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Capítulo X

X

EL DIARIO DE JO

Nueva York, noviembre.

Queridas mamá y Beth:

Voy a escribirles un volumen porque tengo montones de cosas que contarles, aunque no sea la señorita elegante que viaja por el continente europeo. Cuando perdí de vista la querida cara de papá me sentí algo triste y pude haber vertido una que otra gotita salada si una señora irlandesa con cuatro chicos pequeños, todos llorando, no me hubiesen distraído, porque me divertí echándoles pedacitos de torta por encima del respaldo cada vez que abrían la boca para bramar.

Pronto salió el sol y, tomándolo como un buen presagio, también yo me despejé con el tiempo y disfruté del viaje con toda mi alma.

La señora Kirke me dio una bienvenida tan cariñosa que en seguida me encontré cómoda, aun en esa casa tan grande y llena de extraños. Una salita minúscula cerca del cielo era todo lo que la señora tenía para darme, pero tiene una estufita y una linda mesa contra la ventana llena de sol. La hermosa vista y la torre de la iglesia que hay enfrente compensan de subir las escaleras y en seguida me aficioné a mi pequeño refugio. El cuarto de los chicos, donde voy a dar clase y coser, es muy agradable y queda al lado de la sala particular de la señora. Las dos nenas son bonitas y me imagino que bastante mimadas, pero me las conquisté con el cuento de los "Siete Chanchos Malos", y no tengo ninguna duda de que seré una gobernanta modelo.

Las comidas las haré con los chicos, si lo prefiero a la mesa general, y por ahora será así, porque soy tímida, aunque nadie lo creería.

Desde el principio, la señora, con su modo maternal, me dijo: "Querida, debe sentirse como en su propia casa. Yo no paro de la mañana a la noche, como se puede usted figurar, con tanta gente a quien atender, pero una gran inquietud ha sido eliminada al saber que las chicas serán atendidas. Nuestras habitaciones estarán siempre abiertas para usted. Hay gente muy agradable en la casa para cuando se sienta con ganas de hacer sociedad y sus noches serán siempre libres. No vacile en venir a decirme si cualquier cosa anduviese mal y sea aquí lo más feliz que pueda. Suena la campana para el té... Corro a cambiarme..." Y se marchó muy de prisa, dejándome que me instalara por mi cuenta en mi nidito.

Cuando bajé al poco rato vi algo que me gustó. Los tramos de la escalera son muy largos en esta vieja casa de techos altos, y cuando me quedé esperando al tope del tercero que subiese una sirvientita vi que un caballero que subía detrás de ella le tomaba el pesado canasto de carbón que traía la chica, se lo dejaba delante de una puerta del piso alto y luego se marchaba con un saludito amable, diciéndole con acento extranjero:

-Va mejor así. Esa espaldita es demasiado joven para tener tanta pesadez...

¿No les parece muy bueno de parte de ese señor? Me gusta observar esas cosas porque, como dice papá, "son las insignificancias las que muestran el carácter de la gente". Cuando se lo conté a la señora esa noche ella rió y me dijo:

-Ese debe de haber sido el profesor Bhaer... Siempre está haciendo cosas así.   

También me contó que es de Berlín, muy instruido y bueno, pero pobre como las ratas. Da lecciones para mantenerse él y dos sobrinos huérfanos que está educando aquí, según los deseos de su hermana, que se había casado con un americano. La historia no es especialmente romántica, pero a mí me interesó y me alegré de saber que la señora de K. le presta la sala para alguna de sus clases. Como hay una puerta con cristales entre la sala y la "nursery", donde estaré yo, pienso espiar al profesor y luego podré contarles cómo es. Tiene casi cuarenta años, y no hay peligro alguno, mamita.

Después de la comida ataqué el gran costurero y pasé una noche tranquila con mi nueva amiga. Como pienso seguir mi diario, les mandaré una carta-diario semanal. Así que, buenas noches, y seguiré mañana.

