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Capítulo XXI

CAPÍTULO 21
JOE Y SU PADRE

-¿Qué te parece? -exclamó Frisco Kid cuando, después de amarrar el Dazzler, se sentó en el borde del pequeño malecón-. ¿Qué hacemos ahora, capitán?

Joe levantó los ojos sorprendido.

-Pero... ¿qué te pasa?

-Bueno, ¿no eres tú ahora el capitán? ¿No hemos llegado a tierra? Desde este momento yo soy la tripulación, ¿no es eso? ¿Qué ordenas?

Joe recogió la alusión.

-Todos a preparar el desayuno... eso es... espera un momento.

Bajó de nuevo al barco, y se apoderó del dinero que había guardado en su fardo al llegar a bordo. Después cerró con llave la puerta de la cabina y se reunió con Frisco para dirigirse a la ciudad, en busca de un restaurante. Mientras desayunaban, Joe planteó lo que debían hacer y se lo comunicó a su compañero.

Respondiendo a las preguntas de Joe, el camarero le dijo la hora de salida del tren para San Francisco. Echó una mirada al reloj.

-Tengo el tiempo justo para tomarlo -dijo a Frisco Kid-. No abras las puertas de la cabina ni dejes que suba nadie a bordo. Aquí tienes dinero. Come en el restaurante, seca las mantas y duerme en el sollado. Yo estaré de vuelta mañana; pero no dejes entrar a nadie en la cabina. Hasta la vista.

Se despidieron con un rápido apretón de manos, y Joe se fue corriendo calle abajo hacia la estación. El revisor le miró con sorpresa al taladrarle el billete. Y no era de extrañar, porque los pasajeros no acostumbraban a viajar con botas de agua e impermeable. Joe no hizo caso, ni lo notó siquiera. Había comprado un periódico y estaba absorto en su lectura. Pronto encontraron sus ojos un artículo interesante:

«SE DA TODO POR PERDIDO»

»El remolcador Sea Queen, fletado por Bronson & Tate, ha regresado de una expedición infructuosa más allá de los Heads. No han podido obtenerse noticias acerca de los piratas que tan atrevidamente se apoderaron de la caja de caudales, en San Andreas, la noche del pasado jueves. El farero de las Farrallones dice haber visto el viernes por la mañana dos bergantines alejándose de la costa en lo más fuerte de la tormenta. Las gentes de mar suponen que han perecido durante el temporal juntamente con lo robado. Se dice que, además de los diez mil dólares, la caja de caudales contenía documentos de suma importancia.»

Cuando Joe hubo leído todo esto, sintió un gran alivio. Era evidente que nadie había muerto en San Andreas la noche del robo, pues de lo contrario hubiese habido algún comentario en el periódico. Así pues, todo iba bien.

En la estación de San Francisco se sorprendieron los transeúntes al ver que un muchacho con botas de agua e impermeable subía a un coche y partía a escape.

Pero Joe llevaba prisa. Conocía las horas en que su padre estaba en el despacho y tenía miedo de no poder hallarle antes de que se marcharse a almorzar.

El botones de la oficina le puso mala cara cuando abrió la puerta y Joe le pidió ver al señor Bronson. El primer dependiente, intimado por la llegada de aquel intruso tan poco recomendable, no le pudo reconocer.

-¿No me conoce usted, señor Willis?

El señor Willis le miró sorprendido.

-¡Cómo, si es Joe Bronson! ¿De dónde diablos sales? Entra, tu padre está ahí.

El señor Bronson dejó de dictar al taquígrafo y levantó la vista.

-¿Dónde has estado? -le preguntó.

-Embarcado -contestó titubeando Joe, no sabiendo aún exactamente cómo sería recibido, y apretando, nervioso, la gorra impermeable.

-Un viaje corto, por lo visto. ¿Y cómo te ha ido?

-¡Oh! Así, así... -dijo Joe; y leyendo en los ojos de su padre, supo que podía lanzarse sin miedo-. No tan mal, si se tiene en cuenta...

-¿Si se tiene en cuenta qué?

-Bueno; pudo haberme ido peor, pero en realidad no ha podido irme mejor.

-Eso es interesante; siéntate -y volviéndose hacia el taquígrafo le dijo: -Puede usted marcharse, señor Brown... hoy ya no volveré a necesitarle.

Joe apenas podía contener las lágrimas al ver la naturalidad y el cariño con que le recibía su padre, haciéndole sentar como si no hubiese ocurrido absolutamente nada extraordinario. Parecía que acabase de regresar de unas vacaciones, o bien, hecho hombre ya, volviese de un viaje de negocios.

Ahora puedes empezar, Joe. Hace un momento me hablabas en enigma y has despertado mi curiosidad de un modo indecible.

Con lo cual se sentó Joe y contó lo ocurrido, todo lo ocurrido desde el lunes por la noche hasta aquel momento. Narró todos los pequeños incidentes, todos los detalles, no olvidando las conversaciones con Frisco Kid, ni sus proyectos referentes a este último. Se le arreboló la cara y se dejó arrastrar por la excitación del relato, mientras el señor Bronson, casi tan emocionado como él, permanecía silencioso, incitándole únicamente cuando se detenía un poco.

-Ya ves, pues -concluyó Joe-, que no podía terminar mejor.

-¡Bueno! -advirtió el señor Bronson prudentemente-. Ha podido ser así, pero también pudo no serlo. -No comprendo.

Joe sentía una verdadera decepción ante la incompleta aprobación de su padre. Se figuraba que la restitución de la caja de caudales merecía algo más.

