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XXIII - Este encuentro...

El Libro de las Tierras Vírgenes (Continuación)   

Este encuentro la animó muchísimo, y cuando aquel verano estuvo de nuevo de regreso en Novatoshnah, Matkah, su madre, le rogó que se casara y viviera tranquilo, porque ya no era un holluschickie, sino un Gancho de Mar, hecho y derecho, con su blanca melena rizada sobre la espalda, y tan pesada, grande y de feroz aspecto como la de su padre.

-Dame una estación más de espera -respondió él-. Acuérdate, madre: siempre es la séptima ola la que llega más lejos en la playa.

Cosa curiosa fue que hubo otra foca que también pensó en aplazar el casarse hasta el próximo año, y Kotick bailó con ella la danza del fuego en toda la extensión de la playa de Lukannon, la noche antes de que saliera para el último de sus viajes de exploración.

En esta ocasión se dirigió hacia el oeste, porque había descubierto el rastro de un gran número de platijas, y él necesitaba por lo menos un centenar de libras de pescado para mantenerse en buena salud. Las persiguió hasta cansarse, y entonces se enroscó y se durmió en uno de los agujeros que deja en la tierra la resaca, en dirección a la isla del Cobre. Conocía perfectamente aquella costa, y así, hacia medianoche, cuando sintió que caía blandamente en un lecho de plantas marinas, dijo:

-¡Huy! La marea sube rápidamente esta noche.

Y dando media vuelta en el agua, abrió los ojos calmosamente y se desperezó. Pero luego brincó como un gato, porque vio algo enorme que olfateaba por encima de los bajíos y engullía grandes flecos de algas.

-¡Por las olas del Estrecho de Magallanes!... -se dijo-. ¿Quiénes son esas personas?

No eran como los caballos marinos, ni como los leones ni como los osos de mar, ni como las focas, ballenas, tiburones, peces o conchas que Kotick estaba acostumbrado a ver. Tenían entre veinte y treinta pies de largo y carecían de aletas posteriores; pero tenían en cambio una cola en forma de pala, que parecía haber sido recortada de un pedazo de cuero mojado. Sus cabezas tenían un aire de lo más estúpido que verse pueda, y se balanceaban en el agua, en el extremo de sus colas, cuando comían, saludándose solemnemente unos a otros y agitando sus aletas delanteras, como los fiambres muy gruesos mueven los brazos.

-¡Ejem! dijo Kotick-. ¿Pinta bien la suerte, caballeros?

Y aquellos seres enormes respondieron saludando y agitando las aletas, como lo hacía Frog-Footman. Cuando empezaron a comer de nuevo, notó Kotick que el labio superior lo tenían partido en dos pedazos que podían apartar uno del otro cosa de medio metro y que podían juntarlos otra vez luego, sosteniendo con ambos pedazos más de media fanega de algas. Las metían en la boca y mascaban solemnemente.

-¡Vaya un sucio modo de comer! -dijo Kotick. Como saludaron nuevamente, Kotick empezó a perder la paciencia.

-¡Bueno! -dijo-. Si es que tenéis una articulación extra en las aletas delanteras, no debéis demostrarlo tanto. Veo que saludáis con mucha gracia, pero quisiera saber cómo os llamáis.

Los labios partidos se movieron y se separaron, y los vítreos y verdes ojos miraron fijamente; pero aquellos seres no pronunciaron palabra.

-¡Vaya! -prosiguió Kotick-. Vosotros sois las únicas personas que he encontrado más feas que Sea Vitch... y peor educadas que él.

Acudió entonces a su memoria con la rapidez del relámpago lo que le había dicho la gaviota en la isla del Caballo Marino cuando no tenía más de un año; se dejó caer de espaldas al agua, sintiéndose contento porque supo que había encontrado a la Vaca Marina.

Las vacas marinas continuaron buscando algas y mascándolas, y mientras tanto Kotick les hacía preguntas en cada uno de los lenguajes que había aprendido en sus víajes, y hay que saber que el pueblo marino usa casi tantos lenguajes como los seres humanos..

Pero las vacas marinas no le respondieron, porque no hablan. Tienen únicamente seis huesos en el cuello en vez de siete, y dice la gente del mundo submarino que tal cosa les impide hablar hasta a los de su misma clase. Pero, como ya lo dijimos, tienen una articulación extra en las aletas delanteras, y, al moverlas de arriba abajo y de un lado al otro, forman una especie de torpe clave telegráfica con la que se entienden entre ellas.

