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El Libro de las Tierras Vírgenes (Continuación I) Mowgli
obedeció estrictamente lo que se le ordenaba. Y
creció, creció tan robusto como es forzoso que crezca un
niño que no tiene que preocuparse
por estudiar las lecciones que aprende por modo natural, y
para quien no existen
más cuidados que el de conseguir la comida. Una
o dos veces le intimó mamá Loba que desconfiara de Shere
Khan, y asimismo le dijo
que tendría que matarlo un día u otro. Pero, aunque un
lobato hubiera recordado este
consejo a cada momento, Mowgli lo olvidó por completo, como
niño que era, por más
que él mismo, indudablemente, se hubiera calificado a sí
mismo de lobo a haber podido
hablar en alguna lengua de las que usan los hombres. Shere
Khan salíale continuamente al paso, porque como Akela se
hacía ya viejo y cada día
disminuían sus fuerzas, el tigre cojo había llegado a
tener estrecha amistad con los lobos
más jóvenes de la manada que le seguían para recoger sus
sobras; nunca hubiera tolerado
esto Akela, de haberse atrevido a ejercer su autoridad llevándola
al extremo. En
estas ocasiones los halagaba Shere Khan mostrándose
sorprendido de que tales cazadores,
tan jóvenes y excelentes, se dejaran guiar por un lobo que
ya estaba medio muerto
y por un cachorro humano. -Me
dicen -afirmábales Shere Khan- que no se atreve nadie de
ustedes a mirar en los ojos
al hombrecito cuando se reúnen en consejo. Y
los lobos le contestaban gruñendo, erizado el pelo. Algo
de esto llegó a oídos de Bagheera, que parecía estar en
todas partes viéndolo y oyéndolo
todo, y en más de una ocasión le explicó a Mowgli en
pocas palabras que Shere
Khan lo mataría algún día. A esto respondía Mowgli, riéndose: -Cuento
con la manada y contigo. E inclusive Baloo, con toda su
pereza, no dejaría de dar
algunos golpes en mi defensa. ¿Por qué, pues, inquietarme? Un
día en que el calor era excesivo, se le ocurrió una idea a
Bagheera, idea nacida de algo
que había oído. Probablemente debía la noticia a Ikki, el
puerco espín. Ello fue que le
dijo a Mowgli, cuando se encontraban ambos en lo más
profundo de la selva, y en tanto
que el muchacho reclinaba la cabeza sobre la hermosa y negra
piel de Bagheera: -¿Cuántas
veces te he dicho, hermanito, que Shere Khan es enemigo
tuyo? -Tantas
veces cuantos frutos tiene esa palmera -respondió Mowgli
que, por supuesto, no sabía
contar-. ¡Bueno!
¿Y qué? Tengo sueño, Bagheera, y Shere Khan no tiene sino
mucha cola y muchas
palabras. . . como Mao, el pavo real. -No
es hora de dormir. Baloo sabe que es verdad; lo sabe toda la
manada, y hasta los infelices
y simplicísimos ciervos lo saben. Además, a ti mismo te lo
ha dicho Tabaqui. -¡Oh!
-respondió Mowgli-. El otro día llegóse a mí con
impertinencias de que si yo era un
desnudo cachorro de hombre y que no servía ni para
desenterrar raíces. Pero lo cogí de
la cola y le di contra una palmera dos veces para enseñarle
a tener mejores modales. -¡Vaya
tontería! Aunque Tabaqui es un chismoso, te hubiera dicho
algo que te interesa mucho.
¡Abre esos ojos, hermanito! Shere Khan no se atreve a
matarte en la selva; acuérdate,
sin embargo, de que Akela es ya muy viejo, y que no tardará
en llegar el día en
que le será imposible cazar un solo gamo. Ese día dejará
de ser jefe. Son ya viejos también
muchos de los lobos que te admitieron cuando que los son jóvenes
creen, porque
así fuiste presentado al consejo, y se lo enseñó Shere
Khan, que un cachorro humano
no tiene derecho a estar en la manada. En poco tiempo serás
ya un hombre. -¿Qué
es, pues, un hombre, para que no pueda juntarse con sus
hermanos? -dijo Mowgli-.
