|

El
Libro de las Tierras Vírgenes
(Continuación)
Allá
en las moradas frías, los monos, en lo que menos podían
pensar, era en los amigos de
Mowgli.
Habiéndose
llevado al muchacho a la ciudad perdida, quedaron con eso
muy satisfechos
por
el momento. Jamás Mowgli, hasta entonces, había visto
ninguna ciudad india, y
aunque
aquélla no fuera sino un montón de ruinas, le pareció
espléndida y maravillosa.
Tiempo
atrás la había edificado un rey en la cumbre de una
colina, y todavía podía
adivinarse
el trazo de las calzadas de piedra que conducían a las
destrozadas puertas
cuyas
últimas astillas colgaban de los goznes, comidos del moho.
Crecían árboles a uno
y
otro lado de las paredes. Las almenas yacían hechas
pedazos, y a lo largo de los muros
pendían
de las ventanas las enredaderas silvestres en grandes y
apretadas masas.
La
colina estaba coronada por un gran palacio sin techo; el mármol
de patios y fuentes
estaba
rajado y cubierto de manchas rojas y verdes; en los mismos
pisos empedrados de
los
patios donde solían vivir los elefantes del rey, las
piedras estaban separadas por la
hierba
y los árboles nuevos que crecían entre ellas. Desde el
palacio podían verse
numerosas
hileras de casas sin techo que habían formado parte de la
ciudad y que ahora
eran
como destapadas colmenas llenas tan sólo de negras sombras.
Podía verse también.
la
informe piedra que había sido un ídolo en la plaza donde
desembocaban cuatro
avenidas;
y los hoyos y hoyuelos en las esquinas de las calles donde
en otro tiempo
existieron
pozos públicos; y las rotas cúpulas de los templos con
higueras silvestres que
crecían
a los lados.
Los
monos llamaban a ese lugar su ciudad y despreciaban al
pueblo de la selva porque
vivía
en el bosque. No obstante, nunca supieron para qué se habían
levantado aquellos
edificios
ni cómo debían usarlos. Se sentaban formando círculos en
la antecámara de la
real
sala del consejo, y se rascaban buscándose las pulgas y dándoselas
de hombres.
O
bien, entraban y salían corriendo de aquellas salas sin
techo, recogían pedazos de
yeso
y ladrillos viejos, llevándolos a un rincón, para
olvidarse al momento siguiente del
lugar
donde los habían escondido y empezar a pelearse y a gritar
en vacilantes grupos,
poniéndose
luego, de pronto, a jugar, subiendo y bajando por las
terrazas del jardín real,
sacudiendo
los rosales y los naranjos por diversión para ver caer las
flores y los frutos.
Ya
habían explorado todos los pasadizos y caminos subterráneos
que había en el
palacio,
y los centenares de oscuras pequeñas salas; pero nunca se
acordaron de lo que
vieron
o dejaron de ver, y así se paseaban de uno en uno, por
pares o por grupos, y se
decían
los unos a los otros que hacían lo mismo que hacen los
hombres. Bebían en las
cisternas,
ensuciaban el agua, armaban peleas por esta causa y después,
en montón, se
lanzaban
juntos gritando: "No hay nadie en la selva tan sabio,
probo, inteligente, fuerte
y
discreto como los Bandar-log." Volvían entonces a las
andadas, hasta que, al fin, se
cansaban
de estar en la ciudad y regresaban a las copas de los árboles
abrigando la
esperanza
de que se fijara en ellos el pueblo de la selva.
A
Mowgli no le gustó este género de vida, ni llegó a
entenderlo, porque había sido
educado
según la ley de la selva. Tocaba a su fin la tarde cuando
los monos se lo
llevaron
a las moradas frías, y, en vez de irse a dormir, como
hubiera hecho Mowgli
después
del largo viaje, se cogieron de las manos y empezaron a
bailar y a cantar las
canciones
más disparatadas. Uno de los monos les echó un discurso en
el que afirmó
que
la captura de Mowgli marcaba un hito nuevo en la historia de
los Bandar-log,
porque
les ensenaría a construir, con palos y cañas, un refugio
contra la lluvia y el frío.