Al clarear el día, la melena de Kotick estaba completamente erizada, y su paciencia había ido a parar a donde van los cangrejos cuando mueren. Entonces, las vacas marinas empezaron a hacer rumbo hacia el Norte con mucha calma, parándose de cuando en cuando para llevar a cabo absurdos conciliábulos en que no hacían otra cosa que saludarse, y Kotick las seguía, diciéndose:

-La gente que es tan estúpida como ésta, hace mucho tiempo que hubiera sido muerta si no hubiese encontrado alguna isla en la que pueda vivir sin cuidado; y lo que es bastante bueno para la vaca marina, lo es también para Gancho de Mar. Sea como fuere, ojalá que se apresuraran un poco más.

Era aquello un fatigoso trabajo para Kotick. La manada sólo recorría cuarenta o cincuenta millas al día, se paraba de noche para comer y siempre se mantenía cerca de la playa, en tanto que Kotick nadaba en torno suyo, por encima y por debajo, pero no lograba que fueran ni media milla más aprisa.

Al acercarse más hacia el Norte, tuvieron otros conciliábulos a intervalos de unas cuantas horas, y Kotick casi se arrancaba los bigotes de tanto mordérselos, por la impaciencia, hasta que finalmente vio que remontaban una corriente de agua tibia, y entonces respetó un poco más a aquellos seres.

Una noche se hundieron al través del agua reluciente -se hundían como piedras-, y, por primera vez desde que él los conociera, empezaron a nadar rápidamente. Las siguió Kotick, y tanta rapidez lo dejó admirado, porque nunca pensó que las vacas marinas fuesen tan buenas nadadoras. Se dirigieron hacia un sitio acantilado de la costa, que se hundía en el agua, y se sumergieron en un agujero que había al pie, a veinte brazas bajo el mar. Nadaron y nadaron en aquel oscuro túnel, y Kotick que iba tras ellas sintió que necesitaba desesperadamente aire fresco después de haber nadado tanto.

-¡Por vida de!... dijo al salir, boqueando y resoplando, al mar abierto y libre, en el lado opuesto-. Fue largo el chapuzón, pero valió la pena.

Las vacas marinas se separaron unas de otras, y comían perezosamente a la orilla de las más bellas playas que Kotick jamás viera. Había allí grandes extensiones de roca, desgastada y pulida, que se extendían por millas enteras, adecuadas para viveros de focas; otras que estaban formadas de dura arena, detrás de las primeras y en declive tierra adentro, buenas para jugar en ellas; y rompientes para que pudiesen bailar las focas sobre el agua; blanda hierba para revolcarse; dunas para trepar por la arena, descendiendo luego; y, lo mejor de todo, Kotick supo, con solo tocar el agua, cosa que nunca engaña a un Gancho de Mar, que jamás había llegado un hombre hasta allí.

Lo primero que hizo fue asegurarse de que la pesca era buena, y luego nadó bordeando la playa y conté todos los deliciosos y bajos islotes de arena, medio escondidos en la hermosa y rastrera niebla. A lo lejos, hacia el Norte, se veía una línea de bancos de arena, de escollos y de rocas que le hubieran impedido a cualquier barco acercarse a menos de seis millas de la playa, y entre las islas y la tierra firme había un profundo canal que llegaba a tocar los acantilados perpendiculares de la costa, debajo de los cuales se abría la boca del túnel.

-Esto es otro Novastoshnah, pero diez veces mejor -dijo Kotick-. La vaca marina ha de ser más lista de lo que yo creía. Los hombres -si los hubiera- no podrían bajar por los cantiles; en cuanto a los escollos del lado del mar, pronto convertirían a cualquier barco en un montón de astillas. Si hay un lugar en el mar que sea seguro, éste es, indudablemente.

Empezó a pensar en la foca que había dejado esperándolo, pero, aunque mucho quisiera apresurarse por volver a Novastoshnah, exploró completamente aquel nuevo país, para poder contestar a cuanta pregunta se le formulara. Luego se zambulló en el agua y se metió por la boca del túnel, y nadó por él rápidamente hacia el Sur. Sólo una vaca marina o una foca hubieran pensado que existía un lugar como aquél, y cuando desde lejos Kotick se volvió para mirar hacia los acantilados, se maravilló de haber estado allí.

