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CANTO IX 1Respondióle el ingenioso
Odiseo: Habiendo partido de Ilión,
llevóme el viento al país de los cícones, a
Ismaro: entré a saco la
ciudad, maté a sus hombres y, tomando las mujeres y las abundantes riquezas, nos
lo repartimos todo para que nadie se fuera sin su parte de botín. Exhorté a mi
gente a que nos retiráramos con pie ligero, y los muy simples no se dejaron
persuadir. Bebieron mucho vino y, mientras degollaban en la playa gran número de
ovejas y de flexípedes bueyes de retorcidos cuernos, los cícones fueron a llamar
a otros cícones vecinos suyos; los cuales eran más en número y más fuertes,
habitaban el interior del país y sabían pelear a caballo con los hombres y aun a
pie donde fuese preciso. Vinieron por la mañana tantos, cuantas son las hojas y
flores que en la primavera nacen; y ya se nos presentó a nosotros, ¡oh
infelices! el funesto destino que nos había ordenado Zeus a fin de que
padeciéramos multitud de males. Formáronse nos presentaron batalla junto a las
veloces naves, y nos heríamos recíprocamente con las broncíneas lanzas. Mientras
duró la mañana y fuese aumentando la luz del sagrado día, pudimos resistir su
arremetida, aunque eran en superior número. Mas luego, cuando el sol se encaminó
al ocaso, los cícones derrotaron a los aqueos, poniéndolos en fuga. Perecieron
seis compañeros, de hermosas grebas, de cada embarcación, y los restantes nos
libramos de la muerte y del destino. Desde allí seguimos
adelante con el corazón triste, escapando gustosos de la muerte aunque perdimos
algunos compañeros. Mas no comenzaron a moverse los corvos bajeles hasta haber
llamado tres veces a cada uno de los míseros compañeros que acabaron su vida en
el llano, heridos por los cícones. Zeus, que amontona las nubes, suscitó contra
los barcos el viento Bóreas y una tempestad deshecha cubrió de nubes la tierra y
el ponto, y la noche cayó del cielo. Las naves iban de través, cabeceando, y el
impetuoso viento rasgó las velas en tres o cuatro pedazos. Entonces las
amainamos, pues temíamos nuestra perdición; y apresuradamente, a fuerza de
remos, llevamos aquellas a tierra firme. Allí permanecimos constantemente
echados dos días con sus noches, royéndonos el ánimo la fatiga y los pesares.
Mas, al punto que Eos, de lindas trenzas, nos trajo el día tercero, izamos los
mástiles, descogimos las blancas velas y nos sentamos en las naves, que eran
conducidas por el viento y los pilotos. Y habría llegado incólume a la tierra
patria, si la corriente de las olas y el Bóreas, que me desviaron al doblar el
cabo de Malea no me hubieran obligado a vagar lejos de Citera. Desde allí dañosos vientos
lleváronme nueve días por el ponto, abundante en peces, y al décimo arribamos a
la tierra de los
lotófagos, que se alimentan con un florido manjar. Saltamos en tierra,
hicimos aguada, y pronto los compañeros empezaron a comer junto a las veleras
naves. Y después que hubimos
gustado los alimentos y la bebida, envié algunos compañeros -dos varones a
quienes escogí e hice acompañar por un tercero que fue un heraldo- para que
averiguaran cuáles hombres comían el pan en aquella tierra. Fuéronse pronto y
juntáronse con los lotófagos, que no tramaron ciertamente la perdición de
nuestros amigos; pero les dieron a comer loto, y cuantos probaron este fruto,
dulce como la miel, ya no querían llevar noticias ni volverse; antes deseaban
permanecer con los lotófagos, comiendo loto, sin acordarse de volver a la
patria. Mas yo los llevé por fuerza a las cóncavas naves y, aunque lloraban, los
arrastré e hice atar debajo de los bancos. Y mandé que los restantes fieles
compañeros entrasen luego en las veloces embarcaciones: no fuera que alguno
comiese loto y no pensara en la vuelta. Hiciéronlo en seguida y, sentándose por
orden en los bancos, comenzaron a batir con los remos el espumoso mar. Desde allí continuamos la
navegación con ánimo afligido, y llegamos a la tierra de los ciclopes soberbios
y sin ley; quienes, confiados en los dioses inmortales, no plantan árboles, ni
labran los campos, sino que todo les nace sin semilla y sin arada -trigo, cebada
