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CANTO VIII
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1 |
No bien se descubrió
la hija de la mañana, Eos de rosáceos dedos, levantáronse de la cama la
sacra potestad de Alcínoo y Odiseo, del linaje de Zeus, asolador de
ciudades. La sacra potestad de Alcínoo se puso al frente de los demás, y
juntos se encaminaron al ágora que los feacios habían construido cerca
de las naves. Tan luego como llegaron, sentáronse en unas piedras
pulidas, los unos al lado de los otros; mientras Palas Atenea,
transfigurada en heraldo del prudente Alcínoo, recorría la ciudad y
pensaba en la vuelta del magnánimo Odiseo a su patria. Y la diosa,
allegándose a cada varón, decíales estas palabras:
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11 |
—¡Ea, caudillo, y
príncipes de los feacios! Id al ágora para que oigáis hablar del
forastero que no ha mucho llegó a la casa del prudente Alcínoo, después
de andar errante por el ponto, y es un varón que se asemeja por su
cuerpo a los inmortales.
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15 |
Diciendo así,
movíales el corazón y el ánimo. El ágora y los asientos llenáronse bien
presto de varones que se iban juntando, y eran en gran número los que
contemplaban con admiración al prudente hijo de Laertes, pues Atenea
esparció mil gracias por la cabeza y los hombros de Odiseo e hizo que
pareciese más alto y más grueso para que a todos los feacios les fuera
grato, temible y venerable, y llevara a término los muchos juegos con
que éstos habían de probarlo. Y no bien acudieron los ciudadanos, una
vez reunidos todos, Alcínoo les arengó de esta manera:
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26 |
—¡Oídme, caudillos y
príncipes de los feacios, y os diré lo que en el pecho mi corazón me
dicta! Este forastero, que no sé quién es, llegó errante a mi palacio
-ya venga de los hombres de Oriente ya de los de Occidente- y nos
suplica con mucha insistencia que tomemos la firme resolución de
acompañarlo a su patria. Apresurémonos, pues, a conducirle, como
anteriormente lo hicimos con tantos otros; ya que ninguno de los que
vinieron a mi casa hubo de estar largo tiempo suspirando por la vuelta.
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34 |
Ea, pues, echemos al
mar divino una negra nave sin estrenar y escójanse de entre el pueblo
los cincuenta y dos mancebos que hasta aquí hayan sido los más
excelentes. Y, atando bien los remos a los bancos, salgan de la
embarcación y aparejen en seguida un convite en mi palacio; que a todos
lo he de dar muy abundante. Esto mando a los jóvenes; pero vosotros,
reyes portadores de cetro, venid a mi hermosa mansión para que
festejemos en la sala a nuestro huésped. Nadie se me niegue. Y llamad a
Demódoco, el divino aedo a quien los númenes otorgaron gran maestría en
el canto para deleitar a los hombres, siempre que a cantar le incita su
ánimo.
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46 |
Cuando así hubo
hablado, comenzó a caminar: siguiéronle los reyes, portadores de cetro,
y el heraldo fue a llamar al divinal aedo. Los cincuenta y dos jóvenes
elegidos, cumpliendo la orden del rey, enderezaron a la ribera del
estéril mar; y, en llegando a donde estaba la negra embarcación,
echáronla al mar profundo, pusieron el mástil y el velamen, y ataron los
remos con correas, haciéndolo todo de conveniente manera. Extendieron
después las blancas velas, anclaron la nave donde el agua era profunda,
y acto continuo se fueron a la gran casa del prudente Alcínoo.
Llenáronse los pórticos, el recinto de los patios y las salas con los
hombres que allí se congregaron; pues eran muchos, entre jóvenes y
ancianos. Para ellos inmoló Alcínoo doce ovejas, ocho puercos de albos
dientes y dos flexípedes bueyes: todos fueron desollados y preparados, y
aparejóse una agradable comida.
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62 |
Presentóse el heraldo
con el amable aedo a quien la Musa quería extremadamente y le había dado
un bien y un mal: privóle de la vista, pero le concedió el dulce canto.
Pontónoo le puso en medio de los convidados una silla de clavazón de
plata, arrimándola a excelsa columna; y el heraldo le colgó de un clavo
la melodiosa cítara más arriba de la cabeza, enseñóle a tomarla con las
manos y le acercó un canastillo, una linda mesa y una copa de vino para
que bebiese siempre que su ánimo se lo aconsejara. Todos echaron mano a
las viandas que tenían delante.
