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VII - Retrocedamos ahora...

El Libro de las Tierras Vírgenes (Continuación)  

Retrocedamos ahora hasta la época del primer cuento. Cuando, después de la lucha sostenida por Mowgli con la manada en el Consejo de la Peña, abandonó él la caverna de los lobos, se dirigió a las tierras de labor donde vivían los campesinos; mas no quiso permanecer allí porque se encontraba demasiado cerca de la selva y porque sabía que había dejado un enemigo acérrimo, por lo menos, en el consejo. Por tanto, siguió una mala vereda que conducía hasta el valle, y continuó al trote largo por ella durante unas cinco leguas, y así llegó a un país que le era desconocido.

En ese lugar se abría el valle y se convertía en una gran llanura, salpicada aquí y allá de rocas y cortada de trecho en trecho por barrancos. En un extremo se divisaba una aldea; en el otro, la selva descendía repentinamente hasta los pastizales, y se detenía de golpe, cual si la hubieran cortado con una azada. En la llanura pacían búfalos y ganado; cuando los muchachos que los cuidaban vieron a Mowgli, empezaron a gritar y huyeron en tanto que se ponían a ladrar los perros vagabundos que siempre merodean en torno de las aldeas indias.

Mowgli se sentía hambriento, y por tanto siguió adelante; al llegar a la entrada del pueblo, vio que estaba corrido hacia un lado el gran arbusto espinoso que siempre se coloca frente a ella al oscurecer para interceptar el paso.

-¡Huy! -exclamó (ya más de una vez se había encontrado con esas barreras en sus correrías nocturnas cuando andaba en busca de algo que comer)-. ¡De manera que también aquí los hombres tienen miedo del pueblo de la selva!

Se sentó junto a la entrada, y, al ver venir a un hombre, se puso en pie, abrió la boca y señaló hacia su interior para significar que quería comida. Cuando el hombre lo miró, retrocedió corriendo por la única calle de la aldea, llamando a voces al sacerdote, el cual era alto y gordo, vestía de blanco y ostentaba en la frente una señal roja y amarilla.

Acudió éste junto con unas cien personas más que se le habían unido, y miraban, hablaban y daban gritos en tanto que señalaban hacia Mowgli.

-¡Qué mala educación tiene el pueblo de los hombres! -pensó el muchacho-. Sólo los monos grises harían cosas semejantes.

Apartó hacia atrás su larga cabellera y se puso a mirarlos, hosco y malhumorado.  

-¿De qué tienen miedo? -dijoles el sacerdote-. Miren las marcas que tiene en brazos y piernas: son cicatrices de los mordiscos que le han dado los lobos. No es más que un niño lobo que se ha escapado de la selva.

Al jugar Mowgli con los lobatos, en no pocas ocasiones éstos habían mordido al muchacho más profundamente de lo que creían; de ahí las blancas cicatrices que ostentaba en sus miembros. Pero él hubiera sido la última persona en el mundo que llamaría mordiscos a aquello, pues bien sabía lo que en verdad era morder.

-¡Arré! ¡Arré! -gritaron dos o tres mujeres a la vez-. ¡Mordido por los lobos!...

¡Pobrecito! ¡Un muchacho tan hermoso! Tiene los ojos como brasas. Messua, te juro que se parece al niño que te robó el tigre.

-Deja que lo mire bien -respondió una mujer que ostentaba pesados brazaletes de cobre en la muñeca y en los tobillos. Y lo observó con gran curiosidad, haciéndose pantalla con la mano puesta sobre la frente-. A la verdad que se parece -prosiguió-. este es más flaco, pero tiene el mismo aspecto de mi niño.

El sacerdote era un hombre muy listo y sabía que Messua era la esposa del aldeano más rico de aquel lugar. Por tanto, dijo solemnemente, no sin antes mirar al cielo durante un momento:

-Lo que la selva te quitó en otro tiempo, ahora te lo devuelve. Llévate al muchacho a tu casa, hermana mía, y luego no te olvides de honrar al sacerdote cuya mirada penetra tan dentro en las vidas de los hombres.

-¡Por el toro con que fui rescatado! -se dijo Mowgli-. Toda esta charla no es sino una especie de examen como el que sufrí en la manada... ¡Bueno! Hombre he de volverme, al fin, si soy un hombre.

