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Jane Austen
Orgullo y Prejuicio
CAPÍTULO I
Es una verdad
mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna,
necesita una esposa.
Sin embargo, poco se sabe de los
sentimientos u opiniones de un hombre de tales condiciones cuando entra a formar
parte de un vecindario. Esta verdad está tan arraigada en las mentes de algunas
de las familias que lo rodean, que algunas le consideran de su legítima
propiedad y otras de la de sus hijas.
––Mi querido señor Bennet ––le
dijo un día su esposa––, ¿sabías que, por fin, se ha alquilado Netherfield
Park?
El señor Bennet respondió que no.
––Pues así es ––insistió ella––;
la señora Long
ha estado aquí hace un momento y
me lo ha contado todo.
El señor Bennet no hizo ademán de
contestar.
––¿No quieres saber quién lo ha
alquilado? ––se impacientó su esposa.
––Eres tú la que quieres
contármelo, y yo no tengo inconveniente en oírlo.
Esta sugerencia le fue
suficiente.
––Pues sabrás, querido, que la
señora Long
dice que Netherfield ha sido
alquilado por un joven muy rico del norte de Inglaterra; que vino el lunes en
un landó de cuatro caballos para ver el lugar; y que se quedó tan encantado con
él que inmediatamente llegó a un acuerdo con el señor
Morris;
que antes de San Miguel
vendrá a ocuparlo; y que algunos de sus criados estarán en la casa a finales de
la semana que viene.
––¿Cómo se llama?
––Bingley.
––¿Está casado o soltero?
––¡Oh!, soltero, querido, por
supuesto. Un hombre soltero y de gran fortuna; cuatro o cinco mil libras al año.
¡Qué buen partido para nuestras hijas!
––¿Y qué? ¿En qué puede
afectarles?
––Mi querido señor Bennet
––contestó su esposa––, ¿cómo puedes ser tan ingenuo? Debes saber que estoy
pensando en casarlo con una de ellas.
––¿Es ese el motivo que le ha
traído?
––¡Motivo! Tonterías, ¿cómo
puedes decir eso? Es muy posible que se enamore de una de ellas, y por eso debes
ir a visitarlo tan pronto como llegue.
––No veo la razón para ello.
Puedes ir tú con las muchachas o mandarlas a ellas solas, que tal vez sea mejor;
como tú eres tan guapa como cualquiera de ellas, a lo mejor el señor Bingley te
prefiere a ti.
––Querido, me adulas. Es verdad
que en un tiempo no estuve nada mal, pero ahora no puedo pretender ser nada
fuera de lo común. Cuando una mujer tiene cinco hijas creciditas, debe dejar de
pensar en su propia belleza.
––En tales casos, a la mayoría de
las mujeres no les queda mucha belleza en qué pensar.
––Bueno, querido, de verdad,
tienes que ir a visitar al señor Bingley en cuanto se instale en el vecindario.
––No te lo garantizo.
––Pero piensa en tus hijas. Date
cuenta del partido que sería para una de ellas.
Sir
Willam y
lady
Lucas están decididos a ir, y
sólo con ese propósito. Ya sabes que normalmente no visitan a los nuevos
vecinos. De veras, debes ir, porque para nosotras será imposible visitarlo si tú
no lo haces.
––Eres demasiado comedida. Estoy
seguro de que el señor Bingley se alegrará mucho de veros; y tú le llevarás unas
líneas de mi parte para asegurarle que cuenta con mi más sincero consentimiento
para que contraiga matrimonio con una de ellas; aunque pondré alguna palabra en
favor de mi pequeña Lizzy.
––Me niego a que hagas tal cosa.
Lizzy no es en nada mejor que las otras, no es ni la mitad de guapa que
Jane,
ni la mitad de alegre que
Lydia.
Pero tú siempre la prefieres a
ella.
––Ninguna de las tres es muy
recomendable ––le respondió––. Son tan tontas e ignorantes como las demás
muchachas; pero Lizzy tiene algo más de agudeza que sus hermanas.
––¡Señor Bennet!
¿Cómo puedes hablar así de tus hijas? Te encanta disgustarme. No tienes
compasión de mis pobres nervios.
––Te equivocas, querida. Les
tengo mucho respeto a tus nervios. Son viejos amigos míos. Hace por lo menos
veinte años que te oigo mencionarlos con mucha consideración.
––¡No sabes cuánto sufro!
––Pero te pondrás bien y vivirás
para ver venir a este lugar a muchos jóvenes de esos de cuatro mil libras al
año.
––No serviría de nada si viniesen
esos veinte jóvenes y no fueras a visitarlos.
––Si depende de eso, querida, en
cuanto estén aquí los veinte, los visitaré a todos.
El señor Bennet era una mezcla
tan rara entre ocurrente, sarcástico, reservado y caprichoso, que la experiencia
de veintitrés años no habían sido suficientes para que su esposa entendiese su
carácter. Sin embargo, el de ella era menos difícil, era una mujer de poca
inteligencia, más bien inculta y de temperamento desigual. Su meta en la vida
era casar a sus hijas; su consuelo, las visitas y el cotilleo.
CAPÍTULO II
El señor Bennet fue uno de los
primeros en presentar sus respetos al señor Bingley. Siempre tuvo la intención
de visitarlo, aunque, al final, siempre le aseguraba a su esposa que no lo
haría; y hasta la tarde después de su visita, su mujer no se enteró de nada. La
cosa se llegó a saber de la siguiente manera: observando el señor Bennet cómo su
hija se colocaba un sombrero, dijo:
––Espero que al señor Bingley le
guste, Lizzy.
––¿Cómo podemos saber qué le
gusta al señor Bingley ––dijo su esposa resentida–– si todavía no hemos ido a
visitarlo?
––Olvidas, mamá ––dijo
Elizabeth––
que lo veremos en las fiestas, y
que la señora Long
ha prometido presentárnoslo.
––No creo que la señora
Long
haga semejante cosa. Ella tiene
dos sobrinas en quienes pensar; es egoísta e hipócrita y no merece mi confianza.
––Ni la mía tampoco ––dijo el
señor Bennet–– y me alegro de saber que no dependes de sus servicios. La señora
Bennet no se dignó contestar; pero incapaz de contenerse empezó a reprender a
una de sus hijas.
––¡Por el amor de Dios, Kitty no
sigas tosiendo así! Ten compasión de mis nervios. Me los estás destrozando.
––Kitty
no es nada discreta tosiendo
––dijo su padre––. Siempre lo hace en momento inoportuno.
––A mí no me divierte toser
––replicó Kitty
quejándose.
––¿Cuándo es tu próximo baile,
Lizzy?
––De mañana en quince días.
––Sí, así es ––exclamó la
madre––. Y la señora Long
no volverá hasta un día antes;
así que le será imposible presentarnos al señor Bingley, porque todavía no le
conocerá.
––Entonces, señora Bennet, puedes
tomarle la delantera a tu amiga y presentárselo tú a ella.
––Imposible, señor Bennet,
imposible, cuando yo tampoco le conozco. ¿Por qué te burlas?
––Celebro tu discreción. Una
amistad de quince días es verdaderamente muy poco. En realidad, al cabo de sólo
dos semanas no se puede saber muy bien qué clase de hombre es. Pero si no nos
arriesgamos nosotros, lo harán otros. Al fin y al cabo, la señora
Long
y sus sobrinas pueden esperar a
que se les presente su oportunidad; pero, no obstante, como creerá que es un
acto de delicadeza por su parte el declinar la atención, seré yo el que os lo
presente.
Las muchachas miraron a su padre
fijamente. La señora Bennet se limitó a decir:
––¡Tonterías, tonterías!
––¿Qué significa esa enfática
exclamación? ––preguntó el señor Bennet––. ¿Consideras las fórmulas de
presentación como tonterías, con la importancia que tienen? No estoy de acuerdo
contigo en eso. ¿Qué dices tú,
Mary? Que yo sé que eres
una joven muy reflexiva, y que lees grandes libros y los resumes.
Mary
quiso decir algo sensato, pero no
supo cómo.
––Mientras
Mary
aclara sus ideas ––continuó él––,
volvamos al señor Bingley.
––¡Estoy harta del señor Bingley!
––gritó su esposa.
––Siento mucho oír eso; ¿por qué
no me lo dijiste antes? Si lo hubiese sabido esta mañana, no habría ido a su
casa. ¡Mala suerte! Pero como ya le he visitado, no podemos renunciar a su
amistad ahora.
El asombro de las señoras fue
precisamente el que él deseaba; quizás el de la señora Bennet sobrepasara al
resto; aunque una vez acabado el alboroto que produjo la alegría, declaró que
en el fondo era lo que ella siempre había figurado.
––¡Mi querido señor Bennet, que
bueno eres! Pero sabía que al final te convencería. Estaba segura de que quieres
lo bastante a tus hijas como para no descuidar este asunto. ¡Qué contenta estoy!
¡Y qué broma tan graciosa, que hayas ido esta mañana y no nos hayas dicho nada
hasta ahora!
––Ahora,
Kitty,
ya puedes toser cuanto quieras
––dijo el señor Bennet; y salió del cuarto fatigado por el entusiasmo de su
mujer.
––¡Qué padre más excelente
tenéis, hijas! ––dijo ella una vez cerrada la puerta––. No sé cómo podréis
agradecerle alguna vez su amabilidad, ni yo tampoco, en lo que a esto se
refiere. A estas alturas, os aseguro que no es agradable hacer nuevas amistades
todos los días. Pero por vosotras haríamos cualquier cosa.
Lydia,
cariño, aunque eres la más joven,
apostaría a que el señor Bingley bailará contigo en el próximo baile.
––Estoy tranquila ––dijo
Lydia
firmemente––, porque aunque soy
la más joven, soy la más alta.
El resto de la tarde se lo
pasaron haciendo conjeturas sobre si el señor Bingley devolvería pronto su
visita al señor Bennet, y determinando cuándo podrían invitarle a cenar.
CAPÍTULO III
Por más que la señora Bennet, con
la ayuda de sus hijas, preguntase sobre el tema, no conseguía sacarle a su
marido ninguna descripción satisfactoria del señor Bingley. Le atacaron de
varias maneras: con preguntas clarísimas, suposiciones ingeniosas, y con
indirectas; pero por muy hábiles que fueran, él las eludía todas. Y al final se
vieron obligadas a aceptar la información de segunda mano de su vecina
lady
Lucas. Su impresión era muy
favorable, sir William
había quedado encantado con él.
Era joven, guapísimo, extremadamente agradable y para colmo pensaba asistir al
próximo baile con un grupo de amigos. No podía haber nada mejor. El que fuese
aficionado al baile era verdaderamente una ventaja a la hora de enamorarse; y
así se despertaron vivas esperanzas para conseguir el corazón del señor
Bingley. ––Si pudiera ver a una de mis hijas viviendo felizmente en
Netherfield, y a las otras igual de bien casadas, ya no desearía más en la
vida le dijo la señora Bennet a su marido.
Pocos días después, el señor
Bingley le devolvió la visita al señor Bennet y pasó con él diez minutos en su
biblioteca. Él había abrigado la esperanza de que se le permitiese ver a las
muchachas de cuya belleza había oído hablar mucho; pero no vio más que al padre.
Las señoras fueron un poco más afortunadas, porque tuvieron la ventaja de poder
comprobar desde una ventana alta que el señor Bingley llevaba un abrigo azul y
montaba un caballo negro.
Poco después le enviaron una
invitación para que fuese a cenar. Y cuando la señora Bennet tenía ya planeados
los manjares que darían crédito de su buen hacer de ama de casa, recibieron una
respuesta que echaba todo a perder. El señor Bingley se veía obligado a ir a la
ciudad al día siguiente, y en consecuencia no podía aceptar el honor de su
invitación. La señora Bennet se quedó bastante desconcertada. No podía imaginar
qué asuntos le reclamaban en la ciudad tan poco tiempo después de su llegada a
Hertfordshire;
y empezó a temer que iba a andar
siempre revoloteando de un lado para otro sin establecerse definitivamente y
como es debido en Netherfield.
