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XI UN AMIGO Aunque muy feliz en el ambiente social en que se hallaba y muy ocupada con el trabajo cotidiano que le hacía ganar el pan, Jo todavía encontraba tiempo para dedicar a sus labores literarias. El propósito que en esta fase de su vida se apoderó de ella era natural para una muchacha pobre y ambiciosa; aunque no fue el mejor el medio que escogió para alcanzar ese fin. Todo le indicaba que el dinero confiere poder y se resolvió a obtener ambos: poder y dinero, aunque no para utilizarlos exclusivamente para fines propios sino en bien de aquellos a quienes quería más que a sí misma. El sueño de llenar su casa de comodidades, de poder dar a Beth todo cuanto ella desease, desde frutillas en invierno hasta un órgano para tocar en su cuarto; viajar al extranjero y tener siempre algo más que lo absolutamente indispensable, había sido para Jo durante muchos años el más acariciado de sus castillos en el aire. Por otra parte, el experimento del cuento premiado pareció abrirle un camino que la condujese hasta ese soñado chateau. Pero el serio contratiempo de su novela apagó su espíritu por un tiempo, pues la opinión pública es un ogro que ha asustado a muchos valerosos como ella metidos a grandes empresas. Pero el espíritu de levantarse y correr una nueva aventura ardía en Jo igual que en aquellos héroes legendarios, de modo que volvió a incorporase y siguió esta vez un camino dudoso, para obtener mayor botín, sí, pero dejando en la empresa lo que para ella valía mucho más que las bolsas de oro. En una palabra: se dedicó a escribir historias sensacionalistas. Sin decir nada a nadie urdió un relato "espeluznante" y, osadamente, se lo llevó al señor Dash, director de "El Volcán de la Semana". Su instinto femenino le dictó que la ropa tiene sobre mucha gente más poderosa influencia que el mérito del carácter o la magia de los modales. Se vistió, pues, con sus mejores trapitos y tratando de convencerse de que no estaba ni nerviosa ni emocionada montó con coraje dos pisos de sucias escaleras para llegar a un cuarto en desorden, envuelto en una nube de humo de cigarro y a presencia de, tres "caballeros" sentados con los talones más altos que el sombrero. Algo acobardada con semejante recepción, Jo vaciló en el umbral, murmurando con mucho embarazo: -Disculpen ustedes, pero yo buscaba la oficina de "El Volcán de la Semana"... Necesito ver al señor Dash.. . Descendió el más alto de los pares de talones, ascendió el más humeante de los caballeros, y acariciando su cigarro se adelantó con un saludito. Con la sensación de que era mejor salir del paso cuanto antes, Jo sacó su manuscrito, y poniéndose cada vez más colorada pronunció a los tropezones pequeños fragmentos del discursito que había preparado para aquella ocasión. -Una amiga mía deseaba que en su nombre les ofreciera... un relato... nada más que a título de experimento... le gustaría tener la opinión... estaría dispuesta a escribir más si esto gusta... Mientras la pobre Jo se sonrojaba y equivocaba las palabras, el señor Dash había tomado el manuscrito y recorría las páginas con dedos bastante sucios, echando miradas de conocedor por las prolijísimas cuartillas. -No es la primera, según parece -dijo al observar que las páginas estaban numeradas, escritas de un solo lado y no iban ataditas con una cinta. -No, señor, ha tenido ya cierta experiencia y obtuvo un premio por un cuento publicado en "La Bandera de la Verdad". -¿Ah, sí? -dijo el señor Dash con una rápida mirada a Jo y tomando buena nota de cada trapo que la muchacha tenía encima-. Puede dejarlo, si quiere... De este tipo tenemos más material del que podemos utilizar, pero le voy a dar una leída y tendrá la contestación la semana próxima. Jo no tenía ninguna gana de dejarlo, porque no creía que le conviniese cerrar trato alguno con aquel individuo, pero le pareció que no podía hacer otra cosa que saludar y retirarse. Jo pareció más alta y altiva que nunca, como siempre que se sentía corrida o irritada. En aquel momento estaba ambas cosas a un tiempo, puesto que fue bien evidente por las miradas picaronas cambiadas entre aquellos individuos que su pequeña invención