|
|
 |

El
Libro de las Tierras Vírgenes
(Continuación)
En
la India había una vez un hombre que era primer ministro de
uno de los estados
semi-independientes
que hay en el noroeste del país. Era un brahmán de tan
alta casta,
que
las castas ya no tenían ningún significado para él; su
padre había tenido un
importante
cargo entre la gentuza de ropajes vistosos y de descamisados
que formaban
parte
de una corte india a la antigua.
Pero,
conforme Purun Dass crecía, notaba que el antiguo orden de
cosas estaba
cambiando,
y que si cualquiera deseaba elevarse, era necesario que
estuviera bien con
los
ingleses y que imitara todo lo que a éstos les parecía
bueno. Al mismo tiempo, todo
funcionario
debía captarse las simpatías de su amo. Algo difícil era
todo esto, pero el
callado
y reservado brahmancito, ayudado por una buena educación
inglesa recibida en
la
universidad de Bombay, supo manejarse bien, y se elevó paso
a paso hasta llegar a ser
primer
ministro del reino; esto es, disfrutó de un poder más real
que el de su amo, el
Maharajah.
Cuando
el viejo rey -siempre receloso de los ingleses, de sus
ferrocarriles y de sus
telégrafos-
murió, Purun Dass mantuvo su influencia con el sucesor que
había tenido
por
tutor a un inglés; y entre los dos, aunque él siempre cuidó
de que el crédito fuera
para
su amo, establecieron escuelas para niñas, construyeron
caminos, fundaron
hospitales
y publicaron una información anual o libro azul sobre
"El progreso moral y
material
del Estado", por lo que el ministerio de Negocios
Extranjeros inglés y el
gobierno
de la India estaban muy contentos. Muy pocos estados indígenas
aceptan en
conjunto
los progresos ingleses, porque no creen, como Purun Dass
mostró creer, que lo
que
es bueno para un inglés debe ser doblemente bueno para un
asiático. Llegó el
primer
ministro a ser muy amigo de virreyes, gobernadores y
secretarios; de médicos
con
misiones especiales; de los misioneros comunes; de oficiales
ingleses, jinetes
excelentes
que cazaban en los terrenos del Estado; y asimismo de todo
un ejército de
viajeros
que recorría la India en invierno dando a la gente
lecciones de cómo hay que
hacer
las cosas. A ratos perdidos fundaba bolsas para el estudio
de la medicina y de la
industria,
siguiendo estrictamente los modelos ingleses, y escribía
cartas a El
Explorador,
el mayor de los periódicos indios, explicando las ideas y
objetivos de su
amo.
Hizo
por último un viaje a Inglaterra, y hubo de pagar enormes
sumas a los sacerdotes
cuando
regresó, porque incluso un brahmán de tan elevada casta
como Purun Dass
quedaba
degradado cuando cruzaba el negro mar. En Londres vio y habló
con cuanta
gente
valía la pena conocer -personas que son conocidas en todo
el mundo-, y vio
mucho
más cosas de lo que él contaba. Le concedieron títulos
honorarios académicos
sabias
universidades y habló e hizo discursos acerca de la reforma
social de la India ante
damas
inglesas vestidas de etiqueta, hasta que todo Londres
proclamaba: "este es el
hombre
más fascinante del mundo con quien jamás se sentó alguien
a manteles desde
que
éstos existen."
Cuando
regresó a la India se vio envuelto en un halo de gloria,
pues el Virrey en
persona
visitó al Maharajah para concederle la Gran Cruz de la
Estrella de la India (toda
diamantes,
cintas y esmalte); y en la misma ceremonia, mientras los cañones
tronaban,
Purun
Dass fue proclamado comendador de la Orden del Imperio
Indio; y así, su
nombre
se convirtió en Sir Purun Dass, K.C.I.E.
Aquella
tarde, a la hora de la comida en la gran tienda del virrey
se puso en pie
ostentando
la placa y el collar de la Orden, y, contestando a un
brindis en honor de su
amo,
dijo un discurso que pocos ingleses hubieran superado.
Al
mes siguiente, cuando ya la ciudad había vuelto a su
reposo, hizo algo que ningún
inglés
hubiera jamás soñado hacer, pues murió para todo lo
concerniente a los negocios
de
este mundo. Las ricas insignias de la Orden volvieron al
Gobierno de la India; se
nombró
a otro primer ministro que se encargara de los negocios;
entre los demás
empleados
empezó un juego de idas y venidas, como si se tratara de
jugar a correos. Los
sacerdotes
sabían lo ocurrido, y el pueblo lo adivinaba; pero la India
es uno de aquellos
lugares
en que un hombre puede hacer lo que guste y nadie le
preguntará por qué lo
hace,
y el hecho de que Dewan Sir Purun Dass, K.C.I.E. hubiera
renunciado a su
posición,
a su palacio y a su poderío, adoptando el cuenco y el
vestido color ocre de un
sunnyasi
o santón, a nadie le parecía cosa extraordinaria. Había
sido, como lo
recomienda
la antigua ley, joven durante veinte años, luchador durante
otros veinte años
(aunque
jamás había llevado consigo arma alguna), y durante otros
veinte más, cabeza
de
familia. Había usado de sus riquezas y su poder en lo que
él sabía que había sido útil;
recibió
honores cuando le salieron al paso; había visto hombres y
ciudades que se
hallaban
cerca y lejos, y hombres y ciudades se pusieron en pie para
honrarle. Ahora se
desprendía
de todo eso, como un hombre deja caer un manto que ya no
necesita.