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71 |
Y apenas saciado el
deseo de comer y de beber, la Musa excitó al aedo a que celebrase la
gloria de los guerreros con un cantar cuya fama llegaba entonces al
anchuroso cielo: la disputa de Odiseo y del Pelida Aquileo, quienes en
el suntuoso banquete en honor de los dioses contendieron con horribles
palabras, mientras el rey de los hombres Agamemnón se regocijaba en su
ánimo al ver que reñían los mejores de los aqueos; pues Febo Apolo se lo
había pronosticado en la divina Pito, cuando el héroe pasó el umbral de
piedra y fue a consultarle, diciéndole que desde aquel punto comenzaría
a desarrollarse la calamidad entre teucros y dánaos por la decisión del
gran Zeus.
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83 |
Tal era lo que
cantaba el ínclito aedo. Odiseo tomó con sus robustas manos el gran
manto de color de púrpura y se lo echó por encima de la cabeza,
cubriendo su faz hermosa, pues dábale vergüenza que brotaran lágrimas de
sus ojos delante de los feacios; y así que el divinal aedo dejó de
cantar, enjugóse las lágrimas, se quitó el manto de la cabeza y, asiendo
una copa doble, hizo libaciones a las deidades. Pero, cuando aquel
volvió a comenzar -habiéndole pedido los más nobles feacios que cantase,
porque se deleitaban con sus relatos- Odiseo se cubrió nuevamente la
cabeza y tornó a llorar. A todos les pasó inadvertido que derramara
lágrimas menos a Alcínoo; el cual, sentado junto a él, lo reparó y notó,
oyendo asimismo que suspiraba profundamente. Y entonces dijo el rey a
los feacios, amantes de manejar los remos:
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97 |
—¡Oídme, caudillos y
príncipes de los feacios! Como ya hemos gozado del común banquete y de
la cítara, que es la compañera del festín espléndido, salgamos a probar
toda clase de juegos; para que el huésped participe a sus amigos,
después que se haya restituido a la patria, cuánto superamos a los demás
hombres en el pugilato, lucha, salto y carrera.
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104 |
Cuando así hubo
hablado, comenzó a caminar, y los demás lo siguieron. El heraldo colgó
del clavo la melodiosa cítara y, asiendo de la mano a Demódoco, lo sacó
de la casa y lo fue guiando por el mismo camino por donde iban los
nobles feacios a admirar los juegos. Encamináronse todos al ágora,
seguidos de una turba numerosa, inmensa; y allí se pusieron en pie
muchos y vigorosos jóvenes. Levantáronse Acróneo, Ocíalo, Elatreo,
Nauteo, Primneo, Anquíalo, Eretmeo, Ponteo, Proreo, Toón, Anabesíneo y
Anfíalo, hijo de Políneo Tectónida; levantóse también Euríalo, igual a
Ares, funesto a los mortales, y Naubólides, el más excelente en cuerpo y
hermosura de todos los feacios después del intachable Laodamante; y
alzáronse, por fin, los tres hijos del egregio Alcínoo: Laodamante,
Halio y Clitoneo, parecido a un dios. Empezaron a competir en la
carrera.
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120 |
Partieron
simultáneamente de la raya, y volaban ligeros y levantando polvo por la
llanura. Entre ellos descollaba mucho en el correr el eximio Clitoneo, y
cuan largo es el surco que abren dos mulas en campo noval, tanto se
adelantó a los demás, que le seguían rezagados. Salieron a desafió otros
en la fatigosa lucha, y Euríalo venció a cuantos en ella sobresalían. En
el salto fue Anfíalo superior a los demás; en arrojar el disco señalóse
Elatreo sobre todos; y en el pugilato, Laodamante, el buen hijo de
Alcínoo. Y cuando todos hubieron recreado su ánimo con los juegos,
Laodamante, hijo de Alcínoo, hablóles de esta suerte:
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133 |
—Venid, amigos, y
preguntemos al huésped si conoce o ha aprendido algún juego. Que no
tiene mala presencia, a juzgar por su naturaleza, por sus muslos,
piernas y brazos, por su robusta cerviz y por su gran vigor, ni le ha
desamparado todavía la juventud; aunque está quebrantado por muchos
males, pues no creo que haya cosa alguna que pueda compararse con el mar
para abatir a un hombre por fuerte que sea.
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140 |
Euríalo le contestó
en seguida:
—¡Laodamante! Muy oportunas son tus razones. Ve tú mismo y provócale
repitiéndoselas.
