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III - Continuación

El Libro de las Tierras Vírgenes (Continuación)  

-Siento la cabeza como un árbol lleno de abejas que zumban -respondió por encima de los que hablaban una voz malhumorada, y Mowgli -pues era él-, indignado, se deslizó por el tronco de un árbol, y añadió al llegar al suelo:

-¡Si acudo a tu llamado es por Bagheera y no por ti, Baloo, viejo gordinflón!

-Me da lo mismo -respondió éste, aunque le tocó en lo vivo y le apenó la respuesta-. ¡Ea! Dile a Bagheera las Palabras Mágicas de la Selva que te enseñé hoy.

-¿Las Palabras Mágicas... para qué pueblo? -interrogó Mowgli, muy complacido por la ocasión que se le ofrecía de exhibir sus conocimientos-. En la selva hay muchos lenguajes. Yo los sé todos.

-Algo de ellos sabes, pero no mucho. ¿Oyes, Bagheera? Los discípulos nunca son agradecidos con quien les enseña. Jamás ha venido a darle las gracias a Baloo por sus enseñanzas un solo lobato. ¡Vaya! Di, pues, las palabras para el pueblo cazador... ¡gran sabio!

"Tú y yo somos de la misma sangre” -recitó Mowgli, y le dio a sus palabras el acento especial del oso que usan todos los que cazan allí.

-Bueno. Ahora las que sirven para los pájaros.

Las repitió Mowgli y terminó la frase con el silbido que singulariza al milano.

-Ahora las que son para el pueblo de las serpientes -dijo Bagheera.

La contestación fue un silbido indescriptible; después, Mowgli hizo celebración de su propia habilidad una pirueta salvaje, batió palmas en celebración de su propia habilidad y de un salto subió al lomo de Bagheera, se sentó de medio lado y taloneó sobre la reluciente piel, en tanto le hacía a Baloo las muecas más horribles.

-¡Ea! ¡Ea! ¡Bien mereciste el cardenal! -dijo con ternura el oso pardo-. Algún día me lo agradecerás. Miró luego a Bagheera para decirle cómo había pedido a Hathi, el Elefante Salvaje, que sabe todas esas cosas, que le dijera las Palabras Mágicas, y cómo Hathi llevó a Mowgli a una laguna para obtener de una serpiente de agua la palabra que sirve para todas las serpientes, porque Baloo no podía pronunciarla; y en fin, cómo Mowgli podía ya considerarse a salvo de todas las contingencias que pudieran presentársele en la selva, porque no le causarían daño alguno ni las serpientes, ni los pájaros ni las fieras.

-Ya no hay motivo para temer a nadie -dedujo de lo expuesto Baloo, dándose suaves golpecitos con aire de orgullo, en el enorme y peludo Vientre.

"Excepto a los de su propia tribu" -dijo Bagheera para si.

Luego añadió, en voz alta, dirigiéndose a Mowgli: ¡un poco de cuidado con mis costillas, hermanito! ¿A qué viene tanto bailoteo?

Mowgli había estado intentando hacerse oír tirándole de la piel de las espaldillas a Bagheera y dándole fuertes talonazos.

Cuando los dos le prestaron atención, grito a voz en cuello:

-De manera que yo tendré una tribu toda mía y la dirigiré por entre las ramas durante todo el día.

-¿Qué clase de nueva locura es ésa? ¿Estás ya haciendo castillos en el aire? -dijo Bagbeera.

-Sí, y le tiraré ramas y porquería al viejo Baloo -prosiguió Mowgli-. Me lo han prometido... ¡Ah!

-¡Woof!..

La gruesa pata de Baloo arrojó a Mowgli del sitio en que descansaba sobre el lomo de Bagheera, hasta el suelo, y desde allí, donde quedó tendido frente a las patas delanteras de la pantera, pudo ver que el oso se había enfadado.

-¡Mowgli! -le dijo Baloo-. ¡Tú has hablado con los Bander-log (el pueblo de los monos)!.  

