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Luisa M. Alcott CAPITULO 1 La avenida de los olmos estaba cubierta de malezas, el gran portón nunca se abría, y la vieja casona permanecía cerrada desde hacía varios años. No obstante, se escuchaban voces por ese lugar, y las lilas, inclinándose sobre el alto muro parecían decir: "¡Qué interesantes secretos podríamos revelar si quisiésemos!...", en tanto que del otro lado del portón, una caléndula procuraba alcanzar el ojo de la cerradura para espiar lo que ocurría en el interior. Si por arte de magia hubiera crecido de súbito y mirado dentro cierto día de junio, habría visto un cuadro extraño pero encantador. Evidentemente, alguien iba a dar allí una fiesta. Un ancho sendero de lajas color gris oscuro bordeado de arbustos que se unían formando una bóveda verde iba del portón hacia el "porch". Flores silvestres y malezas salvajes crecían por doquier cubriendo todo con un hermosísimo manto. Un tablón sostenido por dos troncos que estaba en medio del sendero se hallaba cubierto por un descolorido y gastado chal, encima del cual había sido dispuesto, muy elegantemente, un diminuto juego de té. A decir verdad, la tetera había perdido su pico, la lechera su asa, -y el azucarero su tapa, y en cuanto a las tazas y los platos, todos se hallaban más o menos deteriorados; pero la gente bien educada no toma en cuenta esas insignificancias y sólo gente bien educada había sido invitada a la fiesta. A cada lado del "porch" había un asiento, y quien hubiera atisbado curiosamente a través de la cerradura del mencionado portón, habría sorprendido un espectáculo extraordinario. Sobre el asiento izquierdo se veían siete muñecas y seis sobre el derecho, y en tal estado se encontraban casi todas ellas -la que no tenía un brazo de menos mostraba la cara o el vestido lleno de manchas -que cualquiera hubiese podido pensar que se trataba de un hospital de muñecas y que las pacientes aguardaban la hora del té. Grave error, pues si el viento hubiera levantado el cobertor que las tapaba, se habría observado que todas estaban completamente vestidas y que tan solo reposaban hasta que la fiesta comenzase. Otro detalle que habría asombrado a quien no conociese las costumbres de estas criaturas, era el aspecto que ofrecía una decimocuarta muñeca con cabeza de chino que atada por el cuello pendía del herrumbrado llamador de la puerta. Un racimo de lilas blancas y otro de lilas rojas se inclinaban hacia ella; un vestido de color amarillo adornado con un festón de franela roja envolvía su cuerpo; una guía de pequeñas flores coronaba sus lustrosos bucles, y sus piececitos calzaban un par de botas azules. Una sensación de sorpresa y angustia habría estremecido a quienquiera que presenciase esa escena, porque ¡oh!, ¿por qué habían colgado a esa hermosa muñequita delante de los ojos de sus trece hermanas? ¿Era acaso una criminal cuyo castigo observaban las demás con mudo horror? ¿O era un ídolo al cual adoraban con humilde devoción? Ni una cosa ni la otra, amigos míos. La pequeña Belinda ocupaba, o mejor dicho, colgaba del puesto de honor porque se festejaba su séptimo aniversario y tan magno acontecimiento iba a ser celebrado con una gran fiesta. Era evidente que solo se aguardaba una señal para dar comienzo a la celebración, mas tan perfecta era la educación de las muñecas que ni uno de los veintisiete ojos (Hans, el holandés, había perdido el derecho) miró en dirección a la mesa o parpadeó ligeramente mientras permanecían en perfecto orden observando a Belinda con muda admiración. Ésta, incapaz de dominar la alegría y el orgullo que henchía su pecho de aserrín amenazando hacer saltar las puntadas, daba pequeños saltos al compás del viento que movía su falda amarilla e imitaba un paso de baile golpeando con sus botitas contra la puerta. Parecía que no le resultaba doloroso estar colgada, pues sonreía alegremente como si la cinta roja que tenía atada al cuello no le molestara lo más mínimo. En consecuencia, ¿quién podía apiadarse de ella si demostraba hallarse tan a gusto en aquella situación? Por eso reinaba allí un silencio tan agradable que ni siquiera turbaba el ronquido de Dinah, la punta de cuyo turbante era lo único que asomaba del cobertor, o el llanto de la pequeña Jane que tenía uno de sus piececitos torcido de tal manera que hubiera hecho proferir ayes de dolor a una criatura menos educada que ella. En ese momento se oyeron voces que se aproximaban y por la glorieta de un sendero lateral se acercaron dos niñas, una de las cuales traía una jarra en tanto que la otra sostenía con cuidado una canasta cubierta con una servilleta. Parecían mellizas, pero no lo eran, ya que Babe, quien medía apenas dos o tres centímetros más que Betty, era un año mayor que su hermana. Llevaban ambas vestidos de percal oscuro bajo los limpios delantales rosados confeccionados expresamente para usarlos en aquella especial ocasión, lo mismo que las medias grises y las gruesas botas. Las caritas redondas y tostadas por el sol de las dos niñas mostraban mejillas sonrosadas, sus naricitas eran respingadas y pecosas, pícaros los ojos azules, y largas las trenzas que colgaban a sus espaldas (como las de la pequeña Kenwigses). -¿No son preciosas? -exclamó Bab contemplando con maternal orgullo la hilera de muñecas que estaba a la izquierda, las cuales habrían ratificado: -¡Somos siete!... -Muy bonitas, pero mi Belinda las supera a todas. ¡Creo que jamás ha existido una criatura tan maravillosa!... -Y Betty dejo la cesta para correr a abrazar a su predilecta, que golpeaba los talones en gozoso abandono. -Mientras acomodamos a los niños el pastel irá enfriándose. ¡Hum!... ¡Qué deliciosamente huele!... -dijo Bab levantando la servilleta y metiendo la nariz dentro de la cesta para aspirar el apetitoso aroma. -¡Deja un poco de olor para mí!... -ordenó Betty corriendo a aspirar la parte de sabroso aroma que le correspondía. Las respingadas naricillas aspiraron con fruición mientras los ojos brillaban glotones al contemplar el rico pastel, tostadito y esponjoso, con una gran B dibujada con crema y un poco torcida hacia un costado. -Recién a último momento mamá me dio permiso para decorarla. Por eso se torció. Pero daremos ese trozo a Belinda v así quedará mejor -observo Betty, quien, por ser la madre de la homenajeada, dirigía la fiesta. -Coloquémoslas aquí alrededor así también ellas pueden ver -propuso Bah en tanto que saltando y brincando reunía a su pequeña familia. Betty estuvo de acuerdo con ella, y durante unos minutos ambas estuvieron muy ocupadas sentando a sus muñecas alrededor de la mesa; porque algunas de sus queridas criaturas eran tan cojas y otras tan rígidas que tuvieron que fabricar toda clase de asientos para acomodarlas. Cumplida esta difícil tarea las amorosas madrecitas dieron un paso hacia atrás para disfrutar del espectáculo que era, por cierto, imponente. Belinda, sentada con gran dignidad a la cabecera de la mesa, sostenía. entre las manos que descansaban graciosamente sobre su falda, un pañuelo. Joseph, su primo, en el otro extremo, lucía un elegante traje rojo y verde y un sombrero de paja, el cual, por ser demasiado grande, restaba gallardía a su bizarra persona. A cada lado de la mesa se sentaban los demás invitados, los cuales, por la variedad de su tamaño, expresión y atavío producían un extraño efecto que acentuaba la absoluta ignorancia de la moda que revelaban sus vestidos. -A ellos les complacerá vernos tomar el té. ¿Olvidaste los bollos? -preguntó Betty ansiosamente. -No; los tengo en el bolsillo. -Y Bah extrajo de ese extraño aparador dos desmigajados bollos que salvara del almuerzo y reservase para la fiesta. Los cortó y dispuso en platos circularmente alrededor de la torta, que aun estaba dentro de la cesta. -Mamá no pudo guardarnos mucha leche, de modo que mezclaremos la que nos dio con un poco de agua. Además ella dice que el té demasiado cargado no es bueno para los niños. Y tranquilamente inspeccionó Bab la pequeña cantidad de leche que debía alcanzar para satisfacer la sed de toda la concurrencia. -Sentémonos y descansemos mientras se colorea el té y la torta se enfría; ¡estoy tan cansada!. . . -suspiró Betty dejándose caer sobre el umbral de la puerta y estirando sus piernas regordetas que todo el día habían andado de aquí para allá, ya que- los sábados, así como hay diversiones hay también obligaciones que cumplir, y hubo que hacer varios trabajos antes de que llegara el momento de gozar de aquella extraordinaria diversión. Bah se ubicó a su lado y miró distraídamente hacia el portón donde una gran telaraña brillaba bajo los rayos del sol de la tarde. -Mamá dice que va a ir a la casa grande dentro de dos o tres días, puesto que, pasada la tormenta, vuelve todo a estar seco y tibio; y nosotros iremos con ella. Durante el otoño no pudimos ir porque teníamos tos convulsa y había allí mucha humedad. Ahora podremos ver muchas cosas bonitas. ¿No te parece que será muy divertido? -observó Bah después de una pausa. -¡Sí, con toda seguridad! Mamá dice que en una de las habitaciones hay muchos libros y yo podré mirarlos mientras ella recorre la casa. Puede ser que tenga tiempo de leer alguno que luego te contaré -prometió Betty, a quien le encantaban las historias y pocas veces tenía oportunidad de leer alguna nueva. -Yo preferiría subir al desván y ver la rueca, los grandes cuadros y los curiosos vestidos que guarda el arcón azul. Me muero de rabia cuando pienso que todas esas maravillas con las cuales podríamos divertirnos tanto están guardadas allí arriba... ¡A veces me dan ganas de echar abajo esa vieja puerta! ... -Y Bah giró en redondo dando un golpe con sus botas-. No te rías, que tú lo deseas tanto como yo -agregó, retrocediendo algo avergonzada de su impaciencia. -No me río. -¿Ah, no? ¿Supones que no me doy cuenta cuando la gente se ríe? -Pues te aseguro que te equivocas. -Tú te ríes. . . ¿Cómo te atreves a mentir así? -Si repites eso alzaré a Belinda y me iré derechito a casa. ¿Qué harás tú entonces.? -Me comeré el pastel. -¡No lo harás! Mamá dijo que era mío; tú eres tan sólo una invitada, de modo que, o te comportas como se debe o aquí concluye la fiesta. Esta terrible amenaza calmó al instante el enojo de Bab, quien se apresuró a cambiar de tema. -Bueno, no discutamos delante de los niños. ¿Sabes que mamá ha dicho que la próxima vez que llueva nos permitirá jugar en la cochera y guardar luego la llave? -¡Qué bien!... Eso lo dice porque le confesamos que habíamos descubierto la ventana bajo la viña y no obstante poder hacerlo no entramos en la cochera -exclamó Betty sin rastros de rencor hacia su hermana, ya que al cabo de diez años de vivir con ella estaba acostumbrada a su carácter arrebatado. -Me imagino que el coche estará todo sucio y lleno de ratas y telarañas; pero no me importa. Tú y las muñecas serán los pasajeros, y yo, sentada al pescante, conduciré. -Siempre eres tú el conductor... Yo quisiera serlo alguna vez, en lugar de hacer siempre el papel de caballo y llevar en la boca un trozo de madera mientras tú me tiras de los brazos -chilló la pobre Betty, quien estaba cansada de hacer de cabalgadura. -Creo que lo mejor será que vayamos a buscar el agua -sugirió Bab, quien consideró conveniente hacer como que no oía las quejas de su hermana. -No debe haber muchas personas que se atrevan a dejar solos a sus hijos frente a un pastel tan tentador con la certeza de que ellos ni lo tocarán siquiera -dijo Betty orgullosamente mientras se alejaban hacia la fuente llevando sendos recipientes en la mano. ¡Ay!..., ¡cuán pronto se desvanecería la confianza de estas buenas madrecitas!... No habían pasado