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143 |
Apenas lo oyó,
adelantóse el buen hijo de Alcínoo, púsose en medio de todos y dijo a
Odiseo:
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145 |
—Ea, padre huésped,
ven tú también a probar la mano en los juegos, si aprendiste alguno; y
debes de conocerlos, que no hay gloria más ilustre para el varón en esta
vida, que la de campear por las obras de sus pies o de sus manos. Ea
pues, ven a ejercitarte y echa del alma las penas, pues tu viaje no se
diferirá mucho: ya la nave ha sido botada y los que te han de acompañar
están prestos.
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152 |
Respondióle el
ingenioso Odiseo:
—¡Laodamante! ¿Por qué me ordenáis tales cosas para hacerme burla? Más
que en los juegos ocúpase mi alma en sus penas, que son muchísimas las
que he padecido y arrostrado. Y ahora, anhelando volver a la patria, me
siento en vuestra ágora, para suplicar al rey y a todo el pueblo.
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158 |
Mas Euríalo le
contestó, echándole en cara este baldón:
—¡Huésped! No creo, en verdad, que seas varón instruido en los muchos
juegos que se usan entre los hombres; antes pareces capitán de marineros
traficantes, sepultado asiduamente en la nave de muchos bancos para
cuidar de la carga y vigilar las mercancías y el lucro debido a las
rapiñas. No, no tienes traza de atleta.
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165 |
Mirándole con torva
faz, le repuso el ingenioso Odiseo:
¡Huésped! Mal hablaste y me pareces un insensato. Los dioses no han
repartido de igual modo a todos los hombres sus amables presentes:
hermosura, ingenio y elocuencia. Hombre hay que, inferior por su
aspecto, recibe de una deidad el adorno de la facundia y ya todos se
complacen en mirarlo, cuando los arenga con firme voz y suave modestia,
y le contemplan como a un numen si por la ciudad anda; mientras que, por
el contrario, otro se parece a los inmortales por su exterior y no tiene
donaire alguno en sus dichos. Así tu aspecto es distinguido y un dios no
te habría configurado de otra suerte; mas tu inteligencia es ruda. Me
has movido el ánimo en el pecho con decirme cosas inconvenientes. No soy
ignorante en los juegos, como tu afirmas, antes pienso que me podían
contar entre los primeros mientras tuve confianza en mi juventud y en
mis manos. Ahora me hallo agobiado por la desgracia y las fatigas, pues
he tenido que sufrir mucho, ya combatiendo con los hombres, ya surcando
las temibles olas. Pero aun así, siquiera haya padecido gran copia de
males, probaré la mano en los juegos: tus palabras fueron mordaces y me
incitaste al proferirlas.
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186
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Dijo; y, levantándose
impetuosamente sin dejar el manto, tomó un disco mayor, más grueso y
mucho más pesado que el que solían tirar los feacios. Hízole dar algunas
vueltas, despidiólo del robusto brazo, y la piedra partió silbando y con
tal ímpetu que los feacios, ilustres navegantes que usan largos remos se
inclinaron al suelo. El disco, corriendo veloz desde que lo soltó la
mano, pasó las señales de todos los tiros. Y Atenea, transfigurada en
varón, puso la conveniente señal y así les dijo:
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195 |
—Hasta un ciego, oh
huésped, distinguiría a tientas la señal de tu golpe, porque no está
mezclada con la multitud de las otras, sino mucho más allá. En ese juego
puedes estar tranquilo que ninguno de los feacios llegará a tu golpe y
mucho menos logrará pasarlo.
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199 |
Así habló. Regocijóse
el paciente divinal Odiseo, holgándose de haber dado, dentro del circo,
con un compañero benévolo. Y entonces dijo a los feacios, con voz ya mas
suave:
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202 |
—Llegad a esta señal,
oh jóvenes, y espero que pronto enviaré otro disco o tan lejos o más
aun. Y en los restantes juegos, aquel a quien le impulse el corazón y el
ánimo a probarse conmigo, venga acá -ya que me habéis encolerizado
fuertemente-, pues en el pugilato, la lucha o la carrera, a nadie rehuso
de entre todos los feacios a excepción del mismo Laodamante, que es mi
huésped: ¿quien lucharía con el que le acoge amistosamente? Insensato y
miserable es el que provoca en los juegos al que le ha recibido como
huésped en tierra extraña, pues con ello a sí mismo se perjudica.