Mowgli miró a Bagheera para ver si también la pantera se había incomodado, y observó que los ojos de ésta tenían una expresión tan dura como si fueran dos piedras de jade.

-Tú has estado con el pueblo de los Monos.., con los monos grises. . . con el pueblo sin ley... con los que comen cuanto se les presenta. ¡Qué vergüenza!

-Cuando Baloo me golpeó en la cabeza, me marché -dijo Mowgli, que seguía aún tendido de espaldas; entonces los monos grises bajaron de los árboles y se acercaron a mí, compadeciéndome Sólo ellos me hicieron caso.

Al decir esto, su voz se alteró un poco.

-¡La piedad del pueblo de los monos!... -rezongó Baloo-. ¡La inmovilidad del torrente que desciende del monte! . . ¡El fresco de un sol de verano!. . . ¿Y qué sucedió después, hombrecito?

-Después... después... Me dieron nueces y cosas muy buenas para comer, y... me condujeron en brazos a la parte más alta de los árboles... diciéndome que yo era su hermano, que éramos de la misma sangre, aunque yo carecía de cola, y que llegaría a ser su jefe.

-No tienen jefe -dijo Bagheera-. Mienten. Siempre han mentido.

-Conmigo se mostraron muy afables y me suplicaron que regresara a visitarlos. ¿Por qué nunca me llevaron ustedes a donde está el pueblo de los monos? Caminan en dos pies como yo. No me pegan, no tienen las patas duras... Juegan todo el día. ¡Permítanme subir a donde están ellos! ¡Baloo, malo! ¡Déjame subir! Jugaremos de nuevo.

-Atiende, hombrecito -observó el oso, y su voz retumbó como trueno en noche calurosa-.

Te instruí sobre la ley de la selva para que te sirva con todos los pueblos que existen en la selva. . . excepto el de los monos, que vive en los árboles. Los monos no tienen ley.

Son los repudiados por todo el mundo. No tienen lenguaje propio, sino que echan mano de palabras robadas que oyen por casualidad cuando atisban y escuchan, y están al acecho en lo alto de los árboles. Su camino no es el de nosotros. No tienen jefes.

Carecen de memoria. Alardean, charlan y pretenden ser un gran pueblo ocupado en asuntos importantísimos; pero si cae una nuez desde el árbol, revientan de risa y basta para que todo lo olviden. No nos tratamos con ellos nosotros los de la selva. No bebemos donde los monos beben; no vamos a donde los monos van; no cazamos donde ellos cazan; no morimos donde ellos mueren. ¿Acaso me oíste antes hablar de los Bandar-log?

-No -dijo Mowgli en voz muy baja, pues se había hecho silencio absoluto en el bosque cuando enmudeció Baloo.

-El pueblo de la selva los tiene desterrados tanto de su boca como de su pensamiento.

Son numerosísimos, perversos, sórdidos, procaces, y desean llamar nuestra atención. si es que puede decirse de ellos que tengan algún deseo fijo. Pero nosotros no les hacemos el menor caso, ni siquiera cuando arrojan sobre nuestra cabeza nueces e inmundicias.

No había terminado de hablar, cuando cayó de las copas de los árboles una lluvia de nueces y ramas, en tanto que se escuchaban toses, aullidos y rumor de saltos entre el ramaje.

-Al pueblo de la selva le está prohibido todo trato con el pueblo de los monos -dijo Baloo-. Acuérdate.

-¡Prohibido! -repitió Bagheera-. Pero me parece que Baloo debió haberte prevenido antes contra ellos.

-¿Yo?... ¿Yo?... ¿Cómo podía adivinar que se le ocurriría jugar con gentuza de ese jaez? ¡El pueblo de los monos! ¡Qué asco!

Una nueva lluvia cayó sobre ellos, y ambos echaron a correr hacia otro lugar llevándose consigo a Mowgli.

