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VI - Entre tanto, Tha...

El Libro de las Tierras Vírgenes (Continuación)  

Entre tanto, Tha, el primer elefante, seguía ocupado en crear nuevas selvas y en encauzar ríos. Imposible que pudiera estar en todas partes, por lo cual nombró dueño y juez de la selva al primer tigre, asignándole la obligación de que resolviera todos los altercados que el pueblo tenía el deber de sujetar a su juicio. Corno todos los demás animales, en aquel tiempo el primer tigre comía fruta y hierba. Su tamaño era igual que el mío, y era hermosísimo, todo él del color de las flores de enredadera amarilla. Carecía de rayas en la piel en aquellos tiempos felices en que la selva era joven. Acudía ante su presencia, sin ningún temor, el pueblo todo de la selva, y su palabra era la ley para todos. Recordarán que les dije que no formábamos entonces sino un solo pueblo.

Una noche, sin embargo, hubo una disputa entre dos gamos (fue una riña por cuestión de pastos, una riña como las que ustedes dirimen ahora con los cuernos y las patas).

Cuentan que, en tanto hablaban los dos a la vez ante el primer tigre, que estaba echado entre las flores, uno de los gamos lo empujó sin querer con los cuernos; olvidó en ese momento el primer tigre que era el dueño y el juez de la selva: saltó sobre el gamo y le partió el cuello de una dentellada.

Ninguno de nosotros había muerto hasta aquella noche. El primer tigre, al darse cuenta de su fechoría y enloquecido por el olor de la sangre, huyó hacia los pantanos del Norte.

Nosotros, en la selva, quedamos sin juez, y pronto dimos en luchar los unos contra los otros. Tha, al escuchar el ruido, regresó entonces. Unos le dieron una versión de lo ocurrido, en tanto que otros le daban otra versión, pero él, al ver al gamo muerto entre las flores, preguntó quién lo había matado; pero nosotros los de la selva no quisimos decírselo porque el olor de la sangre también nos había enloquecido. Corríamos de acá para allá, formando círculos, brincando, ululando y sacudiendo la cabeza. Entonces, a los árboles de ramas bajas y a las enredaderas de la selva, les dio Tha la orden de que señalaran al matador del gamo, de manera que él pudiera reconocerlo, y añadió:

-Ahora, ¿quién quiere ser dueño del pueblo de la selva?

Saltó rápidamente el mono gris, que habita entre las ramas, y chilló:

-Yo quiero ser dueño de la selva.

Rióse Tha al escuchar esa petición, y le contestó:

-Así sea.

Y después de eso, se marchó de muy mal humor.

Todos ustedes conocen, hijos míos, al mono gris. Entonces era lo que es ahora. Al comienzo guardó toda la compostura de un sabio.

Más, de ahí a poco, empezó a rascarse y a saltar, así que, cuando regresó Tha, lo halló colgando cabeza abajo de una rama, haciendo burla de los que estaban en el suelo, los cuales, a su vez, hacían burla de él. Por tanto, no había ley en la selva... sino tan sólo charla insulsa y palabras sin sentido.

Tha, entonces, hizo que nos acercáramos a él todos y dijo:

-El primero de vuestros dueños trajo a la selva la muerte; el segundo, la vergüenza. Por tanto, hora es ya de que tengan ustedes una ley, una ley que no puedan ustedes quebrantar. Ahora van a conocer el miedo, y, una vez que lo hayan conocido, se darán muy bien cuenta de que él es el amo de ustedes, y todo lo demás marchará por sí solo.

Entonces nosotros, los de la selva, dijimos:

-¿Qué significa miedo?

Y respondió Tha:

-Busquen, hasta que lo encuentren.

Por lo cual fuimos de un lado a otro de la selva, buscando al miedo, y de pronto, los búfalos.

-¡Uf! -dijo Mysa desde el banco de arena en que se hallaban los búfalos, pues era él quien los dirigía.

