dueño de Siracusa, empezó a contar menos con Gela, que tenía bajo su dominio, el que encargó a su hermano Hieron, quedándose con el mando de aquella, poniendo en ella toda su afición, sin haber para él otra cosa que Siracusa. Con este favor del soberano, se vio desde luego crecer la ciudad y subir como la espuma, y así pasando a ella todos los vecinos de Camarina, a los que arruinó, dándoles la naturaleza y derechos de Siracusanos, como por haber practicado otro tanto con más de la mitad de los moradores de Gela. Hizo más aun, pues habiéndosele entregado los Megarenses, colonos en Sicilia a quienes tenían sitiados, entresacó los más ricos, que por haber sido los motores de la guerra contra él mismo temían de él su ruina y muerte, y lejos de castigarles, trasladándolos a Siracusa, los alistó por sus ciudadanos. No lo hizo empero así con el bajo pueblo de los Megarenses, al cual, trasportado a Siracusa, por más que no tuviese culpa alguna en aquella guerra, ni temiese en nada del vencedor, vendió Gelon por esclavo, con la expresa condición de que hubiese de ser sacado de Sicilia, tomando entrambas resoluciones la máxima en que estaba de que el pueblo bajo era malo para vecino. CLVII. Con estas artes y mañas vino Gelon a ser
un gran señor o tirano. Entonces, pues, llegados a
Siracusa los embajadores de la Grecia y admitidos a
la audiencia de Gelon, le hablaron así: -«Aquí venimos,
oh Gelon, enviados de los Lacedemonios, de
los Atenienses y de sus aliados, para convidarte a
entrar en la liga contra el bárbaro. Sin duda tendrás
entendido cómo el Persa viene a invadir la Grecia,
habiendo construido un puente sobre el Helesponto,
y conduciendo desde el Asia todas las fuerzas de
Levanle para hacer la guerra a los Griegos. El pretexto
de la expedición es la venganza contra Atenas;
sus miras son la conquista de la Grecia toda, que
pretendo avasallar. De ti quisiéramos, oh Gelon,
puesto que es mucho el poder que tienes, poseyendo
no pequeña porción de la Grecia, como príncipe
y gobernador que eres de Sicilia, que te unieras para
el socorro con los libertadores de la patria, y por tu
parte la libraras de la opresión. Bien ves que coligada
toda la Grecia vendrá a componer un grande
ejército capaz de hacer frente en campo de batalla a
sus invasores; pero si una parte de los Griegos se CLVIII. Así se explicaron: tomó la mano Gelon,
y hablóles así con mucha fuerza y libertad: CLIX. Siagro que esto oía, no pudo sufrirlo con
paciencia, sin que le respondiera en esta conformidad:
-«¡Pardiez! si tal oyera el generalísimo Agamenon,
aquel hijo de Pélope, ¿no daría un gran
gemido, bañado en lágrimas su rostro, viendo a sus
Espartanos despojados de su imperio por Gelon y
por los Siracusanos? Gelon, no vuelvas a tomar en
boca esa demanda pretendiendo que te demos el
mando del ejército. Si quieres socorrer a la Grecia,
puedes hacerlo, bien entendido que deberás estar a CLX. «Amigo Espartano, eso de echar en cara a un hombre honrado tantas desvergüenzas suele despertar y encender en todos la cólera, aunque tú con esa insolencia que conmigo usas no has de poder tanto que me fuerces a perderte el respeto que tú no has sabido guardarme. Sólo te diré que si estáis tan hechos y asidos vosotros con el imperio, por buena razón puedo yo estarlo más, pues soy general de un ejército mayor y de una escuadra más numerosa. Con todo, ya que se os hace tan ardua y tan cuesta arriba mi primera propuesta, voy a bajar algo y ceder de mi pretensión: pido para mí el mando por mar si vosotros lo tuviereis por tierra; yo me contento de mandar por tierra si mejor os viniese mandar en los mares. Esta es mi última resolución; escoged, o contentaros con lo que os digo, o despediros sin esperar tener tales y tan poderosos aliados.» CLXI. Tal fue el partido que Gelon les propuso:
previniendo el enviado de Atenas la respuesta del de
Lacedemonia, replicóle en esta forma: -«A vos, señor
rey de los Siracusanos, nos envió la Grecia, no
para pediros un general, sino un ejército. Cerrándoos
con decir que no lo enviareis a menos de no capitanear
en persona a la Grecia, mostráis bien claro
lo mucho que deseáis veros con el mando de ella y
con el bastón de general. Al oír nosotros los enviados de Atenas vuestra demanda primera tocante al
imperio total de los Griegos, tuvimos por bien de
no hablar palabra, bien creídos de que el Lacon sólo
sería bastante para volver por su causa y por la
nuestra igualmente. Mas ahora que vos, rechazado
de la pretensión del mando universal, entráis en la
demanda de ser el jefe de la escuadra, queremos sepáis
bien que ni aun en el caso de que el Lacon os lo
conceda, convendremos nosotros en ello, pues
nuestro es el imperio del mar si los Lacedemonios
no se lo toman, pues a ellos solos lo cederemos si
gustaren de tenerlo; fuera de ellos, a nadie del mundo
sufriremos por nuestro almirante. Porque ¿de
qué nos sirviera poseer una marina superior a la de
los demás Griegos, si cediéramos el mando de las CLXII. «¿Sabes lo que puedo decirte, amigo
Ateniense? respondió Gelon: que según parece, teniendo
vosotros muchos que manden, no tendréis a CLXIII. Sucedió, pues, que embarcados ya los embajadores griegos para la Grecia, después de estas conferencias, Gelon, receloso por una parte de que no tendrían los Griegos fuerzas bastantes para vencer al bárbaro, y no pudiendo por otra sufrir la mengua y desdoro de obedecer a los Lacedemonios, siendo soberano de Sicilia, en caso de pasar con sus tropas al Peloponeso, dejando este medio, echó mano de otro más seguro. Apenas oyó decir que el Persa ya había pasado el HelesPonto, despachó luego con tres galeotas o penteconteros para Delfos a Cadmo, hijo de Escites, y natural de Coos, bien provisto de dinero y encargado de una embajada muy atenta. Mandóle que esperase el éxito de la batalla, y si el bárbaro salía con la victoria, que le regalase en su nombre aquel dinero y le entregase el reino de Gelon, dándole la tierra y el agua; pero si salían victoriosos los Griegos, que diese la vuelta Sicilia. CLXIV. Era este Cadmo un hombre tal, que habiendo heredado de su padre el principado de Coos, quieto a la Sazón y pacífico sin peligro de mal alguno, él, con todo, de su voluntad y por amor únicamente de la justicia, renunció en manos de los Coos el gobierno, y pasó a Sicilia, donde en compañía de los Samios fundó la ciudad de Zancle, que mudó después este nombre en el de Mesana, en la cual él mismo habitaba. A este Cadmo, repito, venido a quienes suministró dinero para que acabaran al mismo tiempo con los Griegos de Sicilia y de la magna Grecia. Sicilia del modo referido, envió allá Gelon, movido de su entereza, que en otras ocasiones tenía bien conocida. Y en efecto, a más de otras muchas pruebas que de su hombría de bien había dado, dio entonces una de nuevo que no fue de menor consideración, pues teniendo en su poder tan grandes sumas de dinero como le había fiado Gelon, no quiso alzarse con ellas pudiendo hacerlo impunemente, sino que al ver que habían salido victoriosos los Griegos en la batalla naval, de cuyas resultas huía Jerges con su armada, púsose luego en viaje para Sicilia, volviendo allá con todos aquellos tesoros. CLXV. No obstante lo dicho, es fama entre los vecinos de Sicilia, que se hubiera Gelon vencido a sí mismo, a pesar de la repugnancia que sentía en tener que obedecer a los Lacedemonios, dando socorro a los Griegos, si por aquel mismo tiempo no hubiera querido la fortuna que el tirano de Himera Terilo, hijo de