Ir al inicio de BibliotecasVirtuales.com

XI - Cuando se descubrió...

El Libro de las Tierras Vírgenes (Continuación)    

Cuando se descubrió esta última pérdida, llegó para el bracmán el tiempo de hablar. Les había rezado a sus propios dioses sin obtener contestación. Podría ser, dijo, que, inadvertidamente, la aldea hubiera ofendido a alguno de los dioses de la selva, porque, sin duda alguna, la selva estaba contra ellos. Por tanto, mandaron a llamar al jefe de la tribu más próxima de gondos errantes (gente pequeña, despierta, y muy negra de color; vive en el corazón de la selva dedicada a la caza, y sus antepasados fueron la raza más antigua de la India), propietarios aborígenes de la tierra. Obsequiaron al gondo con lo poco que les había quedado; él se sostenía sobre una pierna, con su arco en la mano; en el moño que formaban sus recogidos cabellos, dos o tres dardos envenenados; mostraba un aspecto de temor y desprecio a la vez, hacia los aldeanos -que lo miraban ansiosos- y hacia sus destruidos campos. Deseaban saber los aldeanos si sus dioses -los antiguos dioses- estaban enojados con ellos, y qué sacrificios deberían ofrecérseles. El gondo no pronunció palabra, pero recogió unos sarmientos de karela, la especie de vid que produce amargas calabazas silvestres, y los colocó entrelazados sobre la puerta del templo frente a la cara de la roja imagen india que miraba fijamente. Entonces hizo el movimiento con la mano como si empujara en el espacio, en dirección del camino de Khanhiwara, y se volvió a su selva, mirando moverse en todas direcciones a los animales que la poblaban. Sabía que cuando la selva se pone en movimiento, sólo los hombres blancos son capaces de detenerla.

No había necesidad de preguntar el significado de su predicción. En adelante, crecerían las calabazas silvestres en el lugar donde habían adorado a su dios, y cuanto antes se pusieran a salvo, sería mejor.

Pero es difícil arrancar a una aldea entera de sus amarras. Permanecieron allí sus habitantes en tanto les quedaron comestibles con los que se alimentaban en verano, y aun probaron a recoger nueces en la selva; pero sombras de brillantes ojos los observaban y aun pasaban delante de ellos en mitad del día, y, cuando regresaban corriendo hasta las paredes de sus chozas, notaban, en los troncos de los árboles ante los cuales habían pasado cinco minutos antes, que tenían la corteza arrancada a tiras y ostentaban señales hechas por enormes garras. Cuanto más se encerraban en su aldea, las fieras tornábanse más atrevidas, las cuales corrían por los prados, rugiendo, junto al río Waingunga. No tenían tiempo a componer las paredes posteriores de los vacíos establos que daban a la selva; el jabalí las pisoteaba, y las vides silvestres de nudosas raíces clavaban luego sus codos sobre la tierra que acababan de conquistar; por último, la gruesa hierba erizaba allí sus puntas como las lanzas de un ejército de fantasmas que persiguiera a otro en retirada.

Los hombres solteros fueron los primeros que huyeron y por todos lados esparcieron la noticia de que la aldea estaba sentenciada a muerte. ¿Quién, decían, podría luchar contra la selva o contra los dioses de la selva, cuando hasta la misma cobra de la aldea había abandonado su agujero de la plataforma, bajo el árbol de las reuniones? Así, el poco comercio que se efectuaba con el mundo exterior se redujo, como asimismo fueron disminuyendo y borrándose los caminos trillados en los claros de la maleza. Al fin, los trompeteos nocturnos de Hathi y sus tres hijos dejaron de perturbarlos, porque ya no quedaba nada que pudiere ser saqueado. Las cosechas de sobre la tierra y el grano enterrado bajo ella desaparecieron por igual. Los campos distantes perdían su antigua forma; ya era hora de acogerse a la caridad de los ingleses que vivían en Khanhiwara.