-Sí, Mysa, los búfalos. Volvían con la noticia de que en una caverna, en la selva, estaba sentado el miedo; que no tenía pelo en el cuerpo y que caminaba tan sólo con las patas posteriores. Nosotros, los de la selva, seguimos entonces al rebaño hasta llegar a la caverna, ¡y allí estaba el miedo, de pie en la entrada! Corno dijeron los búfalos, tenía la piel desnuda de pelo y caminaba sólo con las piernas de atrás. Gritó al vernos, y su voz nos llenó de espanto, de ese mismo espanto que nos inspira hoy esa voz cuando la oímos, y, atropellándonos los unos a los otros y haciéndonos daño, huimos entonces, porque teníamos miedo. Y me contaron que, a partir de aquella noche, ya los de la selva no nos echamos juntos como solíamos, sino que nos separarnos por tribus.., el jabalí con

el jabalí, el ciervo con el ciervo; cuernos con cuernos, cascos con cascos, cada quien con su semejante, y así se acostaron todos en la selva, presa de inquietud.

El único que no se hallaba con nosotros era el primer tigre; estaba todavía escondido en los pantanos del Norte. Cuando hasta él llegó la historia de lo que habíamos visto en la caverna, dijo:

-Me dirigiré hasta donde se encuentra eso y le partiré el cuello.

Durante toda la noche corrió hasta que llegó a la caverna; pero, recordando la orden que les había dado Tha, los árboles y las enredaderas bajaban sus ramas y tallos al pasar el tigre y le marcaron la piel mientras corría, y le dejaron dibujadas las huellas de sus dedos en el dorso, lados, frente y quijadas. Sobre la piel amarilla, en cualquier lado que lo tocaron, le dejaron una mancha y una raya. ¡Y esas rayas son las que hasta el día de hoy llevan sus hijos! Cuando estuvo frente a la caverna, tendió hacia él la mano el miedo, el de la piel desnuda y le llamó "el rayado", "el cazador nocturno". El primer tigre se sintió presa del miedo ante el de la piel desnuda, y, rugiendo, regresó a los pantanos.

En este momento de la narración, Mowgli se rió disimuladamente hundiendo la barbilla en el agua.

Tha oyó los rugidos; tan fuertes eran. Y dijo:

-¿Qué desgracia te sucede?

El primer tigre levantó el hocico al cielo, recién hecho entonces y tan viejo ahora, y dijo:

-¡Tha! ¡Te lo ruego! ¡Devuélverne mi antiguo poder! Me avergonzaste ante todos los que habitan la selva; huí de quien tiene la piel desnuda y hasta osó llamarme lo que para mí es un oprobio.

-¿Y por qué? -interrogó Tha.

-Porque estoy manchado con el fango de los pantanos.

-Ve a nadar, pues, y luego revuélcate sobre la hierba húmeda; quedarás limpio, si eso es fango -dijo Tha.

El primer tigre fue, pues a nadar, y luego se revolcó cien y cien veces sobre la hierba hasta que sintió que la selva daba vueltas y vueltas ante su vista. No obstante, ni la más mínima raya de su piel cambió en lo más mínimo. Tha, que lo observaba, se rió.

Entonces dijo el primer tigre:

-¿Qué hice para que me sucediera esto?

Y Tha respondió:

-Mataste a un gamo, y con ello entró abiertamente la muerte en la selva, y con la muerte vino el miedo hasta tal punto, que los seres de la selva ya se temen los unos a los otros, de la misma manera que tú le temes al de la piel desnuda.

A lo que contestó el primer tigre:

-Nunca me tendrán miedo a mí, pues los conocí desde el principio.

Respondió Tha:

-Ve a cerciorarte de ello.

El primer tigre empezó a correr (de un lado a otro dando voces y llamando al ciervo, al jabalí, al sambhur, al puerco espín y a todos los pueblos de la selva; pero todos huyeron de él, que había sido juez, porque le tenían miedo.

Vencido su orgullo y abatiendo la cabeza contra el suelo, regresó el tigre y desgarraba la tierra con sus uñas, diciendo:

-Recuerda que hubo un tiempo en que fui dueño de la selva. ¡No te olvides de mí, Tha!

¡Permite que recuerden mis hijos que hubo un tiempo en que no supe lo que era vergüenza, ni miedo!