Cuando la mujer le hizo señas a Mowgli para que se dirigiera con ella a su choza, se disolvió el grupo. En la choza había una cama roja barnizada; una gran caja de tierra cocida para guardar granos adornada con dibujos en relieve; seis calderos de cobre; una imagen de un dios indio, en un pequeño dormitorio, y, en la pared, un espejo, un verdadero espejo como los que venden en las ferias rurales.

La mujer le dio un buen trago de leche y un poco de pan; después, colocándole la mano sobre la cabeza, lo miró en los ojos, y pensó en si realmente aquel sería su hijo que volvía de la selva a donde el tigre se lo había llevado.

-¡Nathoo! ¡Nathoo! -le llamó. Pero Mowgli no dio ninguna señal de que conociera ese nombre.

-¿Recuerdas aquel día en que te regalé un par de zapatos nuevos?

Tocó los pies del muchacho y vio que estaban casi tan duros como si los tuviese revestidos de una superficie córnea.

-No -prosiguió tristemente-, esos pies nunca llevaron zapatos. . Pero te pareces mucho a mi Nathoo y de todas maneras serás mi hijo.

Sentíase Mowgli oprimido porque nunca antes se había visto bajo techado. No obstante, al mirar la cubierta de bálago que tenía la choza, pensó que sería fácil romperla cuando quisiera escaparse; además, la ventana carecía de pestillo. 

-¿De qué me sirve ser hombre -se dijo- cuando no entiendo el lenguaje de los hombres?

Soy como un bobo y un sordo, y esto le ocurriría también a cualquier hombre que se encontrara en la selva entre nosotros. Deberé, pues, aprender ese lenguaje.

Cuando vivía entre los lobos, no en vano se había ejercitado en imitar el grito de alerta del gamo y el gruñido del jabato. Así, cuando Messua decía una palabra, Mowgli la imitaba casi a la perfección; antes que oscureciera ya había aprendido el nombre de muchas cosas que se veían en la choza.

Hubo cierta dificultad a la hora de acostarse porque Mowgli se resistió a dormir bajo un techo que mucho se parecía a una trampa para cazar panteras. En cuanto cerraron la puerta, salió por la ventana.

-Déjalo que actúe como quiera -dijo el marido de Messua-. Piensa que no es posible que sepa lo que es dormir en una cama. Si en verdad se nos envió para que sustituya a nuestro hijo, no hay que temer que se escape.

Se tendió Mowgli sobre la alta y limpia hierba que había al extremo del campo. Pero antes que hubiera tenido tiempo de cerrar los ojos, lo tocó bajo la barba un gris y suave hocico.

-¡Fu! -exclamó el Hermano Gris (que era el mayor de los cachorros de mamá Loba)- ¡este es el premio que me das por haberte seguido durante veinte leguas! Apestas a humo de leña y a ganado. exactamente igual que un hombre. ¡Vamos, despiértate, hermanito! ¡Tengo noticias!

-¿Están todos bien en la selva? -dijo Mowgli, abrazándolo.

-Todos, excepto los lobos que recibieron quemaduras de la Flor Roja. Oye ahora: Shere Khan se fue a cazar a otra parte, muy lejos, hasta que le crezca de nuevo el pelo, porque lo tiene todo chamuscado. Ha jurado que enterrará tus huesos en el Waingunga, cuando regrese.

-No sólo él tiene voz en este asunto; también yo he jurado algo. Pero las noticias son siempre agradables. Estoy cansado esta noche... muy cansado por las novedades que me ocurren Pero dame noticias.

-¿No olvidarás que eres un lobo? ¿No harán los hombres que te olvides de ello? -preguntó el Hermano Gris con gran ansiedad.

-¡Nunca! Siempre recordaré que te quiero, como quiero a todos los de nuestra cueva; pero también recordaré siempre que se me arrojó de la manada.

-Cuida que no te arrojen ahora de otra. Los hombres son hombres y nada más, hermanito; su charla es como la de las ranas en las charcas. Cuando regrese por aquí, te esperaré entre los bambúes, al otro extremo de la pradera.

