Ir al inicio de BibliotecasVirtuales.com

XX - Era Darzee...

El Libro de las Tierras Vírgenes (Continuación)   

Era Darzee una personita de tan escaso seso, que nunca pudo tener en la cabeza dos ideas al mismo tiempo; y precisamente porque sabía que los pequeñuelos de Nagaina nacían de huevos, como los suyos, no creyó al principio que estuviera bien eso de matarlos. Pero su esposa era un pájaro discreto y sabía que los huevos de cobra significan cobras pequeñas para dentro de algún tiempo; por tanto, saltó del nido y dejó que Darzee cuidara de mantener en calor a los chiquillos y que continuara cantando acerca de la muerte de Nag. Darzee se parecía mucho a un hombre en algunas cosas.

La hembra empezó a revolotear delante de Nagaina en el estercolero, gritando:

-¡Ay! ¡Tengo una ala rota! El niño que vive en la casa me tiró una piedra y me la partió.

-Y se puso a aletear más desesperadamente que nunca.

Levantó la cabeza Nagaina y silbé:

-Tú le advertiste a Rikki-tikki el peligro que corría cuando yo pude haberla matado. La verdad, escogiste muy mal sitio para venir a cojear.

Y se dirigió hacia la esposa de Darzee, deslizándose por encima del polvo.

-¡El niño me la rompió de una pedrada! -chilló aquélla.

-¡Bueno! Que te sirva de consuelo, cuando estés muerta, saber que después le arreglaré las cuentas al muchacho. Mi marido yace en el estercolero esta mañana, pero antes de que caiga la noche, el niño también yacerá en completo reposo. ¿De qué te sirve huir?

Estoy segura de cogerte. ¡Tonta, mírame!

La esposa de Darzee era demamiado lista para hacer eso, pues el pájaro que fija los ojos en los de una serpiente se asusta tanto, que no puede ya moverse. La compañera de Darzee siguió revoloteando y piando dolorosamente, sin apartarse nunca del suelo, y Nagaina apresuraba cada vez más el paso.

Los oyó Rikki-tikki seguir el caminillo que iba del establo a la casa, y se fue entonces rápidamente hacia la parte del melonar más cerca de la pared. Allí, en tibia paja, entre los melones, ocultos muy hábilmente, encontró veinticinco huevos, de tamaño aproximado a los de una gallina de Bantam, pero cubiertos de una piel blanquecina en vez de cáscara.

-Llegué muy a tiempo -dijo, porque al través de la piel pudo ver a las cobras pequeñas enroscadas, y sabía que al momento mismo de nacer, podían cada una de ellas matar a un hombre o a una mangosta. Mordió el extremo de los huevos tan rápidamente como pudo, cuidando de aplastar a las cobras, y revolvió de cuando en cuando la yacija para ver si había quedado sin romper algún huevo. Al fin quedaron sólo tres, y Rikki-tikki empezaba a congratularse, cuando oyó a la esposa de Darzee que gritaba:

-Rikki-tikki, he llevado a Nagama hacia la casa, y se metió en la galería, y ahora. . . ¡oh!, ¡corre!... ¡Matará a alguien!

Rikki-tikki aplastó dos huevos y saltó del melonar con el tercero en la boca, corriendo en dirección de la galería tan aprisa como pudieron sus patas. Teddy y sus padres se hallaban allí, dispuestos a desayunar pero Rikki-tikki vio que no comían. Estaban quietos como si fueran de piedra y sus rostros estaban blancos. Nagaina, enroscada en forma de espiral sobre la estera que estaba cerca de la silla de Teddy, y a distancia conveniente para morder la pierna de éste, se balanceaba, cantando una canción triunfal.

-Hijo del hombre que mató a Nag -silbó-, no te muevas. No estoy preparada todavía.

Espera un poco. Que no se mueva ninguno de vosotros. Al menor movimiento, os salto encima. . . y si no os movéis, también os saltaré. ¡Oh, gente estúpida, que mató a mi Nag!...

Teddy mantenía sus ojos fijos en los de su padre, y todo lo que pudo hacer éste, fue murmurar:

-Estáte quieto, Teddy. No debes moverte. Teddy, mantente quieto.

Llegó entonces Rikki-tikki y gritó:

-¡Vuélvete, Nagaina, vuélvete y pelea conmigo!

