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CANTO IV1Apenas llegaron a la vasta y cavernosa
Lacedemonia, fuéronse derechos a la mansión del glorioso Menelao y halláronle
con muchos amigos, celebrando el banquete de la doble boda de su hijo y de su
hija ilustre. A ésta la enviaba el hijo de Aquileo, el que rompía filas de
guerreros; pues allá en Troya prestó su asentimiento y prometió entregársela, y
los dioses hicieron que por fin las nupcias se llevasen al cabo. Mandábala,
pues, con caballos y carros, a la ínclita ciudad de los mirmidones donde aquél
reinaba. Y al propio tiempo casaba con una hija de Aléctor, llegada de Esparta,
a su hijo, el fuerte Megapentes, que ya en edad madura había procreado en una
esclava; pues a Helena no le concedieron las deidades otra prole que la amable
Hermíone, la cual tenía la belleza de la áurea Afrodita. Así holgaban en celebrar el festín dentro del
gran palacio de elevada techumbre, los vecinos y amigos del glorioso Menelao. Un
divinal aedo estábales cantando al son de la cítara y, tan pronto como tocaba el
preludio, dos saltadores hacían cabriolas en medio de la muchedumbre. Entonces fue cuando los dos jóvenes, el héroe
Telémaco y el preclaro hijo de Néstor, detuvieron los corceles en el vestíbulo
del palacio. Violes, saliendo del mismo, el noble Eteoneo, diligente servidor
del ilustre Menelao, y fuese por la casa a dar la nueva al pastor de hombres. Y,
en llegando a su presencia, le dijo estas aladas palabras: —Dos hombres acaban de llegar, oh Menelao
alumno de Zeus. Dos varones que se asemejan a los descendientes del gran Zeus.
Dime si hemos de desuncir sus veloces corceles o enviarlos a alguien que les dé
amistoso acogimiento. Replícole, poseído de vehemente indignación,
el rubio Menelao: Así dijo. Eteoneo salió corriendo del palacio
y llamó a otros diligentes servidores para que le acompañaran. Al punto
desuncieron los corceles, que sudaban debajo del yugo, los ataron a sus pesebres
y les echaron espelta, mezclándola con blanca cebada; arrimaron el carro a las
relucientes paredes, e introdujeron a los huéspedes en aquella divinal morada.
Ellos caminaban absortos viendo el palacio del rey alumno de Zeus, pues
resplandecía como el brillo del sol o de la luna la mansión excelsa del glorioso
Menelao. Después que se hartaron de contemplarla con sus ojos, fueron a lavarse
en unos baños muy pulidos. Y una vez lavados y ungidos con aceite por las
esclavas, que les pusieron túnicas y lanosos mantos, acomodáronse en sillas
junto al Atrida Menelao. Una esclava dioles aguamanos, que traía en un magnífico
jarro de oro y vertió en fuente de plata, y colocó delante de ellos una
pulimentada mesa. La veneranda despensera trájoles pan y dejó en la mesa buen
número de manjares, obsequiándoles con los que tenía guardados. El trinchante
sirvióles platos de carne de todas suertes y puso a su alcance áureas copas. Y
el rubio Menelao, saludándolos con la mano, les habló de esta manera: —Tomad manjares, regocijaos; y después que
hayáis comido os preguntaremos cuáles sois de los hombres. Pues el Linaje de
vuestros padres no se ha perdido seguramente en la obscuridad y debéis de ser
hijos de reyes, alumnos de Zeus, que llevan cetro; ya que de gente vil no
nacerían semejantes varones. Así dijo; y les presentó con sus manos un
pingüe lomo de buey asado, que para honrarle le habían servido. Aquéllos echaron
mano a las viandas que tenían delante. Y cuando hubieron satisfecho las ganas de
comer y de beber, Telémaco habló así al hijo de Néstor, acercando la cabeza para
que los demás no se enteraran: Observa, oh Nestórida carísimo a mi corazón,
el resplandor del bronce en el sonoro palacio, y también el del oro, del
electro, de la plata y del marfil. Así debe de ser por dentro la morada de Zeus