 

Martes a la noche

 

Mi seminario estuvo hoy muy animado porque las chicas parecían enloquecidas y por momentos creí que iba a tener que sacudirlas para que se calmaran, pero por fin algún ángel bueno debe de haberme inspirado la idea de probar la gimnasia como calmante, hasta que las chicas se dieron por felices de sentarse y quedarse quietas. Después del almuerzo la mucama las sacó a dar un paseo y yo seguí con mi costura. Justo cuando agradecía a los dioses haber aprendido a hacer lindos ojales, se abrió la puerta de la sala y alguien empezó a tararear:

 

"Kenss du das land"

 

Sé que fue horriblemente incorrecto, pero no pude resistir la tentación y, levantando un poquitito la cortina de la puerta de cristales, me puse a espiar. Ahí estaba el profesor Bhaer y pude mirarlo bien mientras arreglaba los libros. Es un típico alemán, bastante grueso, con pelo castaño que le cae por todos lados sin mucho arreglo, tupida barba, buena nariz, los ojos más bondadosos que he visto en mi vida y una voz fuerte que hace bien a los oídos acostumbrados al agudo y descuidado "graznido" de los americanos. No tiene ni una sola facción hermosa en su rostro, excepto sus bellísimos dientes; sin embargo, me gustó, pues tiene una hermosa cabeza, su camisa estaba impecable y su aspecto es el de un caballero, pese a faltarle dos botones del saco y sobrarle un remiendo en el zapato. A pesar del canturreo parecía más bien triste, hasta que llegándose hasta la ventana dio vuelta hacia el sol los bulbos de jacinto y acarició al gato, que lo recibió como a un viejo amigo. Entonces sonrió, y al oír un golpe en la puerta contestó con voz fuerte y tono animado:

-¡Aquí adentro!...

Ya me estaba por escapar aterrorizada cuando me veo entrar a un pergeño de criatura que llevaba un enorme libro e, intrigadísima, me detuve otra vez a ver qué pasaba.

-Mi quiere mi Baher -dijo el pequeño, arrojando el libro con un golpazo y corriendo al encuentro del profesor.

-Pues lo tendrás a tu Bhaer. Ven y dale un gran abrazo, Tina, chiquita mía -respondió él alzando a la nena mientras, riendo, la levantaba tan alto que ella tuvo que agacharse para besarlo.

-Ahora mi tepe studiar mi lesón -continuó la graciosísima criatura; así que el profesor la instaló en la mesa, abrió el enorme diccionario que ella había traído y le dio un lápiz y un papel. La chiquita empezó a garabatear, dando vuelta de cuando en cuando una hoja y haciendo correr el gordo dedito por la página como si estuviese buscando una palabra, todo con gravedad tal que casi me descubro con una risa, mientras que el señor Baher, parado a su lado, le acariciaba el pelo precioso con una mirada paternal que me hizo pensar que la chica era de él, aunque parecía francesa más bien que alemana.

Otro llamado a la puerta y la aparición de dos señoritas me enviaron de vuelta a mi trabajo, y allí me estuve quieta oyendo todo el ruido y parloteo que continuó en el cuarto de al lado. Una de las muchachas reía con afectación y decía: "¡Vamos, profesor!, con tono de coquetería, y la otra pronunciaba el alemán con un acento que debe de haber sido difícil para el profesor mantenerse serio.

Ambas parecían poner muy a prueba su paciencia, porque oí más de una vez que les decía:

-¡No, no; no es así! No han prestado atención a lo que les decía -y hasta se oyó una vez un fuerte golpe seco como si hubiese dado con el libro sobre la mesa, seguido de la exclamación desesperada de:

-Prut... Todo sale mal este día...

¡Pobre hombre! ... le tuve lástima, y cuando las chicas se fueron lo volví a espiar a ver si sobrevivía. Parecía haberse tirado de espalda en la silla, agotado, y allí se quedó, con los ojos cerrados, hasta que el reloj dio las dos. Entonces se levantó de un salto, se llenó los bolsillos de libros, como preparándose para otra clase, y cargando en brazos a Tina se la llevó en silencio de allí. Me parece que lo pasa bastante mal.

