Ir al inicio de BibliotecasVirtuales.com

Capítulo XIII

CAPÍTULO 13
PROMETEN AYUDARSE MUTUAMENTE

La brisa de la tarde se había levantado y llegaba ahora alborotada del Pacífico. Angel Island desaparecía rápidamente por la popa y comenzaba a distinguirse la parte de San Francisco más próxima al mar, cuando el Dazzler surcó aquellas aguas. Pronto se hallaron rodeados de embarcaciones y pasando entre navíos llegados de todos los extremos de la tierra. Más tarde cruzaron la ruta de los barcos que, abarrotados de gente, cruzan la bahía desde San Francisco a Oakland. Uno de ellos pasó tan cerca que los pasajeros se agolparon a la borda para ver el pequeño bergantín, tan gallardo, y a los dos muchachos del sollado. Joe contempló con envidia la hilera de rostros inclinados. Todos volvían a sus casas, mientras que él no sabía adónde iba, dependiendo esto de la voluntad de French Pete. Estaba casi tentado de gritar pidiendo socorro; pero se dio cuenta de la locura de semejante acto y se contuvo. Volvió la cabeza, y sus ojos erraron a lo largo de los elevados edificios empenachados de humo que formaban la ciudad, y se puso a meditar sobre las extrañas costumbres de los hombres y de los barcos en el mar.

Frisco Kid le observaba por el rabillo del ojo, siguiendo sus pensamientos con la misma exactitud que si los hubiese expresado en alta voz.

-¿Por casualidad está ahí tu casa? -preguntó de pronto, moviendo la mano en dirección a la ciudad.

Joe se sobresaltó al ver que había descubierto con tanta precisión lo que él pensaba.

-Sí -dijo sencillamente.

-Cuéntame.

Joe describió rápidamente su hogar, pero se vio obligado a entrar en detalles para satisfacer la curiosidad de su compañero. Frisco Kid se interesaba por todo, especial mente por la señora Bronson y Bessie. Tratándose de esta última, parecía infatigable en sus preguntas. Algunas de éstas eran tan singulares e ingenuas, que Joe a duras penas podía contener la risa.

-Ahora háblame de tu casa -dijo éste cuando al fin hubo terminado.

Frisco Kid pareció entristecerse de pronto y su rostro adquirió un aspecto sombrío que Joe no le había visto hasta entonces. Balanceó un pie y miró tristemente hacia el penol, que, al parecer, nada tenía que ver con el asunto.

-Anda empieza -le animó el otro.

Yo no tengo casa.

Estas cuatro palabras salieron de su boca como si hubiesen sido pronunciadas a la fuerza y después se juntaron sus labios casi con un quejido.

Joe comprendió que había tocado un punto sensible, y trató de suavizar el efecto de su falta de tacto.

-Pues del hogar que hayas tenido.

Él no soñaba siquiera que en el mundo pudiese haber muchachos que jamás hubiesen conocido un hogar, o que él no fuese el único en quien se hubiese cebado la desdicha.

-No lo he tenido nunca.

-¡Oh! -se le había despertado el interés, y ahora quiso mostrarse solícito-. ¿Ni hermanos?

-Tampoco.

-¿Y madre?

-Era tan pequeño cuando murió, que no la recuerdo.

-¿Y padre?

-Le he visto muy pocas veces. Se hizo a la mar... y desapareció.

Joe no supo qué decir, y se hizo un embarazoso silencio, interrumpido únicamente por el ruido de la gorja del Dazzler.

En aquel instante salió Pete, para relevarlos en el timón mientras ellos entraban a comer. Ambos muchachos acogieron su llegada con una sensación de alivio, y toda su molestia se disipó ante la comida, que era tal como había asegurado el capitán. Después Frisco Kid relevó a French Pete, y en tanto que éste comía, Joe lavó los platos y puso en orden la cabina. Luego se reunieron todos en la popa, donde el capitán se esforzó por aumentar la cordialidad, entreteniéndoles con narraciones de la vida de los pescadores de ostras en los mares del Sur.

Así transcurrió la tarde. Hacía ya bastante rato que habían dejado atrás San Francisco y rodeado Hunter's Point, y ahora corrían a lo largo de la costa de San Mateo. Joe distinguió un grupo de ciclistas que daban la vuelta alrededor de un peñasco en San Bruno Road, y le trajeron a la memoria el día que había pasado por aquel mismo sitio montado en su propia bicicleta. Apenas hacía un par de meses, pero a él le parecían siglos, tantas eran las cosas que habían sucedido en aquel intervalo.

Durante el tiempo que invirtieron en cenar y en lavar los platos, habían llegado a la altura de las lagunas tras las cuales se agrupaba Redwood City. El viento se había cal mado al ocultarse el sol, y el Dazzler avanzaba muy poco, cuando divisaron un bergantín que se acercaba aprovechando los últimos aleteos de la brisa. Al instante, Frisco Kid dijo que era el Reindeer, confirmándolo French Pete después de un examen más detenido. Éste parecía muy satisfecho del encuentro.