Crinipo, arrojado antes de ella por el señor de los Agrigentinos, Teron, el hijo de Enesidemo, condujese a Sicilia un ejército de trescientos mil combatientes, compuesto de Fenicios, Libios, Españoles, Genoveses, Helísicos, Sardos y Corsos, a cuya frente venía Amilcar, hijo de Hanon, rey o general de los Cartagineses. Había Terilo logrado el juntar tan poderoso ejército, valiéndose así de la alianza y amistad que con Amilcar tenía, como principalmente del favor y empeño de Anaxilao, hijo de Cretines y señor de Regio, quien no había dudado en dar sus mismos hijos en rehenes a Amilcar, con la mira de vengar la injuria hecha a Terilo su suegro, con cuya hija, llamada Cidipe, había casado Anaxilao. Con esto, pues, quieren decir que no pudiendo Gelon socorrer a los Griegos, resolvióse enviar a Delfos aquel dinero. CLXVI. A lo dicho también añaden que en un mismo día sucedió que vencieran en Sicilia Gelon y Teron al Cartaginés Amílcar, y los Griegos al Persa en Salamina; y aun oigo decir que Amílcar, hijo de padre Cartaginés y de madre Siciliana, a quien su valor y prendas habían merecido la dignidad de rey de los Cartagineses, después de dada la batalla en que fue vencido, desapareció de todo punto, no habiendo parecido ni vivo ni muerto en parte alguna, a pesar de las diligencias de Gelon, que por donde quiera hizo buscarle. CLXVII. Los Cartagineses por su parte, guiados quizá por una conjetura razonable, cuentan el caso diciendo que aquella batalla de los bárbaros contra los Griegos que en Sicilia se dio, empezó desde la madrugada, y duró hasta el cerrar de la noche; tan largo quieren que fuese el combate: que Amílcar, entretanto, estábase en sus reales ofreciendo de continuo sacrificios, todos de buen agüero, y quemando en holocausto sobre una gran pira las víctimas enteras; pero que al ver la derrota de los suyos, así como se hallaba haciendo libaciones sobre los sacrificios se arrojó de golpe en aquel fuego, y así abrasado y consumido desapareció. Lo cierto es que ora desapareciese Amílcar del modo que dicen los Fenicios, ora del otro que cuentan los Siracusanos, es tenido por héroe, a quien hacen sacrificios y a cuya memoria no sólo en las colonias cartaginesas se han erigido monumentos, pero aun en Cartago misma se le edificó uno grandísimo. Y baste ya lo dicho de Sicilia. CLXVIII. Pero los Corcireos, contentos con dar buenas palabras a los enviados, no pensaban en hacerles obra buena; porque encarados con ellos los mismos embajadores que fueron a Sicilia y proponiéndoles las razones mismas que a Gelon propusieron los de Corcira, desde luego se les ofrecieron a todo, prometiendo enviarles las tropas en su socorro, añadiendo que bien veían ellos que no les convenía desamparar la Grecia y dejarla perecer, que perdida ésta cargaría sin la menor dilación sobre sus cervices el yugo de la esclavitud persiana, que sus mismos intereses les obligaban a hacer todo esfuerzo posible para defenderla: tan especiosa fue la respuesta que les dieron. Pero cuando vino el tiempo critico del socorro, con miras bien contrarias armaron sesenta naves, y hechos a la vela, floja y pesadamente llegaron al cabo al Peloponeso. Allí, cerca de Pilos y de Ténaro echaron ancla en las costas de los Lacedemonios, estándose también a la mira a ver en que pararía la guerra, desconfiados de que pudiesen vencer los Griegos, y persuadidos de que el Persa, tan superior en fuerzas, se apoderaría de toda la Grecia. Así que ellos obraban de modo que llevaban estudiada ya la arenga pala el Persa en estos términos: -«Nosotros, señor, por más que fuimos solicitados de los Griegos para entrar en la liga y haceros la guerra, no quisimos ir contra vos ni daros que sentir en cosa alguna, y esto no siendo las más cortas nuestras fuerzas, ni el número de nuestras naves el menor, antes bien el más crecido después de los de Atenas.» Con estas razones esperaban sacar del Persa un partido ventajoso y superior al de los otros, ni les saliera vana su esperanza a mi modo de entender; y para con los Griegos llevaban prevenida también su excusa, de que después en efecto se valieron; porque como les culpasen los Griegos, por no haberles socorrido, respondieron que de su parte habían hecho su deber armando sesenta galeras; que el mal había estado en no poder doblar el promontorio de Malea impedidos de los vientos Etesias, y que con esto no habían arribado a Salamina, donde sin culpa ni engaño alguno habían llegado algo después de la batalla naval. Con este pretexto procuraron engañar a los Griegos. CLXIX. Por lo que mira a los de Creta, después que les convidaron los enviados de la Grecia para la confederación, destinaron ellos de común acuerdo sus remeros a Delfos, encargados de saber de aquel oráculo si les sería de provecho socorrerá la Grecia, a quienes respondió la Pythia: -«¡Simples de vosotros! quejosos de los desastres que os envió furioso Minos, en pago de la defensa y socorro dado a Menelao, no acabáis de enjugar vuestras lágrimas. Vengóse Minos porque no habiendo los Griegos concurrido a vengar la muerte que en Camico se le dio, vosotros con todo salisteis en compañía de ellos a vengar a una mujer que robó de Esparta un hombre bárbaro» Lo mismo fue oír los Cretenses el tenor del oráculo traído, que suspender el socorro a favor de los Griegos. CLXX. Aludía el oráculo a lo que se dice de Minos,
quien habiendo llegado en busca de Dédalo a
Sicania, que ahora llamamos Sicilia, acabó allí sus
días con una muerte violenta; que pasado algún
tiempo, los Cretenses, a quienes Dios incitaba a la
venganza, todos de común acuerdo, excepto solamente
los Policnitanos y los Presios, pasando a Sicilia
con una poderosa armada, sitiaron por cinco
años a la ciudad de Camico que poseen al presente
los de Agrigento; pero como al cabo ni la pudiesen
rendir ni prolongar más el sitio por falta de víveres,
la dejaron libre y se volvieron. Que cuando en su
navegación estuvieron en las costas de la Yapigia,
les cogió una tempestad que los arrojó a la playa, y
que perdidas en el naufragio o fracasadas las naves,
como les pareciese imposible el regreso a Creta, se
vieron precisados a quedarse allí en la ciudad de Hiria,
que fundaron ellos mismos, en donde, mudándose
el nombre, en vez de Cretas se llamaron
Yapiges Messarios, y dejando de ser isleños, se hicieron
moradores de tierra firme. Que desde Hiria
salieron a fundar otras ciudades, de donde como
mucho tiempo después quisiesen desalojarlos los
Tarentinos, fueron rotos y deshechos totalmente, de
suerte que la matanza así de los de Regio como de
los de Tarento allí sucedida, fue la mayor de cuantas
sepa yo haber padecido los Griegos; pues entonces
fue cuando 3.000 ciudadanos de Regio a quienes
Micito, hijo de Quero, obligó a tomar las armas en
socorro de los Tarentinos, perecieron del mismo
modo que sus aliados; si bien no pudo hacerse el
cómputo de los Tarentinos que allí murieron. Y este
Castel Blanco, establecida por Minos, o después de su