Le señora me preguntó esa noche si no me gustaría bajar para la comida, y sintiéndome con un poco de nostalgia me pareció mejor hacerlo para ver qué clase de gente vive bajo mi mismo techo. Me puse presentable y traté de pasar inadvertida detrás de la señora Kirke. Pero como ella es bajita y yo alta, más bien fracasaron mis esfuerzos de ocultamiento. Me sentó al lado de ella y una vez que se me pasó el sonrojo cobré coraje y me puse a mirar a mi alrededor. La larga mesa estaba repleta y todo el mundo atento a su comida, especialmente los caballeros, que parecían haber sido contratados para comer, pues engullían, en todo el sentido de la palabra, desapareciendo no bien habían terminado. Había el acostumbrado contingente de jóvenes ensimismados, de parejas absortas el uno en el otro, de señoras en sus bebés, y de señores viejos en la política. No creo que me interese hacer amistad con ninguno, con excepción de una señorita solterona de rostro dulce, que parece que tuviese algo interesante en su persona.

Abandonado, allá al final de la mesa, estaba el profesor, dando a gritos sus respuestas a las preguntas de un viejo señor sordo sentado a un lado y hablando de filosofía con un francés que tenía al otro. Si Amy hubiese estado presente le hubiese dado vuelta la espalda para siempre porque -y es muy triste tener que consignarlo- el hombre tenía un apetito imponente e ingería la comida de una manera que hubiese horrorizado a "Su Señoría". A mí no me importó, porque me gusta ver que la gente "coma con fruición", como dice Ana, y el pobre hombre debe necesitar una buena cantidad de "lastre" después de dar clase todo el día a un hato de idiotas.

Mientras subía a mi cuarto después de la comida dos de los jóvenes pensionistas se arreglaban los sombreros delante del espejo del "hall", y oí que uno le decía al otro en, voz baja:

-¿Quién es la nueva?

-Gobernanta, o algo por el estilo.

-¿Por qué diablos come entonces en nuestra mesa?

-Amiga de la vieja.

-Hermosa cabeza, pero ninguna elegancia.

-Ni un poquito. Vamos, dame fuego y salgamos.

Jueves

Ayer fue un día tranquilo, transcurrido entre clases, costura y escribir en mi cuartito, que está muy confortable con luz abundante y un buen fuego. Me enteré de algunos pormenores y ¡fui presentada al profesor! Parece que Tina es la hijita de la francesa que hace el planchado fino aquí en el lavadero. La criaturita se ha enamorado del señor Bhaer y lo persigue por la casa como un perrito, lo cual le encanta a él porque es muy amigo de los chicos aunque "soltiero". Kitty y Minny Kirke también lo quieren mucho y tienen bastante que contar de los teatros que les inventa, los regalos que les trae y los espléndidos cuentos que les relata. Parece que los jóvenes de la pensión lo toman a broma llamándole Viejo Fritz, Cerveza y Osa Mayor, haciendo toda clase de chistes a propósito de su nombre. Pero él se divierte con eso como un chico, según la señora Kirke, y toma la broma con tanta bondad que todos lo quieren a pesar de sus modos y expresiones raros, de extranjero.

La solterona se llama Norton: es rica, culta y amable. Me habló durante la comida (pues hoy volví a bajar porque me divierte mucho observar a la gente) y me invitó a su cuarto. Tiene libros y cuadros preciosos, conoce a gente muy interesante y parece propensa a la amistad, así que me le voy a hacer agradable porque a mí también me gusta tratarme con la buena sociedad.

Ayer por la noche estaba en la sala cuando entró él señor Bhaer con algunos periódicos para la señora Kirke. Como ella no estaba, Minny me presentó con mucha elegancia:

-Ésta es la amiga de mamá, la señorita March.

-Sí, y es muy alegre y nos gusta a rabiar -agregó Kitty, que es un enfant terrible.

Ambos hicimos una reverencia y luego nos reímos, pues la presentación etiquetera y el confianzudo agregado hacían un contraste bastante cómico.

-Ah, sí, ya sé que estas pícaras la hostigan a usted, señorita Marsh. Si lo vuelven a hacer, usted llamar y yo venir -dijo con un ceño amenazante que hizo las delicias de las dos sabandijas.

