![]() |
![]() |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
CANTO XIII1Así dijo. Enmudecieron los
oyentes y, arrobados por el placer de escucharle, se quedaron silenciosos en el
obscuro palacio. Mas Alcínoo le respondió diciendo: —¡Oh, Odiseo! Pues
llegaste a mi mansión de pavimento de bronce y elevada techumbre, creo que
tornarás a tu patria sin tener que andar vagueando, aunque sean en tan gran
número los males que hasta ahora has padecido. Y dirigiéndome a vosotros todos,
los que siempre bebéis en mi palacio el negro vino de honor y oís al aedo, mirad
lo que os encargo: ya tiene el huésped en pulimentada arca vestiduras y oro
labrado y los demás presentes que los consejeros feacios le han traído, ea
démosle sendos trípodes grandes y calderos: y reunámonos después para hacer una
colecta por la población, porque sería difícil a cada uno de nosotros
obsequiarle con tal regalo, valiéndonos de sola nuestra posibilidad. Así les habló Alcínoo, y a
todos les pIugo cuanto dijo. Salieron entonces para acostarse en sus respectivas
casas. Y así que se descubrió la
hija de la mañana, Eos de rosáceos dedos, encamináronse diligentemente hacia la
nave, llevando a ella el varonil bronce. La sacra potestad de Alcínoo fue
también, y él mismo colocó los presentes debajo de los bancos: no fuera que se
dañara alguno de los hombres cuando, para mover la embarcación, aprestasen con
los remos. Acto continuo trasladáronse al palacio de Alcínoo y se ocuparon en
aparejar el convite. Para ellos la sacra
potestad de Alcínoo sacrificó un buey a Zeus Cronida, el dios de las sombrías
nubes, que reina sobre todos. Quemados los muslos, celebraron suntuoso festín, y
cantó el divinal aedo, Demódoco, tan honrado por el pueblo. Mas Odiseo volvía a
menudo la cabeza hacia el sol resplandeciente, con gran afán de que se pusiera,
pues ya anhelaba irse a su patria. Como el labrador apetece
la cena después de pasar el día rompiendo con la yunta de negros bueyes y el
sólido arado una tierra noval, se le pone el sol muy a su gusto para ir a comer,
y al andar, siente el cansancio en las rodillas; así con qué gozo vio Odiseo que
se ponía el sol. Y al momento, dirigiéndose
a los feacios, amantes de manejar los remos, y especialmente a Alcínoo, les
habló de esta manera: —¡Rey Alcínoo, el más
esclarecido de todos los ciudadanos! Ofreced las libaciones, despedidme sano y
salvo, y vosotros quedad con alegría. Ya se ha cumplido cuanto mi ánimo deseaba:
mi expedición y las amistosas dádivas; hagan los dioses celestiales que éstas
sean para mi dicha y que halle en mi palacio a mi irreprensible consorte e
incólumes a los amigos. Y vosotros, que os quedáis, sed el gozo de vuestras
legítimas mujeres y de vuestros hijos; los dioses os concedan toda clase de
bienes, y jamás a esta población le sobrevenga mal alguno. Así se expresó. Todos
aplaudieron sus palabras y aconsejaron que se llevase al huésped a su patria,
puesto que hablaba razonablemente. Y entonces la potestad de Alcínoo dijo al
heraldo: —¡Pontónoo! Mezcla el vino
en la cratera y distribúyelo a cuantos se hallan en la sala, a fin de que,
después de orar al padre Zeus, enviemos el huésped a su patria tierra. Así habló. Pontónoo mezcló
el vino dulce con la miel y lo sirvió a todos, ofreciéndoselo sucesivamente:
ellos lo libaban, desde sus mismos asientos, a los bienaventurados dioses que
poseen el anchuroso cielo; y el divinal Odiseo, levantándose, puso en las manos
de Arete una copa de doble asa, mientras le decía estas aladas palabras: —Sé constantemente
dichosa, oh reina, hasta que vengan la senectud y la muerte, de las cuales no se
libran los humanos. Yo me voy. Tú prosigue holgándote en esta casa con tus
hijos, el pueblo y el rey Alcínoo. Dicho esto, el divino
