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El
Libro de las Tierras Vírgenes
(Continuación)
Era
Darzee una personita de tan escaso seso, que nunca pudo
tener en la cabeza dos
ideas
al mismo tiempo; y precisamente porque sabía que los pequeñuelos
de Nagaina
nacían
de huevos, como los suyos, no creyó al principio que
estuviera bien eso de
matarlos.
Pero su esposa era un pájaro discreto y sabía que los
huevos de cobra
significan
cobras pequeñas para dentro de algún tiempo; por tanto,
saltó del nido y dejó
que
Darzee cuidara de mantener en calor a los chiquillos y que
continuara cantando
acerca
de la muerte de Nag. Darzee se parecía mucho a un hombre en
algunas cosas.
La
hembra empezó a revolotear delante de Nagaina en el
estercolero, gritando:
-¡Ay!
¡Tengo una ala rota! El niño que vive en la casa me tiró
una piedra y me la partió.
-Y
se puso a aletear más desesperadamente que nunca.
Levantó
la cabeza Nagaina y silbé:
-Tú
le advertiste a Rikki-tikki el peligro que corría cuando yo
pude haberla matado. La
verdad,
escogiste muy mal sitio para venir a cojear.
Y
se dirigió hacia la esposa de Darzee, deslizándose por
encima del polvo.
-¡El
niño me la rompió de una pedrada! -chilló aquélla.
-¡Bueno!
Que te sirva de consuelo, cuando estés muerta, saber que
después le arreglaré
las
cuentas al muchacho. Mi marido yace en el estercolero esta
mañana, pero antes de
que
caiga la noche, el niño también yacerá en completo
reposo. ¿De qué te sirve huir?
Estoy
segura de cogerte. ¡Tonta, mírame!
La
esposa de Darzee era demamiado lista para hacer eso, pues el
pájaro que fija los ojos
en
los de una serpiente se asusta tanto, que no puede ya
moverse. La compañera de
Darzee
siguió revoloteando y piando dolorosamente, sin apartarse
nunca del suelo, y
Nagaina
apresuraba cada vez más el paso.
Los
oyó Rikki-tikki seguir el caminillo que iba del establo a
la casa, y se fue entonces
rápidamente
hacia la parte del melonar más cerca de la pared. Allí, en
tibia paja, entre
los
melones, ocultos muy hábilmente, encontró veinticinco
huevos, de tamaño
aproximado
a los de una gallina de Bantam, pero cubiertos de una piel
blanquecina en
vez
de cáscara.
-Llegué
muy a tiempo -dijo, porque al través de la piel pudo ver a
las cobras pequeñas
enroscadas,
y sabía que al momento mismo de nacer, podían cada una de
ellas matar a
un
hombre o a una mangosta. Mordió el extremo de los huevos
tan rápidamente como
pudo,
cuidando de aplastar a las cobras, y revolvió de cuando en
cuando la yacija para
ver
si había quedado sin romper algún huevo. Al fin quedaron sólo
tres, y Rikki-tikki
empezaba
a congratularse, cuando oyó a la esposa de Darzee que
gritaba:
-Rikki-tikki,
he llevado a Nagama hacia la casa, y se metió en la galería,
y ahora. . .
¡oh!,
¡corre!... ¡Matará a alguien!
Rikki-tikki
aplastó dos huevos y saltó del melonar con el tercero en
la boca, corriendo
en
dirección de la galería tan aprisa como pudieron sus
patas. Teddy y sus padres se
hallaban
allí, dispuestos a desayunar pero Rikki-tikki vio que no
comían. Estaban
quietos
como si fueran de piedra y sus rostros estaban blancos.
Nagaina, enroscada en
forma
de espiral sobre la estera que estaba cerca de la silla de
Teddy, y a distancia
conveniente
para morder la pierna de éste, se balanceaba, cantando una
canción triunfal.
-Hijo
del hombre que mató a Nag -silbó-, no te muevas. No estoy
preparada todavía.
Espera
un poco. Que no se mueva ninguno de vosotros. Al menor
movimiento, os salto
encima.