Mowgli
cogió algunas enredaderas y empezó a entretejerlas, y los
monos trataron de
imitarlo;
pero al cabo de pocos minutos dejó de interesarles aquello
y empezaron a
estirarse
la cola los unos a los otros, o a saltar, puestos a gatas y
tosiendo.
-Quisiera
comer -dijo Mowgii-. Soy forastero en esta parte de la
selva. Denme comida,
o
permiso para cazar aquí.
Veinte
o treinta monos saltaron rápidamente fuera del recinto para
traerle nueces y
papayas
silvestres. Pero en el camino se enzarzaron en una pelea y
les pareció luego
demasiada
molestia regresar con los restos de aquellos frutos.
Mowgli
sentía el cuerpo dolorido, estaba tan malhumorado como
hambriento; anduvo
errante
por la ciudad abandonada, lanzando de cuando en cuando el
grito de caza de los
forasteros;
pero, al no contestarle nadie, se convenció de que a la
verdad había ido a
parar
a un lugar pésimo.
-Cuanto
dijo Baloo respecto de los Bandar-log no es más que la
verdad -pensó-. No
tienen
ley, ni grito de caza, ni jefes... No más que loca palabrería
y unas manos muy
pequeñas
y muy ladronas. Por tanto, si me matan de hambre o de
cualquier otra manera,
a
nadie podré culpar más que a mí mismo. Pero he de hacer
todo lo posible por volver a
mi
propia selva. Baloo me pegará, ciertamente, pero prefiero
eso que ir estúpidamente a
caza
de las hojas de rosal en compañía de los Bandar-log.
No
bien llegó a las murallas de la ciudad, lo hicieron
retroceder los monos, diciéndole
que
no se daba cuenta de la felicidad que le había caído con
estar allí, y le pellizcaban
para
enseñarle a ser agradecido. Apretó Mowgli los dientes y
nada dijo, pero se dirigió, entre
el alboroto producido por los monos, a una terraza ubicada
sobre los depósitos de
piedra
roja destinados al agua y que entonces se hallaban llenos a
medias. En el centro
de
la terraza había un cenador de mármol blanco construido
para uso de reinas que
habían
muerto hacía cien años. Su techo, en forma de cúpula, se
encontraba medio
hundido,
y, al caer, había obstruido el pasadizo subterráneo que
comunicaba con el
palacio,
y que en otro tiempo estaba abierto para que por él
pudieran pasar las reinas.
Pero
las paredes estaban hechas de una suerte de biombos de mármol
recortado, y era
una
hermosísima labor calada, blanca como la leche, con
incrustaciones de ágata,
cornalina,
jaspe y lapislázuli. Cuando la luna se asomé tras la
colina, brilló al través de
los
calados, y proyecté sobre el suelo sombras parecidas a un
bordado de terciopelo
negro.
Por más lastimado de los lomos, soñoliento y muerto de
hambre que se sintiera
Mowgli,
no pudo menos de reír cuando veinte de los Bandar-log,
hablando a la vez,
empezaron
a decirle lo grandes, inteligentes, fuertes y cuerdos que
eran, y la locura que
él
había cometido al pretender escapar de ellos.
-Somos
grandes, somos libres, somos admirables. El más admirable
pueblo que hay en
toda
la Selva, somos nosotros. Todos decimos esto, de donde se
sigue que tiene que ser
verdad
-gritaban-. Pero, ésta es la primera vez que puedes
escucharnos, y seguramente
tendrás
ocasión de repetir nuestras palabras al pueblo de la selva
para que en adelante se
fije
en nosotros; por tanto, diremos cuanto se refiere a nuestras
valiosísimas personas.
Mowgli
no objeté nada a esto. Los monos, varios centenares, se
reunieron en la terraza
para
escuchar a sus propios oradores. estos entonaban alabanzas a
los Bandar-log, y
cuantas
veces uno de los oradores callaba durante un instante para
tomar aliento, los
demás
gritaban al unísono:
-¡Muy
cierto! ésa es también nuestra opinión!