Detrás
de él, mientras cruzaba las puertas de la ciudad, con una
piel de antílope y una
muleta
de travesaño de cobre bajo el brazo, y en su mano un moreno
cuenco
pulimentado
hecho de coco de mar, descalzo, solo, con los ojos clavados
en el suelo...
detrás
de él retumbaban las salvas de los bastiones en honor de
quien había tenido la
fortuna
de ocupar su lugar. Purun Dass saludó. Aquella vida había
terminado para él; no
le
tenía ni mejor ni peor voluntad de la que puede tenerle un
hombre a un incoloro
sueño
que soñó en la noche. Él era un sunnyasi... un mendigo
errante sin hogar que
recibía
de la caridad pública el pan de cada día; y mientras haya
en la India qué
compartir,
no se morirá de hambre ni un sacerdote ni un mendigo. Nunca
había comido
carne
en su vida, y rarísima vez, pescado. Un billete de banco de
cinco libras esterlinas
le
hubiera bastado para pagar sus gastos personales, por
comida, durante cualquiera de
los
muchos años en que fue dueño absoluto de millones en metálico.
Inclusive cuando
en
Londres se convirtió en el hombre de moda, nunca olvidó su
sueño de paz y reposo..,
el
largo, blanco, polvoriento camino, lleno de huellas de
desnudos pies; el incesante
tránsito,
y el acre olor de la leña quemada, cuyo humo sube en
espirales bajo las
higueras,
a la luz de la luna, donde los caminantes se sientan a
cenar.
Cuando
llegó el momento de realizar este sueño, el primer
ministro tomó sus
disposiciones,
y al cabo de tres días más fácil hubiera sido encontrar
una burbuja de
agua
en las profundidades del Atlántico, que a Purun Dass entre
los errantes millones de
hombres
en la India, que ora se reúnen, ora se separan.
Por
la noche extendía su piel de antílope donde se le hacía
de noche, unas veces en un
monasterio
de sunnyasis ubicado junto al camino: otras, cabe una
columna hecha de
tapia
de algún lugar sagrado en Kala Pir, donde los yoguis, que
son otro nebuloso grupo
de
santones, lo recibían como lo hacen los que saben qué
valor tiene eso de las castas y
grupos;
otras veces, en las afueras de un pueblecito indio, a donde
acudían los niños con
la
comida preparada por sus padres; no pocas veces, por último,
en lo más alto de
desnudas
tierras de pasto, donde la llama del fuego encendido con
cuatro palitroques
despertaba
a los adormecidos camellos. Todo era lo mismo para Purun
Dass... o Purun
Bhagat,
como ahora se llamaba a sí mismo, Tierra, gente, comida..,
todo era lo mismo.
Pero
inconscientemente fuéronlo llevando sus pies hacia el Norte
y hacia el Este; desde
el
Sur hacia Rohtak; de Rohtak a Kurnool; de Kurnool al
arruinado Samanah, y de allí, subiendo
por el seco cauce del Gugger, que sólo se llena cuando la
lluvia cae en las
montañas
vecinas, hasta que un día vio la lejana línea de los
grandes Himalayas.
Entonces
sonrió Purun Bhagat, porque se acordó que su madre era de
origen
brahmánico,
de la raza de los rajhputras, allá por el camino de Kulu
(una montañesa,
pues,
que siempre echaba de menos las nieves), y basta que un
hombre lleve la más
pequeña
gota de sangre montañosa en sus venas, para que, al final,
vuelva al lugar de
donde
salió.
-Allá
abajo -díjose Purun Bhagat, subiendo de frente por las
primeras lomas de los
montes Sewaliks, donde los cactos se yerguen como candelabros de
siete brazos-, allá
me
sentaré a meditar. Y el fresco viento del Himalaya silbó
en sus oídos al caminar por
la
ruta que lleva a Simla.
La
última vez que había pasado por allí, había sido con
gran cortejo, con una ruidosa
escolta
de caballería, para visitar al más cortés y amable de
todos los virreyes; y ambos
hablaron
durante una hora de los amigos mutuos de Londres, y de lo
que realmente
piensa
la gente de la India de muchas cosas. En esta ocasión Purun
Bhagat no hizo
ninguna
visita, sino que se recostó sobre una verja del paseo,
contemplando la hermosa
vista
de las llanuras que se extendían diez leguas delante de él;
hasta que un policía
mahometano
del país le dijo que interrumpía la circulación, y Purun
Bhagat saludó
respetuosamente
al representante de la ley porque sabía el valor de aquélla,
e iba en
busca
de una que fuera la suya propia. Siguió adelante y aquella
noche durmió en una
choza
abandonada, en Chota Simia, que parece ser el fin del mundo,
pero que sólo era el
principio
de su viaje.
Siguió
el camino del Himalaya al Thibet, vía de tres metros de
ancho abierta en la roca
viva
a poder de barrenos, o apuntalada con maderos sobre el
abismo de trescientos
metros
de profundidad, que se hunde en tibios, húmedos, cerrados
valles, y trepa por
colinas
desnudas de árboles y con algo de hierba, en donde
reverbera el sol como en un
espejo
ustorio; o que caracolea al través de espesos, oscuros
bosques, donde los
helechos
arborescentes cubren de alto abajo los troncos de los árboles
y donde el faisán
llama
a su compañera. Se encontró con pastores del Thibet, con
sus perros y rebaños de
carneros,
y cada carnero llevaba una bolsita con bórax sobre su
espalda; con leñadores
errantes;
con lamas del Thibet que llegaban en peregrinación a la
India, cubiertos con
mantos
y abrigos; con enviados de pequeños y solitarios estados,
perdidos entre
montañas,
que corrían la posta rápidamente en caballitos cebrados o
píos; o bien, se
encontró
con la cabalgata de un rajah que iba a hacer una visita; o
también le ocurría no
ver
a nadie en un claro y largo día, excepto un oso negro, que
gruñía y desenterraba
raíces
allá abajo, en el valle. Durante las primeras jornadas,
todavía resonaban en sus
oídos
los rumores mundanales, como el estruendo de un tren que
pasa por un túnel se
queda
aún resonando mucho tiempo después que el tren ha salido
de él. Pero, una vez
que
dejó atrás el paso de Mutteeanee, todo terminó, y Purun
Bhagat se quedó a solas
consigo
mismo, caminando, vagabundeando y pensando, clavados los
ojos en el suelo y
con
sus pensamientos en las nubes.
