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V - Continuación

 El Libro de las Tierras Vírgenes (Continuación) 

-IWoof! -gruñó Baloo al encontrarse de nuevo bajo los árboles-. Nunca más buscaré a Kaa para aliada. -Y sacudió el cuerpo.

-Sabe más que nosotros -dijo Bagheera temblando-. Si me quedo allí un rato más, hubiera ido a parar derecho a su garganta.

-Antes de que salga de nuevo la luna, muchos serán los que vayan a parar a ella -afirmó Baloo-.. ¡Buena caza tendrá.., a su modo!

-Pero, ¿cuál era el significado de todo aquello? -preguntó Mowgli, porque ignoraba el poder de fascinación de Kaa-. No vi sino a una enorme serpiente que trazaba círculos del modo más idiota, hasta que quedamos en la oscuridad. Y tenía la nariz muy hinchada. ¡Jo, jo, jo!

-Mowgli -le dijo Bagheera de muy mal humor-: si su nariz estaba hinchada, fue por tu culpa; por tu culpa también están mis orejas, mis flancos, mis patas y el cuello y pecho de Baloo llenos de mordiscos. En muchos días, no podrán cazar a gusto ni Bagheera ni Baloo.

-No importa -respondió Baloo-; recobramos al hombrecito.

-Es verdad, pero nos costó nuestro tiempo, el cual hubiéramos podido emplear mucho mejor en una buena cacería. También nos costó nuestras heridas, nuestro pelo (tengo raída a medias la espalda), y nuestra honra, finalmente. Porque, recuerda, Mowgli, que yo, la pantera negra, hube de llamar en auxilio mío a Kaa, y Baloo y yo quedamos aturdidos come pajarillos al ver la Danza del Hambre. Todo esto, por haber ido tú a jugar con los Bandar-log.

-Es verdad, es verdad -respondió con tristeza Mowgli-. Soy un hombrecito muy malo, y aquí, en mi pecho, siento la tristeza de haberlo sido.

-¡Je! ¿Cómo dice la ley de la selva, Baloo?

Éste no deseaba acumular más desdichas sobre Mowgli, pero tampoco podía hacer burla de la ley, de manera que murmuró:

-No libra del castigo el arrepentimiento. Pero recuerda, Bagheera que todavía es muy chico -añadió.

-Lo recuerdo, pero, puesto que cometió una falta, hay que pegarle. ¿Tienes algo que decir, Mowgli?

-Nada. Hice mal. Baloo y tú están heridos. Es justo.

Entonces Bagheera le dio media docena de golpes; juzgándolos con criterio de pantera, fueron leves y cariñosos y apenas hubieran despabilado a uno de sus cachorros. Pero para un niño de siete años, fue una paliza en verdad fenomenal, y ciertamente el lector no hubiera querido recibirla. Cuando terminó el castigo, Mowgli estornudó y se enderezó de nuevo, sin decir palabra.

-Ahora dijo Bagheera-, siéntate en mi lomo, hermanito, y volvamos a casa.

Cosa muy hermosa en la ley de la selva y que puede notarse fácilmente es que el castigo salda en definitiva las cuentas pendientes, y ya no se habla más del asunto.

Se tendió Mowgli en el lomo de Bagheera, apoyó en él la cabeza y tan profundamente se durmió, que ni siquiera despertó cuando lo pusieron junto a mamá Loba, en la caverna donde tenía su hogar.