cinco minutos cuando, de regreso ya, sorprendieron una escena que las dejó atónitas al mismo tiempo que se estremecían de temor. Rígidas, boca abajo, yacían las catorce muñecas, y la torta, la tan apetecida torta había desaparecido... Durante un instante las dos pequeñas permanecieron inmóviles contemplando la terrible escena. Mas Bab, reaccionando de su estupor, arrojó lejos de sí el jarro de agua y haciendo un gesto amenazador con el puño gritó con furia: -¡Ha sido Sally!... Juró que se vengaría de mí por castigarla cuando ella molestaba a la pobre Mary Ann y ha cumplido su juramento. Pero, ¡ya me las pagará! ... Corre tú por ese lado. Yo la buscaré por este otro. ¡Rápido! ¡Rápido! Y salieron corriendo: Bab hacia adelante y la asombrada Betty dobló obedientemente en dirección opuesta y se alejó tan ligero como se lo permitieron sus piernas, mojándose con el agua del jarro que aún conservaba en la mano. Dieron vuelta alrededor de la casa y se encontraron en la puerta del fondo, sin haber dado con los rastros del ladrón. -¡En la calle! -gritó Bab. -¡Bajo la fuente! -jadeó Betty, y corrieron ambas, una para trepar sobre unas piedras y mirar por encima del muro hacia la calle, en tanto que la otra se precipitaba hacia el sitio que acababan de abandonar. Pero Bab no descubrió nada más que las caritas inocentes de las caléndulas y Betty sólo logró asustar con su brusca aparición a un pajarillo que tomaba su baño en la fuente. Regresaron ambas adonde las aguardaba un nueva sorpresa que las hizo sobresaltar y proferir un gritó de temor mientras escapaban a refugiarse en el "porch". Un extraño perro estaba tranquilamente sentado entre los despojos del festín saboreando los últimos bollos que quedaban. -¡Qué animal malvado!... -chilló Bab con deseos de pelear, pero atemorizada por el aspecto del animal. -Se parece a nuestro perro de lanas, ¿verdad? -susurró Betty haciéndose lo más pequeña posible tras de su valiente hermana. Y así era en efecto, porque aunque más grande y sucio que el perrito de juguete, ese perro vivo tenía igual que aquél una borla en la punta de la cola, largos pelos en las patas y el cuerpo la mitad pelado y la mitad peludo. Pero sus ojos no eran negros y brillantes como los del otro sino amarillos, su nariz roja husmeaba descaradamente como si se tratara de descubrir dónde había más torta. Y por cierto que el lanudo perrito de juguete que descansaba sobre la repisa de la sala jamás había hecho las pruebas con las cuales el extraño animal se disponía a aumentar el asombro de las dos niñas. Se sentó primero y alargando las patas delanteras pidió limosna con toda gentileza. En seguida levantó las patas traseras y caminó con gracia y facilidad sobre las delanteras. No habían vuelto las niñas aún de su asombro cuando ya el animal bajaba las patas y levantando las manos desfilaba con aire marcial imitando a un centinela. Pero la exhibición culminó cuando el animal, tomándose la cola con los dientes, bailó un vals pasando sobre las muñecas y yendo hasta el portón y regresando otra vez. Bab y Betty, abrazadas, sólo atinaban a proferir chillidos de alborozo, pues nunca habían presenciado un espectáculo tan divertido. Pero cuando la exhibición concluyó y el perro jadeando y ladrando se acercó a ellas y las miró con sus extraños ojos amarillos la diversión volvió a trocarse en miedo y las niñas no se atrevieron a moverse. -¡Chist, vete!... -ordenó Bab. -¡Fuera!... -articuló temblorosamente Betty. Para alivio de ambas, el lanudo animal se desvaneció con la misma rapidez con que apareciera. Movidas por un mismo impulso las dos niñas corrieron para ver hacia dónde se había ido y tras una breve inspección descubrieron el pompón de la cola que desaparecía por debajo de una cerca. -¿De dónde habrá venido? -preguntó Betty sentándose a descansar sobre una piedra. -Más me agradaría saber adónde se fue para ir a darle su merecido a ese viejo ladrón -gruñó Bab recordando las fechorías del animal. -¡Ojalá pudiésemos hacerlo! ¡Espero que se haya quemado con la torta!... -rezongó por su parte Betty, acordándose con tristeza de las ricas pasas que ella misma picara para que su madre pusiese dentro de la torta que habían perdido para siempre. -La fiesta se ha estropeado, de modo que lo mejor será volver a casa. -Y con pesar se dispuso Bab a emprender el regreso. Betty frunció la boca como si estuviera por echarse a llorar, pero repentinamente, rompió a reír no obstante su enojo. -¡Que gracioso estaba el perro bailando en dos patas y girando sobre su cabeza!. . . -exclamó-. A mí me gustaría verlo otra vez hacer esas piruetas, ¿y a ti? -También, pero eso no impide que continúe odiándolo. Quisiera saber que dirá mamá cuando... ¡Oh!... ¡Oh!... -y Bab se calló súbitamente abriendo unos ojos tan grandes casi como los azules platitos del juego de te. Betty miró a su vez y sus ojos se dilataron aún más, porque allí, en el mismo sitio donde la pusieran ellas estaba la torta perdida, intacta, como si nadie la hubiera tocado, solamente la B se había torcido un poquito más... CAPÍTULO 2 Ambas permanecieron silenciosas por espacio de un minuto, ya que tan grande era el asombro que no tenían palabras para expresarlo; luego, y a un mismo tiempo, saltaron las dos y tocaron tímidamente la torta con un dedo, preparadas para verla volar por los aires arrastradas por alguna fuerza mágica. Sin embargo, el postre permaneció tranquilamente en el fondo de la cesta. Las niñas exhalaron entonces un profundo suspiro de alivio porque, aunque no creían en hechicerías, lo que acababa de ocurrir parecía cosa de magia. -¡El perro no la comió! ... ¡Sally no se la llevó!... -¿Cómo lo sabes? -Ella no nos la habría devuelto… -¿Quién lo hizo, pues? -Lo ignoro, pero de cualquier manera, lo perdono. -¿Qué haremos ahora? -preguntó Betty pensando que después de aquel susto iba a ser imposible sentarse tranquilamente a tomar el té. -Comamos la torta lo más rápido que podamos. -Y dividiendo la torta con un solo golpe de cuchillo Bab aseguró su trozo contra todo posible riesgo. Pronto le dieron fin acompañándola con sorbos de leche, y mientras comían apresuradamente no dejaban de mirar en derredor, pues temían que el extraño perro volviera a aparecer. -Bueno, ¡quisiera ver ahora quién se atreve a quitarme mi trozo de torta!... -exclamó Bab en son de desafío al mismo tiempo que mordía su mitad de la B. -¡O el mío!... -tosió Betty, ahogada por una pasa que no quiso pasar rápidamente por su garganta. -Deberíamos limpiar todo esto y simular que nos azotó un terremoto -sugirió Bab, juzgando que sólo semejante conmoción de la naturaleza podía explicar el aspecto desolado que ofrecía su familia. -¡Buena idea!... A mi pobre Linda la golpearon en la nariz. ¡Querida mía!... ¡Ven con tu mamá que ella te sanará!-murmuro Betty levantando a su ídolo que yacía entre una maraña de pasto y limpiando el rostro de Belinda que, sin embargo, sonreía heroicamente. -Con toda seguridad que esta noche tendrás tos ferina. Sería bueno preparar una tisana con un poco de agua y el azúcar que nos queda... -manifestó Bab a quien agradaba en extremo inventar recetas para las muñecas. -Quizás ocurra lo que tú dices, pero entretanto no necesitas ponerte a estornudar por mis hijos -replicó Betty fastidiada, pues los últimos acontecimientos habían alterado su natural carácter conciliador. -¡Yo no estornude!... Bastante tengo con conversar, llorar y toser por mis pobres criaturas para ocuparme de las tuyas -gritó Bab más enfadada aún que su hermana. -¿Quien lo hizo, entonces? Yo he oído un estornudo con toda claridad -y Betty miro hacia el verde techo como si el sonido hubiera provenido de allí. A excepción de un pajarito amarillo que piando se balanceaba sobre las grandes lilas no había ningún otro ser viviente a la vista. -Los pájaros no estornudan, ¿verdad? -preguntó Betty dirigiendo al animalito una mirada de sospecha. -¡Tonta!... ¡ Por supuesto que no! ... -Me agradaría saber entonces quién anda por aquí estornudando y riéndose. Quizá sea el perro... -sugirió Betty algo tranquilizada por esa idea. -Excepto el de mamá Hubbard ningún perro se ríe. Pero este es tan extraño que tal vez también él supiera hacerlo. ¿Adonde se habrá ido? -y Bab echo un vistazo hacia ambos lados de la avenida con el deseo de volver a ver al gracioso animal. -Lo que se es adonde me voy a ir yo- dijo Betty guardando las muñecas en su delantal con más apuro que cuidado-. Voy derecho a casa a contarle a mamá lo ocurrido. No me gustan estas cosas y además tengo miedo. -Yo no, pero creo que está por llover de manera que también tendré que irme -contestó Bab aprovechando la excusa que le ofrecían unas nubes que cruzaban el cielo, ya que le molestaba demostrar que sentía temor por algo. Bab levantó la mesa rápidamente tomando el mantel por las cuatro puntas, puso la vajilla en su delantal, amontonó encima a sus hijos y declaró que estaba lista para partir. Betty se demoro un instante guardando las cosas que la lluvia podía estropear y cuando se volvía para recoger el rojo dogal que colgaba del llamador vio sobre los escalones de piedras dos hermosas rosas rojas. -¡Oh, Bab!... ¡Mira!... He aquí las rosas que tanto deseábamos. ¿No es maravilloso que el viento las haya arrojado a nuestros pies? -gritó levantándolas y corriendo tras de su hermana quien se alejaba preocupada sin poder dejar de pensar en su declarada enemiga Sally Folsom. Las flores llenaron de alegría a las dos niñas. Mucho las habían deseado, pero resistieron con firmeza la tentación de treparse a las rejas para cortarlas. La mamá les había prohibido semejantes piruetas desde que Bab se cayera por querer alcanzar una rama de madreselva que florecía sobre el dintel del "porch". Se fueron a su casa y divirtieron a la señora Moss contándole lo ocurrido. Porque a ella no le impresionaron ni los misteriosos estornudos ni las extrañas risas, e imaginó que todo sería consecuencia de alguna travesura de las niñas. -El lunes haremos una excursión para descubrir qué hay oculto por allí -fue su único comentario. Pero la señora Moss no pudo cumplir su promesa porque el lunes llovió. Protegidas por sus botitas de goma, las pequeñas fueron al colegio chapoteando como dos patitos en cuanto charco encontraban. Llevaron sus almuerzos, y a mediodía, entretuvieron a un grupo de compañeras relatándoles lo que vieran hacer al misterioso perro, el cual andaba merodeando por la vecindad y había sido visto por varias niñas en el patio del fondo de sus casas. A todas se había dirigido como si quisiera pedirles algo, pero ante ninguna había hecho las exhibiciones y proezas que hiciera ante Betty y Bab, razón por la cual ellas se daban importancia llamándolo nuestro perro. El paseo de la torta continuaba siendo un enigma, ya que Sally Folson declaró solemnemente que esa tarde, y a esa misma hora, ella había estado jugando al tejo en el granero de Mamie Snow. A excepción de las dos niñas, nadie se había acercado a la vieja casa, de modo que ninguna pudo arrojar una luz sobre aquel singular suceso. La historia produjo gran efecto, pues hasta la maestra se mostró interesada y relató las habilidades de un prestigitador por obra de quien ella viera cómo una pila de pasteles permanecían suspendidos en el aire por espacio de varios minutos. -Durante el primer recreo Bab casi se desarticuló parte del cuerpo tratando de imitar las contorsiones del perro. Las había practicado en la cama con gran éxito, pero el piso de madera era cosa muy distinta como lo demostraban sus codos y rodillas. -¡Parecía tan fácil!... Pero no sé cómo lo hizo... -dijo después de darse un tremendo golpe al tratar de caminar sobre las manos. -¡Mi