Ir al inicio de BibliotecasVirtuales.com

XVII - Kotuko siguió ...

El Libro de las Tierras Vírgenes (Continuación)   

Kotuko siguió tallando el marfil. Kadlu arrojó un montón de arreos para perros en un cuarto pequeño abierto en uno de los costados de la choza, se despojó del pesado traje de caza hecho con piel de reno, púsolo en una red de delgadas ballenas entretejidas que colgaba sobre otra lámpara y se echó en el banco-cama para cortar un trozo de carne de foca helada, esperando a que, Amoraq, su mujer, le trajera la comida acostumbrada, compuesta de carne hervida y de sopa de sangre.

Había salido al despuntar el alba en dirección de los agujeros que forman las focas, a dos leguas de distancia, y regresó a su choza con tres de aquellos animales, de gran tamaño. A la mitad del largo y bajo pasadizo de nieve, parecido a un túnel, que conducía a la puerta interior de la choza, podían oírse ladridos y rumor de lucha a mordiscos: eran los perros del trineo que, libres ya de su cotidiana labor, se disputaban los lugares calientes.

Cuando los ladridos se tornaron demasiado fuertes, Kotuko se deslizó perezosamente del banco-cama al suelo y cogió un látigo con elástico mango de ballena de medio metro de largo y con más de siete de pesado y retorcido cuero. Se metió entonces en el corredor, en donde pareció, por el ruido, que los perros se lo comerían vivo; pero todo aquello sólo era su manera habitual de darle gracias a Dios por la comida que en seguida recibirían. Cuando llegó arrastrándose hasta el otro extremo, media docena de peludas cabezas seguían todos sus movimientos, mientras él se dirigía a una especie de horca fabricada con quijadas de ballena, en donde se colgaba la carne destinada a los perros; arrancó grandes trozos helados sirviéndose para ello de un arpón de ancha punta, y luego permaneció en pie con el látigo en una mano y la carne en la otra. Llamó a cada animal por su nombre, primero a los más débiles, y pobre del animal que se hubiera movido antes de su turno, porque la deshilachada punta del látigo, restallando como un rayo, le hubiera arrancado una pulgada más o menos de pelo y piel. Cada animal gruñía, mordía su ración, se atragantaba al devorarla y se apresuraba a guarecerse en el pasadizo, en tanto que el muchacho, de pie sobre la nieve e iluminado por la vivísima luz de la aurora boreal, daba a cada quien lo suyo según estricta justicia. El último fue un gran perro negro que dirigía a los demás en el tiro y mantenía el orden entre ellos cuando llevaban los arreos; a éste le dio Kotuko ración doble, que acompañó con un chasquido de látigo.

-¡Ah! -exclamó el muchacho recogiendo y arrollando su látigo-. Hay un pequeñuelo sobre la lámpara, el cual gruñirá de firme. ¡Sarpok! ¡Adentro!

Retrocedió a gatas por encima de los perros; con un sacudidor de ballena que guardaba detrás de la puerta Amoraq, se quitó la nieve que tenía sobre el traje de pieles; golpeó ligeramente las que forraban el techo de la choza para que cayeran los carámbanos que quizás estaban sobre ellas, desprendidos de la bóveda de nieve que estaba encima; después se acostó, hecho una bola, sobre el banco. Empezaron a roncar los perros del pasadizo y a dar leves gemidos mientras dormían; el hijo menor de Amoraq, en su honda capucha de pieles, pateó y lloró hasta casi ahogarse, y la madre del cachorro al que acababan de escogerle amo, permanecía echada al lado de Kotuko, con los ojos filos en la bolsa de piel de foca colocada en lugar seguro y tibio sobre la ancha y amarilla llama de la lámpara.