Siguiendo la costumbre indígena retrasaron su partida de un día para otro, hasta que las primeras lluvias les cayeron encima y los abandonados techos de sus chozas dejaron pasar torrentes de agua; las tierras destinadas a pastos quedaron inundadas hasta la altura del tobillo y toda suerte de vida pareció renacer allí con pujanza tras los calores del verano. Entonces todos echaron a andar por el barro, hombres, mujeres y niños bajo la cegadora lluvia matinal; pero se volvieron, por un impulso natural, para darle el último adiós a sus hogares.

En el momento en que la última familia traspasaba las puertas de la aldea, bajo sus pesados fardos, escucharon el estrépito de vigas y techos de bálago que se hundían detrás de los muros. Vieron entonces una trompa brillante, negra, parecida a una serpiente, que se elevaba durante un momento y esparcía el bálago hervido. Desapareció y se escuchó el ruido de otro hundimiento que fue seguido de un agudo grito. Hathi había estado arrancando techos de chozas como quien arranca nenúfares, y había sido alcanzado por una viga que caía. Sólo necesitaba esto para desencadenar toda su fuerza, porque, de todos los animales de la selva, el elefante salvaje es el más destructor, por maldad o por gusto, cuando está furioso. Dio una patada a una pared de tapia que se deshizo con el golpe, y que, al desmenuzarla, se convirtió en barro amarillo por el torrente de agua que caía. Entonces se volvió en redondo y lanzóse por las estrechas calles dando agudos gritos, apoyándose contra las chozas a derecha e izquierda, destrozando las desvencijadas puertas, aplastando los aleros, en tanto que sus tres hijos corrían detrás de él como habían corrido cuando la destrucción de los campos de Bhurtpore.

-La selva se tragará esas cáscaras -dijo una voz reposada entre las ruinas-. Ahora hay que echar abajo el muro exterior.

Y Mowgli, chorreándole la lluvia por los desnudos hombros y brazos, saltó desde una pared que se venía abajo como un búfalo cansado.

-A buen tiempo llegas -díjole, jadeante, Hathi-. ¡Ah! ¡Pero en Bhurtpore tenía yo los colmillos rojos de sangre!... ¡Contra la pared exterior, hijos míos! ¡Con la cabeza!  

¡Todos a la vez! ¡Ahora!

Los cuatro juntos empujaron, lado a lado; la pared exterior se combó, se rajó y cayó; los aldeanos, mudos de terror, veían las salvajes cabezas de los destructores, rayadas de arcilla, que aparecían por el roto boquete. Huyeron entonces, sin casa ya y sin alimentos, por el valle, en tanto que su aldea, hecha pedazos, esparcida y pisoteada, se desvanecía a sus espaldas.

Un mes después aquel lugar era otro otero lleno de hoyos y cubierto de yerba blanda, verde, recién nacida; y, cuando terminaron las lluvias, la selva entera rugía a plenos pulmones en el lugar donde, no hacía todavía seis meses, el arado removía la tierra.

