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CANTO XX1Acostóse a su vez el
divinal Odiseo en el vestíbulo de la casa: tendió la piel cruda de buey, echó
encima otras muchas pieles de ovejas sacrificadas por los aqueos, y, tan pronto
como se tendió, cobijóle Eurínome con un manto. Mientras Odiseo estaba echado en
vela, y discurría males contra los pretendientes, salieron del palacio, riendo y
bromeando unas con otras, las mujeres que con ellos solían juntarse. El héroe
sintió conmovérsele el ánimo en el pecho, y revolvió muchas cosas en su mente y
en su corazón, pues se hallaba indeciso entre arremeter a las criadas y matarlas
o dejar que por la última y postrera vez se uniesen con los orgullosos
pretendientes; y en tanto el corazón desde dentro le ladraba. Como la perra que
anda alrededor de sus tiernos cachorrillos ladra y desea acometer cuando ve a un
hombre a quien no conoce, así, al presenciar con indignación aquellas malas
acciones, ladraba interiormente el corazón de Odiseo. Y éste, dándose de golpes
en el pecho, reprendiólo con semejantes palabras: —¡Aguanta corazón, que
algo más vergonzoso hubiste de soportar aquel día en que el Ciclope de fuerza
indómita, me devoraba los esforzados compañeros; y tú lo toleraste, hasta que mi
astucia nos sacó del antro donde nos dábamos por muertos! Así dijo, increpando en su
pecho al corazón sufrido y obediente; más Odiseo revolvíase ya a un lado ya al
opuesto. Así como, cuando un hombre asa a un grande y encendido fuego un vientre
repleto de gordura y de sangre, le da vueltas acá y acullá con el propósito de
acabar pronto; así se revolvía Odiseo a una y otra parte, mientras pensaba de
qué manera conseguiría poner las manos en los desvergonzados pretendientes,
hallándose solo contra tantos. Pero acercósele Atenea, que había descendido del
cielo; y, transfigurándose en mujer, se detuvo sobre su cabeza y le habló
diciendo: —¿Por qué velas todavía,
oh desdichado sobre todos los varones? Esta es tu casa y tienes dentro a tu
mujer y a tu hijo, que es tal como todos desearan que fuese el suyo. Respondióle el ingenioso
Odiseo: —Sí, muy oportuno es, oh
diosa, cuanto acabas de decir; pero mi ánimo me hace pensar cómo lograré poner
las manos en los desvergonzados pretendientes, hallándome solo, mientras que
ellos están siempre reunidos en el palacio. Considero también otra cosa aún más
importante: si logro matarlos, por la voluntad de Zeus y la tuya, ¿adónde me
podré refugiar? Yo te invito a que me lo declares. Díjole entonces Atenea, la
deidad de ojos de lechuza: —¡Desdichado! Se tiene
confianza en un compañero peor, que es mortal y no sabe dar tantos consejos, y
yo soy una diosa que te guarda en todos tus trabajos. Te hablaré más claramente.
