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El
Libro de las Tierras Vírgenes Desata
a la noche Mang, el murciélago; En
las colinas de Seeonee daban las siete en aquella bochornosa
tarde. Papá Lobo despertóse
de su sueño diurno; se rascó, bostezó, alargó las patas,
primero una y luego la
otra para sacudirse la pesadez que todavía sentía en
ellas. Mamá Loba continuaba echada,
apoyado el grande hocico de color gris sobre sus cuatro
lobatos, vacilantes y chillones, en tanto que la luna hacía
brillar la entrada de la caverna donde todos ellos habitaban. -¡Augr.!
.-masculló el lobo padre-. Ya es hora de ir de caza de
nuevo. Iba
a lanzarse por la ladera cuando una sombra, no muy
corpulenta y provista de espesa cola,
cruzó el umbral y dijo con lastimera voz: -¡Buena suerte,
jefe de los lobos, y que la de
tus nobles hijos no sea peor! ¡Que les crezcan fuertes
dientes y que nunca, en este mundo,
se les olvide tener hambre! El
chacal Tabaqui, el lameplatos, era quien así hablaba. Los
lobos, en la India, desprecian
a Tabaqui porque siempre anda metiendo cizaña de un lado
para otro, sembrando
chismes, comiendo desperdicios y pedazos de cuero que busca
entre los montones
de basura que hay en las calles de los pueblos. Le temen,
sin embargo, aunque lo
desprecian, por que Tabaqui, más que nadie en toda la
selva, tiende a perder la cabeza y
entonces olvida lo que es tener miedo, corre por la espesura
y muerde a cuanto se le pone
enfrente. Cuando Tabaqui pierde la cabeza, hasta el tigre se
esconde, porque lo más
deshonroso que puede ocurrirle a un animal salvaje, es la
locura. Los hombres le damos
el nombre de hidrofobia, pero ellos la llaman dewanee (la
locura) y huyen al mencionarla. -Bueno;
entra y busca -dijo papá Lobo-. Sin embargo, te advierto
que aquí no hay comida. -No
para un lobo -respondió Tabaqui-, pero para un infeliz como
yo, un hueso constituye
un exquisito banquete. ¿Quiénes somos los Gidurg-log (el
pueblo chacal) para
andar escogiendo? Y
a toda prisa se dirigió al fondo de la caverna; allí
encontró un hueso de gamo con algo de
carne aún adherida a él y se puso a comerlo alegremente. -Muchas,
muchas gracias por tan excelente comida -dijo luego relamiéndose-.
¡Ah! ¡Qué
hermosos son tus nobles hijos! ¡Qué ojos tan grandes
tienen! ¡Y a pesar de ser tan jóvenes!.
. . Pero esto no debiera causarme asombro, es verdad, pues
basta recordar que los
hijos de los reyes son ya hombres desde su nacimiento. Es
inútil decir que, como otro cualquiera, Tabaqui sabía que
no hay nada tan fuera de lugar
como elogiar a los niños estando ellos presentes, y que le
divertía por extremo ver en
situación embarazosa a mamá Loba y a papá Lobo. Tabaqui
permaneció inmóvil, gozando con el daño causado, y añadió
luego, despechado: -Shere
Khan el Grande ha cambiado de cazadero. Según me han dicho,
cazará en estas colinas
durante la próxima luna. Shere
Khan era el tigre que vivía cerca del río Waingunga, a
cinco leguas de distancia. -Ningún
derecho le asiste para ello -protestó enojado papá Lobo-.
De acuerdo con la ley de
la selva, debe advertirlo debidamente antes de cambiar de
lugar. Asustará a toda la caza
en dos leguas y media a la redonda; y, en este caso, yo...
yo he de trabajar el doble. -Por
algo su madre le puso por nombre Lungri (el Cojo) -musitó
mamá Loba-. Es cojo de
nacimiento, y por eso nunca pudo matar más que ganado.