Lady Lucas apaciguó un
poco sus temores llegando a la conclusión de que sólo iría a Londres para reunir
a un grupo de amigos para la fiesta. Y pronto corrió el rumor de que Bingley iba
a traer a doce damas y a siete caballeros para el baile. Las muchachas se
afligieron por semejante número de damas; pero el día antes del baile se
consolaron al oír que en vez de doce había traído sólo a seis, cinco hermanas y
una prima. Y cuando el día del baile entraron en el salón, sólo eran cinco en
total: el señor Bingley, sus dos hermanas, el marido de la mayor y otro joven.
El señor Bingley era apuesto,
tenía aspecto de caballero, semblante agradable y modales sencillos y poco
afectados. Sus hermanas eran mujeres hermosas y de indudable elegancia. Su
cuñado, el señor Hurst,
casi no tenía aspecto de
caballero; pero fue su amigo el señor Darcy el que pronto centró la atención del
salón por su distinguida personalidad, era un hombre alto, de bonitas facciones
y de porte aristocrático. Pocos minutos después de su entrada ya circulaba el
rumor de que su renta era de diez mil libras al año. Los señores declaraban que
era un hombre que tenía mucha clase; las señoras decían que era mucho más guapo
que Bingley, siendo admirado durante casi la mitad de la velada, hasta que sus
modales causaron tal disgusto que hicieron cambiar el curso de su buena fama; se
descubrió que era un hombre orgulloso, que pretendía estar por encima de todos
los demás y demostraba su insatisfacción con el ambiente que le rodeaba; ni
siquiera sus extensas posesiones en
Derbyshire podían
salvarle ya de parecer odioso y desagradable y de que se considerase que no
valía nada comparado con su amigo.
El señor Bingley enseguida trabó
amistad con las principales personas del salón; era vivo y franco, no se perdió
ni un solo baile, lamentó que la fiesta acabase tan temprano y habló de dar una
él en Netherfield. Tan agradables cualidades hablaban por sí solas. ¡Qué
diferencia entre él y su amigo! El señor Darcy bailó sólo una vez con la señora
Hurst
y otra con la señorita Bingley,
se negó a que le presentasen a ninguna otra dama y se pasó el resto de la noche
deambulando por el salón y hablando de vez en cuando con alguno de sus
acompañantes. Su carácter estaba definitivamente juzgado. Era el hombre más
orgulloso y más antipático del mundo y todos esperaban que no volviese más por
allí. Entre los más ofendidos con Darcy estaba la señora Bennet, cuyo disgusto
por su comportamiento se había agudizado convirtiéndose en una ofensa personal
por haber despreciado a una de sus hijas.
Había tan pocos caballeros que
Elizabeth
Bennet se había visto obligada a
sentarse durante dos bailes; en ese tiempo Darcy estuvo lo bastante cerca de
ella para que la muchacha pudiese oír una conversación entre él y el señor
Bingley, que dejó el baile unos minutos para convencer a su amigo de que se
uniese a ellos.
––Ven, Darcy ––le dijo––, tienes
que bailar. No soporto verte ahí de pie, solo y con esa estúpida actitud. Es
mejor que bailes.
––No pienso hacerlo. Sabes cómo
lo detesto, a no ser que conozca personalmente a mi pareja. En una fiesta como
ésta me sería imposible. Tus hermanas están comprometidas, y bailar con
cualquier otra mujer de las que hay en este salón sería como un castigo para
mí.
––No deberías ser tan exigente y
quisquilloso ––se quejó Bingley––. ¡Por lo que más quieras! Palabra de honor,
nunca había visto a tantas muchachas tan encantadoras como esta noche; y hay
algunas que son especialmente bonitas.
––Tú estás bailando con la única
chica guapa del salón ––dijo el señor Darcy mirando a la mayor de las Bennet.
––¡Oh! ¡Ella es la criatura más
hermosa que he visto en mi vida! Pero justo detrás de ti está sentada una de sus
hermanas que es muy guapa y apostaría que muy agradable. Deja que le pida a mi
pareja que te la presente.
––¿Qué dices? ––y, volviéndose,
miró por un momento a Elizabeth,
hasta
que sus miradas se cruzaron, él apartó inmediatamente la suya y dijo fríamente:
––No está mal, aunque no es lo bastante guapa como para tentarme; y no estoy de
humor para hacer caso a las jóvenes que han dado de lado otros. Es mejor que
vuelvas con tu pareja y disfrutes de sus sonrisas porque estás malgastando el
tiempo conmigo.
El señor Bingley siguió su
consejo. El señor Darcy se alejó; y
Elizabeth
se quedó allí con sus
no
muy cordiales sentimientos hacia
él. Sin embargo, contó la historia a sus amigas con mucho humor porque era
graciosa y muy alegre, y tenía cierta disposición a hacer divertidas las cosas
ridículas.
En resumidas cuentas, la velada
transcurrió agradablemente para toda la familia. La señora Bennet vio cómo su
hija mayor había sido admirada por los de Netherfield. El señor Bingley había
bailado con ella dos veces, y sus hermanas estuvieron muy atentas con ella.
Jane
estaba tan satisfecha o más que
su madre, pero se lo guardaba para ella.
Elizabeth
se alegraba por
Jane. Mary
había oído cómo la señorita
Bingley decía de ella que era la muchacha más culta del vecindario. Y
Catherine
y
Lydia
habían tenido la suerte de no
quedarse nunca sin pareja, que, como les habían enseñado, era de lo único que
debían preocuparse en los bailes. Así que volvieron contentas a Longbourn, el
pueblo donde vivían y del que eran los principales habitantes. Encontraron al
señor Bennet aún levantado; con un libro delante perdía la noción del tiempo; y
en esta ocasión sentía gran curiosidad por los acontecimientos de la noche que
había despertado tanta expectación. Llegó a creer que la opinión de su esposa
sobre el forastero pudiera ser desfavorable; pero pronto se dio cuenta de que lo
que iba a oír era todo lo contrario.
––¡Oh!, mi querido señor Bennet
––dijo su esposa al entrar en la habitación––. Hemos tenido una velada
encantadora, el baile fue espléndido. Me habría gustado que hubieses estado
allí. Jane
despertó tal admiración, nunca
se había visto nada igual. Todos comentaban lo guapa que estaba, y el señor
Bingley la encontró bellísima y bailó con ella dos veces. Fíjate, querido;
bailó con ella dos veces. Fue a la única de todo el salón a la que sacó a bailar
por segunda vez. La primera a quien sacó fue a la señorita Lucas. Me contrarió
bastante verlo bailar con ella, pero a él no le gustó nada. ¿A quién puede
gustarle?, ¿no crees? Sin embargo pareció quedarse prendado de
Jane
cuando la vio bailar. Así es que
preguntó quién era, se la presentaron y le pidió el siguiente baile. Entonces
bailó el tercero con la señorita
King,
el cuarto con María Lucas, el
quinto otra vez con Jane,
el sexto con Lizzy y el
boulanger...
––¡Si hubiese tenido alguna
compasión de mí ––gritó el marido impaciente–– no habría gastado tanto! ¡Por el
amor de Dios, no me hables más de sus parejas! ¡Ojalá se hubiese torcido un
tobillo en el primer baile!
––¡Oh, querido mío! Me tiene
fascinada, es increíblemente guapo, y sus hermanas son encantadoras. Llevaban
los vestidos más elegantes que he visto en mi vida. El encaje del de la señora
Hurst...
Aquí fue interrumpida de nuevo.
El señor Bennet protestó contra toda descripción de atuendos. Por lo tanto ella
se vio obligada a pasar a otro capítulo del relato, y contó, con gran amargura y
algo de exageración, la escandalosa rudeza del señor Darcy.
––Pero puedo asegurarte
––añadió–– que Lizzy no pierde gran cosa con no ser su tipo, porque es el hombre
más desagradable y horrible que existe, y no merece las simpatías de nadie. Es
tan estirado y tan engreído que no hay forma de soportarle. No hacía más que
pasearse de un lado para otro como un pavo real. Ni siquiera es lo bastante
guapo para que merezca la pena bailar con él. Me habría gustado que hubieses
estado allí y que le hubieses dado una buena lección. Le detesto.
CAPÍTULO IV
Cuando
Jane
y
Elizabeth
se quedaron solas, la primera,
que había sido cautelosa a la hora de elogiar al señor Bingley, expresó a su
hermana lo mucho que lo admiraba.
––Es todo lo que un hombre joven
debería ser ––dijo ella––, sensato, alegre, con sentido del humor; nunca había
visto modales tan desenfadados, tanta naturalidad con una educación tan
perfecta.
––Y también es guapo ––replicó
Elizabeth––, lo cual nunca está de más
en un joven. De modo que es un hombre completo.
––Me sentí muy adulada cuando me
sacó a bailar por segunda vez. No esperaba semejante cumplido.
––¿No te lo esperabas? Yo sí. Ésa
es la gran diferencia entre nosotras. A ti los cumplidos siempre te cogen de
sorpresa, a mí, nunca. Era lo más natural que te sacase a bailar por segunda
vez. No pudo pasarle inadvertido que eras cinco veces más guapa que todas las
demás mujeres que había en el salón. No agradezcas su galantería por eso. Bien,
la verdad es que es muy agradable, apruebo que te guste. Te han gustado muchas
personas estúpidas.
––¡Lizzy, querida!
––¡Oh! Sabes perfectamente que
tienes cierta tendencia a que te guste toda la gente. Nunca ves un defecto en
nadie. Todo el mundo es bueno y agradable a tus ojos. Nunca te he oído hablar
mal de un ser humano en mi vida.
––No quisiera ser imprudente al
censurar a alguien; pero siempre digo lo que pienso.
––Ya lo sé; y es eso lo que lo
hace asombroso. Estar tan ciega para las locuras y tonterías de los demás, con
el buen sentido que tienes. Fingir candor es algo bastante corriente, se ve en
todas partes. Pero ser cándido sin ostentación ni premeditación, quedarse con lo
bueno de cada uno, mejorarlo aun, y no decir nada de lo malo, eso sólo lo haces
tú. Y también te gustan sus hermanas, ¿no es así? Sus modales no se parecen en
nada a los de él.
––Al principio desde luego que
no, pero cuando charlas con ellas son muy amables. La señorita Bingley va a
venir a vivir con su hermano y ocuparse de su casa. Y, o mucho me equivoco, o
estoy segura de que encontraremos en ella una vecina encantadora.
Elizabeth
escuchaba en silencio, pero no
estaba convencida. El comportamiento de las hermanas de Bingley no había sido a
propósito para agradar a nadie. Mejor observadora que su hermana, con un
temperamento menos flexible y un juicio menos propenso a dejarse influir por
los halagos, Elizabeth
estaba poco dispuesta a aprobar a
las Bingley. Eran, en efecto, unas señoras muy finas, bastante alegres cuando
no se las contrariaba y, cuando ellas querían, muy agradables; pero orgullosas y
engreídas. Eran bastante bonitas; habían sido educadas en uno de los mejores
colegios de la capital y poseían una fortuna de veinte mil libras; estaban
acostumbradas a gastar más de la cuenta y a relacionarse con gente de rango, por
lo que se creían con el derecho de tener una buena opinión de sí mismas y una
pobre opinión de los demás. Pertenecían a una honorable familia del norte de
Inglaterra, circunstancia que estaba más profundamente grabada en su memoria
que la de que tanto su fortuna como la de su hermano había sido hecha en el
comercio.
