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III ENSAYOS ARTÍSTICOS Lleva mucho tiempo aprender la diferencia entre el talento y el genio, y eso es más difícil aún para chicas y muchachos ambiciosos. A través de muchas tribulaciones, Amy aprendía esa distinción, pues tomando equivocadamente su entusiasmo por inspiración ensayó todas las ramas del arte con audacia decididamente juvenil. Por largo tiempo hubo calma en el asunto del modelado, dedicando ese tiempo a finísimas obras de dibujo a pluma, en el cual mostraba tanto gusto y habilidad que sus encantadoras obritas resultaron a la vez agradables y provechosas. Pero el esfuerzo que exigió a su vista la obligó a abandonar el dibujo a pluma, reemplazándolo por un audaz ensayo en pirograbado. Mientras duró este ataque la familia vivió en temor constante de una conflagración, pues a toda hora el olor a madera quemada penetraba por toda la casa y, con frecuencia alarmante, salía humo del altillo o del galpón; por todos lados aparecían atizadores calientes al rojo y Ana no se acostaba nunca sin llevarse un balde de agua además de una campana por miedo de un incendio. La cara tallada de Rafael fue encontrada en el revés del tablero de modelar. Luego, muy apropiadamente, la cabeza de Baco apareció en la tapa del barril de cerveza y un querubín cantando adornó la tapa del cubo del azúcar. En cuanto a las tentativas de retratar a romeo y Julieta, proveyeron a la familia de leñita para el fuego durante un tiempo. Del fuego, la transición al aceite fue natural para aquellos pobres dedos quemados y Amy se puso a pintar con no menos fervor que antes. Un amigo pintor la equipó con sus paletas, pinceles y pinturas abandonados; y se puso a pintorrear marinas y pastorales como no se vieron nunca ni en mar ni en tierra. Sus monstruosidades en materia de ganado hubiesen obtenido premios en cualquier exposición y la peligrosa inclinación de sus navíos hubiese mareado al observador más náutico si primero no se hubiese convulsionado de risa al notar el más absoluto descuido de todas las reglas conocidas de la construcción de barcos. Después fueron los retratos al carbón; apareció toda la familia colgada de la pared con aspecto tan fiero y fuliginoso como si recién saliera de la carbonera. Con los bosquejos al lápiz, se. suavizaron algo, pues los parecidos eran muy buenos y fueron calificados por algunos de "notables": el pelo de Amy, la nariz de Jo, la boca de Meg y los ojos de Laurie. Siguió un retorno al yeso y la arcilla y los rincones de la casa se vieron frecuentados por vaciados fantasmales de los conocidos de Amy. No era difícil que al abrir un placar cayera uno de aquellos benditos vaciados sobre la cabeza del curioso. Los chicos del barrio eran sobornados para servir de modelos y sus incoherentes relatos de las misteriosas actividades de la astuta muchacha la presentaban a los vecinos como una especie de joven ogro. Sus esfuerzos en ese campo llevaron a un abrupto fin, sin embargo, a causa de un infortunado accidente que apagó su entusiasmo. Siéndole escasos los modelos, se puso a vaciar su propio pie, por cierto muy bonito, y un día la familia se alarmó con una espantosa barahúnda de golpes y gritos. Al correr al salvamento se encontraron con la entusiasta joven saltando como loca por el galpón con el pie agarrado fuertemente en un balde de yeso que se había endurecido con inesperada rapidez. Con mucha dificultad y algún peligro fue extraída del yeso, pues a Jo la venció de tal modo la risa mientras hurgaba que se le escapó el cuchillo y le cortó el piececito, quedando a la pobre Amy un recuerdo imborrable de aquel ensayo artístico. Después de ese experimento, Amy se tranquilizó un tiempo, hasta que la manía de bosquejar del natural la llevó a frecuentar el río, el campo y el bosque, a la búsqueda de estudios pintorescos, mientras suspiraba por algunas