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CANTO XVIII 1Llegó entonces un mendigo
que andaba por todo el pueblo; el cual pedía limosna en la ciudad de Itaca, se
señalaba por su vientre glotón -por comer y beber incesantemente- y hallábase
falto de fuerza y de vigor, aunque tenía gran presencia. Arneo era su nombre, el
que al nacer le puso su veneranda madre; pero llamábanle Iro todos los jóvenes,
porque hacía los mandados que se le ordenaban. Intentó el tal sujeto, cuando
llegó, echar a Odiseo de su propia casa e insultóle con estas aladas palabras: —Retírate del umbral, oh
viejo, para que no hayas de verte muy pronto asido de un pie y arrastrado
afuera. No adviertes que todos me guiñan el ojo, instigándome a que te arrastre,
y no lo hago porque me da vergüenza? Mas, ea, álzate, si no quieres que en la
disputa lleguemos a las manos". Mirándole con torva faz,
le respondió el ingenioso Odiseo: —¡Infeliz! Ningún daño te
causo, ni de palabra ni de obra; ni me opongo a que te den, aunque sea mucho. En
este umbral hay sitio para entrambos y no has de envidiar las cosas de otro; me
parece que eres un guitón como yo y son las deidades quienes envían la
opulencia. Pero no me provoques demasiado a venir a las manos, ni excites mi
cólera: no sea que, viejo como soy, te llene de sangre el pecho y los labios; y
así gozaría mañana de mayor descanso, pues no creo que asegundaras la vuelta a
la mansión de Odiseo Laertíada. Contestóle, muy enojado,
el vagabundo Iro: —¡Oh, dioses! ¡Cuán
atropelladamente habla el glotón, que parece la vejezuela del horno! Algunas
cosas malas pudiera tramar contra él: golpeándole con mis brazos, le echaría
todos los dientes de las mandíbulas al suelo como a una marrana que destruye las
mieses. Cíñete ahora, a fin de que éstos nos juzguen en el combate. Pero ¿cómo
podrás luchar con un hombre más joven? De tal modo se zaherían
ambos con gran enojo en el pulimentado umbral, delante de las elevadas puertas.
Advirtiólo la sacra potestad de Antínoo y con dulce risa dijo a los
pretendientes: —¡Amigos! Jamás hubo una
diversión como la que un dios nos ha traído a esta casa. El forastero e Iro
riñen y están por venirse a las manos; hagamos que peleen cuanto antes. Así se expresó. Todos se
levantaron con gran risa y se pusieron alrededor de los andrajosos mendigos. Y
Antínoo, hijo de Eupites, díjoles de esta suerte: —Oíd, ilustres
pretendientes, lo que voy a proponeros. De los vientres de cabra que llenamos de
gordura y de sangre y pusimos a la lumbre para la cena, escoja el que quiera
aquel que salga vencedor por mas fuerte; y en lo sucesivo comerá con nosotros y
no dejaremos que entre ningún otro mendigo a pedir limosna. Así se expresó Antínoo y a
todos les plugo cuanto dijo. Pero el ingenioso Odiseo, meditando engaños,
hablóles de esta suerte: —¡Oh, amigos! Aunque no es
justo que un hombre viejo y abrumado por la desgracia luche con otro más joven,
el maléfico vientre me instiga a aceptar el combate para sucumbir a los golpes
que me dieren. Ea, pues, prometed todos con firme juramento que ninguno, para
socorrer a Iro, me golpeará con pesada mano, procediendo inicuamente y empleando
la fuerza para someterme a aquél. Así dijo, y todos juraron,
como se lo mandaba. Y tan pronto como hubieron acabado de prestar el juramento,
el esforzado y divinal Telémaco hablóles con estas palabras: —¡Huésped! Si tu corazón y
tu ánimo valiente te impulsan a quitar a ése de en medio, no temas a ningún otro
de los aqueos; pues con muchos tendría que luchar quien te pegare. Yo soy aquí
el que da hospitalidad, y aprueban mis palabras los reyes Antínoo y Eurímaco,
prudentes ambos. Así le dijo, y todos lo
aprobaron. Odiseo se ciñó los andrajos ocultando las partes verendas, y mostró
sus muslos hermosos y grandes; asimismo dejáronse ver las anchas espaldas, el
pecho y los fuertes brazos; y Atenea, poniéndose a su lado, acrecentóle los