Olímpico. ¡Cuántas cosas inenarrables! Me quedo atónito al contemplarlas. Y el rubio Menelao, adivinando lo que aquél
decía, les habló con estas aladas palabras: Mientras yo andaba perdido por aquellas
tierras y juntaba muchos bienes, otro me mató el hermano a escondidas, de
súbito, con engaño que hubo de tramar su perniciosa mujer, y por esto vivo ahora
sin alegría entre estas riquezas que poseo. Sin duda habréis oído relatar tales
cosas a vuestros padres, sean quienes fueren, pues padecí muchísimo y arruiné
una magnífica casa, muy buena para ser habitada, que contenía abundantes y
preciosos bienes. Ojalá morara en este palacio con sólo la tercia parte de lo
que tengo, y se hubiesen salvado los que perecieron en la vasta Troya, lejos de
Argos la criadora de corceles. Mas, si bien lloro y me apesadumbro por todo
-muchas veces sentado en la sala, ya recreo mi ánimo con las lágrimas, ya dejo
de hacerlo porque cansa muy pronto el terrible llanto-, por nadie vierto tal
copia de lágrimas ni me aflijo de igual suerte como por uno, y en acordándome de
él aborrezco el dormir y el comer, porque ningún
aqueo
padeció lo que Odiseo hubo de sufrir y pasar: para él habían de ser los dolores
y para mí una pesadumbre continua e inolvidable a causa de su prolongada
ausencia y de la ignorancia en que nos hallamos de si vive o ha muerto. Y
seguramente le lloran el viejo Laertes, la discreta Penelopea y Telémaco, a
quien dejó en su casa recién nacido. Así habló, e hizo que Telémaco sintiera el
deseo de llorar por su padre; al oír lo de su progenitor desprendióse de sus
ojos una lágrima que cayó en tierra; y entonces, levantando con ambas manos el
purpúreo manto, se lo puso ante el rostro. Menelao lo advirtió y estuvo indeciso
en su mente y en su corazón entre esperar a que él mismo hiciera mención de su
padre, o interrogarle previamente e irle probando en cada cosa. Mientras tales pensamientos revolvía en su
mente y en su corazón, salió Helena de su perfumada estancia de elevado techo,
semejante a Artemis, la que lleva arco de oro. Púsole Adrasta un sillón
hermosamente construido. Sacóle Alcipe un tapete de mórbida lana y trájole Filo
el canastillo de plata que le había dado Alcandra mujer de Pólibo, el cual
moraba en Tebas la de Egipto, en cuyas casas hay gran riqueza -Polibo regaló a
Menelao dos argénteas bañeras, dos trípodes y diez talentos de oro; y por
separado dio la mujer a Helena estos hermosos presentes: una rueca de oro y un
canastillo redondo, de plata, con los bordes de oro-. La esclava Filo dejó,
pues, el canastillo repleto de hilo ya devanado; y puso encima la rueca con lana
de color violáceo. Sentóse Helena en el sillón, que estaba provisto de un
escabel para los pies, y al momento interrogó a su marido con estas palabras: —¿Sabemos ya, oh Menelao, alumno de Zeus,
quiénes se glorian de ser esos hombres que han venido a nuestra morada? ¿Me
engañaré o será verdad lo que voy a decir? El corazón me dice que hable. Jamás
vi persona alguna, ni hombre, ni mujer, tan parecida a otra -¡me quedo atónita
al contemplarlo!- como este se asemeja al hijo del magnánimo Odiseo, a Telémaco,
a quien dejó recién nacido en su casa cuando los aqueos fuisteis por mí, ojos de
perra, a empeñar fieros combates con los troyanos. Respondióle el rubio Menelao: Entonces Pisístrato Nestórida habló diciendo: Respondióle el rubio Menelao: Así dijo, y a todos les excitó el deseo del
llanto. Lloraba la argiva Helena, hija de Zeus, lloraban Telémaco y el Atrida
Menelao; y el hijo de Néstor no se quedó con los ojos muy enjutos de lágrimas,
pues le volvía a la memoria el irreprensible Antíloco a quien había dado muerte
el hijo ilustre de la resplandeciente Eos. Y, acordándose del mismo, pronunció