ruinas que copiar. Innumerables fueron los resfríos que se pescó sentándose en la hierba húmeda para hacer un apunte de algún "delicioso detalle", compuesto de una piedra, un poste, un hongo y un tallito quebrado o de "un precioso macizo de nubes" que parecían -cuando pintadas- una exhibición selecta de colchones de pluma. Hasta sacrificó su cutis bogando por el río en pleno verano para estudiar la luz y la sombra. Si el genio no es más que "paciencia eterna", como afirmó Miguel Angel, por cierto que Amy tenía algún derecho a ese divino atributo, pues perseveraba a pesar de todos los obstáculos, fracasos y desencantos, porque creía firmemente que algún día iba a hacer algo digno de ser llamado "gran arte". Entretanto, aprendía, hacía y disfrutaba de otras cosas, pues también estaba resuelta a ser una mujer atrayente y culta, aunque nunca llegara a ser una gran artista. En eso obtenía mejores resultados, pues era uno de esos seres felizmente creados que complacen sin esfuerzo, que se hacen amigos por todas partes y toman la vida con tanta gracia y facilidad que los menos afortunados se ven tentados de creer que han nacido bajo una estrella auspiciosa. A todo el mundo gustaba Amy, pues entre sus muchos dones poseía el del tacto. Tenía un sentido instintivo de lo que era apropiado y podía ser agradable a los demás. Siempre decía lo que debía a cada persona, hacía lo que correspondía hacer en cada lugar y momento y tenía tal dominio de sí misma que sus hermanas solían decir que si Amy tuviese que presentarse ante la corte de Inglaterra sin ensayo previo iba a saber exactamente qué hacer y qué decir. Una de las debilidades era, sin embargo, el deseo de actuar eh "la mejor sociedad" sin que estuviese muy segura de lo que constituía en realidad lo mejor. A sus ojos eran muy deseables el dinero, la posición, la. habilidades y los modales elegantes y gustaba de tratar a quienes poseían esas cualidades, tomando a mentido lo falso por lo verdadero y admirando lo que no siempre era admirable. No olvidaba nunca que era una dama por su nacimiento y cultivaba sus gustos y modos de sentir aristocráticos con miras a que, llegada la oportunidad, la encontrase preparada para ocupar el lugar del que ahora la excluía la pobreza. "Su Señoría", como la llamaban sus amigas, deseaba sinceramente ser una dama verdadera, y en esencia lo era. -Quiero pedirte un favor, mamá -anunció un día Amy, entrando en su casa con aire importante. -Bueno, chiquita, ¿de qué se trata? -respondió la madre, a cuyos ojos la altiva señorita seguía siendo "la nena". -Nuestra clase de dibujo termina la semana próxima, y antes de separarme de las chicas por el verano quiero invitarlas a que vengan a pasar un día aquí conmigo. Están locas por ver el río, sacar apuntes del puente roto y copiar algunas de las cosas que tanto admiran en mi carpeta. ¡Han sido tan amables conmigo!... Y les estoy especialmente agradecida, pues todas son ricas y saben que yo soy pobre sin hacérmelo notar nunca. -¿Y por qué habían de hacértelo notar? -La señora de March hizo la pregunta con un aire que las chicas llamaban "digno de María Teresa". -Mamita, sabes tan bien como yo que esa diferencia tiene mucha importancia para casi todo el mundo, así que no te encrespes como una gallina cuando algún ave pica a sus pollitos. Rió de buena gana la señora de March y suavizando su orgullo materno preguntó: -Bueno, chiquita, ¿de qué se trata? -Quisiera invitar a las chicas a almorzar aquí la semana que viene, llevarlas en coche a todos los sitios que quieran visitar, hacer quizá un paseo eh bote por el río... es decir, hacerles una fiestecita artística. -Todo parece factible. ¿Qué les darías de almorzar? Me imagino que bastará con sandwich, torta, fruta y café, ¿no? -¡Oh, no, mamá! Yo había pensado darles también lengua y pollo fríos, chocolate y helados. Estas chicas están