El señor Bingley heredó casi cien
mil libras de su padre, quien ya había tenido la intención de comprar una
mansión pero no vivió para hacerlo. El señor Bingley pensaba de la misma forma
y a veces parecía decidido a hacer la elección dentro de su condado; pero como
ahora disponía de una buena casa y de la libertad de un propietario, los que
conocían bien su carácter tranquilo dudaban el que no pasase el resto de sus
días en Netherfield y dejase la compra para la generación venidera.
Sus hermanas estaban ansiosas de
que él tuviera una mansión de su propiedad. Pero aunque en la actualidad no
fuese más que arrendatario, la señorita Bingley no dejaba por eso de estar
deseosa de presidir su mesa; ni la señora
Hurst,
que se había casado con un hombre
más elegante que rico, estaba menos dispuesta a considerar la casa de su
hermano como la suya propia siempre que le conviniese.
A los dos años escasos de haber
llegado el señor Bingley a su mayoría de edad, una casual recomendación le
indujo a visitar la posesión de Netherfield. La vio por dentro y por fuera
durante media hora, y se dio por satisfecho con las ponderaciones del
propietario, alquilándola inmediatamente.
Ente él y Darcy existía una firme
amistad a pesar de tener caracteres tan opuestos. Bingley había ganado la
simpatía de Darcy por su temperamento abierto y dócil y por su naturalidad,
aunque no hubiese una forma de ser que ofreciese mayor contraste a la suya y
aunque él parecía estar muy satisfecho de su carácter. Bingley sabía el respeto
que Darcy le tenía, por lo que confiaba plenamente en él, así como en su buen
criterio. Entendía a Darcy como nadie. Bingley no era nada tonto, pero Darcy
era mucho más inteligente. Era al mismo tiempo arrogante, reservado y
quisquilloso, y aunque era muy educado, sus modales no le hacían nada
atractivo. En lo que a esto respecta su amigo tenía toda la ventaja, Bingley
estaba seguro de caer bien dondequiera que fuese, sin embargo Darcy era siempre
ofensivo.
El mejor ejemplo es la forma en
la que hablaron de la fiesta de Meryton. Bingley nunca había conocido a gente
más encantadora ni a chicas más guapas en su vida; todo el mundo había sido de
lo más amable y atento con él, no había habido formalidades ni rigidez, y pronto
se hizo amigo de todo el salón; y en cuanto a la señorita Bennet, no podía
concebir un ángel que fuese más bonito. Por el contrario, Darcy había visto una
colección de gente en quienes había poca belleza y ninguna elegancia, por
ninguno de ellos había sentido el más mínimo interés y de ninguno había recibido
atención o placer alguno. Reconoció que la señorita Bennet era hermosa, pero
sonreía demasiado. La señora
Hurst y su hermana lo
admitieron, pero aun así les gustaba y la admiraban, dijeron de ella que era una
muchacha muy dulce y que no pondrían inconveniente en conocerla mejor. Quedó
establecido, pues, que la señorita Bennet era una muchacha muy dulce y por esto
el hermano se sentía con autorización para pensar en ella como y cuando
quisiera.
CAPÍTULO V
A poca distancia de Longbourn
vivía una familia con la que los Bennet tenían especial amistad.
Sir William
Lucas había tenido con
anterioridad negocios en Meryton, donde había hecho una regular fortuna y se
había elevado a la categoría de caballero por petición al rey durante su
alcaldía. Esta distinción se le había subido un poco a la cabeza y empezó a no
soportar tener que dedicarse a los negocios y vivir en una pequeña ciudad
comercial; así que dejando ambos se mudó con su familia a una casa a una milla
de Meryton, denominada desde entonces Lucas
Lodge,
donde pudo dedicarse a pensar con
placer en su propia importancia, y desvinculado de sus negocios, ocuparse
solamente de ser amable con todo el mundo. Porque aunque estaba orgulloso de su
rango, no se había vuelto engreído; por el contrario, era todo atenciones para
con todo el mundo. De naturaleza inofensivo, sociable y servicial, su
presentación en St.
James
le había hecho además, cortés.
La señora Lucas era una buena
mujer aunque no lo bastante inteligente para que la señora Bennet la
considerase una vecina valiosa. Tenían varios hijos. La mayor, una joven
inteligente y sensata de unos veinte años, era la amiga íntima de
Elizabeth.
Que las Lucas y las Bennet se
reuniesen para charlar después de un baile, era algo absolutamente necesario, y
la mañana después de la fiesta, las Lucas fueron a Longbourn para cambiar
impresiones.
––Tú empezaste bien la noche,
Charlotte
––dijo la señora Bennet fingiendo
toda amabilidad posible hacia la señorita Lucas––. Fuiste la primera que eligió
el señor Bingley.
––Sí, pero pareció gustarle más
la segunda.
––¡Oh! Te refieres a
Jane,
supongo, porque bailó con ella
dos veces. Sí, parece que le gustó; sí, creo que sí. Oí algo, no sé, algo sobre
el señor Robinson.
––Quizá se refiera a lo que oí
entre él y el señor Robinson, ¿no se lo he contado? El señor Robinson le
preguntó si le gustaban las fiestas de Meryton, si no creía que había muchachas
muy hermosas en el salón y cuál le parecía la más bonita de todas. Su respuesta
a esta última pregunta fue inmediata: «La mayor de las Bennet, sin duda. No
puede haber más que una opinión sobre ese particular.»
––¡No me digas! Parece decidido
a... Es como si... Pero, en fin, todo puede acabar en nada.
––Lo que yo oí fue mejor que lo
que oíste tú, ¿verdad, Elizabeth?
––dijo
Charlotte––.
Merece más la pena oír al señor
Bingley que al señor Darcy, ¿no crees? ¡Pobre Eliza! Decir sólo: «No está mal. »
––Te suplico que no le metas en
la cabeza a Lizzy que se disguste por Darcy. Es un hombre tan desagradable que
la desgracia sería gustarle. La señora
Long
me dijo que había estado sentado
a su lado y que no había despegado los labios.
––¿Estás
segura, mamá? ¿No te equivocas? Yo vi al señor Darcy hablar con ella.
––Sí, claro; porque ella al final
le preguntó si le gustaba Netherfield, y él no tuvo más remedio que contestar;
pero la señora Long dijo que a él
no le hizo ninguna gracia que le dirigiese la palabra.
––La señorita Bingley me dijo
––comentó Jane que él no solía hablar mucho, a no ser con sus amigos íntimos.
Con ellos es increíblemente agradable.
––No me creo una palabra,
querida. Si fuese tan agradable habría hablado con la señora
Long.
Pero ya me imagino qué pasó. Todo
el mundo dice que el orgullo no le cabe en el cuerpo, y apostaría a que oyó que
la señora Long
no tiene coche y que fue al baile
en uno de alquiler.
––A mí no me importa que no haya
hablado con la señora Long
––dijo la señorita
Lucas––, pero desearía que hubiese bailado con Eliza.
––Yo que tú, Lizzy ––agregó la
madre––, no bailaría con él nunca más.
––Creo, mamá, que puedo
prometerte que nunca bailaré con él.
––El orgullo ––dijo la señorita
Lucas–– ofende siempre, pero a mí el suyo no me resulta tan ofensivo. Él tiene
disculpa. Es natural que un hombre atractivo, con familia, fortuna y todo a su
favor tenga un alto concepto de sí mismo. Por decirlo de algún modo, tiene
derecho a ser orgulloso.
––Es muy cierto ––replicó
Elizabeth––,
podría perdonarle fácilmente su
orgullo si no hubiese mortificado el mío.
––El orgullo ––observó
Mary,
que se preciaba mucho de la
solidez de sus reflexiones––, es un defecto muy común. Por todo lo que he leído,
estoy convencida de que en realidad es muy frecuente que la naturaleza humana
sea especialmente propensa a él, hay muy pocos que no abriguen un sentimiento de
autosuficiencia por una u otra razón, ya sea real o imaginaria. La vanidad y el
orgullo son cosas distintas, aunque muchas veces se usen como sinónimos. El
orgullo está relacionado con la opinión que tenemos de nosotros mismos; la
vanidad, con lo que quisiéramos que los demás pensaran de nosotros.
––Si yo fuese tan rico como el
señor Darcy, exclamó un joven Lucas que había venido con sus hermanas––, no me
importaría ser orgulloso. Tendría una jauría de perros de caza, y bebería una
botella de vino al día.
––Pues beberías mucho más de lo
debido ––dijo la señora Bennet–– y si yo te viese te quitaría la botella
inmediatamente.
El niño dijo que no se atrevería,
ella que sí, y así siguieron discutiendo hasta que se dio por finalizada la
visita.
CAPÍTULO VI
Las señoras de Longbourn
no tardaron en ir a visitar a las de Netherfield, y éstas devolvieron la visita
como es costumbre. El encanto de la señorita Bennet aumentó la estima que la
señora Hurst
y la señorita Bingley sentían por
ella; y aunque encontraron que la madre era intolerable y que no valía la pena
dirigir la palabra a las hermanas menores, expresaron el deseo de profundizar
las relaciones con ellas en atención a las dos mayores. Esta atención fue
recibida por Jane
con agrado, pero
Elizabeth
seguía viendo arrogancia en su
trato con todo el mundo, exceptuando, con reparos, a su hermana; no podían
gustarle. Aunque valoraba su amabilidad con
Jane,
sabía que probablemente se debía
a la influencia de la admiración que el hermano sentía por ella. Era evidente,
dondequiera que se encontrasen, que Bingley admiraba a
Jane;
y para
Elizabeth
también era evidente que en su
hermana aumentaba la inclinación que desde el principio sintió por él, lo que la
predisponía a enamorarse de él; pero se daba cuenta, con gran satisfacción, de
que la gente no podría notarlo, puesto que
Jane
uniría a la fuerza de sus
sentimientos moderación y una constante jovialidad, que ahuyentaría las
sospechas de los impertinentes. Así se lo comentó a su amiga, la señorita
Lucas.
––Tal vez sea mejor en este caso
––replicó Charlotte––
poder escapar a la curiosidad de
la gente; pero a veces es malo ser tan reservada. Si una mujer disimula su
afecto al objeto del mismo, puede perder la oportunidad de conquistarle; y
entonces es un pobre consuelo pensar que los demás están en la misma
ignorancia. Hay tanto de gratitud y vanidad en casi todos, los cariños, que no
es nada conveniente dejarlos a la deriva. Normalmente todos empezamos por una
ligera preferencia, y eso sí puede ser simplemente porque sí, sin motivo; pero
hay muy pocos que tengan tanto corazón como para enamorarse sin haber sido
estimulados. En nueve de cada diez casos, una mujer debe mostrar más cariño del
que siente. A Bingley le gusta tu hermana, indudablemente; pero si ella no le
ayuda, la cosa no pasará de ahí.
––Ella le ayuda tanto como se lo
permite su forma de ser. Si yo puedo notar su cariño hacia él, él, desde luego,
sería tonto si no lo descubriese.
––Recuerda, Eliza, que él no
conoce el carácter de Jane como tú.
––Pero si una mujer está
interesada por un hombre y no trata de ocultarlo, él tendrá que acabar por
descubrirlo.
––Tal vez sí, si él la ve lo
bastante. Pero aunque Bingley y
Jane están juntos a
menudo, nunca es por mucho tiempo; y además como sólo se ven en fiestas con
mucha gente, no pueden hablar a solas. Así que
Jane
debería aprovechar al máximo cada
minuto en el que pueda llamar su atención. Y cuando lo tenga seguro, ya tendrá
tiempo––para enamorarse de él todo lo que quiera.