de "la amiga" la consideraban pura broma. Una risa, provocada por una observación inaudible del director al cerrar Jo la puerta, acabó de llenarla de mortificación. Resuelta a no volver por allí, se fue a su casa y dio salida a la irritación que sentía cosiendo furiosamente algunos delantales para las chicas, y alrededor de una hora después se sintió bastante calmada como para reírse de aquella escena... ¡y desear que llegase la semana próxima! Cuando volvió la segunda vez, el señor Dash estaba solo y mucho más despierto que en la otra ocasión, encontrando Jo agradables ambas cosas. Además, no estaba esta vez tan embotado por el humo de su cigarro para olvidarse de sus modales para con una dama y la entrevista fue mucho más cómoda que la anterior. -Vamos a aceptar esto si no tiene usted inconveniente en hacer algunos cambios. Es demasiado largo, pero suprimiendo los pasajes que le he marcado va a quedar bien -le dijo con tono serio, "de negocios". Jo apenas reconocía su propio manuscrito, de tan arrugado que estaba y tan subrayados y garabateados como lo habían sido renglones y páginas, y echó una mirada a los párrafos marcados, que eran precisamente todos los que encerraban reflexiones morales, que tanto se había empeñado en insertar como lastre de tantísimo romance. Sorprendida y apenada, respondió Jo: -Pero, señor, yo creía que todo relato debe tener una moraleja de algún tipo, por eso me empeñé en que se arrepintiesen algunos de mis pecadores... -La natural gravedad del señor Dash no pudo menos de aflojarse con una sonrisa, pues Jo se había olvidado completamente de "su amiga" y había hablado del modo como únicamente puede hablar un autor. -La gente quiere que la entretengan, no que la sermoneen, ¿sabe? La moral no se vende hoy en día. -¿Cree usted que con esos cambios la historia va a servir? -Sí, el argumento es nuevo y está bastante bien desarrollado; buena expresión y todo lo demás... -fue la afable respuesta del señor Dash. -¿Y cuánto? ... Es decir ¿qué remuneración?.. . -y Jo no terminaba ninguna frase, no sabiendo en realidad cómo debía expresarse. -¡Ah, sí!, pues bien: pagamos de veinticinco a treinta por cosas de este tipo y los recibe cuando se publica -respondió el señor Dash. -Muy bien. Puede usted publicarla -le dijo Jo, devolviéndole el relato con aire satisfecho, porque después de trabajar por un dólar la columna aun veinticinco dólares parecían buena paga. -¿Qué nombre le gustaría a su amiga que figurara? -esto dicho como al descuido. -Ninguno, por favor; ella no desea que aparezca su nombre y no tiene ningún seudónimo -respondió Jo, sonrojándose muy a su pesar. -Como ella quiera, naturalmente. El relato saldrá publicado la semana que viene. ¿Vendrá usted por el dinero o quiere que se lo envíe? -preguntó el señor Dash, que sentía curiosidad natural por saber quién era su nueva colaboradora. -Vendré yo. Buenos días, señor. Cuando se hubo marchado, el señor Dash volvió a poner los pies sobre el escritorio con la complaciente observación que sigue: -Pobre y orgullosa, como de costumbre..., pero nos va a servir. Siguiendo las instrucciones del señor Dash, y tomando a la señora North como modelo, Jo se lanzó intrépidamente en el proceloso océano de la literatura sensacionalista. Como la mayoría de los escritorzuelos jóvenes, Jo viajaba al extranjero para encontrar personajes y escenarios: bandidos, condes, gitanos, monjas y duquesas aparecían en su escenario y desempeñaban sus papeles con la exactitud que era de esperarse. Sus lectores no eran exigentes en asuntos tan insignificantes como la gramática, la puntuación y la veracidad, y en cuanto al señor Dash, magnánimamente le permitía que llenase sus columnas a los precios más bajos, no creyendo necesario informarla de la razón verdadera de su hospitalidad: que uno de sus proveedores habituales lo había dejado en la estacada por habérsele ofrecido mejor paga en otra parte. Pronto comenzó Jo a interesarse en su trabajo porque su bolsa escuálida volvió a engrosarse y el fondo que estaba juntando para llevar a Beth a las montañas el próximo verano iba creciendo lentamente pero sin pausa a medida que pasaban las semanas. Lo único que perturbaba su