Era evidente que el señor Bronson comprendía lo que pasaba por Joe, pues prosiguió:

-En cuanto al asunto de la caja de caudales, mereces toda suerte de elogios, Joe. Te has hecho acreedor a mi más completa confianza. El señor Tate y yo hemos gastado ya quinientos dólares en las tentativas para recuperarla. Era tan importante, que hemos ofrecido también cinco mil dólares de recompensa, y precisamente esta mañana hemos considerado la conveniencia de aumentar esta suma. Pero, hijo mío -el señor Bronson se detuvo, poniendo afectuosamente una mano sobre el hombro del muchacho-, hay ciertas cosas en el mundo más importantes que el oro o los documentos que representan lo que con el oro se puede adquirir. ¿Qué me dices de ti? Esto es lo interesante. ¿Querrías vender ahora mismo las mejores posibilidades de tu vida por un millón de dólares?

Joe sacudió la cabeza.

-Esto es lo interesante, como te dije. Todo el dinero del mundo no puede comprar una vida humana, ni puede redimir al que está completamente perdido, ni llenar, completar o embellecer una vida despreciable y mal dirigida. ¿Qué me dices de ti? ¿Qué efecto han producido en tu vida, Joe, en tu vida, estas extrañas aventuras? ¿Volverías a marcharte mañana para empezar de nuevo? ¿Me entiendes? ¿Crees que por un solo instante opondría yo todo el valor de la vida de mi hijo al mezquino valor de una caja de caudales? ¿Cómo he de poder decir, hasta que el tiempo no lo confirme, si este viaje ha podido dar mejores resultados? Una experiencia semejante es tan eficaz para el mal como para el bien. Un dólar es exactamente igual a otro, y en el mundo hay muchos; pero no hay ningún Joe como mi Joe, ni hay otro en el mundo que pueda sustituirle. ¿No lo ves, Joe? ¿No lo comprendes?

La voz del señor Bronson se quebró ligeramente y un instante después Joe sollozaba como si fuese a estallarle el corazón. Hasta entonces no había comprendido nunca a su padre, y ahora veía que debió causarle mucha pena, sin contar la que causara a su madre y a su hermana. Pero los cuatro días de emoción que había vivido le habían dado una visión más clara del mundo y de la humanidad.

Como poseía la facultad de expresar con exactitud sus pensamientos, habló de todas estas cosas; de las lecciones que había sacado, de las conclusiones que había deducido de sus conversaciones con Frisco Kid, de sus relaciones con French Pete, de la visión imborrable que conservaba del Reindeer y de Red Nelson cuando desaparecieron en el abismo. Y el señor Bronson, que lo escuchaba atentamente, comprendió a su vez.

-Pero ¿qué me dices de Frisco Kid, padre? -preguntó Joe cuando hubo terminado.

-Por lo que de él me cuentas, parece que el muchacho promete mucho -esta vez el señor Bronson disimuló el relámpago que cruzó por sus ojos-. Y debo confesar que parece perfectamente apto para dirigirse por sí mismo.

-¡Padre! -dijo Joe, no pudiendo dar crédito a lo que oía.

-Veamos primero. De momento, le corresponden la mitad de los cinco mil dólares; la otra mitad te pertenece a ti. Los dos juntos evitasteis que la caja de caudales se hundiera en el fondo del Pacífico, y si hubierais esperado un poco más, el señor Tate y yo hubiésemos aumentado el premio.

-¡Oh! -exclamó Joe-. Eso está arreglado enseguida. Yo renuncio sencillamente a la mitad que me corresponde. Pero no es eso precisamente lo que desea Frisco Kid. Él quiere tener unos buenos amigos... y... y... aunque tú lo hayas dicho, éstos valen mucho más que el dinero, y con dinero no pueden comprarse. Él quiere tener unos buenos amigos y una oportunidad para educarse, no dos mil quinientos dólares.

-¿No sería mejor que escogiese por sí mismo?

-¡Oh, no! Ya está todo convenido.

-¿Convenido?

-Sí señor. Él es capitán en el mar y yo soy el capitán en tierra. Ahora se halla bajo mi responsabilidad.

-Entonces, ¿tú tienes poderes para representarle en estas negociaciones? Bueno; pues voy a hacerte una proposición. Yo le guardaré en depósito los dos mil quinientos dólares, los cuales estarán en todo momento a su disposición. Más tarde arreglaremos tus asuntos. Luego lo pondremos a prueba durante un año, por ejemplo, en nuestra oficina. Tú mismo puedes dirigirle en sus estudios, pues confío que en adelante progresarás en los tuyos; y en último caso, puede ir a una escuela nocturna. Después, si sale airoso de este período de prueba, le daré las mismas facilidades para educarse que a ti. Todo depende de él. Y ahora, señor apoderado, ¿qué tienes que decir de mi oferta en interés de tu cliente?

-Que cierro el trato enseguida.

Padre e hijo se estrecharon la mano.

-¿Y tú qué vas a hacer ahora, Joe?

-Primero telegrafiar a Frisco Kid y luego ir a casa corriendo.

-Pues espera un minuto, que llame a San Andreas para comunicar la buena nueva al señor Tate, y después voy contigo.

-Señor Willis -dijo el señor Bronson cuando salieron de la oficina-, la caja de caudales de San Andreas ha sido recuperada, y lo celebraremos con un día de fiesta. Tenga la bondad de decir a los empleados que están libres por el resto del día. ¡Ah! -añadió volviéndose al entrar en el ascensor—. Sin olvidar al botones.

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