––Tu plan es bueno ––contestó
Elizabeth––,
cuando la cuestión se trata sólo
de casarse bien; y si yo estuviese decidida a conseguir un marido rico, o
cualquier marido, casi puedo decir que lo llevaría a cabo. Pero esos no son los
sentimientos de Jane, ella no
actúa con premeditación. Todavía no puede estar segura de hasta qué punto le
gusta, ni el porqué. Sólo hace quince días que le conoce. Bailó cuatro veces con
él en Meryton; le vio una mañana en su casa, y desde entonces ha cenado en su
compañía cuatro veces. Esto no es suficiente para que ella conozca su carácter.
––No tal y como tú lo planteas.
Si solamente hubiese cenado con él no habría descubierto otra cosa que si tiene
buen apetito o no; pero no debes olvidar que pasaron cuatro veladas juntos; y
cuatro veladas pueden significar bastante.
––Sí; en esas cuatro veladas lo
único que pudieron hacer es averiguar qué clase de bailes les gustaba a cada
uno, pero no creo que hayan podido descubrir las cosas realmente importantes de
su carácter.
––Bueno ––dijo
Charlotte––.
Deseo de todo corazón que a
Jane
le salgan las cosas bien; y si se
casase con él mañana, creo que tendría más posibilidades de ser feliz que si se
dedica a estudiar su carácter durante doce meses. La felicidad en el matrimonio
es sólo cuestión de suerte. El que una pareja crea que son iguales o se conozcan
bien de antemano, no les va a traer la felicidad en absoluto. Las diferencias se
van acentuando cada vez más hasta hacerse insoportables; siempre es mejor saber
lo menos posible de la persona con la que vas a compartir tu vida.
––Me haces reír,
Charlotte;
no tiene sentido. Sabes que no
tiene sentido; además tú nunca actuarías de esa forma.
Ocupada en observar las
atenciones de Bingley para con su hermana,
Elizabeth
estaba lejos de sospechar que
también estaba siendo objeto de interés a los ojos del amigo de Bingley. Al
principio, el señor Darcy apenas se dignó admitir que era bonita; no había
demostrado ninguna admiración por ella en el baile; y la siguiente vez que se
vieron, él sólo se fijó en ella para criticarla. Pero tan pronto como dejó claro
ante sí mismo y ante sus amigos que los rasgos de su cara apenas le gustaban,
empezó a darse cuenta de que la bella expresión de sus ojos oscuros le daban un
aire de extraordinaria inteligencia. A este descubrimiento siguieron otros
igualmente mortificantes. Aunque detectó con ojo crítico más de un fallo en la
perfecta simetría de sus formas, tuvo que reconocer que su figura era grácil y
esbelta; y a pesar de que afirmaba que sus maneras no eran las de la gente
refinada, se sentía atraído por su naturalidad y alegría. De este asunto ella
no tenía la más remota idea. Para ella Darcy era el hombre que se hacía
antipático dondequiera que fuese y el hombre que no la había considerado lo
bastante hermosa como para sacarla a bailar.
Darcy empezó a querer conocerla
mejor. Como paso previo para hablar con ella, se dedicó a escucharla hablar con
los demás. Este hecho llamó la atención de
Elizabeth.
Ocurrió un día en casa de
sir
Lucas donde se había reunido un
amplio grupo de gente.
––¿Qué querrá el señor Darcy ––le
dijo ella a Charlotte––,
que ha estado escuchando mi
conversación con el coronel Forster?
––Ésa es una pregunta que sólo el
señor Darcy puede contestar.
––Si lo vuelve a hacer le daré a
entender que sé lo que pretende. Es muy satírico, y si no empiezo siendo
impertinente yo, acabaré por tenerle miedo.
Poco después se les volvió a
acercar, y aunque no parecía tener intención de hablar, la señorita Lucas
desafió a su amiga para que le mencionase el tema, lo que inmediatamente provocó
a Elizabeth,
que se volvió a él y le dijo:
––¿No cree usted, señor Darcy,
que me expresé muy bien hace un momento, cuando le insistía al coronel Forster
para que nos diese un baile en Meryton?
––Con gran energía; pero ése es
un tema que siempre llena de energía a las mujeres.
––Es usted severo con nosotras.
––Ahora nos toca insistirte a ti
––dijo la señorita Lucas––. Voy a abrir el piano y ya sabes lo que sigue, Eliza.
––¿Qué clase de amiga eres?
Siempre quieres que cante y que toque delante de todo el mundo. Si me hubiese
llamado Dios por el camino de la música, serías una amiga de incalculable valor;
pero como no es así, preferiría no tocar delante de gente que debe estar
acostumbrada a escuchar a los mejores músicos ––pero como la señorita Lucas
insistía, añadió––: Muy bien, si así debe ser será ––y mirando fríamente a Darcy
dijo––: Hay un viejo refrán que aquí todo el mundo conoce muy bien, «guárdate el
aire para enfriar la sopa»,
y yo lo
guardaré para mi canción.
El concierto de
Elizabeth
fue agradable, pero no
extraordinario. Después de una o dos canciones y antes de que pudiese complacer
las peticiones de algunos que querían que cantase otra vez, fue reemplazada al
piano por su hermana Mary,
que como era la menos
brillante de la familia, trabajaba duramente para adquirir conocimientos y
habilidades que siempre estaba impaciente por demostrar.
Mary
no tenía ni talento ni gusto; y
aunque la vanidad la había hecho aplicada, también le había dado un aire pedante
y modales afectados que deslucirían cualquier brillantez superior a la que ella
había alcanzado. A Elizabeth,
aunque había tocado la
mitad de bien, la habían escuchado con más agrado por su soltura y sencillez;
Mary,
al final de su largo concierto,
no obtuvo más que unos cuantos elogios por las melodías escocesas e irlandesas
que había tocado a ruegos de sus hermanas menores que, con alguna de las Lucas y
dos o tres oficiales, bailaban alegremente en un extremo del salón.
Darcy, a quien indignaba aquel
modo de pasar la velada, estaba callado y sin humor para hablar; se hallaba tan
embebido en sus propios pensamientos que no se fijó en que
sir William
Lucas estaba a su lado, hasta que
éste se dirigió a él.
––¡Qué encantadora diversión para
la juventud, señor Darcy! Mirándolo bien, no hay nada como el baile. Lo
considero como uno de los mejores refinamientos de las sociedades más
distinguidas.
––Ciertamente,
señor, y también tiene la ventaja de estar de moda entre las sociedades menos
distinguidas del mundo; todos los salvajes bailan.
Sir William
esbozó una sonrisa.
––Su amigo baila maravillosamente
––continuó después de una pausa al ver a Bingley unirse al grupo–– y no dudo,
señor Darcy, que usted mismo sea un experto en la materia.
––Me vio bailar en Meryton, creo,
señor.
––Desde luego que sí, y me causó
un gran placer verle. ¿Baila usted a menudo en
Saint
James?
––Nunca, señor.
¿No cree que sería un cumplido
para con ese lugar?
––Es un cumplido que nunca
concedo en ningún lugar, si puedo evitarlo.
––Creo que tiene una casa en la
capital. El señor Darcy asintió con la cabeza.
––Pensé algunas veces en fijar mi
residencia en la ciudad, porque me encanta la alta sociedad; pero no estaba
seguro de que el aire de Londres le sentase bien a
lady
Lucas.
Sir William
hizo una pausa con la esperanza
de una respuesta, pero su compañía no estaba dispuesto a hacer ninguna. Al ver
que Elizabeth
se les acercaba, se le ocurrió
hacer algo que le pareció muy galante de su parte y la llamó.
––Mi querida señorita Eliza, ¿por
qué no está bailando? Señor Darcy, permítame que le presente a esta joven que
puede ser una excelente pareja. Estoy seguro de que no puede negarse a bailar
cuando tiene ante usted tanta belleza.
Tomó a
Elizabeth
de la mano con la intención de
pasársela a Darcy; quien, aunque extremadamente sorprendido, no iba a
rechazarla; pero Elizabeth
le volvió la espalda y le
dijo a sir William
un tanto desconcertada:
––De veras, señor, no tenía la
menor intención de bailar. Le ruego que no suponga que he venido hasta aquí para
buscar pareja.
El señor Darcy, con toda
corrección le pidió que le concediese el honor de bailar con él, pero fue en
vano. Elizabeth
estaba decidida, y ni siquiera
sir William,
con todos sus argumentos, pudo
persuadirla.
––Usted es excelente en el baile,
señorita Eliza, y es muy cruel por su parte negarme la satisfacción de verla; y
aunque a este caballero no le guste este entretenimiento, estoy seguro de que no
tendría inconveniente en complacernos durante media hora.
––El señor Darcy es muy educado
––dijo Elizabeth
sonriendo.
––Lo es, en efecto; pero
considerando lo que le induce, querida Eliza, no podemos dudar de su cortesía;
porque, ¿quién podría rechazar una pareja tan encantadora?
Elizabeth
les miró con coquetería y se
retiró. Su resistencia no le había perjudicado nada a los ojos del caballero,
que estaba pensando en ella con satisfacción cuando fue abordado por la señorita
Bingley.
––Adivino por qué está tan
pensativo.
––Creo que no.
––Está pensando en lo
insoportable que le sería pasar más veladas de esta forma, en una sociedad como
ésta; y por supuesto, soy de su misma opinión. Nunca he estado más enojada. ¡Qué
gente tan insípida y qué alboroto arman! Con lo insignificantes que son y qué
importancia se dan. Daría algo por oír sus críticas sobre ellos.
––Sus conjeturas son totalmente
equivocadas. Mi mente estaba ocupada en cosas más agradables. Estaba meditando
sobre el gran placer que pueden causar un par de ojos bonitos en el rostro de
una mujer hermosa.
La señorita Bingley le miró
fijamente deseando que le dijese qué dama había inspirado tales pensamientos. El
señor Darcy, intrépido, contestó:
––La señorita
Elizabeth
Bennet.
––¡La señorita Bennet! Me deja
atónita. ¿Desde cuándo es su favorita? Y dígame, ¿cuándo tendré que darle la
enhorabuena?
––Ésa es exactamente la pregunta
que esperaba que me hiciese. La imaginación de una dama va muy rápido y salta de
la admiración al amor y del amor al matrimonio en un momento. Sabía que me daría
la enhorabuena.
––Si lo toma tan en serio, creeré
que es ya cosa hecha. Tendrá usted una suegra encantadora, de veras, y ni que
decir tiene que estará siempre en Pemberley con ustedes.
Él la escuchaba con perfecta
indiferencia, mientras ella seguía disfrutando con las cosas que le decía; y al
ver, por la actitud de Darcy, que todo estaba a salvo, dejó correr su ingenio
durante largo tiempo.
CAPÍTULO
VII
La propiedad del señor
Bennet consistía casi enteramente en una hacienda de dos mil libras al año, la
cual, desafortunadamente para sus hijas, estaba destinada, por falta de
herederos varones, a un pariente lejano;
y la fortuna de la madre, aunque abundante para su posición, difícilmente podía
suplir a la de su marido. Su padre había sido abogado en Meryton y le había
dejado cuatro mil libras.
La señora Bennet tenía una
hermana casada con un tal señor
Phillips que había sido
empleado de su padre y le había sucedido en los negocios, y un hermano en
Londres que ocupaba un respetable lugar en el comercio.
El pueblo de Longbourn estaba
sólo a una milla de Meryton, distancia muy conveniente para las señoritas, que
normalmente tenían la tentación de ir por allí tres o cuatro veces a la semana
para visitar a su tía y, de paso, detenerse en una sombrerería que había cerca
de su casa. Las que más frecuentaban Meryton eran las dos menores,
Catherine
y
Lydia,
que solían estar más ociosas que
sus hermanas, y cuando no se les ofrecía nada mejor, decidían que un paseíto a
la ciudad era necesario para pasar bien la mañana y así tener conversación para
la tarde; porque, aunque las noticias no solían abundar en el campo, su tía
siempre tenía algo que contar. De momento estaban bien provistas de chismes y de
alegría ante la reciente llegada de un regimiento militar
que iba a quedarse
todo el invierno y tenía en Meryton su cuartel general.
