Ir al inicio de BibliotecasVirtuales.com

Capítulo II

CAPÍTULO 2

«LAS REFORMAS DRACONIANAS»

Pocos minutos después Joe entró a comer, furioso aún. Comió en silencio a pesar de que sus padres y Bessie sostenían una conversación animada. ¡Un momento antes esta chica estaba llorando -pensaba Joe brutalmente para sus adentros-, y al instante se volvía toda sonrisas y alegría! Él no era así. Si él hubiese tenido un motivo importante para llorar, estaba seguro de que le duraría días. Las muchachas eran unas hipócritas, eso era todo. No faltaban razones que abonaran su juicio. Sin duda les divertía dominar a los demás y debía causarles placer hacerles desdichados, especialmente si se trataba de chicos. Por esto le llevaban siempre la contraria.

Así, reflexionando sabiamente, fijó sus ojos en el plato y dio buena cuenta de la comida; porque es imposible correr desde Cliff House hasta la Western Addition, pasando por el parque, sin hacerse reo de un saludable apetito. De vez en cuando su padre le dirigía miradas entre dulces e inquietas. Joe no veía estas miradas, pero no se le escapaban a Bessie. El señor Bronson era un hombre de mediana edad, corpulento y macizo, aunque no grueso. Su rostro, de mandíbulas prominentes y facciones severas, aparentaba rudeza, pero sus ojos eran benévolos, y alrededor de su boca había unas líneas que eran más efecto de la risa que de la seriedad. No era menester un examen más detenido para descubrir el parecido entre él y su hijo Joe. La misma frente despejada y la misma mandíbula vigorosa les caracterizaba, y sus ojos, teniendo en cuenta la diferencia de edades, se parecían como guisantes de una misma vaina.

-¿Estás muy adelantado, Joe? -preguntó al fin el señor Bronson.

Habían terminado de comer y estaban a punto de levantarse de la mesa.

-¡Oh, no puedo aventurarlo! --contestó con negligencia Joe-; y después añadió: -Mañana tenemos exámenes, entonces lo sabré.

-¿Y adónde vas? -le preguntó su madre cuando se volvía para salir.

Era una mujer esbelta y delicada, cuyos ojos oscuros eran iguales que los de Bessie, y como ella, era de carácter dulce.

-Voy a mi cuarto -respondió Joe-. A estudiar para mañana.

Le pasó, cariñosa, la mano por el cabello, y se inclinó para besarle. Al salir, el señor Bronson le sonrió conciliador, y Joe subió corriendo la escalera, decidido a trabajar de firme y a aprobar en los exámenes del día siguiente.

Entró en su habitación, cerró la puerta con llave y se sentó junto a una mesa arreglada muy agradablemente para ser el estudio de un chico. Recorrió con la vista los libros de texto. El examen de historia era el primero que había de celebrarse por la mañana, así que comenzaría por esto. Abrió el libro por donde estaba doblada la página, y empezó a leer:

«Poco tiempo después de las reformas draconianas, estalló una guerra en Atenas y Megara, por cuestión de la isla Salamina, sobre la que ambas ciudades pretendían tener derecho.»

Aquello era fácil; pero ¿qué eran las reformas draconianas? Había que mirarlo. Se sentía profundamente estudioso mientras volvía hacia atrás las hojas del libro, hasta que, al levantar por casualidad los ojos, vio una careta y un guante de béisbol encima de una silla.

No deberían haber perdido aquel partido el sábado último -pensó Joe-, y a no ser por Fred, esto no hubiese sucedido. El hubiese querido que Fred no se aturullara. Podía coger la pelota cien veces consecutivas, pero cuando llegaba un momento crítico, dejaba pasar hasta una gota de rocío. Debió haberle mandado salir del campo y traer a Jones como primera base. Sólo que Jones era demasiado excitable. Cogía la pelota de todas las maneras posibles, pero nadie podía decir lo que haría con ella una vez en su poder.

Joe volvió en sí con un sobresalto. ¡Vaya una manera de estudiar historia! Hundió la cabeza en el libro, y comenzó de nuevo:

«Poco tiempo después de las reformas draconianas...»

Leyó tres veces la misma frase, y entonces recordó que no había mirado qué eran las reformas draconianas. Llamaron a la puerta. Volvió las hojas con estrepitoso revoloteo pero no respondió.

Llamaron por segunda vez, y a sus oídos llegó la voz de Bessie:

-Joe, querido.

-¿Qué quieres? -preguntó; y sin darle tiempo para contestar, dijo precipitadamente: -No se puede entrar, estoy ocupado.

-Venía a ver si podía ayudarte -se disculpó ella-. He terminado ya, y pensé...

-¡Claro que has terminado! -gritó-. ¡Siempre ocurre lo mismo!

Se sostenía la cabeza con ambas manos a fin de no apartar los ojos del libro. Pero la careta de béisbol no le dejaba en paz. Cuantos más esfuerzos hacía para fijar la atención en la historia, más veía con la imaginación la careta de encima de la silla y todas las jugadas en que había tomado parte.

Así no haría nada. Prudentemente volvió el libro hacia abajo y se dirigió hacia la silla. Con un rudo empujón mandó violentamente careta y guante debajo de la cama con tal fuerza que oyó cómo la primera rebotaba contra la pared.