Ahora lo persiguen los campesinos
de Waingunga, y se viene aquí a molestar a los nuestros.
Ellos revolverán toda
la selva buscándolo cuando ya esté lejos, y nosotros y
nuestros hijos tendremos que huir
cuando peguen fuego a la maleza. ¡Te digo que le estaremos
muy agradecidos a Shere
Khan! -¿Quieren
que se lo diga? -preguntó Tabaqui. -¡Fuera!
-replicó papá Lobo, enfadado-. ¡Fuera de aquí y vete a
cazar con tu amo! ¡Ya hiciste
bastante daño esta noche! -Me
voy -dijo suavemente Tabaqui-. Desde aquí puede oírse a
Shere Khan allá abajo, en la
espesura. Pude haberme ahorrado traerles esta noticia. Escuchó
atentamente papá Lobo, y allá, en el valle que descendía
hasta el río, oyó el seco,
colérico, pérfido lamento del tigre cuando no ha podido
cobrar ni una sola pieza, y poco
le importa entonces que toda la selva lo sepa. -¡lmbécil!
-exclamó papá Lobo. ¡Vaya una manera de empezar el
trabajo metiendo semejante
ruido! ¿Creerá acaso que nuestros gamos son como sus
cebados bueyes de Waingunga? -¡Chitón!
No son bueyes ni gamos lo que caza esta noche -respondió
mamá Loba-. Lo que
hoy busca es al hombre. El
plañidero grito se había convertido ya en algo como un
zumbante ronquido que parecía
llegar de todo el ámbito de la comarca. Era aquel rumor
especial que turba a los leñadores
y a toda la gente errante que duerme al raso, y que a veces
los hace correr tan desatinados
que se arrojan en las mismas fauces del tigre. -¡Al
hombre!... -dijo papá Lobo mostrando la doble hilera de
blanquísimos dientes. ¡Jaug!
¿No hay acaso suficientes escarabajos y ranas en los pozos,
para que ahora se le ocurra
comer carne humana. ¡Y de añadidura en terreno nuestro!. La
ley de la selva -que nunca ordena algo sin tener motivo para
ello- prohíbe a toda fiera
que coma hombre, excepto en el caso de que ésta mate para
enseñar a sus pequeñuelos
a matar; pero, aun en este caso, es necesario que cace fuera
del cazadero de su
manada o tribu. La verdadera causa de esta disposición, es
que toda humana matanza trae
consigo, tarde o temprano, los hombres blancos montados en
elefantes y armados de
fusiles, acompañados de algunos centenares de hombres de
color con batintines, cohetes
y antorchas. Y entonces a todo el mundo en la selva le toca
sufrir. Por lo que toca
a la razón que entre sí se dan las fieras, es que alegan
que el hombre es el más débil e
indefenso de todos los seres vivientes, y que no es digno de
un cazador poner la mano sobre
él. Alegan también -y es cierto- que los devoradores de
hombres se vuelven sarnosos
y pierden los dientes. El
ronquido se hizo más intenso y finalmente terminó con el
¡Aaar! que lanza el tigre a plena
voz en el momento de atacar. Se
oyó entonces un aullido -impropio de un tigre-, lanzado por
Shere Khan. -Erró
el golpe -dijo mamá Loba-. ¿Qué sucede? Salió
papá Lobo y corrió la distancia de unos cuantos pasos, y
oyó a Shere Khan murmurando
y gruñendo furiosamente, en tanto se revolcaba en la
maleza. -A
ese necio se le ocurrió nada menos que saltar por encima
del fuego encendido por unos
leñadores, y se le quemaron las patas -dijo papá Lobo, con
mal humor, gruñendo-. Tabaqui
está allí, con él. -Alguien
sube por la colina -observó mamá Loba enderezando una
