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El
Libro de las Tierras Vírgenes
(Continuación)
Pronto
sus voces se perdieron en la fría y vacía oscuridad, y
Kotuko y la niña se
acercaban,
hombro con hombro, al tirar de la cuerda o al empujar el
trineo por el hielo
en
dirección al Mar Polar. Kotuko insistía en que la tornaq
de piedra le había dicho que
fuera
hacia el Norte, y hacia el Norte se dirigieron bajo la
constelación de Tuktuqdjung,
el
Reno, o sea, la que nosotros llamamos Osa Mayor.
Ningún
europeo hubiera sido capaz de caminar más de media legua
cada día sobre
pequeños
trozos de hielo y sobre aristas afiladas; pero aquella
pareja conocía con toda
exactitud
el movimiento de la muñeca que obliga a un trineo a dar
vuelta en torno de
una
aglomeración de hielo; y el exacto y repentino tirón que
lo levanta casi sobre una
quebradura
de la superficie; la cantidad de esfuerzo con que, con pocos
y mesurados
arponazos,
se abre un camino cuando toda esperanza de hallar uno parece
ya perdida.
La
muchacha no solo callaba, sino que agachaba la cabeza, y la
orla de piel de
volverena
que adornaba su capucha de armiño, le caía sobre su cara
ancha y oscura. El
cielo,
sobre sus cabezas, era de un negro intenso de terciopelo, y
se tornaba, en el
horizonte,
en tiras de color rojo, y las grandes estrellas brillaban
como si fueran faroles.
Por
las profundidades del alto cielo se deslizaba de cuando en
cuando una oleada de luz
verdosa
de la aurora boreal, ondeaba como una bandera y luego
desaparecía; o bien
estallaba
algún meteoro, hundiéndose de tiniebla en tiniebla y
apareciendo detrás de él
una
lluvia de chispas. Entonces podían ver la ondulada
superficie de los flotantes hielos
del
mar con ribetes y adornos de raros colores: rojos, cobrizos
y azulados; pero a la luz
ordinaria
de las estrellas todo se veía de un color gris mortecino.
Los hielos flotantes,
como
recordaréis, habían sido sacudidos y aglomerados por los
vientos de otoño, por lo
que
parecía que había pasado por allí un temblor de tierra,
habiéndose helado después
todo.
Podían
verse canales, barrancos y agujeros, semejantes a cascajares
abiertos en el hielo;
pedazos
de éste que habían permanecido en la primitiva superficie
total; otros negros,
parecidos
a pústulas, que habían sido arrojados bajo los hielos
flotantes por algún
vendaval
y vueltos después a levantar; piñas de hielo redondeadas;
crestas como dientes
de
sierra, que la nieve, que va volando delante del viento, había
hecho; y verdaderos
pozos
de paredes hundidas en los cuales, en una extensión de por
lo menos una hectárea
o
hectárea y media, el nivel del suelo era mucho más bajo
que en el resto del terreno.
Desde
cierta distancia hubiéranse podido tomar por focas o morsas
los pedazos de hielo,
o
por trineos puestos boca abajo, o por hombres en expedición
de caza, o incluso por el
mismísimo
gran fantasma blanco del oso de diez patas; pero, a pesar de
todas esas
formas
fantásticas, que parecían a punto de cobrar vida, no se
escuchaba ningún ruido,
ni
siquiera el más pequeño eco de algún rumor. Y al través
de ese silencio y esa soledad,
donde
repentinas luces se encendían y se apagaban nuevamente, el
trineo y quienes lo empujaban
se arrastraban como visiones de pesadilla, una pesadilla
sobre el fin del
mundo,
en el fin del mundo.
Cuando
se sentían cansados, Kotuko construía lo que los cazadores
llaman "media
casa",
una pequeñísima choza de nieve, en la cual se metían muy
apretados uno contra
el
otro, con la lámpara de viaje, y trataban de deshelar la
carne de foca que llevaban.
Una
vez que habían dormido, empezaba la marcha de nuevo, unas
siete leguas diarias y
no
acercarse al Norte más que dos leguas y media. La muchacha
iba siempre silenciosa,
pero
Kotuko hablaba para sí mismo algunas veces y rompía a
cantar canciones que
había
aprendido en la casa del canto (canciones sobre el verano,
sobre los renos y el
salmón),
todas ellas horriblemente fuera de lugar en aquella estación.