Mowgli
afirmaba con la cabeza y parpadeaba, añadía un "sí"
cuando le preguntaban
algo
y sentía que le daban vahídos, aturdido por el alboroto.
Tabaqui
el chacal -pensaba- seguramente mordió a todos éstos, y
por eso se volvieron
locos.
A la verdad esto es dewanee, la locura. ¿No dormirá nunca
esta gente? Por allá
veo
una nube que cubrirá a la luna. ¡Ojalá la nube sea
bastante grande! Así podría
escaparme,
amparándome en la oscuridad. Pero me siento fatigado.
Al
mismo tiempo que Mowgli, dos amigos de él miraban aquella
misma nube desde los
fosos,
cegados a medias, que circundaban las murallas de la ciudad.
Bagheera y Kaa
sabían
lo peligroso que era enfrentarse con el pueblo de los monos
cuando éstos se reunían en crecido número, y no querían arriesgarse demasiado.
Porque los monos
nunca
aceptan la lucha, como no sea en proporción de cien a uno y
pocos son los
habitantes
de la selva que aceptan tan desiguales condiciones.
-Me
dirigiré al lado oeste de la muralla -musitó Kaa en voz
tan baja que pareció un
susurro-;
desde allí me lanzaré rápidamente, aprovechando el
declive del terreno. A mí
no
se me echarán encima a centenares, pero...
-Yo
sé lo que haré. ¡Si Baloo estuviera aquí!... Pero
tendremos que limitarnos a lo que
podamos.
Cuando esa nube cubre la luna al pasar junto a ella, iré a
la terraza. Están allí
celebrando
una suerte de consejo para hablar del muchacho.
-¡Buena
caza! dijo Kaa con aire fiero y se deslizó suavemente hacia
el lado occidental
del
muro.
Era
éste, por casualidad, el que se encontraba mejor
conservado; la enorme serpiente
tardó
un poco en encontrar un camino transitable por entre las
piedras.
La
nube cubrió la luz de la luna. Cuando Mowgli se preguntó
qué iba a acontecer
entonces
ahí, oyó los ligerísimos pasos de Bagheera que estaba ya
en la terraza. Había
subido
el declive casi sin ruido y empezó de inmediato a repartir
golpes -ya que
comprendió
que morder sería perder el tiempo- a derecha y a izquierda
entre la multitud de
monos que, en torno de Mowgli, estaban sentados en círculos
de cincuenta o sesenta
de
fondo.
Se
escuchó un aullido general de miedo y de rabia, y entonces,
al tropezar Bagheera con
los
cuerpos que rodaban por el suelo pateando debajo del suyo,
uno de los monos chilló:
-¡Nada
más es uno, uno solo! ¡Mátenlo! ¡Mátenlo!
Se
arrojó contra Bagheera un desordenado montón de monos que
mordían, arañaban,
rasgaban
y arrancaban cuanto les salía al paso, en tanto que cinco o
seis se apoderaron
de Mowgli, lo arrastraron a lo alto del cenador y lo metieron
por un agujero de la rota
cúpula
y lo dejaron caer dentro de ella. Hubiera sufrido serio daño
cualquier muchacho
educado
entre los hombres, pues la caída, cuando menos, fue de
cuatro metros de altura;
pero
Mowgli cayó de pie, tal como Baloo lo había enseñado.
-Allí
te quedas -le gritaron- hasta que matemos a tus amigos, y
luego vendremos a jugar
contigo...
si te dejó con vida el pueblo Venenoso.
-¡Ustedes
y yo somos de la misma sangre! -dijo Mowgli apresurándose a
decir las
palabras
mágicas que sirven para las serpientes. Oía claramente
roces y silbidos entre
las
piedras que lo rodeaban, y, para mejor asegurarse, tornó a
gritar lo mismo.
-¡Esss
verdad! ¡Ustedes! ¡Abajo las capuchas! -exclamaron media
docena de voces muy
suaves;
cada sitio en ruinas se convierte en la India, tarde o
temprano en morada de
serpientes
y el antiguo cenador era un hervidero de cobras-. Permanece
quieto,
hermanito,
para que tus pies no nos lastimen.
