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El
Libro de las Tierras Vírgenes
(Continuación)
En
agosto nació el chacal, en septiembre caen las lluvias; ¡No
puedo recordar, dice, tan
tremenda
lluvia como ésta!
La
grulla ayudante tiene una particularidad muy desagradable.
En épocas que se
producen
con irregularidad, sufre de agudos ataques de hormigueos o
calambres en las
patas,
y aunque la virtud de la resistencia sea mayor en ella que
en cualquiera de las
otras
clases de grullas que, a pesar de todo, muestran gran
impasibilidad, se echa a
revolotear
en salvajes danzas guerreras, que baila sobre una suerte de
zancos torcidos,
abriendo
a medias las alas y moviendo su cabeza calva de arriba
abajo; y en tanto hace
esto,
por motivos que ella sabrá, cuida mucho de que sus más
fuertes ataques vayan
acompañados
de sus más acerbas críticas. Cuando pronunció la última
palabra de su
cantar,
se cuadró de nuevo muy tiesa, diez veces más digna que
nunca del nombre de
Ayudante que llevaba.
El
chacal retrocedió acobardado, aunque ya su edad le había
permitido ver tres
estaciones
completas; pero no puede uno darse por ofendido y contestar
un insulto que
proviene
de una persona que posee un pico de un metro de largo y el
poder de clavarlo
como
una jabalina. La grulla era una reconocida cobarde, pero el
chacal era aún peor
que
ella.
-Hay
que vivir para aprender -dijo el Mugger-, y puede decirse
esto: los chacales
pequeños
abundan mucho, hijo; pero un bocón como yo, es raro. Sin
embargo, no me
siento
orgulloso de ello, porque el orgullo es destructivo; pero fíjate
bien, esto es cosa
del
Hado, y contra el Hado nada debieran decir cuantos nadan,
caminan o corren. Yo
estoy
contento del Hado. Con buena suerte, buen ojo y la costumbre
de asegurarse de
que
está libre la salida antes de entrar en alguna cala o
remanso, puede hacerse mucho.
-En
una ocasión oí decir que incluso el protector de los
pobres se había equivocado dijo
el
chacal maliciosamente.
-Es
cierto, pero entonces vino en mi ayuda el Hado. Ello sucedió
antes de que hubiera
adquirido
todo mi desarrollo. .. tres hambres antes de la última que
hubo. (iPor la
margen
izquierda y derecha del Ganges, cuánta corriente llevaban
los ríos en aquella
época!)
Sí, yo era joven y atolondrado, y cuando vino la inundación,
¿quién estaba más
contento
que yo? Poca cosa bastaba entonces para que yo me sintiera
feliz. La aldea
estaba
completamente inundada, y yo nadé por encima del Ghaut y
fui tierra adentro
hasta
los campos de arroz que estaban llenos de barro. Me acuerdo
también de un par de
brazaletes
que encontré aquella tarde, y que, por cierto, eran de
cristal y no les hice
ningún
caso. Sí, brazaletes de cristal, y también encontré, si
mi memoria no me falla, un
zapato.
Debiera haber sacudido aquellos dos zapatos, pero tenía
mucha hambre. Más
tarde
aprendí a proceder mejor. Sí. Así pues, comí y descansé.
Pero, cuando me
disponía
a regresar al río, la inundación había bajado de nivel y
caminé por el barro de
la
calle principal. ¿Quién, si no yo, hubiera hecho eso?
Acudió toda mi gente,
sacerdotes,
mujeres y niños, y yo los miré con benevolencia. No es
buen lugar el barro
para
combatir bien. Uno de los barqueros dijo:
-Busquen
hachas y mátenlo; es el Mugger del vado.
-No
-dijo el Brahman-. Miren: se lleva por delante la inundación.
Es el dios de la aldea.
Entonces
me arrojaron gran cantidad de flores, y alguien tuvo el
feliz pensamiento de
poner
una cabra en mitad del camino.
-¡Qué
sabrosa. . . qué sabrosa es la cabra! dijo el chacal.
-Tiene
muchos pelos... muchos pelos... y cuando la encuentra uno en
el agua es más que
probable
que haya escondido dentro de ella un anzuelo en forma de
cruz. Pero les acepté
aquella
cabra, y luego me fui hasta el Ghaut triunfalmente. Más
tarde, el Hado hizo que
cayera
en mis manos el barquero que había querido cortarme la cola
con el hacha. Su
bote
embarrancó en un banco de que no se acordarían ustedes
aunque se lo mencionara.
-No
todos somos aquí chacales -dijo la grulla-. ¿Era el banco
que se formó donde se
hundieron
los barcos que cargaban piedras, el año de la gran sequía..,
un banco de arena
muy
largo que duró por espacio de tres inundaciones?
-Había
dos -respondió el Mugger-; uno más arriba y otro más
abajo.
-¡Ah,
se me había olvidado! Los dividía un canal que más tarde
se secó también -dijo la
grulla
que se sentía muy orgullosa de su buena memoria.
-En
el banco de abajo encalló la barca del hombre que abrigaba
tan buenas intenciones
tocante
a mi. Estaba durmiendo en la proa, y, medio despierto, saltó
al agua que le daba
hasta
la cintura.. . no, hasta las rodillas, para empujar la
embarcación, la cual, vacía,
siguió
adelante hasta tocar de nuevo en la tierra en el próximo
recodo que la corriente
formaba
entonces. Yo seguía adelante también, porque sabía que
vendrían más hombres
para
arrastrar el barco hasta la playa.
-¿Y
vinieron? -dijo el chacal un tanto despavorido. Ésta era
una cacería en una escala
tal,
que lo impresionaba.