-Cada cosa a su tiempo -dijo aquélla sin mover los ojos-. Ya arreglaré cuentas contigo dentro de un momento. Mira a tus amigos, Rikki-tikki; allí están inmóviles y pálidos.

Tienen miedo. No se mueven, y si te acercas un solo paso, los muerdo.

-Échales una ojeada a tus huevos -dijo Rikki-tikki-; allá en el melonar, junto a la pared.

Ve y míralos, Nagaina.

Se volvió a medias la enorme serpiente y vio el huevo sobre el suelo de la galería.

-¡Aaah!. . ¡Dámelo! -dijo.

Rikki-tikki puso sus patas una a cada lado del huevo, y con los ojos inyectados, respondió:

-¿Cuánto me dan por un huevo de serpiente? ¿Por una cobra chiquita? ¿Por una cobra chiquita hija de rey? ¿Por la última, la última en verdad de una nidada? Las hormigas se están comiendo a las demás allá en el melonar.

Se volvió en redondo Nagaina, olvidándose de todo por su último huevo. Rikki-tikki vio que el padre de Teddy extendía su fuerte mano, asió del niño por un hombro, y lo levantó por encima de la mesita y de las tazas de té, poniéndolo a salvo y fuera del alcance de Nagaina.

-¡Te engañé! ¡Te engañé! ¡Te engañé! Rikk-tick-tick -dijo riendo Rikki-. El niño está a salvo, y fui yo, yo, la que cogí ayer noche a Nag por la capucha en el cuarto de baño.

Entonces empezó a dar saltos con las cuatro patas a la vez y la cabeza casi a ras del suelo.

-Me sacudió de acá para allá, pero no logró soltarse de mí. Ya estaba muerta cuando vino el hombre grueso a partirla en dos pedazos. Yo lo hice. ¡Rikki-tikki-tick-tick! Ven, pues, Nagaina. Ven y lucha conmigo. No durarás viuda mucho tiempo.

Nagaina vio que había perdido la oportunidad de matar a Teddy, y el huevo continuaba entre las patas de Rikki-tikki.

-Dame el huevo, Rikki-tikki; dame el último que queda de mis huevos, y me ire y nunca regresaré.

-Al decir esto, bajaba la capucha.

-Sí, te irás y nunca regresarás, porque te reunirás en el estercolero con Nag. ¡Pelea, viuda! El hombre grueso fue por su escopeta. ¡Pelea!

Rikki-tikki saltaba en derredor de Nagaina, manteniéndose exactamente fuera del alcance de sus embites, reluciéndole los ojillos como dos ascuas. Nagaina se replegó sobre sí misma y se lanzó contra ella. Rikki-tikki saltó hacia arriba y hacia atrás. La serpiente atacó una y otra vez, y su cabeza daba con sordo ruido contra la estera de la galería, enroscándose luego el cuerpo como la espiral de un reloj. Entonces saltó Rikki-tikki describiendo círculos para colocarse detrás de Nagaina, y ésta giraba en redondo para que su cabeza y la de su enemiga estuvieran siempre frente a frente, y el ruido que producía su cola sobre la estera era como el de las hojas secas que el viento arrastra.

Ya había olvidado el huevo. Allí estaba sobre el suelo de la galería, y Nagaina fue acercándose más y más a él, hasta que al fin, mientras que Rikki-tikki se detenía para tomar aliento, lo cogió en la boca, volvióse hacia los escalones de la galería y se lanzó como una flecha al estrecho caminillo, perseguida por Rikki-tikki. Cuando una cobra huye para salvar la vida, parece la punta de un látigo revoloteando sobre el cuello de un caballo.

Rikki-tikki sabía que debía cogerla, porque de lo contrario todo habría sido inútil y tendría que volver a empezar. La serpiente se dirigió en línea recta hacia la hierba alta que crecía junto al espino, y al pasar corriendo oyó Rikki-tikki que Darzee entonaba todavía su estúpido himno triunfal. Pero la esposa de Darzee era más lista. Se arrojó del nido en el preciso momento en que pasaba Nagaina, y empezó a revolotear sobre la cabeza de la serpiente. Si Darzee hubiera ayudado, podrían haberla hecho retroceder; pero Nagaina se limitó a bajar su capucha y a seguir adelante. Sin embargo, el momento que perdió al hacer esto le permitió a Rikki-tikki acercarse más, y cuando la serpiente se metió en la madriguera donde ella y Nag solían vivir, los blancos dientes de Rikki se clavaron en la cola de Nagaina, y ambas entraron juntas en la madriguera... y ninguna mangosta, por vieja y lista que sea, se atrevería a hacer esto. En el agujero había completa oscuridad, y Rikki-tikki no sabía si se ensancharía de pronto dándole a Nagaina el espacio necesario para revolverse y morderla. Aguantó firmemente y clavó las patas en el suelo a guisa de frenos en la oscura pendiente de aquella tibia y húmeda tierra.