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212 |
De los demás a
ninguno rechazo ni desprecio, sino que mi ánimo es conocerlos y probarme
con todos frente a frente; pues no soy completamente inepto para cuantos
juegos se hallan en uso entre los hombres. Sé manejar bien el pulido
arco, y sería quien primero hiriese a un hombre, si lo disparara contra
una turba de enemigos, aunque gran número de compañeros estuviesen a mi
lado, tirándoles flechas. El único que lograba vencerme, cuando los
aqueos nos servíamos del arco allá en el pueblo de los troyanos, era
Filoctetes; mas yo os aseguro que les llevo gran ventaja a todos los
demás, a cuantos mortales viven actualmente y comen pan en el mundo,
pues no me atreviera a competir con los antiguos varones -ni con
Heracles, ni con Eurito ecaliense- que hasta con los inmortales
contendían con el arco. Por ello murió el gran Eurito en edad temprana y
no pudo llegar a viejo en su palacio: lo mató Apolo, irritado de que le
desafiase a tirar con el arco. Tan sólo en el correr temería que alguno
de los feacios me superara, pues me quebrantaron de deplorable manera
muchísimas olas, no siempre tuve provisiones en la nave, y mis miembros
están desfallecidos.
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234 |
Así habló. Todos
enmudecieron y quedaron silenciosos. Y solamente Alcínoo le contestó
diciendo:
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236 |
—¡Huésped! No nos
desplacieron tus palabras, ya que con ellas te propusiste mostrar el
valor que tienes, enojado de que ese hombre te increpase dentro del
circo, siendo así que ningún mortal que pensara razonablemente pondría
tacha a tu bravura. Mas ahora, presta atención a mis palabras, para que,
cuando estés en tu casa y comiendo con tu esposa y tus hijos te acuerdes
de nuestra destreza, puedas referir a algún otro héroe que obras nos
asignó Zeus desde nuestros antepasados. No somos irreprensibles púgiles
ni luchadores, sino muy ligeros en el correr y excelentes en gobernar
las naves; y siempre nos placen los convites, la cítara, los bailes, las
vestiduras limpias, los baños calientes y la cama.
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250 |
Pero, ea danzadores
feacios, salid los más hábiles a bailar; para que el huésped diga a sus
amigos, al volver a su morada, cuánto sobrepujamos a los demás hombres
en la navegación, la carrera, el baile y el canto. Y vaya alguno en
busca de la cítara, que quedó en nuestro palacio, y tráigala presto a
Demódoco.
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256 |
Así dijo el deiforme
Alcínoo. Levantóse el heraldo y fue a traer del palacio del rey la hueca
cítara. Alzáronse también nueve jueces, que habían sido elegidos entre
los ciudadanos y cuidaban de todo lo relativo a los juegos; y al
instante allanaron el piso y formaron un ancho y hermoso corro. Volvió
el heraldo y trajo la melodiosa cítara a Demódoco; éste se puso en
medio, y los adolescentes hábiles en la danza, habiéndose colocado a su
alrededor, hirieron con los pies el divinal circo. Y Odiseo contemplaba
con gran admiración los rápidos y deslumbradores movimientos que con los
pies hacían.
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266 |
Mas el aedo, pulsando
la cítara, empezó a cantar hermosamente los amores de Ares y Afrodita,
la de bella corona: cómo se unieron a hurto y por vez primera en casa de
Hefesto, y cómo aquel hizo muchos regalos e infamó el lecho marital del
soberano dios. Helios, que vio el amoroso acceso, fue en seguida a
contárselo a Hefesto; y éste, al oír la punzante nueva, se encaminó a su
fragua, agitando en lo íntimo de su alma ardides siniestros, puso encima
del tajo el enorme yunque, y fabricó unos hilos inquebrantables para que
permanecieran firmes donde los dejara. Después que, poseído de cólera
contra Ares, construyó esta trampa, fuese a la habitación en que tenía
el lecho y extendió los hilos en círculo y por todas partes alrededor de
los pies de la cama y colgando de las vigas; como tenues hilos de araña
que nadie hubiese podido ver, aunque fuera alguno de los bienaventurados
dioses, por haberlos labrado aquél con gran artificio. Y no bien acabó
de sujetar la trampa en torno de la cama, fingió que se encaminaba a
Lemnos, ciudad bien construida, que es para él la más agradable de todas
las tierras. No en balde estaba al acecho Ares, que usa áureas riendas;
y cuando vio que Hefesto, el ilustre artífice, se alejaba, fuese al
palacio de este ínclito dios, ávido del amor de
Citerea, la de
hermosa corona. Afrodita, recién venida de junto a su padre, el
prepotente Cronión, se hallaba sentada; y Ares, entrando en la casa,
tomóla de la mano y así le dijo:
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292 |
"Ven al lecho, amada
mía, y acostémonos; que ya Hefesto no está entre nosotros, pues partió
sin duda hacia Lemnos y los sinties de bárbaro lenguaje"
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295 |
Así se expresó; y a
ella parecióle grato acostarse. Metiéronse ambos en la cama, y se
extendieron a su alrededor los lazos artificiosos del prudente Hefesto,
de tal suerte que aquéllos no podían mover ni levantar ninguno de sus
miembros; y entonces comprendieron que no había medio de escapar. No
tardó en presentárseles el ínclito Cojo de ambos pies, que se volvió
antes de llegar a la tierra de Lemnos, porque Helios estaba en acecho y
fue a avisarle. Encaminóse a su casa con el corazón triste, detúvose en
el umbral y, poseído de feroz cólera, gritó de un modo tan horrible que
le oyeron todos los dioses:
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306 |
"¡Padre Zeus,
bienaventurados y sempiternos dioses! Venid a presenciar estas cosas
ridículas e intolerables: Afrodita, hija de Zeus, me infama de continuo,
a mi, que soy cojo, queriendo al pernicioso Ares porque es gallardo y
tiene los pies sanos, mientras que yo nací débil; mas de ello nadie
tiene la culpa sino mis padres, que no debieron haberme engendrado.