Canción de Mowgli Contra los Hombres  
¡Contra vosotros lanzaré las vidas de veloces pies!  
¡Llamaré a la Selva entera para que borre las huellas de vuestros pies!  
Se hundirán ante ella todos los techos,  
caerán por tierra los gruesos puntales,  
y la karela, la amarga karela  
lo cubrirá todo.  
En los sitios donde os reunáis, estarán los míos  
y aullarán sin tregua;  
en el dintel de vuestros graneros se colgarán los grandes murciélagos;  
la serpiente será vuestra guardiana  
que descansará tranquila en vuestra casa;  
porque la karela, la amarga karela,  
dará su amargo fruto donde hoy reposáis.  
No veréis mis azotes, los azotes de mis amigos,  
pero los oiréis y temblaréis.  
Los enviaré contra vosotros de noche,  
cuando la luna aún no brilla;
el fiero lobo será vuestro pastor  
que se erguirá en no acotados campos,  
porque la karela, la amarga karela,  
esparcirá su semilla donde gozasteis y amasteis.  
Sobre vuestros campos lanzaré a mi pueblo,  
e iré a segarbos, antes que vosotros, a la cabeza de él;  
tendréis que espigar tras nuestras huellas  
por el pan ya perdido.  
Los ciervos serán vuestras yuntas  
para labrar en lo devastado,  
porque la karela, la amarga karela,  
florecerá donde vuestro hogar existía.  
Contra vosotros lanzaré las vides  
de pies que van lejos; la selva, al invadiros,  
borrará vuestros linderos,  
el bosque reinará en vuestros prados.  
Se hundirán los techos de vuestras casas,  
y la karela, la amarga karela,  
los cubrirá, por siempre, a todos.  
Los Perros de Rojiza Pelambre  
¡Por nuestras claras, límpidas noches,  
por las noches de los rápidos corredores,  
por el hermoso batir la selva, la vista  
de largo alcance, por la buena caza,  
por la astucia de resultados certeros!  
¡Por el aroma matinal, que humedece  
el rocío aun no evaporado!  
¡Por el placer de ir tras las piezas  
que con terror incauto locas huyen!  
¡Por los gritos de nuestros compañeros  
cuando al derrotado sambhur han cercado!  
¡Por los riesgos de los excesos de la noche!  
¡Por el grato y dulce dormir de día  
a la entrada del cubil!  
¡Por todo esto vamos a la lucha!  
¡Muerte, guerra a muerte juramos!

Fue después de la invasión verificada por la selva cuando empezó para Mowgli la parte más placentera de su vida. Sentía aquella buena conciencia que proviene de haber pagado sus deudas; todos los habitantes de la selva eran sus amigos y ellos sentían un cierto temor de él. Las cosas que llevó a cabo, que vio y que oyó cuando vagaba solo o en unión de sus cuatro compañeros, daría origen a muchos, muchos cuentos, tan largo cada uno de ellos como el presente. Así pues, no os referiré su encuentro con el elefante loco de Mandla que mató veintidós bueyes que conducían once carros de plata acuñada que pertenecía al tesoro nacional, esparciendo por el polvo las brillantes rupias; tampoco os narraré su lucha con Jacala, el cocodrilo, durante toda una noche en los pantanos del Norte y cómo rompió su cuchillo de desollador en las placas de la espalda del animal; ni tampoco cómo encontró otro cuchillo más largo que pendía del cuello de un hombre que había sido muerto por un oso, y cómo siguió las huellas de este oso y lo mató, como justo precio por aquel cuchillo; ni cómo quedó cogido en una ocasión, durante la Gran Hambruna, entre los rebaños de ciervos que emigraban y fue casi aplastado por ellos; ni cómo salvó a Hathi el Silencioso de caer por segunda vez en una trampa que tenía un palo afilado en el fondo, y cómo, al día siguiente, cayó él mismo en otra de las que ponen para coger leopardos, y cómo entonces Hathi hizo pedazos los gruesos barrotes de madera que la formaban; ni cómo ordeñó a hembras de búfalos salvales en los pantanos; ni como...

Pero hay que narrar los cuentos uno a uno.

Papá Lobo y mamá Loba murieron, y Mowgli rodó una gran piedra contra la boca de la cueva, y entonó allí la Canción de la Muerte; Baloo era muy viejo y apenas podía moverse, y hasta Bagheera, cuyos nervios eran de acero y sus músculos de hierro, era un poco menos ágil que antes cuando quería matar una pieza. Akela, de gris que era, tornóse blanco como la leche; tenía saliente el costillar y caminaba como si estuviera hecho de madera y Mowgli tenía que cazar para él. Pero los lobos jóvenes, los hilos de la deshecha manada de Seeonee, crecían y se multiplicaban, y cuando hubo unos cuarenta de ellos, de cinco años, sin jefe, con buenos pulmones y ágiles pies, Akela les dijo que debían juntarse, obedecer la ley, y estar bajo la dirección de uno, como correspondía a los del Pueblo Libre.