Canción de los Bandar-log al ponerse en camino  
¡Como un festón flotante aquí estamos,  
lanzados hacia la envidiosa luna!  
¿Querrían ustedes ser uno de los nuestros?  
¡Más de dos manos tener! ¡Oh, dicha!  
¿Y esta cola, cual arco de cupido,  
no envidian? ¿Gustaríales una?
Pero, tranquilícense, hermanos,  
se adivina, sí, en su espalda, el rabo.  
¡Sobre la fronda quietos estamos,  
en largas filas hermosuras sin fin meditando;  
imaginando cosas grandes que, ¡vamos!,  
al momento se trocarán en realidades;  
algo que noble, grande y bueno sea...  
que con desearlo sólo, se conquiste!  
¡Lo verán, sí! ¡Pero, hermanos,  
se adivina, en su espalda, el rabo!  
Tantas voces de fieras o aves,  
o bien de los murciélagos que chillan  
(de animales que tengan escama, pluma o pelo),  
cuantas en nuestra vida hayamos escuchado,  
mezclemos, y repitiéndolas cien veces  
produzcamos rápida y confusa algarabía.  
¡Grandioso, excelente! Como los hombres  
al hablar harían, esa pauta nosotros seguimos.  
¿No lo somos?... Hermanos,  
se adivina, sí, en su espalda, el rabo.  
Costumbres son éstas del pueblo  
de los monos, y ésta es la vida.  
¡Corran entre los pinos, busquen la vid silvestre;  
formen en nuestras filas, vengan con nosotros!  
¡Qué ruido metemos al despertarnos se escucha!  
¡Que haremos cosas grandes, no puedan dudarlo!  
De cómo vino el miedo  
Cuando secos están arroyo y laguna,  
todos somos hermanos;  
mezclados nos ven las riberas,  
ardientes las bocas, polvo en los flancos,  
sin deseos de caza,  
y por temor igual paralizados.  
Junto a su madre, puede tímido ver  
el cervato al lobo desmedrado;  
mira el gamo tranquilo los colmillos  
que a su padre mataron.  
Cuando secos están charco y arroyo,  
todos somos hermanos.  
hasta que alguna nube la respetada  
"tregua del agua" rompa,  
y nos mande lluvia y anhelada caza,  
nuestro encanto.

Previstos están, por la ley de la selva (la más antigua del mundo) la máxima parte de los acontecimientos con que su pueblo pudiera enfrentarse, por lo que, hoy por hoy, es un código casi tan perfecto como el tiempo y la costumbre pudieron llegar a constituirlo. Si el lector pasó sus ojos por las narraciones transcritas relativas a Mowgli, recordará sin duda que el muchacho pasó la mayor parte de su vida con la manada de lobos de Seeonee, y que aprendió la ley con Baloo, el oso pardo. Fue el propio Baloo quien le explicó, cuando el muchacho daba muestras de impaciencia por tantas órdenes que recibía constantemente, que la ley era como una enredadera gigante, ya que alcanza a todas las espaldas sin quedar exenta ninguna de sentir su peso.

-Una vez que hayas vivido los años que yo he vivido, hermanito, te darás cuenta de que la selva obedece, a lo menos, a una ley -dijo Baloo-. Esto no te parecerá muy agradable -añadió.

Mowgli no paró mientes en esta conversación, porque cuando un muchacho pasa la vida comiendo y durmiendo, no le importan un ardite las demás cosas, sino hasta que suena la hora de enfrentarse con ellas. Pero hubo un año en que las palabras de Baloo resultaron certísimas y exactas; entonces Mowgli fue testigo de que toda la Selva estaba bajo el imperio de la ley.

Esto empezó cuando escasearon de manera alarmante las lluvias de invierno, y cuando Ikki, el puerco espín, al topar con Mowgli entre unos bambúes, le explicó que se estaban secando las patatas silvestres. Pero, bueno: todo el mundo ya está enterado de lo ridículamente escrupuloso que es Ikki acerca de escoger su alimento, y de que sólo elige las cosas mejores y más en sazón. Por tanto, Mowgli se rió y le dijo:

-¿Qué tiene eso que ver conmigo?

-No mucho, al presente -respondió Ikki, e hizo sonar sus púas muy tenso y violento-.

Pero ya veremos mas tarde. ¿Sigues todavía bañándote en la laguna que hay en la roca, allá en la Peña de las Abejas, hermanito?

-No. El agua es tan tonta que se va evaporando, y no quiero romperme la cabeza -dijo Mowgli, que en aquellos tiempos sentíase tan sabio como cinco juntos de los que formaban el pueblo de la selva.

-Tú te lo pierdes. Si te la rompieras un poco, acaso por la rotura te entraría algo de juicio.

Ikki echó a correr agachando la cabeza para que Mowgli no le tirara de las cerdas del hocico; el muchacho le contó después a Baloo lo que aquél había dicho.

El oso, en tono grave, murmuró entre dientes:

-Si estuviera solo, cambiaría de cazadero, antes que los demás empezaran a preocuparse. Pero ya sabemos que siempre acaba en lucha cazar en país extraño, y podría suceder que le causaran daño al hombre cachorro. Esperaremos y veremos cómo florece el mohwa.

Pero aquella primavera no floreció el árbol de mohwa al que tanto cariño tenía Baloo.

