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El
Libro de las Tierras Vírgenes
(Continuación)
Kotuko
siguió tallando el marfil. Kadlu arrojó un montón de
arreos para perros en un
cuarto
pequeño abierto en uno de los costados de la choza, se
despojó del pesado traje
de
caza hecho con piel de reno, púsolo en una red de delgadas
ballenas entretejidas que
colgaba
sobre otra lámpara y se echó en el banco-cama para cortar
un trozo de carne de
foca
helada, esperando a que, Amoraq, su mujer, le trajera la
comida acostumbrada,
compuesta
de carne hervida y de sopa de sangre.
Había
salido al despuntar el alba en dirección de los agujeros
que forman las focas, a
dos
leguas de distancia, y regresó a su choza con tres de
aquellos animales, de gran
tamaño.
A la mitad del largo y bajo pasadizo de nieve, parecido a un
túnel, que
conducía
a la puerta interior de la choza, podían oírse ladridos y
rumor de lucha a
mordiscos:
eran los perros del trineo que, libres ya de su cotidiana
labor, se disputaban
los
lugares calientes.
Cuando
los ladridos se tornaron demasiado fuertes, Kotuko se deslizó
perezosamente
del
banco-cama al suelo y cogió un látigo con elástico mango
de ballena de medio
metro
de largo y con más de siete de pesado y retorcido cuero. Se
metió entonces en el
corredor,
en donde pareció, por el ruido, que los perros se lo comerían
vivo; pero todo
aquello
sólo era su manera habitual de darle gracias a Dios por la
comida que en seguida
recibirían.
Cuando llegó arrastrándose hasta el otro extremo, media
docena de peludas
cabezas
seguían todos sus movimientos, mientras él se dirigía a
una especie de horca
fabricada
con quijadas de ballena, en donde se colgaba la carne
destinada a los perros;
arrancó
grandes trozos helados sirviéndose para ello de un arpón
de ancha punta, y
luego
permaneció en pie con el látigo en una mano y la carne en
la otra. Llamó a cada
animal
por su nombre, primero a los más débiles, y pobre del
animal que se hubiera
movido
antes de su turno, porque la deshilachada punta del látigo,
restallando como un
rayo,
le hubiera arrancado una pulgada más o menos de pelo y
piel. Cada animal gruñía,
mordía
su ración, se atragantaba al devorarla y se apresuraba a
guarecerse en el
pasadizo,
en tanto que el muchacho, de pie sobre la nieve e iluminado
por la vivísima
luz
de la aurora boreal, daba a cada quien lo suyo según
estricta justicia. El último fue
un
gran perro negro que dirigía a los demás en el tiro y
mantenía el orden entre ellos
cuando
llevaban los arreos; a éste le dio Kotuko ración doble,
que acompañó con un
chasquido
de látigo.
-¡Ah!
-exclamó el muchacho recogiendo y arrollando su látigo-.
Hay un pequeñuelo
sobre
la lámpara, el cual gruñirá de firme. ¡Sarpok! ¡Adentro!
Retrocedió
a gatas por encima de los perros; con un sacudidor de
ballena que guardaba
detrás
de la puerta Amoraq, se quitó la nieve que tenía sobre el
traje de pieles; golpeó
ligeramente
las que forraban el techo de la choza para que cayeran los
carámbanos que
quizás
estaban sobre ellas, desprendidos de la bóveda de nieve que
estaba encima;
después
se acostó, hecho una bola, sobre el banco. Empezaron a
roncar los perros del
pasadizo
y a dar leves gemidos mientras dormían; el hijo menor de
Amoraq, en su
honda
capucha de pieles, pateó y lloró hasta casi ahogarse, y la
madre del cachorro al
que
acababan de escogerle amo, permanecía echada al lado de
Kotuko, con los ojos filos
en
la bolsa de piel de foca colocada en lugar seguro y tibio
sobre la ancha y amarilla
llama
de la lámpara.