miembros al pastor de hombres. Admiráronse muchísimo los pretendientes y uno de
ellos dijo al que tenía mas cercano: —Pronto a Iro, al
infortunado Iro, le alcanzará el mal que se buscó. ¡Tal muslo ha descubierto el
viejo, al quitarse los andrajos! Así decían; y a Iro se le
turbó el ánimo miserablemente. Mas con todo eso ciñéronle a viva fuerza los
criados, y sacáronlo lleno de temor, pues las carnes le temblaban en sus
miembros. Y Antínoo le reprendió, diciéndole de esta guisa: —Ojalá no existieras,
fanfarrón, ni hubieses nacido, puesto que tiemblas y temes de tal modo a un
viejo abrumado por el infortunio que le persigue. Lo que voy a decir se
cumplirá. Si ése quedare vencedor por tener más fuerza, te echaré en una negra
embarcación y te mandaré al continente al rey Equeto, plaga de todos los
mortales, que te cortará la nariz y las orejas con el cruel bronce y te
arrancará las vergüenzas para dárselas crudas a los perros. Así habló; y a Iro
crecióle el temblor que agitaba sus miembros. Condujéronlo al centro y entrambos
contendientes levantaron los brazos. Entonces pensó el paciente y divinal Odiseo
si le daría tal golpe a Iro que el alma se le fuera en cayendo a tierra, o le
daría con más suavidad, derribándolo al suelo. Y después de considerarlo bien,
le pareció que lo mejor sería pegarle suavemente, para no ser reconocido por los
aqueos. Alzados los brazos, Iro dio un golpe a Odiseo en el hombro derecho; y
Odiseo tal puñada a Iro en la cerviz, debajo de la oreja, que le quebrantó los
huesos allá en el interior y le hizo echar roja sangre por la boca; cayó Iro y,
tendido en el polvo, rechinó los dientes y pateó con los pies la tierra; y en
tanto los ilustres pretendientes levantaban los brazos y se morían de risa. Pero
Odiseo cogió a Iro del pie y arrastrándolo por el vestíbulo hasta llegar al
patio y a las puertas del pórtico, lo asentó recostándolo contra la cerca, le
puso un bastón en la mano y le dirigió estas aladas palabras: —Quédate ahí sentado para
ahuyentar a los puercos y a los canes; y no quieras, siendo tan ruin, ser el
señor de los huéspedes y de los pobres; no sea que te atraigas un daño aún peor
que el de ahora. Dijo, y colgándose del
hombro el astroso zurrón lleno de agujeros, con su cuerda retorcida, volvióse al
umbral y allí tomó asiento. Y entrando los demás, que se reían placenteramente,
le festejaron con estas palabras: —Zeus y los inmortales
dioses te den, oh huésped, lo que más anheles y a tu ánimo le sea grato, ya que
has conseguido que ese pordiosero insaciable deje de mendigar por el pueblo;
pues en seguida lo llevaremos al continente, al rey Equeto, plaga de todos los
mortales. Así dijeron; y el divinal
Odiseo holgó del presagio. Antínoo le puso delante un vientre grandísimo, lleno
de gordura y de sangre, y Anfínomo le sirvió dos panes, que sacó del canastillo,
ofrecióle vino en copa de oro, y le habló de esta manera: —¡Salve, padre huésped! Sé
dichoso en lo sucesivo, ya que ahora te abruman tantos males. Respondióle el ingenioso
Odiseo: —¡Anfínomo! Me pareces muy
discreto, como hijo de tal padre. Llegó a mis oídos la buena fama que el
duliquiense Niso gozaba de bravo y de rico; dicen que él te ha engendrado, y en
verdad que tu apariencia es la de un varón afable. Por esto voy a decirte una
cosa, y tú atiende y óyeme. La tierra no cría animal alguno inferior al hombre,
entre cuantos respiran y se mueven sobre el suelo. No se figura el hombre que
haya de padecer infortunios mientras las deidades le otorgan la felicidad y sus
rodillas se mueven; pero cuando los bienaventurados dioses le mandan la
desgracia, ha de cargar con ella mal de su grado, con ánimo paciente, pues es
tal el pensamiento de los terrestres varones, que se muda según el día que les
trae el padre de los hombres y de los dioses. También yo, en otro tiempo, tenía