Aunque nos rodearan cincuenta compañías de hombres de voz articulada, ansiosos
de acabar con nosotros por medio de Ares, te sería posible llevarte sus bueyes y
pingües ovejas. Pero ríndete al sueño, que es gran molestia pasar la noche sin
dormir y vigilando; y ya en breve saldrás de estos males. Así le habló; y, apenas
hubo infundido el sueño en los párpados de Odiseo, la divina entre las diosas
volvió al Olimpo. Cuando al héroe le vencía
el sueño, que deja el ánimo libre de inquietudes y relaja los miembros,
despertaba su honesta esposa, la cual rompió en llanto, sentándose en la mullida
cama. Y así que su ánimo se cansó de sollozar, la divina entre las mujeres elevó
a Artemis la siguiente súplica. —¡Artemis, venerable diosa
hija de Zeus! ¡Ojalá que, tirándome una saeta al pecho, ahora mismo me quitaras
la vida; o que una tempestad me arrebatara, conduciéndome hacia las sombrías
sendas, y me dejara caer en los confines del refluente Océano! Como las
borrascas se llevaron las hijas de Pandáreo, pues los númenes les mataron los
padres y ellas se quedaron huérfanas en el palacio y entonces criólas la diosa
Afrodita con queso, dulce miel y suave vino; dotólas Hera de hermosura y
prudencia sobre las mujeres; dióles la casta Artemis buena estatura, y
adiestrólas Atenea en labores eximias pero, mientras la diosa Afrodita se
encaminaba al vasto Olimpo a pedirle a Zeus, que se huelga con el rayo,
florecientes nupcias para las doncellas (pues aquel dios lo sabe todo y conoce
el destino favorable o adverso de los mortales), arrebatáronlas las Harpías y se
las dieron a las odiosas Erinies como esclavas: de igual suerte háganme
desaparecer a mí los que viven en olímpicos palacios o mátame Artemis, la de
lindas trenzas, para que yo penetre en la odiosa tierra teniendo ante mis ojos a
Odiseo, y no haya de alegrar el ánimo de ningún hombre inferior. Cualquier mal
es sufridero, aunque pasemos el día llorando y con el corazón muy triste, si por
la noche viene el sueño, que nos trae el olvido de todas las cosas, buenas y
malas, al cerrarnos los ojos. Pero a mí me envía algún dios funestas pesadillas.
Esta misma noche acostóse a mi lado un fantasma muy semejante a él, tal como era
Odiseo cuando partió con el ejército: y mi corazón se alegraba, figurándose que
no era sueño, sino veras. Así dijo; y al punto llegó
Eos de áureo trono. Odiseo oyó las voces que Penelopea daba en su llanto, meditó
luego y le pareció como si la tuviese junto a su cabeza por haberle reconocido.
Al punto recogió el manto y las pieles en que estaba echado y lo puso todo en
una silla del palacio, sacó fuera la piel de buey y, alzando las manos, dirigió
a Zeus esta súplica: —¡Padre Zeus! Si vosotros
los dioses me habéis traído de buen grado, por tierra y por mar, a mi patrio
suelo, después de enviarme multitud de infortunios, haz que diga algún presagio
cualquiera de los que en el interior despiertan y muéstrese en el exterior otro
prodigio tuyo. Así dijo rogando. Oyóle el
próvido Zeus y en el acto mandó un trueno desde el resplandeciente Olimpo, desde
lo alto de las nubes, que le causó a Odiseo profunda alegría. El presagio dióselo en la
casa una mujer que molía el grano cerca de él, donde estaban las muelas del
pastor de hombres. Doce eran las que allí trabajaban solícitamente, fabricando
harinas de cebada y de trigo, que son alimento de los hombres; pero todas
descansaban ya, por haber molido su parte correspondiente de trigo, a excepción
de una que aún no había terminado porque era muy débil. Esta, pues, paró la
muela y dijo las siguientes palabras, que fueron una señal para su amo: —¡Padre Zeus que imperas
sobre los dioses y sobre los hombres! Has enviado un fuerte trueno desde el
cielo estrellado y no hay nube alguna; indudablemente es una señal que haces a
alguien. Cúmplame ahora también a mi, a esta mísera, lo que te voy a pedir:
tomen hoy los pretendientes por última y postrera vez la agradable comida en el
palacio de Odiseo; y, ya que hicieron flaquear mis rodillas con el penoso
trabajo de fabricarles harina, sea también esta la última vez que cenen. Así se expresó; y holgóse
el divinal Odiseo con el presagio y el trueno enviado por Zeus, pues creyó que
podía castigar a los culpables. Las demás esclavas,