Le prometí que así lo haría y se marchó, pero parece que es mi destino encontrarlo muchas veces, porque hoy, cuando salía de paseo, al pasar por su puerta sin querer la golpeé con el paraguas y se abrió. Apareció el profesor, de bata y con una media azul en la mano y una aguja de zurcir en la otra. No pareció avergonzarse para nada de la situación, pues cuando expliqué lo que había pasado y seguí con prisa mi camino él agitó la mano con media y todo diciéndome alegre:

-Tiene un lindo día para hacer su paseo. Bon voyage, mademoiselle!       

Me iba riendo todo el camino por las escaleras, pero también pensé que era un poco triste que aquel pobre hombre tuviese que remendar su propia ropa.

 

Sábado

 

No ha pasado nada digno de escribirse, excepto una visita a la señorita Norton, que tiene muchas preciosidades y que estuvo muy encantadora, pues me mostró todos sus tesoros y me preguntó si la acompañaría alguna vez a conferencias y conciertos, siempre que me gustasen, naturalmente. Lo propuso como si fuese yo a hacerle a ella un favor, pero estoy segura que la señora Kirke le ha contado nuestra situación de estrechez y miss Norton quiere hacer eso como un acto de bondad hacia mí. Yo soy orgullosa como Lucifer, pero no me agobian tales favores cuando vienen de personas como ella, y acepté agradecida.

Al regresar a la "nursery" encontré tal barullo en la sala que tuve que mirar, y allí estaba el señor Bhaer, de cuatro pies, con Tina montada a la espalda, Kitty manejándolo con una cuerda de saltar, a guisa de rienda, y Minny dando de comer a dos chiquilines que rugían y se paraban "en dos patas" en jaulas construidas con sillas.

-Estamos jugando al tolóquico -explicó Kitty. -Éste es mi efelante -agregó Tina agarrándose del pelo del profesor.

-Mamá nos deja hacer lo que queremos los sábados a la tarde cuando vienen Franz y Emilio, ¿no es cierto, señor Bhaer? -dijo Minny.

El elefante se sentó con la pesadez de los verdaderos y me dijo con aire muy serio:

-Le doy mi palabra que es así. Si hacemos un ruido muy grande, usted nos chista y vamos más despacito.

Le prometí que así lo haría, pero dejó la puerta abierta y disfruté tanto como ellos de la farra, porque en mi vida he visto una animación más magnífica. Ojalá los americanos fuéramos tan sencillos y naturales como los alemanes, ¿no es cierto?

Me gusta tanto escribir que seguiría hilvanando frases por siempre jamás si no fuera que me detienen motivos económicos, pues a pesar de haber utilizado papel fino y escrito con letra chica, tiemblo de pensar en el franqueo que llevará esta larguísima carta. Por favor, no se olviden de mandarme la de Amy en cuanto la hayan leído todos. Mis noticias van a parecerles muy insignificantes junto a los esplendores de Amy, pero sé que igual les gustarán. ¿Y Teddy? ¿Acaso estudia tanto que no encuentra tiempo de escribir a sus amigos? Cuídalo mucho por mí, Beth, y cuéntame todo lo referente a los nenes y dales montones de cariños a todos.

De vuestra fiel

Jo

 

Mi queridísima Beth:

 

Como ésta va a ser una carta muy garabateada, te la dirijo a ti porque puede que te divierta y te dé alguna idea de mis andanzas, pues aunque tranquilas, son bastante divertidas. Después de lo que Amy llamaría esfuerzos herculáneos en el campo de la agricultura moral y mental, mis jóvenes ideas comienzan a brotar en mis alumnas y mis ramitas a doblarse en la dirección que yo deseo. A mi no me resultan tan interesantes como Tina y los dos chicos, pero cumplo con mis deberes para con ellas y creo que me quieren. Franz y Emilio son muchachitos joviales, enteramente como a mí me gustan los chicos, pues la mezcla del espíritu alemán con el americano produce en ellos un constante estado de efervescencia. Los sábados a la tarde son momentos bullangueros y de jarana, ya los pasemos dentro de la casa o fuera, porque en los días lindos todos salen a dar un paseo juntos como una escuela, con el profesor, y yo para poner orden, ¡y resulta de lo más divertido!

