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El
Libro de las Tierras Vírgenes
(Continuación)
Este
encuentro la animó muchísimo, y cuando aquel verano estuvo
de nuevo de regreso
en
Novatoshnah, Matkah, su madre, le rogó que se casara y
viviera tranquilo, porque ya
no
era un holluschickie, sino un Gancho de Mar, hecho y
derecho, con su blanca melena
rizada
sobre la espalda, y tan pesada, grande y de feroz aspecto
como la de su padre.
-Dame
una estación más de espera -respondió él-. Acuérdate,
madre: siempre es la
séptima
ola la que llega más lejos en la playa.
Cosa
curiosa fue que hubo otra foca que también pensó en
aplazar el casarse hasta el
próximo
año, y Kotick bailó con ella la danza del fuego en toda la
extensión de la playa
de Lukannon, la noche antes de que saliera para el último de
sus viajes de exploración.
En
esta ocasión se dirigió hacia el oeste, porque había
descubierto el rastro de un gran
número
de platijas, y él necesitaba por lo menos un centenar de
libras de pescado para
mantenerse
en buena salud. Las persiguió hasta cansarse, y entonces se
enroscó y se
durmió
en uno de los agujeros que deja en la tierra la resaca, en
dirección a la isla del
Cobre.
Conocía perfectamente aquella costa, y así, hacia
medianoche, cuando sintió que
caía
blandamente en un lecho de plantas marinas, dijo:
-¡Huy!
La marea sube rápidamente esta noche.
Y
dando media vuelta en el agua, abrió los ojos calmosamente
y se desperezó. Pero
luego
brincó como un gato, porque vio algo enorme que olfateaba
por encima de los
bajíos
y engullía grandes flecos de algas.
-¡Por
las olas del Estrecho de Magallanes!... -se dijo-. ¿Quiénes
son esas personas?
No
eran como los caballos marinos, ni como los leones ni como
los osos de mar, ni
como
las focas, ballenas, tiburones, peces o conchas que Kotick
estaba acostumbrado a
ver.
Tenían entre veinte y treinta pies de largo y carecían de
aletas posteriores; pero
tenían
en cambio una cola en forma de pala, que parecía haber sido
recortada de un
pedazo
de cuero mojado. Sus cabezas tenían un aire de lo más estúpido
que verse pueda,
y
se balanceaban en el agua, en el extremo de sus colas,
cuando comían, saludándose
solemnemente
unos a otros y agitando sus aletas delanteras, como los
fiambres muy
gruesos
mueven los brazos.
-¡Ejem!
dijo Kotick-. ¿Pinta bien la suerte, caballeros?
Y
aquellos seres enormes respondieron saludando y agitando las
aletas, como lo hacía
Frog-Footman.
Cuando empezaron a comer de nuevo, notó Kotick que el labio
superior
lo
tenían partido en dos pedazos que podían apartar uno del
otro cosa de medio metro y
que
podían juntarlos otra vez luego, sosteniendo con ambos
pedazos más de media
fanega
de algas. Las metían en la boca y mascaban solemnemente.
-¡Vaya
un sucio modo de comer! -dijo Kotick. Como saludaron
nuevamente, Kotick
empezó
a perder la paciencia.
-¡Bueno!
-dijo-. Si es que tenéis una articulación extra en las
aletas delanteras, no debéis
demostrarlo
tanto. Veo que saludáis con mucha gracia, pero quisiera
saber cómo os
llamáis.
Los
labios partidos se movieron y se separaron, y los vítreos y
verdes ojos miraron
fijamente;
pero aquellos seres no pronunciaron palabra.
-¡Vaya!
-prosiguió Kotick-. Vosotros sois las únicas personas que
he encontrado más
feas
que Sea Vitch... y peor educadas que él.
Acudió
entonces a su memoria con la rapidez del relámpago lo que
le había dicho la
gaviota
en la isla del Caballo Marino cuando no tenía más de un año;
se dejó caer de
espaldas
al agua, sintiéndose contento porque supo que había
encontrado a la Vaca
Marina.