muerte por los de Creta. CLXXI. Pero dejada ya esta digresión que hice de mi historia para decir algo de las cosas de Regio y de Tarento, volvamos a Creta, adonde, según cuentan los Presios, pasaron a vivir como en una tierra despoblada muchos hombres, especialmente de los Griegos. En la tercera edad, después de muerto Minos, sucedió la expedición contra Troya, en la cual no se mostraron los Cretenses los peores defensores de Menelao, en pena de cuya defensa y del descuido de vengar a Minos, vueltos ya de Troya, viéronse asaltados del hambre y de la peste, así hombres como ganados; de suerte que habiendo sido segunda vez despoblada Creta, son los Cretenses que ahora la habitan los terceros colonos de ella mezclados con los pocos que allí habían quedado. La Pythia, al fin, recordando a los Cretenses estas memorias, les hizo desistir del socorro que deseaban dar a los Griegos. CLXXII. Los Tésalos, aunque siguieron por fuerza al principio el partido de los Medos, mostraron después que no les placían las artes y designios de los Alévadas; porque luego que entendieron estar ya el Persa para pasar a Europa, enviaron sus embajadores al Istmo, sabiendo que allí se había juntado un congreso de los diputados de la Grecia, varones escogidos de todos los pueblos que seguían el partido mejor a favor de la independencia de la misma. Llegados allá los embajadores de los Tésalos, hablaron en esta conformidad: -«Nosotros, oh varones Griegos, sabemos bien que para que la Tesalia, y con ella toda la Grecia, quede a cubierto de la guerra, es menester guardar bien la entrada del monte Olimpo, la cual nosotros estamos prontos a custodiar en compañía vuestra; si bien os prevenimos que a este fin es preciso enviar allá mucha tropa. Pero una cosa queremos que entendáis: que si no queréis enviarnos guarnición, nosotros nos compondremos con el Persa; pues no es razón que nosotros solos, apostados en tanta distancia para la guardia y defensa del resto de la Grecia, seamos las víctimas de toda ella, mayormente no teniendo vosotros derecho que nos pueda obligar a tanto, si no queremos nosotros; pues el no poder más, puede más que el deber. Veremos nosotros, en suma, cómo poder quedar salvos.» CLXXIII. Tal fue el discurso de los Tésalos, en
fuerza de cuya representación acordaron los Griegos
enviar a Tesalia por mar un ejército de infantes
que guardase aquellas entradas, el cual, luego de levantado
y junto, navegó allá por el Euripo. Así que
la gente hubo llegado a Alo, ciudad de Acaya, saltó
en tierra, y dejadas las naves, marchaba hacia Tesalia,
hasta que en Tempe se apostó en aquella entrada
que desde Macedonia la baja lleva a Tesalia por las
riberas del Peneo entre los dos montes Olimpo y
Osa. En aquel puesto atrincheraron los oplitas o
infantes griegos, que venían a ser 10.000, con quienes
se juntó la caballería de los Tésalos. Eran dos
sus comandantes: uno el de los Lacedemonios, por
nombre Eveneto, hijo de Careno, quien a pesar de
no ser de familia real, había sido nombrado para
este mando como uno de los polemarcos u oficiales
mayores; otro el de los Atenienses, llamado Temístocles,
hijo de Neocles. Detuviéronse allí las
tropas unos pocos días: el motivo de ello fue que
unos enviados allá de parte de Alejandro, soberano
de la Macedonia e hijo de Amintas, les aconsejaron
que se retirasen si no querían ser atropellados y aun
pisados en aquel estrecho paso por el ejército enemigo,
significándoles cuán innumerable era el ejército
de tierra y la copia de naves. Al oír el aviso y
consejo que les daba el Macedon, teniéndolo por
acertado y mirándolo nacido de un ánimo amigo y
de buen corazón, resolviéronse a seguirlo; aun
cuando lo que en efecto les impelió más a ello, a mi
juicio, fue el miedo o desconfianza de lograr su intento,
oyendo decir que a más de aquella entrada
había otra para la Tesalia yendo por los Perrebos en
la alta Macedonia y por la ciudad de Gonno, que
fue el camino por donde entró cabalmente el ejército
de Jerges. Con esto, embarcadas de nuevo las CLXXIV. En esto vino a parar el subsidio destinado a guarnecer la Tesalia, cuando el rey, que se hallaba ya en Abidos, estaba para pasar desde el Asia a la Europa. Viéndose, pues, los Tésalos destituidos de aliados, se entregaron con tanta resolución y empeño al partido de los bledos, que a juicio del mismo rey fueron los que mejor y con más utilidad le sirvieron en aquella ocasión. CLXXV. Vueltos al Istmo los Griegos, movidos del aviso que les había dado Alejandro, entraron de nuevo en consulta dónde sería mejor oponerse al enemigo y qué región fuese más oportuna para teatro de aquella guerra. La opinión más seguida fue que convenía ocupar la entrada en las Termópilas, así por parecerles que era más angosta que la que da paso a la Tesalia, como también por estar más cercana y vecina de la Grecia propia. Ayudóles a ello no tener por entonces noticia de cierta senda de que ni los mismos Griegos que después perecieron cogidos en Termópilas la tuvieron antes que de ella les informasen los Traquinios, hallándose ya en aquellas angosturas. Acordaron, pues, guardar aquel paso para impedir que el bárbaro entrase en la Grecia, y despachar al mismo tiempo las escuadras hacia Artemisio y la costa Histieótida. Y así lo resolvieron, por estar tan vecinos aquellos dos puestos que en cada uno se podía saber lo que en el otro sucediese. CLXXVI. Explicaré la situación de tales lugares: desde el mar ancho de la Tracia empieza a encerrarse el dicho Artemisio en un canal estrecho que corre entre la isla de Sciato y el continente de Magnesia. Desde el estrecho de Eubea comienza la playa después del promontorio de Artermisio, en la cual está el templo de Diana. Por lo que mira a la entrada en Grecia por Traquina, viene a tener un medio pletro (yugada) donde más se estrecha; si bien esta estrechez suma no es la misma en todo aquel paso, sino solamente un poco antes de acercarse y después de dejar las Termópilas; y aun el camino cerca de los Alpenos que deja a las espaldas, sólo da lugar a un carro; y pasando adelante al lado del río Fénix, y cerca de la ciudad de Antela, otra vez sólo hay paso para un carro. Al Poniente de las Termópilas se levanta un monte alto, inaccesible y escarpado que va hasta el Eta, y por el Levante de las mismas el mar estrecha aquel camino juntamente con unas lagunas y cenagales. Hay en aquella entrada unos baños de agua caliente, que los naturales llaman ollas, y en ellos se deja ver un altar erigido en honra de Hércules. Antiguamente se había levantado una muralla en aquel paso y en ella había puertas: sus constructores fueron los Focenses por miedo de los Tésalos, viendo que éstos desde la Tesprocia habían pasado a vivir en la región Eólida, que es la que al presente poseen; porque como los Tésalos procurasen sujetar a los Focenses, opusiéronle éstos aquel reparo para su defensa, y entonces fue cuando discurriendo todos los medios para impedir que pudiesen invadirles su tierra, dieron curso por aquella entrada a las fuentes de agua caliente. Verdad es que aquel muro viejo desde tan antiguo edificado, se hallaba ya con el tiempo por la mayor parte desmoronado y caído; y con todo, resolvieron los Griegos que convenía repararle y cerrar al bárbaro con aquel reparo el paso para la Grecia. Muy cerca de aquel camino hay una aldea llamada los Alpenos, en donde pensaron los Griegos que podrían proveerse de víveres. CLXXVII. Estos parajes parecieron a los Griegos los más aptos para su defensa; pues miradas atentamente y pesadas todas las circunstancias, convinieron en que debían esperar al bárbaro invasor de la Grecia en un puesto tal, en que no pudiera servirse de la muchedumbre de sus tropas y mucho menos de su caballería; y luego que supieron que el Persa se hallaba ya en Pieria, partiéndose del Istmo, unos se fueron por tierra a Termópilas con sus tropas, los otros por mar a Artemisio con sus galeras. CLXVIII. Los Griegos destinados al socorro de
la patria iban a prestársele con toda puntualidad.