Luego, la hierba que estaba a la entrada del agujero dejó ya de moverse, y Darzee dijo:

-Todo terminó para Rikki-tikki. Entonemos un himno a su muerte. ¡La valiente Rikki-tikki ha muerto! Seguramente Nagaina la matará allá, bajo tierra.

Púsose, pues, a entonar una fúnebre melodía improvisada, inspirada por el momento aquel, y exactamente cuando llegaba a la parte más patética, se movió de nuevo la hierba, y Rikki-tikki, cubierta de polvo, se arrastró despacio fuera del agujero, relamiéndose los bigotes. Darzee enmudeció en seguida, dando un grito. Rikki-tikki se sacudió un poco el polvo y estornudó.

-Todo ha terminado -dijo-. Nunca saldrá ya de ahí la viuda.

Y las hormigas rojas que viven en los tallos de la hierba la oyeron, y empezaron a formar largas hileras para ir y ver si era cierto lo que decía.

Rikki-tikki se enroscó sobre la misma hierba y allí mismo se durmió.., y durmió y durmió hasta muy entrada la tarde, porque había tenido un día pesadísimo.

-Ahora dijo cuando al cabo se despertó-, volveré a la casa. Darzee, cuéntale al calderero lo que sucedió, y él le dirá luego a todo el jardín que Nagaina ha muerto.

El "calderero" es un pájaro que produce un ruido del todo parecido al de un martillo que golpetea sobre un caldero de cobre; y la razón de que siempre está haciendo ese ruido, es porque él es el pregonero de todo jardín indio, y le cuenta las noticias a quien quiere oírlas. Al caminar Rikki-tikki por el senderillo que conducía a la casa, oyó las notas de ¡alerta!, como las de un pequeño tantán de los que se usan para anunciar la hora de la comida; y luego, el acompasado ¡din-don-tok! "¡Nagaina ha muerto!... ¡don!" "¡Nagaina ha muerto!... ¡din-don-tok!" Al escuchar esto, cantaron todos los pájaros del jardín y las ranas croaron, porque Nag y Nagaina también comen ranas, lo mismo que pájaros.

Cuando llegó Rikki-tikki a la casa, Teddy, la madre de Teddy (que aún estaba pálida, pues se había desmayado) y el padre de Teddy salieron a recibirla y casi lloraron de agradecimiento. Aquella noche comió Rikki cuanto le dieron hasta no poder más, y luego, llevándola Teddy sobre su hombro, se fue a la cama, y allí la encontró la madre del niño cuando a última hora fue a verlo dormir.

-Salvó nuestras vidas y la de Teddy -le dijo a su marido-. ¡Figúrate! Nos salvó la vida a todos.

Rikki-tikki se despertó sobresaltada, porque las mangostas son de un sueño muy ligero.

-¡Ah! ¡Sois vosotros! ¿Por qué me molestan? Ya murieron todas las cobras; y si alguna queda, aquí estoy yo.

Tenía derecho Rikki-tikki a sentirse orgullosa; pero no se enorgulleció más de lo justo, y conservó el jardín como una mangosta debe conservarlo, defendiéndolo con los dientes, y a saltos, y de todas maneras, hasta que ni una sola cobra se atrevió ya a asomar la cabeza dentro de las paredes del recinto.