Era muy cierto cuanto había dicho Baloo acerca de los monos. Éstos vivían en las copas de los árboles, y como las fieras rara vez miran hacia lo alto, casi no se ofrecía ocasión de que se cruzaran por el mismo camino. Pero siempre que veían un lobo enfermo, un tigre herido o un oso, se divertían en atormentarlo; arrojaban palos y nueces a cualquier fiera, sólo a guisa de diversión y por el gusto de hacerse notar. Entonces aullaban, chillaban luego canciones sin sentido, incitando al pueblo de la selva a subir a los árboles para pelear, o bien se enzarzaban en salvajes peleas entre ellos mismos por cualquier bagatela, y dejaban después sus muertos donde pudiera verlos el pueblo de la selva. Siempre estaban a punto de nombrar un jefe, de darse leyes y usos propios, pero al cabo nunca lo lograban porque de un día a otro se les borraba todo de la memoria, y de esta manera se contentaban con repetir constantemente estas palabras: "Lo que piensan ahora los Bandar-log, toda la selva lo pensará después", y esta idea los consolaba. Ninguna fiera podía llegar hasta las alturas donde moraban; pero también es cierto que ninguna se fijaba en ellos, y de ahí su alegría cuando vieron que Mowgli iba a buscarlos para tomar parte en sus juegos, y que esto irritaba grandemente a Baloo.

No se propusieron pasar de allí, porque los Bandar-log nunca se proponen nada; pero a uno de ellos se le ocurrió una idea que le pareció excelente; se la expuso a los demás, y los persuadió de que convenía a la tribu tener consigo a una persona tan útil como Mowgli, ya que éste sabía trenzar ramas de modo que protegieran contra el viento, y por esto, si se apoderaban de él, podrían obligarlo a que les enseñara ese arte. Por supuesto, Mowgli, como hijo de leñador, heredó de su padre toda suerte de instintivas habilidades y solía construir chozas con las ramas caídas, sin pensar siquiera en que sabía hacer tales cosas. Pero al observarlo el pueblo de los monos desde lo alto de los árboles, consideraba aquel simple juego como un portento. Lo que es en esta ocasión, decían entre ellos, tendrían realmente un jefe y serían el pueblo más sabio de toda la selva... tan sabio que sería la admiración y envidia de todos. En consecuencia, siguieron con el mayor sigilo a Baloo, Bagheera y Mowgli al través de la selva, hasta que llegó la hora de la siesta. Entonces Mowgli, que en realidad sentía vergüenza de sí mismo, se durmió entre la pantera y el oso, después de resolver que no tendría más tratos con el pueblo de los monos.

Tras esto, lo único que pudo recordar fue que sintió el contacto de unas manos en sus piernas y brazos -manos duras, fuertes y chiquitas-; luego, el choque de unas ramas en la cara, y después, estar mirando hacia abajo al través del movedizo ramaje, en tanto que Baloo despertaba a toda la selva con sus ásperos gritos y Bagheera saltaba tronco arriba del árbol, mostrando todos sus dientes. Chillaron los Bandar-log con aire de triunfo, y treparon, jugueteando, a las ramas más altas, donde Bagheera no se atrevió a seguirlos.

Entre tanto, gritaban:

-¡Se ha fijado en nosotros! ¡Bagheera se fijó en nosotros! ¡Nos admira todo el pueblo de la selva por nuestra habilidad y astucia!

