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Capítulo XX

CAPÍTULO 20
HORAS DE PELIGRO

French Pete no se había herido al caer al mar juntamente con el mástil del Dazzler; pero el áncora de resistencia, que lo había seguido, no salió tan bien librada. El garfio de la vela mayor la había desgarrado y ya no servía para su cometido. Las piezas arrancadas por el temporal golpeaban violentamente el costado del barco y lo mantenían inclinado frente a las olas; posición ésta no tan peligrosa como podría parecer, pero tampoco muy segura.

-¡Adiós, viejo Dazzler! Ya no volverás a desafiar al viento. Ya no volverás a vencer a los yates elegantes y presumidos.

Así se lamentaba el capitán French, de pie en el sollado y contemplando la ruina con lágrimas en los ojos. Hasta Joe, que sentía por él profunda antipatía, le compadeció en aquel momento. Una ráfaga más fuerte cogió la dentada cresta de una ola y la precipitó sobre la embarcación indefensa.

-¿No podremos salvarla? -preguntó Joe atropelladamente.

Frisco Kid movió la cabeza.

-¿Ni siquiera la caja de caudales?

-Imposible -contestó-. Ni por todo el oro de los Estados Unidos podría colocarse otro barco a nuestro lado. De forma que lo único que podemos hacer es tratar de salvarnos nosotros.

Pasó otra ola por encima de ellos, y el bote, sumergido desde mucho antes, se hizo pedazos contra la popa. Luego el Reindeer se alzó junto a ellos sobre una montaña de agua. Joe se inclinó, pues parecía que iba a caerles encima pero un instante después se hundía en el abismo y lo vieron muy por debajo de ellos.

Era una visión imponente, que Joe no iba a olvidar jamás. El Reindeer se balanceaba en la cresta de nevada espuma; barrían su cubierta las olas, que caían formando cataratas y por todas partes brotaban surtidores, dando a la escena un aspecto fantástico. Uno de los hombres, reptando por la peligrosa cubierta de popa, se esforzaba en desatar el bote destrozado por las olas. El grumete, inclinado sobre la barandilla del sollado, le alargaba un cuchillo. El otro hombre estaba junto al timón, manejándolo con mano ligera y obligando a avanzar al bergantín. A su lado, llevando en cabestrillo el brazo herido, se hallaba Red Nelson, descubierta la cabeza y los dorados bucles empapados, que el viento le hacía revolotear por la cara. Toda su actitud respiraba fuerza y valor indomables. Parecía desprenderse de él un fuego sublime.

Joe le miró de pronto con respeto y, dándose cuenta de las enormes energías de aquel hombre, lamentó la forma con que habían sido empleadas. ¡Un ladrón! En aquel instante Joe vislumbró la realidad de la vida, y pudo interpretar el misterio del éxito y del fracaso. La vida descorría las cortinas para que él lograse leer y comprender. De esta misma arcilla se formaban los héroes; pero ellos poseían lo que le faltaba a Red Nelson: el poder de elección, el prudente equilibrio de la inteligencia, el firme dominio del alma. En una palabra: las mismas cosas que servían de tema a los «sermones» de su padre.

Esto fue lo que pensó Joe en el transcurso de un segundo. Entonces el Reindeer volaba sobre el lomo de una ola imponente, para abatirse después a sotavento junto a la proa del Dazzler

-¡El loco! ¡el loco! -exclamó French Pete mirando esta maniobra con espanto-. Se figura que puede hacer bromas. ¡Se matará! ¡Todos moriremos! Debió dar la vuelta. ¡Oh, el loco, el loco!

Pero no había tiempo que perder y Red Nelson se aventuró a probar suerte. En el momento preciso arrió la vela mayor y trató de barloar.

-¡Ahora viene! ¡Prepárate a saltar dentro! dijo Frisco Kid a Joe.

El Reindeer pasó junto a la popa, tumbándose hasta sumergir las ventanas de la cabina, y tan próximo a ellos, que parecía que iba a abordarles. Pero un capricho de las aguas separó las dos embarcaciones.

Red Nelson, al ver que la maniobra se había frustrado, preparó otra enseguida. Inclinando con fuerza el timón, hizo virar rápidamente al Reindeer, y el botalón se balanceó cerca del Dazzler French Pete era quien estaba más inmediato y la oportunidad no duraría un segundo. Saltó como un gato y asió la cuerda con ambas manos. Entonces el Reindeer se alejó, hundiéndole en el agua a cada cabeceo. Pero él seguía agarrado a la cuerda, y cuando salía a flote hacía esfuerzos para subir a bordo, hasta que al fin lo consiguió y se dejó caer en el sollado mientras Red Nelson viraba para retroceder a sotavento y repetir la maniobra.

-¡Ahora te toca a ti! dijo Frisco Kid.

-¡No, a ti! -contestó Joe.

-Es que yo se nadar mejor que tú -insistió Frisco Kid.

-Yo sé tanto como tú -replicó el otro.

Hubiese sido difícil conjeturar el resultado de esta disputa; pero en aquella ocasión la rápida sucesión de los acontecimientos hizo innecesario todo convenio.