Y
todo esto ocurría muy lejos, hacia el Norte, más allá del
Labrador y del estrecho de
Hudson,
donde las grandes mareas levantan los hielos; al norte de la
península de
Melville
-incluso al norte de los pequeños estrechos de Fury y de
Hecla-; en la playa
septentrional
de la Tierra de Baffin; en donde la isla de Bylot se eleva
por encima de los
hielos
del estrecho de Lancáster, como el molde de un pastel
puesto boca abajo. Al
norte
del estrecho de Lancáster es muy poco lo que se conoce,
excepto Devon del Norte
y
la Tierra de Ellesmere; pero aun allí viven desparramadas
algunas personas, a las
puertas
mismas del Polo, por decirlo así.
Kadlu
era un ínuit (lo que ustedes llamarían un esquimal), y su
tribu, de unas treinta
personas,
pertenecía a los tununírmiut, o sea, "el país que
está situado detrás de algo".
Llámanse
en los mapas aquellas costas desiertas Ensenada del Consejo
de Marina; pero
siempre
es preferible el nombre de ínuit, porque puede decirse en
realidad que aquella
tierra
está situada detrás de todas las cosas del mundo. Sólo
hielo y nieve hay allí durante
nueve meses, sucédense los huracanes los unos a los otros,
con un frío que no
puede
imaginarse quien no haya visto el termómetro a dieciocho
grados centígrados,
cuando
menos, bajo cero. Seis meses de esos nueve transcurren en la
oscuridad; esto es
lo
que hace horrible a aquel país. En los meses de verano, que
son tres, sólo hiela
continuamente
durante las noches, y durante el día, de cada dos hiela en
uno. Entonces
empieza
a desaparecer la nieve en las pendientes que se hallan en el
Sur; unos cuantos
sauces
enanos muestran sus yemas lanosas; alguna diminuta piñuela
parece que va a
florecer;
playas de fina arena y de guijarros descienden hasta el mar;
levántanse piedras
bruñidas
y rocas veteadas por encima de la granulada nieve. Pero todo
esto desaparece
en
pocas semanas y el salvaje invierno cierra de nuevo los
claros que hay en la tierra,
mientras
que en el mar el hielo sube y baja, roto en pedazos, en
lontananza, apretándose,
entrechocando,
rajándose, rozando unos contra otros, pulverizándose entre
tanto, y, por
así
decir, varando, hasta que al cabo se hiela todo junto hasta
una profundidad de tres
metros,
desde la tierra hasta donde está honda el agua.
En
invierno Kadlu perseguía a las focas hasta los confines de
aquellas tierras-hielos, y
les
clavaba el arpón cuando salían a respirar en sus agujeros.
Las focas deben contar con
agua
para vivir y cazar en ella peces; en pleno invierno sucedía
allí con frecuencia que
el
hielo se corría hasta unas veinte leguas, sin rajarse,
partiendo de la playa más
próxima.
En primavera, él y los suyos se retiraban de los hielos
amontonados en el mar,
dirigiéndose
a las rocas de tierra firme, y allí levantaban sus tiendas
hechas de pieles y
cazaban
con lazo aves marinas, o arponeaban a las focas jóvenes que
se asoleaban en las
playas.
Más tarde se dirigían hacia el Sur, a la Tierra de Baffin,
para dedicarse allí a la
caza
del reno y hacer su provisión anual de salmón en los
centenares de corrientes y
lagos
del interior, y regresaban al Norte en septiembre u octubre
para cazar bueyes
almizclados
y para la matanza usual de focas del invierno. Estos viajes
se hacían en
trineos
de perros que recorrían seis o siete leguas cada día, o
algunas veces siguiendo la
costa
en grandes "botes de mujeres", construidos de
pieles, en los que los niños y los
perros
se echan a los pies de los remeros, y las mujeres entonan
canciones, mientras se
deslizan
de cabo en cabo por las frías y cristalinas aguas. Todos
los objetos algo
refinados
que conocían los tununírmiut provenían del Sur, a saber,
maderos acarreados
por
el agua que les servían para trineos; hierro en barras para
las puntas de los arpones,
cuchillos
de acero, calderos de hojalata en que se cocía la comida
mucho mejor que en
los
antiguos utensilios de cocina fabricados de esteatita;
pedernal, acero, y hasta
fósforos;
y cintas de colores para el cabello de las mujeres;
espejillos baratos, y tela de
color
rojo para orlas de chaquetas de piel de reno. Kadlu se
dedicaba al tráfico valioso
de
blancos y retorcidos dientes de narval y de buey almizclado
(éstos se cotizan tanto
como
las perlas), que vendía él a los ínuit del Sur, quienes,
a su vez, traficaban con los
balleneros
y con las factorías que tienen los misioneros en los
estrechos de Exeter y
Cumberland;
y así se encadenaban las cosas, hasta que, una caldera
comprada por el
cocinero
de algún barco en el bazar de Bhendy, podía ir a parar
sobre una lámpara de
grasa
de ballena en el sitio más frío del Círculo Polar Ártico.