que ser feliz entre los hombres; pero cometí repetidas maldades, aprovechándome
de mi fuerza y de mi poder y confiando en mi padre y en mis hermanos. Nadie, por
consiguiente, sea injusto en cosa alguna antes bien disfrute sin ruido las
dádivas que los númenes le deparen. Reparo que los pretendientes maquinan muchas
iniquidades consumiendo las posesiones y ultrajando a la esposa de un varón que
te aseguro que no estará largo tiempo apartado de sus amigos y de su patria,
porque ya se halla muy cerca de nosotros. Ojalá un dios te conduzca a tu casa y
no te encuentres con él cuando torne a la patria tierra; que no ha de ser
incruenta la lucha que entable con los pretendientes tan luego como vuelva a
vivir debajo de la techumbre de su morada. Así habló y hecha la
libación, bebió el dulce vino y puso nuevamente la copa en manos del príncipe de
hombres. Este se fue por la casa, con el corazón angustiado y meneando la
cabeza, pues su ánimo le presagiaba desventuras; aunque no por eso había de
librarse de la muerte, pues Atenea lo detuvo a fin de que cayera vencido por las
manos y la robusta lanza de Telémaco. Mas entonces volvióse a la silla que antes
había ocupado. Entre tanto Atenea, la
deidad de ojos de lechuza, puso en el corazón de la discreta Penelopea, hija de
Icario, el deseo de mostrarse a los pretendientes para que se les alegrará
grandemente el ánimo y fuese ella más honrada que nunca por su esposo y por su
hijo. Rióse Penelopea sin motivo y profirió estas palabras: —¡Eurínome! Mi ánimo desea
lo que antes no apetecía: que me muestre a los pretendientes, aunque a todos los
detesto. Quisiera hacerle a mi hijo una advertencia, que le será provechosa: que
no trate de continuo a estos soberbios que dicen buenas palabras y maquinan
acciones inicuas. Respondióle Eurínome, la
despensera: —Si, hija, es muy oportuno
cuanto acabas de decir. Ve, hazle a tu hijo esa advertencia y nada le ocultes,
pero antes lava tu cuerpo y unge tus mejillas: no te presentes con el rostro
afeado por las lágrimas que es malísima cosa afligirse siempre y sin descanso,
ahora que tu hijo ya tiene la edad que anhelabas cuando pedías a las deidades
que pudieses verle barbilucio. Respondióle la discreta
Penelopea: —¡Eurínome! Aunque andes
solícita de mi bien, no me aconsejes tales cosas -que lave mi cuerpo y me unja
con aceite-, pues destruyeron mi beleza los dioses que habitan el Olimpo cuando
aquél se fue en las cóncavas naves. Pero manda que Autónoe e Hipodamia vengan y
me acompañarán por el palacio; que sola no iría adonde están los hombres, porque
me da vergüenza. Así habló; y la vieja se
fue por el palacio a decirlo a las mujeres y mandarles que se presentaran. Entonces Atenea, la deidad
de ojos de lechuza, ordenó otra cosa. Infundióle dulce sueño a la hija de
Icario, que se quedó recostada en el lecho y todas las articulaciones se le
relajaron; acto continuo la divina entre las diosas la favoreció con inmortales
dones, para que la admiraran los aqueos; primeramente le lavó la bella faz con
ambrosía, que aumenta la hermosura, del mismo modo que se unge Citerea, la de
linda corona, cuando va al amable coro de las Cárites; y luego hizo que
pareciese más alta y más gruesa, y que su blancura aventajara la del marfil
recientemente labrado. Después de lo cual, partió
la divina entre las diosas. Llegaron del interior de
la casa hablando, las doncellas de níveos brazos, y el dulce sueño dejó a
Penelopea, que se enjugó las mejillas con las manos y habló de esta manera: —Blando sopor se apoderó
de mi, que estoy tan apenada. Ojalá que ahora mismo me diera la casta Artemis
una muerte tan dulce, para que no tuviese que consumir mi vida lamentándome en
mi corazón y echando de menos las cualidades de toda especie que adornaban a mi
esposo, el más señalado de todos los aqueos. Diciendo así, bajó del
magnífico aposento superior, no yendo sola, sino acompañada de dos esclavas.