Odiseo transpuso el umbral. La potestad de Alcínoo le hizo acompañar por un
heraldo que lo condujese a la velera nave, a la orilla del mar. Y Arete le envió también
algunas esclavas: cuál le llevaba un manto muy limpio y una túnica; cuál, una
sólida arca; y cuál otra, pan y rojo vino. Cuando hubieron llegado a
la nave y al mar, los ilustres conductores, tomando estas cosas juntamente con
la bebida y los víveres, lo colocaron todo en la cóncava embarcación y tendieron
una colcha y una tela de lino sobre las tablas de la popa a fin de que Odiseo
pudiese dormir profundamente. Subió éste y acostóse en silencio. Los otros se
sentaron por orden en sus bancos, desataron de la piedra agujereada la amarra
del barco e inclinándose, azotaron el mar con los remos. Mientras caía en los
párpados de Odiseo un sueño profundo, suave, dulcísimo, muy semejante a la
muerte. Del modo que los caballos de una cuadriga se lanzan a correr en un
campo, a los golpes del látigo y galopando ligeros, terminan prontamente la
carrera, así se alzaba la popa del navío y dejaba tras sí muy agitadas las olas
purpúreas del estruendoso mar. Corría el bajel con un andar seguro e igual, y ni
el gavilán, que es el ave más ligera, hubiera atenido con él: así, corriendo con
tal rapidez, cortaba las olas del mar, pues llevaba consigo un varón que en el
consejo se parecía a los dioses; el cual tuvo el ánimo acongojado muchas veces,
ya combatiendo con los hombres, ya surcando las temibles ondas, pero entonces
dormía plácidamente, olvidado de cuanto había padecido. Cuando salía la más
rutilante estrella, la que de modo especial anuncia la luz de Eos, hija de la
mañana, entonces la nave, surcadora del ponto, llegó a la isla. Está en el país de Itaca
el puerto de
Forcis, el anciano del mar,
formado por dos orillas prominentes y escarpadas que convergen hacia las puntas
y protegen exteriormente las grandes olas contra los vientos de funesto soplo, y
en el interior las corvas naves, de muchos bancos, permanecen sin amarras así
que llegan al fondeadero. Al cabo del puerto está un olivo de largas hojas, y
muy cerca una gruta agradable, sombría, consagrada a las ninfas que náyades se
llaman. Hállanse allí crateras y ánforas de piedra donde las abejas fabrican los
panales. Allí pueden verse unos telares también de piedra, muy largos, donde
tejen las ninfas mantos de color de púrpura, encanto de la vista. Allí el agua
constantemente nace. Dos puertas tiene el antro: la una mira al Bóreas y es
accesible a los hombres; la otra, situada frente al Noto, es más divina, pues
por ella no entran hombres, siendo el camino de los inmortales. A este sitio, que ya con
anterioridad conocían, fueron a llegarse: y la embarcación andaba velozmente y
varó en la playa, saliendo del agua hasta la mitad. ¡Tales eran los remeros
por cuyas manos era conducida! Apenas hubieron saltado de la nave de hermosos
bancos en tierra firme, comenzaron sacando del cóncavo bajel a Odiseo con la
colcha espléndida y la tela de lino, y lo pusieron en la arena, entregado
todavía al sueño, y seguidamente desembarcando las riquezas que los ilustres le
habían dado al volver a su patria, gracias a la magnánima Atenea, las
amontonaron todas al pie del olivo, algo apartadas del camino: no fuera que
algún viandante se acercara a ellas en tanto Odiseo dormía y le hurtara algo.
Después de esto volviéronse los feacios a su país. Pero el que sacude la tierra
no olvidó las amenazas que desde un principio hizo a Odiseo, semejante a un
dios, y quiso explorar la voluntad de Zeus: —¡Padre Zeus! Ya no seré
honrado nunca entre los inmortales dioses, puesto que no me honran en lo más
mínimo ni tan siquiera los mortales, los feacios, que son de mi propia estirpe.