No se metió Mowgli en toda esta cuestión, porque, como él dijo, ya había comido frutas agrias y sabía en qué árboles se cogían. Pero cuando Fao, hijo de Faona (cuyo padre era el indicador de pistas en los tiempos de la jefatura de Akela) ganó en buena lid el derecho de dirigir la manada, según la ley de la selva, y cuando los antiguos gritos y canciones resonaron una vez más bajo las estrellas, Mowgli se presenté de nuevo en el Consejo de la Peña, como en memoria de los tiempos idos. Cuando se le antojaba hablar, la manada esperaba hasta que hubiera terminado y se sentaba en la Peña al lado de Akela, más arriba de Fao. Eran, aquellos, días en que se cazaba y se dormía bien.  

Ningún forastero se atrevía a entrar en las selvas que pertenecían al pueblo de Mowgli, como llamaban a la manada; los lobos jóvenes crecían fuertes y gordos, y había muchos lobatos en la inspección que se les hacía cuando eran llevados a la Peña. Siempre iba Mowgli a estas reuniones, acordándose de aquella noche, cuando una pantera negra compró a la manada la vida de un chiquillo moreno y desnudo, y el largo grito de:

"¡Mirad, mirad bien, lobos!", hacía estremecer su corazón. Si no estaba allí, se internaba en la selva con sus cuatro hermanos, y probaba, tocaba y veía toda suerte de cosas nuevas.

Un día, a la hora del crepúsculo, mientras caminaba distraídamente por los bosques llevando para Akela la mitad de un gamo que había cazado, y mientras los cuatro se empujaban, como gruñendo y revolcándose por juego, escuchó un grito que nunca se había vuelto a oír desde los malos días de Shere Khan. Era lo que llaman en la selva el feeal, una especie de horroroso chillido que da el chacal cuando caza siguiendo a un tigre, o cuando tiene a la vista piezas de caza mayor. Si pueden imaginarse una mezcla de odio, de triunfo, de miedo y de desesperación, en un solo grito desgarrador, tendrán una leve idea del feeal que se elevó, descendió y vibró en el aire, a lo lejos, del otro lado del Waingunga. Los cuatro lobos dejaron de jugar en el acto, con los pelos erizados y gruñendo. La mano de Mowgli se dirigió hacia el cuchillo, y se detuvo, congestionado el rostro y fruncido el ceño.

-No hay por aquí ningún rayado que se atreva a matar... -dijo.

-No es ése el grito del explorador -observó el Hermano Gris-. Eso es una gran cacería.

¡Escucha!

Resonó de nuevo el grito, medio sollozo, medio risa, como si el chacal tuviera flexibles labios humanos. Respiró entonces Mowgli profundamente y echó a correr hacia la Peña del Consejo, adelantándose en el camino a los lobos de la manada que también se apresuraban. Fao y Akela estaban juntos sobre la Peña, y más abajo de ellos veíanse a los demás, con los nervios en tensión. Las madres y sus lobatos corrían hacia sus cubiles, porque cuando resuena el feeal conviene que los débiles se recojan.

Nada oían sino el rumor del Waingunga que corría en la oscuridad y las brisas del atardecer entre las copas de los árboles, cuando de pronto, al otro lado del río, aulló un lobo. No era un lobo de la manada, porque éstos se hallaban alrededor de la Peña. El aullido fue adquiriendo un tono de desesperación. ¡Dhole! -decía-. ¡Dhole! ¡Dho!e!

Oyeron pasos cansados entre las rocas, y un demacrado lobo, con los flancos llenos de rojas estrías, destrozada una de sus patas delanteras y el hocico lleno de espuma, se lanzó en medio del círculo y, jadeante, se echó a los pies de Mowgli.

-iBuena suerte! ¿Quién es tu jefe? -dijo Fao gravemente.

-iBuena suerte! Soy Won-tolla -respondió el recién llegado.

Quería decir con esto que era un lobo solitario que atendía a su propia defensa, a la de su compañera y a la de sus hijos en algún aislado cubil, como lo hacen muchos lobos en la parte sur del país. Won-tolla quiere decir uno que vive separado de los demás, que no forma parte de ninguna manada. Jadeaba y su corazón latía con tal fuerza, que se sacudía todo su cuerpo.

