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LA ALDEA DE LOS MUERTOS Vivo o muerto, no hay otro camino. (Proverbio indio) Este relato no es una invención. Por un accidente, Jukes se encontró sin saberlo en un pueblo cuya existencia es muy conocida, pero que ningún otro inglés ha visitado. Hubo una institución semejante en los alrededores de Calcuta, y se dice que quien se interne en el riñón de Bikaner, que está en el gran desierto de la India, encontrará no ya un pueblo, sino toda una ciudad en donde se han establecido los muertos que no murieron, pero que ya no viven. Y como está perfectamente comprobado que en el mismo desierto existe una ciudad maravillosa, lugar de retiro de todos los usureros que han amasado una fortuna, ¿por qué no hemos de creer el relato de Jukes? Las riquezas de los usureros de esa ciudad son tan grandes que sus dueños no confían ni en la mano firme del Gobierno para su protección, y se refugian en los arenales sin agua. Allí se los ve en carrozas suntuosísimas, con mujeres muy bellas compradas a precios fabulosos; se los ve en palacios llenos de oro, marfil y pedrerías... Marrowie Jukes es un ingeniero civil, con la cabeza perfectamente puesta sobre los hombros, llena enteramente de planos, distancias y cosas de ese género. Por nada del mundo se daría a inventar trampas imaginarias. Gana mil veces más dedicándose al ejercicio lícito y útil de su profesión. Por otra parte, no se le ha sorprendido en la más ligera variación o contradicción, y se nota la sinceridad de su cólera cuando se habla del tratamiento indigno a que fue sometido. Escribió su relación sin levantar la pluma, aunque posteriormente le hizo algunos retoques e intercaló en ella un capítulo de Reflexiones morales. Dice así su relato: El origen de todo fue un ligero acceso de fiebre. Tenía yo que pasar algunos meses en el campo para desempeñar mis trabajos entre Pakpattan y Mubarrakpur. Es un país inmensamente desolado, un arenal extenso, como les consta a todos los que han tenido la poca fortuna de visitarlo. Los coolies que yo llevaba no eran mejores ni peores que los demás. Mi trabajo demandaba una atención demasiado vigilante para que anduviese con la cabeza a pájaros, dado que yo tuviese propensiones al poco viral entretenimiento de las fantasías. El 23 de diciembre de 1884 me sentía en estado febril. Había luna llena, y, por consiguiente, ladraban todos los perros próximos a mi tienda. Reuníanse por parejas o en grupos de tres, y me ponían frenético. Pocos días antes había yo matado uno de aquellos cantores nocturnos, y por vía de ejemplaridad colgué su cadáver a cincuenta metros de mi tienda, esperando que eso infundiría terror; pero los amigos del can lo devoraron, disputándose bravamente los despojos. Hecho esto, cantaron sus acostumbrados himnos en acción de gracias con renovada energía. La fiebre produce efectos diferentes en el cerebro de cada persona. Pasado un breve rato, mi irritación dio lugar a la determinación fija de acabar con un perrazo blanco y negro que se distinguió por su voz durante el concierto, y que era el más ligero en la fuga cuando se iniciaba una persecución. Mi mano trémula y mi cabeza agitada por la fiebre, le valieron salir ileso de los dos cartuchos de mi escopeta de caza. Pensé entonces que lo mejor sería perseguirlo en campo abierto, y alcanzarlo cuando le diera alcance. Esto, como se comprenderá, era una idea hasta cierto punto delirante, de enfermo atacado por el acceso de la fiebre; pero recuerdo que el plan se aferró en mi cerebro como eminentemente práctico y factible. Di orden al palafrenero para que ensillara mi caballo Pornic y para que lo llevara cautelosamente a la parte posterior de la tienda. Cuando el jaco estuvo listo, yo me acerqué, preparándome para montar y partir como un rayo, tan pronto como el perro reanudase sus ladridos. Sucedió que Pornic no había salido de la estancia durante dos días enteros, que el aire era vivo y fresco y que yo estaba armado de dos agudos y largos argumentos de persuasión que me habían servido por la tarde para entenderme con una indolente alimaña. No os costará trabajo creer, por lo dicho, que mi caballo partió rápidamente, y que, casi rodando como el dado que arrojamos del cubilete sobre la mesa, dejó atrás la tienda, y devoró kilómetros en la tersa superficie de la arenosa llanura. No sólo di alcance al perro, sino que lo dejé atrás, y seguí adelante, olvidándome del objeto con que había emprendido aquella carrera vertiginosa, y sin pensar para qué llevaba en la mano aquella lanza. El delirio de la fiebre y la excitación del rápido movimiento en un ambiente tan frío debían de haber amortiguado más aún mis sentidos hasta embotar toda sensación. Recuerdo vagamente que me mantenía recto sobre los estribos y que blandía mi lanza a la luz de una luna apacible que contemplaba mi loco galopar; recuerdo también que apostrofaba como un valentón a los grupos de espinos, cuyas negras manchas se levantaban a derecha e izquierda. Una o dos veces me incliné hacia el cuello de Pornic, y quedé literalmente colgado de las espuelas, como se vio al día siguiente por el rastro que dejé. El caballo parecía estar poseído por una legión de demonios, y sin aminorar su carrera, avanzaba por la ilimitada extensión del arenal, a la luz de la luna. Recuerdo que se inició una cuesta ascendente, y que al llegar a la altura vi las aguas del Satley, brillantes como una barra metálica. Inmediatamente después de esto, Pornic vaciló, y sentí que rodaba conmigo por una pendiente invisible. Creo que perdí el conocimiento, porque sólo recuerdo que me encontré caído de bruces en un cono de arena suelta, y que la aurora despuntaba en la cumbre de la cuesta por donde había rodado. Cuando la luz permitió ver distintamente los objetos, me di cuenta de que estaba en el fondo de un cráter de arena en forma de herradura, que no tenía sino una abertura hacia las vegas del Sutley. Ya no sentía fiebre, y la caída no me había dejado otra reliquia que un aturdimiento, causado, sin duda, por las volteretas. Pornic, que se hallaba a cierta distancia, daba señales de fatiga; pero, por lo demás, no había sufrido lesiones en la caída. La silla, que era de las de polo, había girado hasta quedar debajo del vientre de Pornic, y presentaba huellas de golpes. Tardé algún tiempo en arreglarla, y, a la vez, pude hacer observaciones sobre el lugar adonde había ido tan impensadamente y con tan poco juicio. Aunque se me tilde de prolijo, describiré aquel sitio, pues considero necesario el conocimiento de sus peculiaridades para que el