satisfacción era no decirles nada a los de su casa. Y fue fácil guardar el secreto, pues no aparecía nombre alguno con sus relatos, y aunque el señor Dash lo descubrió, prometió quedarse mudo, y cumplió su palabra. Además, no creía Jo que aquello la perjudicase, pues tenía el firme y sincero propósito de no escribir nada de que tuviese que avergonzarse y aquietaba todos los pinchacitos de su conciencia con la agradable expectativa del minuto feliz en que mostrase en casa sus ganancias. Pero el señor Dash rechazaba toda historia que no fuese espeluznante, y como las emociones violentas sólo podían lograrse poniendo las almas de los lectores en un cepo, había que saquear la tierra y el mar, la ciencia y el arte, los registros de policía y los manicomios, aparte de toda la historia y todo el mundo del romance, para conseguir material. Otra cosa que descubrió Jo fue que su experiencia de la vida había sido de lo más inocente y no le había proporcionado más que atisbos del mundo trágico en que subyace la sociedad así, pues, que, con la energía que la caracterizaba, se puso a suplir sus deficiencias. Ávida de encontrar material para sus cuentos, se empeñaba en que sus argumentos fuesen originales aunque la ejecución distase mucho de ser magistral. Escudriñaba, pues, en los diarios buscando accidentes, incidentes y crímenes; llegó a despertar las sospechas de la bibliotecaria por su pedido de un libro sobre venenos; estudiaba los rostros de la gente que veía en la calle y de los personajes, buenos, malos y regulares que tenía a su alrededor; desenterró del polvo de los tiempos hechos y ficciones tan viejos que equivalían a nuevos y se sumergió motu proprio en el mundo de la locura, la necedad, el pecado, la desgracia y el dolor, tanto como se lo permitieron sus limitadas oportunidades. Ella creía ir mejorando mucho su personalidad, pero, inconscientemente, comenzaba a profanar los atributos más femeninos del carácter de una mujer. Más que percibirlo, llegó a sentirlo instintivamente, ya que de tanto describir pasiones y sentimientos de los demás se puso a estudiar y a especular sobre los propios. Es ésa una diversión mórbida a que no suelen entregarse voluntariamente las mentes jóvenes y sanas. No sé si habrá sido el estudio de Shakespeare que le ayudó a interpretar el carácter o si fue simplemente el instinto natural que tiene toda mujer para apreciar lo que es honesto, valiente y fuerte; la cuestión fue que mientras Jo dotaba a sus héroes imaginarios con todas las perfecciones posibles, descubría al propio tiempo a un héroe viviente que le interesaba a pesar de sus muchas imperfecciones humanas. En una de sus conversaciones, el señor Bhaer le había aconsejado que estudiase personajes simples, verdaderos y bellos, donde fuera que los encontrase, simplemente como buena preparación para un escritor. Jo lo tomó al pie de la letra porque se puso tranquilamente a estudiarlo a él. Por qué lo quería todo el mundo, era algo que intrigaba a Jo al principio. No era rico, ni famoso, ni joven, ni buen mozo. No era tampoco en manera alguna lo que suele llamarse fascinador, ni impresionante ni tampoco brillante; era, sin embargo, tan atrayente como un fuego acogedor, pues la gente parecía juntarse siempre a su alrededor con la misma naturalidad con que rodean una chimenea en invierno. Era pobre, y sin embargo siempre estaba regalando algo; era un extraño en el país y no obstante todo el mundo era su amigo; no era ya joven, pero sí tan alegre como un muchacho; de aspecto ordinario y algo raro, sin embargo su cara parecía hermosa a mucha gente y sus rarezas se le perdonaban fácilmente por lo que él era. Jo lo observaba siempre, tratando de descubrir el secreto de su encanto, y por fin decidió que no era otra cosa que su benevolencia la que obraba el milagro. Había arrugas en su frente, pero el Padre Tiempo parecía haberlo tocado con benignidad, seguramente por lo bondadoso que era él con los demás. -¡Eso es!.. ." -se dijo Jo para sí, cuando por fin, después de todas las cavilaciones anteriores, descubrió que una buena voluntad verdadera hacia nuestros semejantes puede embellecer y dignificar aún a un profesor alemán gordo que se remendaba