Las
vacas marinas continuaron buscando algas y mascándolas, y
mientras tanto Kotick
les
hacía preguntas en cada uno de los lenguajes que había
aprendido en sus víajes, y
hay
que saber que el pueblo marino usa casi tantos lenguajes
como los seres humanos..
Pero
las vacas marinas no le respondieron, porque no hablan.
Tienen únicamente seis
huesos
en el cuello en vez de siete, y dice la gente del mundo
submarino que tal cosa les
impide
hablar hasta a los de su misma clase. Pero, como ya lo
dijimos, tienen una
articulación
extra en las aletas delanteras, y, al moverlas de arriba
abajo y de un lado al
otro,
forman una especie de torpe clave telegráfica con la que se
entienden entre ellas.
Al
clarear el día, la melena de Kotick estaba completamente
erizada, y su paciencia
había
ido a parar a donde van los cangrejos cuando mueren.
Entonces, las vacas marinas
empezaron
a hacer rumbo hacia el Norte con mucha calma, parándose de
cuando en
cuando
para llevar a cabo absurdos conciliábulos en que no hacían
otra cosa que
saludarse,
y Kotick las seguía, diciéndose:
-La
gente que es tan estúpida como ésta, hace mucho tiempo que
hubiera sido muerta si
no
hubiese encontrado alguna isla en la que pueda vivir sin
cuidado; y lo que es bastante
bueno
para la vaca marina, lo es también para Gancho de Mar. Sea
como fuere, ojalá
que
se apresuraran un poco más.
Era
aquello un fatigoso trabajo para Kotick. La manada sólo
recorría cuarenta o
cincuenta
millas al día, se paraba de noche para comer y siempre se
mantenía cerca de
la
playa, en tanto que Kotick nadaba en torno suyo, por encima
y por debajo, pero no
lograba
que fueran ni media milla más aprisa.
Al
acercarse más hacia el Norte, tuvieron otros conciliábulos
a intervalos de unas
cuantas
horas, y Kotick casi se arrancaba los bigotes de tanto mordérselos,
por la
impaciencia,
hasta que finalmente vio que remontaban una corriente de
agua tibia, y
entonces
respetó un poco más a aquellos seres.
Una
noche se hundieron al través del agua reluciente -se hundían
como piedras-, y, por
primera
vez desde que él los conociera, empezaron a nadar rápidamente.
Las siguió
Kotick,
y tanta rapidez lo dejó admirado, porque nunca pensó que
las vacas marinas
fuesen
tan buenas nadadoras. Se dirigieron hacia un sitio
acantilado de la costa, que se
hundía
en el agua, y se sumergieron en un agujero que había al
pie, a veinte brazas bajo
el
mar. Nadaron y nadaron en aquel oscuro túnel, y Kotick que
iba tras ellas sintió que
necesitaba
desesperadamente aire fresco después de haber nadado tanto.
-¡Por
vida de!... dijo al salir, boqueando y resoplando, al mar
abierto y libre, en el lado
opuesto-.
Fue largo el chapuzón, pero valió la pena.
Las
vacas marinas se separaron unas de otras, y comían
perezosamente a la orilla de las
más
bellas playas que Kotick jamás viera. Había allí grandes
extensiones de roca,
desgastada
y pulida, que se extendían por millas enteras, adecuadas
para viveros de
focas;
otras que estaban formadas de dura arena, detrás de las
primeras y en declive
tierra
adentro, buenas para jugar en ellas; y rompientes para que
pudiesen bailar las
focas
sobre el agua; blanda hierba para revolcarse; dunas para
trepar por la arena,
descendiendo
luego; y, lo mejor de todo, Kotick supo, con solo tocar el
agua, cosa que
nunca
engaña a un Gancho de Mar, que jamás había llegado un
hombre hasta allí.
Lo
primero que hizo fue asegurarse de que la pesca era buena, y
luego nadó bordeando
la
playa y conté todos los deliciosos y bajos islotes de
arena, medio escondidos en la
hermosa
y rastrera niebla. A lo lejos, hacia el Norte, se veía una
línea de bancos de
arena,
de escollos y de rocas que le hubieran impedido a cualquier
barco acercarse a
menos
de seis millas de la playa, y entre las islas y la tierra
firme había un profundo
canal
que llegaba a tocar los acantilados perpendiculares de la
costa, debajo de los
cuales
se abría la boca del túnel.