-Acudieron
hombres de allí y de más abajo. No seguí adelante; pero
esto me permitió
apoderarme
de tres en un día.. . tres manjis (barqueros) muy gordos,
y, a excepción del
último
(con el cual me descuidé un tanto), ni uno solo pudo gritar
para advertir a los que
se
encontraban en la orilla del río.
-¡Ah!
¡Qué manera de cazar! ¡Pero cuánta habilidad y qué
superior juicio reclama! -exclamó
el
chacal.
-Habilidad
no, muchacho, sino sólo pensar un poco. Un poco de
pensamiento es como
la
sal sobre el arroz, como dicen los barqueros, y yo siempre
he pensado
profundamente.
Mi primo el gavial, el que come peces, me ha dicho cuán difícil
es para
él
seguirlos, y cuánto difieren los unos de los otros, y cómo
necesita él conocerlos a
todos
en conjunto y a cada uno por separado. Sabiduría digo yo
que es esto; pero, por
otra
parte, mi primo, el gavial, vive entre su gente. Mi gente no
nada en bandadas, con
la
boca fuera del agua, como lo hace Rewa; ni sale
constantemente a la superficie, ni se
vuelve
de lado, como Mohoo y el diminuto Chapta; ni se reúne en
los bancos de arena
después
de una inundación, como Batchua y Chilva.
-Todos
son deliciosos manjares dijo la grulla, dando un chasquido
con el pico.
-Así
dice mi primo, y hace una ocupación muy seria del cazarlos;
pero ellos no se
encaraman
a los bancos de arena para eludir sus dientes. Mi gente es
muy diferente.
Vive
en la tierra, en casas, entre sus ganados. Yo necesito saber
lo que hacen y lo que
están
a punto de hacer; y así, poniendo primero la trompa del
elefante y luego la cola,
reconstruyo,
como dicen, al elefante entero. ¿Cuelga de una puerta una
rama verde con
un
anillo de hierro? El viejo Mugger sabe que ha nacido un niño
en aquella casa y que
algún
día vendrá al Ghaut a jugar. ¿Va a casarse una doncella?
El viejo Mugger sabe
esto,
porque ve a los hombres ir y venir con regalos; y, por último,
ella también acude al
Ghaut
para bañarse antes de la boda. . . y allí está él. ¿Ha
cambiado el río su curso, y
deja
nuevas tierras donde antes sólo arena había? El Mugger
sabe también esto.
-Bueno,
¿de qué sirve saber eso? -objetó el chacal-. El río ha
cambiado de lugar hasta
durante
mi corta vida.
Los
ríos de la India están casi siempre cambiando su curso y
se desvían a veces hasta
una
media legua o más en una sola estación, inundando los
campos de una de las orillas
y
esparciendo cieno fertilizante sobre la Otra.
-No
hay conocimiento tan útil como éste -dijo el Mugger-,
porque nuevas tierras
significan
nuevas pendencias. El Mugger lo sabe. ¡Oh! Lo sabe
perfectamente. Cuando
las
aguas se retiran, se arrastra él por grietas tan estrechas
que los hombres piensan que
no
son lo suficientemente anchas para que allí pueda
esconderse un perro, y allí espera.
Luego
aparece un labriego diciendo que plantará allí pepinos, y
acullá melones, en la tierra
nueva que el río le ha dado. Tantea el cieno excelente con
los pies desnudos. A
poco
llega otro labriego diciendo que cultivará allí cebollas,
zanahorias y caña de
azúcar,
en este y aquel sitio. Se acercan como botes que toman rumbo
hacia el mismo
punto,
y mira cada quien al otro con unos ojos que parecen rodar
bajo el enorme
turbante
azul. El viejo Mugger ve y oye. Llámanse el uno al otro
"hermano", y van a
amojonar
la nueva tierra. El Mugger corre detrás de ellos, a uno y
otro lado,
deslizándose,
aplastado contra el suelo, por el lodo. ¡Ahora empiezan a
disputar! ¡Se
dicen
palabras ásperas! ¡Se arrancan los turbantes! Ahora
enarbolan los garrotes, y, por
último,
cae uno de espaldas en el lodo, y el otro huye. Cuando
regresa, la cuestión ha
quedado
ya zanjada, como da fe de ello el bambú herrado del
vencido. Y sin embargo,
nada
le agradecen al Mugger. No; gritan: ¡un asesinato! Las
familias pelean a
garrotazos,
veinte de cada bando. Mi gente es muy buena gente.. . jats
de las montañas...
malwais
del Bêt.
Cuando
pegan, no pegan por juego, y, cuando la lucha termina, el
viejo Mugger espera
allá
lejos en el río, fuera de la vista de la aldea, detrás de
las matas de kíkar que por allá
hay.
Entonces bajan mis jats de anchos hombros, ocho o nueve
juntos, bajo la luz de las
estrellas
trayendo al muerto en una camilla. Son viejos de barbas
canas y de voz tan
profunda
como la mía. Encienden un fuego (¡ah! ¡cómo conozco yo
ese fuego!), tragan
tabaco
y formando círculo mueven la cabeza todos a la vez hacia
adelante y hacia un
lado,
hacia el muerto que está en la orilla. Dicen que las leyes
inglesas arreglarán
aquello
con la horca, y que pasará gran vergüenza la familia del
matador al ver cómo lo
cuelgan
en el patio grande de la cárcel. Los amigos del muerto
dicen: "¡Que lo
cuelguen!,
y empieza de nuevo la conversación... una, dos, veinte
veces durante la
noche
interminable. Entonces, por último, dice uno: "La
pelea fue limpia. Tomemos el
dinero
que nos ofrecen, un poco más de lo que nos ofrecen, y no
digamos nada de lo
sucedido."