Y Tha le contestó:

-Esto es lo que haré por ti, ya que tú y yo juntos vimos nacer la selva. Cada año, por espacio de una noche, tornarán a ser las cosas como eran antes de que muriera el gamo, y esto sólo sucederá para ti y tus hijos. Durante esa noche que te concedo, si llegaras a tropezar con el de la piel desnuda (cuyo nombre es el hombre), no sentirás miedo de él, sino que él te temerá a ti, como si fueras tú, junto con los tuyos, juez de la selva, y, también junto con los tuyos, dueño de todas las cosas. Esa noche, cuando lo veas atemorizado, ten misericordia de él, porque también tú conoces el miedo.

Entonces respondió el primer tigre:

-Me place.

Pero montó en cólera cuando, poco después, fue a beber y se vio las rayas negras sobre costillas e ijadas y recordó el nombre que le había dado el de la piel desnuda. Vivió durante un año en los pantanos, deseando que Tha cumpliera su promesa. Al cabo, una noche en que brilló con clara luz sobre la selva el Chacal de la Laguna (la estrella vespertina), sintió él que aquélla era su noche, que su noche había llegado, y se dirigió a la caverna en busca de el de la piel desnuda. Tal como Tha lo había prometido, así sucedieron las cosas, porque aquel cayó ante la fiera y permaneció tendido en el suelo, y el primer tigre lo atacó, lo hirió y le rompió el espinazo; había creído que no había sino uno de estos seres en toda la selva, y que, dándole muerte, había matado al miedo. Y un momento después, en tanto que olfateaba al muerto, oyó que Tha descendía de los bosques del Norte y se escuchó la voz del primer elefante, que es la voz que oímos también ahora.

Retumbaba el trueno por las secas colinas, pero no lo acompañó la lluvia, sino tan sólo relámpagos de calor que temblaban detrás de la cordillera. Y Hathi continuó: es la voz que oyó, y esa voz decía: ¿es la misericordia que tú muestras?

Relamióse el primer tigre y respondió:

-¿Y qué importa? ¡Maté al miedo!

Replicó Tha:

-¡Ah, ciego e insensato! Le quitaste a la muerte las cadenas que apresaban sus pies, y ahora ella seguirá tus huellas hasta que mueras. Tú enseñaste al hombre a matar.

Erguido junto al cadáver, dijo entonces el primer tigre:

-Está como estaba el gamo. No existe ya el miedo. Juzgaré de nuevo ahora a los pueblos de la selva.

Pero Tha respondió:

-Nunca más te buscarán los pueblos de la selva; nunca cruzarán tu camino, ni dormirán cerca de ti, ni seguirán tus pasos, ni pasarán junto a tu cueva. Tan sólo el miedo te seguirá y hará que estés a merced suya mediante invisibles golpes. Hará que la tierra se abra bajo tus pies; que se enrosque la enredadera a tu cuello; que los troncos de los árboles crezcan en grupos frente a ti, a una altura mayor de la que tú puedas saltar, y, por último, te quitará tu piel y usará de ella para envolver a sus cachorros cuando tengan frío. No le tuviste misericordia; él tampoco tendrá ninguna misericordia de ti.

Pero el primer tigre se sintió lleno de audacia porque su noche aún no había pasado, y respondió:

-Pera Tha, lo prometido es deuda. ¿Me privará él de mi noche?

Contesté Tha:

-Tuya es la noche que te concedí, como ya dije; pero algo habrás de pagar por ella. Tú le enseñaste al hombre a matar, y él es un discípulo que pronto aprende.

El primer tigre continuó:

-Aquí está, bajo mi garra, con el espinazo partido. Haz que la selva sepa que yo maté al miedo.

Se rió Tha entonces, y dijo:

-Mataste a uno de tantos; pero ve y cuéntaselo tú mismo a la selva.. . porque tu noche ha terminado ya.

Se hizo entonces de día, y de la caverna salió otro de los de la piel desnuda, quien, al ver el cadáver en el camino y al primer tigre encima, cogió un palo puntiagudo...

-¡Ahora arrojan cosas cortantes! -interrumpió Ikki deslizándose hacia la orilla y haciendo ruido con sus púas; conviene saber que Ikki es considerado como manjar muy fino por los gondos (que llamaban a Ikki Ho-Iggoo) y algo sabía él del hacha malvada, pequeña, que hacen girar rápidamente, al través de un claro del bosque, como si fuese una libélula.