. . y si no os movéis, también os saltaré. ¡Oh, gente
estúpida, que mató a mi
Nag!...
Teddy
mantenía sus ojos fijos en los de su padre, y todo lo que
pudo hacer éste, fue
murmurar:
-Estáte
quieto, Teddy. No debes moverte. Teddy, mantente quieto.
Llegó
entonces Rikki-tikki y gritó:
-¡Vuélvete,
Nagaina, vuélvete y pelea conmigo!
-Cada
cosa a su tiempo -dijo aquélla sin mover los ojos-. Ya
arreglaré cuentas contigo
dentro
de un momento. Mira a tus amigos, Rikki-tikki; allí están
inmóviles y pálidos.
Tienen
miedo. No se mueven, y si te acercas un solo paso, los
muerdo.
-Échales
una ojeada a tus huevos -dijo Rikki-tikki-; allá en el
melonar, junto a la pared.
Ve
y míralos, Nagaina.
Se
volvió a medias la enorme serpiente y vio el huevo sobre el
suelo de la galería.
-¡Aaah!.
. ¡Dámelo! -dijo.
Rikki-tikki
puso sus patas una a cada lado del huevo, y con los ojos
inyectados,
respondió:
-¿Cuánto
me dan por un huevo de serpiente? ¿Por una cobra chiquita?
¿Por una cobra
chiquita
hija de rey? ¿Por la última, la última en verdad de una
nidada? Las hormigas se
están
comiendo a las demás allá en el melonar.
Se
volvió en redondo Nagaina, olvidándose de todo por su último
huevo. Rikki-tikki vio
que
el padre de Teddy extendía su fuerte mano, asió del niño
por un hombro, y lo
levantó
por encima de la mesita y de las tazas de té, poniéndolo a
salvo y fuera del
alcance
de Nagaina.
-¡Te
engañé! ¡Te engañé! ¡Te engañé! Rikk-tick-tick -dijo
riendo Rikki-. El niño está a
salvo,
y fui yo, yo, la que cogí ayer noche a Nag por la capucha
en el cuarto de baño.
Entonces
empezó a dar saltos con las cuatro patas a la vez y la
cabeza casi a ras del
suelo.
-Me
sacudió de acá para allá, pero no logró soltarse de mí.
Ya estaba muerta cuando
vino
el hombre grueso a partirla en dos pedazos. Yo lo hice.
¡Rikki-tikki-tick-tick!
Ven,
pues, Nagaina. Ven y lucha conmigo. No durarás viuda mucho
tiempo.
Nagaina
vio que había perdido la oportunidad de matar a Teddy, y el
huevo continuaba
entre
las patas de Rikki-tikki.
-Dame
el huevo, Rikki-tikki; dame el último que queda de mis
huevos, y me ire y nunca
regresaré.
-Al
decir esto, bajaba la capucha.
-Sí,
te irás y nunca regresarás, porque te reunirás en el
estercolero con Nag. ¡Pelea,
viuda!
El hombre grueso fue por su escopeta. ¡Pelea!
Rikki-tikki
saltaba en derredor de Nagaina, manteniéndose exactamente
fuera del
alcance
de sus embites, reluciéndole los ojillos como dos ascuas.
Nagaina se replegó
sobre
sí misma y se lanzó contra ella. Rikki-tikki saltó hacia
arriba y hacia atrás. La
serpiente
atacó una y otra vez, y su cabeza daba con sordo ruido
contra la estera de la
galería,
enroscándose luego el cuerpo como la espiral de un reloj.
Entonces saltó Rikki-tikki
describiendo
círculos para colocarse detrás de Nagaina, y ésta giraba
en redondo
para
que su cabeza y la de su enemiga estuvieran siempre frente a
frente, y el ruido que
producía
su cola sobre la estera era como el de las hojas secas que
el viento arrastra.
Ya
había olvidado el huevo. Allí estaba sobre el suelo de la
galería, y Nagaina fue
acercándose
más y más a él, hasta que al fin, mientras que
Rikki-tikki se detenía para
tomar
aliento, lo cogió en la boca, volvióse hacia los escalones
de la galería y se lanzó
como
una flecha al estrecho caminillo, perseguida por
Rikki-tikki. Cuando una cobra
huye
para salvar la vida, parece la punta de un látigo
revoloteando sobre el cuello de un
caballo.