estas aladas palabras: —¡Atrida! Decíanos el anciano Néstor siempre
que en palacio se hablaba de ti, conversando los unos con los otros, que en
prudencia excedes a los demás mortales. Pues ahora pon en práctica, si posible
fuere, este mi consejo. Yo no gusto de lamentarme en la cena; pero, cuando
apunte Eos, hija de la mañana, no llevaré a mal que se llore a aquel que haya
muerto en cumplimiento de su destino, porque tan sólo esta honra les queda a los
míseros mortales: que los suyos se corten las cabelleras y surquen con lágrimas
las mejillas. También murió mi hermano, que no era ciertamente el peor de los
argivos; y tu le debiste de conocer -yo ni estuve allá, ni llegué a verle- y
dicen que descollaba entre todos, así en la carrera como en las batallas. Respondióle el rubio Menelao: Así hablo. Dioles aguamanos Asfalión,
diligente servidor del glorioso Menelao, y acto continuo echaron mano a las
viandas que tenían delante. Entonces Helena, hija de Zeus, ordenó otra
cosa. Echó en el vino que estaban bebiendo una droga contra el llanto y la
cólera, que hacía olvidar todos los males. Quien la tomare, después de mezclarla
en la cratera, no logrará que en todo el día le caiga una sola lágrima en las
mejillas, aunque con sus propios ojos vea morir a su madre y a su padre o
degollar con el bronce a su hermano o a su mismo hijo. Tan excelentes y bien
preparadas drogas guardaba en su poder la hija de Zeus por habérselas dado la
egipcia Polidamna, mujer de Ton, cuya fértil tierra produce muchísimas, y la
mezcla de unas es saludable y la de otras nociva. Allí cada individuo es un
médico que descuella por su saber entre todos los hombres, porque vienen del
linaje de Peón. Y Helena, al punto que hubo echado la droga, mandó escanciar el
vino y volvió a hablarles de esta manera: —¡Atrida Menelao alumno de Zeus, y vosotros,
hijos de nobles varones! En verdad el dios Zeus, como lo puede todo, ya nos
manda bienes, ya nos envía males; comed ahora, sentados en esta sala y deleitaos
con la conversación, que yo os diré cosas oportunas. No podría narrar ni referir
todos los trabajos del paciente Odiseo y contaré tan sólo esto, que el fuerte
varón ejecutó y sobrellevó en el pueblo troyano donde tantos males padecisteis
los aqueos. Infirióse vergonzosas heridas, echóse a la espalda unos viles
andrajos, como si fuera un siervo, y se entró por la ciudad de anchas calles
donde sus enemigos habitaban. Así, encubriendo su persona, se transfiguró en
otro varón, en un mendigo, quien no era tal ciertamente junto a las naves
aqueas. Con tal figura penetró en la ciudad de Troya. Todos se dejaron engañar y
yo sola le reconocí e interrogue, pero él con sus mañas se me escabullía. Mas
cuando lo hube lavado y ungido con aceite, y le entregué un vestido, y le
prometí con firme juramento que a Odiseo no se le descubriría a los
troyanos hasta que llegara nuevamente a las tiendas y a las veleras naves,
entonces me refirió todo lo que tenían proyectado los aqueos. Y después de matar
con el bronce de larga punta a buen número de troyanos, volvió a los argivos,
llevándose el conocimiento de muchas cosas. Prorrumpieron las troyanas en
fuertes sollozos. y a mí el pecho se me llenaba de júbilo porque ya sentía en mi
corazón el deseo de volver a mi casa y deploraba el error en que me había puesto
Afrodita cuando me condujo allá, lejos de mi patria, y hube de abandonar a mi
hija, el tálamo y un marido que a nadie le cede ni en inteligencia ni en
gallardía. Respondióle el rubio Menelao: Respondióle el prudente Telémaco: Así dijo. La argiva Helena mandó a las
esclavas que pusieran lechos debajo del pórtico, los proveyesen de hermosos
cobertores de púrpura, extendiesen por encima colchas, y dejasen en ellos
afelpadas túnicas para abrigarse. Las doncellas salieron del palacio con hachas