CÁNTICO DE DARZEE EN HONOR DE RIKKI-TIKKI-TAVI

Soy un pájaro cantor y tejedor,  
y dobles son las alegrías que conozco:  
orgulloso me siento al cruzar por los aires,  
y orgulloso también de la casita que he tejido.  
Sube y baja al compás de mi música,  
sube y baja mi casita que oscila.  
Levanta la frente, oh madre,  
y entona tu cancioncilla;  
pereció la que era nuestro azote,  
la muerte misma yace muerta en el jardín.  
Yace impotente el Terror que entre rosas vivía,  
sobre el polvo yace y se pudre en el estiércol.  
¿Quién, pregunto, nos libró de ella?  
Decid su nombre y repetidlo:  
Rikki, la valiente, ella ha sido,  
Tikki, la de ojos de ascua.  
Rikki-tikki de dientes marfileños,  
Rikki la cazadora, de mirada encendida.  
Pájaros todos, dadle las gracias  
con vuestras colas extendidas;  
alabadla como el ruiseñor lo haría,  
pero en vez de éste, yo la alabaré.  
¡Escuchad! Yo cantaré su alabanza,  
¡Loor a Rikki, la de ojos de fuego!  
(Aquí, Rikki-tikki interrumpió, y el resto de la canción se ha perdido.)  
Los Servidores de Su Majestad  
Por quebrados podéis resolverlo,  
o también por regla de tres;  
pero el camino de Tweedledum,  
no es el de Tweedledee.  
Torced el problema, revolvedlo,  
plegadlo como gustéis;  
pero el camino de PillyWinky  
no es el mismo que el de WínkiePop.  
Copiosa lluvia había estado cayendo durante un mes entero... Había caído sobre un campamento de treinta mil hombres, millares de camellos, elefantes, caballos, bueyes y mulas, reunidos en un lugar llamado Rawal Pindi, para que el virrey de la India le pasara revista. éste recibía la visita del emir de Afganistán, rey salvaje de un salvajísimo país; el emir había traído, acompañándole, una guardia de ochocientos hombres e igual número de caballos que nunca antes habían visto un campamento o una locomotora; hombres salvajes y caballos salvajes también sacados de algún lugar del corazón de Asia Central. Cada noche, un pelotón de esos caballos rompía las cuerdas que los sujetaban y se lanzaban estrepitosamente de un lado al otro del campamento, entre el barro y la oscuridad; o bien los camellos se desataban y corrían por allí tropezando con las cuerdas que sostenían las tiendas; ya puede imaginarse lo agradable que esto sería para los hombres que intentaban dormir. Mi tienda estaba situada lejos de las filas de
camellos, y por eso pensaba yo encontrarme en sitio seguro. Pero una noche un hombre asomó la cabeza por mi tienda y gritó:

-¡Salga pronto! ¡Allí vienen! ¡Ya derribaron mi tienda!

Ya sabía yo quiénes venían, por tanto, me puse las botas, me eché encima el impermeable y salí corriendo por un lado. Mi perrita foxterrier, Vixen, salió por el otro lado. Al cabo de un momento, se escuchaban bramidos, gruñidos y ruidos guturales como burbujeos, y vi cómo mi tienda se hundía, porque el palo que la sostenía había saltado en pedazos; la tienda empezó a danzar como duende loco. Un camello que había entrado se había enredado en ella, y aunque estaba yo todo mojado y enojado, no pude menos de reírme. Después salí corriendo, porque no sabía cuántos camellos se habían soltado, y poco tiempo después perdí de vista el campamento, y caminaba con dificultad por el barro.

Caí por último sobre la cureña de un cañón, y con esto supe que me encontraba cerca de las líneas de artillería donde las piezas son colocadas por la noche. Como no quería seguir vagando bajo la lluvia y en medio de la oscuridad, coloqué mi impermeable sobre la boca de uno de los cañones, formando así una especie de choza con dos o tres atacadores que encontré, y me tendí sobre la cureña de otro cañón, preguntándome dónde andaría Vixen y dónde me encontraba yo.

Cuando iba a dormirme, escuché un rumor de arreos y algo como un gruñido, y un mulo pasó a mi lado sacudiendo las mojadas orejas. Pertenecía a una batería de cañones atornillables o de montaña, porque podía yo oír el ruido de las correas, anillas, cadenas y demás pegando sobre el basto. Estos cañones son pequeños; se componen de dos piezas que se unen en el momento en que van a usarse. Se llevan con facilidad por las montañas, en cualquier lugar donde los mulos hallen un sendero, y son muy útiles en los países donde abundan las rocas.

Detrás del mulo venía un camello cuyos enormes pies blandos se hundían y resbalaban en el barro, y su cuello se balanceaba hacia acá y hacia allá, como el de una gallina perdida. Por fortuna conocía yo bastante el lenguaje de los animales (no el de los salvajes, por supuesto, sino el de los que se hallan en los campamentos) por haberlo aprendido de los indígenas, y pude saber lo que decía entonces.

