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II EL PRIMER CASAMIENTO Las rosas de junio del porche despertaron bien temprano aquella mañana, regocijándose con el sol, que brillaba en un cielo sin nubes, como vecinos y amigos que eran en realidad. Rojas de emoción se balanceaban al viento, susurrándose unas a otras lo que habían visto, pues algunas se asomaban por las ventanas del comedor, donde estaba preparada la comida, mientras que otras subían para inclinarse ante las hermanas y sonreírles en tanto vestían a la novia. La propia Meg no parecía sino una rosa más, pues todo lo mejor y más dulce de su corazón parecía florecer ese día en su carita, haciéndola hermosa y tierna, con un encanto más bello aún que la belleza. No quiso saber nada de sedas, ni de encaje, ni de azahares. "No quiero parecer rara o artificial en un día como hoy -decía-. No quiero una boda fastuosa ni a la moda, sino simplemente quiero tener a los que amo a mi alrededor y para ellos parecer y ser la misma de siempre." Así, pues, ella misma se hizo el traje de novia, cosiendo en él puntada a puntada las tiernas esperanzas y romances inocentes de su joven corazón. Sus hermanas le trenzaron los bonitos cabellos y los únicos adornos que llevó fueron los muguetes o lirios del valle, que a "su John" gustaban más que ninguna otra flor. -De veras que estás exactamente como nuestra querida Meg de siempre, sólo que tan dulce y bonita que te abrazaría si no fuese por no arrugarte el vestido -exclamó Amy contemplándola encantada cuando la "toilette" estuvo terminada. -Entonces estoy satisfecha. Pero. por favor, deseo que me abracen y besen todo lo que quieran sin preocuparse de mi vestido. Y Meg abrió los brazos a sus hermanas, que la estrujaron con caras felices, seguras de que el nuevo amos no había cambiado el antiguo. -Ahora me voy a hacerle a Juan la corbata y luego me quedaré unos minutos tranquila con papá en el escritorio. Y Meg bajó corriendo a celebrar esas pequeñas ceremonias y luego a seguir a su madre por donde ella anduviese, consciente de que pese a las sonrisas del rostro querido había una pena secreta en el maternal corazón por el vuelo de la primera ave que dejaba el nido. Mientras las tres chicas menores están juntas dando los últimos toques a sus simples tocados, es una buena oportunidad para comprobar unos pocos cambios que se han operado en sus aspectos, pues las tres están hoy mejor que nunca. Se han suavizado mucho los ángulos en Jo, quien ha aprendido a conducirse con desenvoltura, si no con gracia. El pelo enrizado ha crecido y es hoy una espesa melena, más sentadora para esa cabecita que corona la alta figura. Hay frescos colores en sus mejillas morenas, un suave brillo en sus ojos, su aguda lengua no pronuncia hoy más que palabras benévolas. Beth ha crecido y está alta y pálida y más tranquila que nunca; los bellos ojos bondadosos parecen más grandes y hay en ellos una expresión que entristece, aunque no es en sí misma triste. Es la sombra del dolor que toca aquel rostro joven con paciencia tan patética, aunque Beth rara vez se queje y siempre hable esperanzada de que "pronto estará mejor". Amy es considerada con justicia "la flor de la familia”, pues a los dieciséis años tiene todo el aire y el porte de una mujer hecha: no bella, pero poseída de ese encanto indescriptible que se llama gracia. La acusaban las líneas de su figura, los movimientos de sus manos, el ondear de su vestido, la caída de su pelo, detalles no deslumbrantes pero si armoniosos y tan atrayentes para muchos como la belleza misma. La nariz de Amy la seguía afligiendo, pues se rehusaba por completo a volverse griega; lo mismo ocurría con la boca, que era grande y de mentón pronunciado. Estas facciones defectuosas daban carácter a todo su rostro, pero ella nunca lo veía así, aunque se consolaba con su cutis exquisitamente blanco, sus penetrantes ojos azules y sus rizos, más dorados y abundantes que nunca. Las tres llevaban trajes de tela delgada color gris plata (sus mejores vestidos para ese verano) con rosas rosadas en el pelo y en el pecho; y las tres parecían lo que realmente eran: muchachas de cara fresca y corazón feliz, deteniéndose un momento de sus vidas atareadas para leer con ojos pensativos el capítulo más dulce del romance de la vida de una mujer. No habría ritos ceremoniosos; todo sería tan natural y hogareño como fuese posible. Así, pues, cuando llegó tía March se escandalizó mucho al ver a la novia correr a recibirla, encontrar al novio asegurando una guirnalda que se había caído y atisbar al paternal sacerdote subiendo escaleras arriba con cara muy grave y una botella de vino bajo cada brazo. -¡Válgame Dios!... ¿Qué significa este estado de cosas? -exclamó la anciana señora ubicándose en el asiento de honor preparado para ella y arreglando