Mowgli
procuró mantenerse lo mas quieto posible; miraba al través
de los calados de
mármol
y escuchaba el ruido de la rabiosa lucha que los monos
libraban contra la
pantera
negra: eran aullidos, rechinar de dientes y golpes secos de
la refriega; y
asimismo
se percibía el profundo y ronco resoplido de Bagheera
mientras retrocedía,
avanzaba,
se revolvía o se hundía bajo las enormes masas de sus
enemigos. Por primera
vez
en su vida, Bagheere luchaba únicamente por salvar su propio
pellejo.
Por
aquí cerca debe andar Baloo porque Bagheera no se hubiera arriesgado
a venir sola
-pensó Mowgh.
Y
entonces gritó:
-A
las cisternas. Bagheera, a las cisternas! ¡Vete a ellas y
zambúllete dentro. ¡Al agua!
Al
escuchar la voz de Mowgli, Bagheera supo que estaba el
muchacho a salvo, y
entonces
sintió renacer sus fuerzas. Desesperadamente, metro a metro
y repartiendo
golpes
en silencio, se abrió camino en dirección de las cisternas.
En
ese momento, desde el muro en ruinas que estaba mas próximo
a la selva, se elevó el
rugiente
grito de guerra de Baloo. El buen oso. hizo todo cuanto
pudo; pero aun así, no
le
fue posible llegar antes.
-¡Bagheera,
aquí estoy! -gritó-. ¡Ahora subo! ¡Corro en tu ayuda! ¡Ahuworaaa!
¡Resbalan
las piedras bajo mis plantas, pero espérame! ¡Ah, infames
Bandar-log!
Llegó
a la terraza casi sin aliento, e inmediatamente su cuerpo
desapareció, hasta el
cuello,
bajo una verdadera oleada de monos; pero se plantó
resueltamente en dos pies,
abrió
los brazos, cogió entre ellos el mayor número posible de
enemigos y empezó a
golpeados
con un no interrumpido ¡paf! ¡paf! ¡paf! que parecía el
chapoteo de una rueda
de
palas. El ruido de algo que cayó en el agua hizo saber a
Mowgli que Bagheera había
logrado
abrirse paso hasta la cisterna, en la que ya no podían
perseguirla los monos.
Hallábase
echada la pantera, respirando anhelosamente por la boca con
el agua hasta el
cuello,
en tanto que los monos la vigilaban desde los rojos
escalones sentados en filas de
tres
en fondo; subían y bajaban rabiosamente, prestos a saltar
sobre ella, desde todos los
lados
a la vez, si ella intentaba salir para ayudar a Baloo.
Fue
entonces cuando Bagheera levantó la cabeza -el agua le
chorreaba de la barba-, y,
perdida
ya toda esperanza, lanzó en busca de protección el grito
que sirve para las serpientes:
"Tú y yo somos de la misma sangre"; creyó que,
en el último minuto, Kaa se
había
vuelto atrás. Inclusive Baloo, medio ahogado bajo la masa
de monos que no lo
dejaba
avanzar en el borde de la terraza, no pudo reprimir la risa
cuando oyó que la
pantera
negra pedía auxilio.
Pero
en aquellos precisos momentos Kaa se acababa de abrir paso
entre el muro situado
hacia
el oeste; el último esfuerzo que hizo para trasponerlo,
hizo que se produjera un
desprendimiento
en las piedras de la albardilla, y una piedra rodó hasta el
fondo del
foso.
No quiso desperdiciar ninguna de las ventajas que le
proporcionaba aquel terreno;
se
enroscó y desenroscó varias veces para comprobar que su
cuerpo tenía amplia
capacidad
para trabajar con lucimiento.
Hizo
esto en tanto que se desarrollaba la lucha en que Baloo
desempeñaba el principal
papel;
en tanto que en derredor de Bagheera, en la cisterna,
aullaban los monos, y
mientras Mang, el murciélago, volando de un lado a otro, llevaba la
noticia de la gran
batalla
por toda la selva, de tal manera que inclusive Hathi, el
elefante salvaje, empezó a
dar
bramidos, y a lo lejos, grupos dispersos de monos que se
despertaron, fueron
brincando
entre los arboles, a prestar ayuda a sus compañeros de las
moradas frías, al
mismo
tiempo que se ponían alerta todas las aves diurnas de
algunas leguas a la
redonda.