Ahora las visitas a la señora
Phillips
proporcionaban una información
de lo más interesante. Cada día añadían algo más a lo que ya sabían acerca de
los nombres y las familias de los oficiales. El lugar donde se alojaban ya no
era un secreto y pronto empezaron a conocer a los oficiales en persona.
El señor
Phillips
los conocía a todos, lo que
constituía para sus sobrinas una fuente de satisfacción insospechada. No
hablaba de otra cosa que no fuera de oficiales. La gran fortuna del señor
Bingley, de la que tanto le gustaba hablar a su madre, ya no valía la pena
comparada con el uniforme de un alférez.
Después de oír una mañana el
entusiasmo con el que sus hijas hablaban del tema, el señor Bennet observó
fríamente:
––Por todo lo que puedo sacar en
limpio de vuestra manera de hablar debéis de ser las muchachas más tontas de
todo el país. Ya había tenido mis sospechas algunas veces, pero ahora estoy
convencido.
Catherine
se quedó desconcertada y no
contestó. Lydia,
con absoluta indiferencia, siguió
expresando su admiración por el capitán
Carter,
y dijo que esperaba verle aquel
mismo día, pues a la mañana siguiente se marchaba a Londres.
––Me deja pasmada, querido ––dijo
la señora Bennet––, lo dispuesto que siempre estás a creer que tus hijas son
tontas. Si yo despreciase a alguien, sería a las hijas de los demás, no a las
mías.
––Si mis hijas son tontas, lo
menos que puedo hacer es reconocerlo.
––Sí, pero ya ves, resulta que
son muy listas.
––Presumo que ese es el único
punto en el que no estamos de acuerdo. Siempre deseé coincidir contigo en todo,
pero en esto difiero, porque nuestras dos hijas menores son tontas de remate.
Mi querido señor Bennet, no
esperarás que estas niñas .tengan tanto sentido como sus padres.
Cuando tengan nuestra edad apostaría a que piensan en oficiales tanto como
nosotros. Me acuerdo de una época en la que me gustó mucho un casaca roja,
y la verdad es que todavía lo llevo en mi corazón. Y si un joven coronel con
cinco o seis mil libras anuales quisiera a una de mis hijas, no le diría que no.
Encontré muy bien al coronel Forster la otra noche en casa de
sir William.
––Mamá ––dijo
Lydia,
la tía dice que el coronel Forster y el capitán
Carter
ya no van tanto a casa de los
Watson como antes. Ahora los ve mucho en la biblioteca de Clarke.
La señora Bennet no pudo
contestar al ser interrumpida por la entrada de un lacayo que traía una nota
para la señorita Bennet; venía de Netherfield y el criado esperaba respuesta.
Los ojos de la señora Bennet brillaban de alegría y estaba impaciente por que su
hija acabase de leer.
––Bien,
Jane,
¿de quién es?, ¿de qué se trata?,
¿qué dice? Date prisa y dinos, date prisa, cariño.
––Es de la señorita Bingley
––dijo Jane,
y entonces leyó en voz alta:
«Mi querida amiga:
Si tienes compasión de nosotras,
ven a cenar hoy con Louisa
y conmigo, si no,
estaremos en peligro de odiarnos la una a la otra el resto de nuestras vidas,
porque dos mujeres juntas todo el día no pueden acabar sin pelearse. Ven tan
pronto como te sea posible, después de recibir esta nota. Mi hermano y los
otros señores cenarán con los oficiales. Saludos,
Caroline
Bingley.»
––¡Con los oficiales! ––exclamó
Lydia––.
¡Qué raro que la tía no nos lo
haya dicho!
––¡Cenar fuera! ––dijo la señora
Bennet––. ¡Qué mala suerte!
––¿Puedo llevar el carruaje?
––preguntó Jane.
––No, querida; es mejor que vayas
a caballo, porque parece que va a llover y así tendrás que quedarte a pasar la
noche.
––Sería un buen plan ––dijo
Elizabeth––,
si estuvieras segura de que no
se van a ofrecer para traerla a casa.
––Oh, los señores llevarán el
landó del señor Bingley a Meryton y los
Hurst
no tienen caballos propios.
––Preferiría ir en el carruaje.
––Pero querida, tu padre no puede
prestarte los caballos. Me consta. Se necesitan en la granja. ¿No es así, señor
Bennet?
––Se necesitan más en la granja
de lo que yo puedo ofrecerlos.
––Si puedes ofrecerlos hoy ––dijo
Elizabeth––,
los deseos de mi madre se verán
cumplidos.
Al final animó al padre para que
admitiese que los caballos estaban ocupados. Y, por fin,
Jane
se vio obligada a ir a caballo.
Su madre la acompañó hasta la puerta pronosticando muy contenta un día pésimo.
Sus esperanzas se cumplieron; no
hacía mucho que se había ido
Jane, cuando empezó a
llover a cántaros. Las hermanas se quedaron intranquilas por ella, pero su madre
estaba encantada. No paró de llover en toda la tarde; era obvio que
Jane no podría
volver...
––Verdaderamente, tuve una idea
muy acertada ––repetía la señora Bennet.
Sin embargo, hasta la mañana
siguiente no supo nada del resultado de su oportuna estratagema. Apenas había
acabado de desayunar cuando un criado de Netherfield trajo la siguiente nota
para Elizabeth:
«Mi querida Lizzy:
No me encuentro muy bien esta
mañana, lo que, supongo, se debe a que ayer llegue calada hasta los huesos. Mis
amables amigas no quieren ni oírme hablar de volver a casa hasta que no esté
mejor. Insisten en que me vea el señor
Jones;
por lo tanto, no os alarméis si
os enteráis de que ha venido a visitarme. No tengo nada más que dolor de
garganta y dolor de cabeza. Tuya siempre,
Jane.»
––Bien, querida ––dijo el señor
Bennet una vez Elizabeth
hubo leído la nota en alto––, si
Jane
contrajera una enfermedad
peligrosa o se muriese sería un consuelo saber que todo fue por conseguir al
señor Bingley y bajo tus órdenes.
––¡Oh! No tengo miedo de que se
muera. La gente no se muere por pequeños resfriados sin importancia. Tendrá
buenos cuidados. Mientras esté allí todo irá de maravilla. Iría a verla, si
pudiese disponer del coche.
Elizabeth,
que estaba verdaderamente
preocupada, tomó la determinación de ir a verla. Como no podía disponer del
carruaje y no era buena amazona, caminar era su única alternativa. Y declaró su
decisión.
––¿Cómo puedes ser tan tonta?
exclamó su madre––. ¿Cómo se te puede ocurrir tal cosa? ¡Con el barro que hay!
¡Llegarías hecha una facha, no estarías presentable!
––Estaría presentable para ver a
Jane
que es todo lo que yo deseo.
––¿Es una indirecta para que
mande a buscar los caballos, Lizzy? ––dijo su padre.
––No, en absoluto. No me importa
caminar. No hay distancias cuando se tiene un motivo. Son sólo tres millas.
Estaré de vuelta a la hora de cenar.
––Admiro la actividad de tu
benevolencia ––observó Mary––;
pero todo
impulso del sentimiento debe estar dirigido por la razón, y a mi juicio, el
esfuerzo debe ser proporcional a lo que se pretende.
––Iremos contigo hasta Meryton
––dijeron Catherine
y
Lydia.
Elizabeth
aceptó su compañía y las tres
jóvenes salieron juntas.
––Si nos damos prisa ––dijo
Lydia
mientras caminaba––, tal vez
podamos ver al capitán Carter
antes de que se vaya.
En Meryton se separaron; las dos
menores se dirigieron a casa de la esposa de uno de los oficiales y
Elizabeth
continuó su camino sola. Cruzó
campo tras campo a paso ligero, saltó cercas y sorteó charcos con impaciencia
hasta que por fin se encontró ante la casa, con los tobillos empapados, las
medias sucias y el rostro encendido por el ejercicio.
La pasaron al comedor donde
estaban todos reunidos menos
Jane, y donde su presencia
causó gran sorpresa. A la señora
Hurst
y a la señorita Bingley les
parecía increíble que hubiese caminado tres millas sola, tan temprano y con un
tiempo tan espantoso. Elizabeth
quedó convencida de que la
hicieron de menos por ello. No obstante, la recibieron con mucha cortesía, pero
en la actitud del hermano había algo más que cortesía: había buen humor y
amabilidad. El señor Darcy habló poco y el señor
Hurst
nada de nada. El primero
fluctuaba entre la admiración por la luminosidad que el ejercicio le había dado
a su rostro y la duda de si la ocasión justificaba el que hubiese venido sola
desde tan lejos. El segundo sólo pensaba en su desayuno.
Las preguntas que
Elizabeth
hizo acerca de su hermana no
fueron contestadas favorablemente. La señorita Bennet había dormido mal, y,
aunque se había levantado, tenía mucha fiebre y no estaba en condiciones de
salir de su habitación. Elizabeth
se
alegró de que la llevasen a verla inmediatamente; y
Jane,
que se había contenido de
expresar en su nota cómo deseaba esa visita, por miedo a ser inconveniente o a
alarmarlos, se alegró muchísimo al verla entrar. A pesar de todo no tenía ánimo
para mucha conversación. Cuando la señorita Bingley las dejó solas, no pudo
formular más que gratitud por la extraordinaria amabilidad con que la trataban
en aquella casa. Elizabeth
la atendió en silencio.
Cuando acabó el desayuno, las
hermanas Bingley se reunieron con ellas; y a
Elizabeth
empezaron a parecerle simpáticas
al ver el afecto y el interés que mostraban por
Jane.
Vino el médico y examinó a la
paciente, declarando, como era de suponer, que había cogido un fuerte resfriado
y que debían hacer todo lo posible por cuidarla. Le recomendó que se metiese
otra vez en la cama y le recetó algunas medicinas. Siguieron las instrucciones
del médico al pie de la letra, ya que la fiebre había aumentado y el dolor de
cabeza era más agudo. Elizabeth
no abandonó la habitación
ni un solo instante y las otras señoras tampoco se ausentaban por mucho tiempo.
Los señores estaban fuera porque en realidad nada tenían que hacer allí.
Cuando dieron las tres,
Elizabeth
comprendió que debía marcharse,
y, aunque muy en contra de su voluntad, así lo expresó.
La señorita Bingley le ofreció el
carruaje; Elizabeth
sólo estaba esperando que
insistiese un poco más para aceptarlo, cuando
Jane
comunicó su deseo de marcharse
con ella; por lo que la señorita Bingley se vio obligada a convertir el
ofrecimiento del landó en una invitación para que se quedase en Netherfield.
Elizabeth
aceptó muy agradecida, y mandaron
un criado a Longbourn para hacer saber a la familia que se quedaba y para que
le enviasen ropa.
CAPÍTULO
VIII
A las cinco las señoras se
retiraron para vestirse y a las seis y media llamaron a
Elizabeth
para que bajara a cenar. Ésta no
pudo contestar favorablemente a las atentas preguntas que le hicieron y en las
cuales tuvo la satisfacción de distinguir el interés especial del señor Bingley.
Jane
no había mejorado nada; al
oírlo, las hermanas repitieron tres o cuatro veces cuánto lo lamentaban, lo
horrible que era tener un mal resfriado y lo que a ellas les molestaba estar
enfermas. Después ya no se ocuparon más del asunto. Y su indiferencia hacia
Jane,
en cuanto no la tenían delante,
volvió a despertar en Elizabeth
la
antipatía que en principio había sentido por ellas.