y vides, que producen vino de unos grandes racimos- y se lo hace crecer la
lluvia enviada por Zeus. No tienen ágoras donde se
reúnan para deliberar, ni leyes tampoco, sino que viven en las cumbres de los
altos montes, dentro de excavadas cuevas; cada cual impera sobre sus hijos y
mujeres y no se entrometen los unos con los otros. Delante del puerto, no muy
cercana ni a gran distancia tampoco de la región de los ciclopes, hay una isleta
poblada de bosque, con una infinidad de cabras monteses, pues no las ahuyenta el
paso de hombre alguno ni van allá los cazadores, que se fatigan recorriendo las
selvas en las cumbres de las montañas. No se ven en ella ni rebaños ni
labradíos, sino que el terreno está siempre sin sembrar y sin arar, carece de
hombres, y cría bastantes cabras. Pues los ciclopes no tienen naves de rojas
proas, ni poseen artífices que se las construyan de muchos bancos -como las que
transportan mercancías a distintas poblaciones en los frecuentes viajes que los
hombres efectúan por mar, yendo los unos en busca de los otros-, los cuales
hubieran podido hacer que fuese muy poblada aquella isla, que no es mala y daría
a su tiempo frutos de toda especie, porque tiene junto al espumoso mar prados
húmedos y tiernos y allí la vid jamás se perdiera. La parte inferior es llana y
labradera; y podrían segarse en la estación oportuna mieses altísimas por ser el
suelo muy pingüe. Posee la isla un cómodo puerto, donde no se requieren amarras,
ni es preciso echar ancoras, ni atar cuerdas; pues, en aportando allí, se está a
salvo cuanto se quiere, hasta que el ánimo de los marineros les incita a partir
y el viento sopla. En lo alto del puerto mana
una fuente de agua límpida, debajo de una cueva a cuyo alrededor han crecido
álamos. Allá pues, nos llevaron las naves, y algún dios debió de guiarnos en
aquella noche obscura en la que nada distinguíamos, pues la niebla era cerrada
alrededor de los bajeles y la luna no brillaba en el cielo, que cubrían los
nubarrones. Nadie vio con sus ojos la isla ni las ingentes olas que se quebraban
en la tierra, hasta que las naves de muchos bancos hubieron abordado. Entonces
amainamos todas las velas, saltamos a la orilla del mar y, entregándonos al
sueño, aguardamos que amaneciera la divina Aurora. No bien se descubrió la
hija de la mañana, Eos de rosáceos dedos, anduvimos por la isla muy admirados.
En esto las ninfas, prole de Zeus que lleva la égida, levantaron montaraces
cabras para que comieran mis compañeros. Al instante tomamos de los bajeles los
corvos arcos y los venablos de larga punta, nos distribuimos en tres grupos,
tiramos, y muy presto una deidad nos facilitó abundante caza. Doce eran las
naves que me seguían y a cada una le correspondieron nueve cabras, apartándose
diez para mí solo. Y ya todo el día hasta la puesta del sol, estuvimos sentados,
comiendo carne en abundancia y bebiendo dulce vino; que el rojo licor aun no
faltaba en las naves, pues habíamos hecho gran provisión de ánforas al tomar la
sagrada ciudad de los cícones. Estando allí echábamos la vista a la tierra de
los ciclopes, que se hallaban cerca, y divisábamos el humo y oíamos las voces
que ellos daban, y los balidos de las ovejas y de las cabras. Cuando el sol se
puso y sobrevino la obscuridad, nos acostamos en la orilla del mar. Mas, así que se descubrió
la hija de la mañana, Eos de rosáceos dedos, los llamé a junta y les dije estas
razones: —Quedaos aquí, mis fieles
amigos, y yo con mi nave y mis compañeros iré allá y procuraré averiguar qué
hombres son aquéllos; si son violentos, salvajes e injustos, u hospitalarios y
temerosos de las deidades. Cuando así hube hablado
subí a la nave y ordené a los compañeros que me siguieran y desataran las
amarras. Ellos se embarcaron al instante y, sentándose por orden en los bancos,
comenzaron a batir con los remos el espumoso mar. Y tan luego como llegamos a
dicha tierra, que estaba próxima, vimos en uno de los extremos y casi tocando al
mar una excelsa gruta a la cual daban sombra algunos laureles, en ella reposaban
muchos hatos de ovejas y de cabras, y en contorno había una alta cerca labrada
con piedras profundamente hundidas, grandes pinos y encinas de elevada copa.