-Esto
es otro Novastoshnah, pero diez veces mejor -dijo Kotick-.
La vaca marina ha de
ser
más lista de lo que yo creía. Los hombres -si los hubiera-
no podrían bajar por los
cantiles;
en cuanto a los escollos del lado del mar, pronto convertirían
a cualquier barco en
un montón de astillas. Si hay un lugar en el mar que sea
seguro, éste es,
indudablemente.
Empezó
a pensar en la foca que había dejado esperándolo, pero,
aunque mucho quisiera
apresurarse
por volver a Novastoshnah, exploró completamente aquel
nuevo país, para
poder
contestar a cuanta pregunta se le formulara. Luego se
zambulló en el agua y se
metió
por la boca del túnel, y nadó por él rápidamente hacia
el Sur. Sólo una vaca
marina
o una foca hubieran pensado que existía un lugar como aquél,
y cuando desde
lejos
Kotick se volvió para mirar hacia los acantilados, se
maravilló de haber estado allí.
Tardó
seis días en regresar a su país, aunque no iba nadando
despacio, y, cuando tocó
tierra
por la Garganta del León Marino, lo primero que vio fue a
la foca que le esperaba,
la
cual, al ver cómo brillaban los ojos de Kotick, comprendió
que al fin había
encontrado
la isla deseada.
Pero
los holluschickie y Gancho de Mar, su padre, y todas las demás
focas, se burlaron
de
él cuando les dijo lo que había descubierto, y una foca de
su misma edad, le dijo:
-Todo
eso está muy bien, Kotick, pero no puedes venir quién sabe
de dónde y
ordenarnos
que abandonemos este lugar. Recuerda que hemos luchado largo
tiempo por
nuestros
viveros, y eso tú no lo hiciste nunca; preferiste andar
buscando por esos mares.
-Al
oír esto, las demás focas se rieron, y la foca joven movió
la cabeza a uno y otro
lado.
Se había casado aquel mismo año, y por eso se daba mucha
importancia.
-Yo
no tengo vivero que defender -dijo Kotick-. Tan sólo deseo
mostrarles un lugar
donde
podrán todos vivir tranquilos. ¿Para qué estar siempre
luchando?
-¡Oh!
Si tratas de salirte por la tangente, por supuesto nada más
tengo que decir dijo la
foca
joven, con una risita sarcástica.
-¿Vendrás
si lucho contigo y te venzo? -dijo Kotick; brilló una luz
verde en su mirada,
porque
estaba verdaderamente furioso de tener que combatir.
-¡Muy
bien! -respondió la foca joven, como al descuido-. Si me
vences, iré contigo.
Ni
siquiera tuvo tiempo de cambiar de opinión, pues ya Kotick
alargaba la cabeza y sus
dientes
se clavaban en la gordura del cuello de la joven foca. Luego
se echó hacia atrás
y
arrastró a su enemiga por la playa, la sacudió, y la golpeó,
revolcándola por el suelo.
Luego,
Kotick, dirigiéndose a las focas, rugió:
-Hice
todo lo que pude por ustedes durante las últimas cinco
estaciones. Encontré la isla
en
donde pueden vivir seguras, pero a menos de que les
arranquen la estúpida cabeza
del
cuello, no creerán ustedes lo que se les dice. Pero ya les
enseñaré yo... ¡En guardia!
Me
contó Limmershin que nunca en su vida -y cada año él ve
diez mil focas viejas en
luchas
continuas-, que nunca en su pequeña vida vio cosa semejante
a la embestida que
dio
Kotick contra los viveros. Se lanzó contra el mayor
"gancho de mar" que tuvo a su
alcance,
lo cogió por el pescuezo, casi ahogándolo, y lo zarandeó
y golpeó de lo lindo
hasta
que el otro le pidió que le perdonara la vida; después de
esto, lo arrojó a un lado y
arremetió
contra el siguiente. Hay que ver que Kotick nunca había
ayunado durante
cuatro
meses al año, como lo hacen las focas grandes; sus viajes a
nado en alta mar lo
mantenían
en excelentes condiciones, y, lo mejor de todo, nunca antes
había peleado. Su
blanca
melena se erizaba de cólera, le llameaban los ojos y
brillaban sus grandes
caninos,
y en resumen, ofrecía magnífico aspecto.