Apenas salió Mowgli de la aldea durante tres meses, a contar desde aquella noche, porque estuvo muy ocupado en aprender los usos y costumbres de los hombres. Hubo de acostumbrarse en primer lugar a llevar envuelto el cuerpo en una tela, cosa que le molestaba en extremo; luego tuvo que aprender el valor de la moneda, y esto no lograba entenderlo en modo alguno; y por último tuvo que aprender a arar, y él no comprendía la utilidad de esto. Por otra parte, los niños de la aldea lo molestaban mucho. Era una suerte que la ley de la selva le hubiera enseñado a dominar su genio, ya que allí la vida y la alimentación dependían precisamente de esa cualidad. Sin embargo, cuando hacían burla de él porque ni jugaba ni sabía cómo hacer volar una cometa, o porque pronunciaba mal alguna palabra, tan sólo el pensamiento de que es indigno de un cazador matar a desnudos cachorrillos le impedía seguir su impulso de cogerlos y partirlos por la mitad.

No tenía conciencia de su propia fuerza. En la selva conocía muy bien su debilidad, si se comparaba con las fieras; pero la gente de la aldea decía que era fuerte como un toro. 

Tampoco tenía Mowgli la menor idea de las diferencias que establecen entre los hombres las castas. Cuando el borriquillo del alfarero se hundía en el lodazal, él lo asía de la cola y lo sacaba fuera, y luego ayudaba a amontonar los cacharros para que los llevara al mercado de Khanhiwar. Esto, obviamente, eran cosas muy ofensivas para las buenas costumbres, porque el alfarero es de casta inferior, y el borriquillo más aún.

Cuando el sacerdote le llamó la atención y lo reprendió por esas cosas, Mowgli lo amenazó diciéndole que lo pondría a él también sobre el borrico; esto decidió al sacerdote a decirle al marido de Messua que pusiera a trabajar cuanto antes a aquel muchacho. El que fungía como jefe en la aldea le ordenó a Mowgli que al día siguiente se fuera a apacentar los búfalos. Para el muchacho nada podía ser tan agradable como esto, y, al considerarse ya realmente como encargado de uno de los servicios de la aldea, se dirigió aquella misma noche a una reunión que tenía lugar todos los días, desde el oscurecer, en una plataforma de ladrillos a la sombra de una gran higuera. Era este lugar algo así como el casino de la aldea y allí se reunían y fumaban el jefe, el vigilante, el barbero (enterado de todos los chismes locales) y el viejo Buldeo, cazador del lugar y que poseía un viejo mosquete. Los monos, en las ramas superiores de la higuera, sentábanse también y charlaban. Debajo de la plataforma vivía en un agujero una serpiente cobra, y, como la tenían como sagrada, recibía cada noche un cuenco de leche.

Se sentaban los viejos en torno del árbol y enhebraban la conversación a la que acompañaban de buenos chupetones a las grandes hukas o pipas; esto duraba hasta muy entrada la noche. Allí se narraban asombrosas historias sobre dioses, hombres y duendes. Sin embargo, las que refería Buldeo sobre las costumbres de las fieras en la selva excedían a todas las demás, hasta tal punto que al escucharlas, a los chiquillos que se sentaban fuera del círculo a escuchar, se les salían los ojos de las órbitas de puro asombro. La mayor parte de aquellos relatos se referían a animales, porque, teniendo la selva a sus puertas, por decirlo así, eso era lo que más les interesaba. A menudo veían que los ciervos y los jabalíes destrozaban sus cosechas, y hasta de cuando en cuando un tigre se llevaba a alguno de sus hombres, a la vista misma de los habitantes de la aldea, al oscurecer.

Mowgli, por supuesto, conocía a fondo el asunto de que hablaban, y en no pocas ocasiones tenía que taparse la cara para que no le vieran reírse; y en tanto que Buldeo, con el mosquete sobre las rodillas, iba entretejiendo uno y otro cuento maravilloso, al muchacho le temblaban los hombros por los esfuerzos que hacía para contenerse.

El tigre que había robado al hijo de Messua, decía Buldeo, era un tigre duende en cuyo cuerpo habitaba el alma de un perverso usurero que había muerto hacía algunos años.

No cabía de ello la menor duda -añadía- porque, a consecuencia de un golpe que recibiera en un tumulto, Purun Dass cojeaba siempre; el tumulto fue cuando le pegaron fuego a sus libros de caja. Ahora bien, el tigre de que hablo cojea también, porque son desiguales las huellas que deja al andar.

-¡Cierto! ¡Cierto! ¡Es la pura verdad! -exclamaron los viejos con ademanes de aprobación.