Entonces,
rápidamente, Kaa atacó en línea recta, sintiendo el vivo
deseo de matar. Todo
el
poder que tiene en la lucha una serpiente pitón, estriba en
el empuje con que su
cabeza
embiste, apoyada por el fuerte y pesado cuerpo. Si se
imagina el lector una
lanza,
un ariete o un martillo que pese media tonelada, y que pueda
ser movido por una
inteligencia,
fría, calmosa, que resida en el mango o en el asta, tendrá
una idea
aproximada
de lo que era Kaa en el terreno de la lucha. Una serpiente
pitón, de no más
de
un metro, o un metro y medio de longitud, puede
perfectamente derribar a un hombre
si
se lanza contra él de frente y le pega en mitad del pecho.
Pues bien: hay que recordar
que
Kaa medía nueve metros de largo. Su primera embestida fue
contra el centro de la
tremenda
masa que rodeaba a Baloo. Fue una arremetida a boca cerrada,
silenciosa. No
necesitó
ir acompañada de la segunda. Los monos huyeron en
desbandada, gritando:
-;Kaa!
¡Es Kaa! ¡Huyan! ¡Huyan!
Generaciones
enteras de monos habían aprendido a hacer lo que era debido
en presencia
de Kaa, gracias a las narraciones que sobre ésta habían
escuchado de sus mayores; sobre
ésta,
a quien llamaban ladrona nocturna, que podía deslizarse a
lo largo de las ramas de
los
árboles con el mismo silencio con que crece el musgo, y
llevarse consigo al mono
más
fuerte que jamás vivió en el mundo; sobre la vieja Kaa.
que tenía suma pericia para
tomar
el aspecto de una rama muerta o de un tronco de árbol
carcomido, de tal manera
que
hasta los más hábiles se engañaban, hasta que el tronco
se apoderaba de ellos. Kaa,
representaba
para los monos lo más temible de la selva, porque ninguno
de ellos sabía
hasta
dónde llegaba su poder; ninguno osaba mirarla cara a cara,
y jamás nadie salió con
vida
de entre sus anillos.
Por
todo esto, muertos de miedo, huyeron hacia los muros y los
techos de las casas, y, al
cabo,
Baloo pudo respirar. Su piel era más gruesa que la de
Bagheera, pero había
sufrido
gravemente en la lucha.
Por
primera vez, abrió Kaa la boca y emitió un largo silbido,
que era una de sus
palabras;
esto hizo que los monos que acudían presurosos desde lejos
en defensa de sus
hermanos
de las moradas frías, detuviéranse instantáneamente en el
lugar donde
estaban,
completamente acobardados, y su peso hacía doblar y crujir
las ramas. Cesó la
algazara
de los que se encontraban sobre los muros y las casas vacías,
y, en medio del
silencio
que reinó en la ciudad, Mowgli oyó a Bagheera sacudiéndose
de encima el
agua,
al salir de la cisterna..
De
nuevo estalló entonces la algarabía de antes. Los monos se
encaramaron por los
muros
a mayor altura; asiéndose al cuello de los grandes ídolos
de piedra, chillaron
saltando
por los almenados muros. Y mientras esto acontecía, Mowgli,
bailoteando en el
cenador,
miraba por los calados del mármol y graznaba como un búho
en son de burla
para
demostrar su alegría.
-Saca
al hombrecito fuera de esa trampa, pues yo ya no puedo hacer
nada más -dijo
Bagheera
casi sin aliento-. Cojámoslo y vámonos; podría ser que de
nuevo nos atacaran.
-No
se atreverán a moverse hasta que yo se los mande. ¡Quietos!
¡Asssi! -silbó Kaa, y
una
vez más la ciudad quedó en silencio.
Continuó
Kaa, dirigiéndose a Bagheera:
-No
pude venir antes, hermana; pero me pareció haberte oído
llamar...