Una
tarde cruzó el más alto desfiladero que había encontrado
hasta entonces -la
ascensión
habíale tomado dos días-, y se encontró frente a una línea
de nevados picos
que
ceñían todo el horizonte: montañas de cinco a seis mil
metros de altura que parecían
lo
suficientemente cerca para alcanzarlas de una pedrada, pero
que en realidad se
encontraban
a catorce o quince leguas de distancia. El desfiladero
estaba coronado de un
denso
y oscuro bosque de deodoras, castaños, cerezos silvestres,
olivos y perales
también
silvestres; pero principalmente deodoras, que son los cedros
del Himalaya; a la
sombra
de estos árboles se levantaba un templo abandonado dedicado
a Kali. . . que es
Durga,
que es Sitala, y que recibe adoración por su virtud contra
la viruela.
Purun
Dass barrió el suelo de piedra, sonrió a la estatua que
parecía hacerle una mueca,
con
barro arregló un hogar donde pudiese encender fuego detrás
del templo; extendió su
piel
de antílope sobre un lecho de pinocha verde, apretó bien
su bairagi (su muleta con
travesaño
de cobre) bajo la axila y se sentó a descansar.
Casi
por debajo de él estaba el declive del monte desnudo,
pelado en una altura de
cuatrocientos
metros, en donde una aldehuela de casas hechas de piedra con
techos de
tierra
amasada, parecía colgar de la escarpada pendiente. En
derredor, se extendían
estrechos
terrenos en forma de terraplenes, como delantales formados
de retazos y
puestos
sobre la falda de la montaña, y vacas que parecían tener
el tamaño de
escarabajos
pacían en los espacios que quedaban entre los círculos,
empedrados de
pulidas
piedras, que servían de eras.
Al
mirar al través del valle, el ojo se engañaba sobre el
tamaño de las cosas, y al
principio
no podía convencerse de que lo que parecía un grupo de
arbustos, al lado de la
montaña,
era en realidad un bosque de pinos de treinta metros de
alto. Purun Bhagat vio
a
un águila hundiéndose en la enorme hondonada; pero la
inmensa ave pareció ir
decreciendo
en tamaño hasta no ser más que un punto antes de que
llegara a la mitad del
camino.
Grupos
de nubes enfilaban por el valle, enredándose en la cima de
la montaña, o
elevándose
para desvanecerse cuando llegaban a la altura de los picos
en los
desfiladeros.
"Aquí hallaré la paz", se dijo Purun Bhagat.
Ahora
bien, para un montañés, no cuentan unas cuantas docenas de
metros más abajo o
más
arriba, y tan pronto como los aldeanos vieron humo en el
templo abandonado, el
sacerdote
del pueblecillo subió por la ladera de terraplenes para
saludar al forastero.
Al
fijar su mirada en los ojos de Purun Bhagat -ojos de hombre
acostumbrado a mandar
a
miles de hombres-, se inclinó hasta el suelo, cogió el
cuenco sin decir palabra y
regresó
a la aldea diciendo:
-Por
fin tenemos a un santón. Nunca vi hombre como éste. Es un
hijo de los llanos, pero
de
color pálido... Es la quinta esencia de un brahmán.
Entonces
todas las mujeres de la aldea dijeron:
-¿Crees
que permanecerá entre nosotros?
Y
cada una hizo cuanto pudo para cocinar los más sabrosos
manjares para el Bhagat. La
comida
montañesa es muy simple, pero con alforfón, maíz, pimentón;
pescado del río
que
corre por el valle; miel de las colmenas construidas en
forma de chimeneas sobre
las
paredes de piedra; albaricoques secos; azafrán de Indias;
jengibre silvestre y tortas
de
harina de trigo, una mujer que quiera lucirse puede hacer
muy buenas cosas, y estaba
bien
lleno el cuenco cuando el sacerdote se lo llevó al Bhagat.
¿Pensaba
quedarse allí? -preguntó-. ¿Necesitaría un chela (un
discípulo) que mendigara
para
él? ¿Tenía una manta para abrigarse del frío? ¿Le
gustaba aquella comida?
Comió
Purun Bhagat y le dio las gracias al donante. Pensaba
quedarse. Esto es
suficiente,
dijo el sacerdote. Que dejara el cuenco fuera del templo
abandonado, en el
hueco
de dos raíces torcidas, y diariamente recibiría su
alimento, porque el pueblo se
sentía
muy honrado con que un hombre como él -y miró tímidamente
a Bhagat en el
rostro-
se quedara entre ellos.
Aquel
día terminó el vagabundeo para Purun Bhagat. Había
llegado al sitio que le
estaba
destinado... a un lugar todo silencio y espacio. Después de
esto, se detuvo el
tiempo,
y él, sentado a la entrada del templo, no podía decir si
estaba vivo o muerto, si
era
un hombre con control sobre los miembros de su cuerpo, o si
formaba parte de los
montes,
de las nubes, de la mudable lluvia y de la luz del sol. Se
repetía a sí mismo
suavemente
un nombre centenares y centenares dc veces, hasta que, a
cada repetición,
parecía
separarse más y más de su cuerpo, y deslizarse hasta los
umbrales de alguna tremenda
revelación; pero, en el preciso momento de abrirse la
puerta, lo arrastraba
hacia
atrás su propio cuerpo, y dolorosamente se sentía de nuevo
atado a la carne y a los
huesos
de Purun Bhagat.