Y todo esto ocurría muy lejos, hacia el Norte, más allá del Labrador y del estrecho de Hudson, donde las grandes mareas levantan los hielos; al norte de la península de Melville -incluso al norte de los pequeños estrechos de Fury y de Hecla-; en la playa septentrional de la Tierra de Baffin; en donde la isla de Bylot se eleva por encima de los hielos del estrecho de Lancáster, como el molde de un pastel puesto boca abajo. Al norte del estrecho de Lancáster es muy poco lo que se conoce, excepto Devon del Norte y la Tierra de Ellesmere; pero aun allí viven desparramadas algunas personas, a las puertas mismas del Polo, por decirlo así.

Kadlu era un ínuit (lo que ustedes llamarían un esquimal), y su tribu, de unas treinta personas, pertenecía a los tununírmiut, o sea, "el país que está situado detrás de algo".

Llámanse en los mapas aquellas costas desiertas Ensenada del Consejo de Marina; pero siempre es preferible el nombre de ínuit, porque puede decirse en realidad que aquella tierra está situada detrás de todas las cosas del mundo. Sólo hielo y nieve hay allí durante nueve meses, sucédense los huracanes los unos a los otros, con un frío que no puede imaginarse quien no haya visto el termómetro a dieciocho grados centígrados, cuando menos, bajo cero. Seis meses de esos nueve transcurren en la oscuridad; esto es lo que hace horrible a aquel país. En los meses de verano, que son tres, sólo hiela continuamente durante las noches, y durante el día, de cada dos hiela en uno. Entonces empieza a desaparecer la nieve en las pendientes que se hallan en el Sur; unos cuantos sauces enanos muestran sus yemas lanosas; alguna diminuta piñuela parece que va a florecer; playas de fina arena y de guijarros descienden hasta el mar; levántanse piedras bruñidas y rocas veteadas por encima de la granulada nieve. Pero todo esto desaparece en pocas semanas y el salvaje invierno cierra de nuevo los claros que hay en la tierra, mientras que en el mar el hielo sube y baja, roto en pedazos, en lontananza, apretándose, entrechocando, rajándose, rozando unos contra otros, pulverizándose entre tanto, y, por así decir, varando, hasta que al cabo se hiela todo junto hasta una profundidad de tres metros, desde la tierra hasta donde está honda el agua.

En invierno Kadlu perseguía a las focas hasta los confines de aquellas tierras-hielos, y les clavaba el arpón cuando salían a respirar en sus agujeros. Las focas deben contar con agua para vivir y cazar en ella peces; en pleno invierno sucedía allí con frecuencia que el hielo se corría hasta unas veinte leguas, sin rajarse, partiendo de la playa más próxima. En primavera, él y los suyos se retiraban de los hielos amontonados en el mar, dirigiéndose a las rocas de tierra firme, y allí levantaban sus tiendas hechas de pieles y cazaban con lazo aves marinas, o arponeaban a las focas jóvenes que se asoleaban en las playas. Más tarde se dirigían hacia el Sur, a la Tierra de Baffin, para dedicarse allí a la caza del reno y hacer su provisión anual de salmón en los centenares de corrientes y lagos del interior, y regresaban al Norte en septiembre u octubre para cazar bueyes almizclados y para la matanza usual de focas del invierno. Estos viajes se hacían en trineos de perros que recorrían seis o siete leguas cada día, o algunas veces siguiendo la costa en grandes "botes de mujeres", construidos de pieles, en los que los niños y los perros se echan a los pies de los remeros, y las mujeres entonan canciones, mientras se deslizan de cabo en cabo por las frías y cristalinas aguas. Todos los objetos algo refinados que conocían los tununírmiut provenían del Sur, a saber, maderos acarreados por el agua que les servían para trineos; hierro en barras para las puntas de los arpones, cuchillos de acero, calderos de hojalata en que se cocía la comida mucho mejor que en los antiguos utensilios de cocina fabricados de esteatita; pedernal, acero, y hasta fósforos; y cintas de colores para el cabello de las mujeres; espejillos baratos, y tela de color rojo para orlas de chaquetas de piel de reno. Kadlu se dedicaba al tráfico valioso de blancos y retorcidos dientes de narval y de buey almizclado (éstos se cotizan tanto como las perlas), que vendía él a los ínuit del Sur, quienes, a su vez, traficaban con los balleneros y con las factorías que tienen los misioneros en los estrechos de Exeter y Cumberland; y así se encadenaban las cosas, hasta que, una caldera comprada por el cocinero de algún barco en el bazar de Bhendy, podía ir a parar sobre una lámpara de grasa de ballena en el sitio más frío del Círculo Polar Ártico.