-Puede
ser. . . puede ser que haya gritado en mitad de la lucha respondió
Bagheera-.
Baloo,
¿te hicieron daño?
De
tanto estirarme, no estoy muy seguro de que no me hayan
convertido en un centenar
de
pequeños oseznos -respondió gravemente Baloo, alargando
una pata y luego la otra-.
¡Wow!.
.. Tengo todo el cuerpo dolorido... Kaa, creo que a ti te
debemos la vida
Bagheera
y yo...
-¡Qué
más da! ¿Dónde está el hombrecito?
Aquí
en la trampa! No puedo trepar para salir de ella -gritó
Mowgli. Veía sobre su
cabeza
la curva de la rota cúpula.
-Sáquenlo
de aquí. Baila y baila como Mao, el pavo real, y aplastará
a nuestros
pequeñuelos
-dijeron desde dentro las cobras.
-¡Ja,
ja, ja! -se rió Kaa-. Donde quiera tiene amigos este
hombrecito. Échate un poco
hacia
atrás. Y ustedes, Pueblo Venenoso, escóndanse. Derribaré
la pared.
Kaa
examinó detenidamente para descubrir en los calados de mármol
una grieta que
indicara
un punto débil; dio encima dos o tres golpecitos con la
cabeza para calcular la
distancia
conveniente, y luego, levantando por completo del suelo el
cuerpo, en una
longitud
de cerca de dos metros, dio con toda su fuerza media docena
de terribles
testaradas
y su nariz fue la primera que pegó contra el mármol. El
cenador cayó en
pedazos
envueltos en una nube de polvo y de escombros. Mowgli saltó
por el boquete
abierto
y se arrojó entre Baloo y Bagheera y pasó un brazo en
torno del cuello de cada
uno.
-¿Te
hicieron daño? -preguntó Baloo, abrazándolo tiernamente.
-Me
duele todo el cuerpo, tengo hambre y estoy lleno de
cardenales. Pero... ¡oh! ¡Cómo
los
pusieron a ustedes! . . . ¡Están cubiertos de sangre!
-Otros
también lo están -respondió Bagheera relamiéndose y
mirando el gran número de
monos
muertos que había en la terraza, en derredor de la
cisterna.
-¡Eso
no es nada... no es nada! -gimoteó Baloo-. ¡Lo importante
es que tú te hayas
salvado,
ranita mía, orgullo mío!
-Ya
hablaremos de eso más tarde -dijo Bagheera, tan secamente
que Mowgli se sintió
desazonado-.
Pero aquí está Kaa, a la cual debemos nosotros haber
ganado la batalla, y
tú,
la vida. Dale las gracias, según es nuestra costumbre,
Mowgli.
Se
volvió éste, y vio, a muy poca distancia de su cabeza, a
la gran serpiente pitón, que
balanceaba
la suya.
-De
modo que éste es el hombrecito -observó Kaa-. Su piel es
muy fina, y ciertamente
tiene
parecido con los Bandar-log. Cuídate, hombrecito, de que no
me equivoque y te
tome
por un mono, algún día, cuando haya acabado de cambiar de
piel.
-Tú
y yo somos de la misma sangre -respondió Mowgli-. Me
salvaste la vida esta noche.
Será
para ti, Kaa, lo que yo mate en la caza, siempre que sientas
hambre..
-Mil
gracias, hermanito -dijo Kaa, cuyos ojos brillaron
maliciosamente-. ¿Qué puede
matar
tan fiero cazador? Pido permiso desde ahora para seguirle
cuando vaya de cacería.
-Nada
mato. .. Soy demasiado pequeño para ello. Con todo,
acorralo a las cabras y las
hago
ir al sitio en que están los que pueden apoderarse de
ellas. Cuando tengas el
vientre
vacío, ven conmigo y verás si te engaño. Soy un tanto
diestro en el manejo de
éstas
-añadió mostrando sus manos-; si algún día llegas a caer
en una trampa, podría
pagarte
entonces la deuda que he contraído contigo, con Baghera y
con Baloo, aquí
presentes.
¡Buena suerte para todos, maestros míos!