Cada
mañana, en silencio, el cuenco lleno era colocado sobre la
especie de muleta que
formaban
las retorcidas raíces fuera del templo. Algunas veces lo
traía el sacerdote;
otras,
un mercader ladakhi que paraba en el pueblo, y que, ganoso
de hacer méritos,
subía
trabajosamente por el sendero; pero, con más frecuencia, lo
traía la mujer que
había
cocinado la comida la noche antes, y murmuraba tan bajo que
apenas se le oía:
-Interceded
por mí ante los dioses, Baghat. Rogad por Fulana, la esposa
de Mengano.
En
ocasiones se le permitía igual honor a algún muchacho
atrevido, y Purun Bhagat lo
oía
colocar el cuenco y echar a correr tan aprisa como sus
piernas se lo permitían; pero
el
Bhagat nunca descendió hasta el pueblo, al cual veía
extendido como un mapa a sus
pies.
Podía ver también las reuniones que se celebraban al caer
la tarde, en el círculo
donde
estaban las eras, pues era éste el único terreno llano que
había; podía ver el
hermoso
y poco nombrado verdor del arroz cuando es joven; los
colores de azul de añil
del
maíz; los trozos de terreno donde se cultivaba el alforfón,
semejantes a diques; y, en
su
estación propia, la roja flor del amaranto, cuyas pequeñas
semillas, puesto que no son
ni
grano ni legumbre, puede comerlas todo indio en época de
ayuno, sin faltar por ello
en
lo más mínimo.
Cuando
el año llegaba a su fin, los techos de las chozas parecían
cuadraditos de
purísimo
oro, porque sobre los techos ponían los aldeanos las
mazorcas de maíz para
que
se secaran. La cría de abejas y la recolección de los
granos, la siembra del arroz y su
descascarillado,
pasaron ante su vista; todo como bordado allá abajo en los
trozos de
campo
de mil distintas orientaciones. Y él meditó sobre todo lo
que abarcó su vista,
preguntándose
a qué conducía todo aquello, en último y definitivo
resultado.
Hasta
en los lugares poblados de la India, un hombre no puede
sentarse y permanecer
completamente
quieto durante un día, sin que los animales salvajes corran
por encima
de
su cuerpo como si fuera una roca; y en aquella soledad, muy
pronto los animales
salvajes,
que conocían muy bien el templo de Kali, fueron llegando
para mirar al
intruso.
Los langures, los grandes monos de grises patillas del
Himalaya, fueron,
naturalmente,
los primeros porque siempre están devorados por la
curiosidad; una vez
que
tiraron el cuenco, haciéndolo rodar por el suelo, y
probaron la fuerza de sus dientes
en
el travesaño de cobre de la muleta, y le hicieron muecas a
la piel de antílope,
decidieron
que aquel ser humano, que allí estaba sentado tan quieto,
era inofensivo. Al
caer
la tarde saltaban desde los pinos, pedían con las manos
algo para comer, y luego se
alejaban
balanceándose en graciosas curvas. También les gustaba el
calor del fuego, y
se
apiñaban en derredor de él hasta que Purun Bhagat tenía
que empujarlos a un lado
para
echar leña; más de una vez se había encontrado por la mañana
con que un mono
compartía
su manta. Durante todo el día, uno u otro de la tribu se
sentaba a su lado,
mirando
fijamente hacia la nieve, dando gritos y poniendo una cara
indeciblemente
sabia
y triste.
Después
de los monos llegó el barasingh, ciervo de especie parecida
a los nuestros, pero
más
fuerte. Llegábase allí para restregar el terciopelo de sus
cuernos contra las frías
piedras
de la estatua de Kali, y pateó al ver en el templo a un
hombre. Pero Purun
Bhagat
no hizo el menor movimiento, y poco a poco el magnífico
ciervo avanzó
oblicuamente
y le tocó el hombro con el hocico. Deslizó Purun Bhagat
una de sus frías
manos
por las tibias astas, y el contacto pareció refrescar al
animal, que agachó la
cabeza,
y Purun Bhagat siguió restregando muy suavemente y quitando
la aterciopelada
capa.
Después, el baras¡ng trajo a su hembra y a su cervato,
mansos animales que se
ponían
a mascar sobre la manta del santón; otras veces venía
solo, de noche, reluciéndole
los ojos con reflejos verdosos por la vacilante luz de la
hoguera para recibir
su
parte de nueces tiernas. Por último, acudió también el
ciervo almizclero, el más
tímido
y casi el menor de los ciervos, erguidas sus grandes orejas
parecidas a las del
conejo;
y hasta el abigarrado y silencioso mushicknabha sintió
deseos de averiguar qué
era
aquella luz que brillaba en el templo, y puso su hocico,
parecido al de una anta,
sobre
las rodillas de Purun Bhagat, yendo y viniendo con las
sombras que el fuego
producía.
Purun Bhagat los llamaba a todos "mis hermanos", y
su bajo grito de ¡Bahi!
¡Bahi!
los sacaba del bosque por las tardes, si se hallaban a buena
distancia para oírlo.
El
oso negro del Himalaya, sombrío y suspicaz (Sona, que tiene
bajo la barba una marca
en
forma de V), pasó por allí más de una vez; y como el
Bhagat no mostró miedo, Sona
no
se mostró malhumorado, sino que observó un poco, se acercó
luego y pidió su parte
de
caricias, un pedazo de pan o bayas silvestres. Con
frecuencia, en la quieta hora del
amanecer,
cuando Bhagat subía hasta lo más alto del desfiladero para
ver al rojo día
rodar
por los nevados picachos, encontraba a Sona arrastrándose y
gruñendo a sus pies,
metiendo
una mano curiosa bajo los caídos troncos y sacándola con
un ¡uuuf! de
impaciencia;
o bien sus pasos despertaban al oso que dormía enroscado, y
el enorme
animal
se levantaba erguido, creyendo que se trataba de una lucha,
hasta que escuchaba
la
voz de Purun Bhagat y reconocía a su mejor amigo.