Rikki-tikki
sabía que debía cogerla, porque de lo contrario todo habría
sido inútil y
tendría
que volver a empezar. La serpiente se dirigió en línea
recta hacia la hierba alta
que
crecía junto al espino, y al pasar corriendo oyó
Rikki-tikki que Darzee entonaba
todavía
su estúpido himno triunfal. Pero la esposa de Darzee era más
lista. Se arrojó del
nido
en el preciso momento en que pasaba Nagaina, y empezó a
revolotear sobre la
cabeza
de la serpiente. Si Darzee hubiera ayudado, podrían haberla
hecho retroceder;
pero
Nagaina se limitó a bajar su capucha y a seguir adelante.
Sin embargo, el momento
que
perdió al hacer esto le permitió a Rikki-tikki acercarse más,
y cuando la serpiente se
metió
en la madriguera donde ella y Nag solían vivir, los blancos
dientes de Rikki se
clavaron
en la cola de Nagaina, y ambas entraron juntas en la
madriguera... y ninguna
mangosta,
por vieja y lista que sea, se atrevería a hacer esto. En el
agujero había
completa
oscuridad, y Rikki-tikki no sabía si se ensancharía de
pronto dándole a
Nagaina
el espacio necesario para revolverse y morderla. Aguantó firmemente
y clavó
las
patas en el suelo a guisa de frenos en la oscura pendiente
de aquella tibia y húmeda
tierra.
Luego,
la hierba que estaba a la entrada del agujero dejó ya de
moverse, y Darzee dijo:
-Todo
terminó para Rikki-tikki. Entonemos un himno a su muerte.
¡La valiente Rikki-tikki
ha
muerto! Seguramente Nagaina la matará allá, bajo tierra.
Púsose,
pues, a entonar una fúnebre melodía improvisada, inspirada
por el momento
aquel,
y exactamente cuando llegaba a la parte más patética, se
movió de nuevo la
hierba,
y Rikki-tikki, cubierta de polvo, se arrastró despacio
fuera del agujero,
relamiéndose
los bigotes. Darzee enmudeció en seguida, dando un grito.
Rikki-tikki se
sacudió
un poco el polvo y estornudó.
-Todo
ha terminado -dijo-. Nunca saldrá ya de ahí la viuda.
Y
las hormigas rojas que viven en los tallos de la hierba la
oyeron, y empezaron a
formar
largas hileras para ir y ver si era cierto lo que decía.
Rikki-tikki
se enroscó sobre la misma hierba y allí mismo se durmió..,
y durmió y
durmió
hasta muy entrada la tarde, porque había tenido un día
pesadísimo.
-Ahora
dijo cuando al cabo se despertó-, volveré a la casa.
Darzee, cuéntale al calderero
lo
que sucedió, y él le dirá luego a todo el jardín que
Nagaina ha muerto.
El
"calderero" es un pájaro que produce un ruido del
todo parecido al de un martillo que
golpetea
sobre un caldero de cobre; y la razón de que siempre está
haciendo ese ruido,
es
porque él es el pregonero de todo jardín indio, y le
cuenta las noticias a quien quiere
oírlas.
Al caminar Rikki-tikki por el senderillo que conducía a la
casa, oyó las notas de
¡alerta!,
como las de un pequeño tantán de los que se usan para
anunciar la hora de la
comida;
y luego, el acompasado ¡din-don-tok! "¡Nagaina ha
muerto!... ¡don!" "¡Nagaina
ha
muerto!...
¡din-don-tok!"
Al escuchar
esto, cantaron todos los pájaros del jardín y las
ranas
croaron, porque Nag y Nagaina también comen ranas, lo mismo
que pájaros.
Cuando
llegó Rikki-tikki a la casa, Teddy, la madre de Teddy (que
aún estaba pálida,
pues
se había desmayado) y el padre de Teddy salieron a
recibirla y casi lloraron de
agradecimiento.
