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El
Libro de las Tierras Vírgenes
(Continuación)
Con
su brazo izquierdo Mowgli se asió bien del cuello de Kaa,
dejó caer el derecho,
pegado
al cuerpo y puso los pies en punta. Kaa embistió entonces
contra la corriente
como
sólo ella era capaz de hacerlo; la ondulación del agua
formaba como una gorguera
en
torno del cuello de Mowgli y sus pies se balanceaban en el
remolino que se veía a cada
lado de la serpiente. Un kilómetro o dos arriba de la Roca
de la Paz, se estrecha el
Waingunga
cuando pasa por una garganta que forman unas rocas de mármol
de
veinticinco
o treinta metros de altura, y entonces la corriente se
desliza como por un
canal
de molino entre toda suerte de pedruscos. Mowgli, empero, no
hizo caso del agua;
poca
habría en el mundo capaz de amedrentarlo ni por un momento.
Miraba a uno y otro
lado
de aquella estrecha garganta y resoplaba como si estuviera
incómodo, pues
percibíase
en el aire un olor agridulce, muy parecido al de un gran
hormiguero en un día
caluroso,
Instintivamente hundióse todo en el agua, levantando sólo
de cuando en
cuando
la cabeza para respirar, hasta que Kaa, al fin, por medio de
una doble torsión de
su
cola, ancló en torno de una roca hundida, manteniendo a
Mowgli en el hueco que
formaban
sus anillos, en tanto que el agua seguía su curso.
-Esta
es la Morada de la Muerte dijo el muchacho-. ¿Por qué
venimos aquí?
-Duermen
-dijo Kaa-. Hathi no desvía su camino ante el Rayado. Pero
Hathi y el mismo
Rayado
se apartan cuando vienen los dholes, y éstos, según se
dice, no cambian su
rumbo
por nada. Y sin embargo, ¿ante quién retrocede el diminuto
pueblo de las Rocas?
Dime,
amo de la selva, ¿quién es el verdadero amo de la selva?
-Esas
-murmuré Mowgli-. Aquí mora la muerte. Vámonos.
-No.
Mira bien, porque ahora están durmiendo. Todo está como
cuando yo aún no tenía
el
largo de tu brazo.
Las
rajadas y carcomidas rocas de aquella garganta del Waingunga
habían sido usadas
desde
el principio de la selva por el diminuto pueblo de las
Rocas: las laboriosas,
feroces,
salvajes y negras abejas de la India; como Mowgli lo sabía
muy bien, todo
rastro
de animal torcía hacia un lado u otro, más de ochocientos
metros antes de llegar a
aquel
sitio. Durante siglos había tenido allí sus enjambres el
pueblo diminuto y había
pululado
de grieta en grieta, agrupándose una y otra vez, manchando
el blanco mármol
con
miel seca, y fabricando panales altos y profundos en la
oscuridad de las cavernas
interiores,
en donde ni los animales, ni el fuego ni el agua pudieran
llegar nunca. La
garganta
parecía adornada en toda su longitud con negros cortinajes
de terciopelo que
brillaban
débilmente; Mowgli sintióse desfallecer al verlo, pues
aquella especie de
cortinas
eran los millones de abejas amontonadas que allí dormían.
Notábanse también
otras
protuberancias, adornos y cosas que parecían carcomidos
troncos de árboles
prendidos
en la superficie de las rocas: restos viejos, abandonados, o
acaso nuevas
ciudades
levantadas al abrigo de aquella garganta que estaba
resguardada del viento.
Enormes
y esponjosos panales, ya podridos, habían rodado desde lo
alto, pegándose en
los
árboles y enredaderas que parecían asirse a la superficie
de las rocas. Al escuchar
atentamente
el muchacho, más de una vez oyó el ruido que al deslizarse
producían los
panales
llenos de miel al caer allá adentro, en las oscuras galerías;
después, rumor de
alas
que batían furiosamente y el pausado gotear de la miel
derramada que corría hasta
llegar
al borde de alguna abertura al aire libre, chorreando desde
allí lentamente sobre
hojas
y ramas. A un lado del río había una especie de playa
pequeñísima de menos de
metro
y medio de ancho, llena de desechos acumulados allí durante
innumerables años.
Abejas
muertas, basura, panales viejos, alas de pequeñas mariposas
merodeadoras que
se
habían perdido en aquel lugar buscando miel; todo estaba
amontonado formando un
finísimo
polvo negro. Sólo el olor penetrante de aquel conjunto
bastaba para asustar a
cualquier
ser viviente que no tuviera alas y supiese lo que era el
pueblo Diminuto.
De
nuevo se movió Kaa corriente arriba hasta llegar a un banco
de arena que se
encontraba
en el extremo de aquella garganta.
-Aquí
está lo que mataron en esta estación -dijo-. ¡Mira!
Sobre
el banco yacían los esqueletos de un par de ciervos y el de
un búfalo. Mowgli
pudo
cerciorarse de que ni lobos ni chacales habían tocado los
huesos, que estaban en
posición
natural sobre el suelo.