Casi
todos los ermitaños y santones que viven separados de las
grandes ciudades tienen
la
reputación de ser capaces de obrar milagros con los
animales; pero el milagro
consiste
en mantenerse muy quieto, en no hacer nunca un movimiento
precipitado, y,
por
largo rato cuando menos, no mirar directamente al recién
llegado. Los ancianos
vieron
la silueta del barasing caminando como una sombra al través
del oscuro bosque
detrás
del templo; al minaul, el faisán del Himalaya, luciendo sus
mejores colores ante
la
estatua de Kali, y a los langures sentados en el interior y
jugando con cáscaras de
nuez.
También algunos muchachos habían oído a Sona canturreando
para sí mismo,
como
suelen hacer los osos, detrás de las rocas caídas, y la
reputación de Bhagat como
milagrero
se afirmó cada vez mas.
Sin
embargo, nada más lejos de su mente que los milagros. Creía
él que todas las cosas
son
un enorme milagro, y cuando un hombre llega a saber esto,
sabe ya algo que le sirve
de
base. Sabía con toda certeza que no había nada grande o
pequeño en el mundo; día y
noche
luchaba para llegar a penetrar en el corazón mismo de las
cosas, volviendo al sitio
de
donde su alma había salido.
Pensando
en todo esto, el descuidado cabello empezó a caerle sobre
los hombros; en la
losa
que había al lado de la piel de antílope se hizo un
agujerito por el continuo roce del
extremo
de la muleta que sobre ella se apoyaba; el lugar, entre los
troncos de los
árboles,
en donde ponía su cuenco día tras día, se hundió y se
gastó hasta hacerse un
hueco
tan pulimentado como la misma cáscara de color de tierra
que allí se ponía; cada
animal
conocía con toda exactitud el lugar que le correspondía
junto al fuego. Los
campos
cambiaban sus colores de acuerdo con las estaciones; las
eras se llenaban y se
vaciaban,
y luego se llenaban una y otra vez; y así mismo muchas
veces, cuando llegó el
invierno,
los langures saltaban por entre las ramas cubiertas de
ligera capa de nieve,
hasta
que, al llegar la primavera, las monas traían desde valles
más cálidos a sus pequeñuelos de mirada lánguida. Pocos cambios hubo en el pueblo. El
sacerdote había
envejecido,
y muchos de los niños que en otros tiempos solían venir
con el cuenco,
mandaban
ahora a sus propios hijos; y cuando alguien preguntaba a los
aldeanos durante
cuánto
tiempo el santón había vivido en el templo de Kali, allá
en el extremo del
desfiladero,
respondían: "Siempre."
Llegaron
entonces tales lluvias de verano, como jamás se habían
visto en aquellas
montañas
en muchas estaciones. Durante tres meses cumplidos el valle
estuvo envuelto en
nubes y en niebla húmeda... y el agua caía siempre, sin
parar y se sucedían las
tormentas
la una tras la otra. El templo de Kali quedaba generalmente
por encima de las
nubes,
y hubo un mes durante todo el cual el Bhagat no pudo echarle
una ojeada a la
aldea.
Estaba ésta envuelta por una cubierta blanca de nubes que
se balanceaba, que
cambiaba
de lugar, que rodaba sobre sí misma o que se arqueaba hacia
arriba, pero que
nunca
se desprendía de sus estribos, los chorreantes flancos del
valle.
Durante
todo ese tiempo no escuchó sino el sonido de millones de
gotas de agua sobre
las
copas de los árboles, y por debajo de ellas, siguiendo el
suelo, atravesando la
pinocha,
cayendo a gotas de las lenguas de enlodados helechos y lanzándose,
en
fangosos
canales que acababan de abrirse, por todos los declives.
Luego salió el sol que
hizo
elevarse de los deodoras y de los rododendros su agradable
aroma, y así mismo
aquel
lejano y purísimo olor que los montañeses llaman "el
olor de las nieves". Duró el
sol
una semana y luego las lluvias se reunieron en un postrer
diluvio; el agua empezó a
caer
formando sábanas que le quitaron su corteza a la tierra y
que hicieron que de nuevo
se
convirtiera en barro. Purun Bhagat encendió aquella noche
un gran fuego, porque
estaba
seguro de que sus hermanos necesitarían calor; pero ni un
sola animal acudió al
templo,
aunque los llamó una y otra vez hasta que se quedó
dormido, preocupado por lo
que
podría haber ocurrido en los bosques.
Era
ya plena noche y la lluvia tamborileaba como si fuesen mil
tambores, cuando se
despertó
por los tirones que le daban a su manta, y, alargando la
mano, tocó la mano
pequeñísima
de un langur.
-Mejor
se está aquí que entre los árboles -dijo él soñoliento,
levantando un poco la
manta-.
Toma y caliéntate.
El
mono le cogió la mano y tiró de ella fuertemente.
-¿Quieres
entonces alimento? -dijo Purun Bhagat-. Espera un poco y te
lo prepararé.
Mientras
se arrodillaba para echarle leña al fuego, el langur corrió
hasta la puerta del
templo,
lloriqueó allí, regresó corriendo y le tiró de la
rodilla.
-¿Qué
sucede? ¿Qué te ocurre, hermano? -dijo Purun Bhagat,
porque los ojos del langur
decían
muchas cosas que el animal no podía manifestar-. A menos
que alguno de tu
casta
haya caído en una trampa... pero nadie pone trampas aquí...
no saldré con este
tiempo.
¡Mira, hermano, hasta el barasing viene a refugiarse aquí!
Al
entrar a grandes pasos en el templo, las astas del ciervo
golpearon contra la grotesca
estatua
de Kali. Las bajó hacia Purun Bhagat y golpeó el suelo,
inquieto, y resopló con
fuerza
por las contraídas narices.
-¡Ea!
¡Ea! ¡Ea! -dijo el Bhagat haciendo sonar sus dedos-. ¿Éste
es tu pago por
hospedarte
una noche?