Empiezan
a regatear por el dinero, pues el muerto es un hombre
robusto que ha dejado
muchos
hijos. Sin embargo, antes del amratvela (la salida del sol),
lo queman un poco,
como
es la costumbre, y el muerto viene a parar a mí, y él ya
no dirá nada del asunto.
¡Ah,
hijos míos! El Mugger sabe... sabe muchas cosas... y los
Malwah jats son buena
gente.
-Tienen
el puño demasiado apretado. . . son muy mezquinos para
llenarme el buche -graznó
la
grulla-. No malgastan el lustre en los cuernos de una vaca,
como dicen; y,
veamos,
¿quién puede espigar después que ha pasado un Malwah?
-¡Ah!
Yo... los espigo a ellos -replicó el Mugger.
-Pues
bien: en Calcuta del Sur, en tiempos antiguos -siguió
diciendo la grulla-, tiraban
todo
a la calle y nosotros podíamos escoger y revolverlo todo.
¡esos eran buenos
tiempos!
Pero ahora mantienen las calles tan limpias como la cáscara
de un huevo, y mi
gente
huye. Ser limpio es una cosa; pero quitar el polvo, barrer y
regar siete veces al día,
aburre
hasta a los mismos dioses.
-Un
día un chacal de las tierras bajas me contó que en Calcuta
del Sur todos los chacales
estaban
tan gordos como nutrias en la estación de lluvias -dijo el
chacal, y la boca se le
hizo
agua sólo de pensarlo.
-¡Ah!
Pero allí están los de la cara blanca.. . los ingleses..,
y ellos llevan consigo perros
gordos
que conducen de quién sabe dónde, río abajo, en unos
barcos, los que cuidan de
que
esos chacales de que hablas estén flacos -repuso la grulla.
-¿Son,
pues, de corazón tan duro como esa gente? Debí suponerlo.
Ni la tierra, ni el
cielo
ni el agua son caritativos con el chacal. Yo vi las tiendas
de uno de los de cara
blanca
durante la última estación, después de las lluvias, y
además le cogí unas riendas nuevas,
amarillas, para comérmelas. Los blancos no saben preparar
bien las pieles.
Aquellas
riendas me enfermaron.
-A
mí me ocurrió algo peor -dijo la grulla-. Cuando no
contaba yo más que tres
estaciones,
y era tan joven como atrevida, me fui al río, al lugar
donde atracan los
barcos
grandes. Los barcos de los ingleses son de triple tamaño
que el tamaño de esta
aldea.
-Ha
estado en Nueva Delhi... y quiere hacernos creer que la
gente allí camina de cabeza
-murmuró
el chacal.
El
Mugger abrió el ojo izquierdo y miró fijamente a la
grulla.
-Es
verdad -insistió la enorme ave-. Un embustero sólo miente
cuando espera que le
creerán.
Nadie que no haya visto esos barcos podría creer esta
verdad que digo.
-Eso
es ya más razonable -observó el Mugger-. ¿Y qué más?
-De
los costados de uno de esos barcos estaban sacando grandes
pedazos de una materia
blanca
que, al cabo de poco rato, se convertía en agua. Buena
parte de ella se
desmenuzó,
cayendo sobre la orilla, y el resto lo colocaron en una casa
de gruesas
paredes.
Pero un barquero, que reía, cogió uno de aquellos trozos,
no más grande que un
perrillo,
y me lo tiró. Yo... como todos los míos. . . trago sin
reflexionar, de modo que
tragué
aquello según nuestra costumbre. Inmediatamente sentí un
gran frío que,
empezando
en el buche, me corría hasta la punta de los dedos, y me
privé de hablar, en
tanto
que los barqueros se burlaban de mí. Nunca he sentido tanto
frío. Por el dolor y al
aturdimiento,
bailé hasta que pude recobrar el aliento, y entonces bailé
de nuevo,
gritando
contra la falsedad de este mundo, y los barqueros
continuaban riéndose de mí
hasta
caerse al suelo. ¡Lo más maravilloso de todo, aparte aquel
frío tan intenso, es que
nada
absolutamente había en mi buche cuando terminé mis
lamentaciones!
La
grulla había hecho todo lo posible para describir lo que
había sentido después de
tragarse
un pedazo de hielo de siete libras, proveniente del lago de
Wenham, traído de
allí
por un barco americano de los dedicados al transporte, antes
de que Calcuta
fabricara
su hielo con máquinas; pero, como el ave no sabía lo que
era el hielo, y como
menos
aún lo sabían el Mugger y el chacal, el cuento no produjo
el efecto deseado.
-Cualquier
cosa -dijo el Mugger, cerrando de nuevo su ojo izquierdo-,
cualquier cosa es
posible
cuando procede de un barco que tiene tres veces el tamaño
de Mugger-Ghaut.
Mi
aldea no es una aldea pequeña.
Se
oyó un silbido por encima del puente, y el tren correo de
Delhi pasó por él, llenos de
luz
todos los coches y tras ellos las sombras a lo largo del río.
Se hundió con estruendo
a
lo lejos en la oscuridad, pero el Mugger y el chacal ya
estaban tan acostumbrados a
esto
que ni siquiera volvieron la cabeza.
-¿Acaso
no es eso tan maravilloso como un barco de triple tamaño
que Mugger-Ghaut?
-dijo
el ave mirando hacia arriba.
-Yo
vi edificar eso, muchacho. Piedra por piedra vi elevarse los
estribos del puente, y
cuando
los hombres se caían (generalmente eran maravillosamente
diestros en no poner
el
pie en falso... pero, cuando se caían), allí estaba yo
alerta. Después que el primer
estribo
estuvo hecho, ya nunca pensaron en ir corriente abajo en
busca de los cadáveres
para
quemarlos. Y con esto me evitaron muchas molestias. No hubo,
por lo demás, nada
de
extraño en la construcción del puente -concluyó el
Mugger.