lector entienda lo que voy a referir. Imagínese, como he dicho, un cráter de arena en forma de herradura, cuyas paredes de una inclinación de 65 grados, tendrían aproximadamente diez o doce metros de altura. En el fondo del cráter había un terreno llano, de cincuenta metros de largo por treinta de ancho, en la parte más despejada, con un poco en el centro. Alrededor de este espacio llano, y a un metro, más o menos, de su nivel, había en la cuesta del cráter una serie formada por ochenta y tres agujeros, todos de algo menos de un metro en su abertura, pero que variaban en su forma, pues unos eran semicirculares; otros elípticos; otros cuadrados, y otros, poligonales. Todos los agujeros estaban apuntalados por dentro con maderos que había arrastrado la corriente, y se hallaban revestidos de cañas de bambú. Exteriormente los protegían aleros de más de cincuenta centímetros, semejantes a la visera de una gorra de jockey. No se notaban señales de vida en los túneles; pero la atmósfera estaba impregnada de una fetidez mortal, más intolerable que cuanto he conocido en este género durante mis visitas a las aldeas indias. Pornic estaba tan impaciente como yo por volver al campamento; monté, pues, y recorrí la base de la herradura para buscar salida. Los habitantes del lugar, si los había, no asomaban por parte alguna, y, sin duda, no creían conveniente dejarse ver. Era preciso que yo me atuviese a mis propias inspiraciones. La primera tentativa que hice para impeler a Pornic por la cuesta arenosa, me dio a conocer que había caído en una trampa semejante a la que se emplea contra los leones. A cada paso de mi caballo, la movediza arena caía por toneladas y producía en los aleros de las moradas subterráneas un ruido seco parecido al de las balas. Dos tentativas infructuosas me hicieron rodar con caballo y todo, medio ahogado por el torrente de arena, y llegar hasta el fondo del cráter. Dirigí, por consiguiente, mi atención a la vega del río. Todo parecía facilitar la salida por ese lado. Verdad es que las colinas iban a morir en la misma ribera, pero había muchos bajos y hondonadas por donde sería fácil que Pornic galopase, hasta pisar la tierra firme, torciendo a derecha o izquierda. Avancé por el arenal en esa dirección, cabalgando fácilmente, cuando noté el ruido lejano de un disparo que se hacía desde el río, y en el mismo instante oí el ruido de la bala, que pasó rozando casi la cabeza de Pornic. No había confusión posible sobre la naturaleza de aquel cuerpo errante; era un proyectil Martini-Henry. Levanté la vista, y observé que, a quinientos o seiscientos metros de distancia, había un bote anclado en medio del río. Una columna de humo que se desprendía de la proa, y que yo distinguía perfectamente bien en la atmósfera serena de la mañana, me dio a conocer de dónde había partido la delicada atención de que era objeto. ¿Se encontró alguna vez un caballero respetable en un callejón sin salida como el que yo iba recorriendo? La traidora y empinada cuesta de arena no permitía salir de aquel lugar, que yo visitaba de la manera más involuntaria, y un paseo por el frente abierto del río provocaría el bombardeo del indígena loco que ocupaba el bote. Al considerar estas circunstancias de mi situación, perdí la moral completamente. Eso no hay para qué negarlo. Otra bala me advirtió que era urgente retroceder, y lo hice sin pérdida de momento, penetrando de nuevo en el cráter, donde asomaban sesenta y cinco figuras humanas que habían salido de los agujeros de tejón, llamadas por el ruido de las detonaciones. Estaba hasta entonces engañado, creyendo que las tejoneras no tenían habitantes. Me hallé de pronto en medio de un grupo de espectadores -cuarenta hombre, veinte mujeres y un niño de menos de cinco años-, todos vestidos muy someramente con prendas de esa tela de color salmón que viene siempre asociada, en nuestros recuerdos, a los mendigos de la India. A primera vista, los individuos de aquel extraño grupo me produjeron la impresión de una banda de faquires infectos. La repulsiva suciedad de la asamblea era indescriptible, y me estremecí, pensando lo que sería la vida en aquellos agujeros. Aún hoy, después que la autonomía local ha destruido casi en su totalidad el respeto de los indios para el Sahib, recibo habitualmente ciertas muestras de la deferencia de mis inferiores; así, cuando llegué al grupo, esperaba alguna señal por la que se hiciese notar mi presencia. La hubo, pero no de la naturaleza que yo pensaba. Los harapientos se reían de mí con una risa que no quisiera volver a oír durante el resto de mi vida. No sólo reían: cacareaban, silbaban, aullaban, daban alaridos. Algunos de aquellos seres repugnantes se echaban literalmente al suelo en las convulsiones de una alegría desaforada. Indignado, arroje mi caballo sobre ellos, y con toda la fuerza de mi brazo, repartí bofetadas entre los que se encontraron a mi alcance. Los malditos indios caían como bolos y a la risa sucedían ruegos para implorar clemencia. Los que no habían sido derribados me cogían por las rodillas, rogándome que los perdonase. Hablaban todo género de lenguas y dialectos. En medio del tumulto, y cuando empecé a senti la vergüenza de mi arrebato, una voz aflautada murmuró, en inglés, detrás de mí: -Sahib, Sahib. ¿No me reconoce usted? Sahib: yo soy Gunga Dass, el telegrafista. Di media vuelta y vi al que me hablaba. Gunga Dass -y no vaciló en mencionar su verdadero nombre- era antiguo conocido mío. Años atrás, el Gobierno del Punjab lo había prestado como bramín a uno de los Estados de Khalsia. Tomó a su cargo una oficina telegráfica de un ramal de la línea, y cuando nos vimos por última vez, recuerdo que era un chico jovial, de buena pasta, aunque muy grave en sus funciones oficiales. Tenía una facilidad maravillosa para hacer retruécanos en inglés, y por esto le recordaba más aún que por los servicios que me prestó como empleado público. ¡Tan pocas veces se ve que un indio haga juegos de palabras en inglés! Aquel hombre había cambiado hasta lo inverosímil. No era posible identificarle. Todo había desaparecido; casta, humorismo, afabilidad... Lo que yo tenía delante era un esqueleto con pellejo, sin turbante, casi desnudo, coronado por una mata de cabello largo y lacio, y animado sólo por dos ojos de pez, que brillaban en el fondo de dos cuencas profundas. A no ser por una cicatriz en forma de media luna que tenía en la mejilla izquierda -resultado de un accidente del que yo fui causa-, no habría sabido quien era. Pero no cabía duda de que me hablaba Gunga Dass, y podía sentirme satisfecho