Pero
el ciervo lo empujaba hacia la puerta, y al hacer esto,
Purun Bhagat oyó el sonido
de
algo que se abría y vio que en el suelo se separaban dos
losas la una de la otra, en
tanto
que la pegajosa tierra formaba como unos labios que se
apartaban con un
chasquido.
-Ahora
comprendo -dijo Purun Bhagat-. No es extraño que mis
hermanos no se sentaran
en
torno al fuego esta noche. La montaña se hunde. Y sin
embargo... ¿por qué
marcharme?
Cayeron
sus ojos en el vacío cuenco y cambió la expresión de su
rostro.
-Me
dieron comida diariamente desde... desde que me encuentro
aquí, y, si no me doy
prisa,
mañana no habrá ni un alma en el valle. Indudablemente
tengo que ir y advertirles
a
todos de lo que pasa. ¡Atrás, hermano! Déjame llegar
hasta el fuego.
Retrocedió
el barasing de mala gana y Purun Bhagat cogió una antorcha,
la hundió en
las
llamas y la revolvió hasta que estuvo bien encendida.
-¡Ah!
¡Vinisteis a avisarme! -dijo, levantándose-. Ahora
deberemos hacer algo mucho
mejor,
mucho mejor. Vamos fuera ahora, y préstame tu cuello,
hermano, porque no
tengo
sino dos pies.
Se
agarró con la mano derecha de la cerdosa crucera del
barasing, sosteniendo con la
izquierda
la antorcha y salió del templo, hundiéndose en la horrible
noche. No se sentía
el
menor soplo del viento, pero la lluvia casi apagaba la tea
al deslizarse el gran ciervo
por
la pendiente, resbalándose sobre las ancas. En cuanto
salieron del bosque, más
hermanos
del Bhagat se unieran a él. Oyó, aunque no podía verlo,
que los langures se
apiñaban
en torno de él, y tras él resonaba el ¡uh! ¡uh! de Sona.
La lluvia tejió su largo
pelo
de tal modo que parecían cuerdas; el agua lo salpicaba al
poner en ella los pies
desnudos
y su amarillo ropaje se pegaba a su frágil cuerpo
envejecido; pero él seguía
adelante
con paso firme, apoyándose en el barasing. Ya no era un
santón,. sino Sir
Purun
Dass, K.C.I.E., primer ministro de un Estado que no era ya
pequeño, un hombre
acostumbrada
a mandar y que iba ahora a salvar vidas. Por el sendero rápido
y fangoso
descendieran
juntos el Bhagat y sus hermanos hasta que las patas del
ciervo dieron
contra
el muro de una era, y el animal dio un bufido, porque había
olido la presencia de
hombres.
Estaban ahora en el extremo de la única y tortuosa calle de
la aldea, y el
Bhagat
golpeó con su muleta las cerradas ventanas de la casa del
herrero, en tanto que la
tea
que le servía de antorcha llameaba al abrigo del alero de
la casa.
-¡Levántense
y salgan a la calle! -gritó Purun Bhagat, y él mismo no reconoció
su propia
voz,
porque hacía muchos años que no hablaba en voz alta a ningún
hombre-. ¡La
montaña
se hunde! ¡La montaña se hunde! ¡Levántense y salgan
fuera todos los que
estén
en las casas!
-Es
nuestro Bhagat -dijo la mujer del herrero-. Viene rodeado de
sus animales. ¡Recoge
a
los pequeños y da la voz de alarma!
Corrió
de casa en casa en tanto que los animales apiñados en la
estrecha vía se
atropellaban
en torno del Bhagat y Sona resoplaba con impaciencia.
Toda
la gente salió a la calle -no eran más de setenta personas
por todas- y a la luz de
las
antorchas vieron a su Bhagat que agarraba al aterrorizado
barasing, impidiéndole
huir,
mientras los monos se asían con aspecto lastimero a la ropa
de aquél, y Sona se
sentaba
y daba bramidos.
-¡Atraviesen
el valle y suban al monte opuesto! -gritó Purun Bhagat-. ¡Que
nadie se
quede
atrás! ¡Nosotros os seguiremos!
Corrió
entonces toda la gente como sólo los montañeses saben
correr, porque sabían que
cuando
ocurre un hundimiento de tierras hay que subirse al sitio más
alto, al otro lado
del
valle. Huyeron, lanzándose al estrecho río que había al
extremo, y casi sin aliento
subieron
por los terraplenados campos del otro lado, mientras que el
Bhagat y sus
hermanos
los seguían. Subían y subían por la montaña opuesta,
llamándose los unos a
los
otros por su nombre (éste es el modo de tocar llamada en la
aldea), y, pisándoles los
talones,
subía el gran barasing, sobre el cual pesaba el cuerpo casi
desfalleciente de
Purun
Bhagat. Detúvose al cabo el ciervo a la sombra de un tupido
pinar, a ciento
cincuenta
metros de altura en la vertiente. Su instinto, que le había
advertido del
próximo
hundimiento, le dijo también que allí se hallaba seguro.
A
su lado cayó casi desmayado Purun Bhagat, porque el frío
de la lluvia y aquella
desesperada
ascensión lo estaban matando; pero antes les había dicho a
los
desparramados
portadores de antorchas que iban a la cabeza:
-Deténganse
y cuenten a toda la gente.
Y
luego murmuró dirigiéndose al ciervo, al ver que las luces
se agrupaban:
-Quédate
conmigo, hasta que me muera.
Se
oyó en el aire un ruido leve como un suspiro, y que luego
se convirtió en murmullo;
luego
este murmullo se convirtió en una especie de rugido; el
rugido pasó los límites de
la
que puede resistir el oído humano, y la vertiente en que se
hallaban los aldeanos
recibió
un choque en la oscuridad y retembló hasta sus cimientos. Y
luego una nota
firme,
profunda y clara como un do grave arrancado a un órgano,
sofocó todas los
demás
ruidos por un espacio de alrededor de cinco minutos, y
mientras duró, temblaban
hasta
las mismas raíces de las pinos. Pasó, y el ruido de la
lluvia que caía sobre
muchísimas
metros de tierra dura y de hierba, se tornó en ahogado
tamborileo de agua
que
cae sobre tierra blanda. Esto lo explicaba todo.