-Traspasaron
el lindero; no conocían la ley -murmuró Mowgli-, y el
pueblo Diminuto
los
mató. Vámonos antes de que despierten.
-No
despiertan sino hasta el alba -dijo Kaa-. Te contaré ahora
esto: Venía un gamo
perseguido
desde el sur, hacia este sitio, hace muchas, muchas lluvias;
no conocía la
selva,
y en pos de él iba toda una perrada. Ciego de miedo, saltó
desde lo alto; la
manada
lo seguía guiándose con la vista, pues corría
desatinadamente tras él, ciega para
todo
rastro. Ya el sol estaba alto, y el pueblo Diminuto era
numeroso y estaba muy
enfurecido.
Muchos fueron los perros que saltaron al Waingunga, pero,
cuando llegaban
al
agua, ya estaban muertos. Los que no saltaron, fueron
muertos también sobre las
rocas.
Pero el gamo quedó vivo.
-¿Cómo
fue eso?
-Porque
llegó él primero, corriendo para salvar la vida, y saltó
antes que el pueblo
Diminuto
estuviera alerta, ya estaba en el río cuando se juntaron
para matarlo. Pero la
manada
que venía detrás se perdió por completo bajo el peso de
aquéllas.
-¿Y
vivió el gamo? -repitió pausadamente Mowgli.
-Por
lo menos no murió entonces, aunque no contara con nadie
que, al caer, lo esperara
para
recibirlo sobre un cuerpo fuerte que lo protegiera del agua,
como cierta gruesa,
sorda
y amarilla Cabeza Chata esperará a un hombrecito... sí;
aunque detrás de él fueran
todos
los dholes del Dekkan siguiéndole el rastro. ¿Qué opinas
de eso?
La
cabeza de Kaa estaba cerca del oído de Mowgli; pasó un
poco de tiempo antes de
que
el muchacho contestara.
-Es
jugar con la muerte, pero... Kaa, a la verdad tú eres quien
sabe más en toda la selva.
-Muchos
han dicho eso. Ahora, presta atención: si los dholes te
siguen...
-Como
me seguirán con toda seguridad. ¡Ah! ¡Ah! Mi lengua les
lanzará agudísimas
espinas
que les escocerán la piel.
-Si
te siguen furiosos y ciegos, sin mirar a ningún lado y mirándote
sólo a ti, los que no
mueran
arriba caerán al agua aquí o más abajo, porque el pueblo
Diminuto levantará el
vuelo
y los cubrirá a todos. Ahora bien, las aguas del Waingunga
siempre tienen
hambre,
y ellos no contarán con ninguna Kaa que los sostenga cuando
caigan; por eso,
los
que vivan, serán arrastrados por la corriente hasta los bajíos,
allá por los cubiles de
Seeonee,
y allí podrá tu manada salirles al encuentro y arrojarse
sobre sus gargantas.
-¡Ahai!
¡Eowawa! Mejor que esto, no lo es ni la lluvia que cae a
tiempo en la estación
seca.
Sólo queda ahora la pequeña cuestión de la carrera y del
salto. Haré que me
conozcan
los dholes, para que me persigan muy de cerca.
-¿Has
visto la roca que se yergue sobre ti? ¿La has Visto desde
la tierra?
-No,
ciertamente. No se me había ocurrido eso.
-Ve
a verla. La tierra está podrida, llena de grietas y
agujeros. Si pones en falso uno de
tus
torpes pies, la cacería habrá terminado. Mira, te dejaré
aquí, y por el cariño que te
tengo
haré una cosa: iré a referirle a la manada lo que hemos
platicado para que sepan
dónde
podrán encontrar a los dholes. En cuanto a mí, yo nada
tengo que ver con ningún
lobo.
Cuando
a Kaa no le gustaba una amistad, lo demostraba con más
rudeza que cualquier
otro
habitante de la selva, excepto quizás Bagheera.
Nadó
río abajo y al llegar a la Peña topóse con Fao y con
Akela que escuchaban los
ruidos
nocturnos.
-iHssh!
¡Perros! -dijo alegremente-. Los dholes bajarán por el río.
Si no tenéis miedo,
podréis
matarlos en los bajíos.
-¿Cuándo
llegarán? dijo Fao.
-¿Y
dónde está mi hombre-cachorro? -preguntó Akela.
-Vendrán
cuando hayan de venir -respondió Kaa-. Espéralos y verás.
En cuanto a tu
hombre-cachorro,
al cual le hiciste empeñar su palabra y que has conducido
así a la
muerte,
tu hombre-cachorro, digo, está conmigo, y si no está ya
muerto ahora mismo no
tienes
tú la culpa, ¡perro blanqueado! Espera aquí a los dholes,
y alégrate de que el
hombrecachorro
y yo peleemos a tu lado.
