Ir al inicio de BibliotecasVirtuales.com

Capítulo XV

CAPÍTULO 15
BUENOS MARINEROS EN UN ANCLAJE DIFÍCIL

Toda la tarde estuvo el Dazzler balanceándose en su anclaje, y al oscurecer cesó traidoramente el viento. Esto y el ejemplo de French Pete animó al resto de los pescadores de ostras a intentar una incursión durante la noche; pero revisaron cuidadosamente las amarras y sacaron las áncoras de reserva.

French Pete ordenó a los dos muchachos que embarcaran en el bote y, con inminente riesgo de zozobrar, llevaron otra áncora y la dejaron caer formando ángulo recto con la primera. French Pete soltó después una gran cantidad de cadena y cuerda, a fin de que el Dazzler pudiese retroceder un centenar de pies o más y anclar con mayor facilidad.

Al abrigo del sollado, Joe contemplaba el mar embravecido. Los bancos de ostras estaban fuera, en alta mar, donde no había refugio alguno, y el viento, barriendo el agua en una superficie de doce millas, levantaba unas olas tan tremendas que a cada momento parecía que iban a voltear a los zarandeados bergantines. Un poco antes del crepúsculo se alzó una vela a barlovento y fue subiendo hasta convertirse en la enorme vela mayor del Reindeer.

-¡El grandísimo loco! -gritó French Pete saliendo a escape de la cabina para ver mejor-. Alguna vez, ¡ah! alguna vez, os aseguro que se estrellará si va así, y hará ¡puf? si va así, ¡pufl... y no se hablará mas de Nelson, ni del Reindeer, ni de nada.

Joe dirigió una mirada interrogativa a Frisco Kid.

-Bueno -contestó éste-. Nelson debía llevar al menos un rizo. Con dos, mejor aún. Pero ahí viene con todas las velas desplegadas, como si le persiguiera un enemigo. Se lanza demasiado; es muy temerario cuando no hay la menor necesidad de ello. Yo he navegado con él, y conozco sus costumbres.

El Reindeer, como un gran pájaro, volaba hacia ellos, subiendo y bajando sobre la cresta espumosa de una ola.

-No importa -advirtió Frisco Kid-. Únicamente quiere probar cuánto puede acercarse a nosotros sin rozarnos.

Joe movía la cabeza, contemplando con los ojos muy abiertos el emocionante espectáculo. El Reindeer saltó en el aire, dirigiendo la proa hacia el cielo y mostrando la gorja violentamente sacudida; luego se precipitó hasta hundir la cubierta de proa en la espuma, y pasó por su lado vertiginosamente, faltando apenas un pie para que el botalón chocara contra el aparejo del Dazzler.

Nelson, que iba al timón, les saludó con la mano al pasar junto a ellos, y se rio alegremente en las narices de French Pete, que estaba indignado por aquella peligrosa treta.

Estando a sotavento la intrépida embarcación viró a barlovento, y se ladeó tanto que les mostró la oscura carena de la sobrequilla y creyeron que se iba a pique.

Luego se enderezó y volvió a su carrera loca como si estuviera poseída. Cruzando ante ellos, pasó a estribor. Vieron bajar el foque rápidamente y echar un áncora, al mismo tiempo que se precipitaban a barlovento; y mientras avanzaba y retrocedía una y otra vez y la vela mayor iba aflojándose, vieron hundirse otra áncora muy apartada de la primera. Entonces la vela mayor cayó sobre cubierta y enseguida fue plegada y amarrada, a tiempo que la embarcación quedaba sujeta a sus dos guindalezas.

-¡Ah, ah! ¡Jamás he visto un hombre como ése...!

Los ojos del francés brillaban admirados, y los de Frisco Kid relucían con igual emoción.

-Lo mismo que un yate dijo el capitán cuando volvió a entrar en la cabina-. Lo mismo que un yate, tal vez mejor.