Veréis cómo se han acostado, en mi lecho y duermen, amorosamente unidos,
y yo me angustio al contemplarlo. Mas no espero que les dure el yacer de
este modo, ni siquiera breves instantes, aunque mucho se amen: pronto
querrán entrambos no dormir, pero los engañosos lazos los sujetarán
hasta que el padre me restituya íntegra la dote que le entregué por su
hija desvergonzada. Que ésta es hermosa, pero no sabe contenerse." Así
dijo; y los dioses se juntaron en la morada de pavimento de bronce.
Compareció Poseidón, que ciñe la tierra; presentóse también el benéfico
Hermes; llegó asimismo el soberano Apolo, que hiere de lejos. Las diosas
quedáronse, por pudor, cada una en su casa. Detuviéronse los dioses,
dadores de los bienes, en el umbral; y una risa inextinguible se alzó
entre los bienaventurados númenes al ver el artificio del ingenioso
Hefesto. Y uno de ellos dijo al que tenía más cerca:
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329 |
"No prosperan las
malas acciones y el más tardo alcanza al más ágil; como ahora Hefesto,
que es cojo y lento, aprisionó con su artificio a Ares, el más veloz de
los dioses que poseen el Olimpo; quien tendrá que pagarle la multa del
adulterio."
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333 |
Así éstos
conversaban. Mas el soberano Apolo, hijo de Zeus, habló a Hermes de esta
manera:
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335 |
"¡Hermes, hijo de
Zeus, mensajero, dador de bienes! ¿Querrías, preso en fuertes vínculos,
dormir en la cama con la áurea Afrodita?"
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338 |
Respondióle el
mensajero Argifontes:
"¡Ojalá sucediera lo que has dicho, oh soberano Apolo, que hieres de
lejos! ¡Envolviéranme triple número de inextricables vínculos, y
vosotros los dioses y aun las diosas todas me estuvierais mirando, con
tal que yo durmiese con la áurea Afrodita!"
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343 |
Así se expreso; y
alzóse nueva risa entre los inmortales dioses. Pero Poseidón no se reía,
sino que suplicaba continuamente a Hefesto, el ilustre artífice, que
pusiera en libertad a Ares. Y, hablándole, estas aladas palabras le
decía:
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347 |
"Desátale, que yo te
prometo que pagará, como lo mandas, cuanto sea justo entre los
inmortales dioses."
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349 |
Replicóle entonces el
ínclito Cojo de ambos pies:
"No me ordenes semejante cosa, oh Poseidón que ciñes la tierra, pues son
malas las cauciones que por los malos se prestan ¿Cómo te podría
apremiar yo ante los inmortales dioses, si Ares se fuera suelto y, libre
ya de los vínculos, rehusara satisfacer la deuda?"
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354 |
Contestó Poseidón,
que sacude la tierra:
"Si Ares huyere, rehusando satisfacer la deuda, yo mismo te lo pagaré
todo."
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357 |
Respondióle el
ínclito Cojo de ambos pies:
"No es posible, ni sería conveniente negarte lo que pides."
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359 |
Dicho esto, la fuerza
de Hefesto les quitó los lazos. Ellos al verse libres de los mismos, que
tan recios eran, se levantaron sin tardanza y fuéronse él a Tracia y la
risueña Afrodita a Chipre y
Pafos, donde tiene un bosque y un perfumado altar. Allí las Cárites
la lavaron, la ungieron con el aceite divino que hermosea a los
sempiternos dioses y le pusieron lindas vestiduras que dejaban admirado
a quien las contemplaba.