Tornó
Kaa a remontar con rapidez la corriente y dio fondo en mitad
de la estrecha
garganta,
mirando hacia arriba, hacia el borde de los cantiles. Vio de
pronto la cabeza de
Mowgli
que se proyectaba contra las estrellas, luego oyóse un
rumor, como un silbido
en
el aire y el agudo schloop de un cuerpo que caía de pie, y
al minuto siguiente ya
encontrábase
el muchacho descansando de nuevo sobre los anillos de Kaa.
-Este
salto, de noche, no es nada dijo Mowgli suavemente-. He
saltado de doble altura
sólo
por divertirme; pero allá arriba sí que es mal sitio:
puros arbustos bajos y zanjas
profundas,
todos llenos del pueblo Diminuto. Coloqué grandes piedras
superpuestas en
el
borde de las tres zanjas. Al correr, les daré con el píe y
las lanzaré abajo, y así todo el
pueblo
Diminuto se levantará detrás de mí, furioso.
-Eso
es habladurías y astucias de hombre -dijo Kaa-. Eres listo,
pero ese pueblo está
enfurecido
siempre.
-No;
al anochecer todas las alas descansan un rato, las que están
cerca y las que están
lejos.
Me entretendré con los dholes a esa hora, porque ellos
cazan mejor de día. Ahora
siguen
el rastro de sangre que dejó Won-tolla.
-Ni
Chil abandona nunca un buey muerto, ni los dholes un rastro
de sangre -sentencié
Kaa.
-Entonces
les daré un rastro nuevo, hecho con su propia sangre, si
puedo, y les haré
morder
el polvo. ¿Te quedarás aquí, Kaa, hasta que regrese con
mis dholes?
-Sí.
Pero, ¿qué sucederá si te matan en la selva, o si el
pueblo Diminuto te mata antes
que
puedas saltar al río?
-Cuando
llegue mañana, cazaremos lo de mañana -respondió Mowgli
citando un dicho
de
la selva; y prosiguió-: Cuando esté muerto, que me canten
la Canción de la Muerte.
¡Buena
suerte, Kaa!
Apartó
su brazo del cuello de la serpiente y descendió por la
garganta como si fuera un
madero
arrastrado por la avenida, chapoteando en dirección de la
lejana orilla donde el
agua
formaba un remanso, y riéndose a carcajadas de puro gozo. A
Mowgli nada le
gustaba
más que jugar con la muerte y mostrarle a toda la selva que
él era allí el amo y
su archi-amo. Con frecuencia había robado, ayudado de Baloo,
colmenas que las abejas
fabricaban
en árboles aislados; gracias a ello, sabía que el pueblo
Diminuto no puede
sufrir
el olor del ajo silvestre. Por tanto, recogió un haz de
esas plantas, lo ató con una
tira
de corteza, y luego empezó a seguir el rastro de sangre de
Won-tolla, hacia el sur y a
partir
de los cubiles, por espacio de más de una legua, mirando
los árboles con la cabeza
inclinada
a un lado, y riendo como loco al mirar.
-He
sido Mowgli, la Rana -se decía a sí mismo-; y he dicho que
soy Mowgli, el Lobo.
Ahora
me toca ser Mowgli, el Mono, antes de ser Mowgli, el Gamo.
Al fin acabaré por
ser Mowgli, el Hombre. ¡Oh!
Y
al decir esto pasó el pulgar por la hoja de su cuchillo, de
dieciocho pulgadas de largo.
El
rastro de Won-tolla, todo él formado de oscuras manchas de
sangre, se deslizaba bajo
un
bosque de copudos árboles muy agrupados que se extendía
hacia el noroeste, y que
clareaba
gradualmente desde la distancia de media legua antes de
llegar a las Rocas de
las
Abejas. Desde el último árbol, hasta llegar a la broza
baja de esas rocas, era ya
campo
abierto en donde apenas habría encontrado refugio un lobo.
Corrió Mowgli por debajo
de los árboles, calculando las distancias entre rama y
rama, encaramándose de
cuando
en cuando en un tronco, y saltando por vía de ensayo de un
árbol a otro, hasta
que
llegó al campo abierto, al que estudió cuidadosamente
durante una hora. Regresó
entonces
y tomó de nuevo el rastro de Won-tolla donde lo había
dejado, se acomodó en
un
árbol que mostraba una rama saliente a unos dos metros y
medio del suelo, y allí
permaneció
sentado tranquilamente, afilando su cuchillo en la planta
del pie y cantando.
Poco
antes del mediodía, cuando el calor era extremoso, escuchó
ruido de pasos y
percibió
el abominable olor de la manada de dholes que seguían, con
aire feroz, el rastro
de
Won-tolla. Vistos desde arriba los rojizos dholes no parecían
tener ni la mitad del
tamaño
de un lobo; pero Mowgli sabía cuán fuertes eran sus pies y
sus quijadas.
Observó
la cabeza puntiaguda y de color bayo del que los dirigía,
el cual olfateaba la
pista,
y le gritó:
-iBuena
caza!