oreja. Prepárate. Crujieron
levemente las hierbas en la espesura; papá Lobo se agachó,
pronto a dar el salto,
con los cuartos traseros junto a la tierra. De haber estado
allí en acecho, hubieran podido
ver ustedes la cosa más maravillosa del mundo: en el
preciso momento de estar saltando,
se detuvo el lobo. Brincó antes de haber visto contra qué
se lanzaba, y, repentinamente,
trató de detenerse. El resultado fue que salió disparado
hacia arriba, verticalmente,
hasta un metro o metro y medio de altura, y luego cayó de
nuevo en el mismo
lugar.. -¡Un
hombre! -exclamó disgustado. Un cachorro humano. ¡Mira! Frente
a él, apoyado en una rama baja, se erguía, enteramente
desnudo, un niño moreno que
apenas sabía andar: una cosa, la más simpática y pequeña,
la más fina y gordinflona que
jamás se había presentado de noche ante la caverna de un
lobo. Miró a éste cara a cara
y se rió. -¿Es
eso un cachorro de hombre? -dijo mamá Loba-. Nunca vi
ninguno. Tráelo. Un
lobo, si es preciso, puede llevar un huevo en el hocico sin
romperlo, pues está acostumbrado
a mover de un lado al otro a sus propios pequeñuelos; de
esta manera, aunque
se juntaron las quijadas de papá Lobo sobre la espalda del
niño, ni un solo diente
le arañó la piel, la que apareció intacta al colocarlo
aquel entre los lobatos. -¡Qué
pequeño! ¡Qué desnudo! Y... ¡qué atrevido! -dijo
dulcemente mamá Loba. El niño
se abría paso entre los cachorros para arrimarse al calor
de la piel-. ¡Vaya! Ahora come
con los demás. De manera que éste es un cachorro de
hombre, ¿eh? ¡A ver si hubo
nunca un lobo que pudiera jactarse de contar con uno que
estuviera entre sus hijos!... -De
eso oí hablar algunas veces, pero nunca respecto de nuestra
manada o que hubiera ocurrido
en mis tiempos -contestó papá Lobo-. Carece completamente
de pelo y bastaría que
yo lo tocara con el pie para matarlo. Pero, mira: nos ve y
ni siquiera tiene miedo. De
pronto, el resplandor de la luna que penetraba por la boca
de la caverna quedó interceptado
por la enorme cabeza cuadrada y por una parte del pecho de
Shere Khan que
se asomaba a la entrada. Tabaqui, detrás de él, le decía
con voz aguda: -¡Señor,
señor, se metió aquí! -Shere
Khan nos honra por extremo con su visita -dijo papá Lobo,
pero sus iracundos ojos
desmentían sus palabras-. ¿Qué desea Shere Khan? -Mi
presa. Un cachorro humano pasó por aquí. Sus padres
huyeron. Dámelo. Como
dijo papá Lobo, Shere Khan había saltado por encima de un
fuego encendido por los
leñadores, y se sentía furioso por el dolor de las
quemaduras que tenía en las patas. Sin
embargo, papá Lobo sabía muy bien que la boca de la
caverna era suficientemente estrecha
como para que no pudiera pasar por ella el tigre. Aun en el
sitio donde se encontraba
Shere Khan, tenía que encoger penosamente sus patas y la
parte superior de su
pecho, como le sucedería a un hombre que intentara pelear
con otro dentro de una cuba. -Los
lobos son un pueblo libre -le respondió papá Lobo-. Sólo
obedecen las órdenes del jefe
de su manada y no las de un pintarrajeado cazador de reses
como tú. El cachorro de hombre
es nuestro... para matarlo, si nos place. -¡Si
nos place! ¡Si nos place! ¿Qué significa eso de si nos
place o no? ¡Por el toro que maté!