Los Delfios entretanto, solícitos por su salvación y CLXXIX. Para volver a la armada de Jerges, habiendo salido de la ciudad de Terma, envió delante diez naves las más ligeras de todas en derechura hacia Selato, en donde los Griegos tenían adelantadas tres galeras de observación, una de Trecena, otra de Egina, y otra de Atenas, y al descubrir éstas las naves de los bárbaros entregáronse luego a la fuga. CLXXX. Los bárbaros, dando caza a la galera Trecenia en que iba por capitan Praxino, muy presto la rindieron; y luego, cogiendo al soldado que hallaron el más gallardo de la tripulación, le degollaron encima de la proa de la nave, interpretando a buen agüero el que fuera tan bello y gentil el primero de los Griegos que prendieron. Llamábase León el degollado, nombre que tal vez contribuyó a que fuese la primera víctima de los Persas. CLXXXI. La galera de Egina, en que iba por capitán Asónides, no dejó de dar mucho que hacer a los Persas, obrando aquel día en su defensa prodigios de valor un soldado que en ella servía, por nombre Pites, hijo de Isquenoo. Este, al tiempo de la refriega, al ser apresada su nave, resistió con las armas en la mano, hasta que todo él quedó acribado de heridas. Pero como al cabo cayese, los Persas que en las naves servían, viéndole respirar todavía, prendados del valor del enemigo, procuraron con sumo empeño conservarle la vida, curándole con mirra las heridas, y atándoselas después con unas vendas cortadas de un lienzo de biso (holanda muy fina). Cuando volvieron a sus reales iban mostrándolo a toda la gente, pasmados de su valor y con mucha estima y humanidad, siendo así que trataban como a viles esclavos a los otros que en la misma nave habían cogido. CLXXXII. Así fueron apresadas las dos mencionadas naves; pero la tercera, cuyo capitán era Formo, ciudadano de Atenas, varó al huir en la embocadura del Peneo, con lo cual lograron los bárbaros apoderarse del buque, pero de la gente no; pues lo mismo fue ver encallada la nave que saltar a tierra los Atenienses, y volverse a Atenas a pié, caminando por la Tesalia. Los Griegos apostados con sus naves en Artemisio, después de entender lo que pasaba por medio de los fuegos, que para señal y aviso se encendieron en Sciato, llenos de miedo, desamparada aquella posición, hiciéronse a la vela para Calcide, con ánimo de cubrir y guardar el Euripo, si bien dejaron en las alturas de Eubea sus atalayas que de día observasen al enemigo. CLXXXIII. De las diez naves mencionadas de los bárbaros, tres se fueron arrimando a aquel escollo que está entre Sciato y Magnesia y se llama Mirmez (hormiga). Después que los bárbaros levantaron encima del escollo una columna de piedra que consigo traían, salió de Terma el grueso de su armada, once días después que de allá había partido con sus tropas el monarca, y viendo que en aquellas aguas no parecía enemigo que les disputase el paso, iban navegando con toda la escuadra. El piloto principal que la conducía, a fin de no dar en aquel escollo notado con la columna, que se hallaba en la derrota que seguían, era Pammon el Scirio. Habiendo los bárbaros navegado todo aquel día, pasaron parte de la costa de Magnesia hasta llegar a Sepiada y a la playa que está entre aquella costa y la ciudad de Castanea. CLXXXIV. Hasta llegar al dicho lugar y a Termópilas no tuvo contratiempo alguno aquella armada, cuyo número subiría entonces, según hallo por mis cuentas, a la suma de 1.207 naves venidas del Asia. La suma de la gente que en las naves venía, tomada desde el principio de todas aquellas naciones, sería de 241.400 personas, y esto a razón de 200 hombres por nave; pues a más de esta guarnición nacional de las naves iban en cada una de ellas 30 soldados de tropa, ya Persas, ya Medos, ya Sacas, cuya suma de tropa, subía por su parte a 36.210 soldados. A este último número y al otro anterior voy a añadir la suma de gente que en las galeotas o penteconteros venía a razón de 80 hombres por galeota, pues tantos vendrían a ser poco más o menos. Llevo de antes dicho ya que eran 3.000 esos buques, de donde se saca que la suma de su tripulación era de 240.000 hombres. Así que todo el número del ejército de mar asiático hacía la suma de 517.000 hombres con el pico de más de 610. El número de la infantería en el ejército de tierra fue de 1.700.000 y el de la caballería de 80.000: a estos quiero añadir los Árabes que venían en sus camellos, los Libios que acudían en sus carros, y solamente calculará que fuesen todos 20.000 hombres: ahora, pues, la suma total que resulta de los dos ejércitos de mar y de tierra juntamente computadas sube a 2.317.910 hombres; y en este número de tropas sacadas del Asia no incluyo el número de criados y vivanderos, como tampoco el de los que venían con las embarcaciones cargadas de bastimentos. CLXXXV. Al número ya sumado es preciso
añadir ahora las tropas que le acompañaban tomadas
de la Europa, si bien deberemos en esto seguir CLXXXVI. Y siendo tan excesivo el número de esta gente de guerra, para mí tengo que no sería menor, sino mayor aún, la chusma en la comitiva de criados y de marineros en las embarcaciones de trasporte, en especial en otras naves del convoy que al ejército seguían. Pero demos que el número de la gente del séquito fuese el mismo ni más ni menos que el de la guerra, y que compusiese aquella otras tantas miríadas como esta componía. Así, con este cómputo, la suma total que Jerges, el hijo de Darío, condujo hasta Sepiada y Termópilas, subiría a 528 miríadas y 3.220 hombres, que son 5.283.220 hombres. CLXXXVII. Esta era, pues, la suma mayor del ejército de Jerges, que el número cabal de las mujeres panaderas, de las concubinas y de los eunucos, no será fácil que nadie lo defina, como ni lo será tampoco el que se nos diga el número de tiros en los carros, bestias de carga y el de los perros indianos que allí iban. De suerte, que nada me maravilló que el agua de algunos ríos no bastase a satisfacer la sed de tanta turba; pero sí me admiro mucho de que hubiese víveres a mano para abastecer la necesidad de tantos millares de bocas, porque por mis cuentas hallo que llevando al día cada soldado la ración de una chenica (o celemin) de trigo, se gastarían diariamente once miríadas, o bien 410.340 medimnos o cargas del mismo grano, sin contar en este número los víveres para las mujeres, para los eunucos, para los bagajes y para los perros. Y entre tanta muchedumbre de gente no se hallaba nadie que en lo gentil de la persona y alto del talle, pareciera más digno y acreedor al mando soberano que el mismo rey Jerges. CLXXXVIII. Esta gran armada, después que emprendido el curso hubo ya llegado a cierta playa de la costa de Magnesia que está entre la ciudad de Castanea y la costa Sepiada, sacó a la orilla las primeras naves que allí arribaron; pero las que después llegaban, dejábanlas ancladas por su turno, de suerte que por no ser muy grande la playa, anclaron allí formando una escuadra de ocho naves de fondo, todas con la proa al agua. En este orden pasaron aquella noche; pero un poco antes del día, estando el cielo sereno y el mar tranquilo, levantóseles de repente una gran tempestad, hinchándoseles el agua con la furia del viento subsolano, al cual suelen los del país llamar Helespontias. Sucedió, pues, que todos los que observaron que el viento crecía y que por el puesto y orden que anclaban pudieron prevenir la tempestad sacando a tierra sus naves, todos quedaron salvos con ellas. Pero a todas las demás naves que el viento halló ancladas, se las fue llevando con furia, y arrojó las unas a un lugar que está en Pelio llamado Ipnos (hornos), y las otras hacia las playas, de suerte que éstas se estrellaban en Sepiada, aquéllas en la ciudad de Melibea, otras naufragaron en Castanea. Tan deshecha y formidable era la tormenta. CLXXXIX. Es fama común que los Atenienses, avisados por un nuevo oráculo que acababa de venirles, en que les decía que llamasen en su asistencia y socorro al yerno, invocaron con ruegos al Bóreas; pues que, según la tradición de los Griegos, el viento o dios Bóreas estaba casado con una dama ática por nombra Orytia, hija de Erecteo. Movidos, pues, de tal parentesco, que la fama pública dio por valedero, conjeturaban los Atenienses que seria el Bóreas aquel yerno del oráculo, y hallándose con la armada apostados en Calcida, ciudad de Eubea, luego que vieron iba arreciando la tormenta, o quizá antes que la tormenta naciese, invocaban en sus sacrificios al Bóreas y a Orytia que soplasen en su favor, y que hicieran fracasar las naves de los bárbaros, como antes lo habían hecho cerca de Atos. Si fue por estos ruegos y motivos que cargase el Bóreas sobre los bárbaros anclados, no puedo decirlo; sólo digo que pretenden los Atenienses que así como antes les había socorrido el Bóreas, él mismo fue