La
fiera miró hacia arriba y sus compañeros se pararon detrás
de él, docenas y docenas
de
rojizos perros, de largas y colgantes colas, sólidas
espaldas, débiles patas traseras y
ensangrentadas
bocas. Por lo general, los dholes son muy silenciosos y no
guardan
buenas
formas incluso con los de su manada. Eran unos doscientos
los que se hallaban
reunidos
debajo de Mowgli, pero éste vio que los delanteros
olfateaban con aire de
hambrientos
el rastro de Won-tolla, e intentaban que toda la manada
siguiera adelante.
Pero
esto no le convenía, porque entonces llegarían a los
cubiles en pleno día; la
intención
de Mowgli era entretenerlos allí, bajo el árbol, hasta el
anochecer.
-¿Con
qué permiso venís aquí? -les dijo.
-Todas
las selvas son nuestras -fue la respuesta, y el dhole que se
la dio le mostró los
blancos
dientes.
Mowgli
miró hacia abajo sonriendo, e imitó perfectamente el agudo
chillido y la especie
de
charla de Chikai, el ratón saltador del Dekkan, dando a
entender con esto que tenía
en
tan poco a los dho!es como al mismo Chikai. Se agrupó
entonces la perrada
alrededor
del tronco, y el que la dirigía ladró furiosamente llamándole
a Mowgli mono.
Por
toda respuesta, alargó el muchacho una de sus desnudas
piernas y movió los dedos
del
pie, precisamente sobre la cabeza del perro. Esto fue
suficiente, demasiado
suficiente
para poner fuera de sí a toda la manada. Los que tienen
pelo entre los dedos,
no
gustan de que nadie se lo recuerde. Apartó Mowgli su pie
cuando el jefe saltó para
mordérselo,
y le dijo suavemente:
-¡Perro,
perro rojizo! ¡Vuélvete al Dekkan a comer lagartos! ¡Vete
con Chikai, tu
hermano...
perro... perro rojizo, rojizo! ¡Tienes pelo entre los
dedos! -y movió sus
propios
dedos por segunda vez.
-iBaja
de allí antes que te sitiemos por hambre, mono pelón!
-aulló la manada, y eso era
precisamente
lo que Mowgli quería.
Acostóse
a lo largo de la rama, apoyada una mejilla contra la
corteza, libre su brazo
derecho,
y en esta posición le dijo a la manada lo que pensaba y sabía
de ella, sus
maneras,
sus costumbres, compañeros y pequeñuelos. No hay en el
mundo lenguaje tan
rencoroso
y ofensivo como el que usa el pueblo de la selva para
mostrar su superioridad
y
su desprecio. Si piensan ustedes durante un momento, verán
cómo esto tiene que ser
así.
Como le había dicho Mowgli a Kaa, tenía en la lengua
espinas muy punzantes, y
poco
a poco, y asimismo deliberadamente, llevó a los dholes
desde el silencio a los
gruñidos,
de éstos a los aullidos, y de los aullidos a la más sorda
e imponente rabia.
Intentaron
contestar sus improperios, pero lo mismo hubiera intentado
hacerlo un
cachorro
al que hubiese enfurecido con su lenguaje Kaa; durante todo
este tiempo, la
mano
derecha (le Mowgli estuvo siempre junto al costado, encogida
y pronta para la
acción,
mientras sus pies se cruzaban en torno de la rama. El enorme
jefe bayo había saltado
muchas veces en el aire, pero Mowgli no quiso arriesgarse a
dar un golpe en
falso.
Por último, enfurecido hasta lo indecible, saltó el animal
a más de dos metros
desde
el nivel del suelo. Entonces la mano del muchacho lanzóse
hacia aquél como si
fuera
la cabeza de una de las serpientes que viven en los árboles
y lo aferró por la piel
del
pescuezo; la rama se sacudió de tal modo cuando echó hacia
atrás todo el peso de su
cuerpo,
que casi arrojó a Mowgli al suelo. Pero no soltó a su
presa, y, pulgada a
pulgada,
levantó a la bestia que colgaba de su mano como un chacal
ahogado. Con la
mano
izquierda asió su cuchillo y cortó la roja y peluda cola y
arrojó después al suelo al
dhole.
No necesitaba hacer más. La manada ya no seguiría el
rastro de Won-tolla, hasta
que
mataran a Mowgli o Mowgli los matara a ellos. Vio que se
sentaban formando
círculos
y con un temblorcillo en las ancas, lo que significaba que
allí permanecerían;
por
tanto, encaramóse a un sitio más alto donde se cruzaban
dos ramas, apoyó allí la
espalda
con toda comodidad y se quedó dormido.
Despertó
al cabo de tres o cuatro horas y contó los perros de la
manada. Todos estaban
allí,
silenciosos, hoscos, secas las fauces y los ojos fríos como
el acero. El sol empezaba
a
ponerse. Dentro de media hora, el pueblo Diminuto de las
rocas terminaría su labor, y,
como
ya se dijo, los dholes no pelean tan bien a la hora del
oscurecer.