Cuando la divina entre las mujeres hubo llegado adonde estaban los
pretendientes, paróse ante la columna que sostenía el techo sólidamente
construido con las mejillas cubiertas por espléndido velo y una honrada doncella
a cada lado. Los pretendientes sintieron flaquear sus rodillas, fascinada su
alma por el amor, y todos deseaban acostarse con Penelopea en su mismo lecho. Mas ella habló de esta
suerte a Telémaco, su hijo amado: —¡Telémaco! Ya no tienes
ni firmeza de voluntad ni juicio. Cuando estabas en la niñez, revolvías en tu
inteligencia pensamientos más sensatos; pero ahora que eres mayor por haber
llegado a la flor de la juventud, y que un extranjero, al contemplar tu estatura
y tu belleza, consideraría dichoso al varón de quien eres prole, no muestras ni
recta voluntad ni tampoco juicio. ¡Qué acción no se ha ejecutado en esta sala,
donde permitiste que se maltratara a un huésped de semejante modo! ¿Qué sucederá
si el huésped que se halla en nuestra morada es blanco de una vejación tan
penosa? La vergüenza y el oprobio caerán sobre ti, a la faz de todos los
hombres. Respondióle el prudente
Telémaco: —¡Madre mía! No me causa
indignación que estés irritada, mas ya en mi ánimo conozco y entiendo muchas
cosas buenas y malas, pues hasta ahora he sido un niño. Esto no obstante, me es
imposible resolverlo todo prudentemente, porque me turban los que se sientan en
torno mío, pensando cosas inicuas, y no tengo quien me auxilie. El combate del
huésped con Iro no se efectuó, por haberlo acordado los pretendientes y fue
aquél quien tuvo más fuerza. Ojalá ¡oh padre Zeus, Atenea, Apolo!, que los
pretendientes ya hubieran sido vencidos en este palacio y se hallaran, unos en
el patio y otros dentro de la sala, con la cabeza caída y los miembros
relajados, del mismo modo que Iro, sentado a la puerta del patio, mueve la
cabeza como un ebrio y no logra ponerse en pie ni volver a su morada por donde
solía ir, porque tiene los miembros relajados. Así éstos conversaban. Y
Eurímaco habló con estas palabras a Penelopea: —¡Hija de Icario!
¡Discreta Penelopea ! Si todos los
aqueos te viesen
en Argos de Yaso, muchos más serían los pretendientes que desde el amanecer
celebrasen banquetes en tu palacio, porque sobresales entre las mujeres por su
belleza, por tu talle y por tu buen juicio. Contestóle la discreta
Penelopea: —¡Eurímaco! Mis atractivos
-la hermosura y la gracia de mi cuerpo- destruyéronlos los inmortales cuando los
argivos partieron para Ilión, y se fue con ellos mi esposo Odiseo. Si éste,
volviendo, cuidara de mi vida, mayor y más bella sería mi gloria. Ahora estoy
angustiada por tantos males como me envió algún dios. Por cierto que Odiseo, al
dejar la tierra patria, me tomó por la diestra y me habló de esta guisa: "¡Oh mujer! No creo que
todos los aqueos de hermosas grebas tornen de Troya sanos y salvos pues dicen
que los teucros son belicosos, sumamente hábiles en tirar dardos y flechas, y
peritos en montar carros de veloces corceles, que suelen decidir muy pronto la
suerte de un empeñado y dudoso combate. No sé, por tanto, si algún dios me
dejará volver o sucumbir en Troya. Todo lo de aquí quedará a tu cuidado;
acuérdate, mientras estés en el palacio, de mi padre y de mi madre, como lo
haces ahora o más aún durante mi ausencia; y así que notes que a nuestro hijo le
asoma la barba, cásate con quien quieras y desampara esta morada." Así habló
aquél y todo se va cumpliendo. Vendrá la noche en que ha de celebrarse el
casamiento tan odioso para mí, ¡oh infeliz!, a quien Zeus ha privado de toda
ventura. Pero un pesar terrible me llega al corazón y al alma, porque antes de
ahora no se portaban de tal modo los pretendientes. Los que pretenden a una
mujer ilustre, hija de un hombre opulento, y compiten entre sí por alcanzarla,
traen bueyes y pingües ovejas para dar convite a los amigos de la novia, hácenle
espléndidos regalos y no devoran impunemente los bienes ajenos. Así dijo, y el paciente
divinal Odiseo se holgó de que les sacase regalos y les lisonjeara el ánimo con
dulces palabras, cuando era tan diferente lo que en su inteligencia revolvía. Respondióle Antínoo, hijo
de Eupites: —¡Hija de Icario!
