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El
Libro de las Tierras Vírgenes
(Continuación)
Retrocedamos
ahora hasta la época del primer cuento. Cuando, después de
la lucha
sostenida
por Mowgli con la manada en el Consejo de la Peña, abandonó
él la caverna
de
los lobos, se dirigió a las tierras de labor donde vivían
los campesinos; mas no quiso
permanecer
allí porque se encontraba demasiado cerca de la selva y
porque sabía que
había
dejado un enemigo acérrimo, por lo menos, en el consejo.
Por tanto, siguió una
mala
vereda que conducía hasta el valle, y continuó al trote
largo por ella durante unas
cinco
leguas, y así llegó a un país que le era desconocido.
En
ese lugar se abría el valle y se convertía en una gran
llanura, salpicada aquí y allá de
rocas
y cortada de trecho en trecho por barrancos. En un extremo
se divisaba una aldea;
en
el otro, la selva descendía repentinamente hasta los
pastizales, y se detenía de golpe,
cual
si la hubieran cortado con una azada. En la llanura pacían
búfalos y ganado; cuando
los
muchachos que los cuidaban vieron a Mowgli, empezaron a
gritar y huyeron en
tanto
que se ponían a ladrar los perros vagabundos que siempre
merodean en torno de
las
aldeas indias.
Mowgli
se sentía hambriento, y por tanto siguió adelante; al
llegar a la entrada del
pueblo,
vio que estaba corrido hacia un lado el gran arbusto
espinoso que siempre se
coloca
frente a ella al oscurecer para interceptar el paso.
-¡Huy!
-exclamó (ya más de una vez se había encontrado con esas
barreras en sus
correrías
nocturnas cuando andaba en busca de algo que comer)-. ¡De
manera que
también
aquí los hombres tienen miedo del pueblo de la selva!
Se
sentó junto a la entrada, y, al ver venir a un hombre, se
puso en pie, abrió la boca y
señaló
hacia su interior para significar que quería comida. Cuando
el hombre lo miró, retrocedió
corriendo por la única calle de la aldea, llamando a voces
al sacerdote, el cual
era
alto y gordo, vestía de blanco y ostentaba en la frente una
señal roja y amarilla.
Acudió
éste junto con unas cien personas más que se le habían
unido, y miraban,
hablaban
y daban gritos en tanto que señalaban hacia Mowgli.
-¡Qué
mala educación tiene el pueblo de los hombres! -pensó el
muchacho-. Sólo los
monos
grises harían cosas semejantes.
Apartó
hacia atrás su larga cabellera y se puso a mirarlos, hosco
y malhumorado.
-¿De
qué tienen miedo? -dijoles el sacerdote-. Miren las marcas
que tiene en brazos y
piernas:
son cicatrices de los mordiscos que le han dado los lobos.
No es más que un
niño
lobo que se ha escapado de la selva.
Al
jugar Mowgli con los lobatos, en no pocas ocasiones éstos
habían mordido al
muchacho
más profundamente de lo que creían; de ahí las blancas
cicatrices que
ostentaba
en sus miembros. Pero él hubiera sido la última persona en
el mundo que
llamaría
mordiscos a aquello, pues bien sabía lo que en verdad era
morder.
-¡Arré!
¡Arré! -gritaron dos o tres mujeres a la vez-. ¡Mordido
por los lobos!...
¡Pobrecito!
¡Un muchacho tan hermoso! Tiene los ojos como brasas.
Messua, te juro
que
se parece al niño que te robó el tigre.
-Deja
que lo mire bien -respondió una mujer que ostentaba pesados
brazaletes de cobre
en
la muñeca y en los tobillos. Y lo observó con gran
curiosidad, haciéndose pantalla con la mano puesta sobre la frente-. A la verdad que se parece
-prosiguió-. este es más
flaco,
pero tiene el mismo aspecto de mi niño.
El
sacerdote era un hombre muy listo y sabía que Messua era la
esposa del aldeano más
rico
de aquel lugar. Por tanto, dijo solemnemente, no sin antes
mirar al cielo durante un
momento:
-Lo
que la selva te quitó en otro tiempo, ahora te lo devuelve.