-No
necesitaba tan buenos vigilantes -dijo cortésmente, poniéndose
en pie en la rama-;
pero
ya me acordaré de esto. Son ustedes verdaderos dholes,
pero, en mi opinión,
demuestran
demasiado celo. Por eso no le entregaré su cola al comedor
de lagartos. ¿No
estás
contento, perro rojizo?
-Yo
mismo te sacaré las tripas -aulló el jefe de la manada,
arañando el pie del árbol.
-No
harás tal. En vez de eso, piensa un poco, sabia rata del
Dekkan. Verás cuántas
camadas
nacerán de perrillos rojos sin cola; eso es, con muñoncitos
rojos en carne viva
que
les escocerán cuando la arena arda, calentada por el sol.
Vuélvete a tu casa, perro
rojizo.
y publica que un mono te ha hecho eso. ¿No te irás?
Entonces,
ven conmigo y yo te enseñaré a ser discreto.
Saltó
entonces Mowgli, al estilo de los Bandar-log, al árbol más
próximo; de éste, al
siguiente,
y luego al otro y al de más allá, y le seguían siempre
los perros, levantada la
cabeza,
hambrientos. De cuando en cuando fingía caerse, y los de la
manada se
atropellaban
los unos a los otros en su prisa por ser los primeros en
matarlo. Era un
espectáculo
curioso: el muchacho saltando por las ramas más altas de
los árboles,
brillando
su cuchillo a la luz del sol que ya estaba bajo, y la
silenciosa manada rojiza
que
parecía de fuego apiñándose y siguiéndolo desde abajo.
Cuando llegó al último
árbol,
cogió los ajos que llevaba y se frotó con ellos el cuerpo
todo cuidadosamente, y
los
dholes aullaron despectivamente.
-Mono
con lengua de lobo, ¿crees que así nos harás perder tu
rastro? -dijeron-. Te
seguiremos
hasta matarte.
-Toma
tu cola -respondió Mowgli, arrojando hacia atrás la que
había cortado, y la
manada,
instintivamente, se precipitó sobre ella-. Y ahora, síganme,
hasta la muerte.
Se
había deslizado por el tronco de un árbol, y corría,
desnudos los pies y ligero como el
viento
hacia las Rocas de las Abejas, antes de que los dholes
comprendieran lo que iba a
hacer.
Lanzaron
éstos un profundo aullido, y empezaron a correr con aquel
largo y pesado
galope
que acaba por rendir al fin a cuanto sea capaz de correr.
Sabía Mowgli que,
juntos
en manada, su velocidad era muy inferior a la de los lobos;
de lo contrario, nunca
se
hubiera arriesgado a aquella carrera de media legua en campo
abierto. Ellos estaban
seguros
de que por último se apoderarían del muchacho, y él lo
estaba también de que
podía
jugar con ellos como quisiera. Toda su labor consistía en
mantenerlos
suficientemente
excitados tras él para evitar que se volvieran antes de
tiempo. Corría
metódicamente,
con paso igual y gran elasticidad, y el jefe sin cola iba a
cinco metros
detrás
de él y lo seguían los demás en un espacio de terreno que
podría medir unos
cuatrocientos
metros, locos, ciegos de coraje todos los dholes, y ansiosos
de matar. Así
mantuvo
el muchacho su distancia, sirviéndose del oído para
calcularla, reservando su
último
esfuerzo para cuando se lanzara entre las Rocas de las
Abejas.
El
pueblo Diminuto se había entregado al sueño al empezar el
ocaso, porque no era
aquella
la estación en que se abren tarde las flores. Pero cuando
sonaron los primeros
pasos
de Mowgli en el suelo hueco, oyó tal ruido que no parecía
otra cosa sino que la
tierra
entera rezumbara. Entonces corrió como nunca antes había
corrido en su vida, y
dio
un puntapié a uno, a dos, a tres de los montones de
piedras, arrojándolas en las
oscuras
grietas que exhalaban un olor dulzón. Oyó una especie de
bramido, parecido al
del
mar cuando invade una caverna; miró con el rabillo del ojo
y vio que el aire se
oscurecía
a su espalda. Vio también la corriente del Waingunga allá
abajo, y sobre el
agua
una cabeza chata de forma parecida a un diamante. Saltó al
vacío con toda su
fuerza,
oyendo cómo se cerraban las quijadas del dhole sin cola,
cuando iba por el aire,
y
cayó en el río, de pie, salvo ya, sin aliento y
triunfante. Ni una picadura tenía en el
cuerpo
porque el olor del ajo había mantenido a distancia al
pueblo Diminuto durante
los
breves segundos que estuvo entre las abejas.
Cuando
surgió a la superficie del agua, lo sostenían los anillos
de Kaa, y multitud de
cosas
saltaban desde el borde del acantilado; grandes montones,
según parecía, de
abejas
apiñadas que descendían como plomos de sondas; pero antes
de que cualquiera
de
ellos tocara el agua, volaban las abejas hacia arriba y el
cuerpo de un dhole daba
volteretas
en la corriente, que lo arrastraba.