-Pero,
¿eso que pasa por encima de él, tirando de los carros
techados? ¡Eso sí es
extraño!
-dijo la grulla.
-Es,
sin duda, un buey de alguna nueva especie. Algún día
perderá pisada y caerá del
mismo
modo que cayeron los hombres. El viejo Mugger estará también
entonces alerta.
El
chacal miró a la grulla, y ésta al chacal. Si había algo
de que pudieran estar seguros
más
que de cualquiera otra cosa, era de que la máquina podía
ser cualquier cosa menos un
buey. El chacal la había observado muchas veces desde las
matas de áloe que
bordeaban
la línea; y la grulla había visto locomotoras desde que la
primera locomotora
corrió
en la India. Pero el Mugger no había visto la máquina más
que desde abajo, y la
cupulilla
de bronce le parecía la especie de joroba de un buey.
-Sí;
un buey de una nueva especie -repitió, pesando las
palabras, el Mugger, como para
persuadirse
a sí mismo, y el chacal respondió:
-Ciertamente
es un buey.
-Y
también podría ser. .. -empezó a decir el Mugger con
cierta aspereza.
-Cierto...
cierto que sí -interrumpió el chacal, sin esperar a que el
otro terminara.
-¿Qué?
dijo el Mugger enojado, porque sentía que los demás sabían
más que él-. ¿Qué
podría
ser? No había yo terminado de hablar. Tú dijiste que era
un buey.
-Es
cualquier cosa que el protector de los pobres quiera. Yo soy
su servidor... y no el de
esa
cosa que atraviesa el río.
-Sea
lo que fuere, es obra de los de cara blanca -dijo la
grulla-, y por mi parte no
quisiera
yo echarme en un lugar que se halla tan cerca de eso, como
este banco de arena.
-Tú
no conoces a los ingleses como yo -dijo el Mugger-. Había
aquí un cara blanca
cuando
construían el puente; y el blanco se metía muchas veces, a
la caída de la tarde,
en
un bote, y golpeaba con los pies las tablas del fondo,
murmurando: "¿Está aquí?
¿Está
aquí? Traigan mi escopeta." Yo le oía aun antes de
verle, oía cada ruido que
producía,
los crujidos, el resuello, cada golpecito dado en la
escopeta, mientras iba río
arriba
y río abajo... Tan cierto como que yo le había privado de
uno de sus obreros, y
con
esto le hice ahorrar un gran gasto de leña que hubieran
necesitado para quemarlo;
tan
cierto como esto era su constante empeño en venirse hasta
el Ghaut, y gritar que me
iba
a matar, librando así al río de mi presencia... de la
presencia del Mugger, de
Mugger-Ghaut.
¡A mí! Hijos míos, yo nadé hora tras hora bajo la quilla
de su bote, y oía
cómo
disparaba contra algunos leños; y cuando estaba yo bien
seguro de que él estaba
cansado,
me levantaba junto a él y hacía castañear mis dientes
frente a su cara. Cuando
el
puente estuvo terminado, se marchó. Todos los ingleses
cazan de ese modo, excepto
cuando
son ellos los cazados.
-¿Quién
caza a los de la cara blanca? -ladró el chacal excitado.
-Ahora,
nadie; pero yo los cacé en mis buenos tiempos.
-Me
acuerdo un poco de esa caza. Entonces era yo joven -dijo la
grulla haciendo sonar
su
pico de modo significativo.
-Estaba
yo aquí perfectamente establecido. Mi aldea era reedificada
por tercera vez,
según
recuerdo, cuando mi primo, el gavial, me trajo noticias de
ciertas aguas muy ricas
más
arriba de Benares. No quise ir al principio, porque mi
primo, que sólo come peces,
no
siempre distingue lo bueno de lo malo; pero oí a mi gente
hablar por las tardes, y lo
que
dijeron me decidió.
-¿Y
qué fue lo que dijeron? -preguntó el chacal.
-Lo
suficiente para que yo, el Mugger de Mugger-Ghaut, me
saliera del agua y echara a
andar.
Partí de noche, sirviéndome hasta de los más pequeños
arroyos según se me iban
presentando;
pero era entonces el principio del verano, y todos llevaban
muy poca agua.
Crucé
caminos llenos de polvo; atravesé altas matas de hierba;
escalé colinas a la luz de
la
luna. Hasta trepé por las rocas, hijos míos... piensen
bien en ello. Crucé el extremo
del
río Sirhind, el seco, antes de que pudiera encontrar la
serie de afluentes que
desembocan
en el Ganges. Un mes de continuo viaje era preciso para
regresar a donde
se
hallaba mi gente y el río que yo conocía. ¡Fue algo
maravilloso!
-¿Y
qué tal de comida durante el camino? -preguntó el chacal,
que no tenía más alma
que
su estómago, y no estaba ni tantito impresionado por los
viajes del Mugger.
-Lo
que encontraba, eso comia... primo -dijo el Mugger
pausadamente, arrastrando cada
palabra.
Ahora
bien; no se le llama primo a nadie en la India a menos de
que pueda uno llegar a
establecer
cierto parentesco con esa persona, y como sólo en los
cuentos de hadas se
casa
un Mugger con un chacal, nuestro chacal comprendió por qué
motivo se había
visto
de pronto elevado al círculo de la familia del Mugger. Si
hubieran estado solos, no
le
hubiera importado; pero brillaron los ojos de la grulla al oír
la pesada broma.
-Ciertamente,
padre, debí haberlo supuesto -dijo el chacal-. A un Mugger
no le gusta
que
lo llamen padre de ningún chacal, y el Mugger de
Mugger-Ghaut respondió
entonces
tanto y mucho más de lo que sería discreto repetir aquí.