juntándose en la bella mansión de 0diseo, encendían en el hogar el fuego
infatigable. Telémaco, varón igual a un dios, se levantó de la cama, vistióse,
colgó del hombro la aguda espada ató a sus nítidos pies hermosas sandalias y
asió la fuerte lanza de broncínea punta. Salió luego y, parándose
en el umbral, dijo a Euriclea: —¡Ama querida! ¿Honrasteis
al huésped dentro de la casa, dándole lecho y cena, o yace por ahí sin que nadie
le cuide? Pues mi madre es tal, aunque discreción no le falta, que suele honrar
inconsideradamente al peor de los hombres de voz articulada y despedir sin honra
alguna al que más vale. Respondióle la prudente
Euriclea: No la acuses ahora hijo
mío, que no es culpable. El huésped estuvo sentado y bebiendo vino hasta que le
plugo; y en cuanto a comer, manifestó que ya no tenía más gana, y fue ella misma
quien le hizo la pregunta. Tan luego como decidió acostarse para dormir, ordenó
tu madre a las esclavas que le aderezasen la cama pero, como es tan mísero y
desventurado, no quiso descansar en lecho ni entre colchas y se tendió en el
vestíbulo sobre una piel cruda de buey y otras de ovejas. Y nosotros le cubrimos
con un manto. Así le dijo. Telémaco
salió del palacio con su lanza en la mano y dos perros de ágiles pies que le
seguían; y fuese al ágora a juntarse con los aqueos de hermosas grebas. Entonces la divina entre
las mujeres, Euriclea, hija de Ops Pisenórida, comenzó a mandar de este modo a
las esclavas: —Ea, algunas de vosotras
barran el palacio diligentemente riéguenlo y pongan tapetes purpúreos en las
labradas sillas; pasen otras la esponja por las mesas y limpien las crateras y
las copas de doble asa, artísticamente fabricadas; y vayan las demás por agua a
la fuente y tráiganla presto. Pues los pretendientes no han de tardar en venir
al palacio; antes acudirán muy de mañana, que hoy es día de fiesta para todos. Así les habló; y ellas en
seguida la escucharon y obedecieron. Veinte esclavas se encaminaron a la fuente
de aguas profundas y las otras se pusieron a trabajar hábilmente allí mismo,
dentro de la casa. Presentáronse poco después
los bravos sirvientes y cortaron leña con gran pericia; volvieron de la fuente
las esclavas; e inmediatamente llegó el porquerizo, con tres cerdos, los mejores
de cuantos tenía a su cuidado. Eumeo dejó que pacieran en el hermoso cercado y
hablóle a Odiseo con dulces palabras: —¡Forastero! ¿Te ven los
aqueos con mejores ojos, o siguen ultrajándote en el palacio como anteriormente? Respondióle el ingenioso
Odiseo: —¡Ojalá castiguen los
dioses, oh Eumeo, los ultrajes que con tal descaro infieren, maquinando inicuas
acciones en la casa de otro, sin tener ni pizca de vergüenza! De tal suerte conversaban.
Acercóseles el cabrero Melantio, que traía las mejores cabras de sus rebaños
para la comida de los pretendientes, y le acompañaban dos pastores y, atándolas
debajo del sonoro pórtico, le dijo a Odiseo estas mordaces palabras: —¡Forastero! ¿Nos
importunarás todavía en esta casa, con pedir limosna a los varones? ¿Por ventura
no saldrás de aquí? Ya me figuro que no nos separaremos hasta haber probado la
fuerza de nuestros brazos; porque tú no mendigas como se debe, que hay otros
convites de los aqueos. Así se expresó. El
ingenioso Odiseo no le dio respuesta pero meneó la cabeza silenciosamente,
agitando en lo íntimo de su alma siniestros ardides. Fue el tercero en llegar
Filetio, mayoral de los pastores que traía una vaca no paridera y pingües
cabras. Los barqueros, que conducen a cuantos hombres se les presentan, los
habían transportado. Y, atando aquél las reses debajo del sonoro pórtico paróse
junto al porquerizo y le interrogó de esta manera: —¡Porquerizo! ¿Quién es
ese forastero recién llegado a nuestra casa? ¿A qué hombres se gloria de
pertenecer? ¿Dónde se hallan su familia y su patria tierra? ¡Infeliz! Parece,
por su cuerpo, un rey soberano; mas los dioses anegan en males a los hombres que
han vagado mucho cuando hasta a los reyes les destinan infortunios. Dijo; y, parándose junto a
Odiseo, le saludó con la diestra y le habló con estas aladas palabras: —¡Salve, padre huésped! Sé
dichoso en lo sucesivo, ya que ahora te abruman tantos males. ¡Oh, padre Zeus!