Mowgli
y su compañera oían allá, sobre su cabeza, furiosos y
breves aullidos, pronto
ahogados
por una especie de bramido como cuando rompe el mar contra
los escollos: el
enorme
rumor de las alas del pueblo Diminuto de las Rocas.
Asimismo
algunos de los dholes habían caído en las grietas que
comunicaban con las
cavernas
subterráneas, en donde, ahogándose, peleaban y mordían
entre los panales
desprendidos,
y al cabo eran levantados, aun cuando ya estuvieran muertos,
por las
ascendentes
oleadas de abejas que había debajo de ellos, y arrojados a
algún agujero
frente
al río y de allí lanzados a los negros montones de basura.
Otros dholes saltaron
sobre
los árboles de los acantilados, y las abejas cubrían sus
cuerpos hasta borrar sus
contornos;
pero la inmensa mayoría de ellos, locos por las picaduras,
se habían arrojado
al
río, y, como Kaa lo había dicho, el Waingunga está
siempre hambriento.
Kaa
sostuvo a Mowgli fuertemente hasta que recuperó el aliento
el muchacho.
-Es
preferible no permanecer aquí -dijo-. El pueblo Diminuto
está alborotado en verdad.
¡Ven!
Nadando
tan aplastado contra el agua cuanto le era posible y zambulléndose
con
frecuencia,
Mowgli descendió por el río, cuchillo, en mano.
-iDespacio!
¡Despacio! -decía Kaa-. Un solo diente no matará a
centenares, a menos que
sea
un diente de cobra, y muchos dholes se arrojaron de
inmediato al agua cuando
vieron
al pueblo Diminuto.
-Así
tendrá más trabajo mi cuchillo, entonces. ¡Fai! ¡Cómo
nos siguen las abejas!
Mowglí
se zambulló de nuevo. La superficie del agua estaba
cubierta de abejas que
zumbaban
irritadas y picaban cuanto hallaban a su paso.
-Nada
se ha perdido nunca con guardar silencio -dijo Kaa; ningún
aguijón podía
atravesar
sus escamas-, y tienes toda la noche para tu cacería. ¿Oyes
cómo aúllan?
Casi
la mitad de la manada había visto la trampa en que habían
caído sus compañeros, y
volviéndose
rápidamente a un lado se habían arrojado al agua donde la
garganta
formaba
ribazos. Sus gritos de rabia y sus amenazas contra el
"mono de los bosques" que
los había engañado tan vergonzosamente, se confundían con
los aullidos y el gruñir
de
los que habían sido atormentados por las picaduras del
pueblo Diminuto. Quedarse
en
la ribera, era la muerte segura, y bien lo sabía cada uno
de los dholes. Su manada iba
río
abajo dirigiéndose a los profundos remansos de la Laguna de
la Paz, pero incluso
hasta
allí los seguía el pueblo Diminuto y los obligaba a volver
al centro de la corriente.
Podía
escuchar Mowgli la voz del jefe sin cola animando a los
suyos y diciéndoles que
mataran
a todos los lobos de Seeonee; pero no perdió su tiempo
escuchándola.
-iAlguien
mata en la oscuridad, detrás de nosotros! -ladró uno de
los dholes-. El agua
está
teñida de sangre.
Mowgli
se había zambullido y nadaba como si fuera una nutria,
arrojó a uno de los
dholes
bajo el agua antes que tuviera tiempo de abrir el hocico, y
surgieron a la
superficie
unos círculos oscuros al aparecer el cuerpo que se volvía
de lado. Los dholes
intentaron
retroceder pero la corriente se lo impidió, y el pueblo
Diminuto continuaba
picándolos
en la cabeza y en las orejas; podían oír, además, el reto
de la manada de
Seeonee
que se escuchaba cada vez más fuerte y profundo en la
oscuridad creciente.
Nuevamente
se zambulló Mowgli, y otro dhole fue a parar bajo el agua,
y luego surgió,
muerto,
y estalló de nuevo el clamor entre los rezagados de la
manada, aullando algunos
que
debían ganar la orilla, en tanto que otros llamaban a su
jefe y le pedían que los
volviera
al Dekkan, y otros, por último, desafiaban a Mowgli a que
se presentara para
matarlo.
-Ésos
vienen a la pelea con pensamientos diferentes y muchas voces
-dijo Kaa-. Lo que
falta
hacer corresponde a los tuyos allá abajo. El pueblo
Diminuto regresa a dormir; ya
se
alejaron mucho persiguiéndonos. Ahora yo también me
regreso porque no soy de la
misma
clase que los lobos. ¡Buena caza, hermanito, y recuerda que
los dholes dirigen
abajo
sus mordiscos!
Llegó
un lobo corriendo en tres patas por la ribera del río, ora
saltando, ora ladeando y
aplastando
la cabeza contra el suelo, ya encorvando la espalda, ya
saltando a tanta altura
como
le era posible, como si estuviese jugando con sus cachorros.