¡Es cosa de preguntarse hasta cuándo debo estar oliendo
esta perruna guarida, para
que se me entregue lo que en justicia se me debe! ¡Soy yo,
Shere Khan, el que les habla! Por
todos los rincones de la caverna resonó el rugido del
tigre. Separándose de los lobatos
mamá Loba se adelantó, fijando sus ojos en los ojos
llameantes de Shere Khan; y
los ojos de la loba parecían dos verdes lunas brillando en
la oscuridad. -Y
yo soy Raksha (el demonio), quien te contesta. El cachorro
humano es mío, Lungri, mío
y muy mío. No se le matará. Vivirá y correrá junto con
nuestra manada y cazará con
ella; y, finalmente, y atienda bien su merced, señor
cazador de desnudos cachorrillos...,
devorador de ranas... matador de pocos..., finalmente, él
será quien, a su vez,
lo cace a usted. Así que, ahora, ¡lárguese!, o por el
sambliur que maté -pues yo no como
ganado hambriento-, le aseguro, fiera chamuscada de las
selvas, que volverá su merced
al regazo de su madre más coja aún que al venir al mundo.
¡Lárguese!. Papá
Lobo la miró con aire estupefacto... Ya casi había
olvidado aquellos tiempos en que
ganó a mamá Loba en fiero combate con cinco lobos, cuando
ella tomaba parte en las
correrías de la manada; llamarla Demonio no era un mero
cumplido. Quizás
Shere Khan hubiera desafiado a papá Lobo, pero no podía
resistirse contra mamá
Loba; sabía que, en el lugar en que se encontraban, todas
las ventajas eran para ella
y lucharía hasta morir. Se retiró, pues, rezongando, de la
boca dc la caverna, y, cuando
se vio libre, gritó: -¡Cada
lobo aúlla en su caverna! Veremos qué dice la manada
acerca de eso de criar cachorros
humanos. El cachorro es mío, y finalmente vendrá a parar a
mis dientes!. ¡Rabiosos!
¡ Ladrones! Jadeante
se echó de nuevo mamá Loba entre sus lobatos, y papá Lobo
díjole gravemente: -Mucho
hay de verdad en lo que dijo Shere Khan. Es necesario enseñar
el cachorro a la manada.
¿Persistes en guardártelo, mamá? -¡Guardarlo!
-respondió ella suspirando-. Desnudo vino, de noche,
hambriento y solo, y, con
todo, no tenía miedo. Mira: ya echó a un lado a uno de mis
hijos. ¡Y ese carnicero cojo
quería matarlo y escaparse después al Waingunga, en tanto
que los campesinos, en venganza,
venían aquí al ojeo en nuestros cubiles! ¡Guardarlo! ¡Por
supuesto que lo guardaré!
Acuéstate quietecito, renacuajo. Vendrá el tiempo, Mowgli
-porque en adelante
llamaré a su merced Mowgli, la rana- en que no sea usted el
cazado por Shere Khan,
sino quien le cace a él. -Pero,
¿qué dirá nuestra manada? -dijo papá Lobo. La
ley de la selva ordena terminantemente que cualquier lobo,
al casarse, puede retirarse de
la manada a que pertenece; pero también que, tan pronto
como los cachorros tengan edad
suficiente para sostenerse en pie, deberá llevarlos al
Consejo de la manada con el fin
de que los otros lobos puedan identificarlos; el Consejo se
celebra una vez al mes, al resplandor
de la luna llena. Después de la inspección, quedan en
libertad los lobatos para
correr por donde les plazca; hasta que no hayan matado al
primer gamo, no se admite
ninguna excusa en favor del lobo de la manada que sea ya
mayor y mate a alguno
de los lobatos. Al asesino se le impone como castigo la pena
de muerte, donde pueda
encontrársele; si se piensa durante un momento sobre esto,
se verá que es realmente
lo justo. Papá
Lobo esperó un poco hasta que sus cachorros pudieran