Al llegar la noche se levantó de nuevo el viento, y a las once había alcanzado tal violencia que «aullaba», según la expresión de Frisco Kid. French Pete se levantaba y acostaba a cada momento. Dos veces que subió a cubierta, soltó más cadena y más cable. Joe, tendido sobre las mantas, escuchaba y esperaba en vano la llegada del sueño. No tenía miedo, pero no dominaba aún el arte de dormir en medio de aquel tumulto y de tan violentas conmociones. Nunca hubiese imaginado que un barco pudiera permitirse bromas tan terribles sin perecer. Se revolvía con tal frecuencia, que estaba seguro de que zozobrarían. Otras veces saltaba y se lanzaba en el aire para caer después sobre las olas con estrépito atronador, como si la carena se hiciera pedazos. Además, quería librarse del tirón de las guindalezas con brusquedad y fiereza tales, que las sacudidas lo hacían vacilar y quejarse y protestar por todas sus ensambladuras.

Frisco Kid se despertó, y le dijo sonriendo:

-Esto es lo que ellos llaman resistir. Pero espera que se haga de día y ya verás cómo nos arrancamos. Si no se estrella ningún bergantín contra la costa, no entiendo yo nada de esto.

Dio media vuelta y se quedó de nuevo dormido. Joe le envidiaba. Cerca de las tres de la mañana oyó a French Pete trepar hacia la proa y explorar los alrededores. Joe le observaba con curiosidad y a la luz incierta de la lámpara, furiosamente agitada, le vio arrastrar dos fardos de cuerda de reserva. Los subió a la cubierta y Joe comprendió que las ataba a las guindalezas para alargarlas aún más.

A las cuatro y media French Pete tenía el fuego encendido, y a las cinco llamó a los grumetes para tomar el café. Al terminar se deslizaron por el sollado a contemplar la terrible escena. Rompía el alba en un cielo gris y negro, y sobre un mar tempestuoso y desolado. Apenas podían distinguir la costa de la isla de los Espárragos, pero oían distintamente el trueno de la resaca; y al crecer el día advirtieron que la corriente les había arrastrado media milla durante la noche.

El resto de la flota también había sido arrastrada. El Reíndeer estaba casi frente a ellos; la Caprice se hallaba un centenar de millas más lejos; y a sotavento, perdidos entre ellos y la costa, luchaban otros cinco barcos.

-Faltan dos -anunció Frisco Kid, mirando con los anteojos y explorando la playa.

-¡Allí hay uno! -gritó-. Y después de examinarlo cuidadosamente, añadió: -El Go Ask Her. No tardará en estrellarse. Creo que la tripulación se ha salvado.

French Pete miraba con los anteojos. Joe miró después, y pudo ver con toda claridad el infortunado bergantín levantarse y hundirse entre las olas. Más allá, en la playa, descubrió a los tripulantes.

-¿Dónde está el Ghost?-preguntó French Pete.

Frisco Kid lo buscó inútilmente por toda la costa; pero cuando volvió los anteojos hacia el mar, lo vio a la luz del nuevo día a más de media milla a barlovento y fuera de peligro.

-Apuesto a que en toda la noche no ha sido arrastrado ni cien pies -dijo-. Debe haber encontrado buen fondo para anclar.

-Barro -dictaminó French Pete-. Precisamente allí hay un trozo fangoso. Si sale con bien de esto, ya puede asegurar que tiene bríos. Lleva áncoras muy ligeras, sólo buenas para el barro. Yo les dije que se procuraran otras más fuertes, pero se rieron. Algún día lo lamentarán, ya veréis.

Uno de los bergantines de sotavento izó un pedazo de vela y comenzó la terrible lucha para salir de las fauces de la destrucción y de la muerte. Durante un rato le vieron tambalearse y sumergirse horriblemente y avanzar muy poco.

French Pete puso fin a su contemplación.

