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VIII - Muy grande...

 El Libro de las Tierras Vírgenes (Continuación) 

Muy grande, vastísimo era el círculo que trazaban; no querían acercarse demasiado al barranco y que Shere Khan se diera cuenta de su presencia.

Por último reunió Mowgli al azorado rebaño en torno suyo en lo alto del barranco, sobre  una pendiente cubierta de hierba que se confundía, en su extremo, con el mismo barranco.

Desde allí, y mirando por encima de los árboles, se veía abajo la extensión del llano.

Pero Mowgli se fijó entonces en los lados del barranco, y comprobó con satisfacción que se elevaban casi perpendicularmente, y que ni las vides ni las enredaderas que de ellos colgaban podrían ofrecerle apoyo suficiente al tigre, en caso de que quisiera huir por esa parte.

-¡Déjalos resollar, Akela! -dijo Mowgli levantando un brazo-. No han hallado todavía el rastro. Déjalos resollar. Debo anunciarle a Shere Khan lo que le caerá encima. Ya está cogido en la trampa.

Y haciendo bocina con las manos, gritó hacia el barranco (que casi equivalía a gritar en la boca de un túnel) y el eco de su voz repercutió de roca en roca.

Después de unos momentos respondió el vago y soñoliento gruñido de un tigre, harto ya y que despierta de un sueño.

-¿Quién me llama? -dijo Shere Khan. A su voz, un magnífico pavo real levantó el vuelo desde el fondo del barranco, dando chillidos al huir.

-¡Hablo yo, Mowgli! ¡Ladrón de reses, hora es ya de que vengas conmigo al Consejo de la Peña! ¡Ahí va! ¡Lánzalos, Akela! ¡Abajo, Rama, abajo!...

Durante un momento, el rebaño permaneció quieto al borde de la pendiente. Pero Akela, a plenos pulmones, lanzó su grito de guerra, y todos, uno a uno, se precipitaron como navíos que se lanzan a la corriente, en tanto que saltaban en torno suyo las piedras y la arena. Una vez iniciada la carrera, no había modo de pararla; Rama sintió el rastro de Shere Khan aun antes de llegar al cruce del torrente, y mugió.

-¡Ah! -gritó Mowgli, que cabalgaba sobre él-. Ya te enteraste, ¿eh?

El alud de negros cuernos, hocicos espumajosos y ojos de mirada fija cruzó veloz por la torrentera, como arrancados peñascos en tiempos de avenida, en tanto que los búfalos más débiles eran arrojados a los lados en donde, al pasar, arrancaban las enredaderas.

Todos sabían ya el trabajo que les esperaba: un tigre ni siquiera puede pensar en resistir a la terrible embestida de un rebaño de búfalos.

Al escuchar Shere Khan el atronador ruido de las pezuñas, se levantó y echó a andar pesadamente torrentera abajo, mirando a ambos lados en busca de evasión; pero los lados del cauce parecían cortados a pico, y hubo de quedarse allí sintiendo la torpeza producida por la comida y la bebida y deseando cualquier cosa menos tener que batirse.

Cruzó el rebaño chapoteando por la laguna que él acababa de abandonar, mugiendo y haciendo retumbar todo el estrecho recinto.

Mowgli oyó que otro mugido contestaba desde el extremo inferior del barranco, y vio que Shere Khan se volvía (sabía el tigre que en último término era mejor enfrentarse con los toros que habérselas con las vacas y terneros). Entonces Rama echó algo por tierra, tropezó con ello y siguió adelante, hollando una masa blanda; luego, con los demás toros detrás que casi iban pisándolo, cayó sobre el otro rebaño con tal furia, que los búfalos más débiles fueron levantados por completo en el aire a causa del choque que se produjo al encontrarse todos.

Ambos rebaños fueron arrastrados hacia la llanura por la embestida, dando cornadas, coces y bufidos. Apeóse Mowgli de Rama en un momento oportuno y empezó a repartir golpes a diestro y siniestro con el palo que llevaba.