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367 |
Tal era lo que
cantaba el ínclito aedo, y holgábase de oírlo Odiseo y los feacios, que
usan largos remos y son ilustres navegantes.
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370 |
Alcínoo mandó
entonces que Halio y Laodamante bailaran solos, pues con ellos no
competía nadie. Al momento tomaron en sus manos una linda pelota de
color de púrpura, que les había hecho el habilidoso Pólibo; y el uno,
echándose hacia atrás, la arrojaba a las sombrías nubes, y el otro,
dando un salto, la cogía fácilmente antes de volver a tocar con sus pies
el suelo. Tan pronto como se probaron en tirar la pelota rectamente,
pusiéronse a bailar en la fértil tierra, alternando con frecuencia.
Aplaudieron los demás jóvenes que estaban en el circo, y se promovió una
recia gritería. Y entonces el divinal Odiseo habló a Alcínoo de esta
manera:
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382 |
—¡Rey Alcínoo, el más
esclarecido de todos los ciudadanos! Prometiste demostrar que vuestros
danzadores son excelentes y lo has cumplido. Atónito me quedo al
contemplarlos.
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385 |
Así dijo. Alegróse la
sacra potestad de Alcínoo y al punto habló así a los feacios, amantes de
manejar los remos:
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387 |
—¡Oíd, caudillos y
príncipes de los feacios! Paréceme el huésped muy sensato. Ea, pues
ofrezcámosle los dones de la hospitalidad, que esto es lo que cumple.
Doce preclaros reyes gobernáis como príncipes la población y yo soy el
treceno: traiga cada uno un manto bien lavado, una túnica y un talento
de precioso oro; y vayamos todos juntos a llevárselo al huésped para
que, al verlo en sus manos, asista a la cena con el corazón alegre. Y
apacígüelo Euríalo con palabras y un regalo, porque no habló de
conveniente modo.
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398 |
Así les arengó. Todos
lo aplaudieron, y poniéndolo por obra, Enviaron a sus respectivos
heraldos para que les trajeran los presentes. Y Euríalo respondió de
esta suerte:
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401 |
—¡Rey Alcínoo, el más
preclaro de todos los ciudadanos! Yo apaciguaré al huésped, como lo
mandas, y le daré esta espada de bronce, que tiene la empuñadura de
plata y en torno suyo una vaina de marfil recién cortado. Será un
presente muy digno de tal persona.
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406 |
Diciendo así, puso en
las manos de Odiseo la espada guarnecida de argénteos clavos y pronunció
estas aladas palabras:
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408 |
—¡Salud, padre
huésped! Si alguna de mis palabras te ha molestado, llévensela cuanto
antes los impetuosos torbellinos. Y las deidades te permitan ver
nuevamente a tu esposa y llegar a tu patria, ya que hace tanto tiempo
que padeces trabajos lejos de los tuyos.
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412 |
Respondióle el
ingenioso Odiseo:
—¡Muchas saludes te doy también amigo! Los dioses te concedan
felicidades y ojalá que nunca eches de menos esta espada de que me haces
presente, después de apaciguarme con tus palabras.
|
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416 |
Dijo y echóse al
hombro aquella espada guarnecida de argénteos clavos. Al ponerse el sol,
ya Odiseo tenía delante de sí los hermosos presentes. Introdujéronlos en
la casa de Alcínoo los conspicuos heraldos e hiciéronse cargo de ellos
los vástagos del ilustre rey, quienes transportaron los bellísimos
regalos adonde estaba su veneranda madre.
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421 |
Volvieron todos al
palacio precedidos por la sacra potestad de Alcínoo y sentáronse en
elevadas sillas. Y entonces la potestad de Alcínoo dijo a Arete:
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424 |
—Trae, mujer, un arca
muy hermosa, la que mejor sea; y mete en la misma un manto bien lavado y
una túnica. Poned al fuego una caldera de bronce y calentad agua para
que el huésped se lave y, viendo colocados por orden cuantos presentes
acaban de traerle los eximios feacios, se regocije con el banquete y el
canto del aedo. Y yo le daré mi hermosísima copa de oro, a fin de que se
acuerde de mi todos los días al ofrecer en su casa libaciones a Zeus y a
los restantes dioses.