Nací en la selva; he obedecido su ley, y no hay un solo
lobo entre los nuestros de
cuyas patas no haya yo arrancado alguna espina. ¿Cómo
dudar de que son mis hermanos? Se
tendió Bagheera cuan larga era, y, con los ojos
entrecerrados, dijo: -Toca
aquí, hermanito, bajo mi quijada. Levantó
Mowgli su áspera y tostada mano, y, precisamente debajo de
la sedosa barbilla de
Bagheera, donde los enormes y movibles músculos quedaban
ocultos por el luciente pelo,
encontró un espacio raído. -Nadie,
en toda la extensión de la selva sabe que yo, Bagheera,
tengo esta marca, la marca
que deja el collar. Y, con todo, hermanito, yo nací entre
los hombres, y entre ellos
murió mi madre. .. en las jaulas del Palacio Real, en
Oodeypore. Tal fue el motivo que
me impulsó a pagar por ti el precio convenido en el
consejo, cuando no eras más que
un desnudo cachorrillo. Sí; también yo nací entre los
hombres. Desconocía yo la selva.
Me alimentaban en artesas de hierro tras los barrotes de la
jaula, hasta que una noche
despertó dentro de mi ser el sentimiento de que yo era
Bagheera, la pantera, y no un
juguete para la diversión de los hombres, y entonces, de un
zarpazo, rompí la estúpida
cerradura y escapé. Y precisamente porque aprendí las
costumbres de los hombres,
infundí en la selva más terror que Shere Khan. ¿No es
cierto? -Así
es -dijo Mowgli-. Todos en la selva temen a Bagheera...
todos, excepto Mowgli. -¡Oh!...
Tú eres un cachorro humano -dijo con gran ternura la
pantera negra-, y de la misma
manera que yo volví a mi selva, así tú deberás volver,
finalmente, a donde están los
hombres.., los hombres que son tus hermanos. Pero esto, si
no te matan antes en el Consejo. -¿Por
qué ha de querer alguien matarme? ¿Por qué? -dijo Mowgli. -¡Mírame!
-contestó Bagheera.. Mowgli
la miró fijamente en los ojos. Al cabo de algunos momentos,
la enorme pantera volvió
la cabeza. -Por
esto -dijo cambiando de posición una de sus patas, que
colocó sobre un lecho de hojas-.
Aun para mí es imposible mirarte a los ojos, a pesar de que
yo nací entre los hombres
y de que te quiero, hermanito. Pero los otros te odian
porque no pueden resistir el
choque de tu mirada; porque eres sabio; porque en muchas
ocasiones arrancaste espinas
de sus patas. . ¡ Porque eres un hombre! -Ignoraba
todo eso -respondió rudamente Mowgli, y arrugó las negras
y pobladas cejas. -¿Cuál
es la ley de la selva? Esta: pega primero y avisa después.
Conocen que eres un hombre
hasta por el descuido con que te conduces. Pero sé
prudente. El corazón me avisa
que en cuanto Akela no pueda cobrar el primer gamo sobre el
que se arroje (y cada
día es más difícil para él apoderarse de los gamos que
persigue), la manada se pondrá
en contra de él y de ti. Tendrá lugar un consejo de la
selva en la Peña, y entonces..,
y entonces. . ¡Ya tengo una idea! -prosiguió Bagheera
levantándose de un salto-.
Dirígete de inmediato a las chozas de los hombres, allá en
el valle y coge una parte
de la Flor Roja que allí cultivan; con esto podrás contar
en el momento oportuno con
un apoyo más fuerte que yo, o que Baloo, o que el de los
que bien te quieren en la manada.
