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CAPÍTULO 10
Ya no podía cerrar los ojos ante la evidencia de los hechos. En su mente se arremolinaban las sospechas. Si había cometido algo malo -razonaba-, era por ignorancia; y se avergonzaba menos del pasado, a medida que temía al porvenir. Sus compañeros eran ladrones, bandidos, los piratas de cuyas feroces hazañas había oído hablar vagamente. Y ahora se encontraba entre ellos, y en posesión de unas pruebas que podrían mandarles a las prisiones del Estado. Sabía que esto les obligaría a vigilarle estrechamente para evitar que pudiese huir. Pero él escaparía a la primera ocasión. Al llegar a este punto de sus meditaciones se vio interrumpido por una fuerte ráfaga que agitó al Dazzler; el agua se precipitó en su interior y Frisco orzó rápidamente, arriando al mismo tiempo la vela mayor. Después, siempre solo, pues French Pete continuaba abajo, procedió Frisco prudentemente a arriar las velas. La borrasca que estuvo a punto de hacer zozobrar al Dazzler fue de corta duración, pero señalaba la crecida del viento, y pronto empezaron a sucederse las ráfagas que llegaban silbando del Norte. El viento sacudía y azotaba la vela mayor de tal modo que parecía que iba a rasgarse. El mar, que ahora estaba muy movido, hacía cabecear violentamente al bergantín. Todo era confusión; pero Joe, con su escasa experiencia, comprendió que en esta misma confusión reinaba cierto orden. Pudo darse cuenta de que Frisco sabía exactamente lo que debía hacer y la manera de realizarlo. De su observación entresacó una enseñanza, sin la cual habían fracasado muchos hombres: «el valor de conocer la propia capacidad». Frisco sabía hasta dónde podía llegar, y por esta causa tenía confianza en sí mismo. Estaba tranquilo, muy dueño de sí, y maniobraba rápidamente, pero con precaución. No había que descuidarse. Cada arrecife requería toda su atención. Podrían ocurrir otros accidentes, pero ni una ráfaga, ni cuarenta, se llevarían ninguno de aquellos obstáculos. Mandó a Joe a proa para que le ayudara a extender la vela mayor impulsando el penol y las drizas de cangreja. Joe, siguiendo las instrucciones de Frisco, arrió el foque y penetró en la cabina para bajar cosa de un pie la sobrequilla. La excitación producida por el esfuerzo alejó de su mente todas las ideas desagradables. A imitación del otro, conservaba su sangre fría. Había ejecutado sus órdenes sin titubear y con bastante rapidez. Unidas sus escasas fuerzas, habían hecho frente a la Naturaleza impetuosa y conseguido burlarla. Volvió junto a su compañero, que ya empuñaba otra vez el timón, y se sintió orgulloso de el y de sí mismo; y cuando leyó en los ojos de Frisco una muda alabanza, se sonrojó como una doncella ante la primera lisonja. Pero, un momento después, la idea de que aquel muchacho era un ladrón, un vulgar ladrón, volvió a dominarle y retrocedió instintivamente. Toda su vida había estado a cubierto de lo que tiene de ingrato el mundo. En sus lecturas, siempre inmejorables, había encontrado que se premiaba la virtud y la honradez, y se había acostumbrado a mirar con horror el crimen. Por eso se apartó de Frisco y permaneció silencioso. Pero Frisco, entregado con todas sus energías a la maniobra del bergantín, no tenía tiempo para advertir este súbito cambio en el proceder de su compañero. En su interior Joe experimentaba algo que le sorprendía. La idea de que Frisco Kid fuera un ladrón le repugnaba, mientras que aquel muchacho en sí no le era repul sivo. En lugar de evitarle honradamente, sentía que había algo que le empujaba hacia él. Sin que pudiera explicarse la causa, comprendía que le era simpático. De haber sido un poco mayor, hubiese creído que eran las buenas cualidades del muchacho lo que le atraía: su sangre fría, la confianza que tenía en sí mismo, su valor, y cierta bondad y simpatía de su carácter. Mas ahora pensó que era su propia ruindad la que le impedía aborrecer a Frisco, y al mismo tiempo que se avergonzaba de su debilidad, le era imposible evitar que aumentara el cariño que animaba su mirada cuando la posaba sobre este pirata singular. Acorta dos o tres pies la amarra del bote -ordenó Frisco Kid, que estaba en todo. La cuerda que remolcaba el esquife era demasiado larga, y la frágil embarcación se quedaba atrás a cada momento, hasta que la tensión de la cuerda la hacía avanzar dando tumbos y corriendo peligro de estrellar su proa contra los tamboretes. Joe trepó por la barandilla del sollado a la resbaladiza cubierta de popa y se dirigió al poste donde estaba atado el esquife. -Ten cuidado -le advirtió Frisco Kid cuando una fuerte ráfaga golpeó al Dazzler y lo acostó peligrosamente sobre un lado-. Dale una vuelta alrededor del poste y sigue arrollando mientras esté floja la cuerda. Aquello era un trabajo difícil para un novato. Joe dio todas las vueltas menos la última, y