Tardó seis días en regresar a su país, aunque no iba nadando despacio, y, cuando tocó tierra por la Garganta del León Marino, lo primero que vio fue a la foca que le esperaba, la cual, al ver cómo brillaban los ojos de Kotick, comprendió que al fin había encontrado la isla deseada.

Pero los holluschickie y Gancho de Mar, su padre, y todas las demás focas, se burlaron de él cuando les dijo lo que había descubierto, y una foca de su misma edad, le dijo:  

-Todo eso está muy bien, Kotick, pero no puedes venir quién sabe de dónde y ordenarnos que abandonemos este lugar. Recuerda que hemos luchado largo tiempo por nuestros viveros, y eso tú no lo hiciste nunca; preferiste andar buscando por esos mares. -Al oír esto, las demás focas se rieron, y la foca joven movió la cabeza a uno y otro lado. Se había casado aquel mismo año, y por eso se daba mucha importancia.

-Yo no tengo vivero que defender -dijo Kotick-. Tan sólo deseo mostrarles un lugar donde podrán todos vivir tranquilos. ¿Para qué estar siempre luchando?

-¡Oh! Si tratas de salirte por la tangente, por supuesto nada más tengo que decir dijo la foca joven, con una risita sarcástica.

-¿Vendrás si lucho contigo y te venzo? -dijo Kotick; brilló una luz verde en su mirada, porque estaba verdaderamente furioso de tener que combatir.

-¡Muy bien! -respondió la foca joven, como al descuido-. Si me vences, iré contigo.

Ni siquiera tuvo tiempo de cambiar de opinión, pues ya Kotick alargaba la cabeza y sus dientes se clavaban en la gordura del cuello de la joven foca. Luego se echó hacia atrás y arrastró a su enemiga por la playa, la sacudió, y la golpeó, revolcándola por el suelo.

Luego, Kotick, dirigiéndose a las focas, rugió:

-Hice todo lo que pude por ustedes durante las últimas cinco estaciones. Encontré la isla en donde pueden vivir seguras, pero a menos de que les arranquen la estúpida cabeza del cuello, no creerán ustedes lo que se les dice. Pero ya les enseñaré yo... ¡En guardia!

Me contó Limmershin que nunca en su vida -y cada año él ve diez mil focas viejas en luchas continuas-, que nunca en su pequeña vida vio cosa semejante a la embestida que dio Kotick contra los viveros. Se lanzó contra el mayor "gancho de mar" que tuvo a su alcance, lo cogió por el pescuezo, casi ahogándolo, y lo zarandeó y golpeó de lo lindo hasta que el otro le pidió que le perdonara la vida; después de esto, lo arrojó a un lado y arremetió contra el siguiente. Hay que ver que Kotick nunca había ayunado durante cuatro meses al año, como lo hacen las focas grandes; sus viajes a nado en alta mar lo mantenían en excelentes condiciones, y, lo mejor de todo, nunca antes había peleado. Su blanca melena se erizaba de cólera, le llameaban los ojos y brillaban sus grandes caninos, y en resumen, ofrecía magnífico aspecto.

El viejo Gancho de Mar, su padre, lo vio batiéndose desenfrenadamente, arrastrando por el suelo a viejas focas cuyo pelo empezaba a encanecer, arrastrándolas como si fueran platijas, y a las más jóvenes revolcándolas por todos lados, y entonces, Gancho de Mar dio un gran bramido y gritó:

-Puede ser tan tonto como se quiera, pero es el mejor luchador de estas playas. ¡No pelees con tu padre, hijo mío! ¡Estoy de tu parte!

Kotick respondió con otro bramido y el viejo Gancho de Mar, caminando como los patos y resoplando como locomotora, se mezcló en la lucha, en tanto que Matkah y la foca que iba a casarse con Kotick, se agachaban y contemplaban a sus hombres. Fue una pelea admirable, pues las dos focas lucharon hasta que ya no hubo foca que osara levantar la cabeza, y entonces se pasearon orgullosamente de un extremo al otro de la playa, emparejadas y mugiendo.

Por la noche, cuando la aurora boreal parpadeaba y lanzaba vivos destellos al través de la niebla, trepó Kotick a una desnuda roca y miró hacia abajo, hacia los destruidos viveros y los heridos y sangrantes cuerpos de las focas.

-Ahora -dijo-, les di la lección que necesitaban.