El
viejo Gancho de Mar, su padre, lo vio batiéndose
desenfrenadamente, arrastrando por
el
suelo a viejas focas cuyo pelo empezaba a encanecer, arrastrándolas
como si fueran
platijas,
y a las más jóvenes revolcándolas por todos lados, y
entonces, Gancho de Mar
dio
un gran bramido y gritó:
-Puede
ser tan tonto como se quiera, pero es el mejor luchador de
estas playas. ¡No
pelees
con tu padre, hijo mío! ¡Estoy de tu parte!
Kotick
respondió con otro bramido y el viejo Gancho de Mar,
caminando como los
patos
y resoplando como locomotora, se mezcló en la lucha, en
tanto que Matkah y la
foca
que iba a casarse con Kotick, se agachaban y contemplaban a
sus hombres. Fue una
pelea
admirable, pues las dos focas lucharon hasta que ya no hubo
foca que osara
levantar
la cabeza, y entonces se pasearon orgullosamente de un
extremo al otro de la
playa,
emparejadas y mugiendo.
Por
la noche, cuando la aurora boreal parpadeaba y lanzaba vivos
destellos al través de
la
niebla, trepó Kotick a una desnuda roca y miró hacia
abajo, hacia los destruidos
viveros
y los heridos y sangrantes cuerpos de las focas.
-Ahora
-dijo-, les di la lección que necesitaban.
-¡Por
vida mía! -exclamó el viejo Gancho de Mar, enderezándose
trabajosamente pues
estaba
todo derrengado-. ¡Ni el mismo Cetáceo Carnicero les
hubiera hecho más daño!
¡Hijo
mío, me siento orgulloso de ti, y lo que es más, iré a tu
isla... si es verdad que
existe!
-¡Atención,
piara de cerdos marinos! ¿Quién viene conmigo al túnel de
la Vaca Marina?
¡Respondan,
o empiezo de nuevo! -rugió Kotick.
Se
produjo un murmullo como el suave rumor de la marea cuando
sube o baja por las
playas.
-¡Iremos
contigo! dijeron miles de voces fatigadas-. Seguiremos a Kotíck,
la Foca
Blanca.
Entonces
hundió Kotick la cabeza entre los hombros y cerró
orgullosamente los ojos.
Ya
no era una foca blanca, sino roja de la cabeza a los pies.
Pero daba lo mismo; se
hubiera
sentido avergonzada de mirar o de tocar una sola de sus
heridas.
Al
cabo de una semana, él y su ejército (cerca de diez mil
focas, entre holluschickie y
focas
viejas) salieron con rumbo al Norte hacia el túnel de la
Vaca Marina, dingiéndolas
a
todas Kotick, mientras que las que se quedaban en
Novastoshnah las llamaban
estúpidas.
Pero a la primavera siguiente, cuando se encontraron todas
en las pesqueras
del
Pacífico, las focas de Kotick contaron tales maravillas de
las nuevas playas, al otro
lado
del túnel de la Vaca Marina, que cada día abandonaban
mayor número las playas
de Novastoshnah.
No
se hicieron esas cosas de golpe, por supuesto, pues las
focas necesitan largo tiempo
para
darle vueltas a una cosa en la cabeza, pero año a año
abandonaban más focas a
Novastoshnah,
a Lukannon y otros viveros, para dirigirse a las abrigadas
playas donde
Kotick
pasa ahora todo el verano, creciendo, engordando y poniéndose
más fuerte cada
año,
en tanto que los halluschickie juegan en torno suyo en aquel
mar no visitado por
ningún
hombre.
LUKANNON
(Ésta
es la gran canción de altamar que todas las focas de San
Pablo cantan cuando van
de
regreso a sus playas en verano. Es una especie de himno
nacional muy triste.)