-¡Rápido, Akela! ¡Divídelos! ¡Sepáralos, o se pelearán los unos con los otros!

¡Llévatelos, Akela! ¡Hai, Rama! ¡Hai! ¡Hai! ¡Hai!, hijos míos. ¡Despacio, ahora, despacio! Terminó ya todo.

Corriendo de un lado para otro, Akela y el Hermano Gris mordían las patas a los búfalos, y aunque el rebaño viró en redondo intentando embestir de nuevo barranco arriba, Mowgli logró que Rama se diera la vuelta y los demás lo siguieron hacia los pantanos.

No hacía falta que pisotearan más a Shere Khan. El tigre había muerto y los milanos acudían ya para devorarlo.

-¡Hermanos! Murió como un perro -exclamó Mowgli.

Echó mano de un cuchillo que llevaba siempre pendiente del cuello y metido en una vaina, desde que vivía entre los hombres.

-No se hubiera batido cara a cara -prosiguió-. Buen efecto causará su piel colocada sobre la Peña del Consejo. ¡Manos a la obra y pronto!

Nunca se hubiera enfrentado ni en sueños un muchacho criado entre los hombres con la tarea de desollar él solo a un tigre de tres metros de largo. Pero Mowgli sabía mejor que nadie cómo está pegada la piel de un animal a su cuerpo, y, por tanto, el modo de arrancarla. Sin embargo, la labor era ruda. Mowgli cortó y desgarró durante una hora, murmurando entre dientes, en tanto que los lobos lo contemplaban con la lengua colgando, o, cuando él se lo mandaba, se acercaban para dar tirones a la piel.

Sintió de pronto que en su hombro se apoyaba una mano, y, al levantar los ojos, vio a Buldeo con su viejo mosquete. Los chiquillos habían esparcido en la aldea la noticia del pánico que había hecho presa de los búfalos, y Buldeo, malhumorado, salió movido por el intenso deseo de aplicarle un correctivo a Mowgli por haber descuidado el rebaño. En cuanto vieron venir al hombre, los lobos se eclipsaron.

-¿Qué significa esa locura? -exclamó, incomodado, Buldeo-. ¿Crees que tú solo podrás desollar al tigre? ¿Dónde lo mataron los búfalos? Y además es el tigre cojo por cuya cabeza ofrecieron cien rupias.

¡Bueno, bueno! Dejaste escapar el rebaño, pero, en fin, podemos pasar eso por alto.

Hasta probablemente te daré una de las rupias como premio, después que yo lleve la piel a Khanhiwara.

Se tocó la ropa, buscando un pedernal y un pedazo de acero, y se inclinó para quemarle los bigotes a Shere Khan. Esta operación es practicada por la mayor parte de los cazadores indígenas para evitar que luego los persiga el espíritu que suponen habita en el tigre.

-¡Je! -masculló Mowgli mientras arrancaba la piel de una de las patas del tigre-. De modo que el asunto es éste: te llevas la piel a Khanhiwara, te dan el premio, y luego quizás me darás una rupia. Pues bien: creo que necesitaré esa piel para mi propio uso.  

¡Ea, aparta ese fuego, viejo!

-¿Así le hablas al jefe de los cazadores de la aldea? Cuanto hiciste, se lo debes a la suerte y a la ayuda que te prestó la imbecilidad de tus búfalos. Está claro que el tigre acababa de darse un atracón; de lo contrario, ya estaría ahora a cinco leguas de este sitio. ¡Ni siquiera puedes desollarla bien, y, no obstante, tú, un pillete, osas decirle a Buldeo que no le queme los bigotes! ¡Vaya, Mowgli! No te daré ni un anna de premio; te daré una buena paliza. ¡Suelta el tigre!