-¡Venid! -gritó-. Poned dos rizos a la vela mayor. Saldremos enseguida.

Hallándose ocupados en esto, les sobrecogió una exclamación. Alzaron los ojos y vieron al Ghost con la proa vuelta hacia atrás que se les echaba encima vertiginosamente.

French Pete se arrastró como un gato, sacando al mismo tiempo su cuchillo, y de un golpe cortó la cuerda que les sujetaba al áncora de reserva. Esto hizo recaer el peso del Dazzler sobre el áncora de cadena. Como consecuencia, se inclinó a la izquierda oportunamente, pues un momento más tarde el Ghost, con la popa delante y a la deriva, pasó como una exhalación por el sitio que había ocupado el Dazzler

-¡Ha arrancado cuatro áncoras! -exclamó Joe al ver cuatro cuerdas estiradas, flotando en el agua, casi horizontalmente a la popa.

-Dos pertenecen a las redes -dijo riendo Frisco Kid.

-¡Eh! -gritó Frisco Kid . Mirad a Nelson. Ha puesto otro rizo, y esto es prueba de que arrecia la tormenta.

El Reindeer corría hacia ellos, entre espumas, desafiando al temporal como un magnífico animal marino. Red Nelson, al pasar, les saludó desde la popa, y quince minutos después, cuando levaban el áncora que les quedaba, le vieron virar de bordo y pasar a barlovento. French Pete le siguió con ojos admirados, pero dijo de un modo siniestro:

-El mejor día perecerá, os lo aseguro.

Un momento después se elevó el foque rizado del Dazzler y éste empezó a debatirse en lo más difícil de la lucha.

Apartarse de allí era trabajo lento, arduo y peligroso, y Joe se maravilló muchas veces de que tan exigua embarcación pudiese resistir un solo minuto las furias de los elementos. Pero poco a poco se fue alejando de la costa y del banco donde estaba anclado, internándose a mayor altura, y entonces arriaron un poco la vela mayor y corrieron unas cuantas millas, en busca de abrigo, tras el muro de rocas de Alameda Mole. Allí encontraron al Reindeer tranquilamente anclado, y durante las horas siguientes acudió el resto de la flota, que se había rezagado, excepción hecha del Ghost, que evidentemente había ido a hacerle compañía al Go Ask Her, estrellándose contra la costa.

Por la tarde amainó el viento repentinamente, y el tiempo cambió hasta casi convertirse en un día de verano.

-No me convence -dijo Frisco Kid al anochecer, luego de marcharse French Pete en el bote a visitar a Nelson.

-¿Qué es lo que no te convence? -preguntó Joe.

-Pues el tiempo ha calmado demasiado en seco. No ha podido disiparse toda la tormenta, y si no me equivoco, a menos que se disipe no habrá verdadera calma. Es probable que de un momento a otro vuelva a soplar y a aullar.

-¿Adónde iremos al salir de aquí? -preguntó Joe-. ¿Volveremos a los bancos de ostras?

Frisco movió la cabeza.

-No puedo decir lo que resolverá French Pete. Le ha salido mal lo del hierro y lo de las ostras, y está tan disgustado, que es posible que haga algo desesperado. No me sorprendería verle salir con Nelson hacia Redwood City, donde se halla aquella cosa importante de que te hablé. Está por allí.

-Bueno, yo no quiero intervenir en eso -anunció Joe decididamente.

-Claro que no -contestó Frisco Kid-. Y además me parece que estando Nelson con sus dos hombres y con French Pete, no te necesitarán para nada.

Capítulo VIII | Capítulo IX | Capítulo X | Capítulo XI | Capítulo XII | Capítulo XIII | Capítulo XIV | Capítulo XV | Capítulo XVI | Capítulo XVII | Capítulo XVIII | Capítulo XIX | Capítulo XX | Capítulo XXI

Primera Parte | Segunda Parte


 


 Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato.  
Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (c) 1996 - 2006