No hay dios más funesto que tú; pues, sin compadecerte de los hombres, a pesar
de haberlos criado, los entregas al infortunio y a los tristes dolores. Desde
que te vi, empecé a sudar y se me arrasaron los ojos de lágrimas, acordándome de
Odiseo, porque me figuro que aquél vaga entre los hombres, cubierto con unos
andrajos semejantes, si aún vive y goza de la lumbre del sol. Y si ha muerto y
está en la morada de Hades, ¡ay de mi, a quien, desde niño, puso el intachable
Odiseo al frente de sus vacadas en el país de los cefalenos! Hoy las vacas son
innumerables y a ningún hombre podría crecerle más el ganado vacuno de ancha
frente, pero unos extraños me ordenan que les traiga vacas para comérselas, y no
se cuidan del hijo de la casa, ni temen la venganza de las deidades, pues ya
desean repartirse las posesiones del rey cuya ausencia se hace tan larga. Muy a
menudo mi ánimo revuelve en el pecho estas ideas: muy malo es que en vida del
hijo me vaya a otro pueblo, emigrando con las vacas hacia los hombres de un país
extraño; pero se me hace más duro quedarme, guardando las vacas para otros y
sufriendo pesares. Y mucho ha que me habría ido a refugiarme cerca de alguno de
los prepotentes reyes, porque lo de acá ya no es tolerable; pero aguardo aún a
aquel infeliz, por si, viniendo de algún sitio, dispersa a los pretendientes que
están en el palacio. Respondióle el ingenioso
Odiseo: —¡Boyero! Como no me
pareces ni vil ni insensato, y conozco que la prudencia rige tu espíritu, voy a
decirte una cosa que afirmaré con solemne juramente: "Sean testigos primeramente
Zeus entre los dioses y luego la mesa hospitalaria y el hogar del intachable
Odiseo a que he llegado, de que Odiseo vendrá a su casa estando tú en ella; y
podrás ver con tus ojos, si quieres, la matanza de los pretendientes que hoy
señorean en el palacio." Díjole entonces el boyero: —¡Forastero! Ojalá el
Cronión llevara a cumplimiento cuanto dices, que no tardarías en conocer cual es
mi fuerza y de qué brazos dispongo. Eumeo suplicó asimismo a
todos los dioses que el prudente Odiseo volviera a su casa. Así éstos conversaban. Los
pretendientes maquinaban contra Telémaco la muerte y el destino, cuando de
súbito apareció una ave a su izquierda, un águila altanera, con una tímida
paloma entre las garras. Y Anfínomo les arengó diciendo: —¡Oh, amigos! Esta trama
-la muerte de Telémaco- no tendrá buen éxito para nosotros; pero pensemos ya en
la comida. Así se expresó Anfínomo, y
a todos les plugo lo que dijo. Volviendo, pues, al palacio del divinal Odiseo,
dejaron sus mantos en sillas y sillones; sacrificaron ovejas muy crecidas,
pingües cabras, puercos gordos y una gregal vaca; pusieron al fuego y
distribuyeron más tarde las asaduras, mezclaron el vino en las crateras; y el
porquerizo les sirvió las copas. Filetio, mayoral de los pastores, repartióles
el pan en hermosos canastillos; y Melantio les escanciaba el vino. Y todos
metieron mano en las viandas que tenían delante. Telémaco, con astuta
intención, hizo sentar a Odiseo dentro de la sólida casa, junto al umbral de
piedra, donde le había colocado una pobre silla y una mesa pequeña; sirvióle
parte de las asaduras, escancióle vino en una copa de oro y le habló de esta
manera: —Siéntate aquí, entre
estos varones, y bebe vino. Yo te libraré de las injurias y de las manos de
todos los pretendientes; pues esta casa no es pública, sino de Odiseo, que la