los calcetines, devoraba la comida y estaba agobiado con el horrible nombre de Bhaer. Jo valoraba altamente la bondad, pero tenía además un respeto muy femenino por el intelecto, y un pequeño descubrimiento que hizo respecto al profesor aumentó su estima por él. Como nunca hablaba de sí mismo, nadie sabía que en su ciudad natal había sido un hombre altamente honrado y estimado por su erudición y su integridad, y eso no se supo hasta que un compatriota vino a verlo y en una conversación con "miss" Norton divulgó esos gratos hechos. Fue por "miss" Norton que se enteró Jo de todo ello, y mucho más le gustó saberlo porque el señor Bhaer no lo había comentado nunca. Otro don, mejor aún que el del intelecto, le fue revelado en la forma más inesperada. "Miss" Norton tenía entrada en el mundo literario, que Jo no hubiese tenido nunca oportunidad de conocer a no ser por ella. La solitaria mujer se interesaba por la muchacha ambiciosa, y bondadosamente confería muchos favores de ese tipo a ella y al profesor. Una noche los llevó con ella a un simposio celebrado en honor de varias celebridades. Jo iba preparada a inclinarse y adorar a los "grandes", a quienes había reverenciado a la distancia con entusiasmo juvenil. Pero su respeto por el genio recibió un fuerte choque esa noche y le llevó bastante tiempo descubrir que aquellas célebres figuras eran al fin de cuentas sólo hombres y mujeres. Imaginémonos su desconcierto y desencanto al deslizar una mirada de tímida admiración a un poeta cuyos versos sugerían un ser etéreo alimentado de "espíritu, fuego y rocío" y contemplarlo devorando su comida con un fervor que hinchaba completamente su fisonomía intelectual. Volviéndose a mirar a otro lado como quien se aleja de un ídolo caído, hizo otros descubrimientos que tuvieron la virtud de disipar rápidamente sus ilusiones románticas. Antes de promediar la velada Jo se sintió tan desilusionada que optó por sentarse en un rincón para recuperarse. Pronto se le reunió el señor Bhaer, bastante fuera de su elemento él también, según parecía. Algo más tarde algunos de los filósofos vinieron a reunírseles para sostener en aquel rincón una especie de torre intelectual. La conversación estaba muy por encima de la comprensión de Jo, pero con todo disfrutó en granele, aunque Kant y Hegel eran para ella dioses desconocidos y el Objetivo y el Subjetivo términos ininteligibles, y la única cosa "emanada de su subconsciente" fue un dolor de cabeza fortísimo cuando todo hubo terminado. Sólo cayó en la cuenta de que esos individuos estaban deshaciendo el mundo en pedacitos y juntándolos de nuevo según principios que, de acuerdo con los oradores, eran infinitamente mejores que los anteriores, que la religión estaba en serio peligro de desaparecer a fuerza de razonarla y que el intelecto había de ser el único dios. Al darse vuelta para ver cómo iba tomando todo aquello el profesor lo encontró mirándola con la expresión más ceñuda que nunca viera en su rostro. Le hizo seña de que se fueran, pero ella, fascinada en ese momento por la libertad ofrecida por la Filosofía Especulativa, se quedó clavada en su asiento tratando de descubrir en qué habían de confiar aquellos ancianos señores tan sabios una vez que hubiesen aniquilado todas las demás creencias. El señor Bhaer era un hombre tímido, reacio a exponer sus opiniones, no porque no fuesen firmes sino precisamente porque eran demasiado sinceras y serias para ser tomadas con ligereza. Al mirar a Jo y a varios otros jóvenes como ella atraídos por el brillo de aquella pirotecnia filosófica el profesor frunció el entrecejo y anheló hablar temiendo que alguna joven alma inflamable fuese a ser desviada por seguir aquellos cohetes voladores para encontrarse cuando terminase la exhibición con que sólo tenían en la mano un palito vacío o una mano chamuscada. Guardó silencio mientras pudo, pero cuando apelaron a él en demanda de una opinión el honesto profesor ardió de indignación y defendió la religión con toda la elocuencia de la verdad, elocuencia que hacía musical su inglés defectuoso y hermosísima su expresión. Su lucha fue ardua, pues los hombres eruditos argumentaban bien pero él no se daba por vencido