Ni
durante un momento ninguno de los aldeanos -ni siquiera el
sacerdote- tuvieron
suficiente valor para hablar al Bhagat que había salvada las vidas de
todos. Se
acurrucaron
bajo los pinos, y allí esperaron hasta que vino el día. Y
cuando éste llegó,
miraron
al través del valle y vieron que, lo que había sido
bosque, y campos de cultivo,
y
tierras de pasto cruzadas de senderos, era ahora un informe
y sucio montón, pelado,
rojo,
en forma de abanico, en donde se veían unos cuantos árboles
tirados, con la copa
hacia
abajo, sobre el declive. Subía esta masa roja hasta muy
arriba de la montaña
donde
se habían refugiado, deteniendo la corriente del pequeño río
que había empezado
ya
a ensancharse y a formar un lago de color de ladrillo. De la
aldea, del camino que
conducía
al templo, y aun del templo mismo y del bosque situado a su
espalda, nada
había
quedado. En un espacio de un cuarto de legua de ancho y a más
de seiscientos
metros
de profundidad, todo el flanco de la montaña había
literalmente desaparecido,
alisado
por completo de arriba abajo.
Y
los aldeanos, uno a uno, se acercaron al Bhagat al través
del bosque para rezar ante él.
Vieron
al barasing de pie a su lado, el cual escapó al acercarse
ellos; oyeron a los
langures
quejándose entre las ramas, y a Sona lamentándose
tristemente montaña arriba;
pero
su Bhagat estaba muerto, sentado y con las piernas cruzadas,
apoyando la espalda
en
el tronco de un árbol y la muleta bajo la axila, y su
rostro estaba vuelto hacia el
Noreste.
El
sacerdote dijo:
-¡Mirad:
ved un milagro tras otro, porque precisamente en esa actitud
deben ser
enterrados
todas los sunyasis! Por tanto, donde ahora está, le
elevaremos un templo a
nuestro
santón.
Construyeron
el templo antes de que aquel año terminara (un templo pequeño,
de tierra
y
piedra) y llamaron a la montaña La Montaña del Bhagat y
allí lo adoraron llevándole
luces,
flores y dádivas, lo que siguen haciendo hasta el día de
hoy. Pero ignoran que el
santo
de su devoción es el difunto Sir Purun Dass, K.C.I.E.,
D.C.L., Ph.D., etc., que
durante
un tiempo fue el primer ministro del progresista e ilustrado
Estado de
Mohiniwala,
y miembro honorario o correspondiente de muchas más sabias
y científicas
sociedades
de lo que puede ser de algún provecho en este mundo o en el
otro.
CANCIÓN
AL ESTILO DE KABIR
Como
leve peso era el mundo en sus manos
y
carga insoportable eran para él sus riquezas;
prefirió
siempre la mortaja al gúddee
y
ahora vaga por la tierra como bairagi.
El
polvo del camino ve que sus pies se posan
en
el camino que lleva a Delhi;
en
él, cuando el sol quema,
sólo
el sal y el ikar le aguardan.
Llama
su casa al lugar donde reposa,
ya
duerma entre la gente o en el desierto;
el
sigue adelante su camino, el camino
de
perfección en que el bairagi sueña.
Clavó
su mirada en el hombre,
su
mirada limpia y clara:
un
Dios hubo, un Dios hay;
tan
sólo uno, el gran Kabir dijo.
Cual
leve nube es el problema de la acción
y
él vaga, como bairagi, por la tierra.
Quiere
amar a sus hermanos:
el
césped, las fieras, Dios mismo;
el
poder olvida y toma su mortaja;
¿Oís?
-dice Kabir-. Baíragi queda.
Toomai
de los elefantes
Quiero
pensar en lo que fui
y
olvidar cadenas y lazos;
recordar
tiempos idos
y
del bosque cuanto vi.
Venderme
no quiero al hombre
por
un montón de cañas,
sino
huir hacia los míos
y
entre los míos perderme.
Quiero
vagar en el alba
sentir
el viento que corre
y
recibir el beso de las aguas.
Olvidar
quiero mis cadenas
pesadas
y mi dolor todo;
revivir
mis viejos amores,
y
ver a mis camaradas.
Kala
Nag, que quiere decir "serpiente negra", sirvió
al gobierno de la India de todos los
modos
posibles en que puede hacerlo un elefante, durante cuarenta
y siete años, y como
tenía
veinte bien cumplidos cuando lo cazaron, el total da cerca
de setenta ....... la edad
madura
de un elefante.
Se
acordaba de haber tirado, con un cojín de cuero en la
frente, de un cañón atascado en
el
barro, y esto sucedió antes de la guerra del Afganistán,
en 1842, cuando aún no había
adquirido
todo su desarrollo. Su madre, Radha Pyari (Radha, la niña
mimada), que fue
cogida
en la misma cacería junto con Kala Nag, le dijo, antes de
que mudara sus
colmillos
de leche, que los elefantes que tienen miedo, siempre
terminan por hacerse
daño;
Kala Nag sabía que este consejo era correcto, porque la
primera vez que vio
estallar
una bomba, retrocedió dando gritos hasta un lugar donde había
rifles que
formaban
un pabellón, y las bayonetas se le clavaron en las partes más
blandas del
cuerpo.
Por tanto, antes de cumplir los veinticinco años, ya no tenía
miedo, y por ello
era
el elefante más querido y mejor cuidado de todos los que
servían el Gobierno de la
India.