entonces el que tales estragos a favor suyo ejecutó. Lo cierto es, que después de partidos de allí edificaron un templo a Bóreas cerca del río Iliso. CXC. En aquel contratiempo acaecido a los bárbaros, los que más cortos andan no bajan de 400 las naves que dicen haberse perdido allí, y con ellas un número infinito de gente, y una inmensidad de dinero y de cosas de valor. Aquel naufragio, en efecto, fue una mina de oro para un ciudadano de Magnesia llamado Aminocles, hijo de Cretino, que tenía en Sepiada una posesión, pues en algún tiempo recogió allí mucho vaso de oro y mucho asimismo de plata; allí encontró tesoros de los Persas, allí logró infinitas preciosidades y alhajas de oro, de suerte que no siendo por otra parte hombre afortunado, vino a ser muy rico con tanto hallazgo; pero con el dolor y pena de ver muertos desastradamente a sus hijos. CXCI. Fueron sinnúmero las arcas cargadas de víveres y los otros buques que entonces perecieron. El destrozo en suma fue tal y tan grande, que los jefes de la armada, recelosos de que los Tésalos, viéndolos tan abatidos y mal parados, no se dejasen caer sobre ellos, hicieron de las mismas tablas y reliquias del naufragio unas altas trincheras alrededor de su campo. Duró la borrasca por el espacio de tres días: al cuarto los Magos, con víctimas humanas con encantamientos del viento, acompañados de aullidos, con sacrificios hechos a Tetis y a la Nereidas, lograron que calmase, si no es que calmó de suyo sin la mediación de los Magos. Y la causa que les movió a sacrificar a Tetis fue haber entendido de los Jonios cómo aquella diosa había sido arrebatada por Peleo de aquel lugar, y que toda la costa Sepiada estaba bajo la protección y tutela de Tetis y de las demás Nereidas. CXCII. Las centinelas diurnas de Eubea, bajando de sus eminencias, fueron corriendo a dar a los Griegos la noticia de los estragos del naufragio el segundo día de la tempestad. Ellos, con este aviso, hechas sus súplicas y ofrecidas sus libaciones a Neptuno el Salvador, volviéronse con toda prisa a Artemisio, esperando hallar corto número de naves enemigas; y llegados segunda vez, anclaron cerca de aquel promontorio. Esta fue la primera que dieron a Neptuno el nombre de Salvador. CXCIII. Luego que cesó el viento y calmaron las olas, los bárbaros, echando al agua sus naves, iban navegando por la costa del continente, y doblado el cabo de Magnesia, encaminaron las proas hacia el seno que lleva a Pagasas. Hay allí en aquel golfo de Magnesia cierto lugar en donde dicen que Hércules, habiendo sido enviado a hacer aguada, fue abandonado de Jason y de sus compañeros, los de la nave Argos, cuando viajaban hacia Ea de Colquide, en busca del vellocino de oro; pues desde aquel lugar, hecha la provisión de agua, habían resuelto hacerse a la vela; y este fue el motivo por el que se le dio al lugar el nombre de Afetas, o abandono. Aquí fue donde dio fondo la escuadra de Jerges. CXCIV. Pero sucedió que quince naves de la
misma que se habían quedado muy atrás en la retaguardia,
como viesen las de los Griegos que estaban
en Artemisio, y creyesen aquellos bárbaros que serían
de las suyas, fueronse hacia ellas y dieron en
manos de los enemigos. Era el comandante Sandoces,
hijo de Tamasio y gobernador de Cima la Eólida, CXCV. En una de dichas naves fue preso Aridolis, señor de los Alabadenses que moran en Caria, y en otra lo fue asimismo Pentilo, hijo de Demonoo, jefe de los Pafos, de donde, como hubiese conducido doce naves, perdidas después las once en la tempestad sufrida en la costa Sepiada, navegando hacia Artemisio en la única que le quedaba, fue hecho prisionero. A todos estos cautivos, después de tomar lengua de ellos, de cuanto querían saber tocante al ejército de Jerges, enviaron los Griegos atados al istmo de los Corintios. CXCVI. Así arribó a Afetas la armada naval de
los bárbaros, exceptuadas las quince naves que, como
decía, eran mandadas por el general Sandoces.
Jerges, con el ejército de tierra, marchando por la
Tesalia y por la Acaya, llegó al tercer día a la ciudad
de los Melienses, habiendo hecho en Tesalia la
prueba de la caballería tésala, de la que oía decir que CXCVII. Al marchar Jerges hacia Alo, ciudad de la Acaya, queriéndole dar cuenta y razón de todo los guías del camino, íbanle refiriendo cierta historia y tradición nacional acerca del templo de Júpiter el Lafistio. Decíanle cómo un hijo de Eolo, por nombre Atamante, de acuerdo y consentimiento con Ino, había maquinado dar la muerte a Frixo; cómo después los Aqueos, en fuerza de un oráculo, establecieron contra los descendientes de Frixo, cierta ley gravosa, que fue prohibir a todo mayorazgo de aquella familia la entrada en su pritaneo, que llaman leita los de Argos, colocando allí guardias para no dejarles entrar, y esto so pena que el que entrase allí no pudiese salir de modo alguno antes de ser destinado al sacrificio. Añadían también que muchos de aquella familia, estando ya condenados al sacrificio, por miedo de la muerte se habían huído a otras tierras, las cuales, si volvían después de pasado algún tiempo y podían ser cogidos, eran otra vez remitidos al pritaneo. Decían que la tal víctima, cubierta toda de lazos y guirnaldas y llevada en procesión, era al cabo inmolada, y que el motivo de ser así maltratados aquellos descendientes de Citisoro, que era hijo del mencionado Frixo, fue el siguiente: habían resuelto los Aqueos, conforme cierto oráculo, que Atamante, hijo de Eolo, muriese como víctima propiciatoria por su país, y cuando estaban ya para sacrificarle, volviendo dicho Citisoro de Ea, ciudad de la Colquíde, libróle de sus manos, y en pena de este atentado descargó Júpiter el Lefistio la ira y furor contra sus descendientes. Jerges, que tal había oído, cuando llegó cerca del templo y sagrado recinto, no sólo se abstuvo de profanarlo, sino que prohibió a todo el ejército que nadie le violase, y aun a la casa de los descendientes de Atamante tuvo el mismo respeto con que había venerado aquel santuario. CXCVIII. Esto es lo que sucedió en Tesalia y en Acaya, de donde continuó Jerges sus marchas hacia Málida por la costa de aquel golfo, en el cual no cesa en todo el día el flujo y reflujo del mar. Hay allí vecino al golfo un terreno llano, en unas partes espacioso y en otras muy angosto; alrededor de la llanura se levantan unos altos e inaccesibles montes, que cierran en torno toda la comarca Málida y se llaman los peñascos Traquinios. La primera ciudad que en aquel golfo se encuentra al venir de Acaya es Anticira, bañada por el río Sperquio, que corre desde los Enienes y desagua en el mar. Después de este río, a distancia de 20 estadios, hay otro que se llama el Diras, del cual es fama que apareció allí de repente para socorrer a Hércules mientras se estaba abrasando; pasado éste, cosa de otros 20 estadios, se da con otro río llamado el Melas. CXCIX. Distante del Metas por espacio cinco
estadios está una ciudad llamada Traquina, y por
aquella parte donde se halla situado es por donde se
extiende más a lo ancho todo el país desde los
montes hacia el mar, pues se cuentan allí 22.000
pletros o yugadas de llanura. En el monte que ciñe
la comarca Traquinia se descubre una quebrada que CC. Al Mediodía del Asopo corre otro río no grande, llamado el Fénix, que bajando de aquellos montes va a desaguar en el Asopo. El paso más estrecho que hay allí es él que está cerca del río Fénix, en donde no queda más espacio que el de un solo camino de ruedas, abierto allí por el arte. Desde el río Fénix hasta llegar a Termópilas se cuentan 15 estadios, y a la mitad de este camino, entre el río Fénix y Termópilas, se halla una aldea llamada Antela, por donde pasando el Asopo desemboca en el mar. Ancho es el sitio que hay cerca de dicha aldea y en donde está edificado el templo de Céres la Anfictionida, los asientos de los Anfictiones y el templo también del mismo Anfiction. CCI. Volviendo a Jerges, tenía éste su campo en la comarca Traquinia de Málida, y los Griegos el suyo en aquel paso estrecho que es el lugar al que la mayor parte de los Griegos llaman Termópilas, si bien los del país y los comarcanos le dan el nombre de Pilas. Estaban, pues, como digo, acampados unos y otros en aquellos lugares: ocupaba el rey todo el distrito que mira al Bóreas hasta la misma Traquina; los Griegos el que tira al Mediodía en aquel continente. CCII. Era el número de los Griegos apostados para esperar al rey en aquel lugar: de los Espartanos 300 oplitas; de los Tejeos y Mantineos 1.000, 500 de cada uno de estos pueblos; de Orcomeno, ciudad de la Arcadia, 120; de lo restante de la misma Arcadia, 1.000, y este era a punto fijo el número de los Arcades; de Corinto 400; de Fliunte 200, y de los Miceneos 80, siendo estos todos los que se hallaban presentes venidos del Peloponeso; de los Beocios y Tespienses 700, y 400 los Tebanos. CCIII. A más de los dichos, habían sido convocados