Debía ser el mismo camello que entró en mi tienda, porque le gritó al mulo:

-¿Qué haré? ¿A dónde iré? Luché contra una cosa blanca que se movía, y ella cogió un palo y me pegó en el cuello. (Se refería al palo roto de mi tienda, y yo me alegré mucho al oírlo.) ¿Seguiremos corriendo?

-¡Ah! ¡Conque eres tú y tus amigos los que han perturbado al campamento! -dijo el mulo-. ¡Muy bien! Ya te darán una paliza en cuanto amanezca. De todos modos, yo te daré algo a cuenta.

Oí el ruido que hacían los arreos al retroceder el mulo y al soltarle al camello dos coces en las costillas que resonaron como un tambor.

-Otra vez -dijo el mulo, lo pensarás mejor antes de correr por entre una batería, de noche, gritando: ¡a ése! o ¡fuego! Échate y no sigas moviendo ese estúpido cuello tuyo.

Se dobló el camello como suelen hacerlo ellos, como una escuadra, y se echó dando gemidos. Se oyó en la oscuridad un acompasado ruido de cascos, y un gran caballo del ejército se acercó galopando con la misma regularidad que si estuviera en un desfile, saltó por encima de una cureña y se paró junto al mulo.

-¡Es una vergüenza! -dijo, resoplando. ¡De nuevo metieron bulla por nuestras filas esos camellos...! Es la tercera vez en la semana. ¿Cómo mantendrá su buen estado un caballo si no se le permite dormir? ¿Quién anda por allí?

-Soy el mulo que porta la cureña del cañón número dos de la primera batería de montaña -explicó el mulo-, y aquel es uno de vuestros amigos. A mí también me despertó. ¿Quién es usted?

-Número 15, Escuadrón E, del Noveno de Lanceros... Soy el caballo de Dick Cunliffe.

Échate un poco allá; así.

-¡Mil perdones! dijo el mulo. Todavía hay demasiada oscuridad para poder ver bien.

¡Vaya si estos camellos arman una bulla tremenda por nada! Yo me fui de mis líneas para ver si aquí puedo tener algo de paz y tranquilidad.

-Señores míos -dijo el camello humildemente-, tuvimos pesadillas esta noche y nos asustamos mucho. Yo no soy más que uno de los camellos de carga del 39 de la infantería indígena, y no soy tan valiente como ustedes, señores mios.

-Entonces, ¿por qué diablos no te estás quieto en tu sitio y llevas el bagaje del 39 de infantería indígena, en vez de correr por todo el campamento? -rezongó la mula.

-¡Es que las pesadillas fueron tan horribles!. .. -repuso el camello. Siento mucho lo ocurrido. Pero, ¡escuchen! ¿Qué es eso? ¿Echamos a correr de nuevo?

-¡Échate! dijo el mulo. Si no, te romperás esas largas piernas entre los cañones. -Enderezó una oreja y escuchó-. ¡Bueyes! -exclamó-. Los bueyes que arrastran los cañones. ¡Por vida de...! Tú y tus amigos despertaron a todo el campamento. Se requiere mucho alboroto, para hacer que uno de los bueyes de las baterías se levante.

Oí yo una cadena que se arrastraba por el suelo, y llegó uno de los pares de enormes y tercos bueyes blancos que arrastran los pesados cañones de sitio cuando los elefantes ya no se atreven a acercarse más al fuego del enemigo; llegó, y cada uno empujaba el hombro contra el otro. Y casi pisando la cadena venía también un mulo de las baterías, llamando a grandes voces a Billy.

-Es uno de nuestros reclutas -dijo el mulo viejo al caballo. Me llama. ¡Aquí estoy, muchacho, Basta de chillar! La oscuridad nunca hizo daño a nadie.

Los bueyes estaban echados juntos y empezaron a rumiar; pero el mulo joven se puso junto a Billy.

-¡Qué cosas! -dijo-. ¡Espantables y terribles cosas, Billy! Se echaron sobre nuestras filas mientras estábamos durmiendo. ¿Crees que nos matarán?

-¡Me dan ganas de darte una coz de padre y señor mío! -respondió Billy-, ¡A un mulo de tu estampa, tan bien entrenado, deshonrar a la batería ante estos caballeros!.

-¡Poco a poco! -dijo el caballo. Recuerden que así son todos siempre al principio. La primera vez que yo vi a un hombre (esto fue en Australia, cuando yo tenía tres años), corrí durante medio día, y si hubiera visto a un camello, todavía estaría corriendo.