Decía que había
oído
a la tornaq hablándole de mal humor, y corría furioso
contra un montón de hielo,
retorciéndose
los brazos y hablando a gritos y en tono amenazador. A decir
verdad,
Kotuko
estaba casi loco en aquel tiempo; pero la muchacha estaba
segura de que su
espíritu
guardián lo había estado guiando y que todo terminaría
bien. Por tanto, no se
sorprendió
cuando al final de la cuarta jornada, Kotuko, cuyos ojos
brillaban como
bolas
de fuego, le dijo que su tornaq los seguía al través de la
nieve bajo la forma de un
perro
de dos cabezas. La muchacha miró hacia donde señalaba
Kotuko, y le pareció que
algo
se deslizaba hacia un barranco. No era ciertamente una cosa
humana, pero todo el
mundo
sabe que el tornait prefiere aparecerse en la de un oso o de
una foca o de otros
animales.
Podía
ser también el mismo fanasma blanco del oso de las diez
patas, o cualquiera otra
cosa,
porque Kotuko y la muchacha estaban tan hambrientos que ya
no podían tener fe
en
lo que creían ver. Nada habían logrado cazar con trampas,
y no habían visto ningún
rastro
de caza desde que salieron de la aldea; su comida apenas si
les duraría una
semana
más, y una nueva borrasca se les venía encima. Una
tempestad polar puede
durar
diez días sin interrupción, y es segura la muerte en este
tiempo para quien esté
fuera
de su casa. Kotuko construyó una casa de nieve de tamaño
suficiente para
contener
el trineo de mano (nunca debe uno separarse de su comida), y
mientras le daba
forma
al último bloque irregular que forma la clave de la bóveda,
vio algo que lo estaba
mirando
desde un montón de hielo, a unos ochocientos metros de
distancia. El aire era
brumoso,
y aquella cosa parecía tener unos cuarenta pies de largo
por diez de alto y
además
una cola de veinte pies de largo, y una forma de contornos
indefinidos,
temblorosos.
La muchacha vio aquello también, pero en vez de gritar
aterrorizada, dijo
calmadamente:
-Eso
es Quíquern. ¿Que ocurrirá luego?
-Me
hablará -respondió Kotuko.
El
cuchillo con que cortaba el hielo tembló en su mano
mientras hablaba, porque, por
mucho
que un hornbre crea tener amistad con feos y raros espíritus,
pocas veces quiere
que
sus palabras parezcan resultar verdad. Quíquern es, también,
el fantasma de un
perro
gigantesco, sin dientes ni pelo, que se supone vive en el
lejano Norte, y que vaga
por
aquel país inmediatamente antes de que algo acontezca. Y éstas
pueden ser cosas
agradables
o desagradables; pero ni a los hechiceros les gusta hablar
de Quíquern. Él es
el
que enloquece a los perros. Como el oso fantasma, tiene
muchas patas (seis u ocho
pares),
y aquella cosa fantástica que se movía en la neblina, tenía
más patas de las que
necesita
cualquier perro vivo. Kotuko y la muchacha se refugiaron rápidamente
en la
choza
apretándose el uno contra el otro. Por supuesto, si Quíquern
los hubiera
necesitado,
hubiera hecho que el techo se hundiera sobre sus cabezas;
pero era para
ellos
un consuelo saber que entre ellos y la malvada oscuridad se
interponía un muro de
nieve
de un palmo y medio de grueso.
La
tempestad estalló con el ruido estridente del viento,
parecido al de un tren, y durante
tres
días y tres noches continuó sin variar ni un momento, sin
atenuarse ni durante un
minuto.
La pareja mantenía la lámpara encendida, sostenida en sus
rodillas, y masticaba
tibios
pedacitos de carne de foca, mirando cómo se acumulaba el
negro hollín en el
techo
durante setenta y dos largas horas. La muchacha hizo el
recuento de la comida que
tenían
todavía en el trineo: no había sino para dos días más.
Kotuko examinó las puntas
de
hierro y las ataduras de su arpón, hechas de tendones de
reno, y las de su lanza
especial
para focas, y las de su dardo para cazar pájaros. No había
otra cosa que hacer.
-Pronto
iremos a Sedna. . . muy pronto -murmuró la muchacha-. En
tres días más, no
nos
quedará sino echarnos. . . y partir. ¿No hará nada por
nosotros tu tornaq? Cántale
una
canción de angekok para hacerla venir.