Llévate al muchacho a tu
casa,
hermana mía, y luego no te olvides de honrar al sacerdote
cuya mirada penetra tan
dentro
en las vidas de los hombres.
-¡Por
el toro con que fui rescatado! -se dijo Mowgli-. Toda esta
charla no es sino una
especie
de examen como el que sufrí en la manada... ¡Bueno! Hombre
he de volverme,
al
fin, si soy un hombre.
Cuando
la mujer le hizo señas a Mowgli para que se dirigiera con
ella a su choza, se
disolvió
el grupo. En la choza había una cama roja barnizada; una
gran caja de tierra
cocida
para guardar granos adornada con dibujos en relieve; seis
calderos de cobre; una
imagen
de un dios indio, en un pequeño dormitorio, y, en la pared,
un espejo, un
verdadero
espejo como los que venden en las ferias rurales.
La
mujer le dio un buen trago de leche y un poco de pan; después,
colocándole la mano
sobre
la cabeza, lo miró en los ojos, y pensó en si realmente
aquel sería su hijo que
volvía
de la selva a donde el tigre se lo había llevado.
-¡Nathoo!
¡Nathoo! -le llamó. Pero Mowgli no dio ninguna señal de
que conociera ese
nombre.
-¿Recuerdas
aquel día en que te regalé un par de zapatos nuevos?
Tocó
los pies del muchacho y vio que estaban casi tan duros como
si los tuviese
revestidos
de una superficie córnea.
-No
-prosiguió tristemente-, esos pies nunca llevaron zapatos.
. Pero te pareces mucho a
mi
Nathoo y de todas maneras serás mi hijo.
Sentíase
Mowgli oprimido porque nunca antes se había visto bajo
techado. No obstante,
al
mirar la cubierta de bálago que tenía la choza, pensó que
sería fácil romperla cuando
quisiera
escaparse; además, la ventana carecía de pestillo.
-¿De
qué me sirve ser hombre -se dijo- cuando no entiendo el
lenguaje de los hombres?
Soy
como un bobo y un sordo, y esto le ocurriría también a
cualquier hombre que se
encontrara
en la selva entre nosotros. Deberé, pues, aprender ese
lenguaje.
Cuando
vivía entre los lobos, no en vano se había ejercitado en
imitar el grito de alerta
del
gamo y el gruñido del jabato. Así, cuando Messua decía
una palabra, Mowgli la
imitaba
casi a la perfección; antes que oscureciera ya había
aprendido el nombre de
muchas
cosas que se veían en la choza.
Hubo
cierta dificultad a la hora de acostarse porque Mowgli se
resistió a dormir bajo un
techo
que mucho se parecía a una trampa para cazar panteras. En
cuanto cerraron la
puerta,
salió por la ventana.
-Déjalo
que actúe como quiera -dijo el marido de Messua-. Piensa
que no es posible que
sepa
lo que es dormir en una cama. Si en verdad se nos envió
para que sustituya a
nuestro
hijo, no hay que temer que se escape.
Se
tendió Mowgli sobre la alta y limpia hierba que había al
extremo del campo. Pero
antes
que hubiera tenido tiempo de cerrar los ojos, lo tocó bajo
la barba un gris y suave
hocico.
-¡Fu!
-exclamó el Hermano Gris (que era el mayor de los cachorros
de mamá Loba)- ¡este
es el premio que me das por haberte seguido durante veinte
leguas! Apestas a
humo
de leña y a ganado. exactamente igual que un hombre. ¡Vamos,
despiértate,
hermanito!
¡Tengo noticias!
-¿Están
todos bien en la selva? -dijo Mowgli, abrazándolo.
-Todos,
excepto los lobos que recibieron quemaduras de la Flor Roja.
Oye ahora: Shere
Khan
se fue a cazar a otra parte, muy lejos, hasta que le crezca
de nuevo el pelo, porque
lo
tiene todo chamuscado. Ha jurado que enterrará tus huesos
en el Waingunga, cuando
regrese.