Dios!... ¡Helo aquí!... -gritó Betty quien estaba sentada sobre una pila de leños junto a la puerta, mirándolo con curiosidad. Se produjo una corrida general y dieciséis niñas, no obstante la lluvia, asomaron sus curiosas cabecitas como si en lugar de un pobre perro que trotaba sobre el barro fueran a ver la carroza de la Cenicienta. --¡Llámalo y hazlo bailar!... -pidieron las pequeñas trinando a coro. Parecía que una bandada de gorriones había tomado posesión del cobertizo --Lo llamaré. Él me conoce -y Bab se incorporó olvidando que dos días antes había perseguido y maldecido al animal. Pero, evidentemente, éste no lo había olvidado, porque, aunque se detuvo y las miro ansiosamente, no se acerco y permaneció parado bajo la lluvia, manchado de barro, moviendo con lentitud el pompón de la cola y dirigiendo la punta de su rosada nariz hacia donde estaban, ya vacías, las canastas de la merienda. -Tiene hambre; dale algo de comer así se convencerá de que no queremos hacerle daño -sugirió Sally ofreciéndole ella misma su último trozo de pan con manteca. Bab tomó su cesta vacía y recogió todas las sobras y restos de comida; luego trató de convencer a la pobre bestia para que entrara a comer y a buscar un poco de consuelo. Pero el perro solo se acercó hasta la puerta y sentándose sobre sus patas traseras suplicó con ojos tan conmovedores que Bab dejó en el suelo el canastito y retrocediendo unos pasos dijo: -¡Está muerto de hambre!... Dejemos que coma tranquilo todo lo que quiera. Las niñas se retiraron haciendo comentarios llenos de compasión e interés. Pero hay que advertir que la caridad de las niñas no fue recompensada como ellas esperaban, pues no bien el perro vio el campo libre, se abalanzó hacia la cesta, v tomándola entre los dientes, desapareció calle abajo a toda velocidad. Las niñas lanzaron grandes gritos, especialmente Bab y Betty, quienes habían sido violentamente despojadas de su cesta nueva. Pero nadie pudo perseguir al ladrón, porque sonó la campana y las niñas tuvieron que regresar a clase; mas lo hicieron en tal estado de excitación, que los varones se acercaron en tumulto a averiguar la causa de tamaño alboroto. A la hora de salida el sol brillaba en el cielo y Bay y Betty corrieron a casa para contarle a la madre lo que ocurriera seguras de que ella las consolaría como lo hizo efectivamente. -No se preocupen, queridas; yo les comprare una cesta nueva si el perro no se las devuelve como la vez anterior. Ya que está muy húmedo para jugar afuera, iremos a visitar la vieja cochera como les prometí. No se quiten los zapatos de goma y vamos. La perspectiva de tan extraordinaria excursión calmó el desconsuelo de las pequeñas, y para allá salieron saltando alegremente por el arenoso sendero mientras la señora Moss las seguía recogiéndose la falda con una mano y llevando en la otra un gran manojo de llaves. Ellas vivían en el pabellón de entrada, y la señora tenía a su cargo el cuidado de la casa grande. La puerta pequeña de la cochera estaba cerrada por dentro, pero la principal tenía un candado que fue abierto rápidamente para permitir que las niñas entraran. Tal era la curiosidad y ansiedad que las embargaba, que ni siquiera atinaron a lanzar una exclamación cuando se encontraron dueñas del viejo coche que tanto habían deseado. El carruaje se hallaba polvoriento y mohoso, pero tenía un asiento alto, una puertecilla, una escalerilla y varios detalles más que a los ojos de las niñas superaban todas las maravillas imaginables. Bah se dirigió derecho al pescante y Betty a la portezuela, pero ambas descendieron más rápido de lo que habían subido al oír un ladrido que salía del interior del coche y una voz muy baja que decía: -¡Quieto, Sancho!... ¡Quieto!... -¿Quien está allí? -preguntó la señora Moss con acento autoritario mientras retrocedía en dirección a la puerta con ambas niñas colgadas de sus faldas. Una cabeza blanca, lanuda y bien conocida apareció por la ventanilla rota y emitiendo un suave quejido pareció decir: "No se alarmen, señoras; no les haremos daño". -¡Sal en seguida si no quieres que vaya a buscarte!... -ordenó la señora Moss súbitamente envalentonada al ver que por debajo del coche asomaba un par de pequeños zapatos polvorientos. -Sí, señora. saldré tan pronto como pueda... -respondió una voz, humildemente, cuyo dueño resultó ser un atado de harapos que surgió de la oscuridad seguido del perro, el cual se sentó a los pies de su amo, en actitud vigilante como si quisiera decir que saltaría sobre cualquiera que osase acercarse demasiado. -¿Me dirás quién eres y cómo llegaste hasta aquí? -inquirió la señora Moss procurando hablar con severidad, aunque su mirada reflejaba una gran piedad al posarse en la triste figura que tenía delante de sí. CAPÍTULO 3 -Dispense, señora. Mi nombre es Ben Brown, y estoy viajando. -¿Adónde vas? -A donde pueda encontrar trabajo. -¿Qué clase de trabajo sabes hacer? -De todo un poco. Estoy acostumbrado a cuidar caballos… -¡Dios bendito!... ¿Una criatura tan pequeña como tú?... -¡Tengo doce años, señora, y puedo montar cualquier animal de cuatro patas!... -manifestó el muchacho con un gesto de orgullosa seguridad. -¿No tienes familia? -preguntó la señora Moss divertida, pero también apenada al contemplar aquella tostada carita delgada, de ojos hundidos por el hambre y los sufrimientos, y la harapienta figura que se apoyaba en una de las ruedas del coche como si careciera de fuerzas para mantenerse de pie. -No, señora; no tengo a nadie, y la gente con quien vivía me castigaba tanto que... me escapé -respondió con decisión el pequeño. Las últimas palabras pareció haberlas pronunciado muy a pesar suyo, como si no hubiera podido resistir a la simpatía de la mujer que sin darse cuenta iba ganando su confianza. -Entonces no te haré ningún reproche. Pero, ¿cómo viniste a parar aquí? -Estaba tan cansado que no pude proseguir mi camino, y se me ocurrió que la gente de la casa grande podría darme algún trabajo. Pero el portón estaba cerrado y yo me hallaba tan desesperado que me dejé caer por allí afuera sin pensar en nada más. -¡Pobrecito, me imagino tu estado!... -murmuró la señora, mientras las niñas contemplaban al muchacho profundamente interesadas al oírle mencionar el portón de ellas. El niño suspiró profundamente y sus ojos brillaron en tanto que proseguía su relato; por su parte el perro paró las orejas cuando oyó que lo mencionaban. -Mientras descansaba oí que que alguien entraba, me asomé y vi a estas dos niñas jugando. Confieso que deseé las cosas que ellas traían, pero yo no toqué nada; fue Sancho el que me trajo la torta. Bab y Betty dieron un respingo y miraron con expresión de reproche al lanudo animal el cual entrecerró los ojos con gesto humilde pero lleno de picardía. -¿Y tú se la hiciste devolver? -indagó Bab. -Sí. -¿Y fuiste tú quien estornudó? -agregó Betty. -Sí. -¿Y luego dejaste las rosas? -gritaron ambas. -Sí; y a ustedes les gustaron, ¿verdad? -Pues, ¡es claro que sí! ... Pero, ¿por qué te escondiste? -inquirió Bab. -No podía presentarme con esta facha -murmuró Ben, mirando sus andrajos con ganas de desaparecer en las profundidades del coche. -¿Cómo entraste aquí? -preguntó la señora Moss, recordando de pronto su responsabilidad. -Oí a las niñas hablar de una enredadera que cubría una ventanita del cobertizo, y cuando ellas se alejaron la busqué y entré. El vidrio está roto de modo que lo único que hice fue descorrer el pestillo. Le aseguro que no he hecho nada malo durante las dos noches que he dormido aquí. Estaba tan fatigado que no logré continuar mi camino a pesar de haberlo intentado el domingo. -¿Volviste aquí? -Sí, señora. Se estaba muy mal bajo la lluvia mientras que este lugar era casi tan acogedor como una casa. Además,. oí conversar a las niñas y Sancho me conseguía algo de comer. Estaba muy cómodo... -¡Por Dios!... -articuló la señora al mismo tiempo que levantaba una punta del delantal para secarse los ojos, porque la idea de que aquel pobre niño desamparado había pasado dos noches con el pasto por lecho y sin más alimento que los restos de comida que le conseguía el perro, le destrozaba el corazón. -¿Sabes qué voy a hacer contigo? -manifestó luego procurando permanecer serena e impasible mientras un lagrimón corría por su redonda mejilla y una sonrisa de bondad se dibujaba en la comisura de sus labios. -No, señora; pero eso no me preocupa. Sólo le pido que no sea severa con Sancho. Es muy bueno conmigo y los dos nos queremos mucho, ¿no es así, viejo amigo? -dijo el muchacho, echando un brazo alrededor del cuello del perro, ansioso por la suerte que pudiera correr el pobre animal más que por la suya propia. -Te llevaré a casa; te lavarás, vestirás y acostarás en una buena cama, y mañana..., bueno, ya veremos qué ocurre mañana. -Usted es muy buena señora, y yo sería inmensamente feliz si pudiera trabajar para usted. ¿No tiene un caballo para que lo cuide? -preguntó ansiosamente el muchacho. -No, sólo tengo gallinas y un gato. Bab y Betty echaron a reír al oír a su madre y Ben esbozó una sonrisa. Sin duda se habría unido a la alegría de las niñas si sus fuerzas se lo hubieran permitido, pero le temblaron las piernas y experimentó un ligero mareo. Atinó a sostenerse tomándose de Sancho y parpadeó como lo hacen los búhos frente a la luz. -Vamos, vamos a casa. Corran niñas adelante, pongan el resto del caldo a calentar y llenen la pava de agua. Yo me ocuparé del muchacho -ordenó la señora Moss. En seguida tomó el pulso a aquella nueva carga que acababa de echarse encima, pues de pronto se le ocurrió que el niño podría estar enfermo y que entonces sería peligroso llevarlo a casa. La mano que tomó era escuálida pero limpia y fresca, y los ojos oscuros, aunque rodeados de profundas ojeras, brillaban sanos. Lo único que tenía el niño era que estaba medio muerto de hambre. -Estoy harapiento, pero limpio. Anoche me di un baño bajo la lluvia, y estos últimos días he vivido casi permanentemente debajo del agua -explicó el niño, extrañado de que la señora lo observara con tanto cuidado. -Saca la lengua... Él obedeció, pero en seguida la escondió para decir precipitadamente: -No estoy enfermo. Sólo tengo hambre. Durante estos tres días no he comido más que lo que Sancho me traía y compartiéndolo con él, ¿no es cierto, Sancho? El perro ladró repetidas veces y se paseó nerviosamente entre su dueño y la puerta como si comprendiera cuanto pasaba y quisiera recomendar que saliesen en seguida en busca del alimento y el abrigo prometidos. La señora Moss adivinó la insinuación y rogó al muchacho que la siguiera y llevara consigo todas sus cosas. -No tengo nada que llevar. Unos hombres me robaron mi atado de ropa. Por eso me encuentro en este estado. Lo único que guardo es esto. Lamento que Sancho le tomara; yo lo habría devuelto de buena gana si supiese de quién es -y mientras hablaba sacó del fondo del coche la nueva cesta de las niñas. -Eso tiene arreglo: es mía. Me alegro de que fueran para ti los restos de comida que consiguió tú perro. Y ahora vamos, debo cerrar -la señora Moss hizo sonar significativamente el manojo de llaves. Ben salió renqueando y apoyándose en el mango de una azada rota, pues sus miembros estaban entumecidos de vivir en la humedad y su cuerpecito rendido por la fatiga de tantos días de vagar por esos caminos bajo el sol y la lluvia. Sancho mostraba gran alegría, pues adivinaba que tanto las penas como las fatigas tocaban a su fin, y brincaba alrededor de su amo ladrando de contento o bien se restregaba contra los tobillos de su benefactora quien gritaba: "¡Fuera! ¡Fuera!" y se sacudía la falda como lo hacía para espantar al gato o las gallinas. Un hermoso fuego