Me
encontré en la mañana con mis amigos
pero,
¡ay! ¡qué vieja estoy ya!
donde,
rugiendo las olas en verano,
contra
cien arrecifes van a chocar.
Cantaban
a coro; su voz
la
del mar sofocaban;
dos
millones de voces cantaban
sobre
las playas de Lukannon.
Canción
de reposo junto a los lagos,
canción
de dunas en que juega un escuadrón,
canción
de las danzas nocturnas
entre
el fuego del mar.
¡Playas
de Lukannon que el hombre aún no profanó!
Encontré
muy de mañana a mis amigas,
a
las que nunca encontraré ya más;
iban
y venían por legiones que
toda
la playa ennegrecían.
Y
al través de la espuma, desde donde la voz
puede
llegar, saludábamos, gritando, su entrada,
mientras
ellas subían por el arenal.
¡Las
playas de Lukannon!... donde crece
el
trigo, la hierba, el liquen,
que
la niebla humedeció...
donde
sobre pulidas rocas jugamos,
donde
nacimos todas. . . ¡allí está nuestro amor!
Hallé
por la mañana a mis amigas, ¡pocas quedaban del bando
nuestro!
En
el agua dábanles caza los hombres,
y
en tierra las golpeaban sin piedad.
Como
mansos y tontos corderos
a
morir nos llevaban.., pero todavía, ¡ay!,
cantamos
a las playas de Lukannon,
antes
que el cazador las viniera a hollar.
¡Hacia
el Sur, hacia el Sur, Gooverooska¡
Cuéntales
a los reyes del mar nuestro dolor:
¡pronto
desiertas estarán nuestras playas,
como
huevo de muerto tiburón!
¡Nunca
más verán a sus hijos
las
playas de Lukamion!
Los
Enterradores
Quien
le llame al chacal "hermano mío"
y
comparta su comida con la hiena,
es
como el que pacta tregua con Jacala,
vientre
que en cuatro patas corre.
Ley
de la selva.
-¡Respeto
para los ancianos!
Era
una voz pastosa... una voz fangosa que os hubiera hecho
estremecer. . . una voz
como
de algo blando que se parte en dos pedazos. Había en ella
un quiebro, algo que la
hacía
participar del graznido y del lamento.
-¡Respeto
para los ancianos, compañeros del río!... ¡Respeto para
los ancianos!
Nada
podía verse en toda la anchura del río, excepto una
flotilla de gabarras, de velas
cuadradas
y clavijas de madera, cargadas de piedras para
construcciones, que acababa
de
llegar bajo el puente del ferrocarril siguiendo corriente
abajo. Hicieron que se
movieran
los toscos timones para evitar el banco de arena que el agua
había formado al
rozar
en los estribos del puente, y mientras pasaban de tres en
fondo, la horrible voz
empezó
de nuevo:
-¡Brahmanes
del río, respetad a los ancianos y achacosos!
Volvióse
uno de los barqueros, sentado en la regala de uno de los
barcos, levantó la
mano,
dijo algo que no era precisamente una bendición y los botes
siguieron adelante,
crujiendo,
iluminados por la luna. El ancho río indio, que parecía más
bien una cadena
de
pequeños lagos que una corriente continua, era terso como
el cristal y reflejaba el cielo
de color de arena roja en el centro, pero se veía salpicado
de manchas amarillentas
y
de un color de púrpura oscuro cerca de las orillas bajas y
tocando con ellas. Se
formaban
caletas en el río, en la estación lluviosa; pero ahora sus
secas bocas quedaban
por
encima de la superficie del agua. Sobre la orilla izquierda
y casi bajo el puente del
ferrocarril,
había una aldea edificada con fango y ladrillos, con bálago
y palos, cuya
calle
principal, llena de ganado que volvía a sus establos, corría
en línea recta hacia el
río
y terminaba con una especie de tosco desembarcadero de
ladrillo, en el que la gente
que
quería lavar podía meterse en el agua paso a paso. Este
lugar se llamaba el Ghaut de
la
aldea de Mugger-Ghaut.