Por culpa del calor murieron antes de nacer los verdosos, lechosos capullos, parecidos a la cera; sólo cayeron algunos malolientes pétalos cuando él sacudió el árbol, puesto en dos patas contra el tronco. Luego, centímetro a centímetro, fue penetrando el incesante calor en el corazón de la selva, e hizo que todo se revistiera de color amarillo, primero; después, de color de tierra, y al fin, de color negro. Los matorrales y las malezas que bordeaban los barrancos se secó poco a poco hasta convertirse en algo parecido a alambres rotos, y en enroscadas fibras de materia muerta; gradualmente perdieron el agua las escondidas lagunas y sólo el barro quedó en ellas, el cual conservó la más tenue huella en los bordes como si hubiera sido vaciado en un molde de hierro; las jugosas enredaderas que colgaban de las árboles, cayeron y murieron al pie de ellos; sccáronse los bambúes y produjeron un ruido agudo cuando soplaba el viento cálido; empezó a morirse el musgo y dejaba peladas las rocas, hasta en el corazón de la selva, de tal manera que quedaron desnudas y ardientes como piedras azules que brillaban en los cauces.

Los pájaros y los monos emigraron desde el comienzo del año hacia el norte, porque sabían lo que se vendría encima; el ciervo y el jabalí se internaron en los devastados campos de los aldeanos y murieron ellos también, a las veces, a la vista de los hombres que estaban demasiado débiles para matarlos. Pero no emigró Chil, el milano, y tuvo oportunidad de engordar, ya que abundó la carroña, y cada tarde les llevaba la noticia a las fieras, cuya postración les impedía ir a la búsqueda de nuevos cazaderos, de que el sol mataba poco a poco a toda la selva en una extensión de tres días de vuelo, desde ese punto, en todas direcciones.

Nunca había sabido Mowgli en verdad lo que era el hambre, pero ahora tuvo que contentarse con miel vieja, de tres años, que raspaba de colmenas abandonadas hechas en la roca...; era una miel negra como la endrina espolvoreada con azúcar seco. Cazó también gusanillos de los que taladran la corteza de los árboles, y en no pocas ocasiones robó a las avispas las crías que sus avisperos. Toda la caza que quedaba en la selva no era más que piel y huesos; Bagheera mataba tres veces en una sola noche y ni así obtenía lo que necesitaba para calmar su apetito. Pero la peor calamidad era la falta de agua, ya que, aunque raras veces beba el pueblo de la selva, ha de beber en gran cantidad, cuando lo hace.

Siguió adelante el calor y secó toda humedad, y al fin el cauce del río Waingunga fue el único lugar donde corría aún un hilillo de agua entre las muertas riberas.

Y cuando Hathi, el elefante salvaje, cuya vida puede alcanzar cien años o más, vio que en el centro mismo de la corriente asomaba un largo, descarnado y azul banco de piedra completamente seco, comprendió que lo que tenía ante su vista era la Peña de la Paz, y entonces, de cuando en cuando, levantó la trampa y proclamó la Tregua del Agua, como la había proclamado su padre antes que él, cincuenta años atrás. Le hicieron coro, con ronca voz, el ciervo, el jabalí y el búfalo; Chil, el milano, voló en todas direcciones describiendo círculos, chillando y silbando para extender la noticia.

De acuerdo con la ley de la selva, desde el momento en que ha sido proclamada la Tregua del Agua, es castigado con la pena de muerte el que mata en los sitios destinados a beber. Beber es antes que comer: ésta es la razón. Cuando lo único que escasea es la caza, cualquiera puede irla pasando mal que bien en la selva. Pero el agua es el agua, y toda caza queda en suspenso mientras el pueblo de la selva tenga que ir por necesidad al único manantial que quede. Durante las estaciones buenas, cuando el agua abundaba, quienes querían beber en el río Waingunga (o en cualquier otro sitio, que para el caso es lo mismo) lo hacían a riesgo de su vida, y dicho riesgo contribuía, en gran parte, al atractivo de las excursiones nocturnas. Moverse con tal destreza que ni una hoja se moviera al paso; atravesar el vado, con el agua hasta la rodilla, en sitios en que es baja el agua, cuyo ruido apaga todo rumor; mirar hacia atrás, por encima del hombro, mientras se bebe, con cada músculo tenso para dar el primer salto desesperado de loco terror; revolcarse en la arena de la orilla y regresar luego, húmedo el hocico y bien repleto el vientre, a la manada que admira al atrevido... todo esto era algo delicioso para el gamo joven dotado de buenos cuernos, precisamente porque sabían que, cuando nadie lo pensara, acaso Bagheera o Shere Khan se lanzarían sobre ellos y les quitarían la vida.