-El
protector de los pobres fue quien me llamó pariente. ¿Cómo
puedo yo acordarme del
grado
de parentela que hay entre nosotros? Además, comemos la
misma clase de
comida.
Él lo dijo -respondió el chacal.
Esto
agravó aún más las cosas, porque a lo que apuntaba el
chacal era a indicar que el
Mugger
debía de haber devorado su comida fresca todos los días en
aquella marcha a
pie,
en vez de guardarla junto a sí hasta que estuviera como él
la necesitaba, como lo
hacen
todos los Mugger que se respetan algo, y también la mayor
parte de las fieras,
cuando
pueden. A decir verdad, uno de los peores insultos que
pueden dirigirse en el
cauce
del río los animales, es tildarse de "devoradores de
carne fresca". Esto es casi tan
malo
como llamar caníbal a un hombre.
-Aquella
carne fue comida hace treinta estaciones -dijo
tranquilamente la grulla-.
Aunque
habláramos durante treinta estaciones más, nunca la volveríamos
a ver.
Cuéntanos
ahora qué ocurrió cuando llegaste a aquellas aguas tan
buenas, después de tu
maravilloso
viaje por tierra. Si escucháramos el aullido de cada
chacal, los negocios de
la
ciudad se paralizarían, como dice el proloquio.
El
Mugger debió agradecer la interrupción, porque prosiguió
precipitadamente:
-¡Por
la margen izquierda y derecha del Ganges! ¡Cuando llegué
allá, nunca había visto
aguas
como aquéllas!
-¿Eran
mejores, entonces, que la gran inundación de la última
estación? -preguntó el
chacal.
-¡Mucho
mejores! Esa inundación sólo fue lo que ocurre cada cinco
años.., un puñado
de
forasteros ahogados, unas cuantas gallinas, un buey muerto
en el agua lodosa, gracias
a
las corrientes cruzadas. Pero en la estación de que me
acuerdo ahora, el río estaba
bajo,
el agua corría mansa, igual siempre, y como me lo había
advertido el gavial, los
ingleses
bajaban por ella tocando uno con otro. En aquella estación
engordé y crecí.
Desde
Agra, cerca de Etawah y del lugar en que la corriente se
ensancha, no muy lejos
de Allahabad.
-¡Oh!
¡Qué remolino se formó bajo los muros del fuerte de
Allahabad!... -dijo la grulla-.
Acudieron
allí como los patos a los juncales, y bailaban dando
vueltas... así.
Empezó
otra vez su horrible danza, mientras el chacal la miraba con
envidia. Él no se
acordaba
naturalmente del terrible año de la insurrección. El
Mugger continuó:
-Sí;
cerca de Allahabad, uno se tendía quieto en el agua mansa,
y dejaba que pasaran
veinte
cuerpos para escoger uno. Y sobre todo, los ingleses no iban
llenos de joyas y
anillos
en la nariz y en los tobillos, como mis mujeres acostumbran
hoy. El que gusta
mucho
de adornos, acaba con una cuerda al cuello como collar, como
dice el refrán.
Todos
los cocodrilos que había en todos los ríos engordaron
entonces; pero quiso mi
Hado
que yo engordara más que ninguno. Las noticias que corrían
era que se cazaba a
los
ingleses arrojándolos a los ríos, y, ¡por las dos orillas
del Ganges! nosotros
estábamos
seguros de ello. Así lo creí durante todo el tiempo que
fui en dirección al Sur;
llegué allá siguiendo la corriente hasta más allá de
Monghyr y de las tumbas que
dominan
el río.
-Conozco
ese sitio -dijo la grulla-. Desde aquellos días, Monghyr es
una ciudad
abandonada.
Pocos viven allí ahora.
-Después
de esto, me fui corriente arriba despacio, perezosamente, y
un poco más allá
de
Monghyr encontré un bote lleno de blancos... ¡todos vivos!
Eran, me acuerdo bien,
mujeres,
que yacían bajo una tela sostenida por palos, y lloraban a
gritos. No nos
disparaba
entonces nadie ni un tiro: éramos los únicos guardianes de
los vados en
aquellos
tiempos. Todas las armas de fuego estaban ocupadas en otra
parte. Las
escuchábamos
día y noche tierra adentro; el estruendo iba y venía según
a donde soplara
el
viento. Me levanté por completo frente al bote, porque
nunca había visto caras
blancas
vivas, aunque bien los conocía, por otra parte. Un niño
blanco desnudo, estaba
de
rodillas en uno de los costados del bote, e, inclinándose,
se le antojó arrastrar las
manos
por las aguas del río. Es hermoso ver cómo juega un niño
con el agua que corre.
Yo
había comido ya aquel día; pero todavía en mi estómago
había un rinconcito vacío.
Sin
embargo, más por juego que por comer, me levanté hasta
casi tocar las manos del
niño.
Ofrecían un blanco tan fácil que ni siquiera las miré
cuando cerré las mandíbulas;
pero
eran tan pequeñas que, aunque cerré las quijadas
debidamente -estoy seguro de
ello-,
el niño las retiró con rapidez sin recibir en ellas el
menor daño. Seguramente
pasaron
por el espacio que media entre un diente y otro... aquellas
pequeñas manos
blancas.
Hubiera podido entonces asirlo por los codos, pero, como
dije, me había
acercado
allí sólo por juego y por el deseo de ver cosas nuevas.
Gritaron uno tras otro
los
que iban en el bote, y luego de unos momentos me levanté de
nuevo para
observarlos.
El barco estaba demasiado pesado para hacerlo zozobrar. Iban
en él sólo
mujeres,
pero quien se fía de una mujer, es como si caminara sobre
hierbas que ocultan
una
laguna, como dice el proverbio, y. . . ¡por las dos márgenes
del Ganges!, eso es
verdad.