Caía
rápidamente la noche sobre los campos de lentejas, arroz y
algodón, en las tierras
bajas
inundadas cada año por el río; sobre los cañaverales que
bordeaban el vértice del
recodo
que aquél formaba y sobre la enmarañada maleza que crecía
en las tierras de
pastos,
detrás de las quietas cañas. Los papagayos y los cuervos,
que habían estado
charlando
y chillando al beber por la tarde, habían volado ya tierra
adentro para ir a
dormir,
cruzándose con los batallones de murciélagos que entonces
salían; y nubes de
aves
acuáticas venían chirriando a buscar abrigo en los cañaverales.
Había gansos de
cabeza
en forma de barril y de negro lomo; cercetas, patos
silbadores, lavancos,
tadornas,
chorlitos, y aquí y allá un flamenco.
Cerrando
la marcha podía verse una grulla de las llamadas ayudantes
que volaba como
si
cada aletazo fuera a ser el último
-¡Respeto
para los ancianos! ¡Brahmanes del río. .. respetad a los
ancianos!
La
grulla volvió a medias la cabeza, desvióse un poco en
dirección hacia la voz, y tomó
tierra
muy tiesa en el banco de arena que había debajo del puente.
Entonces pudo verse
bien
su aire brutal y rufianesco. Por detrás parecía
enormemente respetable, pues su
estatura
era de casi dos metros, y se parecía mucho a un correctísimo
pastor protestante
de
gran calva. Por delante era distinto, porque su cabeza a lo
Ally Sloper y su cuello no
tenían
una sola pluma, y en su mismo cuello, bajo la barbilla tenía
una horrible bolsa de
desnuda
piel.. . y allí iba a parar cuanto robaba con su afilado y
largo pico. Sus patas
eran
largas, flacas y descarnadas, pero las movía con mucha
suavidad y las contemplaba
con
orgullo cuando se alisaba las plumas de la cola, mirando de
soslayo por encima de
su
hombro y cuadrándose luego como si le dijeran: ¡firmes!
Un
chacal pequeño y sarnoso que había estado ladrando de
hambre en una hondonada,
levantó
las orejas y la cola y corrió al encuentro de la grulla.
Era
el ser más bajo de su casta -sin que quiera decir esto que
haya mucho de bueno en
los
chacales; pero en éste era algo muy particular la bajeza,
pues era la mitad mendigo y
la
otra mitad criminal-; se dedicaba a limpiar los montones de
basura de la aldea,
exageradamente
tímido o salvajemente fiero, con hambre perpetua y lleno de
astucia
que
nunca le sirvió para nada.
-¡Uf!
-dijo, sacudiéndose lastimeramente al pararse-. ¡ Que la
sarna se coma a los perros
de
esta aldea! He recibido tres mordiscos por cada pulga que
traigo encima, y todo
porque
miré (tan sólo miré, fijáos bien), un zapato viejo que
había en un corral de vacas.
¿Tengo
que alimentarme de barro? -Y se rascó bajo la oreja
izquierda.
-Yo
oí -dijo la grulla con una voz que sonaba como sierra
embotada pasando al través
de
gruesa tabla-, oí decir que había un perrillo recién
nacido dentro del zapato.
-Del
dicho al hecho, hay gran trecho -respondió el chacal, que
sabía muchos proverbios
que
había aprendido escuchando a los hombres sentados alrededor
de las fogatas, al caer
la
tarde.
-Así
es. Por tanto, para estar segura de la verdad, tomé bajo mí
cuidado a ese cachorro
mientras
los perros andaban ocupados en otro lado.
-Estaban
muy ocupados -dijo el chacal-. Bueno, no debo ir de caza a
la aldea, por las
sobras,
durante algún tiempo. ¿De veras había un perrillo ciego
dentro de aquel zapato?
-Aquí
está -respondió la grulla mirando por encima del pico a su
gran bolsa, que estaba
llena-.
Poca cosa, pero muy aceptable en estos tiempos en que la
caridad ha muerto en
este
mundo.
-¡Ay!