Mas ahora había terminado todo aquel juego que podía ser mortal: acercábase hambriento y triste todo el pueblo de la selva al río cuyo cauce parecía haberse estrechado; el tigre, el oso, el ciervo, el jabalí, el búfalo, todos juntos, bebían en sucias aguas y allí permanecían, sin fuerzas para moverse.

Durante todo el día el ciervo y el jabalí se habían movido de un lado a otro buscando algo mejor que cortezas secas y hojas muertas. Los búfalos no habían encontrado lodazales en qué refrescarse ni verdes sembrados en donde pudieran saciar su hambre.

Las serpientes abandonaron la selva y bajaron al río con la esperanza de encontrar allí alguna rana perdida. Permanecían quietas, enroscadas en alguna piedra húmeda, y ni siquiera se enfrentaban con el jabalí cuando éste con el hocico las sacaba de su lugar.

Tiempo hacía que las tortugas de río habían sido exterminadas por la habilísima cazadora Bagheera; los peces del río se habían enterrado ellos mismos profundamente en el seco barro. Sólo la Peña de la Paz sobrenadaba del agua poco profunda, como una larga sierpe, y las pequeñas y fatigadas ondulaciones de la corriente silbaban al pegar contra sus calientes costados y evaporarse.

Cada noche se dirigía a ese lugar en busca de fresco y compañía. Apenas hubiera hecho caso entonces del muchacho el más hambriento de todos sus enemigos. Su piel desnuda hacíalo parecer aún más enjuto y miserable que cualquiera de sus compañeros. El sol le había descolorido el cabello hasta hacerlo que pareciera estopa; sobresalían sus costillas como si fuesen los mimbres de un cesto, y los bultos que le crecieron en las rodillas y codos por arrastrarlos por el suelo al caminar a gatas, le daban a sus reducidos miembros el aspecto de manojos de hierba trenzados. Pero bajo aquella melena enredada y entretejida, se veían unos ojos fríos, tranquilos, pues Bagheera -su consejera en aquellos tristes días-, le aconsejó que se moviera calmosamente, que cazara despacio, y que nunca, por ningún motivo, se enojara.

-Estos tiempos son malos, pero ya pasarán, si no nos morimos antes -dijo la pantera una noche en que el calor era semejante al de un horno-. ¿Te has llenado el estómago, hombrecito?

-Algo metí en él, pero no me vale. ¿No crees, Bagheera, que las lluvias se olvidaron de nosotros y que no volverán ya más?

-¡De ningún modo! Todavía veremos florecer el mohwa y a los cervatos engordar con la hierba fresca. Vamos a la Peña de la Paz a saber noticias. Sube a mi lomo, hermanito.

-No es tiempo ahora de cargar pesos. Todavía puedo tenerme en pie sin que me ayuden.

Pero es verdad que ni tú ni yo nos parecemos, por lo gordos, a los bueyes bien cebados.

Se miró Bagheera los lados, que eran como harapos cubiertos de polvo, y murmuró:

-Maté anoche un buey que estaba uncido al yugo. Me quedaban tan pocas fuerzas, que creo que no me hubiera atrevido a saltarle encima, si hubiera visto que estaba en libertad. ¡Wou!

Se rió Mowgli y dijo:

-Sí; muy buen par de cazadores formamos ahora tú y yo. Yo soy muy audaz para comer gusanillos.

Ambos se alejaron por la crujiente maleza, se dirigieron a la orilla del río junto a la labor de encaje que formaban los montones de arena que habían salido de él por todos lados.

-El agua no puede ya durar mucho -observó Baloo uniéndose a ellos-. Miren acá: al otro lado se ven filas de huellas que se parecen a los caminos que trazan los hombres.

En el llano que se extendía en la orilla opuesta, la hierba, erguida, se había muerto y parecía momificada. Las holladas pistas del ciervo y del jabalí, todas en dirección al río, rayaban la desteñida llanura con polvorientas ramblas abiertas en la hierba de tres metros de altura; a pesar de ser todavía temprano; cada larga avenida se veía ya llena de los que se daban prisa en ser los primeros en llegar al agua. Percibíanse las toses de los gamos y de los cervatos, a consecuencia del polvo, como si éste fuera rapé.