-En
una ocasión una mujer me dio una piel seca, como si fuera
pescado -observó el
chacal-.
Desde entonces, espero poder apoderarme de su niño; pero más
vale comer
carne
de caballo que recibir de él una coz, como dice el
proverbio. ¿Qué hicieron las
mujeres?
-Me
dispararon una arma muy corta, de una clase que nunca antes
había visto y que no
he
vuelto a ver. Me dispararon cinco veces, una tras otra (el
Mugger debió habérselas
con
algún antiguo revólver); yo me quedé con la boca abierta,
bostezando, con una nube
de
humo en torno de mi cabeza. Nunca vi cosa igual. ¡Cinco
veces, y tan rápidamente
como
cuando muevo la cola... ¡así!
El
chacal, que se sentía cada vez más interesado por el
relato, apenas si tuvo tiempo de
brincar
hacia atrás en el momento mismo en que la cola cortaba el
aire como una
guadaña.
-Hasta
que sonó el quinto disparo -prosiguió el Mugger, como si
jamás hubiera pensado
en
causarle daño a sus oyentes-, hasta que sonó el quinto
disparo me hundí en el agua, y
torné
a salir de ella en el momento preciso en que un barquero les
decía a aquellas
mujeres
blancas que sin duda había quedado yo muerto. Una de las
balas se me había
incrustado
en el cuello. No sé si todavía estará allí, porque no
puedo volver la cabeza.
Ven
y mira tú, muchacho. Quiero demostrar que mi historia es
verídica.
-¿Yo?
-dijo el chacal-. ¿Quien come zapatos viejos y rompe huesos
para comer puede
dudar
de la palabra del que es la envidia del río? ¡Que mi cola
sea engullida por
cachorrillos
ciegos si la sombra de ese pensamiento me ha pasado por la
cabeza! El
protector
de los pobres se ha dignado contarme a mí, su esclavo, que
una vez en su vida fue
herido por una mujer. Con esto basta, y les contaré el
cuento a todos mis hijos, sin
pedir
pruebas de él.
-La
excesiva urbanidad es a veces tan mala como la descortesía
excesiva, porque, como
dice
el proverbio, hasta con requesones puede ahogarse a un
invitado. No deseo que
ningún
hijo tuyo sepa que el Mugger de Mugger-Ghaut recibió de una
mujer la única
herida
que ha recibido en su vida. Tus hijos tendrán que pensar en
muchas otras cosas,
para
procurarse la comida por tan tristes medios como los que
emplea su padre.
-¡Olvidado
está, y desde hace mucho tiempo! ¡Nunca dije tal cosa! ¡Jamás
existió
ninguna
mujer blanca! ¡Nunca hubo barco alguno! ¡Nunca ocurrió
nada!
El
chacal movió la cola, como si barriera el suelo, para
mostrar cuán totalmente quedaba
todo
borrado de su memoria, y sentó con aire de suficiencia.
-Ciertamente
sucedieron muchas cosas, continuó el Mugger, derrotado por
segunda vez,
al
querer llevarle ventaja a su amigo. (Ninguno de ellos, sin
embargo, tenía mala
intención.
Comer y ser comido eran cosa completamente legal en toda la
extensión del
río,
y el chacal se encontraba allí para recoger las sobras
cuando el Mugger hubiera
terminado
su comida.)
-Abandoné
aquel bote -prosiguió-, y me fui corriente arriba, y,
cuando llegué a Arrah y
a
las aguas situadas detrás, no hallé más ingleses muertos.
El río estuvo vacío durante
cierto
tiempo. Luego llegaron uno o dos cadáveres con chaquetas de
color rojo; pero no
ingleses,
sino todos de una misma clase -del Indostán y Purbeahs-.
Después, cinco o seis
de
frente, y, por último, desde Arrah hasta el Norte, más allá
de Agra, parecía como si
se
hubieran arrojado al agua pueblos enteros. Salían de las
calas uno tras otro, como
bajan
los maderos en la época de las lluvias; cuando se levantaba
el río, también ellos se
levantaban,
en compañías enteras, de los bancos de arena en que habían
estado
reposando.
Luego, al bajar el agua de la corriente, los arrastraba al
través de los campos
y
de la tierra virgen, por los largos cabellos. Toda la noche,
así mismo, yendo hacia el
Norte,
escuché disparos de armas de fuego, y durante el día el
rumor de pies calzados
que
atravesaban los vados, o el que producen las ruedas de un
pesado carro al rodar
sobre
la arena por debajo del agua; y cada ola traía nuevos cadáveres.
Al fin, hasta yo
mismo
sentí miedo, porque dije: "Si esto les ocurre a los
hombres, ¿cómo podrá salvarse
el
Mugger de Mugger-Ghaut?" También había barcos que venían
detrás de mí, corriente
arriba,
ardiendo continuamente, como arden a veces las embarcaciones
que llevan
algodón,
pero sin jamás hundirse.
-¡Ah!
-dijo la grulla-; barcos como los que van a Calcuta del Sur.
Son altos y negros,
con
una cola que golpea el agua por detrás, y...
-Y
son tres veces tan grandes como mi aldea. Mis barcos eran
bajos y blancos;
golpeaban
el agua a cada lado, y no eran más grandes que los botes de
quien habla
sujetándose
a la verdad. Me dieron mucho miedo, por lo que abandoné
aquellas aguas y
me
vine a este cauce mío, ocultándome de día y caminando de
noche, cuando no podía
encontrar
arroyos que me ayudaran. Me volví a mi aldea, pero no
esperaba ver en ella a
ninguno
de los de mi gente. Sin embargo, aquí estaban, arando,
sembrando y segando
luego
las mieses; iban de un lado al otro tan tranquilamente como
sus ganados.