corretear un poco, y luego, la
noche de la reunión de toda la manada, los cogió, junto
con Mowgli y con mamá Loba,
y llevó a todos a la Peña del Consejo, que era una cima
cubierta de piedras y guijarros
en donde podían ocultarse un centenar de lobos. Echado
cuan largo era sobre su peña, estaba Akela, el enorme y
gris Lobo Solitario que había
llegado a ser jefe de la manada gracias a su fuerza y
habilidad. Más abajo se sentaban
unos cuarenta lobos de todos tamaños y colores: había
veteranos de color de tejón
que podían enfrentarse a solas con un gamo, y había también
lobos de tres años de edad
que sólo presumían que habían de poder. Desde hacía un año,
el Lobo Solitario los guiaba
a todos. Allá en su juventud había caído dos veces en una
trampa; en otra ocasión
había sido apaleado hasta darlo por muerto. Sabía muy
bien, pues, los usos y costumbres
de los hombres. Se
habló muy poco en la reunión de la Peña. Caían y
tropezaban unos contra otros los lobatos
en el centro del círculo donde se sentaban sus respectivos
padres y madres. De cuando
en cuando, un lobo anciano se dirigía en silencio hacia uno
de los cachorros, lo miraba
atentamente y se volvía a su sitio sin producir el menor
ruido. De pronto, una madre
empujaba a su lobato hacia la luz de la luna para estar
segura de que no había pasado
inadvertido. Akela, desde su peña, gritaba:. -Ya
saben lo que dice la ley; ya lo saben. ¡Miren bien, lobos! Y
las madres, ansiosas, repetían: -¡Miren!
¡Miren bien, lobos! Al
cabo, llegó el momento -y a mamá Loba se le erizaron todos
los pelos del cuello- en que
papá empujó a "Mowgli, la rana", corno lo
llamaban, hacia el centro. Mowgli se sentó
allí, riendo y jugando con algunos guijarros a los que hacía
brillar la luz de la luna. Sin
levantar la cabeza, que hacía descansar sobre sus patas,
Akela continuaba profiriendo
su monótono grito: -¡Miren
bien! Se
elevó un sordo rugido detrás de las rocas. Era la voz de
Shere Khan que gritaba a su vez: -Ese
cachorro es mío; debéis dármelo. ¿Qué tiene que ver el
Pueblo Libre con un cachorro
humano? Akela
ni siquiera movió las orejas. Se limitó a decir: -¡Miren
bien, lobos! ¿Qué le importan al Pueblo Libre los mandatos
de cualquiera que no
sea el mismo pueblo? ¡Miren bien! Se
elevó un coro de gruñidos. Un lobo joven, de unos cuatro años,
recogió la pregunta de
Shere Khan, y se dirigió de nuevo a Akela: -¿Qué
tiene que ver el Pueblo Libre con un cachorro humano? Ahora
bien: la ley de la selva ordena que, en caso de ponerse en
tela de juicio el derecho que
un cachorro tiene a ser admitido por la manada, deberán
defenderlo, a lo menos, dos miembros
de ésta, que no sean su padre o su madre. -¿Quién
alza la voz en favor de este cachorro? -interrogó Akela-.
¿Quién, de los que pertenecen
al Pueblo Libre, habla en favor suyo? Nadie
respondía, y mamá Loba se preparó para lo que ya sabía
ella que sería su última pelea,
si era preciso llegar al terreno de la lucha. Pero
entonces, Baloo, único animal de otra especie a quien se le
permite tomar parte en el
Consejo de la manada; Baloo, el soñoliento oso pardo que
alecciona a los lobatos la ley
de la selva; el viejo Baloo, que va y viene por donde quiere
porque su alimento se compone
sólo de nueces, raíces y miel, se levantó en dos patas y
gruño: -¿El
cachorro humano?... ¡Yo hablo en favor del cachorro! No
puede hacernos ningún mal.