En la curva que formaba el agua perezosa alrededor de la Peña de la Paz, río arriba, estaba Hathi, el elefante salvaje, convertido en Guardián de la Tregua del Agua; acornpañábanlo sus hijos, demacrados, de color gris, balanceando el cuerpo a la luz de la luna... siempre balanceándolo. Un poco más abajo, mirábase la vanguardia de los ciervos; más abajo aún, los jabalíes y los búfalos salvajes; en la orilla opuesta, donde los árboles llegaban hasta tocar el agua, estaba el lugar aparte destinado a los carnívoros: el tigre, los lobos, la pantera, el oso, y los demás.

-En verdad que el peso de una sola ley nos gobierna ahora -dijo Bagheera al vadear la corriente y mirando las filas de cuernos que chocaban unos contra otros y los inquietos ojos que se miraban en el lugar donde se empujaban los ciervos y los jabalíes-. ¡Buena suerte a todos los de mi sangre! -añadió, y se tendió cuan larga era, con uno de sus costados fuera del agua. Y luego dijo entre dientes:

-¡Buena suerte sería la del que pudiera cazar aquí, a no ser por eso que se llama la ley!

Estas últimas palabras no pasaron inadvertidas al oído finísimo de los ciervos, y un rumor de azoramiento corrió a lo largo de sus filas.

-iLa Tregua! ¡Acuérdate de la Tregua! -exclamaron.

-¡Que haya orden! ¡Que haya orden! -dijo con voz gutural Hathi, el elefante-.

Permanece la Tregua, Bagheera. No es hora de hablar de caza.

-¡Si lo sabré yo! -respondió Bagheera, mirando río arriba-. No devoro más que tortugas.., no soy sino una pescadora de ranas. ¡Naayah! ¡Quién se alimentara únicamente de ranas!

-También nosotros quisiéramos que así lo hicieras; eso nos gustaría mucho -replicó, balando, un cervato nacido aquella misma primavera, y al cual Bagheera no le hacía gracia alguna. Por muy decaído que estuviera el pueblo de la selva, nadie, incluyendo al mismo Hathi, pudo menos de reírse disimuladamente, en tanto que Mowgli, echado de codos sobre el agua caliente, soltó la carcajada y golpeó la espuma con los pies.

-¡Bien dicho, cornamenta en capullo! -bisbisó Bagheera-. Se te tendrá esto en cuenta cuando haya terminado la Tregua.

Y sus ojos se clavaron en el cervato, a través de las sombras, para tener la seguridad de reconocerlo en mejor ocasión.

La conversación se generalizó poco a poco dondequiera en los sitios destinados a beber.

Oíase al quisquilloso jabalí pedir con sordos ronquidos que le cedieran mayor espacio; a los búfalos gruñendo entre ellos al andar al sesgo por los bancos de arena; a los ciervos narrando lastimeros cuentos de sus largas y fatigosas caminatas en busca de comida. De cuando en cuando preguntaban, en demanda de noticias, a los carnívoros que se encontraban al otro lado del río. Pero las noticias siempre eran malas, y el bramador viento caliente de la selva se movía por entre las rocas y las zumbantes ramas, y esparcía renuevos y polvo por encima del agua.

-También se mueren los hombres junto a sus arados -dijo un sambhur joven-. Encontré a tres, entre la hora del crepúsculo y la noche. Yacían completamente quietos, y sus bueyes yacían con ellos, a su lado. Así estaremos nosotros, muy quietos y tendidos, dentro de poco.

-El río ha bajado más desde ayer en la noche -afirmó Baloo-. Hathi, ¿viste nunca una sequía corno ésta?

-Ya pasará, ya pasará -respondió Hathi, y lanzó agua al aire para que le cayera sobre el lomo y los flancos.

-Por aquí hay alguien que no resistirá mucho tiempo -observó Baloo. Y al decir esto, miró al muchacho a quien tanto quería.

-¿Quién? ¿Yo? -exclamó indignado Mowgli, sentándose en el agua-. Yo no tengo pelo largo que me cubra mis huesos. Pero. . pero, ¿y si te quitase a ti la piel, Baloo?

Tan sólo de pensar en esto, tembló Hathi, y Baloo dijo con aire severo:

-Hombrecito, no está nada bien que le digas eso a un maestro de la ley. Nunca me vio a mí nadie sin piel.