Kadlu,
como buen cazador, contaba con gran número de arpones de
hierro, cuchillos
para
cortar la nieve, dardos para cazar pájaros y cuantas cosas
hacen fácil la vida en los
lugares
de los grandes fríos; era, además, el jefe de su tribu, o,
como ellos dicen, "el
hombre
que lo sabe todo por propia experiencia". Esto no le
daba ninguna autoridad,
excepto
la de permitirle aconsejar a sus amigos que cambiaran de
cazadero; pero
Kotuko
se aprovechaba de ello para mandar un poco, a la manera
perezosa de los gordos
ínuit,
a los demás muchachos, cuando salían por la noche para
jugar a la pelota a la luz
de
la luna o para cantar la "Canción del Niño a la
Aurora Boreal".
Pero
a los catorce años un ínuit se considera ya un hombre, y
Kotuko estaba cansado ya
de
preparar lazos para coger gallos silvestres y zorros
ferreros, y mucho más cansado
aún
de ayudarles a las mujeres en la operación de mascar pieles
de foca y de reno (cosa
que
las ablanda mejor que nada) durante todo el largo día, en
tanto que los hombres
salían
de caza. Quería ir al quaggi, la Casa del Canto, cuando los
cazadores se reúnen
allí
para celebrar sus misterios, y el angekok, el hechicero,
después de apagar las
lámparas,
les infunde un terror que hallaba delicioso, evocando el Espíritu
del Reno que
pateaba
sobre el techo de la casa, o arrojando una lanza contra las
sombras de la noche y
viéndola
volver atrás cubierta de caliente sangre. Quería poder
arrojar sus grandes botas
en
la red, como lo hacía su padre, mostrando el aire cansado
del jefe de familia, y jugar
con
los cazadores cuando iban a visitarlos por la noche y
jugaban con una especie de
ruleta
improvisada por ellos con un bote de hojalata y un clavo.
Eran cientos las cosas
que
quería hacer, pero los hombres se reían de él y le decían:
-Espera
hasta que hayas tomado parte en la lucha, Kotuko. La caza no
se limita a cobrar
piezas.
Ahora
que su padre le había regalado un cachorro, las cosas se
presentaban más
risueñas.
Un ínuit no le regala un buen perro a su hijo, hasta que el
muchacho sabe algo
acerca
del modo de educarlo, y Katuko estaba convencido de que sabía
mucho más de
lo
necesario.
Si
el cachorro no tuviera una naturaleza de hierro, hubiera
muerto por el exceso de
alimento
y de manoseo. Kotuko le hizo unos arreos diminutos con sus
respectivos
tirantes,
y lo conducía por todo el suelo de la choza, gritando:
-¡Aua!
¡Ja aua! (¡Hacia la derecha!) ¡Choiachoi! ¡Ja choiachoi!
(¡Hacia la izquierda!)
¡Ohaha!
(¡Párate!)
Al
cachorro no le gustaba esto absolutamente nada, pero esto
era pura felicidad
comparado
al susto que se llevó cuando lo pusieron por primera vez a
tirar de un trineo.
Se
limitó a sentarse en la nieve y ponerse a jugar con el
tirante de piel de foca que iba
desde
sus arreos hasta el pitu, la gran correa de los arcos del
trineo. Arrancó el tiro de
los
demás perros, y el cachorro sintió que le pasaba por
encima el vehículo de tres
metros
de largo, arrastrándolo por la nieve, en tanto que Kotuko
reía hasta que se le
saltaron
las lágrimas. Vinieron luego días y días en que oía
siempre el chasquido del
cruel
látigo que silba como el viento que pasa sobre el hielo, y
todos sus compañeros lo
mordían
porque no sabía trabajar como ellos, y el roce de los
arreos lo desollaba vivo, y
ya
no le era permitido dormir con Kotuko, sino que lo hacían
quedarse en el lugar más
frío
del pasadizo. Eran tiempos muy duros aquellos para el
cachorro.