Empezó entonces su huida, y una huida del pueblo de los monos al través del país arbóreo es una cosa realmente indescriptible. Tienen sus caminos amplios y sus atajos, sus subidas y bajadas, todo trazado a quince, veinte o treinta metros por encima del suelo, y viajan por allí inclusive de noche, si es necesario. Dos de los monos más fuertes cogieron a Mowgli por las axilas y se lo llevaron por entre las copas de los árboles, dando saltos de casi seis metros de altura. A haber marchado completamente libres, su velocidad hubiera sido mayor, pero el peso del muchacho los entorpecía y detenía un poco. Aun cuando se sintió mareado y medio enfermo, Mowgli no pudo menos de deleitarse con aquella loca carrera, por más que lo aterrorizaran los trozos de tierra que vislumbraba allá abajo; y aquel detenerse y partir de nuevo, al final de cada balanceo en el vacío, lo mantenían con el alma en un hilo. Conducíanlo sus acompañantes hacia lo más alto de la copa de un árbol, hasta que sentía que crujían y se doblaban con su peso las ramas más delgadas de la cima, y luego, con fuerte resoplido, se arrojaban al aire, avanzando y descendiendo a un mismo tiempo; para después elevarse de nuevo y quedar colgados, por las manos o por los pies, de las ramas inferiores del próximo árbol.

Columbraba en ocasiones leguas y leguas de extensión en que todo no era sino quieta y verde selva, de igual manera que un hombre encaramado en un mástil abarca millas enteras de mar con la mirada, y entonces el ramaje le sacudía la cara y él y su guía llegaban casi al nivel del suelo. De esta manera, saltando, haciendo ruido, resoplando fuertemente y chillando, la tribu entera de los Bandar-log cruzó los caminos trazados en lo alto de los árboles llevando prisionero a Mowgli.

Hubo momentos en que temió éste que lo dejaran caer, lo que hizo que empezara a ponerse de mal humor; pero, demasiado sagaz para rebelarse abiertamente, se limitó a pensar qué haría. Lo primero que le vino a las mientes fue avisar a Baloo y a Bagheera, porque, dada la velocidad con que huían los monos, comprendía bien que sus amigos se quedarían muy rezagados. Era del todo inútil mirar hacia abajo, pues nada podía ver si no eran las puntas de las ramas a uno y otro lado. Dirigió, pues, sus ojos hacia arriba, y logró distinguir a lo lejos, en la inmensidad azul, a Rann, el milano, que se balanceaba describiendo curvas en el aire en tanto que vigilaba la selva y esperaba que los seres se murieran en ella. Y así, vio Rann que los monos se habían apoderado de algo que se llevaban, y abatió el vuelo unos centenares de metros para indagar si aquella presa era comestible. Al ver a Mowgli arrastrado hacia lo más alto de la copa de un árbol y al oírle gritar, se sorprendió mucho el milano y le contestó con un silbido: "Tú y yo somos de la misma sangre." La oleada del ramaje se cerró por encima del muchacho, pero Rann, con un balanceo, se dirigió al árbol más próximo en el preciso instante en que asomó de nuevo la cara morena de Mowgli.

-¡Sigue mi pista! -gritó éste-. ¡Avisa a Baloo, de la manada de Seeonee, y a Bagheera, del Consejo de la Peña!

-¿En nombre de quién, hermano? -preguntó Rann que nunca había visto a Mowgli, pero que desde luego había oído hablar de él.

-En nombre de Mowgli, la Rana. ¡El hombrecito me llaman! ¡Sigue mi pista!...

Las últimas palabras hubo de proferirlas cuando de nuevo lo balanceaban en el aire, pero Rann movió la cabeza, asintiendo, y se elevó hasta que su tamaño se tornó no mayor que un grano de polvo, y allí remontado observó con el telescopio de sus ojos el movimiento de las copas de los árboles al paso de la escolta de monos que conducían a Mowgli.

-No se alejarán mucho, no -profirió con risa ahogada-. Nunca llevan a término feliz lo que empiezan a hacer. Los Bandar-log pican siempre aquí y allá en cosas nuevas. Pero en esta ocasión, o yo estoy ciego, o picaron en algo que les dará quehacer, porque Baloo no es ningún polluelo que se caiga del nido, y yo sé que Bagheera es muy capaz de matar algo más que cabras.

Al decir esto, se meció en el aire, abiertas las alas y recogidas las patas bajo el cuerpo, y esperó.