de encontrar un indígena capaz de explicarme en inglés los misterios de mi aventura. Los circunstantes se retiraron a cierta distancia cuando yo volví la cara para ver la triste figura de Gunga Dass. Di a éste la orden de que me indicase el medio de salir del cráter. Tenía él un cuervo que acababa de coger, y como única respuesta a mi pregunta trepó lentamente hasta una plataforma de arena que estaba enfrente de las covachas, y comenzó a encender allí una hoguera, sin hablar palabra. El combustible era de ramas de adormidera del desierto, de maderas arrastradas por la corriente y de juncos; pero me consoló ver que encendió el haz con una cerilla. Cuando las llamas se levantaron y el cuervo estaba asándose, Gunga Dass me dijo, sin preámbulo: -Hay sólo dos clases de hombres, señor: los vivos y los muertos. El que ha muerto, ha muerto, y el que vive, vive. Se interrumpió para atender a su pajarraco, que estaba a punto de achicharrarse. -Si usted muere en su casa y no está muerto cuando lo llevan al ghat para quemarlo, viene a este lugar. Al oír esto comprendí la naturaleza de aquella aldea pestilente, y todo cuanto antes leí o se me narró sobre materias grotescas y horribles, palideció en presencia del hecho que me comunicaba el antiguo bramín. Dieciséis años antes, cuando desembarqué en Bombay, un armenio vagabundo me contó que había en la India un lugar adonde eran conducidos los indios que, para desgracia suya, volvían en sí después de un ataque de catalepsia o de una muerte aparente. Yo entonces me reí, creyendo que el armenio repetía una conseja de viajeros. Pero al verme en el fondo de aquella trampa de arena evoqué el recuerdo del armenio cuando hablaba yo con él en el Hotel Watson, y me venían a la memoria su faz cetrina, el movimiento de los punkahs, los trajes blanquísimos de la servidumbre y todos los pormenores de la escena, tan vivamente como si mi cerebro conservase una fotografía de ella. Era tan absurdo el contraste entre aquel momento lejano y el presente, que prorrumpí en una carcajada. Gunga Dass se inclinaba para asar su inmundo pajarraco, pero no dejaba de observarme con intensa curiosidad. Los indios ríen pocas veces, y las circunstancias, por lo demás, no justificaban un acceso de hilaridad. Sacó el cuervo de la hoguera, extrajo el asador de mimbre en que lo tuvo al fuego, y comenzó a devorar solemnemente su presa. Cuando hubo acabado, prosiguió así. Doy su relación textual: -Durante las epidemias de cólera se os lleva para quemaros casi antes que hayáis muerto. A la orilla del río, la frescura del aire os da la vida, y si sólo os queda un hálito, os rellenan de fango la boca y la nariz para que muráis del todo. Pero si tenéis fuerzas que os permitan todavía luchar contra la muerte, se os introduce una cantidad adicional de lodo. Puede darse el caso de que, a pesar de esta maniobra, continuéis viviendo. Entonces os dejan en libertad para que toméis vuestro camino. Yo me sentí lleno de vida, y protesté enérgicamente contra la infamia que se cometía. Yo era un bramín entonces, y tenía todo el orgullo de mi casta. Ahora soy un muerto, y me alimento de... Al decir esto dirigió una mirada a los roídos huesos del cuervo, con una emoción que era la primera señal de vida moral dada hasta entonces por aquel hombre. -Ahora como cuervos... o cosas peores aún. Cuando advirtieron que no era un cadáver, me sacaron de las sábanas y me atendieron durante una semana, hasta que pude sobrevivir sin género de duda. Después me enviaron por ferrocarril a la estación de Okara con un hombre que me cuidaba. En Okara encontramos otros dos como yo, y nos llevaron a los tres en camellos, de noche, desde la estación de Okara hasta el lugar que nos estaba destinado. Ese lugar es el que tenemos a la vista. Fui arrojado arenal abajo, y los dos compañeros que me siguieron hasta el fondo de este cráter. Hace dos años y medio que estoy aquí. Antaño fui bramín y tenía orgullo; ahora como cuervos... -¿Y no se puede salir? -No hay medio alguno. Cuando yo vine hice toda clase de tentativas y los compañeros también, pero sucumbimos porque la arena se precipita con gran fuerza sobre nuestras cabezas. -Pero la parte del río está abierta -dije al oír sus últimas palabras-, y bien vale la pena exponerse a las balas. Además, de noche... Había yo madurado un plan de evasión que el natural egoísmo me impedía comunicar a Gunga Dass. Este adivinó mi pensamiento casi en el instante de haberlo concebido yo, y con gran sorpresa mía se entregó a una risa de burla que, si no era la de un superior, era, por lo menos, la de un igual. Y sin decirme señor, tratamiento que abandonó después de su primera frase, habló de este modo: -Será posible que logre usted escapar por allí. Haga la experiencia. Yo la hice, y la hice una sola vez. Un terror sin nombre, que en vano procuré dominar, se apoderó de mí tiránicamente. El largo ayuno -pues no había probado nada desde la merienda de la víspera, y eran ya las diez de la mañana-, el ayuno, digo, combinado con la agitación violenta de la cabalgata, me tenía exhausto, y creo que durante algunos minutos, por lo menos, me entregué a actos de frenesí. Me arrojaba a la cuesta para subir por ella, daba vueltas en el fondo del cráter, blasfemando y orando alternativamente. Me arrastraba entre los matorrales de la parte del río, aunque cada vez tenía que retroceder con accesos de nervios producidos por el miedo que me infundía la lluvia de las balas de rifle, pues no quería morir como un perro entre aquella gentuza repugnante. Volvía, pues, agotado y colérico a la orilla del pozo que había en el fondo. Entre tanto, nadie había parado mientes en aquella exhibición que aún hoy me ruboriza. Dos o tres personas se dirigieron al mismo sitio en donde yo estaba jadeando, pero el hábito de ver espectáculos de ese género las dejaba indiferentes y, además, no tenían tiempo que perder. Gunga Dass, debo decirlo, después de apagar con arena los restos de su fogata, se afanaba por sacar un dedal del agua fétida del charco para rociarme las sienes. Yo hubiera caído de rodillas para darle las gracias por esa cortesía, pero no cesaba de reírse con aquella inexpresiva y mecánica explosión que le produjo mi primera tentativa para salir de la trampa. Dos horas permanecí en un estado casi comatoso. Pero era un ser como todos los demás, y el hambre empezó a reclamar sus fueros. Así se lo dije a Gunga Dass, quien me parecía llamado a ser mi protector natural. Obedeciendo al impulso del mundo de los vivos cuando se trata de relaciones con los indios, llevé la mano al bolsillo y saqué