habituadas a esas cosas y yo quiero que mi almuerzo sea correcto y elegante por lo mismo que saben que trabajo para vivir. -¿Cuántas chicas son? -preguntó la señora empezando a ponerse seria. -En clase somos entre doce y catorce, pero no creo que vengan todas... -¡Criatura! Vas a tener que alquilar un ómnibus para llevarlas de aquí para allá... -¡Pero; mamá! ... ¿Cómo se te ocurre? Probablemente no vendrán más de siete u ocho. Alquilaré una camioneta y pediré prestado el cochecito del señor Laurence. -Todo eso saldrá caro, Amy. -No tanto, mamita. He calculado el gasto y lo voy a pagar yo. -¿No te parece, querida, que por lo mismo que esas chicas están acostumbradas a esas cosas, por más que nos empeñemos no les ofreceríamos nada nuevo? Por eso, si hacemos todo más sencillo, les resultará a ellas un cambio agradable y a nosotros menos gravoso que empeñándonos a comprar o pedir prestado cosas que no necesitamos y que no están de acuerdo con nuestra posición. -Si no lo hago del modo que he pensado prefiero no hacerlo, mamá. Sé que puedo llevarlo a cabo perfectamente con tu ayuda y la de las chicas... Además, no veo por qué no, cuando estoy dispuesta a pagar todos los gastos. Amy hablaba con tono decidido. Sabiendo que la experiencia es la mejor maestra, la señora de March dejaba -cuando ello era posible- que sus hijas aprendieran por sí solas. -Muy bien, hija. Si estás decidida y crees que podrás hacer todo sin demasiado gasto de dinero, de nervios y de tiempo, no te diré nada más. Háblalo con tus hermanas y lo que decidan se hará, con toda la ayuda que yo pueda darles. -¡Gracias, mamá! ¡Eres siempre tan buena- allí se fue Amy a enterar a las otras chicas de su proyecto. Meg estuvo de acuerdo desde el principio y prometió ayudar, ofreciendo de corazón desde su casita hasta sus mejores cucharitas de plata. Pero en cambio Jo desaprobó todo el proyecto y no quería saber nada de ayudar. -¿Pon qué diablos tienes que gastar dinero y fastidiar a tu familia, amén de dar vuelta toda la casa, por un montón de muchachas a quienes no les importa un comino? Te creía demasiado sensata y más orgullosa para tratar de ganarte los favores de ninguna mujer sólo porque usa calzado francés y anda en coche con chofer de librea. --Así se expresó Jo, quien habiendo sido convocada a la reunión arrancándola del trágico desenlace de su novela no estaba de humor para asuntos de vida social. -No trato de ganarme favores de nadie y odio que me traten con tono protector tanto o más que tú -respondió Amy indignada, pues ella y Jo todavía tenían altercados cuando se suscitaban cuestiones de esa índole-. Las chicas me quieren de verdad, y yo a ellas, y verás que tienen mucha bondad y sentido común, aparte del talento, a pesar de todo eso que tú llamas "estupidez a la moda". Tú no te preocupes de gustar a la gente, de actuar en sociedad ni de cultivar los modales y el buen gusto, pero yo sí, y pienso aprovechar al máximo cada oportunidad que se me presente. Tú puedes andar por el mundo sacando fuera los codos y la nariz al aire y darle a eso el nombre de independencia, pero ése no es mi modo de ser. Cuando Amy afilaba la lengua y se extralimitaba por lo general llevaba las de ganar, pues casi siempre tenía de su parte el sentido común, mientras que Jo llevaba a extremo tal su amor por la libertad y su odio a los convencionalismos que generalmente se veía derrotada en las discusiones. La definición de Amy de la idea que tenía Jo de la independencia fue tan buena que las dos soltaron la risa y la discusión tomó un cariz muy amable. Aunque contra su voluntad, Jo consintió por fin en sacrificar un día a la "sociedad" y ayudar a su hermana en lo que ella consideraba como una soberana necedad. Fueron enviadas las invitaciones, y casi todas aceptadas, señalándose el lunes siguiente para el gran acontecimiento. Ana estaba de mal humor porque su