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Capítulo IV

CAPÍTULO 4

EL BURLADOR, BURLADO

Pero, como pronto tuvieron ocasión de comprobar los tres habitantes de la Colina, la vida en el Abismo no ofrecía muchas garantías de seguridad. Antes de que Joe tuviera tiempo de posesionarse de sus cometas, quedó sorprendido al ver a todos sus enemigos, el fogonero inclusive, huyendo en vertiginosa carrera. Así como los chiquillos y los rapazuelos habían huido al llegar la banda de Simpson, así desaparecían ahora éstos ante un nuevo y temible grupo de merodeadores.

Joe oyó gritar aterrorizados a los que escapaban: «¡La banda de los Peces! ¡La banda de los Peces!» Y él hubiese huido también de esta nueva amenaza, pero después de la última refriega había quedado sin aliento y veía la imposibilidad de escapar a lo que ahora se les venía encima. Fred y Charley sintieron unos deseos poderosos de correr ante un peligro suficientemente grande para asustar a la terrible banda de Simpson y al valeroso fogonero, pero no podían abandonar a su camarada.

En la calle desierta aparecieron unas siluetas oscuras, algunas rodearon a los muchachos y las otras se perdieron tras los fugitivos.

Los gritos de angustia que se oían denotaban que los rezagados habían sido sorprendidos y cuando volvieron los perseguidores llevaban al infeliz y rabioso Brick, que sujetaba aún con todas sus fuerzas el paquete de cometas. Joe miraba con curiosidad a esta última cuadrilla de malhechores. Eran jóvenes de diecisiete y dieciocho a veintitrés y veinticuatro años, y tenían todos el sello inconfundible de los hampones. Entre ellos había rostros viciosos, tan viciosos que su sola vista hizo temblar a Joe. Dos de estos merodeadores le asieron fuertemente de los brazos, y Fred y Charley fueron aprisionados de modo parecido.

-Tú, ven aquí dijo uno que hablaba con autoridad de jefe-, hay que averiguar esto. ¿Qué ha pasado? ¿De qué se trata, pelirrojo? ¿Qué hacíais?

-No hacíamos nada -lloriqueaba Simpson.

-Mira cómo está -el jefe volvió la cara de Brick hacia la luz eléctrica-. ¿Quién te ha pintado así? -le preguntó.

Brick señaló a Joe, quien inmediatamente fue conducido a primer término.

-¿Por qué os estabais arañando?

-Las cometas... mis cometas -dijo Joe audazmente-. Éste trataba de quitármelas. Ahora las llevaba debajo del brazo.

-Pero ¿eso es de veras? Mira, Brick, nosotros no transigimos con el robo en este territorio, ¿entiendes? Anda, suelta esas cometas que nunca fueron tuyas. Te lo digo por última vez.

El jefe de los hampones lo estrechaba con amenazas, y Simpson, llorando de rabia, entregó el botín.

Y tú, ¿qué llevas bajo el brazo? -preguntó el jefe de pronto a Fred, al mismo tiempo que le arrebataba el paquete-. Más cometas, ¿eh? Habéis vaciado una fábrica que no debía ser pequeña-advirtió finalmente después de haberse apropiado también del envoltorio de Charley-. Ahora me gustaría saber qué habrá que haceros a vosotros...

-¿Por qué? -preguntó Joe con vehemencia-. ¿Por habernos robado nuestras cometas?

-No es eso, no es eso -respondió el jefe cortésmente-, sino por haber pasado cargados de cometas por estos barrios y haber causado tan inconcebible alboroto. Esto es vergonzoso, verdaderamente vergonzoso.

Mientras los habitantes de la Colina eran el centro de atracción, Brick se había salido de pronto de su chaqueta y, escurriéndose por entre sus perseguidores y cruzando de un salto la calle desierta, huyó hacia el «burlador», adonde, al principio, Joe le había impedido ya dirigirse. Dos o tres de la cuadrilla salieron estrepitosamente en su persecución, saltando la empalizada tras él. A continuación hubo ladridos de perros en los patios y choques de zapatos sobre cajas y cobertizos. Luego se oyó un ruido de agua como si se hubiese precipitado al suelo el contenido de un barril. Unos minutos después volvían los perseguidores muy cariacontecidos y calados por el diluvio con que les había obsequiado el astuto Brick, cuya voz resonaba ahora en el aire desde algún tejado protector, desafiadora y burlona.