Aquella noche comió Rikki cuanto le dieron hasta no poder más,
y
luego,
llevándola Teddy sobre su hombro, se fue a la cama, y allí
la encontró la madre
del
niño cuando a última hora fue a verlo dormir.
-Salvó
nuestras vidas y la de Teddy -le dijo a su marido-. ¡Figúrate!
Nos salvó la vida a
todos.
Rikki-tikki
se despertó sobresaltada, porque las mangostas son de un
sueño muy ligero.
-¡Ah!
¡Sois vosotros! ¿Por qué me molestan? Ya murieron todas
las cobras; y si alguna
queda,
aquí estoy yo.
Tenía
derecho Rikki-tikki a sentirse orgullosa; pero no se
enorgulleció más de lo justo,
y
conservó el jardín como una mangosta debe conservarlo,
defendiéndolo con los dientes,
y a saltos, y de todas maneras, hasta que ni una sola cobra
se atrevió ya a
asomar
la cabeza dentro de las paredes del recinto.
CÁNTICO
DE DARZEE EN HONOR DE RIKKI-TIKKI-TAVI
Soy
un pájaro cantor y tejedor,
y
dobles son las alegrías que conozco:
orgulloso
me siento al cruzar por los aires,
y
orgulloso también de la casita que he tejido.
Sube
y baja al compás de mi música,
sube
y baja mi casita que oscila.
Levanta
la frente, oh madre,
y
entona tu cancioncilla;
pereció
la que era nuestro azote,
la
muerte misma yace muerta en el jardín.
Yace
impotente el Terror que entre rosas vivía,
sobre
el polvo yace y se pudre en el estiércol.
¿Quién,
pregunto, nos libró de ella?
Decid
su nombre y repetidlo:
Rikki,
la valiente, ella ha sido,
Tikki,
la de ojos de ascua.
Rikki-tikki
de dientes marfileños,
Rikki
la cazadora, de mirada encendida.
Pájaros
todos, dadle las gracias
con
vuestras colas extendidas;
alabadla
como el ruiseñor lo haría,
pero
en vez de éste, yo la alabaré.
¡Escuchad!
Yo cantaré su alabanza,
¡Loor
a Rikki, la de ojos de fuego!
(Aquí, Rikki-tikki interrumpió, y el resto de la canción se ha
perdido.)
Los
Servidores de Su Majestad
Por
quebrados podéis resolverlo,
o
también por regla de tres;
pero
el camino de Tweedledum,
no
es el de Tweedledee.
Torced
el problema, revolvedlo,
plegadlo
como gustéis;
pero
el camino de PillyWinky
no
es el mismo que el de WínkiePop.
Copiosa
lluvia había estado cayendo durante un mes entero... Había
caído sobre un
campamento
de treinta mil hombres, millares de camellos, elefantes,
caballos, bueyes y
mulas,
reunidos en un lugar llamado Rawal Pindi, para que el virrey
de la India le
pasara
revista. éste recibía la visita del emir de Afganistán,
rey salvaje de un salvajísimo
país;
el emir había traído, acompañándole, una guardia de
ochocientos hombres e igual
número
de caballos que nunca antes habían visto un campamento o
una locomotora;
hombres
salvajes y caballos salvajes también sacados de algún
lugar del corazón de
Asia
Central. Cada noche, un pelotón de esos caballos rompía
las cuerdas que los
sujetaban
y se lanzaban estrepitosamente de un lado al otro del
campamento, entre el
barro
y la oscuridad; o bien los camellos se desataban y corrían
por allí tropezando con
las
cuerdas que sostenían las tiendas; ya puede imaginarse lo
agradable que esto sería
para
los hombres que intentaban dormir. Mi tienda estaba situada
lejos de las filas de camellos,
y por eso pensaba yo encontrarme en sitio seguro. Pero una
noche un hombre
asomó
la cabeza por mi tienda y gritó:
-¡Salga
pronto! ¡Allí vienen! ¡Ya derribaron mi tienda!