Hathi prosiguió:

-Era una estaca puntiaguda, como las que ponen en el fondo de los hoyos que sirven de trampa, y, arrojándolo, hirió en el costado al primer tigre. Cumpliéronse así las cosas tal y como las había dicho Tha, porque el tigre huyó corriendo a la selva rugiendo, hasta que logró arrancarse la estaca, y todos supieron que el de la piel desnuda podía herir a distancia y esto fue causa de que lo temieran más que antes. Resultó así también que el primer tigre enseñó a matar al de la piel desnuda (y no ignoran ustedes todo el daño que esto ha causado a todos nuestros pueblos desde entonces), empleando lazos, trampas y palos que vuelan, y por medio de la mosca de punzante aguijón que sale del humo blanco (se refería Hathi a rifle), y de la Flor Roja, que nos obliga a correr hacia el terreno abierto y despejado. Y sin embargo cada año, durante una noche, el de la piel desnuda teme al tigre, como lo había prometido Tha, y nunca la fiera le dio motivo para perder ese miedo. Allí donde lo encuentra, lo mata, al acordarse de la vergüenza que pasó el primer tigre. Pero, durante todo el resto del año, el miedo se pasea por la Selva, de día y de noche.

-¡Ahi! ¡Au! -dijo el ciervo al pensar en todo lo que esto significa para ellos.

-Y tan sólo cuando, como ocurre ahora, un gran miedo parece amenazar todas las cosas, podemos los habitantes de la Selva poner a un lado todos nuestros recelos de poca monta y reunirnos en un mismo sitio, como lo estamos haciendo ahora.

-¿Tan sólo durante una noche teme el hombre al tigre? -preguntó Mowgli.

-Sólo durante una noche -respondió Hathi.

-Pero yo... y ustedes.., y toda la selva sabemos que Shere Khan mata hombres dos y tres veces durante el tiempo que dura una misma luna.

-En efecto. Pero entonces ataca por la espalda y vuelve la cabeza al saltar, porque siente mucho miedo. Si el hombre lo mirara, el tigre huiría. Pero durante su noche se dirige al pueblo sin intentar ocultarse; se pasea entre las hileras de casas; asoma la cabeza por las puertas; entonces, si los hombres caen de cara al suelo, allí y en ese momento los mata él. Una sola muerte durante aquella noche.

-¡Ah! -dijo para sí Mowgli, revolcándose en el agua-. Comprendo ahora por qué Shere Khan me desafió a que lo mirara. No obtuvo gran ganancia de ello, pues no pudo resistir mi mirada, y yo.. . yo, en verdad no caí a sus pies. Pero conviene tener en cuenta que yo no soy un hombre, ya que pertenezco al pueblo libre.

-¡Hum! -exclamó Bagheera desde lo más hondo de su garganta-. ¿Sabe el tigre cuál es su noche?

-Nunca, hasta que brilla claramente el Chacal de la Laguna, al elevarse por encima de la niebla vespertina. A las veces cae durante la sequía del verano, y a las veces en la época de las lluvias... esa noche del tigre. Pero nunca hubiera ocurrido nada de eso a no ser por el primero, y ninguno de nosotros hubiera conocido el miedo.

Lamentóse tristemente el ciervo y los labios de Bagheera se movieron esbozando una sonrisa irónica.

-¿Conocen los hombres esa historia? -preguntó.

-Nadie la sabía sino los tigres y nosotros los elefantes. . . los hijos de Tha. Ahora, todos los que están por allí en las lagunas, la saben también. He dicho.

Y Hathi hundió su trompa en el agua, como significando que no quería hablar más.

-Pero... pero... pero. .. -dijo Mowgli, volviéndose hacia Baloo:

-¿Por qué el primer tigre no siguió comiendo hierba, hojas y árboles? Después de todo, se limitó a romperle el cuello al gamo: no lo devoró. ¿Qué lo hizo aficionarse a comer carne caliente?

-Los árboles y las enredaderas lo señalaron, hermanito, y lo convirtieron en esa cosa rayada que hoy vemos. No quiso ya comer de sus frutos; mas, desde aquel día, vengó la afrenta en el ciervo y en los demás que comen hierba -respondió Baloo.

-Entonces tú sabías también el cuento, ¿verdad? ¿Por qué no te lo oí nunca?

-Porque la selva está llena de cuentos de ese estilo. Si empiezo a contártelos, no acabaré nunca. Vamos, suéltame la oreja, hermanito.