-¿Y
había aún buena comida en el río? -dijo el chacal.
-Más
de la que yo hubiera deseado. Incluso -y eso que yo no como
barro-, incluso
estaba
cansado, y, por lo que recuerdo, un tanto asustado de aquel
constante bajar por el
río
gente silenciosa. A los de mi aldea les oí decir que todos
los ingleses habían muerto;
pero
los que llegaban, boca abajo, con la corriente, no eran
ingleses, según pudo ver mi
gente.
Entonces mi gente dijo que lo mejor era no decir nada, sino
pagar la contribución
y
arar la tierra. Después de mucho tiempo, el río quedó
limpio de cadáveres, y los que
por
él bajaban eran sin duda ahogados procedentes de las
inundaciones, como podía verlo
yo claramente; y aunque entonces no era fácil procurarse
comida, me alegraba
cordialmente
de ello. Un poco de matanza aquí y allá, no es malo..,
pero hasta el
Mugger
puede algunas veces hartarse, como dice el proverbio.
-¡Maravilloso!
¡ Verdaderamente maravilloso! -dijo el chacal-. Yo he
engordado ya,
nada
más de tanto oír hablar de comer. Y después de esto, ¿qué
cosa, si se me permite
preguntarlo,
hizo el protector de los pobres?
-Me
dije a mí mismo -y por las dos orillas del Ganges, que me
mantuve firme en mi
juramento-,
me dije a mí mismo que nunca más vagabundearía de aquel
modo. Así
pues,
he vivido junto al Ghaut, muy cerca de mi gente, y los he
vigilado año tras año, y
ellos
me quieren tanto, que hasta me arrojaban guirnaldas de caléndulas
cada vez que
me
veían levantar la cabeza del agua. Sí, mi Hado ha sido muy
bueno conmigo, y el río
es
lo suficientemente bueno para respetar mi presencia, débil
y enfermo como estoy;
sólo
que...
-Nadie
es feliz por entero, desde el pico hasta la cola -dijo la
grulla con simpatía-. ¿Qué
más
necesita el Mugger de Mugger-Ghaut?
-Aquel
niño tan pequeño y tan blanco del que no me apoderé -dijo
el Mugger, con un
profundo
suspiro-. Era muy pequeño, pero no lo he olvidado. Ahora
estoy viejo, pero
antes
de morir quisiera probar algo nuevo. Es verdad que ellos son
gente de pies
pesados,
y medio locos, y poco juego sería el cazarlos, pero todavía
me acuerdo de
aquellos
tiempos que pasé algo más lejos de Benares, y si el niño
vive, él también aún
se
acordará. Es posible que pasee por la orilla de algún río
diciendo cómo una vez pasó
las
manos por entre los dientes del Mugger de Mugger-Ghaut, y
quedó vivo para narrar
el
cuento. Mi Hado ha sido muy bueno conmigo; pero a veces, en
sueños, me molesta
eso...
el pensamiento de aquel niñito blanco que iba en el bote.
Bostezó
y cerró las quijadas.
-Y
ahora voy a descansar y a pensar -prosiguió-. Guardad
silencio, hijos míos, y
respetad
a los ancianos.
Se
volvió con dificultad y se arrastró hasta lo alto del
banco de arena, en tanto que el
chacal
se retiraba con la grulla para refugiarse detrás de un árbol
que se había detenido
en
el río, en el extremo más cercano del puente del
ferrocarril.
-Ésa
ha sido una vida agradable y provechosa -dijo aquél sardónicamente,
mirando con
expresión
interrogante al ave que lo dominaba desde su altura-. Y fíjate
que ni una sola
vez
creyó oportuno decirme dónde podría encontrar un bocado
en algún banco de arena.
Y
sin embargo, yo le he señalado cien veces muchas buenas
cosas que estaban en el
barro,
corriente abajo. ¡Qué cierto es el proverbio que dice:
"todo mundo ignora al
chacal
y al barbero una vez que por ellos se han sabido las
noticias!" Ahora se va a
dormir. ¡Aarh!
-¿Y
cómo puede cazar un chacal junto con un cocodrilo? dijo fríamente
la grulla-. Un
ladronazo
y un ladronzuelo; fácil sería adivinar quién se llevaría
los mejores bocados.
El
chacal se volvió gimiendo de impaciencia, y se iba a
enroscar bajo el tronco de un
árbol,
cuando de pronto se acurrucó y se puso a mirar, al través
de las ramas, hacia el
puente
que estaba casi encima de su cabeza.
-¿Qué
sucede ahora? -preguntó la grulla, abriendo las alas, algo
inquieta.
-Espera
un poco y lo veremos. El viento sopla de nosotros hacia
ellos, pero no nos
buscan
a nosotros.., esos dos hombres.
-¿Hombres
son? Mi oficio me protege. En toda la India se sabe que soy
sagrada.
La
grulla, que es allí un excelente basurero, se mete por
donde le place, y por eso la
nuestra
nunca se acobardaba.
-No
valgo la pena para que me den más golpes que el que puede
dar un zapato viejo -dijo
el
chacal, escuchando de nuevo-. ¿Oyes esos pasos? No es ruido
de zapatos de campesinos;
es calzado de un pie de blanco. ¡Escucha otra vez! ¡Roce
de hierro contra
hierro!
¡Es una escopeta! Amiga, esos locos ingleses de pies
pesados han venido a
hablar
con el Mugger.
-Adviérteselo,
pues. Hace un rato fue llamado protector de los pobres por
un cierto
chacal
hambriento.
-Deja
que mi primo proteja él mismo su piel. Me ha dicho mil
veces que nada hay que
temer
de los caras blancas. Éstos deben ser caras blancas.