trabajo de la semana iba a ser alterado y profetizó que "si el lavado y el planchado no se hacían como siempre, nada de lo demás iba a andar bien". Este tropiezo en el resorte principal de la economía doméstica tuvo mal efecto sobre todo el proyecto, pero el lema de Amy era nil desperandum, y como se había decidido respecto de lo que iba a hacer, avanzó con el plan a pesar de todos los obstáculos. Para empezar, la comida no le salió bien a Ana: el poyo resultó duro, la lengua demasiado salada y el chocolate no quiso hacer la espuma debida. Después, la torta y los helados costaron más de lo calculado, lo mismo que la camioneta. Y otros gastos, insignificantes cuando todo comenzó, subían ahora en forma alarmante. Beth tomó frío y tuvo que meterse en cama. Meg recibió una cantidad desusada de visitas que la retuvieron en su casa. En cuanto a Jo, se encontraba en estado de ánimo tan inestable que no acababa de romper cosas y pasarle accidentes que ya iban siendo demasiado numerosos, serios y enojosos. "De no haber sido por mamá, nunca hubiera podido terminar las cosas", declaraba Amy mucho tiempo después, con gratitud, cuando ya todo el mundo habla olvidado "el mejor chiste de la temporada". Si el lunes no amanecía con tiempo bueno las señoritas irían el martes, arreglo que aumentó al colmo la irritación de Jo y de Ana. El lunes por la mañana el tiempo estaba en ese estado indeciso que exaspera mucho más que una lluvia torrencial. Por momentos garuaba, salía el sol, soplaba viento y no se decidió hasta que fue demasiado tarde para que nadie más lo hiciese. Amy se levantó al alba, apurando a todo el mundo a que saliesen de la cama y se desayunaran para poder arreglar la casa. La sala le hizo la impresión de estar especialmente raída ese día, pero sin detenerse a suspirar por cosas que no tenía cubrió todo con habilidad, colocando las sillas en las partes más gastadas de la alfombra, cubriendo las manchas de la pared con cuadritos enmarcados de hiedra y llenando los rincones vacíos con estatuaria casera que dio a la habitación un aspecto muy artístico, igual que los hermosos jarrones llenos de flores que Jo desparramó por todos lados. La comida tenía muy buen aspecto y la pobre Amy al inspeccionarla rezó al cielo para que también supiera bien y para que todos los cristales y porcelanas prestados volvieran a sus dueños sin inconvenientes. Los coches encargados habían sido prometidos con puntualidad y tanto Meg como la mamá estaban listas para hacer los honores a las visitas mientras que Beth se preparaba a ayudar a Ana entre telones. Jo se había comprometido a estar tan amable y animada como se lo permitiesen la cabeza dolorida, el ánimo ausente y una desaprobación decidida de todo y de todos. Mientras se vestía, cansada desde ya, Amy estaba deseando el momento en que, terminado el almuerzo, saliera con sus amigas para pasar una tarde de deleites artísticos, pues el cochecito del señor Laurence y el puente roto eran o iban a ser los puntales de su fiesta. Siguieron dos horas de suspenso, durante las cuales Amy oscilaba como un péndulo entre el porche y la sala, mientras que la opinión pública variaba tanto como la veleta. Un fuerte chaparrón caído a las once evidentemente enfrió el entusiasmo de las invitadas, que debían llegar a las doce. No vino nadie, y a las dos de la tarde la familia exhausta se sentó con el sol a todo brillar a consumir las partes perecederas del almuerzo de modo que nada se perdiese. -Por lo menos hoy no habrá dudas sobre el tiempo; vendrán todas con seguridad; así, pues, démonos prisa para estar listas y recibirlas -exclamó Amy al despertarse al día siguiente con el sol. Su tono era animado, pero en el fondo del corazón deseaba no haber dicho nada sobre el martes porque el interés del asunto se estaba enfriando. -No he podido conseguir langosta, así que tendrás que suprimir el