En realidad, era a Bingley al
único del grupo que ella veía con agrado. Su preocupación por
Jane
era evidente, y las atenciones
que tenía con Elizabeth
eran lo que evitaba que se
sintiese como una intrusa, que era como los demás la consideraban. Sólo él
parecía darse cuenta de su presencia. La señorita Bingley estaba absorta con el
señor Darcy; su hermana, más o menos, lo mismo; en cuanto al señor
Hurst,
que estaba sentado al lado de
Elizabeth,
era un hombre indolente que no
vivía más que para comer, beber y jugar a las cartas. Cuando supo que
Elizabeth
prefería un plato sencillo a un
ragout,
ya no tuvo nada de qué hablar con ella. Cuando acabó la cena,
Elizabeth
volvió inmediatamente junto a
Jane.
Nada más salir del comedor, la
señorita Bingley empezó a criticarla. Sus modales eran, en efecto, pésimos, una
mezcla de orgullo e impertinencia; no tenía conversación, ni estilo, ni gusto,
ni belleza. La señora Hurst
opinaba lo mismo y añadió:
––En resumen, lo único que se
puede decir de ella es que es una excelente caminante. Jamás olvidaré cómo
apareció esta mañana. Realmente parecía medio salvaje.
En efecto,
Louisa.
Cuando la vi, casi no pude
contenerme. ¡Qué insensatez venir hasta aquí! ¿Qué necesidad había de que
corriese por los campos sólo porque su hermana tiene un resfriado? ¡Cómo traía
los cabellos, tan despeinados, tan desaliñados!
––Sí. ¡Y las enaguas! ¡Si las
hubieseis visto! Con más de una cuarta de barro. Y el abrigo que se había puesto
para taparlas, desde luego, no cumplía su cometido.
––Tu retrato puede que sea muy
exacto, Louisa
––dijo Bingley––, pero todo eso a
mí me pasó inadvertido. Creo que la señorita
Elizabeth
Bennet tenía un aspecto
inmejorable al entrar en el salón esta mañana. Casi no me di cuenta de que
llevaba las faldas sucias.
––Estoy segura de que usted sí
que se fijó, señor Darcy ––dijo la señorita Bingley––; y me figuro que no le
gustaría que su hermana diese semejante espectáculo.
––Claro que no.
––¡Caminar tres millas, o cuatro,
o cinco, o las que sean, con el barro hasta los tobillos y sola, completamente
sola! ¿Qué querría dar a entender? Para mí, eso demuestra una abominable
independencia y presunción, y una indiferencia por el decoro propio de la gente
del campo.
––Lo que demuestra es un
apreciable cariño por su hermana ––dijo Bingley.
––Me temo, señor Darcy ––observó
la señorita Bingley a media voz––, que esta aventura habrá afectado bastante la
admiración que sentía usted por sus bellos ojos.
––En absoluto ––respondió Darcy––;
con el ejercicio se le pusieron aun más brillantes.
A esta intervención siguió una
breve pausa, y la señora Hurst
empezó de nuevo.
––Le tengo gran estima a
Jane
Bennet, es en verdad una muchacha
encantadora, y desearía con todo mi corazón que tuviese mucha suerte. Pero con
semejantes padres y con parientes de tan poca clase, me temo que no va a tener
muchas oportunidades.
––Creo que te he oído decir que
su tío es abogado en Meryton.
––Sí, y tiene otro que vive en
algún sitio cerca de Cheapside.
––¡Colosal! añadió su hermana. Y
las dos se echaron a reír a carcajadas.
––Aunque todo Cheapside estuviese
lleno de tíos suyos ––exclamó Bingley––, no por ello serían las Bennet menos
agradables.
––Pero les disminuirá las
posibilidades de casarse con hombres que figuren algo en el mundo ––respondió
Darcy.
Bingley no hizo ningún comentario
a esta observación de Darcy. Pero sus hermanas asintieron encantadas, y
estuvieron un rato divirtiéndose a costa de los vulgares parientes de su querida
amiga.
Sin embargo, en un acto de
renovada bondad, al salir del comedor pasaron al cuarto de la enferma y se
sentaron con ella hasta que las llamaron para el café.
Jane
se encontraba todavía muy mal, y
Elizabeth
no la dejaría hasta más tarde,
cuando se quedó tranquila al ver que estaba dormida, y entonces le pareció que
debía ir abajo, aunque no le apeteciese nada. Al entrar en el salón los encontró
a todos jugando al loo,
e inmediatamente la
invitaron a que les acompañase. Pero ella, temiendo que estuviesen jugando
fuerte, no aceptó, y, utilizando a su hermana como excusa, dijo que se
entretendría con un libro durante el poco tiempo que podría permanecer abajo. El
señor Hurst
la miró con asombro.
––¿Prefieres leer a jugar?––le
dijo––. Es muy extraño.
––La señorita
Elizabeth
Bennet ––dijo la señorita
Bingley–– desprecia las cartas. Es una gran lectora y no encuentra placer en
nada más.
––No merezco ni ese elogio ni esa
censura exclamó Elizabeth––.
No soy una gran lectora y
encuentro placer en muchas cosas.
––Como, por ejemplo, en cuidar a
su hermana ––intervino Bingley––, y espero que ese placer aumente cuando la vea
completamente repuesta.
Elizabeth
se lo agradeció de corazón y se
dirigió a una mesa donde había varios libros. Él se ofreció al instante para ir
a buscar otros, todos los que hubiese en su biblioteca.
––Desearía que mi colección fuese
mayor para beneficio suyo y para mi propio prestigio; pero soy un hombre
perezoso, y aunque no tengo muchos libros, tengo más de los que pueda llegar a
leer.
Elizabeth
le aseguró que con los que había
en la habitación tenía de sobra.
––Me extraña ––dijo la señorita
Bingley–– que mi padre haya dejado una colección de libros tan pequeña. ¡Qué
estupenda biblioteca tiene usted en Pemberley, señor Darcy!
––Tiene que ser buena
––contestó––; es obra de muchas generaciones.
––Y además usted la ha aumentado
considerablemente; siempre está comprando libros.
––No puedo comprender que se
descuide la biblioteca de una familia en tiempos como éstos.
––¡Descuidar! Estoy segura de que
usted no descuida nada que se refiera a aumentar la belleza de ese noble lugar.
Charles, cuando construyas tu casa, me conformaría con que fuese
la
mitad de bonita que Pemberley.
––Ojalá pueda.
––Pero yo te aconsejaría que
comprases el terreno cerca de Pemberley y que lo tomases como modelo. No hay
condado más bonito en Inglaterra que
Derbyshire.
––Ya lo creo que lo haría. Y
compraría el mismo Pemberley si Darcy lo vendiera.
––Hablo de posibilidades,
Charles.
––Sinceramente,
Caroline,
preferiría conseguir Pemberley
comprándolo que imitándolo.
Elizabeth
estaba demasiado absorta en lo
que ocurría para poder prestar la menor atención a su libro; no tardó en
abandonarlo, se acercó a la mesa de juego y se colocó entre Bingley y su hermana
mayor para observar la partida.
––¿Ha crecido la señorita Darcy
desde la primavera? ––preguntó la señorita Bingley––. ¿Será ya tan alta como yo?
––Creo que sí. Ahora será de la
estatura de la señorita
Elizabeth Bennet, o más
alta.
––¡Qué ganas tengo de volver a
verla! Nunca he conocido a nadie que me guste tanto. ¡Qué figura, qué modales y
qué talento para su edad! Toca el piano de un modo exquisito.
––Me asombra ––dijo Bingley–– que
las jóvenes tengan tanta paciencia para aprender tanto, y lleguen a ser tan
perfectas como lo son todas.
––¡Todas
las jóvenes perfectas! Mi querido
Charles, ¿qué dices?
––Sí, todas. Todas pintan, forran
biombos y hacen bolsitas de malla. No conozco a ninguna que no sepa hacer todas
estas cosas, y nunca he oído hablar de una damita por primera vez sin que se me
informara de que era perfecta.
––Tu lista de lo que abarcan
comúnmente esas perfecciones ––dijo Darcy–– tiene mucho de verdad. El adjetivo
se aplica a mujeres cuyos conocimientos no son otros que hacer bolsos de malla o
forrar biombos. Pero disto mucho de estar de acuerdo contigo en lo que se
refiere a tu estimación de las damas en general. De todas las que he conocido,
no puedo alardear de conocer más que a una media docena que sean realmente
perfectas.
––Ni yo, desde luego ––dijo la
señorita Bingley.
––Entonces observó
Elizabeth––
debe ser que su concepto de la
mujer perfecta es muy exigente.
––Sí, es muy exigente.
––¡Oh, desde luego! exclamó su
fiel colaboradora––. Nadie puede estimarse realmente perfecto si no sobrepasa
en mucho lo que se encuentra normalmente. Una mujer debe tener un conocimiento
profundo de música, canto, dibujo, baile y lenguas modernas. Y además de todo
esto, debe poseer un algo especial en su aire y manera de andar, en el tono de
su voz, en su trato y modo de expresarse; pues de lo contrario no merecería el
calificativo más que a medias.
––Debe poseer todo esto ––agregó
Darcy––, y a ello hay que añadir algo más sustancial en el desarrollo de su
inteligencia por medio de abundantes lecturas.
––No me sorprende ahora que
conozca sólo a seis mujeres perfectas. Lo que me extraña es que conozca a
alguna.
––¿Tan severa es usted con su
propio sexo que duda de que esto sea posible?
––Yo nunca he visto una mujer
así. Nunca he visto tanta capacidad, tanto gusto, tanta aplicación y tanta
elegancia juntas como usted describe.
La señora
Hurst
y la señorita Bingley protestaron
contra la injusticia de su implícita duda, afirmando que conocían muchas mujeres
que respondían a dicha descripción, cuando el señor
Hurst
las llamó al orden quejándose
amargamente de que no prestasen atención al juego. Como la conversación parecía
haber terminado, Elizabeth no tardó
en abandonar el salón.
––Elizabeth
––dijo la señorita Bingley cuando
la puerta se hubo cerrado tras ella–– es una de esas muchachas que tratan de
hacerse agradables al sexo opuesto desacreditando al suyo propio; no diré que no
dé resultado con muchos hombres, pero en mi opinión es un truco vil, una mala
maña.
––Indudablemente ––respondió
Darcy, a quien iba dirigida principalmente esta observación–– hay vileza en
todas las artes que las damas a veces se rebajan a emplear para cautivar a los
hombres. Todo lo que tenga algo que ver con la astucia es despreciable.
La señorita Bingley no quedó lo
bastante satisfecha con la respuesta como para continuar con el tema.
Elizabeth
se reunió de nuevo con ellos sólo
para decirles que su hermana estaba peor y que no podía dejarla. Bingley decidió
enviar a alguien a buscar inmediatamente al doctor
Jones;
mientras que sus hermanas,
convencidas de que la asistencia médica en el campo no servía para nada,
propusieron enviar a alguien a la capital para que trajese a uno de los más
eminentes doctores. Elizabeth
no quiso ni oír hablar de
esto último, pero no se oponía a que se hiciese lo que decía el hermano. De
manera que se acordó mandar a buscar al doctor
Jones
temprano a la mañana siguiente si
Jane
no se encontraba mejor. Bingley
estaba bastante preocupado y sus hermanas estaban muy afligidas. Sin embargo,
más tarde se consolaron cantando unos dúos, mientras Bingley no podía
encontrar
mejor alivio a su preocupación que dar órdenes a su ama de llaves para que se
prestase toda atención posible a la enferma y a su hermana.