-¡Por vida mía! -exclamó el viejo Gancho de Mar, enderezándose trabajosamente pues estaba todo derrengado-. ¡Ni el mismo Cetáceo Carnicero les hubiera hecho más daño!

¡Hijo mío, me siento orgulloso de ti, y lo que es más, iré a tu isla... si es verdad que existe!

-¡Atención, piara de cerdos marinos! ¿Quién viene conmigo al túnel de la Vaca Marina?

¡Respondan, o empiezo de nuevo! -rugió Kotick.

Se produjo un murmullo como el suave rumor de la marea cuando sube o baja por las playas.

-¡Iremos contigo! dijeron miles de voces fatigadas-. Seguiremos a Kotíck, la Foca Blanca.

Entonces hundió Kotick la cabeza entre los hombros y cerró orgullosamente los ojos.

Ya no era una foca blanca, sino roja de la cabeza a los pies. Pero daba lo mismo; se hubiera sentido avergonzada de mirar o de tocar una sola de sus heridas.

Al cabo de una semana, él y su ejército (cerca de diez mil focas, entre holluschickie y focas viejas) salieron con rumbo al Norte hacia el túnel de la Vaca Marina, dingiéndolas a todas Kotick, mientras que las que se quedaban en Novastoshnah las llamaban estúpidas. Pero a la primavera siguiente, cuando se encontraron todas en las pesqueras del Pacífico, las focas de Kotick contaron tales maravillas de las nuevas playas, al otro lado del túnel de la Vaca Marina, que cada día abandonaban mayor número las playas de Novastoshnah.

No se hicieron esas cosas de golpe, por supuesto, pues las focas necesitan largo tiempo para darle vueltas a una cosa en la cabeza, pero año a año abandonaban más focas a Novastoshnah, a Lukannon y otros viveros, para dirigirse a las abrigadas playas donde Kotick pasa ahora todo el verano, creciendo, engordando y poniéndose más fuerte cada año, en tanto que los halluschickie juegan en torno suyo en aquel mar no visitado por ningún hombre.

LUKANNON

(Ésta es la gran canción de altamar que todas las focas de San Pablo cantan cuando van de regreso a sus playas en verano. Es una especie de himno nacional muy triste.)

Me encontré en la mañana con mis amigos  
pero, ¡ay! ¡qué vieja estoy ya!  
donde, rugiendo las olas en verano,  
contra cien arrecifes van a chocar.  
Cantaban a coro; su voz  
la del mar sofocaban;  
dos millones de voces cantaban  
sobre las playas de Lukannon.  
Canción de reposo junto a los lagos,  
canción de dunas en que juega un escuadrón,
canción de las danzas nocturnas  
entre el fuego del mar.  
¡Playas de Lukannon que el hombre aún no profanó!  
Encontré muy de mañana a mis amigas,  
a las que nunca encontraré ya más;  
iban y venían por legiones que  
toda la playa ennegrecían.  
Y al través de la espuma, desde donde la voz  
puede llegar, saludábamos, gritando, su entrada,  
mientras ellas subían por el arenal.  
¡Las playas de Lukannon!... donde crece  
el trigo, la hierba, el liquen,  
que la niebla humedeció...  
donde sobre pulidas rocas jugamos,  
donde nacimos todas. . . ¡allí está nuestro amor!  
Hallé por la mañana a mis amigas, ¡pocas quedaban del bando nuestro!  
En el agua dábanles caza los hombres,  
y en tierra las golpeaban sin piedad.  
Como mansos y tontos corderos  
a morir nos llevaban.., pero todavía, ¡ay!,  
cantamos a las playas de Lukannon,  
antes que el cazador las viniera a hollar.  
¡Hacia el Sur, hacia el Sur, Gooverooska¡  
Cuéntales a los reyes del mar nuestro dolor:  
¡pronto desiertas estarán nuestras playas,  
como huevo de muerto tiburón!  
¡Nunca más verán a sus hijos  
las playas de Lukamion!  
Los Enterradores  
Quien le llame al chacal "hermano mío"  
y comparta su comida con la hiena,  
es como el que pacta tregua con Jacala,  
vientre que en cuatro patas corre.  

Ley de la selva.  

-¡Respeto para los ancianos!

Era una voz pastosa... una voz fangosa que os hubiera hecho estremecer. . . una voz como de algo blando que se parte en dos pedazos. Había en ella un quiebro, algo que la hacía participar del graznido y del lamento.