Ahora somos muy buenos amigos y he empezado a tomar lecciones. En realidad, no pude evitarlo, y todo sucedió de manera tan chusca que tengo que contártelo. Para comenzar por el principio, la señora Kirke me llamó un día cuando pasaba yo por el cuarto del señor Bhaer, donde ella andaba revolviendo las cosas.

-¿Ha visto usted en su vida semejante leonera, querida? Venga, por favor, y ayúdeme a ordenar estos libros porque he revuelto todo tratando de descubrir qué es lo que ha hecho con los seis pañuelos nuevos a que le di hace poco.

Así fue como entré allí, y mientras trabajábamos miraba a mi alrededor, porque realmente era una "leonera". Libros y papeles por todos lados, una pipa rota de espuma de mar y una vieja flauta sobre la chimenea; botecitos a medio terminar y pedazos de piolín andaban mezclados con los manuscritos; botitas embarradas, de niño, se secaban ante el fuego y por todo el cuarto se encontraban vestigios o señales de los queridos chiquillos por quienes él se esclaviza. Después de hacer un gran revoltijo fueron encontrados tres de los artículos buscados, uno cubriendo la jaula del pájaro, otro todo manchado de tinta y un tercero horriblemente quemado.

-¡Qué hombre éste... -decía riendo la buenaza señora Kirke mientras ponía aquellas reliquias en la bolsa de los trapos-. Me imagino que los restantes los habrá roto para hacer velámenes para barquitos o vendar deditos cortados o hacer colas de barriletes. Es algo espantoso, pero me es imposible regañarlo; ¡es tan distraído y de tan buena índole que deja que estos chicos le caminen encima herrados con púas!... Yo consentí en ocuparme de su ropa, incluso lavado y remiendo, pero siempre se olvida de dar sus cosas a lavar y yo de repasarlas, de modo que el pobre sale siempre mal.

-Permítame, señora, que las remiende ye -le dije. De verdad que no me importa, y él no tiene por qué enterarse. Además, me gustaría... ¡es tan bueno conmigo, trayéndome siempre las cartas y prestándome libros!

Y ahí tienes cómo, querida Beth, salí poniendo orden en las cosas del señor Bhaer, llegando hasta a tejerle los talones de los calcetines rotos porque él los deforma todos con sus estrambóticos zurcidos Como nadie habló del asunto, yo esperaba que él no se enteraría, pero un día, la semana pasada, me pescó... Te contaré cómo fue: en primer lugar, me ha interesado mucho oír las clases de alemán que da a sus alumnos, y como Tina entra y sale a cada rato de la sala y deja la puerta abierta, yo oigo todo. Se me ocurrió así la idea de aprender yo también el alemán. Sentada cerca de aquella puerta, terminaba de remendar la última media, tratando de entender lo que él le decía a una alumna nueva, tan ignorante como yo. La chica se fue por fin y yo, creyendo que él también se había marchado, porque todo estaba muy en silencio, me puse a farfullar un verbo de los que recién había oído, hamacándome de la manera más absurda, cuando una gargarita de satisfacción me hizo levantar la vista... ¡Y ahí me lo veo al señor Bhaer mirándome muy divertido y riéndose bajito mientras hacía señas a Tina de que no lo descubriese!

-Así, pues... -dijo cuando me detuve y me puse a mirarlo fijo como una idiota-. Usted espía a mí, yo espío a usted, y eso no está mal... pero vea, yo no estoy embromando cuando le digo: ¿Tiene usted desea por el alemán?

-Sí, pero usted está muy ocupado y yo soy muy tonta para aprender -balbuceé como pude, poniéndome roja como una amapola.

-Prut!... Ya encontraremos el tiempo y no puedo fallar en encontrar la inteligencia. A la noche daré pequeña lección con mucha alegría, porque usted, mira, señorita Marsh, tengo esta deuda que pagar -dijo señalando mi costura...