-¿Quién anda por allí? -prosiguió Fao, porque esto es lo que todos los habitantes de la selva se preguntan cuando se oye el feeal.

-¡Los dholes, los dholes del Dekkan.., los perros de rojiza pelambre, los asesinos!

Vinieron al norte desde el sur diciendo que en el Dekkan no había nada y exterminando todo a su paso. Cuando esta luna era luna nueva, tenía yo cuatro de los míos: mi compañera y tres lobatos. Ella los enseñaba a cazar en las llanuras cubiertas de yerba, escondiéndose para correr después los gamos, como lo hacemos los que cazamos en campo abierto. A medianoche los oí pasar juntos, dando grandes aullidos, siguiendo un rastro. Al soplar la brisa matutina, hallé a los míos yertos sobre la yerba... a los cuatro, Pueblo Libre, a los cuatro, cuando estábamos en luna nueva. Hice entonces uso del derecho de la sangre y me fui en busca de los dholes.

-¿Cuántos eran? -preguntó rápidamente Mowgli, y la manada gruñía rabiosamente.

-No sé. Tres de ellos ya no matarán más, pero al fin me persiguieron como a un gamo; me hicieron correr con sólo las tres patas que me quedan. ¡Mira, Pueblo Libre!

Adelantó su destrozada pata, toda ennegrecida por la sangre seca. Tenía junto a los ijares crueles mordiscos y el cuello herido y desgarrado.

-iCome! -le dijo Akela, levantándose de encima de la carne que Mowgli le había traído; inmediatamente, lanzóse sobre ella el solitario.

-No será pérdida esto que me dáis -dijo humildemente cuando hubo satisfecho un poco su hambre-. Préstame fuerzas, pueblo Libre, y también yo mataré luego. Está vacío mi cubil, antes lleno, cuando era luna nueva, y aún no está pagada del todo la deuda de sangre.

Fao oyó cómo crujían sus dientes sobre un hueso y gruñó con aire de aprobación.

-Necesitaremos de tus quijadas -dijo-. ¿Iban cachorros con los dholes?

-No, no. Todos eran cazadores rojos; cazadores de manada grandes y fuertes, aunque toda su comida consiste, allá en el Dekkan, en lagartos.

Lo que había dicho Won-tolla significaba que los dholes, los rojos perros cazadores del Dekkan, iban de paso buscando algo que matar, y la manada sabía que incluso un tigre le cederá su presa a los dholes. Cazan éstos corriendo en línea recta por la selva, se lanzan sobre cuanto encuentran y lo destrozan. Aunque no tienen ni el tamaño ni la mitad de astucia que un lobo, son muy fuertes y numerosos. Los dholes no empiezan a considerarse manada sino hasta que se reúne un centenar de ellos, en tanto que con cuarenta lobos basta para lo mismo. Las errabundas caminatas de Mowgli lo habían llevado hasta los confines de los grandes prados del Dekkan, y había visto a los fieros dholes durmiendo, jugando y rascándose en los agujeros y matojos que usan como cubiles. Él los despreciaba y los odiaba porque no olían como el Pueblo Libre, porque no vivían en cavernas, y, sobre todo, porque les crecía pelo entre los dedos de las patas, en tanto que a él y a sus amigos no les sucedía esto. Pero sabía, por habérselo dicho Hathi, lo terrible que es una manada de dholes cuando va de caza. Hasta Hathi les deja el paso libre, y ellos siguen adelante hasta que los matan o cuando ya escasea la caza.

Algo sabía también Akela sobre los dholes, pues le dijo en voz baja a Mowgli:

-Más vale morir entre todos los de la manada, que sin guía y solo, esta será una cacería magnífica y... la última en que tomaré parte. Pero, según los años que viven los hombres, a ti te quedan aún muchos días y muchas noches de vida, hermanito. Vete hacia el norte y échate allí a dormir, y si alguien queda vivo después del paso de los dholes, te llevará noticias del resultado de la lucha.