No dejaba de figurarme que Odiseo tornaría a su patria, aunque a costa de
multitud de infortunios, pues nunca le quité del todo que volviese, por
considerar que con tu asentimiento se lo habías prometido; mas los feacios,
llevándole por el ponto en velera nave, lo han dejado en Itaca, dormido, después
de hacerle innumerables regalos: bronce, oro en abundancia vestiduras tejidas, y
tantas cosas como nunca sacara de Troya si volviese indemne y después de lograr
la parte que del botín le correspondiera. Respondióle Zeus, que
amontona las nubes: —¡Ah, poderoso dios que
bates la tierra! ¡Qué dijiste! No te desprecian los dioses, que sería difícil
herir con el desprecio al más antiguo y más ilustre. Pero si deja de honrarte
alguno de los hombres, por confiar en sus fuerzas y en su poder, está en tu mano
tomar venganza. Obra, pues, como quieras y a tu ánimo le agrade. Contestóle Poseidón, que
sacude la tierra: —Al punto hubiera obrado
como me aconsejas, oh dios de las sombrías nubes, pero me espanta tu cólera y
procuro evitarla. Ahora quiero que naufrague en el obscuro ponto la bellísima
nave de los feacios que vuelve de conducir a aquél -con el fin de que en
adelante se abstengan y cesen de llevar a los hombres- y cubrir luego la vista
de la ciudad con una gran montaña. Repuso Zeus, que amontona
las nubes: —¡Oh querido! Tengo para
mi que lo mejor será que, cuando los ciudadanos están mirando desde la población
cómo el barco llega, lo tornes un Peñasco, junto a la costa, de suerte que
guarde la semejanza de una velera nave, para que todos los hombres se
maravillen, y cubras luego la vista de la ciudad con una gran montaña. Apenas lo oyó Poseidón,
que sacude la tierra, fuese a Esqueria, donde viven los feacios, y allí se
detuvo. La nave, surcadora del ponto, se acercó con rápido impulso, y el que
sacude la tierra, saliéndole al encuentro, la tornó un peñasco y de un puñetazo
hizo que echara raíces en el suelo, después de lo cual fuése a otra parte. Mientras tanto los
feacios, que usan largos remos y son ilustres navegantes, hablaban entre si con
aladas palabras. Y uno de ellos se expresó de esta suerte, dirigiéndose a su
vecino: —¡Ay! ¿Quién encadenó en
el ponto la velera nave que tornaba a la patria y ya se descubría toda? Así alguien decía, pues
ignoraba lo que había pasado. Entonces Alcínoo les arengó de esta manera: —¡Oh dioses! Cumpliéronse
las antiguas predicciones de mi padre, el cual solía decir que Poseidón nos
miraba con malos ojos porque conducíamos sin recibir daño a todos los hombres; y
aseguraba que el dios haría naufragar en el obscuro ponto una hermosísima nave
de los feacios, al volver de llevar a alguien, y cubriría la vista de la ciudad
con una gran montaña. Así lo afirmaba el anciano, y ahora todo se va cumpliendo.
Ea, hagamos lo que voy a decir. Absteneos de conducir los mortales que lleguen a
nuestra población y sacrifiquemos doce toros escogidos a Poseidón, para ver si
se apiada de nosotros y no nos cubre la vista de la ciudad con la enorme
montaña. Así habló. Entróles el
miedo y aparejaron los toros. Y mientras los caudillos y príncipes del pueblo
feacio oraban al soberano Poseidón, permaneciendo de pie en torno de su altar,
Odiseo recordó de su sueño en la tierra patria, de la cual había estado ausente
mucho tiempo, y no pudo reconocerla porque una diosa -Palas Atenea, hija de
Zeus- le cercó con una nube con el fin de hacerle incognoscible y enterarle de
todo: no fuese que su esposa, los ciudadanos y los amigos lo reconocieran antes
que los pretendientes pagaran por entero sus demasías. Por esta causa todo se le
presentaba al rey en otra forma, así los largos caminos, como los puertos
cómodos para fondear, las rocas escarpadas y los árboles florecientes. El héroe
se puso en pie y contempló la patria tierra; pero en seguida gimió y, bajando
los brazos golpeóse los muslos mientras suspiraba y decía de esta suerte. —¡Ay de mi! ¿Qué hombres
deben de habitar esta tierra a que he llegado? ¿Serán violentos, salvajes e
injustos, u hospitalarios y temerosos de los dioses? ¿Adónde podré llevar tantas
riquezas? ¿Adonde iré perdido? Ojalá me hubiese quedado allí, con los feacios,
pues entonces me llegara a otro de los magnánimos reyes, que, recibiéndome
amistosamente, me habría enviado a mi patria. Ahora no sé dónde poner las cosas,
ni he de dejarlas aquí: no vayan a ser presa de otros hombres. ¡Oh dioses! No
eran, pues, enteramente sensatos ni justos los caudillos y príncipes feacios, ya
que me traen a estotra tierra; dijeron que me conducirían a Itaca que se ve de
lejos, y no lo han cumplido. Castíguelos Zeus, el dios de los suplicantes, que
vigila a los hombres e impone castigos a cuantos pecan. Mas, ea, contaré y