los Locros Opuncios con toda su gente de
armas y mil soldados más de los Focenses. Habíanlos
llamado los Griegos enviándoles unos mensajeros
que les dijesen cómo ellos se adelantaban ya,
precursores de los demás, a ocupar aquel paso, y
que de día en día esperaban allí a los otros aliados CCIV. Tenían dichas tropas, a más del comandante respectivo de cada una de las ciudades, por general de todo, aquel cuerpo, a quien todos sobremanera respetaban, al Lacedemonio Leonidas, hijo de Anaxandrides y descendiente de varón en varón de los principales personajes siguientes: Leon, Euricratides, Anaxandro, Euricrates, Polidoro, Alcamenes, Teleclo, Arquelao, Egesilao, Doriso, Leobotas, Equestrato, Agis, Euristenes, Aristodemo, Aristomaco, Clodeo, Hilo y Hércules. Había el citado general Leonidas sido hecho rey en Esparta del siguiente modo, fuera de lo que se esperaba: CCV. Como tuviese dos hermanos mayores, el uno Cleomenes y el otro Dorieo, bien lejos estaba de pensar que pudiese recaer el cetro en sus manos. Pero habiendo muerto Cleomenes sin hijo varón y no sobreviviéndole ya Dorieo, que había acabado sus días en Sicilia, vino la corona por estos accidentes a sentarse rodando en las sienes de Leonidas, de Negroponto. La Fóside, pequeña región de la Grecia, venía a caer en medio de la que hoy llaman Levadia. siendo mayor que su hermano Cleombroto, el menor de los hijos de Anaxandrides, y estando mayormente casado con una hija que había dejado el rey Cleomenes. Entonces, pues, se fue a Termópilas el rey Leonidas, habiendo escogido en Esparta 300 hombres de edad varonil y militar que ya tenían hijos. Con ellos había juntado el número de Tebanos que llevo dicho, a cuyo frente iba por comandante nacional Leonciades, hijo de Eurimaco. El motivo que había determinado a Leonidas a que procurase llevar consigo a los Tebanos con tanta particularidad, fue la mala fama que de ellos, como de partidarios del Medo corría muy válida. Bajo este supuesto les convidó a la guerra, para ver si concurrían a ella con los demás, o si manifiestamente se apartaban de la alianza de los otros Griegos. Enviaron los Tebanos sus soldados, si bien seguían aquel partido con ánimo discordante. CCVI. Enviaron delante los Espartanos esta tropa capitaneada por Leonidas con la mira de que los otros aliados quisiesen con aquel ejemplo salir a campaña y de impedir que se entregasen al Medo, oyendo decir que dilataban en tardanzas aquella empresa. Por su parte estaban ya resueltos a salir con todas sus fuerzas, dejando en Esparta la guarnición necesaria, luego de celebradas las Carnias, que eran unas fiestas ánuas que les obligaban a la detención. Lo mismo que ellos pensaban hacer los otros Griegos sus aliados por razón de concurrir en aquella misma sazón de tiempo a los juegos olímpicos, y con esto, pareciéndoles que no se vendría tan presto a las manos en Termópilas, enviaron allá adelantadas sus tropas como precursores suyos. CCVII. Esto era lo que pensaban hacer aquellos Griegos; pero los que estaban ya en Termópilas, cuando supieron que se hallaba el Persa cerca de la entrada, deliberan llenos de pavor si sería bien dejar el puesto. Los otros Peloponesios, en efecto, eran de parecer que convenía volverse al Peloponeso y guardar el Istmo con sus fuerzas; pero Leonidas, viendo a los Locros y Focenses irritados contra aquel modo de pensar, votaba que era preciso mantener el mismo puesto, enviando al mismo tiempo mensajeros a las ciudades, que las exhortasen al socorro, por no ser ellos bastantes para rebatir el ejército de los Medos. CCVIII. Entretanto que esto deliberaban, envió
allá Jerges un espía de a caballo, para que viese
cuántos eran los Griegos y lo que allí hacían, pues
había ya oído decir, estando aún en Tesalia, que se
había juntado en aquel sitio un pequeño cuerpo de
tropas, cuyos jefes eran los Lacedemonios, teniendo
al frente a Leonidas, príncipe de la familia de los
Heraclidas. Después que estuvo el jinete cerca del
campo, si bien no pudo observar todo el campamento,
no siéndole posible alcanzar con los ojos a
los acampaban detrás de la muralla, que reedificada
guardaban con su guarnición, pudo muy bien observar
con todo los que estaban delante de ella en la
parte exterior, cuyas armas yacían allí tendidas por
orden. Quiso la fortuna que fuesen los Lacedemonios
a quienes tocase entonces por turno estar allí
apostados. Vio, pues, que unos se entretenían en los
ejercicios gimnásticos y que otros se ocupaban en CCIX. Al oír Jerges aquella relación, no podía dar en lo que era realmente la cosa, sino prepararse los Lacedemonios a vender la vida lo más caro que pudiesen al enemigo. Y como tuviese lo que hacían por sandez y singularidad, envió a llamar a Demarato, el hijo de Ariston, que se hallaba en el campo; y cuando lo tuvo en su presencia, le fue preguntando cada cosa en particular, deseando Jerges entender qué venia a ser lo que hacían los Lacedemonios. Díjole Demarato: -«Señor, acerca de estos hombres os informé antes la verdad cuando partimos contra la Grecia. Vos hicisteis burla de mí al oírme decir lo que yo preveía había de suceder. No tengo mayor empeño que hablar verdad tratando con vos: oidla ahora también de mi boca: Sabéis que han venido esos hombres a disputarnos la entrada con las armas en la mano, y que a esto se disponen; pues este es uso suyo, y así lo practican, peinarse muy bien y engalanarse, cuando están para ponerse a peligro de perecer. Tened por seguro que si vencéis a estas tropas y a las que han quedado en Esparta, no habrá, señor, ninguna otra nación que se atreva a levantar las manos contra vos; pero reparad bien ahora que vais contra la capital misma, contra la ciudad más brava de toda la Grecia, contra los más esforzados campeones de todos los Griegos.» Tal respuesta pareció a Jerges del todo inverosímil, y preguntóle segunda vez que le dijese cómo era posible que siendo ellos un puñado de gente y nada más, se hubiesen de atrever a pelear con su ejército; a lo cual respondió Demarato: -«Convengo, señor, en que me tengáis por embustero, si no sucede todo puntualmente como os lo digo.» CCX. No por esto logró que le diese crédito Jerges,
quien se estuvo quieto cuatro días esperando
que los Griegos se entregasen por instantes a la fuga.
Llegado el quinto, como ellos no se retirasen de
su puesto, parecióle a Jerges que nacía aquella pertinacia
de mera desfachatez y falta de juicio, y lleno
de cólera envió contra ellos a los Medos y Cisios, CCXI. Como los Medos se retirasen del choque, después de muy mal parados en él, y fuesen a relevarles los Persas entrando en la acción, hizo venir el rey a los Inmortales, cuyo general era Hidarnes, muy confiado en que éstos se llevarían de calle a los Griegos sin dificultad alguna. Entran, pues, los Inmortales a medir sus fuerzas con los Griegos, y no con mejor fortuna que la tropa de los Medos, antes con la misma pérdida que ellos, porque se veían precisados a pelear en un paso angosto, y con unas lanzas más cortas que las que usaban los Griegos, no sirviéndoles de nada su misma muchedumbre. Hacían allí los Lacedemonios prodigios de valor, mostrándose en todo guerreros peritos y veteranos en medio de unos enemigos mal disciplinados y bisoños, y muy particularmente cuando al volver las espaldas lo hacían bien formados y con mucha ligereza. Al verlos huir los bárbaros en sus retiradas, daban tras ellos con mucho alboroto y gritería; pero al irles ya a los alcances, volvíanse los Griegos de repente y haciéndoles frente bien ordenados, es increíble cuánto enemigo Persa derribaban, si bien en aquellos encuentros no dejaban de caer algunos pocos Espartanos. Viendo los Persas que no podían apoderarse de aquel paso, por más que lo intentaron con sus brigadas divididas, y con sus fuerzas juntas, desistieron al cabo de la empresa. CCXII. Dícese que el rey, que estuvo mirando
todas aquellas embestidas del combate, por tres veces
distintas saltó del trono con mucha precipitación
receloso de perder allí su ejército. Tal fue por
entonces el tenor de la contienda: el día después
nada mejor les salió a los bárbaros el combate, al
cual volvieron muy confiados de que, siendo tan
pocos los enemigos, estarían tan llenos de heridas
que ni fuerza tendrían para tomar las armas ni levantar
los brazos. Pero los Griegos, ordenados en CCXIII. Hallábase el rey confuso no sabiendo
qué resolución tomar en aquel negocio, cuando
Epialtes, hijo de Euridemo, de patria Meliense, pidió
audiencia para el rey, esperando salir de ella muy
bien premiado y favorecido. Declaróle, en efecto,
haber en los montes cierta senda que iba hasta
Termópilas, y con esta delación abrió camino a la
ruina de los Griegos que estaban allí apostados.