-¡Por el toro que me rescató! -exclamó Mowgli, que entonces luchaba por llegar hasta el hombro de la fiera-. ¿Crees que me estaré charlando toda la tarde contigo, mono viejo?

¡Akela, ven acá! Líbrame de este hombre que me molesta.

Buldeo continuaba aún inclinado sobre la cabeza de Shere Khan; pero de pronto se vio tendido sobre la hierba con un lobo gris encima, en tanto que Mowgli continuaba su tarea corno si no existiese más que él en toda la India.

-Sí -dijo el muchacho entre dientes-; tienes toda la razón, Buldeo. Nunca me darías ni un anna en premio. Había un duelo pendiente entre este tigre cojo y yo. . . Un duelo antiguo.., muy antiguo... Y... vencí yo.

Si se ha de hablar con entera imparcialidad, convendrá reconocer que, si Buldeo hubiera sido diez años más joven, habría medido sus fuerzas con las de Akela a haberse encontrado con él en el bosque. Pero ciertamente un lobo obediente a las órdenes de aquel muchacho (el cual, a su vez, tenía duelos pendientes con tigres devoradores de hombres), no era un animal como los demás. Todo aquello era arte de encantamiento, magia de la peor clase -pensó Buldeo-, y dudó de que bastara a protegerlo el amuleto que llevaba pendiente del cuello. Permaneció, pues, tendido, como paralizado, y esperaba que, en cualquier momento, Mowgli también se convirtiera en un tigre.

-¡Maharaja! ¡Gran rey! -dijo por último con voz ronca y en tono de voz tan bajo que parecía un susurro.

-¿Qué? -respondió Mowgli sin volver la cabeza y sonriendo un poco, satisfecho.

-Soy un anciano, e ignoraba que fueses algo más que un zagal. ¿Permitirás que me levante y me vaya? ¿O me hará pedazos ese sirviente que tienes a tus órdenes?

-Vete, vete en paz. Pero no te metas con mi caza en otra ocasión. ¡Suéltalo, Akela!

Buldeo se dirigió cojeando hacia la aldea, tan aprisa como pudo. Miraba hacia atrás, por encima de su hombro: no fuera a ser que Mowgli se metamorfoseara en algo que causara espanto. Al llegar allá, narró de inmediato un cuento de magia. encantamientos y brujerías, todo lo cual hizo que el sacerdote se pusiera muy serio.

Entre tanto Mowgli prosiguio su trabajo, pero ya estaba encima la noche cuando entre él y los lobos terminaron de separar la enorme y vistosa piel del cuerpo del tigre.

-Ahora -observó- conviene esconder eso y hacer que los búfalos vuelvan a casa. Akela, ayúdame a reunirlos.

Una vez reagrupado el rebaño a la luz dudosa del crepúsculo, se dirigieron hacia la aldea. En cuanto estuvieron cerca de ella, vio Mowgli algunas luces, oyó que en el templo estaban tocando las campanas, y que además estaban soplando en caracoles marinos.

A las puertas del lugar parecía haberse reunido para esperarlo la mitad de la población.

-Quizás esto se debe a que he matado a Shere Khan -pensó Mowgli. Pero he aquí que una lluvia de piedras silbó en sus oídos al propio tiempo que gritaban los aldeanos:

-¡Hechicero! ¡Hijo de una loba! ¡Diablo de la selva! ¡Lárgate! ¡Lárgate de aquí en el acto, si no quieres que el sacerdote te cambie otra vez en lobo! ¡Dispara, Buldeo, dispara!

Con gran estampido hizo fuego el mosquete... y lanzó un mugido de dolor uno de los búfalos jóvenes.

-¡Otro maleficio! -gritaron los aldeanos-. ¡El muchacho desvió la bala! ¡El búfalo herido es el tuyo, Buldeo!

-Pero, ¿qué significa esto? -dijo Mowgli aturdido, viendo cómo arreciaba la lluvia de piedras.