Entre tanto, Baloo y Bagheera se sentían locos de furor y de pena. Bagheera se subió a los árboles hasta donde nunca antes se atreviera a llegar; pero se quebraron bajo su peso las ramas delgadas y resbaló hasta el suelo, con las garras llenas de cortezas.

-¿Por qué no le avisaste al hombrecito? -le decía rugiendo al pobre Baloo, que sostenía un trote algo pesado con la esperanza de adelantarse a los monos-. ¿De qué sirvió que casi lo mataras a golpes si no lo previniste contra esto?

-¡De prisa! ¡De prisa! Todavía. . . podría ser que lo alcanzáramos -respondió Baloo jadeando..

-¡Al paso que vamos!... No alcanzarías ni a una vaca herida. Maestro de la ley... azota cachorros... con que tuvieras que moverte del modo como lo haces durante un cuarto de legua de distancia, sería suficiente para que reventaras. ¡Descansa y piensa! Traza un plan. No es este el momento de perseguirlo. Podrían dejarlo caer si lo seguimos muy de cerca.

¡Arrula!... ¡Woo!... Quizás lo hicieron ya, cansados de llevarlo. ¿Quién puede fiarse de los Bandar-log? i Acumula murciélagos muertos sobre mi cabeza! ¡Dame por toda comida huesos negros! ¡Méteme en una colmena de abejas silvestres para que me maten a picaduras y luego entiérrame al lado de una hiena, porque soy el más desdichado de cuantos osos existen! ¡Arulala!... ¡Wahooa!... ¡Oh! ¡Mowgli! ¡Mowgli! ¿Por qué no te previne contra el pueblo de los monos, en vez de romperte la cabeza? ¿Cómo saber si por los golpes que le di le saqué de la memoria la lección del día, y ahora se hallará solo en la selva sin la ayuda de las palabras mágicas?

Y Baloo se cogió la cabeza con las patas y se arrastró gimoteando.

-Al menos hace un momento me dijo a mí todas las palabras correctamente -replicó Bagheera, impaciente-. Baloo -prosiguió- has perdido la memoria y el respeto propio.

¿Qué pensaría de mí la selva toda, si yo, la pantera negra, me hiciera una bola como Ikki, el puerco espín, y empezara a aullar?

-¿Qué me importa lo que la selva piense? A esta hora, quizás él ha muerto ya.

-Si no lo dejaron caer por juego, o si no lo mataron por pereza, no creo que debamos temer por el hombrecito. Es listo y está bien enseñado, y, sobre todo, cuenta con sus ojos que atemorizan a todo el pueblo de la selva. Pero -y este es un grave mal que hay que reconocer-, está en poder de los Bandar-log, que, por vivir en los árboles, no le tienen miedo a nuestra gente.

Al decir esto, Bagheera se lamió una de sus patas delanteras con aire preocupado.

-¡Tonto de mí! ¡Oh! ¡Cuán gordo y moreno, cuán tonto desenterrador de raíces soy! -exclamó Baloo desenroscándose de un brinco-. Es una gran verdad lo que dice Hathi, el elefante salvaje, cuando afirma que "cada quien tiene su miedo peculiar". Ahora bien: los Bandar-log temen a Kaa, la serpiente de la Peña. Sabe encaramarse tan bien como ellos; les roba sus hijos por la noche. Su solo nombre les hiela de espanto hasta las endiabladas colas. Vayamos a ver a Kaa.

-¿Y qué puede hacer? No es de nuestra tribu, puesto que no tiene patas... Además, la maldad está escrita en sus ojos. . . -dijo Bagheera.

-Es muy vieja y muy astuta. Ante todas las cosas, hay que pensar en que siempre está hambrienta -respondió Baloo esperanzado-. Prométele muchas cabras.

-No bien se come una, duerme un mes entero. Muy bien pudiera suceder que estuviese durmiendo ahora. Pero, ¿sí se le antojara preferir matar cabras por su propia cuenta? -Bagheera, que sabía muy pocas cosas de Kaa, se inclinaba naturalmente a desconfiar.