encendidas y aderezaron las camas, y un heraldo acompañó a los huéspedes. Así se
acostaron en el vestíbulo de la casa el héroe Telémaco y el ilustre hijo de
Néstor; mientras que el Atrida durmió en el interior de la excelsa morada y
junto a él Helena la de largo peplo, la divina sobre todas las mujeres. Mas, al punto que apareció la hija de la
mañana, Eos de rosáceos dedos, Menelao, valiente en el combate, se levantó de la
cama, púsose sus vestidos, colgose al hombro la aguda espada, calzó sus blancos
pies con hermosas sandalias y parecido a un dios, salió de la habitación, fue a
sentarse junto a Telémaco, llamóle y así le dijo: —¡Héroe Telémaco! ¿Qué necesidad te ha
obligado a venir aquí, a la divina Lacedemonia, por el ancho dorso del mar? ¿Es
algún asunto del pueblo o propio tuyo Dímelo francamente. Respondióle el prudente Telémaco: Y el rubio Menelao le contestó indignadísimo: Los dioses me habían detenido en Egipto, a
pesar de mi anhelo de volver acá, por no haberles sacrificado hecatombes
perfectas; que las deidades quieren que no se nos vayan de la memoria sus
mandamientos. Hay en el alborotado ponto una isla, enfrente del Egipto, que la
llaman
Faro y se
halla tan lejos de él cuanto puede andar en todo el día una cóncava embarcación
si la empuja sonoro viento. Tiene la isla un puerto excelente para fondear,
desde el cual echan al ponto las bien proporcionadas naves, después de hacer
aguada en un manantial profundo. Allí me tuvieron los dioses veinte días, sin
que se alzaran los vientos favorables que soplan en el mar y conducen los
bajeles por su ancho dorso. Ya todos los bastimentos se me iban agotando y
también menguaba el ánimo de los hombres; pero me salvó una diosa que tuvo
piedad de mí: Idotea, hija del fuerte Proteo, el anciano de los mares; la cual,
sintiendo conmovérsele el corazón, se me hizo encontradiza mientras vagaba solo
y apartado de mis hombres, que andaban continuamente por la isla pescando con
corvos anzuelos, pues el hambre les atormentaba el vientre. Paróse Idotea y
díjome: —¡Forastero! ¿Eres así tan simple e
inadvertido? ¿O te abandonas voluntariamente y te huelgas de pasar dolores,
puesto que, detenido en la isla desde largo tiempo, no hallas medio de poner fin
a semejante situación a pesar de que ya desfallece el ánimo de tus amigos? Así habló, y le respondí de este modo: Así le hablé. Contestóme al punto la divina
entre las diosas: Así dijo; y le contesté diciendo: Así le dije, y respondióme la divina entre las
diosas: Cuando esto hubo dicho sumergióse en el
agitado ponto. Yo me encaminé a las naves, que se hallaban sobre la arena,
mientras mi corazón revolvía muchas trazas. Apenas hube llegado a mi bajel y al
mar, aparejamos la cena; vino enseguida la divinal noche y nos acostamos en la
playa. Y, así que se descubrió la hija de la mañana, Eos de rosáceos cabellos,
me fui a la orilla del mar, de anchos caminos, haciendo fervientes súplicas a
los dioses; y me llevé los tres compañeros en quienes tenía más confianza para
cualquier empresa. En tanto, la diosa, que se había sumergido en
el vasto seno del mar, sacó cuatro pieles de focas recientemente desolladas;
pues con ellas pensaba urdir la asechanza contra su padre. Y, habiendo cavado
unos hoyos en la arena de la playa, nos aguardaba sentada. No bien llegamos,
hizo que nos tendiéramos por orden dentro de los hoyos y nos echó encima sendas
pieles de foca. Fue la tal asechanza molesta en extremo, pues
el malísimo hedor de las focas, criadas en el mar, nos encalabrinaba
terriblemente. ¿ Quién podría acostarse junto a un monstruo marino? Pero ella
nos salvó con idear un gran remedio: nos puso en las narices una poca de
ambrosía, la cual, despidiendo olor suave, quitó el hedor de aquellos monstruos.