Kadlu, como buen cazador, contaba con gran número de arpones de hierro, cuchillos para cortar la nieve, dardos para cazar pájaros y cuantas cosas hacen fácil la vida en los lugares de los grandes fríos; era, además, el jefe de su tribu, o, como ellos dicen, "el hombre que lo sabe todo por propia experiencia". Esto no le daba ninguna autoridad, excepto la de permitirle aconsejar a sus amigos que cambiaran de cazadero; pero Kotuko se aprovechaba de ello para mandar un poco, a la manera perezosa de los gordos ínuit, a los demás muchachos, cuando salían por la noche para jugar a la pelota a la luz de la luna o para cantar la "Canción del Niño a la Aurora Boreal".

Pero a los catorce años un ínuit se considera ya un hombre, y Kotuko estaba cansado ya de preparar lazos para coger gallos silvestres y zorros ferreros, y mucho más cansado aún de ayudarles a las mujeres en la operación de mascar pieles de foca y de reno (cosa que las ablanda mejor que nada) durante todo el largo día, en tanto que los hombres salían de caza. Quería ir al quaggi, la Casa del Canto, cuando los cazadores se reúnen allí para celebrar sus misterios, y el angekok, el hechicero, después de apagar las lámparas, les infunde un terror que hallaba delicioso, evocando el Espíritu del Reno que pateaba sobre el techo de la casa, o arrojando una lanza contra las sombras de la noche y viéndola volver atrás cubierta de caliente sangre. Quería poder arrojar sus grandes botas en la red, como lo hacía su padre, mostrando el aire cansado del jefe de familia, y jugar con los cazadores cuando iban a visitarlos por la noche y jugaban con una especie de ruleta improvisada por ellos con un bote de hojalata y un clavo. Eran cientos las cosas que quería hacer, pero los hombres se reían de él y le decían:

-Espera hasta que hayas tomado parte en la lucha, Kotuko. La caza no se limita a cobrar piezas.

Ahora que su padre le había regalado un cachorro, las cosas se presentaban más risueñas. Un ínuit no le regala un buen perro a su hijo, hasta que el muchacho sabe algo acerca del modo de educarlo, y Katuko estaba convencido de que sabía mucho más de lo necesario.

Si el cachorro no tuviera una naturaleza de hierro, hubiera muerto por el exceso de alimento y de manoseo. Kotuko le hizo unos arreos diminutos con sus respectivos tirantes, y lo conducía por todo el suelo de la choza, gritando:

-¡Aua! ¡Ja aua! (¡Hacia la derecha!) ¡Choiachoi! ¡Ja choiachoi! (¡Hacia la izquierda!) ¡Ohaha! (¡Párate!)

Al cachorro no le gustaba esto absolutamente nada, pero esto era pura felicidad comparado al susto que se llevó cuando lo pusieron por primera vez a tirar de un trineo.

Se limitó a sentarse en la nieve y ponerse a jugar con el tirante de piel de foca que iba desde sus arreos hasta el pitu, la gran correa de los arcos del trineo. Arrancó el tiro de los demás perros, y el cachorro sintió que le pasaba por encima el vehículo de tres metros de largo, arrastrándolo por la nieve, en tanto que Kotuko reía hasta que se le saltaron las lágrimas. Vinieron luego días y días en que oía siempre el chasquido del cruel látigo que silba como el viento que pasa sobre el hielo, y todos sus compañeros lo mordían porque no sabía trabajar como ellos, y el roce de los arreos lo desollaba vivo, y ya no le era permitido dormir con Kotuko, sino que lo hacían quedarse en el lugar más frío del pasadizo. Eran tiempos muy duros aquellos para el cachorro.