cuatro anas; pero en el mismo instante me di cuenta de que era absurdo aquel movimiento, y coloqué de nuevo el dinero en el bolsillo. Gunga Dass exclamó, sin embargo: -Déme usted ese dinero y todo el que tenga o llamo a mis compañeros y le mataremos. El primer impulso de un inglés, a lo que entiendo, es la defensa del contenido de sus bolsillos; pero no fue necesaria una larga meditación para comprender la insensatez de entrar en pugna con la única persona que podía serme útil, ya para vivir allí lo menos mal posible, ya para salir del cráter si esto era realizable. Le di, por consiguiente, nueve rupias, ocho anas y algunas otras piezas menudas; pues siempre llevo moneda menuda para bakshish cuando trabajo en el campo. Gunga Dass cogió ávidamente el dinero, y se lo guardó en el taparrabo, mirando en torno suyo para cerciorarse de que nadie nos espiaba. -Ahora sí le daré a usted algo de comer- me dijo. No comprendo de dónde venía el placer que le causaba mi dinero, pero ya que así era, no me pesaba haber hecho el donativo con tanta espontaneidad, pues tengo la seguridad absoluta de que me habría matado si hubiera resistido. Es imposible protestar contra las imposiciones a que se nos sujeta en un cubil de fieras. Mientras yo comía el indigesto chapatti, que me suministró Gunga Dass, y bebí algunos tragos del agua fétida, los habitantes de la aldea no mostraban señales de curiosidad, esa curiosidad que se observa como distintivo de las aldeas indias. Hasta creí notar que se me veía con desdén. De todos modos, era tratado con la más glacial indiferencia, y Gunga Dass se conducía casi tan mal como sus compañeros. Le hice pregunta tras pregunta sobre aquel funesto lugarejo, y sus respuestas fueron bien poco satisfactorias. De lo que me dijo pude colegir que la aldea databa de un tiempo inmemorial -lo que significa que se habría fundado un siglo antes-, y que jamás salió de allí ninguno de los que habían entrado. Al oír esto tuve que sujetarme con ambas manos para impedir que el terror irracional me precipitase en una nueva carrera alrededor del cráter. Gunga Das acentuaba maliciosamente sus desesperantes palabras, y experimentaba un placer diabólico al ver la impresión que me producían. Por nada del mundo me decía quiénes eran los que imponían la ley. Hablaba de ellos sin aclarar el misterio. -Así está ordenado-agregaba-, y yo no sé de nadie que haya desobedecido. -Aguarde usted a que mis criados se enteren de que me he extraviado -replicaba yo-, y le aseguro que esta horrible aldea desaparecerá de la faz de la tierra. Además, recibirá usted entonces una lección de cortesía, mi querido amigo. -No quedará vivo uno solo de los criados de usted si pretenden acercarse a este lugar, y, además, usted ya es un muerto, querido colega. Usted no tiene la culpa -¿para qué decir lo contrario?-; pero, de todos modos, ya usted está muerto y sepultado. Supe que de tiempo en tiempo, y en períodos muy irregulares, se arrojaba una provisión al anfiteatro por el lado de tierra. Los habitantes luchaban como lobos para disputarse aquellos víveres. Cuando sentía próximo su fin alguno de los habitantes de la aldea, se retiraba a su cubil y allí moría, lejos de las miradas de los compañeros. A veces se sacaba el cuerpo del hoyo, bien para darle sepultura en el arenal, bien para que se descompusiera a la intemperie. La frase arrojar al arenal me llamó la atención, y pregunté a Gunga Dass si este procedimiento no implicaba un peligro de epidemia. El hizo uso de sus habituales signos de burla, chasqueando la lengua, y dijo: -Eso ya lo verá usted. Le sobrará tiempo para hacer observaciones. Con gran deleite de mi interlocutor, di a conocer mi espanto, haciendo un gesto inequívoco. Y continuando la conversación, le pregunté: -¿Cuál es aquí la vida cotidiana? ¿Qué hacen las gentes? La respuesta fue idéntica a la anterior, en signos y palabras, y luego agregó: -El lugar se parece al cielo de los europeos. No hay matrimonios. Gunga Dass había sido educado en una escuela de misioneros, y el cambio de religión fue obra de prudencia, según sus palabras. Pero a pesar de su cautela, no se vio exento de ir a la aldea de la muerte. Con todo, Gunga Dass me pareció un hombre feliz, a juzgar por lo que observé durante el tiempo que pasamos juntos. Veía en mí a un Sahib, a un miembro de la casta dominante, entregado como un niño recién nacido a la buena o mala voluntad de los indígenas, entre quienes se hallaba. Gunga Dass formó un plan deliberado de tortura lenta, como el niño de escuela que se entrega durante media hora a los encantos de la agonía de un escarabajo clavado en una tabla, o como el hurón que, en la espesura de un matorral, ase por el cuello a un conejillo. Todo su empeño en la conversación se dirigía a demostrarme que no había medio alguno de escapar, y que cuando muriera sería arrojado al arenal. Si nos fuera dable prejuzgar sobre las penas del infierno, diríase aquélla una conversación entre condenados cuando llega un alma a la morada del eterno sufrimiento. Durante toda la tarde, Gunga Dass me aplicó el martirio de la iniciación. No estaba en mi mano protestar ni responder, pues toda mi energía se agotó en la lucha contra el terror que hacía de mí su presa, cada vez con garras más poderosas. Para que se comprenda lo que yo sentía, no hallo otra comparación que el esfuerzo del que procura evitar el mareo en el canal de la Mancha. La diferencia es que mi sufrimiento no era de orden físico, y, por tanto, infinitamente más terrible. Al atardecer, los habitantes de la aldea salieron de sus cubiles para recibir los rayos del sol poniente que penetraban ya por la boca del cráter. Se reunían er pequeños grupos, y hablaban sin mirarme. Serían la, cuatro, a lo que creo, cuando Gunga Dass se levantó pare dirigirse a su cueva, de donde salió al cabo de un momento con un cuervo vivo en las manos. El horrible anima estaba todavía más feo de lo que era en sí, a causa de la repugnante suciedad que le cubría, pero no parecía temer a su amo. Avanzando cautelosamente hacia el frente del río, y yendo de montículo en montículo, llegó hasta un espacio despejado que estaba a la vista del bote de los disparos. Los rifleros no dieron señales de alarma. Gunga Dass se detuvo, y, haciendo dos movimientos muy rápidos, puso al cuervo con las alas extendidas, sujeto por detrás. Como era natural, el cuervo empezó a graznar y batir el aire con las uñas. Al instante se levantó una bandada de cuervos salvajes que había en un banco de arena, a menos de un kilómetro, en donde la asamblea discutía sobre el reparto de un