El mundo es duro como el hierro en estos tiempos -gimió el
chacal. En ese
momento
sus inquietos ojos notaron una levísima ondulación en el
agua, y prosiguió
rápidamente-:
Dura es la vida para todos nosotros, y no dudo de que, aun
nuestro
excelente
amo, el Orgullo del Ghaut, la Envidia del río...
-Del
mismo huevo salieron al mismo tiempo un embustero, un
adulador y un chacal -dijo
la
grulla sin dirigirse a nadie en particular, porque ella
también es una grandísima
embustera,
cuando quiere tomarse la molestia de serlo.
-Sí,
la Envidia del río -repitió el chacal elevando la voz-. No
dudo que hasta él opina
que
desde que construyeron el puente, la comida es más escasa.
Pero, por otra parte, y
aunque
de ninguna manera quisiera yo decir esto en su propia y
noble cara, es tan sabio
y
tan virtuoso.., como ¡ay!, tengo yo poco de esas cosas...
-Cuando
el chacal reconoce que es gris, ¡cuán negro debe ser!
-murmuró la grulla. No
preveía
entonces lo que iba a suceder.
-Que
no le falte nunca comida, y, en consecuencia..
Oyóse
un ruido suave, de algo que rozaba, como si un bote acabara
de encallar en un
bajío.
Rápidamente volvióse en redondo el chacal y se encaró
(siempre es mejor
encararse)
con la criatura de la cual había estado hablando. Era un
cocodrilo de más de
siete
metros de largo, encerrado en lo que parecía una plancha de
caldera de triples
remaches,
claveteada y carenada, mostrando como adorno un crestón;
las amarillas
puntas
de sus dientes superiores colgaban desde la mandíbula
superior, pasando sobre la
inferior,
terminada bellamente en un pico de flauta. Era el achatado
Mugger (bocón), de
la
aldea de Mugger-Ghaut, más viejo que ninguno de los hombres
de la aldea, que había
dado
su nombre al lugar; era como demonio en la parte vadeable
del río antes de que se
construyera
el puente del ferrocarril: era un asesino, un devorador de
carne humana y un
fetiche
local, todo en una pieza. Se quedó tendido, con la barba en
la orilla, y se
mantenía
así mediante una casi invisible ondulación de la cola, y
bien sabía el chacal
que
un solo golpe de esa cola, dado en el agua, bastaría para
elevar al Mugger por la
vera
con la velocidad de una máquina de vapor.
-¡Un
encuentro de buenos auspicios, protector de los pobres!
-dijo adulonamente,
retrocediendo
un poco a cada palabra-. Oímos una voz deleitosa y nos
acercamos con la
esperanza
de charlar amablemente. Mi desmedida presunción me indujo,
mientras
esperábamos
aquí, a hablar de usted. Espero que nada se habrá entreoído.
Ahora
bien: el chacal había hablado precisamente para que lo
oyeran, porque sabía que
la
adulación era el mejor medio de procurarse comida; y el
Mugger sabía que sólo con
tal
fin había hablado el chacal; y el chacal sabía que el
Mugger no ignoraba esto; y el
Mugger
sabía que el chacal sabía que aquél lo sabía; y así,
todos se quedaban tan
contentos.
El
viejísimo animal avanzó, jadeando y gruñendo, sobre la
orilla, farfullando:
-¡Respeto
para los viejos y achacosos!
Y
durante todo este tiempo sus ojillos brillaban como brasas,
bajo los pesados y córneos
párpados,
encima de su triangular cabeza, mientras arrastraba el
cuerpo, hinchado como
un
barril entre sus ganchudas patas. Luego se detuvo, y
acostumbrado y todo como
estaba
el chacal a sus maneras, no pudo menos de estremecerse, por
centésima vez,
cuando
vio cuán exactamente imitaba el Mugger a un leño arrojado
en la margen del río.
Aun
había tomado el cuidado de tenderse en el ángulo exacto en
que, al encallar,
formaría
un madero, teniendo en cuenta cómo era la corriente en
aquella época y lugar.