El Reindeer había perdido el foque y retrocedía a una velocidad vertiginosa y tan inclinado que parecía iba a zozobrar. Era aquél un espectáculo magnífico. Entonces fue cuando la tempestad estalló con toda su furia; el viento bramaba y batía las encrespadas olas de aquel hervidero. El Reindeer desapareció tras una ola inmensa, y un momento después, donde había estado el bergantín, los ojos espantados de los grumetes no vieron sino las aguas enfurecidas. Como dudaran todavía, volvieron a mirar. No se hallaba allí el Reindeer Se hallaban solos en la atormentada superficie del Océano.

-¡Que Dios se apiade de sus almas! -exclamó solemnemente Frisco Kid.

Joe estaba demasiado horrorizado por la rapidez de la catástrofe para poder decir nada.

-Con el lastre que llevaba, se ha ido enseguida al fondo -pronunció casi sin aliento Frisco Kid. Luego prosiguió, atendiendo a la urgencia de su propia necesidad: Ahora hemos de preocuparnos de nosotros. Después de esta ráfaga la tormenta se aplacará, pero el mar se pondrá más bravo cuando cese el viento. Ayúdame con una mano y sostente con la otra. Procuraremos seguir adelante.

Con el cuchillo en la mano treparon juntos hacia la proa, donde los restos del naufragio entorpecían seriamente la marcha. Frisco Kid inició este trabajo tan dificultoso, pero Joe obedecía las órdenes como un veterano. A cada minuto la proa se veía barrida por las olas, que les zarandeaban y molían como si fueran dos paquetes. Primeramente la porción mayor de los restos fue asegurada en las bitas delanteras; después, jadeando, sin aliento, más veces bajo el agua que fuera de ella, cortaron y tajaron el enredo de drizas, velas, estays y jarcias. El sollado se llenaba de agua rápidamente, y aquello era una lucha desesperada entre el naufragio y la ejecución de la maniobra. Sin embargo lograron al fin despejarlo todo, excepto el aparejo de sotavento. Frisco Kid cortó de un tajo los rebenques. El temporal hizo lo demás.

El Dazzler derivaba rápidamente a sotavento. Deteniéndose sólo para animarse con el éxito de la empresa, los dos muchachos corrieron a popa, donde el sollado estaba casi inundado y flotaba todo lo almacenado en la cabina. Con un par de cubos hallados en los cajones de popa procedieron a achicar el agua. Era un trabajo desesperado, pues entraba más de la que salía; pero ellos perseveraron, y, al llegar la noche, el Dazzler, balanceándose alegremente sujeto al áncora de resistencia, podía jactarse de que las bombas funcionaban una vez más. Como había dicho Frisco Kid, el temporal había cedido, pero el viento había cambiado hacia Poniente y seguía soplando con fuerza.

-Si esto dura -dijo Frisco Kid-, tal vez derivemos mañana hacia la costa de California. No podemos hacer sino esperar.

Hablaban muy poco, impresionados por la pérdida de sus compañeros y rendidos por el cansancio, prefiriendo estar muy juntos, a fin de prestarse mutuamente calor y ánimo. Fue aquella una noche muy triste, en la que el frío les hacía temblar constantemente. Nada había seco a bordo; alimentos, mantas, todo estaba empapado de agua salada. A veces se adormilaban, pero estos intervalos eran siempre cortos, pues el uno o el otro se despertaban de pronto sobresaltados y no dejaban dormir al compañero.

Al fin empezó a clarear, y miraron a su alrededor. Viento y mar habían amainado considerablemente, y ya no se trataba mas que de la seguridad del Dazzler La costa, más próxima de lo que ellos suponían, mostraba sus rocas negras y hostiles en las brumas del amanecer. Pero con la salida del sol pudieron distinguir las playas amarillentas, flanqueadas por la espuma de la marejada, y más allá -dudando de que fuese cierto- los grupos de casas y las chimeneas humeantes de una ciudad.

-¡Santa Cruz! -gritó Frisco Kid-. Ahí no hay cuidado de naufragar con la resaca.

-Entonces, ¿la caja de caudales está salvada? -preguntó Joe.

-¡Salvada! Ya lo puedo asegurar. No hay allí ningún puerto seguro para barcos grandes, pero con este viento iremos directamente a las bocas del río San Lorenzo. Aquello parece un pequeño lago, y hay un refugio para las embarcaciones. El agua, tranquila y clara como un cristal, apenas pasa de la cabeza. Yo estuve allí otra vez y conozco aquello. Llegamos a tiempo de desayunar.

Sacó de los cajones algunas adujas de cuerda de reserva, las ató sobre la parte fija de la guindaleza del áncora de resistencia, y trajo a popa la nueva corredera, sujetándola a las bitas. El Dazzler se balanceaba y, después de la maniobra, dirigió la proa a la costa.

Un par de remos que subieron y otras tantas mantas mojadas bastaron para confeccionar una bandola y una vela. Cuando todo esto estuvo colocado, Joe libró la embarcación de los restos del naufragio que ahora iban a remolque, y Frisco Kid se apoderó del timón.

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