Allí moraba un varón gigantesco, solitario, que entendía en apacentar rebaños
lejos de los demás hombres, sin tratarse con nadie; y, apartado de todos,
ocupaba su ánimo en cosas inicuas. Era un monstruo horrible y no se asemejaba a
los hombres que viven de pan, sino a una selvosa cima que entre altos montes se
presentase aislada de las demás cumbres. Entonces ordené a mis
fieles compañeros que se quedasen a guardar la nave; escogí los doce mejores y
juntos echamos a andar, con un pellejo de cabra lleno de negro y dulce vino que
me había dado Marón, vástago de Evantes y sacerdote de Apolo, el dios tutelar de
Ismaro; porque, respetándole, lo salvamos con su mujer e hijos que vivían en un
espeso bosque consagrado a Febo Apolo. Hízome Marón ricos dones, pues me regaló
siete talentos de oro bien labrado, una cratera de plata y doce ánforas de un
vino dulce y puro, bebida de dioses, que no conocían sus siervos ni sus
esclavas, sino tan sólo él, su esposa y una despensera. Cuando bebían este rojo
licor, dulce como la miel, echaban una copa del mismo veinte de agua; y de la
cratera salía un olor tan suave y divinal, que no sin pena se hubiese renunciado
a saborearlo. De este vino llevaba un gran odre completamente lleno y además
viandas en un zurrón; pues ya desde el primer instante se figuró mi ánimo
generoso que se nos presentaría un hombre dotado de extraordinaria fuerza,
salvaje, e ignorante de la justicia y de las leyes. Pronto llegamos a la
gruta; mas no dimos con él, porque estaba apacentando las pingües ovejas.
Entramos y nos pusimos a contemplar con admiración y una por una todas las
cosas; había zarzos cargados de quesos; los establos rebosaban de corderos y
cabritos, hallándose encerrado, separadamente los mayores, los medianos y los
recentales; y goteaba el suero de todas las vasijas, tarros y barreños, de que
se servía para ordeñar. Los compañeros empezaron a suplicarme que nos
apoderásemos de algunos quesos y nos fuéramos, y que luego, sacando prestamente
de los establos los cabritos y los corderos, y conduciéndolos a la velera nave,
surcáramos de nuevo el salobre mar. Mas yo no me dejé persuadir -mucho mejor
hubiera sido seguir su consejo- con el propósito de ver a aquél y probar si me
ofrecería los dones de la hospitalidad. Pero su venida no había de serles grata
a mis compañeros. Encendimos fuego,
ofrecimos un sacrificio a los dioses, tomamos algunos quesos, comimos, y le
aguardamos, sentados en la gruta, hasta que volvió con el ganado. Traía una gran
carga de leña seca para preparar su comida y descargóla dentro de la cueva con
tal estruendo que nosotros, llenos de temor, nos refugiamos apresuradamente en
lo más hondo de la misma. Luego metió en el espacioso antro todas las pingües
ovejas que tenía que ordeñar, dejando a la puerta, dentro del recinto de altas
paredes, los carneros y los bucos. Después cerró la puerta con un pedrejón
grande y pesado que llevó a pulso y que no hubiesen podido mover del suelo
veintidós sólidos carros de cuatro ruedas. ¡Tan inmenso era el peñasco que
colocó a la entrada! Sentóse enseguida, ordeñó las ovejas y las baladoras
cabras, todo como debe hacerse, y a cada una le puso su hijito. A la hora,
haciendo cuajar la mitad de la blanca leche, la amontonó en canastillos de
mimbre, y vertió la restante en unos vasos para bebérsela y así le serviría de
cena. Acabadas con prontitud
tales faenas, encendió fuego, y al vernos, nos hizo estas preguntas: —¡Oh forasteros! ¿Quiénes
sois? ¿De dónde llegasteis navegando por húmedos caminos? ¿Venís por algún
negocio o andáis por el mar, a la ventura, como los piratas que divagan,
exponiendo su vida y produciendo daño a los hombres de extrañas tierras? Así dijo. Nos quebraba el
corazón el temor que nos produjo su voz grave y su aspecto monstruoso. Mas, con
todo eso, le respondí de esta manera: —Somos aqueos a quienes
extraviaron, al salir de Troya, vientos de toda clase, que nos llevan por el
gran abismo del mar; deseosos de volver a nuestra patria llegamos aquí por otra
ruta, por otros caminos, porque de tal suerte debió de ordenarlo Zeus. Nos
preciamos de ser guerreros de Agamemnón Atrida, cuya gloria es inmensa debajo
del cielo -¡tan grande ciudad ha destruido y a tantos hombres ha hecho
perecer!-, y venimos a abrazar tus rodillas por si quisieras presentarnos los
dones de la hospitalidad o hacernos algún otro regalo, como es costumbre entre
los huéspedes. Respeta, pues, a los dioses, varón excelente; que nosotros somos
ahora tus suplicantes. Y a suplicante y forasteros los venga Zeus hospitalario,
el cual acompaña a los venerandos huéspedes. Así le hablé; y
respondióme en seguida con ánimo cruel: Así dijo para tentarme.