Empezó
el muchacho a cantar en el tono alto de aullido de las
canciones mágicas, y la
tormenta
empezó a ceder despacio; a la mitad de la canción la
muchacha se estremeció,
y
luego colocó, primero su mano cubierta con el mitón y
luego la cabeza, sobre el hielo
que
formaba el piso de la choza. Kotuko siguió su ejemplo, y
ambos se arrodillaron,
mirándose
a los ojos y escuchando tensamente. Arrancó él una delgada
tira de ballena
de
un lazo para cazar pájaros, que tenía en el trineo, y,
enderezándola, la puso en un
agujerito
que hizo en el hielo, afirmándola con su mitón. Quedó
casi tan delicadamente
ajustada
como la aguja de una brújula, y entonces, en vez de
escuchar, miraron
atentamente.
La delgada varilla tembló un poco, de una manera casi
imperceptible;
después
vibró más firmemente durante algunos segundos... se
detuvo... y vibró de nuevo
señalando
en esta ocasión hacia otro punto de aquella especie de brújula.
-¡Demasiado
pronto! -dijo Kotuko-. Una gran porción de hielo flotante
se ha
resquebrajado,
lejos, allá afuera.
La
muchacha señaló la varilla y sacudió la cabeza.
-Se
quiebra todo -dijo-. Escucha el ruido en el suelo. Suenan
golpes.
Al
arrodillarse en esta ocasión, escucharon los más curiosos
y sordos rumores, como un
golpetear
que resonara bajo sus pies. Algunas veces parecía que algún
cachorrillo
chillaba
colocado sobre la luz de la lámpara; otras, que alguien
quebrantaba una piedra
sobre
el duro hielo; y otras, que tocaban en un tambor tapado con
algo. Y todo esto
sonaba
en tonos muy prolongados y disminuidos, como si vibraran,
pasando al través de
un
pequeño cuerno, durante una larga y fatigosa distancia.
-No
iremos a Sedna echados dijo Kotuko-. Es el gran deshielo. La
tornaq nos ha
engañado.
Moriremos.
Todo
esto puede parecer muy absurdo, pero ambos se encaraban a un
peligro muy real.
Los
tres días de viento habían barrido hacia el Sur el agua de
la bahía de Baffin,
amontonándola
contra el extremo de la gran extensión de hielo que iba
desde la isla
Bylot
hacia el Oeste. Además, la fuerte corriente que va hacia el
Este desde el estrecho
de
Lancáster llevaba durante algunas millas lo que llaman
hielo en pacas (hielo tosco y
áspero
que aún no se ha convertido en superficie llana), y estas
pacas caían como
bombas
sobre la masa de hielos flotantes, al mismo tiempo que el
flujo y el reflujo del
tormentoso
mar la minaba y la hacía cada vez más débil, Lo que
Kotuko y la muchacha
habían
oído, eran los débiles ecos de aquella lucha que ocurría
a ocho o diez leguas de
distancia,
y la reveladora varilla vibraba al choque del continuo
batallar.
Ahora
bien, como dicen los ínuit, cuando el hielo se despierta de
su largo sueño de
invierno,
no puede saberse lo que ocurrirá, porque, aunque sólido,
cambia de forma casi
tan
rápidamente como una nube. El vendaval era, sin duda, un
vendaval de primavera
que
había venido fuera de tiempo, y cualquier cosa era posible.
Sin
embargo, la pareja se sentía algo más animada que antes.
Si el hielo se hundiera, ya
no
habría más esperar ni más sufrimiento. Los espíritus,
los duendes y los demás habitantes
del mundo de los encantamientos, andaban sueltos por el
movedizo conjunto,
y
podría ocurrirles entrar en el mundo de Sedna junto con
toda clase de seres
extraordinarios
llenos aún de loca exaltación. Cuando abandonaron la choza
después de
la
tormenta, el ruido en el horizonte crecía más y más, y la
dura masa de hielo gemía y
zumbaba
en derredor de ellos.
-Todavía
está esperando -dijo Kotuko.
En
la cima de un gran montón de hielo estaba sentada o
acurrucada aquella cosa de ocho
patas
que habían visto tres días antes. . . y aullaba
horriblemente.
-Sigámoslo
-dijo la muchacha-. Quizá conozca algún camino que nos
conduzca a Sedna.
Pero
sintió que desfallecía cuando cogió la cuerda del trineo.