-No
sólo él tiene voz en este asunto; también yo he jurado
algo. Pero las noticias son
siempre
agradables. Estoy cansado esta noche... muy cansado por las
novedades que me
ocurren
Pero dame noticias.
-¿No
olvidarás que eres un lobo? ¿No harán los hombres que te
olvides de ello? -preguntó
el
Hermano Gris con gran ansiedad.
-¡Nunca!
Siempre recordaré que te quiero, como quiero a todos los de
nuestra cueva;
pero
también recordaré siempre que se me arrojó de la manada.
-Cuida
que no te arrojen ahora de otra. Los hombres son hombres y
nada más,
hermanito;
su charla es como la de las ranas en las charcas. Cuando
regrese por aquí, te
esperaré
entre los bambúes, al otro extremo de la pradera.
Apenas
salió Mowgli de la aldea durante tres meses, a contar desde
aquella noche,
porque
estuvo muy ocupado en aprender los usos y costumbres de los
hombres. Hubo
de
acostumbrarse en primer lugar a llevar envuelto el cuerpo en
una tela, cosa que le
molestaba
en extremo; luego tuvo que aprender el valor de la moneda, y
esto no lograba
entenderlo
en modo alguno; y por último tuvo que aprender a arar, y él
no comprendía
la
utilidad de esto. Por otra parte, los niños de la aldea lo
molestaban mucho. Era una
suerte
que la ley de la selva le hubiera enseñado a dominar su
genio, ya que allí la vida y
la
alimentación dependían precisamente de esa cualidad. Sin
embargo, cuando hacían
burla
de él porque ni jugaba ni sabía cómo hacer volar una
cometa, o porque
pronunciaba
mal alguna palabra, tan sólo el pensamiento de que es
indigno de un
cazador
matar a desnudos cachorrillos le impedía seguir su impulso
de cogerlos y
partirlos
por la mitad.
No
tenía conciencia de su propia fuerza. En la selva conocía
muy bien su debilidad, si se
comparaba
con las fieras; pero la gente de la aldea decía que era
fuerte como un toro.
Tampoco
tenía Mowgli la menor idea de las diferencias que
establecen entre los
hombres
las castas. Cuando el borriquillo del alfarero se hundía en
el lodazal, él lo asía
de
la cola y lo sacaba fuera, y luego ayudaba a amontonar los
cacharros para que los
llevara
al mercado de Khanhiwar. Esto, obviamente, eran cosas muy
ofensivas para las
buenas
costumbres, porque el alfarero es de casta inferior, y el
borriquillo más aún.
Cuando
el sacerdote le llamó la atención y lo reprendió por esas
cosas, Mowgli lo
amenazó
diciéndole que lo pondría a él también sobre el borrico;
esto decidió al
sacerdote
a decirle al marido de Messua que pusiera a trabajar cuanto
antes a aquel
muchacho.
El que fungía como jefe en la aldea le ordenó a Mowgli que
al día siguiente
se
fuera a apacentar los búfalos. Para el muchacho nada podía
ser tan agradable como
esto,
y, al considerarse ya realmente como encargado de uno de los
servicios de la aldea,
se
dirigió aquella misma noche a una reunión que tenía lugar
todos los días, desde el
oscurecer,
en una plataforma de ladrillos a la sombra de una gran
higuera. Era este lugar
algo
así como el casino de la aldea y allí se reunían y
fumaban el jefe, el vigilante, el
barbero
(enterado de todos los chismes locales) y el viejo Buldeo,
cazador del lugar y
que
poseía un viejo mosquete. Los monos, en las ramas
superiores de la higuera,
sentábanse
también y charlaban. Debajo de la plataforma vivía en un
agujero una
serpiente
cobra, y, como la tenían como sagrada, recibía cada noche
un cuenco de leche.