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433 |
Así dijo. Arete mandó
a las esclavas que pusiesen en seguida un gran trípode al fuego. Ellas
llevaron al ardiente fuego un trípode que servía para los baños, echaron
agua en la caldera y recogiendo leña, encendiéronla debajo. Las llamas
rodearon el vientre de la caldera y calentóse el agua. Entre tanto sacó
Arete de su habitación un arca muy hermosa y puso en la misma los bellos
dones -vestiduras y oro- que habían traído los feacios, y además un
manto y una hermosa túnica. Y seguidamente habló al héroe con estas
aladas palabras:
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443 |
—Examina tú mismo la
tapa y échale pronto un nudo; no sea que te hurten alguna cosa en el
camino, cuando en la negra nave estés entregado al dulce sueño.
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446 |
Apenas oyó estas
palabras el paciente divinal Odiseo, encajó la tapa y le echó un
complicado nudo que le enseñó a hacer la veneranda Circe. Acto seguido
invitóle la despensera a bañarse en una pila y Odiseo vio con agrado el
baño caliente, porque no cuidaba de su persona desde que partió de la
casa de Calipso, la de los hermosos cabellos; que en ella estuvo siempre
atendido como un dios. Y lavado ya y ungido con aceite por las esclavas,
que le pusieron una túnica y un hermoso manto, salió y fuese hacia los
hombres, bebedores de vino, que allí estaban, pero Nausícaa, a quien las
deidades habían dotado de belleza, paróse ante la columna que sostenía
el techo sólidamente construido, se admiró al clavar los ojos en Odiseo
y le dijo estas aladas palabras:
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461 |
—Salve, huésped, para
que en alguna ocasión, cuando estés de vuelta en tu patria, te acuerdes
de mi; que me debes antes que a nadie el rescate de tu vida.
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463 |
Respondióle el
ingenioso Odiseo:
—¡Nausícaa, hija del magnánimo Alcínoo! Concédame Zeus, el tonante
esposo de Hera, que llegue a mi casa y vea el día de mi regreso; que
allí te invocaré todos los días, como a una diosa, porque fuiste tú, oh
doncella, quien me salvó la vida.
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469 |
Dijo, y fue a
sentarse junto al rey Alcínoo, cuando ya se distribuían las porciones y
se mezclaba el vino. Presentóse el heraldo con el amable aedo Demódoco,
tan honrado por la gente, y le hizo sentar en medio de los convidados,
arrimándolo a excelsa columna. Y entonces el ingenioso Odiseo, cortando
una tajada del espinazo de un puerco de blancos dientes, del cual
quedaba aún la mayor parte y estaba cubierto de abundante grasa, habló
al heraldo de esta manera:
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477 |
—¡Heraldo! Toma,
llévale esta carne a Demódoco para que coma y así le obsequiaré, aunque
estoy afligido; que a los aedos por doquier les tributan honor y
reverencia los hombres terrestres, porque la Musa les ha enseñado el
canto y los ama a todos.
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482 |
Así dijo; y el
heraldo puso la carne en las manos del héroe Demódoco, quien, al
recibirla, sintió que se le alegraba el alma. Todos echaron mano a las
viandas que tenían delante. Y cuando hubieron satisfecho las ganas de
beber y de comer, el ingenioso Odiseo habló a Demódoco de esta manera:
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487 |
—¡Demódoco! Yo te
alabo más que a otro mortal cualquiera, pues deben de haberte enseñado
la Musa, hijo de Zeus, o el mismo Apolo, a juzgar por lo primorosamente
que cantas el azar de los aqueos y todo lo que llevaron a cabo,
padecieron y soportaron como si tú en persona lo hubieras visto o se lo
hubieses oído referir a alguno de ellos. Mas, ea, pasa a otro asunto y
canta como estaba dispuesto el caballo de madera construido por Epeo con
la ayuda de Atenea; maquina engañosa que el divinal Odiseo llevó a la
acrópolis, después de llenarla con los guerreros que arruinaron a Troya.
Si esto lo cuentas como se debe, yo diré a todos los hombres que una
deidad benévola te concedió el divino canto.
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499 |
Así habló y el aedo,
movido por divinal impulso, entonó un canto cuyo comienzo era que los
argivos diéronse a la mar en sus naves de muchos bancos, después de
haber incendiado el campamento, mientras algunos ya se hallaban con el
celebérrimo Odiseo en el ágora de los teucros, ocultos por el caballo
que éstos mismos llevaron arrastrando hasta la acrópolis.
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502 |
El caballo estaba en
pie, y los teucros, sentados a su alrededor, decían muy confusas razones
y vacilaban en la elección de uno de estos tres pareceres; hender el
vacío leño con el cruel bronce, subirlo a una altura y despeñarlo, o
dejar el gran simulacro como ofrenda propiciatoria a los dioses; esta
última resolución debía prevalecer, porque era fatal que la ciudad se
arruinase cuando tuviera dentro aquel enorme caballo de madera donde
estaban los más valientes argivos, que causaron a los teucros el estrago
y la muerte.