los pliegues de su traje de moaré lila con gran crujido de sedas-. ¡No te debías haber dejado ver hasta el último momento, criatura!... -No soy ningún espectáculo, tiíta, y nadie viene a mirame ni a criticar mi vestido ni a calcular lo que costó el "buffet". Soy demasiado feliz para estarme preocupando de lo que nadie diga o piense, así que mi casamiento será exactamente como a mí me gusta. Juan, querido, aquí está tu martillo -y allí se fue la novia a ayudar a "ese hombre" en su trabajo. El señor Brooke no dijo ni siquiera gracias; pero al agacharse a recoger aquel utensilio tan poco romántico le dio un beso a su novia detrás de la puerta plegadiza, con una mirada que obligó a tía March a sacar su pañuelito y secarse un sospechoso rocío que había aparecido en sus viejos ojos sagaces. De pronto, un estruendo, un grito, una risa de Laurie, acompañada de la expresión indecorosa de: "¡Júpiter Tonante!... ¡Jo ha vuelto a derribar la torta!..." Una conmoción momentánea que apenas había pasado cuando llegó una bandada de primos y "empezó la fiesta", como decía Beth cuando era chiquita. -No dejéis que se me acerque ese gigantón... me fastidia más que los mosquitos susurró tía March al oído de Amy a medida que las habitaciones se iban llenando y la negra cabeza de Laurie sobresalía por sobre todas las demás. -Nos ha prometido portarse muy bien hoy y es muy capaz de proceder con suma elegancia cuando quiere -replicó Amy, deslizándose hacia el otro cuarto para advertir al Hércules que se guardara del dragón, aviso que bastó para que él todo el día rondara a la anciana con una devoción que casi la enloquece. No hubo cortejo nupcial, pero se hizo en la sala un repentino silencio en el momento en que el señor March y la joven pareja se colocaron bajo el arco de siempreverdes. La madre y las hermanas se apiñaron bien cerca, como si estuviesen poco dispuestas a renunciar a Meg; la voz paternal se quebró más de una vez, lo cual contribuyó a hacer la ceremonia más hermosa y solemne; la mano del novio tembló visiblemente y nadie pudo oír sus respuestas; en cambio, Meg miró al novio directamente a los ojos y dijo: "¡Si!" con una confianza tan llena de ternura en el rostro y en la voz que su madre se regocijó interiormente y la tía March lloriqueó de tal modo que todo el mundo la oyó. En cuanto a Jo, no gimoteó como Laurie le pronosticara, aunque estuvo a punto de hacerlo en cierta ocasión, y sólo se contuvo de dar un espectáculo por la certeza de que Laurie la miraba fijamente con una mezcla cómica de alegría y emoción en sus ojos traviesos. Beth escondió la cara en el hombro de su madre, pero Amy parecía una graciosa estatua con un rayo de sol muy sentador posado en su blanca frente y en la rosa de su cabello. Mucho me temo que no haya sido del todo elegante, pero en el mismo instante que se consideró casada Meg exclamó: "¡El primer beso para mamá!", volviéndose para dárselo con el corazón en los labios. Luego Meg se asemejó más que nunca a una rosa, pues todo el mundo se aprovechó al máximo de la franquicia de "besar a la novia", desde el señor Laurence hasta Ana, quien adornada de una cofia impresionante se abalanzó sobre Meg en el "hall" con un sollozo mezclado con risa casi ahogada: "Dios, te bendiga, queridita, cien veces... ¡La torta no se dató :nadita y todo está precioso..." Después de eso todo el mundo se sintió más despejado y dijo alguna agudeza, o por lo menos lo intentó, que fue casi lo mismo, pues la risa es fácil cuando las almas están contentas. No hubo exposición de regalos, ya que todos estaban colocados en la casita, ni hubo tampoco un complicado "buffet", sino un abundante almuerzo con pasteles y fruta. El señor Laurence y la tía March se miraron y sonrieron encogiéndose de hombros cuando vieron que los únicos néctares que las tres Hebes alcanzaban a la concurrencia eran agua, limonada y café. Nadie dijo nada sin embargo hasta que Laurie, que insistía en servir a la novia, apareció ante ella con una bandeja colmada eh la mano y una expresión de perplejidad en la cara. -¿Acaso Jo ha roto por accidente todas las botellas? -preguntó- ¿O me equivoco al creer que vi algunas por ahí esta mañana? -No, es verdad; tu abuelo nos ofreció lo mejor de su bodega y tía March nos mandó varias botellas, pero papá reservó algunas para Beth y despachó el resto para el Asilo de Marineros. Ya sabes que él piensa que el vino debe beberse sólo en caso de enfermedad, y mamá siempre dice que ni ella ni sus hijas se lo ofrecerán nunca a ningún joven bajo su techo. Meg hablaba con toda seriedad y esperaba que Laurie se riese o refunfuñase, pero el chico no hizo ninguna de las dos cosas, sino que dijo con su modo impetuoso de siempre: -Eso me parece bien. Bastante daño he visto hacer por la causa contraria para no desear que ninguna mujer piense