Este traidor, temiendo después la vanganza de los
Lacedemonios, huyóse a Tesalia, y en aquella ausencia CCXIV. Cuéntase también la cosa de otro modo: dícese que los que dieron aviso al rey y condujeron a los Persas por el rodeo de los montes, fueron Onetes, hijo de Fanágoras ciudadano Ristio, y Coridalo, natural de Anticira. Pero de ningún modo doy crédito a esta fábula, por dos razones: la una, porque debemos atenernos al juicio de los Pilágoras, quienes, bien informados sin duda del hecho como diputados públicos de los Griegos, no ofrecieron premio con su bando de proscripción por la cabeza de Onetes ni por la de Coridalo, sino solamente por la de Epialtes el Traquinio; la otra, porque sabemos que Epialtes se ausentó por causa de este delito pudo muy bien Onetes, por más que no fuese Meliense, tener noticia de aquella senda excusada, si por mucho tiempo había vivido en el país, no lo niego: solo afirmo que Epialtes fue el guía que les llevó por aquel rodeo del monte, y en el descubrimiento de la senda le cargo toda la culpa. CCXV. Alegre Jerges sobremanera, luego que tuvo por bien seguir el aviso y proyecto que Epialtes le proponía, despachó al punto para que lo pusiese por obra a Hidarnes con el cuerpo de tropas que mandaba. Salió del campo Hidarnes entre dos luces antes de cerrar la noche. Por lo que mira a dicha senda, los naturales de Mélida habían sido los primeros que la hallaron, y hallada, guiaron por ella a los primeros Tesalos contra los Focenses, en el tiempo que éstos, cabalmente por haber cerrado la entrada con aquel muro, se miraban ya puestos a cubierto de aquella guerra. Y desde que fue descubierta, habiendo pasado largo tiempo, nunca había ocurrido a los Melienses hacer uso ninguno de aquella senda. CCXVI. La dirección de ella comienza desde el
río Asopo, que pasa por la quebrada de un monte,
el cual lleva el mismo nombre que la senda, el de CCXVII. Habiendo, pues, los Persas pasado el
Asopo, iban marchando por la mencionada senda
tal cual la describimos, teniendo a la derecha los CCXVIII. Al tiempo de subir los Persas a la cima del monte no fueron vistos, por estar todo cubierto de encinas, pero no por eso dejaron de ser sentidos de los Focenses por el medio siguiente. Era serena la noche y mucho el estrépito que por necesidad hacían los Persas, pisando tanta hojarasca como allí estaba tendida. Con este indicio vánse corriendo los Focenses a tomar las armas, y no bien acaban de acomodárselas, cuando se presentan ya los bárbaros a sus ojos. Al ver estos allí tanta gente armada, quedan suspensos de pasmo y admiración, como hombres que, sin el menor recelo de dar con ningún enemigo, se encuentran con un ejército formado, temiendo mucho Hidarnes no fuesen los Focenses un cuerpo de Lacedemonios, preguntó a Epialtes de qué nación era aquella tropa, y averiguada bien la cosa, formó sus Persas en orden de batalla. Los Focenses, viéndose herir con una espesa lluvia de saetas, retiráronse huyendo al picacho más alto del monte, creídos de que el enemigo venía solo contra ellos sin otro destino, y con este pensamiento se disponían a morir peleando. Pero los Persas conducidos por Epialtes, a las órdenes de Hidarnes, sin cuidarse más de los Focenses, fueron bajando del monte con suma presteza. CCXIX. El primer aviso que tuvieron los Griegos que se hallaban en Termópilas, fue el que les dio el adivino Megistias, quien, observando las víctimas sacrificadas, les dijo que al asomar la aurora les esperaba la muerte. Llegáronles después unos desertores, que les dieron cuenta del giro que hacían los Persas, aviso que tuvieron aun durante la noche. En tercer lugar, cuando iba ya apuntando el día, corrieron hacia ellos con la misma nueva sus centinelas diurnas, bajando de las atalayas. Entrando entonces los Griegos en consejo sobre el caso, dividiéronse en varios pareceres: los unos juzgaban no convenía dejar el puesto, y los otros porfiaban en que se dejase; de donde resultó que, discordes entre sí, retiráronse, los unos y separados se volvieron a sus respectivas ciudades, y los otros se dispusieron para quedarse a pié firme en compañía de Leonidas. CCXX. Corre, no obstante, por muy válido, que
quien les hizo marchar de allí fue Leonidas mismo,
deseoso de impedir la pérdida común de todos; CCXXI. No es para mí la menor prueba de lo
dicho la que voy a referir. Es cierto y probado que
Leonidas no solo despidió a los otros, sino también CCXXII. Despedidos, pues, los aliados obedientes a Leonidas, fuéronse retirando, quedando sólo con los Lacedemonios, los Tespienses y Tébanos. Contra su voluntad y a despecho suyo quedaban los Tébanos, por cuanto Leonidas quiso retenérselos como en rehenes; pero con muchísimo gusto los Tespienses, diciendo que nunca se irían de allí dejando a Leonidas y a los que con él estaban, sino que a pie firme morirían con ellos juntamente. El comandante particular de esta tropa era Domófilo, hijo de Diadromas. CCXXIII. Entretanto, Jerges al salir el sol hizo sus libaciones, y dejando pasar algún tiempo a la hora que suele la plaza estar llena ya de gente, mandó avanzar, pues así se lo había avisado Epialtes, puesto que la bajada del monte era más breve y el trecho mucho más corto que no el rodeo y la subida. Íbanse acercando los bárbaros salidos del campo de Jerges, y los Griegos conducidos por Leonidas, como hombres que salían a encontrar con la muerte misma, se adelantaron mucho más de lo que antes hacían, hasta el sitio más dilatado de aquel estrecho, no teniendo ya como antes guardadas las espaldas con la fortificación de la muralla. Entonces, pues, viniendo a las manos con el enemigo fuera de aquellas angosturas los que peleaban en los días anteriores contenidos dentro de ellas, era mayor la riza y caían en más crecido número los bárbaros. A esto contribuía no poco el que los oficiales de aquellas compañías, puestos a las espaldas de la tropa con el látigo en la mano, obligaban a golpes a que avanzase cada soldado, naciendo de aquí que muchos caídos en la mar se ahogasen, y que muchos más, estrujados y hollados los unos a los pies de los otros, quedasen allí tendidos, sin curarse en nada del infeliz que perecía. Y los Griegos, como los que sabían haber de morir a manos de las tropas que bajaban por aquel rodeo de los montes, hacían el último esfuerzo de su brazo contra los bárbaros, despreciando la vida y peleando desesperados. CCXXIV. En el calor del choque, rotas las lanzas de la mayor parte de los combatientes Espartanos, iban con la espada desnuda haciendo carnicería en los Persas. En esta refriega cae Leonidas peleando como varón esforzado, y con él juntamente muchos otros famosos Espartanos, y muchos que no eran tan celebrados, de cuyos nombres como de valientes campeones procuré informarme, y asimismo del nombre particular de todos los trescientos. Mueren allí también muchos Persas distinguidos e insignes, y entre ellos dos hijos de Darío, el uno Abrocomas y el otro Hiperantes, a quienes tuvo en su esposa Fragatuna, hija de Artanes, el cual, siendo hermano del rey Darío, hijo de Histaspes y nieto de Arsames, cuando dio aquella esposa a Darío, le dio con ella, pues era hija única y heredera, su casa y hacienda. CCXXV. Allí murieron peleando estos dos hermanos
de Jerges. Pero muerto ya Leonidas, encendióse