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514 |
Cantó cómo los
aqueos, saliendo del caballo y dejando la hueca emboscada, asolaron la
ciudad; cantó asimismo cómo, dispersos unos por un lado y otros por
otro, iban devastando la excelsa urbe, mientras que Odiseo, cual si
fuese Ares, tomaba el camino de la casa de Deífobo, juntamente con el
deiforme Menelao. Y refirió cómo aquél había osado sostener un terrible
combate, del cual alcanzó Victoria por el favor de la magnánima Atenea.
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521 |
Tal fue lo que cantó
el eximio aedo; y en tanto consumíase Odiseo, y las lágrimas manaban de
sus párpados y le regaban las mejillas. De la suerte que una mujer
llora, abrazada a su marido, que cayó delante de su población y de su
gente para que se libraran del día cruel la ciudad y los hijos -al verlo
moribundo y palpitante se le echa encima y profiere agudos gritos, los
contrarios la golpean con las picas en el dorso y en las espaldas
trayéndole la esclavitud a fin de que padezca trabajos e infortunios, y
el dolor miserando deshace sus mejillas- de semejante
manera Odiseo derramaba de sus ojos tantas |
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lágrimas que movían a
compasión. A todos les pasó inadvertido que vertiera lágrimas, menos a
Alcínoo: el cual, sentado junto a él, lo advirtió y notó, oyendo
asimismo que suspiraba profundamente. Y en seguida dijo a los feacios,
amantes de manejar los remos:
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536 |
—¡Oídme, caudillos y
príncipes de los feacios. Cese Demódoco de tocar la melodiosa cítara,
pues quizás lo que canta no les sea grato a todos los oyentes. Desde que
empezamos la cena y se levantó el divinal aedo, el huésped no ha dejado
de verter doloroso llanto; sin duda le vino al alma algún pesar. Mas,
ea, cese aquél para que nos regocijemos todos, así los albergadores del
huésped como el huésped mismo; que es lo mejor que se puede hacer, ya
que por el venerable huésped se han preparado estas cosas, su conducción
y los dones que le hemos hecho en demostración de aprecio. Como a un
hermano debe tratar al huésped y al suplicante, quien tenga un poco de
sensatez. Y así, no has de ocultar tampoco con astuto designio lo que
voy a preguntarte, sino que será mucho mejor que lo manifiestes. Dime el
nombre con que allá te llamaban tu padre y tu madre, los habitantes de
la ciudad y los vecinos de los alrededores; que ningún hombre bueno o
malo deja de tener el suyo desde que nace, porque los padres lo imponen
a cuantos engendran. Nómbrame también tu país, tu pueblo y tu ciudad,
para que nuestros bajeles, proponiéndose cumplir tu propósito con su
inteligencia, te conduzcan allá pues entre los feacios no hay pilotos,
ni sus naves están provistas de timones como los restantes barcos, sino
que ya saben ellas los pensamientos y el querer de los hombres, conocen
las ciudades y los fértiles campos de todos los países, atraviesan
rápidamente el abismo del mar, aunque cualquier vapor o niebla las
cubra, y no sienten temor alguno de recibir daño o de perderse; si bien
oí decir a mi padre Nausítoo que Poseidón nos mira con malos ojos porque
conducimos sin recibir daño a todos los hombres, y afirmaba que el dios
haría naufragar en el obscuro ponto un bien construido bajel de los
feacios, al volver de conducir a alguien, y cubriría la vista de la
ciudad con una gran montaña. Así se expresaba el anciano, mas el dios lo
cumplirá o no, según le plegue.
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572 |
Ea, habla y cuéntame
sinceramente por dónde anduviste perdido y a qué regiones llegaste
especificando qué gentes y que ciudades bien pobladas había en ellas;
así como también cuáles hombres eran crueles, salvajes e injustos, y
cuáles hospitalarios y temerosos de los dioses. Dime por qué lloras y te
lamentas en tu ánimo cuando oyes referir el azar de los argivos, de los
dánaos y de Ilión. Diéronselo las deidades, que decretaron la muerte de
aquellos hombres para que sirvieran a los venideros de asunto para sus
cantos. ¿Acaso perdiste delante de Ilión algún deudo como tu yerno
ilustre o tu suegro, que son las personas más queridas después de las
ligadas con nosotros por la sangre y el linaje? ¿O fue, por ventura, un
esforzado y agradable compañero, ya que no es inferior a un hermano el
compañero dotado de prudencia?
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