Se
sentaban los viejos en torno del árbol y enhebraban la
conversación a la que
acompañaban
de buenos chupetones a las grandes hukas o pipas; esto
duraba hasta muy
entrada
la noche. Allí se narraban asombrosas historias sobre
dioses, hombres y
duendes.
Sin embargo, las que refería Buldeo sobre las costumbres de
las fieras en la
selva
excedían a todas las demás, hasta tal punto que al
escucharlas, a los chiquillos que
se
sentaban fuera del círculo a escuchar, se les salían los
ojos de las órbitas de puro
asombro.
La mayor parte de aquellos relatos se referían a animales,
porque, teniendo la
selva
a sus puertas, por decirlo así, eso era lo que más les
interesaba. A menudo veían
que
los ciervos y los jabalíes destrozaban sus cosechas, y
hasta de cuando en cuando un
tigre
se llevaba a alguno de sus hombres, a la vista misma de los
habitantes de la aldea,
al
oscurecer.
Mowgli,
por supuesto, conocía a fondo el asunto de que hablaban, y
en no pocas
ocasiones
tenía que taparse la cara para que no le vieran reírse; y
en tanto que Buldeo,
con
el mosquete sobre las rodillas, iba entretejiendo uno y otro
cuento maravilloso, al
muchacho
le temblaban los hombros por los esfuerzos que hacía para
contenerse.
El
tigre que había robado al hijo de Messua, decía Buldeo,
era un tigre duende en cuyo
cuerpo
habitaba el alma de un perverso usurero que había muerto
hacía algunos años.
No
cabía de ello la menor duda -añadía- porque, a
consecuencia de un golpe que
recibiera
en un tumulto, Purun Dass cojeaba siempre; el tumulto fue
cuando le pegaron
fuego
a sus libros de caja. Ahora bien, el tigre de que hablo
cojea también, porque son
desiguales
las huellas que deja al andar.
-¡Cierto!
¡Cierto! ¡Es la pura verdad! -exclamaron los viejos con
ademanes de
aprobación.
-¿Y
así son todos vuestros cuentos, quiero decir, un tejido de
mentiras y sueños? -gritó
Mowgli-.
Si el tigre cojea es porque nació cojo, como todo el mundo
sabe. Es algo
completamente
infantil hablarnos de que el alma de un avaro se refugió en
el cuerpo de
una
fiera como ésa, que vale menos que cualquier chacal.
Buldeo
quedó mudo de sorpresa durante un momento; el jefe miró
fijamente al
muchacho.
-¡Ah!
Conque tú eres el rapaz que vino de la selva, ¿eh? Ya que
tanto sabes, lleva la piel
de
ese tigre a Khanhiwara; el gobierno ofreció cien rupias a
quien lo mate. Pero, mejor,
enmudece
y respeta a las personas mayores.
Mowgli
se puso en pie para marcharse.
-Durante
todo el tiempo que tengo aquí escuchando -dijo con desdén,
mirando por
encima
del hombro-, no dijo Buldeo palabra de verdad con una o dos
excepciones,
tocante
a la selva, que tan cerca tiene. ¿Cómo quieren que crea,
pues, esos cuentos de
duendes
y dioses y toda laya de espíritus, que él afirma haber
visto?
-Ya
es hora de que el muchacho vaya y se ocupe del ganado -indicó
el jefe. Buldeo,
entre
tanto, bufaba de rabia, por la impertinencia de Mowgli.
Se
acostumbra en las aldeas indias que algunos muchachos
conduzcan el ganado y los
búfalos
a pacer en las primeras horas de la mañana, para traerlos
de nuevo en la noche;
esos
mismos animales que pisotearían hasta matarlo a un hombre
blanco, permiten que
los
chiquillos que apenas les llegan al hocico los golpeen, los
gobiernen y les griten. En
tanto
que los muchachos no se aparten del ganado, estarán a
salvo, pues ni siquiera los
tigres
se atreven entonces a atacar a aquella gran masa. Pero
estarán en grave peligro de
desaparecer
para siempre, en cuanto se desvíen para coger flores o
cazar lagartos.