-¿Y así son todos vuestros cuentos, quiero decir, un tejido de mentiras y sueños? -gritó

Mowgli-. Si el tigre cojea es porque nació cojo, como todo el mundo sabe. Es algo completamente infantil hablarnos de que el alma de un avaro se refugió en el cuerpo de una fiera como ésa, que vale menos que cualquier chacal.

Buldeo quedó mudo de sorpresa durante un momento; el jefe miró fijamente al muchacho.

-¡Ah! Conque tú eres el rapaz que vino de la selva, ¿eh? Ya que tanto sabes, lleva la piel de ese tigre a Khanhiwara; el gobierno ofreció cien rupias a quien lo mate. Pero, mejor, enmudece y respeta a las personas mayores.

Mowgli se puso en pie para marcharse.

-Durante todo el tiempo que tengo aquí escuchando -dijo con desdén, mirando por encima del hombro-, no dijo Buldeo palabra de verdad con una o dos excepciones, tocante a la selva, que tan cerca tiene. ¿Cómo quieren que crea, pues, esos cuentos de duendes y dioses y toda laya de espíritus, que él afirma haber visto?

-Ya es hora de que el muchacho vaya y se ocupe del ganado -indicó el jefe. Buldeo, entre tanto, bufaba de rabia, por la impertinencia de Mowgli.

Se acostumbra en las aldeas indias que algunos muchachos conduzcan el ganado y los búfalos a pacer en las primeras horas de la mañana, para traerlos de nuevo en la noche; esos mismos animales que pisotearían hasta matarlo a un hombre blanco, permiten que los chiquillos que apenas les llegan al hocico los golpeen, los gobiernen y les griten. En tanto que los muchachos no se aparten del ganado, estarán a salvo, pues ni siquiera los tigres se atreven entonces a atacar a aquella gran masa. Pero estarán en grave peligro de desaparecer para siempre, en cuanto se desvíen para coger flores o cazar lagartos.

Al rayar el alba, Mowgli, sentado en los lomos de Rama, el gran toro del rebaño, pasó por la calle de la aldea, y los búfalos, de un color azulado de pizarra, de largos cuernos dirigidos hacia atrás y de ojos feroces, uno a uno se levantaron de sus establos y lo siguieron, y muy claramente demostraba Mowgli a los muchachos que lo rodeaban que él era allí quien mandaba. Golpeó a los búfalos con una larga caña de bambú y le encargó que cuidara del ganado a Kamya, uno de los muchachos, en tanto que él se iba con los búfalos; lo amonestó para que por nada se alejara del rebaño.

En la India, una pradera es un terreno lleno de rocas, de matojos y de quebraduras, en donde se desparraman y desaparecen los rebaños. Las lagunas y tierras pantanosas son generalmente para los búfalos; allí se echan, se revuelcan o toman el sol, o se meten en el fango durante horas enteras.

Mowgli los condujo hasta el extremo de la llanura, donde, procedente de la selva, desembocaba el río Waingunga; entonces, apeándose de Rama, corrió hacia un grupo de bambúes y allí halló al Hermano Gris.

-¡Vaya! -prorrumpió éste-. Aquí estoy esperándote desde hace muchos días. ¿Qué quiere decir eso de que andes con el ganado?

-Me dieron esa orden. Por ahora, soy pastor. ¿Qué noticias me traes de Shere Khan?

-Volvió a este país y ha estado buscándote durante mucho tiempo. Se marchó hoy, porque aquí escasea la caza; pero abriga la intención de matarte.

-¡Perfectamente! -respondió Mowgli-. Harás esto: tú o uno de tus hermanos se pondrán sobre esta roca de modo que pueda yo verlos al salir de la aldea; esto, mientras Shere Khan no vuelva. Pero en cuanto se halle de nuevo aquí, espérame en el barranco donde está aquel árbol de dhâk, en el centro de la llanura. No hay ninguna necesidad de que nos metamos nosotros en la boca de Shere Khan.

Dicho esto, buscó un lugar con sombra, se acostó y se durmió, en tanto que los búfalos pacían en torno suyo. Oficio de lo más perezoso en este mundo, es el pastoreo en la India. Camina el ganado de un lugar para otro, se echa, rumia, se levanta de nuevo, y ni siquiera muge. Tan solo gime sordamente; pero los búfalos, muchas veces ni eso: simplemente se hunden en los pantanos uno tras otro, caminan entre el fango hasta que no se ve en la superficie sino el hocico y los ojos, fijos y azules, y así permanecen como leños.