Pero su intención no me pasó inadvertida a mí que sé tanto, y de nuevo le hablé
con engañosas palabras: —Poseidón, que sacude la
tierra, rompió mi nave llevándola a un promontorio y estrellándola contra las
rocas en los confines de vuestra tierra, el viento que soplaba del ponto se la
llevó y pudiera librarme, junto con éstos, de una muerte terrible. Así le dije. El ciclope,
con ánimo cruel, no me dio respuesta; pero, levantándose de súbito, echó mano a
los compañeros, agarró a dos y, cual si fuesen cachorrillos arrojólos a tierra
con tamaña violencia que el encéfalo fluyó del suelo y mojó el piso. De contado
despedazó los miembros, se aparejó una cena y se puso a comer como montaraz
león, no dejando ni los intestinos, ni la carne, ni los medulosos huesos.
Nosotros contemplábamos aquel horrible espectáculo con lágrimas en los ojos,
alzando nuestras manos a Zeus; pues la desesperación se había señoreado de
nuestro ánimo. El ciclope, tan luego como hubo llenado su enorme vientre,
devorando carne humana y bebiendo encima leche sola, se acostó en la gruta
tendiéndose en medio de las ovejas. Entonces formé en mi
magnánimo corazón el propósito de acercarme a él y, sacando la aguda espada que
colgaba de mi muslo, herirle el pecho donde las entrañas rodean el hígado,
palpándolo previamente; mas otra consideración me contuvo. Habríamos, en efecto,
perecido allí de espantosa muerte, a causa de no poder apartar con nuestras
manos el grave pedrejón que el Ciclope colocó en la alta entrada. Y así, dando
suspiros, aguardamos que apareciera la divina Aurora. Cuando se descubrió la
hija de la mañana, Eos de rosáceos dedos, el Ciclope encendió fuego y ordeñó las
gordas ovejas, todo como debe hacerse, y a cada una le puso su hijito. Acabadas
con prontitud tales faenas, echó mano a otros dos de los míos, y con ellos se
aparejó el almuerzo. En acabando de comer sacó
de la cueva los pingües ganados, removiendo con facilidad el enorme pedrejón de
la puerta; pero al instante lo volvió a colocar, del mismo modo que si a un
caraj le pusiera su tapa. Mientras el Ciclope
aguijaba con gran estrépito sus pingües rebaños hacia el monte, yo me quedé
meditando siniestras trazas, por si de algún modo pudiese vengarme y Atenea me
otorgara la victoria. Al fin parecióme que la
mejor resolución sería la siguiente. Echada en el suelo del establo veíase una
gran clava de olivo verde, que el Ciclope había cortado para llevarla cuando se
secase. Nosotros, al contemplarla, la comparábamos con el mástil de un negro y
ancho bajel de transporte que tiene veinte remos y atraviesa el dilatado abismo
del mar: tan larga y tan gruesa se nos presentó a la vista. Acerquéme a ella y
corté una estaca como de una braza, que di a los compañeros, mandándoles que la
puliesen. No bien la dejaron lisa, agucé uno de sus cabos, la endurecí,
pasándola por el ardiente fuego, y la oculté cuidadosamente debajo del abundante
estiércol esparcido por la gruta. Ordené entonces que se eligieran por suerte
los que, uniéndose conmigo deberían atreverse a levantar la estaca y clavarla en
el ojo del Ciclope cuando el dulce sueño le rindiese. Cayóles la suerte a los
cuatro que yo mismo hubiera escogido en tal ocasión, y me junté con ellos
formando el quinto. Por la tarde volvió el
Ciclope con el rebaño de hermoso vellón, que venía de pacer, e hizo entrar en la
espaciosa gruta a todas las pingues reses, sin dejar a ninguna dentro del
recinto; ya porque sospechase algo, ya porque algún dios se lo ordenara. Cerró
la puerta con el pedrejón que llevó a pulso, sentóse, ordeñó las ovejas y las
baladoras cabras, todo como debe hacerse, y a cada una le puso su hijito. Acabadas con prontitud
tales cosas, agarró a otros dos de mis amigos y con ellos se aparejó la cena.