Casi todos los caballos de la caballería inglesa se llevan a la India desde Australia, y los mismos soldados son los que los doman.

-¡Muy cierto! -afirmó Billy-. Ya no tiembles, muchacho. La primera vez que me enjaezaron por completo, con todas las cadenas a mi espalda, me paré en dos pies y rompí todo a coces. No había aprendido aún la verdadera ciencia de cocear, pero todos los de la batería dijeron que nunca habían visto cosa igual.

-Pero no era ruido de arreos ni retintín alguno lo que ahora se oía dijo el mulo joven-.

Ya sabes que esto ya no me importa, Billy. Eran cosas parecidas a árboles, y caían entre las filas con rumores de burbujeos; y mi cabestro se rompió, y no pude hallar al que me cuida, ni te pude hallar a ti, Billy; por tanto me escapé con... con estos caballeros.

-¡Je, je! -eiclamó Billy-. Tan pronto como oí que los camellos se habían soltado, me fui por mi cuenta, muy quietecito. Cuando un mulo de batería... de una batería de cañones de montaña... llama caballeros a los bueyes que arrastran cañones de otra clase, debe estar terriblemente emocionado. ¿Quiénes son ustedes, buena gente, que están allí echados?

Los bueyes dejaron de rumiar por un momento y respondieron a la vez:

-El séptimo par del primer cañón de la batería de los grandes. Estábamos durmiendo cuando llegaron los camellos, pero, cuando sentimos que nos pisoteaban, nos levantamos y unos fuimos. Es mejor tenderse en paz en el barro, que ser molestado sobre un buen lecho. Le dijimos a tu amigo aquí presente que no había por qué asustarse, pero sabe tanto que pensó lo contrario. ¡Bah!

Y continuaron rumiando.

-Eso pasa cuando se tiene miedo. Hasta los bueyes que arrastran los cañones se burlan de ti. Ya puedes estar satisfecho, muchacho.

El muleto rechinó los dientes, y oí algo que decía sobre el poco miedo que le daban todos los cochinos bueyes de este mundo, todos esos montones de carne; pero los bueyes sólo entrechocaron sus cuernos y siguieron rumiando.

-Ahora no te incomodes después de haber tenido miedo; ésa es la peor clase de cobardía dijo el caballo. A cualquiera puede perdonársele que haya sentido miedo por la noche, así lo creo, si ve cosas que le parecen incomprensibles. Nosotros, los cuatrocientos cincuenta que somos, hemos roto una y otra vez y muchas veces las ataduras que nos sujetaban a las estacas, tan sólo porque a algún recluta se le ocurría venir a contarnos cuentos de látigos que se volvían serpientes, allá en Australia, su tierra; y después que los oíamos nos asustaban horriblemente hasta los colgantes cabos de los cabestros.

-Todo está muy bien en el campamento -dijo Billy-. A veces me han dado ganas de salir escapado, por el puro gusto de hacerlo, cuando no he salido a campo abierto durante uno o dos días. Pero, ¿qué hacen ustedes cuando están en servicio activo?

-¡Ah! Eso es harina de otro costal -dijo el caballo-. Entonces Dick Cunliffe cabalga sobre mí y me aprieta las rodillas en los costados, y todo lo que tengo que hacer, es mirar dónde pongo los pies, conservar las patas traseras dobladas bajo el cuerpo y obedecer al freno.

-¡Qué significa obedecer al freno? -preguntó el muleto.

-¿Vaya pregunta! ¡Por los huesos de mi padre!... -relinchó el caballo-. ¿Quieres decir que no te enseñan eso en el oficio que desempeñas? ¿Cómo puedes hacer nada, si no puedes volverte en redondo rápidamente, cuando te aprietan la rienda sobre el cuello?

Para el hombre que te cabalga, es cuestión de vida o muerte, y por supuesto también lo es para ti. Da la vuelta sobre las patas traseras bien recogidas, cuando sientas la rienda sobre tu cuello. Si no tienes suficiente sitio para revolverte, levanta las manos y gira sobre los cuartos traseros. Esto es lo que se llama obedecer al freno.

-A nosotros no se nos enseña así -dijo Billy, el mulo, friamente-. Se nos enseña a obedecer las órdenes del hombre que nos guía: dar un paso hacia acá o hacia allá, como él lo mande. Pero creo que todo es más o menos lo mismo. Pero con toda esa fantasía y tanto empinarse -cosa muy mala para vuestros corvejones-, ¿qué es lo que hacéis en realidad?