brillaba en la cocina bajo la escudilla de caldo y la pava con agua, y Betty, cuya mejilla mostraba una gran mancha de tizne, agregaba más leños, mientras Bab cortaba gruesas tajadas de pan con tal entusiasmo que ponía en peligro sus deditos. Antes de que Ben advirtiera dónde estaba, se hallaba ya sentado en la vieja silla de hamaca devorando los trozos de pan con manteca como sólo puede hacerlo un muchacho muerto de hambre. Y Sancho, a sus pies, roía un hueso como si fuera un lobo con piel de cordero. Mientras los recién llegados se dedicaban a tan grata tarea, la señora Moss hizo salir a las niñas de la cocina y les dio las siguientes órdenes: -Bab, corre hasta la casa de la señora Barton y pídele alguna ropa vieja de Billy que él ya no use. Tú Betty, irás a casa de los Cutters y les dirás a la señorita Clarindy que te dé un par de camisas de esas que cosimos los otros días. Un par de zapatos, sombrero, medias, cualquier cosa le vendrá bien a este pobrecito que no tiene más que hilachas sobre el cuerpo. Partieron las niñas ansiosas por poder vestir a su recogido, y tan bien abogaron por él entre los buenos vecinos que Ben apenas se reconoció cuando hora y media más tarde salió del dormitorio vestido con un descolorido traje de franela de Billy Barton, una camisa de algodón que regalaran los Dorcas y calzado con un par de zapatos viejos de Milly Cutters. También Sancho estaba más presentable, pues luego que su amo se hubo dado un baño caliente, se dedicó a lavar a su perro mientras la señora Moss daba algunas puntadas a la nueva ropa vieja. Y cuando Sancho reapareció, se parecía más que antes al perrito que estaba sobre la chimenea. El pelo bien cepillado era blanco como la nieve, y el animal movía orgullosamente el gracioso pompón de la cola. Sintiéndose respetables y presentables, los dos vagabundos aparecieron y fueron recibidos con sonrisas de aprobación por parte de las niñas en tanto que la señora, con maternal sonrisa, los acomodaba junto a la estufa, pues ambos estaban aún húmedos después de la prolija limpieza. -Confieso que no los habría reconocido -exclamó la buena mujer observando satisfecha al muchacho; pues aunque el niño estaba muy delgado y pálido, tenía un aspecto agradable y el traje, no obstante ser holgado, le sentaba bien. Los alegres ojos negros lo miraban todo, la voz tenía un acento sincero y la tostada carita parecía más infantil al desaparecer la expresión de desconsuelo que la ensombrecía. -Son ustedes muy buenas, y Sancho y yo les estamos muy agradecidos, señora -murmuró Ben, turbado y ruborizándose bajo la mirada cariñosa de los tres pares de ojos que estaban fijos en él. Bab y Betty limpiaban la vajilla del té con desusada presteza, pues querían estar libres para poder atender al huésped, y en el momento en que Ben hablaba Bab dejó caer una taza. Para gran sorpresa suya no golpeó contra el suelo, pues el muchacho, inclinándose rápidamente, la recogió en el aire, y se la ofreció sobre, la palma de la mano haciéndole una ligera reverencia. -¡Cielos!.. ¿Cómo lo hiciste? -preguntó Bah, a quien aquello le pareció cosa de magia. -¡Bah!... ¡Eso no es nada!... ¡Mira! -Y Ben tomó dos platos y los arrojó hacia arriba recogiéndolos en seguida para volverlos a arrojar, con tal velocidad que Bab y Betty quedaron boquiabiertas como si fueran a tragarse los platos si llegaban a caerse, mientras la señora Moss, con el repasador aún entre las manos, contemplaba los saltos que daba su loza, con la ansiedad propia de una ama de casa. -¡Esto va a terminar mal!... -fue lo único que alcanzó a decir, mientras Ben, deseando demostrar su gratitud en la única forma que sabía hacerlo, sacó de un canasto que había por allí varios ganchos de la ropa, tiró los platos al aire, los tomó con los broches y colocando éstos sobre el mentón, la nariz, la frente, caminó luciendo aquella especie de hongos que le habían salido en la cara. Las niñas se divertían enormemente, y la señora Moss estaba tan entretenida que hasta habría sido capaz de prestarle la sopera de porcelana si el muchacho se la hubiese pedido. Pero Ben se hallaba cansado para demostrar todas sus habilidades esa misma noche, de modo que se detuvo casi arrepentido de haber iniciado aquella maravillosa exhibición. -Se me ocurre que has trabajado con algún malabarista -insinuó la señora Moss, quien observó de inmediato que la cara del muchacho reflejaba aquella misma expresión que tomara cuando dijera su nombre, Ben Brown; la expresión de quien no dice toda la verdad... -Sí, señora. Solía ayudar al señor Pedro, el Rey de los Magos, y aprendí algunos de sus juegos de mano -tartamudeó Ben con gesto inocente. -Óyeme, muchacho, es mejor que cuentes tu historia completa, sin ocultar nada, de lo contrario tendré que enviarte a casa del juez Morris. No me gustara hacer eso, porque el señor Morris es un hombre un poco duro. Si tú no has hecho nada malo no tienes por qué temer que conozcan tu historia. Yo haré cuanto pueda por ti -aseguró la señora con seriedad al mismo tiempo que se sentaba en el sillón de hamaca como un juez que se dispone a escuchar una declaración. -¡Yo no he hecho nada malo! ¡No tengo miedo, sólo que no deseo regresar, y si digo de dónde vengo, usted es capaz de hacerles saber que estoy aquí!... -murmuró Ben, atribulado por su deseo de confiarse a su nueva amiga y el temor de tener que volver junto a sus viejos enemigos. -Si ellos te maltrataron yo nunca les haré saber dónde estás. Cuéntame la verdad que yo te protegeré. ¡Niñas!, vayan ustedes a buscar la leche. -¡Oh, mamá!, ¡deja que nos quedemos aquí!... ¡Nosotras no contaremos ni una sola palabra!... ¡Lo prometemos! ¡Lo prometemos!... -gritaron Bab y Betty consternadas ante la idea de tener que alejarse precisamente en el instante en que iban a poder conocer un importante secreto. -Por mí pueden quedarse -manifestó Ben, gentilmente. -Muy bien. Quedaos entonces, quietas y calladas. Y ahora, muchacho, dime: ¿¿de dónde vienes? -preguntó la señora Moss mientras las pequeñas se ubicaban con toda rapidez frente a su madre, en el banco que era propiedad de ellas, llenas de curiosidad y satisfechas de poder enterarse de algo interesante. CAPÍTULO 4 -Me escapé de un circo -comenzó Ben, pero no pudo continuar, porque las niñas, dando un salto gritaron a un mismo tiempo llenas de entusiasmo -¡Nosotras estuvimos en uno cierta vez!... ¡Qué hermosos son los circos!... -No pensarían así si los conocieran tan bien como yo -exclamó Ben frunciendo el ceño y encogiéndose corno si aún sintiera sobre sus espaldas los golpes recibidos. -Nosotros no los consideramos hermosos, ¿verdad, Sancho? -agregó produciendo un ruido extraño que hizo que el perro comenzara a gemir y a golpear el suelo con la cola mientras se pegaba a los pies de su amo como si quisiese hacerse amigo de los nuevos zapatos de éste. -¿Cómo fuiste a parar allí? -preguntó la señora Moss asombrada e inquieta. -Mi padre era "el feroz jinete de los llanos". ¿Nunca oyeron hablar de él? -inquirió Ben extrañado de que no lo conocieran. -¡Dios mío, hijito!... Hace diez años que no voy a un circo y te aseguro que ya no recuerdo lo que viera entonces -replicó la señora Moss divertida y también enternecida por la evidente admiración que demostraba el hijo por su padre. -¿Ustedes tampoco lo conocen? -interrogó volviéndose hacia las niñas. -Nosotras vimos varios indios, acróbatas, a los saltimbanquis de Borneo; vimos un payaso, monos y un asno enano de ojos azules. ¿Era tu padre alguno de ésos? -dijo Betty inocentemente. -¡Uf!... Mi padre no alternó nunca con esa clase de gente. Guiaba dos, cuatro, seis, ocho caballos a la vez y mientras fui pequeño yo le acompañaba. Era el primer domador de caballos -explicó Ben con tanto orgullo corno si su padre hubiese sido el mismísimo presidente de la república. -¿Murió tu papá? -indagó la señora Moss. -Lo ignoro y eso es lo que quiero saber. -Y el pobre Ben carraspeó para disimular un sollozo que estaba a punto de sofocarlo. -Cuéntanos qué pasó, querido, y quizás entre todos podamos descubrir el paradero de tu papá -dijo la señora Moss inclinándose para acariciar la negra cabecita doblada sobre la del perro. -Así lo haré, señora...- Haciendo un esfuerzo compuso la voz y prosiguió la historia. -Papá fue siempre muy bueno conmigo y a mí me gustó ir a vivir con él después que abuelita murió. Estuve con ella hasta que cumplí siete años; luego papá me llevó consigo y me enseñó a montar. Hubieran tenido que verme entonces todo vestido de blanco, con un cinturón dorado, subido sobre las hombros de papá o colgado de la cola del viejo General que galopaba velozmente o bien, siempre conmigo sobre los hombros papá conducía dos o tres caballas mientras yo agitaba unas banderas y la gente aplaudía delirante de entusiasmo. -¡Oh!... ¿No te morías de miedo? -preguntó Betty temblando de sólo pensar en aquello. -¡Qué esperanza!... ¡A mí me gustaba hacerlo! -También a mí me hubiera gustado... -exclamó Bab entusiasmada. -Luego aprendí a conducir los cuatro "ponnies" que tiraban de una pequeña carroza cuando desfilábamos -continuó Ben -o me sentaba sobre el gran globo que llevaba en el techo el gran carro arrastrado por Hannibal y Nero. Pero eso no me gustaba; el globo era muy alto y se sacudía mucho, el sol demasiado fuerte, los árboles me golpeaban el rostro y las piernas me dolían de tenerlas recogidas. -¿Quiénes eran Hannibal y Nero? -preguntó Betty. -Los grandes elefantes. Papa no permitía que me sentaran allí arriba y no se atrevieron a hacerlo hasta después que él se hubo marchado. Entonces tuve que obedecer, si no me castigaban. -¿Nadie te defendía? -interrogó la señora Moss. -Sí, señora; casi todas las mujeres me protegían. Eran muy buenas conmigo, especialmente Melia. Ésta juró que no saldría a escena si me golpeaban, porque yo me negaba a ayudar al viejo Buck a cuidar los osos. De modo que tuvieron que dejarme tranquilo porque entre las mujeres no había quien pudiese reemplazar a Melia. -¿Tenían osos? ¡Oh!, ¡cuéntanos, cuéntanos qué hacían! -exclamó Bab alborozada. Ella tenía pasión por los animales. -Buck era dueño de cinco osos -malos bichos- y los exhibía. Por divertirme me puse a jugar con ellos en cierta ocasión y a Buck se le ocurrió que sería toda una sensación que yo los presentara ante el público. Pero los osos muerden y arañan, cosa nada agradable, y uno no puede saber nunca cuando están de buen humor o cuando tienen ganas de arrancarle la cabeza de un mordisco. Por esa razón Buck tenía el cuerpo cubierto de cicatrices y yo no quería que a mí me ocurriera lo mismo. Y me libré gracias a la intervención de la señorita St. John quien se puso de mi parte. -¿Quién era la señorita St. John? -preguntó la señora algo confundida al oír constantemente nombres nuevos. -La señorita Melia... La señora de Smithers... La esposa del dueño del circo. Ésta ya no usaba su nombre, Montgomery, ni el verdadero apellido de ella que era St. John. Todos se cambian el nombre por alguno que produzca más efecto en los carteles. Papá se hacía llamar José Montebello y yo Adolphus Bloomsbury en cuanto dejé de ser Cupido y el niño Prodigio. Soltando la risa, la señora Moss se echó hacia atrás ante el asombro de las niñas que habían quedado muy impresionadas por la elegancia de aquellos nombres. -Prosigue tu historia, Ben, y dinos por qué huiste y qué se hizo de tu papá -dijo la dama recobrando la seriedad y verdaderamente interesada por la suerte del niño. -Pues bien, papá se peleó con el viejo Smithers y partió de improviso el otoño pasado, al finalizar la temporada. Me dijo que iba a trabajar en una gran escuela de equitación de Nueva York y que, cuando lograra asegurar