-En tal caso, vieja cazadora, tú y yo juntos la haríamos mostrarse razonable. -Al decir esto Baloo frotó su hombro, de un desteñido color moreno, contra la pantera, y ambos fueron en busca de Kaa, la serpiente pitón que vive en la Peña.

La hallaron tendida al sol en el tibio reborde de una roca, admirando, deleitada, su hermosa piel nueva, pues acababa de pasar diez días en el más completo retiro para mudarla, y ahora estaba a la verdad espléndida, con la enorme cabeza roma a lo largo del suelo, y tenía enroscado el cuerpo de nueve metros de largo en fantásticos nudos y curvas, y se relamía al pensar en la próxima comida.

-Está en ayunas -dijo Baloo con un gruñido de satisfacción en cuanto vio la hermosa piel moteada de amarillo y de color de tierra-. ¡Mucho cuidado, Bagheera! Siempre queda medio ciega después del cambio de piel y tiende a atacar con la mayor facilidad..

Kaa no era serpiente venenosa -y la verdad despreciaba por cobardes a las de tal clase-; su poder estribaba en la fuerza de su presión, y cuando había envuelto a alguien en sus enormes anillos, ya podía darse por terminada la lucha.

-¡Buena caza! -gritó Baloo sentándose sobre sus cuartos traseros.

Kaa era bastante sorda como todas las serpientes de su especie y no oyó bien al principio lo que le decían.

Por lo que pudiera suceder, se enrolló en forma de espiral y mantuve baja la cabeza.

-¡Buena caza para todos! -respondió-. ¡Ah! ¿Eres tú Baloo? ¿Y qué haces por aquí?

¡Buena caza, Bagheera! Uno de nosotros necesita comer, cuando menos. ¿Saben si hay algo a la mano por allí? ¿Por ejemplo, algún gamo, aunque sea joven? Estoy vacía como un pozo seco.

-Vamos de caza -dijo Baloo negligentemente, porque esto lo sabía él bien- con Kaa no hay que apresurarse; es muy grande para andarse con prisas.

-Permítanme que vaya con ustedes -suplicó Kaa-. Nada significa para Bagheera y Baloo un zarpazo de más o de menos. En cambio, yo... yo tengo que esperar días y días en alguna senda del bosque, o emplear media noche para subirme a los árboles, y luego debo tener mucha suerte para tropezar con algún mono joven. ¡Pss naw! Las ramas de ahora no son ya como lo eran cuando yo era joven. Las más tiernas están podridas, y secas las mayores.

-Es probable que tu enorme peso signifique algo en este asunto -dijo Baloo.

-Pues sí; no me falta longitud... no me falta... -respondió Kaa con un dejo de orgullo-. Pero así y todo, la culpa no es mía sino del ramaje nuevo. Poco faltó, muy poco.., para que me cayera en mi última cacería, y, como no estaba agarrada al tronco del árbol con mi cola, el ruido que hice despertó a los Bandar-log, que empezaron a insultarme.

-"Lombriz de tierra, amarilla y sin patas" -murmuró entre dientes Bagheera como si tratara de recordar algo.

-¡Ssss! ¿Me llamaron eso alguna vez? -preguntó Kaa.

-Algo parecido nos gritaron a nosotros durante el último cuarto de luna pasado, pero no les hicimos ningún caso; Capaces son de decir cualquier cosa... Por ejemplo, que te has quedado sin dientes, y que no osas hacerle frente a algo que sea mayor que un cabrito, porque... (¡vaya!, que son desvergonzados esos Bandar-log) porque les tienes miedo a los cuernos -continuó diciendo suavemente Bagheera.

Ahora bien: raras veces da muestras de cólera una serpiente, sobre todo una serpiente pitón tan circunspecta como era Kaa. Pero Baloo y Bagheera pudieron ver en ese momento cómo los enormes músculos que Kaa tiene a cada lado del cuello se movían e hinchaban.