Ninguno de los aldeanos de
Mugger-Ghaut
se atrevería a perseguirlo. ¿Ves? ¡Ya dije yo que era una
escopeta!
Ahora,
con un poco de suerte, tendremos alimento antes de que
apunte el día. Él no oye
bien
fuera del agua, y... ¡en esta ocasión no tendrá que habérselas
con una mujer!
Durante
un momento brilló el cañón de una escopeta sobre las
traviesas del puente. El
Mugger
estaba echado en el banco de arena, tan quieto como su
propia sombra, un poco
abiertas
las patas delanteras, la cabeza caída entre ellas, roncando
como un... cocodrilo.
Sobre
el puente murmuró una voz:
-El
tiro resulta un poco raro, casi en dirección perpendicular;
pero tan seguro como
capital
invertido en casas. Lo mejor es apuntarle al cuello. ¡Caramba!
¡Qué enorme
animal!
Los aldeanos se pondrán furiosos si lo matamos. Como que es
el deota, el dios
de
estos lugares.
-Me
importa un rábano -respondió otra voz-. Me quitó unos
quince de mis mejores
coolies
mientras se construía el puente, y ya es hora de acabar con
él. Lo he perseguido
en
bote durante semanas enteras. Prepare el "martini"
para cuando le haya disparado yo
los
dos cañones de mi escopeta.
-Cuidado,
pues, con el culatazo. No es broma un doble disparo de
calibre cuatro.
-Eso
habrá de decirlo él. ¡Allá va!
Se
oyó un estruendo como el producido por un cañón de pequeñas
dimensiones (las
mayores
escopetas para la caza de elefantes no se diferencian mucho
de una pequeña
pieza
de artillería) y una doble llamarada, seguido todo esto de
la detonación seca y
penetrante
de un "martini", cuya larga bala penetra sin
dificultad por las gruesas placas
de
un cocodrilo. Pero las balas explosivas habían hecho ya el
trabajo. Una de ellas dio
exactamente
detrás del cuello, un poco hacia la izquierda de la espina
dorsal; la otra
estalló
más abajo, donde empieza la cola. En el noventa y nueve por
ciento de los casos
puede
un cocodrilo mortalmente herido arrastrarse hasta el agua,
en los lugares de cierta
profundidad,
escapando así. Pero el Mugger de Mugger-Ghaut había
quedado
literalmente
roto en tres pedazos. Apenas sí movió la cabeza antes de
morir, y yacía tan
aplanado
en el suelo como el chacal.
-¡Rayos
y truenos! ¡Rayos y truenos! -dijo el miserable animalejo-.
¿Aquella cosa que
arrastra
por el puente los carros cubiertos se ha venido abajo por
fin?
-No
es sino una escopeta -dijo la grulla, aunque las plumas de
la cola le temblaban-. Es
sólo
una escopeta. Ciertamente está muerto. Ahí vienen los
blancos.
Los
dos ingleses se habían apresurado a bajar del puente y a
cruzar el banco de arena, y
allí
se detuvieron a admirar la longitud del Mugger. Entonces un
indígena que portaba
un
hacha cortó la enorme cabeza y cuatro hombres la
arrastraron por la lengua de tierra
que
allí había.
-La
última vez que tuve mi mano en la boca de un cocodrilo
-dijo uno de los ingleses,
agachándose
(era el que había dirigido la construcción del puente)-,
fue cuando yo tenía
cinco
años de edad, bajando en bote por el río, hacia Monghyr.
Yo era uno de los niños
"del
tiempo de la insurrección", como les llaman. Mi pobre
madre estaba también en el
bote,
y ella con frecuencia me refirió que había disparado con
un revólver a la cabeza
del animal.
-¡Vaya!
Ciertamente se ha vengado usted en el jefe de toda la
familia... aunque el
culatazo
le hizo arrojar usted sangre por la nariz ¡Eh, barqueros!
Arrastren la cabeza
fuera
de aquí; la herviremos para conservar la calavera. La piel
está demasiado
agujereada
para conservaría. ¡A dormir, ahora! Valía la pena haber
permanecido
levantados
durante toda la noche, ¿verdad?
Cosa
curiosa: el chacal y la grulla hicieron la mismísima
observación, dos o tres
minutos
después que se fueron los hombres.
LA
CANCIÓN DE LA OLA
La
corriente cruzó un día,
por
el vado, una doncella;
el
sol ya se ponía;
la
ola, enamorada, fue
a
besar su mano bella.
Y
le habló de esta manera:
-Espera,
niña, espera,
que
soy la muerte.
-Iré
a donde amor me invita,
vergüenza
me daría que aguardara;
pez
que en el mar se agita,
no
esperará, si llego tarde.
-Pie
leve, corazón hermoso
espera
el cargado bote.
"Espera,
espera, niña,
espera,
que soy la muerte."
-Me
apresuro si amor me llama,
que
desdén nunca se casa.
A
su talle ligero ya llega
el
agua que pasa.
Fiel
y bella loquilla,
nunca
tocará su pie la orilla;
la
onda rueda lejos,
con
sangrientos reflejos.
El
Milagro de Purun Bhagat
La
noche que sentimos
que
la tierra se abriría,
lo
hicimos, tomado de la mano,
en
pos nuestro venirse.
Porque
lo amábamos con el amor
aquel
que conoce pero no entiende.
Y
cuando de la montaña
el
estallido percibióse,
y
todo hubo caído
como
lluvia extraña,
lo
salvamos nosotros,
nosotros,
pobre gente;
pero,
¡ay! siempre
permanece
ausente.
¡Gemid!
Lo salvamos,
pues
también aquí,
entre
esta pobre gente,
hay
sinceros amores.
¡Gemid!
No despertará
nuestro
hermano.
Y
su propia gente
nos
echa de nuestro remanso.
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