¡Prudente Penelopea! Admite los regalos que cualquiera de los aqueos te trajere,
porque no está bien que se rehuse una dádiva; pero nosotros ni volveremos a
nuestros campos, ni nos iremos a parte alguna, hasta que te cases con quien sea
el mejor de los aqueos. Así se expresó Antínoo; a
todos les plugo cuanto dijo, y cada uno envió su propio heraldo para que le
trajese los presentes. El de Antínoo le trajo un pleplo grande, hermosísimo,
bordado, que tenía doce hebillas de oro sujetas por sendos anillos muy bien
retorcidos. El de Eurímaco le presentó luego un collar magníficamente labrado,
de oro engastado en electro, que parecía un sol. Dos servidores le trajeron a
Euridamante unos pendientes de tres piedras preciosas grandes como ojos,
espléndidas, de gracioso brillo. Un siervo trajo de la casa del príncipe
Pisandro Polictórida un collar, que era un adorno bellísimo, y otros aqueos
mandaron a su vez otros regalos. Y la divina entre las mujeres volvió luego a la
estancia superior con las esclavas, que se llevaron los magníficos presentes. Los pretendientes
volvieron a solazarse con la danza y el deleitoso canto, aguardando que llegase
la noche. Sobrevino la obscura noche cuando aún se divertían, y entonces
colocaron en la sala tres tederos para que alumbrasen, amontonaron a su
alrededor leña seca cortada desde mucho tiempo, muy dura, y partida
recientemente con el bronce, mezclaron teas con la misma, y las esclavas de
Odiseo, de ánimo paciente, cuidaban por turno de mantener el fuego. A ellas el
ingenioso Odiseo, del linaje de Zeus, les dijo de esta suerte: —¡Mozas de Odiseo, del rey
que se halla ausente desde largo tiempo! Idos a la habitación de la venerable
reina y dad vueltas a los husos y alegradla, sentadas en su estancia, o cardad
lana con vuestras manos, que yo cuidaré de alumbrarles a todos los que están
aquí. Pues aunque deseen esperar a Eos de hermoso trono, no me cansarán, que
estoy habituado a sufrir mucho. Así dijo; ellas se rieron,
mirándose las unas a las otras, e increpóle groseramente Melanto, la de bellas
mejillas, a la cual engendró Dolio y crió y educó Penelopea como a hija suya,
dándole cuanto le pudiese recrear el ánimo; mas con todo eso, no compartía los
pesares de Penelopea y se juntaba con Eurímaco, de quien era amante. Esta, pues, zahirió a
Odiseo con injuriosas palabras: —¡Miserable forastero!
Estás falto de juicio y en vez de irte a dormir a una herrería o a la Lesque,
hablas aquí largamente y con audacia ante tantos varones sin que el ánimo se te
turbe: o el vino te trastornó el seso, o tienes este genio, y tal es la causa de
que digas necedades. ¿Acaso te desvanece la victoria que conseguiste contra el
vagabundo Iro? Mira no se levante de súbito alguno más valiente que Iro, que te
golpee la cabeza con su mano robusta y te arroje de la casa, llenándote de
sangre. Mirándola con torva faz,
exclamó el ingenioso Odiseo: —Voy ahora mismo a
contarle a Telémaco lo que dices, ¡perra!, para que aquí mismo te despedace. Diciendo así espantó con
sus palabras a las mujeres. Fuéronse éstas por la casa, y las piernas les
flaqueaban del gran temor, pues figurábanse que había hablado seriamente. Y
Odiseo se quedó junto a los encendidos tederos, cuidando de mantener la lumbre y
dirigiendo la vista a los que allí estaban, mientras en su pecho revolvía otros
pensamientos que no dejaron de llevarse al cabo. Pero tampoco permitió
Atenea aquella vez que los ilustres pretendientes se abstuvieran del todo de la
dolorosa injuria, a fin de que el pesar atormentara aún más el corazón de Odiseo
Laertíada. Y Eurímaco, hijo de Pólibo, comenzó a hablar para hacer mofa de
Odiseo, causándoles risa a sus compañeros: —¡Oídme, pretendientes de
la ilustre reina, para que os manifieste lo que en el pecho el ánimo me ordena
deciros! No sin la voluntad de los dioses vino ese hombre a la casa de Odiseo.