-Los Bandar-log huyeron de su acostumbrado terreno -dijo calmosamente-. Oí sus gritos en las copas de los árboles hoy, cuando salí a tomar el sol.

-Precisamente.. . precisamente nosotros vamos siguiendo su pista. -respondió Baloo.

Pero las palabras se le atoraron en el gaznate porque, si la memoria no lo engañaba, aquélla era la primera vez que alguien, perteneciente al pueblo de la selva, confesaba su interés por algo que hicieran los monos.

-Sin duda debe ser muy importante lo que obliga a dos cazadores como ustedes, jefes y directores entre los suyos, a seguir los pasos de los Bandar-log -observó Kaa afablemente, pero llena de curiosidad.

-A decir verdad -empezó Baloo-, yo no soy sino el anciano maestro de la ley, a las veces bastante tonto, encargado de enseñársela a los lobatos de Seeonee, y Bagheera, aquí presente....

-Es Bagheera -dijo la pantera negra, cerrando las quijadas con un golpe seco, porque no estaba para modestias-. Esto es lo que nos ocurre, Kaa: esos ladrones de nueces y de hojas de palmera se robaron a nuestro hombrecito, de quien quizás has oído hablar.

-Algo le oí a Ikki (cuyas púas son motivo de presunción para él), acerca de una especie de hombre admitido en una manada de lobos. Pero no creí nada de eso. Ikki siempre anda con cuentos que oye mal y cuenta peor.

-Pero. en el caso presente dijo la verdad. El hombrecito es tal, como jamás hubo otro como él -dijo Baloo-. El mejor, el más inteligente, el más apuesto de todos... mi discípulo que hará célebre el nombre de Baloo en todas las selvas.., y, ¡bueno!, yo... o mejor dicho... nosotros, lo queremos de veras, Kaa.

-¡Ts! ¡Ts! -respondió ésta, y sacudió la cabeza-; también yo supe lo que es querer.

¡Podría narrarles cosas que...!

-Que exigirían una noche clara y un estómago lleno para apreciarlas debidamente -dijo Bagheera con prontitud-. Nuestro hombrecito está ahora en poder de los Bandar-log, y nos consta que a nadie temen ellos más que a Kaa, de todo el pueblo de la selva.

-A nadie más que a mí, y no les falta razón -respondió Kaa-. Charlatanes, locos y vanos... vanos, locos y charlatanes: así son los monos. Pero si entre ellos hay algo humano, corre peligro. Les cansa pronto la nuez que cogen, y la tiran. Son capaces de cargar una rama durante medio día, proponiéndose hacer grandes cosas con ella, y luego la parten en dos pedazos. No es digno de envidia, a la verdad, el hombrecito ése. Al insultarme, ¿no me llamaron también pez amarillo?... ¿Eh?

-Lombriz... lombriz.., lombriz de tierra -respondió Bagheera-; y otras cosas más que ahora no puedo repetir por vergüenza.

-Habrá que enseñarles a expresarse con más respeto de su maestro. ¡Aaa-sss!

Deberemos refrescarles un tanto la memoria. Pero, díganme, ¿a dónde se llevaron al cachorro?

-Sólo la selva puede saberlo. Me parece que hacia el lado donde se oculta el sol.

Creíamos que tú lo sabrías, Kaa.

-¿Yo? ¿Y cómo? Acostumbro apoderarme de ellos cuando se me ponen a la mano, pero no voy a cazar a los Bandar-log, ni a las ranas, ni a esa espuma verde que hay en las lagunas, y que, para el caso, da lo mismo.

-¡Eh! ¡eh! ¡eh! ¡Arriba! ¡Arriba! ¡Mira hacia arriba, Baloo, de la manada de lobos de Seeonee!...