El muchacho aprendía tan aprisa como el perrillo, aunque un trineo tirado por perros es algo muy difícil de manejar. Cada animal (y los más débiles van más cerca del conductor) lleva su propio tirante separado que pasa por debajo de su pata anterior izquierda y que va hasta la correa principal en donde se sujeta con una especie de botón y de una presilla que puede quitarse con un movimiento de la muñeca, dejando así en libertad a uno por uno de los perros. Cosa muy conveniente es ésta, porque con frecuencia el tirante se les mete entre las patas posteriores, y allí les produce cortaduras que les llegan hasta el hueso. Y absolutamente todos se meten con los que tienen más cerca al correr, saltando por entre los tirantes. Luego se pelean, y el resultado es que se embrollan como sedal mojado que se deja sin recoger hasta el día siguiente. Pueden evitarse muchas molestias con el uso inteligente del látigo. Cada muchacho ínuit se enorgullece de su destreza en el manejo del látigo; pero si es fácil acertar un trallazo en un objeto colocado en el suelo, en cambio es difícil, inclinándose sobre el trineo, acertarle a un perro reacio precisamente detrás de una espaldilla, con la punta del látigo.  

Si se riñe a un perro llamándolo por su nombre, y accidentalmente otro recibe el golpe no destinado a él, los dos se pelean en el acto y hacen que se paren todos los del tiro.

Además, si se viaja con un amigo y se empieza a hablar con él, o si se viaja solo y se empieza a cantar, todos los perros se detienen, se vuelven en redondo y se sientan para escuchar la plática o el canto. A Kotuko se le escapó el trineo una o dos veces por haberse olvidado de poner un estorbo delante del mismo al pararlo, y rompió muchos látigos y estropeó algunas correas antes de que se le pudiera confiar un tiro completo de ocho perros y el trineo más rápido. Pero entonces se sintió persona importante y sobre el liso y oscuro hielo se deslizaba ligero y atrevido con la rapidez de una jauría lanzada en persecución de una pieza. Recorría hasta dos leguas y media hasta los agujeros de las focas, y una vez en el cazadero soltaba una de las correas del pitu, y dejaba libre al perrazo negro que era el más listo de todo el conjunto. Tan pronto como el animal olfateaba alguna de aquellas aberturas, Kotuko volcaba el trineo, clavando en la nieve el par de aserradas astas que se elevan del respaldo como los asideros de un cochecillo de niño, y así el tiro de perros no podía moverse. Entonces el muchacho avanzaba arrastrándose, pulgada a pulgada, y esperaba hasta que la foca se asomara para respirar.

Lanzaba luego rápidamente hacia abajo el arpón con la cuerda atada a él, y tirando de ésta al poco rato, subía una foca muerta, a la cual arrastraba, cuando llegaba a la superficie del hielo, hasta el trineo, con ayuda del perro negro. Éste era el momento en que los perros del tiro aullaban rabiosos, presa de gran agitación; pero Kotuko les daba latigazos en la cara con la traílla que parecía una barra de hierro candente, hasta que el cuerpo del cazado animal se ponía rígido. La vuelta a casa era el trabajo más duro.

Había que arrastrar al cargado trineo entre el duro hielo, y los perros, en vez de tirar, solían sentarse mirando hambrientos a la foca. Al fin partían por el hollado camino de todos los trineos que iban a la aldea, trotando sobre aquel hielo que resonaba como si fuera metálico, con las cabezas gachas y las colas en alto, en tanto que Kotuko se ponía a cantar el "Angutivaun tai-na tau-na-ne ta-na" (La Canción del Cazador que Regresa), y salían voces que le llamaban de todas las casas que hallaba al paso, bajo aquel vasto cielo sombrío, alumbrado sólo por las estrellas.