Parece como si el sol hiciera vibrar las rocas en la atmósfera ardiente; los chiquillos que cuidan el ganado escuchan, de cuando en cuando, a un milano -nunca más de uno- que silba desde una altura que lo hace casi invisible, y saben que si ellos o alguna vaca murieran, se lanzaría allí el milano en el acto; entre tanto, el más próximo a él, vería el rápido descenso, a algunas leguas de distancia; y otros y otros más se enterarían de lo que había, desde muy lejos; y así, sin dar casi tiempo a que acabaran de morir, ya estarían presentes más de veinte milanos hambrientos, sin que se adivinara de dónde habían salido.

Algunas veces los muchachos duermen, se despiertan, se duermen de nuevo; tejen pequeñas cestas con hierba seca y meten saltamontes dentro; hacen que se peleen dos insectos de los llamados mantas religiosas; forman collares con nueces de la selva, rojas y negras; observan al lagarto que toma el sol sobre una roca; o, por último, miran cómo junto a los pantanos alguna serpiente caza a una rana. Otras veces entonan largas, larguísimas canciones, que terminan con unos trinos, muy típicos del país; oyendo aquello, un día parece más largo que la vida de la mayor parte de las personas; o fabrican con el fango, castillos, con hombres, caballos y búfalos; ponen cañas en las manos de aquéllos y suponen que son reyes rodeados de sus ejércitos, o dioses que exigen adoración.

Luego llega la noche. Los búfalos se levantan pesadamente del pegajoso barro, azuzados por los gritos de los muchachos, produciendo ruidos parecidos a disparos de armas de fuego, y formando larga fila se dirigen al través de la llanura gris hacia el lugar donde parpadean las luces de la aldea.

Mowgli condujo a los búfalos día tras día a aquellos pantanos; día tras día divisó al Hermano Gris a una legua y media de distancia en la extensa llanura (y esto le indicaba que no había vuelto aun Shere Khan); y día tras día se rindió al sueño también sobre la hierba, escuchando los ruidos y soñando en su vida pasada, allá en la selva. Sin duda hubiera oído a Shere Khan si éste, con su pata coja, hubiera dado uno de sus inseguros pasos por los bosques que dominan el Waingunga: tal era la quietud de aquellas mañanas interminables.

Al fin, llegó el día en que ya no vio al Hermano Gris en el lugar convenido. Entonces, riéndose, condujo a los búfalos por el barranco en que se hallaba el árbol de dhâk, cubierto literalmente de flores de color rojo dorado. Allí estaba el Hermano Gris, el cual mostraba erizados todos los pelos que tenía en el lomo.

-Durante un mes se escondió para despistarte. Anoche cruzó por los campos, siguiéndote los pasos, y Tabaqui lo acompañaba -dijo el lobo, casi sin resuello.

Mowgli frunció el entrecejo.

-Shere Khan no me inspira miedo -respondió-, pero conozco la astucia de Tabaqui.

-No le temas -dijo el Hermano Gris, y se relamió un poco-. Encontré a Tabaqui cuando amanecía. Que vaya ahora con los milanos y les cuente toda su sabiduría; antes me la contó a mí... antes de que le partiera el espinazo. Ahora bien: el plan urdido por Shere Khan es éste: esperarte esta noche a la entrada de la aldea. . . a ti, sólo a ti. En este momento está echado en el gran barranco seco del Waingunga.

-¿Comió hoy, o caza con el estómago vacío? -interrogó Mowgli, porque de la contestación dependía su vida.

-Al amanecer mató un jabalí... y también bebió. Recuerda que Shere Khan nunca pudo ayunar, ni siquiera cuando así convenía a sus propósitos de venganza.

-¡Ah! ¡Imbécil! ¡Imbécil! ¡Dos veces niño! ¡Bien comido, bien bebido.., y aún cree que le dejaré dormir! ¡Veamos! ¿Dónde dices que está echado? Si siquiera fuéramos diez, lo agarraríamos y lo arrastraríamos hasta aquí. Si estos búfalos no sienten su rastro, no querrán embestirlo, y yo no sé hablar su lenguaje. ¿Podríamos colocarnos detrás de él, para que así, olfateando, puedan ellos seguir su pista?