adquirió para mí. Y vosotros, oh pretendientes, reprimid el ánimo y absteneos de
las amenazas y de los golpes, para que no se arme disputa ni altercado alguno. Así se expresó, y todos se
mordieron los labios, admirándose de que Telémaco les hablase con tanta audacia. Entonces Antínoo, hijo de
Eupites, dijo de esta suerte: —¡Aqueos! Cumplamos,
aunque es dura, la orden de Telémaco, que con tono tan amenazador acaba de
hablarnos. No lo ha querido Zeus Cronión; pues, de otra suerte, ya le habríamos
hecho callar en el palacio, aunque sea arengador sonoro. Así habló Antínoo; pero
Telémaco no hizo caso de sus palabras. En esto, ya los heraldos conducían por la
ciudad la sacra hecatombe de las deidades; y los melenudos aqueos se juntaban en
el bosque consagrado a Apolo, el que hiere de lejos. No bien los pretendientes
hubieron asado los cuartos delanteros, retiráronlos de la lumbre dividiéndolos
en partes, y celebraron un gran banquete. A Odiseo sirviéronle los que en esto
se ocupaban, una parte tan cumplida como la que a ellos mismos les cupo en
suerte; pues así lo ordenó Telémaco, el hijo amado del divino Odiseo. Tampoco dejó entonces
Atenea que los ilustres pretendientes se abstuvieran totalmente de la dolorosa
injuria, a fin de que el pesar atormentara aun más el corazón de Odiseo
Laertíada. Hallábase entre ellos un hombre de ánimo perverso, llamado Ctesipo,
que tenía su morada en Same, y, confiando en sus posesiones inmensas, solicitaba
a la esposa de Odiseo ausente a la sazón desde largo tiempo. Este tal dijo a los
ensoberbecidos pretendientes: —¡Oíd, ilustres
pretendientes, lo que os voy a decir! Rato ha que el forastero tiene su parte
igual a la nuestra, como es debido: que no fuera decoroso ni justo privar del
festín a Ios huéspedes de Telémaco, sean cuales fueren los que vengan a este
palacio. Mas, ea, también yo voy a ofrecerle el don de la hospitalidad, para que
él a su vez haga un presente al bañero o a algún otro de los esclavos que viven
en la casa del divinal Odiseo. Habiendo hablado así,
tiróle con fuerte mano una pata de buey, que tomó de un canastillo: Odiseo evitó
el golpe, inclinando ligeramente la cabeza, y en seguida se sonrió con risa
sardónica: y la pata fue a dar en el bien construido muro. Acto continuo reprendió
Telémaco a Ctesipo con estas palabras: —¡Ctesipo! Mucho mejor ha
sido para ti no acertar al forastero, porque éste evitó el golpe; que yo te
traspasara con mi aguda lanza y tu padre te hiciera acá los funerales en vez de
celebrar tu casamiento. Por tanto, nadie se porte insolentemente dentro de la
casa, que ya conozco y entiendo muchas cosas, buenas y malas, aunque antes fuese
niño. Y si toleramos lo que vemos -que sean degolladas las ovejas, y se beba el
vino y se consuma el pan-, es por la dificultad de que uno solo refrene a
muchos. Mas, ea, no me causéis más daño, siéndome malévolos: y si deseáis
matarme con el bronce, yo quisiera que lo lleváseis a cumplimiento, pues más
valdría morir que ver de continuo esas inicuas acciones: maltratados los
huéspedes y forzadas indignamente las siervas en las hermosas estancias. Así habló. Todos
enmudecieron y quedaron silenciosos. Mas al fin les dijo Agelao Damastórida: —¡Oh, amigos! Nadie se
irrite, oponiendo contrarias razones al dicho justo de Telémaco; y no maltratéis
al huésped, ni a ningún esclavo de los que moran en la casa del divinal Odiseo.