fiambre, querida -dijo el señor March volviendo del mercado con expresión de plácida desesperación. -Utiliza el pollo, entonces. En una mayonesa no se notará que es duro -aconsejó la señora. -Ana lo dejó en la mesa de la cocina y se lo comieron los gatitos... Lo siento muchísimo, Amy -apuntó Beth, que seguía protegiendo felinos. -Entonces tengo que conseguir langosta a cualquier precio, pues la lengua sola no basta -dijo Amy con decisión. -¿Quieres que me precipite a la ciudad a buscar una? -preguntó Jo con magnanimidad digna de un mártir. -Eres capaz de venirte con ella bajo el brazo, sin envolverla, nada más que para probar mi paciencia -contestó Amy, cuyo buen humor comenzaba a fallarle. Con un pañuelo en la cabeza y armada de una elegante canasta de viaje salió ella por fin segura de que el aire fresco le suavizaría el espíritu alterado y la prepararía para las faenas del día. Con bastante trabajo consiguió el objeto de sus deseos, como asimismo un frasco de mayonesa para evitar nueva pérdida de tiempo en casa, volviendo muy satisfecha de su previsión. Como en el ómnibus había sólo una pasajera, más una anciana soñolienta, Amy se instaló en el vehículo dispuesta a engañar el tedio del camino con el cálculo de donde se había ido todo el dinero gastado en "la fiesta". Tan preocupada estaba con su papel lleno de cifras refractarias que no se percató de la llegada de un nuevo pasajero que había subido sin hacer parar el vehículo, hasta que una voz masculina pronunció: "Buenos días, señorita de March." Al levantar la vista se encontró Amy con uno de los más elegantes amigos de Laurie. Deseando fervorosamente que se bajara él antes que ella, Amy se desentendió completamente de la canasta que había dejado en el suelo, y felicitándose de haberse puesto su traje nuevo de viaje devolvió el saludo del joven con su afabilidad y animación habituales. Se entendieron admirablemente, pues la primera preocupación de Amy fue averiguar que él descendía primero, y hablando estaban de cosas especialmente elevadas cuando la anciana se levantó para bajarse. En camino a la puerta tropezó, volcó la canasta y ¡horror!...: ¡la langosta, en toda su vulgaridad de tamaño y subido color, apareció ante los ojos de elevada alcurnia de Tudor!... -¡Válgame Dios! La buena mujer olvida la comida -exclamó el joven, completamente ignorante de la situación, volviendo a su lugar a aquel monstruo escarlata con el bastón y preparándose a alcanzar la canasta a la viejecita. -No, por favor... ¡es mía!... -murmuró Amy con el rostro casi tan rojo como su crustáceo. -¿De veras? ¡Perdón!... es una langosta extraordinaria, ¿verdad? -dijo Tudor con gran presencia de ánimo y una apariencia de serio interés que hicieron honor a su educación. Amy se recobró al instante, colocó la canasta atrevidamente sobre el asiento y dijo riendo: -Apuesto a que le gustaría a usted comer un poco de la ensalada que voy a hacer con ella y ver a las chicas encantadoras que la van a saborear... Eso se llama tacto, pues la frase atacaba los dos puntos vulnerables de la mentalidad masculina: la langosta se vio rodeada inmediatamente para Tudor de una aureola de recuerdos gastronómicos agradables y la curiosidad respecto a las "encantadoras muchachas" lo distrajo del desgraciado y cómico accidente. -Me imagino que se va a reír en grande y hacer chistes con Laurie después, pero yo no estaré ahí para oírlos, y eso me consuela -pensó Amy cuando Tudor saludó y se bajó del ómnibus. Amy ni siquiera mencionó este encuentro cuando llegó a su casa, descubriendo, para colmo de males, que su traje nuevo se le había manchado bastante y que había hilillos de mayonesa corriendo por la falda. Siguió, pues, con los preparativos, que ya le iban resultando tediosos: a las once estaba todo listo de nuevo. Segura de que los vecinos se interesarían por sus movimientos, Amy deseaba borrar el recuerdo