El
muchacho aprendía tan aprisa como el perrillo, aunque un
trineo tirado por perros es
algo
muy difícil de manejar. Cada animal (y los más débiles
van más cerca del
conductor)
lleva su propio tirante separado que pasa por debajo de su
pata anterior
izquierda
y que va hasta la correa principal en donde se sujeta con
una especie de botón
y
de una presilla que puede quitarse con un movimiento de la
muñeca, dejando así en
libertad
a uno por uno de los perros. Cosa muy conveniente es ésta,
porque con
frecuencia
el tirante se les mete entre las patas posteriores, y allí
les produce cortaduras
que
les llegan hasta el hueso. Y absolutamente todos se meten
con los que tienen más
cerca
al correr, saltando por entre los tirantes. Luego se pelean,
y el resultado es que se
embrollan
como sedal mojado que se deja sin recoger hasta el día
siguiente. Pueden
evitarse
muchas molestias con el uso inteligente del látigo. Cada
muchacho ínuit se
enorgullece
de su destreza en el manejo del látigo; pero si es fácil
acertar un trallazo en
un
objeto colocado en el suelo, en cambio es difícil, inclinándose
sobre el trineo,
acertarle
a un perro reacio precisamente detrás de una espaldilla,
con la punta del látigo.
Si
se riñe a un perro llamándolo por su nombre, y
accidentalmente otro recibe el golpe no
destinado a él, los dos se pelean en el acto y hacen que se
paren todos los del tiro.
Además,
si se viaja con un amigo y se empieza a hablar con él, o si
se viaja solo y se
empieza
a cantar, todos los perros se detienen, se vuelven en
redondo y se sientan para
escuchar
la plática o el canto. A Kotuko se le escapó el trineo una
o dos veces por
haberse
olvidado de poner un estorbo delante del mismo al pararlo, y
rompió muchos
látigos
y estropeó algunas correas antes de que se le pudiera
confiar un tiro completo de
ocho
perros y el trineo más rápido. Pero entonces se sintió
persona importante y sobre el
liso
y oscuro hielo se deslizaba ligero y atrevido con la rapidez
de una jauría lanzada en
persecución
de una pieza. Recorría hasta dos leguas y media hasta los
agujeros de las
focas,
y una vez en el cazadero soltaba una de las correas del
pitu, y dejaba libre al
perrazo
negro que era el más listo de todo el conjunto. Tan pronto
como el animal
olfateaba
alguna de aquellas aberturas, Kotuko volcaba el trineo,
clavando en la nieve el
par
de aserradas astas que se elevan del respaldo como los
asideros de un cochecillo de
niño,
y así el tiro de perros no podía moverse. Entonces el
muchacho avanzaba
arrastrándose,
pulgada a pulgada, y esperaba hasta que la foca se asomara
para respirar.
Lanzaba
luego rápidamente hacia abajo el arpón con la cuerda atada
a él, y tirando de
ésta
al poco rato, subía una foca muerta, a la cual arrastraba,
cuando llegaba a la
superficie
del hielo, hasta el trineo, con ayuda del perro negro. Éste
era el momento en
que
los perros del tiro aullaban rabiosos, presa de gran agitación;
pero Kotuko les daba
latigazos
en la cara con la traílla que parecía una barra de hierro
candente, hasta que el
cuerpo
del cazado animal se ponía rígido. La vuelta a casa era el
trabajo más duro.
Había
que arrastrar al cargado trineo entre el duro hielo, y los
perros, en vez de tirar,
solían
sentarse mirando hambrientos a la foca. Al fin partían por
el hollado camino de
todos
los trineos que iban a la aldea, trotando sobre aquel hielo
que resonaba como si
fuera
metálico, con las cabezas gachas y las colas en alto, en
tanto que Kotuko se ponía
a
cantar el "Angutivaun tai-na tau-na-ne ta-na" (La
Canción del Cazador que Regresa),
y
salían voces que le llamaban de todas las casas que hallaba
al paso, bajo aquel vasto
cielo
sombrío, alumbrado sólo por las estrellas.