Ya
sabía yo quiénes venían, por tanto, me puse las botas, me
eché encima el
impermeable
y salí corriendo por un lado. Mi perrita foxterrier, Vixen,
salió por el otro
lado.
Al cabo de un momento, se escuchaban bramidos, gruñidos y
ruidos guturales
como
burbujeos, y vi cómo mi tienda se hundía, porque el palo
que la sostenía había
saltado
en pedazos; la tienda empezó a danzar como duende loco. Un
camello que había
entrado
se había enredado en ella, y aunque estaba yo todo mojado y
enojado, no pude
menos
de reírme. Después salí corriendo, porque no sabía cuántos
camellos se habían
soltado,
y poco tiempo después perdí de vista el campamento, y
caminaba con dificultad
por
el barro.
Caí
por último sobre la cureña de un cañón, y con esto supe
que me encontraba cerca de
las
líneas de artillería donde las piezas son colocadas por la
noche. Como no quería
seguir
vagando bajo la lluvia y en medio de la oscuridad, coloqué
mi impermeable sobre
la
boca de uno de los cañones, formando así una especie de
choza con dos o tres
atacadores
que encontré, y me tendí sobre la cureña de otro cañón,
preguntándome
dónde
andaría Vixen y dónde me encontraba yo.
Cuando
iba a dormirme, escuché un rumor de arreos y algo como un
gruñido, y un mulo
pasó
a mi lado sacudiendo las mojadas orejas. Pertenecía a una
batería de cañones
atornillables
o de montaña, porque podía yo oír el ruido de las
correas, anillas, cadenas
y
demás pegando sobre el basto. Estos cañones son pequeños;
se componen de dos
piezas
que se unen en el momento en que van a usarse. Se llevan con
facilidad por las
montañas,
en cualquier lugar donde los mulos hallen un sendero, y son
muy útiles en los
países
donde abundan las rocas.
Detrás
del mulo venía un camello cuyos enormes pies blandos se
hundían y resbalaban
en
el barro, y su cuello se balanceaba hacia acá y hacia allá,
como el de una gallina
perdida.
Por fortuna conocía yo bastante el lenguaje de los animales
(no el de los
salvajes,
por supuesto, sino el de los que se hallan en los
campamentos) por haberlo
aprendido
de los indígenas, y pude saber lo que decía entonces.
Debía
ser el mismo camello que entró en mi tienda, porque le gritó
al mulo:
-¿Qué
haré? ¿A dónde iré? Luché contra una cosa blanca que se
movía, y ella cogió un
palo
y me pegó en el cuello. (Se refería al palo roto de mi
tienda, y yo me alegré mucho
al
oírlo.) ¿Seguiremos corriendo?
-¡Ah!
¡Conque eres tú y tus amigos los que han perturbado al
campamento! -dijo el
mulo-.
¡Muy bien! Ya te darán una paliza en cuanto amanezca. De
todos modos, yo te
daré
algo a cuenta.
Oí
el ruido que hacían los arreos al retroceder el mulo y al
soltarle al camello dos coces
en
las costillas que resonaron como un tambor.
-Otra
vez -dijo el mulo, lo pensarás mejor antes de correr por
entre una batería, de
noche,
gritando: ¡a ése! o ¡fuego! Échate y no sigas moviendo
ese estúpido cuello tuyo.
Se
dobló el camello como suelen hacerlo ellos, como una
escuadra, y se echó dando
gemidos.
Se oyó en la oscuridad un acompasado ruido de cascos, y un
gran caballo del
ejército
se acercó galopando con la misma regularidad que si
estuviera en un desfile,
saltó
por encima de una cureña y se paró junto al mulo.
-¡Es
una vergüenza! -dijo, resoplando. ¡De nuevo metieron bulla
por nuestras filas esos
camellos...!
Es la tercera vez en la semana. ¿Cómo mantendrá su buen
estado un caballo
si
no se le permite dormir? ¿Quién anda por allí?
-Soy
el mulo que porta la cureña del cañón número dos de la
primera batería de
montaña
-explicó el mulo-, y aquel es uno de vuestros amigos. A mí
también me
despertó.