Este contratiempo pareció desconcertar al jefe de los hampones, y en el preciso instante en que se volvía hacia Joe, Fred y Charley, un silbido largo y peculiar llegó a sus oídos, evidentemente la señal de alarma de alguno de ellos. Un momento después el propio centinela llegaba precipitadamente para reunirse al grupo que ya empezaba a retirarse.

-¡Copados! -dijo jadeando.

Joe miró, y vio acercarse a dos policías, cubiertos con el casco y luciendo brillantes estrellas sobre el pecho. -Salgamos de aquí -susurró a Fred y a Charley. Los malhechores ya habían emprendido la huida, cerrándoles la retirada por aquel lado, y por el otro vieron avanzar a los policías. En consecuencia, se pusieron a correr en dirección al «burladero» de Brick Simpson, mientras los policías, que les seguían de cerca, les daban el alto enérgicamente.

Pero los pies jóvenes son ligeros, y más cuando les impulsa el miedo; así que los muchachos saltaron antes la empalizada y se precipitaron por el laberinto de patios.

Pronto notaron que los policías se habían hecho más prudentes. Evidentemente, conocían por experiencia aquellos «burladores», y se dieron por satisfechos abandonando la caza ante la primera empalizada.

La luz de la calle no llegaba hasta allí, y los chicos andaban a tientas por la oscuridad, con el corazón pendiente de un hilo. En un patio, lleno de montones de canastas y cajas de frutas, se extraviaron casi media hora. Durante un buen rato no hallaron a su alrededor sino interminables montones de cajas. Finalmente, saltando un cobertizo, salieron de este laberinto para caer en otro patio obstruido por infinidad de jaulas de pollos vacías.

Más adelante llegaron adonde se hallaba el aparato que había remojado a los perseguidores de Brick Simpson. Era una invención ingeniosa. El «burlador» conducía a través de una empalizada, a la que faltaba una tabla, y en este sitio había un listón largo, dispuesto de tal modo que el que pasara ignorándolo había de tropezar inevitablemente con el. Este listón era el resorte que abría la trampa.

Un ligero roce era suficiente para apartar una gran piedra de un barril colocado a la altura de la cabeza y convenientemente equilibrado. Al soltarse la piedra, el barril daba una vuelta en redondo y vertía su contenido sobre el que, estando debajo, hubiese tocado el listón.

Los muchachos examinaron el aparato, celebrándolo con malicia. Afortunadamente para ellos el barril estaba volcado, si no también hubiesen recibido una ducha, pues Joe, que iba delante, había tropezado con el madero.

-¿Será éste el patio de Simpson? -preguntó en voz baja.

-Es posible -aseguró Fred-; o el de algún otro miembro de su banda.

Charley, alarmado, le tocó en el brazo.

-¡Silencio! ¿Qué es eso? -murmuró.

Se agazaparon en el suelo. No lejos se oía andar a alguien. Luego percibieron ruido de agua al caer, como si desde un grifo se llenara un cubo. A continuación oyeron acercarse unos pasos decididos. Se encogieron más aún, no atreviéndose a respirar de miedo.

Junto a ellos pasó una sombra, y apoyándose en una caja subió a la empalizada. Era el propio Brick, que preparaba la trampa. Le oyeron arreglar el listón y la piedra, luego enderezar el barril y vaciar en él un par de cubos. Cuando descendió para ir por más agua, Joe saltó sobre él, le derribó y le sujetó en el suelo.

-No hagas ruido -dijo-. Óyeme.

-¡Oh, eres tú! -replicó Simpson con un dejo de alivio tan evidente que también le hizo sentirse aliviado-. ¿Qué buscáis aquí?

-Buscamos la salida -dijo Joe-, el camino más corto será el mejor. Nosotros somos tres y tú sólo uno...

-Está bien, está bien -interrumpió el jefe de la banda-. De todos modos os la hubiera enseñado. No tengo nada contra vosotros, seguidme, y enseguida estaréis fuera.

Pocos minutos después saltaron desde una empalizada de bastante altura a un sombrío callejón.

-Seguid por ahí hasta la calle -indicó Simpson-. Volved a la derecha y continuad hasta dos manzanas más abajo, luego otra vez a la derecha, tres manzanas más y estaréis en la Unión. Tra-la-loo.

Se despidieron y, al bajar por el callejón, recibieron el siguiente consejo:

-Otra vez que compréis cometas, valdrá más que las dejéis en casa.

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