No soy elocuente, pero digo la verdad. Que corra con la
manada y que se le cuente como
uno de tantos. Yo seré su maestro. -Ahora
necesitamos que hable otro en su favor -dijo Akela-. Ya habló
Baloo, el cual es maestro
de nuestros lobatos. ¿Quién quiere hablar además de él? Se
movió hacia el círculo una sombra negra. Era Bagheera, la
pantera, toda ella de un color
negro de tinta, pero ostentaba marcas en su piel, propias de
su especie, las cuales, según
como incidiera en ellas la luz, parecían las aguas de
ciertas telas de seda. Todo el mundo
conocía a Bagheera; nadie osaba atravesarse en su camino,
porque era tan astuta como
Tabaqui, tan audaz como el búfalo salvaje y tan sin freno
como un elefante herido.
Con todo, su voz era suave como la miel silvestre que se
desprende gota a gota de
un árbol y su piel era más fina que el plumón. -¡Akela
-dijo en un susurro-, y ustedes, Pueblo Libre! Yo no tengo
derecho, cierto, de mezclarme
en esta asamblea. Mas la ley de la selva dice que si surge
alguna duda, no relacionada
con alguna muerte, tocante a un nuevo cachorro, la vida de
éste puede comprarse
por un precio estipulado. La ley, por último, no dice quién
puede o quién no puede
pagar ese precio. ¿Es cierto lo que digo?. -¡Muy
bien! ¡Muy bien! -dijeron a coro los lobos más jóvenes,
hambrientos siempre-. ¡Que
hable Bagheera! El cachorro puede comprarse mediante un
precio estipulado. Así lo
dice la ley. -Como
sé que no me asiste el derecho de hablar aquí, pido el
permiso de ustedes para hacerlo. -¡Bueno!
¡Habla! -gritaron a la vez veinte voces. -Es
una vergüenza matar a un cachorro desnudo. Por lo demás,
puede ser muy útil para ustedes
en la caza, cuando sea mayor. Ya Baloo habló en su defensa.
Pues bien: a lo que él
dijo, añadiré yo la oferta de un toro cebado, acabado de
matar a poca distancia de aquí,
si aceptan al cachorro humano de acuerdo con lo que dice la
ley. ¿Hay algo qué objetar? Elevóse
un clamor de docenas de voces que decían: -¡Qué
importa! Ya morirá cuando lleguen las lluvias del invierno;
ya le abrasarán vivo los
rayos del sol. Una rana desnuda como ésta, ¿en qué puede
perjudicarnos? Dejémosle que
se junte a la manada. ¿Dónde está el toro, Bagheera? ¡Aceptémoslo!. Y
se escuchó entonces el profundo ladrido de Akela que advertía: -¡Mírenlo
bien, mírenlo bien, lobos! Estaba
Mowgli tan entretenido jugando con los guijarros, que no
observó que aquéllos se
le acercaban uno a uno y lo miraban atentamente. Descendieron
al cabo todos de la colina en busca del toro muerto,
exceptuando sólo a Akela,
Bagheera, Baloo y los lobos de Mowgli. Entre
las sombras de la noche, rugía aún Shere Khan, furioso por
no haber logrado que le
entregaran a Mowgli. -¡Ea!
¡Ruge, ruge cuanto quieras! -díjole Bagheera en sus
propias barbas-, O yo no conozco
nada a los hombres, o llegará el día en que esa cosa que
está allí tan desnuda le hará
a su merced rugir en muy distinto tono. -Hicimos
bien -observó Akela-. Los hombres y sus cachorros saben
mucho. Con el tiempo,
podrá ayudarnos. -Ciertamente...