Cuando
Kotuko, el perro, llegó a su completo desarrollo, también
se divirtió a su
manera.
Pelea tras pelea, bravamente logró ir ascendiendo en
categoría entre los perros
del
tiro, hasta que una tarde, por cuestión de comida, luchó
con el perrazo negro que
dirigía
a los demás (Kotuko, el muchacho, cuidó de que aquello
fuera una pelea limpia),
y
lo convirtió en segundo, como dicen allí. Así, pues, fue
promovido a director y unido
a
la larga correa que lo hacía correr a un metro y medio
delante de los otros; desde
entonces
tuvo la obligación de parar las peleas, ya llevando los
arreos, o ya sin ellos, y
usó
un collar de alambre de cobre, muy grueso y pesado. En
ocasiones especiales se le
servían
los alimentos cocidos y en el interior de la casa, y a veces
se le permitía dormir
en
el mismo banco de su amo Kotuko. Era un buen perro para
cazar focas, y podía
acorralar
a un buey almizclado corriendo en derredor de él y mordiscándole
las patas.
Incluso
era capaz -y esto es la mayor prueba de bravura para un
perro de trineo-, era
capaz
de desafiar al demacrado lobo del Polo Artico, al que
generalmente temen todos
los
perros del Norte más que a cualquiera otro ser de los que
viven en las nieves. Él y su
amo
(pues no contaban como compañía a la vulgar traílla)
cazaron juntos día tras día y
noche
tras noche, el muchacho envuelto en pieles, y el feroz
animal con el pelo largo y
amarillo,
pequeños los ojos, blancos los colmillos. Todo el trabajo
de un ínuit queda
circunscrito
a procurarse comida y pieles para él y su familia. Las
mujeres convierten en
trajes
las pieles; en ocasiones ayudan a poner trampas para cobrar
piezas de caza menor.
Pero
la base de la alimentación -y comen de una manera enorme-
deben
proporcionársela
los hombres. Si faltan provisiones, no existe por allí
nadie a quien
comprar
o pedir prestado. No queda más sino morirse de hambre.
Un
ínuit no piensa en esto sino hasta que se ve forzado a
ello. Kadlu, Kotuko, Amoraq y
el
pequeño que pataleaba dentro de la capucha de pieles de
esta última, y que durante
todo
el día mascaba trozos de grasa de ballena, vivían juntos
tan felices como cualquiera
otra
familia. Procedían de una raza de carácter muy templado
-un ínuit raras veces se
altera
y casi nunca le pega a un niño-, que ignoraba realmente lo
que era mentir y más
aún
lo que era robar. Contentábase con arrancar a arponazos
aquello con que se
mantenían,
del corazón helado y sin esperanzas de la misma frialdad;
con mostrar sus
sonrisas
oleosas; con narrar extrañas fábulas de aparecidos y de
hadas, durante las
noches;
con comer hasta más no poder; con cantar, por último, la
interminable canción
de
sus mujeres: "Amna aya, aya amna, ¡ah! ¡ah!",
durante todo el día a la luz de la
lámpara,
en tanto que ellas cosían la ropa y los arreos para la
caza.
Pero
hubo un terrible invierno en que todo pareció conjurarse
contra ellos. Regresaron
los
tununírmiut de su pesca anual del salmón y construyeron
sus casas sobre los
primeros
hielos al norte de la isla de Bylot, listos para salir en
persecución de las focas
cuando
el mar estuviera helado. Pero el otoño fue prematuro y malísimo.