-Eso es según las circunstancias -dijo el caballo-. Generalmente tengo que ir entre un montón de hombres desgreñados que gritan y llevan cuchillos, largos y brillantes y peores que los del albéitar, y debo atender a que la bota de Dick toque con precisión la del hombre que va a su lado, pero sin apretarla. Veo la lanza de Dick a la derecha de mi ojo derecho, y entonces sé que no hay de que preocuparse. No quisiera estar en el pellejo del hombre o del caballo que se nos pusiera por delante a Dick y a mí cuando tenemos prisa.

-¿Y no hacen daño los cuchillos? -preguntó el muleto.

-Bueno.., a mí me hirieron una vez en el pecho, pero esto no fue por culpa de Dick.

-¡Qué me importaría a mí de quién era la culpa si me hirieran! -exclamó el muleto.

-Pues debe importarte -prosiguió el caballo. Si no tienes confianza en tu hombre, puedes huir de una vez. Esto es lo que hacen algunos de nuestros caballos, y no los culpo.

Como iba diciendo, no fue culpa de Dick. Había un hombre tendido en el suelo, y yo me alargué cuanto pude para no pisarlo, y entonces él me tiró un tajo. La próxima vez que tenga que pasar sobre un hombre, pisaré sobre él, . . apretando de firme.

-¡Je, je! -dijo Billy-. Todo eso son tonterías. Los cuchillos son siempre una cosa muy fea, Lo bonito es trepar por un monte, bien ensillado, agarrándose fuerte con las cuatro patas y hasta con las orejas, y serpentear, arrastrarse, moverse de todas las maneras posibles, hasta que se llega a varias docenas de metros por encima de cualquiera otro, sobre un reborde del terreno en que sólo hay sitio para poner los cascos. Entonces te paras y te estás quieto -nunca le pidas a un hombre que te tenga del cabestro, muchacho-, te mantienes muy quieto mientras ponen en orden los cañones, y luego miras las bombas, como cachos de adormideras, caer entre las copas de los árboles, allá abajo, muy lejos.

-¿Y nunca tropezáis? -preguntó el caballo.

-Dicen que cuando un mulo dé un paso en falso, se le rasgará la oreja a una gallina -respondió B¡lly-. De cuando en cuando quizás, por culpa de un basto mal puesto, puede caerse un mulo; pero ocurre muy raras veces. Quisiera enseñaros cómo trabajamos. Es algo muy hermoso. ¡Con decir que tardé tres años en adivinar qué querían de nosotros los hombres que nos conducían!.. La ciencia de todo esto consiste en que el cuerpo no destaque contra el cielo, porque, si esto sucediera, serviría uno de blanco. Acuérdate de esto, muchacho. Escóndete siempre todo lo que puedas, aun cuando tengas que desviarte un cuarto de legua de tu camino. Yo soy el que dirijo la batería cuando hay que hacer una de esas ascensiones.

-¡Tirarle a uno sin darle siquiera la posibilidad de arrojarse contra quien le dispara! -dijo el caballo, muy pensativo-. No puedo soportar eso! ¡Me moriría de ganas de atacar, junto con Dick!

-¡Oh! ¡No lo creas! Sabemos que, en cuanto están los cañones en posición, ellos son los que se encargan del ataque. Esto es científico y elegante; pero los cuchillos...¡puf!

Los Hermanos de Mowgli | II - Continuación | III - Continuación | IV - Continuación | V - Continuación | VI - Entre tanto, Tha... | VII - Retrocedamos ahora... | VIII - Muy grande... | IX - Después de leer... | X - Se arrojó Messua... | XI - Cuando se descubrió... | XII - Con su brazo... | XIII - Mowgli apoyó... | XIV - Se alegraron... | XV - Dos años después... | XVI - Mowgli no podía... | XVII - Kotuko siguió ... | XVIII - Pronto sus voces ... | XIX - Saltó Amoraq ... | XX - Era Darzee... | XXI - El camello... | XXII - Lo que voy a narrar... | XXIII - Este encuentro... | XXIV - En agosto nació... | XXV - En la India había... | XXVI - Movió su ...

El Libro de las Tierras Vírgenes | Cuentos de la India


 


 Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato.  
Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (c) 1996 - 2006