objeto que, al parecer, era un cadáver. Seis de los cuervos volaron para informarse de lo que ocurría, y también, por lo que luego se vio, para atacar al animal prisionero. Gunga Dass, que se había escondido en uno de los próximos matorrales, me indicó que no hiciera movimiento alguno, precaución del todo innecesaria. En un instante, y antes que yo me diera cuenta de lo que acontecía, un cuervo salvaje, que atacó al cuervo prisionero, quedó entre las uñas de éste, y desasido de ellas con suma rapidez por Gunga Dass, a su vez fue sujetado en la posición del cuervo doméstico. Atraídos, a lo que creo, por la curiosidad, acudieron todos los cuervos de la bandada, y no bien se había retirado Gunga Dass a su escondite, dos nuevos cautivos se agitaron entre la uñas de los del señuelo. Así continuó la caza -si puedo dignificarla con este nombre-, hasta que Gunga Dass hubo capturado siete cuervos. Les torció el pescuezo a cinco en el acto, y reservó dos para repetir sus operaciones. A mí me impresionó extraordinariamente este nuevo método -nuevo al menos para mí- de buscar el sustento, y dirigí un elogio muy cumplido a Gunga Dass por su pericia. -Esto no vale nada -me contestó-. Mañana lo hará usted, puesto que es más fuerte que yo, y será en mi provecho. Esta natural y tranquila afirmación de superioridad no dejó de exaltarme, y repuse en términos perentorios: -¿Eso cree usted, viejo canalla? ¿Y el dinero que le he dado? -Así será-contestó sin dar señales de alteración-. Tal vez no mañana, ni pasado mañana, ni en mucho tiempo; pero, al fin y al cabo, y durante muchos años, cazará usted cuervos y comerá cuervos, y déle gracias al Dios europeo de que haya cuervos que cazar y que comer. Habría tenido el mayor placer del mundo estrangulando a aquel hombre, pero creí que lo más conveniente era ocultar mi resentimiento. Una hora después, devoraba yo uno de los cuervos, y, como acababa de decírmelo Gunga Dass, di gracias a mi Dios de que hubiera cuervos. Jamás olvidaré aquella cena durante los años que me resten de vida. Todos los habitantes de la aldea estaban en la dura y arenosa plataforma que se levantaba frente a sus cubiles, inclinados confusamente en torno de fuegos que alimentaban con juncos y miserables residuos de toda clase. La muerte se había cernido sobre esas gentes, y después de haberlas perdonado una vez, parecía alejarse de ellas. Muchos de los hombres, en efecto, eran viejos ya, encorvados y decaídos por la edad; las mujeres parecían imágenes de la fatalidad. Yo no comprendo cuál haya podido ser el objeto de las conversaciones de aquellos grupos; pero el hecho es que hablaban, si bien me impresionó la suavidad de su tono, en contraste con la algazara estridente que tanto desagrada en las razas nativas de la India. De pronto, alguno de aquellos infelices sentía un acceso de furor semejante a los que yo había experimentado horas antes; la víctima se precipitaba entonces hacia la cuesta, dando alaridos y lanzando imprecaciones, hasta que, burlada y herida, caía en la plataforma, postrada completamente por la fatiga. Cuando esto acontecía, los otros no levantaban los ojos para ver el espectáculo, pues conocían la inutilidad del esfuerzo y estaban habituados a la repetición de las infructuosas tentativas. Durante aquella noche presencié nada menos que cuatro de esas explosiones de desesperación. Gunga Dass observó una actitud muy práctica en vista de mi situación, y mientras cenábamos -hoy lo digo con tono ligero, pero bien sabe Dios lo que sufrí entonces-, mi compañero me expuso los términos en que podía serme útil. Mis nueve rupias y nueve anas, dijo, me servirían para tener alimentación durante cincuenta y un días, o sea siete semanas, a razón de siete anas por día. Durante este tiempo, él sería mi proveedor. Después, yo vería de atender a mis necesidades. Pasando a otro punto, estaba dispuesto a permitirme que ocupara la cueva contigua a la suya, y a proporcionarme heno para formar mi cama, a cambio de mis botas. -Muy bien, Gunga Dass-contesté-. Acepto de buen grado la primera proposición, pero como nadie en el mundo sería capaz de impedir que yo le mate en este instante y entre en posesión de cuanto usted tiene, rechazo del todo la segunda de sus indicaciones. Conservo, pues, mis botas y entraré en la cueva que me plazca. Al hablar de la posibilidad en que yo estaba de apropiarme los objetos de la pertenencia de Gunga Dass, una vez que éste hubiese muerto a mis manos, pensaba yo en los dos inapreciables cuervos. El golpe fue atrevido, y sentí una gran alegría al ver que su éxito había sido de lo más lisonjero. Gunga Dass cambió inmediatamente de actitud, y retiró todas sus palabras relativas a mis botas. Debo decir que en aquel momento yo no sentía la impropiedad que había en que un ingeniero civil, con trece años de servicios al Estado, y, sobre todo, que un inglés como cualquiera otro inglés, pues por tal me tengo, amenazase tranquilamente de muerte y despojo a un hombre que, aún cuando fuera interesadamente, me había tomado bajo su amparo. Es verdad que yo había dejado atrás el mundo, y que aquellas horas me parecían siglos. Y tan cierto como lo estoy ahora de mi existencia, lo estaba entonces de que la única ley era la del más fuerte en mis relaciones con Gunga Dass; que los muertos vivientes habían renunciado para siempre a los cánones del mundo que los arrojaba de su seno, y, por último, que yo sólo viviría en tanto que tuviera fuerza y vigilancia. Los náufragos del infortunado Mignonette son los únicos que hubieran podido comprenderme en aquella situación. «Por ahora soy el más fuerte -pensaba yo-, y puedo imponer condiciones durante mes y medio. Es imperativamente necesario que yo conserve salud y fuerzas mientras llega el momento de mi rescate, si ese momento ha de llegar. » Confortado con estas razones, comí y bebí lo mejor que me fue posible, y puse de manifiesto a Gunga Dass mi propósito de ser el amo, y la resolución que había formado de castigar la menor insubordinación de su parte con la única pena de que yo podía disponer, que era una muerte súbita y violenta. Después de esto me fui a descansar, o más bien dicho, Gunga Dass me dio dos brazadas de paja, que arrojé por el orificio de mi cueva, situada a la derecha de la suya, y yo me introduje detrás de mi colchón, con los pies hacia el fondo. El cubil no media tres metros, y estaba perfectamente bien apuntalado. El piso tenía una ligera inclinación. La abertura de mi alcoba hacía frente al río, y desde mi cama veía yo el fulgor de la luna en las aguas del Sutley. Procuré conciliar el