«Poco tiempo después de las reformas draconianas, estalló una guerra entre Atenas y Megara...»

La careta había rodado al chocar contra la pared. Se preguntaba si habría sido esto suficiente para ocultarla y que él dejase de verla. No, no miraría. ¿Qué importaba que se hubiese ocultado bien? Aquello no era historia, después de todo...

Miró por encima del libro y vio la careta asomando por debajo del borde de la cama. Esto era intolerable. No había manera de seguir estudiando mientras aquella careta estuviese por allí. Se levantó, cogió la careta, cruzó la habitación y, llegando al cuarto de baño, la echó dentro, cerrando después la puerta con llave. Ya lo había resuelto, ¡Santo Dios! Ahora podría trabajar un poco.

Volvió a sentarse.

«Poco tiempo después de las reformas draconianas, estalló una guerra entre Atenas y Megara, por cuestión de la isla Salamina sobre la que ambas ciudades pretendían tener derecho.»

Todo lo cual estaría muy bien si hubiese averiguado ya lo que eran las reformas draconianas. Un suave resplandor penetró en la habitación y lo percibió al instante. ¿A qué sería debido? Miró por la ventana. El sol, al ponerse, lanzaba sus prolongados rayos oblicuos contra unos grupos de nubes bajas y las teñía de cálidos tonos escarlata, pasando por toda la gama de los rojos, y desde ellas vertía sobre la tierra la rosada luz, suave y resplandeciente.

Su mirada bajó desde las nubes a la bahía. La brisa del mar moría con el día, y desde Fort Point una barca pesquera se deslizaba dentro del puerto antes de que se acabara el airecillo. Un poco más allá un remolcador lanzaba a lo alto una espiral de humo, mientras arrastraba una goleta de tres mástiles. Sus ojos erraron hasta la playa de Marin County. La línea donde se confundían la tierra y el agua estaba ya sumergida en la oscuridad, y unas sombras alargadas se iban corriendo por las cumbres de las colinas hasta Mount Tamalpais, cuya silueta se recortaba distintamente sobre el cielo.

¡Oh, si él, Joe Bronson, pudiera hallarse a bordo de aquella barca pesquera y tomar parte en una pesca de alta mar! ¡Oh, si navegase en aquella goleta que se dirigía a Poniente, hacia el mundo! ¡Aquello sí que era vivir, no hacer nada y andar siempre rodando por el mundo! Y en vez de esto estaba allí, encerrado en una habitación y calentándose los sesos para averiguar la historia de unas gentes muertas y desaparecidas miles de años antes de nacer el.

Se arrancó de allí como si le sujetara alguna fuerza física, y resueltamente llevó la silla y la historia al rincón mas apartado del cuarto, donde se sentó de espaldas a la ventana.

Un instante después, al menos así lo creyó él, se hallaba mirando de nuevo por la ventana y soñando. Cómo había llegado hasta allí no lo sabía. Su último recuerdo era el hallazgo de un subtítulo en una página de la derecha del libro, que decía: «Las leyes y la Constitución de Dracón». Y luego, era evidente que, andando como un sonámbulo, había llegado a la ventana. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? No hubiese podido decirlo. La barca pesquera que había visto desde Fort Point corría ahora a lo largo del malecón de Meigg. Esto denotaba un lapso de tiempo de casi una hora. El sol ya se había puesto hacía mucho rato; una solemne penumbra cubría el agua y las primeras estrellas empezaban a brillar tímidamente sobre la cumbre de Mount Tamalpais.

Se volvió suspirando para dirigirse de nuevo a su rincón, cuando llegó a sus oídos un silbido prolongado, agudo y penetrante. Era Fred. Volvió a silbar. Se repitió el silbido. Después se le unió otro. Era Charley. Le esperaban en la esquina. ¡Dichosos ellos!

Bueno, esta noche no le verían. Ahora silbaban a dúo. Se retorció en la silla y refunfuñó. No, no le verían esta noche, repetía al mismo tiempo que se ponía de pie. Ciertamente, le era imposible reunirse con ellos sin haber aprendido las reformas draconianas. La misma fuerza que le había retenido en la ventana, parecía empujarle ahora a cruzar la habitación en dirección a la mesa. Le hizo dejar la historia encima del montón de libros de estudio y sólo se dio cuenta de ello cuando ya había abierto la puerta y estaba en medio del vestíbulo. Se detuvo para volverse, pero pensó que podría salir un momento y luego regresar al trabajo.

Sólo un breve instante, se prometió cuando bajaba la escalera. Fue descendiendo, cada vez más deprisa, hasta que, al llegar abajo, se encontró saltando los escalones de tres en tres. Rápidamente se puso la gorra y salió corriendo por la puerta lateral; y antes de llegar a la esquina, las reformas draconianas estaban tan lejos en el pasado como el mismo Dracón, en tanto que los exámenes del día siguiente estaban igualmente lejanos en el porvenir.

Capítulo I | Capítulo II | Capítulo III | Capítulo IV | Capítulo V | Capítulo VI | Capítulo VII

Primera Parte | Segunda Parte


 


 Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato.  
Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (c) 1996 - 2006