examinaré estas riquezas: no se hayan llevado alguna cosa en la cóncava nave
cuando de aquí partieron. Hablando así contó los
bellísimos trípodes, los calderos, el oro y las hermosas vestiduras tejidas; y,
aunque nada echó de menos, lloraba por su patria tierra, arrastrándose en la
orilla del estruendoso mar y suspirando con mucha congoja. Acercósele entonces
Atenea en figura de un joven pastor de ovejas, tan delicado como el hijo de un
rey, que llevaba en los hombros un manto doble, hermosamente hecho; en los
nítidos pies, sandalias; y en la mano, una jabalina. Odiseo se holgó de verla,
salió a su encuentro y le dijo estas aladas palabras: —¡Amigo! Ya que te
encuentro a ti antes que a nadie en este lugar, ¡salud!, y ojalá no vengas con
mala intención para conmigo; antes bien, salva estas cosas y sálvame a mi mismo,
que yo te lo ruego como a un dios y me postro a tus plantas. Mas dime con verdad
para que yo me entere: ¿Qué tierra es esta? ¿Qué pueblo? ¿Qué hombres hay en la
comarca? ¿Estoy en una isla que se ve a distancia o en la ribera de un fértil
continente que hacia el mar se inclina? Atenea, la deidad de ojos
de lechuza; le respondió diciendo: —¡Forastero! Eres un
simple o vienes de lejos cuando me preguntas por esta tierra, cuyo nombre no es
tan obscuro, ya que la conocen muchísimos así de los que viven hacia el lado por
donde sale la aurora y el sol, como de los que moran en la otra parte, hacia el
tenebroso ocaso. Es, en verdad, áspera e impropia para la equitación; pero no
completamente estéril, aunque pequeña, pues produce trigo en abundancia y
también vino; nunca le falta ni la lluvia ni el fecundo rocío; es muy a
propósito para apacentar cabras y bueyes; cría bosques de todas clases, y tiene
abrevaderos que jamás se agotan. Por lo cual, oh forastero, el nombre de Itaca
llegó hasta Troya, que, según dicen, está muy apartada de la tierra aquea. Así habló. Alegróse el
paciente divinal Odiseo, holgándose de su tierra patria, a la que le nombraba
Palas Atenea, hija de Zeus, que lleva la égida; y pronunció en seguida estas
aladas palabras, ocultándole la verdad con hacerle un relato fingido, pues
siempre revolvía en su pecho trazas muy astutas: —Oí hablar de Itaca allá
en la espaciosa Creta, muy lejos, allende el ponto, y he llegado ahora con estas
riquezas. Otras tantas dejé a mis hijos ;y voy huyendo porque maté al hijo
querido de Idomeneo, a Orsíloco, el de los pies ligeros, que aventajaba en la
ligereza de los pies a los hombres industriosos de la vasta Creta, el cual deseó
privarme del botín de Troya por el que tantas fatigas había yo arrostrado, ya
combatiendo con los hombres, ya surcando las temibles olas, a causa de no haber
consentido en complacer a su padre, sirviéndole en el pueblo de los troyanos,
donde yo era caudillo de otros compañeros. Como en cierta ocasión aquél volviera
del campo, envainéle la broncínea lanza, habiéndole acechado con un amigo junto
a la senda: obscurísima noche cubría el cielo, ningún hombre fijó su atención en
nosotros y así quedó oculto que le hubiese dado muerte. Después que lo maté con
el agudo bronce, fuime hacía la nave de unos ilustres fenicios a quienes
supliqué y pedí, dándoles buena parte del botín, que me llevasen y me dejasen en
Pilos o en la divina Elide, donde ejercen su dominio los epeos. Mas la fuerza
del viento extraviólos, mal de su agrado, pues no querían engañarme: y,
errabundos, llegamos acá por la noche. Con mucha fatiga pudimos entrar en el
puerto a fuerza de remos; y, aunque muy necesitados de tomar alimento, nadie
pensó en la cena: desembarcamos todos y nos echamos en la playa. Entonces me
vino a mí, que estaba cansadísimo, un dulce sueño; sacaron aquéllos de la
cóncava nave mis riquezas, las dejaron en la arena donde me hallaba tendido y
volvieron a embarcarse para ir a la populosa Sidón; y yo me quedé aquí con el
corazón triste. Así se expresó. Sonrióse
Atenea, la deidad de ojos de lechuza, le halagó con la mano y transfigurándose
en una mujer hermosa, alta y diestra en eximias labores, le dijo estas aladas
palabras: —Astuto y falaz habría de
ser quien te aventajara en cualquier clase de engaños, aunque fuese un dios el
que te saliera al encuentro. ¡Temerario, artero, incansable en el dolo! ¿Ni aun
en tu patria habías de renunciar a los fraudes y a las palabras engañosas, que
siempre fueron de tu gusto? Mas, ea no se hable más de ello, que ambos somos
peritos en astucias; pues si tú sobresales mucho entre los hombres por tu
consejo y tus palabras, yo soy celebrada entre todas las deidades por mi
prudencia y mis astucias. Pero aun no has reconocido en mí a Palas Atenea, hija
de Zeus, que siempre te asisto y protejo en tus cuitas e hice que les fueras