sueño. Jamás se borrarán de mi memoria los horrores de aquella noche. Mi cueva era tan estrecha como un ataúd, y las paredes habían sido engrasadas por el contacto de innumerables cuerpos desnudos. El aire estaba impregnado de un olor nauseabundo. El sueño era imposible para quien, como yo, sufría una gran excitación. A medida que transcurría la noche, parecíame que todo el anfiteatro se poblaba de legiones de diablos infectos que salían en tropel de los bancos de arena del río para hacer muecas a los infortunados habitantes de las cuevas. Yo no soy de temperamento imaginativo -pocos ingenieros lo son-, pero en aquella ocasión estaba tan postrado, bajo la influencia del terror nervioso, como la mujer más asustadiza. Pasada media hora recuperé la calma suficiente a fin de estudiar las probabilidades que tenía para evadirme. Una ascensión por la cuesta arenosa estaba fuera de lo posible. Ya antes había llegado a formular esta convicción. Existía una posibilidad -simplemente una posibilidad- de que la incierta luz de la luna me hiciese dable escapar al tiro de los rifleros. Tal terror me infundía el lugar en que me encontraba, que aceptaba de antemano cualquier peligro para lograr mi evasión. Imagínese, pues, mi alegría cuando, después de avanzar sigilosamente hacia el frente del río encontré que el bote infernal había desaparecido. ¡No tenía sino dar unos cuantos pasos para verme en plena libertad!. Encaminándome hacia el primer estero que se formaba al pie de la rama izquierda de la herradura, podría vadear el lagunejo superficial, dar vuelta al flanco del cráter y tomar la dirección que me alejase del río. Sin un momento de vacilación, marché con extraordinaria rapidez por entre los mogotes en donde Gunga Dass había tendido el lazo a los cuervos, y pisé el arenal cuya tersa superficie se extiende frente a los montículos. No había avanzado dos pasos fuera de los penachos de hierba seca que me ocultaban, cuando me di cuenta de la futilidad que encerraba toda tentativa de evasión, pues en vez de sentir la tierra firme bajo mis plantas, advertí un movimiento indescriptible de la arena, que parecía atraerme y chuparme, pues hundí la pierna derecha casi hasta la rodilla. La dilatada superficie del arenal se movía a la luz de la luna como agitada por la diabólica delicia de mi desencanto. Sudoroso por el terror y por la fatiga, luché para que no me tragara el arenal, y refugiándome en uno de los montículos, caí de bruces. ¡El único camino que se me habría era algo como un tremedal, un lado de arena! No podría decir cuánto tiempo permanecí en aquella postura; pero sí sé que me despertó el cacareo maligno de Gunga Dass, quien me dijo al oído: -Le aconsejo, ilustre Protector de los pobres -y me lo decía en inglés-, que vuelva a casa. Esto es dañoso y además, al venir el bote le dispararán. Veía yo la figura de Gunga Dass iluminada por la luz indecisa de la madrugada, y oía su eterna risa de burla. Dominé el primer impulso, que fue el de coger por el cuello a aquel hombre y arrojarlo al arenal para que éste se lo tragara. Me levanté sin decir palabra, y seguí tristemente a Gunga Dass hasta la plataforma de las madrigueras. Rompí el silencio para preguntar (¡con cuánta inutilidad!, según lo comprendí no bien había empezado mi frase): -Gunga Dass, ¿para qué sirve ese bote si no puede uno salir de ningún modo? Recuerdo que aún en los momentos más angustiosos pensaba yo sobre la inutilidad de gastar cartuchos en la protección de aquella playa inabordable. Gunga Dass, riendo con gran alborozo, contestó: -Sólo se ve el bote durante el día, y está allí por la razón de que hay una salida. Creo que hemos de tener el gusto de que usted nos acompañe mucho tiempo, y que encontrará muy de su agrado este lugar de recreo cuando pasen los años y haya podido comer muchos cuervos asados. Con paso vacilante, y con el alma en el último grado del abatimiento, me dirigí a la covacha que me servía de morada, y caí en un profundo sueño. Habrían transcurrido a lo más dos horas, cuando me despertó un agudo alarido: era el relincho de un caballo, la queja penetrante y desesperada de un animal que sufría. Quienes lo hayan oído no lo olvidarán. Con dificultad salí de mi tejonera, y no buen hube salid, lo primero que vi fue a Pornic, mi antiguo y buen amigo Pornic, tendido ya sin vida en el arenal. No sé de qué arte se valieron para matarlo. Gunga Dass explicó que la carne de caballo es mejor que la de cuervo, y que «el mayor bien del mayor número» es una máxima de sabía política. -Sí; el mayor bien del mayor número, tal es el principio que acatamos aquí. Estamos en una república, Mr. Jukes, y usted recibirá la parte correspondiente de carne. Si usted quiere, le daremos también un voto de agradecimiento. ¿Le parece a usted que lo proponga? Era verdad: estábamos en una república; en una república de bestias feroces encerradas en el fondo de un pozo, condenadas a comer, a luchar y a dormir hasta el día del sueño final. En menos tiempo del que tardo en escribir esto, el cuerpo de Pornic fue dividido, empleándose en ello los procedimientos más repugnantes. Hombres y mujeres llevaban sus despojos a la plataforma, y preparaban el almuerzo. Gunga Dass se ocupó en el mío. Una vez más sentí el impulso casi irresistible de escalar el muro de arena y de agotar mis fuerzas en esa inútil empresa, pero luche contra mí mismo y pude dominarme, empleando para ello toda mi voluntad. Entre tanto, Gunga Dass me martirizaba con sus bromas ofensivas, y me vi precisado a notificarle que, si continuaba observando esa conducta, le dejaría muerto a la primera palabra que pronunciase con la intención de mortificarme. Guardó silencio hasta que el silencio se hizo insoportable, y le dije que hablara. -Usted estará aquí hasta que muera como el otro Feringhi - dijo fríamente, mirándome con fijeza mientras devoraba un cartílago. -¿Y a qué otro Sahib te refieres, cerdo? Habla y no te detengas para urdir un embuste. -Allí está- me dijo, señalando hacia una tejonera que era la cuarta a la izquierda de la mía-. Puede usted ir -agregó- y enterarse por sí mismo. Murió en la cueva como usted morirá y como yo moriré, y como todos acabarán por morir, hasta ese niño. -Por piedad, dígame usted lo que sepa sobre ese hombre. ¿Quién era? ¿Cuándo vino? ¿Cuándo murió? Estas preguntas fueron un error mío. Gunga Dass me miró de soslayo, y contestó: -Yo no digo nada... a menos que primero me de usted algo. Recordé en dónde estaba y di una puñada a mi hombre, entre cejay ceja, dejándolo atontado. Bajó inmediatamente de la plataforma, empezó a