-¡Ah! -dijo Mowgli con toda gravedad-. ¿Debo ir acaso a coger pececillos en las lagunas y a dormir en un árbol, o acaso debo pedirles ayuda a los de Bandar-log para que me ayuden a cascar nueces mientras la manada lucha allá abajo?

-A muerte será la lucha -respondió Akela-. Tú nunca te has enfrentado con los dholes... con los asesinos rojos. Hasta el Rayado...

-¡Aowa! ¡Aowa! -exclamó Mowgli de mal humor-. Yo maté a un mono rayado, y estoy seguro que Shere Khan hubiera dejado a su misma compañera para que se la comieran los dholes si el viento le hubiese llevado el olor de una manada al través de grandes extensiones de pastura. Escucha ahora: hubo una vez un lobo, mi padre, y una loba, mi madre, y un lobo viejo y gris (no muy discreto a veces; ahora está blanco) que era para mí como mi padre y mi madre juntos. Por tanto, yo... -levantó más la voz-. Digo que cuando vengan los dholes, si vienen, Mowgli y el Pueblo Libre lucharán como iguales contra ellos. Y afirmo, por el toro que me rescató (por aquel toro que Bagheera pagó por mí en tiempos que ya no recordáis los de la manada), digo, y que lo tengan presente los árboles y el río que me oyen, si yo lo olvido.., que este cuchillo será para la manada como un colmillo más, y no creo que su filo esté muy embotado. Esta es la palabra que tenía que decir y que empeño.

-No conoces a los dholes, hombre que hablas como los lobos -dijo Won-tolla-. Tan sólo quiero pagar la deuda de sangre que tengo con ellos, antes que me destrocen. Avanzan despacio, matando a medida que se alejan, pero en dos días habré recobrado ya algo de mis fuerzas, con lo que podré volver a la lucha. En cuanto a vosotros, Pueblo Libre, opino que debéis ir hacia el norte y que comáis poco durante un tiempo, durante el tiempo que tarden en pasar los dholes. No habrá de produciros carne esta cacería.

-iOigan al Solitario! -dijo Mowgli dando una risotada-. ¡Pueblo Libre! ¡Hemos de huir hacia el norte y dedicarnos a coger lagartos y ratas por miedo de tropezar con los dholes! Hay que dejar que maten todo lo que quieran en nuestros cazaderos, en tanto que nosotros nos escondemos en el norte, hasta que ellos quieran devolvernos lo que es nuestro. No son más que unos perros (mejor dicho, cachorros de perros), rojos, de vientre amarillo y sin cubiles, y con pelos entre los dedos de las patas. Sus camadas constan de seis u ocho pequeñuelos, como las de Chikai, el diminuto ratoncillo saltador.

¡Sin duda hemos de huir, Pueblo Libre, y pedir como un favor a los del norte que nos dejen comer alguna res muerta. Ya conocéis el dicho: "En el norte, miseria; en el sur, piojos; en cuanto a nosotros, somos la selva." Escoged, escoged. ¡Será una buena cacería! ¡Por la manada, por toda la manada; por los cubiles y las camadas; por lo que se mata fuera y dentro de aquéllos; por la compañera que persigue al gamo; por los cachorrillos que están en las cavernas... ¡juremos la lucha... juremos.. juremos...!

Respondió la manada con un profundo aullido que resonó en la noche como el estruendo de un enorme árbol que cae..  

-¡Lo juramos! -gritaron.

-Permanezcan con ellos -ordenó Mowgli a los cuatro-. Todo colmillo hará falta. Que Fao y Akela preparen todo para la batalla. Yo iré a contar los perros.

-¡Eso significa la muerte! -exclamó Won-tolla levantándose a medias-. ¿Qué puede hacer ése, que ni pelo tiene, contra los rojizos perros? Acuérdense de que hasta el Rayado...

-En verdad que eres un solitario -interrumpió Mowgli-. Pero hablaremos de esto cuando hayan muerto los dholes. ¡Buena suerte para todos!