A Telémaco y a su madre les diría yo unas suaves palabras, si fuere grato al
corazón de entrambos. Mientras en vuestro pecho esperaba el ánimo que el
prudente Odiseo volviese, no podíamos indignarnos por la demora, ni porque se
entretuviera en la casa a los pretendientes; y aun habría sido lo mejor, si
Odiseo viniera y tornara a su palacio. Pero ahora ya es evidente que no volverá. Mas, ea, siéntate al lado
de tu madre y dile que tome por esposo al varón más eximio y que más donaciones
le haga para que tu sigas en posesión de los bienes de tu padre, comiendo y
bebiendo de los mismos, y ella cuide la casa de otro. Respondióle el prudente
Telémaco: —No, ¡por Zeus y por los
trabajos de mi padre, que ha fallecido o va errante lejos de Itaca!, no difiero,
oh Agelao las nupcias de mi madre; antes la exhorto a casarse con aquel que,
siéndole grato, le haga muchísimos presentes, pero me daría vergüenza, arrojarla
del palacio contra su voluntad y con duras palabras. ¡No permitan los dioses que
así suceda! Así dijo Telémaco. Palas
Atenea movió a los pretendientes a una risa inextinguible y les perturbó la
razón. Reían con risa forzada, devoraban sanguinolentas carnes, se les llenaron
de lágrimas los ojos y su ánimo presagiaba el llanto. Entonces Teoclímeno,
semejante a un dios les habló de esta manera: —¡Ah, míseros! ¿Qué mal es
ese que padecéis? Noche obscura os envuelve la cabeza, y el rostro, y abajo las
rodillas; crecen los gemidos, báñanse en lágrimas las mejillas; y así los muros
con los hermosos intercolumnios están rociados de sangre. Llenan el vestíbulo y
el patio las sombras de los que descienden al tenebroso Erebo; el sol
desapareció del cielo y una horrible obscuridad se extiende por doquier. Así se expresó, y todos
rieron dulcemente. Entonces Eurímaco, hijo de Pólibo, comenzó a decirles: —Está loco ese huésped
venido de país extraño. Ea, jóvenes, llevadle ahora mismo a la puerta y váyase
al ágora, ya que aquí le parece que es de noche. Contestóle Teoclímeno,
semejante a un dios: —¡Eurímaco! No pido que me
acompañen. Tengo ojos, orejas y pies, y en mi pecho la razón, que está sin
menoscabo: con su auxilio me iré afuera, porque veo claro que viene sobre
vosotros la desgracia de la cual no podréis huir ni libraros ninguno de los
pretendientes que en el palacio del divino Odiseo insultáis a los hombres,
maquinando inicuas acciones. Cuando esto hubo dicho,
salió del cómodo palacio y se fue a la casa de Pireo, que lo acogió benévolo.
Los pretendientes se miraban los unos a los otros y zaherían a Telémaco,
riéndose de sus huéspedes. Y entre los jóvenes soberbios hubo quien habló de
esta manera: —¡Telémaco! Nadie tiene
con los huéspedes más desgracia que tú. El uno es tal como ese mendigo
vagabundo, necesitado de que le den pan y vino, inhábil para todo, sin fuerzas,
carga inútil de la tierra; y el otro se ha levantado a pronunciar vaticinios. Si
quieres creerme -y sería lo mejor- , echemos a los huéspedes en una nave de
muchos bancos y mandémoslos a Sicilia; y allí te los comprarán por razonable
precio. Así decían los
pretendientes, pero Telémaco no hizo ningún caso de estas palabras; sino que
miraba silenciosamente a su padre, aguardando el momento en que había de poner
las manos en los desvergonzados pretendientes. La discreta Penelopea hija de Icario, mandó colocar su magnífico sillón enfrente de los hombres, y oía cuanto se hablaba en la sala. Y los pretendientes reían y se preparaban el almuerzo, que fue dulce y agradable, pues sacrificaron multitud de reses; pero ninguna cena tan triste como la que pronto iban a darles la diosa y el esforzado varón, porque habían sido los primeros en maquinar acciones inicuas.
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