-Esos hermanos tuyos se parecen mucho a los de la manada -dijo Akela, sentándose gravemente-. La intención de toda esa gente es arrojarte de este lugar, eso creo yo, si es que las balas significan algo.

-¡Lobo! ¡Lobato! ¡Vete de aquí! -chilló el sacerdote agitando una rama pequeña de la planta sagrada que llaman tulsi.

-¡Vaya! ¿Otra vez? La anterior fue porque era un hombre. Ahora, porque soy un lobo.

¡Vámonos, Akela!

Una mujer, Messua, corrió hacia el rebaño y gritó:

-¡Hijo mío! ¡Hijo mío! Dicen que eres un hechicero, y que si quieres puedes transformarte en fiera. Yo no lo creo, pero vete, o te matarán. Buldeo afirma que eres un brujo; yo sé que lo único que hiciste fue vengar la muerte de Nathoo.

-¡Atrás, Messual ¡Atrás, o te apedreamos! -gritó entonces la multitud.

Mowgli se sonrió forzada y brevemente porque una piedra acababa de pegarle en la boca.

-¡Retrocede, Messua! -dijo-. Todo eso no es sino uno de esos cuentos imbéciles que inventan al anochecer, bajo la sombra del árbol. Por lo menos, te pagué la vida de tu hijo. ¡Adiós! Corre cuanto puedas, pues lanzaré contra ellos el rebaño con mayor velocidad que la que traen los pedazos de ladrillo que me arrojan. No soy ningún brujo, Messua. ¡Adiós! -y luego gritó: Akela, júntame de nuevo el rebaño.

Los búfalos no querían otra cosa sino volver a la aldea. Por tanto, apenas si tuvieron necesidad de que los azuzara Akela. Se lanzaron corno torbellino al través de las puertas, dispersando a la multitud a derecha e izquierda.

-¡Cuéntenlos! -gritó, desdeñoso, Mowgli-. A lo mejor les robé uno. Cuéntenlos, porque ésta es la última vez que apacentaré. ¡Queden con Dios, hijos de los hombres, y agradézcanle a Messua que no vaya yo también con mis lobos a darles caza en mitad de las calles!

Volviendo la espalda, echó a andar con el Lobo Solitario, y entonces, como se le ocurriera mirar a las estrellas. se sintió verdaderamente feliz.

-Nunca más dormiré dentro de una trampa, Akela. Recojamos ahora la piel de Shere Khan y vámonos. No le hagamos el menor daño a la aldea: tengamos presente lo bien que se portó Messua conmigo.

Cuando la luna se elevó sobre la llanura, dando a todas las cosas como un tinte algo lechoso, los aldeanos vieron aterrorizados cómo Mowgli, en compañía de dos lobos y con un fardo sobre la cabeza, corría a campo traviesa con el trotecillo característico de los lobos, que se tragan los kilómetros como nada. Entonces echaron a vuelo las campanas y soplaron en los caracoles marinos con más fuerza que nunca. Lloró Messua, y Buldeo, por su parte, empezó a hermosear con tales adornos la historia de sus aventuras en la selva, que acabó por decir que Akela, erguido sobre sus patas, había hablado como un hombre.

Ya la luna iba hacia su ocaso cuando Mowgli y los dos lobos se aproximaban a la colina donde se hallaba la Peña del Consejo. Se detuvieron ante el cubil de mamá Loba.

-Me arrojaron de la manada de los hombres, madre. Pero cumplí mi palabra: traigo la piel de Shere Khan -dijo Mowgli.

Caminando con gran dificultad, salió mamá Loba de la caverna; tras de ella iban sus cachorros. Brillaron intensamente sus ojos cuando vio la piel.

-Se lo dije aquel día, renacuajo mío: se lo dije aquel día cuando metió cabeza y hombros en esta caverna yendo en tu busca para matarte: le dije que un día u otro el cazador resultaría cazado. ¡Hiciste buen trabajo!