Al
rayar el alba, Mowgli, sentado en los lomos de Rama, el gran
toro del rebaño, pasó
por
la calle de la aldea, y los búfalos, de un color azulado de
pizarra, de largos cuernos
dirigidos
hacia atrás y de ojos feroces, uno a uno se levantaron de
sus establos y lo
siguieron,
y muy claramente demostraba Mowgli a los muchachos que lo
rodeaban que
él
era allí quien mandaba. Golpeó a los búfalos con una
larga caña de bambú y le
encargó
que cuidara del ganado a Kamya, uno de los muchachos, en
tanto que él se iba
con
los búfalos; lo amonestó para que por nada se alejara del
rebaño.
En
la India, una pradera es un terreno lleno de rocas, de
matojos y de quebraduras, en
donde
se desparraman y desaparecen los rebaños. Las lagunas y
tierras pantanosas son
generalmente
para los búfalos; allí se echan, se revuelcan o toman el
sol, o se meten en
el
fango durante horas enteras.
Mowgli
los condujo hasta el extremo de la llanura, donde,
procedente de la selva,
desembocaba
el río Waingunga; entonces, apeándose de Rama, corrió
hacia un grupo de
bambúes
y allí halló al Hermano Gris.
-¡Vaya!
-prorrumpió éste-. Aquí estoy esperándote desde hace
muchos días. ¿Qué
quiere
decir eso de que andes con el ganado?
-Me
dieron esa orden. Por ahora, soy pastor. ¿Qué noticias me
traes de Shere Khan?
-Volvió
a este país y ha estado buscándote durante mucho tiempo.
Se marchó hoy,
porque
aquí escasea la caza; pero abriga la intención de matarte.
-¡Perfectamente!
-respondió Mowgli-. Harás esto: tú o uno de tus hermanos
se pondrán
sobre
esta roca de modo que pueda yo verlos al salir de la aldea;
esto, mientras Shere
Khan
no vuelva. Pero en cuanto se halle de nuevo aquí, espérame
en el barranco donde
está
aquel árbol de dhâk, en el centro de la llanura. No hay
ninguna necesidad de que
nos
metamos nosotros en la boca de Shere Khan.
Dicho
esto, buscó un lugar con sombra, se acostó y se durmió,
en tanto que los búfalos
pacían
en torno suyo. Oficio de lo más perezoso en este mundo, es
el pastoreo en la
India.
Camina el ganado de un lugar para otro, se echa, rumia, se
levanta de nuevo, y ni
siquiera
muge. Tan solo gime sordamente; pero los búfalos, muchas
veces ni eso:
simplemente
se hunden en los pantanos uno tras otro, caminan entre el
fango hasta que
no
se ve en la superficie sino el hocico y los ojos, fijos y
azules, y así permanecen como
leños.
Parece
como si el sol hiciera vibrar las rocas en la atmósfera
ardiente; los chiquillos que
cuidan
el ganado escuchan, de cuando en cuando, a un milano -nunca
más de uno- que
silba
desde una altura que lo hace casi invisible, y saben que si
ellos o alguna vaca
murieran,
se lanzaría allí el milano en el acto; entre tanto, el más
próximo a él, vería el
rápido
descenso, a algunas leguas de distancia; y otros y otros más
se enterarían de lo que
había, desde muy lejos; y así, sin dar casi tiempo a que
acabaran de morir, ya
estarían
presentes más de veinte milanos hambrientos, sin que se
adivinara de dónde
habían
salido.
Algunas
veces los muchachos duermen, se despiertan, se duermen de
nuevo; tejen
pequeñas
cestas con hierba seca y meten saltamontes dentro; hacen que
se peleen dos
insectos
de los llamados mantas religiosas; forman collares con
nueces de la selva, rojas
y
negras; observan al lagarto que toma el sol sobre una roca;
o, por último, miran cómo
junto
a los pantanos alguna serpiente caza a una rana. Otras veces
entonan largas,
larguísimas
canciones, que terminan con unos trinos, muy típicos del país;
oyendo
aquello,
un día parece más largo que la vida de la mayor parte de
las personas; o
fabrican
con el fango, castillos, con hombres, caballos y búfalos;
ponen cañas en las
manos
de aquéllos y suponen que son reyes rodeados de sus ejércitos,
o dioses que
exigen
adoración.