La
"cosa" se movía despacio y torpemente por encima
de los picos de hielo,
dirigiéndose
siempre al Oeste y hacia tierra, y ellos siguieron también
el mismo camino,
en
tanto que se acercaba cada vez más el ruido atronador que
se oía en el borde de la
gran
masa de hielo flotante allá en el mar. La masa de hielo
estaba ya rajada en todos
sentidos
en el espacio de una legua en dirección a la tierra, y
capas de tres metros de
grueso,
que ora medían unos pocos metros cuadrados, o bien unas
ocho hectáreas,
saltaban,
se hundían y chocaban unas contra otras; o, con la porción
de la masa total que
aún
no estaba rota, al ser cogidas y sacudidas por el oleaje
revuelto que se agitaba entre
ellas.
Este ariete de hielo era, por decirlo así, la avanzada del
ejército que el mar lanzaba
contra
sus mismos hielos flotantes. El incesante quebrarse y chocar
de los pedazos
ahogaba
casi el chillido de la especie de láminas arrojadas enteras
bajo la gran masa,
como
baraja que se esconde a toda prisa bajo el tapete de la
mesa. Donde el agua era
poco
profunda, estas láminas se amontonaban las unas sobre las
otras hasta que las
inferiores
tocaban el fango a quince metros de profundidad, y el mar
descolorido hacía
de
dique tras el sucio hielo hasta que la presión creciente
arrojaba todo de nuevo hacia
adelante.
Además de los hielos flotantes y de las pacas de hielo, el
vendaval y las
corrientes
hacían descender verdaderos aludes, especie de montañas
movibles
arrancadas
de las costas de Groenlandia o de la playa septentrional de
la bahía de
Melville.
Llegaban pesadas y solemnes, rompiéndose las olas en blanca
espuma en
torno
suyo, y avanzaban en dirección a la gran masa como una
antigua flota que
navegase
a toda vela. Tal o cual alud que parecía presto para
llevarse por delante al
mundo
entero, fondeaba como sin fuerzas en el agua profunda,
empezaba a dar vueltas,
y
terminaba revolcándose en la espuma y en el fango, envuelto
en nubes de voladoras y
heladas
chispas, en tanto que otro mucho menor y más bajo rajaba la
aplastada masa y
se
metía en ella, arrojando a los lados toneladas de hielo y
abriendo una vía de más de
ochocientos
metros antes de que se detuviera. Caían unas como espadas,
que cortaban
canales
de sinuosos bordes; otros se rompían en una lluvia de
pedazos que pesaban
docenas
de toneladas cada uno y se arremolinaban estruendosamente.
Otros, por último,
se
elevaban enteros fuera del agua, y al juntarse se retorcían
como atormentados por el
sufrimiento
y caían pesadamente sobre uno de sus lados, mientras el mar
pasaba sobre
ellos.
Toda esta labor de prensar, amontonar, doblar y retorcer el
hielo en todas las
formas
posibles, se verificaba a tanta distancia como la vista podía
alcanzar a lo largo de
la
línea septentrional de la masa flotante. Desde donde se
hallaban Kotuko y la
muchacha,
aquella confusión no parecía sino un movimiento de
ondulación y de arrastre
que
ocurría allá en el horizonte; pero a cada momento se
acercaba a ellos, y podían oír
allá
lejos, hacia el lado de la tierra, como un fuerte bramido
comparable a estruendo de
artillería
que resonaba al través de la niebla. Esto indicaba que la
gran mole de hielo
flotante
que había sobre el mar era empujada contra los férreos
acantilados de la costa
de
la isla de Bylot, la tierra que se hallaba hacia el Sur, a
sus espaldas.
-Esto
no se ha visto nunca -dijo Kotuko mirando con aire
estupefacto. No es la época en
que
ocurre. ¿Cómo es que el hielo se quiebra ahora?
-Sigue
aquello -gritó la muchacha señalando a la fantástica
aparición que, medio
cojeando
y medio corriendo se alejaba locamente de ellos. La
siguieron, tirando con
toda
su fuerza del trineo, oyendo cada vez más cerca el ruidoso
avance del hielo. Se
rajaron
finalmente los llanos que se extendían en torno suyo en
todas direcciones, y las
hendeduras
se abrían con chasquidos semejantes al castañeteo de los
dientes del lobo.