¡Anda! ¡Ve a buscar la Flor Roja! Con
la expresión "Flor Roja", Bagheera quería
significar el fuego; pero así hablaba porque
en toda la selva no hay ser viviente que desee llamar el
fuego por su nombre. Un miedo
mortal se apodera de todas las fieras ante él, y para
describir lo que tal pavor les causa
inventan cien modos distintos. -¿La
Flor Roja? -dijo Mowgli-. Es la que crece fuera de las
chozas en la hora del crepúsculo.
Me apoderaré de ella. -Así
es como deben hablar los cachorros de los hombres -dijo
Bagheera con orgullo-. Deberás
recordar que esa flor crece en unas macetas pequeñas.
Arrebata una y guárdala para
cuando llegue la hora en que podrás necesitarla. -¡Bueno!
-respondió Mowgli-. Voy
allá. -Le deslizó un brazo en torno del espléndido cuello
y la miró profundamente en
los grandes ojos, y continuó-: Pero, ¿estás segura, ¡Bagheera
mía!, de que todo esto es
obra de Shere Khan? -Por
la cerradura que me dio la libertad, te aseguro que sí,
hermanito. -Pues
si así es, ¡por el toro que sirvió como rescate de mi
vida!, te prometo que saldaré mis
cuentas con Shere Khan, y hasta es posible que le pague
inclusive algo más de lo que
le debo. Y
al decir esto, salió rápidamente. -este
es un hombre.., todo un hombre -se dijo Bagheera, tendiéndose
de nuevo en el suelo-.
¡Ah, Shere Khan! ¡Nunca emprendiste más funesta cacería
que la de esta rana, diez
años hace! Mowgli
se alejó por el interior del bosque a todo correr, y sentía
como si el corazón le ardiera
en el pecho. A
la hora en que empezaba a elevarse la niebla vespertina,
llegó a la cueva; se detuvo para
tomar aliento y miró hacia el fondo del valle. Los lobatos
estaban ausentes. pero mamá
Loba, desde la profundidad de la caverna, conoció que algo
le pasaba a su rana, por
el modo de respirar de ésta. -¿Qué
sucede, hijo? -preguntó. -Habladurías
propias de murciélagos, de ese Shere Khan -le respondió
Mowgli-. Esta noche
cazo en terreno labrantío. Hundióse
luego entre los arbustos y se dirigió al sitio por donde
corrían las aguas en el fondo
del valle. Oyó los salvajes alaridos de la cacería en que
se hallaba la manada, y se detuvo:
el mugido del sambhur perseguido; el resoplar del gamo
cuando se ve acorralado. Resonó
entonces el coro de perversos e insultantes aullidos de los
lobos más jóvenes: -¡Akela!
¡Akela! ¡Que el Lobo Solitario muestre su fuerza! ¡Paso
al jefe de la manada! ¡Salta,
Akela! Debió
saltar el Lobo Solitario, marrando el golpe, porque Mowgli
oyó el chasquido de los
dientes y luego una especie de ladrido cuando el sambhur lo
hizo rodar al suelo al empujarlo
con las patas delanteras. No
quiso esperar más para ver lo que sucedía. Siguió
adelante y los gritos se oyeron cada
vez más débiles a medida que se alejaba en dirección de
las tierras de labor, donde vivían
los campesinos. -Bagheera
tenía razón -se dijo, jadeando fuertemente en tanto se
arrellanaba sobre unos forrajes
que encontró bajo la ventana de la choza-, Mañana será un
día muy importante para
Akela y para mi. Pegando
luego la cara a la ventana, miró el fuego que ardía en el
suelo. Durante la noche
vio a la mujer del labriego levantarse y arrojar sobre las
llamas unos trozos de algo
negro. Y por la mañana, cuando aún estaba todo envuelto en
blanca y fría neblina, vio
a un pequeño, hijo del campesino, coger algo como una
maceta de mimbres, enjalbegada
por dentro con tierra, llenarla de enrojecidas brasas,
colocarla bajo una manta
y salir para cuidar las vacas en el establo. -¿Es
esto todo? -dijo Mowgli-. Si un cachorro como ése puede
hacerlo, entonces nada debo
temer. Dobló
la esquina de la casa, corrió hacia el muchacho, le arrebató
aquella como maceta y
desapareció con ella entre la niebla en tanto que el chico
chillaba, atemorizado. Se
parecen mucho a mí -dijo Mowgli soplando en la maceta, pues
así había visto que la mujer
hacía-. Esto se me morirá si no lo alimento, añadió. Y púsose
a arrojar ramitas de árbol
y cortezas secas sobre aquella materia de un color rojo tan
vivo. A
mitad de la colina se encontró con Bagheera, cuya piel, por
el rocío matinal, parecía salpicada
de piedras preciosas. -Akela
erró el golpe -dijo la pantera-. A no ser porque te
necesitaban también a ti, lo hubieran
matado anoche. Fueron en busca tuya a la colina. -Yo
andaba por las tierras de labor. Estoy listo. ¡Mira! Y
Mowgli le mostró aquella especie de maceta llena de fuego. -¡Bueno!