su posición, enviaría por mí. Yo tuve que quedarme en el circo y ayudar a Buck en sus exhibiciones de prestidigitación. Era éste un hombre bueno, yo le quería, Melia iba a verme a menudo y durante el primer tiempo no extrañé nada. Pero papá no me mandaba a buscar y entonces comencé a soportar malos tratos. Si no hubiera sido por Melia y Sancho mucho antes me habría escapado ... -¿Qué te obligaban a hacer? -Una infinidad de cosas, pues los tiempos eran difíciles y yo demostraba ser un muchacho listo. Así pensaba Smithers y yo tenía que obedecer sus órdenes sin chistar. A mí no me importaba ayudar en los números de prestidigitación o hacer exhibiciones con Sancho, pues papa lo había amaestrado y él estaba acostumbrado a actuar conmigo. Pero querían obligarme a beber gin para que me conservara pequeño y yo me negaba, pues sabía que a papa no le gustaban esas cosas. Solía viajar encaramado al carro más alto y eso me agradó, hasta que me caí y me lastimé la espalda. Después, aunque sufría horriblemente y me mareaba tuve que continuar haciéndolo. -¡Qué hombre bruto debía ser el dueño del circo!... Y Melia, ¿por qué no puso fin a tus sufrimientos? -preguntó la señora indignada. -Ella había muerto, señora. Ya no me quedaba nadie más que Sancho. Fue entonces cuando decidí huir. Tornó Ben a acariciar a su perro tratando de ocultar las lágrimas que se le escaparon al recordar a su difunta amiga. -¿Qué pensabas hacer? -Encontrar a papá-. Pero no lo hallé. No estaba en la escuela de equitación y allí me dijeron que se había ido al Oeste a comprar potros salvajes para un señor que quería una tropilla. Entonces me encontré desorientado sin saber a dónde ir ya que ignoraba el paradero de mi padre y no quería regresar al circo donde volverían a maltratarme. Procuré ingresar a la escuela de equitación, mas allí no querían niños. Tuve, pues, que continuar mi peregrinación en busca de trabajo y si no hubiera sido por Sancho me habría muerto de hambre. Al huir lo había dejado atado, pues no quería que dijeran, si me lo llevaba conmigo, que lo había robado. Es un perro de mucho valor, ¿sabe usted, señora? Es el mejor perro amaestrado que he visto en mi vida, y sin duda desearán más su regreso que el mío. Era de papá, y a mí me dolía tener que dejarlo; no obstante, así lo hice. Una noche oscura lo dejé atado y nunca pensé que volvería a verlo. A la mañana siguiente, estaba tomando el desayuno a varias millas de distancia del circo cuando lo vi aparecer mojado y cubierto de barro, arrastrando un trozo de soga. Había mordido hasta romperlo el cordel que lo sujetaba y siguió mis pasos sin perder mi rastro en ningún momento. Ya no volveré a abandonarlo, ¿no es así, viejo camarada? Sancho había escuchado esta parte del relato con gran interés, y cuando Ben se dirigió a él, se levantó, puso sus patas delanteras sobre los hombros del muchacho, lamió la cara de éste y emitió un suave aullido que podía traducirse tan claramente como si hubiera dicho con palabras: -Quédate tranquilo, mi pequeño amo. Los padres pueden desaparecer y los amigos morir, pero yo nunca te abandonaré. Ben apretó contra sí y por encima de la blanca cabeza lanuda sonrió a las niñas, quienes batieron palmas de alegría al observar aquel cuadro encantador, y se acercaron a acariciar al buen animal para asegurarle que le habían perdonado definitivamente el robo de la torta y la cesta. Movido por estas ternezas y por unas indicaciones que por lo bajo le dio su amo, Sancho se aprestó a realizar sus mejores pruebas con extraordinaria gracia y destreza. Bab y Betty bailaban por la habitación locas de entusiasmo, mientras la señora Moss declaraba que le daba miedo tener en su casa un animal tan maravilloso. Las alabanzas que dirigían a su perro complacieron a Ben más de lo que le hubieran satisfecho las dirigidas a él, y cuando el entusiasmo se calmó un poco, el muchacho entretuvo a su auditorio con un colorido relato sobre la inteligencia de Sancho, su fidelidad y las numerosas aventuras en las que aquél había desempeñado su parte con gran nobleza. Mientras el niño hablaba, la señora Moss deliberaba acerca de lo que haría con él, y cuando Ben concluyó de enumerar las perfecciones del perro, dijo ella gravemente: -¿Te quedarías aquí si yo te encontrara alguna ocupación? -¡Sí, señora! ¡Me agradaría mucho quedarme!... -respondió Ben entusiasmado. Él veía un hogar en aquella casa, y la señora Moss le parecía casi tan buena y maternal como la señora Smithers. -Bien... Mañana iré a visitar al alcalde para consultar su parecer. No sería extraño que te tomara para que cuidaras su establo, si eres tan listo como aseguras. Durante el verano emplea siempre un peón, y aún no he visto ninguno por allí. ¿Podrías cuidar vacas? -¡Ya lo creo!... -y Ben se encogió de hombros como si considerase ridículo que le hiciesen esa pregunta a él que había conducido a cuatro "ponnies" que arrastraban una carroza dorada. -No será un trabajo tan interesante como el de montar elefantes o jugar con osos, pero será una tarea honrada y te resultará más agradable azotar a Brindle y a Butter que recibir tú los azotes -declaró la señora Moss acercando al niño su rostro sonriente. -¡Oh, sí!... -murmuró Ben con súbita humildad al recordar los malos tratos de que fuera víctima y que le obligaran a huir. Poco después le enviaron a dormir a una pequeña pieza, y a Sancho junto con él para que lo cuidara. A ambos les resultó difícil conciliar el sueño debido al ruido que hacían las niñas en el piso superior. Bab insistía en que era un oso y que iba a devorar a la pobre Betty a despecho de los lamentos de ésta. Pero la madre pronto puso fin al alboroto amenazando enviar lejos a Ben y a su perro si no se quedan quietas como dos gatitos. Ellas prometieron obedecer y casi en seguida estaban soñando con carrozas doradas y grandes carruajes, con muchachos fugitivos, cestas que desaparecían, perros danzarines y tazas voladoras. CAPÍTULO 5 Al despuntar el día siguiente, Ben miro a su alrededor medio desorientado. No vio ni la carpa de lona, ni descubrió encima de su cabeza el techo de un granero o el azul del cielo, sino que divisó un blanco cielo raso donde se posaban un grupo de moscas muy sociables. Del exterior llegaban a sus oídos el cacareo de las gallinas y el sonido de dos vocecitas que repetían a coro la tabla de multiplicar en lugar de aquellos otros ruidos que estaba acostumbrado a escuchar: coces de caballos, piar de pájaros, el rugido de los animales salvajes. Sancho, sentado frente a la ventana abierta observaba cómo la vieja gata se lavaba la cara y trataba de imitarla, mas con tal torpeza, que Ben se echó a reír y Sancho, para ocultar su confusión saltó de la silla a la cama y comenzó a lamer el rostro de su amo tan enérgicamente que el muchacho se escondió bajo las sábanas para escapar a su cariñosa lengua. Un ruido que provenía del piso de abajo obligó a ambos a salir de un brinco de la cama, y diez minutos después un muchacho de rostro sonriente y un perro juguetón descendieron corriendo la escalera. El primero saludo con un: -¡Buen día, señora!...-Y el segundo agitó alegremente la cola al olor del jamón que se freía en la hornalla y por el cual era particularmente afecto. -¿Dormiste bien? -preguntó la señora Moss, dándole la bienvenida tenedor en mano. -¡Ya lo creo!... Jamás dormí en una cama mejor. Estaba acostumbrado a dormir sobre un colchón de heno y a cubrirme con la manta de los caballos, y últimamente, ni siquiera eso tenía: el cielo era mi único techo y la tierra mi mullida cama -bromeó Ben riéndose de las penurias pasadas y agradecido de las comodidades que le brindaban. -El heno no es lecho malo para los huesos jóvenes, aunque a éstos los cubra tan poca carne como a los tuyos -comentó la señora Moss dándole un cariñoso golpecito en la cabeza al pasar a su lado. -En nuestra profesión no se tolera la gordura. Cuanto más delgado, más ágil para bailar sobre la cuerda floja o saltar en los trapecios. Músculo es lo que se necesita, y ahí lo tiene usted... Ben estiró su bracito delgado como un alambre, el puño cerrado con la actitud de un joven Hércules dispuesto a jugar a la pelota con la cocina si le daban permiso para ello. Contenta de verlo de tan buen humor la señora señaló el pozo que estaba afuera y dijo amablemente: -Bien, prueba tus músculos trayendo agua fresca. Ben buscó el balde y corrió decidido a ser útil: y mientras aguardaba que el balde se llenara miró a su alrededor y se sintió complacido por todo lo que viera: la pequeña casita rojiza con un penacho de humo que salía por la chimenea, las dos hermanitas sentadas al sol, las verdes colinas, por aquí y por allá, campos recién sembrados, un arroyuelo que atravesaba saltando la huerta, pájaros que cantaban en la avenida de los olmos y toda la tierra cubierta de ese hermoso color verde que sólo se ve a principios del verano. -¿No te parece esto muy bonito? -preguntó Bab cuando la mirada del niño, después de su prolongado recorrido en que pareció querer abarcarlo todo, se detuvo sobre ella. -¡Jamás he visto sitio más hermoso! Sólo se necesitaría un caballo que anduviera dando vueltas por aquí para que el cuadro fuese completo -contestó Ben al mismo tiempo que tiraba de la larga soga que subía el balde lleno de agua. -El juez tiene tres, pero los cuida tanto que ni siquiera nos deja acercarnos a ellos y arrancarles tres pelos de la cola para hacer anillos -se quejó Betty cerrando su libro de aritmética. -Cuando el juez no está en casa y Mike los lleva al bebedero, me deja a menudo montar el caballo blanco. ¡Es tan divertido pasearse sentada sobre su lomo, bajar hasta el valle y luego regresar!... ¡Yo adoro a los caballos!... -exclamó Bab saltando en el banco tratando de imitar los movimientos de Jenny, la yegua blanca. -Me parece que eres una niña muy valiente.- Y Ben dirigió a Bab una mirada de aprobación al pasar a su lado sin olvidarse por eso de salpicar con agua a la señora Puss que arqueó el lomo y mostró las uñas al ver a Sancho. -¡A tomar el desayuno!... -llamó la señora Moss; y por espacio de veinte minutos poco se dijo, pero en cambio el cereal y la leche desaparecieron con tal rapidez que hasta Jack el gigante, de la bolsa de cuero, se habría asombrado de ello. -Ahora, niñas, a volar a hacer vuestros quehaceres. Tú, Ben, ve y corta un poco de leña; yo arreglaré la casa. Luego saldremos todos juntos -dijo la señora Moss al mismo tiempo que se esfumaba el último bocado y Sancho se relamía los bigotes saboreando las migas que de su parte se le habían caído. Ben se puso a cortar leña con tanto entusiasmo que las astillas volaban a su alrededor y cubrían el piso de la leñera; Bab acomodaba con peligrosa rapidez las tazas sobre una bandeja y Betty barría levantando una nube de polvo en tanto que la madre parecía estar en todas partes a la vez. Hasta Sancho que comprendía que su destino se hallaba unido al de esta gente procuraba ayudar a su modo: ora brincaba alrededor de Ben a riesgo de que le cortaran la cola, ora corriendo a meter la nariz por los armarios y habitaciones que la señora Moss abría y cerraba en sus rápidas evoluciones por toda la casa, ora arrastrando el felpudo para que Betty lo cepillase o, parado sobre las patas traseras, inspeccionando los platos que lavaba Bab. Y si lo echaban no se ofendía sino que se iba a ladrar a Puss, refugiada en un árbol, espantaba a las gallinas o enterraba con cuidado un zapato viejo donde ya había escondido un hermoso hueso de cordero. Cuando todos estuvieron preparados, Sancho, tranquilo ya, trotó detrás de la comitiva como un perro bien educado y acostumbrado a pasear con damas. Se separaron al llegar a un cruce