-No quise decir nada malo, Baloo, sino tan sólo que tú eres, digámoslo así, como un coco con cáscara, en tanto que yo como un coco sin cáscara. Ahora bien, la cáscara parda que tú tienes...

Mowgli se encontraba sentado con las piernas cruzadas, hablando, como de costumbre, con el dedo levantado, cuando Bagheera alargó suavemente una pata y lo tiró de espaldas en el agua.

-Esto va de mal en peor -dijo la pantera negra mientras el muchacho se levantaba farfullando algunas palabras-. Primero, que hay que quitarle su piel a Baloo, y luego, que es un coco... Pues cuidado; no vaya a hacer él lo que hacen los cocos maduros.

-¿Qué hacen? -interrogó Mowgli a quien había cogido distraído la advertencia y no la entendió, aunque era uno de los más inteligentes adivinadores de la selva.

-Le rompen a uno la cabeza -respondió suavemente Bagheera, y le dio otro empujón y lo zambulló de nuevo.

-No está bien que bromees a costa de tu maestro -dijo el oso, al mismo tiempo que Mowgli iba a parar bajo el agua.

-¡No está bien! Pues, ¿qué es lo que quieres? Esa cosa desnuda que siempre anda corriendo de aquí para allá, bromea, como si fuera un mono, con quienes en un tiempo fueron buenos cazadores, y nos tira de los bigotes a los mejores de entre nosotros, por juego.

Quien así habló, era Shere Khan, el tigre cojo, que descendía hacia el agua. Se quedó inmóvil durante un momento, para regocijarse con la impresión que produjo su vista en los ciervos al otro lado del río. Luego, dejando caer la cuadrada cabeza llena de arrugas, empezó a beber a lengüetadas y rezongó:

-La selva no es ahora sino un criadero de cachorros desnudos. ¡Mírame, hombrecito!

Miró Mowgli. . . Mejor dicho, clavó los ojos tan insolentemente cuanto pudo; al cabo de un instante, Shere Khan volvióse con visible malestar.

-¡Hombrecito por aquí... hombrecito por allá!. .. -rugió sordamente, en tanto que seguía bebiendo-. ¡Bah! El cachorro ése no es ni hombre ni cachorro; de lo contrario, hubiera sentido miedo. ¡Habré de pedirle permiso en la estación próxima para que me deje beber! ¡Augr!

-Muy bien podría ocurrir eso -dijo Bagheera mirándolo fijamente en los ojos-. Muy bien podría ocurrir. ¡Fu! ¡Shere Khan! ¿Qué abominable cosa es esa que traes acá?

El tigre cojo hundía la barba y la quijada en el agua, y flotaban aceitosas y oscuras rayas a partir de donde él bebía, y seguían corriente abajo.

-¡Un hombre! -respondió fríamente Shere Khan-. Hace una hora maté a un hombre.

Y siguió farfullando y rugiendo entre dientes.

Sobresaltóse toda la fila de animales, y se movieron presa de agitación, y entre ellos empezó a circular un murmullo que, al fin, se convirtió en un grito:

-¡Un hombre! ¡Un hombre! ¡Mató un hombre!

Miraron todos, entonces, a Hathi, el elefante salvaje; pero en aquel momento, él parecía no escuchar. Nunca actúa Hathi hasta que llega la hora de actuar; ésta es una de las causas de su vida tan larga.

-¡Matar a un hombre en esta estación!... ¿No tenías otra clase de caza a mano? -dijo Bagheera, saliendo del agua teñido de rojo y sacudiendo cada pata, como un gato, al salir.

-Por gusto lo hice, no por necesidad de carne.

Se escuchó de nuevo el murmullo de horror, y ahora sí, el vigilante ojillo blanco de Hathi miró en dirección de Shere Khan.

-¡Por gusto! -repitió lentamente Shere Khan-. Y ahora vengo a beber y limpiarme.

¿Alguien se opone a ello?

El lomo de Bagheera empezo a curvarse como un bambú cuando sopla fuerte viento.

Pero Hathi levantó la trompa y habló con calma.

-¿Mataste por gusto? -preguntó. Cuando Hathi pregunta algo, lo mejor de todo es contestarle.

-Así es. Tengo derecho a hacerlo, porque esta noche es mía. Tú lo sabes, Hathi.

Y Shere Khan hablaba casi cortesmente.

-Lo sé, lo sé -concedió Hathi. Y tras un breve silencio, añadió:

-¿Bebiste ya todo lo que necesitabas?

-Sí, por esta noche.