-¡Muy bien, hermanito! -se oyó que decía una voz, en la espesura-. ¡Cuánto te echábamos menos en la selva!

Y apareció Bagheera. Venía correndo y tocó los desnudos pies de Mowghi.

Juntos ascendieron a la Peña del Consejo. Sobre la roca plana donde solía instalarse Akela, extendió Mowghi la piel y la sujetó luego con cuatro trozos de bambú.

Akela se echó sobre ella y lanzó el antiguo grito del consejo:

-¡Miren, lobos, miren bien! -su exclamación fue exactamente lo que dijo cuando llevaron allí a Mowgli por primera vez.

Desde el tiempo en que fue destituido Akela, la manada no había tenido jefe, y cazaba y luchaba como mejor le parecía. Pero todavía respondían a aquel grito por costumbre.

Todos los que quedaban vinieron al consejo, aunque algunos estuvieran cojos por culpa de las trampas en que cayeran, u otros arrastraban una pata por haber sido heridos en ella de un balazo, o unos cuantos estuvieran sarnosos por haber comido algo malo, u otros más se hubieran extraviado. Vinieron al Consejo de la Peña y vieron la piel rayada de Shere Khan tendida sobre la roca, con sus enormes garras colgando al extremo de las patas que se balanceaban vacías.

Fue entonces cuando Mowgli empezó a entonar una canción sin rimas que se le vino a los labios espontáneamente; empezó a cantarla a grandes voces al mismo tiempo que se arrojaba sobre la piel y llevaba el compás con los talones; la cantó hasta que se le terminó el aliento, y en tanto que cantaba, el Hermano Gris y Akela aullaban entre las estrofas.

-¡Miren bien, lobos, miren bien! -exclamó Mowghi cuando terminó-. ¿Cumplí mi palabra?

Los lobos, aullando como perros, dijeron:

-¡Si!

Uno de ellos, cubierto de cicatrices y desgarrones en la piel, aulló:

-¡Guíanos de nuevo, Akela! Guíanos de nuevo, hombrecito; estamos hartos de vivir sin ley. Queremos ser de nuevo el pueblo libre que fuimos en otros tiempos.

-No; eso puede ser una equivocación -murmuró Bagheera-. Por que acaso, cuando de nuevo os sintierais hartos, volveríais a vuestra antigua locura. Os llaman el pueblo libre, y no en balde. Luchasteis por la libertad y la libertad es vuestra. ¡Devoradla, lobos!

-Fui arrojado de la manada de los hombres y de la manada de los lobos -observó Mowgli-. De hoy más, cazaré solo en la selva.

-Y nosotros contigo -dijeron los cuatro lobatos.

Por tanto, a partir de aquel día Mowgli cazó con ellos en la selva. Mas no siempre estuvo solo: unos años después, cuando se hizo hombre, se casó.

Pero a partir de ese momento su historia es ya para personas mayores.

Canción de Mowgli cuando bailó sobre la piel de Shere Khan en la Peña del Consejo -esta es la canción de Mowgli. Yo, Mowghi en persona, la canto: preste oído la selva a mi hazaña.

"Afirmó Shere Khan que me aniquilaría. . . ¡Que me mataría! ¡Que mataría a Mowgli a la luz de la luna, a las puertas de la aldea! ¡Que mataría a Mowgli, la Rana!

Comió y bebió. ¡Bebe mucho Shere Khan! Pues te pregunto, ¿cuándo beberás de nuevo? Y luego, duerme y sueña con mi muerte.

Estoy solo en la pradera. ¡Vente conmigo, Hermano Gris! Lobo Solitario, ¡ven! ¡Aquí hay caza mayor!

Espanta a los grandes búfalos machos, a los toros de piel azul y ojos llameantes de cólera. Condúcelos de un lado a otro, según mis órdenes.

¿Su Señoría duerme aun, Shere Khan? ¡Es preciso despertar! ¡Ea! ¡Despierte! ¡Aquí estoy, y tras de mí están los búfalos!