-¡Vamos, una leccioncita de cuando en rato o no habrá más trabajos de hadas para mí y los míos!

Naturalmente que no pude decir nada a eso, así que consentí en hacer el pacto que inmediatamente comenzó a regir. Habría tomado unas cuatro lecciones cuando ya me hundí en un pantano gramatical. El profesor tuvo mucha paciencia conmigo, pero debe de haber sido para él un verdadero tormento, y de cuando en cuando solía mirarme con tal expresión de suave desesperación que yo no sabía si debía llorar o reírme. Opté por ensayar ambas cosas, y cuando me tocó exhalar un suspiro de absoluta mortificación, él no hizo más que arrojar la gramática al suelo y se marchó de la habitación. Yo me sentí en desgracia y abandonada para siempre, pero no me extrañó, ni le eché ni un ápice de culpa al bueno del señor Bhaer, y ya juntaba mis papeles con intención de subir a mi cuarto como castigo cuando el profesor volvió a entrar tan animado y sonriente como si antes me hubiese yo cubierto de gloria en los estudios.

-Ahora vamos a ensayar un método nuevo. Usted y yo leeremos juntos estos agradables cuentitos sin escudriñar más en ese libro tan árido.

Hablaba con tanta bondad mientras abría ante mí el libro de cuentos de hadas de Hans Christian Andersen con aire de invitación, que sentí más vergüenza que nunca y me lancé a la nueva lección con una decisión de aprender a toda costa que pareció divertirlo mucho. Conseguí olvidarme de mi timidez y leí con todo empeño tambaleando en las palabras largas, pronunciando según la inspiración del momento y haciendo las cosas lo mejor que pude. Cuando terminé la primera página y me detuve a recobrar el aliento, el profesor batió palmas y gritó:

-¡Eso está bien, ahora vamos mejor! Mi turno. ¡Deme oído! -y empezó a leer, haciendo retumbar las palabras con su voz fuerte y un gusto en el decir que era un placer oírlo y también verlo...

Después de ese día nos fue mucho mejor y ahora leo mis lecciones bastante bien, pues este método de aprender se acomoda a mis gustos y pesco la gramática incrustada en los cuentos o las poesías como quien toma píldoras de remedio envueltas en jalea de membrillo... Todo esto me divierte enormemente y el profesor parece no haberse cansado todavía, lo cual me parece extra ordinariamente bondadoso de su parte. Le voy a hacer un regalo de Navidad, pues no me atrevo a ofrecerle dinero por las lecciones.

Me alegro de que Laurie parezca tan feliz y trabaje tanto, que haya renunciado a fumar y que se deje crecer el pelo. Ya ves que tú lo manejas mejor que yo. Haz lo más que puedas por él, pero no lo vayas a convertir en un santito, ¿eh?, porque mucho me temo que no me va a gustar sin una pizca de picardía humana. Léele partes de mis cartas, pues no tengo mucho tiempo para escribir y con eso bastará... ¡Cómo me alegro y agradezco a Dios que sigas mejorcita!

 

Enero

 

¡Feliz Año Nuevo para todos, querida familia, que, naturalmente, incluye al señor L. y a un joven conocido con el nombre de Teddy! No sé cómo darles idea de lo mucho que disfruté con el paquete que me mandaron para Navidad! No lo recibí hasta la noche, y ya iba perdiendo las esperanzas... La carta llegó por la mañana pero nada me decía de ningún paquete: seguramente deseaban sorprenderme. No quería sentirme defraudada porque no recibía un regalito de ustedes, pero me parecía que no me iban a olvidar... Después del té, sentada sola en mi cuarto, estuve un poco cabizbaja sin poder evitarlo. Cuando en eso llegó el curioso envoltorio, lleno de barro, con un aspecto exterior completamente lastimoso... pero igual me abracé a él... Parecía tan "de casa" que me sentí vivificada y ¡créanme! me senté en el suelo y no paraba nunca de leer, de mirar, de comer, ni de llorar y reírme de esa manera absurda que conocen tan bien... Todo lo que me mandaron es exactamente lo que yo deseaba o necesitaba y tanto mejores las cosas por ser hechas en casa en lugar de compradas. Naturalmente que usaré las prendas de franela que me manda mamá y que voy a leer los libros anotados por papá. Millones y millones de gracias a todos.