Pero
en donde se apoyaba la cosa fantástica, una especie de
baluarte de unos quince
metros
de altura, no se notaba ningún movimiento. Kotuko saltó
hacia adelante
impetuosamente,
llevando tras sí a su compañera y subió hasta el pie del
baluarte. La
voz
del hielo crecía y crecía en torno suyo, pero aquella
fortaleza permanecía firme, y,
como
la muchacha mirara a su compañero, éste levantó el codo
derecho apartándolo al
mismo
tiempo del cuerpo, haciendo la señal que usa el ínuit para
indicar que ha visto
tierra
y que ésta tiene forma de isla. Y ciertamente a tierra los
había llevado aquella
fantástica
aparición de ocho patas que andaba cojeando: hacia un
islote de base granítica
y
de arenosa playa, cubierto, enfundado y como enmascarado por
el hielo, hasta tal
punto,
que no había hombre capaz de distinguirlo entre la helada y
enorme mole que
flotaba
sobre el mar; pero por debajo era tierra sólida y no hielo
movible. Cuando se
rompían
y rebotaban los pedazos flotantes al chocar con el islote,
marcaba las orillas de
éste,
y arrancaba de él un protector banco de arena en dirección
al Norte, desviando así
la
acometida de los más pesados bloques de hielo, ni más ni
menos que como la reja de
arado
aparta los trozos de marga. Existía el peligro, por
supuesto, de que alguna gran
extensión
de hielo, por alguna tremenda presión, remontara la playa e
hiciera
desaparecer
completamente la parte alta del islote; pero tal idea no les
preocupó ni a
Kotuko
ni a la muchacha mientras construían su casa de nieve y
empezaban a comer,
oyendo
cómo las moles congeladas golpeaban en la playa y rodaban
por ella. La cosa
fantástica
había desaparecido, y Kotuko hablaba excitado de su poder
sobre los espíritus
en
tanto que se acurrucaba junto a la lámpara. En medio de sus
insensatas afirmaciones,
la
muchacha empezó a reír balanceando el cuerpo hacia
adelante y hacia atrás.
A
sus espaldas, avanzando cautelosamente dentro de la choza,
se veían dos cabezas, una
amarilla
y la otra negra, que pertenecían a los dos más
avergonzados y tristes perros que
jamás
se hayan visto. Uno era Kotuko, el perro, y el otro, el que
había dirigido el trineo.
Ambos
estaban ahora gordos, de buen aspecto, y completamente
curados de su locura;
pero
iban unidos el uno al otro de la manera más extraña.
Recordaréis que cuando huyó
el
perro negro, llevaba colgando los arreos. Debió encontrarse
con Kotuko, el perro, y
jugar
o pelear con él, porque el lazo que le pasaba por las
espaldillas se enganchó en los
alambres
de cuero retorcido que llevaba Kotuko en su collar, y se habían
enredado de tal
modo
y tan fuertemente, que ninguno de los dos pudo coger la
correa con los dientes
para
separarla, siendo así cada uno atraído por su vecino.
Esto, junto con la libertad de
cazar
por su cuenta, les ayudó a curarse de su locura. Estaban ya
en su sano juicio.
La
muchacha empujó a los avergonzados animales hacia Kotuko, y
muerta de risa,
gritó:
-Aquí
tienes a Quíquern, que nos llevó a tierra firme. Mira las
ocho patas y las dos
cabezas.
Kotuko
los dejó en libertad, cortando la correa, y ambos se
echaron en sus brazos,
ambos
al mismo tiempo, tratando de explicarle cómo habían
recobrado la razón. Kotuko
palpó
los costados de los animales y vio que los tenían bien
llenos y el pelo reluciente.
-Encontraron
comida -dijo, sonriendo-. Cneo que siempre no iremos a Sedna
tan pronto.
Mi
tornaq los envió. Se han curado de su enfermedad.
En
cuanto hubieron acariciado a Kotuko, los dos animales, que
se habían visto
obligados
a dormir y comer y cazar juntos durante las últimas
semanas, se lanzaron el
uno
contra el otro, y hubo una gran batalla en la casa de nieve.
-Los
perros no se pelean cuando tienen hambre -dijo Kotuko-.
Encontraron alguna foca.
Durmamos
ahora. Encontraremos comida.
Cuando
despertaron, el agua del mar había quedado ya libre en la
playa septentrional
del
islote, y todo el hielo suelto había sido lanzado hacia la
tierra. Para un ínuit siempre
son
encantadores los primeros rumores de la marea alta, ya que
le advierten que se
acerca
la primavera. Kotuko y la muchacha se tomaron de las manos y
sonrieron,
porque
el ruido claro y fuerte que producía el mar entre el hielo
les recordaba el tiempo
de
la pesca del salmón, de la caza del reno, y el olor de los
sauces rastreros cuando están
en
flor. Mientras miraban, el mar empezó a espesarse, casi
congelado, entre los flotantes
témpanos
del hielo: tan intenso era el frío. Pero en el horizonte veíase
una ancha y roja
claridad
que era la luz del hundido sol. Era aquello como un bostezo
en mitad del sueño,
más
que un verdadero despertar para levantarse, y sólo duró
unos minutos la claridad,
pero,
con todo, marcaba la mejor estación del año. Nada,
pensaron, podía cambiar ese
curso
de las cosas.