Había llevado a cuestas tiendas, mil doscientas libras de
peso de tiendas, en la
marcha
al través de la India septentrional; había sido izado a un
barco, al extremo de
una
grúa de vapor, llevándolo a continuación durante muchos días
por mar, y
obligándolo
a transportar un mortero sobre su espalda en un país extraño
y lleno de
rocas,
muy lejos de la India; vio al emperador Teodoro tendido
muerto en Magdala, y
había
vuelto en el barco, con méritos suficientes, decían los
soldados, para ganarse la
medalla
de la guerra de Abisinia. Vio a otros elefantes, compañeros
suyos morir de frío,
de
epilepsia, de hambre o de insolación en un lugar llamado
Ali Musjid, diez años después;
luego, lo habían enviado a centenares de leguas hacia el
sur para acarrear y
apilar
enormes vigas de madera de teca en los almacenes de
Moulmein. Ahí dejó medio
muerto
a un elefante joven que se insubordinó resistiéndose al
trabajo.
Después
de eso lo separaron de la ocupación de acarrear madera, y
lo emplearon, junto
con
unos cuantos elefantes más ya entrenados en el oficio, a
ayudar en la caza de
elefantes
salvajes, en las colinas de Garo. El Gobierno de la India
cuida mucho de todo
lo
que concierne a los elefantes. Hay un departamento completo
que no hace más que
cazarlos,
cogerlos y domarlos, y mandarlos de un lado a otro del país,
según se
necesiten
para el trabajo.
Kala
Nag medía, del suelo a la cruz, tres buenos metros, sus
colmillos habían sido
cortados
hasta dejarlos como de metro y medio de largo, y, para que
no se rajaran, iban
cubiertos
en el extremo con tiras de cobre; pero podía hacer más con
aquellos trozos que
cualquier
elefante no adiestrado con sus colmillos enteros.
Cuando,
después de semanas y semanas de vigilante labor acorralando
a los elefantes
por
las montañas, los cuarenta o cincuenta monstruos salvajes
eran dirigidos hacia la
última
empalizada, y la enorme puerta de troncos de árbol unidos,
después de levantada,
caía
con estrépito detrás de ellos, Kala Nag, a una voz de
mando, entraba en aquel
movedizo
y bramador pandemónium (generalmente de noche cuando la
vacilante luz de
las
antorchas dificultaba juzgar bien las distancias), y,
cogiendo por su cuenta al mayor
y
más salvaje de los elefantes, y de más largos colmillos,
lo golpeaba y acosaba hasta
reducirlo
al silencio y a la quietud, mientras los hombres, montados
en otros elefantes,
lanzaban
cuerdas y ataban a los más pequeños.
Nada
ignoraba, en cuestión de luchas, Kala Nag, la vieja y
avisada serpiente negra,
porque
en sus viejos tiempos más de una vez había resistido la
embestida del tigre
herido,
y, enroscando la suave trompa para resguardarla de peligro,
había lanzado al aire
a
la fiera en el momento en que ésta saltaba, haciendo todo
esto con un rápido
movimiento
de cabeza, parecido al que hace una hoz, e inventado por él
mismo; la había
revolcado
por el suelo y luego se le arrodillaba encima y allí mantenía
sus enormes
rodillas
hasta que la vida abandonaba el cuerpo con un suspiro y un
rugido, y dejando
sólo
sobre la tierra una masa fofa y rayada que luego arrastraba
Kala Nag asiéndola de
la
cola.
-Sí
-dijo Toomai el mayor, su cornaca, hijo de Toomai el Negro
que lo había llevado a
Abisinia,
y nieto de Toomai el de los elefantes que lo había visto
coger-; nada hay que
asuste
a Serpiente Negra, excepto yo. Ha visto a tres generaciones
de nuestra familia
alimentarlo
y cuidarlo y vivirá hasta ver la cuarta.
-También
a mí me teme -dijo Toomai el chico, poniéndose en pie en
toda su estatura de
poco
más de un metro, con sólo un trapo liado al cuerpo. El
hijo primogénito de Toomai
el
mayor tenía diez años de edad, y, de acuerdo con la
costumbre, tomaría el lugar de su
padre
en el cuello de Kala Nag, cuando fuera mayor, y empuñaría
el pesado ankus de
hierro,
la aguijada para elefantes, cuya punta ya su padre había
desgastado por el uso,
como
la habían desgastado también su abuelo y su bisabuelo. Sabía
el muchacho lo que
decía;
había nacido a la sombra de Kala Nag, había jugado con el
extremo de su trompa
antes
de empezar a andar; cuando ya pudo andar, lo condujo al
abrevadero, y Kala Nag
jamás
hubiera pensado en desobedecer sus chillonas voces de mando,
como no había
pensado
tampoco en matarle aquel día en que Toomai el mayor puso al
recién nacido y
moreno
niño bajo los colmillos de Kala Nag, y le dijo a éste que
saludara a su futuro
amo.
-Sí
-dijo Toomai el chico-, me teme. -Dio largos pasos hacia
Kala Nag llamándole
"cerdo
cebado" y le hizo levantar las patas una tras otra.
-¡Vaya!
-dijo-. Eres un elefante enorme..
Los Hermanos de Mowgli | II - Continuación | III - Continuación | IV - Continuación | V - Continuación | VI - Entre tanto, Tha... | VII - Retrocedamos ahora... | VIII - Muy grande... | IX - Después de leer... | X - Se arrojó Messua... | XI - Cuando se descubrió... | XII - Con su brazo... | XIII - Mowgli apoyó... | XIV - Se alegraron... | XV - Dos años después... | XVI - Mowgli no podía... | XVII - Kotuko siguió ... | XVIII - Pronto sus voces ... | XIX - Saltó Amoraq ... | XX - Era Darzee... | XXI - El camello... | XXII - Lo que voy a narrar... | XXIII - Este encuentro... | XXIV - En agosto nació... | XXV - En la India había... | XXVI - Movió su ...
El Libro de las Tierras Vírgenes | Cuentos de la India

|
 |
|