de caminos: las niñas corrieron a la escuela mientras la señora Moss y Ben subían la colina hasta la casona del señor alcalde. -No te asustes, muchacho; yo me ocuparé de contarle por qué has escapado. Si el señor alcalde te emplea, dale las gracias y procura ser juicioso y trabajador. No me cabe la menor duda de que si así lo haces progresarás -manifestó ella al mismo tiempo que hacía sonar la campanilla de una puerta lateral sobre la cual brillaba escrito con grandes letras un nombre: MORRIS. -¡Adelante! -chilló una voz áspera, y Ben, aunque se sentía como si fueran a sacarle una muela, siguió dócilmente a la buena mujer, la cual esbozaba su más agradable sonrisa ansiosa de causar buena impresión. Un anciano caballero de cabeza blanca que leía un diario sentado en un sillón, dirigió a los recién llegados una mirada escrutadora por sobre sus anteojos y dijo con un tono rudo que habría atemorizado a quien ignorase que bajo su amplio chaleco se ocultaba un gran corazón. -¡Buenos días, señora! ¿Qué le trae hoy por aquí? ¿Acaso ha pillado a algún ladronzuelo robándole sus pollos? -¡Por Dios!... No, señor -exclamó la señora Moss sobresaltada. En seguida, en pocas palabras, le relató la historia de Ben y con un tono tan patético refirió las penurias y el abandono del muchacho, que logró despertar el interés del juez y conmover al mismo Ben como si no fuera de él de quien estaba hablando. -Vamos a ver, muchacho, ¿qué sabes hacer? -preguntó el anciano después de escuchar con expresión comprensiva el relato de la señora Moss clavando la penetrante mirada que asomaba bajo sus tupidas cejas en el pobre Ben quien se sintió atravesado por ella como si fuese transparente. -De todo un poco, señor ... -¿Sabes arrancar yuyos? -Nunca lo he hecho, señor, pero puedo aprender... -¿A arrancar las remolachas y dejar los yuyos? ¿Te enseñaron a recoger frutillas? -No, señor. Lo único que he hecho ha sido comerlas... -Humm... También hay que saber hacer esa parte del trabajo. ¿Puedes conducir al caballo que arrastra el arado? -¡Eso sí, señor! -y los ojos de Ben se encendieron de alegría. Quería mucho a esos nobles animales, los cuales, en los últimos tiempos, habían sido sus más leales camaradas. -Pero no se permite ninguna clase de bromas. Mi caballo es un animal muy delicado y yo le tengo mucho afecto. El alcalde habló muy seriamente, mas en sus ojos brillaba una luz de picardía. La señora Moss por su parte procuraba disimular una sonrisa; porque el caballo del alcalde era el hazmerreír de toda la ciudad, tenía más de veinte años y un paso muy característico: levantaba las patas delanteras como si fuese a emprender una veloz carrera, pero luego no pasaba de un lento trote. Los muchachos decían que galopaba hacia adelante y luego retrocedía y se reían del gran animal de nariz roma el cual, sin embargo, no permitía que se tomaran ninguna libertad con él. -¡Quiero mucho a los caballos para hacerles daño, señor! Y en cuanto a montarlo, me atrevo a hacerlo sobre cualquier bicho de cuatro patas. El Rey de Morocco daba coces y mordía como si fuese una fiera, pero yo lograba dominarlo con bastante facilidad. -Tal vez puedas entonces llevar las vacas a pacer al campo... -He conducido elefantes y camellos, avestruces y osos pardos, mulas y seis ponnies. Si me empeño quizá pueda cuidar vacas... -contestó Ben tratando de mostrarse humilde y respetuoso aunque le ofendía terriblemente que pusieran en duda su capacidad para cuidar vacas. Al alcalde le agradó la mezcla de indignación y picardía que asomaba a los ojos del muchacho y la sonrisa socarrona que jugueteaba en sus labios. Divertido por la lista de animales que enumeraba Ben, manifestó con gravedad: -Por estos alrededores no criamos elefantes ni camellos. Hubo osos, pero la gente se cansó de ellos. Abundan las mulas, mas sólo las de la especie de dos patas, y en general preferimos las gallinas a los avestruces. No pudo continuar porque Ben lo interrumpió con una alegre carcajada a la que ellos se unieron; y la risa los hizo ponerse de acuerdo mejor que las palabras. Tratando de recuperar la seriedad el señor alcalde dio unos golpecitos en la ventana que estaba tras de él y dijo: -Te probaremos como cuidador de vacas. El peón te indicará adónde debes llevarlas y te dará algún otro trabajito para que hagas durante el día. Así sabremos para qué sirves, y por la noche se lo diré a usted, señora Moss. El niño podrá dormir en su casa. ¿verdad? -Desde luego. Continuará en casa y vendrá a trabajar si así lo desea. Yo me ocuparé de que no sea una carga para nadie -respondió la señora Moss. -Y yo procuraré descubrir el paradero de tu padre, muchacho. Mientras tanto pórtate bien para que podamos darle buenos informes de ti cuando venga en tu busca -manifestó el señor alcalde haciendo un gesto de advertencia con el índice. -Gracias, señor. Le obedeceré. Estoy seguro de que papá vendrá tan pronto como le avisen, si no está enfermo o se ha perdido -murmuró Ben al mismo tiempo que para sus adentros se felicitaba de no haber hecho nada que lo hiciera temblar delante de aquel dedo. En ese momento, un irlandés pelirrojo apareció en el vano de la puerta, el cual, mientras escuchaba las órdenes que comenzó a darle el juez, echó al muchacho una mirada de poca simpatía. -Pat, este niño quiere trabajar. Llevará las vacas al prado y las traerá de regreso. Haz que se ocupe de algunas tareas livianas y comunícame cómo se comporta. -Sí, señoría... Vamos, muchacho, ya te indicaré qué es lo que debes hacer -exclamó Pat. Y Ben, después de despedirse con un ligero adiós de la señora Moss, lo siguió con la secreta intención de jugarle una mala pasada para vengarse de lo mal que lo recibiera. Pero olvidó por completo la existencia de Pat en cuanto divisó en el patio a "Duque de Wellington", el caballo, al que llamaban así por su nariz. Si Ben hubiese leído a Shakespeare habría exclamado -¡Un caballo! ¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo!... -porque eso era lo que clamaba su corazón. Echó a correr adonde se hallaba el majestuoso animal. "Duke" paró las orejas y movió la cola con enojo, pero Ben lo miró a los ojos, le dio un amistoso golpecito en la nariz e hizo un particular sonido con la boca que tranquilizó al animal. -Te pateará si lo sigues molestando. Déjalo y ocúpate de las vacas como lo ordenó su señoría -ordenó Pat quien respetaba en público a "Duke", pero lo castigaba brutalmente en privado. -¡Yo no le tengo miedo! Tú no me harás daño, ¿no es así viejo amigo? Mira, sabe que soy su amigo y como a tal me recibe -dijo Ben pasando su brazo alrededor del cuello del animal y pegando su mejilla al hocico del caballo. Porque él entendía la mirada de la inteligente bestia y comprendía que sus relinchos eran un amistoso saludo. El alcalde presenció la escena detrás de la ventana y sospechando por la cara de Pat que algo desagradable se preparaba, ordenó: -Deja que el niño ate el caballo al coche, si puede... Probaremos si sirve para eso. Debo salir en seguida. Ben se puso tan contento y desplegó tal actividad que en menos de lo que canta un gallo el caballo estuvo atado al coche, y cuando el alcalde salió encontró que lo aguardaban ya "Duke" y el sonriente y pequeño palafrenero. Al anciano caballero satisfizo la destreza del muchacho y el afecto que demostraba por el caballo, pero no se lo dijo a Ben y sólo hizo un gesto de aprobación con la cabeza y exclamó -Muy bien, muchacho...- Y en seguida se alejó en el carruaje que rechinaba e iba dando tumbos. Poco después cuatro vacas lustrosas salían por el portón que abriera Pat, y Ben las llevó a que pacieran a un lejano prado donde el pasto tierno aguardaba a las hambrientas segadoras. Pasaron junto a la escuela y el niño, con un poco de compasión, miró a través de la ventana abierta las cabezas rubias y morenas que inclinadas repasaban la lección. A un muchacho como él que tanto amaba la libertad le parecía algo terrible tener que permanecer encerrado tantas horas en una mañana semejante. Una ligera brisa que jugaba alegremente por el sendero, sin saberlo, hizo a Ben un gran favor. Al soplar con un poco más de fuerza arrastró hasta los pies del muchacho una hoja de papel que aquél levantó al ver que tenía una ilustración. Sin duda se había desprendido de algún viejo y usado manual de historia, pues la lámina mostraba unos barcos muy curiosos, próximos a la costa, un grupo de hombres vestidos con extraña indumentaria que echaban pie a tierra y en la orilla una multitud de indios bailando. Ben procuró descifrar lo que decía acerca de estos extravagantes personajes pero, para desdicha del joven lector, la tinta se había corrido y manchado la hoja de modo que de poco pudo enterarse. -Les preguntaré a las niñas. Puede ser que ellas sepan lo que esto significa -dijo Ben, y luego de buscar en vano otras hojas siguió su camino escuchando con alegría el canto de las aves, gozando del calor del sol y tan agradable era la sensación de paz y seguridad que experimentaba, que se puso a silbar jubilosamente como si fuera un mirlo. CAPÍTULO 6 Esa noche, después de comer, Bah y Betty se sentaron en el viejo "porch" a conversar con Josephus y Belinda sobre los acontecimientos del día. La aparición del muchacho y su perro había sido el suceso más extraordinario de sus vidas. No veían al niño desde la mañana, pues éste había almorzado en casa del alcalde y estaba trabajando con Pat en el campo cuando ellas regresaron. Sancho no se había apartado de su amo, y asombrado del nuevo giro que tomaban los acontecimientos cuidaba de que nada malo fuera a ocurrirle a Ben. -Es hora de que regresen. El sol se ha puesto ya y oigo a las vacas que mugen en el corral -dijo Betty impaciente, pues ella consideraba al recién llegado como si fuese un libro muy interesante cuya lectura deseaba proseguir lo más rápidamente posible. -Voy a aprender las señas que le hace a Sancho cuando quiere ordenarle que baile, así podremos divertirnos con él las veces que lo deseemos. ¡Es el perro más simpático que he visto en mi vida!... -comentó Bab, quien tenía más afecto a los animales que a su hermana. -Dijo mamá... Pero, ¿que es eso? -se interrumpió Betty con un repentino sobresalto. Algo había golpeado por fuera del portón. En seguida, en lo alto, apareció la cabeza de Ben y su cuerpo se balanceó colgado del arco de hierro en lugar del farol de luz. -¡Por favor, señores, ocupen sus localidades!... ¡Por favor, sus localidades!... La función va a comenzar con el número del Cupido Volador, el número con el cual el señor Bloomshury se ha presentado ante las principales coronas de Europa. ¡Reconocido por todos los críticos como el niño prodigio y la maravilla del siglo!... ¡Atención, aquí está! Después de repetir el elegante y conocido discurso del señor Smither, Ben comenzó a dar tales volteretas en el aire que hasta un grupo de serias gallinas que descendían por la calle e iban a dormir, se detuvieron admiradas e imaginaron sin duda que alguien habría echado sal sobre aquel muchacho para que se sacudiese de esa manera. Aunque en su tiempo fue testigo de cosas muy divertidas. el viejo portón no había visto nunca semejantes acrobacias. Porque de todos los muchachos que se treparon a él ninguno se mantuvo como ése cabeza abajo sobre los capiteles de las columnas. o quedo colgado del arco por los pies, o comenzó a dar vueltas, sin parar, como una rueda, con la barra por eje, sacudiendo los pies y sosteniéndose por el mentón, o caminó apoyado sobre las manos a lo largo del muro para concluir la exhibición con una pose casi aérea suspendido del gancho del farol besándose la mano y saludando al público como debía hacerlo Cupido al despedirse. Las