Falta aún otra cosa. Yo he visto a los hombres arrojar una
rama seca sobre esto,
y al poco rato se abría la Flor Roja al extremo de la rama.
¿No tienes miedo de hacer
lo mismo? -No.
¿Por qué he de tener miedo? Recuerdo ahora (si no es esto
un sueño) que, antes de ser
lobo me acosté junto a la Flor Roja, y la sentía caliente
y agradable. Todo
aquel día lo pasó Mowgli en la caverna cuidando su maceta
y echando dentro de ella
ramas secas para ver el efecto que producían después. Halló
una rama a su gusto. Al anochecer,
cuando Tabaqui llegó a la cueva y le dijo muy rudamente que
lo necesitaban en
el Consejo de la Peña, se estuvo riendo hasta que Tabaqui
echó a correr. Se dirigió entonces
al Consejo, pero riendo aún. Junto
a la roca, como signo de que la jefatura de la manada se
hallaba vacante, estaba echado
Akela, el Lobo Solitario. Shere Khan, con su cohorte de
lobos ahítos de sus sobras,
paseaba de un lado a otro con aire resuelto y satisfecho.
Bagheera estaba echada junto
a Mowgli éste tenía, entre sus piernas, la maceta del
fuego. Cuando
estuvieron todos reunidos. Shere Khan empezó a hablar, cosa
que jamás hubiera osado
hacer en los buenos tiempos de Akela. -No
tiene derecho a hablar-
murmuró Bagheera-. Díselo. Es de casta de perro; verás cómo
se atemoriza. Mowgli
se puso en pie. -¡Pueblo
Libre! -gritó--. ¿Dirige acaso la manada Shere Khan? ¿Qué
tiene que ver un tigre
con nuestra jefatura? -Al
ver que el puesto estaba vacante y como se me suplicó que
hablara... -empezó a decir
Shere Khan. -¿Quién
lo ha suplicado? ¿Es que nos hemos convertido todos en
chacales para adular a este
carnicero, matador de reses? La jefatura de la manada
pertenece en exclusiva a miembros
de la manada misma. Dejáronse
oír feroces aullidos que significaban: -¡Silencio,
cachorro de hombre! -¡Que
hable! Observó fielmente nuestra ley. Al
fin, los ancianos de la manada Gritaron con voz tonante: -¡Dejad
que hable el Lobo Muerto! Cuando
un jefe de la manada yerra el golpe en la caza y no mata a
la pieza que perseguía,
recibe el nombre de Lobo Muerto durante el resto de su vida,
que ya no es muy
larga, por regla general. Akela
levantó la cabeza con aire de fatiga, porque en ella había
ya impreso su sello la vejez. -¡Pueblo
Libre, y vosotros también, chacales de Shere Khan! -dijo-.
Os dirigí en la caza durante
doce estaciones, y siempre os volví de ella sin que ninguno
cayera en una trampa
o quedara inutilizado. Ahora erré el golpe. Sabéis bien
que me hicisteis atacar a un
gamo que no había sido corrido previamente para que así
resaltara más vivamente mi debilidad.