y siguió enarbolando su estandarte como un valiente. De manera misteriosa, mientras Bhaer hablaba, el mundo se volvió a componer para Jo; las viejas creencias parecieron de nuevo mucho mejores que las nuevas; Dios no era una fuerza ciega y la inmortalidad no era una bonita fábula, sino un hecho bendito: Volvió a sentir bajo sus pies el suelo sólido, y cuando por fin se detuvo el señor Bhaer, vencido de palabra, pero ni un ápice convencido, Jo tuvo deseos de aplaudir y agradecerle lo que había dicho. No hizo ninguna de las dos cosas, pero recordó aquella escena y otorgó al profesor su más sincero respeto, pues sabía que le había costado un gran esfuerzo hablar ante toda esa gente y que lo había hecho únicamente porque su conciencia no le había permitido quedar callado. Ahí comenzó a comprender que el carácter es una posesión mejor que el dinero, el rango social o la belleza, y a convencerse de que si la grandeza es "verdad, reverencia y buena voluntad", como dijo un gran hombre, entonces su amigo Bhaer era no sólo bueno, sino también grande. Esta opinión se afianzó día por día. Jo valoraba la estima del gran hombre y ansiaba su respeto; quería ser digna de su amistad. Justamente cuando su deseo era más sincero, estuvo a punto de perderlo. Una noche el profesor vino a dar a Jo su clase con un gorro militar de papel que Tina le había puesto y que él había olvidado de quitarse. "Es evidente que no se mira al espejo antes de venir", pensó Jo con una sonrisa al decir él "¡Buenas noches!" y sentarse muy serio, absolutamente inconsciente del contraste ridículo entre su tema y el adorno de su cabeza, pues esta noche iba a leerle la 'Muerte de Wallenstein". Jo no dijo nada al principio y pronto se olvidó ella también, pues oír a un alemán leyendo a Schiller es una cosa seria. Después de la lectura vinieron los ejercicios, que estuvieron animados porque Jo se hallaba alegre aquella noche y el sombrero de papel continuaba haciéndole bailar los ojos de alegría. El profesor no podía entender qué le pasaba y por fin se detuvo: -Mees Marsh, ¿por qué se ríe usted en la propia cara de su maestro? -¿Cómo puedo ser respetuosa, señor, si usted se olvida de quitarse el sombrero? Levantando la mano hasta la cabeza, el distraído profesor palpó y luego echó atrás la cabeza y se rió con tantas ganas él también que se le saltaron las lágrimas. -¡Ah!, vea pues ahora... es esa pícara de Tina que me convierte en mamarracho con sombrero... Pero la lección no continuó durante los minutos siguientes, porque el señor Bhaer pispeó una figura en el sombrero, y al desplegarlo dijo con aire muy disgustado: -Ojalá estos diarios no entraran en la casa; no son propios para que los vean los chicos, ni para que los lean los jóvenes. No está bien y me da impaciencia con gente que hace este daño. Jo miró aquella ilustración y vio una "agradable" composición de un loco, un cadáver, un villano y una serpiente. Le pareció horrible, pero el impulso que la hizo darlo vuelta no fue el desagrado sino el temor, pues, por un minuto, se imaginó que el diario era "El Volcán". No fue así, pero ella se había traicionado a sí misma con una mirada y un sonrojo, pues, aunque distraído, el profesor veía mucho más de lo que la gente imaginaba. Sabía que Jo escribía y la había encontrado por las oficinas de los diarios más de una vez, pero como ella nunca le hablaba de eso él no le hizo preguntas a pesar de que deseaba vivamente ver su trabajo. Ahora se le ocurrió que la muchacha estaba haciendo algo que tenía vergüenza de confesar, y eso le afligía. No dijo para sí: "Esto no me incumbe; no tengo derecho a decir nada", como hubiesen hecho muchos otros; sólo se acordó de que la chica era joven y pobre, que estaba lejos del cariño y cuidado de sus padres, y tuvo el impulso de ayudarla tan naturalmente como hubiese extendido la mano para salvar a un bebé de caer en un charco. Todo esto acudió a su mente en un minuto, como un relámpago, sin que apareciesen ni rastros de ello en su rostro, y cuando el diario estaba dado vuelta y enhebrada la aguja de Jo, Bhaer dijo con toda naturalidad pero muy gravemente: -Hace bien de rechazarlo. No me gusta pensar que chicas jóvenes y buenas