-¡Respeto para los ancianos, compañeros del río!... ¡Respeto para los ancianos!

Nada podía verse en toda la anchura del río, excepto una flotilla de gabarras, de velas cuadradas y clavijas de madera, cargadas de piedras para construcciones, que acababa de llegar bajo el puente del ferrocarril siguiendo corriente abajo. Hicieron que se movieran los toscos timones para evitar el banco de arena que el agua había formado al rozar en los estribos del puente, y mientras pasaban de tres en fondo, la horrible voz empezó de nuevo:

-¡Brahmanes del río, respetad a los ancianos y achacosos!

Volvióse uno de los barqueros, sentado en la regala de uno de los barcos, levantó la mano, dijo algo que no era precisamente una bendición y los botes siguieron adelante, crujiendo, iluminados por la luna. El ancho río indio, que parecía más bien una cadena de pequeños lagos que una corriente continua, era terso como el cristal y reflejaba el cielo de color de arena roja en el centro, pero se veía salpicado de manchas amarillentas y de un color de púrpura oscuro cerca de las orillas bajas y tocando con ellas. Se formaban caletas en el río, en la estación lluviosa; pero ahora sus secas bocas quedaban por encima de la superficie del agua. Sobre la orilla izquierda y casi bajo el puente del ferrocarril, había una aldea edificada con fango y ladrillos, con bálago y palos, cuya calle principal, llena de ganado que volvía a sus establos, corría en línea recta hacia el río y terminaba con una especie de tosco desembarcadero de ladrillo, en el que la gente que quería lavar podía meterse en el agua paso a paso. Este lugar se llamaba el Ghaut de la aldea de Mugger-Ghaut.

Caía rápidamente la noche sobre los campos de lentejas, arroz y algodón, en las tierras bajas inundadas cada año por el río; sobre los cañaverales que bordeaban el vértice del recodo que aquél formaba y sobre la enmarañada maleza que crecía en las tierras de pastos, detrás de las quietas cañas. Los papagayos y los cuervos, que habían estado charlando y chillando al beber por la tarde, habían volado ya tierra adentro para ir a dormir, cruzándose con los batallones de murciélagos que entonces salían; y nubes de aves acuáticas venían chirriando a buscar abrigo en los cañaverales. Había gansos de cabeza en forma de barril y de negro lomo; cercetas, patos silbadores, lavancos, tadornas, chorlitos, y aquí y allá un flamenco.

Cerrando la marcha podía verse una grulla de las llamadas ayudantes que volaba como si cada aletazo fuera a ser el último

-¡Respeto para los ancianos! ¡Brahmanes del río. .. respetad a los ancianos!

La grulla volvió a medias la cabeza, desvióse un poco en dirección hacia la voz, y tomó tierra muy tiesa en el banco de arena que había debajo del puente. Entonces pudo verse bien su aire brutal y rufianesco. Por detrás parecía enormemente respetable, pues su estatura era de casi dos metros, y se parecía mucho a un correctísimo pastor protestante de gran calva. Por delante era distinto, porque su cabeza a lo Ally Sloper y su cuello no tenían una sola pluma, y en su mismo cuello, bajo la barbilla tenía una horrible bolsa de desnuda piel.. . y allí iba a parar cuanto robaba con su afilado y largo pico. Sus patas eran largas, flacas y descarnadas, pero las movía con mucha suavidad y las contemplaba con orgullo cuando se alisaba las plumas de la cola, mirando de soslayo por encima de su hombro y cuadrándose luego como si le dijeran: ¡firmes!

Un chacal pequeño y sarnoso que había estado ladrando de hambre en una hondonada, levantó las orejas y la cola y corrió al encuentro de la grulla.

Era el ser más bajo de su casta -sin que quiera decir esto que haya mucho de bueno en los chacales; pero en éste era algo muy particular la bajeza, pues era la mitad mendigo y la otra mitad criminal-; se dedicaba a limpiar los montones de basura de la aldea, exageradamente tímido o salvajemente fiero, con hambre perpetua y lleno de astucia que nunca le sirvió para nada.

-¡Uf! -dijo, sacudiéndose lastimeramente al pararse-. ¡ Que la sarna se coma a los perros de esta aldea! He recibido tres mordiscos por cada pulga que traigo encima, y todo porque miré (tan sólo miré, fijáos bien), un zapato viejo que había en un corral de vacas.