-Pues ahora, vete. El río es para beber, y no para ensuciarlo. Nadie sino el Tigre Cojo podía hacer gala de su derecho en esta estación en que... en que todos padecemos... todos, tanto los hombres como el pueblo de la selva. Pero ahora, limpio o sucio, ¡regresa a tu cubil, Shere Khan!

Cual si fuesen trompetas de plata resonaron las últimas palabras, y sin ninguna necesidad de ello, los tres hijos de Hathi se adelantaron como un paso. Se escurrió Shere Khan, y no se atrevió ni siquiera a gruñir; sabía él lo que nadie ignora: que en último término, el amo de la selva es Hathi.

Mowgli murmuró al oído de Bagheera:

-¿Qué derecho es ése que alega Shere Khan? Siempre es cosa vergonzosa matar a un hombre; así lo dice la ley. No obstante, dice Hathi -Pregúntaselo a él. Yo no lo sé, hermanito. Pero, a no haber hablado Hathi, y tuviera o no tuviera derecho el Cojo, ya le habría dado yo una lección a ese carnicero. Venir a la Peña de la Paz después de matar a un hombre.., y hacer luego gala de ello. . . es una acción digna tan sólo de un chacal. Además, no tuvo empacho en ensuciar el agua.

Después de esperar un minuto para darse ánimo, porque nadie se atrevía a hablar a Hathi directamente, Mowgli gritó:

-¿Cuál es ese derecho que alega Shere Khan, Hathi?

Hallaron eco sus palabras en ambas orillas. El pueblo de la selva es curiosísimo, y acababan de presenciar algo que nadie parecía entender, excepto Baloo, que se mostraba muy pensativo.

-Es una historia antigua -dijo Hathi-. Una historia más vieja que la selva. Estén quietos, callen todos en esta y la otra orilla, y contaré la historia.

Hubo uno o dos minutos de confusión, ya que los jabalíes y los búfalos se empujaban los unos a los otros, y al cabo, los que dirigían las manadas, gruñeron sucesivamente:

-Estamos esperando.

Avanzó Hathi y se metió casi hasta las rodillas en la laguna que se formaba junto a la Peña de la Paz.

Su aspecto era el que le correspondía, aunque estaba flaco y arrugado y con los colmillos amarillentos: el de amo de la selva, conviene a saber, lo que todos sabían que era.

-Todos ustedes saben, hijos míos -empezó- que al hombre es a quien temen más que a

todas las cosas.

Se escuchó un rumor de aprobación.

-Esto va contigo, hermanito -le dijo Bagheera a Mowgii.

-¿Conmigo? Yo pertenezco a la manada... Soy un cazador del pueblo libre -respondió

Mowgli-. ¿Qué hay entre los hombres y yo?

-¿Saben ustedes por qué le tienen miedo al hombre? -prosiguió Hathi-. He aquí la razón:

En el principio de la selva -y nadie sabe cuándo fue esto- todos los hijos de ella

andábamos juntos sin temor los unos de los otros. No había sequías en aquellos tiempos; hojas, flores y frutos crecían en el mismo árbol, y nosotros no comíamos sino hojas, flores, hierbas, frutos y cortezas."

-Alegre me siento de no haber nacido en aquellos tiempos -dijo Bagheera-. ¿Para qué sirven las cortezas sino para afilar las garras en ellas?

-Tha, el primer elefante, era e! señor de la selva. Con su trompa sacó a la selva de las profundas aguas. Donde él trazó surcos con sus colmillos, allí corren los ríos; donde pegó con el pie, brotaron manantiales de agua potable; cuando hizo sonar su trompa... así... cayeron los árboles. Así hizo la selva, Tha; así me contaron a mí lo sucedido.

-Pues el cuento no perdió nada en tamaño al pasar de boca en boca -bisbisó Bagheera, y Mowgli, para que no lo vieran reír, se tapó la cara con la mano.

-No había en aquellos tiempos ni trigo, ni melones, ni pimienta, ni cañas de azúcar; tampoco había chozas como las que ustedes han visto; el pueblo de la Selva no sabía nada acerca del hombre, y vivía en común, formando un solo pueblo. Sin embargo, empezaron poco a poco los altercados por la comida, aunque había pastos suficientes para todos. Eran unos holgazanes. Cada quien quería comer allí donde estaba echado, como en ocasiones podemos hacerlo nosotros cuando son abundantes las lluvias de la primavera.

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