CAPÍTULO IX
Elizabeth pasó la mayor parte de
la noche en la habitación de su hermana, y por la mañana tuvo el placer de poder
enviar una respuesta satisfactoria a las múltiples preguntas que ya muy temprano
venía recibiendo, a través de una sirvienta de Bingley; y también a las que más
tarde recibía de las dos elegantes damas de compañía de las hermanas. A pesar de
la mejoría, Elizabeth pidió
que se mandase una nota a Longbourn, pues quería que su madre viniese a visitar
a Jane
para que ella misma juzgase la
situación. La nota fue despachada inmediatamente y la respuesta a su contenido
fue cumplimentada con la misma rapidez. La señora Bennet, acompañada de sus dos
hijas menores, llegó a Netherfield poco después del desayuno de la familia.
Si hubiese encontrado a
Jane
en peligro aparente, la señora
Bennet se habría disgustado mucho; pero quedándose satisfecha al ver que la
enfermedad no era alarmante, no tenía ningún deseo de que se recobrase pronto,
ya que su cura significaría marcharse de Netherfield. Por este motivo se negó a
atender la petición de su hija de que se la llevase a casa, cosa que el médico,
que había llegado casi al mismo tiempo, tampoco juzgó prudente. Después de estar
sentadas un rato con Jane,
apareció la señorita
Bingley y las invitó a pasar al comedor. La madre y las tres hijas la
siguieron. Bingley las recibió y les preguntó por
Jane
con la esperanza de que la señora
Bennet no hubiese encontrado a su hija peor de lo que esperaba.
––Pues verdaderamente, la he
encontrado muy mal ––respondió la señora Bennet––. Tan mal que no es posible
llevarla a casa. El doctor Jones
dice que no debemos pensar
en trasladarla. Tendremos que abusar un poco más de su amabilidad.
––¡Trasladarla! ––exclamó
Bingley––. ¡Ni pensarlo! Estoy seguro de que mi hermana también se opondrá a que
se vaya a casa.
––Puede usted confiar, señora
––repuso la señorita Bingley con fría cortesía––, en que a la señorita Bennet no
le ha de faltar nada mientras esté con nosotros.
––Estoy segura ––añadió–– de
que, a no ser por tan buenos amigos, no sé qué habría sido de ella, porque está
muy enferma y sufre mucho; aunque eso sí, con la mayor paciencia del mundo, como
hace siempre, porque tiene el carácter más dulce que conozco. Muchas veces les
digo a mis otras hijas que no valen nada a su lado. ¡Qué bonita habitación es
ésta, señor Bingley, y qué encantadora vista tiene a los senderos de jardín!
Nunca he visto un lugar en todo el país comparable a Netherfield. Espero que no
pensará dejarlo repentinamente, aunque lo haya alquilado por poco tiempo.
––Yo todo lo hago repentinamente
––respondió Bingley––. Así que si decidiese dejar Netherfield, probablemente me
iría en cinco minutos. Pero, por ahora, me encuentro bien aquí.
––Eso es exactamente lo que yo me
esperaba de usted ––dijo
Elizabeth.
––Empieza usted a comprenderme,
¿no es así? ––exclamó Bingley volviéndose hacia ella.
––¡Oh, sí! Le comprendo
perfectamente.
––Desearía tomarlo como un
cumplido; pero me temo que el que se me conozca fácilmente es lamentable.
––Es como es. Ello no significa
necesariamente que un carácter profundo y complejo sea más o menos estimable que
el suyo.
––Lizzy ––exclamó su madre––,
recuerda dónde estás y deja de comportarte con esa conducta intolerable a la
que nos tienes acostumbrados en casa.
––No sabía que se dedicase usted
a estudiar el carácter de las personas ––prosiguió Bingley inmediatamente––.
Debe ser un estudio apasionante.
––Sí; y los caracteres complejos
son los más apasionantes de todos. Por lo menos, tienen esa ventaja.
––El campo ––dijo Darcy–– no
puede proporcionar muchos sujetos para tal estudio. En un pueblo se mueve uno en
una sociedad invariable y muy limitada.
––Pero la gente cambia tanto, que
siempre hay en ellos algo nuevo que observar.
––Ya lo creo que sí ––exclamó la
señora Bennet, ofendida por la manera en la que había hablado de la gente del
campo––; le aseguro que eso ocurre lo mismo en el campo que en la ciudad.
Todo el mundo se quedó
sorprendido. Darcy la miró un momento y luego se volvió sin decir nada. La
señora Bennet creyó que había obtenido una victoria aplastante sobre él y
continuó triunfante:
––Por mi parte no creo que
Londres tenga ninguna ventaja sobre el campo, a no ser por las tiendas y los
lugares públicos. El campo es mucho más agradable. ¿No es así, señor Bingley?
––Cuando estoy en el campo
––contestó–– no deseo irme, y cuando estoy en la ciudad me pasa lo mismo. Cada
uno tiene sus ventajas y yo me encuentro igualmente a gusto en los dos sitios.
––Claro, porque usted tiene muy
buen carácter. En cambio ese caballero ––dijo mirando a Darcy –no parece que
tenga muy buena opinión del campo.
––Mamá, estás muy equivocada
––intervino Elizabeth
sonrojándose por la imprudencia
de su madre––, interpretas mal al señor Darcy. Él sólo quería decir que en el
campo no se encuentra tanta variedad de gente como en la ciudad. Lo que debes
reconocer que es cierto.
––Ciertamente, querida, nadie
dijo lo contrario, pero eso de que no hay mucha gente en esta vecindad, creo que
hay pocas tan grandes como la nuestra. Yo he llegado a cenar con veinticuatro
familias.
Nada, si no fuese su
consideración por Elizabeth,
podría haber hecho
contenerse a Bingley. Su hermana fue menos delicada, y miró a Darcy con una
sonrisa muy expresiva. Elizabeth
quiso decir algo para
cambiar de conversación y le preguntó a su madre si
Charlotte
Lucas había estado en Longbourn
desde que ella se había ido.
––Sí, nos visitó ayer con su
padre. ¡Qué hombre tan agradable es
sir William!
¿Verdad, señor Bingley? ¡Tan
distinguido, tan gentil y tan sencillo! Siempre tiene una palabra agradable para
todo el mundo. Esa es la idea que yo tengo de lo que es la buena educación; esas
personas que se creen muy importantes y nunca abren la boca, no tienen idea de
educación.
––¿Cenó
Charlotte
con vosotros?
––No, se fue a casa. Creo que la
necesitaban para hacer el pastel de carne. Lo que es yo, señor Bingley, siempre
tengo sirvientes que saben hacer su trabajo. Mis hijas están educadas de otro
modo. Pero cada cual que se juzgue a sí mismo. Las Lucas son muy buenas chicas,
se lo aseguro. ¡Es una pena que no sean bonitas! No es que crea que
Charlotte
sea muy fea; en fin, sea como
sea, es muy amiga nuestra.
––Parece una joven muy agradable
––dijo Bingley.
––¡Oh! sí, pero debe admitir que
es bastante feúcha. La misma
lady Lucas lo dice muchas
veces, y me envidia por la belleza de
Jane.
No me gusta alabar a mis propias
hijas, pero la verdad es que no se encuentra a menudo a alguien tan guapa como
Jane.
Yo no puedo ser imparcial, claro;
pero es que lo dice todo el mundo. Cuando sólo tenía quince años, había un
caballero que vivía en casa de mi hermano
Gardiner
en la ciudad, y que estaba tan
enamorado de Jane
que mi cuñada aseguraba que se
declararía antes de que nos fuéramos. Pero no lo hizo. Probablemente pensó que
era demasiado joven. Sin embargo, le escribió unos versos, y bien bonitos que
eran.
––Y así terminó su amor ––dijo
Elizabeth
con impaciencia––. Creo que ha
habido muchos que lo vencieron de la misma forma. Me pregunto quién sería el
primero en descubrir la eficacia de la poesía para acabar con el amor.
––Yo siempre he considerado que
la poesía es el alimento del amor ––dijo Darcy.
––De un gran amor, sólido y
fuerte, puede. Todo nutre a lo que ya es fuerte de por sí. Pero si es solo una
inclinación ligera, sin ninguna base, un buen soneto la acabaría matando de
hambre.
Darcy se limitó a sonreír. Siguió
un silencio general que hizo temer a
Elizabeth
que su madre volviese a hablar de
nuevo. La señora Bennet lo deseaba, pero no sabía qué decir, hasta que después
de una pequeña pausa empezó a reiterar su agradecimiento al señor Bingley por su
amabilidad con Jane
y se disculpó por las molestias
que también pudiera estar causando Lizzy. El señor Bingley fue cortés en su
respuesta, y obligó a su hermana menor a ser cortés y a decir lo que la ocasión
requería. Ella hizo su papel, aunque con poca gracia, pero la señora Bennet,
quedó satisfecha y poco después pidió su carruaje. Al oír esto, la más joven de
sus hijas se adelantó para decir algo. Las dos muchachitas habían estado
cuchicheando durante toda la visita, y el resultado de ello fue que la más joven
debía recordarle al señor Bingley que cuando vino al campo por primera vez había
prometido dar un baile en Netherfield.
Lydia
era fuerte, muy crecida para
tener quince años, tenía buena figura y un carácter muy alegre. Era la favorita
de su madre que por el amor que le tenía la había presentado en sociedad a una
edad muy temprana. Era muy impulsiva y se daba mucha importancia, lo que había
aumentado con las atenciones que recibía de los oficiales, a lo que las cenas de
su tía y sus modales sencillos contribuían. Por lo tanto, era la más
adecuada para dirigirse a Bingley y recordarle su promesa; añadiendo que sería
una vergüenza ante el mundo si no lo mantenía. Su respuesta a este repentino
ataque fue encantadora a los oídos de la señora Bennet.
––Le aseguro que estoy dispuesto
a mantener mi compromiso, en cuanto su hermana esté bien; usted misma, si gusta,
podrá señalar la fecha del baile: No querrá estar bailando mientras su hermana
está enferma.
Lydia
se dio por satisfecha:
––¡Oh! sí, será mucho mejor
esperar a que Jane
esté bien; y para entonces lo más
seguro es que el capitán Carter
estará de nuevo en
Meryton. Y cuando usted haya dado su baile ––agregó––, insistiré para que den
también uno ellos. Le diré al coronel Forster que sería lamentable que no lo
hiciese.
Por fin la señora Bennet y sus
hijas se fueron, y Elizabeth volvió
al instante con Jane,
dejando que las dos damas y el
señor Darcy hiciesen sus comentarios acerca de su comportamiento y el de su
familia. Sin embargo, Darcy no pudo compartir con los demás la censura hacia
Elizabeth,
a pesar de la agudeza de la
señorita Bingley al hacer chistes sobre ojos bonitos.
CAPÍTULO X
El día pasó lo mismo que el
anterior. La señora Hurst
y la señorita Bingley
habían estado por la mañana unas horas al lado de la enferma, que seguía
mejorando, aunque lentamente. Por la tarde
Elizabeth
se reunió con ellas en el salón.
Pero no se dispuso la mesa de juego acostumbrada. Darcy escribía y la señorita
Bingley, sentada a su lado, seguía el curso de la carta, interrumpiéndole
repetidas veces con mensajes para su hermana. El señor
Hurst
y Bingley jugaban al piquet
y la señora
Hurst
contemplaba la partida.
Elizabeth
se dedicó a una labor de aguja, y
tenía suficiente entretenimiento con atender a lo que pasaba entre Darcy y su
compañía. Los constantes elogios de ésta a la caligrafía de Darcy, a la simetría
de sus renglones o a la extensión de la carta, así como la absoluta indiferencia
con que eran recibidos, constituían un curioso diálogo que estaba exactamente de
acuerdo con la opinión que
Elizabeth tenía de cada
uno de ellos.
––¡Qué contenta se pondrá la
señorita Darcy cuando reciba esta carta!
Él no contestó.
––Escribe usted más deprisa que
nadie. ––Se equivoca. Escribo muy despacio.
––¡Cuántas cartas tendrá ocasión
de escribir al cabo del año! Incluidas cartas de negocios. ¡Cómo las detesto!