sujetando el cable con una mano, trataba con la otra de pasarla por el poste. Pero en aquel instante la cuerda se tendió con una tremenda sacudida al alejarse bruscamente el esquife sobre la cresta de una ola altísima. A Joe se le escapó la cuerda de las manos, y éste se escurrió precipitadamente por la popa. Se agarró frenético a la cuerda y fue arrastrado por la resbaladiza cubierta llena de agua. -¡Suéltala, suéltala! -gritó Frisco Kid. Joe soltó la cuerda cuando ya estaba a punto de ser arrastrado fuera de la cubierta y lanzado al mar. El bote se fue quedando atrás rápidamente. Miró Joe avergonzado a su compañero, esperando una fuerte reprimenda por su torpeza. Pero Frisco Kid le sonrió bondadosamente. Ya está bien -dijo-. Ni huesos rotos, ni nadie al agua. Mas vale perder un bote que un hombre. Además, no debía haberte mandado eso. No hay nada perdido. Podemos recogerlo muy bien. Entra, y baja un poco más la sobrequilla, un par de pies, y luego sal y haz lo que yo te diga. Pero no te precipites. Maniobra con calma y seguridad. Joe bajó la sobrequilla y volvió para situarse junto al foque. -¡Refuerza a sotavento! -gritó Frisco Kid bajando la caña del timón y siguiéndola con el cuerpo-. ¡Suelta! Así está bien. Ahora a sujetar la vela mayor. Ayudándose mutuamente, realizaron a la perfección todas las maniobras. Joe comenzó a entusiasmarse con el trabajo. El Dazzler giraba, tumbado sobre un costado como un caballo de carreras, y galopaba impulsado por el viento mientras las velas restallaban con estrépito de granizada. -¡Baja el foque! Joe obedeció, y al hincharse la vela de proa le obligó a virar de bordo. Con esta maniobra el camarote de French Pete había pasado de sotavento a barlovento, y él rodó por el suelo de la cabina, donde permaneció con un estupor de beodo. Frisco Kid, vuelto de espaldas al timón y haciendo seguir al bergantín el rumbo primitivo, le miró con expresión de disgusto. -¡Perro! -refunfuñó-. ¡Si fuese por él ya nos hubiésemos ido a pique! Dos veces viraron de bordo, a fin de no abandonar la misma ruta, y entonces descubrió Joe en la oscuridad estrellada el esquife saltando a barlovento. -Llega a tiempo -advirtió Frisco Kid, lanzando al Dazzler en aquella dirección para alcanzar al bote-. ¡Ahora! Joe se inclinó sobre la borda, asió la cuerda que arrastraba sobre las olas y la ató fuertemente al poste. Después volvieron a virar y siguieron el rumbo anterior. Joe estaba avergonzado aún por la extorsión que había ocasionado, pero Frisco Kid le tranquilizó enseguida. -¡Oh, eso no es nada! -dijo-. A todos les pasa lo mismo cuando empiezan. Lo que ocurre es que algunos olvidan las dificultades por las que tuvieron que pasar hasta aprender y se ponen furiosos cuando un novato se equivoca. Yo no lo hago nunca, porque recuerdo... Y entonces contóle a Joe muchos de los contratiempos que le acontecieron cuando se embarcó, siendo pequeño todavía, y alguno de los severos castigos que cayeron sobre él por tal motivo. Había sujetado la caña del timón con el extremo de un rebenque, y siguieron hablando, sentados muy juntos, al abrigo del sollado. -¿Qué es aquello? -preguntó Joe al pasar frente a un faro que parpadeaba desde unas rocas que avanzaban mar adentro. -Goat Island. En el otro lado hay un apostadero, una escuela naval y un depósito de torpedos. Aquí también da gusto pescar... hay bacalaos. Lo dejaremos a sota vento, atravesaremos esto y anclaremos detrás de Angel Island. Allí hay una estación de cuarentena. Luego, cuando se despeje French Pete, sabremos adónde quiere ir. Ahora vete dentro y duerme un poco. Yo puedo manejarme muy bien solo. Joe movió la cabeza. Había sufrido demasiadas emociones para sentir sueño alguno. No podía pensar en ello mientras el Dazzler estuviese saltando agitado y las olas se estrellaran, desmelenándose, contra su proa. Las ropas ya se le habían casi secado, y prefirió quedarse sobre cubierta y gozar del espectáculo. Las luces de Oakland habían desaparecido en lontananza y sólo formaban un resplandor incierto en la línea del horizonte; pero, hacia el Sur, las iluminaciones de San Francisco, elevándose por encima de colinas y descendiendo por los valles, se extendían sobre una superficie de varias millas. Partiendo del gran edificio del embarcadero y pasando por la Telegraph Hill, Joe conoció pronto la situación de los principales lugares de la ciudad. En alguna parte, entre aquella masa de luces y sombras, estaba la casa de su padre, y tal vez en aquel mismo instante se hallarían pensando en él y sufriendo por su causa. Bessie, a la que suponía durmiendo dulcemente, despertaría por la mañana preguntándose por qué no bajaba su hermano Joe a desayunar... Estaba amaneciendo. Luego, lentamente, Joe fue bajando la cabeza hasta el hombro de Frisco Kid, y se quedó profundamente dormido.
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