Toda la mañana estuvimos esperando con ánimo
paciente; hasta que al fin las focas salieron juntas del mar y se tendieron por
orden en la ribera. Era mediodía cuando vino del mar el anciano:
halló las obesas focas paseóse por entre ellas y contó su número. La cuenta de
los cetáceos la comenzó por nosotros, sin que en su corazón sospechase el
engaño; y, luego acostóse también. Entonces cometímosle con inmensa gritería y
todos le echamos mano. No olvidó el viejo sus dolosos artificios: transfiguróse
sucesivamente en melenudo león, en dragón, en pantera y en corpulento jabalí;
después se nos convirtió en agua líquida y hasta en árbol de excelsa copa. Mas,
como lo teníamos reciamente asido, con ánimo firme, aburrióse al cabo aquel
astuto viejo y díjome de esta suerte: —¡Hijo de Atreo! ¿Cuál de los dioses te
aconsejó para que me asieras contra mi voluntad, armándome tal asechanza? ¿Qué
deseas? Así se expresó, y le contesté diciendo: Así le dije. Y en seguida me respondió de esta
manera: De esta suerte habló: se me partía el corazón
al considerar que me ordenaba volver a Egipto por el obscuro ponto, viaje largo
y dificultoso. Mas, con todo eso, le contesté diciendo: —Haré oh anciano, lo que me mandas. Pero, ea,
dime sinceramente si volvieron salvos en sus naves los aqueos a quienes Néstor y
yo dejamos al salir de Troya, o si alguno pereció de cruel muerte en su nave o
en brazos de los amigos, después que se acabó la guerra. Así le hablé, y me respondió acto seguido: Así dijo: Sentí destrozárseme el corazón y,
sentado en la arena, lloraba y no quería vivir ni contemplar ya la lumbre del
sol. Mas, cuando me harté de llorar y de revolcarme por el suelo, hablóme así el
veraz anciano de los mares: —No llores, oh hijo de Atreo, mucho tiempo y
sin tomar descanso, que ningún remedio se puede hallar. Pero haz por volver lo
antes posible a la patria tierra y hallarás a aquel vivo aun; y, si Orestes se
te adelantara y lo matase, llegarás para el banquete fúnebre. Así se expresó. Regocíjeme en mi corazón y en
mi ánimo generoso, aunque me sentía afligido, y hablé al anciano con estas
aladas palabras: —Ya sé de éstos. Nómbrame el tercer varón,
aquel que, vivo aun, hállase detenido en el anchuroso ponto, o quizá haya
muerto. Pues, a pesar de que estoy triste, deseo tener noticias suyas. Así le dije, y me respondió en el acto: Cuando esto hubo dicho, sumergióse en el
agitado ponto. Yo me encaminé hacia los bajeles, con mis divinales compañeros, y
mi corazón revolvía muchas trazas. Así que hubimos llegado a mi embarcación y al
mar, aparejamos la cena; vino muy pronto la divina noche y nos acostamos en la
playa. Y al punto que se descubrió la hija de la mañana, Eos de rosáceos dedos,
echamos las bien proporcionadas naves en el mar divino y les pusimos sus
mástiles y velas; después, sentáronse mis compañeros ordenadamente en los bancos
y comenzaron a batir con los remos el espumoso mar. Volví a detener las naves en