Cuando Kotuko, el perro, llegó a su completo desarrollo, también se divirtió a su manera. Pelea tras pelea, bravamente logró ir ascendiendo en categoría entre los perros del tiro, hasta que una tarde, por cuestión de comida, luchó con el perrazo negro que dirigía a los demás (Kotuko, el muchacho, cuidó de que aquello fuera una pelea limpia), y lo convirtió en segundo, como dicen allí. Así, pues, fue promovido a director y unido a la larga correa que lo hacía correr a un metro y medio delante de los otros; desde entonces tuvo la obligación de parar las peleas, ya llevando los arreos, o ya sin ellos, y usó un collar de alambre de cobre, muy grueso y pesado. En ocasiones especiales se le servían los alimentos cocidos y en el interior de la casa, y a veces se le permitía dormir en el mismo banco de su amo Kotuko. Era un buen perro para cazar focas, y podía acorralar a un buey almizclado corriendo en derredor de él y mordiscándole las patas.

Incluso era capaz -y esto es la mayor prueba de bravura para un perro de trineo-, era capaz de desafiar al demacrado lobo del Polo Artico, al que generalmente temen todos los perros del Norte más que a cualquiera otro ser de los que viven en las nieves. Él y su amo (pues no contaban como compañía a la vulgar traílla) cazaron juntos día tras día y noche tras noche, el muchacho envuelto en pieles, y el feroz animal con el pelo largo y amarillo, pequeños los ojos, blancos los colmillos. Todo el trabajo de un ínuit queda circunscrito a procurarse comida y pieles para él y su familia. Las mujeres convierten en trajes las pieles; en ocasiones ayudan a poner trampas para cobrar piezas de caza menor.

Pero la base de la alimentación -y comen de una manera enorme- deben proporcionársela los hombres. Si faltan provisiones, no existe por allí nadie a quien comprar o pedir prestado. No queda más sino morirse de hambre.

Un ínuit no piensa en esto sino hasta que se ve forzado a ello. Kadlu, Kotuko, Amoraq y el pequeño que pataleaba dentro de la capucha de pieles de esta última, y que durante todo el día mascaba trozos de grasa de ballena, vivían juntos tan felices como cualquiera otra familia. Procedían de una raza de carácter muy templado -un ínuit raras veces se altera y casi nunca le pega a un niño-, que ignoraba realmente lo que era mentir y más aún lo que era robar. Contentábase con arrancar a arponazos aquello con que se mantenían, del corazón helado y sin esperanzas de la misma frialdad; con mostrar sus sonrisas oleosas; con narrar extrañas fábulas de aparecidos y de hadas, durante las noches; con comer hasta más no poder; con cantar, por último, la interminable canción de sus mujeres: "Amna aya, aya amna, ¡ah! ¡ah!", durante todo el día a la luz de la lámpara, en tanto que ellas cosían la ropa y los arreos para la caza.

Pero hubo un terrible invierno en que todo pareció conjurarse contra ellos. Regresaron los tununírmiut de su pesca anual del salmón y construyeron sus casas sobre los primeros hielos al norte de la isla de Bylot, listos para salir en persecución de las focas cuando el mar estuviera helado. Pero el otoño fue prematuro y malísimo. Continuos vendavales hubo durante todo el mes de septiembre, rompiendo la lisa superficie del hielo, caro a las focas, cuando su espesor era apenas de un metro o metro y medio, lanzándolo hacia tierra y amontonándolo, y formando una barrera de cinco leguas de ancho con protuberancias, escabrosidades y carámbanos, que no permitían que por allí pasaran los trineos. El borde del banco flotante de donde las focas salían para hacer su presa en los peces durante el invierno, estaba quizás a otras cinco leguas del lado de allá de la barrera y fuera del alcance de los tununírmiut. Con todo, acaso hubieran podido pasar el invierno con su provisión de salmón helado y de grasa en conserva, ayudándose con lo que les proporcionaban las trampas que ponían; pero en diciembre, uno de sus cazadores tropezó con una tupik (una tienda hecha de pieles) en donde halló casi muertas a tres mujeres y a una niña, que habían venido en compañía de sus hombres desde lo más remoto del Norte, y habían visto cómo ellos morían aplastados en sus botes de pieles, pequeños y diseñados para la caza, mientras perseguían al narval, el del larguísimo incisivo que parece cuerno. Kadlu, por supuesto, hubo de distribuir a las mujeres entre las chozas de aquella aldea de invierno, porque un ínuit jamás se niega a compartir su comida con un extranjero, ya que no sabe cuándo le llegará a él el turno de tener que aceptarla. Amoraq se quedó con la niña, que era de unos catorce años, en su casa, aceptándola como una especie de criada. Por el corte de su puntiaguda capucha, y por los dibujos en forma de diamante largo que tenían sus blancas polainas de piel de reno, la supusieron originaria de la Tierra de Ellesmere. Jamás había visto botes de hojalata para cocinar, ni conocía trineos como aquéllos en que se usa la madera para cortar el hielo; pero Kotuko, el muchacho, y Kotuko, el perro, le tenían mucho cariño.