Kotuko
encontró a los perros peleándose sobre el cuerpo de una
foca recién muerta, la
cual
había seguido a los peces que una tormenta hace siempre
cambiar de lugar. Fue la
primera
de unas veinte o treinta que llegaron a la isla en el
transcurso del día, y hasta
que
el mar se heló fuertemente fueron por centenares las vivas
cabezas negras que se
vieron,
disfrutando del agua libre, poco profunda, y flotando entre
los témpanos de
hielo.
Era
un gusto poder comer de nuevo hígado de foca; llenar las lámparas
de grasa sin
miedo
de que escaseara, y ver cómo la llama se elevaba a un metro
de altura; pero tan
pronto
como apareció el hielo nuevo en el mar, Kotuko y su compañera
cargaron el
trineo
de mano e hicieron tirar de él a los dos perros como nunca
en la vida habían
tirado,
porque temían lo que hubiera podido ocurrir en la aldea. El
tiempo seguía tan
implacable
como de costumbre, pero es mucho más fácil arrastrar un
trineo cargado de
víveres
que cazar muriéndose de hambre. Dejaron los cuerpos de
veinticinco focas
enterrados
en el hielo de la playa y listos para ser aprovechados, y
luego se apresuraron
a
regresar con los suyos. Los perros les enseñaron el camino
tan pronto como
comprendieron
lo que Kotuko deseaba que hicieran, y, aunque no había
ninguna señal
de
la ruta que debían seguir, en dos días se hallaban ya
dando voces en la misma entrada
de
la casa de Kadlu. Sólo tres perros les contestaron; los
otros habían sido comidos y las
casas
estaban sumidas en la oscuridad. Pero cuando Kotuko gritó:
"¡Ojo!" (que quiere
decir
"carne hervida"), le respondieron unas cuantas
voces débiles, y cuando llamó a los
habitantes
de la aldea por sus nombres y con voz muy clara, no hubo
nadie que faltase.
Una
hora después brillaban las lámparas en casa de Kadlu; el
agua de nieve derretida se
calentaba
al fuego; hervían los botes de hojalata, y el hielo goteaba
desde el techo, en
tanto
que Amoraq cocinaba comida para toda la aldea. El chiquitín,
metido en su
capucha
de pieles, mascaba un pedazo de grasa que tenía sabor de
nueces, y los
cazadores
se atiborraban metódica y pausadamente de carne de foca.
Kotuko y la
muchacha
narraron sus aventuras. Los dos perros se sentaron entre
ellos, y cada vez que
oían
pronunciar su nombre en el relato, paraban una oreja y parecían
tan avergonzados
de
sí mismos cuanto pensarse pueda. El perro que haya
enloquecido una vez y que luego
se
haya curado, dicen los ínuit, queda curado para siempre.
-Así
pues, la tornaq no se olvidó de nosotros -dijo Kotuko-.
Sopló la tempestad, se
rompió
el hielo y las focas llegaron tras los peces asustados por
el temporal. Ahora los
nuevos
agujeros que las focas han hecho, están de aquí a dos días
de distancia. Que los buenos
cazadores vayan mañana y traigan las focas que he matado:
veinticinco, y están
enterradas
en el hielo. Cuando las hayamos comido, iremos todos a cazar
a las otras.
-Y
ustedes, ¿qué harán ahora? -preguntó el hechicero a
Kadlu, en el tono que usaba para
hablar
con él, porque era el más rico de los tununírmiut.
Kadlu
miró a la muchacha, a la hija del Norte, y dijo
calmosamente:
-Nosotros
vamos a construir una casa.
Y
señaló hacia el noroeste de la casa de Kadlu, porque en
ese lado es donde suelen vivir
el
hijo o la hija casados.
La
muchacha levantó sus brazos con las palmas de las manos
vueltas hacia arriba, y
sacudió
la cabeza, incrédulamente. Era una extranjera, dijo, a la
que habían recogido
hambrienta
y nada podía traer a la casa como dote.
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El Libro de las Tierras Vírgenes | Cuentos de la India

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