¡Hábiles fueron vuestros manejos! Os asiste el derecho de
matarme aquí, ahora
mismo, en el Consejo de la Peña. Por tanto, me limito a
preguntar esto: ¿quién le quitará
la vida al Lobo Solitario? Porque, según la ley de la
selva, a mí me asiste también
otro derecho: exigir que os acerquéis a mí uno a uno. Se
hizo entonces un prolongado silencio, porque no le parecía
muy agradable a ningún lobo
tener un duelo a muerte con Akela. De
pronto, Shere Khan rugió: -¡Bah!
¿Qué nos importa lo que masculle ese viejo chocho y sin
dientes? ¡Pronto morirá!
Ese hombrecito es quien ya ha vivido demasiado... ¡Pueblo
Libre! Fue mi presa desde
el primer día: dádmelo. Ya me cansa ese loco empeño de
querer hacer de él un hombre
lobo. Durante diez estaciones no hizo sino molestar a todo
el mundo en la selva. O
me dáis a ese hombrecito, o de lo contrario os prometo que
cazaré siempre aquí y no os
daré ni un solo hueso. Él es un hombre, un chiquillo de
los que tienen los hombres, y yo
lo odio hasta los tuétanos. Y
entonces, más de la mitad de los lobos que formaban la
manada, aulló: -¡Un
hombre! ¡Un hombre! ¿Qué tiene que ver con nosotros ningún
hombre? ¡Que se vaya
con los suyos! -¿Y
que alce contra vosotros a toda la gente de los pueblos? ¡No!
Dádmelo a mí. Es un hombre,
y ninguno de nosotros puede mirarlo fijamente en los ojos. Levantó
de nuevo Akela la cabeza y dijo: -Ha
comido de lo nuestro; durmió con nosotros hasta hoy; nos
proporcionó caza; nada hizo
que fuera contrario a la ley de la selva... -Además,
yo pagué por él un toro cuando se le aceptó. Vale poco un
toro, pero el honor de
Bagheera es algo por lo que acaso esté dispuesta a pelearse
-dijo la pantera en un tono
de voz que suavizó cuanto pudo. -¡Un
toro que fue pagado diez años atrás! -gruñeron entre
dientes los lobos de la manada-.
¡Qué nos importan unos huesos roídos hace ya diez años!. -Decid
mejor: ¿qué nos importa una promesa? -respondió Bagheera,
enseñando sus blancos
dientes por debajo del labio-. ¡Bien os queda el nombre de
Pueblo Libre! -No
puede juntarse con el Pueblo de la selva un cachorro humano
-rugió Shere Khan-. ¡Deberéis
entregármelo! -Por
todo es hermano nuestro, excepto por la sangre -continuó
Akela-. ¡Y quisierais matarlo
aquí! A la verdad, harto he vivido. Algunos de vosotros
comen ganado; de otros oí
decir que, bajo la dirección de Shere Khan, van de noche,
amparados por las sombras, a
robar niños a las mismas puertas de las aldeas. Deduzco de
esto que sois cobardes y que
hablo con cobardes. Ciertamente he de morir y mi vida carece
ya de valor, mas, a tenerlo,
la ofrecería en lugar de la del hombrecito. Pero prometo,
por el honor de la manada
(honor.. . una bagatela que habéis olvidado desde que no
tenéis jefe), os prometo
que, si permitís que ese hombre cachorro vuelva con los
suyos, no he de enseñaros
los dientes cuando me llegue la hora de morir; esperaré la
muerte sin resistencia.
De esta manera, se ahorrarán a lo menos tres vidas. No
puedo hacer mas. Si aceptáis
lo que os digo, os ahorraréis la vergüenza de matar a un
hermano que no ha cometido
ningún delito... un hermano cuya vida fue defendida y
comprada cuando se le incorporó
a nuestra manada, de acuerdo con la ley de la selva. -¡Es
un hombre.., un hombre. un hombre! -gruñeron los lobos, y
la mayor parte de ellos se
agruparon en torno de Shere Khan, que se azotaba los flancos
con la cola. -En
tus manos queda ahora todo el asunto -dijo Bagheera a Mowgli-.