pequeñas aplaudieron y golpearon con los pies entusiasmadas, mientras Sancho que con toda calma había seguido el espectáculo lanzó unos ladridos de aprobación y corrió a mordisquear los pies de su amo. -Baja y cuéntanos lo que hiciste en casa del alcalde. ¿Es muy severo? ¿Trabajaste mucho? ¿Te gusta el trabajo? -preguntó Bab cuando se hizo un poco de silencio. -Aquí arriba está más fresco -respondió Ben acomodándose mejor y abanicando su cara enrojecida con la rama que había arrancado a uno de los árboles que cerca de él perfumaban el aire. -Hice de todo un poco. El anciano caballero no es malo: por el contrario, simpaticé con él en seguida. Me dio una moneda. Odio en cambio a "Pelo de Zanahoria". Jura como un carrero. Me tiró con un leño... ¡Ya me las pagará! Metió la mano en el bolsillo para sacar la reluciente moneda y al encontrar también la página rota recordó la ansiedad de saber que le asaltara esa mañana. -¡Eh! ¡Miren ustedes! ¿Qué están por hacer estos hombres? La tinta ha estropeado la lámina y es imposible leer lo que dice aquí abajo. ¿Quieren explicarme lo que significa? Llévasela, Sancho. El perro recogió la hoja que descendía volando y sujetándola cuidadosamente con los dientes la dejó a los pies de las niñas y luego se sentó frente a ellas con aire de profundo interés. Bab y Betty la tomaron y juntas y en alta voz se pusieron a leer, mientras Ben se inclinaba para escuchar y aprender. -"Clareaba el día cuando divisaron tierra. Parecía un hermoso país. Se veían flores maravillosas y árboles gigantescos cuyas hojas y frutos eran desconocidos para ellos. Por la playa corrían hombres desnudos, de piel cobriza que miraban asombrados los barcos de los españoles. Creían ellos que eran grandes pájaros, sus velas las alas y los tripulantes seres superiores enviados por los cielos." -¡Eso es el descubrimiento de San Salvador hecho por Cristóbal Colón! ¿Acaso no sabes quién es? -preguntó Bab, quien se sintió uno de aquellos seres superiores y le pareció estar en contacto directo con el inmortal Cristóbal. -No, no lo sé. ¿Quién era? Supongo que es ese que va adelante, pero, ¿cuál de los indios es San Salvador? -interrogó Ben un poco avergonzado de su ignorancia, pero decidido a saber lo que había comenzado a averiguar. -¡Mi Dios!... ¡Doce años y no sabes eso! -rió Bab muy divertida y contenta de poder enseñarle algo a aquel muchacho acróbata a quien consideraba un ser excepcional. -¡Al diablo con mis doce años!... Háblame de ese muchacho que desciende del barco; me gusta -insistió Ben. Así fue como Bab, interrumpida frecuentemente por Betty quien agregaba algo al relato, le refirió la maravillosa historia con sencillez y en forma comprensible, pues a ella le gustaba esa materia y tenía una gran facilidad de palabra. -Me gustaría leer algo más. ¿Podría comprar un libro con mis diez centavos? -preguntó Ben, ansioso de aprender picado por las risas de Bab. -No, por cierto. Yo te prestaré el mío cuando no lo necesite y te explicaré todo -prometió Bab olvidando que ella misma no sabia "todo" aún. -Pero yo no dispondré de mucho tiempo. Sólo estaré libre al atardecer. y entonces tú podrás necesitar él libro... -se lamentó Ben, quien no podía dominar la curiosidad que despertara en él la hoja de papel. -Yo tengo historia por la tarde, pero tú podrás leer el libro por las mañanas antes de la hora de ir al colegio. -Debo salir muy temprano, de modo que tampoco entonces tendré tiempo para leer. Pero sí, ¡lo tendré!... Te diré en qué momento: leeré cuando lleve las vacas al campo. Al alcalde le gusta que las vacas coman lentamente mientras van por el camino. Así dijo Pat, y entretanto yo podría estudiar historia en lugar de vagar de aquí para allá -gritó Ben satisfecho de su brillante idea. -¿Y cuándo me devolverás el libro para que yo estudie? -interrogó prudentemente Bab. -A mi regreso lo dejaré sobre el alféizar de la ventana o junto a la puerta. Lo leeré con todo cuidado y tan pronto como haya ganado lo suficiente te compraré uno nuevo y yo me quedaré con el viejo, ¿quieres? -Bueno, pero yo tengo una idea mejor. No conviene dejarlo sobre la ventana porque la maestra lo puede ver, ni en la puerta porque alguien lo puede robar. Déjalo en mi escondrijo. En el rincón de la pared, junto al gran arce encontrarás un hueco disimulado entre las raíces y bajo una piedra chata. Es mi caja de caudales, allí guardo mis cosas. No hay escondite mejor y nos turnamos para usarlo. -Me parece un buen lugar; ya lo encontraré -dijo Ben agradecido. -Si quieres algunas veces podré dejar mi libro de lectura. Tiene muchos cuentos y láminas preciosas -ofreció tímidamente Betty, pues ella quería colaborar en el generoso proyecto de su hermana aunque no era mucho lo que podía dar, ya que no era una estudiante tan brillante como aquélla. -Preferiría uno de aritmética. Si puedes préstame el tuyo para que yo lo lea de vez en cuando. Ahora que voy a ganar un jornal debo aprender a sacar cuentas -dijo con aire de un Vanderbilt preocupado por el cuidado de sus millones. -Yo te enseñare. Betty no entiende mucho de sumas. Pero ella lee maravillosamente y en eso es la mejor de la clase. La maestra está orgullosa de ella porque nunca se equivoca cuando deletrea palabras tan difíciles como ex-cep-ción, ex-ha-lar, o ex-pli-ca-ción. Bah rebosaba de fraternal orgullo y Betty alisaba su delantal con un gesto de modesta satisfacción, pues aquélla pocas veces la elogiaba y a ella eso le gustaba mucho. -Yo nunca fui al colegio; por esa razón soy tan ignorante. Sin embargo, sé escribir mejor que algunos muchachos que van a la escuela. Vi escritos muchos nombres en el soportal. Observen ahora ustedes -y descendiendo de un salto Ben extrajo un trozo de tiza y dibujó con hermosos rasgos sobre las lajas oscuras que cubrían el camino diez letras del alfabeto. -¡Qué bien! Yo no puedo hacer esos rasgos tan perfectos. ¿Quién te enseñó a escribir así? -preguntó Bah mientras ella y Betty caminaban arriba y abajo admirando las letras. -Las mantas de los caballos -explicó Ben, brevemente. -¿Qué? -exclamaron al unísono las dos niñas deteniéndose a mirarlo. Todos los caballos tenían el nombre escrito en la manta y yo solía copiarlos. Los carruajes tenían inscripciones que aprendí a descifrar después que papá me enseñó a reconocer las letras escritas en los grandes cartelones amarillos. La primera palabra que aprendí a leer fue león, pues iba a menudo a visitar la jaula del viejo Jubal. Papá se mostró muy satisfecho cuando la leí de corrido. También sé dibujarlo. Ben comenzó a bosquejar un animal que pretendía se pareciese a su perdido amigo; pero Jubal no habría reconocido su retrato, pues este se parecía más a Sancho que al rey de la selva. No obstante las niñas lo admiraron sinceramente y a continuación Ben les dio una lección de historia natural que las tuvo interesadas hasta la hora de irse a dormir. El muchacho contó cuanto había visto con un lenguaje tan pintoresco e ilustró sus descripciones con tal gracia, que no es de extrañar que ellas lo escucharan encantadas. CAPÍTULO 7 Al día siguiente Ben fue a trabajar con el manual de Historia Elemental en el bolsillo, y las vacas del alcalde dispusieron de mucho tiempo para desayunarse con las hierbas que crecían al borde del camino antes de llegar al campo de pastoreo. Para entonces Ben no había concluido de leer la amena lección porque tuvo que ir hasta la ciudad a hacer un mandado; pero prestó mucha atención a lo que leía, se detuvo en las palabras difíciles y dejo los trozos que no entendía para que Bah se los explicase por la noche. Tuvo que hacer alto en "La Primera Fundación" porque había llegado frente al colegio y debía devolver el libro. En seguida descubrió el hueco junto al gran arce y allí, bajo la ancha piedra dejó una pequeña sorpresa. Con dos caramelos en forma de bastoncitos, uno rojo v otro blanco, pagaba Ben el privilegio de sacar libros de la nueva biblioteca. Cuando llegó la hora del recreo, grande fue la sorpresa y la alegría de las niñas al hallar el inesperado regalo, pues a la señora Moss no le sobraban las monedas para caramelos, y las pequeñas encontraron que estos tenían un sabor particularmente exquisito. pues habían sido comprados con la única moneda que poseía el agradecido Ben. Las niñas compartieron las golosinas con sus compañeras más íntimas, pero nada les dijeron acerca de su plan temerosas de que éste se malograra si llegaba a ser conocido. Empero se lo comunicaron a su madre, quien les dio permiso para que prestasen sus libros a Ben y animaran a este a estudiar. También les propuso que aprendiesen a coser y le ayudaran a hacer algunas camisas azules para Ben. La señora Barton le había dado el género necesario para ello, y se le ocurrió que era una excelente ocasión para iniciar las lecciones de costura y al mismo tiempo hacer un regalo útil a Ben, quien, como todos los muchachos, no se preocupaba por lo que se pondría cuando se le gastara la ropa que tenía en uso. El miércoles por la tarde era día de costura, de modo que las dos pequeñas "B" trabajaron afanosamente confeccionando las mangas de las camisas. Sentadas en un banco junto a la puerta mientras las agujas se movían sin cesar, cantaban con sus voces infantiles canciones escolares que interrumpían a cada dos por tres para charlar un poco. Durante una semana Ben trabajo con mucho entusiasmo y nunca se le oyó protestar o quejarse no obstante las tareas rudas y desagradables que le ordenaba hacer Pat y lo monótonas y fastidiosas que le resultaban las faenas domésticas. Su único consuelo era saber que la señora Moss y el alcalde estaban satisfechos con él; sus únicos placeres, estudiar las lecciones mientras apacentaba las vacas y recitarlas por las tardes cuando se reunía con las niñas bajo las lilas para "jugar al colegio". Comenzó sin intenciones de ponerse a estudiar y no se dio cuenta que era eso lo que estaba haciendo cuando leía los libros que sacaba de la biblioteca. Pero las pequeñas lo interrogaban acerca de lo que ellas sabían, y él se sintió mortificado al descubrir cuán ignorante era. No lo dijo, mas recibió muy contento cuanto ellas le transmitían de su pequeña sabiduría. Deletreaba palabras "sólo para que Betty se divirtiera"; dibujaba para Bob todos los osos y tigres que le pedía a condición de que ella le enseñase a hacer sumas sobre las lajas, y a menudo se entretenía durante sus solitarios paseos repasando en alta voz la tabla de multiplicar como lo hacían las niñas. El martes por la noche, el alcalde le pagó un dólar, le dijo que era "un buen muchacho" y que podía quedarse una semana más si lo deseaba. Ben dio las gracias y pensó quedarse, pero a la mañana siguiente, después de haber levantado las barras del portón, se sentó en lo alto de la verja a estudiar sus perspectivas, pues le molestaba la idea de tener que soportar la compañía del grosero Pat. Como la mayoría de los muchachos odiaba el trabajo, a menos que éste fuese de su gusto; en ese caso era capaz de trabajar como un castor sin cansarse nunca. Su vida errante no le había permitido adquirir hábitos de disciplina, y no obstante ser un niño excepcionalmente dotado para sus años, le gustaba demasiado vagar y gozar de una vida variada e interesante. Pero en aquellos momentos sólo veía delante de él días de trabajo paciente y aburridor. Estaba harto de trabajar en la huerta: hasta la tarea de ensillar a Dulce frente a su amo había perdido su interés y sabía que muy pronto tendría que apilar en el cobertizo los leños que estaban desparramados en el patio. Inmediatamente después de plantar espárragos tendría que recoger las frutillas; luego habría que seriar el heno, v así