cerca de su cadáver la mayor pelea entre CCXXVI. Y siendo así que todos aquellos Lacedemonios y Tespienses se portaron como héroes, es fama con todo que el más bravo fue el Espartano Dieneces, de quien cuentan que como oyese decir a uno de los Traquinios, antes de venir a las manos con los Medos, que al disparar los bárbaros sus arcos cubrirían el sol con una espesa nube de saetas, tanta era su muchedumbre, dióle por respuesta un chiste gracioso sin turbarse por ello; antes haciendo burla de la turba de los Medos, díjole: -que no podía el amigo Traquinio darle mejor nueva, pues cubriendo los Medos el sol se podría pelear con ellos a la sombra sin que les molestase el calor. Este dicho agudo, y otros como éste, dícese que dejó a la posteridad en memoria suya el Lacedemonio Dieneces. CCXXVII. Después de éste señaláronse mucho en valor dos hermanos Lacedemonios, Alfeo y Maron, hijos de Orisanto. Entre los Tespienses el que más se distinguió aquel día fue cierto Detirambo, que así se llamaba, hijo de Amártidas. CCXXVIII. En honor de estos héroes enterrados
allí mismo donde cayeron, no menos que de los
otros que murieran antes que partiesen de allí los
despachados por Leonidas, pusiéronse estas inscripciones:
«Contra tres millones pelearon sólos aquí, en este
sitio, cuatro mil Peloponesios.» Cuyo epígrama se puso a
todos los combatientes en común, pero a los Espartanos
se dedicó éste en particular: «Habla a los
Lacedemonios, amigo, y diles que yacemos aquí obedientes a
sus mandatos.» Este a los Lacedemonios al adivino se
puso el siguiente: «He aquí el túmulo de Megistias, a
quien dio esclarecida muerte al pasar el Sperquio el alfanje
medo: es túmulo de un adivino que supo su hado cercano sin
saber dejar las banderas del jefe.» Los que honraron a los CCXXIX. Entre los 300 Espartanos de que hablo, dícese que hubo dos, Eurito y Aristodemo, quienes pudiendo entrambos de común acuerdo o volverse salvos a Esparta, puesto que con licencia de Leonidas se hallaban ausentes del campo, y por enfermos gravemente de los ojos estaban en cama en Alpenos, o si no querían volverse a ella, ir juntos a morir con sus compañeros, teniendo con todo en su mano elegir uno u otro partido de estos, dícese que no pudieron convenir en una misma resolución. Corre la fama de que, encontrados en su modo de pensar, llegando a noticia de Eurito la sorpresa de los Persas por aquel rodeo, mandó que le trajesen sus armas, y vestido, ordenó al ilota su criado que le condujese al campo de los que peleaban, y que el ilota después de conducirle allí se escapó huyendo; pero que Eurito, metido en lo recio del combate, murió peleando: el otro, empero, Aristodemo, se quedó de puro cobarde. Opino acerca de esto, a decir lo que me parece, que si sólo Aristodemo hubiera podido por enfermo restituirse salvo a Esparta, o que si enfermos entrambos hubieran dado la vuelta, no habrían mostrado los Espartanos contra ellos el menor disgusto. Pero entonces, pereciendo el uno y no queriendo el otro morir con él en un lance igual, no pudieron menos los Espartanos de irritarse contra dicho Aristodemo. CCXXX. Algunos hay que así lo cuentan, y que
por este medio Aristodemo se restituyó salvo a Esparta;
pero otros dicen que, destinado desde el CCXXXI. Vuelto Aristodemo a Lacedemonia,
incurrió para con todos en una común nota de infamia,
siendo tratado como maldito, de modo que CCXXXII. Cuéntase asimismo que otro de los 300, cuyo nombre era Pantites, que había sido enviado por nuncio a la Tesalia, quedó vivo; pero como de vuelta a Esparta se viese públicamente notar por infame, él mismo de pena se ahorcó. CCXXXIII. Los Tébanos a quienes mandaba
Leontiades, todo el tiempo que estuvieron en el
cuerpo de los Griegos peleaban contra las tropas del CCXXXIV. Así se portaron los Griegos en aquel hecho de armas de Termópilas. Jerges, haciendo llamar a Demarato, empezó a informarse de él en esta forma: -«Digote, Demarato, que eres muy hombre de bien, verdad que deduzco de la experiencia misma, viendo que cuanto me has dicho se ha cumplido todo puntualmente. Dime, pues, ahora: ¿cuántos serán los Lacedemonios restantes y cuántos de los restantes serán tan bravos soldados como éstos? ¿o todos serán lo mismo?» Respondió a esto Dermarato: -«Grande es, señor, el número de los Lacedemonios, y muchas son sus ciudades. Voy a deciros puntualmente lo que de mí queréis saber. Hay en Lacedemonia la ciudad de Esparta, que vendrá a tener cosa de 8.000 hombres, y todos ellos guerreros tan valientes, como los que acaban de pelear aquí. Los demás Lacedemonios, si bien son todos gente de valor, no tienen empero que ver con ellos.» A esto replicó Jerges: -«Ahora, pues, Demarato, quiero saber de tí por qué medio con menos fatiga lograremos sujetar a esos varones. Dímelo tú que, como rey que fuiste, debes de tener su carácter bien conocido.» CCXXXV. «Señor, respondió Demarato: miro
como un deber en todo rigor de justicia el descubriros
el medio más oportuno, ya que me honráis con CCXXXVI. Hallábase presente a este discurso Aquemenes, hermano que era de Jerges, y general de las tropas de mar, quien, temeroso de que se dejase llevar el rey de tal consejo, le habló en estos términos: -«Veo, señor, que dais oído, y no sé si crédito también, a las palabras y razones de ese hombre, que mira de mal ojo vuestras ventajas o que os urde aun algún tropiezo; pues tales son las artes que practican con más gusto los Griegos: envidiar la dicha ajena, y aborrecer a los que pueden más. Pues si en el estado en que se halla nuestra armada con la desgracia de haber naufragado 400 naves, sacáis de ella otras 300 para que vayan a recorrer las costas del Peloponeso, sin duda los enemigos se hallarán por mar con fuerzas iguales a las nuestras. Unida, al contrario, la armada entera, a más de que no da lugar a ser fácilmente acometida, es tan superior, que la enemiga, de todo punto no es capaz de pelear con ella. A más de que junta así la armada escoltará al ejército, y el ejército a la armada, marchando al tiempo mismo; al paso que si hacéis esta separación de escuadras, ni vos podréis ayudarlas ni ellas a vos. Lo mejor es que deis buen orden en vuestras cosas, sin entrar en la mira de penetrar los intentos del enemigo, no cuidando del sitio donde os esperarán armados, de lo que harán, del número de tropas que puedan juntar. Allá se avengan ellos con sus negocios, que harto en malhora sabrán cuidarse de ellos; nosotros por nuestra parte cuidemos de los propios. Y si nos salen al encuentro los Lacedemonios y cierran con el Persa, mala se la pronostico; no saldrán sino con la cabeza rota.» CCXXXVII. «Bien me parece que hablas,
Aquemenes, replicó luego Jerges, y como tú lo dices
lo haré. No deja Demarato de hablar de buena fe,
diciendo lo que cree que más nos conviene, sólo
que no sabe pensar tan bien como tú; pues esotro
de sospechar mal de su amistad y de que no favorezca
mis cosas, no lo haré yo, movido así de lo que
él mismo me previno, como de lo que entraña en sí
el asunto. Verdades que un ciudadano envidia por
lo común a otro su vecino, a quien ve ir prósperos CCXXXVIII. Después de haber pasado este discurso,
fuese Jerges a pasar por el campo entre los
muertos, y allí dio orden que cortada la cabeza de CCXXXIX. Volveré ahora a tomar el hilo de la
historia que dejé algo atrás. Los Lacedemonios fueron
los primeros que tuvieron aviso de que el rey
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