dirigirme palabras lisonjeras y adulatorias, lloró, quiso abrazarme las rodillas y acabó por conducirme a la tejonera que había señalado. -No sé nada de este caballero. Pongo por testigo al Dios de usted. Tenía tanta ansia por salir de aquí como usted ahora, y le mataron los rifleros del bote, aunque hicimos todo lo posible para impedir que se expusiera al peligro. Aquí le hirieron. Gunga Dass se ponía la mano en el enflaquecido vientre, y hacía reverencias. -Está bien. ¿Y después qué pasó? Prosiga usted. -Después, después, honorable señor, le llevamos a su casa y le dimos agua, y le pusimos lienzos húmedos en la herida. El se acostó y entregó el espíritu. -¿Cuánto tiempo después? ¿Cuánto tiempo? -Murió media hora después de haber recibido la herida. Pongo por testigo a Vishnú -decía con voz lastimera el miserable-; pongo por testigo a Vishnú, que hice todo lo posible en su favor. Todo lo que fue posible, eso hice yo. Se echó al suelo y me cogió los tobillos. Pero yo abrigaba dudas muy serias respecto a la caridad de Gunga Dass; así es que le rechacé a puntapiés, interrumpiendo sus protestas. -Creo que usted le robó todo lo que tenía. Pero yo lo averiguaré en dos minutos. ¿Cuánto tiempo estuvo aquí el Sahib? -Casi año y medio. Yo creo que se volvió loco. ¡Pero oiga usted mis juramentos, Protector del pobre! ¿No quiere el honorable señor oír cómo juro que jamás puse la mano en ninguna de las cosas pertenecientes al Sahib? ¿Qué va a hacer su reverencia? Yo había cogido por el talle a Gunga Dass y le arrastraba hacia la plataforma, frente al agujero abandonado. Entre tanto, pensaba en las angustias del prisionero y en los horrores que habría visto durante dieciocho meses, para morir al cabo como una rata en su agujero, atravesado por una bala. Gunga Dass creía que le conducía para darle muerte, y daba aullidos de miedo. La población de la aldea, con la plétora que sigue a un banquete de carne, nos miraba sin pestañear: -Entre, Gunga Dass; entre y saque al muerto. Yo sentía la náusea y el desfallecimiento del horror. Gunga Dass casi rodó de la plataforma y no cesaba de dar aullidos. -Yo soy bramín, Sahib...; un bramín de alta casta. ¡Por su alma, por el alma de su padre, no me obligue usted a hacer esto! -Por mi alma y por el alma de mi padre, usted entrará, sea o no sea bramín. Al decir esto, le cogí por los hombros, le metí de cabeza en la tejonera y, haciendo fuerza con la planta del pie, conseguí que desapareciera todo el cuerpo de Gunga Dass. Después me senté y me cubrí la cara con ambas manos. Pasados algunos minutos oí crujidos y después la voz de Gunga Dass que monologaba, dando sollozos. Por último, al sentir un toque muy suave, abrí los ojos. La seca arena había momificado el cadáver. Yo ordené a Gunga Dass que le mantuviese enhiesto para examinarle mejor. El cuerpo estaba cubierto con un traje de caza verde oliva, muy sucio y raído, y tenía dos hombreras de cuero. La amarillenta momia representaba a un hombre de treinta a cuarenta años, de estatura mas que mediana, de pelo rubio ceniciento, largo bigote y barba áspera e inculta. Le faltaba el diente incisivo izquierdo de la mandíbula superior, y también una parte del lóbulo de la oreja derecha. Tenía una sortija en el dedo anular de la mano izquierda -un jaspe verde en forma de escudo incrustado en oro-, con un monograma que podía ser B.K. o B.L. En el dedo mayor de la mano derecha se le encontró un anillo de plata en forma de cobra enroscada. Esta joya estaba muy gastada y deslucida. Gunga Dass depositó un puñado de objetos insignificantes sacados de la tejonera. Yo cubrí con mi pañuelo la cara del cadáver y procedí al examen de esos objetos. Doy a continuación una lista completa de ellos, con la esperanza de que pueda servir para la identificación del desdichado a quien pertenecieron: 1. Chimenea de una pipa de madera, dentellada; muy vieja y ennegrecida; sujeta con una cuerda en el tornillo. 2. Dos palancas de conmutador con las guardas rotas. 3. Un cortaplumas con mango de carey, plata o níquel, y una placa con este monograma: B. K. 4. Sobre un sello de Victoria, y procedencia indescifrable, dirigido a la señorita Mon (lo demás, ilegible)... ham... nt. 5. Libro de apuntaciones, imitación de piel de cocodrilo, y un lápiz. Las primeras cuarenta y cinco páginas están en blanco; cuatro y media, escritas, pero ilegibles; el resto, que son quince, contiene datos íntimos relativos a tres personas: una, señora L. Singleton, cuyo nombre está muchas veces abreviado, Lot Single; la señora S. May, y Germison. A este último se le menciona bajo los nombre de Jerry o Jack. 6. Mango de cuchillo de monte, pequeño. La hoja fue rota en la base. El mango es de cuero de carnero, romboidal, y tiene argolla y cadena en el tope. Lleva un fragmento de cordoncillo. No es de suponer que yo hiciera este inventario tan completo como consta aquí, y me limite a las observaciones más someras. Lo que primeramente llamó mi atención fue el libro de notas, que guardé para examinarlo posteriormente con todo detenimiento. Llevé los otros objetos a mi tejonera para ponerlos a cubierto de manos codiciosas, y allí fue donde hice el inventario, de acuerdo con mis hábitos de hombre metódico. Ordené a Gunga Dass que me ayudase a llevar el cadáver, y le condujimos al frente del río. Mientras hacíamos esto, cayó de uno de los bolsillos del cadáver un cartucho vacío de arma de fuego. Gunga Dass no lo había visto cuando rodó a mis pies. Yo me puse a pensar que un hombre no se guarda en el bolsillo los casquillos de sus armas, especialmente si son brown, como aquél; pues por su cápsula circular no sirven para otra carga. O en otros términos: resultaba que el cartucho había sido disparado en el interior del cráter. Si había sido disparado allí, existiría un arma de fuego. Quise preguntárselo a Gunga Dass, pero me abstuve de hacerlo, pues comprendí que me engañaría. Depositamos el cadáver en el extremo del arenal movedizo, junto al montículo de los cuervos. Mi propósito era arrojarlo para que se lo tragase el lago de arena, como único medio de darle sepultura. Ordené a Gunga Dass que se retirara. Cuando me vi solo arrastré con precaución el cadáver hasta la orilla del arenal. Al hacerlo, y como se rompiera el podrido khaki de la blusa, vi una horrible cavidad en la espalda del cadáver, que en aquel momento se hallaba boca abajo. Ya he dicho que el cuerpo estaba momificado por la acción de la seca arena. Una rápida inspección me hizo ver que la herida del cadáver había sido producida por una bala y, en tales condiciones, que el disparo debió de