Después, todas las zorras se fueron hacia el Sur, y hasta el volverena, el gruñón y obtuso ladronzuelo de las nieves, no se tomó la molestia de pasar por donde estaba la hielera de trampas que Kotuko había armado. La tribu perdió un par de sus mejores cazadores, que quedaron muy lastimados en una lucha con un buey almizclado, y esto acumuló más trabajo sobre los restantes. Kotuko salió día tras día con un trineo ligero y seis o siete perros de los más fuertes mirando hasta que le dolían los ojos para ver si descubría una extensión de hielo limpio y claro en que alguna foca podría haber abierto su agujero para respirar. Kotuko el perro vagaba libremente por todos lados, y, en medio de la mortal quietud de los campos de hielo, Kotuko, el muchacho, oía su sordo y nervioso gemido sobre algún agujero situado a más de media legua de distancia, tan claramente como si estuviera a su lado. Cuando el perro encontraba uno de esos hoyos, se construía el muchacho un pequeño y bajo muro de nieve para resguardarse algo del fuerte viento, y allí esperaba diez, doce, veinte horas si era preciso hasta que la foca salía a respirar, los ojos del cazador clavados en la pequeña señal que él había hecho sobre el agujero para guiar la puntería cuando arrojara el arpón, y con una pequeña alfombra de piel de foca bajo los pies, mientras tenía atadas las piernas con el tutareang (la hebilla de que hablaban los antiguos cazadores). Ésta ayuda a evitar las punzadas en las piernas del hombre que se pasa horas y horas a la espera de que se asomen las focas de oído finísimo. Aunque este trabajo no exige esfuerzo, fácilmente se comprende que permanecer sentado completamente inmóvil y metido en la hebilla con el termómetro a cuarenta grados Fahrenheit quizás bajo cero, es el trabajo más pesado que conoce un ínuit. Cuando se cogía una foca, Kotuko el perro se lanzaba hacia adelante con la correa arrastrando detrás de él y ayudaba a tirar del cuerpo hasta el trineo, donde los otros perros, cansados y hambrientos, se tendían con aspecto sombrío para resguardarse del aire que llegaba desde los pedazos rotos del hielo.

Una foca no era comida para mucho tiempo, porque en la aldehuela cada boca tenía el derecho a su porción, y no se desperdiciaban ni huesos, ni piel, ni tendones. La carne destinada a los perros se empleaba en alimento humano, y Amoraq los alimentaba con retazos viejos de las tiendas de pieles usadas en verano y arrancados del banco usado para dormir, y los animales aullaban y aullaban, se despertaban de noche y de nuevo aullaban, siempre hambrientos. Con sólo ver las lámparas de esteatita en las chozas, se podía adivinar que el hambre se acercaba. En las buenas estaciones, cuando había abundante grasa, la luz de las lámparas en forma de bote tenían más de medio metro de alto, y se elevaba alegre, untuosa y amarilla. Ahora apenas medía unas seis pulgadas pues Amoraq bajaba cuidadosamente la mecha de musgo, cuando alguna llamarada se elevaba más de lo debido por un momento, y los ojos de toda la familia seguían atentamente esta operación. Lo horrible del hambre allá en aquellos grandes fríos, no es tanto el morir, sino el morir en la oscuridad. Todo ínuit teme a la oscuridad, que pesa sobre él sin cesar durante seis meses de cada año; y cuando las lámparas están bajas en las casas, la inteligencia de las personas empieza a estar turbia y confusa.