Luego
llega la noche. Los búfalos se levantan pesadamente del
pegajoso barro,
azuzados
por los gritos de los muchachos, produciendo ruidos
parecidos a disparos de
armas
de fuego, y formando larga fila se dirigen al través de la
llanura gris hacia el lugar
donde
parpadean las luces de la aldea.
Mowgli
condujo a los búfalos día tras día a aquellos pantanos; día
tras día divisó al
Hermano
Gris a una legua y media de distancia en la extensa llanura
(y esto le indicaba
que
no había vuelto aun Shere Khan); y día tras día se rindió
al sueño también sobre la
hierba,
escuchando los ruidos y soñando en su vida pasada, allá en
la selva. Sin duda
hubiera
oído a Shere Khan si éste, con su pata coja, hubiera dado
uno de sus inseguros
pasos
por los bosques que dominan el Waingunga: tal era la quietud
de aquellas
mañanas
interminables.
Al
fin, llegó el día en que ya no vio al Hermano Gris en el
lugar convenido. Entonces,
riéndose,
condujo a los búfalos por el barranco en que se hallaba el
árbol de dhâk,
cubierto
literalmente de flores de color rojo dorado. Allí estaba el
Hermano Gris, el cual
mostraba
erizados todos los pelos que tenía en el lomo.
-Durante
un mes se escondió para despistarte. Anoche cruzó por los
campos,
siguiéndote
los pasos, y Tabaqui lo acompañaba -dijo el lobo, casi sin
resuello.
Mowgli
frunció el entrecejo.
-Shere
Khan no me inspira miedo -respondió-, pero conozco la
astucia de Tabaqui.
-No
le temas -dijo el Hermano Gris, y se relamió un poco-.
Encontré a Tabaqui cuando
amanecía.
Que vaya ahora con los milanos y les cuente toda su sabiduría;
antes me la
contó
a mí... antes de que le partiera el espinazo. Ahora bien:
el plan urdido por Shere
Khan
es éste: esperarte esta noche a la entrada de la aldea. . .
a ti, sólo a ti. En este
momento
está echado en el gran barranco seco del Waingunga.
-¿Comió
hoy, o caza con el estómago vacío? -interrogó Mowgli,
porque de la
contestación
dependía su vida.
-Al
amanecer mató un jabalí... y también bebió. Recuerda que
Shere Khan nunca pudo
ayunar,
ni siquiera cuando así convenía a sus propósitos de
venganza.
-¡Ah!
¡Imbécil! ¡Imbécil! ¡Dos veces niño! ¡Bien comido,
bien bebido.., y aún cree que
le
dejaré dormir! ¡Veamos! ¿Dónde dices que está echado?
Si siquiera fuéramos diez, lo
agarraríamos
y lo arrastraríamos hasta aquí. Si estos búfalos no
sienten su rastro, no
querrán
embestirlo, y yo no sé hablar su lenguaje. ¿Podríamos
colocarnos detrás de él,
para
que así, olfateando, puedan ellos seguir su pista?
-El
taimado siguió a nado la corriente del río Waingunga, para
evitar que pudiéramos
hacer
esto.
-Seguramente,
por consejo de Tabaqui. A él solo jamás se le hubiera
ocurrido tal cosa.
Mowgli
permaneció un rato reflexionando, con un dedo en la boca.
Luego dijo:
-A
menos de media legua de aquí desemboca en la llanura el
gran barranco seco del
Waingunga.
Si conduzco el rebaño al través de la selva, hasta la
parte superior del
barranco,
y luego lo lanzo hacia abajo... Pero entonces se escaparía
por la parte inferior.
Debemos
cerrar ese extremo. Hermano Gris, ¿puedes dividirme en dos
el rebaño?