Todo
eso, por supuesto, no era sino cuestión de hábito, porque
el Mugger había venido a
tierra
únicamente por gusto; pero un cocodrilo nunca se siente
harto, y si el chacal
hubiera
sido engañado por lo que parecía, no hubiera vivido lo
suficiente para filosofar
sobre
ello.
-Hijo
mío, no oí nada -dijo el Mugger, cerrando un ojo-. Tenía
agua en mis oídos y me
sentía
desfallecido por el hambre. Desde que construyeron el puente
del ferrocarril, la
gente
de mi aldea ha dejado de quererme, y esto me traspasa el
corazón de dolor.
-¡Qué
vergüenza! -dijo el chacal-. ¡ Un corazón tan noble como
el de usted! Pero todos
los
hombres son parecidos, según creo.
-¡No,
no! Hay, por cierto, grandes diferencias entre ellos
-respondió suavemente el
Mugger-.
Unos son delgados como bicheros de bote. Otros son gordos,
como cachorros
de chac... digo, de perro. No quisiera yo hablar mal de los
hombres, sin motivo. Los hay
de
muy diversas clases, pero los largos años que he vivido me
han demostrado que, en
general,
son muy buenos. Hombres, mujeres, finos...; no hallo nada
que reprocharles. Y
acuérdate,
hijo, de que aquel que desprecia al mundo, será despreciado
por el mundo.
-La
adulación es peor que una lata vacía en el estómago. Pero
lo que acabo de oír, es
pura
sabiduría dijo la grulla, bajando una de sus patas.
-Considera,
no obstante, su ingratitud con quien es tan bueno -empezó a
decir el chacal
muy
tiernamente.
-¡No,
no, no son ingratos! -respondió el Mugger-. No piensan en
los demás, eso es todo.
Pero
yo he notado, mientras yazgo en mi puesto allá debajo del
vado, que las escaleras
del
puente nuevo son terriblemente difíciles de subir tanto
para los ancianos como para
los
niños. Los ancianos, por cierto, no son dignos de
consideración; pero me apenan, me
apenan
verdaderamente los niños que están gordos. Pero creo que,
a no tardar, cuando
ya
haya pasado esa novedad del puente, veremos a mis gentes
chapoteando por el agua
del
vado como antes, valerosamente, con las morenas piernas
desnudas. Entonces el
viejo
Mugger se verá honrado de nuevo.
-Pero
ciertamente vi guirnaldas de caléndulas flotando esta misma
tarde en el borde del
Ghaut
-dijo la grulla.
Las
guirnaldas de caléndulas son muestra de veneración en toda
la India.
-¡Error!
¡Error! Era la esposa del vendedor de confituras. Pierde la
vista más y más cada
año,
y no puede distinguir entre un madero y yo... el Mugger del
Ghaut. Vi la
equivocación
cuando arrojó la guirnalda, porque yo estaba echado al pie
mismo del
Ghaut,
y, si hubiera dado un paso más, le hubiera demostrado la
diferencia entre un leño
y
yo. Pero la intención era buena y hay que tener en cuenta
el espíritu con que se hace la
ofrenda.
-¿De
qué sirven las guirnaldas de caléndulas cuando ya uno está
en el estercolero? -dijo
el
chacal, cazando las pulgas que tenía pero sin quitar el
ojo, con cierto aburrimiento, de
su
protector de los pobres.
-Cierto,
pero aún no han empezado a hacer el estercolero al que iré
a parar yo. Cinco
veces
he visto al río retroceder desde la aldea y dejar
descubierta nueva tierra al pie de
la
calle. Cinco veces he visto reedificar la aldea en las
orillas y cinco veces más la veré
reedificar.
No soy un gavial inconstante que se dedica a coger peces,
hoy en Kasi,
mañana
en Prayag, como dice el proverbio, sino el verdadero y
constante vigilante del
vado.
Por algo, muchacho, la aldea lleva mi nombre, y "quien
mucho vigila" como
dicen,
"obtendrá, al final, su recompensa".
-Yo
he vigilado mucho... mucho.., casi toda mi vida, y mi premio
sólo han sido
mordiscos
y cardenales -replicó el chacal.
-¡Jo,
jo, jo! -se carcajeó la grulla..
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