del fracaso de ayer con el éxito de hoy, de modo que pidió el coche grande y salió con mucha ceremonia a buscar a sus invitadas para traerlas al banquete. -¡Se oye el ruido del coche... ya llegan! ... Saldré al porche a recibirlas; es más acogedor y quiero que mi pobre Amy lo pase muy bien después de todo el trabajo que se ha tomado -dijo la señora, uniendo la acción a la palabra. Pero al decir la primera resolvió volverse adentro, y lo hizo con una expresión indescriptible.... ¡Perdidas en el inmenso coche iban Amy y una sola invitada! ... -Corre, Beth, ayuda a Ana a sacar la mitad de lo que hay en la mesa... Sería ridículo presentar un almuerzo para doce ante una sola chica -gritó Jo, tan excitada que ni siquiera se detuvo a reírse a gusto. Amy entró serena como siempre y estuvo encantadoramente cordial para con esta única invitada que había cumplido su promesa. Los demás, que tenían mucho de actores, desempeñaron sus papeles con igual destreza, y la señorita de Elliot los encontró una familia excepcionalmente alegre, pues lo cierto es que ninguno pudo controlar la hilaridad que les causaba la situación. Una vez finalizado el remodelado almuerzo, visitados el estudio y el jardín y discutido con entusiasmo el arte, Amy pidió el "sulky" -¡adiós sueño del elegante landó!- y paseó a su amiga tranquilamente por los alrededores hasta la puesta del sol. Y terminó la fiesta. Al volver, Amy parecía muy cansada, pero acusaba la perfecta compostura de siempre, observando que había desaparecido todo vestigio de la famosa "fiesta", excepto un repliegue sospechoso en las comisuras de los labios de Jo. -La señorita de Elliot es una chica muy mona y parece haberse divertido mucho -dijo Beth con calor desusado en ella. -¿Podría llevarme algo de la torta, Amy? La necesito de veras, pues ¡tengo tantas visitas! Además, no sé hacerla tan deliciosa como ésta -dijo Meg con absoluta seriedad. -Llévatela toda, por favor; yo soy aquí la única que come cosas dulces y se pondría vieja antes de que pudiese terminar semejante cantidad -respondió Amy pensando en el gasto enorme de tanta torta, ¡para terminar así! -Es una lástima que no esté Laurie para ayudarnos a despachar todo -observó Jo cuando la familia se dispuso a comer fiambre y helados por segunda vez dos días seguidos. Una mirada de advertencia de su madre frenó toda observación adicional y la familia continuó comiendo en silencio, heroicamente... hasta que el señor March apuntó con gran mansedumbre: -La ensalada era la comida preferida por los antiguos y, según Evelyn ... -Ahí tuvo que detenerse por el estallido de risa que cortó por lo sano aquella "historia de las ensaladas", con gran sorpresa del erudito caballero. -Llevemos todo esto a los Hummel. Los alemanes se mueren por las comilonas. Ya me enferma mirar estos "restos" y no hay razón para que ustedes se mueran de empacho porque yo haya sido una necia -exclamó Amy por fin, secándose las lágrimas de risa. -Yo creí morirme cuando las vi a las dos en aquel gran coche vacío como dos pepitas chicas en una cáscara grande... ¡Y mamá esperando con toda ceremonia para recibir a la comitiva!. .. -dijo entonces Jo, exhausta de risa. -Siento mucho que hayas sido defraudada, querida, pero todos hicimos lo posible para darte satisfacción -acotó la señora de March, con pena maternal. -Pues yo estoy satisfecha, ya que hice lo que me había propuesto y no fue culpa mía que todo fracasara. Eso me consuela -dijo entonces Amy con voz algo temblorosa-. Les agradezco mucho a todos la ayuda que me prestaron y les agradeceré aún más si ninguno menciona el asunto. Nadie volvió a comentar aquello durante muchos meses, pero la palabra "fiesta" siempre provocaba una sonrisa general, y para el cumpleaños de Amy le regaló Laurie una pequeña langosta de coral para dije de su pulsera.
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