Era Won-tolla, el
Solitario;
no decía palabra, sino que continuaba su horrible juego
persiguiendo a los
dholes.
Éstos hacía ya rato que estaban en el agua y les pesaba el
mojado pelo y las
gruesas
colas que les colgaban como esponjas, tan rendidos que también
ellos callaban,
mirando
aquel par de ojos llameantes que se movían frente a ellos.
-¡Esto
no es cazar según las reglas! -dijo uno, jadeando.
-¡Buena
suerte! -dijo Mowgli surgiendo completamente del agua al
lado de la fiera,
clavándole
su largo cuchillo junto a la espaldilla y apretando todo lo
que pudo para
evitar
la dentellada del agonizante.
-¿Estás
allí, hombre-cachorro? -gritó Won-tolla desde la orilla.
-Pregúntaselo
a los muertos, Solitario -respondió Mowgli-. ¿No has visto
bajar a
ninguno
por el río? ¡Les hice morder el polvo a esos perros! Les
jugué una mala pasada
a
plena luz del día y a su jefe le corté la cola; pero todavía
quedan allí algunos para ti.
¿Hacia
dónde quieres que los obligue a ir?
-Esperaré
-dijo Won-tolla-. Me queda aún toda la noche.
Cada
vez se oían más cerca los aullidos de los lobos de
Seeonee.
-iPor
la manada! ¡Por la manada en pleno, lo que hemos jurado!
Y
un recodo del río arrojó a los dholes entre la arena y los
bajíos que había frente a los
cubiles.
Y
entonces se dieron cuenta de su error. Debieron haber
saltado a tierra unos
ochocientos
metros más arriba y atacar a los lobos en terreno seco.
Pero ahora ya era
demasiado
tarde. En la orilla se veía una línea de ojos que parecían
de fuego, y excepto el
horrible feeal no interrumpido desde la puesta del sol, no
se percibía ningún ruido en
la
selva. Parecía como si Won-tolla los hubiera atraído para
que tomaran tierra allí.
-¡Den
la vuelta y ataquen! -dijo el jefe de los dholes.
La
manada entera se lanzó a la playa, chapoteando en los bajíos,
hasta que toda la
superficie
del río se agitó y cubrió de blanca espuma, formando círculos
que iban de un
lado
a otro del río como los de un barco. Mowgli siguió la
embestida, acuchillando y
rebanando
mientras los dholes corrían apiñados por la orilla como
una ola.
Entonces
empezó la gran lucha, levantándose, agarrándose, aplanándose,
haciéndose
pedazos
los unos a los otros, agrupados o diseminados, a lo largo de
la roja, húmeda
arena,
por encima o entre las enredadas raíces de los árboles, al
través o en medio de los
matorrales,
entrando y saliendo por lugares cubiertos de yerba, pues aun
entonces la
proporción
entre dholes y lobos era de dos a uno. Pero los lobos
luchaban por cuanto
constituía
la razón de ser de su manada, y no eran ya sólo los flacos
y altos cazadores de
otras
veces, de pechos hundidos y blancos colmillos, sino que a
ellos se juntaban las
lahinis
de mirada ansiosa (las lobas de cubil, como se las llama),
que luchaban por sus
camadas
y que intercalaban entre ellas de cuando en cuando a algún
lobo de un año, de
piel
lanosa aun, que iba a su lado tirando y agarrándose a su
madre. Un lobo, como
sabéis,
ataca arrojándose a la garganta o mordiendo en los
costados, en tanto que un
dhole
generalmente procura morder en el vientre; así, cuando
peleaban fuera del agua y
tenían
que levantar la cabeza, los lobos llevaban ventaja. En la
tierra, en cambio, se
hallaban
en condiciones de inferioridad. Pero, ya en el agua, ya en
tierra, el cuchillo de
Mowgli
no descansaba ni un segundo. Los cuatro, finalmente, se habían
abierto paso
hasta
llegar a su lado. El Hermano Gris, agachado entre las
rodillas del muchacho, le
protegía
el vientre, en tanto que los demás le cuidaban la espalda y
los costados, o lo
cubrían
con su cuerpo cuando la sacudida y el aullido de un salto de
uno de los dholes,
contra
la resistente hoja del cuchillo, lo hacía caer de espaldas.