Baloo miró hacia arriba para ver de dónde salía la voz que lo llamaba, y vio a Rann, el milano, que descendía, deslizándose por el espacio con las alas desplegadas en cuyos bordes, vueltos hacia arriba, brillaba el sol. Ya casi era la hora del sueño para Rann, pero hasta ese momento había estado buscando por toda la selva a Baloo, sin encontrarlo, por culpa del espeso follaje.

-¿Qué sucede? -interrogó Baloo.

-Vi a Mowgli entre los Bander-log. él mismo me encargó que te lo dijera. Estuve al acecho; lo llevaron al otro lado del río... a la ciudad de los monos. . a las moradas frías.

Lo mismo optarán por quedarse allí una noche que diez, o que un rato. Encargué a los murciélagos que vigilaran durante las horas de oscuridad. Es cuanto tengo que decirte.

¡Buena suerte para todos!

-¡Buena suerte, que llenes el buche y duermas bien, Rann! -gritó Bagheera-. No te olvidaré en mi próxima caza: reservaré para ti la cabeza de lo que mate, porque eres el mejor de todos los milanos.

-Lo que hice no es nada.., no es nada. El muchacho recordó y dijo las palabras mágicas, y yo no pude menos que cumplir con mi deber -respondió Rann elevándose por el aire trazando círculos para dirigirse a su escondrijo..

-¡Vamos! Veo que no perdió la lengua -dijo Baloo con una sonrisa de satisfacción y orgullo-. ¡Y pensar que, siendo tan joven, recordó las palabras mágicas que sirven para los pájaros, en el mismo momento en que lo llevaban al través de los árboles!.

-¡Bien que se las metiste en la cabeza! -respondió Bagheera-. Pero estoy orgullosa de él.

Ahora, vamos a las moradas frías.

Todo el pueblo de la selva sabe dónde está aquel lugar, pero ninguno de ellos va nunca allí, porque lo que llaman las moradas frías es una antigua ciudad abandonada, perdida y hundida en la selva, y en contadas ocasiones se ve que las fieras habiten un lugar donde antes habitaron los hombres. Hará esto el jabalí, pero no las tribus cazadoras. Por lo demás, aun los monos vivían allí tan poco como en cualquier otro sitio fijo, y ningún animal que se respete se acercará hasta la distancia que alcance la vista, excepto en las épocas de sequía, cuando conservaban un poco de agua las cisternas medio arruinadas y los estanques.

-Media noche nos tomará hacer la jornada.., yendo a toda velocidad -dijo Bagheera, y esto hizo que Baloo se pusiera muy serio.

-Iré tan rápidamente como pueda -respondió ansiosamente.

-No nos atrevemos a esperarte. Síguenos, Baloo; Kaa y yo no podemos ir a paso tardo.

-Con pies o sin pies, puedo correr tanto como tú con los cuatro que tienes dijo Kaa lacónicamente.

Baloo se esforzó en acelerar el paso, pero al cabo tuvo que sentarse echando los bofes.

Y así, lo dejaron para que fuera más despacio, en tanto que Bagheera se adelantaba con el rápido galope propio de la pantera.

Kaa no dijo palabra, pero, por más que corriera Bagheera, la enorme serpiente pitón de la Peña no se dejaba adelantar. Al llegar a una torrentera llena de agua, venció Bagheera, porque la atravesó de un salto, mientras Kaa tenía que nadar, con la cabeza y una pequeña parte del cuello fuera del agua. Mas, al llegar de nuevo a tierra, pronto la serpiente recuperó la distancia perdida.

-¡ Por la cerradura que me dio la libertad, afirmo que eres andadora! -exclamó Bagheera al disiparse la última luz del crepúsculo.

-Es que tengo hambre -respondió Kaa-. Además, me llamaron rana con manchas...

-Lombriz.., lombriz de tierra... y amarilla de añadidura.

-Lo mismo da. Sigamos adelante.

Y parecía como si Kaa se derramara por encima de la tierra, buscando con ojo certero el camino más corto y siguiéndolo estrictamente.

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