––Es una suerte, pues, que sea yo
y no usted, el que tenga que escribirlas.
––Le ruego que le diga a su
hermana que deseo mucho verla.
––Ya se lo he dicho una vez, por
petición suya.
––Me temo que su pluma no le va
bien. Déjeme que se la afile, lo hago increíblemente bien.
––Gracias,
pero yo siempre afilo mi propia
pluma.
––¿Cómo puede lograr una
escritura tan uniforme?
Darcy no hizo ningún comentario.
––Dígale a su hermana que me
alegro de saber que ha hecho muchos progresos con el arpa; y le ruego que
también le diga que estoy entusiasmada con el diseño de mesa que hizo, y que
creo que es infinitamente superior al de la señorita Grantley.
––¿Me permite que aplace su
entusiasmo para otra carta? En la presente ya no tengo espacio para más elogios.
––¡Oh!, no tiene importancia. La
veré en enero. Pero, ¿siempre le escribe cartas tan largas y encantadoras,
señor Darcy?
––Generalmente son largas; pero
si son encantadoras o no, no soy yo quien debe juzgarlo.
––Para mí es como una norma,
cuando una persona escribe cartas tan largas con tanta facilidad no puede
escribir mal.
––Ese cumplido no vale para Darcy,
Caroline
––interrumpió su hermano––,
porque no escribe con facilidad. Estudia demasiado las palabras. Siempre busca
palabras complicadas de más de cuatro sílabas,
¿no es así, Darcy?
––Mi estilo es muy distinto al
tuyo.
––¡Oh! ––exclamó la señorita
Bingley––. Charles escribe sin ningún cuidado. Se come la mitad de las palabras
y emborrona el resto.
––Las ideas me vienen tan rápido
que no tengo tiempo de expresarlas; de manera que, a veces, mis cartas no
comunican ninguna idea al que las recibe.
––Su humildad, señor Bingley
––intervino Elizabeth––,
tiene que desarmar todos los
reproches.
––Nada es más engañoso ––dijo
Darcy–– que la apariencia de humildad. Normalmente no es otra cosa que falta de
opinión, y a veces es una forma indirecta de vanagloriarse.
––¿Y cuál de esos dos
calificativos aplicas a mi reciente acto de modestia?
––Una forma indirecta de
vanagloriarse; porque tú, en realidad, estás orgulloso de tus defectos como
escritor, puesto que los atribuyes a tu rapidez de pensamientos y a un descuido
en la ejecución, cosa que consideras, si no muy estimable, al menos muy
interesante. Siempre se aprecia mucho el poder de hacer cualquier cosa con
rapidez, y no se presta atención a la imperfección con la que se hace. Cuando
esta mañana le dijiste a la señora Bennet que si alguna vez te decidías a dejar
Netherfield, te irías en cinco minutos, fue una especie de elogio, de cumplido
hacia ti mismo; y, sin embargo, ¿qué tiene de elogiable marcharse
precipitadamente dejando, sin duda, asuntos sin resolver, lo que no puede ser
beneficioso para ti ni para nadie?
––¡No! ––exclamó Bingley––. Me
parece demasiado recordar por la noche las tonterías que se dicen por la mañana.
Y te doy mi palabra, estaba convencido de que lo que decía de mí mismo era
verdad, y lo sigo estando ahora. Por lo menos, no adopté innecesariamente un
carácter precipitado para presumir delante de las damas.
––Sí, creo que estabas
convencido; pero soy yo el que no está convencido de que te fueses tan
aceleradamente. Tu conducta dependería de las circunstancias, como la de
cualquier persona. Y si, montado ya en el caballo, un amigo te dijese: «Bingley,
quédate hasta la próxima semana», probablemente lo harías, probablemente no te
irías, y bastaría sólo una palabra más para que te quedaras un mes.
––Con esto sólo ha probado ––dijo
Elizabeth––
que Bingley no hizo justicia a su
temperamento. Lo ha favorecido usted más ahora de lo que él lo había hecho.
––Estoy enormemente agradecido
––dijo Bingley por convertir lo que dice mi amigo en un cumplido. Pero me temo
que usted no lo interpreta de la forma que mi amigo pretendía; porque él tendría
mejor opinión de mí si, en esa circunstancia, yo me negase en rotundo y partiese
tan rápido como me fuese posible.
––¿Consideraría entonces el señor
Darcy reparada la imprudencia de su primera intención con la obstinación de
mantenerla?
––No soy yo, sino Darcy, el que
debe explicarlo.
––Quieres que dé cuenta de unas
opiniones que tú me atribuyes, pero que yo nunca he reconocido. Volviendo al
caso, debe recordar, señorita Bennet, que el supuesto amigo que desea que se
quede y que retrase su plan, simplemente lo desea y se lo pide sin ofrecer
ningún argumento.
––El ceder pronto y fácilmente a
la persuasión de un amigo, no tiene ningún mérito para usted. ––El ceder sin
convicción dice poco en favor de la inteligencia de ambos.
––Me da la sensación, señor
Darcy, de que usted nunca permite que le influyan el afecto o la amistad. El
respeto o la estima por el que pide puede hacernos ceder a la petición sin
esperar ninguna razón o argumento. No estoy hablando del caso particular que ha
supuesto sobre el señor Bingley. Además, deberíamos, quizá, esperar a que se
diese la circunstancia para discutir entonces su comportamiento. Pero en general
y en casos normales entre amigos, cuando uno quiere que el otro cambie alguna
decisión, ¿vería usted mal que esa persona complaciese ese deseo sin esperar las
razones del otro?
––¿No sería aconsejable, antes de
proseguir con el tema, dejar claro con más precisión qué importancia tiene la
petición y qué intimidad hay entre los amigos?
––Perfectamente ––dijo Bingley––,
fijémonos en todos los detalles sin olvidarnos de comparar estatura y tamaño;
porque eso, señorita Bennet, puede tener más peso en la discusión de lo que
parece. Le aseguro que si Darcy no fuera tan alto comparado conmigo, no le
tendría ni la mitad del respeto que le tengo. Confieso que no conozco nada más
imponente que Darcy en determinadas ocasiones y en determinados lugares,
especialmente en su casa y en las tardes de domingo cuando no tiene nada que
hacer.
El señor Darcy sonrió; pero
Elizabeth
se dio cuenta de que se había
ofendido bastante y contuvo la risa. La señorita Bingley se molestó mucho por la
ofensa que le había hecho a Darcy y censuró a su hermano por decir tales
tonterías.
––Conozco tu sistema, Bingley
––dijo su amigo––. No te gustan las discusiones y quieres acabar ésta.
––Quizá. Las discusiones se
parecen demasiado a las disputas. Si tú y la señorita Bennet posponéis la
vuestra para cuando yo no esté en la habitación, estaré muy agradecido; además,
así podréis decir todo lo que queráis de mí.
––Por mi parte ––dijo
Elizabeth––,
no hay objeción en hacer lo que
pide, y es mejor que el señor Darcy acabe la carta.
Darcy siguió su consejo y acabó
la carta. Concluida la tarea, se dirigió a la señorita Bingley y a
Elizabeth
para que les deleitasen con algo
de música. La señorita Bingley se apresuró al piano, pero antes de sentarse
invitó cortésmente a Elizabeth
a tocar
en primer lugar; ésta, con igual cortesía y con toda sinceridad rechazó la
invitación; entonces, la señorita Bingley se sentó y comenzó el concierto.
La señora
Hurst
cantó con su hermana, y, mientras
se empleaban en esta actividad,
Elizabeth no podía evitar
darse cuenta, cada vez que volvía las páginas de unos libros de música que había
sobre el piano, de la frecuencia con la que los ojos de Darcy se fijaban en
ella. Le era difícil suponer que fuese objeto de admiración ante un hombre de
tal categoría; y aun sería más extraño que la mirase porque ella le desagradara.
Por fin, sólo pudo imaginar que llamaba su atención porque había algo en ella
peor y más reprochable, según su concepto de la virtud, que en el resto de los
presentes. Esta suposición no la apenaba. Le gustaba tan poco, que la opinión
que tuviese sobre ella, no le preocupaba.
Después de tocar algunas
canciones italianas, la señorita Bingley varió el repertorio con un aire
escocés más alegre; y al momento el señor Darcy se acercó a
Elizabeth
y le dijo:
––¿Le apetecería, señorita Bennet,
aprovechar esta oportunidad para bailar un reel?
Ella sonrió y no contestó. Él,
algo sorprendido por su silencio, repitió la pregunta.
––¡Oh! ––dijo ella––, ya había
oído la pregunta. Estaba meditando la respuesta. Sé que usted querría que
contestase que sí, y así habría tenido el placer de criticar mis gustos; pero a
mí me encanta echar por tierra esa clase de trampas y defraudar a la gente que
está premeditando un desaire. Por lo tanto, he decidido decirle que no deseo
bailar en absoluto. Y, ahora, desáireme si se atreve.
––No me atrevo, se lo aseguro.
Ella, que creyó haberle ofendido,
se quedó asombrada de su galantería. Pero había tal mezcla de dulzura y
malicia en los modales de Elizabeth,
que era
difícil que pudiese ofender a nadie; y Darcy nunca había estado tan ensimismado
con una mujer como lo estaba con ella. Creía realmente que si no fuera por la
inferioridad de su familia, se vería en peligro.
La señorita Bingley vio o
sospechó lo bastante para ponerse celosa, y su ansiedad porque se restableciese
su querida amiga Jane
se incrementó con el deseo de
librarse de Elizabeth.
Intentaba provocar a Darcy para
que se desilusionase de la joven, hablándole de su supuesto matrimonio con ella
y de la felicidad que esa alianza le traería.
––Espero ––le dijo al día
siguiente mientras paseaban por el jardín–– que cuando ese deseado
acontecimiento tenga lugar, hará usted a su suegra unas cuantas advertencias
para que modere su lengua; y si puede conseguirlo, evite que las hijas menores
anden detrás de los oficiales. Y, si me permite mencionar un tema tan delicado,
procure refrenar ese algo, rayando en la presunción y en la impertinencia, que
su dama posee.
––¿Tiene algo más que proponerme
para mi felicidad doméstica?
––¡Oh, sí! Deje que los retratos
de sus tíos, los Phillips,
sean colgados en la
galería de Pemberley. Póngalos al lado del tío abuelo suyo, el juez. Son de la
misma profesión, aunque de distinta categoría. En cuanto al retrato de su
Elizabeth,
no debe permitir que se lo hagan,
porque ¿qué pintor podría hacer justicia a sus hermosos ojos?
––Desde luego, no sería fácil
captar su expresión, pero el color, la forma y sus bonitas pestañas podrían ser
reproducidos.
En ese momento, por otro sendero
del jardín, salieron a su paso la señora
Hurst
y
Elizabeth.
––No sabía que estabais paseando
––dijo la señorita Bingley un poco confusa al pensar que pudiesen haberles
oído.
––Os habéis portado muy mal con
nosotras ––respondió la señora
Hurst–– al no decirnos que
ibais a salir.
Y, tomando el brazo libre del
señor Darcy, dejó que Elizabeth
pasease
sola. En el camino sólo cabían tres. El señor Darcy se dio cuenta de tal
descortesía y dijo inmediatamente:
––Este paseo no es lo bastante
ancho para los cuatro, salgamos a la avenida.
Pero
Elizabeth,
que no tenía la menor intención
de continuar con ellos, contestó muy sonriente:
––No, no; quédense donde están.
Forman un grupo encantador, está mucho mejor así. Una cuarta persona lo echaría
a perder. Adiós.
Se fue alegremente regocijándose
al pensar, mientras caminaba, que dentro de uno o dos días más estaría en su
casa. Jane
se encontraba ya tan bien, que
aquella misma tarde tenía la intención de salir un par de horas de su cuarto.
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