Entonces lleguéme al Ciclope, y teniendo en la mano una copa de negro vino, le
hablé de esta manera: —Toma, Ciclope, bebe vino,
ya que comiste carne humana, a fin de que sepas qué bebida se guardaba en
nuestro buque. Te lo traía para ofrecer una libación en el caso de que te
apiadases de mi y me enviaras a mi casa, pero tú te enfureces de intolerable
modo. ¡Cruel! ¿Cómo vendrá en lo sucesivo ninguno de los muchos hombres que
existen, si no te portas como debieras? Así le dije. Tomó el vino
y bebióselo. Y gustóle tanto el dulce licor que me pidió más: —Dame de buen grado más
vino y hazme saber inmediatamente tu nombre para que te ofrezca un don
hospitalario con el cual huelgues. Pues también a los Ciclopes la fértil tierra
les produce vino en gruesos racimos, que crecen con la lluvia enviada por Zeus;
mas esto se compone de ambrosía y néctar. Así habló, y volví a
servirle el negro vino: tres veces se lo presenté y tres veces bebió
incautamente. Y cuando los vapores del vino envolvieron la mente del Ciclope,
díjele con suaves palabras: —¡Ciclope! Preguntas cual
es mi nombre ilustre y voy a decírtelo pero dame el presente de hospitalidad que
me has prometido. Mi nombre es Nadie; y Nadie me llaman mi madre, mi padre y mis
compañeros todos. Así le hablé; y enseguida
me respondió con ánimo cruel: Dijo, tiróse hacia atrás y
cayó de espaldas. Así echado, dobló la gruesa cerviz y vencióle el sueño, que
todo lo rinde: salíale de la garganta el vino con pedazos de carne humana, y
eructaba por estar cargado de vino. Entonces metí la estaca
debajo del abundante rescoldo, para calentarla, y animé con mis palabras a todos
los compañeros: no fuera que alguno, poseído de miedo, se retirase. Mas cuando
la estaca de olivo, con ser verde, estaba a punto de arder y relumbraba
intensamente, fui y la saqué del fuego; rodeáronme mis compañeros, y una deidad
nos infundió gran audacia. Ellos, tomando la estaca de olivo, hincáronla por la
aguzada punta en el ojo del Ciclope; y yo, alzándome, hacíala girar por arriba.
De la suerte que cuando un hombre taladra con el barreno el mástil de un navío,
otros lo mueven por debajo con una correa, que asen por ambas extremidades, y
aquél da vueltas continuamente: así nosotros, asiendo la estaca de ígnea punta,
la hacíamos girar en el ojo del Ciclope y la sangre brotaba alrededor del
ardiente palo. Quemóle el ardoroso vapor párpados y cejas, en cuanto la pupila
estaba ardiendo y sus raíces crepitaban por la acción del fuego. Así como el
broncista, para dar el temple que es la fuerza del hierro, sumerge en agua fría
una gran segur o un hacha que rechina grandemente, de igual manera rechinaba el
ojo del Ciclope en torno de la estaca de olivo. Dió el Ciclope un fuerte y
horrendo gemido, retumbó la roca, y nosotros, amedrentados, huimos prestamente;
mas él se arrancó la estaca, toda manchada de sangre, arrojóla furioso lejos de
sí y se puso a llamar con altos gritos a los Ciclopes que habitaban a su
alrededor, dentro de cuevas, en los ventosos promontorios. En oyendo sus voces,
acudieron muchos, quién por un lado y quién por otro, y parándose junto a la
cueva, le preguntaron qué le angustiaba: —¿Por qué tan enojado, oh
Polifemo, gritas de semejante modo en la divina noche, despertándonos a todos?