-Probablemente
yo no; pero traje conmigo a alguien que me ayude.
Corrió
el Hermano Gris y se metió en un agujero. Salió de allí
entonces una enorme
cabeza
gris (Mowgli la conoció perfectamente) y llenó el cálido
ambiente con el más
desolado
clamor que oírse pueda en la selva: el aullido de caza de
un lobo resonando en
mitad
del día.
-¡Akela!
¡Akela! -gritó Mowgli, palmoteando. No sé cómo no pensé
que no me
olvidarías.
Tenemos entre manos un trabajo muy importante. Divide en dos
el rebaño,
Akela:
a un lado las vacas y terneros; al otro, los toros y los búfalos
de labor.
Corrieron
los dos lobos; entraban y salían del rebaño, como por
juego; y el rebaño,
bufando
y levantando las cabezas, se separó en dos grupos. Uno de
ellos lo formaron las
hembras
con sus pequeñuelos colocados en el centro; miraban
furiosas y pateaban, listas
para
embestir al primer lobo que permaneciera quieto durante un
momento, y para
quitarle
la vida, aplastándolo. En el otro grupo estaban los toros y
novillos que
resoplaban
y golpeaban el suelo con las patas; pero, como no tenían
terneros que
proteger,
eran los menos temibles aunque su aspecto fuera más
imponente. Ni seis
hombres
juntos hubieran dividido tan bien el ganado.
-¿Qué
otra cosa ordenas? -preguntó Akela, jadeando. Intentan
reunirse de nuevo.
Mowgli
montó sobre Rama y contestó:
-Lleva
los toros hacia la izquierda, Akela. Y cuando nos hayamos
ido, Hermano Gris,
cuida
de que no se separen las vacas y condúcelas al pie del
barranco.
-¿Hasta
dónde? -dijo el Hermano Gris, jadeando también y tirando
bocados.
-Hasta
donde veas que los lados son de mayor altura que la que
pueda saltar Shere Khan
-gritó Mowgil-. Conténlas allí hasta que bajemos nosotros.
Al
oír ladrar a Akela, empezaron a correr los toros; el
Hermano Gris se quedó frente a
las
vacas. estas lo embistieron y entonces corrió delante de
ellas hasta el pie del
barranco,
en tanto que Akela se llevaba los toros hacia la izquierda.
-¡Bravo!
¡Otra embestida y estarán ya a punto! ¡Cuidado... cuidado
ahora, Akela! Si das
una
dentellada más, embisten los toros. ¡Hujah! Es más duro
este trabajo que el de
acorralar
gamos negros. ¿Imaginaste alguna vez que pudieran correr
tanto animales
como
éstos? -gritó Mowgli.
-En
mis buenos tiempos los cacé... sí, también los he cazado
-susurró débilmente Akela,
cubierto
de una nube de polvo-. ¿Los lanzo hacia la selva?
-¡Sí!
¡ Lánzalos, lánzalos pronto! Rama está furioso. ¡Si yo
pudiera darle a entender
para
qué lo necesito hoy!
Fueron
dirigidos entonces los toros hacia la derecha y penetraron
en la espesura,
aplastando
todo a su paso. Cuando los demás muchachos encargados del
pastoreo a
media
legua de distancia vieron lo que ocurría, huyeron a todo
correr hacia la aldea
gritando
que los búfalos habían enloquecido y se habían escapado.
El
plan de Mowgli era muy sencillo: su propósito era trazar un
gran círculo al subir,
llegar
a la parte alta del barranco y entonces hacer que los toros
descendieran por él; así,
cogerían
a Shere Khan entre éstos y las vacas. Sabía muy bien que,
después de haber
comido
y bebido bien, el tigre no estaría en disposición de
luchar ni de encaramarse por
los
lados del barranco. Ahora, calmaba a los búfalos con sus
voces; Akela se había
quedado
rezagado y no ladraba sino una o dos veces para hacer que la
retaguardia
apretara
el paso..
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El Libro de las Tierras Vírgenes | Cuentos de la India

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