Echó a correr, hundiéndose entre las sombras, y era presa de tal agitación que apenas miraba dónde pisaba; consecuencia de ello fue caerse cuan largo era entre los grandes anillos de Kaa, la serpiente pitón, donde ésta estaba al acecho, cerca del río, frente a un sendero frecuentado por los ciervos.

-iKscha! -silbó Kaa malhumorada-. ¿Es esto actuar según el estilo de la selva, venir haciendo tal ruido con los pies, caminando tan torpemente para estropearle a uno el trabajo de toda una noche.., y precisamente cuando se presentaba tan bien la caza?

-iEs mi culpa! -dijo Mowgli levantándose-. En realidad, a ti te buscaba, Cabeza Chata; pero cada vez que nos encontramos, estás más gruesa y más grande; lo menos has crecido un trozo como este brazo. No hay nadie como tú en la selva, discreta, vieja, fuerte, y hermosísima, Kaa.

-¿A dónde vas a parar por ese camino? dijo Kaa con voz más suavizada-. No cambió aun la luna desde que un hombrecito armado de un cuchillo me tiraba piedras a la cabeza y me llenaba de insultos porque dormía al raso.

-¡Ya lo creo! Y a todos los ciervos que perseguía Mowgli, los espantabas, y esa Cabeza Chata era tan sorda, que no percibía mis silbidos para que dejara libre el camino de los ciervos -respondió Mowgli con mucha calma, sentándose entre los pintados anillos de la serpiente.

-Pero ahora, ese mismo hombrecito trae en los labios palabras suaves y halagadoras, y le dice a aquella misma Cabeza Chata que es discreta, fuerte, hermosa, y ella se deja persuadir y le hace sitio... asi... al que le tiraba piedras, y... ¿Estás cómodo ahora?

¿Podría Bagheera ofrecerte tan cómodo lugar de descanso?

Como de costumbre, Kaa había convertido su cuerpo en una suerte de blanda hamaca, bajo el peso del cuerpo de Mowgli. Se tendió el muchacho en medio de la oscuridad, y se enroscó en aquel cuello flexible que parecía un cable, hasta que la cabeza de Kaa descansó sobre su hombro, y luego le refirió cuanto había ocurrido en la selva aquella noche.

-Puedo ser lista dijo Kaa cuando él terminó-, pero sorda ciertamente lo soy. De otra manera, hubiera oído el feeal. Ya no me extraña que los que comen hierba estén tan inquietos. ¿Cuántos serán los dholes?

-Aún no los he visto. Vine corriendo a verte. Tú eres más vieja que Hathi. Pero, Kaa... -y al decir esto temblaba de gusto-: ¡Qué magnífica cacería será! Pocos de nosotros viviremos cuando cambie la luna.

-¿También tú tomarás parte en esto? Acuérdate de que eres hombre y de cuál fue la manada que te arrojó de ella. Que el lobo salde sus cuentas con el perro. Tú eres un hombre.

-Las nueces de antaño, son hogaño tierra negra -replicó Mowgli-. Es cierto que soy un hombre, pero me parece haber dicho esta noche que soy un lobo. El río y los árboles son mis testigos. Pertenezco al Pueblo Libre, Kaa, hasta que los dholes hayan pasado.

-¡Pueblo Libre! -murmuro Kaa-. ¡Pandilla suelta de ladrones! ¿Y tú te ligaste a ellos en un nudo de muerte, sólo por la memoria de los lobos muertos? Eso no es buena caza.

-Di mi palabra. Lo saben los árboles, y también el río. No quedaré libre de compromiso sino hasta que hayan pasado los dholes.

-¡Ngssh! Así la cosa cambia por completo. Había pensado llevarte conmigo a los pantanos del norte, pero palabra es palabra, aunque ésta sea la de un hombrecito desnudo y sin pelo como tú. Ahora, pues, yo, Kaa, digo que...

-Piénsalo bien. Cabeza Chata; no vayas a ligarte tú también en un nudo de muerte. No necesito que me des tu palabra, pues bien sé que...

-Así sea, pues- dijo Kaa-. No daré palabra alguna. ¿Pero qué piensas hacer cuando vengan los dholes?