el Egipto, río que las celestiales lluvias alimentan, y sacrifiqué cumplidas
hecatombes. Aplacada la ira de los sempiternos dioses, erigí un túmulo a
Agamemnón para que su gloria fuera inextinguible. En acabando estas cosas
emprendí la vuelta y los inmortales concediéronme próspero viento y trajéronme
con gran rapidez a mi querida patria. Mas, ea, quédate en el palacio hasta que
llegue la undécima o duodécima aurora y entonces te despediré, regalándote como
espléndidos presentes tres caballos y un carro hermosamente labrado; y también
tengo de darte una magnífica copa para que hagas libaciones a los inmortales
dioses y te acuerdas de mí todos los días. Respondióle el prudente Telémaco: Así dijo. Sonrióse Menelao, valiente en la
pelea, y acariciándole con la mano, le habló de esta manera: —¡Hijo querido! Bien se muestra en lo que
hablas la noble sangre de que procedes. Cambiaré el regalo, ya que puedo
hacerlo, y de cuantas cosas se guardan en mi palacio voy a darte la más bella y
preciosa. Te haré el presente de una cratera labrada, toda de plata con los
bordes de oro, que es obra de Hefesto y diómela el héroe Fédimo rey de los
sidonios, cuando me acogió en su casa al volver yo a la mía. Tal es lo que deseo
regalarte. Así éstos conversaban. Los convidados fueron
llegando a la mansión del divino rey: unos traían ovejas, otros confortante
vino; y sus esposas, que llevaban hermosas cintas, enviáronles el pan. De tal
suerte se ocupaban, dentro del palacio, en preparar la comida. Mientras tanto solazábanse: los pretendientes
ante el palacio de Odiseo, tirando discos y jabalinas en el labrado pavimento
donde acostumbraban ejecutar sus insolentes acciones. Antínoo estaba sentado y
también el deiforme Eurímaco, que eran los príncipes de los pretendientes y
sobre todos descollaban por su bravura. Y fue a buscarlos Noemón, hijo de
Fronio, el cual, dirigiéndose a Antínoo, interrogóle con estas palabras: —¡Antínoo! ¿Sabemos, por ventura, cuándo
Telémaco volverá de la arenosa Pilos? Se fue en mi nave y ahora la necesito para
ir a la vasta Elide, que allí tengo doce yeguas de vientre y sufridos mulos aún
sin desbravar, y traería alguno de estos para domarlo. Así dijo; y quedáronse atónitos porque no se
figuraban que Telémaco hubiese tomado la rota de Pilos, la ciudad de Neleo, sino
que estaba en el campo, viendo las ovejas, o en la cabaña del porquerizo. Mas al fin Antínoo, hijo de Eupites,
contestóle diciendo: Noemón, hijo de Fronio, le respondió de esta
guisa: Dicho esto fue Noemón a la casa de su padre.
Indignáronse en su corazón soberbio Antínoo y Eurimaco; y los demás
pretendientes se sentaron con ellos, cesando de jugar. Y ante todo, habló
Antínoo hijo de Eupites, que estaba afligido y tenía las negras entrañas llenas
de cólera y los ojos parecidos al relumbrante fuego: —¡Oh dioses! ¡Gran proeza ha ejecutado
orgullosamente Telémaco con ese viaje! ¡Y decíamos que no lo llevaría a efecto!