¿Tengo que alimentarme de barro? -Y se rascó bajo la oreja izquierda.

-Yo oí -dijo la grulla con una voz que sonaba como sierra embotada pasando al través de gruesa tabla-, oí decir que había un perrillo recién nacido dentro del zapato.

-Del dicho al hecho, hay gran trecho -respondió el chacal, que sabía muchos proverbios que había aprendido escuchando a los hombres sentados alrededor de las fogatas, al caer la tarde.

-Así es. Por tanto, para estar segura de la verdad, tomé bajo mí cuidado a ese cachorro mientras los perros andaban ocupados en otro lado.

-Estaban muy ocupados -dijo el chacal-. Bueno, no debo ir de caza a la aldea, por las sobras, durante algún tiempo. ¿De veras había un perrillo ciego dentro de aquel zapato?

-Aquí está -respondió la grulla mirando por encima del pico a su gran bolsa, que estaba llena-. Poca cosa, pero muy aceptable en estos tiempos en que la caridad ha muerto en este mundo.

-¡Ay! El mundo es duro como el hierro en estos tiempos -gimió el chacal. En ese momento sus inquietos ojos notaron una levísima ondulación en el agua, y prosiguió rápidamente-: Dura es la vida para todos nosotros, y no dudo de que, aun nuestro excelente amo, el Orgullo del Ghaut, la Envidia del río...

-Del mismo huevo salieron al mismo tiempo un embustero, un adulador y un chacal -dijo la grulla sin dirigirse a nadie en particular, porque ella también es una grandísima embustera, cuando quiere tomarse la molestia de serlo.

-Sí, la Envidia del río -repitió el chacal elevando la voz-. No dudo que hasta él opina que desde que construyeron el puente, la comida es más escasa. Pero, por otra parte, y aunque de ninguna manera quisiera yo decir esto en su propia y noble cara, es tan sabio y tan virtuoso.., como ¡ay!, tengo yo poco de esas cosas...

-Cuando el chacal reconoce que es gris, ¡cuán negro debe ser! -murmuró la grulla. No preveía entonces lo que iba a suceder.

-Que no le falte nunca comida, y, en consecuencia..

Oyóse un ruido suave, de algo que rozaba, como si un bote acabara de encallar en un bajío. Rápidamente volvióse en redondo el chacal y se encaró (siempre es mejor encararse) con la criatura de la cual había estado hablando. Era un cocodrilo de más de siete metros de largo, encerrado en lo que parecía una plancha de caldera de triples remaches, claveteada y carenada, mostrando como adorno un crestón; las amarillas puntas de sus dientes superiores colgaban desde la mandíbula superior, pasando sobre la inferior, terminada bellamente en un pico de flauta. Era el achatado Mugger (bocón), de la aldea de Mugger-Ghaut, más viejo que ninguno de los hombres de la aldea, que había dado su nombre al lugar; era como demonio en la parte vadeable del río antes de que se construyera el puente del ferrocarril: era un asesino, un devorador de carne humana y un fetiche local, todo en una pieza. Se quedó tendido, con la barba en la orilla, y se mantenía así mediante una casi invisible ondulación de la cola, y bien sabía el chacal que un solo golpe de esa cola, dado en el agua, bastaría para elevar al Mugger por la vera con la velocidad de una máquina de vapor.

-¡Un encuentro de buenos auspicios, protector de los pobres! -dijo adulonamente, retrocediendo un poco a cada palabra-. Oímos una voz deleitosa y nos acercamos con la esperanza de charlar amablemente. Mi desmedida presunción me indujo, mientras esperábamos aquí, a hablar de usted. Espero que nada se habrá entreoído.

Ahora bien: el chacal había hablado precisamente para que lo oyeran, porque sabía que la adulación era el mejor medio de procurarse comida; y el Mugger sabía que sólo con tal fin había hablado el chacal; y el chacal sabía que el Mugger no ignoraba esto; y el Mugger sabía que el chacal sabía que aquél lo sabía; y así, todos se quedaban tan contentos.

El viejísimo animal avanzó, jadeando y gruñendo, sobre la orilla, farfullando:

-¡Respeto para los viejos y achacosos!