agradable a todos los feacios. Vengo ahora a fraguar contigo un designio a
esconder cuantas riquezas te dieron los ilustres feacios por mi voluntad e
inspiración cuando viniste a la patria, y a revelarte todos los trabajos que has
de soportar fatalmente en tu morada bien construida: toléralos, ya que es
preciso, y no digas a ninguno de los hombres ni de las mujeres que llegaste
peregrinando; antes bien sufre en silencio los muchos pesares y aguanta las
violencias que te hicieron los hombres. Respondióle el ingenioso
Odiseo: —Difícil es, oh diosa, que
un mortal, al encontrarse contigo, logre conocerte, aunque fuere muy sabio,
porque tomas la figura que te place. Bien sé que me fuiste propicia mientras los
aqueos peleamos en Troya; pero después que arruinamos la excelsa ciudad de
Príamo, partimos en las naves y un dios dispersó a los aqueos, nunca te he
visto, oh hija de Zeus, ni he advertido que subieras a mi bajel para ahorrarme
ningún pesar. Por el contrario, anduve errante constantemente, teniendo en mi
pecho el corazón atravesado de dolor, hasta que los dioses me libraron del
infortunio; y tú, en el rico pueblo de los feacios, me confortaste con tus
palabras y me condujiste a la población. Ahora por tu padre te lo suplico -pues
no creo haber arribado a Itaca, que se ve desde lejos, sino que estoy en otra
tierra y que hablas de burlas para engañarme- dime si en verdad he llegado a mi
querida tierra. Contestóle Atenea, la
deidad de ojos de lechuza. —Siempre guardas en tu
pecho la misma cordura, y no puedo desampararte en la desgracia porque eres
afable, perspicaz y sensato. Cualquiera que volviese después de vagar tanto,
deseara ver en su palacio a los hijos y a la esposa; mas a ti no te place saber
de ellos ni preguntar por los mismos hasta que hayas probado a tu mujer, la cual
permanece en tu morada y consume los días y las noches tristemente, pues de
continuo está llorando. Yo jamás puse en duda, pues me constaba con certeza, que
volverías a tu patria después de perder todos los compañeros; mas no quise
luchar con Poseidón; mi tío paterno, cuyo ánimo se encolerizó e irritó contigo
porque le cegaste su caro hijo. Pero, ea, voy a mostrarte el suelo de Itaca para
que te convenzas. Este es el puerto de Forcis, el anciano del mar; aquél, el
olivo de largas hojas que existe al cabo del puerto; cerca del mismo se halla la
gruta deliciosa, sombría, consagrada a las ninfas que náyades se llaman; aquí
tienes la abovedada cueva donde sacrificabas a las ninfas gran número de
perfectas hecatombes; y allá puedes ver el Nérito, el frondoso monte. Cuando así hubo hablado,
la deidad disipó la nube, apareció el país y el paciente divinal Odiseo se
alegró, holgándose de su tierra, y besó el fértil suelo. Y acto continuo oró a
las ninfas, con las manos levantadas: —¡Ninfas náyades, hijas de
Zeus! Ya me figuraba que no os vería más. Ahora os saludo con tiernos votos y os
haremos ofrendas, como antes, si la hija de Zeus, la que impera en las batallas,
permite benévola que yo viva y vea crecer a mi hijo. Díjole entonces Atenea, la
deidad de ojos de lechuza: —Cobra ánimo y eso no te
dé cuidado. Pero metamos ahora mismo las riquezas en lo más hondo del divino
antro a fin de que las tengas seguras, y deliberemos para que todo se haga de la
mejor manera. Cuando así hubo hablado,
penetró la diosa en la sombría cueva y fue en busca de los escondrijos; y Odiseo
se fue llevando todas las cosas -el oro, el duro bronce y las vestiduras bien
hechas- que le habían regalado los feacios. Así que estuvieron
colocadas del modo más conveniente, Atenea, hija de Zeus que lleva la égida,
cerró la entrada con una piedra. Sentáronse después en las
raíces del sagrado olivo y deliberaron acerca del exterminio de los orgullosos
pretendientes. Atenea, la deidad de ojos de lechuza, fue quien rompió el
silencio pronunciando estas palabras: —¡Laertíada, del linaje de
Zeus! ¡Odiseo, fecundo en ardides! Piensa cómo pondrás las manos en los
desvergonzados pretendientes, que tres años ha mandan en tu palacio y solicitan
a tu divinal consorte, a la que ofrecen regalos de boda; mas ella, suspirando en
su ánimo por tu regreso, si bien a todos les da esperanzas y a cada uno le hace
promesas enviándole mensajes, revuelve en su espíritu muy distintos
pensamientos. El ingenioso Odiseo le
respondió diciendo: —¡Oh númenes! Sin duda iba
a perecer en el palacio con el mismo hado funesto de Agamemnón Atrida, si tú, oh
diosa, no me hubieses instruido convenientemente acerca de estas cosas. Mas, ea,
traza un plan para que los castigue y ponte a mi lado, infundiéndome fortaleza y
audacia, como en aquel tiempo en que destruimos las lucientes almenas de Troya.