Puede ser nuestro apoyo, en caso necesario, porque nadie
debe forjarse la
ilusión de ser siempre director de la manada -respondió
Bagheera. Akela
permaneció mudo... Pensaba en aquel tiempo que fatalmente
llega para todo jefe de
manada, cuando sus fuerzas lo abandonan, cuando se siente más
débil cada día, hasta que,
al fin, los otros lobos lo matan y viene un nuevo jefe a
ocupar su puesto... para que a
su vez lo maten también, cuando le llegue el turno. -Llévatelo
-le dijo a papá Lobo y adiéstralo en todo aquello que debe
saber quien pertenece
al Pueblo Libre. Así
fue como Mowgli entró a formar parte de la manada de lobos
de Seeonee, y el rescate
por su vida fue un toro, y Baloo fue su defensor. Ahora
debemos contentarnos con saltar diez u once años y con
adivinar la maravillosa vida
que Mowgli llevó entre los lobos; si tuviéramos que
escribirla, sólo Dios sabe los libros
que llenaría. Creció
junto con los lobatos, aunque, por supuesto, antes de que él
hubiera salido de la primera
infancia, ellos ya eran lobos hechos y derechos. Papá Lobo
le enseñó su oficio y el
significado de todo lo que en la selva había, hasta que
cada ruido bajo la hierba, cada tibio
soplo del vientecillo de la noche, cada nota lanzada por el
búho sobre su cabeza, cada
rumor que producen los murciélagos al arañar cuando
descansan durante un momento
en un árbol, y cada ruidillo que causa el pez al saltar en
una balsa significaron para
él tanto como significa el trabajo en la oficina para el
hombre de negocios. Cuando no
estaba aprendiendo algo, se sentaba a tomar el sol o dormía;
luego, a comer y a dormir
de nuevo. Cuando sentía necesidad de lavarse o le molestaba
el calor, íbase a nadar
en las lagunas del bosque. Finalmente, cuando necesitaba
miel -pues Baloo le había
dicho que la miel con nueces era una comida tan delicada
como la carne cruda-, trepaba
a los árboles para buscarla, y esto último se lo enseñó
Bagheera. Tendíase
la pantera sobre una rama y lo llamaba diciendo: -Sube
acá, hermanito. Al
principio, Mowgli se agarraba torpemente, como el animal
llamado perezoso; pero ya
después saltaba entre las ramas, de la una a la otra, con
toda la maestría de un mono gris.
Ocupó asimismo su lugar en el Consejo de la Peña al
reunirse con la manada, y allí descubrió
que, mirando fijamente a un lobo, lo obligaba a bajar los
ojos. y esto fue motivo
para que lo hiciera a menudo por mera diversión. En otras
ocasiones arrancaba de
la piel de sus amigos las largas espinas que se les habían
clavado en ella, pues los lobos
sufren muchísimo con las espinas y cardos que se les quedan
entre las lanas. También,
en plena noche, descendía por la ladera de la colina y se
llegaba hasta las tierras
de cultivo y miraba curiosamente a los campesinos en sus
chozas. Desconfiaba
de ellos, sin embargo, pues Bagheera le había señalado una
caja cuadrada con
puerta que se hundía al pisarla, colocada con tanta
habilidad entre la maleza, que casi
cayó él dentro. Bagheera le dijo que era una trampa. Pero
nada fue tan de su gusto como perderse con la pantera en las
tibias profundidades del
bosque, dormir durante todo el pesado día y contemplar por
la noche cómo Bagheera
se entregaba a la caza. Mataba ella sin discreción ni
miramiento, según su apetito,
y lo mismo Mowgli, con una sola excepción: en cuanto tuvo
edad suficiente para
comprender las cosas, Bagheera le enseñó que se abstuviera
de matar ninguna cabeza
de ganado porque la propia vida de él había sido rescatada
mediante la entrega de
un toro. -Cuanto
hay en la selva es tuyo -le dijo Bagheera- puedes matar todo
lo que tus fuerzas te
permitan. Pero, en memoria del toro que sirvió para salvar
tu vida, no pondrás nunca la
mano en res alguna, ni siquiera para comerla, sea joven o
vieja. La ley de la selva prescribe
esto.
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