¿Quién es usted?
-Número
15, Escuadrón E, del Noveno de Lanceros... Soy el caballo
de Dick Cunliffe.
Échate
un poco allá; así.
-¡Mil
perdones! dijo el mulo. Todavía hay demasiada oscuridad
para poder ver bien.
¡Vaya
si estos camellos arman una bulla tremenda por nada! Yo me
fui de mis líneas
para
ver si aquí puedo tener algo de paz y tranquilidad.
-Señores
míos -dijo el camello humildemente-, tuvimos pesadillas
esta noche y nos
asustamos
mucho. Yo no soy más que uno de los camellos de carga del
39 de la
infantería
indígena, y no soy tan valiente como ustedes, señores
mios.
-Entonces,
¿por qué diablos no te estás quieto en tu sitio y llevas
el bagaje del 39 de
infantería
indígena, en vez de correr por todo el campamento? -rezongó
la mula.
-¡Es
que las pesadillas fueron tan horribles!. .. -repuso el
camello. Siento mucho lo
ocurrido.
Pero, ¡escuchen! ¿Qué es eso? ¿Echamos a correr de
nuevo?
-¡Échate!
dijo el mulo. Si no, te romperás esas largas piernas entre
los cañones. -Enderezó
una
oreja y escuchó-. ¡Bueyes! -exclamó-. Los bueyes que
arrastran los
cañones.
¡Por vida de...! Tú y tus amigos despertaron a todo el
campamento. Se requiere
mucho
alboroto, para hacer que uno de los bueyes de las baterías
se levante.
Oí
yo una cadena que se arrastraba por el suelo, y llegó uno
de los pares de enormes y
tercos
bueyes blancos que arrastran los pesados cañones de sitio
cuando los elefantes ya
no
se atreven a acercarse más al fuego del enemigo; llegó, y
cada uno empujaba el
hombro
contra el otro. Y casi pisando la cadena venía también un
mulo de las baterías,
llamando
a grandes voces a Billy.
-Es
uno de nuestros reclutas -dijo el mulo viejo al caballo. Me
llama. ¡Aquí estoy,
muchacho,
Basta de chillar! La oscuridad nunca hizo daño a nadie.
Los
bueyes estaban echados juntos y empezaron a rumiar; pero el
mulo joven se puso
junto
a Billy.
-¡Qué
cosas! -dijo-. ¡Espantables y terribles cosas, Billy! Se
echaron sobre nuestras filas
mientras
estábamos durmiendo. ¿Crees que nos matarán?
-¡Me
dan ganas de darte una coz de padre y señor mío! -respondió
Billy-, ¡A un mulo de
tu
estampa, tan bien entrenado, deshonrar a la batería ante
estos caballeros!.
-¡Poco
a poco! -dijo el caballo. Recuerden que así son todos
siempre al principio. La
primera
vez que yo vi a un hombre (esto fue en Australia, cuando yo
tenía tres años),
corrí
durante medio día, y si hubiera visto a un camello, todavía
estaría corriendo.
Casi
todos los caballos de la caballería inglesa se llevan a la
India desde Australia, y los
mismos
soldados son los que los doman.
-¡Muy
cierto! -afirmó Billy-. Ya no tiembles, muchacho. La
primera vez que me
enjaezaron
por completo, con todas las cadenas a mi espalda, me paré
en dos pies y
rompí
todo a coces. No había aprendido aún la verdadera ciencia
de cocear, pero todos
los
de la batería dijeron que nunca habían visto cosa igual.
-Pero
no era ruido de arreos ni retintín alguno lo que ahora se oía
dijo el mulo joven-.
Ya
sabes que esto ya no me importa, Billy. Eran cosas parecidas
a árboles, y caían entre
las
filas con rumores de burbujeos; y mi cabestro se rompió, y
no pude hallar al que me
cuida,
ni te pude hallar a ti, Billy; por tanto me escapé con...
con estos caballeros.