puedan ver esas cosas. A mis hijos, yo dar pólvora para jugar, más que esa mala basura. -Puede que toda no sea mala, sólo tonta, ¿sabe? Y si hay demanda de esas cosas no veo ningún mal en ofrecerlas. Hay mucha gente muy respetable que se gana la vida honradamente con lo que se llaman "cuentos sensacionalistas" -dijo Jo, muy nerviosa. -También hay demanda de whisky, pero no creo que ni a usted ni a mí nos gustase venderlo. Si esa gente respetable de que usted me habla supiese el daño que hace no creería que la vida se la gana honradamente. No tener derecho a poner veneno en los caramelos y dejar que los coman los pequeños. No, preferirían barrer barro en la calle que hacer este cosa. El señor Bhaer habló con calor y fue hasta la chimenea arrugando el diario con la mano. -¡Ojalá pudiese hacer lo mismo con todo el resto! -murmuró el profesor entre dientes cuando volvía a su asiento con aire de alivio. Jo pensó en la llamarada que habría hecho el montón de papeles que guardaba arriba, y en ese minuto su dinero tan difícilmente ganado le pesó en la conciencia. Luego pensó para sí: "Los míos no son así... son tontos pero nunca malos, así que no voy a preocuparme." Y tomando de nuevo el libro, dijo con expresión de niña estudiosa: -¿Quiere que continuemos, señor? Le prometo portarme bien y estar correcta ahora. -Lo esperaré así -fue todo lo que él dijo; pero significaba mucho más. En cuanto llegó a su cuarto sacó la pila de diarios y volvió a leer muy atentamente cada palabra de sus relatos. El señor Bhaer usaba anteojos y Jo se los había probado un día, sonriendo al ver cómo magnificaban la letra chica del libro; ahora le parecía tener puestos los anteojos del profesor, pero los anteojos morales y mentales, pues las fallas de estos relatos relumbraban ante ella de un modo horrible y la llenaban de desazón. -¡Ya lo creo que son tonterías, y si sigo así pronto van a ser algo peor! Cada cuento es más malo que el anterior y he ido ciegamente lastimándome a mí misma y a otras personas. ¡Y por dinero! No sé lo que haría si los vieran en casa o si cayeran en manos del señor Bhaer. Jo se sonrojó a la sola idea de que eso ocurriese y metió todo el paquete de papel en la estufa. ¡Casi incendia la chimenea con la fogata! Cuando nada quedó de su trabajo de tres meses, más que un montón de cenizas y el dinero en su bolso, Jo se puso muy seriamente a pensar qué debía hacer con sus ganancias. -Creo que no he causado mucho daño todavía, y que puedo guardar esto en pago del tiempo que me llevó -se dijo por fin, después de larga meditación, añadiendo con impaciencia-: Casi preferiría no tener conciencia. Si no me importase hacer las cosas bien ni me sintiese incómoda cuando las hago mal, me iría magníficamente. Habría preferido que papá y mamá no hubiesen sido tan exigentes en esas cosas. En lugar de pensar eso, Jo, medita en la suerte que tuviste que "papá y mamá fuesen exigentes" y compadécete para resguardarlos con principios que podrán aparecer como las paredes de una prisión a la impaciente juventud, pero que con el tiempo resultarán bases sólidas para formar el carácter. Jo no escribió, pues, más historias sensacionalistas, pero yéndose al otro extremo siguió un curso de Sherwood, Edgeworth y More, y produjo una historia que podía llamarse con más propiedad ensayo o sermón, de tan intensamente moral que le resultó. Desde el principio tuvo Jo sus dudas, pues su viva imaginación y su gusto de muchacha por el romance se sentían tan incómodos en el estilo nuevo como se hubiese sentido disfrazada con los trajes rígidos y pesados del pasado siglo. Esta joya didáctica la envió Jo a varios mercados, pero no encontró comprador, y la pobre Jo se sintió inclinada a acordar con el señor Dash "que la moral no se vende". Después de eso probó con un cuento para chicos que fácilmente pudo haber vendido si no hubiese sido mercenaria como para exigir lucro por él. Así, pues, nada resultó de estos experimentos y Jo tapó su tintero y dijo con un saludable ataque de humildad: -No sé nada de nada. Voy a esperar a aprender algo antes de probar de nuevo. Entretanto "barreré el barro en la calle" -prueba de que su segunda caída le había hecho algún bien, después