transcurriría todo el verano, sin diversiones, hasta que su padre fuera a buscarlo. Sin embargo, no estaba obligado a quedarse contra su voluntad. Con ropa nueva, un dólar en el bolsillo, las canastas con las viandas colgadas en la despensa del colegio adonde podría ir en busca de provisiones si se atrevía, ¿qué cosa más fácil que escapar otra vez? Cuando hacía buen tiempo vagar sin rumbo fijo tenía sus encantos y Ben había vivido durante muchos años bajo las carpas como un gitano. No tenía miedo a nada, y empezó a mirar los caminos cubiertos de hojas con expresión ansiosa e inquieta a medida que la tentación de partir se hacía cada vez más fuerte. Sancho daba muestras de compartir esa inquietud porque ladraba, saltaba y corría un trecho: luego regresaba y se sentaba a los pies de su amo, a quien miraba con ojos inteligentes que parecían decir: "Vamos, Ben, escapemos por ese alegre camino para no detenernos hasta que nos rinda el cansancio". Pasaban las golondrinas, blancas nubes volaban conducidas por el fragante viento del oeste, una ardilla corrió a lo largo del muro, todo respondía al deseo del niño de tirar la carga y correr libre como ellos. Una cosa lo detenía: la idea de que la señora Moss lo considerara un ingrato y que las niñas sufrieran al perder a sus dos nuevos compañeros de juego. Mientras así pensaba, algo sucedió que impidió que hiciera aquello de lo cual se habría arrepentido, sin duda, más adelante. Los caballos habían sido siempre sus mejores amigos, y uno de ellos llegó trotando a prestarle un servicio; mas él no lo supo hasta mucho tiempo después. En el momento en que iba a dar un salto para lanzarse al camino el sonido de los cascos de un caballo al que no acompañaba ruido alguno de ruedas le obligó a aguzar el oído; se mantuvo quieto y ansiosamente observó quién llegaba a ese paso. El rápido trote se detuvo en la curva del camino y en seguida vio acercarse lentamente a una dama que montaba una yegua baya; una dama joven y bonita, vestida con un traje azul oscuro, luciendo en la solapa un ramillete de dientes de león que parecían estrellas amarillas; de la montura de su cabalgadura pendía un rebenque plateado el cual, sin duda, sólo servía de adorno. La hermosa yegua cojeaba un poco y sacudía la cabeza como si algo la molestara, mientras su dueña, inclinándose para saber qué le ocurría, exclamaba con un tono que parecía exigir contestación: -Vamos, Chevalita, si te has clavado una piedra en una pata, yo la encontraré y la sacaré. ¿Por qué no miras dónde caminas y me evitas así estas molestias? -No se preocupe, señorita; yo me ocuparé de eso. ¡Permítamelo usted! -exclamó una voz anhelante, que, por lo inesperada,sobresaltó a la amazona y a su cabalgadura, que vieron en ese momento a un muchacho que descendía del muro de un salto. -Me harías un favor. No tengas miedo, Lita es mansa como una oveja -replicó la dama, quien sonrió divertida por la solicitud del muchacho. -Es un animal muy hermoso -murmuro Ben al mismo tiempo que levantaba una después de otra, las patas del animal hasta encontrar la piedra que extrajo con alguna dificultad. -Lo has hecho muy bien y te lo agradezco. ¿Puedes decirme si este atajo lleva hasta los Olmos? -preguntó la dama, quien prosiguió su camino lentamente acompañada por Ben. -No lo sé, señora; recién he llegado a estos lugares y sólo sé donde viven el alcalde y la señora Moss. -Deseo ver a ambos, de modo que indícame el camino. Viví aquí hace mucho tiempo y creí que podría encontrar el camino que conduce a la vieja casa de la Avenida de los Olmos y el gran portal, mas no lo he logrado. -Conozco la casa. Ahora la llaman "Las lilas" porque estas plantas crecen a lo largo del sendero y del muro. Bab y Betty juegan allí; yo también. Ben no pudo dejar de sonreír al recordar su primera aparición en aquel sitio e interesada tal vez por la sonrisa y las palabras, la dama preguntó amablemente: -¿De quién hablas? ¿Bab y Betty son tus hermanas? Olvidando por completo su intento de fuga, Ben comenzó a relatar su historia con todos los detalles y habló de sus nuevos amigos animado por la expresión de bondad, las preguntas interesadas y la sonrisa de simpatía que lo acompañaron hasta el final de su relato. Al llegar a la esquina del colegio se detuvo y dijo extendiendo los brazos a modo de señales: -Por allí se va a "Las lilas", y por este camino a la casa del alcalde. -Ahora estoy muy apurada para visitar la vieja casa. Iré primero por aquí si tú tienes la amabilidad de llevarle mis saludos a la señora Moss y de comunicarle al alcalde que la señorita Celia almorzará con él. No me despido de ti porque volveremos a vernos luego. Con un movimiento de cabeza y una sonrisa la joven se alejó al galope y Ben ascendió la colina para llevar los mensajes, experimentando la sensación de que iba a suceder algo agradable, de modo que decidió postergar la fuga un tiempo, por lo menos. La señorita Celia llegó a la una en punto y Ben tuvo el placer de ayudar a Pat a llevar a Chevalita al establo. Luego de comer ligero su almuerzo se dedicó a la ingrata tarea de apilar los leños con desusada energía; es que mientras lo hacía podía echar una mirada en dirección al comedor, donde, entre dos cabezas canas, pues eran tres los comensales, se veía una castaña y ensortijada. Como las ventanas se hallaban abiertas no pudo de dejar de oír una que otra palabra y esa conversación escuchada a medias despertó su curiosidad. Los nombres de "Thorny", "Celia" y "George" eran repetidos con frecuencia y de vez en cuando se oía una alegre carcajada de la joven señora que sonaba a música en aquel sitio habitualmente tan silencioso. Cuando el almuerzo concluyó, la furia del trabajo abandonó a Ben, y desganadamente llevó de uno a otro lado la carretilla hasta que la invitada partió. Pero esta vez no tuvo ocasión de prestar ayuda porque Pat, que quería ganarse una propina, atendió con mucha diligencia a la yegua y a su ama hasta el momento de la partida. Pero la señorita Celia no había olvidado a su pequeño guía y descubriendo una carita contrita tras la pila de leños, se detuvo en el portón e hizo un gesto que acompañó con su más encantadora sonrisa. Si en aquel instante Pat se le hubiera cruzado por el camino, lo habría derribado Ben, quien, saltando la cerca, corrió con el rostro radiante deseando que ella le pidiera un último favor. Inclinándose la señorita Celia deslizo una moneda en la mano del muchacho al mismo tiempo que decía: -Lita quiere que te dé esto por haberle sacado la piedra de la pata. -Gracias, señorita. Lo hice con gusto. Me duele ver que los animales sufran, especialmente cuando son tan lindos como esta yegua -contestó Ben acariciando con amor el cuello lustroso. -Dice el alcalde que conoces mucho a los caballos, de modo que supongo conocerás su lenguaje. Es muy hermoso yo lo estoy aprendiendo -rió la señorita Celia. Chevalita relincho suavemente y metió el hocico en uno de los bolsillos de Ben. -No, señorita. Yo no he ido al colegio. -No es allí donde se enseña. Cuando regrese por aquí te traeré un libro para que lo aprendas. Gulliver fue al país de los caballos y allí los oyó hablar en su propia lengua. -Mi padre ha estado en las praderas donde hay cientos de potros salvajes, pero nunca los oyó hablar. Sin embargo, aunque no hablen, yo sé lo que quieren -contestó Ben sospechando que era objeto de una broma mas sin llegar a descubrirla. -No lo dudo. No obstante, no olvidaré el libro. Adiós, amigo, pronto volveremos a vernos -y la señorita Celia se alejó velozmente como si le corriera mucha prisa. -Si tuviera un vestido rojo y una pluma blanca sería tan bonita como Melia. Es tan buena y monta tan bien como ella. ¿Adónde irá? ¡Ojalá vuelva pronto!... -pensó Ben que no apartó la mirada hasta que la última onda del vestido azul se perdió en un recodo del camino. Entonces regresó a sus quehaceres sin apartar la cabeza del libro prometido, deteniéndose de tanto en tanto para hacer sonar las dos monedas de plata que ya tenía junto con la nueva y pensando qué podría comprar con una suma tan enorme. Entretanto, Bab y Betty habían tenido un día muy agitado: cuando al mediodía regresaron a su casa, encontraron allí a la hermosa dama, quien les habló como si fuese una vieja amiga. Les hizo dar una vuelta a caballo, y cuando las niñas regresaron al colegio les dio un beso a cada una. Por la tarde la dama había partido, mas hallaron en cambio la vieja casona abierta y a la madre barriendo, limpiando y ventilando las habitaciones con gran animación. Ellas se divirtieron mucho saltando sobre las camas de pluma, sacudiendo alfombras, abriendo cajones y corriendo desde la bohardilla a la despensa como un par de gatitos traviesos. Así las encontró Ben, a quien abrumaron con las novedades, las cuales excitaron al muchacho tanto como a ellas: la señorita Celia era la dueña de la casa, vendría a vivir allí y había que poner todo en orden lo antes posible. Cada uno entrevía una hermosa perspectiva: la señora Moss, para quien la vida había sido muy triste durante ese año en que tuvo a su cargo la vieja casa; las pequeñas, quienes habían oído rumores de que enviarían muchos animales, y Ben, que al saber que vendrían un niño y un burro, resolvió que solo la presencia de su padre lo arrancaría de aquel lugar que comenzaba a tornarse realmente interesante. -Tengo muchas ganas de ver y oír gritar a los pavos reales. Ella dijo que gritan y que reiremos cuando el viejo Jack rebuzne -exclamó Bab saltando sobre un pie sin poder dominar su impaciencia. -¿El "faeton" es algún pájaro? Dijo que lo guardarían en la cochera -comentó Betty en tono de interrogación. -Es un carruaje -explico Ben haciendo unas cabriolas y divertido por la ignorancia de Betty. -Eso es. Lo busqué en el diccionario. Pero no se dice Phaeton aunque se escriba con p -agregó Bab a quien le gustaba aprovechar cualquier ocasión para formular una regla, sin confesar, por supuesto, que se había roto la cabeza buscando la palabra en la f hasta que una compañera le enseñó cómo se escribía. -No serás tú quien me dé lecciones a mí sobre clases de carruajes. Además, lo que ahora me interesa saber es dónde pondrán a Lita -exclamó Ben. -La dejarán en las caballerizas del alcalde hasta que todo esté en orden. Luego tú la traerás aquí. Él mismo vino a decírselo a mamá, asegurándole que podía confiarse en ti, pues ya te habían probado. Ben no contestó, pero secretamente agradeció a su buena estrella que le hubiese detenido cuando estaba a punto de huir, con lo cual habría perdido, por desagradecido, todas aquellas nuevas alegrías. -¡Qué hermoso será ver la casa siempre abierta!... Podremos entrar, ver los cuadros y los libros cuantas veces queramos. Sé que podremos hacerlo porque la señorita Celia es muy buena -comenzó a decir Betty, quien prefería esas cosas a los pavos reales o a los burros. -Tendrás que aguardar a que te inviten -indicó su madre cerrando detrás de ellas la puerta principal-. Es mejor que recojan los juguetes; a ella no le gustará verlos desparramados por el patio. Ben, si no estás muy cansado podrías pasar el rastrillo mientras yo cierro las persianas. Quiero que todo esté limpio y en orden. Las pequeñas exhalaron gritos de aflicción y observaron con tristeza el querido "porch", las vueltas de la avenida por donde ellas acostumbraban a correr "mientras el viento silbaba en sus cabellos", como decían los libros de cuentos. -¿Qué haremos? En el altillo hace calor, el cobertizo es muy pequeño y el patio está siempre lleno de ropas y gallinas. Tendremos que guardar nuestras cosas y no volver a jugar- se lamentó Bab, trágicamente. -Quizá Ben pueda construirnos una casita en la huerta |