-Lo manda Red Nelson -dijo Frisco Kid al oído de Joe-. Te aseguro que es terrible. Yo siempre tengo miedo cuando se acerca. Tendrán algo gordo por aquí. Siempre buscan a French Pete para las maniobras. El es más entendido en todas estas cosas.

Joe asintió con la cabeza y miró con curiosidad la embarcación que se aproximaba. Aunque algo mayor, era del tipo del Dazzler, lo cual quiere decir que al construirlo se había atendido ante todo a la velocidad. La vela mayor era tan grande que más parecía la de un yate de regatas, y llevaba las señales para tres rizos, cuando menos, para caso de mal tiempo. En la arboladura y sobre cubierta todo estaba en su sitio, no había nada fuera de lugar, ni sucio. Desde las drizas hasta los aparejos, todo revelaba un orden perfecto y una exquisita pericia naval.

El Reindeer se acercaba lentamente a la luz del crepúsculo y echó el ancla a poca distancia de allí. French Pete hizo lo propio con el Dazzler, y después, en el bote, fue a visitarlos. Los dos muchachos se tumbaron sobre el tejadillo de la cabina y esperaron su regreso.

-¿Te gusta esta vida? -dijo Joe rompiendo el silencio.

El otro hizo un gesto ambiguo.

-Verás... me gusta y no me gusta. El aire fresco, el agua salada, la libertad... todo esto está bien; pero lo que no me gusta es el... el... -se detuvo un momento, como si la lengua se negara a obedecerle, y después dijo de pronto: -el robo.

-Entonces, ¿por qué no lo dejas?

Joe sentía por aquel muchacho más simpatía que la que él mismo se atrevía a confesarse, y súbitamente se sintió invadido por un celo de misionero.

-Tan pronto como pueda dedicarme a otra cosa.

-Pero ¿por qué no ahora?

-Ahora estoy comprometido -oyó Joe que decía.

Pero si deseaba marcharse, le parecía a Joe una locura que no lo hiciese enseguida.

-¿A dónde puedo ir? ¿Qué puedo hacer? -preguntó Frisco-. Nunca ha habido nadie en el mundo que me tendiese una mano. Una vez lo intenté, y me costó muy cara la lección para que ahora vuelva a intentarlo así, precipitadamente.

-Bueno; cuando yo salga de esto, iré a casa. Me parece que mi padre tenía razón, después de todo. Y no sé por qué motivo no podrías venir conmigo.

Dijo esto último sin pensar, impulsivamente, y Frisco Kid lo comprendió.

-Tú no sabes lo que dices -le contestó-. Imagínate que yo me fuese contigo. ¿Qué diría tu padre, y... y los demás? ¿Qué pensarían de mí? ¿Y qué haría?

A Joe se le encogió el corazón. Se daba cuenta de que, llevado de un impulso, había hecho una invitación que demasiado sabía era imposible cumplir. Trató de imaginarse a su padre recibiendo en su casa a un extraño como Frisco Kid... No, no, en esto no había ni que pensar. Entonces, olvidando su propia miseria, se puso a devanarse los sesos buscando otro medio para sacar a Frisco Kid de su condición actual.

-Me entregarían a la policía -continuó el otro- y me enviarían a un asilo. Antes prefiero morir. Además, Joe, yo no soy de vuestra clase, ya lo sabes. Con tantas cosas como ignoro, parecería un pez fuera del agua... Me parece que aún habré de esperar un poco antes de poder marcharme. Pero tú tienes que huir cuanto más pronto mejor. Así que se presente una ocasión, te desembarcaré; después ya me entenderé yo con French Pete...

-No, no lo harás -interrumpió Joe con vehemencia-. Cuando me vaya no quiero que tengas disgustos por mi causa. Así que no intentes nada de eso. Me marcharé, pierde cuidado, y si las cosas salen como yo pienso, quiero que vengas tú también; ven, sea como sea, luego ya veremos. ¿Qué te parece?

Frisco Kid movió la cabeza, y con los ojos fijos en el cielo estrellado, se puso a soñar en la vida que le hubiera gustado llevar, pero de la que parecía inexorablemente desterrado. La seriedad de la vida llamaba en el corazón de Joe con más gravedad que nunca, y permaneció silencioso, meditando intensamente. Un rumor de voces vino hasta ellos desde el Reindeer y al mismo tiempo, desde tierra llegaron flotando sobre el agua las notas solemnes de una campana de iglesia, en tanto la noche estival les envolvía lentamente en su tibia oscuridad.

Capítulo VIII | Capítulo IX | Capítulo X | Capítulo XI | Capítulo XII | Capítulo XIII | Capítulo XIV | Capítulo XV | Capítulo XVI | Capítulo XVII | Capítulo XVIII | Capítulo XIX | Capítulo XX | Capítulo XXI

Primera Parte | Segunda Parte


 


 Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato.  
Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (c) 1996 - 2006