como ustedes. -Espero que no hayas adquirido sabiduría con la experiencia, ¿eh? -No, te doy mi palabra de que no... y no vayas a darme mucho mérito por eso, sino que ésta no es una tentación para mí. Educado en un medio donde el vino me llama la atención, aunque cuando a uno se lo ofrece una chica bonita no se puede rehusar, ¿eh? -Pero lo harás, si no por ti, por los demás. ¡Ea, Laurie!. prométemelo y me darás una razón más para llamar a éste el día más feliz de mi vida. Una exigencia tan repentina y tan seria hizo vacilar un momento al joven, pues el ridículo es a veces más difícil de sobrellevar que el sacrificio. Meg sabía que si Laurie le hacía esa promesa en aquel momento la cumpliría luego por mucho que le costase, y consciente de su fuerza, la utilizó, como hace toda mujer con todo derecho, siempre que sea por el bien de un amigo. No habló, pero miraba el rostro del muchacho con expresión a la que la felicidad prestaba elocuencia y con una sonrisa que decía: "Nadie puede negarme nada hoy". Por cierto que Laurie no podía, y respondiendo a la sonrisa de Meg con otra sonrisa, le dijo con calor: "Lo prometo, señora de Brooke". -Te lo agradezco muchísimo. -Y yo digo: ¡que sea por muchos años esa resolución!.. . -exclamó Jo, bautizándolo con una salpicadura de limonada al agitar su vaso y mirarlo radiante de aprobación. Así se hizo aquel brindis memorable, y así fue empeñada la palabra y fielmente cumplida, pese a haber sido muchas las tentaciones. Con sabiduría instintiva, las muchachas habían aprovechado un momento feliz para hacer al amigo un favor que él supo agradecerles toda la vida. Después del almuerzo la gente se puso a pasear de aquí para allá en grupos de dos o de tres por el jardín o la casa, disfrutando del sol tanto afuera como adentro. En un momento en que Meg y Juan se encontraban parados juntos en medio de un cuadrito de césped a Laurie lo arrebató una inspiración que puso la nota final en este casamiento tan fuera de lo usual. -Que todos los casados formen rueda y bailen alrededor de los novios, como hacen los alemanes, mientras los solteros bailan en parejas por la parte de afuera -gritaba Laurie, paseándose por la vereda de la mano con Amy, y su alegría fue tan contagiosa que todo el mundo siguió su ejemplo sin una sola protesta. El señor y la señora de March, tía March y tío Carrol abrieron la marcha y los demás se plegaron, aun Sarita Moffat, quien después de un minuto de vacilación se echó la cola del vestido sobre el brazo y arrebató a Eduardo para unirse a la ronda. Pero la coronación de la tarde fueron el señor Laurence y la tía March, pues cuando el imponente caballero se dirigió con aire solemne a la dama, ella puso su bastón bajo el brazo y salió dando saltitos para unirse de manos con los demás y bailar alrededor de los novios mientras los jóvenes invadían el jardín como mariposas en día de verano. La falta de aliento puso fin al baile improvisado y luego la concurrencia comenzó a marcharse. -Te deseo mucho bien, querida, de corazón te deseo bien, pero creo que te arrepentirás -dijo tía March a Meg, añadiendo al novio al acompañarla él hasta el coche-: Tiene usted un tesoro, caballerito, vea usted de merecerlo. -Éste es el casamiento más lindo que he visto en mucho tiempo, Eduardo, y no sabría decir por qué, pues no tuvo ninguna elegancia -observó a su marido la joven señora de Moffat al alejarse en su coche. -Laurie, muchacho, si alguna vez tienes ganas de darte un lujo de esta clase, consíguete una de estas chiquitas para acompañarte y estaré completamente satisfecho -manifestó el señor Laurence sentándose a descansar en su sillón después de la agitación de la mañana. -Haré lo posible por darle gusto, señor -fue la respuesta de Laurie, desusadamente obediente, y se desprendió de la solapa con sumo cuidado la flor que Jo le había puesto en el ojal. La casita de Meg y Juan no quedaba lejos y el único viaje de novios que hizo Meg fue el tranquilo paseo con su Juan de la vieja casa a la nueva. -No tengan la impresión de que me separe de ustedes, mamita querida, o de que los quiera menos porque quiera tanto a Juan -dijo abrazándose a su madre con los ojos arrasados en lágrimas por un momento-. Vendré todos los días, papá, y espero que me guardéis en vuestros corazones el sitio de siempre, por casada que esté. Beth va a pasar conmigo bastante tiempo y las otras chicas vendrán a verme a menudo para reírse de mis luchas domésticas. Gracias a todos por mi preciosa fiesta de casamiento. ¡Adiós, adiós! Allí se quedaron los demás con caras llenas de amor, tierna esperanza y bastante orgullo, mirándola alejarse apoyada en su marido con las manos llenas de flores y el sol da junio iluminando su rostro feliz. Así comenzó la vida de casada de Meg.
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