No queda ya otra cosa
para ti o para mí que luchar ambos contra todos. Mowgli
se puso en pie teniendo entre sus manos la maceta de fuego.
Estiró los brazos y bostezó
mirando a los del Consejo; pero se sentía loco de ira y de
pena al ver que los lobos,
actuando como lo que eran, le habían ocultado siempre el
odio que sentían por él. -¡Escúchenme!
-gritó-. No existe ninguna necesidad de que estén aquí
charlando como perros.
Tantas veces me dijeron ya esta noche que soy un hombre -y,
a la verdad, por mi gusto
hubiera sido un lobo hasta el fin de mi vida-, que empiezo a
comprender que están en
lo cierto. Ya, en adelante, no les llamaré hermanos míos,
sino sag (perros), como los llamaría
un hombre. Ustedes no son quién para decir lo que harán o
dejarán de hacer. Este
asunto me corresponde a mí. Y para que puedan hacerse cargo
más claramente de esto,
yo, el hombre, traje aquí una pequeña porción de la Flor
Roja que tanto les atemoriza,
como perros que son. Arrojó
al suelo la maceta de fuego; algunas de las brasas
prendieron en un montón de musgo
seco, que ardió de inmediato, en tanto que retrocedía
aterrorizado todo el Consejo
al ver elevarse las llamas. Luego,
lanzó Mowgli sobre el fuego la rama que llevaba, y cuando
se encendió chisporroteando,
empezó a agitarla rápidamente por encima de los
acobardados lobos. -Ya
no queda aquí más amo que tú -dijo Bagheera en voz baja-.
Salva la vida a Akela; fue
siempre tu amigo. Akela,
el serio y viejo lobo que jamás había pedido misericordia
a nadie, dirigió a Mowgli
una triste mirada, en tanto que éste se erguía
completamente desnudo, la negra y
larga cabellera caída sobre los hombros, iluminado por las
llamas de la encendida rama
que agitaba y hacía temblar a las sombras. -¡Bueno!
-prosiguió Mowgli mirando pausadamente en torno suyo-. Ya
veo que no son sino
unos perros. Los dejo, para irme con mi gente... si es que
hay en el mundo semejante
cosa. Desde hoy la selva será campo vedado para mí y debo
olvidarme de su amistad.
Pero me mostraré más generoso que ustedes, por la sola razón
de que, excepto el
ser hermano por la sangre, fui todo para ustedes, por esta
sola razón les prometo que, cuando
sea un hombre entre los hombres, no les haré traición,
como ustedes me la hicieron
a mi.. Golpeó
el fuego con el pie y el aire se llenó de chispas. -Ninguna
guerra habrá entre nosotros -prosiguió-. Pero antes de
dejarlos, he de saldar una
deuda. Y
a grandes pasos se dirigió hacia donde se hallaba sentado
Shere Khan sobre sus patas y
parpadeando con aire confuso al mirar las llamas, lo cogió
por el puñado de pelo que tenía
bajo la barba. Bagheera lo siguió, en previsión de lo que
pudiera suceder. -¡De
pie, perro! -gritó Mowgli-. ¡ Levántate cuando te habla
un hombre, o si no, te abrasaré
la piel! Shere
Khan bajó las orejas hasta aplastarlas sobre su cabeza y
entornó los ojos, porque veía
muy cerca de él la rama ardiendo. -Este
cazador de reses dijo que me mataría en el Consejo, porque
no pudo matarme cuando
yo no era sino un cachorro. Así pagamos nosotros a los
perros cuando llegamos a
ser hombres. ¡Si mueves uno solo de tus bigotes, Lungri, te
hundo la Flor Roja en el gaznate! Golpeó
a Shere Khan en la cabeza con la rama y gimoteó el tigre
con voz plañidera, agonizante
de terror. -¡Bah!