La Ley de la Selva (Tan sólo a fin de dar una leve idea de la enorme variedad de la ley de la selva, he procurado traducir en verso -porque siempre recitaba esto Baloo como una suerte de cantilena- ciertos preceptos relativos a los lobos. Existen, naturalmente, todavía algunos centenares parecidos; pero éstos bastarán; serán una muestra de los más simples.)

Esta es la ley que gobierna nuestra selva, tan antigua como el mismo cielo.

Los lobos que la cumplan, medran;  
aquel que la infrinja, será, muerto.  
Como envuelve al árbol la planta trepadora,  
la ley a todos nos tiene envueltos;
porque a la manada el lobo da fuerza,  
mas la manada, cierto, a él fortalece.  
Del hocico a la cola cada día aséate,  
y de la bebida no haya exceso,  
mas tampoco carencia; y acuérdate:  
la noche, para la caza; el día, para el sueño.  
Vaya el chacal tras los restos  
que el tigre deje; vaya, el hambriento;  
pero tú, cazador de raza, lobato,  
si puedes, mata por tu cuenta y riesgo.  
Con el tigre, oso y pantera ten paz,  
pues dueños han sido siempre de la selva;  
al buen Hathi cuida y atempera;  
con el fiero jabalí, quieto, sé sagaz.  
Si en la selva dos manadas topan,  
e idéntico rastro empeñosas siguen,  
échate, que los jefes concilien,  
y así, tal vez, un acuerdo compongan.  
Si atacares a un lobo,  
sea, pero que esté solo;  
que si toda la manada entra en liza  
su número disminuirá, con la riza.  
Refugio, para el lobo, es su guarida,  
su hogar es; nadie tiene derecho  
a entrar, por la fuerza, en él,  
ni jefe, ni consejo, ni toda la partida.  
Para cada lobo, su cubil es su refugio;  
si no supo, como debe ser, hacerlo,  
a buscar otro veráse obligado,  
si tal orden recibe del conseio.  
Cuando matar logres algo  
antes de medianoche, en silencio hazlo;  
no sea que los ciervos despierten,  
y a ayunar sean obligados tus compañeros.  
Justo sea para ti o tus cachorros matar,  
o para bien de tu hermano, justo sea;  
pero no sea esto, nunca, por gusto,  
y dar caza al hombre, ¡jamás!, ¡nunca se vea!  
Si al más débil su botín robas,  
no del todo te hagas dueño;  
protege la manada al más humilde:  
para él, cabeza y piel, la sobra.  
De la manada es lo que mata la manada;  
déjala en su lugar, que es su comida;  
nadie a otro sitio a llevarla se atreva:  
quien tal ley infringiere, muerto sea.  
Coma el lobo lo que mató el lobo;  
despache a su gusto; es su derecho,  
sin permiso suyo, no haya cohecho:  
la manada no podrá tocarlo ni comerlo.
Derecho de cachorro, derecho de lobato  
de un año: cuando la manada mata,  
él se harta de la misma pieza, si es que el hambre le aprieta.  
Derecho de carnada es el derecho de madre:  
exíjale al compañero (nadie podrá negarlo),  
de su misma edad, una parte  
de lo que aquél haya muerto.  
Derecho de caverna es el del padre:  
dueño de cazar para los suyos  
y libre de la manada se halla;  
sólo el consejo juez será de sus actos.  
Edad y astucia, fuerza y garra acerada:  
por esto jefe es el viejo lobo;  
en caso no previsto, en todo el globo  
sea juez y deje toda cuenta saldada.  
Dulces son y muchos de la ley nuestra  
estos sabios y útiles preceptos;  
mas todos en uno solo se concreta:  
¡obedece! La ley no es sino esto.  
¡AL TIGRE! ¡AL TIGRE!  
-¿Qué tal de caza, fiero cazador?  
-Largo fue el ojeo; el frío, atroz.  
-¿Dónde la pieza que fuiste a cobrar?  
-En el bosque, hermano, creo que estará.  
-¿Dónde tu orgullo, tu pujanza?  
-De ambos la herida trajo mudanza.  
-¿Por qué corriendo vienes a mí?  
-¡Ah, hermano! A casa voy, a morir.

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