Paréceme como si el resplandor de las antorchas saliese de él y de su cabeza, en
la cual ya no queda cabello alguno. Dijo; y luego habló de
esta manera a Odiseo, asolador de ciudades: —¡Huésped! ¡Querrías
servirme en un rincón de mis campos, si te tomase a jornal -y te lo diera muy
cumplido- atando setos y plantando árboles grandes? Yo te facilitaría pan todo
el año, y vestidos, y calzado para tus pies. Mas como ya eres ducho en malas
obras, no querrás aplicarte al trabajo, sino tan sólo pedir limosna por la
población a fin de poder llenar tu vientre insaciable. Respondióle el ingenioso
Odiseo: —¡Eurímaco! Si nosotros
hubiéramos de competir sobre el trabajo de la siega en la estación vernal,
cuando los días son más largos, y yo tuviese una bien corvada hoz y tu otra tal
para probarnos en la faena, y nos quedáramos en ayunas hasta el anochecer, y la
hierba no faltara; o si conviniera guiar unos magníficos bueyes de luciente
pelaje, grandes, hartos de hierba, parejos en la edad, de una carga, cuyo vigor
no fuera menguado, para la labranza de un campo de cuatro jornales y de tan buen
tempero que los terrones cediesen al arado: veríasme rompiendo un no
interrumpido surco. Y de igual modo, si el Cronión suscitara hoy una guerra en
cualquier parte y yo tuviese un escudo, dos lanzas y un casco de bronce que se
adaptara a mis sienes, veríasme mezclado con los que mejor y más adelante
lucharan, y ya no me increparías por mi vientre como ahora. Pero tú te portas
con gran insolencia, tienes ánimo cruel y quizás presumas de grande y fuerte,
porque estás entre pocos y no de los mejores. Si Odiseo tornara y volviera a su
patria, estas puertas tan anchas te serían angostas cuando salieses huyendo por
el zaguán. Así habló. Irritóse
Eurímaco todavía más en su corazón y encarándole la torva vista, le dijo estas
aladas palabras: —¡Ah, miserable! Pronto he
de imponerte el castigo que mereces por la audacia con que hablas ante tantos
varones y sin que tu ánimo se turbe: o el vino te trastornó el seso, o tienes
este natural, y tal es la causa de que digas necedades. ¿Te desvanece acaso la
victoria que conseguiste contra el vagabundo Iro? En acabando de hablar,
cogió un escabel; pero, como Odiseo, temiéndole, se sentara en las rodillas del
duliquiense Anfínomo, acertó al copero en la mano derecha; el jarro de éste cayó
a tierra con gran estrépito, y él fue a dar, gritando, de espaldas en el polvo.
Los pretendientes movían alboroto en la obscura sala, y uno de ellos dijo al que
tenía mas cerca: —Ojalá acabara sus días el
forastero, vagando por otros lugares antes que viniese; y así no hubiera
originado este gran tumulto. Ahora disputamos por los mendigos; y ni en el
banquete se hallará placer alguno porque prevalece lo peor. Y el esforzado y divinal
Telémaco les habló diciendo: —¡Desgraciados! Os volvéis
locos y vuestro ánimo ya no puede disimular los efectos de la comida y del vino:
algún dios os excita sin duda. Mas, ya que comisteis bien, vaya cada cual a
recogerse a su casa, cuando el ánimo se lo aconseje; que yo no pienso echar a
nadie. Esto les dijo; y todos se
mordieron los labios, admirándose de que Telémaco les hablase con tanta audacia.
Y Anfínomo, el preclaro hijo del rey Niso Aretíada, les arengó de esta manera: —¡Amigos! Nadie Se irrite
oponiendo contrarias razones al dicho justo de Telémaco; y no maltratéis al
huésped, ni a ninguno de los esclavos que moran en la casa del divino Odiseo;
Mas ea, comience el escanciano a repartir las copas para que, en haciendo la
libación, nos vayamos a recoger en nuestras casas y dejaremos que el huésped se
quede en el palacio de Odiseo, al cuidado de Telémaco, ya que a la morada de
éste enderezó el camino. Así habló; y el discurso les plugo a todos. El héroe Mulio, heraldo duliquiense y criado de Anfínomo, mezcló la bebida en una cratera, y sirvióla a cuantos se hallaban presentes, llevándosela por su orden: y ellos después de ofrecer la libación a los bienaventurados dioses, bebieron el dulce vino. Mas después que hubieron libado y bebido cuanto desearon, cada cual se fue a acostar a su propia casa.
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