Hablando de libros, me acuerdo que me estoy poniendo rica en ese renglón, pues el señor Bhaer me regaló una hermosa edición de Shakespeare. Se trata de un libro que él valora mucho y que yo había admirado tantas veces colocado como estaba en el sitio de honor, con su Biblia en alemán, su Platón, su Homero y su Milton. Pueden imaginarse cómo me sentí cuando me lo trajo y me mostró la dedicatoria: "De su amigo Federico Bhaer. A menudo me ha dicho usted que desearía tener una biblioteca, y aquí, entre estas tapas, le regalo una, porque hay entre ellas muchos libros. Léalo bien y le va a servir bastante, porque los estudios que hay en él de los caracteres le ayudarán a leer el de las personas y a pintarlo con su pluma."

Se lo agradecí lo mejor que pude y ahora hablo de "mi biblioteca" como si tuviese cientos de libros. Nunca supe antes apreciar cuánto había en Shakespeare, pero es que entonces no tenía un Bhaer que me lo explicase. Por favor, no se rían de su horrible nombre, pues no se pronuncia como la gente se empeña en decirlo: ni oso, ni cerveza sino un sonido intermedio entre esas dos palabras que sólo un alemán puede pronunciarlo. Me alegro que les guste lo que les cuento de él y que deseen conocerlo algún día. Mamá admiraría su afectuoso corazón, papá, su sapientísima cabeza. Por mi parte, admiro ambas cosas y me siento rica con la amistad de Federico Bhaer.

Como no tenía mucha plata, y sin saber qué le gustaría, le compré varias cositas y se las desparramé por su cuarto, donde pudiese encontrarlas cuando menos lo esperase. Eran cosas útiles o bonitas, o cómicas... utensilios de escritorio para su mes¡; un florero pequeño (siempre pone alguna flor en su cuarto, o un poco de "verde" en un vaso de los de agua, para mantenerse fresco, según dice) ; una agarradera para su fuelle, por que no use para el fuego eso que Amy llama mouchoirs. Ésta la hice como las que inventó Beth: una mariposa grande con el cuerpo muy relleno, alas amarillas y negras y ojos de cuentas. Esa pavadita le ha gustado muchísimo y la ha puesto sobre la repisa de la chimenea, como si fuese un objeto de arte. Pobre como es, no se olvidó de un solo niño ni de ningún sirviente, y nadie de la casa, desde la lavandera francesa hasta "miss" Norton, se olvidó de él, lo cual me dio gran alegría. La víspera de Año Nuevo organizaron una mascarada y nos divertimos mucho. Como no tenía disfraz, no pensaba ir, pero a último momento la señora K. se acordó de un traje antiguo de brocato y "miss" Norton me prestó encajes y plumas y me vestí de señora Equivocación y me fui al baile de antifaz. Nadie me conoció, pues supe disimular la voz, de modo que ninguno soñaba que aquella loca que bailaba y hacía bromas a todo el mundo pudiese ser la altiva y silenciosa señorita March. La mayoría aquí cree que soy orgullosa y callada, porque de veras lo soy (con los mequetrefes impertinentes). La cuestión es que me divertí como loca y fue divino, al sacarnos las caretas, ver cómo me miraba la gente. El señor Bhaer se disfrazó de Botton, el famoso tejedor de "El sueño de una noche de verano", de Shakespeare, y llevaba en los brazos a Tina, de Titania, una pequeña hada perfecta. Verlos bailar "era todo un paisaje", para usar una de las frases de Teddy.

Mi Año Nuevo fue en verdad feliz como todos me lo desearon y tuve la sensación de que por fin me está yendo bien a pesar de mis muchos fracasos, porque ahora estoy contenta todo el tiempo, trabajo con mucha energía y me tomo más interés por otras personas que antes, lo cual es muy satisfactorio. Que Dios bendiga a todos.

Con todo mi cariño

Jo

 

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