Contra la voluntad de muchos se fue el niño, habiendo logrado botar una nave y
elegir a los mejores del pueblo. De aquí en adelante comenzará a ser un peligro
para nosotros; ojalá que Zeus le aniquile las fuerzas, antes que llegue a la
flor de la juventud. Mas, ea, facilitadme ligero bajel y veinte compañero, y le
armaré una emboscada cuando vuelva, acechando su retorno en el estrecho que
separa a Itaca de la escabrosa Samos, a fin de que le resulte funestísima la
navegación que emprendió para saber noticias de su padre. Así les dijo. Todos lo aprobaron, exhortándole
a ponerlo por obra y levantándose, se fueron en seguida al palacio de Odiseo. No tardó Penelopea en saber los intentos que
los pretendientes formaban en secreto, porque se lo dijo el heraldo Medonte, que
oyó lo que hablaban desde el exterior del patio mientras en este urdían la
trama. Entró, pues, en la casa para contárselo a Penelopea; y ésta, al verle en
el umbral, le habló diciendo: —¡Heraldo! ¿Con qué fin te envían los ilustres
pretendientes? ¿Acaso para decir a las esclavas del divino Odiseo que suspendan
el trabajo y les preparen el festín? Ojalá dejaran de pretenderme y de
frecuentar esta morada, celebrando hoy su postrera y última comida. Oh,
vosotros, los que, reuniéndonos a menudo, consumís los muchos bienes que
constituyen la herencia del prudente Telémaco: ¿no oísteis decir a vuestros
padres cuando erais todavía niños, de qué manera los trataba Odiseo, que a nadie
hizo agravio ni profirió en el pueblo palabras ofensivas, como suelen hacer los
divinales reyes, que aborrecen a unos hombres y aman a otros? Jamás cometió
aquél la menor iniquidad contra hombre alguno: y ahora son bien patentes vuestro
ánimo y vuestras malvadas acciones, porque ninguna gratitud mostráis a los
beneficios. Entonces le respondió Medonte, que concebía
sensatos pensamientos: Así dijo: Penelopea sintió desfallecer sus
rodillas y su corazón estuvo un buen rato sin poder hablar, llenáronsele de
lágrimas sus ojos y la voz sonora se le cortó. Mas al fin hubo de responder con
estas palabras: —¡Heraldo! ¿Por que se fue mi hijo? Ninguna
necesidad tenía de embarcarse en las naves de ligero curso, que sirven a los
hombres como caballos por el mar y atraviesan la grande extensión del agua. ¿Lo
hizo acaso para que ni memoria quede de su nombre entre los mortales? Le contestó Medonte, que concebía sensatos
pensamientos: En diciendo esto, fuese por la morada de
Odiseo. Apoderóse de Penelopea el dolor, que destruye los ánimos, y ya no pudo
permanecer sentada en la silla, habiendo muchas en la casa: sino que se sentó en
el umbral del labrado aposento y lamentábase de tal modo que movía a compasión.
En torno suyo plañían todas las esclavas del palacio, así las jóvenes, como las
viejas. Y díjoles Penelopea, mientras derramaba abundantes lágrimas: —Oídme, amigas; pues que el Olímpico me ha
dado más pesares que a ninguna de las que conmigo nacieron y se criaron:
anteriormente perdí un egregio esposo que tenía el ánimo de un león y descollaba
sobre los dánaos en toda clase de excelencias, varón ilustre cuya fama se
difundía por la Hélade y en medio de Argos; y ahora las tempestades se habrán
llevado del palacio a mi hijo querido, sin gloria y sin que ni siquiera me
enterara de su partida. ¡Crueles! ¡A ninguna de vosotras le vino a las mientes
hacerme levantar de la cama, y supisteis con certeza cuando aquél se fue a
embarcar en la cóncava y negra nave! Pues, a llegar a mis oídos que proyectaba
ese viaje quedárase en casa, por deseoso que estuviera de partir, o me hubiese
dejado muerta en el palacio. Vaya alguna a llamar prestamente al anciano Dolio,
mi esclavo, el que me dio mi padre cuando vine aquí y cuida de mi huerto poblado
de muchos árboles, para que corra en busca de Laertes y se lo cuente todo; por
si Laertes, ideando algo, sale a quejarse de los ciudadanos que desean
exterminar el linaje, el de Odiseo igual a un dios. Díjole entonces Euriclea, su nodriza amada: Así le dijo y calmóle el llanto, consiguiendo
que sus ojos dejaran de llorar. Lavóse Penelopea, envolvió su cuerpo en vestidos
puros, subió con las esclavas a lo alto de la casa, puso la mola en un cestillo,
y oró de este modo a la diosa Atenea: —¡Oyeme, hija de Zeus que lleva la égida,
Indómita! Si alguna vez el ingenioso Odiseo quemó en tu honor, dentro del
palacio pingües muslos de buey o de oveja; acuérdate de ellos, sálvame el hijo
amado y aparta a los perversos y ensoberbecidos pretendientes. En acabando de hablar dio un grito, y la diosa
oyó la plegaria. Los pretendientes movían alboroto en la obscura sala, y uno de
los soberbios jóvenes dijo de esta guisa: —La reina, a quien tantos pretenden, debe de
aparejar el casamiento e ignora que su hijo ya tiene la muerte preparada. Así habló, pero no sabían lo que dentro
pasaba. Y Antínoo arengóles diciendo: —¡Desgraciados! Absteneos todos de pronunciar
palabras insolentes; no sea que alguno vaya a contarlas a Penelopea. Mas, ea,
levantémonos y pongamos en obra, silenciosamente el proyecto que a todos nos
place. Dicho esto, escogió los veinte hombres más
esforzados y fuese con ellos a la orilla del mar, donde estaba la velera nave.