¡El rey de ellos, Rama, hirió el suelo con uno de sus pies! Me dirijo a las aguas del Waingunga: ¿A dónde huyó Shere Khan?

Porque él no es como Ikki, el que puede agujerear la tierra, ni como Mao, el pavo real, que puede huir volando. Ni se cuelga de las ramas, como Mang, el murciélago.

¡Vosotros, bambúes que crujís todos a la vez, decidme a dónde fue a esconderse Shere Khan!

¡0w! ¡Helo ahí! ¡Ahoo! Helo ahí: bajo las patas de Rama yace el tigre cojo. ¡Arriba, Shere Khan! ¡Levántate y mata! Allí hay carne: ¡quiébrales el cuello a los toros!

¡Silencio! Está dormido. Grande es su fuerza; no lo despertemos. Los milanos bajaron a verlo; subieron las negras hormigas para enterarse de ello. Reunióse gran asamblea en su honor.

¡Alala! A mi piel nada la cubre; no tengo ropas. Desnudo me verán los milanos. Vergüenza para mí estar ante toda esa gente.

Shere Khan: préstame tu piel. Préstame tu piel pintada para poder asistir al Consejo de la Peña.

Por el toro que me rescató hice una promesa.., una promesa pequeñísima. Pero ahora me hace falta tu piel para cumplir mi palabra.

Armado de cuchillo (del cuchillo que usan los hombres), armado del cuchillo de cazador, me inclinaré para recoger mi botín.

Aguas del Waingunga, de esto sed testigos: Shere Khan me entrega su piel por el amor que me tiene. ¡Tira de ahí, Hermano Gris! ¡Tira por allá, Akela! ¡Pesada es, en verdad, la piel de Shere Khan!

Colérica se halla la manada de los hombres. Me apedrean todos y hablan como niños. Mi boca sangra. Huyamos.

Hermanos míos, corran junto conmigo velozmente por entre las tinieblas de la noche, de la cálida noche. Que queden atrás las luces de la aldea; vayamos al sitio desde donde la luna alumbra, la luna, que está baja.

¡Oigan, aguas del Waingunga! La manada de los hombres me arrojó de su seno. No les hice ningún daño, pero es que me temían. ¿Por qué?

Y tú también de tu seno me arrojaste, manada de los lobos. Se cerró la selva para mí, y las puertas de la aldea para mí están cerradas. ¿Por qué?

Del mismo modo que Mang vuela entre las fieras y los pájaros, así vuelo yo entre la aldea y la selva. ¿Por qué?

Mi corazón está triste mientras bailo sobre la piel de Shere Khan. Desgarrada y lacerada tengo la boca por las piedras que me arrojaron en la aldea, pero estoy alegre por haber vuelto a la selva. ¿Por qué?

Como luchan entre sí dos serpientes en la primavera, así luchan en mi corazón ambos sentimientos.

De mis ojos corre el llanto, y, no obstante, río mientras él va corriendo. ¿Por qué?

Dos Mowglis hay en mí; sin embargo, bajo mis pies está la piel de Shere Khan.

Toda la selva sabe que maté a Shere Khan. ¡Miren!... ¡Miren bien, lobos!

¡Ahae! Mi corazón se siente oprimido por todas las cosas que no alcanzo a comprender."

La Selva Invasora  
Hierba, flor, enredadera,  
tended un velo sobre todo esto:  
hay que borrar de esta raza  
hasta el más mínimo recuerdo.  
Negra ceniza cubra sus altares,  
luego de la lluvia sutil  
la leve huella quede por siempre  
impresa en ellos.  
El campo yermo sea  
del gamo el lecho; nadie a asustarlo vaya  
ni a turbar a sus pequeñuelos.
Derrúmbense los muros cediendo  
a su propio peso;  
que nadie lo sepa,  
ni nadie en pie de nuevo los vea.

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