Pero peores cosas sucederían.

Los perros, mal alimentados, mordían con frecuencia y gruñían en los corredores, lanzaban furiosas miradas a las frías estrellas y husmeaban hacia el lado donde soplaba el viento, noche tras noche. Cuando cesaban de aullar, descendía de nuevo el silencio, tan sólido y pesado como una masa de nieve acumulada por la tormenta contra una puerta, y los hombres oían entonces el latir de las venas en los delgados conductos de la oreja y el batir de sus corazones, que resonaban como el ruido del tambor que los hechiceros tocan sobre la nieve.

Una noche, Kotuko, el perro, que había estado de mal humor, cosa poco frecuente, al llevar los arreos, saltó y apoyó la cabeza contra la rodilla de Kotuko. este lo acarició, pero el perro continuaba empujando ciegamente hacia adelante, zalamero. Entonces se despertó Kadlu, le cogió la pesada cabeza parecida a la del lobo y le miró en los ojos vidriosos. El perro gimió y tembló entre las rodillas de Kadlu. Se le erizó el pelo en torno del cuello, y gruñó como si un forastero llamara a la puerta; luego ladró alegremente, se arrastró por el suelo y mordió la bota a Kotuko, como si fuera un cachorro.

-¿Qué le sucede? -preguntó Kotuko, que empezaba a sentir miedo.

-La enfermedad -respondió Kadlu-: tiene la enfermedad de los perros.

Kotuko, el perro, levantó el hocico y aulló una y otra vez.

-Nunca había visto esto. ¿Qüé hará ahora? -preguntó.

Kadlu encogió un hombro y cruzó la choza y fue a buscar un arpón corto y afilado. El enorme perro lo miró, aulló de nuevo y se deslizó por el corredor hacia afuera mientras sus compañeros se retiraban a izquierda y derecha para darle ancho paso. Al hallarse fuera, sobre la nieve, ladró furiosamente, como si siguiera el rastro de algún buey almizclado, y, ladrando, saltando y haciendo cabriolas, desapareció. Su enfermedad no era hidrofobia, sino simplemente locura. El frío, el hambre, y sobre todo la oscuridad le habían trastornado la cabeza; cuando esa terrible enfermedad de los perros aparece en los que forman el tiro de un trineo, se propaga como el fuego. Al siguiente día de caza enfermó otro perro y fue muerto de inmediato por Kotuko al ver que mordía y forcejeaba entre los arreos. Luego, el perro negro que hacía de segundo, y que en tiempos antiguos había sido el que dirigía, empezó de pronto a ladrar como si siguiera la pista a un reno imaginario, y cuando lo soltaron del pitu, se lanzó contra un gran montón de hielo, y huyó como lo había hecho el que dirigía el tiro, con los arreos colgando.

Después de esto, nadie quiso ya sacar a los perros. Los necesitaban para algo más, y ellos lo sabían; y por esto, aunque estaban atados y tomaban los alimentos de la mano de sus dueños, sus ojos revelaban desesperación y miedo. Y para que todo fuera peor, empezaron las viejas a contar cuentos de fantasmas y a decir que habían visto los espíritus de los cazadores muertos, desaparecidos aquel otoño, los cuales habían profetizado horribles sucesos.

Kotuko sintió más que nada la pérdida de su perro, porque aunque un ínuit come enormemente, sabe también ayunar. Pero la oscuridad, el hambre, el frío y las intemperies, lo hicieron empezar a oír voces dentro de su cerebro y a ver gente que no existía, que estaba fuera del alcance de sus miradas. Una noche (acababa de quitarse la hebilla tras diez horas de espera cabe uno de los agujeros de focas llamados ciegos, y se encaminaba a la aldea sintiéndose débil y desvanecido casi), hizo un alto para apoyarse de espaldas contra una peña que daba la casualidad de estar sostenida, como las rocas que se balancean, sobre un solo punto saliente del hielo. Su peso, al apoyarse, destruyó el equilibrio de la peña, y ésta rodó pesadamente, y mientras Kotuko saltaba a un lado para evitarla, resbaló aquélla en dirección hacia él chirriando y silbando por el hielo que tenía forma de talud.