-¡Je,
je! -eiclamó Billy-. Tan pronto como oí que los camellos
se habían soltado, me fui
por
mi cuenta, muy quietecito. Cuando un mulo de batería... de
una batería de cañones
de
montaña... llama caballeros a los bueyes que arrastran cañones
de otra clase, debe
estar
terriblemente emocionado. ¿Quiénes son ustedes, buena
gente, que están allí
echados?
Los
bueyes dejaron de rumiar por un momento y respondieron a la
vez:
-El
séptimo par del primer cañón de la batería de los
grandes. Estábamos durmiendo
cuando
llegaron los camellos, pero, cuando sentimos que nos
pisoteaban, nos
levantamos
y unos fuimos. Es mejor tenderse en paz en el barro, que ser
molestado
sobre
un buen lecho. Le dijimos a tu amigo aquí presente que no
había por qué
asustarse,
pero sabe tanto que pensó lo contrario. ¡Bah!
Y
continuaron rumiando.
-Eso
pasa cuando se tiene miedo. Hasta los bueyes que arrastran
los cañones se burlan
de
ti. Ya puedes estar satisfecho, muchacho.
El
muleto rechinó los dientes, y oí algo que decía sobre el
poco miedo que le daban
todos
los cochinos bueyes de este mundo, todos esos montones de
carne; pero los
bueyes
sólo entrechocaron sus cuernos y siguieron rumiando.
-Ahora
no te incomodes después de haber tenido miedo; ésa es la
peor clase de cobardía
dijo
el caballo. A cualquiera puede perdonársele que haya
sentido miedo por la noche,
así
lo creo, si ve cosas que le parecen incomprensibles.
Nosotros, los cuatrocientos
cincuenta
que somos, hemos roto una y otra vez y muchas veces las
ataduras que nos
sujetaban
a las estacas, tan sólo porque a algún recluta se le ocurría
venir a contarnos
cuentos
de látigos que se volvían serpientes, allá en Australia,
su tierra; y después que
los
oíamos nos asustaban horriblemente hasta los colgantes
cabos de los cabestros.
-Todo
está muy bien en el campamento -dijo Billy-. A veces me han
dado ganas de salir
escapado,
por el puro gusto de hacerlo, cuando no he salido a campo
abierto durante
uno
o dos días. Pero, ¿qué hacen ustedes cuando están en
servicio activo?
-¡Ah!
Eso es harina de otro costal -dijo el caballo-. Entonces
Dick Cunliffe cabalga
sobre
mí y me aprieta las rodillas en los costados, y todo lo que
tengo que hacer, es
mirar
dónde pongo los pies, conservar las patas traseras dobladas
bajo el cuerpo y
obedecer
al freno.
-¡Qué
significa obedecer al freno? -preguntó el muleto.
-¿Vaya
pregunta! ¡Por los huesos de mi padre!... -relinchó el
caballo-. ¿Quieres decir
que
no te enseñan eso en el oficio que desempeñas? ¿Cómo
puedes hacer nada, si no
puedes
volverte en redondo rápidamente, cuando te aprietan la
rienda sobre el cuello?
Para
el hombre que te cabalga, es cuestión de vida o muerte, y
por supuesto también lo
es
para ti. Da la vuelta sobre las patas traseras bien
recogidas, cuando sientas la rienda
sobre
tu cuello. Si no tienes suficiente sitio para revolverte,
levanta las manos y gira
sobre
los cuartos traseros. Esto es lo que se llama obedecer al
freno.
-A
nosotros no se nos enseña así -dijo Billy, el mulo,
friamente-. Se nos enseña a
obedecer
las órdenes del hombre que nos guía: dar un paso hacia acá
o hacia allá, como
él
lo mande. Pero creo que todo es más o menos lo mismo. Pero
con toda esa fantasía y
tanto
empinarse -cosa muy mala para vuestros corvejones-, ¿qué
es lo que hacéis en
realidad?