¿Acaso algún hombre se lleva tus ovejas mal de tu grado? ¿O, por ventura, te
matan con engaño o con fuerza? Respondióles desde la
cueva el robusto Polifemo: Y ellos le contestaron con
estas aladas palabras: Apenas acabaron de hablar,
se fueron todos; y yo me reí en mi corazón de cómo mi nombre y mi excelente
artificio les había engañado. El Ciclope, gimiendo por los grandes dolores que
padecía, anduvo a tientas, quitó el peñasco de la puerta y se sentó a la
entrada, tendiendo los brazos por si lograba echar mano a alguien que saliera
con las ovejas; ¡tan mentecato esperaba que yo fuese! Mas yo meditaba cómo
pudiera aquel lance acabar mejor y si hallaría algún arbitrio para librar de la
muerte a mis compañeros y a mí mismo. Revolví toda clase de engaños y de
artificios, como que se trataba de la vida y un gran mal era inminente, y al fin
parecióme la mejor resolución la que voy a decir. Había unos carneros bien
alimentados, hermosos, grandes, de espesa y obscura lana; y, sin desplegar los
labios, los até de tres en tres, entrelazando mimbres de aquellos sobre los
cuales dormía el monstruoso e injusto Ciclope: y así el del centro llevaba a un
hombre y los otros dos iban a entre ambos lados para que salvaran a mis
compañeros. Tres carneros llevaban por
tanto, a cada varón; mas yo viendo que había otro carnero que sobresalía entre
todas las reses, lo así por la espalda, me deslicé al vedijudo vientre y me
quedé agarrado con ambas manos a la abundantísima lana, manteniéndome en esta
postura con ánimo paciente. Así, profiriendo suspiros, aguardamos la aparición
de la divina Aurora. Cuando se descubrió la
hija de la mañana, Eos de rosáceos dedos, los machos salieron presurosos a
pacer, y las hembras, como no se las había ordeñado, balaban en el corral con
las tetas retesadas. Su amo, afligido por los dolores, palpaba el lomo a todas
las reses que estaban de pie, y el simple no advirtió que mis compañeros iban
atados a los pechos de los vedijudos animales. El último en tomar el camino de
la puerta fue mi carnero, cargado de su lana y de mí mismo, que pensaba en
muchas cosas. Y el robusto Polifemo lo palpó y así le dijo: —¡Carnero querido! ¿Por
qué sales de la gruta el postrero del rebaño? Nunca te quedaste detrás de las
ovejas, sino que, andando a buen paso pacías el primero las tiernas flores de la
hierba, llegabas el primero a las corrientes de los ríos y eras quien primero
deseaba volver al establo al caer de la tarde; mas ahora vienes, por el
contrario, el último de todos. Sin duda echarás de menos el ojo de tu señor, a
quien cegó un hombre malvado con sus perniciosos compañeros, perturbándole las
mentes con el vino. Nadie, pero me figuro que aun no se ha librado de una
terrible muerte. ¡Si tuvieras mis sentimientos y pudieses hablar, para indicarme
dónde evita mi furor! Pronto su cerebro, molido a golpes, se esparciría acá y
acullá por el suelo de la gruta, y mi corazón se aliviaría de los daños que me
ha causado ese despreciable Nadie. Diciendo así, dejó el
carnero y lo echó afuera. Cuando estuvimos algo apartados de la cueva y del
corral, soltéme del carnero y desaté a los amigos. Al punto antecogimos aquellas
gordas reses de gráciles piernas y, dando muchos rodeos, llegamos por fin a la
nave. Nuestros compañeros se
alegraron de vernos a nosotros, que nos habíamos librado de la muerte, y
empezaron a gemir y a sollozar por los demás. Pero yo haciéndoles una señal con
las cejas, les prohibí el llanto y les mandé que cargaran presto en la nave
muchas de aquellas reses de hermoso vellón y volviéramos a surcar el agua
salobre. Embarcáronse en seguida y, sentándose por orden en los bancos, tornaron
a batir con los remos el espumoso mar. Y, en estando tan lejos
cuanto se deja oír un hombre que grita, hablé al Ciclope con estas mordaces
palabras: —¡Ciclope! No debías
emplear tu gran fuerza para comerte en la honda gruta a los amigos de un varón
indefenso. Las consecuencias de tus malas acciones habían de alcanzarte, oh
cruel, ya que no temiste devorar a tus huéspedes en tu misma morada; por eso
Zeus y los demás dioses te han castigado. Así le dije; y él,
airándose más en su corazón, arrancó la cumbre de una gran montaña, arrojóla
delante de nuestra embarcación de azulada proa, y poco faltó para que no diese
en la extremidad del gobernalle. Agitóse el mar por la caída del peñasco y las
olas, al refluir desde el ponto, empujaron la nave hacia el continente y la
llevaron a tierra firme. Pero yo, asiendo con ambas manos un larguísimo botador,
echéla al mar y ordené a mis compañeros, haciéndoles con la cabeza silenciosa
señal, que apretaran con los remos a fin de librarnos de aquel peligro.