¡Lárgate ahora, chamuscado gato de la selva! Pero deberás
recordar lo que digo: cuando
yo vuelva al Consejo de la Peña, como es debido que todo
hombre vuelva, lo haré
con mi cabeza cubierta con tu piel. Por lo demás, Akela
queda en libertad de seguir viviendo,
del modo que mejor le cuadre. Nadie lo matará, porque no es
ésa mi voluntad. Ni
creo, tampoco, que estarán aquí más tiempo con la lengua
colgando, como si fueran más
que perros que yo arrojo de este lugar. Por
tanto, ¡andando! El
extremo de la rama ardía furiosamente; Mowgli empezó a
vapulear con ella, a un lado
y a otro, a todos los que formaban el círculo. Echaron a
correr los lobos aullando al sentir
que las chispas les quemaban el pelo. Y, al cabo, no
quedaron sino Akela, Bagheera,
y unos diez lobos que se habían puesto del lado de Mowgli. Y
entonces sintió éste en su interior un dolor como jamás
lo había experimentado, y, tomando
aliento, sollozó, y las lágrimas le corrieron por las
mejillas. -¿Qué
es esto?.. . ¿Qué es esto?... -exclamó-. No quiero
abandonar la selva y no sé qué me
ocurre. ¿Estoy muriéndome acaso, Bagheera? -No,
hermanito. Eso no son sino lágrimas, como las que derraman
los hombres -le explicó
Bagheera-. Ahora sí eres un hombre, y no sólo un cachorro
humano, como antes.
A la verdad, la selva se ha cerrado para ti desde hoy. Que
corran, Mowgli; no son más
que lágrimas. Mowgli
se sentó y lloró como si su corazón fuera a rompérsele
en pedazos. Era la primera
vez que lloraba. -Ahora
me iré con los hombres -dijo-; pero antes debo despedirme
de mi madre. Dicho
esto, se dirigió a la cueva donde ella vivía junto con papá
Lobo, y sobre su piel derramo
nuevas lágrimas en tanto que los cuatro lobatos aullaban
tristemente. -¿No
me olvidarán? -les preguntó Mowgli. -Nunca,
mientras podamos seguir una pista -respondieron los
cachorros-. Cuando seas un
hombre, llégate hasta el pie de la colina, para que
hablemos contigo. Iremos también nosotros,
de noche, a las tierras de cultivo y jugaremos juntos. -¡Vuelve
pronto! -dijo papá Lobo-. ¡Vuelve pronto, pequeña rana
sabia, porque tu madre
y yo somos ya viejos! -¡Vuelve
pronto! -repitió mamá Loba-. ¡Vuelve pronto, desnudito
hijo mío! Porque... oye
esto que voy a decirte...: siempre te quise más a ti,
aunque seas hijo de hombre, que a mis cachorros.. -Volveré
sin duda -respondió Mowgli-. Y cuando lo haga, será para
extender sobre la Peña
del Consejo la piel de Shere Khan. ¡No me olviden! ¡Digan
a todos en la selva que ellos
tampoco me olviden nunca!... Y
apuntaba el día cuando Mowgli bajó de la colina,
completamente solo, para dirigirse en
busca de esos seres misteriosos que se llaman hombres. Canción
de Caza de la Manada de Seeonee Ya
el sambhur baló al amanecer
Era
el tiempo en que Baloo lo instruía acerca de la ley de la
selva. Muy contento y ufano
estaba el serio, viejo y enorme oso pardo con aquel discípulo
tan listo, pues a los lobatos
no les gusta aprender de la ley de la selva sino lo que se
refiere a su propia manada
y tribu, y se escapan en cuanto aprenden de memoria estas
palabras de la Canción
de Caza: "Pies que pisan sin el menor ruido; ojos que
ven en plena oscuridad; orejas
capaces de oír los diferentes vientos desde el cubil;
blancos y afilados dientes: características
son todas estas de nuestros hermanos, exceptuando a Tabaqui,
el chacal, y
a la hiena, que odiamos." Pero
Mowgli, como hombrecito que era, tuvo que aprender muchas
cosas más. Bagheera,
la pantera negra, se acercaba en algunas ocasiones,