Los demás que
combatían,
formaban una masa desordenada y confusa, una apretada y
ondulante
multitud,
que se movía de derecha a izquierda y de izquierda a
derecha a lo largo de la
ribera;
o que giraba pausadamente una y otra vez en derredor de su
propio centro. Y
aquí
se elevaba como una trinchera, se hinchaba como burbuja de
agua en un torbellino;
la
burbuja se rompía y lanzaba a cuatro o cinco perros
heridos, cada uno de los cuales
luchaba
por volver al centro. Allá podía verse a un lobo solo,
derribado por dos o tres
dholes
a los que arrastraba penosamente, desfalleciendo con el
esfuerzo. Más allá, un
cachorro
de un año era elevado en el aire por la presión de los que
lo rodeaban, aunque
ya
hacía rato que estaba muerto, en tanto que su madre,
enloquecida de rabia, pasaba y
volvía
a pasar, mordiendo siempre; y en medio de la pelea, sucedía
acaso que un lobo y
un dhole, olvidados de todos los demás, se preparaban para un
combate singular
queriendo
cada uno ser el primero en morder, hasta que repentinamente,
un torbellino
de
furiosos combatientes los arrastraba a entrambos. En una
ocasión Mowgli pasó junto
a
Akela que llevaba a un dhole en cada flanco y apretaba sus
quijadas, casi ya sin
dientes,
sobre los ijares de un tercero. Otra vez vio a Fao con los
dientes clavados en la
garganta
de un dhole, arrastrándolo hacia adelante para que los
lobos de un año
acabaran
con él. Pero lo principal de la lucha no era sino ciega
confusión y un ahogarse
en
la oscuridad; dar golpes, pernear, caerse, ladrar, gruñir,
mucho morder y desgarrar en
torno
suyo, debajo de él y por encima de él. Conforme avanzaba
la noche, el rápido e
insoportable
movimiento giratorio aumentó. Los dholes se sentían
acobardados y
temerosos
para atacar a los lobos más fuertes, pero aún no se atrevían
a huir. Mowgli
adivinó
que la pelea tocaba a su fin, y contentóse ya nada más con
herir y dejar
inutilizadas
a sus víctimas. Los lobos de un año tornábanse más
atrevidos; ya era
posible
de cuando en cuando tomar un respiro, hablar con el compañero
que estaba al
lado,
y el brillo del cuchillo hacía que retrocediera alguno de
los perros.
-Ya
casi no queda sino el hueso por roer -gritó el Hermano Gris
que manaba sangre por
veinte
heridas.
-Pero
hay que roerlo -respondió Mowgli-. ¡Eowawa! ¡Así se
hacen las cosas en la selva!
La
roja hoja del cuchillo, corriendo como llamarada, se hundió
en los ijares de un dhole
cuyos
cuartos traseros quedaban ocultos por un lobo que lo tenía
agarrado.
-iEs
mi presa! -gruñó el lobo arrugando la nariz-. ¡Déjamelo!
-¿Tienes
aun vacío el vientre, Solitario? -dijo Mowgli.
Won-tolla
había sido terriblemente herido; pero mantenía paralizado
al dhole que no
podía
volverse para morderlo.
-¡Por
el toro que me rescató! -exclamó Mowgli con amarga
sonrisa-. ¡Si es el rabón!
En
efecto, era el perro de color bayo que dirigía la manada.
-No
es discreto matar cachorros y lahinis -prosiguió Mowgli
filosóficamente,
limpiándose
la sangre que le cubría los ojos-; a no ser que haya matado
también al
Solitario,
y me parece que ahora Won-tolla te matará a ti.
Acudió
un dhole en ayuda de su jefe; pero antes de que clavara sus
dientes en el costado
de
Won-tolla, el cuchillo de Mowgli se clavó en la garganta
del perro y el Hermano Gris
se
encargó de rematarlo.
-¡Así
se hacen las cosas en la selva! -dijo de nuevo Mowgli.
Won-tolla
nada dijo; tan sólo sus quijadas fueron cerrándose cada
vez más sobre el
espinazo
del dhole al paso que su propia vida se extinguía. Se
estremeció el dhole, cayó
su
cabeza y quedó inmóvil, mientras que el mismo Won-tolla caía
también sobre su
cuerpo.
-iHuh!
La deuda de sangre está pagada dijo Mowgli-. Canta la canción,
Won-tolla.
-No
cazará ya más dijo el Hermano Gris-. Y Akela también
guarda sllencio desde hace
mucho
rato.
-iRoímos
ya el hueso! -tronó Fao, el hijo de Faona-. ¡Huyen! ¡ Mátenlos!
¡
Extermínenlos,
cazadores del Pueblo Libre!
Uno
tras otro se rétiraban los dholes de aquella oscura y
ensangrentada arena hacia el
río,
hacia la espesa selva, río arriba o río abajo, según
donde veían despejado el camino.
-iLa
deuda! ¡La deuda! -gritó Mowgli-. ¡Que paguen la deuda!
¡Asesinaron al Lobo
Solitario!
¡Que no escape con vida ni uno solo!
Volaba
hacia el río, con el cuchillo en la mano, para detener a
cualquier perro que
intentara
arrojarse al agua, cuando, bajo un montón de nueve cadáveres,
vio surgir la
cabeza
y los cuartos anteriores de Akela. Mowgli cayó de rodillas
al lado del Lobo
Solitario.
-¿No
te dije que ésta sería mi última pelea? -dijo Akela,
jadeando-. Ha sido una buena
caza...
¿Y tú, hermanito?
-Estoy
vivo, y he matado a muchos.
-¡Muy
bien! Yo me muero, y quisiera. . . quisiera morir a tu lado,
hermanito.
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