Encorváronse todos y empezaron a remar. Mas, al hallarnos dentro del mar, a una
distancia doble de la de antes, hablé al Ciclope, a pesar de que mis compañeros
me rodeaban y pretendían disuadirme con suaves palabras unos por un lado y otros
por el opuesto: —¡Desgraciado! ¿Por qué
quieres irritar a ese hombre feroz que con lo que tiró al ponto hizo volver la
nave a tierra firme donde creíamos encontrar la muerte? Si oyera que alguien da
voces o habla, nos aplastaría la cabeza y el maderamen del barco, arrojándonos
áspero peñón. ¡Tan lejos llegan sus tiros! Así se expresaban. Mas no
lograron quebrantar la firmeza de mi corazón magnánimo; y, con el corazón
irritado, le hablé otra vez con estas palabras: —¡Ciclope! Si alguno de
los mortales hombres te pregunta la causa de tu vergonzosa ceguera, dile que
quien te privó del ojo fue Odiseo, el asolador de ciudades, hijo de Laertes, que
tiene su casa en Itaca. Así dije: y él, dando un
suspiro, respondió: Habló, pues, de esta
suerte; y le contesté diciendo: —¡Así pudiera quitarte el
alma y la vida, y enviarte a la morada de Hades, como ni el mismo dios que
sacude la tierra te curará el ojo! Así dije. Y el Ciclope oró
en seguida al soberano Poseidón alzando las manos al estrellado cielo: —¡Oyeme, Poseidón que
ciñes la tierra, dios de cerúlea cabellera! Si en verdad soy tuyo y tú te
glorias de ser mi padre, concédeme que Odiseo, asolador de ciudades, hijo de
Laertes, que tiene su casa en Itaca, no vuelva nunca a su palacio. Mas si le
está destinado que ha de ver a los suyos y volver a su bien construida casa y a
su patria, sea tarde y mal, en nave ajena, después de perder todos los
compañeros, y se encuentre con nuevas cuitas en su morada! Así dijo rogando, y le oyó
el dios de cerúlea cabellera. Acto seguido tomó el Ciclope un peñasco mucho
mayor que el de antes, lo despidió, haciendo voltear con fuerza inmensa,
arrojóse detrás de nuestro bajel de azulada proa, y poco faltó para que no diese
en la extremidad del gobernalle. Agitóse el mar por la caída del peñasco, y las
olas, empujando la embarcación hacia adelante, hiciéronla llegar a tierra firme. Así que arribamos a la
isla donde estaban juntos los restantes navíos, de muchos bancos, y en su
contorno los compañeros que nos aguardaban llorando, saltamos a la orilla del
mar y sacamos la nave a la arena. Y, tomando de la cóncava embarcación las reses
del Ciclope, nos las repartimos de modo que ninguno se quedara sin su parte. En
esta partición que se hizo del ganado, mis compañeros, de hermosas grebas,
asignáronme el carnero, además de lo que me correspondía; y yo lo sacrifiqué en
la playa a Zeus Cronida, que amontona las nubes y sobre todos reina, quemando en
su obsequio ambos muslos. Pero el dios, sin hacer caso del sacrificio, meditaba
como podrían llegar a perderse todas mis naves de muchos bancos con los fieles
compañeros. Y ya todo el día, hasta la
puesta del sol, estuvimos sentados, comiendo carne en abundancia y bebiendo
dulce vino. Cuando el sol se puso y sobrevino la obscuridad, nos acostamos en la
orilla del mar. Pero, apenas se descubrió
la hija de la mañana, Eos de rosáceos dedos, ordené a mis compañeros que
subieran a la nave y desataran las amarras. Embarcáronse prestamente y,
sentándose por orden en los bancos, tornaron a batir con los remos el espumoso
mar. Desde allí seguimos
adelante, con el corazón triste, escapando gustosos de la muerte, aunque
perdimos algunos compañeros.
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