-Habrán de pasar a nado el Waingunga. Ahora bien: yo pensaba salirles al encuentro cuando crucen algún sitio poco profundo, con mi cuchillo en la mano, llevando detrás de mí a la manada para que, a cuchilladas y atacados por los míos, retrocedieran algo río abajo o fueran a refrescarse el gaznate.

-No retrocederán los dholes, y su gaznate hierve siempre -respondió Kaa-. Una vez terminada esta cacería, no quedará ni hombrecito ni lobato; únicamente quedarán huesos.

-¡Alala! Si hemos de morir, moriremos. Será una magnífica cacería. Pero soy joven y no he visto muchas lluvias. No sé mucho y no soy fuerte. ¿Tienes un plan mejor, Kaa?

-Yo ya he visto cientos y cientos de lluvias. Antes que Hathi hubiera mudado sus colmillos de leche, era ya enorme el rastro que yo dejaba en el polvo, al pasar. Por el primer huevo que hubo en el mundo, te juro que soy más vieja que muchos árboles, y he sido testigo de todo lo que ha acontecido en la selva.

-Pero esto es un caso nuevo dijo Mowgli-. Nunca antes se habían cruzado los dholes por nuestro camino.

-Lo que es ahora, ha sido también antes. Lo que será, no es más que un año olvidado que hiere al mirar hacia atrás. Manténte quieto mientras cuento los años que tengo.

Durante más de una hora estuvo Mowgli echado sobre los anillos de la serpiente, en tanto que Kaa, con la cabeza inmóvil sobre el suelo, pensaba en todo lo que había visto y conocido desde que salió del huevo. Parecía extinguirse la luz de sus ojos, los que parecían viejos ópalos, mientras que, de cuando en cuando, daba una especie de torpes estocadas con la cabeza a derecha e izquierda, como si estuviera cazando en sueños.

Mowgli dormitaba, porque sabía que nada hay como el sueño antes de la caza, y estaba acostumbrado a hacerlo a cualquiera hora del día o de la noche.

Después Sintió que el cuerpo de Kaa crecía y se ensanchaba debajo del suyo mientras la enorme serpiente pitón soplaba, silbando con el ruido de una espada que se sacara de su vaina de acero.

-He visto todas las estaciones que ya pasaron -dijo al fin Kaa-; los árboles enormes, los viejos elefantes, las rocas desnudas y ásperas cuando todavía no las vestía el musgo.

¿Estás todavía vivo, hombrecito?

-Acaba de desaparecer la luna en el horizonte -respondió Mowgli-. No entiendo...

-¡Hssh! Vuelvo a ser Kaa. Sabía que no hacía de ello sino un momento. Iremos ahora al río para enseñarte cómo deberás proceder contra los dholes.

Volvióse y se dirigió, recta como una flecha, hacia el lugar donde la corriente del Waíngunga es mayor, y se hundió en el agua un poco más arriba de la laguna que oculta la Roca de la Paz, y llevaba a Mowgli a su lado.

-No; no nades. Me deslizaré rápidamente. Te llevo a cuestas, hermanito.

Los Hermanos de Mowgli | II - Continuación | III - Continuación | IV - Continuación | V - Continuación | VI - Entre tanto, Tha... | VII - Retrocedamos ahora... | VIII - Muy grande... | IX - Después de leer... | X - Se arrojó Messua... | XI - Cuando se descubrió... | XII - Con su brazo... | XIII - Mowgli apoyó... | XIV - Se alegraron... | XV - Dos años después... | XVI - Mowgli no podía... | XVII - Kotuko siguió ... | XVIII - Pronto sus voces ... | XIX - Saltó Amoraq ... | XX - Era Darzee... | XXI - El camello... | XXII - Lo que voy a narrar... | XXIII - Este encuentro... | XXIV - En agosto nació... | XXV - En la India había... | XXVI - Movió su ...

El Libro de las Tierras Vírgenes | Cuentos de la India


 


 Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato.  
Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (c) 1996 - 2006