-Eso
es según las circunstancias -dijo el caballo-. Generalmente
tengo que ir entre un
montón
de hombres desgreñados que gritan y llevan cuchillos,
largos y brillantes y
peores
que los del albéitar, y debo atender a que la bota de Dick
toque con precisión la
del
hombre que va a su lado, pero sin apretarla. Veo la lanza de
Dick a la derecha de mi
ojo
derecho, y entonces sé que no hay de que preocuparse. No
quisiera estar en el
pellejo
del hombre o del caballo que se nos pusiera por delante a
Dick y a mí cuando
tenemos
prisa.
-¿Y
no hacen daño los cuchillos? -preguntó el muleto.
-Bueno..,
a mí me hirieron una vez en el pecho, pero esto no fue por
culpa de Dick.
-¡Qué
me importaría a mí de quién era la culpa si me hirieran!
-exclamó el muleto.
-Pues
debe importarte -prosiguió el caballo. Si no tienes
confianza en tu hombre, puedes
huir
de una vez. Esto es lo que hacen algunos de nuestros
caballos, y no los culpo.
Como
iba diciendo, no fue culpa de Dick. Había un hombre tendido
en el suelo, y yo me
alargué
cuanto pude para no pisarlo, y entonces él me tiró un
tajo. La próxima vez que
tenga
que pasar sobre un hombre, pisaré sobre él, . . apretando
de firme.
-¡Je,
je! -dijo Billy-. Todo eso son tonterías. Los cuchillos son
siempre una cosa muy
fea,
Lo bonito es trepar por un monte, bien ensillado, agarrándose
fuerte con las cuatro
patas
y hasta con las orejas, y serpentear, arrastrarse, moverse
de todas las maneras
posibles,
hasta que se llega a varias docenas de metros por encima de
cualquiera otro,
sobre
un reborde del terreno en que sólo hay sitio para poner los
cascos. Entonces te
paras
y te estás quieto -nunca le pidas a un hombre que te tenga
del cabestro, muchacho-,
te
mantienes muy quieto mientras ponen en orden los cañones, y
luego miras las
bombas,
como cachos de adormideras, caer entre las copas de los árboles,
allá abajo,
muy
lejos.
-¿Y
nunca tropezáis? -preguntó el caballo.
-Dicen
que cuando un mulo dé un paso en falso, se le rasgará la
oreja a una gallina -respondió
B¡lly-.
De cuando en cuando quizás, por culpa de un basto mal
puesto, puede
caerse
un mulo; pero ocurre muy raras veces. Quisiera enseñaros cómo
trabajamos. Es
algo
muy hermoso. ¡Con decir que tardé tres años en adivinar
qué querían de nosotros
los
hombres que nos conducían!.. La ciencia de todo esto
consiste en que el cuerpo no
destaque
contra el cielo, porque, si esto sucediera, serviría uno de
blanco. Acuérdate de
esto,
muchacho. Escóndete siempre todo lo que puedas, aun cuando
tengas que
desviarte
un cuarto de legua de tu camino. Yo soy el que dirijo la
batería cuando hay
que
hacer una de esas ascensiones.
-¡Tirarle
a uno sin darle siquiera la posibilidad de arrojarse contra
quien le dispara! -dijo
el
caballo, muy pensativo-. No puedo soportar eso! ¡Me moriría
de ganas de atacar,
junto
con Dick!
-¡Oh!
¡No lo creas! Sabemos que, en cuanto están los cañones en
posición, ellos son los
que
se encargan del ataque. Esto es científico y elegante; pero
los cuchillos...¡puf!
Los Hermanos de Mowgli | II - Continuación | III - Continuación | IV - Continuación | V - Continuación | VI - Entre tanto, Tha... | VII - Retrocedamos ahora... | VIII - Muy grande... | IX - Después de leer... | X - Se arrojó Messua... | XI - Cuando se descubrió... | XII - Con su brazo... | XIII - Mowgli apoyó... | XIV - Se alegraron... | XV - Dos años después... | XVI - Mowgli no podía... | XVII - Kotuko siguió ... | XVIII - Pronto sus voces ... | XIX - Saltó Amoraq ... | XX - Era Darzee... | XXI - El camello... | XXII - Lo que voy a narrar... | XXIII - Este encuentro... | XXIV - En agosto nació... | XXV - En la India había... | XXVI - Movió su ...
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