Esto fue suficiente para Kotuko. Había sido educado en la creencia de que cada roca y cada peña tienen su dueño (su ínua), que era generalmente algo parecido a una mujer con un solo ojo, que recibía el nombre de tornaq, y que, cuando una tornaq quería ayudar a un hombre, rodaba tras él dentro de su pétrea casa y le preguntaba si quería tomarla como su espíritu protector. (En el verano, durante los deshielos, las rocas y las peñas que el hielo sostiene, ruedan y resbalan por toda la superficie del terreno: así, no es difícil comprender cómo nació la idea de las piedras que viven.) Kotuko sintió que la sangre le latía en las orejas, cosa que había sentido durante todo el día, y creyó que esto era la tornaq de la piedra, que le hablaba. Antes de llegar a su casa, ya estaba convencido de que había tenido con aquélla una larga conversación, y como toda su gente creía que esto era muy posible, nadie lo contradijo.

-Me dijo: "Me lanzo, me lanzo desde el lugar que ocupo en la nieve" -repetía Kotuko con los ojos hundidos e inclinándose hacia adelante en la mal alumbrada choza-. Dijo:

"Seré tu guía; te guiaré a los mejores agujeros de focas." Mañana salgo de caza, y la tornaq me guiará.

Luego vino el angekok, el hechicero de la aldea, y Kotuko se lo refirió todo por segunda vez. No perdió ni una tilde al ser repetido.

-Sigue a los tornait (los espíritus de las piedras), y ellos nos darán de nuevo comida -dijo el angekok.

Ahora bien: la muchacha procedente del Norte había estado echada cerca de la lámpara durante días enteros, comiendo poco y hablando menos; pero cuando Amoraq y Kadlu, a la siguiente mañana, empezaron a cargar y a atar un pequeño trineo de mano para Kotuko, y lo cargaron con todos los útiles de caza y con cuanta grasa y carne de foca helada fue posible, ella cogió la cuerda con que se arrastraba el vehículo y se colocó valientemente al lado del muchacho.

-Vuestra casa es la mía -dijo mientras el trineo chirriaba y saltaba tras ellos en la terrible noche ártica.

-Mi casa es tu casa -respondió Kotuko-; pero creo que ahora nos dirigiremos ambos a Sedna.

Ahora bien, Sedna es la señora del mundo inferior, y todo ínuit cree que toda persona que muere debe pasar un año en el horrible país de aquélla antes de ir a Quadliparmiut, el "lugar de la felicidad", en donde nunca hiela y donde gordos renos se acercan a uno en cuanto se les llama.

Allá en la aldea la gente gritaba:

-Los tornait han hablado a Kotuko. Enseñaránle el hielo libre... Regresará trayéndonos focas...

Los Hermanos de Mowgli | II - Continuación | III - Continuación | IV - Continuación | V - Continuación | VI - Entre tanto, Tha... | VII - Retrocedamos ahora... | VIII - Muy grande... | IX - Después de leer... | X - Se arrojó Messua... | XI - Cuando se descubrió... | XII - Con su brazo... | XIII - Mowgli apoyó... | XIV - Se alegraron... | XV - Dos años después... | XVI - Mowgli no podía... | XVII - Kotuko siguió ... | XVIII - Pronto sus voces ... | XIX - Saltó Amoraq ... | XX - Era Darzee... | XXI - El camello... | XXII - Lo que voy a narrar... | XXIII - Este encuentro... | XXIV - En agosto nació... | XXV - En la India había... | XXVI - Movió su ...

El Libro de las Tierras Vírgenes | Cuentos de la India


 


 Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato.  
Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (c) 1996 - 2006