haberse hecho a quema ropa. Ahora bien: como el traje esta intacto, era indudable que se le puso después de la muerte, instantánea seguramente, a juzgar por la naturaleza de la herida. Como un relámpago atravesó por mi cerebro la idea de aquella muerte misteriosa. Alguno de los habitantes del cráter, probablemente Gunga Dass, asesinó al Sahib con la propia arma de éste -un arma a la que se adaptaban los cartuchos brown-. No había tal tentativa de evasión por la línea de fuego del bote. Arrojé el cadáver y lo vi desaparecer literalmente en unos cuantos segundos. El espectáculo me produjo escalofríos. Sin conciencia clara de lo que hacía, me puse a examinar la cartera. Entre los pliegues y el lomo de la encuadernación había una hoja de papel, manchada y con el color ya muy desteñido. La hoja cayó cuando yo abría el librito y leí en ella lo que copio: Cuatro fuera del montículo de los cuervos; tres a la izquierda; nueve afuera; dos a la derecha; tres atrás; dos a la izquierda; siete afuera; uno a la izquierda; nueve atrás; dos a la derecha; seis atrás; cuatro a la derecha; siete atrás. El papel tenía quemadas y carbonizadas las orillas. Su significado me era desconocido. Me senté en los secos matojos y estuve dando vueltas en las manos al papel, hasta que me hice cargo de que Gunga Dass observaba todos mis movimientos con ojos de fuego y manos extendidas. -¿Lo ha tomado usted? -preguntó palpitante -¿Me dejará usted que yo también lo vea? Juro que lo devolveré. -¿Qué cosa he tomado yo? ¿Qué devolverá usted?- pregunté a Gunga Dass. -Eso que tiene usted en las manos. Servirá para los dos. Y al decir esto agitaba los pies, que parecían de ave por la flacura, y temblaba todo él de ansiedad. -Yo no pude encontrarlo -agregó-. El lo había ocultado muy bien. Por eso le di muerte, y tampoco pude encontrar eso después. Gunga Dass había olvidado por completo su invención de la bala del rifle. Yo le escuchaba con calma. La moral no conserva todos sus fueros en el mundo de los muertos que viven. -¿Qué quiere decir todas esas extravagancias? No entiendo una sola palabra. ¿Qué desea usted que yo le de? -Ese pedazo de papel que había en la cartera. Nos servirá a los dos. ¡Necio! ¡Necio! ¿No comprende usted lo que eso significa para nosotros? ¡Escaparemos! Su voz se había elevado al diapasón del alarido. Bailaba como un loco delante de mi. Confieso que yo también me excité al pensar en las probabilidades de una evasion. -¿Dice usted que esta tira de papel nos servirá? ¿Cuál es su significado? -¡Lea usted en alta voz! ¡Lea usted en voz alta! ¡Le suplico y ruego que lo lea en alta voz! Lo hice. Gunga Dass escuchó transportado de alegría y trazó con sus dedos una línea quebrada sobre la arena. ¡Vea usted ahora! Era el tamaño de su escopeta, sin la culata. Yo tengo los dos cañones. Cuatro cañones del lugar donde cogí los cuervos. Hacia afuera. ¿Entiende usted? Después, tres a la izquierda. ¡Ah! Ya caigo ahora, y me explico lo que hacía aquel hombre noche a noche. Después, nueve hacia afuera, y así sucesivamente. Afuera quiere decir en línea recta, hacia el Norte, sobre el lado de arena. El me lo dijo antes de que le matara. -Pero si usted sabía todo esto ¿por qué no se evadió? -Porque yo lo ignoraba. Hace año y medio me dijo que trabajaba en ello, y que noche a noche, cuando el bote se retiraba y era fácil llegar hasta la orilla del arenal, él salía a buscar el camino. Después me dijo que nos evadiríamos los dos juntos. Pero yo tuve miedo de que me dejara una noche al acabar su trabajo de exploración, y por eso le maté. Además, no conviene que el que haya entrado aquí pueda escapar. Sólo yo, que soy bramín. En el frenesí de la alegría estreché efusivamente la mano a Gunga Dass, después de haber combinado la tentativa de evasión para esa misma noche. ¡Con qué atormentadora lentitud transcurrieron las horas de la tarde! Serían las diez de la noche cuando apareció la luna a la orilla del cráter. Gunga Dass fue a su tejonera para llevar los cañones de la escopeta que debían servirnos como unidad en la medida de las distancias de la vía. Todos los infortunados habitantes de la aldea de los muertos descansaban en sus cubiles. El bote de los rifleros había descendido la corriente pocas horas antes. Gunga Dass y yo estábamos solos en la trampa de los cuervos. El llevaba los dos cañones de la escopeta, y como cayera al suelo la hoja de papel que contenía las indicaciones, me incliné violentamente para recogerla. No bien inicié ese movimiento me di cuenta de que el infame iba a asestarme un golpe mortal en la nuca con los dos cañones. Era ya tarde para evitarlo, y caí sin sentido a la orilla del arenal. Cuando volví en mí, la luna se ocultaba, y sentí un dolor insoportable en la parte posterior de la cabeza. Tenía la boca llena de sangre. Gunga Dass había desaparecido. Yo me dejé caer al suelo, rogando a Dios que me enviase la muerte. Después de este movimiento de resignación se apoderó de mi la furia insensata de que he hablado antes, y me dirigí con paso vacilante hacia los muros arenosos del cráter. Oí con sorpresa una voz que me llamaba: -Sahib, Sahib, Sahib... Esa voz me recordaba por su suavidad la del criado que me despertaba todas las mañanas en el campamento. Me creí dominado por una imaginación delirante hasta que sentí sobre mis pies la caída de un puñado de arena. Levanté la vista y vi una cabeza que se asomaba al anfiteatro. Era Dunnoo, mi fiel criado. No bien se dio cuenta de que yo le había visto, tendió la mano y me mostró una cuerda. Como pude, le hice señas de que la echase. Eran dos cuerdas de piel trenzada, añadida la una a la otra, y con un nudo corredizo en el extremo. Pasé el lazo por debajo de los brazos; Dunnoo avanzó en la orilla del cráter y fui izado, con la cara hacia abajo, por la empinada ladera que se desmoronaba. Un instante después me hallaba en la colina dominante, medio asfixiado y con una vaga conciencia de mí mismo. Dunnoo, cuya cara cenicienta iluminaba la luna, me rogó que sin pérdida de momento volviéramos a mi tienda de campaña. Refirió en el camino que, habiendo seguido las huellas de Pornic en el trayecto de cerca de veinte kilómetros que había desde el campamento hasta el cráter, fue a llevar la noticia a mis criados, quienes se negaron a intervenir en la evasión de un hombre que había caído en la horrible Aldea de los Muertos, ya se tratase de un indígena o de un blanco. En vista de esto, Dunnoo tomó uno de mis caballos y dos cuerdas de punkah, volvió al cráter y me sacó de allí, como he dicho.
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