Si con el mismo ardor de entonces me acompañases oh deidad de ojos de lechuza,
yo combatiría contra trescientos hombres, pero con tu ayuda, veneranda diosa,
siempre que benévola me socorrieres. Contestóle Atenea, la
deidad de ojos de lechuza: —Te asistiré ciertamente,
sin que me pases inadvertido cuando en tales cosas nos ocupemos y creo que
alguno de los pretendientes que te devoran tus bienes manchará con su sangre y
sus sesos el extensísimo pavimento. Mas, ea, voy a hacerte incognoscible para
todos los mortales: arrugaré el hermoso cutis de tus ágiles miembros, raeré de
tu cabeza los blondos cabellos, te pondré unos andrajos que causen horror al que
te vea y haré sarnosos tus ojos, antes tan lindos, para que les parezcas
despreciable a todos los pretendientes y a la esposa y al hijo que dejaste en tu
palacio. Llégate primero al porquerizo, al guardián de tus puercos, que te
quiere bien y adora a tu hijo y a la prudente Penelopea. Lo hallarás sentado
entre los puercos, los cuales pacen junto a la roca del Cuervo, en la fuente de
Aretusa, comiendo abundantes
bellotas y bebiendo aguas turbias, cosas ambas que hacen crecer en ellos la
floreciente grosura. Quédate allí de asiento e interrógale sobre cuanto deseares
mientras yo voy a Esparta, la de hermosas mujeres, y llamo a Telémaco, tu hijo,
oh Odiseo, que se fue junto a Menelao en la vasta Lacedemonia, para saber por la
fama si aún estabas vivo en alguna parte. Respondióle el ingenioso
Odiseo: —¿Y por qué no se lo
dijiste, ya que tu mente todo lo sabía? ¿Acaso para que también pase trabajos,
vagando por el estéril ponto, y los demás se le coman los bienes? Contestóle Atenea, la
deidad de ojos de lechuza: —Muy poco has de apurarte
por él. Yo misma le llevé para que, yendo allá, adquiriese ilustre fama; y no
padece trabajo alguno, sino que se está muy tranquilo en el palacio del Atrida,
teniéndolo todo en gran abundancia. Cierto que los jóvenes le acechan embarcados
en negro bajel, y quieren matarle cuando vuelva al patrio suelo; pero me parece
que no sucederá así y que antes la tierra tendrá en su seno a alguno de los
pretendientes que devoran lo tuyo. Dicho esto tocóle Atenea
con una varita. La diosa le arrugó el hermoso cutis en los ágiles miembros, le
rayó de la cabeza los blondos cabellos, púsole la piel de todo el cuerpo de tal
forma que parecía la de un anciano; hízole sarnosos los ojos, antes tan bellos;
vistióle unos andrajos y una túnica, que estaban rotos, sucios y manchados
feamente por el humo; le echó encima el cuero grande, sin pelambre ya, de una
veloz cierva; y le entregó un palo y un astroso zurrón lleno de agujeros con su
correa retorcida. Después de deliberar así se separaron, yéndose Atenea a la divinal Lacedemonia donde se hallaba el hijo de Odiseo.
|
|
|
||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
|
|
| Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato. | ||
| Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (c) 1996 - 2006 | ||