Continuos
vendavales hubo durante todo el mes de septiembre, rompiendo la lisa
superficie del
hielo,
caro a las focas, cuando su espesor era apenas de un metro o
metro y medio,
lanzándolo
hacia tierra y amontonándolo, y formando una barrera de
cinco leguas de
ancho
con protuberancias, escabrosidades y carámbanos, que no
permitían que por allí
pasaran
los trineos. El borde del banco flotante de donde las focas
salían para hacer su
presa
en los peces durante el invierno, estaba quizás a otras
cinco leguas del lado de allá
de
la barrera y fuera del alcance de los tununírmiut. Con
todo, acaso hubieran podido
pasar
el invierno con su provisión de salmón helado y de grasa
en conserva, ayudándose
con
lo que les proporcionaban las trampas que ponían; pero en
diciembre, uno de sus
cazadores
tropezó con una tupik (una tienda hecha de pieles) en donde
halló casi
muertas
a tres mujeres y a una niña, que habían venido en compañía
de sus hombres
desde
lo más remoto del Norte, y habían visto cómo ellos morían
aplastados en sus
botes
de pieles, pequeños y diseñados para la caza, mientras
perseguían al narval, el del
larguísimo
incisivo que parece cuerno. Kadlu, por supuesto, hubo de
distribuir a las
mujeres
entre las chozas de aquella aldea de invierno, porque un ínuit
jamás se niega a
compartir
su comida con un extranjero, ya que no sabe cuándo le
llegará a él el turno de
tener
que aceptarla. Amoraq se quedó con la niña, que era de
unos catorce años, en su
casa,
aceptándola como una especie de criada. Por el corte de su
puntiaguda capucha, y
por
los dibujos en forma de diamante largo que tenían sus
blancas polainas de piel de
reno,
la supusieron originaria de la Tierra de Ellesmere. Jamás
había visto botes de
hojalata
para cocinar, ni conocía trineos como aquéllos en que se
usa la madera para
cortar
el hielo; pero Kotuko, el muchacho, y Kotuko, el perro, le
tenían mucho cariño.
Después,
todas las zorras se fueron hacia el Sur, y hasta el
volverena, el gruñón y obtuso
ladronzuelo
de las nieves, no se tomó la molestia de pasar por donde
estaba la hielera de
trampas
que Kotuko había armado. La tribu perdió un par de sus
mejores cazadores, que
quedaron
muy lastimados en una lucha con un buey almizclado, y esto
acumuló más
trabajo
sobre los restantes. Kotuko salió día tras día con un
trineo ligero y seis o siete
perros
de los más fuertes mirando hasta que le dolían los ojos
para ver si descubría una
extensión
de hielo limpio y claro en que alguna foca podría haber
abierto su agujero
para
respirar. Kotuko el perro vagaba libremente por todos lados,
y, en medio de la
mortal
quietud de los campos de hielo, Kotuko, el muchacho, oía su
sordo y nervioso
gemido
sobre algún agujero situado a más de media legua de
distancia, tan claramente
como
si estuviera a su lado. Cuando el perro encontraba uno de
esos hoyos, se construía
el
muchacho un pequeño y bajo muro de nieve para resguardarse
algo del fuerte viento,
y
allí esperaba diez, doce, veinte horas si era preciso hasta
que la foca salía a respirar, los
ojos del cazador clavados en la pequeña señal que él había
hecho sobre el agujero
para
guiar la puntería cuando arrojara el arpón, y con una
pequeña alfombra de piel de
foca
bajo los pies, mientras tenía atadas las piernas con el
tutareang (la hebilla de que
hablaban
los antiguos cazadores). Ésta ayuda a evitar las punzadas
en las piernas del
hombre
que se pasa horas y horas a la espera de que se asomen las
focas de oído
finísimo.
Aunque este trabajo no exige esfuerzo, fácilmente se
comprende que
permanecer
sentado completamente inmóvil y metido en la hebilla con el
termómetro a
cuarenta
grados Fahrenheit quizás bajo cero, es el trabajo más
pesado que conoce un
ínuit.
Cuando se cogía una foca, Kotuko el perro se lanzaba hacia
adelante con la correa
arrastrando
detrás de él y ayudaba a tirar del cuerpo hasta el trineo,
donde los otros
perros,
cansados y hambrientos, se tendían con aspecto sombrío
para resguardarse del
aire
que llegaba desde los pedazos rotos del hielo.