curioseando por la selva, para
ver cómo andaba su niño mimado; apoyaba la cabeza contra
un árbol y escuchaba, roncando
sordamente, la lección que Mowgli recitaba a Baloo. Trepaba
el muchacho a los
árboles casi con la misma facilidad con que andaba; nadaba
casi con la misma habilidad
con que corría. Por esto Baloo, el maestro de la ley, le
enseñó las leyes del bosque
y del agua: cómo distinguir una rama carcomida de otra
sana; cómo debería hablar
cortésmente a las abejas silvestres cuando, a quince metros
sobre el nivel del suelo,
encontrara una de sus colmenas; qué debería decirle a Mang,
el murciélago, cuando
tuviera que molestarlo entre las ramas, durante el día; cómo
tenía que avisar a las
serpientes de agua que viven en las lagunas, antes de
lanzarse a las aguas, entre aquellas... A
ningún habitante de la selva le gusta que lo molesten, por
lo que todos están siempre dispuestos
a arrojarse sobre los intrusos. Mowgli aprendió después de
todo esto la "Consigna
del cazador forastero" que debe repetirse una y otra
vez en voz alta hasta que sea
contestada por alguien, siempre que alguno de los habitantes
de la selva cace fuera de
sus propios terrenos. La consigna, ya traducida, significa: "Dadme
permiso para cazar aquí, porque tengo hambre." Y la
respuesta dice: "Puedes cazar
para buscar comida, pero no para tu recreo." Todo
esto muestra las muchas cosas que hubo de aprender Mowgli de
memoria; llegaba a
cansarse de tanto repetir lo mismo más de cien veces. Pero,
como le dijo un día Baloo a
Bagheera, con motivo de que tuvo que pegarle al muchacho y
éste se marchó enojado: -Un
cachorro humano es un cachorro humano, y tengo de deber de
enseñarle toda la ley de
la selva. -Pero
has de tener presente que es muy pequeño. -respondió la
pantera negra, pues ella, sin
duda, habría mimado excesivamente a Mowgli si la hubieran
dejado que lo educara a
su manera-. ¿Y cómo pueden caber tus largas pláticas en
una cabeza tan pequeña? -¿Existe
acaso en la selva alguna cosa que por ser pequeña no pueda
matarse? No. Ahora
bien: por esa causa le enseño todo lo que le enseño, y por
lo mismo le pego con mucha
suavidad cuando se le olvida algo. -¡Con
suavidad! ¿Qué sabes tú de suavidades, viejo patas de
hierro?-gruñó Bagheera-. Le
llenaste hoy toda la cara de cardenales con tu... suavidad.
¡Vaya!... -Valdrá
más que esté lleno de cardenales de la cabeza a los pies,
causados por mi, que lo quiero,
que no que le ocurra alguna desgracia por ignorancia
-respondió Baloo con suma gravedad-.
Le enseño ahora las Palabras Mágicas de la Selva que habrán
de protegerlo contra
los pájaros, contra el Pueblo de las Serpientes y contra
todo cuadrúpedo de caza, excepto
contra su propia manada. A partir de este momento y con sólo
recordar esas palabras,
podrá pedir protección a todos los habitantes de la selva.
¿No vale la pena recibir
algunos golpes por todo esto? -Sí,
pero cuídate de matar al hombrecito. Mira que no es un
tronco de árbol en donde puedas
afilar tus embotadas garras. Pero, dime, ¿cuáles son esas
Palabras Mágicas, de que
estás hablando? Aunque es más probable que tenga yo que
prestarle ayuda a alguien,
que pedirla. -Al
decir esto, Bagheera estiró una de sus patas y contempló,
admirado, los acerados cinceles
de sus garras-. No obstante -añadió- me gustaría saberlo. -Voy
a llamar a Mowgli y él te dirá las palabras. . . si es que
se le antoja. ¡Ven, hermanito!.
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