Primeramente echaron la negra embarcación al mar profundo, después le pusieron
el mástil y las velas, luego aparejaron los remos con correas de cuero,
haciéndolo como era debido, desplegaron más tarde las blancas velas y sus bravos
servidores trajéronles las armas. Anclaron la nave, después de llevarla adentro
del mar; saltaron en tierra y se pusieron a comer aguardando que viniese la
tarde. Mientras tanto, la prudente Penelopea yacía en
el piso superior y estaba en ayunas, sin haber comido ni bebido, pensando
siempre en si su intachable hijo escaparía de la muerte o sucumbiría a manos de
los orgullosos pretendientes. Y cuantas cosas piensa un león al verse cercado
por multitud de hombres que forman a su alrededor insidioso círculo, otras
tantas revolvía Penelopea en su mente, cuando le sobrevino el dulce sueño.
Durmió recostada, y todos sus miembros se relajaron. Entonces Atenea, la de ojos de lechuza, ordenó
otra cosa. Hizo un fantasma parecido a una mujer, a Iftima, hija del magnánimo
Icario, con la cual estaba casado Eumelo, que tenía su casa en Feras; y enviólo
a la morada del divinal Odiseo, para poner fin de algún modo al llanto y a los
gemidos de Penelopea, que se lamentaba sollozando. Entró, pues, deslizándose por
la correa del cerrojo, se le puso sobre la cabeza y díjole estas palabras: —¿Duermes, Penelopea, con el corazón afligido?
Los dioses, que viven felizmente, no te permiten llorar ni angustiarte; pues tu
hijo aún ha de volver, que en nada pecó contra las deidades. Respondióle la prudente Penelonea desde las
puertas del sueño, donde estaba muy suavemente dormida: —¡Hermana! ¿A qué has venido? Hasta ahora no
solías frecuentar el palacio, porque se halla muy lejos de tu morada. ¡Mandas
que cese mi aflicción y los muchos pesares que me conturban la mente y el ánimo!
Anteriormente perdí un egregio esposo que tenía el ánimo de un león y descollaba
sobre los dánaos en toda clase de excelencias, varón ilustre cuya fama se
difundía por la Hélade y en medio de Argos; y ahora mi hijo amado se fue en
cóncavo bajel, niño aún, inexperto en el trabajo y en el habla. Por éste me
lamento todavía mas que por aquél, por éste tiemblo, y temo que padezca algún
mal en el país de aquellos adonde fue, o en el ponto. Que son muchos los
enemigos que están maquinando contra él, deseosos de matarle antes de que llegue
a su patria tierra. El obscuro fantasma le respondió diciendo: Entonces hablóle de esta manera la prudente
Penelopea: El obscuro fantasma le contestó diciendo: Cuando esto hubo dicho, fuese por la cerradura
de la puerta como un soplo de viento. Despertóse la hija de Icario y se le
alegró el corazón porque había tenido tan claro sueño en la obscuridad de la
noche. Ya los pretendientes se habían embarcado y navegado por la líquida llanura, maquinando en su pecho una muerte cruel para Telémaco. Hay en el mar una isla pedregosa, en medio de Itaca y de la áspera Samos -Asteris-, que no es extensa, pero tiene puertos de doble entrada, excelentes para que fondeen los navíos: allí los aqueos se pusieron en emboscada para aguardar a Telémaco.
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