Una
foca no era comida para mucho tiempo, porque en la aldehuela
cada boca tenía el
derecho
a su porción, y no se desperdiciaban ni huesos, ni piel, ni
tendones. La carne
destinada
a los perros se empleaba en alimento humano, y Amoraq los
alimentaba con
retazos
viejos de las tiendas de pieles usadas en verano y
arrancados del banco usado
para
dormir, y los animales aullaban y aullaban, se despertaban
de noche y de nuevo
aullaban,
siempre hambrientos. Con sólo ver las lámparas de
esteatita en las chozas, se
podía
adivinar que el hambre se acercaba. En las buenas
estaciones, cuando había
abundante
grasa, la luz de las lámparas en forma de bote tenían más
de medio metro de
alto,
y se elevaba alegre, untuosa y amarilla. Ahora apenas medía
unas seis pulgadas
pues
Amoraq bajaba cuidadosamente la mecha de musgo, cuando
alguna llamarada se
elevaba
más de lo debido por un momento, y los ojos de toda la
familia seguían
atentamente
esta operación. Lo horrible del hambre allá en aquellos
grandes fríos, no es
tanto
el morir, sino el morir en la oscuridad. Todo ínuit teme a
la oscuridad, que pesa
sobre
él sin cesar durante seis meses de cada año; y cuando las
lámparas están bajas en
las
casas, la inteligencia de las personas empieza a estar
turbia y confusa.
Pero
peores cosas sucederían.
Los
perros, mal alimentados, mordían con frecuencia y gruñían
en los corredores,
lanzaban
furiosas miradas a las frías estrellas y husmeaban hacia el
lado donde soplaba
el
viento, noche tras noche. Cuando cesaban de aullar, descendía
de nuevo el silencio,
tan
sólido y pesado como una masa de nieve acumulada por la
tormenta contra una
puerta,
y los hombres oían entonces el latir de las venas en los
delgados conductos de la
oreja
y el batir de sus corazones, que resonaban como el ruido del
tambor que los
hechiceros
tocan sobre la nieve.
Una
noche, Kotuko, el perro, que había estado de mal humor,
cosa poco frecuente, al
llevar
los arreos, saltó y apoyó la cabeza contra la rodilla de
Kotuko. este lo acarició,
pero
el perro continuaba empujando ciegamente hacia adelante,
zalamero. Entonces se
despertó Kadlu, le cogió la pesada cabeza parecida a la del lobo y
le miró en los ojos
vidriosos.
El perro gimió y tembló entre las rodillas de Kadlu. Se le
erizó el pelo en
torno
del cuello, y gruñó como si un forastero llamara a la
puerta; luego ladró
alegremente,
se arrastró por el suelo y mordió la bota a Kotuko, como
si fuera un
cachorro.
-¿Qué
le sucede? -preguntó Kotuko, que empezaba a sentir miedo.
-La
enfermedad -respondió Kadlu-: tiene la enfermedad de los
perros.
Kotuko,
el perro, levantó el hocico y aulló una y otra vez.
-Nunca
había visto esto. ¿Qüé hará ahora? -preguntó.
Kadlu
encogió un hombro y cruzó la choza y fue a buscar un arpón
corto y afilado. El
enorme
perro lo miró, aulló de nuevo y se deslizó por el
corredor hacia afuera mientras
sus
compañeros se retiraban a izquierda y derecha para darle
ancho paso. Al hallarse fuera,
sobre la nieve, ladró furiosamente, como si siguiera el
rastro de algún buey
almizclado,
y, ladrando, saltando y haciendo cabriolas, desapareció. Su
enfermedad no
era
hidrofobia, sino simplemente locura. El frío, el hambre, y
sobre todo la oscuridad le
habían
trastornado la cabeza; cuando esa terrible enfermedad de los
perros aparece en
los
que forman el tiro de un trineo, se propaga como el fuego.
Al siguiente día de caza
enfermó
otro perro y fue muerto de inmediato por Kotuko al ver que
mordía y
forcejeaba
entre los arreos. Luego, el perro negro que hacía de
segundo, y que en
tiempos
antiguos había sido el que dirigía, empezó de pronto a
ladrar como si siguiera la
pista
a un reno imaginario, y cuando lo soltaron del pitu, se lanzó
contra un gran montón
de
hielo, y huyó como lo había hecho el que dirigía el tiro,
con los arreos colgando.