-¡Bien
dicho! -gruñó Baloo, pues vio la habilidad con que había
dado Mowgli las
gracias.
Kaa
dejó caer suavemente por un momento su cabeza sobre el
hombro del muchacho y
le
dijo:
-Es
tan grande tu corazón, como cortés tu lengua. Ambos te
llevarán muy lejos en la
Selva,
hombrecito. Ahora, márchate pronto de aquí con tus amigos.
Márchate y ve a
dormir;
la luna va a dejamos y no es conveniente que veas lo que
sucederá.
Desaparecía
la luna tras las colinas, y diríase que las filas de monos,
temblando de
miedo,
agrupados sobre los muros y las almenas, parecían la rota y
movible orla de
aquel
escenario. Baloo se dirigió a la cisterna para beber,
Bagheera se alisaba la piel y
Kaa
se deslizó hasta el centro de la terraza, cerrando la boca
con un sonoro crujido que
atrajo
las miradas de todos los monos.
-La
luna se oculta -dijo-. ¿Hay suficiente luz todavía para
que puedan verme?
De
los muros se desprendió una especie de gemido semejante al
que produce el Viento
en
las copas de los árboles.
-Todavía
podemos verte, Kaa -se oyó.
-Está
bien. Empieza ahora la danza.., la Danza del Hambre de Kaa.
Esténse quietos y
miren.
Se
enroscó entonces dos o tres veces en forma de un gran círculo
y balanceó la cabeza
de
derecha a izquierda. Luego empezó a formar con su cuerpo óvalos
y ochos,
triángulos
viscosos de vértices romos que se disolvían en cuadrados y
pentágonos y
torres
hechas de anillos. No descansaba un momento, no se
apresuraba nunca, no cesaba
el
zumbido de su canción especial. Oscurecía cada vez más,
hasta que dejaron de verse
al
fin las cambiantes ondulaciones de la serpiente; con todo,
podía aún oírse el rumor
que producían sus escamas.
Como
si fuesen de piedra, se quedaron parados Baloo y Bagheera,
lanzaban sordos
aullidos
guturales y erizaban los pelos del cuello. Mowgli miraba
todo aquello
sorprendido.
-Bandar-log
-dijo al fin Kaa-: ¿Pueden mover los pies o las manos sin
que yo se lo
ordene?
¡Hablen!
-No
podemos hacer eso sin orden tuya, Kaa.
-¡Así
está bien! Den un paso al frente. Acérquense.
Sin
poder resistir, las filas de monos se inclinaron hacia
adelante; al mismo tiempo que
ellas,
dieron también un paso, inconscientemente, Bagheera y Baloo.
-¡Más
cerca! -siibó Kaa, y los monos se movieron de nuevo.
Mowgli
puso sus manos sobre Baloo y Bagheera para llevárselos de
allí, y las dos
enormes
fieras echaron a andar como si despertaran de un sueño.
-No
quites tu mano de mi hombro -bisbisó Bagheera-. No la
quites, o no podré menos
de
retroceder. . . tendré que ir a donde está Kaa. ¡Aah!
-¡Pero
si no hace otra cosa que trazar círculos en el suelo! -dijo
Mowgli-. Vámonos.
Y
los tres escaparon por un boquete abierto en las murallas y
se dirigieron a la Selva.
Los Hermanos de Mowgli | II - Continuación | III - Continuación | IV - Continuación | V - Continuación | VI - Entre tanto, Tha... | VII - Retrocedamos ahora... | VIII - Muy grande... | IX - Después de leer... | X - Se arrojó Messua... | XI - Cuando se descubrió... | XII - Con su brazo... | XIII - Mowgli apoyó... | XIV - Se alegraron... | XV - Dos años después... | XVI - Mowgli no podía... | XVII - Kotuko siguió ... | XVIII - Pronto sus voces ... | XIX - Saltó Amoraq ... | XX - Era Darzee... | XXI - El camello... | XXII - Lo que voy a narrar... | XXIII - Este encuentro... | XXIV - En agosto nació... | XXV - En la India había... | XXVI - Movió su ...
El Libro de las Tierras Vírgenes | Cuentos de la India

|