de todo. Mientras estas revoluciones internas tenían lugar, su vida, la exterior, había seguido, atareada y sin acontecimientos, como de costumbre. Y si a veces estaba algo seria y aun un poco triste, nadie lo notaba más que el profesor Bhaer. Lo hacía con tanta discreción que Jo nunca supo que él se procuraba por saber cómo había recibido su reproche y qué provecho había sacado de él. Pero se dio cuenta de que la muchacha había renunciado a escribir. No solamente lo adivinó por el hecho de que ya no venía a clase con el dedo manchado de tinta, sino también porque ahora pasaba las veladas abajo, y porque no la encontró más por las oficinas de los diarios y estudiaba el alemán con paciencia tenaz. El profesor ayudó a Jo de muchos modos, dando pruebas de ser un verdadero amigo, y aunque su pluma yacía ociosa, ella iba aprendiendo muchas otras cosas además del alemán y cavando los cimientos de la historia "sensacional" de su vida. Fue un invierno agradable y ¡largo!, pues Jo no dejó a la señora Kirke hasta junio. Todo el mundo pareció sentirlo cuando llegó el momento de marcharse. Los chicos estaban inconsolables y el señor Bhaer andaba despeinado, como siempre que algo le preocupaba. -Nos vamos a casa, ¿eh? Usted feliz que tiene un hogar adonde volver -le dijo cuando ella se lo comunicó, y durante una pequeña recepción que ofreció la víspera de su partida el profesor se lo pasó sentado en un rincón muy calladito. Como partía temprano, Jo se despidió de todos esa noche, y cuando le llegó el turno a Bhaer le dijo con calor sincero: -Bueno, señor, no se olvide de venir a visitarnos, si alguna vez viaja por allí. Nunca lo perdonaré si no va, pues quiero que todos conozcan a mi amigo. -¿De veras? ¿Quiere que vaya a su casa? -preguntó él, mirándola con una expresión en que ella no paró mientes. -Sí, naturalmente. Venga usted el mes que viene cuando se reciba Laurie. Seguramente la colación de grados le va a resultar algo nuevo. -¿Ése es su mejor amigo, de quien habla? -dijo entonces el profesor, con tono alterado. -Sí, Teddy, al que yo llamo "mi muchacho". Estoy muy orgullosa de él y me gustaría que usted lo conociese. En eso levantó Jo la vista, completamente inconsciente de otra cosa que del placer que anticipaba el encuentro de los dos. Algo que vio en la cara de Bhaer le recordó que posiblemente iba a encontrar en Laurie algo más que un amigo precisamente porque deseaba que no pareciese que pasaba algo comenzó sin querer a enrojecer, y cuanto más se empeñaba en no hacerlo más roja se ponía. La fisonomía de Bhaer cambió de la momentánea inquietud anterior a su expresión habitual al decirle con toda cordialidad: -Me temo que no voy a tener tiempo para visitarlos, pero le deseo mucho éxito a su amigo, y a usted la mayor felicidad. ¡Dios la bendiga!.. . -y con eso le estrechó la mano con calor, cargó a Tina al hombro y se marchó. Después que los chicos estuvieron acostados, el pobre hombre se estuvo largo rato sentado junto al fuego con expresión cansada y la nostalgia pesándole en el alma. En una de ésas recordó a Jo sentada con la chiquita en las faldas y aquella suavidad nueva en su cara y entonces apoyó la cabeza en las manos por un minuto. "No es para mí..., ahora no debo esperarlo", se dijo para sí con un suspiro que casi parecía un gemido; luego, como reprochándose aquel anhelo que no podía reprimir, fue a besar las dos cabezas enmarañadas sobre la almohada y sacando su pipa de espuma de mar, que rara vez usaba, abrió su Platón y se puso a leer, pero no creo que un par de chicos exuberantes, una pipa, ni aun el divino Platón fuesen satisfactorios sustitutos de esposa, hijos y hogar. A pesar de lo temprano de la hora, allí estuvo en la estación a la mañana siguiente a despedir a Jo, y gracias a él la chica comenzó su viaje solitario con el grato recuerdo de una cara amiga sonriendo al despedirse, un ramo de violetas para hacerle compañía y, mejor que todo eso, este pensamiento feliz: "¡Bueno, ha pasado este invierno y no he escrito ningún libro ni ganado fortuna alguna, pero me he hecho de un amigo digno de tenerse y trataré de conservarlo toda mi vida!..."
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