Después
de esto, nadie quiso ya sacar a los perros. Los necesitaban
para algo más, y
ellos
lo sabían; y por esto, aunque estaban atados y tomaban los
alimentos de la mano
de
sus dueños, sus ojos revelaban desesperación y miedo. Y
para que todo fuera peor,
empezaron
las viejas a contar cuentos de fantasmas y a decir que habían
visto los
espíritus
de los cazadores muertos, desaparecidos aquel otoño, los
cuales habían
profetizado
horribles sucesos.
Kotuko
sintió más que nada la pérdida de su perro, porque aunque
un ínuit come
enormemente,
sabe también ayunar. Pero la oscuridad, el hambre, el frío
y las
intemperies,
lo hicieron empezar a oír voces dentro de su cerebro y a
ver gente que no
existía,
que estaba fuera del alcance de sus miradas. Una noche
(acababa de quitarse la
hebilla
tras diez horas de espera cabe uno de los agujeros de focas
llamados ciegos, y se
encaminaba
a la aldea sintiéndose débil y desvanecido casi), hizo un
alto para apoyarse
de
espaldas contra una peña que daba la casualidad de estar
sostenida, como las rocas
que
se balancean, sobre un solo punto saliente del hielo. Su
peso, al apoyarse, destruyó
el
equilibrio de la peña, y ésta rodó pesadamente, y
mientras Kotuko saltaba a un lado
para
evitarla, resbaló aquélla en dirección hacia él
chirriando y silbando por el hielo que
tenía
forma de talud.
Esto
fue suficiente para Kotuko. Había sido educado en la
creencia de que cada roca y
cada
peña tienen su dueño (su ínua), que era generalmente algo
parecido a una mujer
con
un solo ojo, que recibía el nombre de tornaq, y que, cuando
una tornaq quería
ayudar
a un hombre, rodaba tras él dentro de su pétrea casa y le
preguntaba si quería
tomarla
como su espíritu protector. (En el verano, durante los
deshielos, las rocas y las
peñas
que el hielo sostiene, ruedan y resbalan por toda la
superficie del terreno: así, no
es
difícil comprender cómo nació la idea de las piedras que
viven.) Kotuko sintió que la
sangre
le latía en las orejas, cosa que había sentido durante
todo el día, y creyó que esto
era
la tornaq de la piedra, que le hablaba. Antes de llegar a su
casa, ya estaba
convencido
de que había tenido con aquélla una larga conversación, y
como toda su
gente
creía que esto era muy posible, nadie lo contradijo.
-Me
dijo: "Me lanzo, me lanzo desde el lugar que ocupo en
la nieve" -repetía Kotuko
con
los ojos hundidos e inclinándose hacia adelante en la mal
alumbrada choza-. Dijo:
"Seré
tu guía; te guiaré a los mejores agujeros de focas."
Mañana salgo de caza, y la
tornaq
me guiará.
Luego
vino el angekok, el hechicero de la aldea, y Kotuko se lo
refirió todo por segunda
vez.
No perdió ni una tilde al ser repetido.
-Sigue
a los tornait (los espíritus de las piedras), y ellos nos
darán de nuevo comida -dijo
el angekok.
Ahora
bien: la muchacha procedente del Norte había estado echada
cerca de la lámpara
durante
días enteros, comiendo poco y hablando menos; pero cuando
Amoraq y Kadlu,
a
la siguiente mañana, empezaron a cargar y a atar un pequeño
trineo de mano para
Kotuko,
y lo cargaron con todos los útiles de caza y con cuanta
grasa y carne de foca helada
fue posible, ella cogió la cuerda con que se arrastraba el
vehículo y se colocó
valientemente
al lado del muchacho.
-Vuestra
casa es la mía -dijo mientras el trineo chirriaba y saltaba
tras ellos en la terrible
noche
ártica.
-Mi
casa es tu casa -respondió Kotuko-; pero creo que ahora nos
dirigiremos ambos a
Sedna.
Ahora
bien, Sedna es la señora del mundo inferior, y todo ínuit
cree que toda persona
que
muere debe pasar un año en el horrible país de aquélla
antes de ir a Quadliparmiut,
el
"lugar de la felicidad", en donde nunca hiela y
donde gordos renos se acercan a uno
en
cuanto se les llama.
Allá
en la aldea la gente gritaba:
-Los
tornait han hablado a Kotuko. Enseñaránle el hielo
libre... Regresará trayéndonos
focas...
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