-El taimado siguió a nado la corriente del río Waingunga, para evitar que pudiéramos hacer esto.

-Seguramente, por consejo de Tabaqui. A él solo jamás se le hubiera ocurrido tal cosa.

Mowgli permaneció un rato reflexionando, con un dedo en la boca. Luego dijo: 

-A menos de media legua de aquí desemboca en la llanura el gran barranco seco del Waingunga. Si conduzco el rebaño al través de la selva, hasta la parte superior del barranco, y luego lo lanzo hacia abajo... Pero entonces se escaparía por la parte inferior.

Debemos cerrar ese extremo. Hermano Gris, ¿puedes dividirme en dos el rebaño?

-Probablemente yo no; pero traje conmigo a alguien que me ayude.

Corrió el Hermano Gris y se metió en un agujero. Salió de allí entonces una enorme cabeza gris (Mowgli la conoció perfectamente) y llenó el cálido ambiente con el más desolado clamor que oírse pueda en la selva: el aullido de caza de un lobo resonando en mitad del día.

-¡Akela! ¡Akela! -gritó Mowgli, palmoteando. No sé cómo no pensé que no me olvidarías. Tenemos entre manos un trabajo muy importante. Divide en dos el rebaño, Akela: a un lado las vacas y terneros; al otro, los toros y los búfalos de labor.

Corrieron los dos lobos; entraban y salían del rebaño, como por juego; y el rebaño, bufando y levantando las cabezas, se separó en dos grupos. Uno de ellos lo formaron las hembras con sus pequeñuelos colocados en el centro; miraban furiosas y pateaban, listas para embestir al primer lobo que permaneciera quieto durante un momento, y para quitarle la vida, aplastándolo. En el otro grupo estaban los toros y novillos que resoplaban y golpeaban el suelo con las patas; pero, como no tenían terneros que proteger, eran los menos temibles aunque su aspecto fuera más imponente. Ni seis hombres juntos hubieran dividido tan bien el ganado.

-¿Qué otra cosa ordenas? -preguntó Akela, jadeando. Intentan reunirse de nuevo.

Mowgli montó sobre Rama y contestó:

-Lleva los toros hacia la izquierda, Akela. Y cuando nos hayamos ido, Hermano Gris, cuida de que no se separen las vacas y condúcelas al pie del barranco.

-¿Hasta dónde? -dijo el Hermano Gris, jadeando también y tirando bocados.

-Hasta donde veas que los lados son de mayor altura que la que pueda saltar Shere Khan -gritó Mowgil-. Conténlas allí hasta que bajemos nosotros.

Al oír ladrar a Akela, empezaron a correr los toros; el Hermano Gris se quedó frente a las vacas. estas lo embistieron y entonces corrió delante de ellas hasta el pie del barranco, en tanto que Akela se llevaba los toros hacia la izquierda.

-¡Bravo! ¡Otra embestida y estarán ya a punto! ¡Cuidado... cuidado ahora, Akela! Si das una dentellada más, embisten los toros. ¡Hujah! Es más duro este trabajo que el de acorralar gamos negros. ¿Imaginaste alguna vez que pudieran correr tanto animales como éstos? -gritó Mowgli.

-En mis buenos tiempos los cacé... sí, también los he cazado -susurró débilmente Akela, cubierto de una nube de polvo-. ¿Los lanzo hacia la selva?

-¡Sí! ¡ Lánzalos, lánzalos pronto! Rama está furioso. ¡Si yo pudiera darle a entender para qué lo necesito hoy!

Fueron dirigidos entonces los toros hacia la derecha y penetraron en la espesura, aplastando todo a su paso. Cuando los demás muchachos encargados del pastoreo a media legua de distancia vieron lo que ocurría, huyeron a todo correr hacia la aldea gritando que los búfalos habían enloquecido y se habían escapado.

El plan de Mowgli era muy sencillo: su propósito era trazar un gran círculo al subir, llegar a la parte alta del barranco y entonces hacer que los toros descendieran por él; así, cogerían a Shere Khan entre éstos y las vacas. Sabía muy bien que, después de haber comido y bebido bien, el tigre no estaría en disposición de luchar ni de encaramarse por los lados del barranco. Ahora, calmaba a los búfalos con sus voces; Akela se había quedado rezagado y no ladraba sino una o dos veces para hacer que la retaguardia apretara el paso..

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