Y durante todo este tiempo sus ojillos brillaban como brasas, bajo los pesados y córneos párpados, encima de su triangular cabeza, mientras arrastraba el cuerpo, hinchado como un barril entre sus ganchudas patas. Luego se detuvo, y acostumbrado y todo como estaba el chacal a sus maneras, no pudo menos de estremecerse, por centésima vez, cuando vio cuán exactamente imitaba el Mugger a un leño arrojado en la margen del río.

Aun había tomado el cuidado de tenderse en el ángulo exacto en que, al encallar, formaría un madero, teniendo en cuenta cómo era la corriente en aquella época y lugar.

Todo eso, por supuesto, no era sino cuestión de hábito, porque el Mugger había venido a tierra únicamente por gusto; pero un cocodrilo nunca se siente harto, y si el chacal hubiera sido engañado por lo que parecía, no hubiera vivido lo suficiente para filosofar sobre ello.

-Hijo mío, no oí nada -dijo el Mugger, cerrando un ojo-. Tenía agua en mis oídos y me sentía desfallecido por el hambre. Desde que construyeron el puente del ferrocarril, la gente de mi aldea ha dejado de quererme, y esto me traspasa el corazón de dolor.

-¡Qué vergüenza! -dijo el chacal-. ¡ Un corazón tan noble como el de usted! Pero todos los hombres son parecidos, según creo.

-¡No, no! Hay, por cierto, grandes diferencias entre ellos -respondió suavemente el Mugger-. Unos son delgados como bicheros de bote. Otros son gordos, como cachorros de chac... digo, de perro. No quisiera yo hablar mal de los hombres, sin motivo. Los hay de muy diversas clases, pero los largos años que he vivido me han demostrado que, en general, son muy buenos. Hombres, mujeres, finos...; no hallo nada que reprocharles. Y acuérdate, hijo, de que aquel que desprecia al mundo, será despreciado por el mundo.

-La adulación es peor que una lata vacía en el estómago. Pero lo que acabo de oír, es pura sabiduría dijo la grulla, bajando una de sus patas.

-Considera, no obstante, su ingratitud con quien es tan bueno -empezó a decir el chacal muy tiernamente.

-¡No, no, no son ingratos! -respondió el Mugger-. No piensan en los demás, eso es todo.

Pero yo he notado, mientras yazgo en mi puesto allá debajo del vado, que las escaleras del puente nuevo son terriblemente difíciles de subir tanto para los ancianos como para los niños. Los ancianos, por cierto, no son dignos de consideración; pero me apenan, me apenan verdaderamente los niños que están gordos. Pero creo que, a no tardar, cuando ya haya pasado esa novedad del puente, veremos a mis gentes chapoteando por el agua del vado como antes, valerosamente, con las morenas piernas desnudas. Entonces el viejo Mugger se verá honrado de nuevo.

-Pero ciertamente vi guirnaldas de caléndulas flotando esta misma tarde en el borde del Ghaut -dijo la grulla.

Las guirnaldas de caléndulas son muestra de veneración en toda la India.

-¡Error! ¡Error! Era la esposa del vendedor de confituras. Pierde la vista más y más cada año, y no puede distinguir entre un madero y yo... el Mugger del Ghaut. Vi la equivocación cuando arrojó la guirnalda, porque yo estaba echado al pie mismo del Ghaut, y, si hubiera dado un paso más, le hubiera demostrado la diferencia entre un leño y yo. Pero la intención era buena y hay que tener en cuenta el espíritu con que se hace la ofrenda.

-¿De qué sirven las guirnaldas de caléndulas cuando ya uno está en el estercolero? -dijo el chacal, cazando las pulgas que tenía pero sin quitar el ojo, con cierto aburrimiento, de su protector de los pobres.

-Cierto, pero aún no han empezado a hacer el estercolero al que iré a parar yo. Cinco veces he visto al río retroceder desde la aldea y dejar descubierta nueva tierra al pie de la calle. Cinco veces he visto reedificar la aldea en las orillas y cinco veces más la veré reedificar. No soy un gavial inconstante que se dedica a coger peces, hoy en Kasi, mañana en Prayag, como dice el proverbio, sino el verdadero y constante vigilante del vado. Por algo, muchacho, la aldea lleva mi nombre, y "quien mucho vigila" como dicen, "obtendrá, al final, su recompensa".

-Yo he vigilado mucho... mucho.., casi toda mi vida, y mi premio sólo han sido mordiscos y cardenales -replicó el chacal.

-¡Jo, jo, jo! -se carcajeó la grulla..

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